A partir de dos de las acepciones de la palabra “hospitalidad”, Giorgio Lavezzaro intenta recobrar su significado: desde el ejercicio de paciencia del enfermo en un hospital hasta el indigente que es acogido para paliar, aunque sea de manera provisional, sus males. En ambos casos, se trata de dejarse enteramente en las manos del otro.
Tres
A Julieta, compañía y palabra,
inquebrantable cada vez
(Del lat. hospitalĭtas, -ātis).
3. f. Estancia de los enfermos
en el hospital.
Despertar en la madrugada, temblando. Levantarse a buscar una pastilla, todas ellas, para aligerar la piel convulsa. Dudar frente a la prescripción indicada pero también sobre qué hacer. Regresar, tras el fracaso, a la cama. Palpar la permanencia del temblor desde los pies hasta los dientes. Pensar en la última salida: ir al hospital.
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No tuve seguro social durante un tiempo. Implicaba vivir en la incertidumbre frente a la posibilidad de que el cuerpo sucumbiera a la enfermedad o al accidente. Pero ahora que estoy asegurado sé que esto implica una paradoja: no estar seguro de que, en caso de enfermar, se pueda tener atención. La primera vez que caí en una sala de urgencias conocí el eufemismo del lenguaje frente al apremio; no importa si es por una bala o un agujero en el estómago, una fractura o una luxación, un parto o un intento de suicidio, siempre hay filas en donde formarse, gente esperando camas, doctores o el alivio de la muerte. La burocracia que permea en las instituciones hospitalarias fractura el amparo que se espera de un médico.
Es imposible saber esto la primera vez. Fantaseaba con llegar a la sala de urgencias y que estuviera habitada, repleta, por doctores —éticos y profesionales— listos para recibir cualquier enfermedad; que el cuerpo humano ha sido traducido desde sus síntomas, que no hay dudas frente al diagnóstico o el tratamiento; que llamamos doctores a los médicos porque apelamos a ese halo metafísico que los exime del error. Pero no es así, creemos demasiado en los simulacros cinematográficos y, durante la enfermedad, la fe aflora. O el imaginario colectivo se desborda en la figura del médico e imaginamos que ellos dejan de ser humanos, susceptibles de error, por el hecho mismo de que se deposita, ciegamente, la vida en su tacto.
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Salir durante la madrugada rumbo al hospital. No saber a dónde ir. Intentar un pensamiento rápido, lúcido. Fracasar. Depender, enteramente, de la pareja. Confiar en que frente al peligro de muerte —fantasma implícito del dolor súbito— ella sabrá qué hacer. Llegar entonces a la sala de urgencias luego del trayecto incómodo, tortuoso, de un lapso que parece inagotable.
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Lo primero que me sorprendió al llegar a la sala de espera fue la gente que se acumula y se instala: pacientes, de la enfermedad o de la espera. Lo segundo que me sacudió fue olvidar al mundo y pensar, exclusivamente, en mí. Como si en ese momento no me interesaran los males ajenos, sólo saber cuánto tiempo pasaría entre el dolor y la cura —porque asumía, otra vez víctima de la mentira o la fe, que la encontraría en ese lugar.
Al inicio pensaba con cierta ira, aunque fuera por instantes, que nadie merecía atención antes de mí; deseaba, con la misma rabia efímera, que nadie estorbara mi camino. En ese lapso miraba de soslayo a la gente aglomerada en el mismo cuarto y me parecía inverosímil que todos tuvieran emergencias al mismo tiempo. Después, al ver la fila en la que habría que ser paciente, llegó un cierto alivio —aunque ahora sé que fue producto del azar—: apenas una persona más iba a urgencias, aunque había muchos enfermos en la sala. Luego llegó la espera.
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Aguardar. Ver las caras y los cuerpos rápidamente, como en fuga: apenas pasar la vista por los otros como una caricia involuntaria. Ensayar historias detrás de algún paciente. Abandonarlas de inmediato por el dolor que, por un momento, se olvida; como si llegar al hospital implicara por añadidura el alivio. Ver con más detalle quién va delante en la fila. Imaginar qué le ocurre haciendo un collage con los comentarios de los familiares, las imágenes de sus rostros, las facciones del paciente y la fantasía propia. Diagnosticar con premura y juzgar: no es más grave que lo propio. Luego saber la realidad y resignarse. El otro llegó primero.
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En los gestos de los pacientes adivinaba su estado. Si en sus ojos anidaba el desasosiego, era un familiar. Era un enfermo, en cambio, si la boca o el rostro se deformaban con el malestar del cuerpo o de la carne viva o de los órganos pudriéndose. Luego intentaba hacer un conteo: diez, treinta, cincuenta personas. Quería saber qué hacían ahí los enfermos que no tenían una urgencia. Pero el dolor descompone el pensamiento y las preguntas quedaban sin respuesta. Frente al padecer propio, la primera vez que se encarna la urgencia parece imposible ser compasivo.
Los minutos se agolpaban, implacables, con el sufrimiento. Cada segundo agrandaba el malestar que antes se había atenuado frente al oasis de la posible mejoría. Un solo paciente antes y, de cualquier modo, esperar. La demora en la atención en la sala de urgencias es la más larga. Luego de estar estático por un tiempo la inquietud se desborda; fue posible pasar al médico, al fin, pero en esa ocasión, la ironía derrumbó la fe.
El médico residente me revisaba de acuerdo al manual (pasante en toda forma, casi médico de estancia pasajera en ese hospital). Hacía las preguntas que se deben formular según los síntomas referidos —o a los que sí prestó atención—. Cuando el residente no encontró la respuesta que buscaba, llegó la verdadera ironía, plagada de angustia: el médico no sabía qué hacer. Entonces no quedó sino atender a la improvisación: las preguntas necias, los callejones, las pruebas de gabinete o lo que ordene el médico —aun si la orden sólo sirve para que el residente ensaye: como en los partos en que una incisión es innecesaria pero se foguea, una y otra vez, hasta que la navaja hiende la carne, pues el interno necesita aprender a usar el escalpelo en un paciente vivo.
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Recordar de pronto la toma de un medicamento nuevo. Pensar en sus efectos secundarios. No. Eso no es. Hay algo mal. Sentir un dolor tan preciso que abarca todo el cuerpo; aunque se focaliza en un órgano particular, migra por todos los sistemas, infectando al organismo. Provoca el temblor.
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Le dije al médico cuál podría ser la causa desde el ínfimo saber que todos albergamos —la intuición—: le comenté del medicamento y el dolor insistente debajo de las costillas, pero algunos doctores cuentan con párpados al interior del oído y los pueden cerrar a voluntad —sea por el juicio experto que acalla al profano, sea por la presión o el cansancio—; como si no hubiesen escuchado nunca aquel adagio que dicta “lo doctor no quita lo pendejo” o como si, presas del terror que provoca el equívoco en materias sanitarias, se negaran a escuchar sus propios errores.
Obedecí las indicaciones porque no tenía otra opción: estaba en un edificio de Salubridad, sin seguro médico o manera de pagar atención privada. Sólo quedaba aguardar o tener confianza en que el médico hallaría la respuesta; por eso no me importó que la solución fuera someterme a un electrocardiograma cuando el dolor provenía del hígado —aunque en ese momento no era posible saber que me dolía ese órgano porque el conjunto de los síntomas no parecían abrazar esa idea—. El médico no había escuchado que sentía un dolor agudo debajo de las costillas, del lado derecho; o lo escuchó pero no pudo estructurar alguna hipótesis que le permitiera formular el diagnóstico.
Entonces sentí la resignación hasta el órgano del cuerpo en que palpitaba la agonía —porque con los fantasmas desbordados tenía la idea, fugaz pero terca, de que podía morir.
Ilustración por David Sauceda.
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Tomar el cuerpo propio junto a la orden del doctor arrastrando el paso. Acudir a otro departamento del hospital sólo para ver que el técnico no está. Enfrentarse, otra vez, a la espera. Desear desde el suplicio no ser más paciente, sea porque de pronto la enfermedad se agote, se canse o termine de surgir, o porque ya no se tenga que permanecer —en el hospital o en la vida—. Mirar, desde la “atención” médica, cómo transcurren residentes con el tempo raudo, personas que parecen hacer su servicio o prácticas profesionales con el cronómetro en los pasos. Imaginar, desde la impaciencia, que sólo buscan liberarse del asunto de servir con la acumulación de horas.
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Le pregunté a cada hombre o mujer uniformada por el técnico que debería estar en cardiología, pero fue igual o menos productivo que contar las líneas en el suelo. Cada enfermera o residente o especialista o médico parecía tener algo mejor que hacer: estaban por comer o tomar algo —iban con sus meriendas o cafés en mano, sin voltear a ver—, estaban por terminar su turno o, incluso, verdaderamente atendían a otro paciente que, para este punto, parecía la excepción más que la norma. El resultado era el mismo. Se yaga al decir “señorita”, “disculpe”, “perdón que lo interrumpa”, “¿podría ayudarme?” y otras fórmulas que buscan llamar, ya sin fe, un milagro: recibir atención dentro del hospital. Se llaga al escuchar “ahora no”, “estoy ocupado” o el silencio, sin mirada o gesto alguno, cuando el personal hospitalario pasa de largo. A veces la espera hace más daño que la enfermedad misma.
Luego de minutos que pesaron como horas, llegó el encargado; noté que era un practicante más —aunque a todas horas los residentes reciben su instrucción novel en la práctica médica, recibe la novatada quien fantasea con que en algún momento del día una eminencia curará el malestar: los doctores también necesitan aprender—. Luego me sometí a indicaciones frías como la plancha de metal en la que me tendí. “Quítese la camisa. Quítese objetos metálicos. Sí, también la cadena y el anillo”. Cada orden se sentía como si el muchacho dijera “me interrumpe, quiero regresar a lo que estaba”. Fue un ejercicio de conformidad. Guardé silencio mientras el técnico puso, desde su celular, música a todo volumen; dimití de la palabra y acaté el modo en que la realidad se me imponía, a puñetazos.
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Desear, con las pocas fuerzas que se acopian, que el mal migre hacia el personal hospitalario. La primera vez que se enfrenta la manera en que la burocracia muta e infecta cualquier edificio gubernamental, la rabia invade el cuerpo, lo afecta más que la enfermedad. Querer entonces que cualquiera encarne el malestar propio, el médico profano, los residentes o los técnicos sordos, y que el personal pruebe la espera desde el otro espectro de la burocracia.
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Luego del silencio retorné a la sala en donde la multitud aguardaba, mientras el médico residente, ahora desaparecido, volvía a su consultorio. Cuando estuve ahí, una sensación transmitida desde el ambiente se filtró por mi nariz: olía a enfermedad. Luego de que la madrugada se hizo más oscura con el giro de las saetas del reloj, el dolor se hizo tolerable, no porque disminuyera sino porque se fue convirtiendo en norma. Con la costumbre del mal en el cuerpo es posible ignorar, por ratos, su opresiva estancia en el organismo. Entonces pude volver la vista a los pacientes e intenté, como al principio, descifrar sus motivos de consulta.
La respuesta llegó con el arribo de un nuevo enfermo, sitiado en una camilla. Los camilleros hablaban encima suyo creyendo que la enfermedad lo hacía olvidar el español. “Tiene el estómago perforado”, dijo uno como si fuese algo cotidiano lidiar con un agujero en las vísceras o como si, con ese gesto, pudiera convencer a alguien —¿a quién?— de que el enfermo fuera atendido pronto; “no viene con familiares”, remató con cierto pesar, acaso porque debía acompañarlo mientras lo archivaban o quizá porque era nuevo, como yo, y no sabía qué hacer. “No hay cama disponible; hay otro enfermo con la misma situación que llegó primero”, contestó el otro, monótono, conforme con el sistema hospitalario, acostumbrado. La revelación me golpeó desde la mirada enferma de quien agonizaba frente a mí, solitario, desde la angarilla: los otros pacientes no tenían una emergencia, simplemente no tenían otra opción más que permanecer: estaban ahí, como el recién llegado, aguardando que una cama se desocupara —por la salvación o la muerte—, presos de la inmovilidad.
A veces, la enfermedad misma es más tolerable que la espera. Pero otras veces, la espera misma puede curar. Tras el martirio de la (des)atención hospitalaria llegó un hombre claramente malherido —el del vientre horadado—, con el malestar colgando de la voz, y éste parecía mirar el padecer de otro ser humano. ¿Cómo podía compadecerse de alguien más cuando él mismo estaba agonizando? No dijo nada con los labios pero su mirada parecía transmitir el mensaje: él ya había estado ahí antes, sabía lo que enfrentaba al llegar a un hospital de gobierno y por eso podía, o así lo imagino, compadecer a quien sufría más que él, acaso un anciano con la cadera rota o una mujer con una fuente sanguínea brotando de sus sienes. Entonces, casi de improviso, salí del trance de la enfermedad, ese que revuelve los deseos propios hasta la desesperación. Regresó de golpe la compañía que siempre estuvo ahí, no porque se hubiera ido sino porque había dejado de notarla por estar sumido en la incomprensión del sistema. Volví a notarla a ella, quien también preguntó a los doctores, que buscó por sí misma al técnico o que sostuvo mi mano, consuelo máximo en la enfermedad, cuando el temblor no cesaba. De pronto entendí que si no apalabré nada sobre el dolor o la queja, no fue porque haya sido estoico o mudo, sino por el latido que palpitaba cerca, ese que procuró que su voz fuera mi grito o un reclamo. Ella fue quien verdaderamente supo que en el infierno de la espera, enfermos y familiares se vuelven una hermandad.
Uno
A papá Enrique, por encarnar la
hospitalidad
1. f. Virtud que se ejercita con
peregrinos, menesterosos y
desvalidos, recogiéndolos
y prestándoles la debida
asistencia en sus necesidades.
Despertar en el asfalto, con la testa a punto de romperse. Sentir, desde el cobijo de la calle, la desesperación, la sed que ahoga. La garganta partida en dos emite sólo onomatopeyas de la ciudad o de la bestia interna; chirriar como el óxido o emitir un bramido. Palpar la crudeza del sol a mediodía. Ver la sombra, oasis del ardor, a unos cuantos metros. Percibir que el cuerpo no logra incorporarse. Intentar la memoria, recordar cómo se llegó hasta ahí. Pero la cabeza a reventar, el sol y la sed bloquean las imágenes. Sumirse en la impotencia.
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¿Qué pasa cuando se llega a casa y hay un hombre tirado, dormido o intentando el bálsamo del sueño, frente a tu pórtico? ¿Se mide la suerte propia al comparar o llega el franco desprecio y, con él, la manera de nombrar a un hombre borracho que padece resaca? Un indigente. A partir de los conceptos se hace una categoría. Al nombrarlo se puede, casi de forma involuntaria, ensayar escenarios de cómo llegó ahí:
El abuso del alcohol y la falta de trabajo hicieron que su familia, luego de soportar robos y maltratos, lo echara, al fin, a la calle. Verlo convertido en maleante, pandillero o miembro de una banda, asesino a sueldo que, en una mala jugada, terminó en prisión y luego, tras no hallar cómo levantarse, terminó en la calle. Puede ser de otra forma:
La decisión amotinada, inentendible para el mundo. La resistencia última a toda atadura social y llevarla hasta el extremo: la vida sin horarios o reglas que acatar. Pudo ser diferente: La pérdida de empleo, la búsqueda frenética, la soledad; luego el robo, la cárcel, el ciclo que se repite. Esa misma historia puede tener variaciones:
El desempleo, sí, pero luego el hambre. Deambular por medios propios, subir al transporte con dulces o discos, bajar con la misma mercancía y menos voz; luego el desalojo de la vivienda: la calle, al final, luego de la angustia y el extravío en los callejones, la posible locura. Revolver las variantes:
No hay desempleo ni familia, sólo un hombre libre que se instala en la calle, que no necesita nada salvo el hambre y lo que sea que llene el estómago. Sortea el mundo con lo que tiene dentro de un costal: un par de mudas, acaso un cuaderno y una botella de licor; trotamundos o viajero del camino.
Pero luego una especie de reflejo, narciso torcido en los desechos, nos hace ensayar, otra vez:
Sólo un accidente. Una mañana o una tarde sale de casa y un autobús rompe los esquemas y los huesos; luego el hospital, mientras la conciencia regresa. La amnesia, el desalojo hospitalario, la calle; después el rumbo extraviado, la pérdida del lenguaje, de todo contacto con el mundo. Entonces ese indigente se vuelve espejo de una realidad que nos provoca horror: podría ser uno mismo.
Pero fantasear con dejarlo entrar en casa, darle alimento, acaso ofrecerle baño o cama, implica sucumbir a los demonios del miedo. La fantasía del ladrón o el asesino o el monstruo regresa cuando se intenta sortear el bulto del suelo para llegar hasta el portón del edificio. Bien, se piensa, puede que no merezca la calle pero tampoco es menester ayudarlo; quizá se pueda entrar sin que lo note para que cada quién siga en lo suyo. Pero es imposible pasar desapercibido porque el cuerpo en el piso bloquea el paso por completo y, al brincarlo, el bulto despertará.
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Sudar el miedo. Sentir la presencia de otro, luego de un día completo de sombras que pasan y regresan. Evocar el dolor en las costillas, quizá rotas o molidas, la visión nublada del recuerdo que empaña la certeza. No saber si los moretones vienen de una caída, un encuentro a golpes o la punta del pie de alguien que arremetió contra la carne trémula. Provocar, con el miedo, el espasmo. Temblar, como si la única defensa del cuerpo fuera moverse, aun en el mismo sitio. Murmurar un rezo. Pedir, a la nada, piedad.
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Se entra a casa, solo, pero con la imagen prendida de las sienes. No es posible desprenderse, rápidamente, del cuerpo que habita el terreno que ya no es propio: la frontera que divide la posibilidad de un hogar o un refugio de la calle. Se siente la intranquilidad cuando uno se desviste, sin pudor, en el cobijo que el cemento procura frente al desamparo; esa angustia que vive debajo de la piel, que no admite confort externo, que habita la conciencia. Se usa el baño para vaciar el cuerpo sólo para encontrar alivio y a la vez incomodidad; la imagen del bulto en la entrada, envuelto en el hedor de sus propios desechos, acaso mojado todavía de orina, llega hasta las fosas nasales. Precipitarse, entonces, a la regadera: se tiene la sensación, incluso el asco, de que algo de aquel bulto se pegó, aunque sea el olor. El agua caliente, el jabón y los productos para el cabello no funcionan porque, aunque el aroma se va por completo, hay algo que se metió debajo del humor y sigue palpitando con la niebla que levita de la piel humeante, incluso cuando el vaho de los espejos se ha secado. El disgusto regresa con la cena porque los alimentos llevan, escondidos, el reclamo por un estómago vacío, de días o semanas, y no se sacian con el hambre efímera, apetito “clasemediero”. Luego vienen las arcadas secas, el regusto de la comida, las agruras por el exceso, un malestar que ya no se puede disimular.
Entonces se fantasea con que el malestar es culpa del miserable en la puerta. Se piensa que, aunque éste pueda parecer pacífico, podría traer una horda violenta a su barrio. ¿Qué pasaría si llega otro, otros, con el mismo sino y se instalan, ¡a vivir!, en la entrada del edificio? Se los podría echar —¿es lícito correr a alguien de la calle?—, pero ¿con qué argumento si no han hecho nada, si ni siquiera han llegado? El problema es sólo uno (quien habita en el pórtico), pero ¿y si trae consigo, no una comuna indigente, sino un problema sanitario, chinches o liendres? Es una posibilidad. Uno se quiere convencer o formular argumentos para seguir huyendo de un malestar que viene de adentro. ¿Se debería hacer algo para quitarlo de ese lugar de la calle —¡si es tan amplia, por qué se instaló justo ahí!—? ¿Cómo se recobra la tranquilidad que se ha vulnerado?
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Notar el frío, a quemarropa, que saja la piel. Comenzar el bruxismo hasta sentir en la mandíbula castañas, hasta que los dientes se parten y se astillan: castañear. Saberse, de pronto, semidesnudo, sentir la inutilidad del pudor. Luego el sufrimiento irrefrenable del estómago, la disentería que obliga a los sólidos a volverse agua, ceder al impulso del esfínter indomable y derramarse sobre sí mismo. Sentir un alivio mínimo con el calor de la orina que, antes de que el ambiente enfríe, genera una tibieza que se parece al confort. Intentar levantarse, buscar cualquier cosa para limpiar el desastre; rendirse ante la imposibilidad de estar en pie. Luego el mareo, el hambre que roe las vísceras. Las arcadas secas, el regusto del mezcal. La resaca que es más que la resaca, una abstinencia tal que puede matar de sed etílica.
Ilustración por David Sauceda.
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Es imposible seguir con el simulacro. Hay un resabio de malestar inentendible, una suerte de culpa que provoca insomnio. Como si el único modo de pagar —¿qué, por cierto?— fuera la permanencia en vela, cuidando, desde la fantasía, el malestar del indigente. Luego sobreviene un gesto de rabia, de incomprensión. No hay manera de saber qué ocurrió antes de que llegara a la calle ni cómo llegó hasta ahí; además, no es posible ayudar a todo el mundo —se intenta el consuelo en un lugar común—. Luego, un desfile imaginario de manos vacías regresan al recuerdo; todas las que han quedado extendidas en espera de caridad y que, por una razón u otra, han permanecido esperando luego de que se transcurre, con la vista oblicua o el paso rápido o la sentencia corta: ahora no. Pero no es cosa de uno que exista la pobreza, que el mundo tenga esas vallas infranqueables. ¿Por qué la intranquilidad? Podría ser cualquiera. Vuelve el fantasma. Se siente en la carne el azar incomprensible que nos ha colocado de este lado del muro y nos mantiene ahí.
Una suerte de empatía: se recuerdan aquellas estancias en las clínicas u hospitales, esas veces en que se estiró la mano para pedir clemencia y enfrascarse dentro de la justicia hospitalaria: trato igual para todos sin importar la circunstancia o el padecer. La fragilidad del accidente o la llegada inevitable de la enfermedad, esos instantes que arrastran hasta la sencillez del suelo, hasta los límites de lo humano. Volverse, de un momento a otro, pacientes —categoría similar a la del miserable pero dentro de un hospital—. Descubrirse a merced del mundo o convertirse en menesteroso. No gozar de simpatía ninguna o favores que impidan el suplicio; entregarse a la vulnerabilidad que implica dejarse abrir por el escalpelo o permitir que otro acomode un hueso roto. O verse en una sala desierta, esperando una radiografía y mirar cómo el mundo pasa, sin inmutarse, frente a tu dolor: espejismo del bulto frente a la entrada de casa. Está mal hecho el mundo. Desde ningún flanco de la muralla se ha edificado la civilidad debajo de la civilización.
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Rogar porque cese el hambre o los temblores o el dolor. Sentir otra presencia, el daño de su tacto. Sumar escalofrío al pánico. Resistirse al contacto, querer soltarse. Y luego la voz que invita, que intenta ayudar. La desconfianza repta hasta los dientes y el reflejo de morder regresa: castañear. La insistencia de la voz o la mano que ya no lastima. Dejar de resistirse, ceder ante la posibilidad de una muerte pronta o el confort de la ayuda extranjera. En cualquier caso, el alivio. Imaginar qué clase de persona levanta a otra en la calle, en pleno siglo XXI. Acaso quien practica la medicina o la enfermería, alguien de ayuda humanitaria o quien busca desalojar las calles para dar albergue a la fuerza, un policía que traslada los cuerpos. Descartar las opciones de ayuda. Seguir los pasos que arrastran hasta alguna puerta. Disfrutar de todos modos del tacto suave o de la voz que da sosiego. Llegar a un sitio iluminado y perder los ojos, por segundos, frente al bruñido blanco de la luz artificial. Descubrir que es una casa —ni hospital ni albergue ni delegación—, que no es un médico o auxiliar humanitario o policía quien asiste, sino una persona cualquiera. O no cualquiera.
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Las dudas y las reflexiones se interrumpen, porque se escucha que, en otro sitio, alguien, desde otra manera de ver el mismo evento, enfrenta el escenario de otro modo. Este es el espectro más insistente, el que quita la calma y llena de preguntas el ambiente: el que habita la contingencia de otra realidad. Porque hace saber que sí se podría hacer algo —quizá minúsculo, sí, pero bastante—: dar lo que se tiene, enfrentar la pequeñez desde la que uno mismo puede amparar a un extraño.
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Otro ve lo mismo pero no lo mira igual: él contempla a un hombre en la calle, no a un bulto o indigente o miserable, con el estertor de la resaca; luego intuye el sol, implacable, que aplastó toda sombra durante el día; por fin adivina la sed, el hambre, el dolor de cabeza, porque no es difícil, en realidad, notar el panorama que ha vivido aquel día ese hombre en el suelo —el resto son fantasmas inútiles o desasosiego.
Ese otro le pide a su mujer que prepare algún alimento. El rostro femenino desaprueba el gesto humanitario pero luego es cómplice en la cocina y prepara algo para calmar el hambre mientras el otro dispone el fármaco para la abstinencia alcohólica. El hombre sucio espera en la estancia mientras el otro, que ya lo ha pasado a su casa, prepara un café con brandy, bien cargado, mientras la mujer sirve los platos. Alimento y trago o maná para el apetito. El hombre que ofrece aquellas viandas sabe, en el fondo, que el único mal que puede paliar es el de la cruda. El hombre que era sed, hambre y resaca se vuelve asombro, un pasmo que se ahoga por la avidez al comer y el alivio que proporciona el calor del brandy.
Cobijó al extranjero, debajo de los fantasmas del robo o el asesinato, y reveló a alguien que sufre y, como cualquiera que padece, agradece el alivio. Aquel hombre, quien ofreció lo que podía, dejó que el otro saliera de su casa, satisfecho, conmovido. Ese otro no aspira a la imagen del héroe, esa que implica emancipar del asfalto al “indigente” y volverlo un hombre “de provecho”. El hecho mismo de alterar por un día el padecer de otro es bastante, aunque nos parezca insuficiente y no calme la pobreza o la desigualdad o el hambre de una nación, un pueblo o un barrio.
El hombre de la historia lo sabe: se conforma con ver cómo, por una noche, llegó hasta el límite de sí mismo y una mano vacía se colmó, también por una noche.
A Nicanor Parra le deberían dar el Premio de Poesía Joven. El jurado no tendrá problemas en comprender que la juventud y la poesía no son edades ni vocaciones, sino formas de vivir. La juventud en Nicanor se nota en su desplante verbal, su temperamento sarcástico, su exabrupto, su andanza que va a contracorriente. En definitiva, cumple con el requisito fundamental para el premio: es joven. Además, como lo afirma Julio Ortega en el prólogo a Poemas para combatir la calvicie, Parra “impregna buena parte de la joven poesía, y no sólo en Chile”.
Con tales méritos, nadie dudará en otorgarle ese reconocimiento. Sólo que hay un problema; Nicanor estaría en total desacuerdo por dos razones: es un premio y es de poesía. “La república hideal del futuro” –según comenta el propio escritor–, “suprimirá los premios literarios / pues no somos caballos de carrera”. Si el vocablo “premio” le causa ruido, pronunciar “poesía” es más que un escándalo. O, mejor dicho, ya no hace ruido de tanto que se vocifera: “Poesía poesía todo poesía / hacemos poesía / hasta cuando vamos a la sala de baño”. Entonces, lo congruente es ir en contra de eso; de ahí que Nicanor se asuma como un antipoeta. Este prefijo, “anti”, rejuvenece a la poesía.
El material de trabajo de un poeta es el lenguaje, entidad movible y frágil que, en poesía, corre el riesgo de caer en un frío inexpresable, en un endurecimiento que perjudica y traiciona a cualquier tradición. Colocarle un “anti” es oxigenar y refrescar el lenguaje poético; suministrarlo de nuevos códigos, combinar amenazadoramente los frutos de la versificación canónica con las hablas violentas y múltiples de lo cotidiano. Dicha tarea exige inteligencia y soltura. El antipoeta cuestiona y sacude las palabras para que la tradición no sufra de esterilidad, comodidad y disección:
Durante medio siglo
la poesía fue
el paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
y me instalé con mi montaña rusa.
El molde, la fórmula y la consigna que se repite automáticamente son síntomas de la vejez. Y no de la vejez humana, sino de la creativa. Para ser justos, todo poeta debería ser un antipoeta. Es indispensable desafiar en montaña rusa al paraíso del tonto solemne. La juventud poética no puede sino disonar, ponerle el pie a las convenciones, montarse en el mundo no para hallar un sitio cómodo en lo establecido, sino para vivificar la tradición. Eso es lo que en cada línea nos recuerda el joven Nicanor Parra.
No se trata de aceptar de manera sistemática la discordancia, pues ya no habría reformulación de ideas sino conformidad por el anticonformismo. Lo imprescindible es tomar conciencia del prefijo “anti” y ser críticos a todos los fundamentos del lenguaje. El visionario brasileño Haroldo de Campos dijo en cierta entrevista de televisión: “un poeta es obligatoriamente llevado a lidiar con la materialidad del lenguaje”. Una tradición existe gracias a que el creador lidia con esa materialidad. Cultivar un modelo de métrica italiana en el Renacimiento hispánico, reincorporar el alejandrino en la poesía modernista, transgredir los ritmos en las vanguardias o proponer un habla empírica y antipoética, son hechos que transparentan esa tensión necesaria entre el artista y su realidad.
Aceptar un molde, por lo tanto, es ahuyentar la potencia poética, pues el poema se funda en el enigma. Cuando el enigma ha sido decodificado y la disonancia ya no es retadora, no hay otra opción más que trazar nuevas vertientes en la poesía. El camino que inició Nicanor Parra hace sesenta años (con su libro Poemas y antipoemas) resultó exitoso, la prueba está que muchos sucesores lo siguen transitando. Pero la enseñanza del chileno es otra. No nos pide repasar el mismo trayecto, sino desafiarlo. Por ello, no sobra citar el consejo que Nicanor les da a sus colegas que inician este viaje:
Jóvenes
escriban lo que quieran
en el estilo que les parezca mejor
ha pasado demasiada sangre bajo los puentes
para seguir creyendo –creo yo
que sólo se puede seguir un camino:
en poesía se permite todo.
Fotografía de Nicanor Parra, Valle del Elqui, 1987, Leica M3, Summicron 90mm, Kodak Ektachrome.
Además una cosa:
El poeta está ahí
Para que el árbol no crezca torcido.
¿Por qué poesía?
Porque un hombre camina junto a una jauría azul. Un hombre avanza con las manos abiertas; un hombre se levanta rojo, con la boca que escupe tierra.
Nicanor Parra nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, Chile. Creador de la antipoesía; poeta desenfadado, colérico, desafiante, maníaco, combativo celebra hoy, en vida, su centenario.
Se han ido, Nicanor. Despediste a Gonzalo, a Juan, a Vicente, a Pablo. El último de la fiesta, el faro que alumbra la inmensidad.
Por ti han pasado la electricidad, la televisión; la prosperidad, las hileras de botas y culatas, la furia, el silencio, los rostros destrozados.
Recuerdo un verso tuyo, que leído hace años, quizá no daba muestra de nada:
¡A lo mejor soy un sobreviviente!
A lo mejor sigues acomapañándonos porque tu corazón es tan grande y tu mente tan generosa que dejarnos solos, en mitad de un desierto asesino, sería irresponsable. Tu poesía es un artículo de primera necesidad.
La obra de Parra fuera del lugar común: los exabruptos, la ironía, el humor, es el punto de quiebre para entender la poesía hispanoamericana como un ejercicio de sentido común y compromiso, no sólo con la literatura. Más vale aprender a poner un foco y escribir del foco, que “inventar” la luz.
Te definiste como el antipoeta, el antialquimista, el anticonforme y trajiste a la literatura el lenguaje común, sin recovecos, sin trampas; una poesía que mira de frente al lector, lo señala y rabiosamente lo invita al convite, porque esa es su casa, lo ha sido siempre, porque esa es su familia, su lugar seguro.
El mundo de la materia viva, del contacto brutal cara a cara, de cuando las cosas tuvieron un nombre y significaban algo, un siglo completo, una esperanza, quizás ridícula, pero esperanza al fin perviven en la poesía de Nicanor Parra, como él pervive —escombro del siglo XX— a manera de prueba de que alguna vez dos más dos sumaron cuatro.
Existe en su obra un quehacer meticuloso con las imágenes sutiles, el verso redondo y efusvio. El discuso de Nicanor nunca está sobrado. El protagonista en la poesía de Parra siempre es el ser humano moderno, la víctima del progeso. ¿Qué es ser Hombre?, se pregunta el poeta y la respuesta es cómicamente triste: el incompleto, el desposeído del Edén, que sale a trabajar, a hacer la vida porque la realidad habita en la Tierra y las respuestas están dadas y hay que laborar sobre ellas.
Rara avis en la tradición iberoamericana; más militante de su propia causa, que de las batallas literarias de su tiempo recibió el Premio Internacional Juan Rulfo y en 2011 obtuvo el Premio Cervantes.
Hay un tiempo no malgastado, el tuyo, ahora. Nicanor no es pasado, es poesía viva, dicha a gritos, porque entiendes y aún conservas para unos pocos, la idea de que la poesía se canta, no se hace ni dice agazapados. Tenerte en vida es un golpe contundente.
Fotografía de Gustavo Cerati por Álvaro Baeza (Concierto Cerati Rosy Theater Atlanta GA).
Desolación total entre los amantes de la música hispanoparlante. La partida de Gustavo Cerati (1959) rebasa a una generación, su huella permeó entre seguidores de distintas edades a las que une uno de los más grandes referentes del rock cantado en español. Es tiempo de las redes sociales… las malas noticias corren casi en tiempo real. No recuerdo una sensación similar excepto por los días en que se asesinaron a John Lennon (1980) y cuando encontraron el cadáver de Kurt Cobain tras su suicidio (1994).
Exactamente el mismo día de su fallecimiento me toca publicar una columna en la que doy cuenta de que apenas se acaban de cumplir 30 años de la edición de su primer disco epónimo. Apenas regreso de Buenos Aires —esa ciudad tan susceptible— y a la que “Viajé con la consigna personal de rastrear la presencia de Soda Estéreo en el ambiente en general y que al principio parecía que se trataba de un silueta tan difuminada que apenas era perceptible”. La primera pista fue verlos en la portada de la edición argentina de la revista Billboard, pero no mucho más. La música del azar suele realizar maniobras extrañas. No hay impostura, sabíamos que debía de irse y aun así nos pegó fuerte.
Soda fue el primer grupo que despertó y permitió la feligresía de mi generación; eran los mejores días de Rock 101 y Espacio 59. Cuando Nada personal —su segundo disco— se convirtió en todo un suceso comenzaron a venir al país con frecuencia. De un hotel en Reforma a la Universidad del Valle de México, del Hotel de México a presentaciones en ciudades de provincia y la Alberca Olímpica, entre muchas más. Y nosotros —todavía adolescentes— encontrábamos formas improvisadas de emprender la peregrinación para seguirlos. Era una ruta emocionante y entregada.
Gustavo, Charly y Zeta nos enseñaron que había otra manera de entender al rock en español; una en la que hubiera letras sofisticadas, un sentido de la contemporaneidad y una elegancia y glamour que se deslindaba del gueto barrial. Me tocó verlo en la discoteca Magic Circus aparecer por sorpresa para tocar la guitarra en “La bestia humana” de Caifanes. En la Pub Magazine de Los Ángeles, Benjamín Acosta —con quien colaboraba yo estrechamente— lo trató muy de cerca para dedicarle la portada. Y la española Aixa de la Cruz nombró a su novela De música ligera.
Soda provocó una coyuntura, un cambio radical de estética y posicionamiento. No me canso de reiterar que el trío se pronunció de entrada harto del derrotismo, la tristeza social y la represión, y desde su primer disco pugnaron por un cambio radical de actitud. A través de ellos pudimos entrever que existían grupos como Fricción, Sentimiento Muerto, Los encargados y Virus (cuyo cantante produjo su debut), entre otros tantos. Pusieron en marcha una teoría de los vasos comunicantes musicales.
Llevo alrededor de 30 años obsesionado con el rock en español —hurgando, impulsando, analizando— y siempre consideré al grupo bonaerense como una de las cumbres del rock con letras en el idioma de Cervantes. Tan es así que al momento de diseñar el rumbo de la colección Rock para leer, en la que la revista Marvin hace eclosionar música y literatura, el primer libro dedicado a un grupo hispanoamericano que se prepara será dedicado a Gustavo Cerati –tanto en grupo como en su trayectoria solista—. El volumen, que consta de 19 cuentos, se publicará muy pronto.
Crecí escuchando a Cerati, lo vi crecer como músico, enfrentar sus tormentos existenciales, reinventarse mil veces. Siempre se mantuvo impredecible y sabía deslizarse entre el rock y la electrónica con total suavidad. Disco a disco conseguía poner una gran sobredosis de riesgo e inventiva. No le gustaba repetirse.
Decidí que tenía que recrearlo desde la literatura, imaginar desde mi perspectiva una dimensión ficcional en la que Gustavo se moviera y logré escribir dos cuentos todavía inéditos: Mezcal con Soda y otros tóxicos, además de Tu presencia es mi pesadilla, con el tema “No existes” como un leit motiv.
Fue entonces cuando tuve que clavarme más en su entorno. Imaginarlo escribiendo los temas de lo que sería su tercer Lp, Signos, que aparecería en 1986 y al que considero una de sus más grandes obras. Así descubrí que desde pequeño tenía una gran fascinación por Nueva York —su papá le regaló una vieja postal—; seguí sus pasos por Buenos Aires— averigüe sus direcciones y hasta el acomodo de alguno de sus timbres caseros. Recabé información que luego transformé en literatura y que lo ubicaba caminando por el Bajo Belgrano, supe que se llevó bien con Spinetta —fueron vecinos— y que hasta llegó a ir a algunos partidos del River.
Viajé hasta su ciudad para tener un vistazo fugaz de sus espacios, de sus recovecos… disfrazado de Vila Matas quise entrever una urbe en la que el Gustavo real se fundiera con el personaje –la literatura como el mundo real y viceversa—; el hombre convertido en referente simbólico.
Regresé a México y no tardé en recibir el texto de Paul Medrano que habrá de servir como prólogo de tan ansiado libro y al que en este instante el escritor da una obligada vuelta de tuerca. El texto final no será el que era, pero allí podía leerse:
Para un hombre, lo más temido es la muerte. Para un artista hay algo peor y Alan Moore lo definió muy bien: enfrentarse a la oscuridad simple de la existencia.
La madera artística no se apolilla con facilidad: soporta amputaciones; pérdida de alguno de los cinco sentidos; esquizofrenia; adicciones; guerras; pobreza y hambre. La fuerza creativa no le teme a las dictaduras, a la enfermedad o al escarnio. Sigue adelante. Así ha sido y así será.
El caudal de reacciones no se detiene. El jueves 4 de septiembre Cerati dio sus gracias totales definitivas, pero su legado se esparce entre miles de escuchas de ayer y de hoy. Nunca como ahora encuentro testimonios de verdadera conmoción; quiero creer en la sinceridad de tales expresiones. El paso de Gustavo hacia otra dimensión nos golpeó de veras —más allá de los exabruptos de los infaltables políticamente incorrectos—. La talla del músico no está a discusión; la calidad musical alcanzada fue y sigue siendo muy alta. De los pasajes de su vida privada no requerimos sino meras anécdotas nostálgicas.
Cito una reciente entrevista de Radar (Página 12) con el baterista Charly Alberti para insistir acerca de sus pretensiones: “Lo que hicimos fue decirle basta a ese llanto. Teníamos ganas de experimentar otras emociones y de demostrar que había un mañana. Así que nos aferramos a las canciones para tratar de ir hacia adelante, no para recordar el pasado”.
Gustavo Cerati fue un fantacista que nos hizo imaginar parajes eléctricos llenos de rock and roll y poesía espontánea. Supo imprimirle al rock latinoamericano un halo insólito de épica y magia. La capacidad de soñar e imaginar a través de la música no se debe perder nunca. ¡Larga vida, Gustavo! Debemos convertir a la pesadumbre de hoy en una reverberación de tu guitarra que se escuche por siempre. Nos esperaras en tu ciudad de la furia y allá nos verás volver a verte.
A minutos del anuncio de su partida, su estela es tal que incluso provoca homenajes instantáneos. Cierro está evocación con un pequeño poema del periodista Luis Fernando Alcantar Romero, que con emoción nos pone a volar entreverando canciones:
Gracias totales
desde la ciudad de la furia
yo con mi sobredosis de tv
todavía no pasa el temblor allá afuera
ahí sigue el misil en mi placard
sólo queda poner un disco eterno de música ligera
Fotografía de Gustavo Cerati por Federico Giraldo.
Entre las etnias tzeltales existe un componente no físico en el hombre que le otorga la energía suficiente para existir más allá del cuerpo, acaso una conciencia superior que se observa a sí misma mientras fluye en el mundo. ¿Es que la mente, esa biblioteca borgeana y laberíntica capaz de apreciar la belleza, se extinguirá un día entre silencios? Ch’ulel ha sido traducido al español como alma o espíritu, pero sería mejor decir que se trata de la unión y metamorfosis de dos principios básicos que conviven sin anularse: lo sagrado y lo profano. Para las culturas precolombinas ambos estados del cosmos solían encontrarse fuertemente ligados, definiendo así el destino siempre mutable de los hombres.
Hace unos días se inauguró en el Espacio Zapata la exposición de pintura y grabado en pequeño formato: Formas de espiritualidad maya, de Antum Kojtom. El Espacio Zapata es un taller de gráfica y galería ubicado en el Centro Histórico de Oaxaca a pocos pasos del Espacio Siqueiros y La Chicatana, con los que comparte su origen en las protestas sociales del 2006, cuando un grupo de artistas formaron ASARO (Asamblea de Artistas Revolucionarios de Oaxaca) para apoyar la lucha magisterial. Han pasado ya varios años desde aquellos enfrentamientos, cuando estas calles empedradas se convirtieron en campos de batalla lacrimógena.
Vi la ciudad arder de lejos, estudiaba entonces en el D.F. y dudaba también de las verdaderas intenciones de los maestros. Sin embargo, reconozco en los artistas plásticos que estuvieron ahí un genuino interés por hacer del arte un terreno múltiple donde distintas voces puedan dialogar. Algunos de ellos siguen produciendo gráfica en el Espacio Zapata, otros han escogido caminos disímiles dónde expresar lo que piensan políticamente. La exposición de Antum Kojtom tiene que ver con esa voz que aún resiste la fuerza homogeneizadora de este sistema y pretende extender un puente sólido hacia formas tradicionales de entender la vida y al otro, el papel que el sujeto tiene por sí mismo.
Según la cosmovisión maya tzeltal, el Ch’ulel es un soplo de vida, aliento de aquella parte divina e infinita que no podemos conocer racionalmente y que además tiene la capacidad de desprenderse del cuerpo bajo ciertas circunstancias adversas: mientras dormimos, durante excitaciones fuertes como el susto o el orgasmo, o cuando atravesamos un estado alterado de conciencia como la embriaguez. Humo, cuerpo que se consume con el fuego del día. En la exposición, Antum Kojtom equiparó el Ch’ulel con un nivel de conciencia elevado donde el individuo entiende su misión en la vida y logra integrarse a un orden social, asimilando una cultura heredada de sus ancestros. Las voces de los otros en el sendero propio. El Ch’ulel se ubica en la garganta, el corazón y la cabeza, puntos energéticos a partir de los cuales el individuo procesa el conocimiento y traduce el mundo, mecanismo que no se vive en solitario sino que es resultado de una asimilación cultural.
Quizás esa sea la mayor diferencia entre las comunidades que hemos catalogado como indígenas y la nuestra, sociedad de sujetos posmodernos que conviven bajo otro tipo de lineamientos y restricciones. La libertad es un estado mental que no se encuentra cuando se está confundido, ¿y qué confunde más que no saber quién es uno, qué quiere hacer con los años ganados? Lo cierto es que aquí existe el sujeto como categoría aislada y en constante búsqueda de sí mismo, del espejo y del rostro dónde desviar su carácter fortuito, dónde aventar las cosas que no entiende. Demasiado peso para unos hombros pequeños. Sin embargo, Antum tampoco intenta promover un modo de vida superior a otro, ese ha sido un gran error de todos los tiempos, sino de apreciar la diferencia como la base misma del conocimiento. Capacidad de dejar ir aquello que permanece en la sombra.
Tener Ch’ulel es convertirse en persona, asumir la existencia propia y ajena a partir del lenguaje. Los tzeltales creen que no se nace siendo una persona, esto se logra con aprendizajes sinceros. Se trata de tener una postura frente al mundo, una postura política, si se quiere, para no ir por ahí dando tumbos sin saber qué hacer frente a las atrocidades, las cosas que estrujan el corazón como hojarasca y que no obstante acontecen una tras otra en oleadas interminables de incertidumbre y caos. Y sin embargo, algo podrá hacerse para cambiar el curso de los días. Algo que parece tan simple, tan dado de antemano, como las palabras. Cenizas son los cuerpos que aventamos al viento, dunas de sombra.
Según esto, hay otra vida cuando se comienza a hablar desde una conciencia más amplia y general, cuando el otro desaparece como una categoría distante. Ingmar Bergman hizo una película sobre esta dualidad. Persona (1966) es la historia de una confrontación entre el silencio y la palabra, partes indisolubles que necesitan repartirse uniformemente o el equilibrio corre peligros innecesarios, la persona se desintegra, adopta su locura o se la inventa. Supongo que el Ch’ulel se inscribe en el terreno de la ética, esa práctica poco común en nuestros días, confundida trágicamente con la inservible moral.
Antum Kojtom trabaja con estos supuestos místicos en torno al devenir. De ahí emana su compromiso con el arte como una vía para asimilar la muerte, aquella transmutación inevitable del ser. En 2007, fundó el colectivo Gráfica maya en San Cristóbal de las Casas, donde imparte talleres gratuitos de dibujo, grabado y pintura para niños y jóvenes. Comparte con quienes trabajan gráfica en esta ciudad la noción de que el arte debe ante todo difundirse, ser accesible para casi cualquier espectador. Los diferentes tipos de gráfica constituyen quizás un medio más igualitario de producir, exhibir y vender distintas vías para entender la realidad o por lo menos aceptarla, jugar con las cartas que nos han dado. En todo caso, no se trata de plasmar un mundo fácilmente digerible, la vida es dura y en ocasiones ruin, sino de dialogar con ese lado siempre ambiguo que llamamos oscuridad, sombra, vacío. Dialogar con la luz y el otro que es uno, reproducir un orden variable.
Más allá de su función comunicativa y práctica, ¿sirve realmente el lenguaje cuando se adentra en la zona nebulosa de la memoria? José Israel Carranza tiene la creciente sospecha de que las palabras resultan equivocas e inútiles cuando intentamos fijar un recuerdo. Al pasado, a fin de cuentas, le somos indiferentes.
Tarde o temprano, las reconsideraciones de nuestro pasado terminan por conducirnos, inevitablemente, a la constatación de lo superfluo de nuestra intervención en los sucesos que le dieron forma. Conforme va solidificándose la espesa materia de lo irremediable —y mientras, paradójicamente, se tornan cada vez más evanescentes las voces, los rostros y los lugares con que podríamos reconocerla—, comprobamos cómo se afirma la naturaleza contingente de nuestra presencia en los días señalados por cualquier razón, y algunos incluso, aunque no siempre lo advirtamos, parecen contenernos sólo por accidente, porque fue inevitable que pasáramos por ahí. Recuerdos en los que figuramos tan desvalidos o inútiles como los árboles a cuya sombra transcurren, como los personajes anónimos y borrosos al fondo, como las palabras perdidas que jamás vamos a poder recuperar; tramos de la memoria confundidos, según van quedándonos más lejos, con las proposiciones que ahora nos hace la imaginación —y que aceptamos sin poder evitarlo—, y ello porque, en realidad, nunca tuvimos manera de participar en el orden de los acontecimientos cuyo decurso nos ha traído hasta aquí.
Hace ya algún tiempo vengo cultivando el propósito —seguramente necio, seguramente inservible— de eludir, tanto como sea posible, lo que he dado en llamar “la obcecación memoriosa”: el hábito de referir continuamente mi circunstancia actual a las historias localizables en el desordenado archivo de mi pasado: a la descontrolada proliferación de datos, argumentos, sueños, anhelos, aversiones, errores y también, como quiere el tango que más de una vez he debido repetirme, mis “pobres triunfos pasajeros”. En el amasijo están entreveradas, desde luego, las penas y las dichas de las que nadie se ve libre, y que el mismo río se lleva por igual. No se trata de aspirar a la erradicación absoluta de las informaciones disponibles acerca de mí —de algo deben de servirme, quiero suponer—, ni tampoco es la ingenua pretensión de soslayar o dar la espalda a cuanto haya hecho o me haya ocurrido, pues a menudo tengo ocasión de corroborar —como le sucede a cualquiera, quiero creer— cómo sin tales informaciones uno se aproxima a la condición de fantasma; por lo demás, ya la muerte se encargará de disolver por completo todo rastro nuestro cuando llegue a cumplir su trabajo de limpieza y olvido. (Y me pasa cada vez más a menudo: en las conversaciones con los amigos, cuando el tedio o el desgano de fabricar nuevas anécdotas nos lleva a reconstruir las que protagonizamos en días idos y crecientemente remotos, descubro con alguna perplejidad cómo he extraviado algunas precisiones, cuando no las tramas enteras, indispensables para que la reconstrucción tenga sentido. No sé si sea correcto buscar las causas de mis olvidos en el mero paso del tiempo y acomodarme a la idea de que la acumulación de recuerdos puede ir convirtiéndose en saturación, y que por tanto hay algunos naturalmente desplazados a las carpetas de lo inservible o lo indeseable. Tampoco sé si mi memoria ha comenzado a fallar por causas que no sean atribuibles a la edad, pero en cualquier caso el fenómeno me sirve para afirmarme en la convicción de que nuestra participación en cualquier acontecimiento menos o más determinante de “nuestra historia” es, cuando mucho, una ilusión de índole accesoria y prácticamente prescindible).
Así, entonces, entiendo que uno no puede sino permanecer inerme —y ojalá impasible también— ante el veleidoso comportamiento de su propia memoria. Joseph Brodsky lo dice de manera inmejorable: “La perspectiva de los años endereza las cosas hasta el punto de borrarlas totalmente. Nada nos las devuelve, ni siquiera las palabras escritas con las volutas de sus letras”. Es en un ensayo donde ha comenzado con esta sentencia brutal: “Puestos a hablar de fracasos, intentar recordar el pasado es como tratar de entender el significado de la existencia”. El hecho es que los anticipos de la amnesia que infaliblemente nos aguarda (agazapada, quizás, en la senilidad, o en el accidente que nos deparara una lesión cerebral; paciente, en todo caso, al lado de nuestra tumba), así puedan parecer triviales o hasta cómicos, constituyen la fragmentaria evidencia de que el pasado será siempre una construcción de nuestra fantasía, de nuestra voluntariosa confianza en sus efectos, y una construcción, desde luego, siempre defectuosa, falaz o, por lo menos, incompleta.
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Claro: el problema de las palabras. Me detengo un poco en él por el presentimiento de que tarde o temprano habré de enfrentar una decepción mayúscula y definitiva si no tomo precauciones ahora mismo. (Quien iba a decirlo: cuando menos estaba dispuesto a ajustar cuentas, de una vez por todas, con un desasosiego que vengo arrastrando desde hace tiempo, salta ahora y se atraviesa en el sendero que iban abriendo estas líneas; por lo visto no va a dejarme sacarle la vuelta, y en estos precisos instantes quizá yo este dilatando con este paréntesis innecesario mi temor de encararlo, e incluso tal vez me lance enseguida a extender por cuatro o cinco renglones más una digresión acerca de la impertinencia acaso implícita en el hecho de reincidir en el pésimo hábito —que siempre he tenido y no habría de abandonarme hoy mismo; con suerte tal vez lo repare en una revisión de lo escrito, cuando llegue, si llega, el punto final que, por supuesto, ignoro donde podré encontrar—, el pésimo habito, digo, de escribir diciendo cómo escribo, y mientras tanto el problema seguirá esperándome, por lo que cierro el paréntesis y mejor veo cuanto antes qué pasará ahora, cuando lo enfrente). Uno, vamos a ponerlo así, cree en la utilidad de las palabras. O, si no cree —tal vez porque ni siquiera se ha planteado nunca la alternativa—, al menos se las arregla sin mayores dificultades con la regularidad con que la palabra no ha demostrado significar “no”, casi siempre, y la palabra sí, casi siempre, “sí”. Jamás faltan las oportunidades de comprobarlo: decimos “Pásame la sal” y la sal llega a nosotros, o “Con permiso” y conseguimos abrirnos paso. O “¿Cuánto es?”, y nos dicen cuanto, o “Te extraño”, y nos devuelven una declaración equivalente o la mirada de incredulidad y el silencio que seguramente nos merecemos —que para el caso es lo mismo—. Pero voy a esto: con más frecuencia de lo que sería saludable reconocer, las palabras demuestran pasmosamente su inutilidad al momento mismo de ser pronunciadas o escritas, y aunque parezcan cumplir inobjetablemente la operatividad maquinal indispensable para la satisfacción de lo inmediato (la sal, abrirse paso), apenas se intenta usarlas para conferir definitividad a un significado, digamos, más complejo —para establecer un recuerdo, por ejemplo: para pactar desde el presente la conmemoración futura de un acontecimiento que suponemos memorable—, casi es posible verlas desvanecerse y desaparecer en la nada de la que provinieron.
Para ilustrar lo anterior quizás convenga desempolvar un pasaje de la Correspondencia sin destinatarios (anotada) de Orfeo López Salazar, antología que reúne alrededor de una quincuagésima parte de las más de catorce mil cartas que este autor escribió a lo largo de cuatro décadas y jamás envió.[1] Se trata de una carta que dice así:
Quién sabe si podrías sospechar que mis cartas están hechas con lo que sobra, lo que puede quedar aparte de todo cuanto verdaderamente tendría que escribirte y no puedo […] Eludo cualquier alusión a ti, a lo que he pensado de ti, y cómo me he obstinado —ya con más cansancio en los últimos tiempos— en cuidar que se pierda lo menos posible. Y no veo que pudiera ser de otra forma: has de estar ausente, como yo lo estoy en las tuyas, en las cartas que no me has pedido que te escriba. Sin embargo, como bien lo has entendido, parece que cada uno sabe que el otro está entendiendo, y así continuamos. […] También me he impuesto no hacerte preguntas, pero de tal modo que no supongas que no quiero saber. El problema es qué creerías tú que yo querría saber; el problema es, como siempre, que lo sé todo; que, como siempre, saberlo todo de nada me sirve. Quizás, para que todo esto siga, sea indispensable que yo no sepa por qué sigo escribiéndote. Y quizás — ahora todo puede suceder, o nada, es lo mismo— alguna vez pueda escribirte, porque tú así lo decidas, lo que verdaderamente debería escribirte, y no estas largas parrafadas armadas con tanta indecisión y tanto vacío. […] De pronto sospecho que estás haciéndome decir más de lo que debería, y pienso en que podrías dejar de responder. Pero ya sé que no escribirás otra vez y que de nuevo quedaré sin saber qué pensar, calculando las palabras precisas y vagas para responderte, armando el vacío que no me pides que vaya construyendo para que no lo veas y no me encuentres en él […].
Su autor comenta:
Ignoro con qué propósito, tuve el cuidado de consignar pormenorizadamente el modo en que las palabras, lejos de despejar ningún enigma y más lejos todavía de facilitarme ningún asidero, propiciaron un desencuentro y me condujeron a apreciar con reverencia las virtudes del silencio. Lo despacho rápido: fue un breve tiempo durante el que fantaseé con sostener una copiosa correspondencia con alguien, y tal era la importancia de dichas comunicaciones que, al principio, me afané escrupulosamente en conferir toda la precisión posible a cada línea, a cada palabra, y en prever cada giro que podría tomar la interpretación de cuanto yo decía. Pronto, sin embargo, caí en la cuenta de que las evoluciones de mi escritura (mi prosa y, tras ella, el trabajo de cálculo, que la lastraba y la envilecía), cada vez más demoradas y concienzudas, partían de una preocupación sostenida e irrenunciable: la altísima probabilidad de que mi corresponsal (que, de cualquier manera, nunca existió) no llegara a entenderme en absoluto. O que llegara a entender cualquier cosa que yo hubiera sido incapaz de imaginar. Ésta es la última carta, que desde luego no envié.
Esta carta me sirve apenas como vestigio para datar el momento decisivo en que me vi despojado de la fe inocente y dichosa que pude, hasta entonces, tener en las palabras —pese a que ahora, a la distancia, yo mismo sea incapaz de comprender qué diablos quería decir. Lo que obtuve al canje, tras renunciar al empecinamiento de despachar sílabas y más sílabas en el necio afán de formular mis razones para nunca comunicarlas, fue una incomprensión que en nada habría diferido de la que habría cabido esperar de perseverar en el balbuceo huero y, por tanto, inservible. Mejor, siempre, callar.
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La averiguación de este asunto, la inutilidad de las palabras, ha terminado reconduciéndome al fracaso del que habla Brodsky, y que hasta hace un rato era el rumbo hacia donde quería dirigirme. Un hombre descubre, repentinamente, que su presencia no es indispensable para que su vida continúe transcurriendo. Intuye que está en ella poco menos que por casualidad, y acaso porque no ha tenido la ocasión de apartarse a un lado; quizás, incluso, porque hasta este momento ni siquiera había pensado en esa posibilidad: omitirse, dar un paso fuera del cauce de los acontecimientos en que está inscrito, detenerse y limitarse a observar como tales acontecimientos prosperan sin que él, con sus aparentes decisiones y con sus actos, se obstine en intervenir. Y parece tan sencillo. No se trataría, desde luego, de una supresión dramática —por tentadora que resulte para intensificar lo radical del experimento—: es claro que, si se mata, no tendrá forma de verificar los resultados. El juego consiste únicamente en desaparecer. Como Wakefield, aunque con algunas sutiles diferencias: no haría falta que se marchara ni que dejara en su lugar una ausencia que, por lo menos al principio, alteraría el orden natural de sus días. Sólo tendría que remover su voluntad; para ser más precisos, el remedo de voluntad con que, hasta ahora, ha venido suponiendo que su vida lo necesita para hacerse e ir aumentando páginas a su biografía —un volumen que, por lo demás, nadie tendría la paciencia de escribir—. Tal remedo de voluntad consiste, precisamente, en las fórmulas económicas que van datando cada uno de nuestros actos: las palabras donde suponemos que quedan las claves gracias a las cuales perviven los mundos por donde atravesamos alguna vez (y nuestras sombras en ellos): las palabras: los conjuros deficientes con que buscamos regresar a esos mundos, tan irrecuperables como inservible sería nuestra presencia en ellos si nos fuera dado visitarlos de nuevo.
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Un vistazo a la película El sacrificio, de Andrei Tarkovsky. En la plegaria que, sobrecogido por “un miedo animal”, Alexander dirige a Dios, le ofrece desprenderse de cuanto ama (su hogar, al que prendera fuego; su mujer, su hijo, sus amigos) si “sólo todo vuelve a ser como era antes, como era esta mañana o ayer”. El personaje entiende que la guerra nuclear está por comenzar, y que con ella sobrevendrá la devastación total, de la que nada podrá salvarse. Y añade: “Enmudeceré y nunca diré una palabra más a nadie”. (Antes, en otro momento, ha declarado: “Dios, que cansado estoy de hablar…! Palabras, palabras!…”). Muchas veces he pensado en este negocio —que el Todopoderoso acaso acepta, pues luego de que Alexander ha caído en un profundo sueño lo vemos asomándose por una ventana al mundo, preservado, por lo visto, de la destrucción, y donde continúa ya la vida a la que Alexander ha debido amputar la suya—: pese a que la renuncia con que cumple su parte del trato es tomada por una enajenación súbita e irremediable pues el hombre quema su casa, huye de quienes se le acercan y, sobre todo, se rehúsa a dar ninguna explicación, me siento inclinado a creer que el milagro, por estupendo que haya sido, salió barato. Puesto así, claro, quizá parezca una frivolidad —y tal vez lo sea—: ¿la salvación del mundo a cambio del silencio de un hombre? Lo dicho: las palabras son moneda cuyo valor esta sobreestimado, y apenas podrían servirnos para dar pretexto a Dios de que despliegue Su misericordia. El caso es que yo, como Alexander, aunque sin el apremio apocalíptico de la circunstancia (y, desde luego, sin las implicaciones metafísicas de su sacrificio), voy acercándome a creer que la prescindencia de las palabras, como no sea para conseguir que a uno le sirvan en un restaurante, que un taxista sepa a donde dirigirse o que todo prójimo se haga a un lado y deje pasar a la voz de “Con permiso”, no puede ser tan lamentable como nuestra arrogancia nos podría hacer suponer. Mis razones, con todo, voy apenas trazándolas, pero es una sospecha cada vez más clara, y va afirmándola cada recuerdo que, por impreciso, se me vuelve inútil: cada evocación de mis propios días donde veo cómo me borro, cómo habría dado igual si yo no hubiera estado ahí.
[1] Autor, también, de un breve libro de poemas en prosa, de un manual de apicultura, de una historia incompleta de su región (la otrora Provincia de Ávalos, que tuvo su capital en Sayula) y de unas memorias personales más incompletas aún, pues sólo abarcan tres semanas de la infancia —si bien su composición le tomó buena parte de los últimos doce años de su vida, como puede constatarse en diversos pasajes de su Correspondencia…—, López Salazar estaba al tanto de que su obra fundamental la constituiría la copiosa producción de cartas que fue despachando a lo largo de cuarenta y un años. Los otros libros fueron, por decirlo así, accidentales y carecen de interés, como no sea para un improbable biógrafo. Nació en 1917, en el rancho El Sorgo, aledaño a Sayula, y aparte de su ocupación al frente de una tienda de abarrotes a las afueras de esta ciudad, de la que nunca se mudó, no se le conoce ninguna otra. Viajó poco, apenas a Ciudad Guzmán, a Guadalajara, a Colima y una insólita vez a una boda en El Teúl de González Ortega, en Zacatecas —como consta en una carta—, y los hechos principales de su vida fueron el matrimonio, las llegadas de los hijos (cinco o seis), una jornada de terror cuando las huestes de Pedro Zamora pasaron por Sayula, durante la Guerra Cristera, y la viudez poco antes de su muerte (murió a causa de una cirugía de hernia mal practicada cuando estaba por cumplir los setenta años). No hay indicios de que realizara estudios más allá de los primarios, y sin embargo llegó a convertirse en un buen lector, gracias en parte al acceso que le brindaba a su biblioteca el licenciado Zacarías Aldrete, notario y cronista de la ciudad, pero también gracias a la voluntad del propio López Salazar para hacerse de libros por vía de una especie de distribuidor editorial con quien trabó contacto en Ciudad Guzmán y que distraía algunos volúmenes destinados a las bibliotecas municipales para vendérselos a él. (Esta pequeña pero sustanciosa biblioteca fue vendida por kilo a su muerte, y se dispersó rápidamente entre dos o tres libreros de viejo de Guadalajara, como llegué a saberlo al buscar e interrogar al respecto a una de las hijas en la tienda de abarrotes, que hasta hace unos diez años aún funcionaba y llevaba por nombre El Inframundo). Las cartas, para las que López Salazar había organizado un escrupuloso sistema de archivo en tres grandes muebles alojados en el despacho acondicionado en la trastienda de El Inframundo, y donde también tenía sus libros, un escritorio generosamente iluminado por un ventanal y una máquina de escribir, merecieron que hacia 1982, cuatro años antes de morir, su autor las cribara cuidadosamente a fin de integrar la selección que compondría la Correspondencia sin destinatarios (anotada), volumen de más de mil cien páginas que un editor tapatío tuvo la audacia de publicar, si bien en un tiraje reducido. La publicación venía presentada por un exordio firmado por el Lic. Aldrete, y es la noticia principal (si no la única) sobre la vida y la obra del autor sayulense. Se trata, a riesgo de ser absolutamente injusto con alguien que prácticamente invirtió la totalidad de su vida adulta en semejante empresa, de un libro tediosísimo e intransitable, la consecución de un fracaso monumental que, sin embargo, en su obstinación tiene su recompensa: la prueba irrefutable de que escribir tanto, tan denodadamente, no sirve absolutamente para nada. Cartas cuyos destinatarios jamás existieron o fueron suprimidos, y en todo caso nunca enviadas, destinadas a desaparecer (literalmente: a la muerte del padre, la hija sencillamente sacó los archiveros a un corral y dejó que el tiempo y el sol y la lluvia y quizás algún roedor reventaran las tablas y regaran los papeles por la tierra que pronto los fue absorbiendo y revolviendo con el rastrojo de un cañaveral aledaño), salvo por las que quedaron preservadas en el mamotreto en cuestión. Yo lo encontré, dónde más, en una librería de viejo en el centro de Guadalajara.
Portada de ‘Cevdet Bey e hijos’ (Orhan Pamuk, México, 2014).
Mucho antes de que la Academia Sueca reconociera su obra con el Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk (Estambul, 1952) ya era considerado por la crítica el principal intérprete de la vida política y social turca de fin de siglo. Su obra, que comenzó a ganar espacios en el mercado estadounidense en los años noventa, no había, sin embargo, tenido la misma fortuna en otros países: su primera novela, Cevdet Bey e hijos, que fue publicada en Turquía en 1982, tardó más de 30 años en ser recuperada para los lectores de habla hispana.
Cevdet Bey narra la historia de tres generaciones de una de las primeras familias comerciantes de Estambul. La anécdota es, a su vez, el relato de un pueblo arrojado súbitamente a la búsqueda de su identidad. Cevdet Bey, el personaje, es digno representante de una naciente burguesía que ha obtenido su riqueza al amparo del contacto material y espiritual con Occidente; una clase que por sus aspiraciones encarna la utopía nacional del progreso. Cevdet sueña con tener un hogar y una familia «a la europea», destacar en los negocios, fundar un imperio comercial para los años venideros; el futuro es, para él, un lugar sin límites.
La parte central del libro —la más extensa de las tres que lo conforman— narra el fracaso de esa utopía, la frustración y permanente desarraigo que trae consigo la aventura de «ser como ellos». Libertad, modernidad, revolución: fuerzas que nutren el corazón de un país donde «las almas están cautivas». De la industria a la poesía, del matrimonio a la política, no hay esfera de la vida social que no se resista a soltar las amarras de ese «magnífico déspota que oprime a la gente contra el suelo con su fuerza y su luz deslumbrante»: Oriente. Como el cantero que golpea una y otra vez para trocear la piedra, los personajes del libro golpean —desgastando poco a poco— el muro que esconde el sueño de paz y armonía, el futuro que continuamente les es negado.
Un poeta condenado al fracaso, una esposa resignada, un ingeniero aturdido por la condición humana, un bajá torpe y bonachón, un maestro de piano, una joven melancólica, un violinista, un ministro de agricultura y un pintor son piezas del cuadro que con impecable minuciosidad Pamuk ha trazado en el libro: fruto del trabajo de un maquetista que demuestra en los detalles el amor por su oficio.
¿Puede una obra dar cuenta de la realidad de un país? ¿Puede la experiencia de la novela dar sentido a la historia? Estas son preguntas que Pamuk plantea en su obra, la cual se acerca, por su estilo, al realismo ruso más que a cualquier movimiento literario del siglo XX. La vida doméstica de sus personajes refleja la vida de una nación; sus relatos son producto tanto de la experiencia personal —Pamuk creció en el seno de una familia numerosa en el mismo barrio en el que transcurre la historia— como de la recolección minuciosa de datos, fechas y acontecimientos de la historia turca del siglo pasado.
La novela, cuya sola extensión hará desistir a más de uno, exige del lector la misma paciencia con que fue concebida. El texto abunda en atmósferas de gran riqueza: aromas y texturas que dejan un rastro inconfundible a través de las páginas del libro.
Dueño de una gran sensibilidad y un profundo conocimiento de su entorno, Pamuk ha levantado un monumento a la dedicación, un exhaustivo mosaico de la vida turca, una ventana de extraordinaria nitidez a una cultura ante la cual el lector no volverá a ser indiferente.