Mi primer acercamiento, tendría acaso once años, a la filmografía de Hayao Miyazaki fue El viaje de Chihiro (2001). La historia comienza con una niña de mejillas ruborizadas que está por mudarse a una nueva casa junto con sus padres. Durante el trayecto hacen una pausa al camino y encuentran un túnel, caminan hacia él y llegan a lo que parece un pueblo solitario pero sin rastro alguno de abandono. Cae la noche y este sitio cobra vida, se envuelve de una magia única. El resto de la cinta es delirante. A mis once años ignoraba por completo el país de origen de la cinta, su director, la técnica de realización, los galardones otorgados y todas esas extravagancias a las que se les presta tanta atención. Sin embargo, El viaje de Chihiro, con todo y su universo de espíritus, dioses, bebés enormes y criaturas sin rostros, no cambió mi vida. Pero sí me enseñó a Miyazaki.
Hayao Miyazaki: ilustrador, productor, director de cine de animación y cofundador de Studio Ghibli. Su vastísima filmografía (en la que se desenvolvió en la dirección de arte, animador, guionista, editor, productor o director) lo han convertido en icono de la cinematografía. Un referente único. Luego de un estado de reposo en su trabajo, se anunció un inesperado regreso a la cartelera con Se levanta el viento (Kaze tachinu), una producción con animación casi artesanal y proyectada a estrenarse en el Festival Internacional de Cine de Venecia 2013, que llegó a México en febrero de 2014 en el marco del Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM).
En Se levanta el viento conocemos a Jiro Horikoshi, un niño que encuentra en sus sueños de cada noche la respuesta a todas sus inquietudes y anhelos. Cual presagio, descubre en ellos su gran amor por la aviación, de mano de quien habrá de convertirse en un compañero recurrente y fundamental influencia para él, el señor Caproni, un diseñador italiano de naves aéreas. Esta es una historia lineal, por lo que vemos a Jiro como niño, adulto y profesionista, consolidándose como ingeniero aeronáutico en una importante empresa de Japón. Sin embargo, la vida de Jiro se entrelaza constantemente con todos sus sueños y fantasías propias.
Miyazaki plasma en esta cinta, la última entrega de su filmografía, un ejemplar impecable. Hay aspectos de su trabajo artístico que son sobresalientes, un ejemplo claro es la capacidad de hacer que el espectador entre y forme parte del mundo (y mundos) presentado, con una amplia cantidad de tonalidades físicas —la técnica: matices y colores— y abstractas —la intención, personalidades y temperamentos—, figuras, posturas, condiciones y transiciones. Miyazaki, invariablemente a lo largo de su obra, hace que la ficción se vuelva real y, por momentos, casi tangible.
Pero hay algo diferente: en Se levanta el viento,nos alejamos de las criaturas fantásticas acostumbradas, para incluir temas reales, crudos y de mayor alcance. Lejos de enfocarse de lleno en el público infantil —absurda aquella concepción de la idea de la animación únicamente abocada a este sector de la audiencia—, Miyazaki retoma esa inocencia propia de los niños como parte de las cualidades de los dos personajes femeninos: la pequeña hermana Kayo y Naoko, personajes secundarios que suavizan la trama e impulsan al protagonista.
La historia de Jiro se trata de algo distinto. Es la guerra, es Alemania, es Caproni como Italia y es el Japón sacudido en un sinfín de ocasiones, el de la tragedia, devastado, cicatrizado. Pero también es el Japón del ingenio humano y de la reconstrucción constante. Este es el mundo de Jiro, entre la catástrofe y la convicción de volar.
Esta película tiene diversas opiniones negativas, pero no hay que perder de vista que estamos ante un realizador por demás consagrado que no pretende hacerse de grandes entradas económicas, ni de la frivolidad de alcanzar el primer lugar en la taquilla; sino transmitir un mensaje conciso y contundente, acaso de enaltecimiento propio y colectivo. Se levanta el viento sobrepasa cualquier crítica.
Aunque Miyazaki se retire, quedan la emotividad de su obra, los universos fantásticos pero extrañamente reales, el encanto por la vida diaria, la idiosincrasia oriental, la belleza del animismo materializado y todos los personajes que ahora son referentes de generaciones: esos que conocimos por accidente o por casualidad, que quedaron marcados como sello, que se han quedado con una parte nuestra y a los que podremos volver gustosos, como quien redescubre el pasado. Como a los once años.
Maya Deren, still de Meshes of the Afternoon (1944).
La primera vez que vi El topo (Jodorowsky, 1970), la vi al revés. Era 2004 y VCD dominaba, indiscutible, la piratería. Las películas se conseguían en dos CD, con los subtítulos pegados, baja calidad y sin posibilidad de contenidos extras, etcétera.
Después de una borrachera, un amigo me invitó a ver una película de un chileno con un apellido que me sonaba más bien ruso. La vimos y —primero culpé a la borrachera— no entendí nada: ¿cómo es que una película tenía los créditos a la mitad de la película? ¿Por qué el personaje principal muere a la mitad y, en el siguiente disco, está muy rampante, con el pelo largo y un niño, recorriendo el desierto? En la noche, me convencí de que había visto la película más rara de mi existencia.
Le comenté a otro amigo. Me llamó ingenuo: había puesto los discos en el orden equivocado. Eso tenía mucho más sentido que la película que yo había visto. Mi amigo me recomendó que la viera de nuevo, en orden, y, además, me prestó otro VCD que sólo tenía escrito en la carátula: “Cine experimental norteamericano”.
Vi de nuevo El topo y me siguió pareciendo una de las películas más extrañas que había encontrado, aunque la historia tenía más sentido. Como era temprano y apenas había tomado mi café, me encontraba muy despierto y decidí poner el disco que me habían prestado. La primera secuencia que apareció en mi computadora fue una muñeca que pone una rosa sobre un camino.
Durante quince extraños minutos me enfrenté a una película todavía más extraña que El topo vista al revés. Se llamaba Meshes of the Afternoon (1944), de una tal Maya Deren.
No sé qué sea el cine experimental. Tal vez lo experimental es la búsqueda de la no definición, de simplemente “hacer distinto”; otros dicen que es ampliar las fronteras del lenguaje dado. El cine, entonces, se originó como una herramienta experimental; los soviéticos y Griffith fueron experimentales, pues por primera vez utilizaron el montaje de manera cabal; The Jazz Singer (Crosland, 1927), primera película sonora, también fue experimental.
¿Qué tan experimental podía ser una película de 1944? ¿Qué tan “distinta podría ser”? En ese momento, todavía no veía a Brakhage o El perro andaluz(Buñuel, 1929), y estaba acostumbrado a narrativas cinematográficas de los blockbusters veraniegos y de las películas por cable. Meshes of the Afternoon fue un gancho al hígado: ¿de qué se trataba la película? Incluso con El topo al revés, pude comprender la historia. La película de Deren, más que respuestas, levantaba preguntas. ¿Por qué la flor del principio? ¿Por qué, de repente, hay tres o cuatro actrices iguales en pantalla? ¿Quién es el tipo que llega al final?
Deren, bailarina, cineasta y escritora de origen ucraniano, se dedicó a hacer una serie de películas durante los cuarenta que, para no calificarlas como “raras”, se les puso el mote de “experimental”. Deren frecuentaba a Marcel Duchamp, André Breton, John Cage y Anais Nïn, y con algunos de ellos hizo trabajos cinematográficos. Lo más interesante de sus películas es que no las consideraba trabajos “para no ser vistos”, como si fueran un ejercicio con la cámara. Ella sabía que sus películas no podrían acceder a un amplio público, pero, que aun así, encontrarían su espectador.
Meshes of the Afternoon trata (tal vez) de un suicidio, pero por medio de una narrativa desestructurada. En vez de proponerse una historia lineal, Deren propone una serie de símbolos para llegar a la misma conclusión que una narrativa “tradicional”: repetición, fundido de una llave en un cuchillo y viceversa, ángulos de cámara incómodos, encuadres cerrados. Y, al final, una mujer muerta. No estoy seguro que la interpretación del suicidio sea total, pero al menos es satisfactoria.
A pesar de su extrañeza, es una película que me gusta mucho, me trae buenos recuerdos de una época y me hace ver interesante cuando la menciono en una plática sobre los surrealistas o Lynch.
Nota: el soundtrack es un agregado del 2011. Lo mejor, pues, es ponerle mute al video, y escucharlo como era originalmente.
Otras obras de Maya Deren que se pueden encontrar en Youtube (ninguna tiene desperdicio):
At land (alguien le puso música de Jonny Greenwood, el de Radiohead. Pulgar arriba).
En la primavera de 1864, Maximiliano de Habsburgo dejó el castillo de Miramar, cercano a Trieste, en el noreste de Italia, para venir a México y hacerse emperador. Tras el fusilamiento, la fragata Novara regresó a Trieste su cadáver casi cuatro años después. De ahí fue enviado en tren a Viena para que descansara en la Cripta de los Capuchinos. Carlota, que se le había adelantado en el retorno a Europa, abandonó Miramar en 1867 entre síntomas de locura y nunca volvió a ver la playa mediterránea desde el promontorio de Grignano, donde hasta hoy su castillo se yergue.
La aventura mexicana de Maximiliano ata nuestra historia con la de Trieste, la antigua Tergeste, hoy tierra italiana, próxima a Croacia y bañada por el mar Adriático, donde las culturas de la Europa central se encuentran y a donde pertenece Claudio Magris (1939). De esa ciudad y de sus vínculos con la Mitteleuropa parte la escritura del triestino; orbita en torno suyo; por su aliento, palpita.
Muy joven, Magris atrajo la atención al publicar un libro que surgió de su investigación doctoral dentro de sus estudios sobre germanística: El mito habsbúrgico en la literatura austriaca moderna (1963). Trieste fue parte del Imperio Austrohúngaro, aún después de la batalla de Solferino, cuando la monarquía austriaca perdió sus territorios lombardos y venecianos (Maximiliano de México fue también virrey de Lombardía y Venecia), hasta 1920, cuando se anexó a Italia mediante el Tratado de Rapallo.La cultura germánica, a cuyo estudio se ha abocado toda la vida, ha tenido en Magris un ducto para fluir hacia el universo italiano y, gracias a su amplia difusión en el horizonte hispánico, hacia nosotros. Esa labor de reflexión y escritura continuó más tarde con los ensayos Lejos de dónde. Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental (1971) y L’altra ragione. Tre saggi su Hoffmann [La otra razón. Tres ensayos sobre Hoffmann](1978). Además del ámbito alemán en sentido acotado, Magris es profundo conocedor de la cultura que se forjó en las márgenes del Danubio, una cultura que nace en el este de Alemania y que atraviesa, hacia Levante, Austria, Eslovaquia, Hungría, la ex Yugoslavia, Bulgaria y Rumania, hasta desbocar en el Mar Negro.
Para cuando Magris escribió su obra mayor, El Danubio, su escritura ensayística había fraguado ya Ítaca y más allá (1982) y El anillo de Clarisse (1984), algunos ensayos de Utopía y desencanto y el opúsculo Trieste. Una identidad de frontera (1982, escrito junto con Angelo Ara). Justo en 1982, durante un viaje de Viena a Bratislava con su mujer, la escritora Marisa Madieri, y algunos amigos, al lado del Danubio y casi en la línea que apartaba entonces con su cortina de hierro dos mundos, el escritor tuvo una revelación:
Estábamos muy felices, la luz de entonces impedía distinguir entre el correr del río y el movimiento de los pastos y el trigo. Las fronteras se encontraban disueltas. No sabíamos qué era exactamente el Danubio, pero teníamos la impresión de estar en armonía con él, con el correr del tiempo, con la vida, con la historia… Fue uno de esos momentos de felicidad, de amistad… Y de repente tuve solamente un flash: un museo y el Danubio. […] Me pregunté qué era el Danubio, ese río símbolo de la mezcla entre artificio y naturaleza, espontaneidad y organización. Algo por un lado muy sensual, muy presente; y por el otro, muy extraño, muy lejano. ¿Si nos paseáramos hasta el confín de la memoria?, me pregunté de nuevo. Así comenzaron cuatro años de escritura, de viajes, de reflexión sobre el Danubio.
La aparición, en 1986, de El Danubio dio al público las páginas en que el autor transita desde las fuentes del río hasta su término en el mar por medio de un discurso que conjuga, con su ensayística, la narración, la autobiografía, el relato de viaje, los golpes de la prosa poética. Con imprecisión, la industria editorial califica la obra como “novela”, a sabiendas de que en este libro, como en pocos (pensemos, por ejemplo, en Los anillos de Saturno de W. G. Sebald o en Mobile de Michel Butor), la clasificación genérica es ociosa. Durante muchos años Magris almacenó un caudal de datos y experiencias sobre la cultura danubiana que encontró cabida en el movimiento intelectual de catábasis descrito por El Danubio. La expedición desde el interior del continente, que traspone varios viajes reales a lo ficticio, se logra a través de un montaje de diversas piezas que siguen, a lo largo del río, uno tras otro los asentamientos que se fundaron en cercanía o contigüidad de la corriente, desde la Selva Negra hasta los canales de Sulina en las costas de Rumania.
El propio Magris participa de la mitología danubiana cuando descubre que el Danubio (o Istro, en griego: el río que remontaron los Argonautas), según una tradición antigua, se dividía en dos: uno de sus brazos desembocaba hacia oriente en el Mar Negro, mientras que otro corría hacia el sur y se vertía en las lagunas de Grado, ubicadas a medio camino entre Venecia y Trieste, frente a Miramar. En consonancia con esta vinculación al Danubio, Magris halla en la costa rumana una Istria, o Histria, que es homónima de la península que la costa mediterránea forma al sur de Trieste, ya en territorio, en aquel entonces, yugoslavo. Ahí, en la Istria mediterránea, se encuentra esa “playa que ha sido elegida por el realizador” para darle a entender “que se puede ser inmortal”, es decir, la playa donde el escritor ha tenido la mayor plenitud –o la mayor persuasión, según el concepto del filósofo Carlo Michaelstaedter, tan caro a Magris y ubicuo en su obra: “la posesión presente de la propia vida, la capacidad de vivir el instante, sin sacrificarlo al futuro”, como señala en El infinito viajar (2005). De Istria era su amor, Marisa Madieri; ella emigró de ahí con su familia en éxodo a Trieste, de niña, cuando la Yugoslavia de Tito ocupó regiones dálmatas como Istra o Fiume (según el posfacio que Magris dedicó a Verde agua, la obra que Madieri escribió sobre este drama histórico).
La triangulación de elementos históricos y simbólicos entre el Danubio, Trieste y su propia existencia, presentada bajo la especie de una anagnórisis ficticia, es un móvil que vuelve una y otra vez en su obra. En Microcosmos, obra publicada una década más tarde, y que se considera el contrapunto, en tono menor, de su viaje danubiano, el tema regresa cuando la voz se acerca a las lagunas de Grado (Magris visita en Microcosmos Trieste y sus cercanías, con una prosa más densa y más íntima que la de El Danubio). Siguiendo la misma línea, en A ciegas, novela que se publicó hace casi diez años, el mito de los Argonautas y el remonte del Danubio zurcen por aquí y por allá el discurso desaforado de Salvatore Cippico dentro de un sanatorio mental, en una narración pródiga en experiencias y desvaríos: fundar una ciudad, padecer el lager de Dachau y el Gulag, reinar en Islandia.
Con sabiduría, conocimiento e imaginación, Magris ha emprendido otros viajes mentales que toman cuerpo en alrededor de una treintena de títulos. También ha escrito algunas obras de teatro, como Stadelmann (1988) o Así que usted comprenderá (2006), y múltiples ensayos y artículos (algunos de los cuales, publicados originalmente en el Corriere della Sera, han sido recogidos en volúmenes como Alfabetos,de 2008), aparte de ofrecer una gran cantidad de entrevistas. En paralelo, ha ejercido la traducción, la docencia y la política. A esta actividad pública se ligan indudablemente varias de sus posturas expresadas a lo largo de su pensamiento, un pensamiento que inquiere y aventura respuestas para el horizonte histórico que le ha tocado vivir. El ensayo que otorga título a la compilación Utopía y desencanto es un ejemplo palmario de la crítica de la cultura emprendida por Magris desde diversos frentes y contra diversas dianas: de los totalitarismos a la convulsión del Internet, de las pugnas étnicas a los prejuicios de grupo. A veces, como ocurre con la abuela Anka, uno de los personajes de El Danubio, estos prejuicios se encarnan en las contradicciones propias de una región, la Mitteleuropa, donde se han depositado como estratos geológicos gente y más gente de orígenes surtidos, muchas veces pisando con violencia y sepultando las capas más antiguas.
Magris ha hecho de su tierra (y de la región central del continente europeo que la envuelve) una condensación simbólica de la vasta historia, luminosa y oscura, que ahí ocurrió. Al hablar de la patria que Bianca Valota le intenta enseñar en ocasión de una visita a Rumania, él asienta: “[ella] quiere mostrarnos una Rumania diferente, la que ella ama y que, como todas las patrias, tal vez sólo existe en ese amor”. Con su pluma, Magris enriquece el universo de Italo Svevo y Umberto Saba, dos célebres triestinos que “han hecho de Trieste una estación sismográfica de los terremotos espirituales que se aprestaban a turbar el mundo”, según él y Angelo Ara. “Trieste ha sido y permanece rica en contrastes”, continúan,
pero sobre todo ha buscado y busca su propia razón de ser en esos contrastes y en su insolubilidad. Los escritores que han visto a fondo su heterogeneidad, su multiplicidad de elementos irreducibles a resolverse en una unidad, han comprendido que Trieste –como el imperio habsbúrgico del que formaba parte– era un modelo de la heterogeneidad y de la contradictoriedad de toda la civilización moderna, privada de un fundamento central y de una unidad de valores.
Como la de Bianca Valota, quizá la patria que Magris sublima no exista más que en el amor que le profesa, en los vocablos con que la configura. Trieste y sus alrededores reciben, no obstante, nuevas dimensiones con Microscosmos. Asimismo, el orbe danubiano se compendia y se articula con El Danubio. El café San Marco en Trieste (Via Cesare Battisti, 18) –un elegante y amplio establecimiento con el estilo de la Secesión vienesa, de donde es parroquiano Magris– suma, a sus giros comerciales y a su vida cotidiana, la condición de arca de Noé que le otorga Magris y la posibilidad del viaje vertical (un oxímoron que bien podría ilustrar su poética): “Sentados en el café, se está de viaje”, dice en Microcosmos. Hay que recordar, a este propósito, la marca identitaria que los cafés significan para Europa o lo europeo, desde la perspectiva de George Steiner, para enmarcar la dimensión del café San Marco en la literatura de Magris y su elevación a centro de su cosmos.
*
A fines de noviembre próximo, en Guadalajara, Claudio Magris recibirá el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2014, un premio que han obtenido previamente Nicanor Parra y António Lobo Antunes, Yves Bonnefoy y Fernando del Paso (este último, un escritor al que Magris, acaso por el episodio mexicano de Maximiliano y Carlota, tiene cerca). El jurado asentó en el acta: “Pensador en diversas lenguas, Magris encarna la mejor tradición humanista en la que se concilian su propia experiencia con la memoria colectiva de la historia y de las culturas que conforman el espacio de la Europa central como lugar de diálogo entre las culturas del Mediterráneo y las culturas del Danubio”.
Ojalá la visita a este país sea motivo de estrechamiento e incursión en su obra. Ojalá su alta prosa sea fecunda entre nosotros.
Fuentes
Castello de Miramare, (consultado el 07/09/2014) / Marisa Madieri, Verde agua, pos. de Claudio Magris, trad. de Valeria Bergalli, Barcelona, Minúscula, 2003. / Feria Internacional del Libro de Guadalajara: Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, (consultado el 07/09/2014). / De Claudio Magris: A ciegas, trad. de J. A. González Sainz, Barcelona, Anagrama, 2007; Alfabetos. Ensayos de literatura, trad. de Pilar González Martínez, Barcelona, Anagrama, 2010; El Danubio, trad. de Joaquí Jordá, Barcelona, Anagrama, 2007; El infinito viajar, trad. de Pilar García Colmenarejo, Barcelona, Anagrama, 2012; El tallo entre las piedras, selecc. y trad. de María Teresa Meneses, México, Cal y Arena, 2007; Microcosmos, trad. de J. A. González Sainz, Barcelona, Anagrama, 2006; Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad, trad. de J. A. González Sainz, Barcelona, Anagrama, 2001. / Claudio Magris y Angelo Ara: Trieste. Un’identità di frontera, Turín, Einaudi, 2007. / Miguel Ángel Quemain, “Claudio Magris. El río infinito de la literatura”, Voces cruzadas. Procesos de creación en la literatura europea contemporánea, pról. de Fernando Arrabal,México, Resistencia, 2005, pp. 21-37. / George Steiner, La idea de Europa, trad. de María Cóndor, pról. de Mario Vargas Llosa, intr. de Rob Riemen, México, FCE/Siruela, 2006 (Cenzontle).
Los asistentes pueden
disfrutar de bebidas
en la barra de este
espacio. Fotografía por Maleny Vázquez Pedroza.
Morelos se ha visto beneficiado por los artistas que buscan alejarse de la capital, quienes se han dedicado a dar talleres y promover la cultura del estado. Una de estas iniciativas es sie7eocho, que, con ayuda de colectivos como La Piedra y la revista Moria, se ha convertido en un espacio multidisciplinario en el que se encuentran libros, escritores, músicos, cineastas y grafiteros.
La vida cultural en provincia enfrenta problemas como el centralismo y la burocracia, pero quizás el más notorio es la falta de espacios para los jóvenes. Y no se trata de la negligencia de las instituciones —porque existen programas y políticas culturales—, sino de una falla en la aproximación. Los mecanismos para gestionar los proyectos resultan tan laberínticos que los jóvenes optan por la creación de colectivos independientes o la gestión de espacios alternativos para el desarrollo de sus propuestas. Sólo así ha sido posible mostrar las necesidades de los colectivos para que las instituciones se vuelvan y observen lo que ocurre. Cuernavaca, por ejemplo, se ha visto beneficiada por los artistas exiliados que buscan alejarse del caos del Distrito Federal sin perder la cercanía que les permite flotar en el mapa cultural del país. Muchos de ellos han fundado talleres (Javier Sicilia, Citlali Ferrer, Francisco Rebolledo, por citar algunos) y su influencia ha logrado que se generen nuevos soportes y canales.
Una de estas propuestas es sie7eocho, punto de cultura que se ha ido consolidando como un espacio versátil gracias a su oferta cultural y a sus vínculos de colaboración con otros colectivos.
Un espacio para nuestros tiempos
Carlos Kubli, incansable gestor cultural, encabeza sie7eocho en Cuernavaca, una ciudad que experimenta una intensa vida artística, pero donde se vive acechado por el miedo que ha desatado la violencia. Además, el público local responde a su propia lógica fluctuante, nómada, a veces apática y de autoconsumo entre los gremios. No hay diálogo interdisciplinario. Aquí radica el verdadero valor de sie7eocho: su notable predilección por lo multidisciplinario y lo experimental, en un ámbito donde los centros culturales no promueven la profesionalización de quienes participan en el marco de sus actividades y no ejercitan la crítica y la retroalimentación. Kubli forma parte de una propuesta ecléctica, abierta y de calidad.
Su oferta cultural tiene un enfoque contemporáneo que promueve valores de conciencia social, respeto y cuidado al medio ambiente. Basta recordar la reciente intervención de grafiteros morelenses en diversos espacios, entre los que se incluyó al mismo sie7eocho y al Centro Cultural de España (en virtud del trabajo que se ha hecho para la despenalización de la actividad del grafiti como un delito en Morelos). También está la realización de diversas actividades en el marco de Cinema Planeta: Festival Internacional de Cine y Medio Ambiente de México, como los talleres de reciclaje visual con Bruno Varela o un slam de poesía con temática verde.
El recinto es un espacio de exhibición para expresiones artísticas alternativas, con conciencia social y ambiental. Fotografía por Maleny Vázquez Pedroza.
En los últimos tres años, sie7eocho ha tenido mayor presencia en la actividad cultural en Cuernavaca, prueba de ello es que la Secretaría de Cultura de Morelos lo ha utilizado como foro alterno para conciertos y talleres de artista nacionales. Teniendo como líneas principales el cine, el arte contemporáneo y la literatura, ha logrado objetivos inéditos en Morelos por espacios similares (Planta Baja desapareció después de dos intentos, y Amoleercafé cerró el año pasado), como el montaje de la exposición Fresh Kills, traída desde Nueva York por la galería Anonymous; la presencia de Margo Glantz en la presentación editorial de Coronada de moscas; la primera exposición en México de Tercera caída, con la presencia del autor, Felipe Ehrenberg, además de un sinfín de conciertos, lecturas, exposiciones y performances de artistas locales. Este esfuerzo se ha realizado siempre cuidando la alta calidad en la producción de los eventos, y usando recursos no tradicionales para su realización, como el apoyo en artes escénicas y multimedia.
Un elemento interesante de sie7eocho es la concepción del espacio como algo maleable. Es cosa rara ver la disposición del escenario con la misma orientación dos veces seguidas. El público no permanece pasivo en el mismo lugar, sino que debe confrontar la obra desde otra perspectiva o incluso ser parte de ella.
Una piedra en el camino
Quizá debido al creciente interés en Morelos por los movimientos literarios y la edición independiente, o sólo por capricho, sie7eocho es un punto importante para el desarrollo de esta disciplina. Para ello, han abierto una librería donde se encuentran títulos de editoriales independientes como Almadía, Sexto Piso, Astrolabio, La Cartonera, Ediciones Acapulco, Simiente, Lengua de Diablo y Tumbona, entre otras. Al mismo tiempo, escritores como Daniela Tarazona, Gerardo Grande, Edgar Artaud, Mario Bellatin, Kenia Cano, Bernardo Esquinca, Javier Moro (y el Gabinete Salvaje) y Sandra Lorenzano han presentado libros, performances, conciertos, cortometrajes u obra pictórica.
En la librería de sie7eocho las editoriales independientes encuentran un foro para dialogar. Fotografías por Maleny Vázquez Pedroza.
La Piedra, junto con Moria, ha sido uno de los colectivos literarios con mayor participación en sie7eocho. Surgió primero como una revista literaria que apostaba por las nuevas plumas locales. En sus cuatro años de existencia publicó a escritores de calidad que no habían tenido la oportunidad de ver su obra en papel impreso, enfrentándolos a la crítica. La beca Edmundo Valadés permitió que eso ocurriera durante dos años y que fuera distribuida de forma gratuita, por lo que alcanzó notoriedad en lugares fronterizos como Tijuana o Chiapas. Con el paso del tiempo, las actividades de La Piedra se multiplicaron por varias razones: la primera fue la fundación del colectivo, enfocado en la producción de eventos y en el desarrollo de talleres de profesionalización de gestores culturales y editores. La Piedra supo que la única forma de enriquecer la escena era colaborando con otros colectivos y adentrarse, como sie7eocho, en la exploración interdisciplinaria.
La Piedra y sie7eocho forman parte de una ebullición nacional de iniciativas que se apoyan a través de redes sociales y nuevas tecnologías. Su constante reinvención y adaptación a los medios han hecho que las instituciones los tomen en cuenta y que su trabajo continúe en el ámbito de lo alternativo y no burocrático. Son proyectos que se sienten incluyentes y cercanos.
El catálogo de Almadía se encuentra disponible para el público. Fotografía por Maleny Vázquez Pedroza.
Si bien es cierto que resulta difícil levantar un montaje, año con año, más de un centenar de obras ven la luz y brindan al espectador —esa especie que se resiste a morir— una gama de opciones bastante interesante. Propuestas que van desde el teatro tradicional hasta los montajes de clásicos imperdibles, pasando por las puestas en escenas más arriesgadas, son presentadas en centros y casas culturales, teatros del gobierno o espacios independientes. En cada Estado se está gestando el teatro, ciudades como Querétaro, Guadalajara y Nayarit han sobresalido en ello, pero ¿qué sucede en el resto del país?
Esta cuestión dio como respuesta, desde hace nueve años, un proyecto que se pensó para brindar al público del D.F. un panorama de lo que ocurre hacia el interior de la República —cada emisión incluye diferentes ciudades— su nombre: Festival Otras Latitudes.
A partir del próximo 20 de septiembre y hasta el 2 de octubre, el teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque brindará de manera gratuita funciones de lo más representativo de los nuevos creadores y de las principales compañías teatrales de Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca y Veracruz.
En esta emisión, podremos ver los montajes de autores como Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (LEGOM), David Gaitán, Verónica Maldonado y Abraham Oceranski.
Una grata sorpresa fue descubrir que desde Jalisco viene el entrañable montaje Viaje de tres con dramaturgia de Jorge Fábregas. Un texto que vio por primera vez la luz en la ya tan reconocida Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia, en el 2011, con una lectura dramatizada, que después tuvo temporada en Jalisco. Viaje de tres fue publicado el año pasado por la Editorial Los Textos de la Capilla y ahora forma parte de este proyecto.
Obra cuya temática es el amor como escudo contra la batalla de la muerte y que además aborda con humor el doloroso peregrinar que sufren los familiares de enfermos terminales que se aferran a cualquier oportunidad por mínimo que parezca. Un padre enfermo, un hijo y una “asistente” o “enfermera” que viajan en autobús para visitar a un curandero que, según han escuchado, tiene la cura contra todo mal. En el camino, lleno de encuentros y desencuentros, los tres conocen un poco más de la naturaleza de la vida y se saben endebles.
Vale mucho la pena que los defeños nos acerquemos a la cartelera del Festival y en especial a este montaje que se llevará acabo en los últimos días del Festival, 11 y 12 de octubre.
Para los interesados en los concursos de dramaturgia, acaba de salir la convocatoria de Los Antinavideños, monólogos humorísticos cuya temática es la época decembrina.
El premio incluye la publicación de los tres primeros lugares en la Editorial Los Textos de la Capilla, (con el debido pago por derechos de autor), una pequeña temporada en el teatro La Capilla y una remuneración económica para el primer lugar.
Bajo el “Tango”, el centro histórico de Mexicali, reposa La Chinesca: un barrio subterráneo desde el que los inmigrantes chinos manejaban la economía de manera clandestina a inicios del siglo pasado. Entre las décadas de 1920 y 1930, la Ley Seca en Estados Unidos dejó un derrame económico importante que hizo que el centro viviera un repunte. Elma Correa narra el lento declive de esta zona desde entonces hasta el terremoto de abril de 2010, a la par Paulina Sánchez lo registra visualmente.
La garita vieja de Mexicali ha sido un proveedor constante de deportados que todos los días llegan al centro de la ciudad sin más pertenencias que lo que llevan puesto, y en la búsqueda de refugio han contribuido al deterioro de sus inmuebles desocupados. Esto, y la falta constante de mantenimiento, dan como resultado construcciones de más de cien años que apenas se pueden sostener. El sistema de alcantarillado y drenaje, desde la calle Melgar en la Plaza de la Amistad —la pagoda que representa la comunión entre China y Mexicali— hasta la avenida Justo Sierra —el Paseo de la Reforma que nos merecemos, llena de hoteles de cinco estrellas, casinos y antros—, nos regala a todas horas la peste de sus aguas negras. A medida que nos alejamos de la garita el paisaje cambia. Del centro histórico a cualquiera de las tres carreteras por las que se puede entrar a Mexicali o abandonarla, se observa la urgencia por merecer el título de capital del estado. Las vías rápidas, los puentes, los fraccionamientos que venden el estilo de vida californiano, la fachada futurista de los edificios más recientes y sus dos garitas —que ostentan el galardón del cruce fronterizo más transitado del mundo— parecen construidos más para probar que esta ciudad puede ser modernidad, sueldos altos y confort. Como si alejándose del primer cuadro, y colonizando la periferia, pudiéramos olvidar su origen.
Los pioneros llegaron aquí escapando, y los pocos que no eran perseguidos venían de paso, sin intenciones de quedarse. Por ciento once años, Mexicali ha buscado ser reconocida como un triunfo del hombre sobre la adversidad del clima. Esa es la base de todo su orgullo: ser la ciudad que capturó al sol. Los primeros chinos que llegaron a esa ciudad cuando apenas estaba sugerida fueron los siete sobrevivientes de la tragedia del cerro El Chinero: un grupo de cincuenta chinos que huía de la persecución xenófoba de Sinaloa y Sonora intentaba llegar al puerto de San Felipe, pero el guía perdió el rumbo y vagaron durante días por el desierto. Cuarenta y tres orientales murieron de hambre y sed en distintos puntos del camino. Esos siete sobrevivientes fueron los primeros en abrir el paso en los campos de algodón a los braceros chinos. Debido a la incomunicación del Distrito Norte con el resto del país y a la escasez de habitantes mexicanos, en Mexicali era urgente la mano de obra barata que ellos representaban.
Centro naturista San Miguel, en Azueta y Juárez. El resto del edificio está abandonado. Por Paulina Sánchez.
En 1904 la Southern Pacific Way introdujo el ferrocarril y se realizó el primer trazo urbano, del que aún subsisten seis calles: Lerdo, Juárez, Hidalgo, México, Melchor Ocampo y Morelos. Conforme la ciudad se fue expandiendo, las principales actividades comerciales se mantuvieron en ese primer cuadro, que quedaba delimitado hacia el norte por la frontera y al oeste por un barranco artificial, excavado a fuerza de dinamita en el intento de controlar la inundación de 1905. De manera que, al mismo tiempo que la ciudad crecía, ese sector permaneció, de alguna forma, separado simbólicamente. Dada la cercanía con los campos de trabajo del Valle Imperial, a veces se le conoció con la expresión popular de “Tango”, una deformación del downtown del idioma inglés, que terminó por constituir el “centro” de Mexicali en el imaginario de sus habitantes, sin estar geográficamente en ese lugar.
En esa ubicación particular se estableció el barrio chino, La Chinesca, que era el punto donde se desarrollaban las mayores transacciones económicas, ya que la comunidad china representaba el grueso de la población. La organización interna de los chinos era un sistema de asociaciones para apoyarse unos a otros y fortalecer su influencia. Se agrupaban de acuerdo a su apellido, región de origen, tipo de trabajo, etc. Desde el momento en que emigraban ya estaban afiliados a una asociación y se sometían a su reglamento, que normaba desde la designación de las labores que se realizarían en Mexicali y su función en y para la comunidad, hasta el control de los gastos personales. Cada asociación tenía su propia forma de resolver los conflictos entre sus miembros, sin acudir a las leyes mexicanas.
A la zona donde se concentraba La Chinesca y sus alrededores se le conocía como “el pueblo”, ya que los cachanillas —gentilicio surgido de la abundancia de esta planta en la región— debían trasladarse desde la periferia para realizar sus trámites cotidianos. Era tan común llamarla así que, cuando se levantaron los caseríos del otro lado del barranco, se nombró Pueblo Nuevo a esa colonia. Para conectarla con el área comercial, a través de la grieta se construyó el puente Colorado, que se conserva en la actualidad.
Los empresarios estadounidenses que tenían intenciones de asentarse en el Valle Imperial, particularmente en el límite fronterizo, sabían que el sistema de riego que corrió por primera vez el 14 de junio de 1901 convertiría esas extensiones en un emporio agrícola, y que necesitaría de mucho trabajo para sostenerse. Así nació la ciudad de Mexicali, en simetría bilateral con Calexico, su gemela angloparlante. Sus nombres se formaron de anagramas contrarios con las palabras México y California, como si las sílabas estuvieran viéndose al espejo. Calexico quiere decir: “donde termina California y comienza México”. Mexicali debe significar lo contrario, pero al ser la ciudad más septentrional del territorio mexicano, es el lugar donde termina Latinoamérica y comienza el primer mundo (aunque por cuestiones poético-climáticas, se haya popularizado que América Latina termina en Playas de Tijuana, ahí donde las rejas de la franja divisoria se pierden en el Pacífico).
El mercado “El Ahorro” fue la primera tienda de abarrotes de Mexicali, ahora abandonada. Los sótanos y túneles de la estructura están inundados. Fotografía por Paulina Sánchez.
Estas dos ciudades paralelas estuvieron separadas en su momento sólo por “el bordo”, un montón de tierra que se elevaba sobre las tuberías de los canales que transportaban el progreso que domaría al desierto. No había aduanas ni se necesitaba pasaporte para recorrer ambos poblados como si fueran uno. La única diferencia visible era que en Calexico vivían los patrones, mientras que a Mexicali llegaban los pioneros que serían contratados por empresas agrícolas como la California Development, Imperial Land y la Colorado River Land Company.
Durante las décadas de los veinte y treinta Mexicali tuvo un gran impulso. En ese periodo se construyeron la mayoría de los edificios que ahora se consideran patrimonio cultural: la aduana, el Hotel Imperial, la casa de juegos El Tecolote, el parque Héroes de Chapultepec, la escuela Cuauhtémoc (hoy Casa de la Cultura), el palacio de gobierno (hoy Rectoría de la UABC), el edificio de correos, el edificio Guajardo, el panteón de los Pioneros, la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe, la primera Biblioteca Pública (hoy Archivo Histórico del Estado), el Palacio Municipal (hoy Facultad de Artes de la UABC), las escuelas Leona Vicario y Benito Juárez, el Mercado Municipal, la Cervecería Mexicali y el Banco Agrícola Peninsular (hoy sede de Bellas Artes), entre otros.
Ese esplendor de infraestructura debe agradecerse a la Ley Volstead o Ley Seca, que promulgaba la prohibición de la venta, producción, distribución y consumo de bebidas alcohólicas en territorio estadounidense, lo que provocó que proliferaran centros nocturnos, casinos, cantinas y cabarets a lo largo de la frontera para cubrir la necesidad de esparcimiento de los norteamericanos. Mientras los yuanes y los dólares se apilaban, también aumentaban los problemas sociales, el alcoholismo y la violencia, resultado de la permisividad y el consumo de licores sin regulación. Para hacer frente a esta situación aparecieron varias ligas moralistas que, con sus exigencias, consiguieron que se levantara un gran tramo del cerco fronterizo entre Mexicali y Calexico, además del triunfo que les significó la clausura —temporal— de las casas de juego más populares.
Las buenas señoras, preocupadas por la poca moral y la atmósfera pendenciera de Mexicali —la mal portada—, podían dormir en paz con sus cuatro pares de faldillas y mallones de manta de tres vueltas que impedían el paso del pecado. En la superficie del “Tango” se observaban establecimientos administrados por chinos de actitud meditabunda, como cafés, restaurantes, casas de cambio, cantinas de parroquianos que no permitían la entrada a gringos problemáticos, abarrotes, tiendas de ropa y zapatos, mezclados con bancos y oficinas administrativas del ayuntamiento de la ciudad.
Todo en orden.
Debajo había un entramado de subterráneos, un laberinto de túneles que los chinos construyeron para protegerse del clima, y después, al estar interconectados con Calexico, para poner en funcionamiento, de modo clandestino, prostíbulos, casinos y fumaderos de opio. También servían como vías para el tráfico de personas y de alcohol, o como albergue temporal para los chinos recién llegados que no se reportaban a la oficina de migración. Esto, controlado por la mafia china desde su base en Macao, junto a Cantón —lugar de origen de casi todos los inmigrantes—, y en colaboración con la facción de la mafia que actuaba en San Diego.
Entrada a un sótano utilizado como casino clandestino junto al restaurante Victoria, detrás del Templo Metodista chino. Fotografía por Paulina Sánchez.
Las noticias de esa ciudad bajo tierra fueron un poco secreto a voces, un poco rumor sin confirmar, hasta mayo de 1923, cuando un incendio puso en evidencia esa forma de vida que recuerda a una granja de hormiguitas. Al Capone, Frank Nitti y Lucky Luciano corrían farras, instalaban destilerías y arrojaban billetes verdes desde los balcones de los hoteles más lujosos de Mexicali. Es una coincidencia sospechosa que La Chinesca se incendiara y quedara expuesta cuando los tres gángsters tomaron el control del tráfico de opio y morfina en esta frontera. Con el incendio y el descubrimiento del tamaño de la red de túneles, las autoridades tomaron medidas para limitar a los chinos y evitar que, al recuperarse del incendio —que les reportó pérdidas materiales calculadas en más de tres millones de dólares—, tomaran nuevo impulso en sus actividades, usando prácticas de segregación como restricciones comerciales y la imposición de impuestos especiales.
Ese incendio, y uno más de consecuencias similares en la década de 1960, fueron suficientes para que se propagaran toda clase de historias sobre una ciudad subterránea habitada lo mismo por dragones y monstruos míticos que por guerreros caídos en desgracia o malvados orientales de bigotes y uñas tan largos como su odio. Lo cierto es que después del segundo incendio no quedó un solo chino en los túneles.
El abandono del subsuelo de La Chinesca fue gradual. Como respuesta natural al fraccionamiento de predios y la venta de locales a los mexicanos, se clausuraron pasadizos, lo que cerró la comunicación e impidió el tránsito. Actualmente la mayor parte de los sótanos está inundada y sólo algunos trayectos en lugares específicos hacen las veces de refugio a personas sin hogar.
El restaurante Dong Cheng, uno de los más antiguos, sobrevive pese a que no ha sido reparado después del temblor de 2010. Fotografía por Paulina Sánchez.
El centro histórico de Mexicali tuvo su primera crisis con la mudanza de los servicios gubernamentales y los grupos empresariales más importantes a mejores instalaciones en sectores modernos de la ciudad. Luego, durante el auge de la industrialización, la llegada de las maquiladoras cambió de forma definitiva los focos de actividad económica. Los comercios sobrevivieron apenas, y cuando parecía que volverían a despuntar vino la devaluación de 1974. Para cuando llegó la de 1994, con la competencia desleal que supuso la inauguración de Plaza La Cachanilla en 1989 —un centro comercial que por casi diez años fue el más grande y moderno del noroeste, al estilo de los malls californianos, y lo nunca antes pensado: con mil seiscientas toneladas de refrigeración—, el centro histórico parecía un pueblo fantasma de estructuras abandonadas o por abandonarse. Muchos de los dueños originales murieron intestados, dejando en el limbo legal sus propiedades. Varios de los predios más grandes, algunos de manzanas completas, configuraron su administración como sociedades anónimas que perdieron pronto el interés porque no eran espacios redituables.
En esas circunstancias, la Falla de San Andrés decidió que era momento de recordar a Baja California que su futuro es convertirse en una isla que terminará estrellándose sin remedio contra Alaska, y el 4 de abril de 2010 nos regaló un terremoto de 7.2 grados en la escala de Richter que sorprendió a todos en el sopor de las tres de la tarde. La sacudida de la Placa Continental contra la Placa del Pacífico dejó a más de cinco mil familias damnificadas y pérdidas de cientos de miles de pesos en daños.
A pesar de que el epicentro se registró en el Valle de Mexicali, el centro histórico fue una de las áreas más afectadas por la antigüedad de su arquitectura. Un conjunto habitacional que representaba un icono de la zona, los condominios Monte Albán, construidos en el límite entre el centro y Pueblo Nuevo, se vinieron abajo, y La Chinesca soportó lo que al parecer fue uno de sus últimos estertores. O tal vez no.
El Hotel del Norte, en la Esquina Melgar y Madero, en la primera calle de la ciudad. Junto a la Plaza de la Amistad y la garita vieja.Fotografía por Paulina Sánchez.
Un grupo de ciudadanos nativos del centro histórico, comandados por un joven comerciante, Rubén Hernández Chen, ideó un plan para rescatar sus calles y callejones. Una reestructuración completa busca revitalizar los comercios, los bares, cantinas, restaurantes y cafés, en colaboración con el Municipio y las autoridades de las instituciones culturales. El plan incluía recorridos guiados por los sótanos de La Chinesca que todavía resisten bajo el peso de los curiosos. Su energía era conmovedora. Los golpes que propina la vida, también.
El año pasado se invirtió una cantidad considerable de recursos y esfuerzo humano para convertir el pasaje frente a la catedral en una especie de Alameda sin álamos donde los mexicalenses pudieran recrearse y salir a pasear en familia. Se remodeló la calle cambiando el sucio pavimento por empedrados bucólicos, se colocaron faroles coquetos y los artistas plásticos de la ciudad —acompañados de los que aspiran a serlo— dejaron su impronta en forma de murales. El resultado no era tan despreciable como uno podría imaginar. Se llevaron a cabo un par de conciertos auspiciados por la municipalidad y algunos festivales de cerveza. Las cosas parecieron funcionar unos meses hasta que el ex alcalde, antes de dejar su cargo, permitió la libre circulación de los automóviles sobre los empedrados y sobre las ilusiones de varios. El conato de resucitación dejó al centro de Mexicali sólo la humillación. Por lo demás, continúa inmóvil, apenas sostenido, viendo pasar los inviernos y los veranos entre ruinas. Reflejo del pasmo de sus habitantes, esa geometría básica y descuidada parece a la espera de que la naturaleza le reclame de una vez el espacio usurpado. El centro es la postal más triste: senil, sin control de sus esfínteres, perplejo y solitario, plagado de pichones.
Brodsky escribió de San Petersburgo, “ésta es una ciudad en la que resulta más fácil soportar la soledad que en ningún otro lugar: porque la propia ciudad es presa de la soledad. La idea de que estas piedras nada tienen que ver con el presente y menos aún con el futuro brinda un extraño consuelo”. Qué suerte que nunca estuvo en Mexicali.
El Hotel de los Migrantes Deportados, a un par de cuadras de la línea internacional.
HOTEL DE PASO
Entre 1935–1936 el Hotel Santa Clara abrió sus puertas en el predio donde se estableció la primera aduana de Mexicali. Para la década de los ochenta, su nombre había cambiado a El Centenario. Se rumoraba que había mucha droga, tanto para venta como consumo, y que los pleitos eran cosa cotidiana. Lo que sí es cierto es que fue utilizado durante muchos años como escondite para los migrantes que estaban a la espera de cruzar sin documentos al otro lado. En sus últimos años, el hotel no tenía luz ni agua. A inicios del año 2008 quedó completamente abandonado. Una vez desmantelado, se convirtió en un picadero. A pesar de sus condiciones precarias, dos años después, la asociación civil Ángeles sin fronteras negoció la renta del lugar con el fin de convertirlo en un albergue para los cientos de migrantes que son deportados diariamente.
Descubrí la existencia del Hotel de los Migrantes Deportados en el verano de 2010, cuando trabajé en el registro fotográfico documental del “Tango”. Así fue como nació la idea del proyecto documental HOTEL DE PASO, que concibe al hotel como un eje para contar las historias que hospeda: las dinámicas que surgían en el interior del hotel, cuánta gente entraba y salía y cómo son las relaciones que se crean entre ellos.
Las obras reunidas en El idiota de palacio refieren a actos violentos de hombres afianzados irremediablemente a políticas tambaleantes que mantienen una única consigna: la lucha armada del hombre frente al hombre. En este libro desaparecen las posturas definidas y en su lugar crece una lista de personajes que se traicionan unos a otros con el fin de hacer más palpables las nociones básicas de justicia, libertad e igualdad. Así, en obras donde el sarcasmo y la parodia se vuelven una constante a la hora de desmantelar el aparato político, en “El idiota de Palacio (o El firmamento tiene más de un sol)” queda plasmado el intento fallido de un general por instaurar la paz en un pueblo sometido por la inseguridad y el desenfreno de grupos delictivos. Por otra parte, “Díptico de un pueblo” muestra las impresiones y el diálogo fatídico de cinco personajes internados en un monte brumoso, donde la tensión prevalece a través del flujo de conciencia. La última obra, llamada “Alusión”, irrumpe con un leguaje sólido y la posibilidad de nombrar algo con mil formas.
UN ADELANTO:
El idiota de palacio (o El firmamento tiene más de un sol)
[Versión libérrima a partir de la obra de William Shakespeare].
Los nombres de los personajes shakesperianos bien podrían ser sustituidos por cualquier nombre perteneciente a cualquier país, cualquier guerra, cualquier época o a cualquier indicio de que esté sucediendo una masacre contra un pueblo.
Algunos actores podrían interpretar a más de un personaje, durante la lectura se hará obvio qué personajes juegan un rol secundario. Diez actores serían suficientes para la puesta en escena.
Prólogo
Entre cadáveres se cuentan los secretos que sólo significan a los vivos
Un cuerpo que son varios cuerpos. Se entremezclan rostros, manos, piernas, dorsos, labios, todos mutilados.
1: ¿Sabes cuántos años tuvieron que pasar para que mis ojos pudieran ver el fin de una guerra?
2: ¡Mis ojos! ¿Dónde están mis ojos?
3: En las manos del nuevo gobernante, quien decidió sacártelos con una navaja porque habías visto cómo subió al poder a través de la ignominia.
4: N o quiere testigos que lo señalen. ¿Y mis manos?
5: Las estoy mordiendo, ¿por qué crees que me cuesta tanto trabajo hablar?
3: Por favor, lleven mi cabeza a mi madre. Ella le suplicó a él para que no me la cortaran, para que me dejaran el cuerpo completo.
2: N o veo, pero agradezcan a todos aquellos que tienen lengua, porque lo mínimo que pueden hacer ahora es protestar.
1: Por eso las cortan, para que nadie diga nada.
5: ¿Para qué quieres lengua si ya estás muerto?
4: Yo puedo dejar de hablar si me devuelven mis manos. ¡Devuélvanmelas!
5: ¿A quién le hablas?
4: A él, es un gobernante y tiene corazón, se va a apiadar de mí.
2: Él no tiene piedad porque nunca vio qué era luchar en el frente y exponer su propio cuerpo. Nunca vio cómo matábamos por nuestro “país”. Él se sentó en la silla el idiota de palacio como se sientan aquellos que no luchan por nada y terminan teniéndolo todo.
3: Fue culpa de ese maldito general idiota.
5: Llámalo, para que esté con nosotros y sepa qué es un cuerpo mutilado.
2: Lo va a saber, no tienes ni idea de lo que le va a pasar por haber decidido lo que decidió.
4: P ero somos hombres y a veces decidimos sin pensar.
3: Una cosa es ser hombres y otra ser idiotas. Quiero…
1: ¡Quiero que se callen!
2: Y que volvamos a la vida para cortar cabezas.
Los cuerpos mutilados se confunden hasta perderse en la nada.
Primera parte
Todo en mí está preparado para la dicha
Escena 1
Siento un gran dolor en el cuerpo sólo de pensar que esa gente no tiene ninguna forma de consolarse.
Sala de tortura. Aarón, Tamora y sus tres hijos están amarrados en unas sillas. Están cansados, agonizantes, sin fuerzas para pelear. Titus, de pie, piensa lo que hará con ellos.
Titus: …La paz. Esa es la palabra: paz.
Aarón: No seas arrogante, general Titus, nos tienes aquí como trofeos de cacería. ¿Nos vas a matar lentamente como matamos a tus hijos?
Titus: Mis hijos murieron como héroes, defendiendo a su pueblo.
Tamora: No los viste revolcarse como perros agonizantes. Suplicaban para que los matáramos de inmediato. Porque si decidieron pelear contra nosotros no se iban a ir así nada más. Sólo se compadece al enemigo si no te tomas muy en serio estas cosas.
Titus: Mis hijos fueron fuertes y valientes hasta el final.
Tamora: Siempre pensamos que nuestros hijos son héroes, hagan lo que hagan. Pero a veces sólo son unos perros que piden piedad. Sin su padre son como corderitos. (Imita a uno de los hijos de Titus.) “Por lo que más quiera, señora, dígale a ese hombre que no me mate”.
Aarón: Y lo maté. Los maté. No se atrevieron a decirme “indio”, pero aun así los maté. Quería que tuvieran conciencia de su cuerpo; primero hice que les cortaran las el idiota de palacio manos. Sé que tienes idea de lo que es la sangre a borbotones; tú has derramado mucha. Pero no te salpicó de frente, te salpicaba como si la sangre te envistiera de señorío. Pero cuando es tu propia sangre la que te salpica, no, no tienes idea. Me hubiera gustado que vieras la sangre de tus hijos. Que olieras el miedo y la sangre mezclada con sudor. Era una joya esa imagen: rostros a punto del infarto por el miedo.
Titus: Indio, hijo de puta. (A punto de estallar, se serena.) Sólo quedan ustedes, y les aseguro que van a sufrir. Eres rabiosa, pero yo sé cuáles son tus miedos, Tamora.
Acaricia con ternura el rostro del hijo mayor de Tamora.
Hijo mayor de Tamora: ¿Qué me vas a hacer, puerco pervertido?
Tamora: A él no lo toques. Tú no me quieres hacer sufrir, lo que quieres es gozar. Disfrazas tu perversión de justicia, tu justicia de venganza.
Titus: ¿Crees que soy un hombre al que le interesan los niños? Si me interesaran hubiera aprovechado lo que sucedió en la guerra para violarlos. Yo mato sólo cuando es necesario, y lo hago para defender a los míos.
Hijo mayor de Tamora: ¿Y qué cree que hacemos nosotros? Matamos para defendernos de ustedes. De las reglas que nos imponen y que ustedes no cumplen, de la justicia que sólo castiga a los que no tienen ningún tipo de poder o ningún arma, y sépalo bien, señor
Andrónicus, yo prefiero estar muerto a seguir siendo humillado por escorias como usted.
Titus le besa la frente.
[Esta obra fue estrenada en diciembre de 2012 por la Compañía Estatal de Teatro de Yucatán, bajo la dirección de Oscar López, con el nombre de Titus o La vida inútil del general Andrónicus].
A casi treinta años del terremoto que puso en jaque al Distrito Federal, en Tierra Adentro decidimos volver a ese septiembre de 1985 para explorar cómo ese suceso ha repercutido en el arte. Principalmente abordamos algunas cuestiones a nivel arquitectónico y reflexionamos acerca de la literatura del terremoto, que, por cierto, es escasa. Compartimos un cuento y una pieza dramática que entroncan, cada uno a su manera, con las “Divergencias sísmicas”, una conversación abierta que nos hace recordar que México se encuentra en una de las zonas con mayor actividad sísmica en el mundo debido a la interacción de cinco placas tectónicas. Expertos en la materia ofrecen distintas perspectivas desde sus áreas de trabajo: la sismología, las alertas sísmicas, la prevención y la ingeniería civil.
Para conmemorar sus ochenta años de vida, el Fondo de Cultura Económica trabaja en diversas iniciativas digitales. En entrevista, Tomás Granados Salinas nos cuenta cuáles son los planes de esta casa para transformarse, quizá en unos cuantos años, en el Fondo de Cultura Electrónica.