Tierra Adentro
Portada de ‘Los elementos del estilo tipográfico’.

Si algo ha aportado el inagotable debate sobre el futuro del libro frente a los medios digitales es que ha permitido replantearnos qué es lo que hace a un libro. Un libro no es la obra escrita, ni siquiera un montón de papel cosido o engomado a unas tapas: el libro es la cuidadosa selección tipográfica, la distribución de la mancha de texto en la página, los espacios en armonía con la obra contenida. No importa gran cosa si el soporte es físico o digital, estas características son inherentes al libro y son los puntos de apoyo de la obra. El libro es contenido y continente. Es una unidad que por sí misma posee un valor propio.

En El arte nuevo de hacer libros, Ulises Carrión señala que el libro existe de manera autónoma y suficiente en sí misma. Incluye un texto que acentúa y se integra. La escritura es el primer eslabón en la cadena que va del escritor al lector, una secuencia en la que confluyen la planeación, edición, corrección, diseño de tapas, diagramación, composición tipográfica, maquetación y producción para hacer posible la aparición de un libro.

Pocas veces el escritor está al tanto de cada uno de los pasos que su obra debe seguir para ver la luz. Sin embargo, es agradable descubrir que existen autores que entienden el lenguaje en un nivel visual, que se interesan por la relación íntima entre un texto y su recipiente. No sorprende, por ejemplo, que sea un poeta —Robert Bringhurst— el autor de uno de los mejores manuales de estilo, Los elementos del estilo tipográfico editado por el Fondo de Cultura Económica en su colección Libros sobre libros. ¿Quién si no un poeta podría comprender mejor el juego de las palabras que se van ordenando rítmicamente en el espacio?

Por otra parte se encuentra Chip Kidd, quien, además de escritor y editor, es uno de los ilustradores de tapas más solicitados en Estados Unidos. Kidd, como parte de los extremos en la cadena, ha manifestado la importancia de dotar a los libros de un rostro, una primera impresión que debe responder a una sencilla pregunta: ¿Cómo se ve esta historia? Un diseñador editorial le da forma al contenido, pero debe mantener el equilibrio. Sin embargo, la producción del libro suele quedar en manos de editores.

Bringhurst sugiere que una página bien compuesta llama la atención antes de que alguien la lea pero que, para que sea posible leerla, debe renunciar a la atención que ha conseguido. Diseñar libros es un trabajo meticuloso y sutil del cual, si está bien hecho, el lector jamás será consciente. No reparara en una mancha de texto uniforme, la interlinea o el perfecto espaciado entre palabras y letras. Se renuncia a la admiración para que el lector se sumerja en la lectura. Del otro lado, el diseño puede ocasionar tropiezos, como saltos de línea, por ejemplo. Todo esto lleva a una pérdida de interés en la lectura, punto al que el autor debe prestar atención: estos factores contribuyen a que el lector continúe o abandone la lectura.

Un ejemplo conocido en el ámbito mexicano son las viejas ediciones de la colección Sepan Cuantos…, de Porrúa, con sus inconfundibles diseños de cubierta a una tinta sobre blanco, las letras negras y el texto a dos columnas. Se trataba de libros feos, compuestos con el propósito de llevar los clásicos a un público general. Había que reducir los costos del papel y meter en una página tantas palabras como fuera posible. La nostalgia tampoco es razón para disculparlos: ya entonces se encontraban ediciones de bolsillo, diseñados para que fueran económicos y a la vez resultaran atractivos y de fácil lectura, como es el caso de Le Livre de poche (en Francia). Por supuesto, el diseño editorial mexicano ha avanzado, lo cual solo hace más imperdonable que Porrúa siga recurriendo a fórmulas que producen paginas densas.

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A pesar de que las grandes casas editoriales se han mantenido en una zona de confort, hay esfuerzos dignos de aplaudirse. Alfaguara no arriesga, aunque luce bien. La fórmula para sus tapas consiste, generalmente, en elegir una fotografía o ilustración rebasada y los títulos en plecas que nunca alteran su posición. Se les agradece la preocupación por mantener un buen interlineado, márgenes amplios que permiten leer cómodamente y manipular con confianza el libro, así como una tipografía poco audaz, más legible.

Otro caso interesante es el del Fondo de Cultura Económica, que comisionó la creación de una tipografía exclusiva para sus ediciones. Los resultados son inmejorables: la tipografía Fondo no sacrifica belleza ni legibilidad, al tiempo que refleja la personalidad de la editorial. Otro de sus aciertos ha sido su colección Libros sobre Libros, que examina aspectos como su historia, evolución, escritura, edición y diseño. Al menos en México, parece ser la única editorial que hace este ejercicio autocrítico y reflexivo.

Por desgracia, otras editoriales importantes no han tenido el mismo tino. Diana se dedicaba a imprimir la imagen más aburrida a las ediciones rústicas de las novelas de Gabriel García Márquez. Un diseño cuadrado, con fotografías, hasta donde sabemos, elegidas a las prisas, que poco tenían que ver con la riqueza de los mundos creados por el colombiano.

Más desafortunado es el caso de Anagrama, que goza de un buen catálogo de títulos internacionales. Anagrama presenta sus libros con tapas de un color y una imagen centrada que pretende romper un poco la monotonía del diseño. Su apariencia es genérica y, aunque al interior las páginas estén bien compuestas dentro de los cánones tradicionales, los libros, como objeto, son una invitación a encender el televisor. ¿Dónde es posible encontrar propuestas audaces que no contribuyan a sepultar al libro como objeto? En México esta tarea ha quedado en manos de un puñado de editoriales.

Sexto Piso es un gran ejemplo: sus ilustraciones son llamativas; la tipografía, cuidadosamente seleccionada, forma una mancha de texto uniforme y agradable a la vista; papel y encuadernado de calidad que denotan respeto por el libro. Un detalle que se aprecia es la inclusión de guardas, con un gramaje diferente al cuerpo de la obra. Un gesto pequeño que distingue a una publicación.

Tumbona Ediciones selecciona con el mismo cuidado su catálogo y el aspecto visual. Sus libros han logrado una imagen que guarda una relación cercana con los textos y mantiene coherencia con la personalidad misma de la editorial. Esto resulta evidente tanto en el arte de las cubiertas como en la estructura. Es una editorial joven y provocadora que busca cuestionar el futuro del libro como objeto.

El catálogo de Ediciones Acapulco, compuesto de algunas obras interesantes y otras bastante prescindibles, no es tan afortunado como el de Tumbona. A pesar de ello, este sello es una ventana abierta a las posibilidades de la producción editorial. Si bien su presupuesto es reducido, a través de una edición meticulosa y un diseño único han logrado que sus libros sean verdaderos objetos de colección. La visión de su editora, Selva Hernández, y la colaboración de su equipo de diseño, hace que el objeto cobre formas interesantes: los libros conformados por tarjetas, la encuadernación artesanal, ilustraciones y procesos letterpress o impresión con tipos de imprenta hacen resaltar su valor propio y su suficiencia como objeto, y los acerca a la categoría de libro-arte.

Almadía es un caso aparte. Esta editorial ha destacado, gracias a la colaboración de Alejandro Magallanes, por una imagen de simplicidad lúdica. El recurso de las camisas suajadas que funcionan con la ilustración de las tapas ha logrado posicionarse y llevar sus libros a un nivel icónico. Es posible decir que, antes de Almadía, pocos libros se atrevían a experimentar con las posibilidades que brinda la sobrecubierta, más allá de la protección de las tapas durante la exhibición en las librerías. Esto ha sido un gran acierto: es innegable que este elemento vuelve identificable a cualquiera de sus libros. Almadía encontró el sello distintivo que lo separa de las otras editoriales; sin embargo, asalta la preocupación de que el recurso pueda agotarse. Como en el caso de otros sellos, se corre el riesgo de que un detalle, un elemento del diseño que funciona y se vuelve distintivo, sea utilizado hasta el cansancio y se convierta en una fórmula probada sin lugar a variaciones. Está en las manos de Almadía no caer en la comodidad.

'Muerte en la rúa Augusta', Tedi López Mills, Almadía, 2009.

‘Muerte en la rúa Augusta’, Tedi López Mills, Almadía, 2009.

 

También entre las pequeñas editoriales surgen desaciertos: si Sexto Piso es la popular, la mejor vestida, y Almadía la creativa y desenfadada, Cal y Arena es la hermana fea. La selección y composición tipográfica son, por lo general, muy pobres. En veinticinco años de existencia, este sello no ha tenido la fortuna de sumar un diseñador capaz a sus filas, uno que no subestime a su audiencia con imágenes fáciles y evidentes. Un ejemplo penoso pero que ilustra a la perfección este punto es La economía del futbol, de Ciro Murayama, cuya portada lleva un cartón (sobre un raquítico fondo blanco) que muestra a Marx y Keynes. De esto no hay que culpar al monero, sino al editor, quien saco el cartón de su medio para llevarlo a la tapa de un libro, que supone convenciones distintas a las del primero.

'La economía del futbol', Ciro Murayama, Cal y Arena, México, 2014.

‘La economía del futbol’, Ciro Murayama, Cal y Arena, México, 2014.

Sería ideal que los escritores se involucraran más en este proceso o, en su defecto, que los editores estuvieran mejor capacitados para afrontar estas decisiones y encaminar al equipo creativo por caminos más afortunados. Las personas que hacen libros deben comprender que el lenguaje también es visual y que en no pocas ocasiones es un factor determinante para leer o dejar un libro. Después de todo, a nadie le gusta bailar con la más fea.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad Juárez, 1979) es escritor, traductor y diseñador editorial. Ha sido becario de novela en el FONCA en la categoría Jóvenes Creadores (2013-2014). Abomina la palabra “calostro” y siente predilección por las palabras “albahaca”, “azar” y “marea”.
Fotografía por Pixabay.

La poesía y un poco el azar me llevaron al encuentro con el jazz original de Roger Nuncio Jazz Trío, integrado por los artistas locales con trayectoria internacional Roger Nuncio, Francisco Lelo de Larrea y Raúl Ramos, músicos consagrados pero poco conocidos para los ignorantes del movimiento underground en la ciudad.

Sucede que Silvia Eugenia Castillero, poeta y ensayista residente en Guadalajara, actual directora de la revista Luvina, llegó a la ciudad de Monterrey para impartir el segundo módulo, dedicado a la poesía, del Diplomado de creación literaria, ofrecido por el INBA y difundido por CONARTE. Como Silvia debía irse el viernes temprano, los integrantes del taller convenimos juntarnos en algún lugar el jueves.  Todo coincidió para que ese lugar fuera el San Juanito Blues Café,  proyecto que comenzó hace dos años, aunque en el presente local llevan apenas cinco meses.

Los colegas del taller nos quedamos de ver en el lugar a las ocho y media de la noche. Dado que llegué puntualmente aprovechar la oportunidad para entrevistar a la dueña del lugar, Raquel Sirena Esquivel y llevarme una genial sorpresa. Sucede que Raquel, músico, vocal y compositora de Sirena Blues, maneja junto a su compañero, el artista Joao Quiroz el San Juanito Blues Café, localizado en Dr. José María Coss 317 Sur, entre las calles Washington y 15 de mayo, en la periferia del Barrio Antiguo de Monterrey, la casi extinta zona cultural de la ciudad, que ahora vuelve ardiente y policromática como sólo un ave fénix o el monstruo del doctor Frankenstein podrían hacerlo.

En otras ocasiones había asistido al café, también bar y galería, por invitación del poeta Guillermo Jaramillo, pues los miércoles de cada quince días, a partir de las nueve de la noche, organiza lecturas de obra poética intercaladas por performance y pausas musicales. Apenas en esta ocasión tuve oportunidad de conocer a fondo la propuesta del San Juanito. Raquel me dio un rápido recorrido cultural a través de la historia del blues y el jazz y la plástica en la ciudad, así como del concepto que maneja su espacio y galería, compuesta por piezas de Jaime Flores Mendoza, cuya obra ha pasado por Estados Unidos, Nueva York, Argentina, Los Ángeles, las manos de Manu Chao, y de Flavio, de Los fabulosos Cadillacs. También hay obra de Edgar Bacalao, grabador formado en Oaxaca y de Orlando Delgado, seleccionado en 2012 para la Bienal Rufino Tamayo, así como de Joao Quiroz cuya obra ha viajado por el Distrito Federa, Zacatecas y Real de Catorce, en San Luis Potosí.

Vislumbro rayos láser de esperanza; el San Juanito Blues Café es un espacio ideal para que los huérfanos del amnésico siglo XX se conozcan, reconozcan y proliferen. Como dice Raquel, los empresarios deben apostarle a la cultura porque la gente necesita opciones. Los únicos lugares, continúa, que permanecieron abiertos durante la ola violenta que petrificó más de dos años la ciudad y el área metropolitana fueron lugares con algún tipo de oferta cultural, como Gargantúas, La chunga, La tumba, el Café Nuevo Brasil e incluso restaurantes como Neuquén, donde ocasionalmente también hay expresiones musicales independientes, todos en la zona centro de Monterrey y la mayoría en el Barrio Antiguo.

En lo particular, seguiré pendiente de lugares como el San Juanito, no sólo porque me recuerdan por la atmósfera a novelas como, En el camino, Rayuela o Los detectives salvajes, sino también porque la oferta musical es de máxima calidad, a un precio bastante accesible (sesenta pesos por dos horas de concierto, los jueves de jazz y los viernes de blues), el ambiente es genial y las horas felices, frecuentes.

En fin, recordando lo que dice Chesterton sobre la música y la sociedad de consumo, concluyo que no tengo mucho dinero, pero soy rica porque estoy más cerca de la poesía.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en Monterrey, Nuevo León, México, 1991. Cursa actualmente estudios de Literatura Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Participó como ponente y creadora en los encuentros y congresos organizados por la Red Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura (REDNELL) en D.F., Querétaro, Mérida y Tijuana ininterrumpidamente desde el 2010 al 2012. En febrero del 2013 ganó el Primer lugar en el Slam Poético 3.0: Sobrevivientes del 2012 y participó como jurado en el Slam Poético 4.0: Monterrey es un laberinto (junio 2013). Ha sido publicada en Puño y Letra (Monterrey, 2012), La regia cartonera (Monterrey 2014), Los bárbaros del norte (CONARTE 2014), el periódico Barrio Antiguo (Monterrey 2014) y la página de internet de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México (FUNDEM 2014).
Fotografía del Taller la Imagen del Rinoceronte por Nidia Rosales.

Hay visiones colectivas. El arte es el terreno de los otros. Ahí donde el autor desaparece otra realidad se hace posible. Bajtín decía que todo parte del deseo, que hablar de la obra es desearla, planear su lenta pero segura destrucción, hacer evidente aquella multiplicidad de la que parte. Alucinaciones, aleaciones, deseos plasmados en objetos que sin quererlo a veces hablan de nosotros y alcanzan así a presentir una que otra verdad. Algo es seguro, el sujeto nunca ha sido un sitio limitado por fronteras. El sujeto nunca ha sido uno, para empezar. En el Taller la Imagen del Rinoceronte (TIR) algo así tienen presente. Su fundador, el maestro Humberto Valdés, sabe que el individuo se encuentra en un estado anquilosado de una autoridad decadente, a punto de desmoronarse en estos tiempos.

El TIR fue creado hace ocho años con el propósito de abrir un puente entre la gráfica y una población poco habituada a formas de expresión alternativas. Desde hace tres años ocupa un espacio relativamente pequeño en el centro de Tlalpan, en la ciudad de México. El centro de Tlalpan es un manantial en medio de esta ciudad monstruosa, sedienta de angustias laborales, presiones de género y ese sabor metálico que deja la violencia cotidiana sobre el cuerpo. Ahí todavía da gusto andar a pie, se puede caminar sin tropezar constantemente con otros transeúntes. Data del tiempo en que las ciudades no se planeaban a partir de rutas rápidas y asfalto sino para promover la convivencia cara a cara.

Dentro del Taller se respiran otros aires. Después de siete años, dejé de habituarme a esta ciudad y comencé a percibir su evidente fealdad. Se me hicieron presentes sus grietas, el ruido constante de los autos, la soledad recalcitrante de andar en autobús a la hora pico. Visitar este Taller me ha reconciliado un poco con el caos y la vida rápida de esta metrópoli. Y aunque el TIR también es caótico, se trata de ese torbellino que antecede a los momentos de serenidad y entrega. Los sábados trabajan en él poco más de 25 personas, quienes comparten el reducido espacio y toman juntos decisiones estéticas. Ahí no hay figuras de autoridad ni egos excesivos, acaso un genuino interés por sacar adelante cada pieza

Esa es quizás su principal característica, una postura un tanto anarquista en torno al proceso creativo y también en torno a la vida. Quienes se dedican al arte saben que vida y obra no pueden separarse tajantemente, se vive creando y se espera así hacer algo de provecho. Se trata de un trabajo de tiempo completo que no da para la renta pero sí da placeres lentos e inagotables, confiere al menos el sentimiento de que uno está haciendo algo que permanecerá más allá de uno mismo y que además ese objeto puede llegar a ser bello, un objeto descontextualizado que hace contacto con otro tipo de raíces, un objeto extraterrestre, por decirlo de alguna forma.

No god, no masters, me dice Pavel Acevedo cuando hablamos de las trampas que impone la moral sobre los cuerpos y caminamos al TIR. Pavel es un artista emergente de origen oaxaqueño que reside en California. Recientemente lo invitaron a trabajar un fin de semana en el TIR y formar parte de la carpeta gráfica Coediciones de 10, un proyecto ambicioso de Humberto Valdez que pretende hacer un sondeo de la gráfica a nivel nacional. En este nuevo proyecto, los artistas invitados acudirán cada fin de semana al taller para realizar su pieza, imprimirla y compartir su trabajo con los asistentes. Las diez copias de la carpeta se repartirán en diversos museos del país, quedando así como registros.

Humberto y su equipo de trabajo, chicos que han decidido dedicarse a indagar en los diversos procesos del grabado, conocen de cerca la inestabilidad de su labor, lo complicado que a veces resulta seguir andando y conseguir apoyo, recibir incluso lo más elemental para subsistir. El TIR ofrece sus cursos e instalaciones de manera gratuita, cualquier persona, con o sin conocimiento de dibujo o grabado, puede asistir tres días a la semana. Ahí se mezclan artistas con trayectoria y quienes comienzan a experimentar con tinta y papel, lo cual me parece una forma valiosa de hacer evidente que ante todo el arte forma parte de lo cotidiano, lo embellece, como dijo Cortázar. Es un respiro, por lo menos.

Las instituciones nos han hecho creer que se requiere de ciertos conocimientos para apreciar cualquier expresión artística, conocimientos que no todos reciben o que no a todos les interesan. Si bien hace falta un ojo entrenado para dialogar con la obra, lo que importa de ella es aquello que no puede comunicarse claramente, aquello que conecta con esa parte intraducible donde aventamos lo que en verdad somos. Los sentimientos son oleadas confusas de mundo sobre nosotros. Interior y exterior siempre se funden en cierto punto. El arte es un tipo de experiencia que nos conecta con el carácter múltiple de la realidad para apreciar la diferencia y el diálogo. No obstante, este camino suele ser violento.

Tanto en los talleres de Oaxaca como en el TIR, lo difícil no es producir sino abrir el diálogo con el exterior, hacer que la gente se interese por las piezas ahí elaboradas y con suerte las compre. Sin embargo, el propósito tampoco es vender, al menos no totalmente, si así fuera existen otras formas de lograrlo, muchas formas de entregarle al público lo que está acostumbrado a ver: imágenes sin espíritu, sin decadencia o descomposición, sin pequeñas violencias que pueden llevarnos de ida y vuelta hacia sitios poco transitados de nuestra propia psique. Imágenes que pueden destruir todo aquello que damos por hecho y ayudarnos así a comenzar otra vez. Soltar las armas, aprender a ser iguales.

Pavel realiza el retrato de un amigo que enseña los dientes. El grabado sobre linóleo se siente como una cicatriz tuberculosa. Termina de rascar esa piel plástica la noche del primer día que estamos en el TIR. Durante toda la tarde van y vienen otros artistas y realizan su trabajo sin interrupción. A este taller se acude a trabajar, la convivencia, el desmadre, se deja para después. La mayoría realiza pruebas de sus grabados y cuando alguno termina todos se juntan a observar la pieza y a discutirla. Humberto creó un ambiente ecléctico de trabajo, un lugar donde las distintas visiones en torno a la realidad conviven y se mezclan para rescatar lo múltiple y hablar del otro que es uno.

El TIR también ofrece periódicamente clases de dibujo y de historia del arte para niños. Durante un tiempo tuvieron una biblioteca móvil que manejaba el propio Humberto por las calles de esta ciudad y por medio de la cual sus alumnos dialogaban con niños y adolescentes; sin embargo, este proyecto tuvo que detenerse por falta de recursos económicos. Las becas se terminan, desafortunadamente. A la par de Coediciones de 10, el TIR organiza otra carpeta de gráfica a nivel nacional donde participan artistas como Luis Ricaute, Demián Flores, Teresa Olmedo, Irving Herrera y Carlos Flores Rom, entre otros. La manera en que trabajan en el TIR y se organizan, se ayudan para no cerrar sus puertas a pesar de las adversidades, me parece una dinámica creativa particular, digna de reproducirse como la gráfica que realizan cada semana y que poco a poco empieza a valorarse un poco más.

 Fotografías del Taller la Imagen del Rinoceronte por Nidia Rosales.

Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.
‘Moisés baja del monte Sinaí’ por Gustave Dore.

El sentido común nos dice que la mala traducción sucede cuando el traductor dice algo que no dice el texto original.  Ojalá fuera tan fácil. Durante mucho tiempo, equivocarme al traducir fue el mayor de mis temores. Nada menos que el significado de un texto, escrito por otra persona, es lo que está en juego. Con el tiempo, y cuanto más pronto mejor, se aprende que aquello que se entiende como “error” es algo mucho más ambiguo de lo que uno se imagina. Lo que llamaba “error” era, simple y sencillamente, decir lo contrario de lo que decía el texto original. Sin embargo, entre decir lo contrario y “decir casi lo mismo” hay un tramo demasiado extenso, sobre todo si tomamos en cuenta la mediación del traductor, que desdobla la actividad de la escritura, y establece una distancia, por pequeña que sea, entre su interpretación del texto, la manera de expresarlo y  la lectura del último lector y su manera de interpretar ya no el texto original, sino la traducción.

Si queremos usar metáforas de la traducción yo me quedo con dos. La primera es el reflejo del espejo que a su vez refleja la imagen real, la pintura de la pintura. La segunda es una imagen más reciente, la fotocopia de la fotocopia de un libro. Es natural que por la falta de tinta o la poca visibilidad, algunas palabras puedan considerarse erratas, por lejanas o ilegibles. A veces la errata de traducción, para el traductor, puede estar en la compresión del texto; otras veces en la expresión que eligió para la comprensión de ese texto o en la dificultad de sospechar la recepción que tendrá la traducción. De esa índole es una supuesta errata famosa.

Suele señalarse, en la erudición de los lugares comunes, que un error de San Jerónimo condenó a Moisés a tener cuernos en sus representaciones pictóricas durante varios siglos. Es difícil enfrentarse a la transmisión de esta supuesta verdad por lo arduo que representa la investigación que pueda desmentirla o matizarla. Cuando escuché esta sentencia estuve de acuerdo. Claro, San Jerónimo se equivocó, que Moisés tuviera cuernos no tiene sentido. Sin embargo, años después, cuando adopté como remedio al insomnio la costumbre de leer la Biblia, la de Jerusalén, me encontré con una nota singular.[1] Esta traducción de la Biblia, que a mi parecer es una de las obras de traducción más importantes que se han hecho (si es que esta afirmación tiene sentido), dice: “Al bajar [Moisés] no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante, por haber hablado con Yahvé”.

No habría recordado el famoso error de San Jerónimo si no hubiera sido por esa nota al pie. La Biblia de Jerusalén consigna para el Antiguo Testamento algunas diferencias entre la Septuaginta, en griego, la Tanaj y otras versiones en hebreo. La nota dice que el origen de estos versículos es dudoso, y que refieren una tradición del rostro de Moisés, expresada por el verbo qaram, derivado de qeren, “cuerno”, y que por eso la Vulgata de San Jerónimo expresa una traducción literal: Cornuta esset facies sua (“su rostro tenía cuernos”). Entonces, de no haber sido literal, no habría existido ese error. O en su defecto, confundió las palabras. De cualquier modo resulta importante considerar que San Jerónimo, según cuenta el estudio preliminar de la edición de la Vulgata de la Biblioteca de Autores Cristianos, tenía a la mano también los manuscritos en griego, pues conocía mejor el griego que el hebreo. En griego qaram dice dedocastai, que significa “glorificar”. Resulta entonces extraño que haya optado por dejar los cuernos.[2] En otras notas de esta edición, en el Éxodo, aparecen muchas diferencias entre la versión griega y hebrea. Lo que me hace pensar que San Jerónimo, si es posible saberlo, se merece el beneficio de la duda, y debemos pensar que no se equivocó: así quiso traducir.

Entonces, si eligió decir que Moisés bajó del Monte Sinaí con un rostro “cornado”, ¿qué quería decir? ¿Realmente quería que se pensara que eran cuernos los que tenía Moisés, como los de un carnero? La nota de mi edición de la Biblia agrega: “estos versículos utilizan esta tradición para describir a Moisés cuando bajó del monte”. A la tradición a la que se refiere es a una representación específica del hombre que ha sido inspirado o ungido por un Dios. San Jerónimo optó por lo que llama la traductología contemporánea: “traducción cultural”. Suponía, digamos, que los lectores de su traducción iban a entender que descendió con cuernos en el sentido de que había sido iluminado, “glorificado” por la palabra de Yahvé. Por eso su rostro “se había vuelto radiante”. Claro que esta referencia cultural, esa intención, podía perderse y tergiversarse con el tiempo y entenderse, tarde o temprano, con otro sentido. Esta sospecha, que bien puede ser falsa, y bien podría ser un error no sólo de Jerónimo sino también de su defensor, me hizo pensar en las dimensiones de lo que significa equivocarse al traducir.

La Biblia es un paradigma de la historia de la traducción en nuestra cultura. El paradigma es, además, muy extenso porque no sólo implica las lenguas a las que ha sido traducida sino la cantidad y el valor histórico de esas traducciones en cada lengua. No he conocido a nadie que ningunee a otra persona intelectualmente por estar citando una traducción de la Biblia y no desde la versión original. Suele decirse: “Usted no puede hablar de Kant porque no sabe alemán”, como si fuera garantía de conocer mejor a Kant. Claro que quien conozca el idioma tiene más posibilidades de entenderlo mejor, pero es tanto como decir que las traducciones que hay de él no ayuden a conocer mejor el texto a alguien que habla español; o es más, decir que traducir es imposible.

Lutero tradujo el Nuevo Testamento y, como a San Jerónimo, se le acusó de haber sido más que impreciso. De eso nos cuenta en su “Misiva sobre el arte de traducir”.[3] Además de darnos cuenta de que Lutero a veces era una persona muy agresiva, quizá demasiado para ser cristiano, vemos muchas de nuestras discusiones bizantinas descritas bajo su pluma. Jerónimo Emser lo cuestionó, entre otras cosas, sobre la traducción de una palabra del capítulo tercero de los Romanos de Pablo: “sostenemos que el hombre es justificado sin obras de la ley, sólo por la fe”. Al parecer Lutero agregó ese “sólo”, que en latín dice “sine”, que es restrictivo. Parece simplemente un énfasis que quiso hacer el traductor. Naturalmente, se le fueron encima porque estaba siendo interpretativo y porque justificaba ligeramente algunas de sus posturas teológicas. A mí me parece no sólo evidente que Lutero haya hecho eso, sino también comprensible. Todos los traductores, de alguna manera, somos Lutero, pues somos lectores atentos de un texto y asignamos significado a lo que leemos. Lutero creía en la “justificación por la fe” porque conocía los textos bíblicos y creía que eso decían. Simplemente lo hizo un poco más explícito. Tampoco me parece un error de traducción. Lo que me gusta más de la postura de Lutero, y que hace que me caiga tan bien, es el gesto de justicia que se da a sí mismo y a todos los que practicamos el mismo oficio, diciendo: “A nadie le está vedado realizar una traducción más perfecta”. Luego agrega un proverbio de la época: “el que edifica a la vera del camino tiene muchos maestros”. Traduces y de pronto todos saben más griego y latín que tú.

Después de estas dos memorias de lector de la experiencia ajena, podría exponer algunos de los errores que he encontrado en distintas traducciones de literatura francesa en distintos libros, pero no es mi afán exhibir y con ello morderme la lengua. Hay unos errores que son ignorancia, pero hay otros que simplemente pueden parecerlo por mi manera de entenderlos. Por ejemplo, muchas traducciones de Las flores del mal, en ese primer verso de cierto soneto que comienza Tu mettrais l’univers entier dans ta ruelle, traducen ruelle como “calleja” o, lo que es lo mismo, “callejón”. Según mi lectura del marqués de Sade y según el Dictionnaire analogique de la langue française. Le Grand Robert, ruelle, en este sentido, es el espacio que hay entre la cama y la pared en las habitaciones aristócratas de hasta el siglo XIX. De hecho, Le Robert consigna como ejemplo analógico de esa palabra con este significado el mismo verso de Baudelaire. Se trata de un matiz, pero importante. No es lo mismo decir que alguien “sería capaz de meter al universo entero a un callejón” que meterlo a la cama. De cualquier modo, es posible que los traductores lo supieran y hubieran preferido la otra palabra, la otra interpretación, el otro significado. O no. Quizás hicieron su traducción antes de que se publicara el diccionario del que hablo. Quizá no sospecharon de que podría tener otro sentido. Quizá lo haya entendido igual Baudelaire.

Como decía al principio, estas cuestiones sólo terminan por preocuparme y desmedrarme. Parece que cuanto uno más sabe, más duda al traducir y puede que se vuelva más posible hacerlo y a la vez más imposible. Puede que, luego de decir esto, alguien se ponga a averiguar en qué me he equivocado. Para evitarle la fatiga le cuento que suelo confundir el verbo conjugado rêver (que es soñar) con la tercera persona del verbo revêtir (revestir), es decir, revêt, cuando tiene el sentido de “soñar con alguna idea” y “revestir alguna idea”. De hecho, sólo una vez me di cuenta de que había cometido ese error, gracias a mis alumnos que se dieron cuenta. Afortunadamente mi traducción no había sido publicada y pude corregirlo. Luego creí que todo estaba mal, que todo lo había hecho mal, y que no tenía sentido seguirme dedicando a esto. Pero al revisar otra vez la traducción cambié de opinión y simplemente culpé a mi miopía, no a mis facultades mentales. También, alguna vez confundí “psíquico” con “físico”. Por esa misma paranoia es que reviso todas las traducciones que hago. Entonces que quede dicho: el error en traducción debe angustiarnos lo suficiente como para corregir, pero no tanto como para decidir no traducir nada. En la labor de traducir hay una lucha constante por dar sentido, una lucha contra la resistencia que nos ofrece una lengua, otro código, y otra contra la expresión de ese sentido en nuestra propia lengua.

 

[1] Biblia de Jerusalén, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1998, p. 114. “Exódo”, 34:29-30.
[2] María Barbero, experta en filología alemana, en un artículo que es posible leer en internet, dedica una exposición erudita al respecto. Véase este excelente y breve artículo aquí.
[3] Lutero, Obras, Salamanca, trad. Téofanes Egido, Ed. Sígueme, 2001, pp. 306-318.

Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.
The Act of Killing, Dir. Joshua Oppenheimer, Final Cut for Real, 2012.

En febrero de 2002, Donald Rumsfeld, entonces secretario de defensa de Estados Unidos, respondió al cuestionamiento sobre la falta de evidencia de armas de destrucción masiva en Irak con una enrevesada frase que causo polémica: “Sabemos que hay conocidos, que son las cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que hay conocidos desconocidos, es decir, cosas que sabemos que no sabemos. No obstante, también hay desconocidos, aquellas cosas que no sabemos que no sabemos”.

 

1.

El escandalo más degradante en el que Rumsfeld se vio implicado durante su gestión fue el de las fotografías de presos torturados en Abu Ghraib, una prisión a treinta y dos kilómetros de Bagdad. La cárcel era uno de los centros neurálgicos de la lucha contra el terrorismo que derivo en la caza de Saddam Hussein. Las imágenes se volvieron de incumbencia mundial por la crudeza de la que hacían gala: prisioneros obligados a masturbarse desnudos con las cabezas tapadas mientras un soldado sonriente los señalaba; militares sujetando a los presos con collares de perros y, la más infame, una pirámide formada por hombres desnudos apilados uno sobre otro. El asunto apareció en The New Yorker unos días después y la bomba mediática estallo, salpicando con sus restos a todo el gobierno norteamericano. Donald Rumsfeld rechazo tajantemente las acusaciones. La frase de Rumsfeld no se menciona en Standard Operating Procedure, documental dirigido por Errol Morris en 2008. hace porque la cinta decide no centrar su mirada en él. Al contrario: no hay funcionarios de corbata en todo el documental. Todos los entrevistados fueron soldados de a pie. Armado con el Interrotron, un dispositivo ideado por Morris que permite mantener el contacto visual con el entrevistado mientras lo filman, el director deja que los soldados narren sus versiones de los hechos, de una textura más bien rugosa; llenas de irregularidades e incongruencias, despojadas de la posibilidad de encajar entre sí. Los testimonios de los militares nos develan una idea más escalofriante que los mismos hechos.

Formalmente, Standard Operating Procedure parece rehusarse a tomar partido. Las entrevistas se complementan con algunas recreaciones de los sucesos en medio de ellas. Pero estas “recreaciones” podrían dar una idea equivocada de su naturaleza: no tienen nada que ver con las insípidas animaciones de un noticiario, o con los dibujos apenas móviles de un reportaje televisivo. Las recreaciones de este documental están a medio camino entre la abstracción y el impresionismo: vemos los dientes amenazadores y salivantes de un perro militar, una sucia pared con salpicaduras de sangre, las cartas de un soldado que escribe a casa. Todo aparenta estar a no más de medio metro de la lente, a una proximidad casi asfixiante.

 

2.

Los actores que intervienen en los conflictos bélicos son, en más de una forma, escurridizos. Y cuando se trata de genocidio es aún más complicado acercarse a sus artífices. The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, se aproxima a la matanza de más de quinientas mil personas en Indonesia llevada a cabo por militares en una cacería anticomunista. El documental examina a estos asesinos victoriosos, aceptados por un sistema también triunfante, y los hace recrear algunos de los crímenes que cometieron. En una escena, Anwar Congo, protagonista y líder del grupo de paramilitares, narra el método que ideo para asesinar a una persona sin derramar tanta sangre. En otra, muestra como mataron a un bebe, usando una muñeca de trapo, a la que abren en canal, como ejemplo. En otra más, ilustra como incendiaron un pueblo de supuestos comunistas, y para explicar el proceso quema un pequeño set.

The Act of Killing guarda ficción dentro de ficción; muy en el fondo de una de ellas parece existir una fracción real. Congo es un hombre incapaz de asimilar la otredad. Mato porque era lo que debía hacer, porque para eso se le había contratado; en ese sentido, su trabajo fue irreprochable. Las fuerzas que lo empujaron a hacerlo apenas se intuyen. Standard Operating Procedure y The Act of Killing parecen compartir cierta tesis (no en vano Errol Morris fungió como productor ejecutivo en ambas): los soldados, los asesinos directamente inmiscuidos en los conflictos, no son totalmente culpables. Existen fuerzas superiores que ordenan; pequeñas divinidades que emiten mandatos y hombres que los acatan.

Hacia el final del documental, que a esas alturas ya ha sabido emparentarse con el género del horror, la creatura se humaniza: Congo vomita y llora un poco. La duda surge mientras lo vemos padecer: .y si ese arrepentimiento es parte de su actuación, del acto de matar? Con todo, uno puede identificarse por momentos con Anwar Congo y sus colegas: el reflejo que parecía proyectarse al principio de la película como ajeno y lejano, conforme avanza la cinta parece definirse para que nos hallemos en él. La guerra como dualidad, como espejo agrandado: cada guerra es distinta, pero es siempre la misma.

Standard Operating Procedure, Dir. Errol Morris, Participant Media, 2008.

Standard Operating Procedure, Dir. Errol Morris, Participant Media, 2008.

3.

El peón, aunque esencial para la estrategia, es prescindible. El soldado raso puede ser sacrificado en cualquier movimiento estratégico: esa es su función principal. Arriba esta quien dicta las ordenes: a menudo una silueta borrosa. La mayoría de los peones no conocen a quien mueve las piezas. .Como salvar la distancia entre ellos y la sombra? The Unknown Known, de Errol Morris, intenta ese acercamiento a través de la figura de Donald Rumsfeld, denunciado por crímenes de guerra cometidos en Abu Ghraib y Guantanamo. Gracias a una larga entrevista entre Morris y Rumsfeld, ilustrada con mapas, recreaciones e imágenes de archivo, el ex secretario aparece como una figura más tangible, pero igualmente borrosa. Rumsfeld recibe las preguntas con aplomo y las contesta con un alarde de retórica pocas veces visto. A cuestionamientos expresos contesta con generalidades. Sin embargo, suelta algunas verdades aparentes: “en retrospectiva, todo es histórico”, “uno no puede controlar a la historia, pero tampoco puede dejar que la historia lo controle”, “todos sabemos que en todas las guerras hay cosas que evolucionan, que no pudieron ser anticipadas, y ocurren cosas que no deberían”. El secretario de defensa apela constantemente al diccionario y exige a sus interlocutores definir con precisión los conceptos que utilizan. Todo es relativo: los hechos se antojan inasibles; el lenguaje, manipulable. Sin embargo, detrás de toda esa maraña discursiva que parece alejarnos constantemente de la verdad, aparece un Donald Rumsfeld que cree que hizo lo correcto; un político y estratega convencido de que las medidas que tomo eran las únicas posibles, las más sensatas en ese momento. Rumsfeld, como Anwar Congo, derrama algunas lágrimas hacia el final de la cinta que protagoniza —su autenticidad es algo que está reservado solo a el—. Uno de los artífices de la guerra contra el terrorismo se nos revela como un hombre convencido de sus acciones. La voz que daba órdenes a los ídolos iracundos de Standard Operating Procedure y The Act of Killing no es más que un anciano de ochenta y tantos años con una confianza exacerbada. El espejo se agranda, dejando ver una posibilidad que parece terrible: no existe tal cosa como el mal en el mundo, sino gente convencida de que hace lo correcto o, peor aún, gente que no cuestiona si lo que hace está bien o no. La historia no es una sucesión de conflictos entre buenos y malos, sino una serie de enfrentamientos entre seres humanos seguros de perseguir el bien común.

 

4.

Las tres cintas abundan en técnica cinematográfica: mientras que Standard Operating Procedure está conformada por una serie de entrevistas (con personas hablando frente a la cámara, lo que se conoce como talking heads) con algunos cortes y acercamientos que bien podrían ser un subrayado o una forma de agilizar los testimonios, The Act of Killing se manifiesta exuberante, con elaboradas secuencias de baile de clara influencia onírica, casi lyncheana, y teatrales recreaciones de crímenes y asesinatos. The Unknown Known, por otra parte, está dotada de una aparente sencillez, que no simpleza: casi toda la cinta está formada por la imagen de Donald Rumsfeld hablando frente a la cámara desde diversos ángulos. Esto no significa que la película omita la elaboración: hay recreaciones casi expresionistas (nieve cayendo, archivos de memorándums interminables) y largas tomas que sobrevuelan la superficie del mar.

The Act of Killing, Dir. Joshua Oppenheimer, Final Cut for Real, 2012.

The Act of Killing, Dir. Joshua Oppenheimer, Final Cut for Real, 2012.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.

El Programa Cultural Tierra Adentro felicita a todos los seleccionados del Programa Jóvenes Creadores del FONCA, especialmente a Pedro Acuña y Sergio Téllez-Pon columnistas de los blogs de cine y literatura, respectivamente. Asimismo, extendemos la felicitación a nuestros recientes colaboradores Orfa Alarcón, Marina Azahua y Giorgio Lavezzaro, y a los próximos, César Tejeda, Elma Correa.

Para apoyar la creación artística joven, el Programa de Jóvenes Creadores otorga becas económicas, brinda tutorías con artistas reconocidos, organiza encuentros y fomenta la interdisciplina entre las diversas especialidades.

Para conocer los resultado de la convocatoria da clic aquí.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ilustración de ©Sithzam.

Las series de televisión están en su mejor época: producciones colosales, actores laureados —conocidos o no—, historias únicas y, sobre todo, esa atmósfera de libertad creativa que seduce a miles de espectadores que pueden disfrutar la experimentación de la pantalla chica. Esa experimentación, también, hace correr varios millones de dólares por una maquinaria de promoción e inversión de entretenimiento que tiene como punta del iceberg una premiación para reconocer (o eso dice) lo mejor de la televisión: los Prime Time Emmy.

Lo ilógico

Los Emmy son el resultado de decisiones no muy lejanas al prototipo “del buen premio”, heredado de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. El resultado es que muchas veces tenemos galardones políticamente correctos que se camuflajean cuando complacen a la audiencia. Este año quizá sea el mejor ejemplo, sobre todo en la sección de comedia. Bastaría preguntarse por qué muchos premios parecen estáticos, inmóviles, pues se entregan año con año a las mismas manos. El quinto año de Modern Family como Mejor serie de comedia dejó en el olvido a propuestas mucho más novedosas e inteligentes como Veep (HBO, 2012), Silicon Valley (HBO, 2014) y, la gran relegada de la noche, Orange is the New Black (Netflix, 2013).

¿Por qué sigue ganando Jim Parsons Mejor actor de comedia por la agonizante The Big Bang Theory (CBS, 2007)? ¿Por qué nominan a Edie Falco por su simplona Nurse Jackie o a la soporífera Lena Dunham por Girls (HBO, 2012)? El mejor ejemplo fue Jessica Lange, como Mejor actriz en una miniserie o película por su participación en la peor temporada de American Horror Story (FX, 2011). ¿Qué decir del olvido a Laverne Cox, la actriz transexual de Orange is the New Black? Podemos deducir que los Emmy aún no están listos para aventurarse a situaciones incómodas. Así son los premios, difícil complacer a todos e imposible salirse del molde americano.

Justicia

También hay que agradecer el reconocimiento a producciones que lo merecen. Fargo (FX, 2014) es una joya de la televisión que había pasado desapercibida: basada en la película de los hermanos Coen (Fargo, 1996), con una estructura de personajes no muy lejana a Breaking Bad y un estilo que oscila entre el humor negro y la violencia. Otorgarle el reconocimiento como Mejor miniserie fue una de las pocas justicias de la noche (aunque es difícil creer que American Horror Story y su última temporada de brujas adolescentes se haya llevado más premios).

Además, para ser políticamente correctos, se premió a The Normal Heart (HBO, 2013) como Mejor película para la televisión. Su denuncia al sistema político americano homofóbico debe ser premiado, sin hacer menos las actuaciones de Mark Ruffalo y Matthew Bomer, además de la música de Cliff Martínez.

Los dramas

La pelea en la categoría de drama siempre son un drama. Esos premios son los más asediados, los más deseados, los que otorgan reconocimiento internacional automático. Este año había grandes nombres: Mad Men (AMC, 2007) y Dowton Abbey (ITV, 2010) no ejercieron presión importante en las audiencias, mientras Game of Thrones (HBO, 2011) House of Cards (Netflix, 2013) aún están en proceso evolutivo. Al final sólo quedaron dos competidores reales: True Detective (HBO, 2014) y Breaking Bad (AMC, 2008). Desde que finalizó la transmisión de la segunda parte de su última temporada, la serie liderada por Vince Gilligan tenía un camino fácil para cosechar los premios mayores (mejor actor, actriz, dirección y serie dramática). Pero a inicios de este año llegó True Detective, la piedrita en el zapato de Breaking Bad, encabezada por Nic Pizzolatto y Cary Fukunaga.

Ambas series le deben mucho a la inmensa fiebre mediática: en sus últimos dos años de vida, Breaking Bad reafirmó su fuerza al convertirse en un producto de culto masivo. True Detective, por su lado, ganó terreno en redes sociales con sus miles de páginas en donde se resolvían los misterios de una historia que, por momentos, fue incomprensible.

Cada una tuvo sus bondades en la pantalla. En Breaking Bad disfrutamos de un desarrollo de personajes intenso, acompañado de un ejercicio actoral memorable que encumbró a Bryan Cranston como el secreto mejor guardado de la televisión. True Detective supo construir un aura de misterio e incertidumbre desde la transmisión de sus capítulos, hasta los recientes rumores sobre los posibles actores sucesores de Matthew McConaughey y Woody Harrelson; sin embargo, hay que aceptarlo, el mayor regalo de manos de Pizzolatto y Fukunaga, fueron esos chispazos cinematográficos con planos secuencias memorables y el trabajo fotográfico de Adam Arkapaw (Lore, 2012).

El trabajo de Gilligan tenía que despedirse a lo grande. Aaron Paul y Anna Gun volvieron a ganar Mejor actor y actriz de reparto en serie dramática, respectivamente. Al final, los cinco años de trabajo hicieron justicia a su creador, uno de los cabecillas de esta época televisiva. True Detective tuvo que quedarse con un premio de consolación nada despreciable: Cary Fukunaga consiguió Mejor dirección en serie dramática y, con eso, dio una pequeña probada de lo que True Detective es capaz de ser y hacer. Es un  final justo, de esta manera el 2015 pinta como un año de transformación en las nominaciones: se quiera o no, es momento de renovar o morir.

A pesar de la disputa complicada, Breaking Bad fue la favorita absoluta: tenía que llevarse el premio a Mejor serie dramática, a modo de despedida y agradecimiento. Sin embargo, los espectadores fueron los verdaderos ganadores al ser testigos de cómo las televisoras pusieron sobre la mesa todo su poderío como creadores de historias. ¿La obligación de la Academia pesó más? Al menos queda un buen diagnostico para el futuro televisivo con las series que ya se conocen y algunas nuevas como Halt and Catch Fire (AMC, 2014), The Leftovers (HBO, 2014), Masters of Sex (Showtime, 2013), The Strain (FX, 2014) y Penny Dreadful (Showtime, 2014), que, sin problemas, pueden ser dignas herederas del legado de Heisenberg y Jesse Pinkman.


Autores
(Estado de México, 1990) estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Ha colaborado para F.I.L.M.E Magazine y Corre Cámara.
Foto de Kodama Cartonera.

Las editoriales cartoneras apuestan por la materialidad del libro, su artesanía y la cercanía que se entabla entre editores, escritores y lectores. Kodama, afincada en Tijuana, es una muestra reciente que reconoce sus influencias y adopta las nuevas tecnologías para armar libros y talleres artesanales que difunden su quehacer artístico.

 

Kodama Cartonera en la frontera norte de México

Las editoriales cartoneras están marcadas por ecos o referentes de iniciativas previas que contribuyen a la conformación de proyectos nuevos. Kodama Cartonera, en la ciudad de Tijuana, recibió influencias de otros esfuerzos editoriales como el de Santa Muerte Cartonera, en el Distrito Federal, coordinada por los poetas y editores Héctor Hernández Montesinos, de Chile, y Yaxkin Melchy. Su trabajo fue uno de los antecedentes que motivaron la creación de otras empresas con características similares.

Kodama comenzó actividades en noviembre de 2010 con Tijuana de día y de noche. Crónicas urbanas, compilado por Aurelio Meza. En marzo de 2011 se publicó Tijuana es su centro. Muestra de poesía y narrativa joven en Tijuana; a los pocos meses se editó Corto-teatro. Dramaturgia joven en Baja California, compilado por Daimary Moreno, y después apareció la memoria del 6to Encuentro Internacional de Poesía Caracol 2011. Estos primeros títulos representaron los primeros esfuerzos para articular el primer proyecto editorial cartonero instalado en la frontera norte de México.

 

Hacer libros desde un arte nuevo

Actualmente, Kodama Cartonera cuenta con más de veintiséis títulos publicados, distribuidos en siete antologías; dos memorias de encuentros de poesía, trece libros de autor dentro de la colección Fuera de serie, una traducción y dos coediciones con proyectos en el centro del país.

Toda las publicaciones se realizan utilizando dos medios principales: el físico, a través de la revisión editorial, el diseño y la creación de ejemplares con cubiertas de cartón, cartoncillo en impresión offset y papel nuevo o reciclado; y el virtual, con publicaciones digitales de cada título para su descarga gratuita y lectura en páginas como Scribd o Issuu. También se utilizan redes sociales como Twitter, Facebook y Tumblr para la difusión de obras y la creación de redes y contactos. Estas dos vías de publicación son efectivas para llegar a diferentes públicos más allá de los lectores locales, además de formar una comunidad lectora en otros países de América Latina y el mundo. Desde su origen, la creación física de ejemplares fue uno de sus objetivos primordiales, pero también lo fue la publicación en internet para su lectura y descarga gratuita.

En el catálogo de esta cartonera hay un predominio de poesía, aunque es posible encontrar narrativa, teatro, crónica, spokenword y escritura creativa experimental. Decenas de autores —provenientes de ciudades mexicanas, de la mayor parte de los países de Sudamérica y Centroamérica, así como algunos escritores estadounidenses y españoles— han hecho posible la publicación de estos libros a través de sus colaboraciones en antologías, memorias, libros de autor y traducciones.

Otro medio que Kodama uso para compartir sus obras entre los años 2010 y 2013 en Tijuana y otras ciudades de México, fue a través de una gran cantidad de talleres de elaboración de libros cartoneros dirigidos a públicos de todas las edades. Este proyecto se llevó a cabo en escuelas de todos los niveles educativos, desde preescolar hasta nivel superior, así como en festivales de arte y encuentros de poesía en diferentes ciudades de México y Estados Unidos.

La mayoría de sus títulos han requerido una labor en la que se han visto involucrados, además de autores y editores, personas que diseñan, pintan, dibujan, manufacturan, experimentan con soportes materiales o libros digitales, y que han enriquecido este proyecto, dejando su huella de diferentes formas. Los ejemplares con cubierta de cartón llevan pinturas, dibujos o collages con imágenes y diferentes objetos, desde hojas de árbol, arena, botones o telas de colores para la decoración y el diseño exterior.

El sentido de experimentación y colaboración presente en los proyectos editoriales cartoneros como Kodama y muchos otros más hacen reflexionar sobre las transformaciones de ese “arte nuevo de hacer libros”, como lo pensaba Ulises Carrión, para trasladarlo a un “hacer libros desde un arte nuevo”, una labor que, además de la huella del autor y el editor en el proceso editorial, este cimentada y reconocida a partir de colaboraciones con otros creadores.

Aunque el sentido de este “arte nuevo” tiene sus puntos críticos al apostar por lo “nuevo”, hecho que lo vincula con la tradición del pensamiento moderno anclado en el ideal de progreso constante, la gesta de este hacer editorial cartonero se nutre de lo viejo y lo nuevo, renovándose, por lo que más que una novedad, podría pensarse en un redescubrimiento, una revelación.

 

El tránsito editorial del copyright al copyleft

Actualmente, de manera visible se puede identificar un tránsito entre las editoriales a gran escala, las iniciativas independientes y los proyectos cartoneros. Sin embargo, una cuestión clave que podría establecer una marcada diferencia entre ellos es el uso —o desuso— de los derechos de autor o copyright, al ser intercambiados por otros formatos de protección de derechos como el copyleft o Creative Commons, los cuales abogan por la reproducción total o parcial de las obras, por proteger la autoría y el sello editorial, y así evitar el lucro de terceros. Es por esto que gran parte de los proyectos editoriales cartoneros en México y América Latina hacen uso de este recurso, que marca distancia con otras editoriales que recurren a medidas legales para la protección y violación de sus derechos.

Las apuestas de emprendimientos como Kodama Cartonera y muchos otros a lo largo de México, América Latina y el mundo, son la viva manifestación de que el universo editorial no se ha agotado con el avance de la tecnología, los dispositivos electrónicos o e-books. La gesta editorial se ha adaptado y revitalizado a tal punto que sigue y seguirá transformando a los libros y a los lectores.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Baja California, 1986) es poeta y comunicólogo. Actualmente estudia un doctorado en Ciencias Sociales. Es compilador de Tijuana es su centro. Muestra de poesía y narrativa joven en Tijuana.