Ver películas en streaming o descargarlas es más común que comprarlas en físico. Netflix, Mubi, Moviecity —de parte de los legales— y la Red Torrent, la Edk2 y los servidores de descarga directa— de parte de los libres— hacen que (casi) cualquier película sea descargable.
Una de las cosas (romanticismo puro) que se perdió con esta disponibilidad fue el rush de encontrar una película: ir a Tepito, al Chopo o pedírsela al Virus en el mercado de la FFyL, y, después de tres semanas, por fin alguien te consigue una copia de Nekromantic (Buttgerit, 1988). Ya no hay mérito en encontrar tal o cual película. Que, aunque mínimo y desechable, era mérito.
Algunas veces fantaseo cómo sería buscar una película de Russ Meyer en 1983 (tiempos en los que la descarga de video por internet era remota): ir a mercados de pulga o contactar algún pariente en el gringo para ver si en las grindhouse de Arizona tenían una copia en 35mm.
A lo que voy es que mi nostalgia por una era pasada forma parte de la “nueva generación” de aficionados al video. Los “viejos dinosaurios” —gracias a los cuales están disponibles joyas de lo bizarro (en ambos sentidos) como Vase de Noces (Zéno, 1975) o Chupacabra (Jonnes, 2003)— me juzgarían como un cazador novato, uno que ni siquiera puede jactarse de ser un buscador serio: yo ya nací con las herramientas digitales para descargar una película o de comprarla en DVD, por vías legales o no. (Es más, ya ni siquiera soy de la generación del video análogo, en el que las películas se pasaban de mano en mano).
Sin embargo, recuerdo mis pequeñas conquistas en el mundo de la arqueología cinéfila. Son un manojo de recuerdos.
Empecé mi carrera de desenterrador con una computadora (eso habla de qué tan neófito soy). Allá a finales de los noventas, mi padre llegó con una sorpresa: había contratado internet. La UAEM era la única instancia que daba servicio de internet en Toluca y sólo los empleados de la universidad (mi padre era maestro de preparatoria) tenían posibilidad del servicio. Yo conocía el procedimiento por un amigo de la secundaria: abrías la aplicación del modem, donde ponías un usuario y contraseña y el teléfono de un servidor. El modem marcaba, hacía unos sonidos extraños (algunos más grandes que yo decían que escuchar ese sonido era como meterse un chute de heroína) y un ícono de dos computadoras aparecía en la barra de tareas. Se abría el Internet Explorer, luego un buscador (Google no existía; Yahoo o Metacrawler eran la opción) e iniciaba la navegación.
Esas tardes con mi amigo me hacían sentir actual, como si el mundo que me vendían las películas de ciencia ficción estuviera al alcance de mi mano. Soñé con ser un hacker y poder tener llamadas internacionales gratis con sólo unos “comandos” (como decía mi madre).
En ese entonces, si uno bajaba a la friolera de 3kbps, estaba de suerte. Mi velocidad promedio en Kazaa era de .3kbs. La primera película que descargué fue A Clockwork Orange (Kubrick, 1971). Me enteré de su existencia en un cineclub de la Facultad de Medicina. Era los jueves y la primera ocasión que asistí se proyectó Stalker (Tarkovsky, 1979). Uno de los asistentes, en el debate, mencionó la película de Kubrick como “la última joya del preciosismo”. Nunca he entendido a qué se refería, pero quedé intrigado. Llegué a mi casa, investigué cómo bajar películas y, horas después, descargué el Kazaa (ya conocía Napster, así que el proceso no fue difícil) y me puse a descargar A Clockwork Orange; el programa me daba un estimado de tiempo: 12 semanas y cuatro horas.
Como en ese entonces, el internet ocupaba la línea telefónica, sólo podía descargar por la noche. A las 11, cuando ya mis padres estaban dormidos, encendía la computadora, me conectaba y dejaba la descarga. Al siguiente día, a las 7 de la mañana, debía apagarla para evitar el regaño de mi madre.
Un viernes, estaba con mi amigo Blas. Habíamos comprado para cada uno una botella de Boone´s de duranzo. Cuando íbamos por la mitad, de la bocina de la computadora salió un timbre que nunca había oído. La película se había descargado. Me sentí suertudo: en vez de los tres meses, sólo tomo uno y medio.
Alarmado por el olor a cigarro que salía de mi cuarto, mi madre llamó a la puerta. Nos vio un poco borrachos y embobados frente al monitor. Estaba la escena en que Alex Delarge y los droogies retan a Billy Boy y su banda a una pelea. Mientras mi madre entraba, la chica, a punto de sufrir una violación, salía de escena.
La segunda fue menos casual. El DVD de Dawn of the Dead (Romero, 1978) que compré en los primeros semestres de la carrera (en el mercado de la FFyL) tenía algunos trailers. Entre ellos, estaba el de una película gore que se llamaba Guinea Pig: Flower of Flesh and Bones (Hino, 1985). En distintos foros, se decía que Charlie Sheen, a principios de los noventa, había conseguido una copia y que la confundió con una película snuff auténtica. Notificó al FBI y unos cuantos fueron arrestados, sospechosos de traficar con material ilegal. Al final, se demostró que no era snuff, sino un gore bastante realista (incluso hoy). Estaba, de nuevo, intrigado. Pregunté en la Facultad; nadie la tenía pero me recomendaron ir al tianguis del Chopo.
Con mi novia de ese entonces, nos transportamos desde el Ajusco hasta la Guerrero. Para ambos, la travesía era inédita. Sentí que rompía la ley al preguntar en todos los puestos por Flower of Flesh and Bone, hasta que un pelón, en un puesto muy pequeño, me dijo que no tenía esa, pero sí Mermaid in Manhole (Hino, 1988), que Guinea Pig era una serie de películas japonés hechas a finales de los ochenta por el mangakaHideshi Hino.
Regresé al Ajusco con una copia de Mermaid in Manhole. En el metro, me sentía nervioso, creí que cualquier policía me detendría, haría la revisión de rutina y descubriría esa película pirata con un una foto de una sirena que se pudre en las alcantarillas de Tokio por contraportada. Temblé cuando la puse en el DVD y no la reprodujo. Tardé un par de meses en ahorrar para otro aparato (esta vez, chino y mucho más barato).
Por 2005 o 2006, caminaba por la calle del Carmen, en el Centro Histórico de la ciudad de México. Un grupo de amigos (muy sureños todos) querían comprar algo en ese tianguis. En ese entonces, esta calle era una hipérbole de lo que es ahora: de tanta gente y puestos, los coches simplemente no circulaban por ahí. Recuerdo que creí que, de Metro Zócalo al Museo de la Luz, habían quince o veinte cuadras sólo porque nos tardamos casi una hora en llegar. Nos sentamos a descansar atrás de San Ildefonso y vi la programación del cinematógrafo del Fósforo: la siguiente semana, a las ocho de la noche, proyectarían El barón del terror (Urueta, 1961).
Tanta gente (provinciano yo) me espantó y supe que no podría regresar a ese gentío. Así que decidí buscarla y verla en la comodidad de mi casa. El Virus, dealer cinematográfico de la FFyL por excelencia, me recomendó un puesto en Tepito que se especializaba en películas mexicanas. Me dijo cómo llegar y cómo reconocer el puesto.
Al siguiente fin de semana, seguí las instrucciones del Virus sólo para enfrentarme a un gentío mayor que el de la calle del Carmen. Los vendedores eran más ruidosos y más diversos; los precedía la fama del barrio bravo y peligroso, de que, en los rincones más oscuros pueden comprarse desde una pistola hasta una patrulla. Pero ya estaba ahí, era demasiado regresar hasta el sur sin haber intentado nada.
Encontré, después de una buena hora, el puesto que buscaba. Ahí, una señora (que no se parecía en nada al Virus ni al pelón del Chopo) me dijo que no la tenía, pero que había otro puesto, mucho más adentro del mercado, “De una comadre mía”, donde tal vez la tendrían. Fui más adentro de Tepito y encontré el nuevo puesto. Nada. De nuevo, otra recomendación del puesto “de mi sobrino” y más adentro.
Algunos puestos empezaron a levantarse justo cuando encontré el puesto que buscaba. Ahí, un joven (éste sí se parecía al Virus) me dijo que no la tenía pero que la otra semana me la traía. Regresé al metro y, al siguiente fin de semana, ya tenía en mis manos una copia de El barón del terror con el logo del nueve en la esquina superior derecha.
Cartel de El barón del terror (Urueta, 1961).
Fotografías de Tomás Granados Salinas por Nur Rubio.
El 3 de septiembre el Fondo de Cultura Económica cumple ochenta años de vida. Para festejarlo habrá un lanzamiento de diferentes aplicaciones, sitios y ediciones digitales, además de un seminario sobre el libro electrónico impartido por Michael Bhaskar y Frania Hall. Tomás Granados Salinas (Distrito Federal, 1970), gerente editorial del Fondo, platica sobre las iniciativas digitales de este sello.
Una de las instituciones culturales más sólidas en nuestro país es el Fondo de Cultura Económica; queremos hablar acerca de este FCE más dinámico, que no sólo voltea a ver a las tecnologías digitales sino que hace uso de ellas. ¿Cuál es la visión del FCE para adaptarse a un modelo de negocio digital?
Para el festejo del aniversario número ochenta del Fondo vamos a lanzar varios productos digitales. Déjame decir que la palabra digital es una noción complicada; pensemos sólo en aquello ligado a lo electrónico, porque algunos son libros, otros son aplicaciones, otros son sitios web; en síntesis son —voy a utilizar una palabra horrible— productos. El festejo lo abrimos con algunas publicaciones en libros físicos desde el año 2013 y terminaremos con ediciones impresas y electrónicas en 2015. Lo mismo pasa con estos productos electrónicos. Tenemos ePubs, el formato más usual, lo que nos hace decir que hoy lo más convencional es publicar un libro electrónico. El propósito que se fijó el Fondo de Cultura para este año es llegar a mil títulos en nuestro catálogo. Pongámoslo en contexto: el Fondo ha publicado cerca de diez mil obras, de las cuales entre cuatro y cinco mil se siguen vendiendo. Sabemos que el grueso de nuestra actividad está en dos mil quinientos títulos en papel. De éstos, habrá mil en su versión electrónica, casi la mitad de los que constantemente estamos imprimiendo.
El modelo editorial cambia con velocidad gracias a la tecnología, ¿qué nuevas ideas formula el FCE para capturar el valor de un libro?
Lo ideal para hacer una selección es que ésta, primero, sea de índole intelectual; segundo, con criterios comerciales; tercero, con criterios de derechos; y por último, con disponibilidad digital. Un libro publicado antes de 1996 no existe en versión digital, no hay un archivo PDF. Aquí hay una dificultad, superable por supuesto, porque el texto se escanea, se procesa y se genera el archivo, pero de entrada nos basamos en esos cuatro criterios mencionados. Después está el asunto de los derechos, un tema delicado. A muchos de los autores y a sus herederos les cuesta trabajo entender qué es un libro electrónico. Hay que convencerlos, seducirlos e involucrarlos en este tipo de nuevas ediciones y no es una tarea sencilla. Con las traducciones puedo dar un ejemplo: las más de las veces los derechos se manejan a través de agencias. Hay que encontrar la ruta para saber quién puede darnos autorización y no es fácil. Otro ejemplo es cuando se fusionan editoriales de un libro contratado hace veinte años que hoy pertenece a otra editorial, y que a su vez otro sello en Inglaterra compró esa traducción y ahora nadie sabe quién es el dueño.
Una tarea complicada donde no sólo se involucran personas si no diferentes factores económicos.
Así es, ciertos modelos no estaban claros. Unproblema importante que acabas de mencionares saber cuánto se le paga al autor. En ellibro físico se paga una regalía, un porcentajedel precio de venta al público, independientementedel dinero que ingrese a la editorial.En el caso del Fondo no es igual que lo vendamosen nuestras librerías a ofrecerlo en Gandhi.En el libro en papel no importa por quécanal se venda, lo que le llega al autor comoregalía es lo mismo. Y en el libro electrónicoes un porcentaje de lo que realmente ingresa ala editorial por las ventas de ese producto. Hahabido un cambio importante, pero todavía noexisten estándares para saber cuánto pagar dederechos por el libro electrónico. Los agentesy los autores cada día quieren un porcentajemayor por los ingresos que la editorial recibe.Nosotros no queremos el menor, pero digamosque es una materia en disputa.
¿Piensas que actualmente existe una discusión sobre el libro en México?
En tu pregunta caben más. Un problema de la industria editorial mexicana es su escala. Es muy pequeña a pesar de ser un país gigante. Se ha medido geográficamente o poblacionalmente y nuestra industria para ciento diez millones de personas es minúscula. Nuestra red de librerías es pequeñísima, nuestros editores son poco abundantes. ¿A qué se debe esto? Yo creo que a asuntos de educación, de economía, de hábitos de consumo ya no culturales, sino de entretenimiento. En esencia, nuestro país es geográficamente grande pero nuestra industria no tiene el peso para esa magnitud territorial y poblacional, y me temo que se hace cada vez más chica. En lugar de decir “crece el país, crece la población, hay un mayor número de alumnos, qué bueno para los editores”, me temo que está ocurriendo lo contrario. Aquí hay un problema grandísimo que no le corresponde resolver a una editorial del Estado. A pesar de ello, el Fondo afronta una variedad de problemas con actividades de fomento a la lectura; hacemos muchísimas actividades con niños en las librerías, donde hay cuenta cuentos, por ejemplo. ¿Cuál es la lógica de eso? El cuenta cuentos genera un interés en el niño, después el niño leerá la historia que ya le contaron o leerá otra relacionada y se introducirá al mundo de los libros. Otra actividad es el concurso Leamos la Ciencia para Todos, para que jóvenes de doce a veinticinco años lean libros de divulgación científica. ¿Cuál es la intención? La escuela pone énfasis en la lectura literaria, así que ofrecemos una actividad de lectura no literaria. Es importantísimo que también haya esfuerzos donde la lectura sirva para aprender, para conocer y digerir conocimientos, salirnos de esa idea de la literatura que dice “¡cuánto placer me da!”, sino pensar que leer también me da información y oportunidad de asimilarla.
Otra faceta son las ferias del libro, un asunto paradójico. Qué bueno que haya muchas ferias donde no hay librerías, pero es un asunto “remedial”; es decir, las ferias que resultan eficaces se hacen donde no existen librerías, y eso es lo grave.
A bote pronto recordé el ensayo “¿Cuál es el negocio de la literatura?”, de Richard Nash. Imaginé a las ferias como esos espacios similares a las librerías o bibliotecas donde el libro, al parecer, muere por su quietud.
Acabas de dar con otro tema. Que las bibliotecas puedan asociarse a un féretro, un lugar donde se muere el libro, me parece gravísimo, y eso es un asunto de percepción social. Hay países, digamos los escandinavos o los Estados Unidos, donde la biblioteca pública, la biblioteca de barrio, cumple un papel que en México no existe. Ahí los libros están lejos de estar muertos, circulan, la gente se suscribe a las bibliotecas y sabe que va a encontrar las novedades, hay colas para leer los libros recién llegados. Aquí hay otro problema que, me parece, el Estado debe solucionar.
Regresando al tema electrónico, ¿cuál es la postura del Fondo y de sus editores en cuanto a la piratería de libros, tanto física como electrónica?
Somos muy anticuados y convencionales. Creemos en el derecho de autor. Parece un anacronismo. Hoy hay miles de opciones para el consumo de contenido cultural que no pasan por el derecho de autor. El copyleft, el open access, creative commons, todas estas modalidades son claramente opuestas al derecho de autor y otras no son más que variantes de ese derecho. Nosotros estamos convencidos y respetamos y hacemos respetar el derecho de autor.
La vieja escuela de la edición…
Somos la vieja escuela… y al mismo tiempo estamos en una situación extraña respecto del derecho de autor. La mayor parte de nuestros autores no viven de lo que sus libros les dan, porque son académicos, tienen algún otro ingreso que les permite ganarse la vida sin regalías. Así que esa defensa no es económica, no se trata de ningún autor de best-seller que se opone a la piratería porque va en detrimento de su ingreso. Es un asunto de respeto a la producción intelectual de la obra.
Las incitativas digitales del FCE, ¿han cambiado su relación con los lectores?
Sí, básicamente en saber qué tipo de consumidortenemos. Lo que permite el libro electrónico es la dispersión geográfica. Hoy no vendemos ejemplares de libros impresos en Japón, pero gracias al libro electrónico hay tres consumidores del Popol Vuh y lo compraron con velocidad. En este momento es lo más relevante.
Tomando en cuenta lo anterior, ¿qué tan difícil es comprar en línea en el FCE?
Tenemos dos roles: editores y libreros. Como libreros, en la propia página del Fondo los libros están a la venta, y es ligeramente complicado venderlos porque se involucra a un proveedor externo. Nosotros somos la cara, la imagen a través de la cual se venden los libros, y el proceso es éste: nosotros recibimos la información, se descarga, y después el lector tiene que decidir en qué plataforma lo va a ver. En la pantalla, en un programa o va a descargarlo en un dispositivo móvil. Todo eso lo hace el lector, que requiere una mínima pericia técnica. No es como Amazon que es la máquina perfecta para comprar. En máximo tres pasos tienes ya un libro nuevo en tu librería. Nosotros como editorial estamos en Amazon porque sabemos que hay consumidores que prefieren comprar sus libros ahí. Y se entiende, son negocios concebidos para simplificar el proceso de venta.
Háblanos de las iniciativas digitales del Fondo.
Para este 3 de septiembre vamos a publicar una aplicación llamada Archivo abierto. Ochenta años del Fondo de Cultura Económica. El guión lo hizo Yael A. Weiss, y a iniciativa suya se pensó en hacer un libro para conmemorar los ochenta años del sello. En las conversaciones lo que se pensó fue en decir que el Fondo, en estos ochenta años, tiene un pasado heroico, pero no hay que detenerse en él, sino mirar hacia delante. Publicar un libro es el modo convencional de festejarnos; sin embargo, con el lenguaje de hoy, ¿por qué no hacer ese libro que se tiene en mente como una aplicación? Así surgió la idea, y básicamente es una exploración del archivo del Fondo: cartas, fotografías, dictámenes, audios, documentos que no suelen ser públicos, y que permiten contar la historia de la editorial de manera fragmentaria; no es un relato, es una navegación. Quisimos poner énfasis en eso. Imaginemos una carta en la que Cosío Villegas le escribe a Arnaldo Orfila y en ella hablan sobre el envío de libros de cierta colección, ahí tocas la pantalla y se abre una descripción sobre esa colección con sus autores principales. No hay un solo modo de navegar y todo es a partir de estos documentos de los fundadores del Fondo de Cultura Económica. Esta aplicación va a mostrar las colecciones, los editores de algunos libros importantes; se podrán ver las filiales del Fondo, no sólo cuál fue la relación de la editorial con Argentina, Chile y España, sino las relaciones políticas con sus personajes.
Otra iniciativa estará lista para 2015: en 1886 Joaquín García Icazbalceta publicó el Índice alfabético de la bibliografía mexicana del siglo XVI, el repertorio de los libros impresos en Méxicoen ese siglo, nuestro periodo incunable. En1954, cuando el Fondo cumplió veinte años, leencargó a Agustín Millares Carlo, un bibliófiloy exiliado español, una nueva edición a partirdel material original con todo lo que él, desde1886 y hasta 1954, sabía de estos libros. Así tenemosdos etapas, el primer núcleo que irradiaGarcía Icazbalceta y un segundo anillo conel trabajo de Millares Carlo; ahora nosotros, sesentaaños después, en lugar de hacer un terceranillo en impreso, lo que haremos es una Wikibibliografía del siglo XVI, que va a tener indexadolo que escribió García Icazbalceta, lo que investigóMillares Carlo y se va a abrir a la oportunidad,con un moderador de por medio, de quecualquier bibliófilo, bibliotecario o coleccionistapueda agregar más a lo que se sabe hoy de losprimeros libros impresos en la Nueva España.
Para el 5 de septiembre vamos a hacer un seminario sobre el libro electrónico. Identificamos dos títulos valiosos sobre este tema. El primero de ellos se llama The Content Machine (La máquina del contenido) de Michael Bhaskar, escritor y editor inglés, que ofrece una nueva comprensión del contenido, la publicación y la tecnología, y responde a aquellos que sostienen que la publicación no tiene futuro en la era digital. El segundo libro es de la artista londinense Frania Hall, The Business of Digital Publishing (El negocio de la publicación digital), que discute que en el mundo hay muchos modelos en disputa, no hay un negocio establecido. Hall analiza cuatro subsectores: qué se está haciendo alrededor del libro de texto, del libro de interés en general, qué se hace con los libros de referencia, y habla de modelos que han demostrado ser exitosos o viables. A raíz de la publicación de estos libros, Hall y Bhaskar visitan nuestro país para impartir conferencias para los editores mexicanos interesados en el libro electrónico.
Murales del Centro Cultural La Tallera: Museo Casa Estudio de David Alfaro Siqueiros Fotografía por José Jasso.
El Proyecto Siqueiros: La Tallera, en Cuernavaca, es parte del legado que dejó Siqueiros, además de su obra mural, de caballete, gráfica y dibujo, sin mencionar su archivo personal y biblioteca. En La Tallera podemos encontrar una residencia para artistas, críticos, curadores y académicos, quienes retoman este espacio para dar talleres y conferencias. Les compartimos algunas de sus actividades:
Exposición permanente: David Alfaro Siqueiros
Muralesy Sala poliangular. Obras realizadas por el muralista mexicano en la ciudad de Cuernavaca. Las piezas recurren a lo que llamó “arquitectura dinámica”, recurso basado en la realización de composiciones en perspectiva poliangular.
Murales del Centro Cultural La Tallera: Museo Casa Estudio de David Alfaro Siqueiros Fotografía por José Jasso.
Exposición temporal: Bandera Negra del artista Rubén Ortiz Torres
Rubén Ortiz Torres, nació en la ciudad de México en 1964. Actualmente, y desde hace casi veinte años, radica en California, Estados Unidos. Fue educado bajo un modelo utópico de anarquismo republicano español. Posteriormente, durante la década de los ochenta y parte de los noventa fue influenciado por la escena punk en la ciudad de México. A partir de estas influencias es que su obra muestra una clara relación con el tema del anarquismo resolviéndose a partir de distintos medios como: pintura, dibujo, fotografía, escultura, cine y video, medios desde donde el artista da muestra de sus amplias habilidades técnicas.
Bandera Negra explora desde la crítica y el humor la relación entre diversas versiones de la historia y la cultura popular. De una manera irreverente e irónica hace coincidir la visión de dos culturas como la de México y Estados Unidos, enfatizando su atención en los gestos de sus relaciones fronterizas, así como en algunas de las manifestaciones contradictorias de nacionalismo en ambos territorios.
La exposición se inaugura el 27 de septiembre y se presenta hasta 11 de enero del 2015.
Don’t Tread On Me, por Rubén Ortiz Torres, 2014.
Martes de cine
Martes de cine es un programa de proyecciones que se realiza en colaboración con La Carreta Cine Móvil el tercer martes de cada mes. Por esta ocasión la proyección se realizará el jueves 11 de septiembre a las 20:30 horas
La película a proyectarse esta vez es:
Buscando a Sugar man
Un músico es descubierto en un bar de Detroit a fines de los sesentas por dos famosos productores entusiasmados por sus conmovedoras melodías y letras proféticas. Graban un disco que según ellos va a garantizar su reputación como el artista grabado más importante de su generación. Pero el álbum es un desastre y el cantante desaparece entre obscuros rumores de un espantoso suicidio en el escenario. Sin embargo, aparece una grabación pirata en la Sudáfrica del apartheid y, durante las dos décadas siguientes, se convierte en un fenómeno.
Dirigido a todo público.
Entrada gratuita.
Noche de Museos
Noche de Museos tiene lugar el último miércoles de cada mes. Este día los museos de la ciudad permanecen abiertos ofreciendo eventos especiales. La próxima Noche será el 24 de septiembre. De 18:00 a 21:00 horas.
Dirigido a todo público.
Entrada gratuita.
Taller: Circo y clown
Mediante divertidos ejercicios los niños aprenderán sobre la historia del circo y el clown. El taller es impartido por Didi Sanchezco; los sábados 6, 13 y 20 de septiembre, de 10:30 a 12:30 horas.
Está dirigido a niños de 6 a 12 años. No tiene costo.
La Tallera también ofrece visitas guiadas, las cuales deben solicitarse con siete días de anticipación. Las visitas están dirigidas al público en general y no tienen costo.
Los horarios del Centro son de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas.
Martes a sábado: admisión general es $13 pesos. Domingo entrada libre.
Entrada gratuita a menores de 12 años, personas con capacidades diferentes, estudiantes, maestros y adultos mayores con credencial.
La dirección es Venus 52, frente a Parque Siqueiros,col. Jardines de Cuernavaca, Cuernavaca, Morelos.
México fue pionero en el sistema de becas y apoyos a creadores de arte. En el ámbito latinoamericano, Conaculta se posicionó como el precursor en este tipo de sistema, como líder en recursos financieros destinados a la cultura y con el número más alto de becas otorgadas. La lección que ha dejado es la de un Estado en constante diálogo con los creadores, un diálogo no siempre correspondido por parte de los creadores o de las instituciones.
La concentración (y la desconcentración en los distintos estados del país) de los apoyos en una institución, como se hizo en México, han convertido al FONCA en un paradigma del sistema de apoyos gubernamentales. Países como Chile o Argentina desarrollaron programas similares al mexicano después de cinco o seis años de establecido el proyecto en México. A continuación se muestra una serie de países que no sólo destacan por sus altos estándares educativos, sino también por sus altas inversiones en los creadores de arte.
Argentina
Cuatro años después de creado el FONCA en México, en 1993, el gobierno argentino, a través de su Ministerio de Cultura, creó el Fondo Nacional de las Artes, un programa que comparte el espíritu del mexicano; la diferencia se encuentra en que el estímulo se otorga también a artesanos, filósofos y a proyectos de investigación de corte académico. El apoyo mensual que se otorga es de diecinueve mil pesos mexicanos, aproximadamente, y sólo se da a un creador por disciplina y por año.
Chile
En 1992, se instauró el Fondo Nacional para el Desarrollo Cultural y las Artes (FONDART) y el Fondo del Libro y la Lectura, dependientes del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes chileno (CNCA), órgano rector de las políticas públicas culturales. Estos fondos, que se otorgan anualmente a artistas, también funcionan para los editores y creadores de colecciones editoriales y edición de libros que se unieron a un programa educativo. En Chile, de acuerdo con su programa, no se concibe la creación sin un plan que integre la educación de los lectores. El estipendio es único, anual y ronda entre los cien mil y doscientos cincuenta mil pesos mexicanos. Los pagos más altos son para las artes escénicas.
España
En España, a diferencia de otros países de lengua hispana, la idea sobre los apoyos a los creadores está concebida desde la academia o desde fundaciones culturales. El Ministerio de Cultura español funge, por un lado, como una red de conexión entre creadores y los programas independientes que existen, como las Becas Fulbright o Iberescena; por otro, emite convocatorias con propósitos muy específicos, como la edición de libros y/o revistas culturales, promoción de la lectura, traducción literaria y proyectos de animación de la lectura. En relación con los escritores, el ministerio español se ha sumado a la red HALMA, organización con sede en Berlín que conjunta veintiséis centros literarios en veintiún países de Europa. En colaboración con la asociación, ofrece una beca anual que consiste en una estancia en Bélgica y Hungría.
Colombia
Poco antes de los años cuarenta, Colombia construyó sus institutos culturales gubernamentales. En 1968 se creó el Instituto Colombiano de Cultura, que funcionó como entidad descentralizada que velaba por la creación artística, pero fue en 1997 cuando comenzaron a construir las políticas culturales a través del Plan Nacional de Cultura, aún vigentes, y que contemplan los apoyos a creadores. Su sistema de becas, con un modelo similar al del FONCA, otorga tres tipos de apoyo: a la creación nacional (teatro, literatura, danza, pintura, música, etcétera), a la movilidad internacional de creadores e investigadores de literatura, y un apoyo destinado a la creación literaria, a la lectura y el libro. El apoyo anual es de cien mil pesos, aproximadamente. El monto varía por disciplina y se otorgan alrededor de doscientas becas.
Islandia
Islandia es el país con más escritores, más obras publicadas y más libros leídos per cápita en el mundo. Hay una frase que refleja ese fenómeno: “Todo el mundo da a luz a un libro”. Sorprende que a pesar de ello este país no cuente con un sistema de becas por parte de su Ministerio de Cultura. Como el departamento de gestión cultural español, el islandés funge como una red de comunicación entre artistas e instituciones. Las autoridades islandeses están centradas en la educación de los distintos niveles académicos, desde la educación primaria hasta la profesional. La única aportación del gobierno a los creadores son los apoyos en instituciones académicas como la Universidad de Reikiavik, la Universidad de Islandia y la Universidad de Akureyri.
Finlandia
El sistema educativo finlandés es considerado como el mejor de los evaluados por el informe de 2003 del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE (PISA, por sus siglas en inglés). Se divide en dos tipos de formaciones a partir de los dieciséis años: la teórica, que se imparte en las escuelas secundarias superiores y las universidades, y la profesional, impartida en las escuelas profesionales. Como Islandia, este país cuenta con una gran tradición literaria, aunque aquí se inclina al arte poético. Los apoyos a creadores, como en diversos países europeos, provienen de asociaciones locales o internacionales de escritores, y de su Ministerio de Cultura. A diferencia de Suecia o Islandia, Finlandia sí destina una parte de su presupuesto oficial a becas para creadores de arte (con un sistema similar al mexicano), para asociaciones culturales con proyectos relevantes, y a bibliotecas, teatros, orquestas y museos.
Australia
El gobierno australiano, a través de su Ministerio de Cultura, cuenta con uno de los programas de becas para artistas y fondos para organizaciones culturales más completos en el mundo. Sus políticas públicas, enfocadas a la subvención de los creadores, comenzaron a funcionar en 1986. El australiano se considera uno de los más programas más ambiciosos: además de otorgar apoyos anuales y en todos los estados, cuenta con un departamento que forma lectores y espectadores, otro que cuida de los derechos de autor y con un oficial anticensura que vigila que el gobierno no influya en los contenidos artísticos. Parte de sus programas otorgan recursos para proyectos web y el acceso al acervo cultural en línea, reconocimientos a los editores independientes y apoyo a todas las disciplinas artísticas, donde también incluye televisión, diseño y expresiones indígenas. Para Australia, la cultura es una industria, y con esa visión conformó un sistema de exención de impuestos y de apoyo a pequeñas industrias culturales.
En cada convocatoria se contemplan alrededor de treinta categorías, y se becan de tres a cinco creadores u organizaciones. Las categorías, como jóvenes artistas, incluyen la subvención a programas mercadotécnicos, de desarrollo y propiamente de creación; lo mismo sucede en cada disciplina. Como el proyecto mexicano, el australiano auspicia, por ejemplo, residencias en otros países, investigación académica y apoyos a curadores de arte.
Los apoyos económicos van, aproximadamente, de sesenta y dos mil a trescientos setenta mil pesos mexicanos por año. Los institutos rectores están divididos en cuatro áreas (sur, norte, este y oeste), y cada uno otorga casi mil millones de pesos para alrededor de trescientos quince programas.
A través del viaje en Shanghái encontramos personajes que muestran, de manera íntima y entrañable, las contradicciones y anhelos que se construyen en las relaciones humanas. En la primera obra de este libro “Lejos, volar” se contempla un álbum familiar roto, que una vez hiladas las piezas, queda expuesta una trágica ruptura entre hermanas. Con un lenguaje sencillo y breve, Gibrán Portela logra diseccionar las múltiples posibilidades de mantener e interpretar los recuerdos. La obra que da nombre a este libro, “Shanghái”, basada en la célebre película de Wong Kar-Wai, Happy Together, narra la historia de una pareja en decadencia. Ambos realizan un viaje a China creyendo que lo hacen como una celebración del amor, pero lo que encuentran al otro lado del mundo es una convivencia marginada al diálogo más insignificante, a los hábitos absurdos y la violencia explícita.
Un adelanto:
Shanghái
En cuál avión viajas tú,
que siempre estás en otro país.
Gepe, “Un día ayer”
Un amor real,
es como vivir en aeropuertos.
Charly García, “Pasajera en trance”
Pista de despegue
Un avión no es nada sin los pasajeros, sin los pilotos, sin sobrecargos. Un piloto tampoco es nada sin un avión, un marinero en una isla sin mar. Las personas pierden su condición de pasajeros sin un avión al cual subir, sin un avión en el cual cruzar el océano, sin una ventanilla para verlo todo desde el cielo. A veces parece que nadie es nada sin el otro. Pero al final todos somos pasajeros aunque no tengamos un avión en el cual subirnos, abrocharnos los cinturones y volar, y un avión es un avión aunque no tenga motor, ni alas, ni cielo, ni pista de donde partir ni a donde llegar, aunque ya no tenga pasajeros que quieran subirse a las entrañas de su desastre.
Un avión triste, en todo caso.
Una pista de despegue sin aviones a media noche o a medio día. Inservible. Es como esas carreteras que no llevan a ningún lado, entran en la categoría de las diez cosas más estúpidas de la vida, del mundo. Tan triste como reducir el amor a una sola palabra o a unas cuantas sustancias químicas o a un largo discurso de frases cortas o a libros llenos de enunciados largos y confusos como pistas sin aviones, como carreteras y barcos sin puerto de destino. Un avión recoge sus llantas y despega mientras alguien lo mira desde el ventanal de un aeropuerto. Es un domingo, es medio día.
Shanghái
L: ¿Qué te parece si volvemos a empezar?
H: Siempre volvemos a empezar.
L y H se besan, se acarician, se tiran en la cama estrecha, se acarician, se besan, se revuelven.
E: No es que me fascine volar… Sí me fascina, pero me fascinaba más antes, cuando no podía, cuando lo veía todo desde abajo, desde lejos, cuando las nubes eran inalcanzables. Es como cuando ves una mariposa; es hermosa, pero si la ves con un microscopio, si la ves a detalle, es horrible, es como una bestia salida del mismísimo infierno. Mirar todo desde arriba, desde lejos, hace que las cosas tengan un poco más de sentido, un poco de tranquilidad, de respiro.
U: Me estoy volviendo mudo. Eso lo pienso, no lo digo. No sé cuánto tiempo llevo diciendo que sí y que no moviendo la cabeza. A veces tengo la estúpida necesidad de huir, de no estar en donde se supone que debo estar. Aquí, justamente aquí, es donde se supone que no debo de estar. Y aquí estoy, pero tal vez estaría mejor en otro lado, en cualquier otro lado. Pero un día sí quise estar aquí porque aquí a veces parece ningún lado y estar ahí, sentirse perdido, eso me gustaba. A veces creo que tener demasiadas certezas en la vida puede llegar a ser una pesadilla. A veces estar demasiado perdido es una pesadilla. Estar demasiado aquí, allá. Demasiado. No busco la justa medida de las cosas porque es estar a la mitad de todo; me siento mediocre.
Hogar
L: Yo le dije que no llorara ¿Qué te parece si volvemos a empezar?
H: Esta vez no.
L: Fue lo que me dijo.
H: Fue lo que le dije. Es un trabajo, me dijo.
L: Eso le dije, un trabajo en China, en Shanghái.
H: ¿En Shanghái?
L: Sí.
H: Tú no hablas chino.
L: Pero puedes venir conmigo si quieres.
H: ¿Si yo quiero?
L: No te voy a llevar arrastrando, ¿o sí?
H: ¿Cuándo volverías?
L: No sé, tal vez me quede allá para siempre. Tal vez vuelva en dos días.
H: Dos días es lo que te tardas en llegar allá.
L: ¿Por qué te tomas todo tan literal?
H: ¿Cómo quieres que lo tome? ¿Para siempre? ¿Dos días? Me lo puedo tomar como se pegue mi puta gana.
L: No te tardas dos días.
H: ¿Qué?
L: No tardas dos días en llegar a China.
H enciende un cigarro; el humo da contra el techo. Le da una honda calada; el humo del tabaco a veces es oxígeno, a veces se necesita para no andar por ahí dando vueltas y pegando gritos mientras vas rompiendo todo lo que se atraviese frente de tus narices.
H: ¿Y si te ruego que te quedes?
L: ¿Y si te ruego que vengas conmigo?
H: Yo te pregunté primero… Yo soy el que se queda.
L: ¿Eso es un no?
H: ¿Te estás escuchando? ¿Sabes lo ridículo que se escucha lo que me estás diciendo?
L: No.
H: Me dieron un trabajo en Shanghái. ¿Quieres venir conmigo?
L: ¿Qué tiene de ridículo?
H: ¿No escuchas?
L: Me voy la semana que viene.
H: ¡Eres un puto demente! ¡Un puto demente!
L: Hace dos días…
H: ¡No!
L: Hace dos días…
H: ¡Ya sé lo que vas a decir! ¡Sé perfecto lo que vas…
L: ¡Hace dos días me dijiste que no querías volver a saber nada de mí!
Nacido en 1986, Diego Álvarez Robledo ha ido dando pasos seguros en el escenario del teatro mexicano; joven dramaturgo y director, desde el 2008, de la compañía Principio, hoy nos muestra parte de su proyecto como becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA, en su emisión 2013-2014.
Una Especie de Eva
(Fragmento de la obra Bestiario Humano).
1.
Enero 22, año 2223.
Un desierto se extiende desde Namibia hasta Sudán.
Antes de la Gran Tetera de Arrhenius[1] hubo varios ecosistemas entre una costa y otra, en mi viaje encontré la prueba: el fósil de un león.
Cuando fui con mi madre al museo de historia natural había un león disecado…
Recuerdo…
Soy niña, ningún amigo me cree, pero yo sé que mamá no miente si dice:
“tu bisabuela conoció un león de verdad, lo tenían en un zoológico en Florida, todo mundo iba a verlo…”.
Me falta el aire.
“Fue todo un tema cuando se murió”.
Me pregunto si en la granja que llevo en mi chamarra hay un león de verdad…
“Cuando tengas el ADN de cada especie que vivió, recibirás nuevas instrucciones.
En Jerusalén está el último aliento de vida de la humanidad”.[4]
Años de guerra
y al final los hombres trabajaron juntos en un proyecto para preservar la especie.
“Y la pieza más importante: tú. Una mujer. Los hombres ya no iban a dejar el futuro en manos de los hombres”.
“Cuando llegues a Jerusalén, no tengas miedo hija”.
Dice el ojo. Mamá.
“Salta en el mar”.
4.
Vuelvo en mí empapada, después de conocer el fondo del mar.
El agua toca mi piel desnuda con una fría electricidad.
Cuando mi cuerpo cae dentro de la nave soy un feto que escupieron al mundo,
y no sé cuáles son mis recuerdos, antes del aislamiento,
qué recuerdos vi a través del ojo de vidrio,
ni cuándo dejo de creer: detrás del ojo está mamá.
Hay una caja criogénica; ahí deposito los embriones
de los animales que durante mi vida, uno a uno,
estudié y memoricé. Tencha al final.
“Si vas a comenzar desde el principio, tienes que aprender lo necesario”.
“Sé fuerte —dice el ojo—. Yo voy a estar junto a ti”.
Año 2223. Tengo un vínculo con las bestias que nunca conocí.
Cuando la luz de la nave se enciende, el agua turbia me impide ver afuera,
y recuerdo un video en el ojo donde hay agua transparente
¿Será que en Alfa Centauri todo es igual al mundo azul que vi en el ojo,
“la Tierra que fue…”?
¿O el cielo será de otro color?
La nave se enciende y se eleva en el cielo hasta dejar el planeta.[5]
5.
Año 2216. Fase final de la guerra nuclear.
Tengo dieciocho y estoy más fuerte que nunca.
“Ya tienes caderas —dice el ojo—. Estás lista”.
Me muestra una base de datos con los genes más fuertes de nuestra especie. Sobrevivientes.
Toda mi vida me he preparado para esto.
Quiero el esperma de un negro bantú.
“Escoge bien —me dice—, mejor que sea un buen judío, como tú”.
Pero estoy decidida.
Y la noche de la inseminación, sueño un cuerpo musculoso que brilla como un sol oscuro.
Sus manos primitivas azotan mis caderas al aire hasta el amanecer.
Estoy sola.
Siete años después, despierto de un sueño helado.
Año 2223. Puedo ver la Tierra a lo lejos. Yo no pude presenciar la extinción.
Los animales que no vi morir revivirán en un lugar ajeno,
y nunca van a entender su nostalgia, cuando miren al cielo
no pensarán: “esa fue mi casa, muchos años atrás”.
“Un nuevo principio. Recuerda por qué fracasamos”.
Después de tres generaciones, este planeta estará borrado
de la conciencia, será, si acaso, una historia más…
Nadie se acordará de nuestro fracaso.
Lo que dejó nuestra extinción
es ese puntito verde que se pierde en el espacio.
6.
Antes de que el mundo acabe, lo voy a conocer;
eso que veo en el ojo ya no existe, ya sé, pero una parte de mí quiere viajar.
Para estudiar a mis bestias, jugué que soy ellas.
Ahora busco figuras en la galaxia, tal vez algún animal se escondió por ahí.
“No pierdas las constelaciones de tus abuelos, y aprende
a ver el ecosistema de estrellas que vive en tu nuevo cielo”.
A mí siempre me hizo falta una elefanta sabia que me enseñara a cruzar
en vez del desierto, el universo, y además del don de encontrar agua
pueda heredarme una razón para continuar.
Yo ni siquiera sé si puedo enseñarle a mi bantú cómo no enloquecer en su primera sequía.
Año 2233.
La noche antes de llegar al planeta, despierto empapada de una pesadilla,
con mi negrito pegado a mi teta.
En mi sueño, el nuevo mundo es un paraíso húmedo
y me reciben unas bestias hermosas que abandoné en la Tierra.
Un pulpo mimo:Sí llegaste.
Una mantis religiosa:Ayer vino una niña igual a ti y empezó a sembrar tus animales.
Una cobra reina:¿Quieres ver? (Esmirna asiente.)
Un ciervo cimarrón:¿Te sientes bien, hermana?
Sí, estoy bien, les digo. No me pasa nada.
Nos alejamos caminando.
Y dos ojos incandescentes
brillan en el cielo
de Alfa Centauri
al atardecer.
ACOTACIÓN:
Este lunes inició la Feria del Libro Teatral, FeLiT, en la Plaza Ángel Salas, en el Centro Cultural del Bosque, detrás del Auditorio Nacional, en la ciudad de México, uno de los eventos más importantes dentro del teatro, acá pueden checar las actividades.
[2] En el año 2215, cuando se terminaban los recursos naturales del planeta, se ordenó la matanza sistemática de todas las mascotas en un intento por racionar los alimentos y salvar a la humanidad.
[3] Jerusalén quedó sepultado bajo el mar después del derretimiento de los témpanos polares.
[4] La Nave “Noah” se diseñó para colonizar un nuevo planeta. Desde el 2170, yace en el fondo de Jerusalén.
[5] La última mujer sobreviviente dejó el planeta Tierra en el año 2223.
Imagen de un estante de la Biblioteca Personal Carlos Monsiváis en la Biblioteca México José Vasconcelos, por Protoplasmakid. Wikimedia Commons.
La semana pasada, en esta columna escribí sobre bibliotecas personales y excluí inconscientemente a las bibliotecas públicas, de manera que ahora me gustaría abordarlas brevemente. La principal razón por la que las ignoré es, simple y sencillamente, porque no las frecuento. Tengo una aversión a las bibliotecas públicas pues me han sucedido cosas totalmente absurdas que cada vez me han alejado más de ellas.
Hace ya varios años, tal vez más de diez, mientras hacía la investigación para elaborar el epistolario de Xavier Villaurrutia que deberá aparecer en el segundo tomo de una nueva edición de sus Obras que preparamos Miguel Capistrán y yo, fui a la Biblioteca Nacional para consultar un ejemplar de la revista Letras de México en la que Capistrán me dijo que había una carta y que debía ir por ella. Así lo hice, pedí el ejemplar, me dieron la edición facsimilar que el Fondo publicó a principios de los años ochenta y, con toda lógica, quise fotocopiarlo: me dijeron que eso no era posible porque era una publicación anterior a 1950 y que esos materiales ya no se fotocopiaban para protegerlos. ¡Pero es la edición facsimilar de los años ochenta!, repliqué sin dar crédito a lo que oía. No hubo manera de hacer entrar en razón a los burócratas de la UNAM. Salí enojadísimo por el absurdo y volví otro día a copiarla en mi cuaderno.
La Biblioteca de México, en La Ciudadela, durante mucho tiempo fue el centro de investigación oficial de los estudiantes de primaria y secundaria. Por eso era muy incómodo ir allí: siempre había un barullo de esos estudiantes y muchos libros estaban muy maltratados. Además, como ya dije la semana pasada, me gusta sobre todo meterme en periódicos viejos, hojear los suplementos culturales y saber qué y quiénes publicaban: allí resultaba imposible porque no prestan los periódicos anteriores a diez años, así en este 2014 el periódico más viejo que le pueden dar al usuario es el de 2004. Cuando la cerraron para remodelar e instalar las bibliotecas personales de José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis, La Ciudadela cedió su lugar a la Biblioteca Vasconcelos de Buenavista: ahora allí van todos los estudiantes a consultar los libros para hacer sus tareas, con las consecuentes incomodidades.
La única biblioteca en la que me sentía cómodo trabajando era la de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM: no tenía que pedir los libros, como se pide el kilo de tortillas, sino que podía tomarlos directamente. De esa manera, pronto ubiqué la sección en la que están todas las revistas que me interesaba investigar (desde Ulises, Contemporáneos, Ábside, hasta la Nueva Revista de Filología Hispánica, Cuadernos Americanos, Plural, Nexos o Vuelta) y además tenían una modesta pero suficiente selección de literatura cubana que nadie pelaba; incluso una vez me fui a meter al anexo, donde estaba la literatura italiana. ¡El paraíso, en suma! Ahora, para mis investigaciones voy frecuentemente a las bibliotecas personales de La Ciudadela: allí he podido revisar primeras ediciones de los libros de Cernuda, de Villaurrutia o César Moro y he encontrado un sin fin de cosas que me han sido muy útiles. Antes de que las abrieran estuve encomendado a escribir los textos sobre esas bibliotecas así que me mandaron a verlas: fui con mucho gusto, las caminé cuando apenas estaban acomodando los libros, me dejaron tomar los que quisiera, me senté a leerlos, que quedé horas allí así que una de las responsables cuando me iba me dijo: “Se ve que a usted sí le gustan los libros, joven, otras personas han venido, preguntan un par de cosas, se toman fotos y se van”. Y aunque he sacado la credencial de la Biblioteca Vasconcelos, pues queda muy cerca de mi departamento, evito ir a toda costa, prefiero tomar el Metro, recorrer dos estaciones y bajarme en Balderas para estar en La Ciudadela donde se trabaja muy a gusto.
Es por esa aversión a las bibliotecas públicas que a lo largo de todos estos años me he esforzado en construir una biblioteca personal a la medida de mis necesidades: de allí que haya ido recopilando la bibliografía para las investigaciones que realizo y que, como escribí la semana pasada, haya desoído el consejo de mi maestro Huberto Batis y siga coleccionando los suplementos culturales de cada fin de semana hasta que en verdad se vuelva una locura conservarlos.
El objetivo de los estímulos económicos otorgados por el Estado es apoyar el quehacer del arte y la cultura. En los últimos veinticinco años, México ha impulsado una plataforma de apoyos públicos a la que se suman fundaciones, embajadas y empresas. Bajo el reflector están los criterios de selección, la transparencia de los jurados y la operación de recursos que han impulsado proyectos escénicos, musicales y literarios, entre otros. Cada año, artistas y gestores depositan su confianza en las convocatorias, cumplen los requisitos de registro y esperan a que los beneficiados sean conocidos públicamente. Luego reciben el monto designado por cada institución y con ello el compromiso de retribuir a las mismas. El fin es que los beneficiados aporten más trabajos y con ello sensibilicen a la población de la importancia de mirar con atención estas expresiones, o bien, brinden capacitación al resto del gremio artístico para que el sistema crezca con más espectadores, más apuestas por los proyectos.
Una de las primeras instituciones que integró una bolsa destinada a becas es el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA). De sus convocatorias anuales, las que registran más participantes son Jóvenes Creadores, Artistas con Trayectoria, Rutas Escénicas, residencias en otro país y traducción de libros.
Según René Roquet, coordinador de las becas para Jóvenes Creadores, en veinticinco años el FONCA ha logrado fortalecer su propio presupuesto, que cada año obtiene una aportación mayor del gobierno federal; en 2013 entregó trescientos noventa y cinco millones de pesos, y para 2014 podría aumentar el presupuesto que reparten en todo el país en el marco de su aniversario. Este programa entrega cada año doscientos estímulos a ideas originales de artistas mexicanos de entre dieciocho y treinta y cuatro años, en disciplinas como arquitectura, artes visuales, multimedios, danza, letras, lenguas indígenas, música y teatro. En cada carpeta que se presenta está impresa la imaginación a través de la escultura, fotografía, gráfica, pintura, crónica, relato histórico, ensayo, novela, iluminación, sonorización de escena, entre otras categorías de la convocatoria.
Los participantes son considerados como Joven Creador con poca o nula trayectoria, Joven Creador con trayectoria A —que considera una carrera mediana—, y la categoría B para quienes han registrado varias propuestas dentro y fuera del programa. Roquet explica que la operación tiene una administración autónoma, y los montos entregados en promedio son de ocho mil pesos mensuales por beneficiado durante un año. Para el resto de las becas otorgadas por el FONCA la metodología es la misma: las más solicitadas son Rutas Escénicas, el programa de intercambio México-Europa y Artistas con trayectoria —para quienes acreditan una carrera en el arte mexicano—. También existen programas como EFICINE, EFITEATRO, creación literaria y apoyos editoriales, entre otros.
La comunidad cultural ha señalado en varias ocasiones que, si bien el sistema de becas apoya a la creación, luego de terminar el año hay pocas oportunidades de continuar el proyecto, por lo que muchos buscan una fuente extra de ingresos, que en ocasiones no se relaciona con su disciplina. Otro de los cuestionamientos habituales es sobre el proceso de selección: ¿quién elige a los becarios? Roquet detalla que cada proyecto es revisado por una comisión que analiza las propuestas para emitir su fallo. Los integrantes de la comisión son elegidos por su trayectoria y cada nuevo jurado es sometido a votación por el resto del comité. Para asegurar su confidencialidad y transparencia, trabajan conforme a un reglamento de ética. El coordinador aseguró que las convocatorias públicas se dan bajo premisas de participación democrática, equidad de oportunidades y juicios de paridad en la selección de proyectos. No obstante, las comisiones han sido señaladas por no actuar conforme al reglamento y porque sus decisiones muchas veces se basan en las relaciones entre jurados y concursantes.
Luego de terminar el año dentro del programa, los receptores del estímulo deben mostrar sus avances al público y retribuir a la institución —con presentaciones, talleres u obra—. Sin embargo, algunos artistas lo consideran una desventaja, ya que los recursos no son suficientes y la gratuidad en los foros es una complicación.
Como parte del vigésimo quinto aniversario del FONCA, René Roquet adelantó, para la segunda mitad del año, la reunión de jóvenes creadores de varias generaciones con exposiciones, encuentros y giras.
El Sistema de Información Cultural
Uno de los beneficios que reciben los artistas es su inclusión en el Sistema de Información Cultural, que los integra en un censo público. Este sistema detalla el nombre de los artistas, su especialidad y el año en el que obtuvieron la beca, lo que permite dar seguimiento a los creadores y a las propuestas. Dividido en rubros de acuerdo a las distintas disciplinas, cuenta con un atlas de infraestructura y una encuesta de hábitos y estadísticas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). La integración a este sistema es de gran valor curricular, ya que quienes allí aparecen respaldan su trayectoria por integrarse al FONCA en sus distintos programas y convocatorias.
En la distribución nacional, el Distrito Federal es uno de los estados con más participación; Jalisco, Puebla, Veracruz y Yucatán también registran un gran número de propuestas, mientras que Nayarit y Guerrero son los que tienen menos becarios. “Cabe señalar que los proyectos que registran son transversales, es decir, las fronteras entre una disciplina y otra se borran y una misma carpeta puede contener danza, multimedia, teatro y música”, explicó el coordinador. Desde su perspectiva, cada uno de los becarios ha aportado a la reconstrucción del tejido social y a la difusión del quehacer artístico.
Los fondos estatales y regionales
Además del gobierno federal, quien destina recursos al FONCA, existen réplicas estatales y regionales que operan de forma bipartita. Los Fondos Estatales para la Cultura y las Artes (FOECA), en promedio, entregan entre cuatro mil y ocho mil pesos a cada beneficiario durante un año, de acuerdo con la zona económica del país. Los estados reciben de dos a tres millones de pesos para repartirlos entre el padrón local de artistas. Las categorías son Jóvenes Creadores, Creadores con trayectoria, Desarrollo artístico individual, Difusión del patrimonio cultural, Grupos artísticos y Reconocimiento a la labor artística y cultural. En el Desarrollo artístico escénico, los fondos estatales otorgan hasta cien mil pesos como único monto, para costear la producción de un espectáculo.
Entre los fondos estatales y los nacionales se ubica el Fondo Regional para la Cultura y las Artes (FORCA), que divide al país para destinar recursos para la formación artística, la producción editorial, la creación de públicos y la difusión del trabajo. Entre sus programas, el Circuito Artístico es uno de los más consolidados. Cada año, las agrupaciones artísticas y los representantes de las instituciones culturales estatales realizan una gira que contempla presentaciones en otros estados que pertenecen a la misma zona. Como en el resto de las convocatorias, los participantes son seleccionados por un jurado de artistas con trayectoria, responsables de publicar la lista.
Otros fondos de apoyo a las artes
Además de los apoyos gubernamentales, México cuenta con distintos programas, como el que administra UNESCO-Aschberg, que beneficia a más de sesenta participantes con el apoyo de treinta países. Otros recursos provienen de empresas, que reparten parte de sus utilidades a propósitos de difusión a través de fundaciones, como Cemex y Boing. Sus criterios de selección corresponden a sus propios intereses; es decir, deben ir acorde a la misión y la visión de la compañía. La Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte, de Boing, promueve el arte visual y otorga recursos para la conservación y exposición de las obras, sobre todo las que están vinculadas a las luchas sindicales o a la ilustración de la mano de obra en México. Los trabajadores de esta cooperativa han mantenido un acervo, desde los años ochenta, de múltiples autores y corrientes. En esa década Boing se encontraba en quiebra y varios autores mexicanos regalaron parte de su obra para subastarla y rescatar a la empresa. Desde entonces, asumió la preservación de las piezas y ha sumado varias más en los últimos años. Otro fondo importante es la Beca Cuauhtémoc Moctezuma-Ambulante, que convoca a proyectos cinematográficos relacionados con educación, medio ambiente, arte y cultura, deporte y trabajo.
Las instituciones bancarias otorgan también financiamientos para promoción; es el caso de Banamex y Bancomer, que, por medio de filiales, entregan efectivo a proyectos artísticos de largo alcance. El primero cuenta con un fondo que preserva el patrimonio; entre los proyectos que financió recientemente se encuentra la exposición Arquitectura en México, 1900-2010. La construcción de la modernidad, que mostró ciento diez años de arquitectura en el país con una exposición y un libro. En junio de este año la fundación publicó dos tomos que interpretan las piezas exhibidas desde diciembre del año pasado en su centro cultural. Esta institución tiene además programas de educación musical, difusión a las culturas populares y restauración de edificios históricos, que dedican su trabajo a la preservación de patrimonios. Están dirigidos al desarrollo del arte popular, la organización de exposiciones, y publicaciones que plasman investigaciones estéticas e históricas.
Por otra parte, desde 1991 Bancomer ha promovido iniciativas artísticas, educativas y culturales de manera directa o mediante apoyos económicos a creadores, académicos, gestores e instituciones diversas que son concursables directamente en la institución. El banco cuenta con el Fondo de Apoyo a las Artes y el Programa Bancomer MACG Arte Actual, que desde hace veinte años alienta la realización de iniciativas en todas las disciplinas artísticas.
A la lista de instituciones que apoyan las artes se suman también las fundaciones que asumen la difusión de propuestas artísticas, como la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM), que desde 2003 impulsa la literatura mexicana e hispanoamericana: cuenta con becas para escritores jóvenes, fomento a la investigación de la literatura y apoyo a la traducción de obras mexicanas a lenguas extranjeras. El programa de becas está dirigido a mexicanos menores de treinta años, y brinda formación en el Distrito Federal; incluye tutorías, conferencias, cursos y charlas, así como pago. Fundación Carolina tiene una metodología parecida para solicitar financiamientos de estudios en artes y humanidades; música, letras, cine, periodismo y multimedia son algunas de las áreas en las que los solicitantes pueden inscribirse.
Cada institución tiene lineamientos precisos para cumplir sus requisitos. La apuesta por el arte se extiende, no así los criterios de selección; las propuestas y sus contenidos quedan a merced de una línea muy clara de intereses… ¿Qué están reflejando las propuestas? ¿A quiénes benefician y bajo qué criterio?
Las instituciones empresariales que invierten en el arte deben garantizar su beneficio económico o la presencia de su marca. La mayoría aporta difusión de un evento o donaciones en especie, con lo que los artistas reciben botes de pintura, carteles y anuncios. Otras también entregan recursos de acuerdo con la propuesta del equipo de producción, aunque son minoría y la aportación es baja.
Para las representaciones escénicas, una forma de trabajo es que las empresas contribuyan en la producción y luego obtengan un porcentaje del boletaje de las presentaciones. La complicación radica en que pocos empresarios confían en la retribución del arte y en muchas ocasiones no llegan a un acuerdo en la división de ganancias con el grupo creativo. Los apoyos están dirigidos en su mayoría a proyectos que no aborden temas de violencia, protestas políticas o sociales o que no sean considerados contra los intereses la empresa, lo que limita las propuestas contemporáneas.