Tierra Adentro
"Rest", 2017. Fotografía de i_am_sonicsonia en Flickr. Escultura en el Cementerio de Lychakiv, Leópolis, Ucrania. CC BY-NC 2.0
“Rest”, 2017. Fotografía de i_am_sonicsonia en Flickr. Escultura en el Cementerio de Lychakiv, Leópolis, Ucrania. CC BY-NC 2.0

Quiero recostar mi cabeza sobre una roca inamovible

Una frase. Un amor. El recuerdo de mi

madre. La casa de mi abuelita donde reí

tantas veces. Algo. Alguien. Mi memoria.

Yo misma.

Una, aunque sea.

La tomaré entre mis palmas,

la pintaré de mis colores favoritos

y la guardaré para siempre a donde quiera que vaya.

Cuando el conejo blanco me alcance

y no quede más que mi respiración

perdida, la apretaré de nuevo

para recordar contra mi piel

que seguí adelante a pesar de vivir con miedo.


Autores
Poza Rica, Veracruz, 1992. Escritora y docente. Autora de 10 libros de poesía. Ha colaborado en diversas antologías y revistas digitales e impresas dentro y fuera del país. Fue becaria de PECDA Veracruz en 2023 y del Programa Jóvenes Creadores (FONCA) 2024, en la especialidad de poesía. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024 por su obra “Alondra”, actualmente publicada por el Fondo de Cultura Económica.
Jigokuzōshi, “Rollo ilustrado del infierno”, Museo Nacional de Tokio, Creative Commons.

En el Museo Nacional de Tokio se encuentra una copia del peculiar 地獄草紙 [Jigokuzōshi, “Rollo ilustrado del infierno”]. Se trata de un manuscrito que se escribió en algún punto a finales del periodo Heian (794-1185) cuyo objetivo era mostrar, de manera por demás eficiente, el destino final de distintos tipos de condenados: ladrones, asesinos, adúlteros, un catálogo bastante familiar para quienes, como yo, crecieron al amparo de una doctrina religiosa.

En su brevedad, el Jigokuzōshi cumple con informar en qué consiste cada uno de los castigos, mientras sus dibujos los muestran a detalle para los espectadores: arden hombres y mujeres desnudos, devorados por un fuego imperecedero; otros se ahogan eternamente en un lago de sangre; unos más padecen las llagas siempre abiertas de una enfermedad que no cede. “La pintura probablemente provocaba que sus espectadores temblaran de miedo, y los invitaba a abrazar el deseo de renacer en la Tierra Pura”, dice la descripción de la obra en el museo, y uno solo puede imaginar la experiencia que debió ser, hace casi mil años, enfrentarse con esta colosal obra de arte, nacida del miedo al castigo ultraterreno.

El terror a la condena infernal ha sido una herramienta de control social muy útil para la fe y algunas producciones literarias han usado, con grandes resultados, imágenes del inframundo para instalar miedo en sus lectores: desde la Comedia que Dante regaló al mundo en el siglo XIV, hasta los cenobitas de Clive Baker, el averno es el sitio ideal para manifestar nuestros mayores temores, sean estos físicos, psicológicos o emocionales. Por lo anterior, considerar el infierno como un lugar deleznable, hogar de los castigos más espantosos que pueblan el imaginario de los pueblos, es una idea presente desde la antigüedad, común a todas las religiones. Después de todo, tiene lógica sentirse aterrado de un lugar pensado para proveer el eterno castigo.

Sin embargo, existe aún otro tipo de terror que se nutre del Más Allá y que, a mi juicio, resulta más atractivo y plantea situaciones memorables: el terror por lo divino. Contrario a la naturaleza punitiva del infierno, el paraíso ha sido el destino ideal para los creyentes —e incluso para algunos no creyentes—; sin embargo, algunos aspectos de este sitio, y las criaturas que lo habitan, siguen representando un misterio y provocan, por lo menos, cierta angustia por lo desconocido. Recordemos, por ejemplo, que los ángeles se anunciaban a los profetas y a las vírgenes con la advertencia “no tengas miedo”, quizás conscientes de que su forma —incomprensible, metadimensional— sería demasiado para los pobres iluminados. Daniel tembló ante la presencia del arcángel Gabriel, e incluso los pastores de Belén que recibieron la noticia del nacimiento del Mesías se horrorizaron ante la visión de lo divino. Así lo describe Lucas 2:9-11: “Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No teman; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”.

En este escenario, es importante reconocer que las descripciones de lo divino, desde su propia concepción, contienen el mismo germen ignoto que alimenta las figuras del terror. De esta noción surgen algunas interrogantes: ¿qué ocurre cuando el imaginario celestial se trastoca por el germen del terror? ¿Hasta qué punto la representación de figuras divinas es cercana a la de ciertos monstruos de la antigüedad? ¿Cómo se han empleado estas criaturas en las producciones de terror contemporáneas?

Para explorar estas cuestiones, en los párrafos siguientes me propongo analizar un ejemplo reciente, el manga 地獄楽 [Jigokuraku, “Paraíso infernal”, 2018], del mangaka Yūji Kaku. Por medio de la exploración de ciertas escenas, me dedicaré a escrutar cómo se emplean diversas figuras del imaginario religioso, particularmente, el budista, para la elaboración de una atmósfera terrorífica.

Visiones de Nāgārjuna: Gabimaru el Vacío

La trama de Jigokuraku gira en torno a がらんの画眉丸 [Gabimaru el Vacío], el más temible asesino de la aldea de Iwagakure. Su apodo se debe a su nula muestra de emociones mientras lleva a cabo sus labores como sicario, las cuales, por cierto, sobresalen dadas sus habilidades en las artes marciales y el manejo de distintas armas. La trama destaca su ausencia emocional: ante las criaturas monstruosas que aparecen en su camino, se mostrará siempre sereno, eliminando hábilmente a cualquiera que ose retarlo. Gabimaru, junto con otros condenados a muerte, deberá viajar hacia el 神仙郷 [Shinsenkyō, “Paraíso terrenal”], una isla que se encuentra al sur de las islas de Ryūkyū, para encontrar el Elixir de la Vida y llevárselo al shōgun Tokugawa. El narrador lo describe así: “El Reino de los Inmortales, un paraíso carente de sufrimiento y lleno de dicha. Los creyentes le dan varios nombres: Paraíso Terrenal, Nirvana, Utopía”.

La descripción del Shinsenkyō me remite a un texto poco conocido del escritor Koizumi Yakumo, titulado “Horai”. Se trata de una descripción de un kakemono —pintura alargada que se cuelga de la pared— que el autor tiene suspendido en su alcoba. En este, se representa una visión azul del Palacio del Dios Dragón, una tierra mítica en la cultura japonesa que en muchos aspectos se parece a las representaciones del Jardín de las Delicias.

Dice el narrador:

En Horai no existen ni el dolor ni la muerte, y tampoco el invierno. Las flores en aquel lugar no se marchitan, y los frutos jamás se pudren. Si un hombre llegara a probar tan solo una vez de aquellos frutos, jamás volvería a sentir hambre o sed. En Horai crecen las plantas mágicas So-rin-shi, Riku-go-aoi y Ban-kon-to, que curan cualquier clase de enfermedad; y ahí crece también el pasto encantado que llaman Yo-shin-shi, que resucita a los muertos. Ese pastizal mágico se alimenta por aguas prodigiosas, de las que basta beber un trago para obtener la juventud eterna.

Podemos observar que las visiones de Horai y del Shinsenkyō están sostenidas por la misma noción de vida inagotable, una de las ideas más prometedoras del Más Allá en prácticamente todas las religiones. De igual modo, resalta la mención de un brebaje que otorga la vida eterna para quien lo consuma. El premio por obtener tal sustancia no puede ser menor: en Jigokuraku, el gobierno perdonará al condenado que logre regresar del viaje con el Elixir y, con esto, Gabimaru podrá volver a su aldea, en donde lo espera su amada esposa.

Hasta este punto, la trama de Jigokuraku no se aleja demasiado de un manga seinen convencional. No obstante, podemos observar algunos conceptos que nos ayudan a profundizar en el sincretismo religioso del que se alimenta la serie. El primero de ellos está en el nombre del protagonista. Más allá de su incapacidad de mostrar emociones, el apodo de Gabimaru nos acerca a la idea del Śūnyatā —término traducido como “vacuidad” o “vacío”—, que es uno de los conceptos esenciales del budismo Mahāyāna. De acuerdo con el académico Héctor Sevilla, autor del artículo “El camino medio en la filosofía de la vacuidad de Nāgārjuna”, el vacío es un término asociado con la escuela del Camino Medio, fundada por el monje Nāgārjuna, y que se puede entender como: “a) una consecuencia derivada de estadios más profundos de la meditación; b) lo que resta una vez que se ha captado la no existencia del yo; c) la condición en la que no persiste el odio, la ignorancia o la codicia”. El vacío es una condición de desprendimiento de las cosas del mundo, lo que el Buda llamaba la insustancialidad.

La actitud de Gabimaru refleja casi un completo desapego con el mundo del que ha partido, razón por la cual no le importa sacrificar su vida en el viaje al Shinsenkyō. Solo hay un aspecto que lo ata todavía al plano terrenal: su esposa, Yui, hija del jefe de Iwagakure. Para resolver lo anterior, el mangaka toma una decisión que encuentro efectiva: en un punto de la serie, los personajes instalan duda en Gabimaru, ¿de verdad existe Yui? No tiene mucho sentido que un asesino despiadado como él tenga un hogar que lo espera, mucho menos una familia, ¿y si la memoria —cada vez más difusa— que guarda de ella, no fuera sino un recuerdo implantado en su cabeza por el jefe de su aldea para poder controlarlo? Una pregunta simple que, sin embargo, logrará perturbar al protagonista y terminará por desprenderlo cada vez más del tejido de la realidad, acentuando su cualidad de estar “vacío”.1

El segundo elemento que nos convoca a analizar este manga es, sin duda, la descripción de los monstruos. Debido a la ingente cantidad de criaturas ideadas por Yūji Kaku, me veo en la necesidad de concentrarme en un par de escenas que, a mi parecer, concentran con mayor eficacia la tensión propia del horror.

La representación del infierno

El primer vistazo que tenemos del Shinsenkyō ocurre en el primer capítulo. En la escena en cuestión, la ejecutora, Yamada Asaemon Sagiri, le explica a Gabimaru las condiciones de su misión y narra que ha habido ya algunas expediciones hacia el mítico lugar. De hecho, los primeros visitantes encontraron un sitio lleno de mariposas y flores, en donde incluso era posible escuchar un canto angelical. Por desgracia, asegura Sagiri, ninguno de los miembros de aquellas primeras expediciones logró regresar en una pieza, sino que volvieron transformados en una especie de híbrido hombre-flor. Mientras lo cuenta, podemos observar una de las naves que viajaron en las expediciones al Shinsenkyō; la imagen parece inocente: una barca que regresa a casa, cargando miles de flores policromáticas. Pero un análisis detenido mostrará que muchas de estas se encuentran fusionadas en los brazos, piernas y torsos mutilados de los hombres que osaron penetrar en el jardín edénico. Como si las flores hubieran devorado la carne de aquellos peregrinos. La escena está coronada por una última visión temible: se trata del rostro de un viajero mutado, quien nos mira sonriente desde el centro de la balsa mientras una flor se abre, encarnada, en su cabeza.

Es este el primer acierto de la serie: en lugar de mostrarnos un paraíso en donde no existe el dolor o la muerte, Yūji Kaku exhibe cómo las flores que cubren el jardín maravilloso han terminado por transformar a los visitantes en monstruos. La visión es devastadora y nos obliga a preguntarnos: si para entrar en el Paraíso es necesario sufrir ese tipo de metamorfosis, ¿cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a aceptarla? Y más aún, si el Paraíso fue diseñado por un ser ultraterreno, ¿qué nos hace pensar que podremos acceder a él conservando nuestra humanidad?

La segunda escena que acierta en construir un imaginario monstruoso en torno a lo paradisíaco ocurre en el capítulo tres del anime. Cuando los condenados han llegado al Shinsenkyō, la trama se subdivide entre varios protagonistas; uno de ellos es el diestro espadachín Tamiya Gantetsusai, llamado “El Dragón de la Espada”, quien es uno de los primeros en experimentar los peligros del paraíso. Hacia el final del capítulo, vemos a Tamiya explorando la isla junto con su ejecutor, Yamada Asaemon Fuchi. Pronto, llegan a una porción del bosque llena de imágenes talladas en piedra que representan distintos budas sonrientes. El sitio también está cubierto de vegetación, incluyendo flores de todo tipo que son asediadas por grandes mariposas. Tamiya y Fuchi observan el lugar por un momento, pero pronto su atención se interrumpe cuando una de las mariposas vuela hacia Tamiya y lo pica en la mano izquierda. Poco después, pasa volando frente a sus ojos y el samurái puede observar que el insecto tiene un cuerpo grotesco y un rostro con facciones humanas.

Sin esperar más tiempo, Tamiya procede a cortar su propia mano de un tajo, ante la sorpresa de los espectadores y de su acompañante. Cuando es interrogado con respecto a su forma de actuar, el samurái explica que la mariposa no es un ser del mundo terrenal; acto seguido, la cámara nos muestra la mano que yace en el pasto, que ya está mutando en una planta florida de manera casi inmediata. Esto, además de explicarnos el destino de los primeros exploradores, nos ayuda a sembrar una atmósfera de tensión y peligro que nos acompañará en los siguientes capítulos, pues todas las criaturas del Shinsenkyō se revelan como potenciales amenazas.

El capítulo cierra con la aparición de un coctel de monstruos: ciempiés gigantes, híbridos de humanos y peces, aterradoras manifestaciones de bodhisattvas. Es en este punto que Tamiya plantea una de las preguntas esenciales para la serie:

TAMIYA: ¿Qué clase de sitio es esta isla? No estamos en el verdadero Nirvana, ¿O sí?

FUCHI: Puede ser, nada dicta que no haya criaturas así.

TAMIYA: La cosa se puso interesante.

Así se expresa el sonriente espadachín, pero su sonrisa es pronto opacada por las pisadas de un gigante que aparece detrás de ellos, sosteniendo en sus manos un reluciente shakujō —bordón de estaño que era comúnmente usado por monjes peregrinos budistas—, mientras que otro bastón, más pequeño, atraviesa de lado a lado su cuello. A partir de este punto, cada uno de los protagonistas deberá enfrentarse a los peligros del Shinsenkyō, que aparecerán ante ellos con apariencia divina, como una cruel manera de decirles que en ese infierno incluso Dios es abominable.

Hell’s Paradise no es el único manga en hacer uso del Buda para expresar miedo, peligro o desesperanza. Ni siquiera es el primero. Habría que mencionar otros mangas que han aprovechado esta herramienta, como es el caso de ガンツ [Gantz], de Hiroya Oku. En este, los protagonistas deben salvar sus vidas enfrentándose a diversas criaturas míticas, como los yōkai, yakshao, incluso al propio Guanyin, también conocido como el Buda de la misericordia. Dicho esto, me parece que, a diferencia de otros mangas, Jigokuraku acierta en construir un espacio físico tangible, cercano a las representaciones humanas de la Tierra Prometida, para construir su propio infierno. Un lugar donde el dolor, la tortura y la muerte son asociados con las figuras que hemos construido en torno a conceptos completamente opuestos, como la piedad, el amparo o la salvación.

El mensaje es intenso y aterrador, pues nos recuerda que los misterios que campean en los campos de la fe nutren igualmente la imaginación de lo monstruoso. En el fondo del terror que despiertan estas historias, hace eco una pregunta de difícil respuesta: si incluso el paraíso es aterrador, ¿nos queda todavía alguna esperanza?


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).
Fotograma de "El hombre Omega", 1971 . Director: Boris Sagal. Warner Bros.
Fotograma de “El hombre Omega”, 1971 . Director: Boris Sagal. Warner Bros.

Decía Jean-Claude Carrière, en su libro Práctica del guion cinematográfico, que toda acción, por mínima que sea, revela algo. “Como los gusanos —afirmaba él mismo— que, según dicen, fecundan, ciegos, la tierra que atraviesan, las historias pasan de boca a oído y dicen, desde hace mucho tiempo, aquello que ninguna otra cosa puede decir”. Es decir, en las acciones, pero más que eso en las huellas que dejan estas acciones, podemos intuir una historia porque “toda acción revela algo”. Esta pequeña sentencia, que a mí me parece más bien un apotegma, encierra una verdad apabullante o alumbradora (incluso ambas): todo el tiempo, pase lo que pase, estamos leyendo señales, decodificando mensajes y, más aún, dejando mensajes para que otros los desentrañen.  

Hace un par de semanas, al volver de casa de un amigo, tuve que usar el metro para llegar al tren suburbano y regresar al Estado de México. Era sábado y era tarde, por lo que había asientos disponibles; me di cuenta, entonces, que de verdad era tarde (metro vacío es casi un oxímoron). En uno de los asientos viajaba un muchacho de pelo largo y chamarra cazadora de color verde militar, leía un libro que en la portada aparecía la palabra comunismo. La imagen que la acompañaba había sido intervenida con pluma de tinta negra, de tal forma que ya no era solo la imagen, sino algo más. Hasta ahí todo era común (comúnmente comunista o comúnmente común) pero no solo leía el libro: lo subrayaba. Pensé dos cosas:

1)   Ese libro, que de por sí ya era la huella de alguien, la visión de alguien (porque un libro, o cualquier creación, no es más que la visión respecto a algo que una persona ofreció, en este caso el comunismo); ese libro, empero, ya había adquirido otro significado, porque quien lo tomara, posterior al subrayado del muchacho, no podría evitar formularse a partir de lo subrayado una segunda lectura, una tercera (una lectura subsecuente, en pocas palabras) del libro que de por sí ya era una lectura de algo. Estaba, por otra parte, el agregado de la portada: la imagen, una vez alterada, significaba algo más.

2)   Nada es, en realidad, nuevo: todo ha pasado ya por la visión de alguien, por la mano de alguien.

Imaginé, entonces, esto: de pronto la luz se va en el metro y al volver a iluminarse el vagón estoy yo solo. Nadie por aquí, nadie por allá, de tal manera que como única huella de que ahí estuvo alguien más que yo me queda el libro. Podía imaginarme quién había sido ese muchacho y qué pensaba con tan solo echar un vistazo al libro (mejor dicho, a la lectura del libro que él había realizado), al subrayado. “El cine —glosa más adelante el mismo Carrière— es un hombre que llega a caballo a una ciudad del Oeste y nada sabemos de él. Va a definirse poco a poco, por sus gestos, por sus miradas”. O podría definirse, en todo caso, por sus huellas, mero resultado de sus acciones.

Me gusta esa labor de la pesquisa —tratar de inferir la acción por medio de la lectura de su impronta sobre los objetos o el ambiente—, es por ello, quizá, que veinte años después de su estreno (en 1971) me impactó tanto ver El hombre Omega (película basada en Soy leyenda, de Richard Matheson): porque ahí había un hombre solo, y nada sabíamos de él más que el hecho de que estaba en un mundo, al parecer, totalmente vacío. Y yo quería saber qué estaba pasando, cuáles habían sido esas acciones que dejaron como huella un mundo vacío.

Volviendo a aquel muchacho, ¿por qué subrayó esas precisas líneas y no otras? Los libros usados tienen ese añadido, cuentan una historia que no está en las letras per se: un boleto de autobús usado como separador, una flor seca, una envoltura de paleta, una huella de algo que puede ser sangre o solo polvo. La huella de la intervención, como la fotografía, congela el tiempo.

Pero la lectura de los objetos intervenidos, a manera de investigación, es, desde hace mucho, material para la literatura. Pienso en las historias de Sherlock Holmes, donde un misterio era resuelto a través de la interpretación de ciertos indicios, ciertas cicatrices sobre los objetos. Se puede reconstruir un evento, una persona, a través de su incidencia sobre el medio. Si el asesino no dejaba rastros entonces era casi imposible rastrearlo.

La fórmula sigue vigente: programas policiacos de muchos tipos, de muchas épocas, se basan en las pesquisas para atrapar al espectador (no solo al asesino): tenemos ganas de saber más, de saber qué provocó aquellas marcas. Existe en nosotros (al menos en mí) una curiosidad innata por saber qué hay detrás de una huella que normalmente no hallamos. Uno no repara en los rostros “cotidianos”, “normales”, en el metro: saltan a la vista los rostros que por alguna razón son particulares. Como el metro mismo, se perciben en él las ausencias; notamos los asientos solo cuando están vacíos. Los dientes de alguien resaltan cuando están demasiado limpios o demasiado sucios, o faltan; una nariz se hace notoria cuando no muy grande o muy pequeña, o está demasiado ganchuda.

En la película El hombre omega, la ciudad resalta, o la notamos, porque no hay nadie en ella, cuando normalmente la palabra ciudad suena a conglomeración, caos, hacinamiento. A nadie extraña una ciudad atestada o un desierto vacío; pero si invirtiéramos papeles, es decir, un desierto colmado de gente o una ciudad vacía, notamos que algo no está en el orden que entendemos de ellos.

Richard Matheson, en la novela de la que parte aquella película que tanto disfruto, propone este mismo juego: nos muestra huellas de un mundo particular (esa diégesis que él se inventó para nosotros) y es labor nuestra descifrarlas poco a poco para entender qué está sucediendo. Apenas empezar, atestiguamos la presencia de tablones rotos, de vidrios hechos pedazos y, sobre todo, de piedras que alguien (todavía no sabemos quién, pero hemos de descubrirlo) arrojó. Pero eso queremos averiguar, desentrañar, resolver eso que se nos plantea; somos lectores por naturaleza y leemos el medio, el mundo donde nos desenvolvemos: lo decodificamos. Somos, además, ávidos lectores de las cicatrices, de las huellas. Somos baquianos en el agreste terreno de la piel: imaginamos a dónde se dirige alguien, o de dónde viene, por las marcas de su piel. Es algo innato, o casi innato.

Si vemos a una mujer con un ojo morado o a un hombre con la ceja abierta, de inmediato realizamos una lectura y hasta inventamos una historia. ¿La golpean, tuvo un tropiezo? Él ¿es boxeador?, ¿lo asaltaron?, ¿estuvo en una riña? Sabemos de las personas, del mundo, a través de las huellas que dejan, de sus cicatrices. O al menos lo imaginamos.

Somos o nos dibujamos a través del caos. Las casas limpias son idénticas, el cloro y el aromatizante tienden a homogeneizarnos y nadie es distinto de nadie bajo el manto de la asepsia, pero todos los desórdenes son distintos: es nuestra huella. Nos citan a una fiesta a las siete de la noche en punto, y de pronto nos damos cuenta que son apenas las 6:20 y ya estamos frente al domicilio en cuestión. Leemos las huellas en la calle y las decodificamos y nos da miedo: hay grafiti, hay suciedad (huellas, al fin y al cabo, cicatrices) y alguien, que firma como Jerry, pintó con aerosol rojo que ahí él manda y que todo invasor será castigado. Entonces, tocamos a la puerta y nos invitan a pasar, un poco de mala gana y un poco sorprendidos y apenados. No alcanzaron a borrar sus huellas sobre la vida y los descubrimos: hay ropa tirada en la sala, unos zapatos maltrechos y un tazón de sopa junto a la pantalla que sintoniza cierto canal que no goza de muy buena programación. Los descubrimos a través de su caos, de su disposición de los objetos. Sobre los párrafos de la casa de interés social (con salas más o menos parecidas, con muebles de baño más o menos parecidos) ellos subrayaron lo que son, o lo que piensan o sienten, a través de la disposición de los objetos. La tele también es un párrafo: lo que sintonizamos es lo que subrayamos.

En El hombre omega (me gusta demasiado la película) el protagonista se da cuenta de la presencia de alguien más (alguien “humano”, o humanamente parecido a él, al menos) porque deja una huella: algo no está en el lugar de ayer, que también era el de antier. Insisto, tenemos presencia en el mundo por la huella que dejamos en él. Se habla también, entonces, de la huella ecológica, la mancha de carbono y suciedad que dejamos sobre el planeta en nuestro paso por él. Como las babosas de los patios, sabemos por dónde pasaron (nunca de dónde vienen y a dónde van, saber eso es casi imposible y preguntárselo puede ser lo suficientemente ocioso o profundo como para resultar peligroso) porque han dejado una huella brillosa, viscosa.

Esto: los hombres o mujeres que viven solos y que, además, han dado una copia de la llave de la entrada a su madre o abuela, y entonces un día, al volver del trabajo o de la escuela, encuentran el lugar limpio. Mamá (o abuela) han estado aquí, se dicen, porque se alteró el orden de las cosas: dejaron su huella al pasar.

Esto otro: uno visita a un familiar y encuentra huellas y con base en ellas se da cuenta quién ha estado ahí. Botellas de cerveza vacías: tal tío. Pañales sucios en el bote del baño: los primos que acaban de tener un hijo. Aroma a cierta fragancia y tabaco: el abuelo.

Esto también: uno vuelve a casa y encuentra la cerradura forzada y no hay televisión ni computadora. Sabemos que alguien estuvo aquí, y a qué vino. Pensamos por un segundo si Jerry nos siguió desde su colonia y que quizá ahora también manda aquí.

Las cosas que se notan, que se aprecian, hasta que faltan: el silencio, la paz, la salud. O el amor. Sobre todo ese. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, dice la madre mientras hace el quehacer en la casa, y luego pide que levantemos los pies para barrer debajo del sillón, porque el polvo deja ahí su huella.

Tengo dos pares de tenis, idénticos, que compré hace un par de meses en una oferta del 2×1 en una tienda cerca de mi casa. Un par lo uso para hacer ejercicio, el otro para… para no hacer ejercicio. Distingo un par del otro gracias a las huellas que las actividades dejan en ellos: los que uso para ejercitarme están más maltratados y tienen un tono verduzco debido al pasto, los otros aún conservan la forma que se les dio en la fábrica.

Se pueden leer las prendas, claro. Mi mamá, cuando aún lavaba la ropa de todos nosotros, sabía distinguir a quién pertenecía cada una: cuellos más negros, manchas de salsa picante o chocolate, agujeros. Ella sabía, siempre, a dónde habíamos ido o qué habíamos hecho con tan solo mirar las prendas. Dejábamos una huella en la ropa, subrayábamos, en la oración blanca de las playeras, nuestras actividades.

También se puede leer la actividad de alguien en los zapatos: si tiene problemas a la hora de caminar el desgaste de las suelas nos lo dirá. También nos dejará saber cómo pisa alguien, si arrastra los pies o si camina mucho o poco y por dónde lo hace.

Asimismo, se puede leer la ropa interior, pero eso es muy peligroso y prefiero no hablar de ello, al menos no ahora.

Antes, cuando el formato VHS era lo más avanzado en cuanto a tecnología se refería (al menos para ver películas) era posible saber hasta dónde había llegado alguien en la cinta o cuánto la había visto, siempre con base en el desgaste. Lo mismo con los casetes y con los vinilos: donde más desgaste había era donde más había permanecido el espectador. Recuerdo que en mi casa, hace muchos años, había un vinil que contenía canciones de Pedro Infante: el rayón más pronunciado correspondía a las mañanitas, canción que se activaba seis veces al año.

En el VHS de El hombre omega, la parte que más se reprodujo en mi casa (lo que seguramente generó una huella sobre la cinta magnética) es justamente donde Neville descubre que no está solo en el mundo; reproducida hasta el cansancio por mi hermano y por mí, ahí habíamos dejado claro un mensaje, habíamos subrayado y con ello generamos una segunda lectura, una tercera. Nos dibujamos a través de la intervención de nuestros objetos cotidianos: la hoja más doblada del libro, la fotografía impresa con más dobleces y huellas dactilares marcadas, el libro más maltratado (en mi caso es Dios en la tierra, de José Revueltas) son rastros que alguien puede leer si un día ya no estamos. “Matamos lo que amamos, lo demás nunca ha estado vivo”, dice Rosario Castellanos, y unos zapatos formales bajo mi cama, prácticamente nuevos, lo corroboran.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

1.

Leí un libro de cuentos con títulos muy elocuentes. En uno de ellos, “El último de los grandes mamíferos terrestres”, junto a una pareja en crisis aparecen los bisontes americanos, una de las especies gigantes que pobló América del Norte y sobrevivió la última glaciación. Aunque no viene al caso con la anécdota del cuento, pienso que mi último gran mamífero es Porfirio, un golden retriever de once años y problemas de sobrepeso que vive en el jardín de mi mamá. Antes tenía una compañera, pero murió hace unos años, y ahora Porfirio pace tranquilo, aunque un poco solo, entre las plantas que no ha logrado destruir.

Es el último porque, desde que me mudé sola, vivo en un departamento. No juzgo, o no demasiado, a quien decide tener perros grandes en espacios chicos ni tampoco creo que sea imposible (en el departamento abajo del mío vive una familia completa con tres bulldogs y entre los pasillos he visto un gran danés que expele varios litros cúbicos de orina en sus paseos), pero no tengo tiempo ni dinero para las atenciones que necesita un perro de ese tamaño. 

Tener jardín y tener perro, o cierto tipo de perro, un perro de raza grande, son dos cosas que acompañaron el ideal burgués de familia, cada vez más remoto, porque la noción de hogar y de convivencia familiar se ha ampliado de manera cada vez más diversa. Y porque en las grandes ciudades ya es casi imposible costear alguna de las dos.

La casa en la que pasé la mayor parte de mi infancia y que se vendió después del divorcio de mis padres albergaba los restos mortales de tres perros, varios hámsteres, un hurón y dos tortugas. Cuando me fui, no solo dejé en ella mis recuerdos infantiles, sino también un pequeño cementerio. En su libro sobre animales, Sylvia Molloy escribió que, en el jardín de su casa en Long Island, su primera generación de mascotas yace enterrada abajo de un olmo, la segunda abajo de otro y así sucesivamente, porque tuvo muchos animales y, por suerte, también muchos árboles. 

La derrota que han sufrido los panteones a perpetuidad frente a los crematorios es un resultado poco evidente de la falta de presupuesto para jardines públicos y particulares. Irónicamente, debido a la falta de áreas verdes, hay quienes recorren los cementerios con un fin lúdico y sin otra pretensión que tener un día de campo. Esto ha provocado que guardar cenizas en columbarios o en las salas de algunas personas sea un rito cada vez más común que no se limita a las muertes humanas. Ahora existe la costumbre de incinerar a las mascotas y no enterrarlas como, según yo, se había hecho siempre: en un hoyo con cal en el jardín. No porque un entierro casero sea menos digno que una urna, sino por lo impráctico que resultaría enterrar el cuerpo de un animal mayor a un canario en una maceta.

Además de la falta de espacio, el hábito también se debe al apego que muchas personas desarrollan por sus animales de compañía y a la humanización cada vez mayor que les otorgan. Los cuidados que hoy en día trascienden la vida terrenal, amor constante más allá de la muerte diría Quevedo, han modificado los ritos fúnebres. Alguna vez fui testigo de cómo a una tía, junto con el pago de su servicio funerario, le ofrecían un paquete que incluía la cremación y el velorio de su perro.

2.

Cuando adopté mi primer gato, nunca reconocí los lugares comunes que pregonan los amantes de los gatos, porque Simón no abandonó completamente su condición feral y vivió afuera la mayor parte del tiempo. Igual que el griego Aquiles, que prefirió la fama sobre una existencia larga y anodina, Simón tuvo una vida breve y aventurera, favorecida por el jardín, que funcionó como vía de escape hacia otros rumbos que eventualmente acabaron con su vida.

La dependencia que siento con mis gatas actualmente puede compararse solamente con la que ellas sienten por mí. Creo que nos arrastra el amor o algún sentimiento similar (es una incógnita si los animales aman como nosotros lo hacemos), pero también las dimensiones limitadas que nos vemos obligadas a compartir. 

Pienso mucho tiempo en el tema del espacio, casi el mismo que llevo viviendo en un lugar de proporciones reducidas, aunque cuando habitaba una casa bastante más amplia no pensaba en eso, sino en que todo me quedaba lejos. O tal vez no pensaba en nada, pero ahora pienso en que en aras de una vida mejor ubicada, el problema de las grandes distancias se ha transformado en falta de espacio.

El jardín surgió como un trozo de naturaleza domesticable y, para mis perros y mi gato, un simulacro de la vida salvaje (con tres comidas al día). En Una breve historia del jardín, Gilles Clément escribió que el primer jardín perteneció al ser humano que decidió cesar su vagabundeo. “Los nómadas no hacen jardines” escribió Clément. Pese a que muchas personas piensan en él como un remanso de calma, el jardín y sus cuidados se oponen a la idea de descanso, como puede confirmar cualquier practicante de la jardinería o la horticultura. Se trata de un locus amoenus que se construye después de un día de cortar, rastrillar, deshierbar y abonar. 

De entre los cuidados necesarios para un jardín exitoso, el cultivo de flores es tal vez uno de los más complicados. No puedo asegurarlo, porque en efecto carezco de jardín, pero mis macetas vacías han contemplado el paso de varios floridos habitantes que eventualmente perecen por culpa de mis precarias atenciones.

Cuando era niña, mi mamá me leía un cuento sobre un grupo de flores que amanecía marchito por bailar demasiado. Las flores convivían en una especie de sociedad estamental que organizaba bailes palaciegos, donde estaban presentes desde las vulgares margaritas hasta un par de petulantes rosas, que ocupaban los lugares reservados para la monarquía del reino vegetal. La fiesta del jardín aparece también en Alicia en el país de las maravillas, donde las flores forman parte de un coto cerrado, similar a un grupo de niñas maleducadas, que no admite hongos ni hierbas, ni Alicias miniatura.

Los mercados de plantas han descubierto un nicho generoso en vender especies de plantas cada día más raras, provenientes de ecosistemas cada vez más exóticos. Aunque lo exótico esté más bien en disponer de tiempo y espacio para su cuidado. Quizá el futuro de la jardinería resida en tener ambiciones modestas. Limitarse a jardines verticales o huertos minúsculos, reducidos a cajones que quepan junto a una ventana.


Autores
(Ciudad de México, 1992). Estudió una maestría en Letras Mexicanas en la UNAM, fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas y en el programa Jóvenes Creadores del SACPC-Fonca. Textos suyos han aparecido en Nexos, Revista de la Universidad de México, Tierra Adentro y Río Grande Magazine.
Imagen realizada por Zauriel
Imagen realizada por Zauriel

El 7 de enero de 2015, dos encapuchados irrumpieron en las instalaciones de la revista francesa Charlie Hebdo. Asesinaron a balazos a doce personas, entre las que se encontraban el director (Charb) y varixs artistas, e hirieron a otras cuatro. La gente de internet se indignó y, en apoyo a las víctimas, armó un hashtag del que ya nadie se acuerda. La revista afectada se fundó originalmente bajo el nombre de Hara-kiri, por el professeur Choron, y el editor, dibujante y periodista François Cavanna. Casi como una ironía divina por su primer nombre, a lo largo de su historia, Charlie Hebdo fue víctima de varios atentados, siendo el más fuerte el de 2015, a raíz de una serie de caricaturas que satirizaban a Mahoma. Los responsables de la masacre, dos hermanos que, se afirmó, pertenecían a una célula de Al Qaeda, huyeron del lugar de los hechos al grito de Al·lahu-àkbar, tomaron rehenes y finalmente fueron acribillados por la policía. Resulta curioso el hecho de que el atentado contribuyera a viralizar un famoso meme.

El meme de Al·lahu-àkbar se popularizó en medio de una alza en el número de atentados por parte de extremistas religiosos en Occidente. No me quiero imaginar la cara que puso esa banda fundamentalista cuando se dio cuenta de que su intento por evitar chistes provocó chistes aún peores, pobre gente seria. Lo gacho de este pedo es que la expresión de Al·lahu-àkbar es muy bonita y por los desmadres de weyes loquitos (que en todas las religiones hay), la banda joven de México no puede escucharla sin pensar en árabes terroristas caricaturizados. Al·lahu-àkbar significa “Dios es grande”, y se suele usar como acá mi tía diría “gracias a Dios”; estoy vivo, Al·lahu-àkbar; hoy vi bailar a la chica que me gusta, Al·lahu-àkbar.

Pero estos atentados no sucedieron porque unos musulmanes enojados se hayan levantado un día y hayan tomado su metralleta de la caja de metralletas que toda familia musulmana suele guardar junto a la caja de granadas.

En lo que conocemos como Medio Oriente, la mayor parte de los seguidores del islamismo se divide en dos grupos, lo suníes (aproximadamente el 85%, eligen a su líder comunitariamente) y los chiíes (aproximadamente un 10%, defienden que el liderazgo debía recaer en la familia de Mahoma). Tras la Primavera Árabe, la rivalidad entre Arabia Saudita (suní) e Irán (chií) exacerbó los conflictos que había en la región. Cada país respaldaba a distintos grupos armados en Siria, Yemen y otros lugares, lo que intensificaba las tensiones. La Primavera Árabe fue una ola de protestas populares en varios países de Oriente Medio y el norte de África buscaba derrocar dictaduras autoritarias. Aunque inicialmente motivadas por demandas de democracia y justicia social, muchas de estas revueltas llevaron a vacíos de poder y conflictos internos. A esto hay que añadirle la gente metiche. Tras el atentado del 9/11, la invasión a Irak liderada por Estados Unidos en 2003 debilitó las instituciones del país y desató tensiones sectarias entre suníes y chiíes. Esto permitió el surgimiento de insurgencias que luego evolucionaron en ISIS. El 9/11 fue tanto una consecuencia como un catalizador de un sistema geopolítico marcado por el intervencionismo occidental y el impacto del capitalismo global. El círculo vicioso funciona así:

1.- Intervenciones extranjeras generan resentimiento y desestabilización.

2.- Grupos extremistas aprovechan el caos y las narrativas de opresión.

3.- Occidente responde con más intervenciones, alimentando el ciclo de odio.

Todo este contexto puede explicar la violencia religiosa pero no da razón de la proliferación de memes sobre un tema tan delicado.

En Preparados para la guerra: la violencia del capitalismo, Alba Lafarga sostiene que las condiciones deplorables, mediatización de la violencia, y la estetización en la cultura popular de lo militar han contribuido a la asimilación de la guerra por parte de lxs jóvenes. Ante la amenaza constante de muerte, solo queda el humor para sobrellevarlo o, como diría Marge Simpson, en momentos como este, solo queda reír.

Pero es justo en los momentos más brutales donde se encuentra la esperanza. En Revelations, uno de los monólogos más famosos del predicador y comediante Bill Hicks, donde, entre otras cosas, habla de la relación entre el mercado de armas occidental y la desestabilización de Medio Oriente, este proclamaría: 

El mundo es como un paseo en un parque de diversiones, y cuando eliges jugar piensas que es real porque así de poderosas son nuestras mentes. El paseo va de arriba abajo, da vueltas y vueltas, tiene escalofríos y emociones, es muy brillante, de colores, y es muy ruidoso, y es divertido por un tiempo. Algunas personas han estado un tiempo en el paseo y empiezan a preguntarse: 

“¿Esto es real?, ¿o solo es un viaje?”, 

y otras personas lo recuerdan y vuelven y nos dicen:

 “Hey, no te preocupes, jamás tengas miedo porque solo es un viaje”. 

Y nosotros… matamos a esas personas,

 “¡cállenlo, tenemos demasiado invertido en este paseo, cállenlo!, miren mis arrugas de preocupación, miren mi abultada cuenta bancaria, miren a mi familia, ¡esto tiene que ser real!”.

Es solo un viaje.

Pero siempre matamos a esos tipos buenos que intentan decírnoslo. ¿Alguna vez se percataron? Dejamos a los demonios burlándose. Pero eso no importa porque solo es un viaje. Podemos cambiarlo cada vez que queramos. Es solo una elección. Sin esfuerzo, ni empleo, ni ahorros de dinero. Una elección, ahora mismo, entre el miedo y el amor.

Tanto Bill Hicks, el místico de la risa que aparece en los comics de Preacher para mostrarle el camino al protagonista, como Charbs, comediate y director de Charlie Hebdo, asesinado durante el atentado, fueron hombres corrientes que se aferraron con valentía la honestidad y el humor hasta el último momento. No solo hacían reír, buscaban contar la verdad, y eso, en mi opinión personal, es lo que, en un mundo donde la guerra se anuncia por todos lados y la risa ante el sinsentido brutal se posiciona como arma no-violenta, vuelve héroes a weyes que comían, cagaban y reían, como tú y yo, que estamos viendo memes al borde del abismo.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

I

Son infinitas las humillaciones a las que uno se puede someter por dinero. Confieso que, en mi caso, la ignominia laboral no había excedido los rituales de la atención al cliente y la docencia en educación media. Si decidí repartir mi currículo en rincones poco confiables de internet fue, precisamente, por un solo motivo: dinero. Su escasez, quiero decir. 

En mi bandeja de entrada reposaba el mensaje incómodo de un bot. Con entusiasmo artificial, me comunicaba que había sido seleccionado como uno de los usuarios beta de una aplicación cuyo nombre no diré (quizá tengo prohibido hacerlo desde el momento que firmé un contrato lleno de cláusulas que no leí). La mecánica de trabajo era tan sencilla como penosa: bitacorizarme el cuerpo. La aplicación había sido desarrollada con el fin de acompañar las meditaciones de quienes se interesaran en las pericias del mindfulness, desde oficinistas deprimidos hasta amas de casa que se la pasan entre la espada y el rivotril. Como usuario de prueba, me correspondía seguir la ceremonia automatizada de la meditación para, cotidianamente, rubricar mi autoestima y mi paz mental usando una escala numérica. Calificar, como quien pone notas con bolígrafo en mano, el progreso diario de mi felicidad.

Si las cosas salían bien —es decir, si los evaluadores nos encontrábamos un poco más lejos del suicidio después de probar el software—, la aplicación estaría disponible con dos planes: uno gratuito, lleno de anuncios, y otro premium, de suscripción mensual. A la plenitud, vaya, le venía bien PayPal o MasterCard.

II

Es famoso (lo suficiente como para que lo edite Penguin) el libro en el que Ryunosuke Koike integró algunos principios de la filosofía budista con la psicología contemporánea: The Practice of Not Thinking. Siendo él mismo un monje de la escuela Jōdo-shū, le interesaba ofrecer al público lector varios mecanismos para enfrentar la alienación del mundo actual. En medio de una oleada de pseudociencias y charlatanería naturista, debo reconocer que encuentro benévolas las intenciones del libro. Acaso los monstruos que engendró son el único problema aquí.

Koike plantea que, envueltos en una sociedad caótica, lo mejor que podemos hacer para salir bien librados del estrés y el hastío es construirnos, mediante la contemplación, un espacio mental en el que nuestros propios pensamientos no resulten abrumadores ni tortuosos. Recomienda cosas tan sencillas como prestar atención plena a la hora de comer, así como realizar con parsimonia ciertas actividades diarias, a fin de no convertirnos en equilibristas que hacen malabares con responsabilidades simultáneas.

Son buenos consejos, sí. Aunque, hurgando tan solo un poco en mi memoria, estas reglas del buen vivir no son, en absoluto, algo que mi abuela no me haya dicho mientras esperaba que terminaran los comerciales de su telenovela favorita. ¿Necesitamos que cada tanto se nos recuerde que el agua moja? Quizá. Pero valdría la pena cuestionar el sitio desde el que se propagan los instructivos de autoayuda.

Mindfulness, la palabrita consentida de la psicología pop desde hace al menos una década, sufrió una migración semántica importante cuando se le incorporó en los perímetros de la oficina: pasó de referir la atención sostenida en el momento presente a implicar también la suspensión absoluta del juicio. Esta práctica procura la aceptación del instante inmediato, evadiendo la reactividad. Los departamentos de recursos humanos en todo el mundo han llenado los espacios de trabajo con dinámicas de mindfulness cuyo fin es reorientarla mente del proletariadogodinato para que conviva en paz con las responsabilidades acumuladas que le generan estrés. Talleres, cursos y papelería decorativa se aglutinan en los cubículos con tal de volver más amistosa la lógica de un mundo que nunca para. No se busca abolir la fusta, sino acostumbrarse a sus latigazos.

¿A quién le conviene que seamos capaces de trabajar de forma continua sin ver mellada nuestra tranquilidad en el proceso? Exactamente a las mismas personas a las que les conviene la productividad ininterrumpida.

III

Estar quieto me da comezón. Me pica el cerebro lo mismo que las extremidades cuando debo quedarme rígido en un sitio, ya sea mental o físico. Mis neuronas y mis pies siempre han preferido las digresiones.

A menudo, cuando me encuentro tullido de estrés o entorpecido por mis pendientes, basta una caminata larga para distender los músculos y el pensamiento. Disfruto los trayectos holgados que permiten entretenerme con un álbum musical, reproducido íntegramente desde mis audífonos. ¿Algún monje budista tomaría por defecto mi aversión a la quietud? En todo caso, estoy seguro de que ese es el motivo por el que soy incapaz de recitar mantras al mismo tiempo que tuerzo el cuerpo en flor de loto.

Lo supe —o lo confirmé— en terapia. Una de muchas. La psicóloga en turno era proclive al Gestalt y yo estaba lo suficientemente desesperado como para que no me importara. Ella no parecía estar muy convencida de las bondades de mi ocio; la espantaba un poco el hecho de que no dedicara espacios del día a hacer nada. Parte del plan de progreso que ella había trazado para mí consistió en potenciar mi conciencia sobre los pensamientos y sensaciones del presente (usaba, ay, la palabra sentipensamientos). Tuve por encargo sentarme en un parque a mirar un árbol sin hacer otra cosa que quemar calorías. Sin juicios, sin soliloquios, sin intelectualizaciones de por medio.

Ya en el parque tardé un rato en quitarle nitidez a las cosas. Logré ignorar al par de adolescentes que, tendidos a unos metros de distancia, atentaban contra la moral pública y la higiene dental. Me vi obligado a convertir el bullicio urbano —alarido de cláxones y carrocería— en una suerte de ruido blanco que llegaba de lejos para diluirse entre mis tímpanos. Las hojas del árbol dejaron de ser hojas, vueltas un manto homogéneo tamborileado por los dedos del aire. Abrazado amablemente por una atmósfera en la que todo ocurría con desbordada levedad, me dije al fin: qué pendejada.

IV

El bienestar es un mercado. No son nuevas las empresas ni los conglomerados que se abalanzan sobre potenciales clientes ofreciéndoles una miscelánea casi caricaturesca de artificios que —aseguran— mejorarán su vida: multivitamínicos muy a menudo innecesarios, malteadas hipocalóricas, cojines fisioterapéuticos, herbolaria milagrosa, manuales de feng shui, etc. Aturdidos por la publicidad de suplementos y homeopatía, hemos ignorado las dimensiones de la industria de la salud mental. De acuerdo con un reporte realizado en 2018 por el U.S. Department Of Health And Human Services,1 14% de la población estadounidense comenzó a meditar con el fin de mejorar su salud. Los efectos de la expansión global de esta tendencia son notorios: se estima que el mercado de las aplicaciones de meditación alcanzó un valor, en 2024, de cinco mil millones de dólares.2

Abundan las apps de salud mental cuyo funcionamiento, palabras más, palabras menos, consiste en llevar un recuento del estado de ánimo a lo largo del tiempo. Mediante journaling minimalista, al usarlas te conviertes en tu propio evaluador. El registro de las emociones y su periodicidad puede resultar muy útil (recomendable incluso) para las personas que poseen un diagnóstico de salud mental que las orilla a poner especial atención en sus patrones de conducta (como ocurre con la ciclotimia, por poner un ejemplo). Tengo motivos para creer que esta dinámica es contraproducente en otros contextos.

Daylio (disponible para ser descargada en cualquier sistema operativo) es una aplicación en la que el usuario debe puntuar su estado de ánimo en una escala del 1 al 5, de modo que, a partir de la identificación de patrones emocionales, pueda mejorar su gestión. Pregunto: ¿es realmente sano interpretar la felicidad propia en términos de tendencias gráficas? ¿Mejorar las métricas no es, acaso, una condicionante de estrés adicional?

Happify, por su parte, plantea diferentes actividades y juegos que, al completarse, acumulan puntos de progreso emocional. Pregunto: ¿la felicidad es una meta que se alcanza después de acumular puntos como quien juega en un arcade? ¿El bienestar puede entenderse como un producto gamificado?

Presas de nuestra propia desesperación por hallar la paz, hemos convertido a la felicidad en un estado cuantificable. Las emociones humanas, interesantes por su ambigüedad y fascinantes por su riqueza, han comenzado a entenderse desde un reduccionismo atroz. Peor aún: la idea de la mejora personal ha sido tomada como el imperativo moral de nuestra época.

V

Abrí la versión beta de la aplicación deseando que su mecánica fuera menos lela de lo que mis prejuicios esperaban. Para sorpresa de nadie, la experiencia fue incluso peor. Dediqué quince (no diez, no veinte) minutos de mi día a permitir que una vocecita hecha con inteligencia artificial me instruyera en las generalidades del budismo y los beneficios de la meditación. Cada una de las sesiones variaba en tema (algunas se centraban en combatir el estrés, otras, el enojo, etc.) y seguía más o menos el mismo guion, que terminaba con ejercicios de relajamiento y respiración.

Los usuarios compartíamos un chat grupal en Slack, plataforma de comunicación corporativa que espero no volver a usar de aquí a la tumba. Teníamos que reportar periódicamente nuestro estado, atentos a cualquier indicación emergente de los coordinadores.

Fue a medio periodo de prueba cuando las quejas comenzaron. Con inglés deficiente, alguien en el foro había contado que el escaneo corporal (la técnica de desplazar la atención en las sensaciones del cuerpo desde la cabeza hasta los pies) lo ponía más nervioso que templado: lo abrumaba la intensidad con la que era consciente de sus extremidades, como si cada palmo de la carne se hubiera vuelto más sensible; la descripción se parecía mucho a la de un ataque de ansiedad.

Las quejas solo aumentaron. Un par de personas relataron sentirse disociadas tras un par de semanas de práctica, como si su sistema límbico se hubiese desentendido por completo de sus propias emociones.

Los coordinadores del proyecto ignoraron, invariablemente, todos los comentarios negativos del equipo evaluador. Recuerdo apenas la tarde en la que otro mensaje automatizado me avisó que el trabajo había concluido, que tendría que esperar unos días a que el pago se depositara en mi cuenta de banco. La aplicación no ha sido lanzada. Desconozco si sus diseñadores han decidido abortarla o, peor, esperan pacientemente a liberarla en el momento oportuno.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
“Coyote Go’oi”, escultura y foto de Daniela Plascencia. Este cuento es un ejercicio de écfrasis basado en la pieza, un intercambio de aullidos entre ambas: la artista y la autora.

Las personas que aparecen en los sueños son representaciones teatrales de algún yo inconsciente. Ajá, eso dicen. Esta vez no es así. Lo hueles, lo sabes: es un encuentro onírico compartido. Quien está frente a ti en este sueño no eres tú disfrazada, es realmente la presencia de don Tenorio. Se cambió tantito el físico, rejuvenecido y con cuerpo de coyote por debajo de su cuello. Antes de dormir, presionaste, en círculos, el pecho con la mano izquierda, el vientre con la mano derecha. Don Tenorio te había dado las instrucciones:

Para que conozcas tu ser interior, tu coyote.

Durante los masajes circulares previos al sueño, te imaginaste que entrarías en la selva de tu propia mente, pétalos de todos los colores como suelo, estrellas en los árboles, hierba de algodón. O que recorrerías, sobre una concha flotante de caracol, el mar de tu infancia y de tu adolescencia. O que verías, en las plantas de tus pies, los símbolos de tu destino. Ni por un segundo te cruzó la idea de que, dentro de ti, en los pasillos escondidos de tu ser, estaría, como elemento central, la presencia verídica de don Tenorio.

En el terreno árido de la realidad, tú fuiste la primera en buscarlo. Te contaron de su sabiduría en un viaje a Tochi, pueblo mayo bordeado por un bosque de cactus. Buscabas temas para transformarlos en cerámica de baja temperatura, esencia vieja de la cultura del norte para exponerla en galerías contemporáneas de la Ciudad de México. En la carretera por la sierra, un puberto que atendía unos abarrotes te vendió una Coca Cola retornable de vidrio y te indicó el camino:

Busca a don Tenorio. Es el único maestro nuestro que habla español. Vive en la casa azul que está enfrente de la iglesia. Vas a ver una cascabel colgada en la chapa.

Ahí estaba don Tenorio, exactamente como lo indicó el buqui, en su porche de cemento, camisa abierta a un pecho con canas, meciéndose en la mecedora bajo la sombra.

Buen día, maestro, le dijiste.

Buen día. Pásele.

Te sentó al lado de él, te sacó una taza de café soluble. Te deslizaste en una confianza instantánea, en el tiempo lento de las metáforas. Él encontró en ti, Elena, una discípula ingenua, motivada. Lo roció de juventud tu risa fácil, tu boca muy abierta, el temblequeo fresco. Se quedó serio cuando le dijiste:

Mi última escultura fue un coyote.

Te preguntó por qué. No supiste responder en una frase estructurada. Instinto. Atracción desde niña. Los perros, los lobos, los coyotes. La libertad en cuatro patas, los dientes de fuera, la lengua al aire. El aullido. Para ti, idioma del alma, voz que atraviesa portales, llamado directo a las raíces que nos unen con cualquier ser vivo.

Tenorio te escuchó sin dejar de mecerse, los dedos peludos y sus palmas presionando las mangas de la mecedora, la gravedad sexual hacia tus ojos negros y bríos incrustados en tu cuerpo embarrado de belleza relente subiéndole, quedito, quedito, la tensión arterial. Rareza una citadina como tú, con aire puro en los huesos y en la mente. Pero el gesto de sabio lo tiene bien ensayado, barbilla levantada, mirada entrecerrada, interjecciones nasales, y tú te dejaste llevar porque es un maestro y le abriste, con las dos manos de la voluntad, la puerta blindada de la memoria, de los anhelos y de las obsesiones.

Así está don Tenorio en tu sueño: barbilla levantada, mirada entrecerrada bajo el sol de mediodía que escurre en cascadas hirvientes a la sierra. Las canas del busto de Tenorio se unen a los pelos del pecho del coyote. Aunque el cuerpo sea diferente, la presencia pesada del maestro es la misma. Y su voz. Ronca, morosa:

Haces bien, Elena, te estás dejando llevar por el aire. Te falta fuego. Soltar y dejar transformar las cosas por lo que son.

Un calor sube por los muslos y no los ves. Sabes que tu cuerpo existe, pero no sabes si estás vestida o no, si eres humana o animal, si estás sana o en pedazos. Los pasos caninos de Tenorio acercándose a ti en inhalaciones profundas te aumentan la angustia hasta sacarte del sueño.

En la oscuridad de tu cuarto, te tocas las piernas y el vientre caliente. El coyote, cuando está frente a alguien, significa que ya le dio una vuelta antes desde lejos. ¿Significa que don Tenorio ya había estado rondando por el patio de tu inconsciente? La luz del celular se prende.

Te vi hecha bolita en el monte

El monte te cubría con una manta

Te dije que me acompañaras y te fuiste

🙁

Te quiero hacer una pregunta

Pero no quiero que pienses que estoy siendo invasivo

Dime, qué pasó

¿Estás menstruando?

No, estoy a una semana

Contestas y luego te arrepientes. ¿Por qué le sigues dando información? Dejas la cama que compartes con Emilio y sales al jardín, a la noche tibia de Hermosillo. No has prendido tu cigarro cuando, espejismo de la pesadilla, una rata corre por la barda. Un escalofrío te recorre y gritas. Descalza, caminas sobre la hierba seca y te pones en cuclillas. El chorro fogoso de pipí te salpica, pero una conexión a la tierra en el acto te consuela.

Elena, ¿qué te pasa? ¿Por qué no vas al excusado como una persona normal?

Soñoliento, las palabras de tu novio se pegan entre sí, mocosas. La pregunta y el tonito aumentan el sofoque. La falta de aire, el maestro en el sueño, qué horror, la rata por la barda, qué asco, y ahora Emilio en sus bóxers aguados. Su silueta de hombre fornido, de repente, por primera vez, te disgusta. Cien abdominales diarias, cien sentadillas, cien lagartijas. Repetitivo. Maquinal.

Elena, ¿qué onda? Pareces loca.

Aún en cuclillas, culo al aire, pies sobre el pasto, hueles la orina y la relacionas con Emilio y con el maestro en el sueño: desechos que hay que sacar del cuerpo. O estás confundiendo la sensación del sueño con la realidad. Si con Emilio todo va bien, no tarda en darte anillo.

¿Y por qué gritaste, Elena? Seguro se te cruzó una cucarachita y despertaste a toda la pinche cuadra. ¿O qué fue, amor?

Mientras te enderezas, analizas el acento demasiado golpeado de Emilio y piensas: no, las cosas no van tan bien. En que esas preguntas no pueden estar bien si el sofoque sigue aumentando. Si no es nada nuevo, si así anda siempre, todo needy. Por qué no pensaste en mí, hermosa, en mi horario, en que ya había acabado de trabajar. Vamos por unas alitas, ándale, gordi, acompáñame. Asfixia decorada. Cuántos te amo al día en palabras escritas por mensajes de redes sociales, o pronunciadas por llamadas, o susurradas cuando cogen en la cama king o cuando se toquetean en los semáforos.

Elena, contéstame, gordi, por favor, te dice Emilio. Me despierto de una pesadilla y parece que estoy en otra.

Su sufrimiento: método impecable, garantizado. Pesadillas, problemas con el jefe, inferioridad, soy lo peor, perdón. La víctima eterna implica, requiere, exige la atención y el cariño del otro. Yo también te amo, Emilio. Ya voy. No te preocupes. Ceder, ceder, ceder, humectar exigencia.

En el pecho descubierto y lampiño de tu novio, comparas la superficie lisa con las trencillas del torso de Tenorio tejidas al cuerpo del coyote en tu sueño. ¿Por qué no eras tú la que estaba tejida al coyote? Desde la habitación blindada de tus anhelos, don Tenorio se mezcló y violó. El maestro entró en huecos, en rincones íntimos sin permiso y, prepotente, manipuló tu cabeza. Tenorio te arrancó tu anhelo y se lo tejió al cuerpo.

Mañana tengo un día pesado y sabes que me va a costar volver a dormirme. No me traje mis pastillas, se me olvidaron en el gimnasio.

La voz de Emilio penetra en el agua de tu cuerpo como burbujas amorfas de mercurio. Adviertes cómo Emilio busca, a toda costa, tejerte con él, con los hilos de las desgracias cotidianas, psicológicas. Te acercas a él para analizarlo, y en el roce de los muslos, percibes una gota gorda que sale de ti y humedece el calzón. El susto te detiene. ¿Cómo puede ser sangre si todavía no te toca menstruar? ¿Cómo pudo verlo don Tenorio en el sueño?

Emilio se desespera de tu silencio y te toma un brazo. El contacto te clarifica la repulsión por las pupilas ahogadas de inseguridad, los pómulos de muñeco, los labios de carne blanda que no saben callar, las orejas bloqueadas. Emilio, en miniatura, está sentado en una silla con cinturón al centro del cerebro del propio Emilio. El cerebro, sí, muy rico en datos, historia, cultura, música, economía. Pero todo lo vive desde esa silla empotrada donde está bloqueado su alter ego. Y desde ahí también te ve como él te quiere ver, como él quiere que seas, con todas las capas de expectativas cerebrales que no le permiten percibirte ni a ti ni a tu coyote. Coyote solo tuyo. Ni de don Tenorio, ni de Emilio, quien inhala con mocos, tose, con su mano grande hace círculos en el músculo blando de la nariz, rascándose, y luego te dice:

¿Por qué me haces esto, amor?


Autores
(Hermosillo, 1991) ganó el Premio Nacional de Poesía Elías Nandino 2023 con Orquídeas de petróleo, editado por el Fondo de Cultura Económica y Tierra Adentro. Publicó Agua vacía (UNISON, 2024), Segunda virginidad (Paraíso Perdido, 2021); y Arigatou goza-y-más (Elefanta/ISC, 2019), premiado en el Concurso del Libro Sonorense y traducido al inglés por Sendb00ks en 2021. En 2020 ejerció como Jefa de Literatura y Bibliotecas del Instituto Sonorense de Cultura. Como productora publicó en The New York Times el documental “The Death Cleaner”, nominado a los Emmy Awards, “Rocío and me” en The New Yorker y “Nigeria’s Dancer For Change” en Al Jazeera. Ha participado en exposiciones desde la pintura, el performance o la escritura en México, Francia, Holanda y Colombia.
Fotografía de María Guadalupe, tía de Karol y Evelyn. Fuente: AD Noticias, agosto de 2021.

Doce campanadas son la cuenta para establecer una larga lista de propósitos de Año Nuevo. Cumplirlos toma aún más años en algunos casos, y para la señora Guadalupe ya casi van ocho que ha implorado su único deseo desde el 23 de enero de 2017: encontrar a sus sobrinas Karol y Evelin. Tenían doce y nueve años respectivamente. Mientras se quedaron como eternas niñas en la memoria de la mujer, ella se quedó siempre anhelante, en una búsqueda que se vive infinita.

El destino sería cruel con Guadalupe, quien, con los días de ausencia, pasó de pedir verlas otra vez a solo tener una pista mínima de ellas. “Mi gran dicha sería saber que están vivas”. Lanza la plegaría desde lo profundo de sus ojos hundidos, de los que parecía imposible el encauce de un llanto; sin embargo, de allí brota una lágrima más. “Hay mucha desesperación”.

Nadie podría contradecirla. A sus 63 años, su búsqueda la ha llevado a través de la indiferencia de las autoridades hasta las fosas comunes en las que descansan los marginados sin nombre. Ha recorrido estos valles de desesperanza como un fantasma que vuelve a un pasado inexorable. En su caso, fue una simple visita a una papelería de Chimalhuacán, Estado de México. Así fue como vio a sus sobrinas irse en un camino hacia ningún lugar.

Historias comunes en zonas pobres

Las observas; las reconoces como tus pequeñas, el par de niñas que has cuidado, aunque no las hayas dado a luz. Las miras entusiastas, con ganas de ir a la escuela. Te piden permiso para ir a la papelería, a comprar ¿colores?, ¿monografías? En primera instancia, te preocupa el dinero para darles. Vender ropa de segunda mano es insuficiente para mantener a dos niñas.

La pobreza te asfixia más con cada año que pasa. Tu familia es considerada de escasos recursos, al igual que muchas en este municipio. Y como a otras, los peligros acechan en cada paso. Sientes un escalofrío de desconfianza al verlas alejarse hacia la papelería. Si hubieras sabido que sería la última vez que estarían frente a ti, las hubieras fundido en un abrazo a ambas en tu corazón.

En lugar de tus brazos, ellas se encontraron a otros extraños dispuestos a arrebatar inocencias. Lo viste tú misma en un video que conseguiste de la cámara de seguridad de un local, a casi un mes tras haber reportado la desaparición de tus sobrinas. En la grabación aparecen dos mujeres; engañaron a las pequeñas para llevarlas lejos de ti. Desaparecen en una frontera inaccesible para ti, hacia un destino más oscuro. Su ausencia es el único rastro que te queda de ellas.

El tiempo apremia, lo sabes. Acudes a la fiscalía de Chimalhuacán para reportar la desaparición. “Se tiene que esperar 48 horas, señora”. No las tienes. Decides sacar copias de las fotos de las niñas para ponerlas en pequeños carteles, debajo de una pregunta que nunca deseaste hacer a nadie: “¿Las has visto?”. 

Fue en ese punto en el que tuviste tu primer encuentro con la desesperación, un huésped que mata la esperanza hasta dejarte con un nudo en la garganta. Su voz fría te recuerda que necesitas más dinero del cual careces para pagar volantes y una lona con la alerta Amber de tus sobrinas. Su abrazo te envuelve con frustración. Por desgracia, el visitante sería recurrente.

Te alivia un poco saber que el señor de la lona te la dejó a pagos. El principal problema son las autoridades y su falta de disposición, ni siquiera te toman en serio. Estás sola en la búsqueda, tu otra sobrina ya no puede acompañarte a la fiscalía por falta de recursos. La desaparición también se llevó tu salud. Cada día te acercas a la ruina y sabes que te derrumbarás pronto.

La deriva te lleva a un grupo de mujeres con playeras moradas y un mensaje que expresa lo que deseas para tus sobrinas. El lema te cae como refugio: “Nos queremos vivas Neza”. Con ellas, escuchas experiencias similares a la tuya y te ofrecen apoyo.

Elsa Arista ha estado en la asamblea de la colectiva durante siete años. Cuando habla de lo que sucedió con Karol y Evelin, el pesar de su mirada se vuelve nada ante la impotencia y la furia que escapan de su voz firme. “Son historias que, desafortunadamente, son comunes en zonas pobres”.

Un punto de encuentro tras las desapariciones

Desde el 23 de enero de 2017 al 21 de diciembre de 2024, se contabilizan 637 mujeres desaparecidas, no localizadas y localizadas en Chimalhuacán. Respecto al Estado de México entero, hay 6 mil 837 personas desaparecidas y no localizadas, de las cuales 6 mil 638 parece que la tierra las ha devorado, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO). 

En cuanto al número de personas desaparecidas, no localizadas y localizadas en el Estado de México, suman 3 mil 214 niñas y adolescentes de entre cinco y catorce años que han sido reportadas como desaparecidas desde el día en que Guadalupe vio por última vez a sus niñas. Los rostros de Karol y Evelin conforman este mar de ausencia en expansión.

Elisa Artista ha pertenecido a “Nos queremos vivas Neza” desde hace siete años. Es activista y dentro de su colectiva ha sido la mujer de las mil profesiones: abogada, historiadora, asesora jurídica y hasta ha brindado acompañamiento a víctimas y familiares de personas desaparecidas, entre ellas, la señora Guadalupe.

En su mirada hay un contraste entre la esperanza y la desilusión más allá de lo humano. Lo único que puede verbalizar, lo que desbordan sus ojos, es un logro a cuestas: “Ha sido difícil hacer valer los derechos de la mujer. Ha sido difícil que en México trascendiera”. 

En su experiencia, los principales obstáculos para encontrar a un familiar desaparecido y acceder a la justicia tras una vejación es la apatía de las autoridades. “No quieren hacerlo. Normalizan la violencia machista y no ven a las mujeres como sujetos de derecho”. Incluso menciona que ha escuchado en más de una ocasión una excusa para comenzar la revictimización: “Están exagerando”. 

Esa actitud es constante en el caso de Karol y Evelin. Las autoridades nunca prestaron la atención requerida. La indiferencia es el único saludo que Guadalupe recibe, incluso por parte del padre de una de ellas. “No se enojó ni nada. Sospechamos que él se las llevó para entregárselas a alguien más o las tiene trabajando”, explica con pesadez en su voz.

Con un inesperado atisbo de negación, complementa su hipótesis acerca de sus sobrinas: “No hay rastro de que las hayan matado, pero sí podrían ser víctimas de trata, o el papá las vendió”. Sin esperanza y sin resignación, la mujer intenta explicarse qué podría haber pasado con ellas para tener algo además de preguntas sin respuesta.

Aquella sensación de extravío se extiende hasta las entrañas de Guadalupe. “Me sentí muy mal. Me enfermé, estaba deshecha”. Sus palabras conforman un llanto que se asemeja más a un reclamo. “Estaba perdida, caí en coma. Estuve a punto de morir. Me recuperé, pero perdí la vista de un ojo temporalmente”.

En sus momentos de extrema necesidad, la colectiva la apoyó para que recobrara la energía y reanudara su búsqueda. “Me daba ánimo para seguir adelante, feliz de saber que no estoy sola”. De forma inesperada, el naufragio en el que Guadalupe vivía se convirtió en un punto de encuentro con otros familiares de personas desaparecidas. Un epicentro de resistencia junto a las activistas de “Vivas nos queremos Neza”.

Sin embargo, el mayor impedimento en la búsqueda es la pobreza; la mujer carece de los medios para acudir a las fiscalías y a las morgues. Acude a estos lugares a pie en trayectos que duran horas. Elisa está convencida de que ser pobre es una condena a la injusticia. En su experiencia, cada que sucede un crimen, las personas de escasos recursos suelen ser ignoradas. “Se criminaliza la precariedad”.

Enojo, impotencia, rabia

“Vivas nos queremos Neza” es una colectiva de apoyo jurídico y psicológico dirigido a víctimas de violencia de género y personas con familiares desaparecidos. Elisa considera que son el primer filtro al que acude la gente para exigir justicia. Conoce las respuestas más comunes en este proceso: “Se fue con el novio, se fue porque quiso”.

La pusilanimidad de las autoridades desencadena un ciclo de emociones que consumen los días de Elisa. Las evoca con una abnegación propia de una penitente al rezar. Son las mismas oraciones que se han pronunciado entre quienes buscan los restos de sus desaparecidos y conforman una procesión sin quererlo: “Enojo, impotencia, rabia”.

Elisa vive con el dolor que comparten las madres buscadoras y familiares de víctimas de feminicidio. La penuria se exacerba con la desestimación característica de la impunidad. Se puede leer que ha tenido decepciones y victorias en las líneas de expresión en su rostro.

El caso Ana María: la quemaron viva en su casa por las torres de Chimalhuacán. Otra zona de escasos recursos. “Vivía en una casa de cartón. Iba a irse a una fosa común por su situación económica. Su papá no tenía los documentos para probar que era su hija. Merecía una muerte digna”.

Ha vivido algunos episodios de éxito. El ardor también lo comparte Elisa, quien espera llegar a más mujeres víctimas de violencia. “Somos una opción para mujeres violentadas. Es un proceso que se ha ganado desde las redes sociales”. El fruto de su esfuerzo se materializa con amor. En “Juntas comemos, juntas florecemos”, una campaña para ayudar económicamente a las mujeres, ha visto cuán lejos pueden llegar con apoyo.

El punto culminante fue el caso de Diana Velázquez en 2017; provocó tal indignación que desbordó las calles. “Se logró la primera marcha masiva en Chimalhuacán. Fue un feminicidio que generó reacción en la comunidad. La mamá, la señora Lidia, se empoderó”.

Durante ese mismo año participó de forma activa en la búsqueda de Karol y Evelin. “Hace tres años tuvimos que obligar a las autoridades a realizar el retrato hablado de cómo lucirían en la actualidad”. La principal exigencia para continuar es el estatuto de “víctima” para la señora Guadalupe. Debido a esta omisión, las autoridades se deslindan de otorgar recursos económicos para impulsar la búsqueda.

En la actualidad, la investigación permanece sin avances. “No hay rastro. Dijeron (las autoridades) que iba a revisar, pero no hay ningún dato”, menciona Elisa la situación que ha enfrentado Guadalupe. Explicó lo que la mujer prefiere callar antes de contemplar la posibilidad que sus sobrinas se hayan esfumado hacia un no lugar más allá de la vida y la muerte.

Pasos entre las fosas comunes hacia la esperanza

—Tienes que llevar el fuego.

—¿Dónde está? Yo no sé donde está el fuego.

—Sí sabes. Está en tu interior.

La carretera (2006), Cormac McCarthy

Guadalupe nunca olvidará la última noticia que tuvo de la investigación sobre sus sobrinas. Podría describirse como un cielo oscuro sin estrellas. Faltaban registros de defunción, pero las autoridades llamaron a la mujer a reconocer cadáveres a una fosa común de Tlalnepantla.

Una vez más, Guadalupe tomó su fiel par de zapatos que guardan mil historias. Con ellos se ha sostenido en las calles mientras grita consignas de justicia; la han llevado a los edificios lujosos de las fiscalías; y con ellos ha pisado los campos desolados en los que se cosecha muerte y se espera encontrar lo que alguna vez fue un ser amado.

En la mayoría de las ocasiones lo hacía acompañada, pero esta vez iría sola. Su otra sobrina se quedó atrás por falta de dinero. El corazón debilitado por la enfermedad aún late, aunque es difícil determinar si es por el miedo de lo que encontrará en Tlalnepantla o la expectativa de hallar una respuesta que le dé paz.

El tiempo de traslado fue tortuoso, como lo han sido los anteriores. Entre la luz mortecina de aquel lugar, el caminar se vuelve frágil, con piernas temblorosas que se sobreponen una delante de la otra para evitar perder el equilibrio. Los pasos conducen a Guadalupe hacia un recuerdo que enciende su corazón.

También son pisadas, solo que diminutas e igual de torpes. Es una niña de cinco años, apenas en pie, la que llega a casa de Guadalupe por su propia cuenta. Sin hablar, sabe cómo expresar que necesita de alguien. Un par de miradas son suficientes para tomar la decisión de abrazarla como si fuera tuya. “Llegó sola conmigo desde que era bebé. La metí a la escuela”. Su nombre es Evelin.

La pequeña Evelin crecería con una hermana. En esa casa ya vivía Karol Guadalupe. “Su madre murió y me la dejó porque no quería que su padre hiciera cosas malas con ella, como ponerla a trabajar o abusarla. Crié a mi Lupita”, cuenta Guadalupe. Con los escasos medios para adoptarla, eligió hacerse cargo de ella. Tres años después, llegó Evelin. De pronto, la mujer tenía dos hijas por decisión, por amor.

Retroceder era impensable para Guadalupe, estaba convencida que esas niñas estudiarían. Quería para ellas un futuro más allá de los tianguis de segunda mano y las jornadas desesperadas en las que debían pepenar para traer algo a casa. “Yo compraba todo lo que necesitaban para ir a la escuela, las ayudaba con las tareas. Cada Día de Reyes, les regalaba ropa”.

Ellas eran su garantía de un mejor final para una vida que comenzó con abandono. Si ellas no eran esperanza, significa que nunca existió tal cosa. Había grandes sueños para las chicas. “Querían salir adelante. La más pequeña quería crecer para cuidar a su papá. La otra niña quería ser modista y seguir estudiando”, Guadalupe mencionó las aspiraciones que ellas dirían de estar a su lado.

Ella solo tenía un deseo. Lo soltó en un llanto fundido entre la ilusión y el desespero al encontrarse ante un abismo. “Mi gran dicha sería verlas hechas unas señoritas, verlas crecer y prepararse”. Años después, ese sueño quedaría muy lejos, al final de una fosa común en Tlalnepantla.

Tras buscar, el hallazgo sería el mismo que el de hace años: ausencia. “No había nada”. La frialdad con la que comunicó la última noticia de las autoridades proviene desde lo profundo de su impotencia. De un momento a otro, una chispa de esperanza provocó un incendio dentro de ella.

“Yo quiero que las autoridades me ayuden porque es una desaparición. Que no nos hagan menos”, en su rostro se deslizaba una lágrima que la avivaría aún más. “Hay mucha desesperación para mí y otros que tienen seres queridos desaparecidos”. Ese llanto dejó de ser un río. Laceraba y surgió envuelto en llamas. Guadalupe encontró el fuego en su interior que la hizo cuidar de sus niñas, y que la impulsaría hasta encontrarlas.

Fuentes y referencias

Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO): versionpublicarnpdno.segob.gob.mx/Dashboard/Sociodemografico

Publicación de “Nos Queremos Vivas Neza” (Karol Guadalupe y Evelin Marisol). Facebook, 15 de marzo de 2021: www.facebook.com/story.php?story_fbid=4037181032993053&id=1553983211312860&rdid=6hgAMb93dcJK1SFI

“Nos Queremos Vivas Neza”, Facebook: www.facebook.com/@NosQueremosVivasNeza/

Publicación de “Nos Queremos Vivas Neza” (Karol Guadalupe y Evelin Marisol). Facebook, 5 de diciembre de 2024: www.facebook.com/story.php?story_fbid=984681903694288&id=100064574626884&rdid=QtMAX3NdEFR5idA3

“‘Por favor, ayúdenme a encontrar a mis niñas’: sin rastro de Karol y Evelyn, desaparecidas en Chimalhuacán hace 4 años”. AD Noticias, 13 de agosto de 2021: adnoticias.mx/karol-y-evelyn-a-4-anos-de-su-desaparicion-en-chimalhuacan/

Lydiette Carrión. “Salen a la papelería y ya no regresan”. El Gráfico, 14 de febrero de 2017: www.elgrafico.mx/especiales/desaparecidas/14-02-2017/salen-la-papeleria-y-ya-no-regresan

“María Guadalupe, tía de Karol y Evelyn” [fotografía]. AD Noticias, agosto de 2021: adnoticias.mx/wp-content/uploads/2021/08/maria-guadalupe-tia-karol-evelyn-1-1024×768.jpg


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.