Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2015
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Sobre uno de los escenarios del Festival Corona Capital 2013 y abriendo una de las jornadas, dos jóvenes se reparten un par de teclados que de inicio suenan a piano, también hay un violín. Se trata de una delicada puesta en escena a la que le falta el cobijo de la oscuridad. Aun así, el cantante prodiga un canto dolorido, un lamento que da cuenta de una existencia atormentada y a salto de mata.
El cantante se llama Mike Hadreas y quizá nunca imaginó que lo que comenzó como un proyecto en su habitación ahora se mostrara por el mundo —con músicos invitados al directo—. El paso definitivo lo dio durante su inclusión en un programa para rehabilitarse de las adicciones y el consumo de alcohol. Durante años fue un alma atormentada con una vida difícil y llena de escollos que se potenciaba por su condición homosexual, al no encajar en los círculos sociales en los que se movía.
Nacido a principios de los años ochenta, creció sintiendo la sofocante estrechez de la provincia, en uno de los lugares menos abiertos ideológicamente de Estados Unidos: Everett, Washington. Arrancó sus composiciones buscando una catarsis privada en el interior de su cuarto. Le costaba muchísimo encajar en sociedad, por lo que no le quedó más remedio que emprender el viaje hacia la mítica Nueva York, que, siendo capital global de la música, siempre pide un peaje alto a los recién llegados.
Tuvo que pasar por distintos trabajos de poca monta y hasta se vio inserto en los circuitos de prostitución —el hambre suele apretar—. Pero al final encontró la forma de llevar adelante una carrera entre “la urbe de hierro” y Seattle —lugar en el que se estableció—. En algún momento tocó fondo. En una reunión de Alcohólicos Anónimos conoció al músico Alan Wyffels, quien lo puso en marcha y desatoró sus inquietudes.
Talento es lo que le sobra a Hadreas, que se ha volcado en un repertorio lleno de dramatismo —como si fuera un hermano menor de Antony Hegarty— y no duda en imprimir un sello autobiográfico a lo que cuenta, que en un principio era toda una tragedia griega del mundo gay.
Pese a su juventud, vivió mucho y muy rápido, por lo cual desde su disco debut Learning (2010) no ha sonado titubeante o inmaduro; el refinamiento es lo suyo, y de entrada ha mostrado maneras un tanto clásicas —por su amor al piano—, con un apreció a la figura del impresionismo musical como la de Erik Satié, pero también combina otras referencias más densas como Nina Simone y Diamanda Galás; siempre con el uso de un basamento electrónico en las percusiones y otros recursos.
Pero el paso definitivo para obtener la atracción mediática lo dio con el segundo disco. Put Your Back N 2 It (2012) afiló todavía más su manera de componer y los temas se hicieron más llegadores y tremendistas. El video de “Hood” es conmovedor e impactante, potenciado por la presencia del actor porno gay Árpád Miklós, de físico escultural —que terminó por suicidarse el año pasado—. El hombre aparecía con ropa interior, pero aun así Youtube lo consideró inseguro para la audiencia familiar. Como es usual, estos desplantes de censura contribuyeron a estimular la difusión del video y Perfume Genius también se hizo de una mayor cantidad de seguidores.
A la postre, se dieron condiciones propicias para que vinieran buenas cosas en la siguiente entrega. Mike es un chico sagaz y de nuevo sorprendió con una excelente decisión. Su último disco Too bright (2014) fue producido por Adrian Utley, uno de los miembros de Portishead. El inglés aportó ese toque denso que caracteriza su música, aunado a esos momentos crepitantes y de intensidad in crescendo. Otro aspecto interesante, es que Hadreas ha señalado que trató de crear disco menos triste —y en cierto grado lo logró—. El resultado es menos melancólico pero lleno de misterio.
Too bright contiene una de las mejores canciones en su trayectoria: “Queen” es muy bella y profunda, pero también terrible y hasta peligrosa, pues contiene provocaciones como: “ninguna familia está a salvo cuando me contoneo”. La confirmación de sus finos haceres y una sensibilidad que sabe calar hasta la médula —sin importar la preferencia sexual—. Se trata de un joven que padece la enfermedad de Crohn y que no trata de ocultarlo; en “My body” no se guarda nada: “llevo mi cuerpo como un melocotón podrido / es todo tuyo si aguantas la peste / estoy tan abierto como un cerdo eviscerado”.
La producción trata de un peculiar encuentro de acontecimientos y estéticas; un músico invitado es el tremendo guitarrista John Parish —comparsa de PJ Harvey— y en el sonido contó con la colaboración del ingeniero Ali Chant, colaborador también de Yann Tiersen. Por otro lado, Mike quiere mostrarse más glam, incluso su vestuario ha cambiado y es más brillante, mientras que sus letras no dejan de tener un vínculo con el desconsuelo, como ocurre en “No Good”: “para mí el amor siempre ha sido algo escondido / un momento robado en el tiempo / un sentimiento sólo para un rato / y luego arrancado de tus brazos como un niño”.
El artista define las once piezas de su último disco: “tratan de retomar el poder sobre situaciones que antes típicamente me deprimirían, me alienarían o victimizarían”. Mike estaba explícitamente dispuesto a cambiar de rumbo, aunque al final, en dolientes himnos como “All Along”, terminó soltando confesiones tan autobiográficos como: “No necesito tu amor / no necesito que me entiendas / necesito que me escuches”.
Ya lo dijo el poeta Vallejo: “Hay golpes en la vida tan fuertes… yo lo sé”.
En Oaxaca, la Feria Internacional del Libro es organizada por la Proveedora Escolar, una librería que, desde hace décadas, funciona como principal punto de venta en la ciudad. Aquí todavía no llegan las grandes librerías, a excepción de una pobremente surtida Porrúa —lo cual me parecería bien, de no ser por el acaparador intento que sabemos tienen casi todas las empresas en algún punto de su trayectoria—. Esta pequeña ciudad, este espacio desigual y conflictivo, ha sido territorio fértil para empresarios cuya destacada labor se ensombrece por navegar con doble bandera. Vemos así, que la Proveedora Escolar cuenta con cuatro sucursales, un sello editorial y esta Feria del libro.
Este año la FIL tuvo como país invitado a Colombia, una dinámica que les ha funcionado bastante bien a sus organizadores, al traer año tras año a escritores reconocidos. Sin embargo, este trabajo se ve opacado cuando percibimos que en sus stands se ofrecen los mismos libros y sellos editoriales que en las sucursales de la Proveedora. Por supuesto, uno encuentra muchísimos títulos de Almadía—editorial de esta misma empresa—, que, a pesar de contar con diseños de calidad, no ha mantenido una línea de publicaciones congruente; como sucede con Sexto Piso, donde la elección de textos demuestra un interés por ofrecer al lector palabras desde la periferia del mundo.
En el marco de esta expo-venta se presentaron libros de autores colombianos, mesas de diálogo con editores de la misma procedencia y de revistas oaxaqueñas con diversas propuestas para un público mayormente joven. Éste fue el caso de las revistas Yagular, Avispero, El Comején y Trama. Se trató de un intento exitoso —poco frecuente en Oaxaca— de promover el diálogo entre revistas que circulan de manera frecuente en la ciudad y que se enfrentan a los mismos obstáculos. Las editoriales independientes suelen tener problemas similares en un espacio dominado por otras formas de comunicación.
Yagulares una publicación variable que ofrece contenidos especializados en arte contemporáneo del país. Cada número gira en torno a una palabra: “juguetes”, “piedras”, “izquierda”, “lubina”, “pozo”, “humo”. Comenzó como un complemento literario de El Jolgorio cultural, revista recientemente extinta de la Fundación Alfredo Harp Helú, otro de los magnates culturales en Oaxaca, que con seis años de publicaciones mensuales ininterrumpidas marcó un parteaguas en el estado.
Avispero es una revista bimestral que nació de un taller de creación literaria impartido por el escritor Leonardo da Jandra en la biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), desde hace poco más de dos años. El taller surgió ante la nula oferta educativa en las áreas de literatura y creación en Oaxaca. Cada número indaga en la literatura de un país, y ante el buen acervo del IAGO, Instituto creado por Francisco Toledo para aminorar las lagunas que el Estado deja con cada administración, es posible que los talleristas lean casi por completo la obra de un autor. Como en todos los espacios formativos, Avispero trata de compartir una perspectiva de análisis, una forma de leer y de acercarnos a lo dicho, a través de escritores jóvenes, quienes, hasta cierto punto, deben defender su propia voz y cometer un parricidio metafórico.
Recientemente El Comején publicó el primer número de su tercera época, a cargo de la Biblioteca Pública Central. La publicación pretende enlazar las diferentes bibliotecas del estado, difundir sus acervos, promover la lectura y dar a conocer una breve muestra del trabajo de artistas emergentes. En esta ocasión, publicaron algunos grabados de Alan Altamirano (MK Kabrito), artista plástico integrante del taller de gráfica La Chicharra.
Trama es una revista digital centrada en el diálogo entre arte y moda. En esta ciudad, donde el público está acostumbrado a conseguir las publicaciones antes mencionadas de manera gratuita, Trama se presenta como un intento por descentralizar las formas del discurso. Paradójicamente, la mayoría de sus colaboradores son egresados recientes de alguna universidad en la ciudad de México que escriben sobre el arte y la moda de la capital y de otras latitudes mundiales. Esta perspectiva me parece necesaria en un nivel informativo, pero sería mucho más interesante si esos análisis indagaran igualmente en aquello que se escapa del poder adquisitivo de las élites y abarcaran otros aspectos como la producción, los problemas éticos y de responsabilidad compartida en cada pieza, así como distintas alternativas, ancladas a nuestra historia en la producción de textiles.
El panorama de publicaciones periódicas en Oaxaca se encuentra saludable, como mencionó en la mesa de diálogo Juan Pablo Ruiz Núñez, editor de Yagular. Nunca antes había existido tanta oferta en esta ciudad que se caracteriza por su multiculturalidad, pero donde también resultan frecuentes los cacicazgos, la apropiación de la cultura y de la voz del otro en beneficio propio, un beneficio usualmente económico.
Cuando escribimos tenemos la responsabilidad ética de generar movimiento mas no apropiación. El lenguaje es una puerta hacia aquello que de otra forma no podríamos nunca llegar a conocer, y es por eso que nunca se trata de uno mismo sino del otro, del, a veces, misterio compartido.
Es difícil pensar en un escritor mexicano más interesado por la sociedad que José Revueltas, quien, a menudo, veía comprometido su quehacer literario por su activismo político. José Manuel Mateo nos introduce a la obra política de Revueltas, desde los textos panfletarios que publicó a sus veinte años hasta el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, para después mostrarnos la evolución de su pensamiento.
¿Cuál habría sido la tarea más importante del proletariado? La pregunta, escrita de esta forma, concede por ahora que el término resulta anacrónico, y probablemente lo sea para una jerga propia del análisis que se concentra en las vicisitudes del sistema de partidos vigente en México, o para quienes se colocan a buen resguardo de sus antiguas afinidades doctrinarias. Pero la pregunta, anacrónica e inoportuna, brinda la ocasión de asomarnos a los ensayos de un José Revueltas que desde los veintitantos años tuvo un punto de vista excéntrico a la hora de “pensar el proletariado”, de configurarlo a partir de los elementos que la historia y la realidad aportan.
Casi de manera automática se antoja decir que las tareas proletarias consistieron en demandar mayores salarios, menor jornada de trabajo, contratos colectivos que frenaran los abusos patronales, y eventualmente se agregaría a la serie la lucha por la independencia del país frente a las potencias extranjeras o la solidaridad con los reclamos campesinos. Sin embargo, tales aspiraciones y propósitos no generan la expresión de un interés propio (como diría Jacques Rancière) y sólo corresponden al programa provisional de esa identidad poliédrica asociada al trabajo fabril y urbano. En oposición a la enumeración previa, el proletariado tiene ante sí, de acuerdo con Revueltas, la “importantísima tarea de trazarse un punto de vista teórico sobre sí mismo”. El desarrollo cabal de esta postura se encuentra en el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, de 1962; sin embargo, desde 1939, en “La Revolución Mexicana y el proletariado” y “La independencia nacional, un proceso en marcha”, Revueltas sugiere que la primera gran tarea proletaria es de carácter intelectual. Habría que remitirnos primero al Ensayo.
En el Ensayo, Revueltas dice que el proletariado se define a sí mismo por oposición: es una clase negativa que busca tomar distancia de la propiedad privada y oponerse a ella porque el proletario percibe que esa forma de la posesión desplaza lo humano del centro de interés, de modo que el cuerpo y todo lo que en él se preserva queda relevado o pospuesto indefinidamente. El primer impulso consiste por ello en recuperar la “condición humana” que la propiedad niega o esconde. Es verdad que si actúa contra la propiedad (cuando destruye las máquinas o los bienes), el proletario expresa su voluntad de recuperarse, de volver visible su existencia como sujeto; sin embargo, esta acción directa es “puramente instintiva”, no por falta de razón (motivos le sobran), sino porque de ese modo sólo incide en la superficie de la circunstancia y no “en la situación histórica en que se encuentra la clase en su conjunto” (y por situación habrá que entender una localización que es diacrónica, paradigmática y compleja por la pluralidad de sus relaciones).
Ser consciente de la deshumanización que la propiedad opera sobre el cuerpo “no es la conciencia completa”, aunque representa “las premisas ‘naturales’ de lo que es la conciencia verdadera, histórica del proletariado”, a saber, la conciencia teórica, el “despliegue científico” o cognoscitivo de lo que en principio es sólo conciencia puramente instintiva. De lo que se trata, pues, no es de actuar de inmediato sobre la circunstancia de opresión y negación de la condición humana, sino de pensarla y desplegarla teóricamente como situación no individual ni efímera. Cuando Marx adjudica al proletariado la potencialidad de anunciar la disolución del orden prevaleciente “no hace otra cosa”, apunta Revueltas, que formular “aquello que está implícito, pero no visible” en la situación proletaria. Vale decir entonces que nombrar el estado de las cosas, definirlo, compararlo, sopesarlo, ponerlo en duda, confirmarlo, negarlo, repensarlo, en suma, volverlo visible mediante la palabra, es la tarea y el interés que el proletariado debe formular “dentro de su propia cabeza”, sea que ese continente se halle en el cuerpo de Marx, de Lenin o de Ricardo Flores Magón, pensadores multicitados en Ensayo.
Desde luego, Revueltas no pretende que será un grupo de esclarecidos el encargado de iluminar la ruta proletaria. Sí sugiere, en cambio, que la democracia habrá de ser principalmente una acción cognoscitiva, una política basada en la acción teórica generalizada. La sugerencia lleva a pensar que no es la educación (como se insiste hasta la saciedad) lo que cambiará el rostro del país, sino la actividad intelectual la que puede colocarnos en una situación política inédita. No se trata de incitar una acción deslavada de su condición de clase, sino de insistir en que esa actividad debe hallarse marcada por su origen, por esa situación que vuelve invisible el desplazamiento de lo humano en favor de la propiedad. Visto así el problema, los intelectuales no son los únicos encargados de pensar, sino que cada vez un número mayor de sujetos encontrarán que esa es su tarea, mas no de un modo general o neutro, sino que será necesario “pensar con la clase, es decir, con la racionalidad histórica que conduce a la clase obrera a la conquista de sus fines”. Se puede objetar lo anterior como un mero intento de homogeneización o de totalitarismo encubierto, pero eso sería negarse a reconocer que lo que se postula es la necesidad de actuar con el “arma espiritual” de la filosofía en contra de un orden que una y otra vez “pretende ‘corregir’ los aspectos más irracionales e inhumanos del sistema capitalista, pero no la inhumanidad e irracionalidad mismas en que tal sistema se funda”. Se entiende que los fines del proletariado no sean los de la burguesía, pues mientras la segunda sólo corrige o pretende corregir la deshumanización, la conciencia proletaria busca anularla. Puede así suscribirse la proposición de Revueltas (quien a su vez parafrasea a Lenin) cuando señala que sólo el proletariado es un luchador consecuente por la democracia. Habría que agregar que es un luchador que piensa y escribe.
Si trazarse un punto de vista teórico es la tarea del proletariado, extrañará menos que los dos primeros escritos publicados por José Revueltas de manera independiente correspondan al terreno del ensayo. Volvemos a 1939, cuando aparecieron como folletos “La Revolución Mexicana y el proletariado” y “La independencia nacional, un proceso en marcha”. El primero (cuyo manuscrito está fechado en mayo de 1938) no llevaba pie de imprenta, pero según un anuncio de La Voz de México (9 de febrero de 1939) lo auspició la editorial Popular. No sólo se trata, como indican Andrea Revueltas y Philippe Cheron, del primer trabajo teórico-político importante del autor, sino de una de sus primeras publicaciones, anterior incluso a cualquier obra literaria; al menos así lo recuerda el propio Revueltas en una entrevista realizada por Norma Castro Quiteño (El Gallo Ilustrado [suplemento de El Día], núm. 286, 17 de diciembre de 1967) y la memoria del escritor no falta a la verdad si consideramos que la única publicación previa, “Foreign Club” (El Nacional, núm. 451, 23 de enero de 1938) no es independiente ni fue recogida en Dios en la tierra (1944). El segundo ensayo apareció primero en El Popular (16 de septiembre de 1939) y más tarde como folleto; del cuadernillo se extrajo un fragmento que se difundió en el mismo periódico tres años después. (Estos escritos tempranos y otros que marcan un lapso de más de tres décadas se encuentran en José Revueltas, Ensayos sobre México, prólogo, recopilación y notas de Andrea Revueltas y Philippe Cheron, México, Era, 1985).
Un año antes de dar a la imprenta sus folletos, Revueltas se sentía “plenamente alegre, eufórico” y repartía su tiempo de la siguiente forma, según puede leerse en una serie de cartas enviadas a Olivia Peralta, con quien se había casado el año anterior: estudia por las mañanas, trabaja en actividades de la Juventudes Socialistas Unificadas de México, da clases de historia en una secundaria federal de Mérida, descansa y come a las doce (“flojeo un poco”, dice él); por las tardes y las noches da clases “en la escuela del partido”, y escribe sus artículos o estudia hasta las dos o tres de la mañana. Es en ese mes cuando ya trabaja en “La Revolución Mexicana y el proletariado”. También termina por entonces el primer capítulo de lo que será Los muros de agua. Envía artículos para El Machete y comienza su colaboración en El Popular, periódico dirigido por Vicente Lombardo Toledano. Lee mucho y de autores diversos, pero lo impresiona vivamente La montaña mágica. Se mantiene en contacto con Efraín Huerta y Octavio Paz, y a Olivia le pide que si tiene dificultades para cobrar los artículos publicados en El Popular, acuda a “Octavio” o a Enrique Ramírez y Ramírez. De este año son también sus cuentos: “Foreign Club”, “El abismo”, “El hijo tonto” y “Una mujer en la tierra”, y el tercer capítulo de una novela inconclusa: Esto también era el mundo, que tal vez comenzó a escribir a finales de 1937. Ya para el último trimestre del año está de vuelta en el Distrito Federal.
En los ensayos de aquel eufórico Revueltas encontramos una claridad sobre la historia de México y la manera de historiar que a la postre será reconocida (hasta cierto punto) por Cosío Villegas, Enrique Krauze y Javier Garciadiego. Pero por ahora importa señalar un par de proposiciones que se mantendrán constantes en el pensamiento literario del escritor. Una de ellas se refiere a la actitud que asume ante la teoría: “desde el punto de vista de la más estricta dialéctica” (dirá en “La Revolución Mexicana y el proletariado”), ningún principio teórico “puede aplicarse a cualquier situación dada”. Por obvio que parezca, cabe traer a cuento lo anterior y reiterarlo, porque la afirmación tiene implicaciones para una estética y una política que buscan ensayar de otra manera el mundo: no hay principios teóricos aplicables a cualquier situación sino situaciones que exigen extraer de ellas el método que les resulta necesario. No a otra cosa se refiere Revueltas cuando habla del lado moridor de la realidad en su emblemático prólogo a la segunda edición (1961) de Los muros de agua (1941). La realidad, dice ahí, tiene un “movimiento interno propio que no es ese torbellino que se nos muestra en su apariencia inmediata”; dicho movimiento o dirección de lo real tiene, además, “su modo, tiene su método, para decirlo con la palabra exacta. (Su ‘lado moridor’, como dice el pueblo)”. De Marx a Lenin en un lado del mundo, y de Flores Magón a Revueltas por este contorno del planeta, se despliega un modo de pensar que es propio “del pueblo” y sin duda el que nace dentro del proletariado: a cada cosa, su método; a cada torbellino de lo real (en donde “todo parece tirar en mil direcciones a la vez”), su lado moridor: el principio teórico inmanente al problema. Se entiende así que la primera tarea proletaria sea de carácter cognoscitivo: esclarecer la dirección de lo real.
La segunda proposición que interesa señalar se engarza con lo anterior y se refiere al establecimiento de los ascendentes del pensamiento proletario en México. El joven que nació en 1914 se muestra optimista en 1938, pues, según considera en “La independencia nacional, un proceso en marcha”, después de veinticinco años la Revolución toma “su verdadero cauce”: con la reforma agraria —dice— el general Cárdenas “cumple el programa” de Morelos y Zapata, mientras que con la expropiación petrolera consuma “una segunda independencia nacional” al arrebatar a las compañías petroleras extranjeras “el usufructo de tal riqueza” que no corresponde sino a la nación (a despecho sin duda de la legislación reciente). Y si Morelos y Zapata son la cabeza del afán indígena y agrario, Ricardo Flores Magón es para Revueltas el hombre “representativo” de esa “nueva clase social, revolucionaria por excelencia” que se “incubó” durante la paz porfiriana; pero además de ser distintivo, Flores Magón encarna también al “líder del proletariado”. Las implicaciones que esta afirmación tiene para la historia intelectual de México y para abordar el peso del comunismo y el anarquismo sindical en la revolución quedan sin seguimiento en estas páginas, y más vale remitir nuevamente al Ensayo sobre un proletariado sin cabeza para observar que Revueltas encuentra en el artífice principal de Regeneración y en el magonismo, “la más genuina corriente ideológica proletaria” y “los antecedentes contemporáneos de una conciencia socialista, propia, nacional, de la clase obrera mexicana”.
Precisamente en el año que sigue a la expropiación cardenista y no obstante su optimismo, el joven Revueltas señala que el proletariado mexicano “tiene ante sí la tarea importantísima de trazar desde el punto de vista teórico los caminos sobre los cuales se desenvuelve la revolución”; no se trata de “poseer conocimientos teóricos generales” sino de elaborar “la teoría propia, los métodos propios, el camino propio” que la revolución sigue. La tarea encuentra sentido no sólo dentro de la clase trabajadora sino que se extiende ampliamente, porque los proletarios deben “‘adelantarse a todos en la formulación’ de las consignas democráticas y con esto llevar la cabeza en la lucha democrática general del pueblo”. Revueltas parafrasea a Lenin y dirige su llamado en especial a “todos los grupos marxistas”, ya sea que estén dentro o fuera del partido, de acuerdo con la tendencia integradora vigente en una parte del comunismo de la época (la llamada táctica de frente popular). Sin embargo, no sólo Marx y Lenin se encuentran en el horizonte del joven: si algo caracteriza los ensayos de Revueltas es un arduo trabajo de lectura y anotación de fuentes: Luis Cabrera, Andrés Molina Enríquez, Lucio Mendieta y Núñez, Luis González Obregón, José C. Valadés, A. Teja Zabre y Luis Chávez Orozco forman la nómina explícita de donde el joven escritor toma datos, cifras, informaciones y balances sobre la economía y la sociedad mexicana. Tal ejercicio no parece digno de llamar la atención, pero habría que sopesarlo a la luz del momento: de acuerdo con Javier Garciadiego, la historia científica comenzó a escribirse en México en los años cuarenta y fue precisamente la incorporación de los aspectos económicos y sociales en el análisis una práctica que gozó de enorme vigor en todas las historiografías del mundo en la segunda mitad del siglo XX. Antes de que Cosío Villegas asumiera “esa actitud radicalmente innovadora” para historiar la vida de la nación que identifica Garciadiego, Revueltas ya hacía lo propio.
Pero ser un adelantado no siempre es visto con buenos ojos: desde finales de 1938 y hasta principios de 1939, Revueltas sostuvo una polémica con José Alcorta sobre la táctica de frente popular en La Voz de México, el órgano del PCM (noviembre-diciembre de 1938; enero de 1939). Como en sus ensayos sobre la revolución y el proletariado, y la independencia como proceso incompleto, el escritor insistía en que la clase obrera debía volverse hegemónica en la lucha democrática y aceptaba que en ese curso cabía la alianza con Cárdenas y el ala reformista del movimiento obrero (encabezado por Lombardo Toledano). A causa de la serie de artículos incluidos en La Voz de México y del folleto “La Revolución Mexicana y el proletariado”, José Revueltas fue investigado informalmente por la comisión de inspección y disciplina del partido achacándole “actividades trotskistas”, calificativo que por entonces era tanto como un anatema. Por mi parte, en aquella convocatoria del joven Revueltas observo, por encima de la circunstancia (pero sin obliterarla), que en la elaboración verbal se juega, más que una concepción del mundo, el destino entero de un hábitat propicio para la vida. Pensar el proletariado ya es una forma del ser proletario, es decir, de asumir una actitud teórica y verbal para imaginar una democracia donde la propiedad no sea la necesaria negación de la condición humana. Y si hubo un escritor capaz de pensar el mundo para ensayar de otra forma la vida, ése fue y será José Revueltas.
La poesía de José Revueltas suele pasar inadvertida por la relevancia que tiene su obra en prosa, sean los ensayos o sus novelas. Sin embargo, eso es sólo una excusa para analizar con énfasis la importancia del corpus poético, corto pero constante, de Revueltas. Eduardo Martín del Campo pregunta: ¿cuáles son los temas que conviven en toda su obra? ¿Hay una inquietud por contar la historia? ¿Cómo analizar la estética en una obra donde el mensaje político tiene más visibilidad?
Después de treinta y tres años de su publicación en las Obras Completas (1981), todo el corpus lírico existente (treinta y un poemas, publicados e inéditos) de José Revueltas parece no haber despertado mayor atención ni inquietud crítica, al contrario del resto de su obra (narrativa y ensayística). A cien años del nacimiento de Revueltas, sus poemas permanecen para nosotros en una distendida dimensión histórica. Treinta y un poemas distanciados por meses, años, décadas; poemas que dentro de la particular coincidencia de darse en primavera u otoño, se adhirieron, mediando las prótesis de las fechas, a su propia “singularidad temporal”. ¿Y no es esa la necesidad de ponerle un nombre a algo inusual, de ponerle una fecha, de colgársela como si fuera un cascabel? ¿No es la propia necesidad por hacer lo inusual? El texto poético suele componer dentro de sus categorías espaciotemporales, aptitudes históricas que emanan de la misma poesía. Para mí es inevitable y necesario hacer uso de cierto juego de lentes tallados en su obra no escrita en verso. Pues si bien una actitud histórica puede ya ser adivinable en un texto de José Revueltas, ¿cuáles son entonces las membranas históricas que aún suenan en los versos? ¿Sería también adivinable que estas membranas siguieran vibrando acordemente con algo, ahora, en nosotros?
A mi parecer, junto al factor militante presente en toda la obra de Revueltas, existe la posibilidad de que se haya ignorado un hecho puramente estético en su poesía, aunque para el mismo autor esto sería éticamente imposible. Nunca hubo una resolución estética que empatara su obra lírica con su narrativa, por ejemplo. Además del cuidado y edición de José Manuel Mateo de la antología El propósito ciego, sólo la lectura de Elba Sánchez Rolón destaca por su profundidad. Mateo y Sánchez Rolón coinciden en que la poesía de Revueltas es particularmente reflexiva, cualitativamente trágica. Esta reflexión trágica es quizá una manera menos rígida de referirse a un proceso lógico intelectual (y emocional) que no podría ejemplificarse mejor que en el espejo. Revueltas nos promete, el proceso es determinable: es el método dialéctico.
La poética de Revueltas coincide con una función fundamental para su propia ética; es poseedora de un “secreto” propio —además que común a toda la poesía—. Para revelar tal secreto uno debe comparar la tradición externa y la ética literaria de Revueltas. Esta revelación se lograría describir luego, partiendo del análisis comparativo del que se consideraría un poema clave para este procedimiento, “Nocturno de la noche”. Me valgo de la apelación de este poema hacia la fantasmagórica tradición del nocturno; compare entonces el lector con esta lupa, la dinámica dialéctica de los poemas revueltianos con la dinámica de la mencionada tradición. Lo que trataríamos de imaginar es verlas empalmadas en una coincidencia ético-estética entre el propio nocturno y la preceptiva dialéctica de Revueltas.
No me parece posible que un escritor como Revueltas se permitiera ignorar las formas de la tradición, no con esa conciencia histórica tan determinante en su militancia como en su obra escrita. De esta coincidencia se deriva algo que con poca resistencia simplifiqué como un “secreto” que revela la noche: el tiempo. El problema implícito en este acercamiento es evitar ir en contra de la materialidad necesaria.
El poema es “Nocturno de la noche”. El inicio es la anáfora espaciotemporal de las primeras coordenadas, el tiempo-espacio idóneo para el poema:
Cuando la noche;
cuando los espejos reciben el asombro culpable de los adulterios
y las sillas saben de las torpes pisadas;
[…]
cuando los libros se quedan abiertos como una película de pronto detenida
[…]
cuando la noche;
cuando las pistolas de aire y la soldadura autógena
Los versos finales colman esta tensión temporal y particular del poema:
Cuando la noche.
Cuando la angustia.
Cuando las lágrimas.
Para la voz poética se desprende una materialidad incierta que veremos descrita en el transcurso del poema. Es el tiempo la presencia anafóricamente remarcada. El lector pronto se da cuenta de que algo más que simples imágenes y figuras, de las que yo destacaría el modo del oxímoron, se le presentan en fragmentos de pequeñas historias nocturnas. El “asombro culpable” hace síntesis en “el espejo” (un yo adúltero). Los objetos son usados con oscuras intenciones: “las sillas saben de las torpes pisadas”; y la acumulación de síntesis comparativas elevará al final la tensión temporal (“cuando… cuando…”), donde el espacio-tiempo de la noche es plasmado al unísono con la mirada materialista de Revueltas.
Una coincidencia formal, la precisa anáfora de tiempo, la encontramos en el “Nocturno eterno” de Villaurrutia:
Cuando los hombres alzan los hombros y pasan
o cuando dejan caer sus nombres
hasta que la sombra se asombra
Cuando un polvo más fino aún que el humo
se adhiere a los cristales de la voz
y a la piel de los rostros de las cosas
Otras críticas resaltan que el carácter reflexivo de los poemas de Revueltas sobresale del puramente plástico y que la imagen no es el soporte vertebral de los mismos; en este caso creo que el escenario descrito en los versos de Revueltas va más allá de la paisajística naturalista de cualquier temática romanticista o parecidas. Tampoco se puede pasar por alto esos elementos adverbiales que vemos por todas partes y que, si bien no hacen resaltar al verso o a la imagen, refuerzan la doble vertiente espacio-temporal de los elementos nocturnos aquí presentados:
cuando los números Palmer del mediocre joven meritorio
son un feroz y enloquecidamente acariciado anhelo de abrazarse por sorpresa
a la Amparito o a la Chole
en un mentido vuelco aéreo del Luna Park;
[…]
cuando la gringa en lo alto de un hotel lleno de cafiaspirina
bebe el horroroso brandy desesperadamente sin parar
con el triste frenesí salvaje que cuenta Duhamel;
El registro bajo de los adverbios largos es una tensión del acento que se rompe en “anhelo”, “sorpresa”, “sin parar”. Del verso, la rítmica acentual se da con tan armónica simetría, que poco dudaría de una plástica certera trabajando aquí: es un canto grave y ceremonioso. Es entre otras cosas también, eminentemente, un nocturno citadino… Cuando, por cierto, la anáfora inicial recibe por fin una respuesta:
entonces oigo torrentes furiosos de semen que corre por las
calles
como entre caños de sombra e injurias:
[…]
destilado en las esquinas oscuras, en los pasillos de los cines
y en los mingitorios.
[…]
en el cuarto del hotel donde la joven pareja se ha sepultad para siempre.
Los elementos de la noche están disimulados en una visión decadente de un mundo en el cual se descubre por doquier una falsa percepción de los propios elementos del mundo descrito. El proceso dialéctico se comienza a hacer notorio.
El tono primordial del poema, en una dialéctica de modos temporales, lo podríamos derivar de la anáfora: es en cierto sentido condicional. Quizá gerundio, en una larga tensión de historias llevándose a cabo. El modo condicional produce la tensión desenlazada con el choque, la resolución mecánica contra su propia fuerza condicionante; será el más cercano al imperativo, que es, a propósito, el modo concluyente del poema en cuestión: la concluyente afirmación-negación:
Es preciso, es preciso, es preciso que se caigan los muros,
que cesen los venablos de angustia
que nos han atravesado, que quede nada más un grito clamando, herido eternamente,
y una sobrehumana colérica voluntad como ramas de un árbol furioso
para golpear hasta el polvo y el aniquilamiento.
Los versos finales sostienen la hipótesis de lectura y diálogo descrita aquí: el secreto poético y expresivo, aquel que la escenografía reflexiva y dialéctica de la noche pudieron haber revelado, en el imaginario caso, para el poeta Revueltas: es el tiempo (donde además se ven conjuradas todas sus necesidades de desahogo, en medio de una indignación producida por una historia impune) sobreviviente al polvo, golpeador del aniquilamiento.
La puerta de la noche es sin duda la más amplia, a la que el propio poeta Revueltas pudo haber entrado, en plena conciencia histórica, o no, de su palabra escrita, al escribir un nocturno. Aunque la literatura no es asunto de datos inmediatos, leer los versos de José Revueltas no debe ser menos extenuante. Hay una poética particular, remarcable y ubicable en la función del tiempo dentro de los versos de José Revueltas. Esta función coincide, además, con sus intenciones ético-estéticas, y genera una crítica dialéctica inversa de la historia y el tiempo.
Esta supuesta poética temporal de los versos de José Revueltas revela su propio “secreto”, similar a una mirada poética, en vez de una voz. Gracias a lo que llamo “secreto del tiempo” reconozco las virtudes ideológicas, sociológicas, históricas y culturales que José Revueltas usó como arma contra la deshumanización y la falsa democratización: reconozco su actitud histórica y literaria. ¿Y cuál sería entonces esta derivación crítica dialéctica? Pues bien, este grito de guerra histórico por el espíritu está primordialmente cargado de indignación; “un grito herido, clamando eternamente”; “árbol furioso” de exaltación del sacrificio. Habría que comparar subsecuentes impresiones críticas de los versos en adelante. Sobre todo del lector, así, en general, quien recogerá la efectiva expresividad de estos versos.
Es cierto, el tiempo no es una categoría de acceso inmediatamente plástico pero, ¿qué es más plástico que el mismo tiempo y los órganos con que lo percibimos?
La primera vez que supe de los hijras fue por el cuento “El ojo Silva”, de Roberto Bolaño: en él, un fotógrafo viaja a la India con la tarea de ilustrar un reportaje sobre la prostitución en aquel subcontinente; en una de sus andanzas, entra a un prostíbulo donde le ofrecen dos niños capados. El fotógrafo se escapa con ellos y viven juntos, en una estricta relación filial, durante año y medio.
Hijra es una palabra que designa a los “hombres transgénero” del subcontinente asiático (con toda la fuerza de las comillas). Muchos, a causa de la falta de apertura laboral, se dedica a prostituirse; sin embargo, y a pesar de Bolaño, pocos están emasculados.
Chuppan Chupai (Munir y Kahn, 2013) es un documental pakistaní que sigue la vida de cuatro personas: Neeli, una luchadora social y líder del único grupo hijra reconocido en Pakistán; Wassen, un campesino tímido; Kami, fiestera celebridad; y Jenny, estudiante de derecho.
El documental trata de la sobrevivencia en un país fuertemente patriarcal. Por ejemplo, Neeli relata la muerte de una de sus compañeras a manos de policías; Kami es arrestada por su activismo; los productores no pueden contactar a Waddi después de la filmación; y Jenny teme que su familia se entere de su vida porque tendría que dejar la escuela.
El paralelo entre los hijras y los muxes es evidente.
Muxes: auténticas, intrépidas y buscadoras de peligro (Islas, 2005) narra la historia de un colectivo de muxes que se encarga de organizar la Vela de las intrépidas, de concientizar sobre el sida y sobre la discriminación a la que son sometidos.
El objetivo de ambos es capturar una diversidad sexual que, por más que se interprete con términos como “travesti”, “homosexual” o “transexual”, no alcanza a ser tipificada por las clasificaciones occidentales
Un muxe o un hijra se consideran un tercer sexo; no son ni hombres ni mujeres.
La cuestión es que Occidente, como describió Derrida, piensa el mundo según parejas, que entre más definidas y menos porosas, mejor. Así, hombre-mujer, bien-mal, activo-pasivo, izquierda-derecha son polaridades que permiten mantener el orden a costa de eliminar el espectro intermedio.
Identidades sexuales como la muxe o la hijra cuestionan la frontera entre esos extremos. Muchos muxes se consideran hombres, pero visten como mujeres y tienen funciones sociales femeninas tradicionales (cuidar a los padres, cocinar, hacer vestidos); otros conceptualizan su corporalidad como equivocada (piensan que debieron nacer mujeres); algunos hijras consideran que el cuerpo deben ser terreno de expresión de un “yo” que no se corresponde con los esquemas bipartitos sociales, etcétera.
Muxes y hijras fueron considerados actores sociales importantes de sus respectivas culturas. El problema surgió, en los primeros, con la llegada de los españoles y la moral católica; en el segundo, con la de los ingleses y el esquema del mundo anglicano.
Ambas corrientes de pensamiento soportan sólo una visión estrictamente dual del ser humano —aunque una cierta interpretación del segundo libro del Génesis complicaría este discurso simplista— y se escudan en la supuesta supremacía de la continuación de la especie. Únicamente la relación sexual heterosexual (y sus consecuencias sociales) puede ser válida porque es fecunda.
Desde estas posturas, todo aquello que no sea fecundo, debe ser elidido (véase la masturbación o el uso de anticonceptivos).
Los documentales muestran que muxes y hijras adoptan bastantes roles de lo femenino, como pasividad sexual (ser penetrados), ir al mercado o maquillarse. Sin embargo, lo que se puede comprobar es que el espacio creado histórica y socialmente por muxes y hijras es otro aspecto denunciado por Derrida. Es una tercera vía que, más que tratar de destruir el orden, pugna por crear otro que permita la inclusión de los intermedios.
Muxes y hijras son la bomba de la libertad que mina las bases de la sociedad occidental, pues cuestionar una de las parejas tradicionales (hombre-mujer) es cuestionar el matrimonio, el concepto de amor, de coito, de roles sociales.
Desde la hipercodificación a la que han sido sometidos los muxes y hijras (que no son nada heterogéneos, pues la forma de ejercer su sexualidad rompe hasta los mismos moldes que ellos se atribuyen) se puede cuestionar todo rol tradicional: ¿quién atribuyó a lo masculino lo activo y a lo femenino lo pasivo? ¿Quién dijo que sólo existen dos géneros? ¿Por qué no son válidas formas de familia que salgan del esquema doble heterosexual?
A pesar de todos los alcances que ha tenido un movimiento como el LGBT —que a últimas y a falta de representación de ciertos grupos ha tenido que recurrir a la suma de más consonantes como T(transgénero), I(intersexual) o Q(ueer)—, tal vez la clave de la aceptación del mundo como una tremenda escala de grises no sólo se encuentra en un futuro y en una sociedad gay friendly (que también), sino en un pasado cuando el mundo no era un contraste extremo.
El mejor momento de Chuppan Chupai es cuando Jenny habla sobre su emasculación y el arrepentimiento que tiene frente a ese acto. Extirpó su pene, testículos y escroto y, el mismo día que salió del hospital, se arrepintió de haberlo hecho. Aquí la cuestión se vuelve espinosa, porque se podría creer que más bien a Jenny le ganó la imposición social y siente que ha “pecado”. Pero lo interesante es el concepto del error: no existe posibilidad real de la libertad sin éste. Sin la consciencia de que uno se puede equivocar no es posible entender el acierto; la voluntad implica, de manera necesaria, ambas posibilidades. De no ser así, se estaría en el contexto del destino y la predestinación.
Mientras que todos los actores de Muxes: auténticas, intrépidas, buscadoras de peligro terminan en una especie de éxtasis de felicidad y aceptación (el que la película termine con una escena rarísima de los protagonistas que llevan la bandera del arcoíris gay por la playa es síntoma de esto) Chuppan Chupai, con la apertura a un melodrama, plantea una visión más interesante: la condición humana, por desgracia, es irresoluble.
Aunque esto último podría ser desalentador, Chuppan Chupai también implica que, frente a la no solución de la vida, lo que queda —casi como Ficino y su Discurso sobre la dignidad del hombre— es pugnar por la libertad propia y por la apertura social para que ésta dé cabida a la mayoría de mundos posible.
Muxes y hijras son un par de testimonios del inacabable trabajo de crear lo humano.