Escribir la crónica de la calle que más conocemos es una tarea difícil. Es lo que sucede cuando se intenta hablar de la complejidad de Carrera Séptima, una avenida emblemática que recorre de nortea sur la zona oriente de Bogotá. Desde el principio, nos cuenta Daniel Ferreira, el camino que recorre Carrera Séptima es un punto crucial para la historia social de Colombia: conocida anteriormente como la Ruta de la sal, esta avenida ha sido escenario de liberación, comercio, atentados y revueltas.
VIAJEROS
A todos los viajeros de la primera mitad del siglo XX que vinieron a Colombia, Bogotá les pareció una ciudad ensopada y deprimente. Burroughs culpaba a las paredes sin color, a las gabardinas que se ensimismaban y al aire prístino que penetraba hasta los huesos. Pero quizá el resultado de esta perturbación se debiera al efecto estomacal del Yagé y al hecho de haberse quedado sin cheques de viajero, sin fondos, y, por tal razón, no contar con un prostituto local, apasionado y fogoso, como confesaba por carta a su amigo Allen Ginsberg.
Querido Al:
Bogotá está situada en una planicie alta rodeada de montañas. La hierba de la sabana es de un verde claro, y aquí y allá se levantan sobre la hierba monolitos negros precolombinos. Es una ciudad de aspecto lúgubre y sombrío. El cuarto del hotel es un cubículo sin ventanas (en América del Sur, las ventanas son un lujo), con tabique de madera prensada, color verde y una cama demasiado chica.
Durante largo rato estuve sentado en la cama paralizado por la depresión. Luego salir al aire frío enrarecido para tomar algo, dando gracias a Dios por no haber venido a parar a esta ciudad enfermo por el opio. Tomé algunas copas y regresé al hotel donde un camarero feo y maricón me sirvió una comida que no valía gran cosa.
Al día siguiente fui a la universidad en busca de datos sobre el Yagé.
Christopher Isherwood, un poco más optimista que el anterior —porque viajaba acompañado por su amante, el fotógrafo William Caskey, se alojó en el Hotel Astor y tuvo de guía un cachaco (Arturo) que lo paseó por la ciudad de mostrar (Chapinero,Candelaria) y por recomendación de un antioqueño, Emilio, conoció a los dueños de El Espectador y sus reporteros estrella Eduardo Zalamea y José Salgar—, notó algo que los demás viajeros nunca consignaron: Bogotá era una ciudad acústica, donde todo se oía con nitidez.
Quizá señalaba con ello que el ruido del parque automotor y la producción industrial era mínimo en la época, y que la cortina de los cerros orientales era el telón de fondo de una ciudad aún pequeña y ensimismada como una oreja eufónica.
Algo curioso que señaló Isherwood es el volumen de librerías que había a lo largo de la Carrera Séptima en el año 47. Quedó tan impresionado, que el cronista reprodujo un sofisma que campeaba ya desde entonces: “Hasta los lustradores de zapatos leen a Proust”.
Un paseo por la ciudad ayer por la mañana, corrigió muchas de nuestras primeras impresiones negativas. El aburrimiento de la ciudad es sólo de los suburbios; el centro de la ciudad está lleno de carácter y de contrastes […]
Bogotá es una ciudad de conversaciones. Al caminar, hay que bordear constantemente parejas o pequeños grupos, concentrados en animadas charlas. Algunos, incluso, se paran en mitad de la calle, deteniendo el tráfico. Suponemos que discuten sobre todo de política. Los cafés viven también repletos; y todo el mundo tiene un periódico, para citarlo o simplemente blandirlo en el aire.
En ninguna otra parte he visto más librerías. […] Bogotá, por supuesto, es famosa por su cultura. Hay un decir, mencionado, creo, por John Gunther, según el cual hasta los pequeños limpiabotas citan a Proust [Marcel Proust].
Así era la “Atenas Suramericana” de mediados de 1940. La triste realidad era que 50% de la población adulta del país estaba sumida en el analfabetismo, una élite gobernaba a la nación desde los barrios coloridos de la ciudad, y la debacle del partidismo estaba a la vuelta de la esquina. Para el prólogo a la compilación en libro de sus notas de viaje, Isherwood escribe:
Este libro se basa en las notas que tomé en mi diario, día tras día, a lo largo de nuestro viaje. Al reescribirlas he modificado tres o cuatro nombres y ocultado las fuentes de buena parte de la información para no comprometer a algunas personas que en su momento fueron lo bastante generosas como para hablarme con franqueza, y hasta con indiscreción. Como no deseo aprovecharme de una ventaja a posteriori he preferido dejar intactos, tal como los anoté en su momento, mis comentarios sobre el doctor Jorge Eliécer Gaitán. Tengo la esperanza de que no parezcan ahora poco delicados ni ofensivos considerando no sólo su trágico asesinato el 9 de abril del pasado año en Bogotá, sino también los actos de violencia que desencadenaron.
A veces lo que ocurre en un día es suficiente para que cambie todo: una vida, un país, una civilización. El arquitecto francés Le Corbusier, en la edad provecta, tuvo a su cargo un proyecto urbanístico para la transformación de Bogotá. La conclusión de su estudio era que había que demoler prácticamente todo el centro para levantar una nueva capital sobre los basamentos, porque Bogotá era inviable, imposible, desordenada, caótica. Las ruinas del Bogotazo permitieron la transformación del centro, sobre las fachadas de la Carrera Séptima entre Plaza de Bolívar y Calle 19 que fueron incineradas por la turbamulta. Debemos a este magnicidio, el de Gaitán, alrededor de ciento noventa mil muertos de la llamada Violencia Bipartidista (1948-1966), y la transformación radical del centro de Bogotá.
Placa conmemorativa asesinato Nicolás Neira, Carrera Séptima.
MIGRAR
Vivo en Chía: un pueblo convertido en suburbio de la metrópoli. Calculo que he caminado alrededor de mil kilómetros gastando suelas de zapatos sobre el mismo eje de la Carrera Séptima. Ahora creo que la vida urbana se parece a la vida de un hámster: dar vueltas y vueltas en el mismo cubo de vidrio mientras somos observados o servimos a un experimento que consiste en producir dinero para la sociedad, para que se mueva el sistema, o como dice la oración patria: “para que Colombia sea grande, respetada y libre”.
Cada época tiene sus mitos, sus urgencias, su velocidad. Nueva York en Lovecraft es veloz y oscura. París en Hemingway tiene el cielo de Van Gogh y huele a vino. La Habana en Cabrera Infante es un gran cabaret. Berlín en Joseph Roth es acero y piedra y hormigón y guetos, una anticipación de la guerra.
La ciudad no son sus edificios, sino lo que le ocurre a la gente que vive en ellos en determinada época. Mi ciudad no es la misma ciudad de un amigo poeta que recorre las mismas calles que yo recorro de día, convertido de noche en un bohemio que regresa por el andén a trabajar en la Biblioteca Nacional, muy temprano, como funcionario. La ciudad cambia según la mirada, según la hora. Cada quien configura una ciudad personal con todo lo que necesita para ser feliz o desgraciado. Es posible que alguien que viva en Kennedy desde hace diez años haya pasado sólo diez veces por el centro de Bogotá, en diciembre, para ver los alumbrados públicos de luces navideñas. Es posible que un muchacho en el norte muera sin haber ido nunca al sur, y a la inversa.
Todavía es posible caminar por la ciudad y encontrarse el milagro de un lote sin casas, o una montaña con bosque, o un charco donde se detienen los pisingos migratorios. Quiero decir que no todo es cemento, ladrillo rojo y brea. También persiste la luz andina y los cerros orientales de donde vienen las lluvias y el sol. Es imposible, eso sí, ver las dimensiones que ha alcanzado la ciudad desde los cerros donde fue fundada. De la misma forma, es difícil hacer una crónica que destaque las obras públicas, los sitios de interés, las costumbres, las formas de divertirse, las formas de movilizarse en esta época y las paradojas del comercio y de la historia oficial sin hacer una postal de turismo de bajo consumo o una efeméride trágica. Si lograra capturar un fragmento, la instantánea de una calle, del recorrido que hace una sola persona en una tarde de su vida, tal vez ahí estaría dibujada la ciudad. Martín Caparrós dice que la crónica más difícil de escribir es la de tu propia calle.
EFEMÉRIDES DE LA SÉPTIMA
1906, 10 de febrero. Calle 40, entre 42 y 45, con Carrera Séptima: tentativa de asesinato al general Rafael Reyes, presidente: primer ataque terrorista de la historia de Colombia. Véase fotoreportaje incluido en el libro El diez de febrero, de autor anónimo, pero escrito al parecer por el propio Reyes, y fotografiado por Lino Lara.
1914, 14 de octubre. Plaza de Bolívar con Carrera Séptima: el general Rafael Uribe Uribe es asesinado a la entrada del Congreso.
1929, 7 de junio. Esquina de la Jiménez con Carrera Séptima: asesinato del estudiante Gonzalo Bravo Páez en manifestación popular por la Masacre de las bananeras (el barrio aledaño aún se llama Bravo Páez).
1948, 9 de abril. Jiménez con Carrera Séptima, edificio Agustín Nieto Caballero: asesinado Jorge Eliécer Gaitán. Conflagración de Bogotá durante dos semanas.
1954, 9 de junio. Calle 13 con Séptima: mueren asesinados varios estudiantes de la Universidad Nacional que se manifestaban en contra del dictador Gustavo Rojas Pinilla.
1956, 5 de febrero. Calle 27 con Séptima: masacre en la Plaza de Toros cometida por el Batallón Colombia el domingo siguiente al que la gente rechifló a la hija del dictador Gustavo Rojas Pinilla.
1961. Escuela Militar, Calle 106 con Séptima: el exteniente Alberto Cendales Campuzano, retenido en el Cantón Norte tras intento de golpe de Estado, escapa de la cárcel con ayuda del jefe del destacamento, teniente Escobar Gutiérrez, y con los ciento treinta soldados de la guarnición, ocho vehículos blindados. Véase Vida, pasiones y fugas de Alberto Cendales Campuzano, de Pedro Claver Téllez.
1973, 23 de junio. Carrera Séptima, Parque Santander: incendio del edificio de Avianca. La gente se lanzaba desde los pisos altos para no morir calcinada. En ese mismo sitio quedaba el hotel Regina, incinerado por la turbamulta el 9 de abril de 1948.
1985, noviembre. Calle 10 con Carrera Séptima: toma y retoma del Palacio de Justicia. Cien muertos, juntando los desaparecidos que fueron vistos vivos en la oficina satélite de Inteligencia Militar.
1986. Calle 62 con Carrera Séptima: masacre del Pozzetto, veintinueve muertos, incluida la madre del homicida, Campo Elías Delgado, exmercenario de Vietnam.
1989, 30 de mayo. Calle 56 con Carrera Séptima: atentado de carro bomba contra Miguel Maza Márquez (perpetrado por el Cartel de Medellín, supuestamente, pero el general sobrevivió).
2003. Calle 77 con Carrera Séptima, bomba al club El Nogal (más de treinta muertos y cerca de doscientos heridos).
2005. Calle 18 con Carrera Séptima, asesinato de Nicolás Neira a manos de la policía antihuelgas esmad (numerosos testigos, sin detenidos).
La Séptima es una efeméride de la tragedia de Colombia.
CHÍA
Salgo a caminar cuando el encierro invita a sopesar lo que he hecho de mi vida. Tengo mujer. No soy un monstruo. Ella trabaja en una biblioteca, sale temprano y regresa tarde. En ese lapso aterrador en que pienso que por alguna razón esa noche no volverá porque en esta metrópoli desaparecen mil personas al año (¿deudas, divorcios, crímenes impunes, tráfico de órganos y de carne humana?), yo trato de tranquilizarme escribiendo. Para darme ánimos, imagino. En la imaginación lo aterrador siempre le ocurre a otro. Escribo, leo libros, navego por blogs, bancos fotográficos y canales de YouTube y preparo mi comida. La ruta que hago pocas veces varía. El pueblo ha ido modificando su forma en el tiempo que llevo aquí y ya parece un suburbio atestado de urbanizaciones. En donde hace poco había lotes silvestres con sembrados de lechuga, espinaca, coliflores (que siempre me parecieron plantas extraterrestres) y flores que designaba como de lavanda (pero resultaron ser flores de papa amarilla), ahora se construyen colmenas de casas. Hay varias rutas que he hecho en este pueblo: ir a la montaña donde está la iglesia Valvanera para medir la dimensión del horizonte. O ir al pueblo de Tabio, atravesando la sierra del occidente, y pasando por el valle de Riofrío, afluente de Bogotá que viene del páramo de Guerrero, por fincas sembradas de duraznos, pimentones, tomates, agraz, uchuvas, lechugas, repollos, moras, papa y brócoli. Sin embargo, hace meses que sólo hago una ruta, monótona porque siempre me encuentro con grandes extensiones de potreros arrasados por retroexcavadoras, grandes invernaderos para el cultivo de flores, chimeneas de fábricas de productos lácteos y otras altas torres de humo, que no sé lo que fabricarán, cuyos vertederos fosforescentes van a dar al río.
Antes, al pasar por esos mismos potreros me sentía en el campo; ahora me siento en las goteras de una megalópolis que crece como un tumor. Los pronósticos clínicos de la metástasis que hace ese tumor son las vallas publicitarias de anuncios que predican “la tierra prometida” en el “barrio de tus sueños”. Dudo que los sueños de todo ejecutivo y la tierra prometida consistan en trabajar en Bogotá y regresar a dormir junto a una autopista de tráfico pesado en los extramuros. ¿Qué piensa un arquitecto que diseña casas de veinte metros cuadrados para una familia? ¿Lo mismo que piensa el que diseña una cárcel o un matadero? Todas esas vallas publicitarias prometen lo mismo: una familia feliz que se abraza y mira al horizonte sobre un letrero que asegura: “Más que un excelente sitio para vivir es la mejor inversión de su vida, Villadelrío”.
Cuando llegas jadeando a la iglesia Valvanera y ves las cuadrículas de las calles y los meandros del río Bogotá y los conjuntos habitacionales separados por anchas vetas de verde, no dejas de pensar en que un día no habrá más verde y toda la llanura será una plataforma compacta de hormigón y brea: “la tierra prometida”.
Ahora prefiero ir del lado contrario, alejándome de los cerros. Paso por el parque principal, sólo por ver los cafés en los andenes y las dos araucarias gigantes que proyectan su sombra prehistórica sobre la Plaza Principal de Chía, y entrar en la única librería del pueblo. Me acomodé a este pueblo, por eso: porque hay librería. Aquí he comprado libros tan extraordinarios como Vida y destino de Vasili Grossman, y libros tan extraños como Lossiete locos de Roberto Arlt.
Luego tomo por la avenida de las quintas convertidas en guarderías, me desvío hasta el garaje de una mansión donde una mano delicada cultiva orquídeas de todos los colores y una mano furtiva trazó en aerosol rojo una pintada que parece un título de ciencia ficción: “desastres en la luna”; enfilo por una calle de condominios, atravieso en diagonal la avenida por donde pasan las tractomulas que acarrean la comida de los puertos a la central de abastos en la capital, paso junto al club de caballos y el meandro del río Bogotá (que a esta altura, cerca al nacimiento, ya huele a huevos podridos y a tintura de pelo), volteo a la izquierda y entro en Centro Chía, junto a la Universidad del Opus Dei, el Puente del Común, el Castillo de Marroquín y el río Bogotá.
La caminata dura, religiosamente, dos horas. A veces llueve y tengo que regresar en microbús. Vale mil pesos el viaje de vuelta al centro del pueblo. Una Coca-Cola vale mil quinientos, para establecer un cálculo estimado en cualquier época. Casi siempre vienen conversando en esos microbuses muchachas que estudian comunicación o psicología en la universidad del Opus Dei. Oyendo esas conversaciones, me enteré que los laicos tienen un índice de libros prohibidos en esa universidad. El primer renglón de la lista de libros prohibidos está ocupado por Memoriade mis putas tristes, de García Márquez. Yo también proscribiría ese libro, no por el tema —que transgredir tabús sigue siendo un mal necesario— ni por el título, que suena bien, sino por haber sido una jugada de editores para estirar a novela lo que es un relato inocuo, y por ser una apropiación desteñida de La casade las bellas durmientes de Kawabata. Curioso que esas mismas mentes que custodian la moral no prohíban las tangas de hilo brasilero ni los escotes ni los pantalones de mezclilla sin bolsillos traseros en sus estudiantes.
PUENTE
Hoy hace un sol de clorofila que realza la palidez de los sauces y aumenta el escarlata en los pétalos de los geranios. Si me doy prisa, alcanzaré a dar una vuelta por Centro Chía y luego iré hasta el Puente del Común. El del Común es un puente de piedra sobre el río Bogotá. Hasta ahí llegaron los comuneros de Santander que venían dispuestos a tumbar al virrey Flores. En su estructura de piedra, luego de la tradicional repartición de almojábanas y agua panela, los curas convencieron a José Antonio Galán y a los veinte mil manufactureros alzados de no marchar sobre Santa Fe de Bogotá, a cambio de derogar los últimos impuestos exagerados que imponía por decreto la corona. Con esto, convencieron a los alzados de regresar dócilmente a las ruecas de Santander ilusionándolos con unas cuantas promesas vanas. Como garantes, quedaron en la ciudad sus representantes. Una vez disueltas las huestes y la amenaza de sublevación, los líderes fueron reducidos por diezmo, y otros apresados. A José Antonio Galán lo fusilaron y desmembraron y repartieron sus restos en los caminos cruciales que conducían a los pueblos levantiscos de Santander. Los impuestos volvieron a subir. Los líderes estafados y martirizados de la primera revuelta quedaron como traidores ante la historia. Pero el descontento y una necesidad de conspirar a gran escala contra el imperio de los impuestos, quedó flotando en el ambiente. Yo soy, como ellos, un provinciano, de Santander. Me hubiera gustado ser un revolucionario, o un rockero, pero tuve que conformarme con ser escritor.
Tomo agua en los grifos de este centro comercial (Centro Chía) que, me dijo un baquiano, construyó el narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha con otro narcotraficante, el satánico Camilo Zapata, para tener un público cautivo que visitara sus caballerizas. Sólo eso consumo cuando vengo a vitrinear por aquí: pura agua de tubo. Porque no compro nada. Acá todo es más caro. Sin embargo, visito siempre la venta de computadores y la cava de vinos. Me ilusiono fácil con un jerez o con el vino tinto Marqués de Arienzo, o con un nuevo computador portátil. Si después de media hora noto a un empleado que me sigue a pocos pasos y estudia mis movimientos para constatar que no sea yo un ladrón, me le acerco hasta fastidiarlo con la indecisión de mis compras. Cuando se cansa de vigilarme de lejos y se viene a preguntar de cerca si me puede ayudar en algo, le digo que sí, que quiero ver ropa interior. El vigilante me guía a la zona de ropa de interior masculina y le digo que de esa no, que quiero ver ropa interior de mujer. “¿Para un regalo?”. Niego con la cabeza. “Me gusta la ropa interior de mujer”. Me guía al exhibidor y se aleja rápidamente para no contagiarse de mi perversión.
Vitrinas, Carrera Séptima, Centro, Bogotá.
DÉCADA
Me pasé la primera década del siglo XXI indignado por el presidente de mi país: un latifundista que puso en venta todas las recursos energéticos y reservas vitales como el agua del Macizo colombiano y el sustrato del Chocó, pacificó a plomo y sangre las zonas más ricas y las convirtió en campos de palma africana, y gobernó en contubernio con criminales de distinto pelaje. Durante su mandato, la cuarta parte del congreso tenía alianzas, contratos y pactos con los paramilitares (escuadrones de la muerte) de las regiones más desangradas de los años noventa: Urabá, Sur de Bolívar, Putumayo, Chocó, Llanos orientales. Cuando se fue Uribe Vélez, sus subalternos más cercanos empezaron a caer presos por hampones, corruptos y genocidas. En esos años, la manzana más peligrosa de Colombia era la misma donde estaba el Capitolio Nacional y sus alrededores. En la Alcaldía de Bogotá, mientras tanto, la plata de las obras públicas se repartía entre concejales, funcionarios, alcaldes y empresas de constructores que especulaban con el valor de la tierra, expulsaban a los habitantes de zonas estratégicas (como el tradicional barrio Santafé, convertido en barrio del crimen para gentrificar el territorio y hacerse con ese corredor situado a cinco minutos del Centro Internacional y del Capitolio, con lotes amplios y avenidas generosas) y dilataban los contratos de construcción de Transmilenio para seguirse apoderando de gruesas tajadas del presupuesto mientras la ciudad se movía a paso de tortuga. Futbol, tetas de silicona, mansiones, esmeraldas, carros, aviones, cocaína y metralletas forman parte del mismo campo semántico: Colombia.
Mi generación, años ochenta, nació y creció en medio de la atrocidad cotidiana, de las bombas del cartel de Medellín, de los ataques de la guerrilla y de las masacres cometidas por paramilitares. Después de ver el Palacio de Justicia arder por los cañonazos del ejército y las ametralladoras de la guerrilla, el video con el asesinato de Luis Carlos Galán y los pedazos del avión de Avianca pulverizado con un explosivo plástico y las partes de los ciento siete pasajeros que iban dentro, después de ver el esqueleto del edificio del DAS desmantelado por un bus bomba, las masacres de Segovia, la de Mejor Esquina, la toma de Patascoy, de Las Delicias, la de Mapiripán, la de Naya, la de El Aro, estábamos listos para oír cualquier desgracia y seguir jugando futbol como si nada. La desgracia era tan rutinaria que había dejado de conmovernos. Había hombres con treinta años de experiencia de guerrillas en la selva que se cambiaban de bando y se volvían asesinos. Había secuestrados con diez años de estar en la manigua, y el país más feliz del mundo después de Dinamarca (donde todos eran felices porque eran alcohólicos) celebrábamos cada año nuevo con muñecos llenos de pólvora que simbolizaban a los presidentes. Teníamos cuarenta millones de pobres y dos ricos en el top de la revista Forbes. No pasaba nada. Cincuenta mil millones de dólares del narcotráfico circulando en el mercado bursátil y amortiguando las crisis económicas de los ochenta, noventa y dos mil. Setenta víctimas por cada cien mil habitantes (cincuenta muertos diarios los días menos violentos). No pasaba nada. Cincuenta muertos diarios desde el fin del frente nacional. ¿Cuántos muertos daban? 50 x 365 x 40. Los suficientes para igualar y sobrepasar de lejos los genocidios de Ruanda y de Sierra Leona y de los Balcanes y situarnos al lado de la Guerra Civil española y de la Revolución mexicana. Pero nuestra guerra seguía negándose en la cancillería, para no empañar la imagen de Colombia ante el mundo. Los militares del glorioso ejército nacional disfrazaban adolescentes de estrato bajo de combatientes guerrilleros y los difundían como muertos en combate. A ese tipo de crímenes los profesionales de la comunicación los llamaban con un eufemismo militar: “Falso positivo”.
Un “positivo” quería decir, en jerga militar, un “subversivo dado de baja”.
Un “falso positivo” quería decir un “falso subversivo dado de baja”.
El nombre del delito era: Crimen de lesa humanidad. El nombre real, descriptivo, era: Civil fusilado por el ejército.
Pero no pasaba nada. Convertimos toda nuestra desgracia en un eufemismo, o en un diminutivo, y todo el dolor en una cifra.
Yo pensaba día y noche en esos muertos, en esas tragedias inéditas. Pensaba en una novela que lo abarcara todo. Una novela final, como un mural mexicano. Una novela que debía ser fiel al horror. Ha sido una época extraordinariamente fecunda para odiar. Lo único bueno de ver estas cosas cuando eres joven es que cada vez te vas haciendo más y más duro; más y más consciente. ¿De qué? De que la justicia no existe, de que la democracia es un contrato con cláusulas financieras y de que el libre albedrío es sólo una hipótesis. Todo lo eligen por ti en un desayuno neoyorquino. Hasta el precio del arroz que compras en el supermercado de la esquina.
El tiempo de la política no es el mismo tiempo de la vida. Diez años de política bélica pueden ser la mitad de tu vida. En diez años aprendes un idioma, tienes hijos o te mata el cáncer. Por eso hay que dilapidar la vida en oficios más nobles, como enaltecer el espíritu mientras pasa el tiempo de la política. Diez años. Llevo diez años en Bogotá.
Gallina, Carrera Séptima, Centro, Bogotá.
NORTE
En el otro extremo de la Carrera Séptima, sigo sentado fumando en las gradas del Puente del Común. Es un sitio hermoso: un puente de arcos de piedra entre humedales y bosques de eucalipto y sauce que ha resistido más de doscientos años de inundaciones sin moverse. A lo lejos se ve un castillo. Es el castillo que perteneció a la familia Marroquín, construido por el arquitecto francés Gastón Lelarge a finales de 1899. La familia era dueña de la hacienda Yerbabuena, que componía entonces toda la cara que se ve del cerro y el valle del río Bogotá. La expresión máxima del feudalismo vivido en Colombia está en esa expresión de la clase terrateniente: en la hacienda había una mansión, una parroquia y un castillo. Al fondo, el feudo. Alrededor, los vasallos. Pero no le fue bien al patriarca José María Marroquín. Su esposa, Trinidad Ricaurte Marroquín lo tenía todo, pero no era feliz. Cuando se fueron a vivir al castillo, la mujer veía fantasmas y oía voces. Todas las tardes, a la cinco, en la parroquia de la hacienda, repicaban las campanas para oficiar la misa a la que debían asistir todos los miembros de familia tan distinguida y devota. La esposa se alistó con su tradicional corsé, vestido negro, rebozo de encaje, botines de cuero, pero a mitad de la ceremonia pidió permiso al marido para retirarse por una seria congestión estomacal.
El señor feudal dejó ir a la dama con la promesa de que volvería para finalizar el oficio, pero la mujer nunca regresó. Cuando fueron al castillo, tampoco la encontraron en el baño ni en la habitación. Con un mal presentimiento por los recurrentes ataques de llanto injustificado y pánico escénico que sufría la esposa en sociedad, Marroquín ordenó que una patrulla conformada por todos los siervos de su gleba se dirigiera con antorchas a buscar a la mujer por los alrededores de la finca y la ribera del río. La esposa desapareció desde entonces.
La hipótesis que se divulgó en la época decía que se había ahogado en el río y que su cuerpo no apareció, pese a que en ese tramo el río Bogotá discurre sin tiempo, un río de llanura, donde todos los desechos que arrastra van encallando por los meandros. La versión apócrifa que circuló es que el amante de la esposa estaba esperando en la penumbra que descendía, vestido de negro y en un caballo negro que alzaba un casco y lo dejaba caer en las piedras del Puente del Común.
Si es así, pienso, este abandono de hogar debería volverse leyenda. El hijo mayor de la pareja llegaría a presidente de Colombia: un poeta hacedor de palíndromos, autor de una novela curiosa sobre un caballo negro, y el presidente mercachifle que remataría el departamento de Panamá por veinticinco millones de dólares a los Estados Unidos.
El castillo se pobló de fantasmas que la servidumbre de Marroquín aseguraba presentir, y desde entonces el castillo ha pasado por cuatro dueños: Guillermo Villasmil, un narcotraficante satánico y pederasta, Camilo Zapata; y la Fiscalía de Colombia que lo entregó al Distrito de Bogotá para que lo alquile para eventos de música electrónica y black metal. Me gusta venir a este sitio e imaginar esa historia.
¿Cómo era esa mujer? ¿Cómo eran sus sueños? ¿Por qué decidió escapar durante una misa? ¿Cómo se sentía vivir el encierro medieval de su castillo de piedra? ¿Cómo planeó la fuga? ¿Cómo consiguió finalmente engañar a su marido piadoso y desconfiado para escabullirse? ¿Y lo consiguió de veras? ¿Logró salir de ese mundo asfixiante de la vida feudal y piadosa y encontrar a alguien que le llenara los ovarios de amor? ¿Y si no escapó? ¿Si en realidad se suicidó? ¿O si el patriarca Marroquín la mató durante una pelea doméstica y luego la emparedó en una caballeriza? ¿No es ahí donde oyen ruidos de ultratumba y ven la sombra de una mujer con capucha? ¿Y esa ninfa de piedra que está a la entrada? ¿Una estatua con túnica etérea que porta en sus dos manos la antorcha de la luz? ¿Ya estaba cuando vivían ahí los Marroquín? ¿Es una deidad que protege el castillo o una mujer que huye por la puerta principal y deja atrás las murallas que la encarcelan con una linterna?
Me gusta este sitio. Tiene varias capas del tiempo acumuladas. Aquí acaba la Carrera Séptima. Antes se le conoció como Carretera del Norte, y aun antes como El camino de la sal. Se dice que por aquí entró Bolívar triunfante con los llaneros que sobrevivieron desnudos a la batalla del Pantano de Vargas; llegó el conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada en 1500; vino Baraya a sitiar a Antonio Nariño y a Bogotá en los años aciagos de la primera independencia, o Patria Boba. Por esta ruta puede llegarse al centro del poder político en el centro de Bogotá, la Plaza de Bolívar. La Carrera Séptima es la calle de los desfiles, de los magnicidios, de los genocidios, de los atentados. Tal vez llegó la hora de hacer algo fuera de lo común: irme caminando por esa carretera hasta encontrar su final. Pero será otro día, porque ya oscurece. Voy a tomar el microbús para volver a casa y empezar una crónica de paseante inquieto.
FOTO
Jean-Baptiste Louis Gros, diplomático francés enviado a La Nueva Granada (Colombia), fue el encargado de tomar la primera fotografía de Colombia en 1842. La fotografía es una perspectiva de la actual Calle Octava tomada desde los predios de la Casa de Nariño hacia los cerros adyacentes a Guadalupe. Su tiempo de exposición fue de cuarenta y siete segundos. La foto se conserva en el Museo Francés de la Fotografía, pero la reprodujo la RevistaSemana en su edición especial de julio 14 de 2008, edición 1367. Fue titulada Calle del Observatorio. En ella se ve una calle empedrada con acequia al centro para drenaje de aguas negras, las fachadas de casonas coloniales de dos pisos con ventanas y balcones internos, y las escarpadas faldas del cerro de Guadalupe de fondo. No hay personas reconocibles en la calle. Es un indicio de que fue tomada a una hora en que la ciudad estaba semiparalizada. Por la sombra que arroja la fachada del primer plano y la sombra que aún persiste en las cumbres del cerro que está al oriente, uno puede aventurar que fue tomada a eso de las siete u ocho de un día que parece, a priori, festivo y soleado en el reflejo empedrado de la reproducción.
Calle del Observatorio, Bogotá, Jean B. Louis Gros, 1842.
En una conferencia dictada por Sergio Becerra en el museo del Banco de la República, el entonces director de la Cinemateca Distrital interrogó así la primera fotografía de Colombia:
Tenemos un país de los océanos cuya capital está en el páramo, qué maravilla. 1846, primera fotografía en Colombia. Tomada por un diplomático francés, en alguna técnica cercana al daguerrotipo. Pero ese diplomático francés tuvo que tomar un buque desde Europa, y llegar muy seguramente a Cartagena o a Colón. En ese momento todavía Colón, Panamá, era territorio colombiano. Y tuvo muy seguramente que embarcarse en champán, o en un vapor por el río Magdalena. Hasta Honda. Lo cual debió haberle tomado mínimo tres semanas. Y luego tomar camino desde Honda a Bogotá, en mula, lo que le habrá tomado mínimo otras dos semanas. ¿Será que en ese mes larguito, no sacó su aparato, para tomar otra fotografía? ¿Tuvo que esperar hasta llegar a la Plaza de Bolívar para tomar la primera fotografía colombiana, habiendo estado en Cartagena, en todo el río Magdalena, en Honda, y en la cordillera hasta Bogotá? No lo sé. Es una duda que tengo (de que sea la primera fotografía tomada en Colombia). Es decir: yo soy diplomático, estoy llegando a un territorio que tengo que registrar, y no lo fotografío. Claro, la relación con la imagen, en el primer hombre, con la primera fotografía, hasta la que nosotros tenemos, no es la misma. Seguramente, ustedes desde su teléfono ya tomaron una fotografía de esa fotografía y la enviaron con un mensaje de texto a las redes sociales.
¿Lo ven? En relación a la técnica, en particular la foto de la fotografía, no es la misma según la época. Lo que quiero señalar con esto, es que es absolutamente sorprendente que la fotografía haya llegado a Colombia veinte años después de inventada. El cine llegó a Colombia un año después de su puesta en público en Francia. Esto da un nuevo cambio de perspectiva de la técnica. Los ensayos concluyentes de la fotografía más o menos llegaron el mismo año y más o menos por la misma época que la conspiración contra Bolívar. 1826, 27, 28. ¿Qué quiere decir eso? Que perfectamente pudiéramos tener una fotografía de Bolívar. Y, sin embargo, no la tenemos. Eso, creo que nos habla del nivel de aislamiento, de la situación de completo hermetismo, de la condición de atraso en que estábamos sumidos, y que seguimos estando, en este país con dos océanos y tres cordilleras: Colombia.
SUR
Esto es básicamente lo que hay hoy en la Carrera Séptima, a segmentos, desde su inicio en el barrio 20 de Julio hasta el Puente del Común, sobre La Caro, puente sobre el río Bogotá:
Calle 12 sur con Carrera Séptima: Billares Pereira, La gran delicia (cafetería), edificio-pasaje Alfonso (inquilinato), fotocopias, jardín infantil, antiguo convento San Agustín, Dian, Casa de Nariño, Ministerio de Cultura, oficinas y biblioteca del Senado, Catedral, Arquidiósesis, Plaza de Bolívar, Palacio de Justicia, Casa museo del 20 de Julio, baños públicos, “El septimazo” (frutería), “Calle Real” (boulevard), calzado Bucaramanga, chance Paga-todo, Foto-Japón, City-tv, Iglesia San Francisco (dos iglesias más: La Veracruz, La Tercera), Banco de la República.
Torre Avianca, Casa Lis (licores y ultramarinos), Librería Nacional, “Totto” (ropa y morrales), Banco de Bogotá, más bancos, churros, pandebonos, pollo frito, Iglesia Las Nieves, Librería Universidad Nacional “UNIBIBLOS”, Empresa de Teléfonos de Bogotá, Personería, “Choripan” (chorizos), Droguería Económica, Cinemateca, Mapa Teatro, Centro Terraza Louis Pasteur (semivacío).
Torre Colpatria, Iglesia, Casino Aladino, “Downtown” (teatro), “Sabrosito” (pollo frito), 4-72 (correos de Colombia), “Subway” (la “mejor franquicia” del mundo: sándwiches), Panóptico (Museo Nacional), Colegio Camilo Torres, Parque Nacional, Distrital y Javeriana (universidades), Hospital San Ignacio, “El punto G” (hamburguesería), “Facelook” (peluquería), “Karateboxeo” (gimnasio), Domino’s Pizza, DHL, “Envía” (servicios postales).
Calle 45 con Séptima: librería La valija de fuego, “Se arriendan habitaciones” (cartel), edificio Ana María, Edificio Sor, “Arriendo casa”, Pan-fino, Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas, “2do acto” (ropa), Piccadilly (lava-seco), Promúsica (instrumentos), Odontología Marlon Becerra, Paradero de bus.
Edificio San Jorge (droguería, pastelería, miscelánea, fotocopias), Meceq (acero inoxidable), Liceo Cervantes, Edificio Parque del Chicó, Parque del Chicó, Servicio Conciliar de Bogotá.
“Su ex es el enemigo que más odias” (mensaje de Spray, gaseosa), “Bazoom” (música, instrumentos), Cueros (venta de pieles), tiquetes aéreos, planes de turismo, peluquería, Hilton Calle 72, Karaoke, Revista Estilo (cartel), Mapfre, Banco Corpabanco, Wall Street Institute, Mercedes Benz, “Edificio para-renta” (anuncio), Lavaseco, El Nogal, La nuez dulce (pastelería), Club El Nogal, Seguros del Estado, Embajada del Perú, apartamentos.
Calle 93 A-58, bosque a la derecha, edificios a la izquierda (sentido sur-norte), puente vehicular, Ejército Nacional Cantón Norte, Cars Wash, casas fiscales (sólo para militares), Olímpica (supermercado de cadena), Edificios El Lago, bahía de parqueadero para carros y motos, Samsumg, ScotiaBank, Cine Colombia, Hacienda Santa Bárbara (Centro Comercial), edificio en construcción, Medicis (sic), CADE Usaquén (recaudo de servicios públicos), Fotojapón, McDonald’s, Kokoriko (hamburguesería), Aristas (venta de apartamentos), Pista de aprendizaje Touring & Automovil Club de Colombia, Se vende apartamentos nuevos (cartel), Gimnasio Femenino, Citröen, edificios, más edificios, Toyota (la Carrera Séptima remonta una pendiente y da un meandro), Arturo Calle (ropa y calzado), Palatino (Centro Comercial), condominio Patarroyo, condominio Cuzezar, condominio Sierra del Moral.
Carrera Séptima número 145-30. Colegio Pureza de María, Campania (residencial), “Bosque de pinos” (pero no es un bosque, sino un edificio), carros usados, edificio en construcción, Nissan, Texaco, Sian-filtros (para carros), Puente Peatonal, Preicfes (cartel), “Ingrese a la UNAL” (cartel), Torre Krystal (centro ventas, apartamento modelo), montañas escarpadas, canteras, paradero de bus, monta-llantas, Coratiendas (supermercado), Salón Tropical (venta de cerveza), La gran manzana (mercado), óptica, puente peatonal, Oilfilters, “Propiedad-privada-nopase”, barrio, Farmasalud de la 166.
Ladrillera Silical, parroquia San Juan Bosco, restaurante parqueadero Don Chucho, Gimnasio José Joaquín Casas, frutas “Surtifrutis”, edificios, “Cuidado: inicio de obra” (oficina, locales, compre sobre planos), Vivero, Colegio distrital Friedrich Naumann, PREUNAL (afiche), Asamblea de Dios (iglesia-garaje), “Que buén proyecto Davivienda” (valla), “Bienvenidos: apartamentos, alcobas” (motel), Suministraves de la 22, Portal de las 7 (Carrera Séptima 186-56), talleres, mercado, barrio El Codito (flecha), Ofertas (Saldos El Codito), demoliciones, cigarrería La Matucana, casas de un piso (en ladrillo).
Carrera Séptima con 192. Mundopiso, recicladora 192, Postes y Faroles Coloniales del Antejardín Forjado, Prefabricados Ganezblock, Colegio y Adiestramiento Canino El Bosque (sabana y montañas y bolsas de basura), finca, bosque, subestación eléctrica, Cabañas Cantarranas, semillero, El Rancho Argentino (carnes a la parrilla), “Teléfono a 50 mts” (anuncio), tienda María C (“cerveza, carbón, artículos varios, merecida atención”), “Peligro: entrada y salida de volquetas”, estatua de la Virgen, Colegio Rosario Campestre, “Este lote no se vende, no se arrienda, no se permuta ¡no se deje engañar!”, estacionamiento de buses escolares, vacas en la vía, hacienda Las Pilas, Club Campestre Bavaria, “Bodas y Eventos Absolut campestre”, veterinaria y club canino, Se vende lotes, Colegio Miguel Antonio Caro, Finca Novita, Centro de Conducta Canina, rancho Garibaldi (eventos).
“Damos rumbo a Bogotá, Bienvenidos, Horario de restricción vehicular-vehículos particulares: domingos y festivos un solo sentido, norte-sur, de 4:00 p.m. a 7 p.m.”, Devinorte inicio, Compañía de trabajos urbanos km7, peaje Fuscal, Nueva Duster, Las Tablitas, puente vehicular, Estación del tren de la Sabana, Universidad Católica de Colombia, Colegio Jorbalán, Castillo de Maroquín, Puente del Común, “CHÍA, ZIPAQUIRÁ, TUNJA” (valla), un carro orillado donde venden dulces: breva y papayuela.
Los límites de la Séptima dan la dimensión de la expansión de la ciudad. Hace cien años había chircales en Barro Colorado (actual Universidad Javeriana); estancos de licor barato a orilla del camino (Panóptico de San Diego, actual Centro Internacional); castillo Chapinero, camino de Suba, actual Unicentro; una carretera de tierra conocida como Carretera Central del Norte, y potreros de haciendas (Santabárbara, El Lago, Usaquén). La Carrera Séptima, Carretera del Norte, Camino de la sal, enlazó los extramuros de la provinciana capital de comienzos del siglo XX: 20 de Julio, San Diego, Chapinero, Usaquén, La Caro. La actual es una ciudad segregada: una ciudad al norte y otra al sur. Una para mostrar, y otra, en el inabarcable sur, para esconder. La que yo he recorrido es la línea que empieza de la Plaza de Bolívar, hacia el norte. El sur, para muchos, es la gran incógnita.
SEPTIMAZO
Todavía ahora, cuando voy a caminar por la Séptima, tengo la esperanza de encontrar algo nuevo. Algo que no haya visto nunca. Una librería nueva como La valija de fuego. Un almacén chino, como el del sótano del Terraza Pasteur. Una película coreana en la cinemateca, o una colombiana pirateada en un ventorrillo callejero. Una mujer desquiciada y borracha que vomite en las galerías del Centro Internacional y cuya silueta me pueda servir para imaginar un cuento que empiece rosa y acabe policiaco. Una revista descontinuada hace años con un artículo de Hugo Hiriart, con una crítica de R. H. Moreno Durán, con un poema de Raúl Gómez Jattin, con un cuento de Roberto Bolaño, con un estudio de Jacques Gilard, con una entrevista a Marguerite Duras. Todavía creo que la ciudad guarda algo sólo para mí. Creo que la ciudad está en la mirada. ¿Qué miras cuando caminas? Si vas por el aire, la ciudad es geometría. Si vas por debajo, la ciudad son ciudades sepultadas. Si caminas mirando la cresta de los edificios, la ciudad es tiempo acumulado. Si caminas mirando las paredes, la ciudad es mensaje. Si caminas mirando lo que hay tirado en los andenes, la ciudad es dolor. Si caminas mirando a la gente, te conviertes en un extra del cine. Mi dama, por ejemplo, nunca mira ropa de las vitrinas, porque de algo se enamora y dice que comprar sin necesidad le produce arrebatos de ansiedad. Ella mira fachadas de edificios, composiciones de calles, gente extraña, decoraciones de cafeterías y restaurantes. Pero de reojo, mira ligueros, helados, artesanías, chalinas, carteras.
Yo miro fritos, letreros, empanadas, talismanes, aglomeraciones de gente en los videojuegos, saltimbanquis, culebreros, peleas, mendigos, rostros, piernas, payasos vergonzosos que sólo son capaces de un humor violento y sexual.
Ella mira todos los espejos y me guiña el ojo y me manda besos. Yo busco libros en el suelo, películas piratas, fachadas de cines porno. Cada vez hay más gente caminando en la Séptima, vendiendo cosas en los andenes: ropa para perros, gatos, patos, conejos, afiches, códigos penales, lentes de sol, sombrillas, baterías, juguetes con luces, ropa china, dulces, helados, cigarrillos, tarjetas con direcciones donde se oferta prostitución, música de los años setenta, de tal manera que da la impresión de que la única tradición bogotana que persiste en el tiempo es el Mercado de Pulgas.
Las paredes están recargadas de publicidad: conciertos en las afueras, la última obra del Teatro La Candelaria, políticos en campaña. Grafitis que conmemoran a los muertos olvidados del genocidio de la Unión Patriótica. Afiches con la foto de gente desaparecida hace dos meses y hace diez años. Gritos, trompetas, insultos, rumores violentos: las manifestaciones de toda forma de protesta social. Hoy, por la reapertura de un hospital; mañana, por un desalojo de bancos; pasado, por una promesa incumplida del gobierno a los trabajadores de la rama judicial; ayer, por la llegada de George Bush; antier, por la anarquía total o por los derechos de la comunidad LGTBI. Hoy por esto, mañana por aquello, pero siempre habrá una protesta social desfilando en la Séptima. Los carros se detienen en los semáforos y una procesión de transeúntes aprovechamos para cruzar, mezclados entre la protesta.
Estamos juntos, pero estamos solos. El azar también baraja a las personas. El destino nos lleva por otros caminos. Nosotros vamos a la Biblioteca Luis Ángel Arango. Luego al Café San Moritz lleno de viejos y oloroso a meados. Más tarde a la librería El Árbol de tinta donde tantos medios milagros nos esperan: primer volumen de La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar, y el cuarto volumen de las obras completas de Borges. Entramos a una galería en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Buscamos una cerveza urgente. Aferro la mano de mi dama y entramos en una taberna. Sacamos las revistas y las películas que hemos comprado para llevar a Chía. Ella parece satisfecha con los poemas de Meira Del Mar. Miro sus manos cuando abren el libro. Parece que tiembla. Miro su pelo. Sus labios que murmuran un poema. Sus ojos intensos. Su sonrisa: ¿qué la habrá hecho sonreír así?
Quiero volver a la que un día
llamamos todos nuestra casa.
subir las viejas escaleras,
abrir las puertas, las ventanas.
Quiero quedarme un rato, un rato
oyendo aquella misma lluvia
que nunca supe a ciencia cierta
si era de agua o era música.
Quiero salir a los balcones
Donde una niña se asomaba.
Salimos. Caminamos. Cae el sol tras el Edificio Colseguros. Una parte de la gente vuelve a sus casas y otra sale a devorar la noche bogotana o a ser devorada por ella. Una luz amarilla se proyecta hacia los cerros y los vuelve tibios. Ahora soy menos joven que cuando llegué y todo me agredía y me deslumbraba. Dejé de ir al cineclub de la Universidad Central frente al teatro Faenza cuando descubrí que con el valor de una entrada podría comprar tres películas piratas en la calle. Cerraron el almacén chino del sótano del Terraza Pasteur con sus dioses milagrosos y sus peines de sándalo. Quitaron el mercado de pulgas de los recicladores en el Parque Tercer Milenio, antiguo Barrio Cartucho. No me gusta ya comer perros calientes con salchichas infladas con harina. Por las noches cierran el tráfico y vuelven peatonal un tramo del centro. Entonces los vendedores ambulantes toman el pavimento y sacan a vender las cosas más extrañas del mundo. Ahí he conseguido unas muñecas de porcelana italiana a las que les debo una temporada de buena suerte. Ahí conseguí una edición de El desierto prodigioso y prodigio del desierto, uno de los libros más extraños que se han escrito en Colombia. Ahí compré una vez un cachorro de perro, para regalárselo a una novia. Ahí he sido lo que siempre quise ser: un escritor anónimo, perdido en una gran ciudad.
Estatua Carlos Lleras Restrepo, Avenida Jiménez entre Carrera Séptima y Octava.
VAGABUNDEAR
Voy por este camino. Año 1900. A mi alrededor sólo casas de finca y burros y vacas y perros. Voy por este camino. Año 1800. A mi alrededor surcos de maíz que buscan el infinito y una casa de adobes, del mismo color de la tierra, y burros y vacas y perros. Voy por este camino. Año 1970. A mi alrededor sólo frentes de casas de chircal y verjas y perros. Voy por este camino. Año 1500. A mi alrededor zarzas con flores carnosas y arbustos de hojas peludas y fango y cantos de pájaro. Voy por este camino. Año 1100. A mi alrededor sólo un lago y una flecha de aves canoras que surcan el cielo. Voy por este camino. Año 2114. A mi alrededor una montaña de detritus y una costra de humo negro. Voy por este camino. Año 1700. A mi alrededor un camino de tierra bordeado de las flores de lavanda de un cultivo de papas y una bocanada de viento. Voy por este camino. Año 2500. A mi alrededor un campo de repollos y naves de la guerra de las galaxias. Voy por este camino. Año 2012. A mi alrededor sólo porterías de edificios y murallas de hormigón y una calle larga atestada de carros a toda prisa y niños que salen del colegio, y perros. Sólo la luz de los pueblos viejos es la misma luz desde hace doscientos mil años. El resto es cambio. Una ciudad dura más que los hombres que nacen o vienen a ella con la secreta pretensión de transformarla. La ciudad no se deja borrar. Es un ente superior, un animal de sangre negra en que nos alojamos como parásitos. Bogotá existía antes de los españoles. Y existirá después de los colombianos.
Entre una y otra cosa —el acceso ilimitado a la información, por ejemplo—, medio mundo parece estar convencido de ser inteligente. Y esta creencia, tan sólo en apariencia firme, amerita ser sacudida desde sus cimientos de vez en vez. Principalmente por falsa: se necesita un ligero reacomodo de los elementos que conforman nuestra realidad para sentirnos extraviados, fuera de lugar, incapaces de entender el mundo.
Nathan Fielder acomete esa misión de manera frontal. Fielder, compañero de escuela de Seth Rogen —ese otro miembro destacado de la escuela de comedia de improvisación de Judd Apatow—, practica un humor que supera en capacidad corrosiva al de varios contemporáneos suyos, y Nathan For You (Comedy Central) es la vía para irrigar su ácida comedia en puntos inesperados de la sociedad occidental. ¿El plan para lograrlo? Ofrecer asesoría mercadotécnica a pequeños negocios mientras implacables cámaras documentan los resultados. El programa, presentado como un reality show que documenta cómo Nathan Fielder—“graduated from one of Canada’s top business schools with really good grades”— ayuda a esos negocios a salir del bache, es pura y descarada parodia. Ya la introducción tiene un par de chistes que abonan el terreno de las soluciones mercantiles del protagonista. Este es uno de ellos:
Mediante la ejecución de ideas abiertamente estúpidas, o al menos improbables (un Santa Claus que ofrece fotos en verano, una tienda de ropa que sólo deja robar a los clientes atractivos), Nathan Fielder ridiculiza al mercado, a la sociedad y, en un sentido más abstracto, a la propia humanidad. El gran golpe de suerte le llegó con el episodio “Dumb Starbucks”, que fue noticia internacional a principios de año. Dumb Starbucks era el intento de insuflar nueva vida a un café independiente cuyas finanzas iban por los suelos. Bajo el cobijo de una ley que —afirmaba Fielder— permitía usar el nombre de cualquier gran empresa siempre y cuando fuera con fines de parodia, nació Dumb Starbucks, que ganó atención de la prensa porque, bueno, todo era idéntico a un Starbucks, nomás que con el “Dumb” por delante. Los noticiarios lo reseñaron, los periódicos sacaron notas al respecto. Gente se cuestionó la autoría del proyecto —alguien incluso se la atribuyó a Banksy, de quien no habría sido raro pensarlo: basta recordar Exit Through the Giftshop—; hubo una conferencia de prensa que, con todo y risas, logró tomarle el proverbial pelo a todos los presentes. Este era el FAQ que se leía en Dumb Starbucks:
Vía The Hollywood Reporter
No dejen de verlo.
* * *
El estilo de Fielder, quien además dirige y escribe el programa, bebe directamente del falso documental de improvisación de películas, como la ya mencionada Exit Through the Giftshop de Banksy, I’m Not There de Casey Affleck y, notoriamente, de los personajes de Sacha Baron Cohen en dos de las cintas que ha dirigido Larry Charles: Borat y Brüno.
La diferencia entre estas cintas y Nathan For You —y su triunfo, quizá, su ganancia frente a lo ya establecido en el falso documental— estriba en que, mientras aquellas encuentran la materia de su parodia lejos de lo ordinario —Banksy en el mundo del arte, Casey Affleck en el del hip-hop y Cohen y Charles en el tópico del extranjero excéntrico que viaja a Estados Unidos—, Nathan Fielder lo encuentra en algo tan cotidiano como la gasolinería de la esquina o la tienda de helados del centro. Su minucioso acercamiento a la cotidianeidad, la virtud de sostenerle la mirada al diario acontecer hasta encontrar una debilidad, es, a partes iguales, aterrador e hilarante: viva prueba de que, aunque se oculte a la vista, la imbecilidad alcanza los cimientos mismos de eso que llamamos “civilización”.
A veces no basta con que una cantante tenga una voz excelente; en ocasiones no es suficiente que aquella posea una técnica solvente ―lo que se gana con lecciones―, uno, como espectador, lo que desea es encontrar sobre un escenario a una mujer que interprete sus canciones como si le fuera la vida en ello, que sobre la tarima consiga cantar con absoluta verdad en ese preciso instante. Una de esas damas excepcionales es Lucinda Williams, alguien a quien le sobra experiencia acerca de la vida y el dolor.
En el momento en que ella toca ocurre un instante irrepetible de arte. Lo mismo ocurre en sus discos y por ello conmueve, por eso goza de ese halo de culto que sólo despiertan las personalidades inigualables y los artistas de excepción; Lucinda es ambas cosas.
Nacida en Lake Charles, Luisiana, en 1953, creció en una familia cercana al arte ―su padre es poeta― y arrancó su carrera en 1979, con Ramblin, un álbum de versiones de blues y country con el que no pasó gran cosa, al igual que Happy Woman Blues, primero de material inédito. Tuvo que moverse a Los Ángeles para tomar distancia y foguearse. Luego se trasladó a Nashville, Tennessee, y hasta 1988 editaría algo más: Lucinda Williams, que fue un punto de inflexión en su carrera. “Changed the Locks”, que narra una ruptura amorosa, le trajo el primer éxito y a la postre Tom Petty grabaría su propia versión. No pasó desapercibida la manera en que concebía las canciones de desamor. Mary Chapin Carpenter tomó, en 1992, “Passionate Kisses” y no sólo le fue muy bien en ventas, sino que Williams obtuvo el Grammy a la mejor canción de country en 1994.
Mientras tanto el disco Sweet Old World (1992) estaba poblado de referencias al suicidio y la muerte. Nunca tuvo una personalidad sencilla ya que su vida privada era turbulenta. En el estudio, trabajaba muy despacio, pero al menos le iba bien cediendo temas para otros. Tuvieron que pasar otros 6 años para que completara otro Lp: Car Wheels on a Gravel Road, obra que congració a la crítica con el departamento de ventas. Lucinda obtuvo un reconocimiento unánime e incluso el Grammy al mejor disco de folk contemporáneo. Una de la piezas, “Still I Long for Your Kiss”, apareció en la película El hombre que susurraba a los caballos, dirigida por Robert Redford. En este momento realizó una gira compartida con la leyenda Bob Dylan ―encuentro de dos artistas irrepetibles.
La buena racha se prolongó hasta Essence (2001). El cual marcó su encuentro definitivo con el público rockero ―ya que suele bordear distintos géneros―. Algo que en buena medida se debe a “Get Right With God”, en la que el órgano Hammond es tocado por Ryan Adams, figura del country alternativo. Al año siguiente obtuvo su tercer Grammy, por la mejor interpretación femenina de rock.
No es un dato menor que en alguno de sus famosos recuentos la revista Time la haya cataloga como la mejor compositora de los Estados Unidos. Fieta Jarque en un texto titulado Un trago de buena suerte dice con contundencia: “Ha bebido el fondo amargo de muchas copas. Por eso sus canciones huelen a madrugada, a malos tragos en el amor, a soledad y a palabras que se han diluido en ecos. Lucinda William arrastra una carrera de más de treinta años por garitos de todo tipo, pero también conoce las esquinas amables y peligrosas del éxito… Con una voz a veces cristalina y otras sombría, unas letras en el filo de la poesía, y cierto eclecticismo que la lleva del folk al blues, o del country al rock”.
A partir del 2003 publicaría un disco de manera bienal: World Without Tears (2003), seguida por el disco Live @ The Fillmore (2005) y cierra con West, dedicado al fallecimiento de su madre (2007). Apenas un año después presenta Little Honey ―que curiosamente tiene un tono más optimista (por su relación con el productor Tom Overby)―; acerca de aquel disco recuerda: “en general las canciones eran más pop-rock. También hay temas sobre otras personas, como “Little Rock Star” (dedicada a figuras como Pete Doherty y Amy Winehouse)”. No es menos importante que Elvis Costello hace a dueto “Jailhouse Tears”.
Antes de su más reciente producción, lanza Blessed (2011), en el que retoma su intensidad, fiereza y sensualidad características. Transita con tanta facilidad entre estilos y géneros que es difícil de clasificar; para tratar de solucionar esto, ella se describe como: “una especie de Bob Dylan-Neil Young-Tom Petty femenina. Es que en realidad no hay muchas mujeres haciendo este tipo de música”. Otros tantos coinciden en que sus canciones concentran: “Dolor, sudor, sangre y tinieblas con un aire caliente y turbio que recorre tus huesos”.
Con gran experiencia y sensibilidad acumuladas encontramos Down Where The Spirit Meets The Bone, en el que no tiene tiempo de andarse por las ramas; “Compassion” es un tema dedicado a su padre, Miller Williams, que a sus 84 años sufre de Alzheimer, una figura que leyera sus composiciones poéticas al presidente Clinton, tras su reelección en 1997, además de enseñar escritura creativa; fue él quien le dio lecciones básicas sobre su oficio: “Aprendí muy joven la diferencia entre canción y poesía. Recuerdo que mi padre solía trasnochar en casa discutiendo con algunos de sus alumnos sobre si Bob Dylan era un escritor de canciones o un poeta. Él solía insistir mucho en que había una diferencia. Y la hay. Canción y poesía son animales muy distintos. Algunos compositores pueden escribir poemas, pero son cosas muy diferentes”.
Algunos críticos en los años setenta repetían la consigna: “si no eras capaz de sacar un álbum doble de estudio en algún punto de tu carrera, nunca estarás a la altura de los más grandes”, por ello Lucinda es una mujer de retos enormes. Y he aquí una entrega de 20 canciones que, efectivamente, en Cd es doble, pero cuya verdadera naturaleza es el vinilo y en formato de 3 discos ―todo un homenaje al universo vintage y la vieja escuela.
Para su concepción contó con un desfile de grandes invitados ilustres: Bill Frisell, Tony Joe White, Ian McLagan (teclista de los Faces), los miembros de la banda de Elvis Costello, Pete Thomas (batería) y Davey Faragaher (bajo) y dos de los componentes de The Wallflowers: Stuart Mathis (guitarra) y Jakob Dylan (que hace coros en “It’s Gonna Rain”).
Lucinda podemos encontrar canciones como “Protection”, “Burning bridges” –de lo mejor de su carrera- y “East side of town” que son preciosas. Ahora, apuesta por echar a andar su propio sello discográfico, Highway 20 Records.
Y hay detalles brillantes de principio a fin; de hecho cierra con una versión de casi 10 minutos de “Magnolia”, un original de J.J. Cale, quien es una fuerte inspiración para ella. Ahí están también “West Memphis” que retoma el caso de tres adolescentes mal juzgados y condenados a 18 años de cárcel; “Stand Right By Each Other” con ese acento más roots, más Nashville; y “Everything But The Truth”, con esas guitarras sinuosas, un viejo órgano y referencias soul. En éstas ―como en las anteriores― Williams declara verdades una tras otra.
La artista, ahora más que nunca, se encuentra en estado de gracia; si es que se propuso lograr su propio Blonde on Blonde de Dylan, su beatlesco Disco Blanco o su Exile on Main Street de los Stones, pues lo ha conseguido con tremenda solvencia e inspiración. Down Where the Spirit Meets the Bone es una obra mayor; el grandioso resumen ―con energía renovada― de toda una vida engrandeciendo la música.
Pasatono, fotografía tomada de su sitio oficial en internet.
“Pasatono era nuestro paliativo emocional para aguantar la ciudad que veíamos como un monstruo”, dice Rubén Luengas en una entrevista refiriéndose al inicio de esta agrupación en el Distrito Federal. La música suele ser un refugio para momentos de aflicción y puede incluso sumergirnos en estados de ensoñación donde el cuerpo se vuelve un instrumento más, una vibración del entorno. Lo sublime, le llamaron a esa capacidad del arte por abrirnos a experiencias de comunión en un mundo fragmentado e inconcluso. Pasatono sabe de esto, y más aún, ha palpado la importancia que tiene la música en la historia.
La chilena se toca sobre todo en la costa chica de Oaxaca y Guerrero, pero también cuenta con una larga tradición en la región mixteca, páramo de nubes y pastizales ocres. Su nombre remite a los migrantes chilenos que pasaron por algunos puertos del pacífico en su camino a California a mediados del siglo XIX. A este oleaje migratorio le llamaron la fiebre del oro, un espejismo que bajo otros términos sigue seduciendo a distintas regiones del país. Esta música mixteca, compuesta de elementos indígenas y mestizos, forma parte del Yaa sii o ‘música alegre’, y acompaña sus celebraciones e incluso sus sepelios.
Pasotono es una orquesta que durante 15 años ha recuperado esta y otros tipos de música tradicional de la mixteca oaxaqueña, lugar de origen de dos de sus fundadores: Rubén Luengas y Patricia García, quienes conocieron a Edgar Serralde en la ciudad de México mientras estudiaban en la Escuela Nacional de Música de la UNAM. Pasotono es igualmente el nombre que los viejos músicos de estos lugares le daban al brazo del violín, lo cual describe esa labor de recuperación que sus ocho actuales integrantes realizan y el cariño que sienten por sus raíces profundas, por aquello que la música significa más allá de entretener por un instante y apaciguar el alma.
El pasado 18 de octubre se presentaron como la Orquesta mexicana en el Centro Cultural San Pablo, en esta ciudad, con la obra Cantos de México, homenaje a la orquesta homónima formada por Carlos Chávez en 1933, y para la cual utilizaron 18 instrumentos indígenas y mestizos: flauta de carrizo, chirimía, clarinete, trompeta, violines, vihuelas, guitarrón, arpa, marimba, teponaxtles, tambor indio, tambor tenor, huéhuetl, sonaja, raspador, pezuñas de venado y gong. Cantos de México también se presentó en la más reciente edición del Festival Internacional Cervantino, con las piezas Lejos de Cosoltepec (Cortázar); El venado (Sandi); Jarabe Ka’u (Luengas); Chapultepec y Cantos de México (Chávez); y Danza de un poeta y el viento (Chapela).
Los miembros de Pasatono también realizan labores de etnomusicología, investigan los orígenes y transformaciones de la música de sus pueblos en un intento por mantener vivas esas tradiciones centenarias. La creación no está así exenta de contexto, como sucede con la música pop. El contexto estructura finalmente una obra de arte y le otorga su valor social y hasta político. Rubén Luengas aprendió a tocar y fabricar el bajoquinto, un instrumento que llegó a México en el siglo XVII y que actualmente ha desaparecido.
Su último disco, Maroma (2014), va en este mismo sentido que valora la identidad de los pueblos y reconoce su multiculturalidad. La maroma es un espectáculo emparentado con las artes circenses sólo que se realiza al aire libre y durante la noche, generalmente va acompañado de música y de actos acrobáticos. Los maromeros han desaparecido casi por completo en la región mixteca, Pasatono ha colaborado con algunos de ellos en piezas que narran sus historias. En Obertura maromera aborda el difícil y casi extinto oficio de hacer reír a la gente por medio de acrobacias e ingenios antagónicos.
Algunas canciones de Maroma forman parte del acervo cultural de la mixteca, otras son de la autoría de Luengas. Con música de este disco, Eugenia León recorre junto a Pasatono esta región como parte del programa Tocando tierra, del Canal 22. Aquí una muestra de este trabajo conjunto donde se aprecia el sincretismo de dicha música.
O de cómo se vive el arte urbano en una Ciudad Patrimonio de la Humanidad
Las grandes construcciones contemporáneas se contraponen a los edificios históricos; sin embargo, no es así en las Ciudades Patrimonio de la Humanidad. El tiempo se vuelve estático y no existe el diálogo arquitectónico. En este recorrido por Guanajuato, Citlalli Sánchez aborda la apropiación visual en una ciudad congelada en su historia.
Bien podría ser que el flâneur de
nuestros tiempos vista con jeans, tenis
y lleve en su mochila un aerógrafo.
La vida contra la eternidad
Eugenio d’Ors
Luego de vivir diez años en Guanajuato, comienzo a ver con gusto y hasta con placer estético a las ciudades industriales. Los muros descarapelados de los cascos históricos son casi una invitación para su intervención; sus centros viven entre un arte urbano experimental pero ejercitado y las viejas tiendas con algunos de sus habitantes de antaño. Podría decirse que el tiempo parece dialogar ahí, a diferencia de Guanajuato, con algo que el turista quizá no advierte o, si acaso, mira con encanto: el tiempo congelado de la ciudad patrimonio. Los muros son rápidamente pintados, pese a que tampoco hay una restauración excesiva, como el habitante notará después. Ello no impide la expresión, aunque sí la limita: la ciudad, con su forma de plato roto, crea espacios casi íntimos, escondrijos, oasis en plazuelas entre los intrincados callejones que permiten su intervención, muchas veces “clandestina”. No se trata del no-lugar de Marc Augé, aquel espacio que podría encontrarse en cualquier lado (estaciones, aeropuertos, debajo de los puentes, etc.). Por el contrario, aquí está el lugar cargado de la cercanía duradera de sus cohabitantes, cómodo o no para el turista, el estudiante o el fuereño, con sus expresiones limitadas y censuradas, y sus escenarios constreñidos a la oferta y al calendario cultural oficial.
En Guanajuato, un mural rompe con los faroles, la mampostería y los balcones. No es que esto no sea bello, pero como denuncia Frederic Jameson (Foster, 1988, p. 177), hay algo de esquizofrénico en la conservación del pasado. Hay que decir de Guanajuato lo mismo que Koolhaas dice sobre París: “París no puede ser ya más parisiense” (Koolhaas, 2007, p. 8).
La forma de las ventanas, el mobiliario urbano, la paleta de colores y el estilo de la arquitectura son determinados según una interpretación anacrónica e idílica de Guanajuato; cualquier intervención parece irrumpir en la imagen urbana y modificar la dinámica social, quizá porque el recurso (graffiti y mural), y el lenguaje expresado en ellos, nos parecen más presentes, lo que nos permite una mayor identificación. Así se logra una genuina apropiación del espacio; es el caso de las intervenciones en mural de Víctor Segoviano, Lilia Basulto y David Kaoz.
VÍCTOR SEGOVIANO
Víctor (Guanajuato, 1980), el Beni, nació en Barrio Alto, una especie de Casbah como la de Argel, donde ningún francés osaría meterse. Después de algunos años, Beni regresó a su barrio. Nadie sabía muy bien a qué se dedicaba porque él hace de todo: dibuja, pinta, diseña, construye y toca la guitarra. Un buen día, sus vecinos le pidieron que les trazara una virgen. Él sólo puso dos condiciones: 1) lo haría el próximo sábado, pues ya tenía que pintar otros murales, y 2) el muro debía estar blanqueado a su llegada. Dudó de que cumplieran el segundo requisito, pero se emocionó cuando llegó y vio el muro blanco. Comenzó a trazar; le llevaban un refresco, una torta, un banco, le hacían plática.
—¿Y qué estudiaste, Beni? ¿Qué haces tanto tiempo viajando?
Terminó el trazo. Al principio sólo pondría a la virgen, pero sobró espacio y acomodó a Juan Diego y le dio profundidad pintando de fondo la Bufa. Quedó tan bien que los vecinos se anticiparon; pensaron que ellos podrían arruinarla si la pintaban:
—Beni, píntala de una vez, ¿no?
—Pero yo no sé usar el aerógrafo, sólo pinto con acrílico y óleos.
—Te los compramos pues, con que coopere todo el barrio, es que queremos estrenarla el 12 de diciembre.
Beni reservó sus fines de semana para terminar el mural, sacó sus viejos óleos atl y sus pinceles; al final puso su nombre: Víctor Segoviano
—¿A poco así te llamas?
Desde entonces el Beni quedó atrás, todos le llamaron Víctor. Un año después, Víctor le dio unos retoques al mural: utilizó al señor de la frutería como modelo para trazar a Juan Diego. El barrio se encargó de asegurar un pedestal que resguardara el mural poniendo una rejilla, un tejado y unas luces. Se pintó también un medallón donde se inscriben los nombres de los fallecidos del barrio.
Cada 12 de diciembre el fiestón de la virgen se arma en torno a ese mural, aunque hay otras vírgenes pintadas muy cerca de la suya. Víctor fue a tocarle un día la jarana a la virgen, aunque él no es ni religioso ni guadalupano, pues en cierto modo tampoco se siente ajeno; “la virgen es un símbolo de los cholos”, me dice. Pero el fino trazo y la belleza de esta virgen ya no es sólo esto, sino referencia necesaria y vanidad de Barrio Alto. La dinámica no habrá cambiado mucho para sus habitantes, quizá para quien más cambió fue para Víctor. “Me he ganado su respeto, pero un respeto bueno”, expresa. Me imagino a Víctor de niño, ávido por la pintura y la música en un barrio más bien agreste; algo parecido al caso de Lilia.
LILIA BASULTO
Lilia (Jalisco, 1982) llegó a Guanajuato —sola y con su tez blanca— al barrio del Ejido, otro enclave entre los cerros y el centro. Frente a su casa solía juntarse la barriada a beber, fumar y otras monerías menos inocentes. Lilia llegaba a casa temiendo encontrarlos o simplemente con el anhelo de dormir en silencio. Cabe decir que Lilia Basulto es una pintora extraordinaria; su búsqueda no es sólo plástica: en sus cuadros uno podría leer una investigación, como en su trayectoria. Sus trazos, la composición, la atmósfera creada en ellos los hace obras únicas. Imagino a la pintora pensando alguna solución al peligro y al ruido que estaban cruzando el umbral de su puerta. Fue así que solimes de anticipación a los niños para pintar un mural frente a su casa. Pensó en pintar nopales, como algo simple para que hasta los más pequeños pudieran participar. Era también un modo de “sembrar” un área verde utilizando una planta endémica. Los más pequeños pintaron las tunas, otros las pencas, de colores, mariposas y pájaros. Mientras los niños pintaban, sus madres hablaban; fue el encuentro —cuenta Lilia— de familias que aunque eran vecinas no se hablaban desde hace un tiempo. Con un escueto pretexto, por lo menos aquel día, el barrio se encontró; lo pintado es un testimonio que, además, se reverbera en el habla: Lilia escucha desde su balcón, “éste lo pinté yo”, “el pájaro es de mi hermana”.
Como un conjuro, las reuniones se fueron aplazando hasta recorrerse de sitio. Del mural gris a los nopales coloreados hubo un cambio que acaso tenga que ver con la teoría de los vidrios rotos de George L. Kelling: cuando cambiaron los vidrios rotos del Bronx neoyorquino, el índice de delincuencia disminuyó. Lilia intervino el espacio para mostrar su trabajo y ponerlo al servicio del barrio, encontrando también su lugar en la colonia.
DAVID KAOZ
Kaoz (Guanajuato, 1980), poco conocido como David Gómez García, vive en Irapuato, estudió Diseño gráfico y la maestría en Artes en la Universidad de Guanajuato. Ha pintado innumerables murales dentro y fuera del país. En Guanajuato dio varios talleres en colonias marginales como La Venada.
Hace un par de años buscó una pared más protagónica y menos periférica, y encontró un muro que puede verse desde la Plaza de la Paz. Del Pípila hacia el centro necesariamente se pasa por ahí. La idea del mural le gustó a los dueños estadounidenses y apoyaron para fondear la pared. tan 473, una asociación artística que radica en Guanajuato, apoyó con las pinturas. Se invitó a pintar a los niños de las colonias donde ya se habían dado los talleres, y a los vecinos del lugar. El trazo es principalmente de Kaoz, aunque hay otras intervenciones. El mural, aunque parece ingenuo, narra, como si se tratara de un códice, una historia crítica de la ciudad. Para esto integra iconografía local, como la serpiente emplumada del sitio arqueológico de Plazuelas; a su alrededor se leen los tres nombres de la ciudad: Kuanasïuato, del vocablo purépecha que significa “lugar de las ranas”; Mo-Oti, del chichimeca “lugar de metales”, y Paxtitlan, como lo denominaron los mexicas: “lugar entre las pajas”. Junto a la serpiente está Tláloc, la lluvia que abre el espacio al lugar de las ranas. Después se lee: “Vienen a explotar y saquear el oro y plata de Guanajuato, primero fueron españoles y ahora canadienses”. En la imagen dos cerdos comen oro mientras los muertos por el trabajo en la mina se levantan para personificar al Pípila quien, antes de incendiar la puerta, una puerta real, tocará el timbre de la casa. Un gesto poco halagador para sus habitantes. Continúan otros elementos alegóricos como el torito y las casas coloridas de Guanajuato. El mural da la vuelta; en él los niños dibujaron sus siluetas: se ve una niña en silla de ruedas, incluso un niño ciego se dibujó ayudado del trazo que le marcaron con una cinta adhesiva. Aquí el reconocimiento en el muro es explícito, quizá por ello la apropiación de la calle se asume y se vive. Poco a poco, este mural se ha convertido en un referente de la ciudad, aunque quién sabe si un día lo declararán, pese a su autor, patrimonio de la humanidad o inmueble catalogado.
Frente a una asepsia y una gerontofilia visual en la ciudad, las intervenciones artísticas trazan referentes, dan lugar al tiempo presente e incluso a un pasado crítico, no ya únicamente glorioso y colonial, una contradicción en sí.
Desde el ensanchamiento de las calles, hasta la “tolerancia cero”, ese programa que pretendía criminalizar cualquier acto en la ciudad (exportado a todas las latitudes desde Estados Unidos), el espacio público ha sido privatizado; los habitantes no somos dueños de ese espacio que se pretende común, sea porque está resguardado como un patrimonio momificado incluso antes de su muerte o porque no asumimos ninguna ciudadanía, si no es la de mantener el orden civil. Por tanto tampoco nos reconocemos en ella; en tal caso los habitantes son los genéricos y no la ciudad. Vale la pena hacer notar las excepciones, como en los casos de Víctor, Lilia y Kaoz.
Como corolario, las intervenciones urbanas aún se abren paso entre nichos y callejones. Pese a no ser una ciudad industrial, quizá el influjo de actividades culturales podría modificar esta situación marginal. Por ejemplo, Nuevo León será el estado invitado del próximo Festival Internacional Cervantino. Monterrey intervendrá con diestros aerógrafos la plaza de toros. Veremos si abre escena el arte urbano en Guanajuato.
El mural de Lilia Basulto fue una experiencia colectiva que creó un vínculo entre los vecinos del barrio. Fotografía por Karenina Romez.
Bibliografía
Koolhaas, Rem, La ciudad genérica, Barcelona, Gustavo Gili, 2007.
Foster, Hal, “Posmodernismo y sociedad de consumo”, en La posmodernidad, Barcelona, Kairós, 1988.
Fotografía Baños Roma, por Teatro Línea de Sombra / Blenda.
José Ángel Mantequilla Nápoles, un boxeador cubano radicado en Ciudad Juárez, abrió las puertas del gimnasio Baños Roma, lugar que, con el tiempo, quedó en el olvido hasta que los integrantes de Teatro Línea de Sombra lo rescataron. La remodelación del lugar y la puesta en escena de la también llamada Baños Roma interviene en la realidad para responder, a través del arte, qué significa vivir en el norte de México y cómo enfrentar la violencia.
I
El escenario está desprovisto de misterio. Los espectadores nos acomodamos en la sala. No hay a la vista ningún artefacto que pueda transformarse en el portavoz de una realidad alterna. Y tampoco hay en el espacio esa delicada atención, más propia de los magos ilusionistas, que determina qué puede mostrarse y qué debe permanecer oculto. Aquí todo está a la vista. Es evidente que nada sagrado sucederá esta noche. No obstante, nadie parece sentirse defraudado. Los espectadores observan con atención el espacio, que ejerce sobre ellos una cierta fascinación: la que puede provocar el taller de un artesano. Sobre el escenario hay algunas mesas y, atrás, algunos actores trabajan en sus computadoras portátiles. Hay también una cámara de video, una pila de periódicos, un monitor en el suelo, costales de box y un actor que pinta de blanco parte de una pared negra. En efecto, algo será construido aquí, pero ¿qué?
Una actriz se dirige a nosotros y entonces puedo decir que comienza el espectáculo. Sin embargo, ¿es esto un espectáculo? Durante más de una hora, cada uno de los miembros de Teatro Línea de Sombra, dirigidos por Jorge Vargas, expone su propia mirada sobre Ciudad Juárez, el boxeador José Ángel Mantequilla Nápoles y un lugar llamado Baños Roma. Un entramado de relaciones se va dibujando a través del uso de la palabra, la presentación de documentos y la ejecución de secuencias de acciones físicas sencillas.
En la década de los noventa, Mantequilla Nápoles llega a Ciudad Juárez para preparar a un boxeador. Ahí conoce a su esposa y se convierte en el entrenador de jóvenes peleadores del gimnasio Baños Roma. Y es en esta ciudad donde, finalmente, se establece. Sin embargo, él ya no es la celebridad que era, ni la ciudad goza del peculiar glamour que tuvo en otras épocas. Él y la ciudad se deslizan, sin darse cuenta, llevados por la inercia, hacia una especie de disolución. Casi veinte años después de su llegada, el boxeador abandona el gimnasio para recluirse en su casa. Para entonces, el deterioro de la ciudad es notable y la violencia ha expulsado a un número considerable de los habitantes de Ciudad Juárez. Ya no hay jóvenes que entrenar. Y tampoco hay un espacio con lo indispensable para hacerlo. En una entrevista realizada para el periódico La Jornada, el boxeador declararía: “Yo ya no existo”.
Los miembros de Teatro Línea de Sombra no se limitaron a reunir material para contar esta historia, sino que decidieron intervenirla a través de un proyecto de desarrollo cultural: la remodelación y el equipamiento del gimnasio de los Baños Roma y el regreso de Mantequilla Nápoles como entrenador. La puesta en escena Baños Roma surge de esta acción operada sobre la realidad. A partir de esta experiencia, Alicia Laguna, Zuadd Atala, Alejandra Antígona, Jorge León y Malcom Vargas se formulan incesantemente preguntas: ¿qué significa vivir en el norte de México? ¿Cómo se vive la condición de mujer en Ciudad Juárez? ¿Cómo se relaciona la desintegración de un cuerpo social con la del individuo? Y sobre todo, ¿de qué manera están ellos personalmente implicados en esta trama? ¿Cómo los toca esta historia? Estas preguntas los impulsan a presentar a nuestros ojos un relato sobre una ciudad de casas deshabitadas y perros abandonados, una cartografía del esplendor y la decadencia de Ciudad Juárez, una coreografía en la que la violencia enlaza muerte y deseo, registros videográficos de Mantequilla Nápoles en los Baños Roma.
Uno de los momentos más impactantes de la pieza tiene lugar cuando Malcom Vargas relata un episodio de abuso policial, situación ya normalizada, que le tocó vivir durante la preparación de la obra en Ciudad Juárez. El relato resulta perturbador no sólo por su contenido, sino por el hecho de que el actor se des-humaniza colocándose de espaldas al público, frente a una cámara de video. Su rostro sólo es visible a través de un monitor. La asociación con un interrogatorio es inmediata. Pero más allá de esa primera relación, este dispositivo transforma al sujeto en documento, en una imagen sin mirada, y nos coloca en el lugar del policía.
Cuando la obra ha concluido, los espectadores abandonan la sala pensativos. Intercambian impresiones. Muchos de los temas abordados les son familiares, pero las relaciones que se establecieron sobre el escenario entre ellos, sugieren nuevas perspectivas de lo ya conocido. Más que poner en escena un conjunto de temas, Teatro Línea de Sombra se ocupa de poner en relación un conjunto de preguntas. Jorge Vargas me explicaría más tarde las razones de esta forma teatral: “Pensamos que el espectador puede asistir a ver un paisaje de la realidad que nosotros hemos construido para poder crear entre ambos una especie de intercambio de pensamiento”. De lo que se trata es de proponer al espectador “una serie de interrogantes que nos van a permitir a los dos, a cada uno, hacernos una idea de una realidad que va a ser la tuya, la propia, la que tú testimoniaste o la que tú estás viendo en escena. Tantas ideas de realidad como espectadores haya”.
Piezas como Baños Roma han dejado de ser excepciones en nuestro panorama. El espectador teatral contemporáneo se ha habituado a encontrar escenarios desnudos que no pretenden ser más que un espacio concreto para la acción, dispuesto para la mirada. En efecto, hay una línea de trabajo, desarrollada por varios grupos y creadores teatrales (Lagartijas Tiradas al Sol, por ejemplo), que retira del escenario la estructura dramática tradicional, la noción de personaje, la peripecia anecdótica, la construcción escénica de la ficción y la idea misma de representación, para proponer, a cambio, un momento de comunicación directa en el que los actores hablan no en calidad de personajes, sino de seres humanos que habitan la misma realidad, el mismo espacio y el mismo tiempo que cualquiera de sus espectadores. En esta línea de trabajo, el actor sigue utilizando su discurso para evocar una realidad ausente. Sin embargo, esta realidad no es “alterna”. Es tan “real” como los propios actores y espectadores y certifica su existencia mediante un despliegue documental.
II
Durante sus dos décadas de actividad, Teatro Línea de Sombra ha producido un gran número de obras escénicas que resultan de la puesta en escena de un texto dramático; otras implican una dramaturgia colectiva que dispone de los textos (no siempre dramáticos) y de otros materiales no textuales con un amplio margen de libertad. Pero, en cualquiera de los dos casos, los resultados han sido piezas que se proponen la generación de ficción. La curiosidad por saber cómo y, sobre todo, por qué el grupo ha tomado una dirección tan distinta en Baños Roma, me llevaron a visitar a Jorge Vargas en la oficina del grupo. Todo el espacio está marcado por la intensidad del trabajo: recargados en algunos rincones, hay objetos de otras obras; los pizarrones aún conservan apuntes; en una pared se lee una serie de juegos silogísticos, usados para construir la estructura de Pequeños territorios enreconstrucción, su nueva pieza.
Para entender lo que está detrás de Baños Roma, es necesario hablar de Amarillo. Sentado a la mesa, Vargas afirma categórico: “Amarillo es un parteaguas en el trabajo que hacemos. En Amarillo dejamos de trabajar sobre un texto preescrito para la escena”. Sólo era posible abordar un tema como la migración desde la realidad compleja y cambiante del fenómeno. El grupo, me explica, tuvo que integrar a sus métodos un tipo de investigación que incluyera el análisis del fenómeno a tratar, la recopilación de testimonios orales y la producción de textos y secuencias de acciones. Pero si en Amarillo habían partido de la exploración de un aspecto de la realidad para construir una obra artística, en Baños Roma decidieron partir de una obra artística para incidir sobre la realidad.
Baños Roma comenzó como una inquietud literaria: una entrevista a Mantequilla Nápoles, publicada por La Jornada hace algunos años, trajo a Jorge Vargas el recuerdo del cuento “La noche de Mantequilla” de Julio Cortázar. Este relato mezcla una crónica de la pelea entre Carlos Monzón y Mantequilla Nápoles con una ficción que narra un encuentro entre dos seres siniestros, presuntamente gángsters, que van a intercambiar algo que parece que es clandestino, durante la pelea. Jorge Vargas se sorprendió, primero de que Mantequilla Nápoles estuviera vivo y, después, por el hecho de que residiera en Ciudad Juárez, que hace cuatro años era la ciudad más peligrosa: había entonces seis homicidios por día. A Vargas le pareció interesante proponer una inversión de la narrativa del cuento de Cortázar: a una crónica sobre Ciudad Juárez, construida por el grupo, se le insertaría una especie de fábula sobre un personaje mítico: el propio José Ángel Mantequilla Nápoles.
Baños Roma nació como una obra destinada a desbordar el marco estético. Su sentido como proyecto se hace visible cuando, además del producto escénico, se considera el proceso creativo y el modo en que se relaciona con el contexto en que nació. Esta tendencia a proponer actividades que rebasen los límites de lo estético surgió como consecuencia de Amarillo. Llevado por la necesidad de impregnarse de la realidad de los migrantes, el grupo estableció relaciones con personajes como Solalinde y comenzó a colaborar con ellos. El desbordamiento del marco estético ha continuado creciendo desde entonces. Recientemente, Teatro Línea de Sombra se ha involucrado en proyectos que tienen una incidencia sobre la realidad mucho más decisiva. Tal es el caso de su participación en un proyecto de Alfadir Luna, que consiste en la construcción de territorios de encuentro entre las comunidades locales y los albergues de migrantes.
En este momento de la entrevista, la inquietud que me trajo hasta aquí vuelve a surgir y pregunto: “Considerando que han trabajado con la ficción durante casi veinte años, ¿este alejamiento de los mecanismos de la ficción sería un punto de no retorno?”. Jorge Vargas es claro en su respuesta: “La pregunta más bien es si eso todavía es suficiente para dialogar con tu entorno en una realidad como la que vivimos hoy. No sólo me refiero al contexto social y político en el que vivimos, sino a cómo han entrado en crisis de veracidad las cosas del mundo. ¿En quién creer ahora? ¿Por qué tienes que creer en el teatro? ¿Por qué tienes que creer en un tipo que te dice que es otro? Creo que el mundo se ha vuelto en extremo ambivalente. En extremo. Y en esa ambivalencia, para mí, un ladrillo de concreto es una posible piedra de toque para reiniciar un diálogo de otra manera”.
Una representación de la obra ‘Baños Roma’. Fotografía: Blenda.
Una representación de la obra ‘Baños Roma’. Fotografía: Blenda.
Una representación de la obra ‘Baños Roma’. Fotografía: Blenda.
La renovación de los Baños Roma preparó el espacio para la obra de teatro y rehabilitó el espacio. Fotografías: Teatro Línea de Sombra / Blenda.
El espacio público, como noción, es una idea relativamente reciente. Para poner en contexto los proyectos que se presentan en este dossier, este ensayo explora cómo nace la idea del espacio público y su apropiación, así como la manera en que se utiliza para explicar las interacciones de una sociedad, sus conflictos y sus límites legales, con especial énfasis en las apropiaciones artísticas.
EL ESPACIO PÚBLICO Y LA SOCIEDAD
Según Alberto Sato, historiador y crítico de la Universidad Andrés Bello, el espacio público se refiere a un lugar cuya propiedad, disposición y uso es común a todos los habitantes de una ciudad. Sin embargo, no todas las personas gozan o disponen de dichos lugares en forma arbitraria, por lo que deben existir controles para su mantenimiento y cuidado, así como para su utilización. Las actividades pueden ir desde el simple desplazamiento hasta los procesos de intercambio entre individuos que integran la sociedad: el espacio público como lugar de encuentro entre consumidores y mercaderes. Por esta razón se considera esencial garantizar la libertad de circulación e intercambio de bienes y personas dentro del espacio público, para permitir que funcione como punto de convergencia.
La idea del espacio público fue enunciada por primera vez en los años ochenta por Adrián Gorelik, especialista en temas urbanos en la Universidad de Quilmes, Argentina. Esta idea tomó fuerza dentro de los discursos culturales, sociológicos, políticos y urbanos durante esta década, y sirvió como eje para la explicación de fenómenos urbanos tan diversos como los tianguis culturales, las Gallery Nights y las propias obras que el gobierno realiza dentro de una ciudad. Para ilustrar la importancia de este concepto, podemos pensar en las recientes renovaciones en el Centro Histórico de la ciudad de México, la glorieta de la Minerva en Guadalajara y los jardines de Las Rosas y Capuchinas en Morelia. Bajo el discurso de una transformación urbana progresista, estos actos enaltecen la importancia del espacio público a través de obras de peatonalización de sitios emblemáticos, ensanche de aceras en vialidades importantes, así como la recuperación de espacios de encuentro, como en el caso de la Alameda Central en el Distrito Federal. Gorelik entiende al espacio público como categoría puente, la cual pone en un mismo recipiente conceptual dimensiones de la sociedad, la política y la ciudad. Estas esferas tan diferenciadas convergen en el territorio de la ciudad en un locus específico que cumple como referente de identidad, reconocimiento y reunión para individuos que, en la acelerada dinámica urbana, han roto los lazos de comunidad.
Entre las actividades que se realizan en el espacio público se encuentran las manifestaciones políticas o culturales, por ejemplo, el cierre de vialidades importantes para expresar inconformidad o las intervenciones artísticas que en la búsqueda de acercarse a la sociedad utilizan calles, parques o plazas como escenario. Son precisamente estos eventos los que enriquecen y dan vida al espacio público, a la vez que lo mantienen en los círculos de reflexión donde se impulsa la convivencia y la integración social. A estos aspectos del espacio público se contrapone la creciente edificación de espacios de consumo privado, cuyo principal atractivo es la promesa de seguridad. Es decir, la importancia del espacio público radica en su potencial para la integración, construcción de referentes y significaciones sociales a través del encuentro de los diferentes grupos sociales.
El espacio público no aparece en las ciudades por inercia. De acuerdo con Marcela Vergara, socióloga de la Universidad Pontificia Bolivariana, éste se constituye tanto por las prácticas que ejerce la sociedad como por el sentido que se le da: se convierte en escenario detonador de la actividad social, cultural, política y económica de una ciudad. Además, incrementa la calidad de los espacios habitables: existe una gran diferencia entre abrir la ventana para ver un parque arbolado que encontrarnos con el segundo piso de una arteria vehicular. En conclusión, hacer referencia al espacio público obliga a tomar en cuenta la forma en que se habita una ciudad, pero sin descuidar las prácticas que las personas realizan en el día a día, condición que nos lleva a la apropiación del espacio público.
Ataque de sueño, 2011.
LA APROPIACIÓN Y SU RELACIÓN CON EL ESPACIO PÚBLICO
No hay que entender el espacio público como algo inamovible en espera de ser utilizado o, de forma más concreta, como referiré a continuación, de ser apropiado. Fernando Carrión, estudioso de la política pública urbana en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de Ecuador, indica que el espacio público debe entenderse históricamente y abordarlo no sólo como parte de una ciudad sino en su relación con ella. Esto hace posible la generación de identidades entre los integrantes de una sociedad, la cual incluso puede ser reconocida por otras personas que se encuentran alejadas en espacio y tiempo. Por ejemplo, el significado de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco como icono del movimiento estudiantil de 1968 no es ajeno a ninguna persona. Lo mismo sucede con la Plaza Roja, escenario del desfile militar conmemorativo del sexagésimo quinto aniversario de la capitulación de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, y que es considerada el corazón de Moscú. La construcción de identidades o simbologías a partir del espacio público sólo es posible a través de una acción que se denomina apropiación del espacio. Esta apropiación es definida por la socióloga Marcela Vergara como el conjunto de acciones sociales que vinculan al sujeto con el espacio a través de su utilización, ocupación y usufructo, siempre que no implique la disposición en forma privada. Esta definición nos obliga a reconocer la existencia de conflictos derivados del acto mismo de apropiación. Imaginemos el siguiente escenario: Un hombre que habita en el centro de una ciudad utiliza el espacio público —un parque cercano a su casa— como fuente de distracción, calma, orden y limpieza. Por otra parte, un par de vendedores ambulantes, provenientes de otra parte de la ciudad, utilizan este espacio para el comercio, con todo lo que éste conlleva. Para el primer hombre, la actividad que realizan los vendedores afecta el orden del espacio. Aquí entran en juego dos formas de apropiación simbólicas: por un lado, el espacio actúa como elemento de recreación, y por otro se entiende como medio de subsistencia. En este ejemplo, ninguna de las dos perspectivas es adecuada o errónea. Sin embargo, darle mayor peso a una de ellas implica el riesgo de privilegiar un uso particular sobre el beneficio común, al tiempo que se limita el acceso generalizado al espacio público.
En un nivel más amplio, la apropiación del espacio público permite la generación de tácticas o herramientas de comunicación, intervención, denuncia o reclamo, siempre fundadas en la acción colectiva. Como en cualquier proceso de comunicación son necesarios cuatro elementos: emisor, mensaje, canal y receptor. Por ejemplo, pensemos en un artista que realiza un montaje en una plaza pública, con la intención de crear conciencia sobre el cuidado del agua. Su público objetivo es toda persona que circule por este espacio. Sin la intervención de este público, el espacio no puede ser apropiado y la idea del artista no se manifiesta. Al encontrarse todos los elementos comunicativos, el individuo podría pensar en regresar nuevamente a este lugar que le pareció más interesante y significativo como espacio cultural desde que se encontró con la idea de un artista manifestada en el espacio público. Otro caso con el que se ilustra la apropiación de espacio público es la forma mediante la cual grupos sociales buscan hacer evidentes demandas o inconformidades relacionadas con su vida en la ciudad, actos en los que, como define Verónica Capasso, especialista en arte y espacio público de la Universidad Nacional de La Plata, el Estado es colocado en el centro de los reclamos. Como muestra de estas manifestaciones está el Movimiento Urbano Popular en México, que alrededor de 1970 estaba conformado por propietarios de vivienda, inquilinos, colonos y solicitantes de vivienda, la mayoría trabajadores no asalariados, quienes demandaban mejores condiciones de vida. En Chile encontramos el caso del Movimiento de Pobladores en Lucha, surgido en 1960, cuyos integrantes demandaban vivienda, equipamiento y mejoras urbanas. La apropiación política del espacio público permite configurar formas alternativas de orientación ideológica agregando también la acción colectiva. Las reacciones que provoca suelen ser diferenciadas e inclusive contrarias, es decir, van desde el apoyo al desacuerdo total, en este último caso con el argumento de un uso inadecuado del espacio público, como consecuencia de la confrontación del derecho a la libre circulación con el de libre expresión.
El objetivo de la apropiación es comunicar algo a la par que provocar una reacción en la vida cotidiana, de forma que la intervención sobre el espacio público se convierte en una marca territorial que expresará la apropiación de una ciudad y la toma del espacio para ser habitado. Por ejemplo, permanece en la mente de los habitantes y establecimientos mercantiles la ocasión en que el Paseo de la Reforma en el Distrito Federal fue tomada por militantes de un partido político del país en juliode 2006, donde la acción colectiva plasmó un fuerte contenido social en el espacio público. Adolfo Albán, pintor y expositor en espacios abiertos adscrito a la Universidad del Cauca en Colombia, pone como ejemplo algunas formas de apropiación artística como la propuesta por la Bauhaus, que buscaba estetizar la vida cotidiana con objetos que cumplieran una doble función, utilitaria y estética, para acortar la distancia entre el productor, la obra, los espacios de representación y el observador. De acuerdo con Albán, los happenings, como acciones performativas de interpelación de la realidad montados en el espacio público, propician una combinación de expresiones creativas en las que el espacio público toma una importancia capital en términos de la relación obra-espectador y del lugar como espacio de creatividad.
Glorieta de Minerva, Guadalajara.
LA PROBLEMÁTICA Y LA REGULACIÓN DE LA APROPIACIÓN ARTÍSTICA EN EL ESPACIO PÚBLICO
Según Emma Gutiérrez, especialista en diseño urbano en la Universidad de Aguascalientes, si el espacio público se utiliza en forma diferenciada, con intereses que no necesariamente coinciden, es necesaria su revisión y regulación a través de la implementación de leyes, reglamentos o normas mediante un proceso continuo, integral e incluyente, puesto que el espacio público presenta ventajas que deben aprovecharse de forma generalizada. La herramienta con que cuentan las entidades de gobierno es la planeación urbana. Su objetivo es ordenar el espacio público, crear lugares comunes o simbólicos, puntos de referencia en el espacio urbano —algunos de ellos convertidos en grandes hitos—, así como, mediante la articulación con otras disciplinas, generar los instrumentos que regulan las acciones y las prácticas que pueden realizarse en ellos. Pero lo planeado para los diferentes espacios urbanos no siempre corresponde a las apropiaciones que los individuos realizan en la práctica. Un adecuado ejercicio en el diseño de políticas de intervención urbana debe reconocer las diversas prácticas sociales, culturales, económicas y políticas, con el fin de generar escenarios en los que se garanticen tanto las oportunidades como los derechos de toda la población, para que participe en forma equitativa de los beneficios derivados del espacio público. Los espacios públicos de una ciudad son sujetos de una activa política de seguridad, ante la amenaza latente de que la población los considere lugares peligrosos y deje de utilizarlos.
La apropiación artística aparece como una alternativa desde dos perspectivas distintas. Por un lado, permite trascender el paradigma clásico de la obra dirigida al espectador selecto y conocedor, contenida en espacios diseñados específicamente para su exposición, como los museos o galerías privadas. Por otro, mediante la búsqueda y generación de nuevos espacios de comunicación y exposición, interactúa con el público de a pie. Esto posibilita el uso del espacio y su concurrencia, con apoyo de elementos como la música, la danza o el teatro para generar interacciones entre un artista y un público que puede incluso convertirse en participante activo. Muestra de lo anterior son las actividades de Flashmob México, que tiene como fin crear escenas, valiéndose del arte de la improvisación, en las cuales se envíe un mensaje positivo relacionado con el valor de la organización colectiva y el uso del espacio para la manifestación de ideas. Acciones emblemáticas de este colectivo son Ataquede sueño (2011), en la cual un grupo de cerca de doscientos participantes, entre ellos violinistas, se dieron cita para irrumpir la cotidianeidad de la calle Madero en el Centro Histórico, y Freeze Antara (2010), donde cerca de ciento veinte personas se organizaron para montar en una plaza comercial una suerte de obra en la cual todos los participantes quedaban congelados. Este tipo de apropiaciones incentiva el uso del espacio y resultan una eficaz herramienta para la recuperación del espacio público.
En principio, la apropiación artística del espacio no tiene grandes limitaciones legales, pues la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos contempla la inviolable libertad de difundir opiniones o ideas a través de cualquier medio. Hace hincapié, además, en que ningún instrumento jurídico puede coartar esta libertad, salvo en casos en que se perturbe el orden público, se atente contra la moral o los derechos de terceros, si bien no existe la posibilidad de secuestrar ni retener elementos o bienes utilizados para la difusión de bienes o ideas. En una lógica similar, la Carta de Derechos de los Ciudadanos del Distrito Federal estipula la posibilidad de expresar libremente ideas, sea en forma oral, escrita u otras, siempre que se respete el orden público y los derechos de terceros.
Este marco jurídico facilita la apropiación, de forma individual o colectiva, del espacio público como medio de movilización de la producción artística, realización de alguna crítica o cuestionamiento al sistema social a partir de la representación visual o sonora de ideas. Sin embargo, a escala local, donde la acción de la autoridad está focalizada, como en municipios o delegaciones, existe la preocupación de generar condiciones mínimas para la convivencia entre los diferentes individuos que utilizan el espacio urbano. En sentido más estricto se trata de permitir el libre ejercicio de algunos derechos ciudadanos sin afectar el de terceros. Tal preocupación se refleja en la Ley de Cultura Cívica que opera en el Distrito Federal. Al igual que la Constitución y la Carta de Derechos, enuncia la libertad de expresión. Esto incluye también las posibles conductas o hechos sancionables, como la producción de ruidos molestos, limitar el derecho de uso, acceso y libre tránsito en el espacio por un tercero, o causar daños al entorno urbano —dañar, pintar o hacer uso indebido de propiedades públicas o privadas—, salvo en el caso de que exista un permiso expedido por la autoridad correspondiente. Entre los ejemplos que pueden ser objeto de penalización está el graffiti, aunque como apropiación puede apreciarse como una forma válida de arte. Si bien puede ser calificado como parte del derecho innegable de la libertad de expresión, para otras personas es desagradable y causa daños innecesarios al espacio público. En esta última perspectiva se sitúan las autoridades encargadas de vigilar el espacio público, que asocian esta actividad con la ilegalidad, lo que genera barreras legales para el ejercicio de esta práctica. Sin embargo, los colectivos de artistas del graffiti han logrado con el paso del tiempo encontrar espacios de diálogo con autoridades y sociedad civil para mejorar la imagen de esta práctica.
Las principal limitación que enfrenta el ejercicio de apropiación artística es el de contar con un permiso para utilizar el espacio público, por lo que será tarea del artista consultar con la autoridad correspondiente los pasos a seguir. Los dos ejemplos mencionados —flashmob y el graffiti— muestran que pueden existir diferentes percepciones sobre el efectivo ejercicio de la libertad de expresión. Existe poco desarrollo de la legislación en la materia, lo que hace necesario el trabajo con las autoridades para establecer marcos jurídicos que permitan una realización efectiva de la apropiación artística sin violar los derechos de terceros.
En su novela autobiográfica La edad de la punzada, Xavier Velasco revela una precoz admiración por Alice Cooper, que más tarde se volvería una devoción adulta por David Bowie. En un episodio de su pubertad, el escritor pensó en convertirse en estrella de rock. “Cuando por fin tenía la guitarra, me enteré que faltaba el amplificador y ninguno es barato”, escribió el futuro ganador del Premio Alfaguara. Por eso descartó la idea de figurar en la música y se decantó hacia las letras.
Las bandas hardcore
Cuando Tryno Maldonado describe a Julia, la chica punk de su novela Teoría de las catástrofes, cuenta en que su chaleco lleva prendidos decenas de pins con nombres de grupos de hardcore. Cuando le pregunté al autor por qué sólo había escrito “bandas de hardcore” en vez de aludir a los nombres de cada uno, me dijo que no quería “que dentro de muchos años, alguien leyera el libro y tuviera que buscar en Google para saber que hace muchos años existió una banda llamada así o asado para entender la novela”. Sin embargo, en Temporada de caza para el león negro, el mismo Maldonado escribió que Golo, el protagonista, tenía entre sus cosas más preciadas “un horrible póster de Metallica”. El cuarteto liderado por James Hetfield tiene la suficiente popularidad como para que el lector no tuviera que preguntarse de quién le estaban hablando.
Las referencias a la música contemporánea en la literatura mexicana de los últimos años, especialmente al rock y sus infinitos derivados, son cada vez más recurrentes. Pero en ocasiones, la música pasa de ser simple adorno en la escenografía para influir directamente en la estructura de una obra. Se convierten en una especie de “libros rock”. Fecundos en lenguaje coloquial, frases cortas y directas, fuentes de irreverencia que además, recurren al monólogo interior con la regularidad del cantautor que suele tararear melodías para sí mismo. Un escritor no puede esconder que es melómano.
Jordi Soler, ex locutor de la legendaria Rock 101, incluyó en su novela Nueve Aquitania un intercapítulo al que bautizó como “Ruido”, en el que se limitó a enlistar “15 discos escuchados durante la confección de la obra”. En el inventario aparecen los mismo el proverbial Nevermind, de Nirvana; De una ciudad en llamas, de Radio Futura y MTV Unplugged, de Santa Sabina (Rita Guerrero, difunta cantante de esta banda, era pareja sentimental de Soler). Una canción, como una flor, una nube o una mujer, forma parte de esa vida a partir de la cual uno escribe. Ya lo dijo Kiko Amat en su ensayo “17 consejos para publicar novelas en editoriales reconocidas (sin bajarse los pantalones)”: “No teman hablar de ustedes mismos”. Los libros que meten al rock entre sus páginas suelen comulgar con una juventud (como estado de ánimo y no como parámetro de edad) de lectores necesitados de un catalizador de sus inconformidades. Rara vez requieren leer libros que les planteen rebuscadas interrogantes existenciales, sino que exigen historias que se dejen leer, que entretengan, como el ávido público de un concierto de heavy metal que desea romperle la madre a la monotonía en medio de un incendiario acto de slam. Pero pese a no planteárselo desde la cuadratura de la crítica literaria, rigurosa, académica, institucional y monolítica, el rock en la literatura sí plantea esas preguntas existenciales igual que lo hicieron Camus o The Cure. El protagonista de La edad de la punzada es, a la vez, todos los adolescentes de México, clasemedieros, de finales de los ochenta, con su metas aspiracionales gringas, sus conflictos sexuales y su necesidad kamikaze por desobedecer a una institución que para ellos es camisa de fuerza: la familia.
Entre una banda sonora muda y la banda imaginaria
El rock persiguió a Xavier Velasco debido a su formación como periodista musical. En consecuencia, a su Violetta, la femme fatale de Diablo Guardián, la sigue, como un fantasma, la canción de “The Passenger”, de Iggy Pop.
Antes estuvieron otras novelas y cuentos que tuvieron a la música como inspiración, eje y pretexto. Las Jiras, premio Xavier Villaurrutia 1973, permitió que Federico Arana plasmara las andanzas de una banda imaginaria llamada Los Hijos del Ácido, que en su frustración por la carencia de oportunidades en México intenta emigrar a Estados Unidos hasta que sus integrantes son deportados por la patrulla fronteriza. Gran parte de lo que la ficción permite decir se basa en lo que Arana experimentó con Nalftalina, su propio grupo de rock.
Victor Roura, figura representativa del periodismo musical, escribió Polvos de la urbe, una novela acerca de la imposibilidad de convertirse en estrella de rock en un país como México. Podríamos nombrar otros libros, como La música de los perros, de Mauricio-José Schwarz; La cantante descalza y otros casos oscuros del rock, del ya mencionado Jordi Soler; y Arrecife, de Juan Villoro, donde se cuentan las desventuras de Mario Müller, ex integrante de Los Extraditables, otra banda ficticia. Villoro desahoga su frustración (así lo ha confesado en entrevistas) ante la espina clavada por nunca haber sido rockstar (misma que se sacó en la pasada edición del Festival Vive Latino en 2014, cuando subió al escenario Rock & Libros para leer algunos de sus cuentos mientras lo acompañaban, tocando en vivo, Diego Herrera y Alfonso André, de Caifanes; Federico Fong, de La Barranca, y el guitarrista Javier Calderón).
La literatura en onda
El principio de la relación entre las letras y la música puede encontrarse en la literatura de la onda, corriente gestada en la segunda mitad de los sesentas que comenzó a incorporar el rock, las drogas, el sexo y el lenguaje de los jóvenes como parte de las historias.Pasto verde y El rey criollo, de Parménides García Saldaña, y La tumba y De perfil, de José Agustín, son novelas que dan cuenta de ello.
Sin ellas sería inexplicable la existencia de otros libros como Extraños, de Iván Farías, en el que Radiohead es una presencia constante en sus relatos, Satán rechazó mi alma, de Juan Carlos Hidalgo, en cuyas páginas Gustavo Cerati despierta de su letargo, o House. Retratos desarmables, de Sergio Loo, que no sólo tiene como uno de sus protagonistas a un DJ, sino que la estructura entera de la obra asemeja bastante a un remix de música electrónica, construyéndose a partir de sucintos fragmentos de historia.
Julio Martínez Ríos, consigue en su novela debutante, Yo soy Constantinopla, hacer de la música pop de los noventas el hilo conductor de la historia. Xosé Ximénez, un joven músico compone tres canciones en colaboración con Durán, integrante de la banda ficticia Los Hambrientos, que cuando son soltados por la radio obligan a quien las escuche a tener relaciones sexuales con la primera persona del sexo opuesto que se le ponga enfrente. Aquí encontramos en el sexo ese ingrediente incómodo, picante y animal que el rock lleva en su ADN y un escritor melómano como Martínez Ríos no se sustrae a inyectar en su novela. La situación se conoce como “Fenómeno Rosa” y es causa de todo un conflicto político, social y hasta religioso en la sociedad mexicana. Esta historia se narra en paralelo con la de Gonzalo, un recién egresado de Comunicación, enamorado irremediablemente de una fan de Madonna. La forma de hablar, de vestirse y hasta de mirar la orfandad y el desencanto juvenil de los personajes, retrata a detalle a esa última juventud que aún no dependía del teléfono celular para disfrutar de un concierto. De aquellos que aún levantan un encendedor para celebrar la música en vivo.
A Martínez Ríos, el gusto por el rock se le sale en los diálogos:
—Me caes bien. Te van a acabar.
—Ya sé, el mundo es un vampiro.
Así le dice Durán a Ximénez y la frase es idéntica a “Bullet for butterfly wings”, canción infaltable en el catálogo de Smashing Pumpkins (the world is a vampire/ sent to drain/ secret destroyers).
La música es musa también. En ocasiones, se ha planteado a diversos escritores el reto de confeccionar un cuento a partir de una canción, una banda o un disco. Tal es el caso de los dos volúmenes de la colección Rock para leer, de revista Marvin, libros en los que escritores como Bernardo Esquinca, Wenceslao Bruciaga, Paul Medrano o Gloria Ambriz fueron invitados a escribir cuentos tributo a Morrissey (vol. 1) y Blur (vol. 2). Mismo caso el de la antología El rock es puro cuento, publicado en 2004 por la revista regiomontana La Rocka, integrado por los mejores relatos con tema rockero resultantes de un concurso convocado por la publicación. También están 22 Escarabajos: antología hispánica del cuento Beatle, con textos de Pilar Andón, Roberto Valencia y Patricia Esteban Erlés, entre otros. De reciente aparición tenemos Encore: antología de cuentos, publicado por Resonancia Magazine, en la que autores como Alberto Chimal, Armando Vega-Gil y o Bernardo Fernández BEF se aventuran a experimentar la inclusión de referencias musicales en el cuento corto con excelentes resultados.
La música y la literatura iniciaron un romance hace tiempo y, cuando menos en la letras mexicanas, ha arrojado una prolífica y recomendable producción. Cada vez son más títulos, más sedientos los que abrevan del universo musical y lo procesan para transformarlo en literatura. Vale la pena acercarse al fenómeno, disfrutar de los libros que más que leer, piden ser escuchados.