Para conmemorar el centenario de José Revueltas, esbozamos diferentes facetas del escritor cuya obra es imprescindible para leer el México de hoy. En esta Conversación abierta, “Tres rostros de Revueltas”, escritores e ilustradores arrojan luz sobre la poesía y los ensayos políticos del autor de Los errores. Iniciamos este ejercicio multidisciplinario con una conversación entre Elena Poniatowska y Vicente Alfonso, compilador de El vicio de vivir (FETA, 2014), libro de ensayos sobre el escritor duranguense.
Durante su discurso de recepción del Premio Cervantes, Elena Poniatowska evocó a tres autores mexicanos que debieron recibir ese galardón: María Luisa Puga, Rosario Castellanos y José Revueltas. La mención del duranguense era apenas necesaria, pues durante décadas ha estado presente en la obra de la escritora: no sólo porque aparece como personaje en al menos cinco de sus libros, sino porque le debemos a Poniatowska tres entrevistas que nos permiten trazar un vívido perfil del escritor y militante. Para abrir la charla le pregunto sobre esas entrevistas, publicadas entre 1970 y 1976 en La Cultura en México. Resulta evidente el cuidado con el que la escritora y periodista preparaba sus entrevistas: “Lo entrevisté en su casa, que estaba en la avenida Insurgentes, con su mujer, Emma Barrón, que era una maravilla”, me cuenta, y después evoca la forma en que Revueltas solía beber vino blanco en una taza. “Yo leía sus novelas, sobre todo El luto humano, y a partir de ahí comenzaba a hacer preguntas”.
Personaje de novela
Leyendo La piel del cielo, novela que le valió a Poniatowska el Premio Alfaguara en el año 2000, nos encontramos con un Revueltas joven que acaba de perder el borrador de su primera novela y que está escribiendo Los muros de agua. “Soy un inconforme, un aguafiestas, un acérrimo enemigo del gobierno”, dice Revueltas al protagonista, Lorenzo de Tena, alter ego del astrofísico Guillermo Haro. No obstante su juventud, Revueltas ya fue llevado a las Islas Marías y durmió en calabozos. Según la misma novela es un voluntario incansable que “dormía tranquilo en la banca de cualquier parte, y que aguantaba hasta cuatro días sin comer”.
De esa manera lo recuerda: “Así era Revueltas. Siempre fue un hombre que se maltrataba, maltrataba su cuerpo. Había días en que no comía, que dormía en una banca, a veces no tenía ni siquiera para pagar el autobús. En dos de mis libros, La piel del cielo y El universo o nada, aparecen los viajes de Guillermo Haro con José Revueltas. Cuando era muy joven, Haro se acercó al Partido Comunista y desarrolló una enorme admiración por Narciso Bassols, quien lo invitó a repartir en los pueblos más distantes la revista Combate, labor que hacía con Revueltas”. Revueltas también aparece en Paseo de la Reforma como uno de los intelectuales que visitan la casa de Ashby, un millonario cuya visión del mundo cambia a raíz de un accidente. Cuando leo en voz alta ese fragmento, la autora dice: “Lo metí simplemente como un homenaje para no olvidarlo, porque él nunca estuvo en el campanario. Él luchó siempre desde el margen, desde las orillas, nunca tuvo un papel protagónico”.
Tlatelolco y Lecumberri
Entre preguntas y respuestas, arribamos a un tema clave en la vida del país: 1968. En La noche de Tlatelolco, Revueltas es mencionado varias veces. No podría ser de otra manera, pues para nadie es un secreto que el duranguense, aprehendido el 16 de noviembre de aquel año, era considerado por el gobierno el principal ideólogo del movimiento. Poniatowska insiste en que “en 1968 se echó la culpa de lo que pasó en el movimiento. Era un hombre que quería correr la misma suerte que todos, que pasaba tiempo con los muchachos, que jamás buscó tener un papel especial ni una situación de privilegio”.
Tras su arresto, Revueltas fue recluido en Lecumberri. Para entonces la prisión no resultaba un sitio ajeno para la periodista, quien conocía el lugar desde 1959, cuando a sus veinticinco años comenzó a visitar el Palacio Negro para entrevistar a los huelguistas ferrocarrileros que ese año, encabezados por Demetrio Vallejo, paralizaron el país (de ahí nace El tren pasa primero). La autora volvió para visitar a Álvaro Mutis, para entrevistar a David Alfaro Siqueiros y, por supuesto, para conversar con José Revueltas. “En Lecumberri lo fui a ver sólo a él unas tres o cuatro veces”; fue con Guillermo Haro después de que apareciera La noche de Tlatelolco. Rememora también que en los días de visita “las restricciones para las mujeres eran mucho mayores: no usar pantalones, no llevar bolsa de mano… para las mujeres más pobres que iban a ver a sus hijos la situación era más humillante, porque a ellas les hacían revisiones, las examinaban para ver si no llevaban droga en la matriz. Era muy injusto”.
Señala que en una celda de Lecumberri, Revueltas escribió El apando, un testimonio de que el rigor en la prisión se extendíaa los visitantes: “Como a todo el mundo, El apando me pareceuna obra maestra, una pequeña joya”.
Precisamente en La noche de Tlatelolco, Poniatowska consigna un episodio brutal ocurrido en la prisión de Lecumberri: el primero de enero de 1970, un grupo de presos por delitos del fuero común irrumpió en la crujía de los presos políticos, donde un grupo de intelectuales llevaba veinticuatro días en huelga de hambre. Varios de los manifestantes fueron heridos con navajas, tubos y varillas. Además confiscaron, entre otras cosas, los manuscritos y los libros que Revueltas guardaba en su celda.
En otra crónica, escrita diez años después de aquellos hechos e incluida en Fuerte es el silencio, Poniatowska escribe que el mayor acierto de José Revueltas fue pertenecer al movimiento del 68, pues los jóvenes son quienes pueden cambiar este país. Le pregunto si para ella sigue siendo cierta esta premisa: “Claro, tengo muchísima fe en los jóvenes. Siempre he ligado a los jóvenes al progreso, siempre los he convertido, al menos en mis libros y en mi imaginación, en salvadores de México. Está el ejemplo del #YoSoy132: ahí hay una esperanza de que va a haber crítica al gobierno y rechazo a la corrupción”.
Más Paz y más Revueltas
En este año de conmemoraciones, imprescindible hacer referencia a otro autor que, junto a José Revueltas y Efraín Huerta, celebra su centenario: Octavio Paz. Le pregunto qué opina del mensaje que circuló hace unos meses en las redes sociales, aquello de Menos Paz y más Revueltas: “Es una visión muy simplista de las cosas. Hay que recordar que en ‘Posdata a El Laberintode la Soledad’, Octavio Paz llamó a Revueltas ‘uno de los mejores escritores de mi generación y uno de los hombres más puros de México’”.
Después añade: “Un día, Octavio Paz me dijo que quería ver a Revueltas. Le conté cómo había que ir, qué llevar, cuáles eran las restricciones que había para pasar”. Y efectivamente, Paz lo visitó. “Creo que no coincidía con sus planteamientos, creo que pensaba que Revueltas se la jugaba, que se sacrificaba demasiado por esta cuestión de la que hablábamos hace un momento: que en vez de entregarse a su propia obra, se entregaba a todas las causas de la izquierda en México; además exponía su salud, incluso a su matrimonio y a sus hijos”.
Víctima del ninguneo
Desde los años sesenta, varios escritores como José Agustín, Gerardo de la Torre, Vicente Leñero y Carlos Monsiváis señalaron que había una especie de “veto literario” contra Revueltas. Pareciera que, para muchos, las inquietudes del militante eclipsaban los méritos del escritor. A casi cuarenta años de la muerte de Revueltas, Elena Poniatowska considera que el veto sigue: “Siempre hay una actitud de desprecio hacia los militantes. Pero además hay que considerar otra cosa: con las inquietudes que tenía, era muy fácil perder la concentración en su propia obra”.
Añade que las impugnaciones, los ataques y el ninguneo se debieron también a la izquierda indignada por los cuestionamientos que el duranguense lanzaba contra los comunistas dogmáticos, ciegos, sobre todo en Los días terrenales y en Los errores: “A Revueltas todo el tiempo lo juzgaban, estaba en el asiento del culpable, ya de por sí tenía una tendencia a sentirse culpable de todos los males de esta tierra”.
La herencia de Revueltas
Cuando le pregunto cuáles serían las enseñanzas literarias quele dejó Revueltas, responde de inmediato: “Primero, esta inclinaciónhacia los hombres y las mujeres que están fuera de labonanza de México, un poco los condenados de la tierra, comoles llamaba el sociólogo Frantz Fanon. Inclinarse hacia genteque en general no tenía ninguna oportunidad en la vida. Este eraun aspecto de la literatura mexicana que José Revueltas abrió…Creo que él tuvo también mucha influencia en Juan Rulfo, porqueRulfo también escribió sobre esas personas de las que nadiequiere saber cómo piensan ni cómo son. Claro que ahí estáAzuela con Los de abajo; igual se puede decir que eso hizo en sumomento Rosario Castellanos, aunque a ella no le gustaba quele llamaran indigenista, que le pusieran etiquetas a su literatura.Y también lo hizo Elena Garro”.
Aunque no lo menciona, esta preferencia por los que no tienen oportunidades, los que viven situaciones desesperadas, también es un rasgo esencial en lo que escribe Elena Poniatowska: mucho antes de que se pusiera de moda defender los derechos de la mujer, ella estaba involucrada en esas luchas. Recibía en su casa a las mujeres que andaban tocando puertas en busca de sus hijos desaparecidos durante el periodo conocido como la “guerra sucia”.
Otro rasgo por el que desde muy joven ha destacado la más reciente ganadora del premio Cervantes es su capacidad para mezclar dos ámbitos de la palabra escrita: la literatura y el periodismo. Su obra nos recuerda que estas dos esferas no son agua y aceite. En busca de material para sus novelas, Elena Poniatowska se adentraba en las vecindades del Distrito Federal, concretamente en las calles de Morazán y Ferrocarril Cintura, para entrevistar a Josefina Bórquez, una mujer que lavaba ropa y que se transfiguró, por las astucias de la literatura, en Jesusa Palancares, la protagonista de Hasta no verte Jesús mío: “Escribo de lo que veo, de lo que oigo y de lo que me dicen. Escribo con una inclinación natural hacia todo lo que es distinto a mi vida. Me interesa contar las historias de los que no tienen, que no han tenido oportunidades ni privilegios. Tengo más curiosidad por esas historias que me sacan de mí misma y de mi medio social, porque al final, nadie me ha dado lo que me dio Jesusa Palancares”.
Fotografía de José Revueltas, tomada del Archivo General de la Nación, Fondo Hermanos Mayo, concentrados sobre 7533.1.
Apenas se dobla el día a la mitad, aparece una gavilla de prietas subiendo la cuesta. Los jueves vienen de visita las mujeres de los prisioneros. Parecen sombras huérfanas de cuerpo. Su andar es a la par atolondrado y urgente, como esos sueños en los que uno corre pero no avanza. Cargan a los hijos del bandido, cargan canastos con pan negro y guisos y tortillas duras, cargan una lona doblada y los palos y varillas con los que armarán el tinglado que les servirá de íntimo cubil. Llegan sudadas y con 6ytlos pies hinchados. Vienen desde diferentes tipos de lejos. La prisión las recibe desde su majestuosidad de trono en la punta del paisaje. Trono de monarca ultimado. Todas han sentido alguna vez que están ingresando, literalmente, a un hocico. Algunas vienen acompañadas de niños que ya saben caminar. Los han educado para no llorar.
Los prisioneros no pueden verlas aproximarse. Las huelen. Desde temprano apañan una parcela de patio, sienten la sangre de su cuerpo atorándose dentro de sus colgajos; se codean conciliatoriamente, sonríen como mazorcas. ¡Ya es jueves, dios mediante! Dios no tiene nada que ver con la orgía de los reclusos. Dios no pasa revista en aquel claustro de sicarios. Se cuentan por cientos: laberinto de humanos desposeídos y enjutos, mugrosos y bravos. Son cientos y sus erecciones. Hay algunos que se masturban varias veces a lo largo del día para quedarse ya sin una sola gota de leche y así asegurar dureza por más tiempo adentro de mujer, adentro de tripa. Otros realizan ejercicios a lo largo de la semana, gimnasias para retener el chorro seminal. Habrá alguno que se hechice antes chupándole la juventud a las piedras o aquel que unta papilla de insectos en la empuñadura de su genital.
Llegan las mujeres. No se miran entre sí; son como estrellas distantes cuyo único anhelo es formar parte de una constelación. Cruzan el punto de chequeo por turnos. Las mujeres centinelas las manosean fríamente; quizás a alguna esto le parezca odioso, quizás a alguna le entusiasme. Entran al patio central y sienten el fantasma de un dedo aún escudriñando el centro del universo entre las piernas. Ubican al marido entre tanto pellejo de hombre. Reina la penumbra. Y eso que apenas es mediodía. Aquí el sol es ficción, jamás ha lamido rincón alguno de este patio arenoso que hiede a sitio en el que muchos hombres han eyaculado.
Mariano está en la cárcel por haber matado al amante de su mujer. Ni siquiera los cachó, fue el mejor amigo quien se lo reveló entre broma y buches. Ni hablar, compadre, le respondió Mariano, fue detrás del mostrador y sustrajo el arma. Dos balazos en el pecho.
Juliana, infiel, acababa de cumplir veintiún años cuando el drama. Han pasado cuatro de los trece que durará la condena. Cuatro años y sus inminentes jueves. Si fuera feliz además sería bonita. Retiene en sus facciones algo de inocencia frutal, una esquina del mundo esperando a que le quiten tanta telaraña. Su piel está castigada por viruelas rascadas sin censura. Sus ojos enemistados entre sí. Alta pero baja: como las sillas para niños de los restaurantes donde se mete a vender su mercancía. Llaveros cuyos brillos parecen de otra galaxia.
Mariano levanta el brazo y ella se acerca sintiendo las miradas de los demás reos palpándola ya. No tienes dinero para comer pero sí para pintarte las greñas, le dice él como bienvenida. Ella se cuelga de su brazo, le responde algo indescifrable estremeciendo los labios. Juntos dan la impresión de una bandera que, luego de errar sin rumbo, de pronto hallara un asta donde sostenerse.
Alrededor de ellos, las mujeres comienzan a armar las casas de campaña. En cuestión de minutos aquel patio yermo se transforma en un campamento. No hay un método común en la construcción de esas edificaciones del placer, cada una es un prodigio de la improvisación; todas tienen algo de íntimo, de digno. Las hay fuertes y bien asidas, las hay tembleques y diminutas. Algunas, las menos, son de tela.
Los niños que ya saben caminar juegan alrededor de los hogares. Juliana levanta el local sin tanta prisa, maquinalmente. Luego pone una manta en el suelo.
Mariano recuesta y desnuda a su mujer prácticamente de un soplo. Qué demacrada luce: puede vérsele la osamenta debajo de su piel color centavito. Le busca huellas y rastros de otro hombre. ¿Por qué tienes las rodillas raspadas? ¿Para quién terasuras las axilas? Reclamos que ella amortigua introduciendo al homicida en la tibieza de su regazo. Vestida de sombras, le ofrece uno de sus inmensos pezones, el que está del lado del corazón. En ese momento se borran todos los hombres libres de la faz de la tierra. ¡Jueves, dios mediante! Él hace. Ella recibe, acoplándose talones, cadera y vientre. Se besan. Parches mal cosidos permiten la entrada de polizones de luz, moteándoles el cuerpo. Ella no gime, él sí. Quisiera colocarla encima pero la habitación no da para tanto. Llega él al momento más enorme, la respiración se demora. Es como si entre cada embestida hubieran pasado miles de años. Escasos cinco minutos. Se te ve muy cabrón el cabello así, le dice; incorporándose. Mi güerita.
Se sube el pantalón. Evita mirarle el sexo lleno de miasmas. Ella se limpia con su falda.
Estás muy flaca, ¿qué no comes?
Ella no responde.
Algunas parejas aprovechan la hora y media de visita conyugal para charlar y reincidir en el ayuntamiento carnal cuantas veces sea posible. No todos hacen lo que Mariano:
Sale de la choza. Ahí afuera ya está conformada una desordenada hilera de presidiarios. Él los mide de reojo, calculando su imperio. Depositan dinero o gramos de chingadera en la mano del dueño y se meten adonde Juliana los va recibiendo uno por uno, piernas abiertas. Las reglas: sin mordidas y con prisa. No son reglas establecidas, se dan por hecho estando la morena tan guapa y la clientela tan impaciente.
El primero en la fila es un bruto que asesinó a alguien. Su basuco está adulterado con polvo de ladrillo que raspó de su celda.
Mariano observa a su alrededor las casuchas dispuestas irregularmente. El murmullo sexual es como un concierto de grillos: un gemido por allá, un grito contenido bajo la palma de una mano, el choque de dos cuerpos tenazmente humedecidos. Una mujer embarazada camina en puntas de pie huyendo del patio y con el rostro lleno de lágrimas. Los niños corren levantando una nata de polvo y ensoñación.
Sale el hombre, saciado. Entra el cliente sucesivo. Un alboroto. Los niños juegan a que son gatos. En los balcones vigilan varios guardias, botados de la risa. El viento suda. Los prisioneros más ancianos no participan del recreo, intentan espiar por entre los huecos de las lonas. Se ríen a carcajadas y rara vez tienen dientes.
Sale el hombre, inmediatamente entra otro. Uno que abrió el gas para que todos los de su edificio murieran.
Los niños juegan a que son gatos que son tigres. Mariano respira hondo, siente comezón en la ingle. Se truena cada uno de los dedos. Piensa en el exterior. Recuerda que era necesario sintonizar los canales de televisión con una perilla, recuerda que había un semáforo a la misma altura de la ventana de la casa en que creció, recuerda el culo de una vecina, recuerda a los perros bañándose en la fuente.
Sale el hombre, entra otro. Y después de ese, otro más. Y luego otro. Mariano pierde la cuenta. O tal vez nunca se aprendió bien los números. Todos asesinos: aquel mató a su hermano, aquel a su patrón empleador, este otro ahorcó a su madre con una agujeta de zapato.
Ese no pasa, le dice Mariano al próximo cliente. Es un joven que va de la mano de su padre.
Es mi hijo. Ya está en edad.
Que se vaya a jugar con los otros chamacos, exclama Mariano, aquí nomás aceptamos presos.
Se miran fijamente. Ojos inyectados de sangre, puños comprimidos, dientes recién afilados. Los tres hombres que aún forman fila comienzan a quejarse exigiendo turno. Los tres tienen metida una mano debajo del pantalón mientras se empujan con la otra. Chiflan aceleradamente.
El joven se esconde detrás de su padre; parece niña, bien peinado, con ambas mejillas sonrosadas y una explosión de pecas negras en todo su rostro de fruta. Le tiembla la barbilla, sus ojos son dos gemas.
Que pase, dice una voz trémula desde el fondo de la casa de campaña.
La 57 Muestra entra en su última etapa con las siguientes películas. Las cuales he podido ver en las proyecciones anticipadas para poder compartirlas con los lectores de Tierra Adentro:
Tan negro como el carbón (2014), de Diao Yi’Nan, ganó el Oso de Oro del Festival de Berlín. Es un film noir sobre un agente policíaco alcohólico que cinco años antes atestiguó la desaparición de dos amigos. Ahora, con el caso sin resolver, volverá a la carga hasta dar con el homicida y la primera sospechosa es una mujer aparentemente inocente, callada y trabajadora en una lavandería. Aunque tiene momentos de originalidad estética, en lo particular, esta cinta fue una de las pocas que no me logró atrapar.
Mommy (2014) es el quinto largometraje del joven director de cine quebequense Xavier Dolan. Premiada en la pasada edición del Festival de Cannes con el Premio del Jurado, en esta cinta Dolan vuelve a la relación entre madre e hijo, como en su primera película Yo maté a mi madre. En el caso de Mommy, el hijo tiene problemas sicológicos y carga con el trauma de la muerte de su padre; la madre, por su parte, debe enfrentar la responsabilidad de hacerse cargo de su hijo, luego de que éste sale de un hospital mental, luchando por mejorar su situación por medio de varios trabajos temporales. A ellos se unirá una vecina que es maestra, tartamuda debido a un suceso traumático, quien mediará para que la relación entre madre e hijo no acabe peor. Lo primero que llama la atención de la nueva cinta de Dolan es que la pantalla es de un encuadre muy cerrado y que, aunque la historia sucede en 2015, la música es muy noventera (Dido, Oasis…).
Fuerza mayor (2014), del sueco Ruben Östlund, trata sobre una familia que emprende unas vacaciones de invierno a los Alpes, lugar donde ocurrirá un incidente que romperá con la estabilidad familiar hasta convertirla en un drama y casi una tragedia. Además, es una cinta que cuestiona el instinto de sobrevivencia, distinto en una mujer (preocupada por salvar a su familia) y en un hombre (más preocupado por salvarse a sí mismo). Paulatinamente, pues el ritmo de la película así lo propone, el espectador podrá ver cómo los roles en la pareja se intercambian. Un magnífico largometraje para cerrar esta edición de la Muestra.
Con esas tres películas la 57 Muestra Internacional de Cine llegará a su final. Si te perdiste algunas de las primeras cintas que se proyectaron en la Cineteca aún puedes encontrarlas en sus últimas funciones que estarán programadas en algunos Cinemex, el Centro Cultural Carranza, el IPN, el Chopo, el CCU-Tlatelolco y la sala Julio Bracho de la UNAM, consulta la programación aquí o en las redes sociales de la Cineteca Nacional.
Cartel de Co.Relato; Aves 1.0, tomado del Facebook de Foro el Bicho.
Cuando se habla de nuevos dramaturgos es importante distinguir entre aquellos que están en formación, los cuales se la pasan escribiendo y aprendiendo de la prueba y el error, y los que se conocen porque se habla de ellos en los talleres literarios o en pláticas entre amigos que se dedican al teatro; los que tienen una o dos obras publicadas o montadas y aquellos y que a corta edad ya comienzan a tener una carrera sólida.
¿Cómo se sabe cuándo un artista realmente tiene talento? Con el tiempo; el tiempo, como sabemos, coloca a cada uno en su lugar.
Existen en el mundo del Teatro personas muy talentosas que poco a poco se van abriendo paso en esta disciplina, al mismo tiempo que van creando su propio estilo, lo cual siempre loables y motivo de festejo. Un ejemplo de esta labor es el trabajo del dramaturgo Alejandro García, egresado de La Casa del Teatro en el 2007, quien además es director de la compañía Teatro H. El también maestro fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas por dos periodos y actualmente presenta la obra Co.Relato; Aves 1.0, en el Foro el Bicho, hasta el 7 de diciembre.
A continuación compartimos una escena de Co.Relato; Aves 1.0.
Co.Relato; Aves 1.0
ESCENA UNO
Nina es una actriz en sus años veinte, luego en sus treinta. Greta, amiga de Nina y Edvig, fue madre de dos hijos, divorciada. Edvig es una mujer en transición, tiene por mascota a un pato salvaje. La acción se desarrolla en la casa de alguna de las mujeres.
NINA: Al final…
GRETA: No, Nina, no. En el final no, estamos aquí. Esto es el principio.
EDVIG: Aquí empieza todo. No quiero empezar esto.
NINA: Es una forma de hablar.
GRETA: Pues sé más clara.
NINA: Si dejas de interrumpirme.
GRETA: Qué horror.
NINA: La verdad. ¿Qué es la verdad?
GRETA: No, no, no. Por favor.
NINA: Sí, tenemos que preguntarnos eso también. ¿Qué es la verdad? Otra vez, necesitamos saberlo otra vez. Y yo les pregunto, ¿qué es la verdad?
EDVIG: No creo que la verdad exista, es una idea.
NINA: Con base en eso, Greta, qué es la verdad, la verdad de lo que pasó. Porque parece que nos estamos preocupando mucho por eso.
EDVIG: No importa.
NINA: Ahora dices que no importa.
EDVIG: Sólo a ti te importa, a mí no, a ella tampoco.
NINA: ¿Somos amigas?
EDVIG: Más.
GRETA: Ya, Nina, te haces daño tratando de desentrañar cosas que no son.
EDVIG: ¿Por qué te haces esto, bonita? Precisamente hoy.
NINA: No importa. Hay cosas que valen más.
GRETA: Sabemos que no te gusta tu cumpleaños. Pero queremos festejarte.
EDVIG: Queremos una fiesta, Nina.
NINA: Pues yo no. Quiero largarme de aquí.
EDVIG: No entiendes. (Pausa.) No entiende.
NINA: Es mi cumpleaños, carajo.
GRETA: Sí, pero si estás sola, qué sentido tienen cumplir años, una y otra vez, qué sentido tienen las cosas si las haces sólo para ti. No seas estúpida, Nina, por favor.
EDVIG: Ya no te escucha.
GRETA: Está descontrolada.
EDVIG: Nina, Nina.
NINA: No estoy aquí. Decido no estar aquí. No estoy aquí.
EDVIG: ¿Te vas a encerrar en el baño? (Pausa. Nina no contesta.)
GRETA: No sé qué quiere. De cualquier modo hay que hacer algo, ¿no? Para eso estamos aquí.
EDVIG: ¿Y si…? ¿Si la asustamos?
GRETA: ¿Asustarla?
EDVIG: ¿No…? Bueno: sorprenderla pero con buen ánimo.
GRETA: Después de hoy, tú sabes cómo es. Hoy, que se ponga así…HOY.
EDVIG: No sé.
GRETA: Siempre con tu no sé. No sé, no sé. Podrías decir otra cosa, para variar.
EDVIG: Bueno, cálmate, por favor. Sólo es eso y ya. No me gusta que se ponga así. Además pareciera que es de la nada. ¿Sabes? La verdad, su eterna búsqueda por la verdad. No le basta que las cosas sean, además tiene que saber por qué son.
NINA: Las estoy escuchando.
EDVIG: ¿Qué?
NINA: Aquí estoy. Ya sé que quisieran librarse de mí, pero aquí estoy.
GRETA: (Ruidos en la casa.) Espérate Nina, escuché algo.
EDVIG: Algo como…
NINA: ¿Qué?
GRETA: Silencio, silencio…
EDVIG: Me asustas, Greta.
GRETA: No. Calla…
NINA: ¿En serio escuchaste algo?
GRETA: (Greta percibe algo que pasa frente a ella.) Miren, ¿lo ven? ¿Lo ven?
EDVIG: Mira la cara que pones. ¿Qué pasa? Eres tú, ya no juegues conmigo.
GRETA: (Pausa. La presencia se va.) Como quieras. Ya, no pasa nada. (Transición.) Así decía mi mamá. A veces.
EDVIG: ¿Como quieras?
GRETA: No, lo de asustar. Ella decía que yo le asustaba.
EDVIG: Pues sí.
NINA: Eso ya lo dijiste, siempre lo dices.
GRETA: ¿Lo escuchaste?
EDVIG: Yo no.
GRETA: Fue buena, y yo fui buena. Pero llegaba el día…
NINA: “Llegaba el día en que nos decíamos cosas”. Ya lo dijiste…
GRETA: Ella se asustaba de mí. No era miedo, era un susto. Podíamos estar en el mismo cuarto y nada pasaba, pero me miraba y decía…
NINA: Quita esa cara, qué te pasa, me asustas.
GRETA: No sabía por qué me decía eso. Nunca supe. Y mucha gente me lo dice, eh.
EDVIG: Que asustas.
GRETA: A veces. A veces, asusto. (Silencio breve.) Hoy no desayuné. ¿Creen que sea eso? A lo mejor hoy las cosas no son lo que parecen, ni tú, ni yo, ni ella, ni nadie.
NINA: Quizá. Es triste. (Pausa.)
GRETA: ¡Tengo hambre! Sólo tomé café, en un vaso de unicel, qué horror.
NINA: (Transición.) ¡Está bien! Vamos a festejar de una vez. Es mi cumpleaños, carajo.
GRETA: ¿Qué? (A Edvig.) Está enferma ¿Te das cuenta de lo rara que es?
EDVIG: Hoy es…
GRETA: ¿Hoy es qué?
EDVIG: Su cumpleaños.
GRETA: Claro que sí. Qué raras están las dos.
NINA: (Va por una botella de vino.) Bueno, este es un vino delicioso. ¿Quieren?
EDVIG: Yo sabía que hoy era tu cumpleaños, pero de pronto me olvidé. ¿Sabía o no sabía?
GRETA: Sabías. Nina, ¿cómo vino? Ni siquiera hemos desayunado.
NINA: Claro que sabías. ¿Vino? ¿Alguien?
GRETA: Ay, bueno, sí. Yo sí quiero.
EDVIG: No me acordaba. Ahora sí.
NINA: Es normal en ti. Yo me acuerdo siempre de sus cumpleaños. Del mío, no.
GRETA: Te acuerdas de todo, ¿no? Menos de tu propio cumpleaños.
NINA: Hay personas que no soportan sus cumpleaños y quizá yo soy de esas. A veces no soporto nada. Quisiera irme lejos, volar como una gaviota y empezar todo de nuevo. Una vez, cuando todavía tenía un hilo de esperanza decidí que quería ser actriz.
GRETA: Eres actriz, Nina.
NINA: Y tuve un novio, bueno, no éramos del todo novios. Nos gustábamos. Él me gustaba y yo le gustaba a él. Una vez me dijo…
EDVIG: Tú eres Nina y descubriste Rusia el día que Rusia te descubrió a ti.
NINA: Sí.
GRETA: Ya nos lo habías contado, querida.
NINA: Tengo cierto poder sobre las personas. Sé que me desean, me piensan y por eso sé que un día llegaré a ser buena actriz. (Pausa.) No sabes lo horrible que se siente salir al escenario y darte cuenta de que tu actuación es horrible.
GRETA: Es una clase de desprecio.
NINA: No eres tú a la que alguien más desprecia. Tú te desprecias a ti misma.
GRETA: Si no te quieres, cómo vas a querer a otro… y peor, si ese otro es de ficción.
EDVIG: Tengo que ir a darle de comer.
NINA: ¿Cómo?
EDVIG: A mi pato. Es tiempo de darle de comer. Adiós, chicas.
GRETA: Si no vas tampoco pasa nada. Nina, ya deja ese vino, por favor.
NINA: Es la primera copa. Además hoy es mi cumpleaños. ¿No deberíamos brindar?
EDVIG: Descansemos.
GRETA: Sí. Sólo un momento.
Cartel de Co.Relato; Aves 1.0, tomado del Facebook de Foro el Bicho.
En esta novela Habacuc Antonio De Rosario urde la trama de la violencia generalizada, de la lucha por el poder y del narcotráfico en el norte de México. Los hilos de su historia, sin embargo, no se ocupan de los capos ni de los intereses más oscuros del conflicto de la droga: sus personajes lo viven desde lo cotidiano, el día a día donde hay que pagar por protección, donde el dinero aparentemente fácil de una vida criminal deslumbra, donde el azar puede ponerlos, en cualquier momento, en medio de la balacera. ¿Dónde refugiarse en una guerra sin trincheras? Este libro fue ganador del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2014.
Un adelanto:
Uno
Ahorita ando recolectando mojoncitos. Creo que por un rato me voy a quedar en esto. Se supone que nos rolan; hay que pasar los cargamentos grandes por el bordo, a veces hay que recoger la mercancía de los proveedores, otras cobramos en los puntos de venta, y así, dependiendo de cómo ande el agua. Pero casi siempre me toca de este lado del río Bravo; si algo me dejó mi madre antes de morir fue la visa láser arreglada. Creo que esa fue una de mis cartas fuertes el día que me presenté ante el jefe, no tan recomendado como debería ante la mera paipa. Se sabe que si uno no llega bien parado a hablar con ese tipo de gente y dices una pendejada o ves pa’ donde no debes, ahí mismo te presentan a la flaca. Acá, en los States, está tranquilo el bisnes, aunque muy de vez en cuando también tenemos que saldar cuentas con los mafiosillos que nomás porque viven del otro lado ya se creen de la organización gringa.
La semana ha estado movidita porque llegó cargamento nuevo. Un putazo de toneladas que separamos en varias casas de seguridad. Me pareció que el jefe se excedió; seguro que otros también lo pensaron, pero nadie dijo nada, nomás nos quedamos mirando la montaña de bultos y moviendo la cabeza. Ya estamos acostumbrados a sus discursos, pujidos soltados con desgana; que si la demanda, que si la competencia, lo mismo de siempre. A veces, cuando anda de buen humor y tiene ganas de invitarnos a su pachanga personal, le cambia tantito, y nos suelta un choro en el que a veces sobresale la palabra venganza y otras recompensa. La neta tengo poco de conocerlo, pero ya lo admiro. Entré al jale hace más o menos veinte meses y la ley aquí, como en todos lados, para llevarla en paz, es no meterse donde no lo llaman a uno y, cuando en verdad me llaman, no hacer preguntas pendejas, o pa’ que quede más claro, no hacer preguntas. Si me dice que vaya y deje, voy y dejo; si me ordena que vaya y le meta unos chingazos a alguien, voy y se los meto, así conozca y me caiga bien el infeliz al que tengo que poner en su lugar; si me grita que dispare, chingue a su madre, disparo. Por ahí se menciona que es un ex militar, pero eso dicen de casi todos; algunos corren el rumor para parecer más cabrones y dar más miedo, que no hay que negarlo, en este bisnes eso cuenta un resto. Nomás él sabe, pero de que es chingón, es chingón.
Nos acaban de echar el pitazo: sembraron un paquete en una Suburban negra. Esas son las más culeras, hay un chingo de Suburban negras. Les respondo que no mamen, que den más datos. Me responden que mi mamá la va manejando en pelotas. ¡Chinguen a su madre! El Kucho, que está fumando frente al volante, suelta una risita pendeja. ¿Por cuál lado viene?, les pregunto por el radio. Estamos estacionados frente al Whataburger esperando la respuesta. El Kucho lanza la colilla por la ventana y de inmediato prende otro tabaco. Va por el lado izquierdo, responde una voz que no puedo identificar. El Whataburger está del lado izquierdo, aquí estamos bien. El Kucho suelta otra risita pendeja. Casi siempre los conductores comienzan en una línea y terminan en otra, pero ya más o menos le calculamos de qué lado van a salir. Una vez un pendejo desesperado, no sé cómo le hizo pero se pasó completamente de un lado del puente a otro, fue brincándose de línea en línea hasta la última del lado derecho. Mentadas de madre le han de haber sobrado. Nosotros lo estábamos esperando en un pequeño estacionamiento de una casa de cambio del lado izquierdo, y mocos, que sale del lado derecho y se mete rumbo al centro de Hidalgo. Ahí nos tienes como pen13 dejos haciendo aracles con el auto para poder seguirlo. Creo que hasta el rojo del semáforo nos brincamos. Pero muy rara vez pasa.
Vimos pasar una Suburban negra bajo el techito de revisión. El agente de la migra toma los papeles de una mano femenina y le dice algo. Se le ve relajado al puto, se contonea mucho en los dos jodidos metros que hay de la cabinita al mueble. La troca trae un Ray-Ban mamalón en los cristales que no me deja ver cuánta gente viene adentro. Hay una Suburban negra a la vista, les aviso. Si trae rines negros esa es, responden. Okey, por qué chingaos no me dijeron eso antes. La Suburban arranca despacio, después de un último contoneo del pendejo de la migra. Afirmativo, trae los rines negros. El Kucho enciende el auto. La dejamos alejarse por la 23, al siguiente verde la seguimos tranquilamente.
Dos semáforos más adelante, la camioneta se mete en una casa de cambio. Nos detenemos para esperarla a un lado del camino. Una muchacha va manejando, se ve buena. A su lado me parece que viene una niña, o a lo mejor es un escuincle, no lo puedo asegurar. El Kucho arranca tranquilamente detrás de ellos cuando terminan de hacer su operación. Todo parece normal: vieja de dinero con las tetas operadas que cambia sus pesos a dólares para gastarlos en tanguitas. ¡Qué ricura! Seguimos a la troca toda la calle 23 hasta el aeropuerto, damos vuelta a la derecha y afirmativo, entramos al estacionamiento de La Plaza Mall.
Esperamos a que la morrita encuentre parqueadero. Insiste en encontrar uno cercano a la puerta, pinche vieja huevona. Finalmente elige uno a mediación. Se baja de la camioneta, y por cierto, sí está bien buena. No te la vayas a empezar a jalar, dice el pendejo del Kucho. Se abre la puerta del otro lado y salta una niña de unas diez primaveras. La niña gira su faldita en el aire, muy alegre, debe de estar agradecida de poder bajarse de la troca, mientras la mamacita se entretiene sacando algo de la cajuela. Ya, es una pinche carriola. La abre como un acordeón y le pide a la niña que la sostenga. Saca un bebé del asiento de atrás y lo mete al carrito. Cierran y comienzan a caminar. La morra le pone la alarma a la troca ya cuando están bien pinche lejos. Adiós nalguitas, no será esta vez.
Cuando estamos seguros de que ya se metieron al mall, nos acercamos. El Kucho se estaciona detrás de la troca. Me bajo en chinga y me acuesto en el puto pavimento; está ardiendo. Ya cuando siento que se me va a cocer la pinche espalda localizo el mojoncito. Lo despego fácilmente con la navaja y regreso con El Kucho, que se está riendo. Me arde la espalda y el culo. Arrancamos despacio, muy quitados de la pena.
A diferencia de los deportes de contacto, en el fisicoconstructivismo “el atleta derrota a su rival sin tocarlo”. ¿Será eso lo que lleva a los veteranos, fisicoculturistas de más de cincuenta años, a perseverar en la explotación de los músculos de su cuerpo? Marco Tulio Castro recorre Mr. Tijuana 2014 para llevarnos tres historias de tenacidad, resistencia y tesón.
Un par de veteranos
Tenía una barriga que ya no fajaba y una joroba despreciable. Diario capturaba datos de trámites que no concluía, porque así son los gobiernos: pagan a gente de abdomen abultado por iniciar trámites que alguien más resuelve. Estaba asignado al departamento de limpieza pero no limpiaba: una vieja pulmonía lo llevó a los formatos burocráticos. Tenía cincuenta y un años, y decía que no duraría uno más. Pesaba setenta kilos y medía ciento sesenta y cinco centímetros. Se jubiló con una pensión chica y una barriga grande y, contra toda posibilidad, descubrió que estaba destinado a brillar. Y para brillar, José Luis Castro Lira resolvió que sólo debía usar calzoncillos.
Gustavo Yamada llegó deportado a Tijuana. Vagó por días hasta encontrar trabajo en un lavado de autos. Ganaba menos de cien pesos diarios, tenía la cara quemada por el sol y una musculatura impresionante para su edad (cincuenta y un años). Era instructor deportivo en California. En sus días de descanso se sentaba en el parque a mirar el gimnasio de enfrente. “Un día voy a estar ahí”, pensaba. Con malabares pagó doscientos pesos mensuales hasta que se ofreció como entrenador. Negoció cien pesos diarios y una cama. Dejó el lavado de autos y el cuarto que rentaba. Ahora diario desayuna huevos o chilaquiles por treinta pesos en una fonda vecina. Come por treinta pesos ahí mismo y, por toda cena, dos tacos de carreta. Le sobran diez pesos al día, que hoy usó para inscribirse en el torneo de fisicoculturismo donde él y Castro Lira suben al escenario en la categoría veteranos.
Debajo, todo es juventud y músculo. Arriba, para estos dos competidores jugándose la recta final de su vida, el físico ya no es el mismo. Cuando los veteranos exhiben su cuerpo ante un jurado que busca la perfección física y un público que la persigue, los resultados son, al menos, penosos. La ley de gravedad se desdibuja, el pudor se diluye, la estética se dobla, pero la edad se conserva. En el fisicoconstructivismo la vejez no se perdona, pero los viejos todo lo disculpan: es la edad de la fuerza y la voluntad.
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Dos señores en calzoncillos tensan los brazos hasta que sus caras enrojecen. Algunas poses, algunos músculos: los bíceps un tiempo sólidos, los tríceps antes marcados, los hombros ayer generosos. En la competencia de fisicoculturismo Mr. Tijuana el público es todo músculo, todo bronceado y todo crítica:
—¿Qué onda con los viejos? —dice un joven de veinticinco años, pectorales cuadrados y cabello embarrado de gel hacia la nuca.
—De tristeza.
Los competidores veteranos, dos personas en un escenario diseñado para quince, miran inexpresivos al público y contraen las piernas. Manos a la cintura: aprietan el pecho. Manos a la cabeza: expanden la espalda.
—No deberían competir —dice el joven de pecho hiperdesarrollado.
Pero compiten.
José Luis Castro Lira, que sobre el escenario tiene la cara roja y resuelta, dejó sola su casa en la periferia de Tijuana para presentarse durante algunas horas frente a un público que lo desestima y a un jurado que lo califica con rigor. “A ver si no se meten a robar”, dice. Prefiere esto que la soledad. Tiene cincuenta y nueve años, sus hijos ya no viven con él. Su esposa vive en casa de su suegro porque ya está grande y enfermo. Lo visitan más los ladrones que sus nietos.
Unos quince competidores jóvenes se ejercitan mientras los veteranos tensan sus cuerpos en público. Los hombres gimen con la penosa intensidad con que se gime en los gimnasios, sólo que ahora están en un salón con alfombra desgastada a la vista de un público con hambre de más músculos, esperando su turno para subir al escenario. Alrededor del grupo hay suplementos alimenticios líquidos de colores saturados. Es, después de todo, una justa deportiva.
Los veteranos se exhiben: porque lo han hecho desde jóvenes o porque no tienen nada más qué hacer. Pero sus cuerpos no cautivan en el escenario, en comparación con el de las mujeres en batas cortas de colores intensos y músculos marcados que andan por las mesas. El público joven está distraído:
—Mira el cuerpazo… ¿Ya viste?
Una mujer en bikini morado camina lejos del escenario. Sus músculos parecen cincelados. Nuestros muchachos siguen desenfocados:
—Viejos aguados.
—Y sí: ¡qué cuerpazo!
—No deberían competir.
José Luis Castro Lira podría ser su padre. O su abuelo. O su maestro. O un veterano a quien admirar, pero tiene otras prioridades.
—¿No es Lorena Bañuelos?
Lorena Bañuelos es nueva en las competencias de fisicoconstructivismo, pero su cuerpo suma años de disciplina y atrapa miradas.
—¡Qué culo, carnal!
—La verdad es que sí dan pena.
Allá arriba, los competidores veteranos enrojecen y se concentran en la rutina. Delante del público (mujeres en batitas, hombres en bañadores y bronceado cosmético, señores con camisas apretadas que beben cubas y unos cuatro adultos mayores que alguna vez compitieron) hay un jurado de seis hombres. Uno de ellos tiene un micrófono y da instrucciones con voz monótona.
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Hace una hora que José Luis no se levanta de su silla y hace unas seis que no come. Su aliento huele a refrigerador vacío. A su cuerpo lo cubren un calzoncillo azul que le cuelga en la entrepierna y un bigote cano que alcanza su mentón. Hace una hora que espera la indicación, los gritos de “¡ José Luis Castro Lira! ¡Gustavo Yamada!” y hace una hora, también, que espera la monótona voz al micrófono: “competidores veteranos, prepárense”.
Cuando José Luis se levanta, pone en el piso, debajo de su silla, una mochila despintada con ropa gastada, una billetera cargada de papeles, una credencial del gimnasio Metamorfosis sin vigencia y una gorra café. Se sube el calzoncillo como si fuera un pantalón. Se planta descalzo junto a un señor de saco gris y mangas largas, con unas listas en las manos, quien le dice que espere frente a las escaleras. Detrás está Gustavo Yamada, su único rival. La voz les ordena subir.
Los dos señores en calzoncillos contraen los brazos hasta poner sus caras rojas. Escuchan el micrófono para hacer algunas poses, mostrar ciertos músculos. José Luis sigue inmerso en sus pensamientos cuando baja por las escaleras.
Los jueces deliberan.
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Gustavo tiene algunos músculos marcados y le faltan algunos incisivos. Si se le borra la sonrisa, tiene cincuenta años. Dos pasos atrás, cuarenta y cinco. En el escenario, cuarenta. Pero tiene cincuenta y dos, nietos y entradas agresivas en un corte de cabello juvenil. Su sudadera es de temporada.
Yamada es un joven escondido en un cuerpo que se niega a la gravedad.
—¿Lo miran con respeto?
—Me ven con respeto. Me dicen El Profe, Don Gus. Nunca una mala palabra. Siempre estamos cuidando la alimentación, cuidando el ejercicio, que no falsees; si no, te quemas y no subes…
Gustavo Yamada levantó su primera pesa a los treinta años, pero siempre admiró a su hermano, que practicaba levantamiento en Morelos. Dos años después se hizo instructor de gimnasio en California. Hoy trabaja y vive en un gimnasio, el Baja Gym. Comenzó a competir a los cincuenta y uno, después de su deportación. Los cien pesos de sueldo diario no le alcanzan para proteína, glutamina ni creatina. En el gimnasio se comparten eventualmente algunos suplementos.
Su misión en la vida, “formar campeones”. ¿Y del dinero? “Soy feliz así, pobre”. Eso sí, “cuando tenga dinero voy a comprar proteínas y suplementos en Estados Unidos para estar más marcado y simétrico y vender aquí, porque aquí venden pura cochinada”. José Luis Castro Lira aprieta los brazos con las manos en la cintura y la piel del vientre se le arruga como camisa.
Yamada posa ante los jueces de sacos grandes, ante el público de brazos anchos, y levanta la barbilla. Tensa los músculos. Yamada baja las escaleras detrás de José Luis Castro Lira, sigue con los músculos apretados.
Los jueces resuelven: segundo lugar para José Luis Castro Lira y primer lugar para Gustavo Yamada. Cuentan menos errores en Yamada, cuatro, que los de Castro Lira, ocho. En el deporte que persigue volumen en el músculo, la calificación del ganador debe sumar menos puntos.
Trofeo metálico de primer lugar en mano, sonrisa limitada, alumno a un lado:
—¿Y ha mejorado?
—No.
—¿Qué le falta a José?
—Le podría faltar un poquito más de fuerza, pero ya a su edad… Tengo toda mi vida haciendo ejercicio. En Estados Unidos fui instructor, aquí también. Nunca he dejado de estar activo.
José Luis Castro Lira: si se le quita el bigote, tiene cincuenta y nueve. Dos pasos atrás, también. En el escenario, lo mismo. Pero se siente de cuarenta. Un día, a sus cincuenta y uno, su hijo le sugirió inscribirse en el gimnasio del barrio. Luego, su entrenador le sugirió competir. Después se miró al espejo y se sintió capaz. Pisó su primera tarima en calzoncillos en el 2013.
Hoy no lo baja ni la edad. “Ya ve que a la edad de uno la pierna tiende a hacerse más pequeña”. Ni su señora, “ya estás viejo, ¿a qué vas?”. Ni el público burlón, “uno con el afán de que el público lo mire”. Ni la competencia: “yo no gano, pero ellos siguen ganando y eso es lo bonito”. Ni su debilidad: “setenta libras en cada brazo es mucho peso; hacemos el intento con cuarenta y cinco”. Ni su complexión: “Sí me falta bastante, porque soy delgado”. Sólo va a parar “hasta que me muera”.
Sonrisa ilimitada, mochila a la espalda.
—Segundo lugar de dos. ¿Qué le parece?
—Siente uno muy bonito porque pienso que es un premio al trabajo realizado. Ya ve que hay compañeros a los que no les toca nada.
José Luis se viste en la mesa como si estuviera en su cuarto: pantalón de pinzas, sudadera azul, zapatos negros, gorra y mochila. Sus pasitos lo llevan a la barra del salón. Camina encorvado. Nadie sospecharía su culto al músculo. Pregunta algo en la barra y un mesero le responde. Vuelve solo a la calle.
El burócrata jubilado —el hombre ánimo, el segundo lugar— sonríe y saluda con una palma abierta.
Entra a un Oxxo y se forma para pagar una botella de agua. En su mochila —el hombre canoso, el hombre encorvado—, carga en silencio su premio a la muscularidad.
En la calle se escuchan los gritos de un público que hace unas horas estaba despistado: los jóvenes han subido al escenario.
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Los primeros fisicoconstructivistas recuerdan a las esculturas griegas con bigote chevron. El deporte persigue la estética a través del desarrollo muscular. Es la hipertrofia por la hipertrofia misma. El atleta derrota a su rival sin tocarlo. Es una carrera donde las piernas no se usan para correr.
El culto a la perfección empieza en 1882, cuando un adolescente prusiano descubre las esculturas griegas y queda obsesionado con la estética muscular: Eugen Sandow es reconocido como el primer fisicoculturista del planeta. En Sandow’s System of Physical Training, narra que frente a unas esculturas de mármol en Roma, le preguntó a su padre por qué los hombres no compartían el físico esculpido por los griegos. Su padre le dijo que la humanidad ha deteriorado su cuerpo. En la escuela, su clase favorita fue la gimnasia. En la universidad estudia Anatomía. Todos los días se ejercita. Al terminar sus estudios trabaja en teatros, en el modelaje, en circos. Uno de sus números más populares es bañarse en talco y posar como escultura de mármol.
Pero ya lo hemos visto, para un hombre cuya meta es la perfección física, nada es suficiente: Michael Jackson cambió de negro a blanco el tono de su piel. Sabrina Sabrok se implantó piezas de titanio en la espalda para soportar más de treinta kilos de prótesis en sus senos. Dennis Avner, un técnico sonar de la marina de Estados Unidos, modificó su rostro y cuerpo para parecer felino. Y Sandow, desesperado por mostrar sus dotes físicas, durante tres madrugadas destruyó a mano limpia las básculas de la zona comercial de Ámsterdam. El rumor se propaga por los barrios y a la tercera noche atrapan a nuestro vándalo.
Sandow fue el primero en organizar, en 1901, una competencia de culturismo que, en un arrebato creativo, llamó La grancompetición. Los ganadores recibieron estatuas de figura griega, bigote chevron y cuerpo perfecto: el de Sandow. Hoy su estatua es trofeo en el Mr. Olympia, el evento más grande de fisicoconstructivismo en el planeta.
Un adolescente quiere hacer pesas el resto de su vida
Una nariz destaca en el gimnasio.
Los hombres miran sus músculos al espejo.
Los ruidos guturales son una convención.
No es por su forma, su textura o su tamaño, pero una nariz destaca en el gimnasio: El Chino Flores no deja de sonarla. Es la única que a medio verano usa servilletas, papel de baño, las manos.
Los jóvenes se acomodan el cabello, las mujeres sus blusas. El Chino lleva horas sonándose una nariz que no suelta mocos.
Tiene ochenta años; cuarenta y siete en gimnasios; apenas quince retirado de los escenarios y los calzoncillos.
El Chino Flores tiene un casillero con:
1. Un par de guantes rotos. “Me los regaló una señora que aprecio mucho”.
2. Una camiseta azul cielo: “Me hubieran dicho que venían”.
3. Más servilletas: “Ha de ser alergia”.
4. Un rollo de papel de baño.
El Chino Flores recuerda: en 1951 miró a un militar que levantaba pesas en un gimnasio de su Puebla natal.
La voz interna de adolescente. ¿Yo puedo levantar eso?
Eso: una barra con un peso que ya no recuerda.
El Chino Flores era “delgado, menudito, cabello chino”.
Su bigote, todo comedia y castigo.
El militar era “bajo, moreno”.
Pero hoy El Chino Flores es: “atleta de buen pecho”.
Hoy su bigote es de macho alfa.
En el gimnasio de la Unidad Deportiva CREA, en Tijuana, El Chino Flores ordena a este reportero sentarse. “Es mejor de pie”,le sugiero. “No. Ahí siéntate”, responde.
“Ahí”: una máquina de pesas y poleas.
El metro y sesenta se impone.
Un joven de espalda ancha y unos veinte centímetros más alto le pide espacio para seguir con su rutina:
—¿Me da permiso, Chino?
—Espérame tantito.
Veinte centímetros se vuelven nada.
El Chino Flores hace lo que quiere o lo que alcanza. De adolescente dejó Puebla y a sus padres porque “era un ambiente que no me gustaba”.
En Laredo, Estados Unidos, trabajó quince años en un gimnasio donde ganó dólares y músculos. Hércules, se llamaba.
Después saltó a Tijuana y trabajó veinte años en un gimnasio donde ganó pesos y contiendas de fisicoculturismo. Silvestre, se llamaba.
En 1964 ganó Mr. San Diego. En 1965, Mr. Tijuana y Mr. Baja California. Hoy es el integrante número 188 del Salón de la Fama del Deporte de Tijuana, un museo que recibe unos mil doscientos visitantes cada mes.
Dejó las competencias a los sesenta y cinco años e ingresó al salón de “los consagrados” a los setenta y tres. La gaceta interna del museo publicó en 2005: “A todo santo le llega su día y a Jorge El Chino Flores por fin se le hace justicia”. Hoy suma doce años como instructor en un gimnasio donde ha ganado fama y edad, llamado CREA.
El Chino Flores hace lo que quiere o lo que alcanza. En un tiempo quiso ser policía. Se volvió instructor de defensa personal en la policía municipal. Una vez peleó porque no le gustó que un hombre lo mirara. “¿Qué me ves?”, le dijo. Se quitó la camisa del uniforme y después de algunos derechazos, un golpe en el estómago lo llevó al suelo. Tenía una navaja enterrada en la barriga. “Tuve un derrame interno. Nomás vi estrellas”.
Su vientre es cicatriz imprecisa cerca del ombligo. Flácido, lampiño.
El Chino Flores hace lo que quiere o lo que alcanza. Cuando tenía veinticinco años, levantaba doscientas libras para ejercitar los hombros. Hoy, de ochenta años, alcanza treinta y siete. Su cuerpo es la calcomanía despintada de un hombre musculoso. Se para con las rodillas flexionadas, con la espalda como bola de boliche, con una mano puesta en la barriga amancillada.
“Nada más pienso en hacer bien los ejercicios”, dice. “No me voy a ningún lado”.
Sólo la muerte lo aleja del gimnasio. Hace quince días que enviudó. Cáncer en el estómago. Pasa algunas noches en vela.
—¿Y usted va al médico?
—Soy enemigo de ver al médico. Si viene, yo les digo qué comer y qué hacer.
Porque ya sabemos, El Chino Flores hace lo que quiere o lo que alcance.
—Te vuelves más fuerte con los años —dice alguien.
El Chino Flores ríe, pero poco.
Hace lo que quiere. En su casa hay un teléfono celular guardado: “no quiero que me hablen para preguntarme dónde estoy”.
O lo que alcance “porque cuando puedo me doy mis escapadas”.
Hace lo que quiere: “mis únicos vicios son fumarme un cigarro y tomar unas cervezas”.
Debería usar lentes pero no lo hace. Un ojo le falla y del otro ya le extrajeron una catarata. Debe usar faja y tampoco. Tiene dolores lumbares. Debe evitar levantar cosas pesadas. Hace pesas de lunes a viernes, de 8:30 a 9:00 de la noche.
Eso sí: no se quiere pintar el cabello. “Hay que saber envejecer con propiedad. Ya estoy ruco, tengo ochenta años… A la hora de estar con una mujer se saben las verdades. Para qué”.
Para qué.
Camina al refrigerador con una curva en la espalda y toma un refresco de manzana. Ha vuelto a la zona de máquinas. Parado, junto al press de pierna, destapa la bebida y la deja en el piso.
Ha terminado su rutina. Se ha recargado en una máquina con una mezcla de agitación física y calma interna. Nada parece molestarle: ni repasar la servilleta hecha nudo por la frente, la nariz y el cuello; ni haberse olvidado del refresco que destapó y no ha probado. Ni el duelo por su esposa.
Hay un clima de serenidad en medio de la música pop y los ruidos guturales. El Chino Flores no reparte órdenes sino deseos: si pudiera elegir, moriría así, como ahora: “después de hacer ejercicio. Cansado”, con una particularidad: “acostado en mi casa”.
Las seis sinfonías de Carl Nielsen (1865–1931) son uno de los conjuntos más memorables de la música sinfónica del siglo XX. Nielsen comenzó sus experiencias musicales a los tres años de edad, cuando descubrió que los sonidos producidos al golpear los leños apilados para la chimenea eran distintos dependiendo de su tamaño y grosor, según declaró en una entrevista. Su padre, quien era un pintor de casas, también tocaba el violín y la trompeta. Su madre cantaba, al igual que el resto de sus once hermanos y hermanas. La primera vez que Carl vio un piano fue en casa de una tía, a los seis años de edad: quedó fascinado. “Mientras que en el violín uno tenía que buscar las notas un tanto a ciegas, en el piano éstas eran claras; se alineaban brillantes frente a mis ojos. No sólo podía escucharlas sino verlas y así hacía un descubrimiento tras otro”, comentó el compositor.
Nielsen pasó su niñez como cuidador de gansos y a los catorce años ingresó a la banda de guerra del decimosexto batallón de la Real Armada Danesa, lo que le proporcionó otras habilidades en la música. Un compañero suyo le enseñó la música de Mozart, Beethoven y Bach. Después de familiarizarse con las obras de estos autores comenzó a componer sus propias obras e ingresó, en 1884, al Conservatorio de Copenhague con una beca para estudiar piano y violín. Dos años después, buscó complementar sus estudios con clases particulares de teoría musical. De acuerdo con Torben Meyer, las lecturas favoritas de Nielsen eran las historias derivadas de la mitología griega y nórdica, las obras de Platón, Shakespeare, Goethe y Ludvig Holberg[1]. Nielsen se ganó la vida como violinista de la orquesta de los Jardines de Tivoli hasta que ingresó a la Orquesta Real Danesa en 1889. Además de tocar el violín, dirigió algunas orquestas como la del Teatro Real de Copenhague, la de la Sociedad de Músicos y, en Suecia, la de Gotemburgo.
Carl Nielsen compuso su Primera sinfonía en 1892, la segunda (Los cuatro temperamentos) y su ópera Saúl y David en 1901, su ópera bufa Maskarade en 1906, su Tercera sinfonía (Expansiva) y su Concierto para violín en 1911, su Cuarta sinfonía (Inextinguible) y dos de sus mayores obras compuestas para piano (Chaconne y Tema y variaciones) en 1916, su Quinta sinfonía en 1922 y en 1925 concluyó su Sexta sinfonía (Simple). Además, durante esos años, compuso varias obras corales, música de cámara, para piano y canciones.
En 1922, Nielsen fue diagnosticado con angina de pecho, lo cual le produjo gran debilidad y una fuerte depresión. El título de su Cuarta sinfonía obedece al “inextinguible, elemental, deseo de vivir”. Es decir, a las fuerzas que prevalecen aun después de “la devastación del mundo a través del fuego, las inundaciones, los volcanes…”
En sus últimos diez años de vida, Nielsen experimentó esa fuerza, tras sobrevivir y sobreponerse anímicamente a varios ataques al corazón. Esta voluntad de vivir se manifestó contundente en la música de esos años: en el Preludio y Temacon Variaciones para violín (1923), el Concierto para flauta (1926), el Preludio e Presto para violín, el Concierto para clarinete, las Tres piezas para piano (todos en 1928) y el Commotio para órgano (1931). También compuso obras para diversas instituciones académicas y sociales como la Escuela Preparatoria del Politécnico de Copenhague, la Asociación para la Educación de los Jóvenes Comerciantes, la Unión de Cremación Danesa e incluso la Alberca Municipal de Copenhague. Se dio su tiempo para elaborar proyectos didácticos como Música dePiano para jóvenes y viejos y Dinamarca. Su música fue, desde sus inicios, una búsqueda por el coraje, lo terrible y lo bizarro. Como apunta Robert Simpson: “Nielsen es una de esas raras personas que conocen el camino más corto a la verdad”.
Nielsen aceptó el cargo de director del Conservatorio de Copenhague en 1931; en otoño de ese año realizó el montaje de su obra Maskarade en el Teatro Real. En un ensayo, ante la impericia de un tramoyista, Nielsen decidió ocuparse de algunos asuntos relacionados con la escenografía y eso, más su trabajo en el Conservatorio, lo dejó exhausto. Ese mismo día llegó al concierto, pero tuvo que abandonar la sala en el segundo acto porque se sentía muy mal: murió una semana después. Su muerte fue un luto nacional y uno de los funerales más grandes que han ocurrido en Dinamarca.
Hasta la década de 1950, la música de Nielsen permaneció relativamente desconocida en el resto de Europa. En ese tiempo hubo una gran gira de la Orquesta Sinfónica de la Radio del Estado de Dinamarca a lo largo y ancho del continente con varios directores; entre ellos, Erik Tuxen, uno de los grandes difusores de las obras de Nielsen. Así mismo, la publicación del libro Carl Nielsen: Symphonist (1952), de Robert Simpson y, finalmente, algunas de las grabaciones de sus obras, contribuyeron en la difusión de su trabajo.
Un rasgo característico de las sinfonías de Nielsen, como ha apuntado Michael Steinberg, es que terminan en una tonalidad distinta a la que iniciaron. Podríamos decir que para Nielsen (musicalmente hablando) la sinfonía constituye la búsqueda por alcanzar esa otra tonalidad con la que termina la obra. Simpson define este recurso como “tonalidad progresiva”. Nielsen sabía que la mayoría de los escuchas no puede seguir una estructura armónica identificando las tonalidades, pero sí reacciona a los cambios de tonalidad. Nielsen apunta en sus composiciones a enfatizar estos cambios en un intento por interactuar con la memoria de los escuchas sobre estos cambios que constituyen más una experiencia, a veces inconsciente, que una identificación de tonalidades.
Nielsen comenzó a componer su Cuarta sinfonía en 1914 y la finalizó en 1916. Él mismo dirigió el estreno con la Orquesta de la Sociedad de Músicos de Copenhague. Aunque estamos acostumbrados a utilizar el término de “Lainextinguible” como una suerte de sobrenombre de esta sinfonía, el original (Det uudslukkelige) alude a una abstracción, ya que el artículo empleado es neutro. El propio Nielsen, en la partitura explica lo siguiente:
Bajo este título, el compositor se ha propuesto indicar en una sola palabra lo que sólo la música es capaz de expresar por completo: el deseo elemental de vivir. La música es la vida y, al igual que ella, es inextinguible. El título que le ha dado el compositor a esta obra podría parecer superfluo. Sin embargo, el autor ha utilizado esta palabra para subrayar el carácter estrictamente musical de su tarea. No se trata de una indicación programática, sino de una sugerencia para adentrarse en este territorio, propio de la música.
Años después, Nielsen ampliaría un poco más el concepto de “voluntad de vivir” y las emociones subsecuentes, pero la idea es la misma. Su visión acerca de la fuerza y determinación por vivir no proviene, como podría pensarse, de las obras de Schopenhauer, sino de la propia experiencia de la vida rural, del contacto con la naturaleza que tuvo toda su vida. Y, más adelante, por la violencia provocada por la Primera y Segunda Guerra Mundial.
De acuerdo con los testimonios del propio compositor, el primer reto que se impuso al componer esta obra fue que los movimientos debían fluir sin cortes. Entonces, había escuchado con gran emoción la Sonata para piano en Si menor de Franz Liszt, que expresa los contrastes, riquezas y vaivenes de una obra de varios movimientos en uno solo. En una carta fechada el 24 de julio de 1914, Nielsen le refirió a un amigo, que estaba trabajando en una obra orquestal: “una suerte de sinfonía en un movimiento con la que intento representar todo lo que sentimos y pensamos de la vida en el sentido más profundo de la palabra. Es decir, todo lo que tiene el deseo de vivir y de moverse”.
A pesar de que no hay cortes en esta obra, los cuatro movimientos se distinguen muy claramente a través de los distintos tempi, que corresponden a un orden tradicional: un allegro, un intermezzo, un movimiento lento y un allegro finale. Hay un tema que aparece en el primer movimiento y que regresa al final de la obra; uno de los elementos que muestran la idea de una sola obra y no la unión de movimientos aislados.
La sinfonía inicia con los alientos de madera y las cuerdas, más un llamado de los metales al inicio de la obra para reforzar el comienzo explosivo. Las líneas de los alientos y de las cuerdas parecen independientes. Sin embargo están conectadas a través de las tonalidades: los alientos tocan en Re menor (la tonalidad base de la sinfonía en este punto) y las cuerdas en Do. Las síncopas y la gran velocidad de la música hacen del comienzo una experiencia emotiva, de gran energía y provoca la sensación de que la música, en efecto, nunca va a “aterrizar”. Sin embargo, un signo habrá de hacerlo aparece, cuando los clarinetes tocan una melodía suave y tranquila, cuyo momento será interrumpido por una suerte de corte ejecutada por las violas. Los clarinetes parecen retomar su suave canción, pero entonces prácticamente toda la orquesta cambia de dirección y así aparece una nueva tonalidad: Mi mayor. Este cambio es de gran dramatismo y provoca la sensación de partir hacia algo nuevo.
Después del primer movimiento, Nielsen nos ofrece otro, poco allegretto, en el que predominan los alientos de madera y se da paso a otra área armónica (Sol mayor), lo cual está diseñado para producir la sensación de pausa y de afianzamiento hacia algo más terrenal. Sin embargo, este intermezzo no dura mucho y todos los violines, acompañados por las cuerdas en pizzicato y las percusiones, comienzan un lento movimiento con una melodía de gran intensidad. Las violas y los chelos entran en un tono más alto que los violines hasta que un solo violín, apenas acompañado de unos cuantos instrumentos de cuerda y unos alientos de madera, introduce una nueva idea (en Mi) que nos lleva hacia la calma. Los alientos continúan con una suerte de fuga que nos lleva a un clímax. La música sigue con fragmentos de ambos temas en distintas intensidades. Los violines se destacan con figuras más elaboradas y después de una pausa, inicia el allegro.
En esta parte, el tema parece tropezar con algo que le impide desarrollarse libremente. Las interrupciones son rítmicas, también hay disonancias y fuertes llamadas de los timbales. Al igual que al inicio de la obra, ambos timbales tocan provocando una sensación de cierta inestabilidad. Llegamos a un segundo clímax que el propio Nielsen marcó como “glorioso”. Luego viene un diminuendo, recurso común para marcar transiciones, y la música va de La mayor a Si mayor. Los tambores reciben esta nueva tonalidad marcando un Re menor, tonalidad con la que inicia la obra. Los clarinetes y las cuerdas responden en Si de manera insistente. Los metales los secundan entonando una melodía conocida: el tema que interpretaron los clarinetes en el primer movimiento. Casi de inmediato el resto de la orquesta se integra y la música llega por fin a su destino de forma contundente: la tonalidad de Mi mayor subrayada por las percusiones, ahora en el mismo tono. El final es climático, pero no sólo por tratarse del último movimiento, sino por la tonalidad que se alcanza después de varios intentos a lo largo de la sinfonía.
Versiones recomendadas:
1. El director español, Juanjo Mena, realiza un trabajo muy depurado a cargo de la Orquesta Filarmónica de la BBC: resalta los silencios y las partes más suaves de la obra confiriéndole una mayor profundidad. No es de extrañarse que la apuesta sea novedosa, una obra requiere de directores arriesgados para apreciar sus posibilidades expresivas. Estos contrastes de sonoridad, más pronunciados que en otras versiones también produce una sensación de agilidad sin tener que alterar los tempi.
2. El escocés Bryden Thomson, nos ofrece un tour de force al dirigir la Orquesta Real de Escocia. La “presencia” de la orquesta se percibe a lo largo de toda la obra. De ahí el hablar de intensidad. Se trata de un elemento más subjetivo, pero no por ello menos importante. Cuando un músico ejecuta su instrumento a tiempo, en el tono y dinámica adecuados, pero sin una intención personal, la música nos pasa de lado. Esta orquesta escocesa nos da una lección de cómo atender cada parte de una obra.
3. Simon Rattle dirige la Orquesta Real Danesa en una interpretación equilibrada. Con un tempo más rápido que el de la mayoría de las versiones, Rattle apuesta a los acentos, a subrayar la energía de las dinámicas. El riesgo de tocar rápidamente algo, siempre es el mismo: no darle el énfasis y el tratamiento adecuado a cada parte. Y esto es lo que le pasa a esta versión; a ratos se escucha atropellada (sobre todo el primer movimiento).
[1] Robert Simpson, Carl Nielsen: Symphonist, Kahn & Averill, (1952). Las traducciones son mías.
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Este 15 de noviembre, a partir de las 8 de la mañana, el escritor Antonio Ramos Revillas iniciará la escritura de un cuento. Desde las redes sociales (Facebook y Twitter) podrás participar con sugerencias de pasajes, personajes y giros a la historia, utilizando el hashtag #DiariodeunCuento.
Una cámara fija estará atenta a los movimientos que el autor realice. Antonio Ramos dedicará tiempo para comer, descansar y leer, y en cada momento que entre a cuadro retomará el hilo del cuento.
La transmisión se realizará en este hangout y por twitcam.
La participación del público estará abierta hasta a las 18 horas, el autor revisará durante el tiempo restante la historia y elaborará una edición lista para compartir en línea a las 20 horas.
Te invitamos a que participes. Todos juntos podremos escribir una historia memorable.
Recuerda, el primer punto de reunión es a las 8 de la mañana, hora en la que Antonio leerá tus sugerencias para comenzar el cuento. Tus aportaciones las podrás poner en el Facebook de Antonio o el de Tierra Adentro, siempre con el hastag #DiariodeunCuento.