Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2015
(Sigue el enlace en la imagen para ver el cartel en tamaño completo).
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Hay una librería de viejo en la calle de Donceles que tiene un librero de madera bastante amplio, donde todos los relatos de viajes han hecho parada las últimas décadas. Los mercadólogos de la librería decidieron colocar un cartel sobre aquella pila con el título “viajes viajeros”, para que nadie dude de su contenido. La última vez que visité ese librero me hice una pregunta ociosa, ¿cuántas personas viajan por el mundo con una pluma y papel (o computadoras, como sea) listos para usarse? Luego de haber leído La orfandad de la muerte, reciente novela de Alfredo Peñuelas Rivas, no pude evitar preguntarme, ¿cuántas personas que practican esta escritura kilométrica han narrado lo peor de sí mismos?
Alfredo sale de México para estudiar un máster de literatura en la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona. Una tarde, cuando paseaba cerca de la playa, encontró a un hombre con aspecto de vagabundo que le preguntó por el mar. Caminaron juntos, platicaron unas cuantas horas. Sus vidas eran muy similares: compartían el mismo nombre, estaban en Europa casi por las mismas razones y ambos dejaron a sus parejas en la misma ciudad de otro continente. Compartieron días, se separaron, y, sin planearlo, volvieron a reencontrarse meses después. Fueron a un bar y el otro Alfredo le entregó un diario en el que había recolectado sus memorias. La primera página decía “Diario de la orfandad de la muerte”. Era una historia que podría ser la historia de ambos, le advirtió. Alfredo usó este diario como proyecto para su máster, cambió unas cosas, apropió otras.
Además de Alfredo Peñuelas Rivas el autor, se encuentran otros dos Alfredos: el estudiante que está de viaje en Barcelona y París, y el hombre que le regala sus diarios al estudiante. Hay un tiempo para la voz de cada uno, pero también llegan a mezclarse en un ambiente delirante musicalizado por The Doors. Si bien esta autoficción peca de metatextualidad, y a veces es difícil saber qué Alfredo está hablando, todas las historias terminan en el mismo sitio: la frustración de un hombre que no sabe lo que busca porque siempre llega tarde a sí mismo.
Moverse en los tiempos de la memoria puede resultar confuso, los recuerdos evitan contarse en una línea del tiempo. Para el doctor Peñuelas, salir del país significó separarse de sus referentes e iniciar otras historias; sin embargo, cada página de los diarios lo devuelven agresivamente a su pasado. Ambos personajes se reconocen lastimosamente en los eventos de todo aquello que ya no existe. “¿Qué es lo que buscas cuando buscas?” es la pregunta que acompaña de principio a fin esta obra. La orfandad de la muerte disuelve la imagen romántica de todo flâneur.
El recorrido por Europa representa un reencuentro con el padre que le relató todas las aventuras del viejo continente. Cada capítulo es un breve ensayo de la soledad y el desamor. El fantasma de una Elena-Penélope, su esposa, es la voz que se intercala en los ensayos. Ella, desde el otro lado del océano, le reprocha sumisamente mediante misivas. “¿Qué es lo que buscas cuando buscas?” le pregunta a través de las cartas que Alfredo no responde.
La orfandad de la muerte posee tantas referencias que no hay duda de que es un relato de viajes que le tomó varios años al autor, y no me doy espacio aquí para mencionar un pequeño porcentaje. Aun cuando los personajes tienen experiencias desgastantes, en la obra hay un impulso ansioso por la esperanza de encontrar algo. “Quien viaja se prepara a sí mismo para la trascendencia”, dice el narrador (pues algo tiene que funcionar de la predisposición). En su estancia en el extranjero, Alfredo no sólo intenta abarcar más pedazos de tierra con las plantas de los pies, se da cuenta de que habitar y darle un territorio estable a los propios pensamientos será siempre más complejo que viajar por el mundo.
La segunda semana de la 57 edición de la Muestra Internacional de Cine presenta sus platos fuertes con la proyección de las cintas más recientes de reconocidos directores como Cronenberg y Jarmusch o películas que han arrasado en los festivales más importantes del mundo, en particular, en Cannes. A continuación los largometrajes que están programados para los siguientes días.
Güeros (2014), la opera prima de Alonso Ruizpalacios ganadora de varios premios en el Festival de Cine de Morelia, es una especie de road movie que tiene como escenario la vasta ciudad de México. Dos jóvenes estudiantes pasan los días en aburrimiento total por una huelga que hay en la UNAM, entonces llega el hermano de uno de ellos y sin proponérselo los saca de su hartazgo. A ellos se unirá después una de las líderes de la huelga para encontrar a un viejo cantante que los dos hermanos escuchaban en su infancia gracias a su padre.
Ida (2013), de Pawel Pawlikowski, cuenta la historia de Ida, una monja católica que gracias a una tía descubrirá que tiene orígenes judíos. La tía alcohólica le revelará más secretos a lo largo de una travesía. Así, la monja y la tía, personajes en principio contradictorios, se vuelven complementarios. Pero más que la historia, en particular, esta maravillosa cinta me pareció sublime por sus tomas, todas ellas fijas, en blanco y negro y desde otros ángulos a los que estamos acostumbrados a ver en la pantalla grande. Preciosista, en suma, y por eso una más de las imprescindibles de esta Muestra.
Sueño de invierno (2014), del reconocido director Kis Uy Kusu, fue la ganadora este año de la Palma de Oro del Festival de Cannes y está basada en relatos del ruso Anton Chéjov, aunque no se dice en cuáles. Un cinta de tres horas y media que habla de un escritor llamado Aydin, personaje contradictorio, que vive retirado en su casa la cual usa como hotel. Allí vive con su joven esposa, de la que cada vez más se siente alejado sentimentalmente, y de su hermana, recién divorciada y con quien tampoco tiene la mejor relación. Conforme el invierno entra en esas tierras turcas, las relaciones entre los tres se van complicando.
Mapa a las estrellas (2014), del canandiense David Cronenberg, es una crítica ácida y deslumbrante de los intríngulis y de la vida de las estrellas hollywoodenses. Genial y retorcida, como otras cintas de Cronenberg (Videodromo, La mosca o Spider), tiene entre sus estelares a una Julianne Moore en verdad sorprendente, no por otra cosa ganó el premio como Mejor Actriz en el pasado Festival de Cannes. Después de la decepción que nos causó a algunos Cosmopolis, es un gozo volver a ver al mejor Cronenberg de vuelta.
Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jim Jarmusch, es un guiño irónico a todas esas películas de vampiros y de zombies que abundan desde hace unos años. Los dos vampiros protagónicos llevan los bíblicos nombres de Adán y Eva, viven en ciudades de continentes distintos pero después de varios siglos están dispuestos a revivir su historia de amor. Así, ella viajará de Tánger a una devastada y muy actual Detroit para encontrarse con él, acorralado, como se siente, de vivir entre seres humanos a los que llama zombies. Jarmusch ha construido su propia versión de estas películas de vampiros y zombies con sentido del humor y detalles literarios que hay que ir descifrando a lo largo de la cinta.
La Muestra iniciará su recorrido por las sedes alternas en la UNAM, La casa del cine, el Seminario de Cultura Mexicana, Cinemanía y Cinépolis. Para consultar las fechas y horarios da clic aquí.
Existe una generación de músicos argentinos que no tiene temor de volcar su tradición musical a un tono mucho más fiestero: The Peronists. Así, la cumbia —un género esparcido por toda Latinoamérica— encuentra a través de su asimilación con la electrónica una cara más visionaria. Ese pasado cadencioso y bullanguero se inserta hasta los terrenos de la música avanzada.
Este proyecto sorprende desde su nombre mismo, ya que da una vuelta de tuerca al apellido de uno de los líderes más polémicos de la historia de Argentina, fundador del Partido Peronista, Juan Domingo Perón (1895-1974). Figura cuyas acciones marcaron la historia de aquel país y que en la actualidad provoca pasiones entre sus seguidores y odio de sus opositores. El apellido del ex mandatario es ahora resignificado en una entidad colectiva que surgió como un desenfadado terrorismo musical. Para los jóvenes no es una figura a la que no se pueda dotar de otro significado con ironía.
Federico Randall —el cerebro detrás del proyecto— comenzó casi jugando con un disco, The Peronists Make Noise (2004), cuya línea temática es una noche de juerga y que incluye la pieza “Eva está drogada”. Con este disco se hace aún más evidente que las nuevas generaciones no consideran intocables a sus grandes iconos nacionales.
El proyecto apuesta por la mezcla de culturas y un pulso muy contemporáneo que permea en discos como Nacionalismo electrónico (2007) y las compilaciones ZZK Sounds Vol. I y II y The Future Sound of Buenos Aires, entre otros.
Randall es extremadamente inquieto y, dadas las actuales bondades de la tecnología, no para de grabar; lo mismo apoya a Cholita Sound, músico chilena, que hace remixes para The Binary Cumbia Orchestra, agrupación originaria de La Plata. En medio de todo ello, presenta Inka Haus, que expande más allá de los Andes su revuelta hedonista y que resulta un pretexto ideal para conversar y ponernos al día de la cumbia futurista en el cono Sur.
¿Por qué decidiste sacar el EP con un sello peruano? De hecho, el título sugiere que lo has compuesto ex profeso para que así fuera.
Cuando empecé a producirlo era un LP muy raro y lo fui achicando; tengo muchos proyectos en la computadora o en mi cabeza, pero este siempre se llamó Inka Haus. Tenía el concepto internamente sonando desde que, como un chiste, les dije a los de Red Bull Music Academy que mi música era “German Reggaeton vs Inka Haus”, cuando me preguntaron qué género hacía; realmente quería sonar así —al menos en mis Dj sets—. Son géneros imaginarios que para mí ilustran mis búsquedas sónicas y mis influencias, pero claro no es lo mismo decir hago Indie Kraut que Inka Haus… Luego, en un momento, sentí que había un capítulo listo para compartir, se lo pasé a un par de amigos productores, entre ellos Deltatron, y salió la posibilidad de sacarlo por Terror Negro Records. Me pareció muy acertado ya que ellos empujan una actitud muy fuerte con su sonido y su estética. Diría que Deltatron y sus secuaces son como el Teklife sudamericano [comenta entre risas]. Y sí, has dado en el clavo, no hay nada más Inka Haus que un sello peruano.
¿Cómo se ha desarrollado el sonido de tu proyecto? ¿Ha cambiado mucho?
Por ejemplo, el tema “New Dembow Order” lo hice en el 2011, en Chile, cuando terminamos un LP con María Sonora (Cumbia Calling, 2010). Venía escapándole a los clichés de la cumbia digital y la música de ese momento, por suerte estaba allá [en Perú], donde se escuchaban otras cosas. Me fui empapando de esos teclados y guardando tracks, de hecho tengo un EP completo de esa onda, pero me pareció que sólo un tema estaba bueno para este disco.
Traté de lograr un hilo continuo en esta propuesta, desde Nacionalismo Electrónico que no agrupaba varios cortes; lo más importante para mí ésta vez fue intentar hacer que se pudiera escuchar el disco entero y tener un viaje escuchándolo.
En “Inka Haus” recibí ayuda y guía de Axel Krygier, un músico y productor multitalento con muchísima cancha en esto; me ayudó bastante a cerrar, avanzar y escuchar mejor.
El tema “Temazcal” es un remix tuyo que remite a una palabra indígena mexicana y que además es un corte de Matanza. Nos puedes hablar de esta agrupación y de dónde surgió la idea.
Matanza es un trío de Chile que fusiona casi todo lo que es bueno: top notch y DJ skills, finísima ejecución musical, entienden la vibra del club y la maximizan con el formato de banda. Su temática está orientada a elevar lo que es nuestro, lo aborigen. Particularmente, siempre me sentí tocado e influido por su música; trabajé este remix solo —a lo bootleg style—, se los mostré, les gustó y quise incluirlo porque como decía antes… son tan copados estos broders.
Aparecen otras dos colaboraciones; cuéntanos acerca de ellas y el motivo de convocarlas.
En el primer caso, con Galambo, ya habíamos hecho una vez un proyecto juntos, nos tomamos unos días en la playa y grabamos esto (2011). Somos grandes amigos y disfrutamos mucho; un día estaba haciendo un loop bien chilean house y se lo mandé. Galambo tiene grandes skills a la hora de cantar y por suerte se mandó esta voz “intraterrena” que le da el toque freak a “Melbourne Cowboys”.
“Tio 4 Ever”, con Morita Vargas, fue un experimento; el tema ya estaba y lo fuimos encaminando a lo que quedó, nos llevamos una gran sorpresa experimentando, y en “Modem Cumbia” también hay voces procesadas de Morita, pero son más bien como texturales. Éramos amigos y de pronto estábamos grabando. Ahora vamos a actuar juntos.
¿Hacía dónde se ha estado moviendo la cumbia digital en Argentina? Al parecer todavía ahora existen proyectos muy exitosos.
Seguirá creciendo año a año; todavía el sonido tiene mucho para dar. Este año mi enfoque ha estado en el sonido peruano de Dengue Dengue Dengue y Deltatron, que lograron sintetizar mucho de lo que pasaba en Argentina con lo que les sucede y les gusta a ellos; para mí ése tiene que ser el camino, algo muy electrónico pero que lleve la vibra de la gente bien adentro.
La cumbia digital en Argentina debería volver a sus raíces experimentales; después de la ola de novedad, ya nos dimos cuenta que no forma parte del circuito popular de Cumbia de allá y que su contexto ideal siguen siendo los espacios de vanguardia.
Por lo que me cuentas, has seguido en contacto con la gente de la Red Bull Music Academy, ¿qué han hecho juntos?
El primer adelanto de Inka Haus tuvo el empujón de estrenarse en Soundcloud, y eso me hace tomar conciencia de que estamos sintonizados en la familia de RBMA. Además, vienen curando unas noches increíbles en Buenos Aires, con artistas tan reveladores como Shit Robot, Omar Souleyman, Dengue Dengue Dengue y DJ Rashad, entre otros.
¿Estás preparando algún otro material?
Por el momento estoy de vuelta en el caos de mi disco rígido; estoy ya grabando canciones nuevas, y tengo ganas de hacer otro EP, pero vengo soñando con un LP desde 2009; me parece que lo mío son los EP hasta ahora.
A primera vista, la obra de Erik Alonso podría describirse como autobiográfica, aunque esta descripción no sería completamente atinada. Si tuviera que describirla, diría que es una obra de paso, como los rituales. Es cierto: los ensayos que integran Los procesos están escritos en un registro íntimo, casi privado, pero no se detienen ahí. El tono personal se convierte en una vía para explicar(se) el mundo exterior, un intento por identificar el hilo conductor que hermana a la experiencia humana desde lo propio hasta lo ajeno, desde el pasado hasta el presente.
Cada uno de los ensayos pone en diálogo un episodio que puede presumirse personal con una anécdota filosófica, artística o popular, en donde el resultado es siempre aforístico: una conclusión que apela a lo universal. Un bebedero para colibríes en la casa familiar trae a la memoria del autor una instalación artística que comprende un bebedero similar que pende de una grúa a treinta metros de altura afuera de un museo. Lo que sigue es una reflexión sobre la ligereza —sobre el alivio que provoca encontrarse con la posibilidad de ver lo cotidiano a la luz de un nuevo contexto—. Esta secuencia deductiva se repite una y otra vez de un ensayo a otro.
En “Una casa”, la primera de tres partes que componen el libro, se construyen casas, ciudades, instalaciones; se construye, también, nuestra memoria en torno a ellas. Habitamos las construcciones como a la memoria. Estos ensayos transcurren entre referencias a recuerdos infantiles y versiones adultas de esos mismos recuerdos. Asistimos a una reflexión profunda sobre la forma en que se construye la vida misma, de una casa a otra, de un recuerdo a otro. A veces con ligereza (“como si la vida se resolviera sola”), a veces con seriedad y a veces con insomnio. El proceso de construcción es un proceso de crecimiento; la casa se convierte en un horizonte que retrocede, un punto de llegada que nunca termina de estar construido del todo.
“Imágenes en la pantalla” es la segunda y más breve de las tres partes. Los ensayos son, por lo general, cortos e incluso los que parecen largos se leen fragmentados. Podríamos imaginarnos a un televidente desesperado cambiando de canal cada pocos minutos: Los Simpson, una escena de The Office, un capítulo de Los Sopranos, Woody Allen por acá, Asghar Farhadi por allá, al fondo, El ladrón de orquídeas y, a propósito, ¿cómo hacer para vivir con la misma pasión que tenía el personaje de Meryl Streep por esas flores? Así, de pronto, nos sorprende el final de cada ensayo: a pesar de la saturación, todas las imágenes terminan por decirnos algo.
La tercera y última parte, “Espacio interior”, es quizá la más anclada en los recuerdos. Propios y ajenos. El espacio interior —me atrevo a decir— es la memoria. Los ensayos que componen este apartado exploran formas posibles de capturar los recuerdos —como propone Benjamin— tal como relumbran “en un momento de peligro”: en la historia, en un acervo literario, en los objetos de un amor pasado, en una carta, en un balneario, en una anécdota.
En Los procesos, lo íntimo del texto se diluye en la posibilidad que encuentra el lector de identificarse con las conclusiones propuestas. La obra detona en él un proceso inverso al planteado en sus ensayos: a partir del encuentro con lo que la experiencia humana tiene de común, se vuelve inevitable dotarla de un sentido propio desde el cual relacionarse con ella.
Con esta obra, Erik Alonso obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2014. El reconocimiento es atinado. La lectura del libro bien podría asemejarse a la lectura de un blog personal. Algunos ensayos se antojan escritos de un plumazo en un arrebato reflexivo, juvenil y fresco, con la agilidad que sólo los blogs permiten. Al mismo tiempo, la saturación de referencias —algunas eruditas, otras completamente cotidianas— nos habla de un autor en una búsqueda urgente de sentido, dispuesto a interrogar, desde Wittgenstein hasta Seinfeld, por una explicación capaz de satisfacer su fuero interno. Después de todo, ¿qué es la juventud sino el deseo incontenible de comprender nuestro estar en el mundo?
Quien esto lea debe saber / que fue lanzado al mar de humo / de las ciudades / como una señal del espíritu roto. / Quien esto lea debe saber también / que a pesar de todo / los muertos no se han ido/ ni los han hecho desaparecer…
Una vida de adulto. Trabajar cuarenta horas a la semana para pagar el gas, la televisión de plasma, las colegiaturas de los niños. Aprender que la calle es sobre todo un terreno peligroso que debemos evitar. Renunciar al tiempo libre, al ocio genuino y problemático de los días feriados. Olvidarse del parque, el ajedrez y el futbol. Encerrarse en casa a disfrutar los bienes, pequeñas y no tan elementales ficciones. La huella que deja el otro nos aturde tanto que a veces resulta imposible volver a mirar. Nos duele la herida, esa discontinuidad. Desde hace tiempo, el otro se ha vuelto un problema evidente en todas las artes.
El dos de noviembre David Huerta escribió en Oaxaca el poema Ayotzinapa. Había pasado poco más de un mes desde aquel ataque y secuestro de 43 estudiantes en Iguala, Guerrero. En el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), los artistas plásticos Rubén Leyva, José Villalobos y Luis Zárate, rápidamente crearon una instalación con base en estos desgarradores versos. Los muros altísimos del Cubo abierto, patio interior del museo, se pintaron de negro, las palabras de Huerta fueron lanzadas hacia dos columnas, a sus pies se encendieron cuarenta y tres pequeñas velas, en un costado ardía carbón de anafre.
El día que vi la instalación dieron los detalles del caso todavía no aclarado de los jóvenes desaparecidos. Alguien, supongo que uno de los artistas plásticos mencionados, leía este poema una y otra vez a manera de mantra, repetición al aire que no silencia la mente para liberarla del ruido que en ocasiones ensordece, sino avivarla, llevarnos a la llama y al dolor de aquellas víctimas y de este país de fosas y cuerpos mutilados. Guardar en la memoria esas imágenes de sangre y polvo para saber que uno pudo haber sido aquel objeto perdido.
Si uno entra de noche a este recinto siente que de repente lo ha invadido el viento para postrarlo frente a un altar elevado hacia todos los muertos sin nombre. Si uno entra de noche lo invade lento la angustia de saber que conoce sus nombres y no puede encontrarlos. Estamos tratando de dar / nuestras manos de vivos / a los muertos y a los desaparecidos / pero se alejan y nos abandonan / con un gesto de infinita lejanía, dice David en su dolencia. Nos pegó en la cara una realidad que ya habíamos visto pero que quizás olvidamos por comodidad o hastío. Nos pegó la vida y olvidamos que cada paso que damos trae consigo olas gigantescas o aguas tranquilas de mar. Encontramos una vida de adulto, y con razón y entrega, nos hicimos más habitables, sólo que nos equivocamos.
Ahora esos muertos tienen rostro, nombre, un lugar donde nacieron y trabajaron la milpa bajo el sol bestial del medio día. ¿Qué haremos para que nuestros invaluables destinos no nos hagan olvidar a esas muñecas de trapo en el desierto, esos cuerpos colgantes bajo los puentes, esas fosas pestilentes, esas cenizas, ese silencio de quienes sufrieron todo el peso de una violencia sistemática y generalizada?
Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado, dice Clarice Lispector en su cuento “Amor”. En él, una mujer se enfrenta metafóricamente a un ciego cuando lo observa en la calle masticando chicle. Lo insólito de este encuentro la lleva a replantearse su lugar como madre y esposa, su existencia entendida a partir de los otros. El ciego funciona como espejo que rompe su cotidianidad y la inscribe en el plano del asombro pero también de la náusea ante el vacío, la irremediable brecha que separa a sus personajes.
En la obra de esta brasileña, los otros aparecen como orillas que nunca hemos de alcanzar. Octavio Paz también lo dijo en su ensayo “La otra orilla”. Hay una oportunidad y un salto que uno debe de tomar o está perdido, sumergido en variantes de la realidad que nos aturden y quitan sentido a los actos más elementales. Sin embargo, tampoco es en la escritura, ese terreno inconcluso y movedizo, donde existe un sendero de representación e igualdad, de genuina empatía y trabajo constante que construyan una nueva visión de humanidad. La escritura es el registro, el estado de las cosas que se ofrecen al espectador en curso, pero nunca el encuentro. Ese nos corresponde como responsabilidad y tarea que hemos de realizar también fuera de casa, de muchas formas y con muchos recursos.
Para los personajes de Clarice Lispector, paradójicamente pues no hablan más que consigo mismos, como es el discurso metafórico en todas las artes, no será en la escritura donde los personajes se encuentran sino en el diálogo. Escribir nos sirve para pensar, pero hablar es hacer, buscar al otro que suele escaparse en su misterio y su inaccesibilidad. El diálogo inconcluso que Maurice Blanchot le adjudicara a los libros está en lo que podemos decir y hacer con ideas aterrizadas en una realidad maleable, reconstruible. Esa posibilidad nos ofrece el arte en sus diversas manifestaciones, sólo es una trayectoria hacia otra forma de entender quiénes somos, qué queremos para los otros y para quienes aún no han nacido.
David Huerta nos conduce con este poema hacia el lugar del sufrimiento, del horror que deja tras de sí la impunidad y el silencio, ya queda de nuestra parte bajar las armas y aprender a ser iguales. La violencia en el arte, pero en la vida, eso no, aunque así sea. Esta instalación se encontrará hasta diciembre en el MACO. Aquí dejamos las palabras de Huerta:
Ayotzinapa
Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces víscerasLos muertos tienen manos
Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciableEsto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedóEstamos perdidos entre bocanadas
De azufre maldito
Y fogatas arrasadoras
Estamos con los ojos abiertos
Y los ojos los tenemos llenos
De cristales punzantesEstamos tratando de dar
Nuestras manos de vivos
A los muertos y a los desaparecidos
Pero se alejan y nos abandonan
Con un gesto de infinita lejaníaEl pan se quema
Los rostros se queman arrancados
De la vida y no hay manos
Ni hay rostros
Ni hay paísSolamente hay una vibración
Tupida de lágrimas
Un largo grito
Donde nos hemos confundido
Los vivos y los muertosQuien esto lea debe saber
Que fue lanzado al mar de humo
De las ciudades
Como una señal del espíritu rotoQuien esto lea debe saber también
Que a pesar de todo
Los muertos no se han ido
Ni los han hecho desaparecerQue la magia de los muertos
Está en el amanecer y en la cuchara
En el pie y en los maizales
En los dibujos y en el ríoDemos a esta magia
La plata templada
De la brisaEntreguemos a los muertos
A nuestros muertos jóvenes
El pan del cielo
La espiga de las aguas
El esplendor de toda tristeza
La blancura de nuestra condena
El olvido del mundo
Y la memoria quebrantada
De todos los vivosAhora mejor callarse
Hermanos
Y abrir las manos y la mente
Para poder recoger del suelo maldito
Los corazones despedazados
De todos los que son
Y de todos
Los que han sido
David Huerta
2 de noviembre de 2014. Oaxaca
Hace tiempo, en una noche en que mis amigos me abandonaron, y la sobriedad y las películas de Schwarzenegger me tenían entumecido, la única solución que encontré al aburrimiento y la falta de sueño fue ver videos en YouTube. Después de varias horas de nadar en la superficie de lo popular, encontré el de unas personas que caminan en un centro nocturno de Pattaya, Tailandia. El video no evidencia alguna técnica fílmica; no tiene cortes, ni montaje, ni encuadres excéntricos. Parece desprovisto de narrativa, pero hay algo magnético en él. Primero pensé que era lo que se mostraba a través del lente: los colores neón de los diferentes bares; las mujeres en bikini que ofrecen asientos y bebidas; la conversación entre el hombre de la cámara y una mujer mientras caminan frente al tráfico humano.
Todo termina cuando llegan al final de la calle: desenlace predecible. Pero en ese momento ya había absorbido mucha información. Volví a ver el video con la preocupación de que quizá su punto se me escaparía por siempre. Cuestioné la falta de técnica y rigor cinematográfico, pero no podía recriminarlo porque su intención no es presentar al espectador una ordenación de eventos finitos que progresan hacia un mensaje ulterior discernible, endulzado con la miel del tropo y el estilo. Su único propósito es publicarse. El deseo de mostrar y la necesidad de ver se entrelazan en los diez minutos que dura el video; el momento más memorable es cuando, en el fondo distante de un callejón, se miran los neones azules de un antro. Minutos después, el camarógrafo y la mujer entran al callejón. Puestos de comida a la derecha, antros a la izquierda. Las caras usuales entran y salen del encuadre. Los neones se miran cada vez más cerca.
A pesar de todo ello, seguía sin entender por qué la emoción cegaba mi pensamiento. Volví a cuestionar el planteamiento narrativo y me di cuenta de que todos los elementos básicos de narración fílmica se encuentran en él: una cámara, personajes, escenografía, iluminación, sonido, imagen-tiempo e imagen-movimiento. Por absurdo y banal que sea, algo se está contando. El autor se llama Jeff Ewart, y su canal de YouTube actualmente alberga doscientos noventa y seis videos, todos de la misma naturaleza. En la descripción de su canal dice lo siguiente: “Estos videos fueron grabados para mostrar a otros qué es lo que veo al momento. No están editados para ser bellos o entretenidos, sino para revivir la experiencia tal cual es. AVISO: aquellos que viven en el popular mundo de los diez segundos deberían ir a otro lugar”. Todo me parece una forma orgánica de narración hiperrealista, en donde la caótica e inalterable vida urbana se topa de frente con el carácter pasivo y documentalista de la cámara de video.
Después de ver el video en Pattaya, busqué alguno en Tokio y encontré uno en Roppongi (distrito de clase alta en Tokio) que tenía la misma intención, forma y tratamiento que el anterior, subido por stercraze06. Dos días después, di con una grabación de un viaje en carro hacia un casino en Estados Unidos, de yokorita1. Ewart, yokorita1 y stercraze06 se convirtieron en lo que llamo “el triángulo de YouTube”. ¿Por qué personas que con toda seguridad no saben de su existencia entre ellas, están haciendo videos que comparten una inquietud similar? Más importante: ¿de qué manera se relacionan? ¿Por qué se alcanza a sentir una conexión más profunda que la que ofrece el acceso a internet y los gustos personales? Las películas de los hermanos Lumière fueron de gran importancia en mi búsqueda de respuestas, pues la concordancia que guardan con el triángulo es, además de fascinante, alentadora. Podemos trazar un paralelismo con La salida de los obreros de la fábrica, una de las primeras producciones cinematográficas de los Lumière, cuyo único encuadre, en dirección a la entrada de una fábrica, testimonia la hora de la salida de los trabajadores (el heredero directo del resto de las películas de los Lumière está en Vine). Dudo mucho que el triángulo sea consciente de la resonancia de sus producciones con el inicio del cine, o que tengan idea de que lo que están haciendo es en realidad un actuality film, género que comenzó con los hermanos Lumière y los primeros pasos de Georges Méliès, continuó en la
Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el muro de Berlín, se estilizó en la trilogía Qatsi, de Godfrey Reggio, y retomó sus raíces primitivas en la cámara portátil.
El interés que el triángulo y las conclusiones y conexiones a las que estaba llegando se expandieron a México. Antes de conocer al triángulo, incluso antes de generar interés por las características y problemas del cine, Edgar, de “Edgar se cae”, ya era famoso, pero las cámaras digitales no eran tan comunes. Poco después, los doblajes de Trino y Edgardo Morales comenzaron a circular. Luego fue el “Báilele[,] compa”, los videos de la Barandilla, “Yo no choqué[,] me chocaron”, “Mi papá es Fox[,] es presidente de México”, “Huevazo a doña Cheli”. Del 2008 al 2014 se han multiplicado.
Comencé a buscar videos mexicanos a la semana de que conocí al triángulo. Mi primera búsqueda decía “pisteando en la calle”, después de cuestionarme cuál es la actividad más común en México, y con la que la mayoría de la población se podría relacionar. Vi cerca de cincuenta videos esa noche y en ningún momento me sentí agobiado o aburrido. Mientras cambiaba de video, recordé Slacker, esa película que habla de todo y de nada. Inicia con un personaje que se baja de un taxi, presencia el momento en el que un carro atropella a una señora, la cámara sigue a otro personaje por el largo de una banqueta, y lo deja cuando entra en encuadre el carro que atropelló a la señora. Toda la película es un traslado de focalización incesante. Con cada nuevo personaje que entra, un nuevo fragmento de la ciudad se va develando. Lo mismo pasa cuando se conoce a una persona nueva en la ciudad propia, o en cualquier parte del mundo, o cuando nos quedamos a dormir por primera vez en una casa ajena. El horizonte del que tanto habla la hermenéutica se amplía. El espacio de Tecate no se compone sólo por mi opinión sobre él. Tecate es el señor que prepara con doble salchicha sus hot dogs; el bartender con el que platico cada vez que voy a su bar vacío; la cajera del quiénsabequé café que está al lado de la funeraria. Pero también es lo que el señor de los hot dogs le platica a su esposa cuando se van a dormir; la manera en la que el bartender decidió entender las noticias del periódico sensacionalista local y lo que la cajera se roba cuando nadie la mira. Todos estos videos, todas estas porciones reales de la vida de los demás y la otredad que ofrecen, están formando, se quiera o no, un tejido orgánico y polifónico que nos acerca a la dialéctica de lo mexicano. El México que no conocemos pero que, increíblemente, podemos ver. De la misma manera también se puede hablar de una nación mundial en la época digital.
Es importante mencionar que todos los videos vistos no tratan de cosas interesantes; su contenido, sin pretensión artística alguna, es importante sólo para las personas que los grabaron. Son esas razones las que influyen en su importancia: fueron grabados de manera consciente y consensuada, pero los camarógrafos no se dieron cuenta de que inconscientemente crearon una red de realidades analizables, básicamente desde cualquier ciencia social. “Pisteando en Caji” trata de un grupo de amigos que, vaya, van a Caji a beber. “Mochila jamid” y su secuela fueron grabados cuando un estudiante le volteó la mochila a uno de sus compañeros y la llenó de tierra. “Tlacuache tierno” se trata de un niño abrazando a un tlacuache, al que le dice algo incomprensible.
Por otro lado, también hay videos que contribuyen a la ampliación del eje México/YouTube sin caer en el terreno de lo meramente documental. Algunos de ellos generan su ficción a partir de otra preestablecida, como “Viaje al fondo del mar”, doblaje de Trino, y “Se encabronó el vato”, doblaje de Edgardo Morales. Ambos toman como refractario series de televisión estadounidenses y las desdoblan en narrativas completamente mexicanas. El elemento mexicano más obvio está en la música: en “Viaje al fondo del mar” el monstruo canta “Me cansé de rogarle”, y a Maicol de “Se encabronó el vato” le ponen “El venado”, que no es una canción de autoría mexicana, pero está tan enraizada en nuestra cultura que, a pesar de la popularidad del reggaetón, todavía se escucha en fiestas de quince años. Aparte de las ficciones dentro de ficciones, está el caso enigmático y estilizado de “Cuando las nubes bajan”, el Samuel Beckett de los videos mexicanos en YouTube. Completamente aleatorios y absurdos, estos videos son compilaciones de grabaciones cortas, cuyo único pretexto narrativo es que las nubes, por alguna razón, bajaron a la tierra y están alterando el comportamiento humano de todo el planeta.
Por último, están los ejemplos clásicos que ya todos conocen. Al Ferras le duele la rodilla, Aidé perdió su cuerpo, a Fermina no le dan las llaves, al Canaca lo amarraron como puerco y además le robaron dinero. La lista no acaba y, por consecuencia, estas relaciones invisibles jamás podrán ser trazadas en su totalidad, pero sí pueden reconocerse como tales. Como sinapsis en el cerebro mexicano. Si tomamos como base todas esas pequeñas alteridades, que se multiplican cada día, tendremos un reflejo más o menos generalizable de comportamiento social.
Un día tuve una conversación con una amiga acerca de películas mexicanas. El trabajo final en mi clase de Análisis del Discurso consistía en analizar una película. Todos mis compañeros eligieron cintas “de culto”, pero en mi equipo decidimos hacer el trabajo sobre Los verduleros. Ella me contó que esa película es la visión que antes se tenía de México, un reflejo fidedigno, aunque exagerado y ridiculizado, de nuestra cultura. Discutimos el valor cultural de Tun Tun y del hombre del pan, y la trascendencia que Alfonso Zayas aún tiene en el hombre mexicano. Aunque me pareció una coincidencia agradable que ella y yo compartiéramos opiniones, me percaté de la transformación que tuvo el cine mexicano: de la Época de Oro con sus grandes estrellas, los diálogos elaborados y las canciones románticas, a las deformaciones de la Época de Cobre y sus mórbidos, pero extrañamente adorables personajes. Después, ya solo y de camino a casa, pensé en los videos de gente tomando en la calle, en los videos de gente peleándose en las banquetas, y recordé cuando yo lo hice. Y volví a pensar en Slacker y mis conclusiones sobre el triángulo y la película. Pensé en las conexiones invisibles que existen entre las personas, en la mutación cultural que México ha tenido desde que creíamos en un Dios para cada proceso natural, y que ahora hacemos un Dios en cada suceso digital.
El ideal romanticista de México a principios del siglo XIX, de oponerse al conservadurismo y de mexicanizar la cultura, que vio su origen en la poesía política de Salvador Díaz Mirón, derivó en Juan Camaney y Jaime Duende. México ya no se oculta en el nublado del cielo, ni en el discurso atropellado e inverosímil, ni en los kilos de cadera, o el cuerpo de Martha Higareda o en los tragos coquetos. México está en el coraje de las llaves, en la rebelión del trapo, en el dinero enterrado en la playa y “la bala fría, papi”. Edgar, el Dios Eolo, el Canaca, Fermina, Aidé, el Ferras, los Báilele[,] compa, el Perro Gacho, el ¿Qué pasó[,]muchacho? son los nuevos personajes mexicanos. Y esas alteridades mexicanas, que son generalizables, se comunican con las que están escondidas debajo del peso del like y las reproducciones: “Pisteando en Caji”, “Se armaron los putazos en el barrio Loma Alta en Tecate”, “Vieja loca en el centro de Tijuana”. Personas reales, delegados de la antificción, pero que no dejan de tener ese gen extraño que los metamorfosea y ficcionaliza: la cámara de video.
No quiero decir que los antiguos iconos nacionales hayan perdido su validez. El cantinfleo es uno de los métodos conversacionales más comunes y en el canal De Película todavía puedes ver las aventuras de Capulina.
La influencia de Cantinflas, Pedro Infante, Jorge Negrete, Tin Tan, María Félix, Silvia Pinal y Dolores del Río, entre otros, queda diezmada bajo el peso de los nuevos medios y su inmediatez. A eso se refiere Jeff Ewart en la advertencia de la descripción de su canal: aquel que viva en el mundo de lo inmediato no tiene nada que hacer aquí. Aquel que en su mundo de representaciones sólo reacciona ante lo vagamente razonable, pierde el tiempo en internet y en la vida.
Definir la obra de un escritor atado en el imaginario popular a las luchas sociales de un tiempo convulso y determinante no es tarea fácil. En el caso de José Revueltas, tal vez no sea posible desligar del todo sus textos y sus personajes, atmósferas y paisajes de su ideología política, sus estancias en la cárcel y la crítica que —en su momento, y todavía ahora— reciben sus palabras. Doce jóvenes autores mexicanos con distintos perfiles y de diferentes ciudades fueron convocados a reflexionar en torno a la literatura del autor de Los muros de agua. Como resultado El vicio de vivir es un conjunto de ensayos que aborda la literatura de Revueltas en todos sus géneros: los cuentos, las novelas, su poco conocida poesía, las obras dramáticas y guiones cinematográficos; además de su visión del universo femenino. Cada autor de este volumen encuentra una arista, un punto de encuentro, una definición para desentrañar la obra de este escritor del que celebramos su centenario.
Esta compilación estuvo a cargo de Vicente Alfonso.
Por Nayeli García Sánchez
En una carta fechada el 1 de agosto de 1947, José Revueltas (1914-1976) habla de las epístolas de Vincent Van Gogh y comenta una cita que transcribe: “Es bueno amar todo lo que se puede (fíjate: todo lo que se puede y no todo lo que se pueda, es decir, todo lo que sea digno de amarse)… porque es allí donde se halla la verdadera fuerza”. La mirada sutil en el uso del tiempo verbal que denota la apostilla del escritor da muestra de su fascinación ante otro hombre atormentado por el mundo. Revueltas interpreta en las palabras del artista plástico una idea propia que desarrollará con fuerza dos años más tarde en su novela Los días terrenales (Stylo, 1949):[1] el amor es una expresión de la dignidad. Más adelante, explica: “Van Gogh [es] el colmo de la sabiduría (en el sentido bíblico de la palabra: ‘quien añade sabiduría añade dolor’) y del sufrimiento”, afirmación con la cual fundamenta su idea sobre los lazos existentes entre la condición humana y el dolor.
La idea de la dignidad en el amor y el sufrimiento debió perseguir los pensamientos del escritor de manera tenaz, pues su desarrollo alcanzará una extensión considerable en Los días terrenales, quizá la novela más polémica del escritor. A través de sus páginas se adivina un hombre cansado del mundo, impaciente ante los dogmatismos y la dureza del estalinismo; un comunista que se horroriza ante las prácticas autómatas, inconexas con una idea general de lucha, ejercidas desde un discurso de resistencia.
Cuando se publicó la novela, Revueltas debía andar por los treinta y cinco años, había pasado algunos periodos en prisión y su carrera literaria dejaba atrás tres puertos que comenzaban a legitimarlo dentro del círculo letrado de la época: Los muros de agua (1941), El luto humano (1943) y Dios en la tierra (1944). El ánimo que recibiría la nueva obra estaba sembrado con expectativas amplias sobre el crecimiento de sus letras.
Los días terrenales tuvo como hilo conductor un análisis desfavorable sobre los mecanismos de gestión del Partido Comunista Mexicano, que lo develaba como un grupo caracterizado por la ausencia de pensamiento autocrítico y por alejar la teoría comunista del trabajo colectivo. Su técnica narrativa permite varios niveles de lectura: uno local y político que discute con la militancia y narra, con base en hechos reales, los errores de organización y la atrocidad del discurso estalinista; otro más universal y literario que habla sobre la condición humana y desarrolla el problema entre el conocimiento, como vía de liberación, y la felicidad, en torno a la máxima del Eclesiastés: “Quien añade ciencia añade dolor” (1:18).
Revueltas había sido expulsado del partido en 1943, así que para 1949 su relación con los camaradas era muy tensa, lo cual influyó de manera contundente en la recepción de la obra. Entre las críticas comunistas más destacables están la de Enrique Ramírez y Ramírez y la de Juan Almagre, seudónimo de Antonio Rodríguez. La primera se publicó el 26 de abril de 1950 en El Popular; la segunda el 8 de junio del mismo año en El Nacional. Ambas opiniones atacaban al autor personalmente. Ramírez escribe:
Pero yo aún me atrevo a poner fe en la reconstrucción, en la regeneración del escritor Revueltas. Porque durante muchos años me he acostumbrado a mirarlo y apreciarlo como a uno de los jóvenes mejores de México, como a un gran artista en potencia, como a un servidor sincero de la causa de nuestro pueblo y de todos los pueblos. Y me resisto a dar por consumados su derrota y su acabamiento. Deseo creer que el divorcio de Revueltas con los hechos diarios, íntimos y palpitantes de la lucha popular, ha debilitado su sensibilidad, su noción natural de las cosas.[2]
Antonio Rodríguez incluso va más lejos cuando dice: “De hoy en adelante, el apellido Revueltas no es uno. Silvestre, el músico, es el Revueltas del pueblo, que el pueblo recordará como uno de sus verdaderos defensores y amigos. Pepe, el escritor, es el Revueltas de la parte más corrompida de la Sociedad. La odia, pero en el fondo, intenta desarmar a los que luchan contra ella. Es decir, en el fondo, es su avergonzado apóstol”.[3]
Mientras tanto, Salvador Novo y Alí Chumacero escribieron críticas positivas sobre el texto. En una nota publicada por Mañana el 2 de octubre de 1949, el primero decía:
Terminé la lectura de Los días terrenales de Revueltas. Novela magnífica. […] Las vidas de todo este mundo hurgadas en sus sorprendidas introspecciones, en el curso libre de sus recuerdos y asociaciones. Y ligadas por el hilo sutil con que las enhebra, de la manera más inesperada, con lujo arquitectural de estructura que no deja sospechar las trabes.[4]
Chumacero, desde un ensayo de México en la cultura, afirmaba el 18 diciembre del mismo año: “Unos y otros saben que Los días terrenales no es un desacierto de José Revueltas sino el pecado mortal que le hace situarse en una fidelidad literaria en la cual encuentran estrecha coincidencia el hombre y el artista”.[5]
Mención aparte merece la dolorosa crítica que el poeta chileno Pablo Neruda emitió sobre la novela en el Congreso de la Paz, celebrado en septiembre de 1949:
Acabo de leer un libro de José Revueltas. No quiero decir cómo se llama. Para algunos de los que aquí están, este apellido puede no tener significación. Para mí la tiene y muy grande. Es el nombre de una dinastía del pensamiento americano, es el nombre de una familia del pueblo que ha traducido en un alto lenguaje en la pintura, en la literatura y en la música las victoriosas luchas de un pueblo. Y hoy este nombre me trae, en las páginas de mi antiguo hermano en comunes ideales y combates, la más dolorosa decepción. Las páginas de su último libro no son suyas. Por las venas de aquel noble José Revueltas que conocí circula una sangre que no conozco. En ella se estanca el veneno de una época pasada, con un misticismo destructor que conduce a la nada y a la muerte.[6]
Con este reclamo, el poeta ponía en duda la lealtad de Revueltas hacia su propia familia (son claras, como en el texto de Rodríguez, las referencias a la obra de Fermín y Silvestre); y no sólo eso, los juicios de Neruda negaban también la posible afinidad estética entre él y Revueltas, que ha sido señalada por la crítica posterior.[7] El distanciamiento provocado por estas palabras quedaría públicamente sanado años más tarde cuando Neruda le escribe una carta conmovedora y entrañable al presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, en la que le pide la liberación de José, preso por su participación en el movimiento estudiantil de 1968. Revueltas le dedicaría a Pablo, en 1969, su novela El apando.
Revueltas mostró las costuras que unían sus intereses privados con sus preocupaciones públicas —latidos del mismo corazón— cuando, atento a los juicios de sus viejos cofrades, suspendió la publicación de Los días terrenales. Entre sus compañeros de milicia estaban sus hermanos intelectuales y algunos caros amigos, gente en la que confiaba y con la que sentía una responsabilidad que otorga el parentesco. Así que si su obra, considerada una traición, los hería, debía acallar una disonancia entre la voz de la pluma y la mirada de la familia: “de un tiempo a esta parte mi trabajo literario ha sido objeto de numerosos y graves malentendidos, que son tanto más graves para mí cuanto que provienen de mis propios compañeros de lucha”,[8] afirmaba en una Carta abierta publicada el 11 de junio de 1950 en El Nacional. A partir de ese momento, podrá verse en su trabajo una búsqueda de reconciliación entre su forma de entender el comunismo y su escritura creativa, periplo en el que también habría de conciliar las aparentes contradicciones vitales entre su trabajo literario y su participación política.
Revueltas retiró de circulación la obra, puesto que dentro de su idea del arte ocupaba un lugar fundamental la entereza axiológica y, si su texto había ofendido a sus antiguos compañeros, la lealtad y, quizá una culpa infundada, lo llevaron a tomar la decisión: “he resuelto rogar a los editores de mi novela Los días terrenales que en atención a mis deseos aquí claramente expresados se sirvan retirar de la circulación comercial los ejemplares de dicho libro”,[9] anunció el 16 de junio de 1950.
No obstante, en 1969, con renovada madurez reconocería allí su trabajo mejor logrado. Como muestra de ello nombraría la colección completa de sus escritos con el título de la novela: “A excepción tal vez de los cuentos, toda mi novelística se podría agrupar bajo el denominativo común de Los días terrenales, con sus diferentes nombres El luto humano, Los muros de agua, etcétera”.[10]
Los juicios de Ramírez, Rodríguez y Neruda apelan a las dimensiones ideológicas de Los días, lo cual podría llevarnos a pensar que no son críticas válidas; sin embargo, ¿no está la literatura compuesta por algo más que lo meramente literario? José, acaso de manera radical, reflexiona sobre ello cuando dice:
Para mí el escritor es ante todo un hecho moral, un problema de ética y no de estética. […] el escritor ha de tomar el hecho de serlo tan sólo como un accidente, un accidente biográfico y vocacional, al que debe entregarse con toda su pasión y su disciplina técnica, sí, pero al que no debe considerar nunca como un fin, como un “haber nacido para escribir y no para ninguna otra cosa más”. Porque precisamente lo que ocurre es que se nace, se vive y se muere, para hacer “esa cosa más” y no ninguna otra.[11]
Revueltas veía que, con el crecimiento de las instituciones culturales, las prácticas creativas parecían estar cayendo en una mecánica enceguecida, muestra de ello es el prestigio relacionado con la obtención de reconocimientos públicos, que legitiman dentro de un sistema cultural el ejercicio de poder político de los autores asimilados a la hegemonía; o bien en una negación de la literatura a responder por su realidad inmediata, que podía sentirse en la búsqueda por un arte “puro y desinteresado”. Estas dos cuestiones resultaban inaceptables para él, que siempre reclamó una ética que articulara el trabajo literario y cultural.
El autor era consciente de las propuestas políticas y estéticas del partido y había decidido cuestionarlas, acción de la que surge su realismo dialéctico literario, defensa de la elaboración autónoma de un arte libre para hacer énfasis o adentrarse en problemas que no necesariamente estuvieran enfocados desde un maniqueísmo proselitista. Así, Revueltas hizo de su literatura un manifiesto artístico y, a la vez, político, tanto al interior como al exterior de la novela.
La tesis central de Los días… es que el comunismo mexicano se había vuelto dogmático y estrecho, cuando lo necesario, lo imperante, era cuestionar: vivir en la continua recreación a través de la inconformidad como principal eje. Hacia afuera, el texto pedía eso mismo: permitirle al hombre poner en duda las estructuras que regulan la organización social, como única vía para alcanzar la libertad.
Los días… narra la historia de un comunismo escindido entre labores burócratas, sostenidas sobre consignas inamovibles, que justifican el comportamiento atroz de los camaradas y el ejercicio de un poder vertical entre los miembros del partido; y el comunismo de acción que se reformula conforme se apropia de los conflictos humanos.
A través de un cosmos de correspondencias y contraposiciones, se articula una discusión en torno a la práctica política que devendría en la liberación del hombre enajenado de su condición humana. Fidel Serrano y Gregorio Saldívar, personajes principales, representan praxis opuestas de una lucha por mejorar las condiciones del hombre, de provocar su escape de las estructuras burguesas de organización social. Comparten credenciales, pero han avanzado por sendas que no podrían arribar al mismo puerto. Fidel dirige las oficinas ilegales del partido en la ciudad, asiste a las reuniones generales, coordina los envíos a la imprenta y la distribución de la propaganda; Gregorio realiza un trabajo comunitario en las zonas rurales —organizadas como cooperativas de resistencia— de Acayucan, Veracruz. A estas dos posturas se agregan contrapuntos de opinión a través de las acciones y las creencias de los demás personajes de la historia.
Ambos comparten un origen común, representado en la novela por la localización temporal: los primeros tres capítulos arrancan a las 3:45 am. Inicio simbólico donde Fidel expresa su molestia ante las acciones de Gregorio, incomodidad que cobrará fuerza en capítulos posteriores:
“He intentado”, proseguía Gregorio en alguna otra parte de su carta. “He intentado…”, repitió Julia con sorda voz, obstinada en no apartar la vista del papel, “…inducir a los campesinos a organizarse en cooperativas con el propósito de que sean los comisarios ejidales los que conserven la semilla en su poder, y así se evite que caiga en manos de los acaparadores”. Otra opinión tonta. Como si Gregorio desconociera el principio inmutable de que en una sociedad dividida en clases las cooperativas están destinadas al fracaso.[12]
En tanto la lectura de la carta de Gregorio en voz de Julia, esposa de Fidel, alcanza las paredes, el cuerpo de su pequeña hija yace fatigado y caduco en un rincón del departamento. El narrador se localiza dentro de la conciencia de Fidel para mostrarnos su juicio sobre Gregorio y sobre lo incuestionable de los principios teóricos que articulan la organización de las labores del partido. Mientras Gregorio amolda su labor partidista a las necesidades de hombres concretos, Fidel se aferra a una abstracción de lo que él considera mejor para “la causa”. El hombre preocupado por un “bienestar mayor” ignora el dolor de su esposa y la atrocidad representada en el cadáver que comienza a descomponerse. Fidel no deja de trabajar ni para llorar el duelo de la niña:
—¿A qué horas —exclamó por fin— te entregarán la propaganda? —Sin embargo, todos comprendieron que, evidentemente, esta pregunta no tenía otro propósito que el de sobreponerse al dolor de Bandera e indicar que no se le debería conceder la menor importancia cuando la vida estaba tan llena de cosas que eran mucho más serias y trascendentales que esa inevitable descomposición orgánica.[13]
A esta actitud de Fidel se corresponde la de Rosendo, aprendiz que se inicia en los misterios del dogma comunista con fervorosa admiración: “La propia niña muerta, la hija de Julia y de Fidel, ¿no representaba también un desesperado símbolo de espantosa generosidad y entrega sin límites? […] Rosendo comprendía cabalmente lo que significaba haber sido testigo presencial de ese innombrable sacrificio”.[14] Existe, también, una identificación con Germán Bordes, jefe del partido, cuyo discurso “penetraba en la conciencia con una extraña claridad, por superstición pura. Tal vez sin que se escuchasen las palabras, el solo ademán permitiría trazar el orden del discurso y de sus silogismos”.[15]
En representación del lado opuesto del debate, Gregorio trabaja con los pescadores veracruzanos en una pesca clandestina. En tanto que Fidel desconfía de las cooperativas por la existencia de una sociedad de clases, el otro vive de cerca los intereses campesinos: “Gregorio casi había olvidado que el producto íntegro de aquella pesca, al venderse en el mercado de Acayucan, se destinaría a los gastos de peregrinación al santuario de Catemaco y a la compra de ofrendas y exvotos con que los indios agradecerían sus milagros a la hermosa Virgen del Carmen”.[16]
Desde una sensibilidad artística desarrollada que le permite convivir con cierta idea de lo trascendente, Gregorio, antiguo estudiante de pintura, logra experimentar la magia y el esoterismo de la vida comunal: “Alguien trajo un hachón junto a Gregorio para que se alumbrara en su tarea y esto lo hizo pensar nuevamente en el segundo monje de El Greco, en el Entierro del conde de Orgaz”.[17] El hombre se da cuenta del complejo sistema de creencias en que se enarbola la realidad agraria: los habitantes de Acayucan contemplan en Ventura, su líder viejo, a un mago, patriarca, chamán, sacerdote, guerrero épico, pero a la vez quieren rendir culto a la virgen de Catemaco con el producto de su actividad nocturna:
Sus rasgos [de Ventura] mostraban algo de impersonal y al mismo tiempo muy propio y consciente. Primero como si fuesen heredados de todos los caudillos y caciques anteriores, pero un poco más de las piedras y los árboles, como tal vez, de cerca, debió ser en los rostros de Acamapichtli o Maxtla, de Morelos o de Juárez, que eran rostros no humanos del todo, no vivos de todo, no del todo nacidos de mujer; como de cuero, como de tierra, como de Historia.[18]
La tensión entre Fidel y Gregorio llega a su cúspide con la conversación de los dos hombres en una estación de tren, momentos antes de que Gregorio parta hacia Tampico: “‘No hay felicidad más grande que la de ser comunista’, había exclamado de pronto Fidel […] Aquello no fue una explosión lírica. En esa abominable frase se basaba el pavoroso credo de Fidel”.[19] Desde la perspectiva de Gregorio, esa afirmación es el sustento de todas las acciones deshumanizadas de su camarada, quien pretende encontrar cierta superioridad moral en su posesión de la respuesta verdadera para el bienestar del hombre. De acuerdo con Gregorio:
Los hombres se han visto forzados a pensar y luchar en función de sus fines de clase y esto no los ha dejado conquistar su estirpe verdadera de materia que piensa, de materia que sufre por ser parte de un infinito mutable, y parte que muere, se extingue, se aniquila. ¡Luchemos por una sociedad sin clases! ¡Enhorabuena! ¡Pero no, no para hacer felices a los hombres, sino para hacerlos libremente desdichados, para arrebatarles toda esperanza, para hacerlos hombres![20]
La postura de Bautista, otro aprendiz que se inicia en el comunismo, frente al proceder de Fidel se asemeja a la del joven Saldívar: “Bautista se estremeció. Horrible. […] No sólo el delirio de persecución organizado como un sistema consciente y como una norma, sino la más infinita soledad del alma como régimen único de convivencia. Con el poder en sus manos, Fidel sería una pesadilla inenarrable”.[21] Como si de sombras se tratara, Bautista y Rosendo son los ecos de la disputa entre Gregorio y Fidel. Durante esa misma madrugada original en que Gregorio está en el río con los pescadores y Fidel atiende a la lectura de la carta y al sufrimiento silencioso de Julia, ellos pegan carteles del partido en la zona obrera de la ciudad.
La crítica a los manejos del partido se construye a través de un coro de voces que problematizan la mirada sobre las acciones de los simpatizantes. La destreza literaria de Revueltas es visible en el manejo de las visiones que configuran el discurso. Los monólogos y los discursos presentes en el relato aparecen intervenidos o modulados por una voz narrativa que puede meterse dentro de los personajes y hablar como hablarían ellos. Así ocurre en el siguiente fragmento de la novela: “No importaba. Sería un triunfo, pensó Gregorio, que el sufrimiento y el dolor hicieran de Fidel nuevamente un hombre verdadero, no esa horrible máquina de creer, esa horrible máquina sin dudas”.[22]De esta manera, tenemos acceso a la mente del personaje y sabemos cuáles son sus inquietudes y pensamientos, su forma de ver el mundo: Gregorio prefiere la verdad dialéctica, la verdad cambiante y cuestionable, no la creencia ciega y estática.
La discusión sobre los modos de hacer la revolución comunista fluyen en dos ríos principales con caminos paralelos: las vidas de Gregorio y Fidel. Por un lado, la actitud de Fidel frente a la muerte de Bandera se presenta, por momentos, como su mayor sacrificio en honor a “la causa”; por el otro, el destino final de Gregorio se decide asimismo por un sacrificio: su entrega carnal a la mujer que le salvó la vida cuando asesinó al hombre que planeaba matar a Gregorio. A pesar de estar consciente de las implicaciones nefastas de su unión con Epifania (contraer una enfermedad sexual), Gregorio se entrega a ella en un gesto de amor a lo humano: “Un acto de amor, de agradecimiento, de desesperación. Tal vez, sin embargo, algo muy próximo al suicidio también. Con ese contagio consciente y deliberado, Gregorio se limpiaba, hacía un sacrificio de su sexo, un acto afirmativo de renuncia, con el cual se reintegraba a su ser la noción de pureza, de aislamiento, de soledad esenciales”.[23] Gregorio sabe que Epifania actuó movida por el amor que sentía por él, hecho que lo seduce a realizar su renuncia, para alcanzar “la verdadera desesperanza, la verdadera soledad a que debe aspirar el hombre”.[24] Este desprendimiento, experimentado en carne propia, probaría que todos los hombres pueden realizar actos similares, “que harían del hombre el ser humano por excelencia, el ser más orgulloso, doloroso y desesperadamente consciente de su humanidad”.[25]
Sin embargo, los ríos paralelos cambian su cauce y desembocan en sendos mares: la unión entre Gregorio y Epifania se contrapone a la separación de Julia y Fidel. La comunión entre dos personas las impulsa a alcanzar una condición digna y humana; mientras que un acto opuesto fortalece la ideología impersonal y alejada de los otros del hombre solitario. Un factor decisivo para ambos movimientos es la palabra. En la relación de Fidel las palabras que- dan atoradas en la mente de la pareja; hay una racionalización exagerada de los sentimientos, que atraviesan por una dudosa red moral sin alcanzar jamás el espacio que las acercaría al otro:
El horrible callar […] sustraer al conocimiento y a la comprensión de los más próximos seres […] las ideas, las palabras, los estados de ánimo […] que, de expresarse con franqueza […] tal vez fueran, dichos con ánimo de perfección, la sustancia que nuevamente soldase ese hilo tan sutil e inconfesadamente roto que de súbito produjo entre dos corazones que aún se amaban el segundo anterior, un vacío desconocido e irrespirable, inverosímil hasta la locura y cargado de empecinada soledad.[26]
Para Revueltas escribir era un acto político y, en su sentido más profundo, un acto de amor: “Yo hablo del amor en el sentido más alto, más puro de la palabra: la redignificación del hombre, la desenajenación del propio ser humano, su reincorporación, su reapropiación, y eso no puede ser sino amor puro”.[27] Compartir la palabra nos hará libres, humanos, en ella está la semilla de transformación del hombre enajenado en el hombre consciente de su futilidad y su desolación, así como la posibilidad de entender lo que hay en ello de belleza y atrocidad.
Con su novela, el escritor mostró que la literatura habla desde la carne del hombre y hay entre éste y el mundo una relación dialéctica que se articula de acuerdo con una escala de valores. Las mismas manos que labran la tierra, o se deslizan entre las hebras del cabello al despertar, trabajan sobre el papel y toda actividad humana está permeada de lo íntimo y lo cotidiano. Revueltas lo sabía y en su producción escrita hay un faro que siempre alumbra el camino: el trabajo por la libertad del hombre.
Una literatura sin lectores públicos, sin voces que le respondan, dejaría de ser un acto artístico, en tanto que abandonaría el terreno de lo social. He ahí la responsabilidad de la crítica: servir de altavoz a la recepción de la obra. Continúa siendo dudoso si las opiniones de Ramírez, Rodríguez y Neruda siguen pisando el suelo de lo literario, es cuestionable el hecho de que juzguen Los días… porque no encajó con sus ideas de lo que debería defender el arte y no por la coherencia interna de la obra o por sus logros estilísticos. Aun así no es posible ignorar que los juicios basados en la búsqueda de una consonancia entre las ideas políticas del Partido y la narrativa de Revueltas, antiguo miembro, nombran un reclamo por la responsabilidad vital del arte. Sin embargo, aunque esa exigencia sea entendible y acaso necesaria, la lectura estaba afectada por el credo en el realismo socialista que había sido proclamado como estética partidaria, a tal grado, que quien saliera del dogma artístico era por consecuencia un traidor.
El trabajo literario tiene sentido en el momento en que comienza a circular, cuando participa en el campo de lo social y de lo político. Revueltas era consciente de ello y la polémica en torno a Los días terrenales significó la confirmación de su creencia en que la libertad será alcanzada por el hombre sólo en el proceso mismo de cuestionar y criticar las fibras más íntimas de su ser.
[1] Para la escritura de este ensayo, consulté la edición de 1996: José Revueltas, Los días terrenales, edición crítica coordinada por Evodio Escalante, segunda edición, Colección Archivos, 15. Madrid / París / México / Buenos Aires / São Paulo / Río de Janeiro / Lima, ALLCA XX, 1996.
[2] Enrique Ramírez y Ramírez, “Sobre una literatura de extravío”, en Los días terrenales, op. cit., p. 381.
[3] Juan Almagre, “El arte en México”, en Los días terrenales, op. cit., p. 384. 4 Salvador Novo, “Diario”, en Los días terrenales, op. cit., p. 363.
[4] Salvador Novo, “Diario”, en Los días terrenales, op. cit., p. 363.
[5] Alí Chumacero, “Los días terrenales de José Revueltas”, en Los días terrenales, op. cit., p. 364.
[6] Pablo Neruda citado en “Cuestionamientos e intenciones”, Obras completas, volumen 19, México, Ediciones Era, 1978, pp. 330-331, que aparece referido por Marco Antonio Campos en “Los días terrenales y el escándalo de las izquierdas”, Literatura: teoría, historia, crítica, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, núm. 6, 2004, pp. 82-83.
[7]“Resonancias literarias y tesis intelectuales nerudianas se espuman en toda la obra, pero es sobre todo el título, análogo al de Residencia en la tierra, el que resulta sintomático de esa similitud de intereses en el punto de partida”, apunta Marta Portal en “Destino terrenal y redención de la existencia por el discurso. Una lectura mítica de Los días terrenales”, en Los días terrenales, op. cit., p. 294.
[8] José Revueltas, “Carta abierta de José Revueltas”, en Los días terrenales, op. cit., p. 384.
[9] José Revueltas, “El escritor José Revueltas hace importante aclaración”, en Los días terrenales, op. cit., p. 389.
[10] José Revueltas, “El escritor José Revueltas hace importante aclaración”, en Los días terrenales, op. cit., p. 389.
[11] José Revueltas, “Autocrítica de Los días terrenales”, en Los días terrenales, op. cit., pp. 415-416.
[12] José Revueltas, Los días terrenales, op. cit., p. 31.
[13] Ibidem, p. 45.
[14] Ibidem, p. 50.
[15] Ibidem, pp. 137-138.
[16] Ibidem, p. 15.
[17] Ibidem, p. 19.
[18] Ibidem, p. 12.
[19]Ibidem, p. 130.
[20] Ibidem, pp. 131-132.
[21] Ibidem, p. 46.
[22] Ibidem, p. 129.
[25] Idem.
[26] Ibidem, p. 29.
[27] José Revueltas en entrevista hecha por Margarita García Flores, “La libertad como conocimiento y transformación”, en Conversaciones con José Revueltas; compilación, prólogo, notas e índice de Andrea Revueltas y Philippe Cheron, México, Era, 2001, p. 71.
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