Tierra Adentro

Uno de los aspectos que resulta interesante en las primeras temporadas de The Walking Dead es la persistencia del personaje principal, Rick, de usar diario su uniforme de policía. Es una cuestión ridícula, ya que al caerse el Estado desaparece la figura simbólica que él representaba en la sociedad. No obstante, viste el sombrero y la placa. Rick no es sólo un hombre, sino un sujeto que ama la justicia y su papel. Su profesión lo es casi todo para él pues ontológicamente se afirma como policía; es un ser arrojado a un proyecto en razón de la pasión por el oficio. Hay, pues, una identificación. El oficio es refugio contra el mundo pero también vehículo de afirmación respecto de la historia: ser el mejor en lo que hago es incuestionablemente la mejor forma de salir a la superficie. Se trata de ser virtuoso pero también de tener el reconocimiento, la validación histórica que, lejos de ser una cuestión banal, es una herida añeja en el hombre.

Así, en Whiplash (2014), segundo largometraje del joven cineasta Damien Chazelle, nos acercamos a la vida de Andrew Newman (Miles Teller), un músico que se ha ganado un lugar en el conservatorio Shaffer, la mejor escuela de jazz en Estados Unidos, donde el talento, dedicación y precisión son medidos por el profesor Terrence Fletcher (J.K. Simmons), temible capataz a la vez respetado e idealizado: ganarse un puesto en su banda es sinónimo de éxito. Newman no sólo toca por gusto sino porque quiere su puesto en la historia y sabe que para estar en las grandes ligas tiene que jugárselo todo. Es por esto que, ante la presión de Fletcher, asume cierta disciplina erótica. Acepta los gritos y los maltratos porque en el fondo sabe que aún no es la mejor versión de sí mismo.

Entre tanta crítica positiva, la cinta ha sido objetada como homenaje al docente cruel que presiona al otro hasta un límite imposible, dedazo infantil que pierde noción de la verdadera importancia de la cinta. Slavoj Žižek dice en El títere y el enano: “la mayor sorpresa, la mayor prueba de la creatividad divina es que lo mismo se repita una y otra vez […] la monotonía es la idiosincrasia más elevada, la repetición demanda el máximo esfuerzo creativo”, y para muestra tenemos a Sísifo. Whiplash es excepcional porque es fiel a las autodemandas de todo aquel que tiene una teleología. Newman es un Sísifo que se reinventa cada vez que toca las mismas notas con diferente exigencia. Es un narcisista que sólo frente a esa autoridad severa se afirma como músico. El papel de Fletcher sirve para ejemplificar la noción del superyó, que, según Žižek, es “la instancia cruel e insaciable que me bombardea con demandas imposibles y luego se burla de mis vanos intentos de cumplirlas, la instancia ante cuyos ojos soy más culpable cuanto más trato de eliminar mis inclinaciones pecaminosas y satisfacer sus demandas”. Esa es la tarea de este furioso capitán que afirma que las dos palabras más dañinas en el idioma son: “buen trabajo”. Fletcher es el encargado de pedir lo imposible y Newman está decidido a cumplirlo. Lo que busca es ser el mejor jazzista de su generación. Un sueño que pocos consiguen.

En el mismo tenor nos encontramos con The Theory of Everything (2014), que da cuenta del arduo camino personal que Stephen Hawking tuvo que librar para lograr el reconocimiento del que ahora goza. Pese a su tono cursi, la gran actuación de Eddie Redmayne permite conocer al astrofísico de forma personal.

¿Qué hay detrás de un genio? ¿Cómo es su vida cotidiana? El resultado es asombroso. Cuando a los veintiún años se le detecta esclerosis lateral amiotrófica y se le vaticina poco tiempo de vida, es el amor de su pareja, Jane Wilde, lo que en un primer momento lo lleva a recuperar su deseo de vivir, pues ante la funesta noticia, el novel físico se había dejado consumir por la idea de la muerte. Ella lo cambia todo. Vale la pena aquí recordar y hacer un puente con Pi (1998) de Darren Aronofsky, donde a través de un diálogo corto entre Max y su ex maestro cuenta una visión interesante del mito de Arquímedes, con su famoso Eureka, para al final cuestionar “¿Cuál es la moraleja de la historia? […] El punto de la historia es la esposa. Si escuchas a tu esposa, ella te dará perspectiva…”. Por supuesto, de lo que habla Aronosfky es de la importancia de romper paradigmas. En este caso la que genera el cambio es la esposa, sin ella el gran matemático de la antigua Grecia no habría logrado su momento histórico. Y en The Theory of Everything, al igual que en Pi, todo comienza por la esposa. Es el cambio de paradigma que da pie a que Hawking decida redirigir su vida al estudio de la física. Después del cambio de perspectiva que ella le brinda, el científico hace frente a la muerte. Ella se asume como compañera, como amante y decide dedicarle su vida.

La decisión de Hawking de seguir luchando, aunque generada por Jane, no será focalizada en ella, por esto es que más adelante puede divorciarse y casarse con su enfermera. Su líbido está centrado en desentrañar el origen del universo: pensar, teorizar, poner en prueba. La hazaña es luchar contra la muerte en pro de la física y es esto lo que eleva su vida y trabajo a una categoría mayor. Hawking, a pesar de estar encerrado en sí mismo, ha permanecido vivo en parte por la forma en que ha afrontado sus problemas de salud al adentrarse en la física. Es el ego, la trascendencia, lo que permite su estadía a pesar de tanta dificultad.

La soledad es uno de los fenómenos que acompaña a los ensimismados, puesto que su oficio deviene ontológico: “soy lo que hago”, y por ende se difumina cualquier horizonte ético; “el mundo se le presenta sólo como proyecciones de sí mismo”, dice Byung-Chul. Por esto, el otro lo desestima, porque no encuentra un reflejo moral en él, no hay empatía, tal como el caso del Alan Turing que brinda The Imitation Game. Turing está obsesionado con descifrar la máquina que los nazis empleaban para enviarse mensajes. Es capaz de desplazar al otro, de removerlo, de lastimarlo. Sus compañeros, a pesar de concederle gran inteligencia, lo detestan pues es una especie de máquina que no rompe su patrón de trabajo ante la presencia del otro. Él es su propio proyecto en desarrollo; su vida es el estudio, mejorar, llegar a donde nadie más ha llegado. El reconocimiento de los otros, el avasallamiento, no es a causa de sus cualidades humanas sino de su intelecto. La ciencia y la música son gobernadas por las matemáticas que tanto idealizó Pitágoras; ser el mejor no es cuestión subjetiva.

En Birdman (2014), de Alejandro González Iñárritu, no sucede así, pues la profesión —casi axiomática, por cierto— que se encara a través de Michael Keaton, es la de un actor de cine en declive ahora mudado al teatro. La época grande de Riggan Thomson, cuando interpretó a un superhéroe en una saga de películas, ya ha pasado, eso terminó. De la gloria no le queda más que el recuerdo dulce con que llenó su ilusión, y ahora intenta recuperar la atención del público con la adaptación al teatro del cuento “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, de Raymond Carver. Riggan es un idealista que se autoflagela constantemente. A diferencia de Andrew en Whiplash, él no necesita una autoridad que le reproche sus acciones. Recordando una de las tesis expuestas por Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio: ya no requerimos de un jefe que nos exija más: “el explotador es al mismo tiempo el explotado”. Los diálogos surrealistas que entabla con su anterior personaje no son sino un diálogo con su “yo ideal”, en tanto que su vida está focalizada en impresionar al público que ahora demanda nuevas cosas de los actores.

Para Riggan, esta nueva puesta en escena puede resignificarlo todo. Es una disculpa consigo mismo a la vez que una oportunidad de redimirse: sin el reconocimiento del gran Otro, de su público, su vida está perdida. Por eso todo se derrumba cuando Mike Shiner (Edward Norton), un reconocido actor de Broadway, se incorpora a su obra. Aunque su nombre en las marquesinas es sinónimo de taquilla, es también una amenaza para su hazaña personal. Shiner pertenece a las nuevas generaciones que han ganado fama por ser espontáneos en el escenario, en vez de seguir cabalmente un proceso racional y estricto de actuación. El que sea él, y no Riggan, quien aparece en las portadas de los diarios es una afrenta imposible de lidiar: la prueba ilustrada de que su sueño no va a llegar a pesar de sus esfuerzos sobre el escenario. La no validación del público es una negación ontológica para Riggan: si no es un gran actor, quién es entonces. Una terrible pesadilla.

Si “el ser se dice de muchas maneras”, para Newman, Hawking, Turing y Riggan, una de ellas es a través del oficio al que se han aferrado como pilar en el tiempo, como vehículo para dejar atrás la particularidad y lograr la tan necesitada gloria de la universalidad histórica en tanto mandato heroico (es la posibilidad de la muerte lo que acerca a Riggan Thomson de nueva cuenta con su público). Una misión romántica que debe ser cumplida y que apunta a lo ya referido por C.S. Lewis en Cautivado por la alegría: “la necesidad puede no ser lo opuesto de la libertad y tal vez un hombre es más libre cuando, en lugar de producir motivos, dice sencillamente: soy lo que hago”.


Autores
(Xalapa, 1983) es profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a doctor en filosofía por la Universidad Iberoamericana.
Fotografía: André Loyning. Cortesía de Forlaget Oktober.

Una pregunta de cantidad ronda mi cabeza: ¿qué hay más, dedos o redes sociales? Imagino que detengo a una persona al azar en una avenida para preguntarle si le alcanzan los dedos de una mano para contar las redes sociales en las que tiene una cuenta. Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, Tinder: se agotó la primera mano. Vislumbro un dejo de sorpresa en sus ojos, mas no hay pesar respecto a ese número que acaba de nombrar, haciéndolo existir por primera vez. La invito a un cálculo ab-surdo, le pido que piense cuánto tiempo invirtió diseñando un perfil para cada una de esas redes y cuántas horas a la semana dedica a alimentarlas. Se ríe, no tiene idea, responde comple-tamente relajada. La pregunta me sale torpe, desbocada: si yo mirara tus redes sociales, ¿sabría quién eres? Ante esa pregunta extraña, la sonrisa se borraría de su cara, recordaría que lleva prisa y que la esperan en algún lugar. Se iría. Su incomodidad confirmaría el presentimiento de que hoy en día nuestras redes sociales son más un escaparate que una ventana. Son un receptáculo que otro, no yo, llena. Son una petición: dime quién quieres que sea. Algo tan personal como la construcción de la propia identidad se sustenta en una necesidad de satisfacer expectativas externas.

La lógica de la seducción, dice Gilles Lipovetsky en La era del vacío, describe la manera en que funciona la sociedad actual: a través de un sistema de personalización, donde cada uno de nosotros es capaz de delimitar tanto como lo desee aquellos elementos con los que quiere integrar su identidad. Estamos “ávidos de identidad, de diferencia, de conservación, de tranquilidad, de realización personal inmediata. La gente quiere vivir aquí y ahora, conservarse joven y no ya forjar el hombre nuevo”. La seducción promete placer, formas y servicios que se ajustan a lo que la época pide: brevedad, inmediatez, fugacidad. Karl Ove Knausgård desafía esa lógica con esa monstruosa autobiografía en siete tomos, Mi lucha. Knausgård se planta en este mundo que cada vez se hace más pequeño a fuerza de delimitación y declara: soy un nórdico en mis cuarentas y atribulado, ésta será mi autobiografía: no es literatura de ficción, no hay una trama anecdótica y no es breve. No hay nada seductor en ese planteamiento. Los dos primeros tomos traducidos al español son libros de quinientas y seiscientas páginas, respectivamente. ¿Quién quiere eso en la época de Twitter, donde uno puede ponerse ingenioso o categórico siempre y cuando no rebase los ciento cuarenta caracteres? O, en palabras de Knausgård:

No hay ningún ser humano moderno que quiera ser un santo. ¿Qué es una vida de un santo? Sufrimiento, sacrificio y muerte. ¿Quién coño quiere tener una buena vida interior si no tiene una vida exterior? La gente sólo piensa en lo que la introversión puede proporcionarle de vida exterior y de progreso. […] Sólo hay una clase de oración para el ser humano moderno, y es la oración de deseos. Sólo se reza si se quiere algo (Un hombre enamorado, p. 510).

Alguien podría aventurar si acaso este titánico reflector que Knausgård pone sobre sí mismo no abreva en el mismo narcisismo de aquel que tiene una cuenta en ocho redes sociales. Hay un elemento que los diferencia esencialmente: la búsqueda. Cuanto más accesibles y plurales son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir; cuanto más se subraya la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto. En internet, el acto de comunicación per se tiene primacía sobre lo comunicado. Hay una indiferencia por qué se comunica, aunada a una apremiante necesidad de decir. Pero, ¿a quién, por qué? Es la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en el principal receptor. Apunta Lipovetsky: “La plétora de informaciones que nos abruman y la rapidez con la que los acontecimientos mass-media-tizados se suceden, impiden cualquier emoción duradera”. Knausgård, en oposición, dice para vivir. En un mundo que le resulta cada vez más frustrante e incomprensible, se aferra a la palabra como reducto del espíritu, de la vida que se alza por sobre la insignifican-cia. Si hay algún sentido que encontrar, le será revelado a través de la escritura. “Lo único que me ha enseñado la vida es a soportarla, nunca a cuestionarla, y a quemar en la escritura los deseos generados” (La muerte del padre, p. 47). Knausgård busca la ver-dad, la realidad, la esencia. Sería ocioso esgrimir el sobado argumento de que no existe una sola realidad, que ésta no es sino una infinidad de percepciones, etcétera. La realidad que Knausgård quiere tocar es aquella que no está en las apariencias, sino en la esencia de las cosas, ya lo dice él: “Yo lo que quería era la fascinación” (Un hombre enamorado, p. 103).

Esas palabras —esencia, verdad— suenan dignas, heroicas. Sin embargo, ya no es el tiempo de la epopeya: todos nuestros dioses han muerto y el hombre no tiene más que su propia mediocridad para explicarse el mundo. Por eso Knausgård es un devoto de los detalles, tiene fe en que en esas simplezas se encuentre el có-digo para poder leerse con plenitud: “Excepto en los detalles, todo se parece a sí mismo. […] Al mismo tiempo, comprendo que precisamente lo repetitivo, lo encerrado, lo inalterable, es necesario, que me protege, porque las pocas veces que lo abandono, vuelven todos mis viejos tormentos” (La muerte del padre, p. 40). En La resistencia, Ernesto Sabato reflexiona sobre las circunstancias vigentes que eliminan individualidades y apuestan por delimitar nichos de masas de personas con características similares que puedan reunirlos en un grupo: “A medida que nos relacionamos de manera abstracta más nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia metafísica se adueña de nosotros […]. Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida”. ¿Cómo podría estar la esencia de la vida en los detalles? Está, puesto que los detalles son lo más alejado que existe de la abstracción. Y, todavía más, es una probabilidad sensata, dada la cercanía que usualmente existe entre los extremos: lo in-mundo se toca con lo sagrado, la violencia con el placer, lo grotesco con la belleza. “Lo extraño es que los extremos se parezcan, al menos en un sentido, porque tanto en lo suntuosamente caótico como en lo severamente regulado y dividido, el vivo no es nada, la vida lo es todo” (La muerte del padre, p. 223).

Mi lucha es una apuesta por una búsqueda introspectiva del yo. El viaje del héroe es un camino que se recorre hacia dentro; y este camino implica dolor y desgarro porque es la conciencia puesta en una práctica dolorosa. El ser humano es un animal de rutinas y estructuras que le dan tranquilidad y lo hacen sentir bien, le otorgan la ilusión de que tiene control sobre algo en este mundo caótico. Intentar verse cara a cara con el propio yo, con todas sus falencias y pequeñeces, implica rupturas, ya sea con nociones preconcebidas de quiénes somos o de cómo es el mundo. Joseph Campbell dice en El héroe de las mil caras: “Toynbee usa los términos ‘separación’ y ‘transfiguración’ para describir la crisis por medio de la cual se alcanza la más alta dimensión espiritual, que hace posible reanudar el trabajo de creación. El primer paso, separación o retirada, consiste en una radical transferencia de énfasis del mundo externo al interno”. Knausgård utiliza todos los detalles que sus sentidos alcanzan a registrar para intentar explicarse a sí mismo. Si esa búsqueda se hace con sinceridad, como lo hace Knausgård, muy probablemente nos daremos cuenta de cosas que no nos hacen sentir orgullosos, que incluso avergüenzan y duelen. Por ejemplo, el fragmento en donde Knausgård acepta que no encaja en esa idea generalizada —y a la cual es casi sacrílego oponerse— de que la paternidad es lo más significativo que puede ocurrirle a un ser humano:

Ay, suena como una caricatura, pero todos los días veo a familias que consiguen que la vida con niños funcione […]. ¿Por qué el hecho de que escriba iba a excluirme de ese mundo? […] Sé que puedo hacerlo desaparecer, también sé que podemos llegar a ser una familia perfecta, pero entonces yo tendría que quererlo, y la vida sólo podría tratarse de eso. Y no quiero eso. […] Se me saltan las lágrimas cuando veo una hermosa pintura, pero no cuando miro a mis hijos. Eso no significa queno los quiera, porque sí los quiero, con todo mi corazón, sólo significa que el sentido que proporcionan no puede llenar una vida. Al menos no la mía (La muerte del padre, pp. 46 y 47).

Aceptar algo así no puede ser fácil, como seguramente tampoco fueron fáciles el resto de las revelaciones que se presentan a la conciencia del autor a lo largo de su autobiografía. Esas palabras tienen un tono confesional. ¿Qué está confesando Knausgård? Nada menos que el dolor de ser hombre.

Este dolor —fundacional e inescapable— va acompañado de angustia. Kierkegaard sugiere que la angustia es la reflexión sobre uno mismo enmarcada en el tiempo. Es decir, el sentimiento que el ser humano experimenta cuando se cuestiona sobre sí mismo al tratar de hacer una síntesis de su pasado (el que uno era) y su futuro (el que uno será) y decidir qué postura tomar ante las posibilidades, ante la libertad de escoger cualquiera de ellas. Por otro lado, Jean Paul Sartre dice en El existencialismo es un humanismo que la angustia proviene de la conciencia de saberse plenamente libre respecto de la propia existencia y de la responsabilidad implicada en ello:

No hay ninguno de nuestros actos que, al crear al hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre tal como consideramos que debe ser. Así, nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que podríamos suponer, porque compromete a la humanidad entera. Así soy responsable para mí mismo y para todos, y creo cierta imagen del hombre que yo elijo; eligiéndome, elijo al hombre.

La idea de Sartre no es más que una ampliación, una consecuencia lógica, del concepto de Kierkegaard. La angustia palpable en los textos de Knausgård bebe de ambas definiciones. El tiempo y su avance angustian a Knausgård en varias dimensiones: cuando por años no puede escribir algo que (según él) valga la pena, cuando tiene que ocuparse de su familia y de tareas nimias y eso le roba tiempo de escritura, y cuando de un tirón escribe siete tomos de autobiografía en dos años insoportables. Esa es la reflexión de la que Kierkegaard habla: ¿quién soy, un escritor o un padre de familia y esposo? ¿Puedo ser los dos al mismo tiempo o debo matar una opción para poder ser la otra plenamente? La angustia reside en que el corazón parece desear ambas posibilidades, aunque una entorpezca el camino de la otra constantemente. Y si eligiéndose elige al hombre, Knausgård concluye que “los seres humanos no son más que una forma entre otras formas, expresadas una y otra vez por el mundo, no sólo en lo que vive, sino en lo que no vive, dibujado en arena, piedra y agua” (La muerte del padre, p. 499). Es decir, por más que nos llene de los detalles más nimios de su vida, aún somos capa-ces de relacionarnos, de reconocernos en él, porque el drama humano es uno solo: historia arquetípica que se repite en todos los tiempos, en todos los lugares.

Y la búsqueda de Knausgård no es la de un nihilista burgués, como podría llegar a parecer, sino una postura transgresora que recuerda las palabras del hombre del subsuelo, de Dostoievski: “Yo defiendo […] mi propio capricho y que éste me sea asegurado cuando yo lo necesito”. La lucha de Knausgård es por conservar uno de los últimos bastiones de “la vida viva” (como denomina el hombre del subsuelo a aquello que no está corroído por el prurito racionalista): el derecho al dolor y al sufrimiento y la dignidad del que necesita profundizar en ellos. Es una batalla en donde el combatiente está destinado a morir a manos de su propia arma. Y es que utilizar el lenguaje para luchar contra el exceso de conciencia entraña un problema funda-mental, aunque no por eso incombatible. Dice Dostoievski: “¿Qué me importan las leyes de la Naturaleza y la aritmética, cuando no me gustan esas leyes? Claro está que no podré romper ese paredón con mi frente si se me agotan las fuerzas, pero tampoco me resignaré ante él sólo porque tenga ante mí un paredón de piedra y porque me haya quedado sin fuerzas”. Es decir, aunque el lenguaje sea un paredón de piedra y un camino insuficiente para llegar a la esencia de las cosas, Knausgård intenta roer esa corteza lo más hondo posible: “[…] el lenguaje, es ahí donde se ha buscado lo incomprensible y lo desconocido, como si se encontrara en la periferia de la manera humana de expresarse, es decir, en la periferia de lo que entendemos, lo que en realidad es lógico: ¿dónde si no estaría un mundo que ya no reconoce lo que está fuera de él?” (La muerte del padre, p. 259).

Vale la pena hacer una cita respecto a este tema, puesto que la fascinación de lo titánico de la empresa lo merece: un escritor que sabe de la insuficiencia del lenguaje para tocar lo verdadero y aun así le entrega toda su confianza —toda su esperanza— y escribe siete tomos autobiográficos. Dice Knausgård en Un hombre enamorado:

La misología, la desconfianza hacia las palabras, como la que tenía Pirrón, pirromanía, ¿era algo para atraer a un escritor? Todo lo que se dice con palabras puede ser contradicho con palabras, de modo que, ¿de qué nos sirven las tesis doctorales, las novelas, la literatura? O dicho de otra manera: lo que decimos que es verdad también podemos decir que no lo es. Es un punto cero, y el lugar desde donde se extiende el valor cero. Pero no es un punto muerto, tampoco para la literatura, porque la literatura no es sólo palabra, la literatura es aquello que las palabras despiertan en el que lee. Es ese exceso el que da validez a la literatura, no los excesos formales en sí (pp. 142-143).

Desde siempre, una de las formas del hombre para resolver su permanente desajuste con el mundo ha sido la escritura y eso es precisamente lo que intenta Knausgård: reconstruir, a través de la palabra, esa unidad tan perdida como anhelada.

Esta actitud desafía a aquellos eruditos que pretenden equiparar abundancia de conocimiento intelectual con felicidad o bienestar. “¡Déjenos solos y sin libros, y al momento no sabremos qué hacer, ni dónde dirigirnos; qué amar y qué odiar, qué respetar y qué despreciar! Nos pesa ser hombres, hombres auténticos, de carne y hueso. Nos avergonzamos de ello, lo tomamos por algo deshonroso y nos esforzamos en convertirnos en una especie de omnihumanos. Pronto inventaremos la manera de nacer de las ideas”: esa declaración dostoievskiana bien podría ser el grito de batalla de aquello que combate cada uno de los tomos de Mi lucha. Knausgård sabe que no hay paz ni sosiego en la razón porque, afortunadamente, hay áreas del alma y la psique humana que la razón aún no puede explicar. Los deseos, los caprichos, las contradicciones, el autosabotaje y la mezquindad también son cuestiones humanas. Si el deseo se racionalizara, dejaríamos de desear. La lucha de Knausgård es tan importante porque defiende el derecho a desear algo estúpido o perjudicial para uno mismo, a actuar irracionalmente, a tener exabruptos inexplicables de furia: el derecho a ser hombres.

Y en este caso se trata también de decisiones literarias que trascienden el ámbito artístico de maneras poco agradables. Al erradicar la ficción de Mi Lucha y mostrar al desnudo su historia, Knausgård también necesitó desnudar a su familia y amigos cercanos. Y a nadie le gusta que le quiten la ropa sin su consentimiento. Hay una especie de pacto faustiano en esta obra, pero en vez de intercambiar el alma por el conocimiento, sacrifica la confianza de las personas más cercanas a cambio de lograr la profundidad literaria. Por ejemplo, los familiares de Knausgård tomaron muy mal una parte crucial del primer libro: después de enterarse de la muerte de su padre, Knausgård y su hermano viajan a la casa paterna. En el interior se encuentran con una escena que los llena de horror: hay botellas vacías y suciedad por todas partes y desechos humanos en ropa y muebles. La abuela, incontinente y claramente senil, parece ser alcohólica también y se da cuenta de muy poco. El padre de Knausgård era un respetado maestro y político local. La familia siempre había tenido la precaución de mantener una imagen de decoro. En una declaración pública a un periódico noruego en 2011, Bjorge Knausgård, un tío de Karl Ove, descargó su indignación por la transgresión de su sobrino: “Hemos visto cómo el cinismo de la editorial y del autor logran un proyecto de libro. Se trata de manejar los medios de comunicación, filtraciones controladas de los próximos libros y ataques a las personas nombradas, tanto vivas como muertas. Todo gira en torno a dos cosas: el dinero y la fama. Sea cual sea el costo”. Además, en una carta aparte, catorce miembros de la familia de Knausgård declararon que Mi lucha era “literatura de Judas”. Geir Gulliksen, el editor de Knausgård, lo ha defendido de dichas declaraciones:

A veces los escritores escriben para hacer una especie de venganza contra el mundo o contra su familia. En el caso de Karl Ove, es al revés. Es más que nada, creo, a sí mismo a quien está exponiendo. Donde los críticos ven crueldad, yo veo una especie de masoquismo.

Retratar el horror no es una fórmula para ganar popularidad, pero el dolor y el sufrimiento, decía Nietzsche, son tan valiosos como la tranquilidad y la alegría, pues ambos extremos forman parte esencial de la vida en tanto experiencias vitales. Lo humano no es, en definitiva, sólo luz: el horror nos constituye tanto como la belleza. Aunque el conocimiento absoluto del hombre nunca será posible, cercenar por completo su mitad oscura nos aleja de ese imposible propósito mucho más.

Knausgård es un autor que decidió decirle no a las formas de su época. No a la brevedad, no al minimalismo, no a la inmediatez, no a lo efímero, no a lo superficial. Con esta negativa explícita en contra del mercado, ¿no esperaríamos que sus libros fueran un fracaso total? En cambio, resultaron un éxito comercial. Mi lucha ha vendido medio millón de copias sólo en Noruega —un país de cinco millones de habitantes— y el primer par de volúmenes ha sido traducido a veintidós idiomas. De hecho, por un tiempo se propagó la noticia —muy probablemente falsa— de que el furor por Knausgård en Noruega era tal que las oficinas y empresas tuvieron que declarar “días libres de Knausgård”, que básicamente consistían en prohibir que los empleados hablaran del autor y sus libros pues se perdían muchas horas de productividad. Aunque la idea de que la excitación literaria pueda detener el ritmo frenético de trabajo actual es demasiado buena para ser verdad, el hecho de que se haya inventado una anécdota como esa nos habla del fenómeno comercial de la obra de Karl Ove. Lo dice él mismo en una entrevista en El Cultural:

Mientras duraba el proceso de escritura pensaba que nadie estaría demasiado interesado en estas páginas puesto que son demasiado personales. Pero resulta que ha ocurrido todo lo contrario: hablo de cosas tan íntimas que mi vida se ha fundido con la de mis lectores. Lo he comprobado en el hecho de que cada vez que alguien me habla de alguno de mis libros cita una frase mía y a continuación empieza a hablarme de su propia vida. Ese es el gran poder evocador de la literatura: leer y escribir es un poco lo mismo y tiene que ver con la mirada hacia el interior para contar lo que se ve.

Este aplastante éxito de ventas, ¿no nos habla sobre los deseos no dichos de la gente? ¿Sobre nuestras ataduras y poses? Parecemos aceptar, desear y hasta glorificar la lógica del mercado actual, pero en cuanto llega una obra que aplasta esos paradigmas y los escupe, nos abrazamos a ella como si fuera una especie de tabla de salvación. Quizá Knausgård nos toca porque es radical-mente sincero en cuanto a sus contradicciones, que son también las nuestras: queremos la venganza y a la vez albergamos el deseo de hermanarnos, padecemos el dolor ante la humillación tanto como nos invade la sed de humillar al otro y sentimos la necesidad de reconocernos en otro mientras luchamos por nuestra individualidad. Al fin y al cabo, ¿qué es el ser humano sino una síntesis de contradicciones?


Autores
Es editora y escribe su apellido sin tilde. Cursó el diplomado de formación literaria en la Escuela Mexicana de Escritores y actualmente estudia la maestría en Literatura Latinoamericana en la UNAM.

Resulta interesante observar la manera en la que constantemente, las personas aludimos a la cabeza para hacer referencia al individuo como un todo. Recurrimos a la sinécdoque sin darnos cuenta de la carga filosófica que puede haber tras ella.  El año pasado, la artista plástica Juliana expuso su obra  If a body meet a body en la galería OMR (Ciudad de México), que se centraba en la relación que hay entre el cuerpo y el pensamiento en el ser humano. El elemento principal en los trabajos que conformaban esta exposición era la cabeza: había esculturas de cabezas sin el cuerpo, figurines sin cabeza, incluso una gran imagen de un hombre acéfalo con ojos en los pectorales se mostraba al fondo de la primera sala. La obra de Aranda giraba en torno a la concepción de la cabeza como el elemento central que define a una persona como ser humano, como un ente pensante, con un individuo dotado de vida, de personalidad, de ego. «[…] si me cortas la cabeza, ¿qué diría? ¿”Yo y mi cabeza” o “yo y mi cuerpo”? ¿Qué derecho tiene mi cabeza de llamarse “yo”?».

En la exposición, una cuerda pendía de la pared: «El nudo ahorcado, también llamado nudo del verdugo […] es un nudo mejor conocido por su uso para ejecutar a alguien. […] Entonces el condenado a muerte cae al final de la cuerda hasta producir, por su propio peso, la ruptura del cuello». En una sala contigua, se había colocado una guillotina, ese instrumento cuya función era el castigo del condenado al tiempo que se hacía pública la condena.

A finales del XVIII y principios del XIX, el castigo público fue desapareciendo, sobre todo por la transformación de la jurisprudencia. «Ha desaparecido el cuerpo como mayor blanco de represión penal».[1] La decapitación y los azotes públicos también se suprimen y en su lugar aparece la prisión como centro para privar de la libertad a un individuo (del mismo modo en que la guillotina había quitado la vida de los hombres de la Edad Media).[2]

Es cierto que con el nacimiento de los códigos penales modernos se suprime la teatralización del castigo, el rostro del culpable deja de verse en la plaza pública, pero desde mediados del siglo XIX reaparece a través de la fotografía de identificación que acompaña los registros judiciales. La fotografía de identificación de presos exhibe sólo la cabeza y la toma en primer plano muestra sólo aquello que interesa conocer del criminal: su rostro. Para mediados del siglo XVIII, el criminal era un modelo de monstruo moral, no tanto corporal.

La fotografía de identificación apareció en México en el siglo XIX como un medio por el cual la autoridad gubernamental ejerció el poder sobre los anormales e indeseables; su nacimiento responde a la necesidad de dominio en un momento de descontrol, pero al mismo tiempo exhibe los problemas sociales que atravesaba el país. Su nacimiento también concuerda con la transición del castigo corporal al castigo dictado por la jurisprudencia y la medicina. En su ensayo Sobre la fotografía, publicado en 1975, Susan Sontag menciona que en la redada de Communards de 1871, los estados modernos emplearon la fotografía como instrumento de vigilancia y en contra de las poblaciones. En general, las fotografías habían sido puestas a merced de instituciones de control muy fuertes como la familia y la policía, haciendo que en la catalogación burocrática del mundo, se diera validez a los documentos sólo si tenían una fotografía con el rostro del ciudadano.[3] Algo similar ocurrió con la fotografía en México desde mediados del siglo XIX. Durante este periodo se hace uso del retrato para identificar al sector que amenaza la estabilidad y en 1855 se reglamenta el uso de la fotografía para la identificación de reos por medio del Reglamento para asegurar la identidad de los reos cuyas causas se sigan en la Ciudad de México”, expedido por el entonces presidente, Antonio López de Santa Anna.[4] El fotógrafo, —uno más de los técnicos del siglo XIX— expone al reo y le pone rostro al anormal que debe ser castigado. El criminal dejo de ser castigado por lo que hacía y comenzó a ser castigado por lo que era. Los discursos «científicos» se formaron con la práctica del poder de castigar,[5] mientras que el discurso visual de la vigilancia se formó con la fotografía de identidad.

En principio no había reglas para las fotos del registro, sólo se sabía que debían mostrar al individuo de frente.[6] La fotografía de identidad de presos fue —y continúa siendo— un acto involuntario en el que el individuo se ve violentado y da muestra de su disconformidad a través de gestos faciales. Así, las imágenes pueden ser el resultado de un acto violento por parte del fotógrafo al fotografiado.[7]

La violencia de este acto se afirma simbólicamente cuando se elige el primer plano para los retratos, pues se separa la cabeza del resto del cuerpo suprimiendo a éste por completo. Se guillotina al criminal y se usa su imagen con fines burocráticos para que su cabeza y su rostro acompañen el registro escrito en el que se describen sus crímenes. En 1996, el artista visual Carlos Aguirre montó una exposición en el Centro de la Imagen que llevaba por título Imágenes del neoliberalismo. El artista exhibía retratos de presos (tanto hombres como mujeres) que en 1973 habían sido acusados de infringir la ley. Los documentos visuales habían sido extraídos de un archivo de criminales que el fotógrafo Arturo Ortega Navarrete obtuvo gracias al militar Felipe Islas. Los delitos cometidos variaban: a Alicia Ramírez Marín se le había acusado de prostitución, a Ricardo Ramírez se le acusaba de haber asaltado un taxi, a Luis González Gómez de ser asaltante, mientras que a Manuel Córdoba Gutiérrez se le acusaba de falso abogado. La instalación —además de exhibir los retratos en blanco y negro de los acusados— también incluía un artefacto que se asemejaba a una guillotina.[8] La importancia de esta exposición radica en que mostraba fotografías de la década de 1970, periodo en el que el control policiaco ya se encontraba bien consolidado y que había iniciado hacía más de un siglo antes. Pero al mismo tiempo evocaba al castigo público y a la decapitación.

Es necesario hacer énfasis en la clasificación de los prisioneros mismos, pues tampoco significa que los fotografiados en prisión realmente fueran criminales o delincuentes; se separaban según el tipo de delito que cometieran. En 1960, el fotógrafo Héctor García realizaría una de las fotografías más icónicas del muralista David Alfaro Siqueiros durante su permanencia en la prisión de Lecumberri tras haber sido acusado de «disolución social». Mónica Montes, realizó un excelente artículo (Preso no. 46788) en el que da amplios detalles sobre el trabajo que realizaran en conjunto Elena Poniatowska y Héctor García, para realizar una entrevista al preso político. La imagen muestra a un Siqueiros que dirige una mirada fija y poderosa a la cámara, al tiempo que estira y saca el brazo y la mano derecha de entre las rejas. En esta fotografía el preso es retratado desde un plano medio que deja ver la cabeza y la mitad de su cuerpo. La mano que se ve en primer plano recobra la fuerza que el encuadre en picada le había quitado a la figura de Siqueiros. «Él extendió la mano fuera de la reja, y yo obedecí a la lección magistral del general Pancho Villa “dispara y después virigua”. Disparé ante este gesto. Reflexioné a posteriori. De todas las fotos de Siqueiros en Lecumberri, esta es la que flota. La que se hace famosa. Ilustra el cartel de la campaña mundial para liberar a Siqueiros […]».[9] La composición de esta fotografía es distinta a la de la fotografía de identificación que acompaña al resto de los documentos de los presos. Esto se debe a que ambos tipos de fotografías tendrían distintos usos. Los gestos de Siqueiros y la pose de su cuerpo echado hacia adelante advierten que está siendo violentado y que podría tratarse de un retrato involuntario.

Los retratos realizados dentro de las cárceles son el reflejo de una sociedad moderna en la que se contiene, se controla y vigila —por medio de la jurisprudencia— a quien debe ser corregido y castigado. Juega un papel importante en la representación del «desviado», a quien se separa simbólicamente de su cuerpo a través de la fotografía. El fotógrafo se vuelve una especie de nuevo verdugo, la cámara se convierte en la guillotina del siglo XIX y el castigo para el condenado es tener un rostro que puede ser reproducido en los medios modernos con el simple propósito de que pueda ser identificado a nivel público.

 


[1] Michel Foucault, Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión, pág. 10.

[2] Ibid., pág. 15.

[3] Susan Sontag, Sobre la fotografía, págs. 19- 20.

[4] Se introduce una técnica moderna de vigilancia control y castigo. Sergio González Rodríguez, Cuerpo, control y mercancía. Fotografía prostibularia. pág. 75.

[5] Ibid., pág. 23.

[6] Rosa Casanova, De vistas y retratos: la construcción de un repertorio fotográfico en México, pág. 10.

[7]> Marina Azahua habla sobre la violencia que hay detrás del acto fotográfico en Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia, en el que también abre un capítulo dedicado a la foto de los prisioneros camboyanos de Toul Sleng.

[8] Alfonso Morales Carrillo, Guillotina y obturador. Traspasos de un archivo policiaco, pág. 120.

[9] Héctor García en una entrevista a Luis Carlos Emerich en: Mónica Montes, Preso 46788, pág. 77.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.

El espíritu romántico, dice la definición somera, es vincular lo terreno con lo celeste, lo profano con lo divino. Para algunos pensadores, la dificultad de entender nuestro tiempo viene de nuestra dificultad de entender lo romántico. A la literatura romántica siempre la acompañó un discurso filosófico que buscaba restablecer un orden (político, social, económico) que se reconocía perdido. Lo romántico, además de ser un concepto y una estética, es también un gesto, una sensibilidad, un zeitgeist.

Hace unas semanas, me vino en gana leer las tres novelas que conforman Los sonámbulos de Hermann Broch, sobre todo porque se trata de obras que giran en torno a un personaje y a un concepto. En otra ocasión quizá hablaré de las otras dos novelas: Esch o la anarquía y Huguenau o el realismo; por lo pronto, me conformaré con hablar de una sola frase de la primera de las tres, Pasenow o el romanticismo. En ella, Joachim von Pasenow, el protagonista, se refiere a su amigo Bertrand y a su amante Ruzena como «estos dos civiles», con una intención despectiva.

Joaquim von Pasenow encarna el ímpetu de buscar vivir lo absoluto. A una naturaleza como la suya le es incómodo aceptar la realidad tal y como se le ofrece: entró en el ejército porque era una cuestión de honor, y el honor, justamente implica el apego a un absoluto. Al principio de la novela, su hermano muere en un duelo, argumenta el padre, para «defender el honor, lo más importante. Algo que ya nadie entiende». Para alguien como Pasenow parece no haber nada más romántico —luego del amor por Dios— que el amor por esa abstracción llamada Estado. De allí viene su desprecio por su propio amigo Bertrand, militar, como él, que ha hecho a un lado el servicio de la milicia para dedicarse a una industria textil. El sentimiento reaccionario de Pasenow es despreciar a un militar que ha renegado de su lealtad para dedicarse a la inferior vida de civil; es decir, para Pasenow Bertrand representa a una sociedad que considera todo orden un mero convencionalismo. A Bertrand bien le podrían haber preguntado: «¿Morirías por tu patria? ¿Morirías por el honor, por amor?» Y como un hombre de su siglo, respondería un inequívoco y risueño «No». Él es incapaz de amar algo más que a sí mismo y por eso Pasenow lo desprecia.

Lo esencial de un espíritu religioso es sentirse por debajo de aquello a lo que aspira. Lo esencial del carácter romántico es que todo se debe tomar a pecho. No es sólo el suicidio de un Werther, también es el viaje de un René y la decepción de un Julien Sorel. Pero también es la nostalgia por un mito, una doctrina, una disciplina. Por un lado, Joaquim von Pasenow sabe que la amistad de Bertrand será una prueba que deberá superar. Una prueba enviada por Dios, pues se rehúsa a pensar que él tiene entera libertad de elegir a su pareja. Ruzena, esa muchacha bohemia que hablaba alemán con un acento checo, representa para él la tentación, la mujer lúbrica, el descenso a los infiernos. Allí es donde aparece la figura de la otra mujer, Elizabeth, la heredera de una familia noble, tan asexual como blanca de piel. Este contraste va más allá: Ruzena es la realidad; Elizabeth es la transcendencia. Ruzena es la ciudad, Elizabeth el campo; una la ciudad con esa gente vestida de civil o en paños ajustados; la otra era la causa misma por la que lucharía el ejército: es la hija de la aristocracia, el orden, la decencia.

Joachim von Pasenow, cuando su amada Ruzena desaparece, está más preocupado por cómo afectará a su reputación que se sepa su romance con una mujer disipada, que el estado de salud de su mujer amada. Hermann Broch lleva al límite la relación entre un romántico que se siente pecador y la mujer que es la causa del sentimiento de culpa: Ruzena, luego de huir a un prostíbulo, se niega a hablar de nuevo con Joaquim, quien la ha despreciado. Ella lo escupe, y «su aliento olía a trasnochado y a podrido». Ruzena «olía a malas noches».

Decir «esos dos civiles» es como decir «esos dos del pueblo llano», «esos dos no elegidos», «esos dos no singulares». Que el personaje principal, el romántico, sea un militar es de un significado esencial para la novela de Broch. Los uniformes están llenos de marcas que vinculan a un grupo, a un código, a una institución. Los uniformes portan insignias, objetos simbólicos que remiten a un mito del Estado, a una legitimación del poder, a un relato que busca integrar orgánicamente a un grupo de personas. Pasenow no puede vivir sin eso. Para una naturaleza que busca un absoluto, Dios no es una pasión que simplemente desaparece; puede ser que Dios haya muerto, pero, ¿no es una necesidad que queda vacante? Que Dios muera no quiere decir que también muera la necesidad de creer: una fe en el prójimo, una creencia en el progreso, una pasión por las cosas de este mundo, un uniforme que nos vincule a algo más grande que nosotros. ¿Por qué Hermann Broch hace que su protagonista llame «estos dos civiles» a su mejor amigo y a la mujer de la que está enamorado? ¿Qué es un uniforme? Es decidir no elegir nuestra ropa; es no tolerar la libertad: ser romántico es no poder soportar la ausencia de un orden superior a nosotros; es no tolerar a esos que se conforman con esto que llamamos mundo.

 


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Los pasillos se notaban vacíos. La mayoría de la gente portaba un gafete y la camiseta roja de staff de la feria. Quería asistir a una presentación en la Sala Fósforo a las tres de la tarde. Un guardia me indicó el camino y me perdí. Volví a pedir indicaciones, ahora a la chica coqueta del stand de información, y me mandó al lado contrario. Me detuve a mirar unos libros en el local de Planeta.

«¿Qué buscaba, joven?»

Volví a notar la ausencia de visitantes. Es jueves en la tarde, pensé, los niños ya salieron de la escuela, los adultos están en el trabajo, por eso la atmósfera de pueblo fantasma.

Conversé con el vendedor por diez minutos. Compré El uranista (Tusquets 2014), de Luis Panini. Aproveché para preguntar por la Fósforo. El hombre no tenía idea.

Ese día no hallé la sala. En Facebook había dicho que asistiría al evento. Seguro el autor pensó que soy de esos seres descarados que dicen sí y nunca van a nada.

UANLeer es la feria del libro organizada por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Este año los invitados especiales fueron la Alianza Francesa y Editorial Almadía, ambos con locales amplios y atractivos en el ala más accesible a los visitantes. La Alianza Francesa se lució: llevaron a Jean-Marie Gustave Le Clézio, sobran las presentaciones. Almadía llevó cursos, autores y buena literatura.

Es el primer año que asisto, aunque es la quinta edición de la feria. La sede es el Colegio Civil Centro Cultural Universitario, un lugar hermoso, limpio, céntrico, con salchiburgers de primera calidad, pero con pasillos angostos, acústica problemática y un acceso complicado para los automovilistas.

De los seis días que duró la feria, fui de jueves a domingo; me perdí la inauguración y la clausura. El sábado había más gente en los pasillos que el jueves. El viernes había más editoriales (la página oficial de la feria dijo que 70) que compradores. El domingo olvidé fijarme, pero en el stand de Escritores Independientes me encontré a la escritora Andrea Saga, quien ese día también hacía de vendedora, y me dijo: nadie pasa por aquí.

En resumidas cuentas: la feria se sentía vacía. Sin embargo, ahora resaltaré un panorama contrastante, de las nueve o diez presentaciones a las que asistí, en todas siempre había más de treinta personas en el público. Y en más de la mitad la sala estaba llena. Ninguna era de autores conocidos o bestsellers, lo que pasa es que el programa de UANLeer se las ingenia para ser diverso y completo, sin amontonar. En otras palabras: calidad sobre cantidad.

La abundancia de alumnos en camisetas rojas y gafetes, garantizó una logística eficiente y personalizada. En los talleres que impartí, los chicos de staff participaron con entusiasmo para cubrir las sillas vacías, de paso les servía de capacitación.

Gran parte del ala norte se dedicó a la literatura infantil y juvenil: presentaciones teatrales, cuentacuentos y algunos espacios dispuestos para talleres. Pero me sorprendió ver sólo dos librerías especializadas en literatura infantil y juvenil.

Mientras tanto, nadie encontraba los baños, la máquina de café no servía en una de las dos cafeterías y el pasillo de las editoriales independientes de Monterrey, que tanta efervescencia han provocado, recibía más moscas que visitantes.

Tengo entendido que la Universidad Autónoma de Nuevo León contrató a una empresa externa para realizar un diagnóstico preciso de la feria. Tuve oportunidad de conversar con uno de los involucrados, aunque sin mucho detalle sobre el tema. Lo primero que me dijo: hay muy pocas editoriales independientes nacionales y las ponen en el segundo piso, donde no pasa nadie.

Decidí evaluar la situación por mi cuenta. Esto fue el viernes a las seis de la tarde. En cinco minutos sólo veintitantas personas subieron las escaleras al ya citado segundo piso. Veintitantas porque aunque medí el tiempo, me distraje algunos segundos y no sé si conté personas de más o de menos. Pero después me uní a la veintena, para hacer bulto.

Otra vez, en resumidas cuentas, la feria se sentía vacía en comparación a mis expectativas, a mi experiencia en otras ferias, a la magnitud de lo que UANLeer seguro llegará a convertirse en unos años. Porque crecerá, sin duda. Este año marcó un punto de quiebre en la historia de la feria.

Queda la promesa para el 2016 y el recuerdo de lo bueno: las presentaciones abarrotadas, la cabina de booktubers, los talleres de crónica literaria para jóvenes y los de lectura para niños, Le Clézio, Almadía, la oferta editorial, la máquina de café que sí servía y, claro, los salchiburgers.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Bueno, without further ado, demos por iniciada esta conversación en torno a los puntos de contacto entre el español y el inglés que se crean por medio de la traducción; es decir, a los “movimientos de traslación” entre esas lenguas. Si partimos del hecho de que un traductor es alguien que mantiene una relación especial con el lenguaje (al menos un interés más allá del promedio con las lenguas que trabaja) y que traducir es un ejercicio de la subjetividad (no hay dos traducciones iguales), me parece importante comenzar por conocer de qué modo se dio su encuentro entre el inglés y el español. Quizá de ahí podamos inferir algo sobre cómo alguien se convierte en traductor y qué es, a fin de cuentas, traducir.

Robin Myers:

Tal vez suene demasiado romántico, pero no puedo pensar en la traducción literaria sin pensar primero en el hecho de tener una relación con dos idiomas, el inglés y el español, en otros ámbitos de la vida —y en el hecho de que esa relación es algo que no siempre vivía—. Crecí en Estados Unidos y hablaba solamente inglés. Cuando empecé a estudiar español en la prepa, ya había estado un par de veces en México y sabía que quería volver: para mí, aprender otro idioma tenía que ver directamente con un deseo, uno que recuerdo ahora como inexplicablemente intenso, de vivir aquí. La idea era habitar un idioma para poder plenamente habitar un lugar. Y ahora que lo estoy haciendo, años después, la práctica de la traducción literaria me parece una manifestación incluso más concentrada del mismo fenómeno. Parte, según lo siento yo, de un impulso de estar adentro de algo: dentro de dos idiomas (uno, el materno, siendo invariablemente más íntimo, más cercano) y de sus respectivas texturas y sonoridades y tradiciones; dentro del pensamiento de algún escritor en particular y, por lo tanto, del mundo teórico y léxico y cultural que aquello habita; dentro de un texto que amas para poder acercarte más a él. Para mí, traducir nace de eso. De leer algo en español que me fascina o me conmueve o me asusta, de querer entender cómo funciona para provocarme lo que me haya provocado, y de llevarlo al inglés para estar tan cerca como pueda de ello: para reproducir ese vínculo en mi propio idioma. Cuando pienso en cómo ocurre ese proceso para mí, cuando pienso en la raíz, en el deseo más básico de hacerlo, recuerdo algo que hacía en la adolescencia, ya habiendo cursado algunos semestres de español: en la noche, cuando ya no toleraba hacer tarea, bajaba al sótano de la casa con un libro de Neruda en versión bilingüe y me leía sus sonetos en voz alta, primero en español y luego en inglés. Repito la idea: quería habitarlos ambos. Y quería entender lo que pasaba en la traducción para hacer que se sintiera tan distinto habitar cada uno por separado. Tedi, me pregunto de manera muy general cómo has vivido tú la relación con ambos idiomas, ya sea como traductora o en cualquier otro sentido.

TEDI LÓPEZ MILLS:

Los dos idiomas, en mi caso, han llevado vidas simultáneas y, en un inicio, la relación entre ambos tuvo que ver con poderes desiguales: a veces ganaba el materno, otras, el paterno. En ese sentido, uno —o yo— hablaba y des-hablaba con la culpa o la traición mirando por encima del hombro. Mi mamá nunca logró dominar el español y mi papá apenas farfullaba el inglés; los intercambios, por lo tanto, eran ilícitos y había que corregirlos para que hubiera un mínimo de claridad. Así, mucho antes de traducir, empecé por interpretar.

Durante los primeros catorce años de mi vida, por inercia y educación, el idioma dominante fue el inglés: mis lecturas, mis prejuicios, mis preferencias, mis amistades y mis enemistades. Pero en mi cabeza la cohabitación con el español continuaba: dos sombras al acecho en un mismo cuarto. Debo confesar que en esa época mis lecturas no incluían de ningún modo a la poesía y que ni siquiera había contemplado la noción de traducirla.

Sin embargo, en algún momento de crisis adolescente decidí que mi idioma debía ser obligatoriamente el español y que el inglés ocuparía el asiento trasero. Me impuse una disciplina sumamente tediosa: detener el flujo de la conciencia y trasladarlo de nuevo al español, hasta que ya no fuera necesario intervenir.

Ahora, por fortuna, el espacio de los dos idiomas se ha despejado y puedo concebirlo como un lugar de batallas conceptuales o espirituales, dependiendo del día. Todavía me angustio ligeramente cuando las palabras se enciman, cuando una en inglés tapa a la misma en español o viceversa, pero me consuelo pensando que, a fin de cuentas, se tratarán con cierta cortesía y que una le cederá el paso a la otra.

Traduces mucho más que yo, Robin, y has logrado incorporarte al español y a esa curiosidad o superchería que llamamos “lo mexicano” de un manera asombrosa. Pero me pregunto y te pregunto si aún hay zonas brumosas, obstáculos específicos que se refieran al idioma o a la cultura de ese idioma que te resulten difíciles de resolver.

RM:

Por supuesto. Se me ocurren varios, tanto en el ámbito cotidiano como en el literario. Una de las principales zonas brumosas es el humor. A pesar de sentirme ya bastante familiarizada con cierto rango de registros en el español mexicano, y con cierto lenguaje que se utiliza dentro de ese rango —que incluye el humor, claro, los juegos de palabras, los dichos, el albur—, todavía me pasa, y seguramente me pasará siempre, que me pierdo en ciertos contextos de “juego”, digamos, contextos en los que un grupo de personas (¡siempre es más difícil en grupo!) van improvisando una dinámica juguetona o burlona. Ahí entran capas y capas de sentido: coloquialismos en general, chilanguismos en particular, el trasfondo político y social, referencias culturales que no necesariamente conozco, distorsiones léxicas que para entenderlas uno tiene que entender primero todas las cosas que se vayan amalgamando o torciendo o injertando sobre otras cosas, y así hasta el infinito. Cada vez más el humor me parece la última frontera, el terreno más desafiante al aprender un idioma —y la cultura de ese idioma, como dices tú, Tedi— y, luego, al pasar toda la vida cotidiana inmersa en él.

Y bueno, hay otros terrenos igual de complejos, aunque sea de otra manera. Cuando me enojo, por ejemplo, me siento absolutamente inepta en español; siento que mis palabras (¡como si fueran mías!) huyen de mí. Cuando estoy muy cansada también: tropiezo total. Esos momentos, y sus sensación de estar pataleando en un charco como una niña que no sabe expresar lo que quiere, me recuerdan siempre que hablar dos idiomas significa la traducción constante de la personalidad propia. Y así como ocurre con la traducción de un poema o cualquier texto, la versión traducida de uno termina siendo distinta. Sé que soy más sarcástica en inglés y más directa; siento un poco más afilados los bordes del habla. Y me gusta la sensación de volver a eso después de mucho tiempo sin sentirlo.

Hay otro juego de obstáculos que me interesa plantear, y éste sí tiene que ver directamente con la traducción literaria. Primero, un ejemplo: en los últimos meses he estado traduciendo dos libros de Alejandro Crotto, un poeta (y traductor) argentino. El segundo libro, Chesterton, incluye varias formas poéticas —el soneto, la lira, etc.— que aparecen en su formato “puro”, por así decirlo, o que han sido técnicamente intervenidas, modificadas, escondidas, incluso fundidas con otras formas… e incluso los poemas que no adhieren a ninguna forma tradicional tienen los versos medidos. Traduciéndolos (o intentando traducirlos), he pensado mucho en qué tanto tuvo que haber absorbido Crotto de su propia tradición poética —de la historia del soneto, en la poesía iberoamericana, por ejemplo— para interiorizar sus reglas y, a su vez, romperlas, o volverlas a inventar. Eso es, invariablemente, un obstáculo enorme para mí como traductora: no sólo porque no vengo de la misma tradición, sino también porque no sé lo que él sabe de ella, no he leído todo lo que él ha leído, etc. Y me pongo a pensar en la “tradición” de la que sí vengo como estadounidense, o como angloparlante, y me doy cuenta de que tampoco ando por la vida pensando en ella todo el tiempo, ni me siento plenamente consciente de las corrientes formales o culturales que llevo en la sangre como persona que habla y lee y escribe en cierto idioma, aunque necesariamente estén allí.

¿Cómo es eso para ti, Tedi? Al leer en inglés y en español, al traducir del inglés y escribir en español, ¿reflexionas conscientemente sobre la tradición lingüística y literaria de la que formas o no formas parte? ¿Ahí también existen obstáculos —o guías—para ti como traductora? (Partiendo del hecho, diría yo, de que ser traductor consiste principalmente en ser lector).

TLM:

Vamos por partes, como dicen los que saben decir esas cosas. Tu experiencia personal en la zona brumosa, los tropiezos con el sentido del humor, los recursos limitados con esas expresiones tan elementales como la ira o el miedo o el dolor, me hacen pensar en mi mamá. Ella tenía un gran sentido del humor que no pasaba la frontera estricta del español y, cuando se enojaba, sobre todo con mi papá, recurría al inglés porque el español funcionaba como un títere ajeno y torpe. Uno de los momentos más conmovedores de esta doble vida con los lenguajes fue cuando ella se enfermó ya gravemente: nunca pudo explicar con precisión los detalles de lo que iba sintiendo, y las generalizaciones en las que caía provocaron cierta condescendencia y hasta cierta indiferencia en los doctores. Murió en otro idioma, no en el suyo; eso ha de ser raro.

Pero hay otra parte en la zona brumosa, desconcertante, perpleja, que me parece fundamental cuando uno traduce y que, según yo, hay que conservar: una especie de cuerda floja o filo de navaja. El riesgo de caerse aniquila el peligro de la confianza excesiva, de acomodarse en el otro idioma como si uno estuviera en su propia casa.

Se trata más de hechos concretos que de teorías acerca de la traducción. Aunque uno quiera complicarla, sí existe la literalidad: table es mesa y chair es silla y heart es corazón, por más que las raíces contextuales puedan moverse de lugar; existen también los “falsos amigos” (menos en inglés que en francés, el otro idioma que conozco); recuerdo ahora dos ejemplos: wisdom tooth, muela del juicio, se tradujo como diente sabio, y sillon, que en francés significa surco, se tradujo como sillón. De ahí que la paranoia me parezca un instrumento muy útil a la hora de ponerse a mudar palabras de un lado al otro.

En cuanto a tu pregunta, la tradición y la conciencia de la tradición son una ventaja y un lastre. Yo no leo con el peso de esa conciencia, como tampoco camino con el cúmulo de todas mis anteriores caminatas encima. Sería imposible la sensación de novedad, de descubrimiento o, incluso, la melancolía de la ignorancia.

Con la traducción, mi premisa es muy simple: el texto que estás traduciendo ya viene con un manual de instrucciones, explícito o implícito. Si es un soneto, el problema obviamente se intensifica y la decisión se reduce a si le vas a dar esa forma en tu idioma o a crear una versión “libre”.

Establecer la igualdad entre tradiciones diferentes, incluso un justo medio, por más ficticio que sea, acaba siendo un argumento ideológico. El inglés de Inglaterra sigue peleándose con el de Estados Unidos (al que considera inferior y espurio), y lo mismo hace el español de España con los de América Latina (a los que tampoco respeta, pero sí tolera porque somos tercer mundo y la corrección política, etc.). El inglés, al menos, no se rige por una Academia de la Lengua que año tras año aprueba o reprueba usos y costumbres del idioma.

Pero ya me fui por las ramas. ¿De qué nos agarramos para seguir? Traduje las Iluminaciones de Rimbaud el año pasado y con eso le añadí una capa más al palimpsesto de Rimbaud. Lo hice para leerlo-escucharlo como no lo consigo en francés; de todas maneras, en mis versiones actuales aún distingo una nota falsa. Y no sé en qué etapa del camino del francés al español se me descompuso el aparato. ¿Te pasan cosas semejantes o ya debo comenzar a preocuparme?

RM:

Antes de contestar esa pregunta, quiero decir que me encantó lo que decías de la paranoia como una herramienta útil, algo que nos impide —y así nos protege de— existir en el segundo idioma como si estuviéramos en casa. Así como vivir en otro país es ser siempre un invitado en otra cultura, traducir se parece a ir seguido a la casa un amigo muy querido y aun así pedir permiso siempre antes de quitarse los zapatos y tener miedo de tirar el café sobre su sillón blanco y cosas así. (A lo mejor es otro tema, pero respecto a esta misma idea de que la traducción sirve como arma contra la confianza excesiva, pienso en un comentario que me hizo un traductor escocés: dijo que le gusta la traducción porque tiene algo intrínsecamente “zen”; si lo haces bien, te esfumas. Es decir, la gente se olvida de que estás ahí atrás, se olvida de estar leyendo algo traducido. La tarea le exige a uno que ajuste su relación con su propio ego; no sé qué piensas tú, Tedi, pero creo que es una postura muy distinta de la que se puede generar en torno a los textos propios).

Me interesa mucho lo que dices de tu traducción de Rimbaud y de la capa que añadiste a su palimpsesto. Traducir las Iluminaciones —¡me quito el sombrero!— debe ser una manifestación particularmente rica y compleja del hecho de que toda traducción tiene algo de palimpsesto: es inevitable que uno vaya agregando, quitando, rayando, modificando lo anterior —existan o no traducciones previas— para generar algo nuevo que le haga justicia (o eso es lo que uno espera). Algo nuevo que al mismo tiempo signifique una interpretación, un énfasis en lo que uno mismo encuentre ahí al leer el texto y sumergirse en él.

Sinceramente dudo que se te haya descompuesto el aparato, Tedi. Pero sí reconozco muy bien esa sensación de ansiedad, el miedo de la “nota falsa”. Por supuesto que a mí me pasan cosas semejantes y siempre dan mucha angustia. Hace un par de años estuve traduciendo el libro El paisaje interior de la poeta argentina Mirta Rosenberg, y me tocó otra serie de decisiones formales como las que siguen surgiendo con la poesía de Alejandro Crotto: el libro contiene una sextina, para dar un ejemplo —una forma densa y difícil, pero compuesta en el poema de Rosenberg de un lenguaje impresionantemente sencillo, directo, poco ornamentado—. Yo tomé la decisión de reproducir la sextina en inglés, pero por varias razones —entre ellas mis propias tendencias y manías y también los retos al cumplir con las reglas silábicas y estructurales de la forma— mi versión sale mucho más barroca, más formal. La traducción tiene otro tono; todo pasa en un registro completamente distinto, y eso me preocupa. No creo que esas diferencias, esas capas agregadas, ya sea de textura sonora o de sentido o de otra cosa, sean necesariamente malas. Pero sí te obligan a cuestionar cada decisión que tomas.

Me pregunto si el miedo de que se te haya descompuesto el aparato, como decías, al traducir algo para leerlo-escucharlo como no lo conseguimos en el idioma original, no tendrá algo que ver con la frecuentemente citada idea —y es una idea enormemente ansiosa— de lo que “se pierde” en la traducción, o de la traducción como un acto de violencia. Pero no sé, pienso en una entrevista con la traductora Karen Emmerich en la que dice (y lo traduzco del inglés al español, ¡perdónenme!): “En lo personal no considero que la traducción sea de ninguna manera un acto violento o destructivo, y creo que hablar en esos términos muchas veces termina siendo ingenuo e insincero… Según lo veo yo, la noción de la traducción como daño o pérdida puede hacer daño en sí misma. Veo cada traducción como una ganancia: puedes ganar un poco o mucho, pero siempre que se traduce una obra literaria, sales con más, no con menos”. No sé exactamente hacia dónde voy con esto, Tedi, pero me da curiosidad saber cómo te relacionas tú con estas ideas de “pérdida” y “ganancia” en la traducción —en tu propio quehacer como traductora, pero además, tal vez, en cómo ves la recepción en México de literatura traducida, ya sea literatura estadounidense o de otras partes.

TLM:

Asumamos el diseño de ramas que ya adquirió nuestro intercambio.

Voy a hablar primero en términos de tiempo: cuando traduzco, transcurre sin que yo me dé cuenta. De repente la hora ya cambió y es tan tarde como yo quiero que sea. El tiempo no me estuvo esperando con impaciencia. Sucede lo contrario al escribir: al otro extremo están las horas y tengo que alcanzarlas. No hay texto original que me proteja. Traducir es como escribir, pero el consuelo radica precisamente en el “como”.

Decidí traducir las Iluminaciones porque leí la traducción que hizo John Ashbery de estos textos, poemas, retazos, visiones, puras hojas sueltas que Rimbaud le dio a Verlaine antes de empezar su vagabundeo. Me gustó que en las versiones de Ashbery hubiera neutralidad cronológica: ni un solo matiz decimonónico, nada de vocabulario rebuscado. Tal cosa le sugirió Nabokov a Edmund Wilson (sin la menor pizca de amabilidad): que no tradujera a Pushkin buscando crear un equivalente de Pushkin en inglés, que no le pusiera una camisa de fuerza, que no manipulara el texto hasta alterar incluso sus rasgos originales. Lo regañó y le pidió modestia: una traducción que no revelara la vanidad del traductor.

Las intenciones del traductor pueden ser invasivas, posesivas, pasionales. Si ya la poesía misma pone al lenguaje en un brete al meterlo en una forma —soneto, lira, décima o el mero lirismo incomprensible—, tratar de reproducir esa forma en el otro idioma puede desembocar en un sitio equivocado: lejos del original y lejos de lo que uno imaginó cuando resolvió traducirlo.

Por comodidad o flojera, tiendo a evitar esos espinosos problemas. Me parece increíble y admirable que te hayas lanzado a construir una sextina; lo hizo Pound con Arnault Daniel y, gracias a eso, la sextina se convirtió en una forma del siglo xx. No fue necesario batallar con el tono: ¿cuál le correspondía al provenzal? Menciono a Pound a propósito. Se atrevió a todo en la traducción, sin la menor reticencia. Y creo que salió muy bien librado. Me pregunto (y te pregunto) ¿qué significa para tu generación el itinerario entero de Pound? ¿Aún pesa, positiva o negativamente?

El palimpsesto que ya mencioné es otra palabra (más elegante y pomposa) para decir tradición. Hace unas semanas leí que acaba de publicarse, en España, una nueva traducción de La tierra baldía de Eliot. Junto al anuncio de esta edición se puso una lista de las versiones que se han hecho de los dos versos iniciales. Fue interesante (morboso, perverso) compararlas. La nueva traducción va así: “Abril es el más cruel de los meses / pues…”. Caramba. Dudo que sea superable el hallazgo de “meses / pues”. El vínculo entre un texto y su traducción es nítido, pero cuando proliferan las versiones de este texto y lo que importa es que la última difiera de la anterior, el asunto puede desviarse hacia otro tipo de enfrentamiento. Y hasta valer la pena por eso mismo.

Sospecho que la “nota falsa” que sigo oyendo en mis traducciones se refiere ni más ni menos que al original, lo insalvable que se queda del otro lado cuando un idioma se traslada al otro. Hay ganancia, sin duda, pero también hay pérdida; pensar de otro modo sería ingenuo, y darle demasiada importancia a la “pérdida” obligaría a una suerte de encierro lingüístico. Al momento de leer lo que he traducido la presencia del original es ineludible, está detrás o delante de mi propia versión y no la suelta. Mi premisa es que el aparato nació descompuesto y que, una vez aceptada esa falla, las vías se abren para que uno siga traduciendo.

RM:

Me iré por un par de ramas que siguen creciendo en este diseño. No me siento plenamente capaz de contestar tu pregunta sobre Pound, pero es un tema que me interesa mucho. Sobre todo porque —y me parece cada vez más extraño que así sea— casi no lo leía antes de venir a México: ni por mi cuenta ni en la universidad. Leíamos mucho a Eliot, por ejemplo, pero no a Pound, ni como poeta ni como traductor; en todo caso, recuerdo que lo invocaban más como referencia histórica que como presencia vigente. (Hablo solamente a raíz de mi propia experiencia, claro; por otra parte, he estado fuera de Estados Unidos desde que terminé la carrera, entonces el panorama que tengo sobre mi generación allá, sobre su formación y su trabajo, está bastante borroso). Mi teoría, burda, tal vez, es que la vaguedad de su reputación literaria, y siento que ésa sí pesa mucho, tiene que ver con la incomodidad de su legado político en Estados Unidos, el rechazo hacia su ideología fascista, un repudio de su figura que deviene en una falta de contacto con su obra. Aquí en México he conocido a muchos más poetas y traductores jóvenes que describen a Pound como una influencia directa, o al menos como una revelación en cierto punto de su formación. Escuchar esa fascinación menos inhibida me ha permitido sentirla también. Se atrevió a todo, como tú dices; como traductor era absolutamente intrépido, exuberante, feroz.

Me llama la atención tu comentario sobre las múltiples versiones existentes de una traducción, sobre los vínculos que se establecen entre sí, más allá del vínculo que mantiene cada una con el texto original. Usaste la palabra enfrentamiento, y sí: traducir algo ya traducido implica un íntimo enredo de inspiraciones, provocaciones y rechazos, un forcejeo con lo anterior que a veces resulta difícil distinguir de un abrazo. El escritor, filósofo y traductor William Gass escribió un libro bellísimo que se titula Reading Rilke: Reflections on the Problems of Translation; tiene una parte en la que va comparando varias versiones de las Elegías de Duino, verso por verso, analizando las decisiones, resoluciones y errores de cada una. Si bien puede llegar a sentirse algo mezquino este tipo de ejercicio —“Mira, yo logré lo que los demás no pudieron”, etc.—, ciertamente es rico recordar que el acto de traducir, tan solitario en el momento y tan peculiar como compulsión, hace que automáticamente formes parte de ese palimpsesto que llamamos tradición, y dentro de ella es imposible estar solo: estamos siempre dialogando no sólo con el texto mismo sino también con sus otros traductores —es decir, con nuestros compañeros lectores, porque también eso son.

Quisiera terminar pensando en voz alta sobre el aparato que nació descompuesto, y también sobre otro comentario tuyo, de que la poesía misma “pone al lenguaje en un brete al meterlo en una forma”. Sin querer ponerme demasiado metafísica, creo que es sano recordar que eso —poner al lenguaje en un brete— es lo que hacemos cuando escribimos, punto: poesía o prosa, con forma o sin forma, lidiando con un solo idioma o con varios. La necesidad de agarrar un revoltijo de lenguaje y volverlo otra cosa realmente es un impulso muy extraño —y no quiero que deje de sentirse extraño nunca—, y lo que hagamos jamás parecerá suficiente, y nunca lo será. Pero recuerdo algo escrito por el poeta estadounidense Christian Wiman: “[N]o puedes pasar toda la vida cuestionando si el lenguaje puede representar la realidad. En algún punto u otro tienes que creer que las deficiencias de las palabras que usas serán trascendidas por la fe con la que las usas”. La traducción también es eso, ¿no? Una mezcla extraña de utilitarismo y fe.

TLM:

Hay que ir de las ramas hacia el círculo y cerrarlo. Podríamos continuar, meternos ya por los atajos de la traducción: los traductores que simplifican, resumen, clarifican el texto original. Pero eso nos alejaría del final y nos desviaría precisamente de la metafísica y de la fe. El diseño de nuestras ramas perdería una parte de su credibilidad al ahondar en los detalles. Vaya que sería una conclusión anti-catártica. ¿Y quién quiere eso?


Autores
(Distrito Federal, 1959) es poeta y ensayista. Con Muerte en la rúa Augusta (Almadía, 2009) ganó el Premio Xavier Villaurrutia. Su libro más reciente es Amigo del perro cojo (Almadía, 2014).
(Nueva York, 1987) poeta y traductora, vino a México por primera vez a los nueve años, luego volvió para vivir en Oaxaca en 2005 y 2008. Licenciada en Letras Inglesas por parte del Swarthmore College (Pennsylvania), Robin dedica gran parte de su tiempo a la traducción de poesía hispanoamericana. Publicó por vez primera un poema suyo en The Kenyon Review. Ahora vive y trabaja en la Ciudad de México.

De qué me sirve quererte escuchar, de qué me sirve estar enamorado, si cuando marco a tu celular el saldo de mi amigo está siempre agotado. De qué me sirve escalar montañas, de qué me sirve cruzar un vado, si cuando te escribo por las mañanas no hay señal en ningún pinche lado. Pienso en tu exuberante pelo negro como tierra de vergel. Mientras elevo mi iPhone al cielo y grito: «¡chinga tu madre, Telcel!». Buscando… Sin servicio Buscando… Sin servicio Saber que lo están estafando hasta al Dalai Lama lo saca de quicio. El número que usted marcó no está disponible en este momento. Mi corazón se desconectó y mi bilis va en aumento. El número que usted marcó está fuera del área de servicio. Mi amor por ti no menguó pero localizarte es un puto suplicio. Me cansé de buscar señales De cazar redes sin candado Pero los planes son anuales y no quiero ser penalizado. ¿Será acaso que nuestro amor es demasiado profundo? ¿Será que por ser como un búnker estamos aislados del mundo? ¿Será que ya no me quieres y me mandas directo a buzón? ¿Será que más que las redes el defectuoso es tu corazón?


Autores
(Ciudad de México, 1985) es autor de Y, sin embargo, es un pañuelo (Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014). Estudió la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, donde no ha regresado y quedó a deber varias cuotas de estacionamiento. Es apasionado del cine, de Monty Python y de escribir semblanzas biográficas en terecera persona. Tuitea como @emedebaena

Hay dos identidades en el discurso de Güeros (2014), de Alonso Ruizpalacios. Dos voces que no se interrumpen ni se contradicen, sino que se turnan y se complementan. Si el México original fue el resultado de dos culturas —la indígena y la española—, el México moderno es la fusión de dos vecinos, el estadounidense y el mexicano; de dos razas, los güeros y los morenos; de dos clases, los ricos y los pobres. En este siglo multicultural no se distingue entre una historia y otra, ambas son una: más norteamericana en la memoria, músicos, celebridades, programas de televisión, cine; más mexicana en el carácter paralítico y la recurrencia de las revoluciones fallidas. Incluso es evidente el centralismo de la nación en la trama: el viaje comienza cuando Tomás (Sebastián Aguirre) llega a la Ciudad de México, que no es sólo la capital, sino el espíritu del país. Ruizpalacios encuentra a México escondido bajo el rock norteamericano, el marxismo alemán, la picaresca española y acaso la odisea griega. Entre lo uno y lo otro está el todo.

Como hermanos, Tomás, un adolescente güero, y Sombra (Tenoch Huerta), un joven moreno, representan la dualidad cultural de México: física y psíquicamente opuestos, este yin yang sintetiza la identidad nacional. La sorpresa que causa su parentesco expone el muy ignorado racismo mexicano, resultado de aquel origen de confrontación y mescolanza renuente entre españoles e indígenas. Ruizpalacios penetra en la consciencia nacional sin juzgarla; la muestra con la naturalidad de quien no sólo vive en ella, es parte de ella. Esta noción no de lo observado o de lo comprendido, sino de lo experimentado, abunda en Güerosy nos introduce en las complejidades de la dualidad mexicana.

La ciudad y los hermanos tienen tanto en común que sugieren ambos un espejo hacia la otra orilla: el güero y el moreno viajan por Santa Fe y Taltelolco, se juntan con los cineastas ricos y los universitarios pobres mientras usan la playera de Bob Dylan y buscan a Epigmenio Cruz (Alfonso Charpener). La visita a Cruz alude a la que le hizo Bob Dylan a Woodie Guthrie, pero el descubrimiento casi arqueológico del salvador del rock nacional, olvidado y borracho en una pulquería, es el enfrentamiento con una herencia mexicana. «Con tu música entendí lo que mi papá entendió», le dice Sombra, emocionado, en busca de un autógrafo. Epigmenio se queda dormido. Este chasco, junto con la descripción que hace una antigua amante de Epigmenio, «siempre echa todo a perder», son el lamento ante la promesa y la desilusión de la historia de México.

En otra escena, la voz norteamericana a través de Sombra recita el famoso «preferiría no hacerlo» de Bartleby para explicar lo mexicano. Las palabras de Herman Melville resumen la parálisis de la UNAM y de todo México. La huelga universitaria funciona como un símbolo de la inactividad nacional tras la farsa del Mexican Moment. El paro del paro que inician Sombra y su amigo, Santos (Leonardo Ortizgris), representa la apatía ante la pobreza intelectual de los universitarios que cierran una asamblea gritando: «¡Chichis, chichis!». Si la acción es insuficiente, creen ellos, la única solución es el exilio. Sombra suma estas actitudes y se nos aparece como un perfil de lo nacional y de la juventud. Ambas afiliaciones lo hacen culminar en una evacuación de sí mismo ante la catástrofe que demanda su acción. Sus ataques de pánico y sus visiones conjuradas por la droga reflejan su pánico ante el mundo en escenas visionarias. Ruizpalacios utiliza el sonido, entre la ciencia ficción de los años cincuenta y el ruido de la desconexión telefónica, para incluirnos en el ambiente paranoico al interior de Sombra. Él no es simplemente perezoso: está aterrorizado.

El amor de Sombra por Ana (Ilse Salas), una joven universitaria de piel blanca y con una posición social más alta, también es representativo del racismo antes mencionado y del clasismo. En Güeros, sin embargo, no hay victimización alguna, sólo una comprensión del intrincado ser nacional que, por un lado, se queja de ser discriminado aun cuando no lo es, y, por el otro, discrimina cuanto desconoce. En la fiesta de estreno de una película, Sombra ataca a la cinematografía nacional, compuesta, según él, por niños ricos que filman vagabundos en blanco y negro, pero ni siquiera ha visto el filme celebrado. Cuando Ana le pregunta por qué nunca le ha esclarecido sus intenciones, él contesta: «Ya sabes». Dado su carácter, podemos asumir que se trata de un complejo de inferioridad. Tomás lo cuestiona y lo ayuda a superar sus inseguridades como la otra mitad, la otra voz, que genera el equilibrio entre ambos.

Tras reintroducirse en los intestinos de la UNAM y sobrevivir el fiasco de Epigmenio Cruz, además de la experiencia de Tenochtitlán en sus cuatro hemisferios, Sombra enfrenta en el centro, que los mexicas pensaban era otro punto cardinal, un último golpe. La desilusión final recibe una respuesta inesperada, distinta, no resignada, sino abierta al mundo: una sonrisa. Incapaz de cambiar su entorno, de corregir los vicios de México, Sombra se admite ínfimo, finito y mortal. Su gesto es el resultado de la experiencia y del descubrimiento más importante de la juventud: no vivimos para transformar; morimos transformados. Ruizpalacios propone como primer paso hacia el futuro la madurez. El adolescente y México se encuentran y se abrazan, son uno, y la solución de ambos es también una: crecer.


Autores
(Distrito Federal, 1989) es crítico de cine para El Universal y cofundador de ButacaAncha.com. En 2015 fue el primer crítico mexicano invitado a Berlinale Talents. Ha colaborado en Excélsior, Frente, Milenio Semanal y Luces de la Ciudad.