Tierra Adentro

Originaria de Houston, Texas, Sharifa Rhodes-Pitts publicó su primer libro en 2011, Harlem Is Nowhere: A Journey to the Mecca of Black America, el cual fue acogido favorablemente por la crítica. Su trabajo se centra en la población afroamericana de los Estados Unidos, como se aprecia en este ensayo.

Hace poco, en el barrio de Flatbush, en Brooklyn, dos mujeres de treinta y veintitrés años de edad tocaron a la puerta de un depar­tamento; tras entrar, exigieron a punta de pistola que sus inquili­nos desalojaran el inmueble. El New York Daily News reportó que una de las mujeres declaró a la policía, a manera de explicación, que “estaba harta de que gente blanca se mudara a la zona”. El New York Post agregó que una de las mujeres estaba furiosa porque le habían rentado el departamento a los tres inquilinos blancos en lugar de a ella. Las tres víctimas —dos hombres y una mujer— hu­yeron del inmueble tras recibir una serie de extravagantes amena­zas de muerte. (“Si llaman a la policía o a la inmobiliaria, escogeré a cinco personas de los contactos de cada uno de sus celulares y los mataré. Si no se largan en veinticuatro horas, cinco tipos ven­drán a asesinarlos a todos”). Las dos mujeres, identificadas en los reportajes como Precious Parker y Sabrina James, se quedaron en el departamento durante dos días antes de ser aprehendidas por la policía. Los encabezados que detallaron el incidente declara­ban que las mujeres habían “invadido” el departamento tras el enfrentamiento armado. Esta mordaz descripción, junto con la supuesta motivación racial de las mujeres, transforma el incidente. Deja de ser sólo uno más de aquellos estrafalarios crímenes tipo Gotham que parecen hechos a la medida para la prensa amari­llista, y pasa a convertirse en un punto crítico de la prolongada lucha que las personas negras y pobres deben soportar para lograr vivir en esta ciudad.

Las mujeres fueron arrestadas por robo, asalto, detención arbitraria, posesión ilegal de un arma y amenaza. Hasta ahora no se han mencionado cargos por crímenes de odio (excepto por parte de los sarcásticos comentaristas que se preguntan por qué Al Sharpton, Jesse Jackson y Eric Holder no se abalanzaron sobre el caso).[1] Algo en el encabezado olía a humor negro, como si perteneciera a las adoradas noticias satíricas de nuestros tiempos. Un crimen que surgió más del hartazgo que de la malicia, que abiertamente declaraba algo que mucha gente piensa y dice sin recurrir a actos similares de violencia.[2] Teniendo únicamente los datos incluidos en los testimonios periodísticos, dudo que las acciones de las mujeres digan más de lo que las mujeres en sí mismas supuestamente dijeron. Sus acciones no pueden entenderse de manera clara y verosímil como actos políticos — la raza de las víctimas y la raza de los perpetradores no le dan coherencia al incidente de manera automática, éste no se ajusta a ninguna fábula post-lucha por los derechos civiles que nos contamos acerca de qué haremos para crear un mundo más justo.

¿Pero pueden las acciones de estas dos mujeres entenderse como una forma de resistencia? Una forma intrínsecamente fútil de resistencia, sin duda, pues literalmente se arrinconaron en una esquina sin posibilidad de escape. Inevitablemente llamarían la atención del Estado. Quizá, como muchos de sus colegas, ya se encontraban bajo vigilancia del Estado. Es decir, tal vez ya estaban viviendo en un cuarto sin salida. El intento de robo —¿secuestro de departamento?— buscaba obtener como botín el espacio físi­co, el arrendamiento, la ocupación. Pero una vez que obtuvieron el espacio, ¿qué iban a hacer con él? Ya no podían escapar. No podían intercambiarlo por dinero. Se hallaron atrapadas en una versión peor de la misma situación.

Tal vez lo que robaban era tiempo. Me adentro en los reportajes. En esos dos días de invasión. Estoy sentada con Precious Parker: y Sabrina James y su pistola y su cansancio —no, lo diré mi cansancio. Pues yo tampoco tendría la capacidad económica para mudarme al barrio en el que ahora vivo, sólo que yo no tengo una pistola ni la voluntad para utilizarla—. No queda nada por hacer en este cuarto, más que esperar, así que nos contamos historias. Les platico de Fannie Lou Hamer, famosamente harta y cansada de estar harta y cansada.[3] Hamer soportó golpizas y formó parte de un gran movimiento no violento, pero en respuesta a la amenaza constante del terrorismo de supremacía blanca en Misisipi, dijo, “tengo una escopeta en cada esquina de mi recámara y el primer blanquito que siquiera parezca tener intención de aventar dinamita sobre mi porche no le volverá a escribir a su mamá de nuevo”. Les estoy contando sobre la invasión de una ciudad provisional hecha de carpas en Lowndes County, Alabama, construida cuando los comuneros negros fueron expulsados desus granjas por intentar votar, en el mismo sitio donde surgieron las Panteras Negras.[4]

Precious Parker y Sabrina James usaron la amenaza de la violencia para obtener —no importa qué tan temporalmente— un espacio donde vivir, donde existir. Estoy intentando entender sus acciones a la luz de otros eventos que han sucedido en la ciudad, y que hemos acordado que son legales y no violentos. Supuestamente es un acto no violento cuando las constructoras obtienen privilegios especiales por incluir unidades de vivienda de “bajo costo” dentro de un nuevo edificio de lujo y entonces crean una segunda entrada, separada —una “puerta para pobres”— para ser utilizada por los residentes de clase baja. Supuestamente es no violento cuando los propietarios y los agentes de Crown Heights, Brooklyn, despojan sistemáticamente a sus arrendatarios por medio de adquisiciones de contrato irrisorias y desalojamientos injustificados.

Si este acto de “secuestro de departamento” tiene alguna legitimidad, se la toma prestada a la mismísima fundación de esta nación. He aquí el delito menor como reconstrucción histórica. Sin la ventaja de portar disfraces de la era de los peregrinos, Parker yJames ensayaron el método a través del cual la propiedad de estas tierras fue violentamente transferida de los pueblos indígenas a los colonizadores.

En mi libro Harlem Is Nowhere resumí el problema del futuro de Harlem como espacio negro de la siguiente manera: esta es nues­tra tierra que no poseemos. He aquí un territorio sobre el cual las personas negras tienen derechos espirituales y psíquicos, tras ha­ber sufrido aquí, haber amado aquí, haber guiado a generaciones enfrentándose a la destrucción aquí. El apego al lugar a través de las generaciones es un tema sobre el cual he hablado de manera pública y reiterada, buscando reivindicar el valor del enraizamien­to en una época donde su realidad vivida se erosiona. Sin embargo, ni al escribirlo ni al hablarlo me di cuenta de que lo hacía desde un cuarto sin salida. La transferencia violenta de la tierra en beneficio de los colonizadores europeos gestó la ficción de la propiedad, de la misma manera en que consagró la leyenda del cuerpo negro sin vida, sin valor, sin alma —que podía convertirse en esclavo—. Verdaderamente, nuestra tierra que no es nuestra.

Consideremos a James Weeks, un estibador de Virginia que probablemente fue esclavo. Es posible que antes de comprar las tierras que se convertirían en Weeksville,[5] él comprara supropia libertad. Es comprensible que la adquisición de la propia libertad fuera una respuesta pragmática ante la demencia de la esclavitud. Sin embargo, para existir dentro de los términos de esta libertad se requiere aceptar la idea de que uno puede ser comprado. La emancipación no revierte esto; la libertad no te vuelve completamente libre. El esclavo liberado, que se descubre a sí mismo como propiedad, inevitablemente participa del sistema que perpetró su cautiverio y usurpó violentamente la vida indígena. (Nótese el adjetivo “liberado”, el cual convierte a su sujeto en el objeto de las acciones de otra persona: una persona liberada no es lo mismo que una persona libre). Esto no desacredita el significado de Weeksville, pero nos ayuda a examinar adecuadamente las condiciones bajo las cuales se construyó. Fue un bastión de la idea de la libertad en una tierra fundamentalmente no libre. Era un cuarto sin salida —pero ahí dentro nos podíamos acurrucar para protegernos los unos a los otros y consolarnos entre todos y contar historias.

Weeksville es recordado como el refugio de los negros que esca­paron de Manhattan tras los disturbios de reclutamiento de 1863, pero el asentamiento se construyó sólo cuatro años después de los disturbios antiabolicionistas de 1834, cuando miles de blancos des­truyeron iglesias, casas y negocios negros, junto con otros sitios asociados al movimiento abolicionista. ¿Qué clase de casa puede uno construir en tiempos de disturbios? Los expertos en preserva­ción que trabajaron en la restauración de las casas en 1983, y que estaban acostumbrados a trabajar con “detalles arquitectónicos de gran estilo”, notaron, con un dejo de menosprecio, que “en rea­lidad estamos lidiando con estructuras comunes de bajo nivel”. Se trata de “lo que la persona promedio hubiera construido… aque­llo que alguien que lee Mecánica popular hubiera hecho si fuera a construir un avión. Se parecería a un 747, pero tendría un motor de vocho en el interior”. El New York Times describió las casas di­ciendo que “no tenían ningún estilo arquitectónico distintivo”. Sin embargo, es posible que el esfuerzo por preservar y restaurar las estructuras —es decir, de ajustarlas a lo que entendemos como un edificio— borrara sus elementos más interesantes. Quizá las casas fueron construidas con un estilo más allá de lo común, un estilo todavía no reconocido por los estudios arquitectónicos. Lla­mémosle afrobrutalismo, protofugitivismo o predestruccionismo. Esta es la casa que uno construiría, con escasos recursos, sobre la base inestable de la no libertad estadounidense, y con el olor no tan lejano de edificios de negros quemándose.

En tanto que anhelamos conmemorar tales esfuerzos, el intento de soberanía que se desarrolló entre los límites de la calle Fulton y las avenidas Ralph, East New York y Troy era ya un monumento cuando fue “redescubierto” en 1968 por dos conservacionistas que sobrevolaban el área en un avión de hélices. La gente que vivía cerca de los edificios Hunterfly, en las unidades habitacionales que se erigieron cual triunfo de la renovación urbana, no necesi­taban de su descubrimiento, interpretación ni conmemoración. ¿Acaso no bastaba como interpretación suficiente la vista de las casuchas derruidas que se podía apreciar desde las ventanas de los departamentos de las unidades?

Las obras de “Funk, Dios, jazz y medicina: Brooklyn negro radical”, [6] nos llevan a considerar cómo hemos vivido sobre estas arenas movedizas y de qué manera las prácticas fugitivas y las institu­ciones nos han otorgado una manera de expandir las posibilida­des de nuestra no libertad —y de qué manera pueden continuar haciéndolo—. Estos cuatro elementos constitutivos —funk, jazz, Dios y medicina— son los cuatro postes que enmarcan un cuar­to. Son formas de ser y de vivir y de pensar, todas conectadas por el tiempo: la deformación, contorsión y desafío del tiempo lineal que marca la música negra; los elementos trascendentes de la espiritualidad y la curación que alargan la vida. Cuando se construye sobre suelo inestable y tierra robada, quizás el material más importante sea el tiempo y la habilidad para habitar una idea expandida de la historia, como la que la profesora de Columbia, Saidiya Hartman, nos ofrece cuando afirma, “Yo también vivo en tiempos de esclavitud, y con esto me refiero a que estoy viviendo en el futuro creado a partir de ella”.

*Traducción de Marina Álamo Bryan

 

[1] N. de la T. Sharpton y Jackson son reconocidos activistas por los derechos civiles en Estados Unidos. Holder es la primera persona afroamericana en fungir como Fiscal General de los Estados Unidos. Sharpton y Holder son importantes asesores de Barack Obama.

[2] N. de la T. Bajo la promesa de “darte un techo sobre tu cabeza, comida sobre tu mesa y dinero en tu bolsillo”, el partido político The Rent is Too Damn High Party (Partido La Renta Está Muy Pinche Alta) ha postulado como su candidato a Jimmy McMillan, un activista político, en las elecciones para alcalde de la ciudad de Nueva York, en 2009, y para gobernador del estado de Nueva York, en 2010.

[3] N. de la T. Fannie Lou Hamer fue una líder y activista por los derechos civiles que participó en la lucha por el derecho al voto en Estados Unidos. En diciembre de 1964, Hamer, acompañada de Malcolm X, dio un discurso en Harlem titulado “Estoy harta y cansada de estar harta y cansada” (“I’m Sick and Tired of Being Sick and Tired”). La historia de la negación al voto por discriminación racial en Estados Unidos es larga y compleja, y ha tocado a distintas demografías, incluyendo a negros, latinos y asiáticos. Fue hasta un año después del discurso de Hamer que, con la Ley de Derecho al Voto de 1965, se lograron prohibir las prácticas discriminatorias que prevalecían —como el pago de impuestos y los exámenes de alfabetización— para poder acceder al derecho a votar.

[4] N. de la T. La Organización para la Libertad del Condado de Lowndes (Lowndes County Freedom Organization, LCFO), mejor conocida como el Partido Pantera Negra (Black Panther Party) por su logotipo del felino, fue una organización liderada por el activista Stokeley Carmichael y creado en 1966 en Alabama para luchar por el derecho al voto de la población afroamericana. En esa época, en Lowndes había 80% de población negra, pero 90% de la tierra era propiedad de blancos y ninguna persona negra había logrado registrarse para votar en más de medio siglo. Este movimiento, cuya resistencia se basó en el simple acto de lograr registrar a la población afroamericana para poder votar, inspiró la creación del Partido Pantera Negra de Autodefensa (Black Panther Party for Self-Defense), surgido en Oakland, California, cuyos miembros son más conocidos como Panteras Negras, y quienes solicitaron permiso a la organización de Alabama para adoptar su nombre y símbolo.

[5] N. de la T. Weeksville es un barrio en Brooklyn, Nueva York, en el vecindario actualmente conocido como Crown Heights, cuyo asentamiento original fue fundado a finales de la década de 1830 por esclavos libertos. Su nombre deriva de James Weeks, un estibador que compró tierras en la zona. Weeksville fue una de las primeras comunidades negras de Estados Unidos; ahí la población afroamericana podía poseer propiedad legalmente, tenían sus propias iglesias y uno de los primeros periódicos afroamericanos, The Freedman’s Torchlight. En 1968, el historiador James Hurley y el piloto Joseph Haynes emprendieron una búsqueda para hallar restos del asentamiento decimonónico original. Sobrevolando el área encontraron un conjunto de casas, escondidas al fondo de un callejón rodeado de unidades habitacionales. Llamadas las Casas de Hunterfly Road (Hunterfly Road Houses), han sido restauradas y ahora forman parte del Weeksville Heritage Center.

[6] N. de la T. Funk, God, Jazz, and Medicine: Black Radical Brooklyn fue una exposición organizada por el Weeksville Heritage Center en octubre de 2014.


Autores
Originaria de Houston, Texas. Publicó su primer libro en 2011, Harlem Is Nowhere: A Journey to the Mecca of Black America

Estela trabaja como traductora e intérprete médica en el sur de California (Estados Unidos), principalmente en áreas dedicadas al control de la diabetes, de la salud mental y análisis clínicos. De acuerdo con Estela, la traducción no tiene la atención que se merece; en el caso del español por ejemplo, se obvia el trabajo: se cree que alguien, cualquier persona, una de tantas que lo habla en clínicas y hospitales, podría hacerlo sin importar su formación y por lo tanto, que estará alerta a la lectura empática y solidaria que requiere el oficio. 

Cuando alguien en español dice: «Me quiero morir», ¿qué estrategia de traducción o interpretación utilizas?

Depende. Trato de ser fiel al significado y no exactamente a las palabras que utilizan porque, en realidad, no es lo que quieren decir.

Si alguien dice: «Me quiero morir», ¿cómo lo traduces?

Tengo que decirle a la terapeuta: «Ella dice que se quiere morir pero tal vez eso, en español, significa otra cosa». Aunque después de algunas sesiones, la terapeuta ya lo nota. Aun así les dice: «Podés llamar al 911 si te querés matar». Las preguntas (de la terapeuta o del médico) se ponen muy serias cuando dicen algo así. Una vez que la frase «Me quiero morir» aparece en la conversación, el terapeuta tiene que hacer un protocolo: «Estos son los números de teléfono a los que tenés que llamar si te querés herir, si te querés lastimar, o si querés herir a alguien más». Y el paciente que habla español se mata de la risa, diciendo: «No, eso no es lo que quise decir».

Hace rato dijiste que en la clínica se hablan distintos tipos de español (español con acento de Perú, de México, de Argentina) pero, ¿también hay acentos de personas cuya primera lengua es una lengua indígena?

Sí. En particular recuerdo a una señora que hablaba mixteco. Yo intentaba explicarle a la terapeuta que la señora tenía que traducir de su lengua al español y yo del español al inglés. O sea, las sesiones se hacían más largas. Tenías que tener un poco más de paciencia porque se pierde mucha información. Y también su manera de contar era diferente a la de una persona que sólo habla español.

¿Qué pasa cuando hay una traducción que pasa por tres lenguas y por tres sistemas de significación de la salud, del cuerpo?

El lenguaje médico que se utiliza en inglés es mucho más técnico. Hay palabras para todo lo que te está pasando. Especialmente para cosas psicológicas, por ejemplo: rushing thoughts. En español no tenemos ese concepto (pensamientos acelerados). Cuando se los digo a los pacientes me miran como diciendo «no entiendo, nunca he escuchado ese término» por más que existan esas palabras en español, entonces tengo que explicarles lo que significan. Es muy importante hacer la traducción porque si una persona lo hace a medias no se va a entender; se puede interpretar algo completamente diferente de lo que quiere decir el paciente. En español por ejemplo, es muy común (le ha pasado a mi mamá, a mi papá) que cuando murió mi abuela o mi tía, dijeron: «Ay, escuché que me llamaba». En inglés es súper serio que escuches que alguien te está llamando o que tengas alucinaciones sobre un pariente muerto. Pero en nuestra cultura es algo que decimos que nos pasa: vemos cosas, especialmente si una persona cercana muere; escuchamos voces y cosas así. Una señora decía que todo el tiempo escuchaba voces, que eran ángeles pero en realidad no era que «escuchara» voces sino que era la manera en que ella percibía su espiritualidad. Rezaba y cosas así. Pero para la terapeuta fue súper grave que ella dijera eso. En la psicología y en la medicina en inglés se obvian muchas cosas. Tengo que preguntar como mil veces la misma pregunta.

¿Aún hay muchos casos de negligencia médica por malinterpretación o sobreinterpretación de lo que dicen los pacientes?

Yo creo que sí.

¿Recuerdas alguno?

Bueno, la señora a la que le «dolía el cerebro». Nadie quería lidiar con ella porque le dolía el cerebro aunque en realidad, era la cabeza lo que le dolía. Entonces, yo lo que pido, a veces, cuando dicen algo así, es que señalen con la mano qué parte del cuerpo es; cómo se siente: se siente como que quema, como que arde, se entumece, etcétera. Trato de traducirlo a algo que la persona que habla inglés entienda exactamente. A esa persona no puedo decirle: «Me jalo los pelos». Ellos (los médicos) ya le ponen un nombre a jalarse el pelo y quitárselo. En cambio, en español son expresiones que utilizamos.

¿Algunas vez  los médicos han desconfiado de tu traducción?

Yo me aseguro de que entiendan bastante. Elaboro bastante de ambos lados para que se entiendan, pero a veces me doy cuenta de que los médicos no quieren eso. Nada más quieren que diga «sí» o «no». Pero usualmente los pacientes elaboran muchísimo sobre lo que les está pasando; o a veces les hacemos una pregunta a la que tiene que decir «sí» o «no» y elaboran más, se van a otro tema. Yo pienso que es algo importante lo que la persona dijo pero al doctor no le interesa saber sobre eso en ese momento Le interesa saber sobre lo primero que preguntó. Entonces, pienso que les molesta que elaboré demasiado pero nunca han dudado de mi traducción. Hasta ahora.

¿Cuáles son, en tu opinión, los inconvenientes o riesgos de trabajar en un proceso de mediación entre un médico y un paciente, un proceso delicado que involucra la salud del cuerpo?

No es lo mismo ir al doctor en inglés y que te lo traduzcan —por más buena que sea la traducción—, a hablar con un doctor que sepa tu lenguaje. Y no sólo en términos de traducir el lenguaje y de saber cómo se dice; por ejemplo, si un paciente te dice «no tengo papeles» saber qué significa «no tener papeles». Yo, desde una perspectiva como migrante, sé qué significa. En cambio, las psicólogas creen que no tener papeles significa «no hiciste tu ciudadanía» en la mayoría de los casos. No entienden la complejidad de lo que significa, lo difícil que es y el tipo de efecto que tiene en las personas. No creo que entiendan. O sea, me doy cuenta por las preguntas que hacen. Si alguien dice «No tengo mis papeles, me preocupa. Es mi preocupación más grande», la señora le pregunta: «¿Y cuándo los vas a hacer?», como si fuera algo fácil.

Como si no los hubieran tramitados por irresponsables.

Como si fuera algo fácil de resolver. No son los mismos problemas que tienen quienes hablan inglés. Y me imagino que es lo mismo con los pacientes asiáticos porque tuve que estar en las traducciones de los pacientes de Laos.  Por ejemplo, los que vienen de la guerra y tienen Síndrome de Estrés Postraumático dicen: «El psicólogo que me vio no sabe lo que es ir a la guerra». La psicóloga que está asesorando a una persona que es refugiada de guerra de Laos tiene mi edad (27 años), o sea, no creo que ella llegue a comprender la complejidad de este problema. Y lo mismo con la terapeuta, no creo que llegue a entender que es «no tener papeles» o venir de «migrante». No es que no entiendan y que no lo puedan asesorar, pero no lo comprenden de la misma manera que una persona de ese mismo entorno. Entonces, para mí sería mucho mejor que estos servicios queden en la misma comunidad a la que están sirviendo.

¿Con médicos o terapeutas migrantes, bilingües, biculturales?

O por lo menos que se relacionen más con tema, o que tengan algún tipo de entrenamiento sobre lo que es.

En tu experiencia, y en la experiencia de las personas con las que trabajas, ¿qué significa ser migrante, cómo se traduce en el cuerpo «no tener papeles»?

No tener papeles es como vivir prestado de todos los servicios que te da Estados Unidos. Así se siente. No puedes en realidad, ir al doctor. Sentís que si estás yendo al doctor le estás quitando al país. Está el mito de que si pedís ayuda social, si te metes al medicare, no te van a querer dar los papeles porque fuiste un cargo para el Estado. Entonces, significa enfermarse lo menos posible. Eso es lo que vivir sin papeles significa. O sea, no ir al psicólogo, no quejarse de lo que te está pasando. No ser una carga, pienso.

¿Y cuándo sí van al médico o psicólogo, cómo se traduce?

La verdad no es tan popular; o sea, yo soy la primera traductora que tienen en español y esa clínica tiene como quince o veinte años. El traductor de Laos y la traductora de vietnamita están ahí desde entonces y es el primer año que me contratan. O sea, todos esos años, ¿nunca tuvieron pacientes que hablaban español?, ¿recién se les ocurre que los pacientes que hablan español necesitan ayuda de salud mental? Me parece raro. Y citas, tengo bastante pocas durante la semana. Además, las que hay no vienen a las visitas y cuando vienen casi siempre son cosas mucho más graves de lo que les pasa a los pacientes que hablan inglés. Los pacientes que hablan inglés tienen depresión pero por otras razones; la mayoría de las mujeres que atendemos (que hablan español) es por violencia doméstica, violación, abuso sexual; cosas que en la clínica nos parecen muy graves.

¿Se habla mucho de no tener papeles como parte de los padecimientos?

No se habla mucho. No se toca ese tema. Yo pienso que se tendría que hablar más. Ellos piensan que es como un tema legal pero llega a ser muy personal. El miedo de ser deportado es bastante real, y está siempre ahí. Te puede pasar en cualquier momento.

Hace un rato dijiste que no era tan popular, ¿te refieres a que no le interesaba a la clínica o a que los pacientes no buscaban este tipo de «ayuda»?

Las dos cosas.

Y ¿por qué tienes pocos casos o se te asignan casos de personas que no van? ¿Discriminación?

Eso ya sería mi opinión. Pero yo pienso que sí tiene mucho que ver; como ellas [las terapeutas] piensan que los pacientes que hablan español tienen casos más difíciles en general, no tienen ganas de atenderlos. Y esos pacientes desconfían de la psicología y de la psiquiatría; al psicólogo van, pero al psiquiatra no quieren. Una señora me dijo que la vecina ya no querìa que le cuidara a sus hijos porque «iba al psiquiatra, porque estaba tomando chochos». O sea, cuando quien asigna los casos sugiere que vayan al psicólogo, la primera pregunta que hacen los pacientes es: «¿Estoy loco?, ¿qué me pasa?». Entonces, creo que hay desconfianza por parte de la población latina en esa área y al mismo tiempo las trabajadoras que asignan los casos prefieren mandarlos a otras instituciones y también las terapeutas, como que no están preparados.

Y, ¿existe algún tabú sobre la medicina de las personas que sí van al psicólogo?

A mí me parece, a veces, muy poco lo que sugiere la terapeuta: respirar hondo, ir a caminar, cosas así. Por ejemplo, no tener papeles no se cura con salir a caminar 30 minutos al día y cortar las plantas. Y ése es el problema, ella sugiere algo y no funciona. Y vuelve el paciente con el mismo problema porque en realidad, no tener papeles es algo que no depende de vos. Está más allá de tus capacidades. Son personas que quizá no tendrían problemas si se resolviera su problema migratorio.

Hemos hablado sobre todo, de la mediación de ida: del paciente a la terapeuta; pero ¿qué sucede con la interacción de regreso, la traducción del terapeuta al paciente, del inglés (médico) al español?

A veces me parecen pedantes los doctores. Como te digo, no hace falta explicar las cosas tan técnicamente, por ejemplo con el término rushing thoughts. Yo digo que todo es burocrático, como que necesitan ese término para que cuando lo escriban en las notas se vea si el paciente tenía que estar acá o allá; si ese paciente me correspondía o a alguien más. Para eso se utilizan esas palabras técnicas pero cuando yo las tengo que traducir, tengo que explicarlo. No es que yo piense que no entienden sino que los pacientes, en general, (incluyéndome) no entendemos los términos médicos de la misma manera que los entiende el doctor. Para ellos, si el paciente no entendió es culpa del paciente. Por eso intentó explicarlo.

¿Qué es lo más difícil y problemático para traducir?

Cuando tenés que decir en primera persona. «Me violó», «me agarró», «me encerró», «me tiró». O sea, obviamente que no siento que me esté pasando a mí de la misma manera que le pasó a esa persona, pero siempre es incómodo. No es que me esté quejando de que es incómodo, pero es algo que otras personas que hacen traduccion me han dicho. Lo más incómodo es contar ese tipo de hechos en primera persona: «Yo lo hice», «Esto me pasó a mí», cuando en realidad le pasó a alguien más.

¿Crees que en esos casos, dejaría de ser incómodo si no utilizaras la primera persona?

Sí: «Él dijo». Pero no es lo mismo. Le pone muchas trabas. Se me hace más complicado. Por ejemplo, si alguien me dice: «Él me vino a visitar». Entonces tengo que decir: «He came to visit me», o puedo decir «He said: He came to visit him». Ya son dos personas a las que me estoy refiriendo.

¿Eso es una regla del trabajo?

No, me sorprende lo informal que son a veces con la traducción. Básicamente yo soy quien hace las reglas. Les digo, «¿cómo quieren que lo haga?». «Como vos quieras». «Como te parezca mejor».

Entonces, ¿cuándo le traduces al médico no requieres apropiarte de nada?

Los pacientes no diferencian el papel que hago como traductora al que hace el doctor. Yo nunca puedo decir mi opinión aunque sepa la respuesta. Pero en ocasiones, si la terapeuta dice: «Ay, siento mucho que te sucedió eso». «I´m so sorry». Entonces yo tengo que decir: «I´m so sorry» o «la verdad que siento mucho que haya pasado eso». O « te recomiendo tal cosa». Pero, a veces hay gente que piensa que yo se lo estoy diciendo. Entonces, tengo que decir, el «doctor está diciendo» esto.

Tu función no sólo es de traductor y de intérprete.

He aprendido mucho. Eso es otra cosa. Como es una clínica de bajos recursos, no contrataron a una traductora con licencia de traductora. Si hubieran contratado a una traductora médica le pagarían el doble de lo que me pagan a mí.

El inglés lo hace mucho más técnico, mucho más burocrático. Es muy importante la persona que traduce. Eso es lo que me da miedo. Yo le pongo muchas ganas a lo que hago pero los médicos no saben español y cualquier otra persona podría decirles cualquier cosa. Nunca me puse a pensar lo importante que era (en el cuidado médico) la traducción y hablar el mismo idioma que hablas con el doctor. Conozco a muchas personas que hacen traducciones médicas y tal vez no lo hacen por ayudar a la comunidad sino por una cuestión económica: pagan como 30 dólares la hora y les parece un buen trabajo, aunque también hay cierta prepotencia de decir: «Yo hablo bien el español, el paciente es una persona ignorante que no sabe el español de la misma manera que lo sé yo. Yo sé inglés, yo sé español». O sea, hay muchas personas que tienen esa actitud.

¿Cómo definirías una ética de la traducción médica?

Yo creo que, como ser consciente de que el lenguaje que estás utilizando no es correcto o incorrecto; nada de lo que estás diciendo está correcto o incorrecto. Ninguna manera de decir algo está bien o está mal. Toda manera de hablar (en el lenguaje que sea) es comunicación de una forma u otra. Tenés que tomarlo por lo que es, no tenés que estar juzgando a alguien porque no habla el español que vos hablás, o porque no habla inglés, o porque no habla español «correcto». Considerar de dónde viene la persona, también. Como te decía, considerar lo que la persona está tratando de decir más que la traducción literal de lo que está diciendo.


Autores
(Ciudad de México, 1982). Es artista visual y editor. También escribe. Actualmente trabaja en edicionespatito.org. Vive en la frontera norte.

Shoshana Seidman ha sido desde mesera y profesora de primaria hasta diseñadora gráfica. Estudió Literatura y Escritura creativa en la Universidad de California en San Diego. La memoria, la devastación y el cuerpo son algunos de los temas que permean sus ensayos.

Los fractales son matemáticos. Los fractales son patrones sin fin. Ambas cosas me asustan.

La complejidad infinita, la repetición infinita, sin importar que cambie la escala, es la antítesis de la supervivencia. Si no se pue­de crear un patrón alternativo, si no se puede escapar a la ampli­ficación de la deshumanización, ¿se puede crear una identidad? ¿Un fractal es un lenguaje impuesto, la inalterable y suprema ley?

Podemos hacer un zoom eternamente.

En la naturaleza observamos esto en los árboles, ríos, vasos sanguíneos. En matemáticas, lo vemos en el conjunto de Mandelbrot. Una y otra vez se calcula una ecuación simple y se vuelve a introducir. De la simplicidad surge la complejidad. El patrón continúa hasta que ya no vemos con claridad. Sólo vemos el monstruo que se crea a partir de eso, un monstruo fractal de rama rama rama árbol.

El árbol se forma a partir de un millón de patrones similares entre sí. Quisiera un árbol distinto, pero ni siquiera puedo desen­redar la simplicidad. ¿Cómo regreso a la raíz? ¿Me será posible crear un nuevo lenguaje si desciendo por las ramas más chicas, serpenteando de vuelta al tronco, postrándome en la raíz? Puedo intentar hallar el rumbo de vuelta al principio. ¿Terminaré a pesar de todo de vuelta en el mismo patrón?

Los fractales se encuentran en las neuronas. Durante mi infan­cia, estaba obsesionada con la repetición, la compulsión obsesiva por el interruptor de la luz que encendía y apagaba y encendía y. Mis neuronas fallaban, construían monstruos neurológicos com­plejos a partir de los patrones más simples. Se repetían de mane­ra equivocada. No tienes que hacer eso, me decían. Sólo prueba, a ver qué pasa. Me encontraba indefensa ante los patrones que culebreaban como raíces en la apertura de mi cerebro oscilante. Crear un lenguaje implicaría la creación de muchos más patrones simples, patrones que tendrían que luchar contra la bestia fractal que ya había reclamado su parte.

La firma en los correos de mi hermano cita a Lao Tzu: Un viaje de mil millas comienza con un solo paso.

¿Pero qué tal que te cansas? A veces es más fácil dormir que construir nuevos lenguajes. A veces das un paso, y luego otro, y otro, y otro, y sin embargo. Terminas tomando el mismo camino.

Otra vez: ¿puede existir un lenguaje nuevo?

Mi padre es un fractal.

¿Pero y si fuera un fragmento de fractal? Por ejemplo: él es. Por­que cuando se enfrenta a cosas fuera de su percepción y de sus experiencias, cuando se enfrenta a cosas fuera de su repetición infinita de patrones

Debe

Cortarse

En alguna parte.

Cuando mi hermano menor tuvo una sobredosis de drogas en una especie de idea semisuicida y luego entró en coma y luego despertó

Y quería

Sólo sándwiches de pollo de Islands (o, en realidad, el Shorebird),

Mi padre dijo

Denle todos los Shorebirds que quiera

Si eres un fractal

Una forma de compensar

Por los corazones perdidos puede ser

Con sándwiches de pollo infinitos.

¿Cómo perdonas si eres un fractal? ¿Si no puedes escapar de la autosimilaridad, el infinito, la repetición? Tus costumbres son fijas, pero entonces te encuentras con otro fractal. Quedas fas­cinado. Tu cuerpo debe encontrar una forma de lidiar con la autosimilaridad de alguien más. ¿Qué pasa cuando chocan dos simples patrones repetitivos que se forman una y otra vez? Ya no tienes que vértelas con tu propio monstruo fractal. Ahora debes:

asimilar,

incorporar,

tragar,

regurgitar,

destruir,

O puedes simplemente tratar de amar. Eso es un lío.

Cuando me hice un tatuaje mi padre se rio a medias y me dijo

Deberías ver todos los tatuajes en Inland Empire

La idea de convertirme en parte de

Una colección

Fractura

Sus ideas sagradas de: hija.

O será que eso pasó

Hace muchos años

Cuando se

Acostó junto a mí en la cama y dejó que su cerebro me con­tara historias

Y su cuerpo (Algún Cuerpo, Otro Cuerpo, Otro Patrón, El Cuer­po de Alguien Más —estas eran algunas de las historias que me solía contar hasta que admitió

Era yo)

Tocó el mío

Hasta que se

Fracturó. La. Única. Manera.

De formarme una nueva realidad

Era. Partir.

La única manera

Ahora

De perdonar

Es decirme

Que no es posible que todo sea físico

Y dejar que mi padre mire cómo la cicatriz de ese nuevo patrón

Mi patrón

Se forma en su nuevo

Cerebro.

Pero formar un nuevo patrón implica

Una nueva forma de ver

Para los ancianos

Que puede ser muy difícil

Copodenievecopodenievecopodenieve.

Nieve.

Una espiral es un tipo de fractal, que combina la expansión y la rotación. Los mismos patrones una y otra vez crean conchas, huracanes, galaxias. Cuando interactúan dos espirales, ¿siguen moviéndose hacia dentro? Por ejemplo: dos galaxias chocan. Por ejemplo: dos conchas se tocan en la arena. Por ejemplo: dos puños se enrollan hacia adentro como hojas de helecho, pero se rozan. ¿Y qué pasaría si un patrón de ramificación pincha y punza una espiral? ¿Hay algún tipo de interacción o el patrón individual se interioriza y se vuelve tan fuerte en su simplicidad que puede seguir existiendo sin importar que Otro externo se le imponga? Ambos estamos tan convencidos de nuestros patrones que no hay forma de que permitiéramos la entrada de una ecuación distinta.

Si esto es cierto, le veo muy poco sentido al mundo.

Pero me reconforta el hecho de que quizá debe haber cica­trices. Quizás un moretón, una alteración en el patrón. Cuando chocan dos patrones, el perdón puede ser una cicatriz. Puede ser tan brillante que ni siquiera podemos verla entre la repetición. La limitada percepción espacial de nuestra visión puede tragarse la cicatriz. Pero me consuela saber: que sobrevive. No obstante: puede ocurrir una mezcla topológica. Con el tiempo los patrones se expanden tanto y abarcan tanto que deben sobreponerse. Es inevitable. Es un lío.

El triángulo de Sierpinsky nos muestra cómo crear un fractal mediante el proceso de eliminación. Se elimina una y otra vez el triángulo interno de la generación anterior. Se forman más y más hoyos, creando, con los patrones más simples, un complejo mega­triángulo lleno de huecos. En cierto aspecto esto me reconforta. Sin importar cuánto descarte, siempre habrá cierto sentido. Sin importar cuántas heridas tengo, todavía puedo parecer un ser funcional en el mundo simplemente porque sigo siendo una re­petición de patrones que los otros pueden comprender y calcular.

Por otro lado, esto verdaderamente me perturba. Si quiero vol­ver al inicio, si intento eliminar todo y deshacerlo todo para for­mar un nuevo lenguaje, quizá la deconstrucción es inútil. Quizá pareciera que puedo empezar de nuevo, pero si todo se reduce a un patrón claramente calculado e inequívoco, y hay muy poco es­pacio para alterarlo, no importa cuántos hoyos haga, no importa cuántos triángulos descarte, ¿vale la pena empezar?

¿Debería mejor dormirme?

Y sin embargo. Todos los fractales están al límite. En otras pa­labras: sólo existe una línea borrosa, incluso cuando nos aden­tramos más y más profundo en el patrón. Los fractales hacen visibles los patrones algebraicos, pero conforme nos acercamos aparecen más detalles. Desmitifican lo abstracto, pero a la vez lo vuelven más complejo. Amplificación (y desamplificación) se vuelven infinitos. Esto me reanima: existe belleza en lo cono­cido porque es un misterio hasta dónde llega. Quizás el lenguaje está pre-determinado, pero podemos amplificar y reducir a vo­luntad. Podemos seguir y seguir y. O podemos dormir. La repe­tición seguirá allí, esperándonos cuando despertemos. Entonces podemos sembrar el caos.

Incluso cuando crees que lo has perdido todo, puedes recordar: con el tiempo puedes crear un monstruo glorioso y complejo con sólo comenzar de nuevo. Una bifurcación simple, ramificándose una y otra vez a la potencia de dos, otorgará resultados deslum­brantes. El lenguaje es accesible para ti, desde el principio, de raíz.

Entra en juego la teoría del caos: a pesar de que nuestros siste­mas nos determinan, la predicción a largo plazo es prácticamente imposible. Con una variación simple de las condiciones iniciales, el resultado puede alterarse drásticamente. Las cicatrices nunca se pierden y, además, incluso: importan. Esto es hermoso, signi­ficativo. Tu fractal nunca, nunca será exactamente igual al mío. Los patrones deben formarse alrededor del dolor, el amor, el sufri­miento, al igual que las raíces de un árbol se retuercen y el suelo se agrieta y burbujea en la base. Las raíces importan. La introduc­ción de variables importa.

Pero es el caos. No es aleatorio. A pesar de todo, tendrá cierto sentido. Busco esto, aunque sé que no debería. Lo necesito.

Pienso en el padre moribundo de mi colega

De ochenta y tantos años

Teniendo que ver a su hijo de cuarenta y cinco casarse

Con tanta alegría

Y después enterarse

De su corazón roto

Destrozado

En tantos pedazos

Cuando su esposa

Le pidió el divorcio

Poco

Después.

El padre

Su padre

Debe estar

Bien, bien, sí

Tan cansado de los corazones

Rotos

A estas alturas con su esposa muerta pero aún

Ama a su hijo

Que lo lleva a cualquier cita que tiene porque la única alternativa es

Morir

Ahora.

La forma de compensar

Las fallas y los errores del tiempo podría ser

Encontrar un patrón

Intermedio

De dimensiones familiares

Señalar un árbol y decir

Al menos en eso

Podemos confiar.

Una vez y otra y.

 

 

*Traducción de Jazmina Barrera Velázquez


Autores
Estudió Literatura y Escritura creativa en la Universidad de California en San Diego. La memoria, la devastación y el cuerpo son algunos de los temas que permean sus ensayos.

En este ensayo, la neoyorquina Jess Stoner, autora de la novela I Have Blinded Myself Writing This, hace un recorrido a pie para entregar el correo a los residentes de Austin, Texas, y pone en primer plano la crudeza de trabajar en el servicio postal en esta época dominada por el internet, los emails y la comunicación digital.

 

Después de hacer exámenes para evaluar mi personalidad y mi memoria, me hicieron una entrevista de cinco minutos y me con­trataron como cartera asistente (CA) en el Servicio Postal de Es­tados Unidos (USPS).

El puesto de CA, similar al de un cartero por contrato, se creó en el 2013 para ahorrar gastos al USPS y para mover empleados bien remunerados a trabajos donde ganaran menos. O, como me gritó un supervisor distrital: “EXISTES PARA REDUCIR LAS HO­RAS EXTRA”.

En cuarenta horas de entrenamiento aprendimos que las hojas son tan resbalosas como el hielo, que ya nadie se viste “postal” (en cambio se ven, como dijo mi entrenador, “preparatorianos, como de Columbine”) y, como estábamos en Texas, que necesitamos “dejar la pistola Glock en casa”. También nos advirtieron que no pidiéramos ni un día libre. Otro futuro CA, un veterano de Afga­nistán que se sentaba a mi lado, renunciaría meses después. Su esposa e hijo tuvieron un accidente automovilístico y los llevaron al hospital. Su supervisor le dijo que podía visitarlos pero que de­bía regresar a entregar el correo. Llevaba trabajando catorce días consecutivos.

El primer día que repartí el correo, una niña y su hermano me abordaron en la cerca de su casa. La niña me dijo que era su quinto cumpleaños y después me preguntó si yo tenía una mamá. Le dije que sí y me respondió que la suya había muerto. Le entregué el correo y lloré mientras caminaba a la siguiente casa. Fue un primer día emotivo, despacio y, sin embargo, estimulante, hasta que sonó mi teléfono y mi jefe gritó, “¿POR QUÉ NO HAS REGRESADO A LA ESTACIÓN?”. Me apresuré, con torpeza, incluso fui más lento, y entonces ocurrió un milagro: otra cartera, ya de regreso a su casa, se detuvo a ayudarme con las últimas entregas de mi ruta. Antes de renunciar, lloré una vez más. Estaba cubriendo una ruta en donde los buzones de los departamentos eran viejos, a menudo no abrían y, cuando lo hacían, los revisaban con tan poca fuerza que tenía que empujar las cartas para que cupieran. Entonces el lazo de mi morral se rasgó, solté mi escáner y se rom­pió. Llamé a la estación para decirles que se me haría tarde. Mi su­pervisor gritó “ERES TERRIBLE”, y le contesté: “hago lo mejor que puedo”, y de verdad lo hacía. Cuando una supervisora asistente llegó, veinte minutos después, le agradecí, aunque no pudo hacer que el buzón cerrara, y se volteó para no ver mi rostro. Manejé hacia mi siguiente ronda sollozando fuerte, mientras caminaba entre setos y ramas de árboles para meter gruesas revistas por rendijas afiladas que hacían sangrar mis dedos. Cuando por fin llegué a la estación, mi supervisor me preguntó si había llorado. Le dije que mis alergias eran horribles. Otro cartero ya me había dicho que nunca les mostrara el daño que me causaban.

Trabajar en la Oficina de Correos me cambió. No corría de casa en casa para entregar el correo tan rápido como podía para pro­bar que podía hacerlo y hacerlo bien. Corría porque no quería que me gritaran.

En mis tres cortos meses en el trabajo desarrollé una virtud que odiaba: guardar silencio. No contradije a mi supervisora cuando le dijo a mis compañeros que yo fumaba en mi vehículo (nunca lo hice); me quedé callada cuando una empleada que estaba pa­rada junto a mí me gritó que los CA no debían quejarse sobre ella al sindicato (nunca lo hice, aunque tenía el derecho de hacerlo); guardé mi enojo cuando un supervisor asistente comentó a los carteros que yo había dicho que terminé antes porque los demás salieron a comer (nunca dije nada parecido).

Bajé siete kilos en mis primeras seis semanas de entregar el correo. En mi estación, cada ruta de hasta diecinueve kilóme­tros estaba diseñada para recorrerla en seis horas, con dos des­cansos pagados de diez minutos y media hora no pagada para comer, que se restaba de tu cheque sin importar si la usabas o no. Entregaba el correo seis días a la semana y paquetes en do­mingos. Nunca comí.

Así funciona un día normal en la entrega de correo. Llegas a la estación a la hora acordada; unos días checas, empacas tu corres­pondencia y sales. Otros días te piden que esperes, sin paga, por­que tus cartas aún no están listas. Otros, tu jefe te llama a la hora del desayuno para que te reportes en una estación diferente. Lle­gas al lugar a la hora acordada y, un rato no remunerado después, un supervisor te encuentra una ruta y por fin puedes ponerte al corriente. Mientras escribía este ensayo, supe gracias a un repre­sentante sindicalista en San Antonio que debieron pagarnos las horas que nos hicieron esperar. Así es posible trabajar siete días a la semana y no generar tiempo extra. La USPS roba salarios.

Otro CA con el que hablé, que trabaja en Nueva York, me contó una historia reciente sobre una CA nueva que entregaba el correo después de las 7 p.m. en su segundo día en el trabajo. Cuando el cartero preguntó a su jefe qué iba a pasar, el supervisor dijo con calma, “aún no tiene su insignia, llegó hace veinte minutos”. La CA no podía checar de entrada o salida, así que el supervisor lo hizo por ella. Estas no son historias exclusivas de una estación. Hay docenas de foros en internet en donde los empleados postales escriben sus quejas en miles y miles de páginas.

Ya con unos meses en el trabajo, un perro me mordió. Aca­baba de entregar en una casa y estaba preparando el correo de la siguiente cuando vi al dueño. Después de saludarlo, caminé sobre su pasto mientras su perro, sin correa, escondido en el patio, se abalanzó sobre mí. En menos de un par de segundos saludé cor­tésmente a un cliente y su perro me había arrancado un pedazo de pantorrilla. Él y su esposa estaban horrorizados. Me preguntaron si estaba bien, y pensé que sí, estaba bien, hasta que vi la sangre corriendo por mi pierna. Guardaron al perro en la casa y me senté en su entrada, aún con sus cartas, mientras la esposa me ayudaba a limpiar la herida. Cuando llamé a mi supervisor asistente para decirle lo que había pasado, me preguntó si podría continuar entregando el correo; dije que podía, y lo hice.

Cuando llegué a la estación le pregunté a mi supervisora si ya sabía las noticias. Sólo dijo “Es probable que te despidan”. Le pre­gunté si no debí reportar mi herida. Se calmó, dijo que pelearía por mí, pero que quizá no sería suficiente. Había llegado a traba­jar diez horas antes, siete y media de las cuales eran pagadas, y ahora tenían que ponerme una inyección contra el tétanos y me iban a despedir.

En las siguientes semanas, carteros de varias estaciones me dijeron que no debí reportar la herida, que atraer atención es lo peor que podía hacer. En mi junta disciplinaria me preguntaron si tenía un perro. Cuando dije que sí, mi supervisor dijo, “ese es el problema. No le tienes miedo a los perros”. Me pidió que repitie­ra qué es lo que había aprendido en mi entrenamiento y le con­testé con honestidad: que no te muerdan. Al final me preguntó: “¿Quién es responsable de tu seguridad?”. Esa es una pregunta de la que sabía la respuesta correcta: yo.

En promedio, cada día diez carteros reciben heridas relacio­nadas con caninos. Busquen en Google “perro mata cartero” y encontrarán que es algo que sucede cada año.[1] Una semana des­pués de que me mordieron, una mujer de un vecindario adinerado me recriminó que necesitaba “superarlo” cuando me rehusé a entregarle sus cartas mientras su bulldog ladraba a su lado. Una vez salté desde el piso hasta la cajuela de un carro para escapar de un perro que se me aproximaba. Cuando su dueño se acercó para llevárselo juró que su perro jamás me hubiera hecho daño y me dijo que estaba exagerando.

Nunca volví a escuchar una palabra de mis supervisores sobre la mordida. Semanas después, a mitad de la noche, me enredé con el cable de mi laptop y me rompí el pulgar del pie. Tres se­manas no remuneradas después, regresé a la Oficina de Correos y descubrí que un supervisor distrital había tomado el mando. Cuando me acerqué a decirle buenos días, se presentó a sí mismo como “Señor Green”. Me permití tener un momento de enojo en el que pensé “si le vas a pedir a otro adulto que te llame ‘Señor’, entonces tendrás que llamarme ‘Doctora Stoner’”. Pero nunca mencioné en la estación que tenía un doctorado, ¿por qué habría de hacerlo si trabajaba con veteranos que merecían mucho más respeto del que me daban mis credenciales académicas?

En las siguientes semanas, el señor Green comenzó a gritarme, “SÓLO ERES UN RIESGO”, “EXISTES PARA REDUCIR LAS HORAS EXTRA”, para reforzar una regla que nunca nadie me explicó: teníamos que checar de salida antes de las 5 p.m.

Traté de explicarle al señor Green que la mayoría de los días no podría salir de la estación antes de las 10 a.m., con más de ocho horas de correo por entregar. Si tomaba en cuenta los tiem­pos de viaje y rutas auxiliares, no podía terminar a las 5 p.m., ni aunque corriera entre las casas y me quedara sin comer. ¿Su respuesta? “Tendrás que trabajar sin horas extras”. Me ofreció una alternativa: hacer las rutas más rápido de lo requerido, o admitir todos los días que no soy buena para este trabajo. El ambiente laboral, que solía ser tóxico, se había vuelto por com­pleto insostenible.

Renuncié semanas después. En la sala de emergencias, dro­gada con una solución intravenosa de hidromorfona después de sufrir una lesión de espalda en el trabajo, tuve un momento de lu­cidez: no existe un “mañana será mejor” para los trabajadores de la Oficina de Correos. Desde mi renuncia, las conversaciones que he tenido con los empleados de mi antigua estación sólo confir­man esta deprimente conclusión. Un CA con el que hablé aca­baba de terminar su decimoséptimo día de trabajo consecutivo. Otra me dijo que estuvo en un pequeño accidente automovilís­tico en un vehículo del trabajo. Cuando la supervisora llegó, la insultó tanto que el policía tuvo que decirle que no le hablara de esa manera a su empleada.

Quizá piensen que, después de mi experiencia, apoyaría que se elimine la entrega sabatina y que privatizaran la Oficina de Correos. Están equivocados.

Aunque el ambiente laboral hostil había empeorado al grado de que comencé a grabar ilegalmente conversaciones con mis supervisores, me gustaba mi trabajo. Los sábados en la mañana me seguían los niñitos en pijama. Un viejo que vivía en una de mis rutas frecuentes me acompañaba y me contaba chistes. Me encantaba entregar a los abuelos tarjetas de cumpleaños escritas por sus nietos. Algunos clientes dejaban notas en sus buzones que decían “Gracias por tu buen trabajo”.

Respeté y amé a los carteros con los que trabajé: el que me regaló un cinturón cuando mis shorts me quedaron demasiado grandes; el que tenía más de setenta años, increíblemente amable, que una vez, cuando tomé su ruta en su día libre, se detuvo para ayudarme a organizar el correo bajo la lluvia.

Nunca apoyaré ninguna acción contra la Oficina de Correos que dañe a los empleados a los que anhelaba encontrar cada día, los que preguntaban qué tal había estado mi día incluso cuando esa pregunta hiciera que mi jefe gritara “NO LES PAGO PARA QUE PLATIQUEN”.

El problema con el Servicio Postal no son los carteros. Cuan­do veo videos en donde tiran los paquetes a un río, pienso que cualquiera que entregue correspondencia ha soñado con hacer eso. No porque sean flojos o vengativos, sino porque muchos no tienen días libres, ni estabilidad en el trabajo, y los obligan cons­tantemente a trabajar violando las leyes laborales.

La idea de que esto se soluciona con la privatización de la Ofi­cina de Correos es equivocada. FedEx lidia con varias demandas por robo de salarios al igual que UPS, además de la discrimina­ción racial.

Mientras Estados Unidos espera saber qué sucede con la Oficina de Correos, este es mi consejo para ustedes, receptores de correspondencia: den aguinaldo a los carteros; dejen agua y Gatorades y galletas caseras (un golpe de azúcar será de mucha ayuda) cerca de su buzón. Si viven en un complejo de depar-tamentos, revisen a diario su correo. Mantengan a sus perros amarrados. Si tienen una rendija para cartas en su puerta, traten de meter algo en ella: si se cortan los dedos, sean buenos y arréglenla. El Servicio Postal de los Estados Unidos provee un servicio público, uno que necesita con desesperación una reforma que no debería hacerse a costa de los buenos empleados que entregan el correo pese a la nieve, la lluvia, el calor, la oscuridad de la noche, los gritos del jefe y las mordidas de los perros.

 

 * Traducción de Joaquín Guillén Márquez

 

[1]N. del T. La búsqueda de “perro mata cartero” arroja 132,000 resultados; “dogs kills letter carrier” da 8,240,000.


Autores
(Nueva York) Es autora de la novela I have blinded myself writing this

La perspectiva de uno hacia el otro.

A veces pasa. Me resbalo y caigo por las escaleras.

Un panorama lleva a otro, sombras que pasan por el viento que atraviesa los recuerdos que arrastramos tras nosotros. For­mas inarticuladas de futuros inarticulados que se articulan con palabras.

En este panorama todo puede suceder al mismo tiempo. Hojas abiertas-cerradas que se agitan en el viento frío-tranquilizante. La persistencia del tiempo en el desierto amplio-plano-dividido, que se filtra-mueve-agita entre los árboles verdes-silenciosos-llenos de neblina. El humo de tabaco flotando-articulando-refiriendo a ese deseo urgente-afín de moverse-dormir-vivir-morir-escribir. No tenemos que saber su nombre. Sólo cómo escribirlo.

Quiero hablar de este panorama en términos de simultaneidad. En un ensayo de presentación, es complicado evitar generalizaciones desmesuradas sobre el estado particular de una literatura en particular. Por supuesto, es imposible. Y pensar de esta forma recuerda a la exagerada noción del Borges narrador testigo que se encuentra con Funes, “pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”.

En una plataforma hay un “perro”, aunque el mío es blanco y el tuyo café, el mío polvoso y el tuyo alegre. En el mundo de Funes hay muchos perros: el perro de ayer, el de hace cinco segundos, todos y cada uno de los recuerdos de cada canino en particular se extienden y separan en perros únicos y diferentes.

¿Cuántos perros hay en realidad?

Si hay perros y hay gatos, y los perros y los gatos son sólo eso, perros y gatos, ¿cómo es que podemos agrupar tantos perros y gatos tan sólo en dos categorías de perros y gatos?

¿Están los arquetipos más o menos presentes que los tipos?, y en las aguas más profundas, ¿cuánto de lo que escapa es mur­mullo y cuánto expectativa?

No obstante, puede haber un sueño compartido. Ese sue­ño puede ser plural y singular, parcelas de torbellinos sombríos o palmeras o mundos invisibles.

Simultaneidad. Porque aunque en secreto creo que es cierto, no soy el centro del universo. Así, en el camino que es sólo mío: mi canon de la infancia consiste en Roald Dahl, H.G. Wells, Mi­chael Crichton y el primer libro que me hizo llorar: Nuestra Señora de París, de Victor Hugo. En la preparatoria todo giró alrede­dor de e.e. cummings y Toni Morrison. En la universidad, tenía gran fervor por lo que conocemos como lecturas “necesarias”. Los textos obligatorios consistían en Kathy Acker, Derrida y Er­nest Hemingway. Perdí la cuenta de cuántas veces presté y volví a comprar Blood and Guts in High School. “¿Cómo que no lo has leído?”, le preguntaba a cualquiera. “Es súper obligatorio”, los re­gañaba. En el posgrado descubrí El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral, de Julian Jaynes, y descubrí de in­mediato que todo el mundo giraba en torno a este texto, así que viajé a la isla del Príncipe Eduardo en Canadá el siguiente verano para participar en la conferencia de Julian Jaynes. Era la confe­rencista más joven, quizá por un par de décadas (y una de las tres mujeres en toda la conferencia). ¿Debería admitir en torno a qué gira mi vida literaria hoy en día? Bueno, ahí está La poéti­ca del espacio, de Gaston Bachelard, sí, pero debo reconocer que mi canon actual no contiene libros, sino series televisivas como Nashville y Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. Quizá no necesiten saber todos los detalles sobre cómo lloro cuando canto canciones de Nashville en mi auto mientras manejo por Los Ángeles o cómo una escena de Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. fue la responsable de romper un bloqueo de escritura tras un año sin escribir nada. Lo que trato de explicar es que mi canon literario no se parece al de nadie más. Me sorprendería mucho si así fuera (aunque si quieren tomar un café y discutir cómo es que Nashville también cambió sus vidas, estoy disponible).

Hay algo en este panorama que permite que diversos canones coexistan. Aunque compartimos algo similar a un espacio cultural o geográfico, los espacios literarios son diversos y disparatados y muchos de ellos no se encuentran aislados como grupos de célu­las en cajas de Petri. Hay un revoltijo de colores.

Es decir, hay rojo y hay azul, y aunque podemos ver ambos co­lores, también podemos ver cómo a veces esos colores se disuel­ven en el otro para crear varias saturaciones y tonos de púrpura.

Es decir, hay una ventana y está lloviendo. Como la lluvia, noso­tros nos lanzamos contra la ventana y nos disolvemos en el vidrio y sentimos el sufrimiento y la alegría y el éxtasis y el frío y la sua­vidad de la lluvia de la existencia, de la posibilidad de intimidad.

Mitología empática de la historia. Lenguajes reimaginados del pasado. Cuando pregunté por el panorama en Twitter, @german_sierra respondió muy bien:

Desde afuera, diría que los escritores norteamericanos no evitan ser contemporáneos, lo cual para mí es un gran halago.

En un lugar donde a la historia se le alucina, se le hace luto, se le deriva y se arrepiente, no tenemos miedo de conjurar fantasmas. Los fantasmas nos acompañan de pasados y pasados aun más lejanos, pero también del futuro. Miramos hacia delante. Lo nuevo. No sólo como respuesta a lo viejo, para refrescar nuestras concien­cias como lágrimas del crepúsculo, no sólo como respuesta a lo “dominante”, a lo mainstream, sino también a cómo reimaginamos estos panoramas simultáneos.

Cuando el cielo es azul, es muy azul. Cuando el cielo no es azul, no hay color en ninguna parte. Cuando el cielo es colorido, tam­bién lo es todo lo demás.

Probablemente los norteamericanos seamos parcialmente alérgicos a las categorías. En mi caso, las categorías sirven como fuerzas que constriñen en vez de dar oportunidad. La mayor parte de mi carrera he evitado etiquetarme, ya sea en términos de estética o de identidad. La suposición ingenua del escritor joven: “quiero que me conozcan por lo que escribo, no por quien soy.”

Quizá los dos movimientos más famosos (o infames) de la literatura contemporánea norteamericana entre los escritores jóvenes caigan dentro de la Poesía Conceptual (o Escritura Conceptual) y la Alt Lit. Sin embargo, para mí, ninguna de estas dos categorías abarca lo que hago ni lo que hacen la mayoría de los escritores que conozco y admiro. Aquí nos encontramos, por supuesto, con ese sentimiento muy norteamericano de rebelarnos contra las categorías y las etiquetas. En cuanto una etiqueta se vuelve de uso común, inmediatamente interrogamos, sobajamos y reimaginamos esa categoría. (¿Tendrá esto que ver con lo que pasó con la etiqueta de lo “hipster”? Según cualquier persona, nadie es hipster y todos son hipster al mismo tiempo. Todo el tiempo escuchamos la queja, “¡Ah, esos pinches hipsters!”, pero cuando miras a quien habla piensas, “Bueno, él es un pinche hipster”, a la vez que el tipo parado detrás de ti en la fila para comprar café mientras pides tu Latte Frapé Grande con Leche de Almendra murmura algo sobre los hipsters y los lácteos en voz baja).

Así que, en vez de generalizar: leemos así y escribimos así y nuestros labios se mueven así y nuestros libros se ven así (¿me estaré lavando las manos?), sólo describiré este espacio como tur­bio y simultáneo. Un espacio en el que las declaraciones “el cielo es azul” y “el cielo no es azul” son ambas igual de ciertas, donde Nashville es tan canónica como Guerra y Paz, donde Lana del Rey y Lady Gaga son personajes culturales tan importantes como Noam Chomsky y Michelle Obama, donde Cincuenta sombras de Grey puede estar en el mismo estante que Cormac McCarthy, donde alguien como yo puede ver Satantango de Béla Tarr en la misma semana que Rápidos y Furiosos 7 (no me juzguen, le tengo muchas ganas a esa película).

Una cosa que tanto la Poesía Conceptual como la Alt Lit tie­nen en común es que ambas aceptan la integración de la cultura popular. Siempre hemos estado interesados en lo cotidiano, en eventos políticos, en lo que sucede en la cultura, pero hoy “Cul­tura” consiste en cultura pop, la cultura de las celebridades, la tecnología, las redes sociales, todo ello mezclado con mitología, cuentos de hadas, ciencia ficción, fantasía, filosofía y teología. Quizá nos hemos dado por vencidos en tanto la continuidad y la consistencia y comenzamos a aceptar la entropía, la simultanei­dad y la incertidumbre.

El perro ladra y nosotros lo escuchamos. En la oscuridad, ex­tiendo mis manos para sentir la perilla de la puerta, pero la perilla no está donde esperaba. Mi vaticinio falló.

Ella lo amenaza: “no escribiré sobre ti. No te olvidaré”, la amenaza él.

Tu perro sabe lo hermoso que eres y, aunque amas a tu perro más que a cualquier ser humano, es el mismo perro que fue ayer que fue la semana pasada que fue hace siete años. El mismo perro. El problema del lenguaje, de la memoria, de pensar.

Ahora es de mañana y el centro de Los Ángeles se ve majes­tuoso y siniestro. Parece que las palomas están posando, paradas sobre los postes de luz así, pero ellas también tienen el derecho de establecer sus propias rutas de comunicación.

Los escritores que he tenido el honor de seleccionar no tienen miedo de hacer preguntas. Más importante, no tienen miedo de sentir. Su obra muestra que el intelecto, el afecto, el concepto y el humor, el amor y el sufrimiento todavía pueden coexistir en el mismo espacio de la escritura. Sin la presión de tener que encon­trar el balance perfecto entre la tradición y lo experimental, o de ajustarse a las convenciones de la innovación, estos textos inves­tigan las sutiles graduaciones de la existencia genuina, diferente, simultáneamente. No hemos olvidado las referencias, esos escri­tores del pasado cuyos fantasmas siempre están posados sobre nuestros hombros, esas palomas: James Joyce, Virginia Woolf, Ger­trude Stein, Ray Bradbury e incontables más. Pero es ahora, es decir, ahora, y hoy el nuevo canon vibra y resuena y nos llama.
*Traducción de René López Villamar.


Autores
Es autora de Kerotakis, Daughter y Damnation. Es coeditora de [out of nothing] y editora de la revista Entropy. Vive en Los Ángeles. donde imparte clases en CalArts.

Me gustaría decir que el primer libro que leí fue un clásico que cambió mi vida. Mentira absoluta. Mis primeros recuerdos de lectura son una cosa mucho menos sofisticada. Mi abuela siempre estuvo suscrita al Selecciones del Reader’s Digest, yo cada mes podía encontrar el nuevo ejemplar en el baño de visitas. Me recuerdo sentada en el piso leyendo las revistillas—con anuncios incluidos—de principio a fin. Ahora no puedo acordarme de ningún relato con claridad. Me viene a la mente sólo una historia donde un grupo de niñas vendían galletas de puerta en puerta para juntar dinero y salvar a alguien de su grupo; lo conseguían. Todas en este tono, motivacional pero intrascendente. Me acostumbré a una prosa poco lograda, nada exquisita y con traducciones de dudosa procedencia. Me aprendí las fórmulas que había que seguir para entender relatos que siempre partían de una situación trágica y cómo ésta se resolvía.

Antes y después experimenté con otros textos, lo interesante de Selecciones era que estaba a mi alcance, literalmente. En esa lectura no había censura ni mediación de algún adulto, tampoco estaba vinculada con lo escolar y podía pararla donde quisiera. Nunca tuve la obligación de seguir, siempre lo hice. También me recuerdo leyendo libros para la escuela: me parecían infinitos, contaba las páginas que me faltaban para terminar y saltaba cuantas pudiera. De ese martirio de lecturas pragmáticas me quedan algunas buenas experiencias: Momo de Michael Ende, El abrigo verde de María Gripe y La balada del siglo XX de Jordi Sierra i Fabra. Sin dejar de lado, por supuesto, el cómic al reverso de la caja del cereal Cap’n Crunch. Probablemente el texto que más veces he leído en mi vida.

Por ahí de los 11 años, mi hermana me leyó Aura de Carlos Fuentes en voz alta por las noches. Ella leía y yo me acostaba viendo al techo o a las manchas de la portada en esa edición de Era. Después me robé ese mismo título de una biblioteca. Nunca lo he vuelto a leer y me acuerdo de prácticamente todo. Luego me encontré un libro polémico en casa: La vida secreta de Adolfo Hitler de David Lewis. Una edición roja con tipografía negra y la foto del inconfundible villano en la portada, una evidente invitación al camino del mal. Me aterraba casi todo lo que leía y entendía una página de cada tres. Mi mamá lo descubrió y me quitó el libro bajo el argumento «no es para niños de tu edad». Argumento que usan casi todos los adultos cuando intentan delimitar qué es lo «correcto» para cada edad. La pregunta es: ¿cómo y quién lo define? Pienso que lo hace el propio usuario —el niño lector—, quien, sin sistematizarlo, parte de dos criterios básicos para abandonar un libro o seguir leyendo: el aburrimiento y la comprensión. La propia obra, como en la literatura adulta, le dirá si es o no para él. Si no hay empatía y los referentes son inaccesibles o lejanos, la lectura se quedará en las primeras páginas. Si empieza a bostezar en el segundo capítulo para el tercero estará dormido. Es posible que si se acerca a obras especializadas o con temáticas ajenas a su realidad, el asunto no logre llegar a sus últimas consecuencias.

No sé con precisión cómo nos convertimos en lectores «en forma». Para mí se dio en la víspera de la adolescencia, a los 13 o 14 años empecé a leer sólo porque sí. Unas veces para matar el aburrimiento y otras para encontrar respuestas a preguntas que no podía hacer. Generé un hábito de lectura consciente aunque involuntario. Leía libros completos, me fijaba en los nombres de los autores y tenía planes a futuro. Sin concebirlo como importante o trascendental para la vida, compré libros y revisé los que tenía en casa. Ya nadie tenía que autorizarlos, quizá a esa edad uno se gana su lugar como lector “independiente”.

Asumiendo ya esta posición de independencia más entrada en la vida adulta, me decidí por la literatura infantil. Como un proceso completamente anacrónico, a los veintitantos me leí todo Roald Dahl, Hans Christian Andersen, los títulos de la colección A la orilla del viento del FCE y buena parte de algunos catálogos mexicanos y extranjeros. Construí una biblioteca infantil que de niña nunca tuve. En las librerías esa es la primera sección, a veces la única, que visito. Es ahora un proyecto personal en el que decidí invertir tiempo, dinero y horas de estudio. Quizá se explique como intento de recuperación de un pasado nostálgico inexistente, una mínima tolerancia al aburrimiento, falta de madurez o sólo el gusto por ciertas formas estéticas y narrativas, sin ponerles etiquetas.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

Editorial An.alfa.beta ha adoptado una táctica de guerra de guerrillas. En un mundo editorial que de pronto se asemeja a un desierto y otras veces a un campo minado, esta editorial de Monterrey se posiciona con estrategia, sin desperdiciar esfuerzos, y así obtiene un triunfo contundente de acuerdo a su propósito.

Sostener un libro de An.alfa.beta implica una experiencia editorial. El cartoncillo de la portada es pesado, rugoso, casi de resistencia industrial. Las hojas, aunque cortadas a la perfección, no forman terreno plano cuando el libro está cerrado, más bien recuerdan a un electrocardiograma. El detalle de la encuadernación manual agrega carisma a las ediciones; apenas un guiño coqueto para el lector perspicaz. Los ejemplares también vienen numerados. Junto a mí tengo el número 14 de Gris Infierno, colección de cuentos de Efrén Ordóñez Garza.

La impresión de la portada se hace en serigrafía. A primera vista y a corta distancia la impecable presentación del libro funciona como camuflaje para el trabajo artesanal. Una mirada más atenta descubre el brillo de la tinta y las pequeñas imperfecciones, resultado del uso de la malla tensa sobre el papel. Es entonces que el lector percibe a los soldados ocultos entre la maleza, en guardia, incansables.

El pelotón lo componen Carlos Lejaim Gómez, Frank Blanco y Alejandro Vázquez Ortiz. Están en todas partes y a la vez en ninguna. Se habla mucho de ellos, aunque pocos los conocen. Se les ve en los eventos culturales detrás de una mesita con libros, luego se pierden en el paisaje urbano, no sin antes dejar la huella de un murmullo.

Nadie en el consejo editorial de An.alfa.beta supera los treinta y cinco años, pero lo que representan evoca a un viejo árbol de barba abundante contemplando las ruinas de algo importante, de un concepto que escapa a la mayoría. ¿Qué cosa? No estoy seguro todavía, quizás el valor del libro-objeto o el trabajo editorial detrás del texto. De lo que estoy seguro es que no hay glamour ni grandes recompensas económicas, pero sí sudor, esfuerzos con textura de cartón corrugado y un reloj de arena muy grande testigo de las noches largas. Imagino, también, un penetrante olor a pegamento.

El catálogo de An.alfa.beta llega ya a diez ediciones, con la undécima por estrenarse en un par de semanas. La selección es variada, y aunque podría parecer algo inconexa, la veo como el fruto de la pasión de los editores. Por ejemplo, los clásicos: poemas de William Blake, fragmentos de los diarios de Manuel Payno e Ignacio Martínez y poemarios del español Agustín García Calvo. En contraste, los contemporáneos: poetuits de Diana Garza Islas, poemas de Guillermo Jaramillo y el ya mencionado Gris Infierno (un éxito de ventas durante la Feria Internacional del Libro de Monterrey, el año pasado). El siguiente libro compila ensayos de Víctor Barrera Enderle, Premio Casa de las Américas de Ensayo 2013. La diversidad es muestra de la apertura a experimentar y la valiente pero bien fundamentada apuesta de An.alfa.beta.

Por lo que sé, el taller está creciendo. Las impresiones digitales han sido reemplazadas por una máquina offset de reciente adquisición. «El objetivo es construir un taller autónomo», me comenta Alejandro Vázquez Ortiz. «Queremos que en él se pueda hacer todo el proceso de impresión, guillotinado, encuadernación y demás. Nos falta, pero es la intención».

Y así como el taller crece, también las expectativas entre escritores y lectores. La editorial está llegando a ese punto en que el proceso artesanal de los libros pasa a segundo término, se convierte nada más en un detallito sugestivo, y la calidad literaria de los autores empieza a cobrar peso. Publicar en An.alfa.beta ahora es una aspiración y un privilegio.

Los libros se consiguen en la Terraza 27 en Monterrey; librería Astillero en Torreón; y en la librería y cafetería Marabunta, en el Distrito Federal. Claro, también en línea a través de Kichink!, desde la página electrónica de la editorial.

 


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Velasco, Kahlo, Tamayo, Rivera, Varo y Orozco son algunos de los nombres que nos hemos acostumbrado a escuchar y a relacionar con lo mejor y más destacado de la pintura y el muralismo mexicano del último siglo. Artistas que supieron plasmar la realidad de un país atribulado, en constante evolución y que, desde sus distintas perspectivas, lograron plasmarse ellos mismos en la identidad mexicana.

Hay un nombre, sin embargo, que por azares del destino o por mala memoria ha sido injustamente olvidado por la historia del arte. Un pintor cuyo trabajo y singular visión de nuestro país ha servido para ilustrar la historia y vida cotidiana de México desde el período prehispánico hasta la época actual y que de manera silenciosa pero contundente, ha dejado huella en la imagen que incontables generaciones de mexicanos se han hecho de su país.

Desde sus cuadros costumbristas sobre culturas prehispánicas, pasando por sus murales de próceres como el ahora famoso Miguel Hidalgo anuncia la llegada del gas, hasta pinturas de aguda crítica política y social como Ernesto Zedillo pederasta, la obra de José Antonio Maldonado y Arista es considerada, por los pocos que se acuerdan de él, como un parte-aguas en la estética mexicana del siglo XX.

Fundador de la escuela «deformista libre-interpretativa», que depende de la imaginación y capacidad del espectador para reconocer figuras y rostros ambiguos que a primera vista parecen dibujados por un niño de diez años, las pinturas e ilustraciones de Maldonado marcaron una tendencia estética que prevalece hasta nuestros días. Sus trabajos, utilizados en monografías escolares, han servido para ilustrar las exposiciones y tareas de millones de niños mexicanos desde hace más de medio siglo.

Nacido en Huimilpan, Querétaro, en 1918, fue el tercer hijo del matrimonio entre Federico Maldonado y Providencia Arista, comerciantes de cierto renombre en la región. Desde temprana edad, José Antonio muestra fuerte interés por las artes y el dibujo. Con tan sólo quince años de edad, concluye su primer óleo: una representación del histórico Abrazo de Acatempan en la que Agustín de Iturbide parece estar sacando a un joven Armando Manzanero a bailar, cuadro que muestra su temprana inclinación por plasmar imágenes abiertas a la libre interpretación del espectador.

A los veinte años ingresa a la Academia de San Carlos, en donde entra en contacto con pintores de la talla de David Alfaro Siqueiros y su hermano Polyforum, con quien entabla una fuerte y duradera amistad. Junto con él y otros artistas e intelectuales de su generación, inicia un grupo conocido como Tercero A, que rechaza las convenciones culturales de la época y opta por una reinvención de la pintura y la historiografía mexicana, creando cuadros con imágenes confusas y minimalistas en esfuerzo que sólo se pueden entender por medio de textos impresos en la parte trasera. De esta manera, obras como La Batalla de Puebla (que en la pintura original de Maldonado podría estarse llevando a cabo en Cuernavaca o en Campeche y entre tropas canadienses y finlandesas) permiten al espectador interpretar la escena que tiene frente a él, para después comparar su idea con el texto explicativo.

Es también por estas épocas que inicia trabajos en una de sus obras más representativas, un mural de gigantescas proporciones que sirvió para decorar la parte trasera del restaurante de un amigo: El Pípila pierde su lente de contacto, donde, a través de alegorías y simbolismos, retrata uno de los episodios más célebres de la gesta independentista y a la vez lanza una aguda critica a la escasa visión de los historiadores oficiales.

Vilipendiado por la crítica y por muchos de sus contemporáneos más exitosos, Maldonado se autoexilia en París. En 1954 comienza a trabajar en el proyecto que marcará su carrera: una colección de retratos presidenciales conocida como Los deformes, con la que busca, de nuevo, criticar la manera en la que el gobierno manipula las biografías de personajes históricos con fines políticos. Para su sorpresa y la del resto de sus colegas, los retratos son comprados a los pocos años por el gobierno del presidente Adolfo López Mateos, quien, encantado con su propia efigie, decide utilizar los cuadros en una serie de monografías escolares para distribuir como parte del nuevo programa educativo.

A partir de ese momento, la obra de Maldonado comienza a circular y a ser conocida a nivel nacional, aunque en los círculos intelectuales es recibida con reservas y algunas risas ahogadas. La nueva relevancia de sus cuadros parece de poca importancia para el autor, quien continúa trabajando desde el exilio en su colección de presidentes y en varias acuarelas dedicadas a los Niños Héroes y su defensa del Castillo de Chapultepec en las que intenta plasmar su espíritu patrio y juvenil con trazos deliberadamente infantiles. Su cuadro del general Winfield Scott aprendiendo a usar un catalejo es el mejor ejemplo de este período.

José Antonio Maldonado y Arista permanece el resto de sus días viajando por Europa. Fallece el 23 de marzo de 1997 en Londres, enfermo, amargado, olvidado por sus colegas y compatriotas, unos cuantos días después de completar su último retrato presidencial. Nunca imagina que desde antes, su muerte, sus pinturas y su influencia estética llevan décadas recorriendo los salones de clases de la República Mexicana e ilustrando millones de trabajos escolares que, al igual que la mayoría de su obra, siempre parecerán hechos con prisa y en el último momento.


Autores
(Ciudad de México, 1985) es autor de Y, sin embargo, es un pañuelo (Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014). Estudió la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana, donde no ha regresado y quedó a deber varias cuotas de estacionamiento. Es apasionado del cine, de Monty Python y de escribir semblanzas biográficas en terecera persona. Tuitea como @emedebaena