Tierra Adentro

Todavía recuerdo con mucha precisión cuando leí aquel cuento de Julio Ramón Ribeyro, Sólo para fumadores. Venía justo a la mitad de la edición de sus cuentos reunidos. Ese relato (quienes lo conozcan pueden obviar lo que sigue) es una relación de su vida amorosa con el cigarro. Cuenta, por ejemplo, cómo fue que se decidió por fumar únicamente tabaco negro, ya que su abuelo le había dicho que el tabaco rubio lo dejaría ciego. Rememora tantas complicidades con los cigarrillos que a mí, a aquel adolescente que era, me dieron ganas no sólo de fumar sino de tener las mismas experiencias entrañables.

Mi historia con el cigarro es nítida y comparativamente breve. La primera vez que fumé fue en un parque junto al campanario de una iglesia cuando tenía catorce años. Me pareció asqueroso el sabor de aquellos cigarros Fiesta. No volví a fumar hasta aquella vez que, animado por las memorias de un escritor peruano venido a menos, entré a la universidad y encontré una nueva marca de tabaco. Allí fue que le tomé cariño a los Popular con filtro que vendían en algunos de los pasillos sobrepoblados de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Los cigarros Popular eran de tabaco negro, con más alquitrán que prestigio, tal y como lo dictaba mi consejero literario. Si algo iba a ganar con ese hábito no era experiencia, sino una voz de marinero. Mi vozarrón, que era más bien la voz del norteño propenso a gritar hasta los buenos días, fue adquiriendo un tono dolido. Luego mi voz se volvió más grave, pero de salud. Alguna vez, luego de regresar de un viaje invernal por Durango, por allá de 2009, llegué al DF con fiebre y una laringitis aguda.

Me convertí entonces en el ladrón que nunca puede robar porque siempre es descubierto o neutralizado. Me convertí en esos raros pero existentes ladrones que nunca se han salido con la suya. Me convertí en un fumador frustrado por su propia debilidad. Apenas estaba por conquistar un ritmo, apenas estaba por fumar la misma cantidad de cajetillas al mes, en los mismos lugares y de la misma manera, cuando la vida me obligó a interrumpir un vicio (gesto que no es de caballeros). Y me ha obligado a seguir interrumpiéndolos hasta ahora.

El problema con la salud es que no nos pertenece sólo a nosotros, sino a todas las personas que se preocupan por que estemos bien. Cuando me recuperé del primer atraco a mi garganta, volví a las andadas con los Popular. Un año más tarde, en 2010, algún día de octubre, mi ex novia me vio tomando mis maletas rumbo a casa de mi mamá porque me había enfermado, ahora de una faringitis aguda. Por supuesto, no supo al principio si la estaba dejando o si se trataba de algo terrible que había pasado y que me obligaba a regresar a casa. Yo pedí un taxi afiebrado y al día siguiente fui con el médico de cabecera de mi familia, un tal Filiberto Morales. Frente a él me dio por pensar en dejar el tabaco fumado por el rapé. Su uso era común en el siglo XVIII y había gozado de un prestigio que pasó indemne por el siglo XIX. ¿De dónde ese gusto por incinerar?, me dije, ¿por qué no volver a aspirar el tabaco? Gracias a los antibióticos me recuperé muy pronto, no sin prometerle a unas tres personas que no iba a volver a fumar nunca.

Cumplí mi promesa mucho tiempo justamente porque soy un fumador fraudulento. Soy un fumador fracasado. Lo dejé hasta que, gracias a la clase y donaire del gran Eliot Weinberger, descubrí los Nat Sherman MCD. De pronto, como un mito reinventado, el antiguo motivo de la prótesis de la personalidad ficticia que era para mí el cigarro, retomó todo su valor simbólico. Pero, ¿cómo hacerse de una cajetilla de unos cigarros que sólo venden en Estados Unidos, elaborados en Virginia con celulosa de tabaco, de un tabaco dominicano orgánico y más negro que el tabaco de los Popular? Bueno, siempre hay alguien que nos debe favores. Un amigo me trajo, sólo porque eso le pedí, 25 cajetillas, por allá de julio de 2013.

Por fin descubrí en los Nat Sherman el amor por el tabaco. No se trataba de cualquier clase de planta envuelta con el vulgar papel blanco: era un cigarro que no sólo era aromático y agresivo, sino que causaba concretamente un estado anímico, físico, de embriagamiento, casi mareo. Aquellos meses de mi vida son incomprensibles sin los Nat Sherman MCD: me fumaba dos cigarros cada tarde y la realidad parecía franqueable. Nunca había sentido un aprecio legítimo, auténtico, por el tabaco. Me percaté de que, hasta aquellas cajetillas café oscuro, mi tabaquismo había sido impostado, afectado, fingido y, como una revelación, había llegado a desear plenamente seguir fumando.

Por suerte, logré seguirme haciendo de cajetillas Nat Sherman MCD hasta mayo de 2014. Aquel día en que se me terminaron los cigarros-amuleto, tuve que agachar la cabeza y hacer de tripas corazón, y por un tiempo fumé en la clandestinidad de mi propio lavadero todo tipo de tabaco de ínfima calaña. Se volvió una extraña rutina la de pararme a un lado del bóiler, en calzones, a contemplar estúpidos autos por la estúpida ventana. Un día, sin embargo, me dio asco fumar y dejé de hacerlo.

Siempre me imaginé que los tipos duros no fumaban. Nadie en mi familia fumó nunca, pero escuché de alguno de mis abuelos historias de forajidos que hilaban tabaco para hacerse cigarros de hoja, cigarros que encendían con yesca mientras los asediaban coyotes, allá, refugiados en los peñascos. Escuché historias de bragados revolucionarios que traían la media libra de tabaco en la culata de sus carabinas; también las anécdotas de campesinos que gustaban de mascar tabaco en los maizales y escupirlo al calor de tarde, porque la vida es difícil.

Bueno, a mí me dio por comprar habanos, cuya sofisticación podía avergonzarme: es como rasurarse con rastrillo junto a alguien que usa navaja. Me compré un par de habanos no hace mucho tiempo y me los fumé en calzones justamente, con la compañía del lavadero. La duración del puro, sumado a que estaba descalzo, desembocó en una dificultad faríngea. El martes de la semana pasada, 3 de marzo, sintiéndome inmortal, quise acabar con ese último habano que quedaba en mi librero, un Hoyo de Monterrey nada desdeñable. Creí merecerme unas buenas bocanadas tan sólo por haber llegado a una conclusión que yo consideré intelectual. Amanecí con faringitis aguda que el jueves se agravó con fiebre y dolor de oído. Creo que nunca en mi vida, al menos que yo recuerde, me había dolido tanto la garganta. Fue como comer agujas cada vez que tragaba saliva.

He pensado seriamente esta semana en dejar de fumar definitivamente, pero es demasiado romántica esa idea de pensar que algo puede ser definitivo.

Ésta es, pues, mi ridícula historia con el cigarro, de interés sólo para malos fumadores.

 


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Henriette Binger, la madre de Roland Barthes, murió el 24 de octubre de 1977 a los ochenta y cuatro años. Al día siguiente, Barthes cortó varias hojas de papel en cuatro partes: rectángulos. Montones de papeletas en donde, como dice Nathalie Léger, no escribiría un «libro acabado» pero sí una «hipótesis»: mapas sobre la experiencia dolorosa de la pérdida y la desposesión del otro.

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En Diario de duelo, son numerosas las ocasiones en que Roland Barthes menciona la casa donde vivió con su madre. No se refiere a las características del espacio sino al «modo de vida» que compartían en éste. Repetirlo: «Compartir los valores de lo cotidiano silencioso», escribió el filósofo y lingüista francés, era su manera (silenciosa) de recordarla y de «conversar con ella».

Por lo tanto, a partir de la muerte de su madre, y de que el duelo dejó de pertenecer al conjunto de «saberes prestados», Barthes comenzó a detestar los viajes. Le molestaba la sola idea de irse, de ausentarse y de dejarla sola. «Viajar —escribió en 1978— es separarme de ella», sobre todo «ahora», que sólo es «lo más íntimo de lo cotidiano»: determinadas formas de cocinar y de preparar los alimentos, el té con que acompañaría la comida, el orden de los cubiertos y de la vajilla sobre la mesa, y la elección de las palabras para avisar, si había alguien más en casa, que la cena estaba lista.

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Mantener el «modo de vida» de ese departamento ubicado en el sexto piso de la calle Servandoni, muy cerca del Museo de Luxemburgo y también cerca, a unas cuadras, del barrio de Saint Germain des Prés, se convirtió en un espacio regido por el tiempo de lo sagrado: una cita siempre incumplida y, quizá por ello, luminosamente necesaria.

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Desde que inició mi proceso de migración al norte, suelo pensar mucho en el duelo provocado por los desplazamientos y despedidas. Pero ¿qué pasa cuando, a diferencia de lo vivido por Roland Barthes, no se está en duelo por una persona sino por la casa misma? ¿Cómo se traduce en el cuerpo que se desplaza la fatiga y la aflicción provocadas por el viaje? ¿Cómo elaborar el duelo cuando no está ni el lugar ni las personas que reconocerían el significado de las acciones en el «orden de lo doméstico», en esa «alianza —como decía Roland Barthes— de la ética y de la estética» en la vida diaria?

En Un séptimo hombre, el libro que John Berger dedicó a la migración en Europa durante la década de los sesenta, el viejo ensayista explicó el duelo a partir del presente, como el único tiempo disponible en la vida del migrante. Para elaborar el tema, el ensayista recurrió a los objetos que los trabajadores, en la Suiza o en la Alemania del siglo XX, resguardaban en sus maletas: objetos con vida propia que, en mucho, les recordaban sus hogares. Quizá por eso cuando estaban en las barracas en donde dormían, los migrantes vestían algo que antes utilizaban en casa: «una bata, una camisa de color [rojo], sandalias abiertas, un gorro, [o] quizá un chal de lana». En los «pliegues» de esas prendas, escribió Berger, se encontraban «residuos del pasado» que servían como aislantes físicos para el presente.

Al utilizarlas, desplazándose por las barracas, los migrantes redibujaban los contornos de las estructuras arquitectónicas que conocían y reconocían como su casa.

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Ya avanzado su diario, cuando el duelo ya no era un «acontecimiento» sino otra cosa, algo de «otra duración, amontonada, insignificante, no narrada, [y] gris», Barthes aseguró que le parecía «estúpida» la idea «suprimir el duelo»; no le interesaba suprimirlo sino «transformarlo»: Llevarlo de lo estático de la piedra al flujo fresco y rápido del río caudaloso.

De acuerdo a John Berger, en el caso de los migrantes, la elaboración del duelo tenía que ver principalmente, con la reconstrucción del presente y con la reactivación o recuperación del futuro y del pasado como tiempos disponibles.

Hace unos días, platicando sobre el duelo migratorio, recordé una nota recientemente publicada en Facebook por el antropólogo zapoteco Jaime Martínez Luna (#tíoyim): «A todos nos parece insultante, [la idea de] pertenecer a». Se nos han inculcado tanto, y tan eficientemente, las de «independencia», las de «autonomía individual» y de «libertad», que el «pertenecer a… [nos] resulta una grosería». Más adelante, el autor de Eso que llamamos comunalidad asegura que resulta urgente reconocer nuestros lazos de dependencia a otros: reconocer, en palabras de Emmanuel Levinas, que yo sólo soy en tanto otro.

Es muy probable que en pocos casos, como en la migración, con la desorientación que llega, uno se sienta más vulnerable y más dependiente de los otros. Lo importante, en este caso, no sería el reconocimiento de la propia vulnerabilidad sino de la responsabilidad (que no es otra cosa que agradecimiento) con las comunidades que «deja» y, por supuesto, con las que va formando mientras recorre eso en capas, «inmutable y esporádico» que «no se gasta», conocido como duelo.


Autores
(Ciudad de México, 1982). Es artista visual y editor. También escribe. Actualmente trabaja en edicionespatito.org. Vive en la frontera norte.

Esta columna se llama De teatro y cosas peores por una razón: lo que pasa antes de que haya teatro y después de que lo hay es —en muchos casos— algo parecido a lo que sucede en las peores tragedias, y más en las shakespereanas donde todos acaban muertos, enojados, frustrados, locos… será que hemos leído tantas obras de este tipo que ya sabemos cómo acaba el héroe y nos las repetimos sin cesar. En este caso, el protagonista de la tragedia es el director teatral: el más temido, el más criticado.

Antes, un director era una persona que llamaba a los actores, montaba un texto y lo mostraba al público. Después vino una revolución en la que se convirtió en creador porque el texto y la actoralidad comenzaban a buscar nuevos territorios de exploración. Se dice que el siglo XX fue el siglo de los grandes directores de teatro, de cine, de danza, pero sus alumnos decidieron volcarse a la escena y, desde hace más o menos veinte años —o cuando yo empezaba a estudiar teatro—, ya no fue tan fácil encontrar un buen maestro de dirección o una buena escuela de dirección. Podríamos pensar que para dirigir no se necesita estudiar, es decir, ¿cómo se le enseña a un joven director a tener don de gentes, a saber lidiar con las emociones de los actores, a continuar después de cada proyecto que no se concreta; a trabajar arduamente cuando los actores abandonan porque tienen proyectos más interesantes —o no entienden tus ideas— o cuando es imposible encontrar presupuesto para hacer esa obra que pasa años en una carpeta como carta a los Reyes Magos?

Se hacen muchos talleres de producción porque se piensa que un director necesita dotes de productor para gestionar su proyecto, y sí, efectivamente los necesita, pero el error está en que no se trabaja en el arte del director sino en sus capacidades de producción, quizá por ello tenemos más productores que directores de teatro.

¿Cómo se forma un director de teatro?

Tengo amigos directores de teatro muy talentosos, con una creatividad infinita y no les importa en absoluto lo que otros piensen de su trabajo; ellos o ellas están convencidos de que su idea es la mejor, que a nadie se le ha ocurrido antes; están un poco locos, pero creen, creen en lo imposible; tardan el tiempo que tienen que tardar para hacerlo, intentan con un actor y si no funciona lo cambian, vuelven sobre sus obras anteriores, revisan sus notas, tienen notas; tienen conciencia de su propio camino, se van haciendo de un equipo, tienen lo que se denomina en francés la démarche artistique: el camino del artista es la espina dorsal desde donde el creador trabaja (sus búsquedas, sus temas, la estética que marca su forma, etc).

Algo muy simple, que en otras artes es casi una de las primeras preguntas que un maestro te haría, es saber: ¿De qué quieres hablar?, ¿cuál es tu búsqueda?, ¿cuál es tu aportación al campo?

Quizá hace falta que en las escuelas de teatro se comiencen a hacer estas preguntas para transformar la formación teatral; un actor se preguntaría: ¿desde dónde quiero aportar a la actoralidad? Esto tiene que ver con qué tipo de actor quiero ser. Lo mismo un director: ¿Quiero ser un director de textos clásicos y transformarlos en una dramaturgia contemporánea?, ¿quiero hacer dramaturgia colectiva?, ¿me interesa más la imagen, la palabra? El cuerpo, cómo voy a trabajar el cuerpo,  etcétera.

Por esto los directores de teatro están en extinción y eso es un problema, porque no se sustituyen por un trabajo colectivo. El trabajo colectivo es una búsqueda muy interesante que toma parte importante del quehacer de los artistas y de su toma de decisiones, Pero aunque esta figura sigue siendo fundamental a la hora de crear una puesta en escena, son los artistas quienes levantan un proyecto, quienes proponen una idea, quienes crean una dramaturgia escénica y logran conjuntar un grupo de actores con capacidades específicas ad hoc con su estética. El camino de los directores jóvenes es arduo, se enfrentan a los cánones clásicos pero también —y eso es preocupante— a los cánones del teatro contemporáneo: parece que se clavan en una forma preestablecida, como si se tratara es de copiar estéticas más que desarrollar la propia, como si tuvieran que seguir la moda (parecido a lo que hacen los directores de teatro comercial, pero en el teatro independiente). ¿Realmente tiene sentido copiar cánones que quizás aquí a nadie le interesan? ¿No es mejor proponer desde la propia imaginación algo que a nosotros nos guste, que nos llame la atención?

Pocos son los directores que toman ese camino porque de la cartelera teatral, de las cientos de obras que se presentan en la ciudad de México, pocos son los que se destacan por un discurso personal; no se trata de competir sino de mirar el campo de acción, no se trata de ver si un director tiene las cosas más claras que otro, porque volvemos al punto de la homogeneización: el camino que un director haya encontrado no siempre es el camino a seguir. Tendríamos que aprender a vivir en la diversidad de todos los sentidos, de metodologías, sin que haya una única forma de llegar a una meta; diversidad de estéticas, discursos, objetivos, actoralidades, dramaturgias. La diversidad fomenta la calidad porque hay libertad.

Las épocas más ricas en arte han sido en las que, a partir de una crisis de identidad, los artistas se vuelcan en sí mismos, en sus propios conceptos, en sus propios miedos e imágenes para hacer lo que en verdad quieren expresar. Quizá ahora vivimos una crisis de identidad fuerte donde la razón para hacer una puesta en escena no tenga más sentido que expresar lo que uno desea ver, lo que uno desea materializar. Estamos rodeados de tanta información y entretenimiento que veo complicado la idea de que los grandes públicos y los grandes éxitos puedan existir o ser el objetivo del teatro; las micro esferas del arte parecen la forma natural en la que los artistas nos movemos, es decir, hacerlo por propia satisfacción y entonces la pregunta obligada es: ¿si a nadie le importa lo que hacemos, lo que escribimos, por qué no hacerlo en plena libertad?

Miro a los directores de teatro y a veces los veo tan preocupados por el presupuesto, por pagar a los actores, el teatro, la publicidad; veo las convocatorias de Conaculta y del INBA tan enfocadas en la parte mercantil o en las formas de financiar, que es de lo único que se habla. Se habla de cuánto pagar, cuánto ganar, pero escucho muy muy poco de lo que realmente quieren lograr como directores, cuál es la huella que quieren dejar, cómo se imaginan su próxima obra. He visto a buenos directores de teatro desaparecer ante la embestida de esas convocatorias donde todo lo que tienen que hacer es pasar notas, facturas y dejan de pensar en lo que en un principio los llevó a hacer teatro; veo a tantos amigos actores, y productores perderse en el limbo kafkiano de ese hacer, como si fuera el único o lo único que valida la calidad artística. Es un gravísimo error reconocer sólo a quienes entran en esos gajes del gremio: se premia a quien se rompe en pedazos ante esas facturaciones y pedidos que, además, no los llevan más que a desgastarse. Al final, después de entregar todos esos papeles, no reciben el dinero y así viven a la espera de que esto o aquello funcione, ¿para qué? Todo esto ha hecho que muchos jóvenes con talento desistan porque no hay tiempo para pensar en el trabajo personal porque hay un camino lleno de agendas y rutas críticas que sólo de escribirlo me he cansado, sólo de pensarlo me dan ganas de tomarme vacaciones y tomar caipiriñas.

Por esto, entre una cosa y otra, los directores de teatro están en extinción y si no hacemos algo pronto, si no paramos esta vorágine del sistema, si no creamos rutas alternas que nos den respiro y libertad, creo que llegará el momento donde los teatros queden completamente vacíos y quizá volvamos a hacer teatro en nuestros jardines, en las fiestas, se acabó. La otra es que quienes tienen posibilidad de cambiar esas horribles convocatorias vuelvan a pensar en cómo realmente ayudar a la producción y no solamente en cómo cobrar y pedir papeles fiscales al quien se le ocurra cruzar una puerta para pedir apoyo.

 


Autores
(Ciudad de México, 1978) es dramaturga, escritora de narrativa y ensayo, directora teatral e investigadora. Sus textos se han llevado a escena y se han presentado en festivales de dramaturgia en Canadá, España, Argentina y México. Recibió el Premio Airel de Teatro Latinoamericano, Toronto, 2013 por su obra Palabras Escurridas y el Premio Internacional de Ensayo Teatral 2013 por Territorios textuales. Sus relatos se editan tanto en México como en España. Actualmente prepara dos nuevos montajes con su compañía Mazuca Teatro e imparte el seminario El teatro como territorio de la palabra en 17, en el Instituto de Estudios Críticos.

El actor da media vuelta y el público descubre el corte en el pantalón, un rectángulo de tamaño suficiente para que en las últimas filas también vean las nalgas peludas. Se escuchan risas. El vello es excesivo, quizá por un truco del maquillista./p>

El teatro se vale de sus recursos escénicos, gráficos, lingüísticos y simbólicos para reflexionar acerca de la existencia, y lo hace con una gracia y simpleza que, en gran medida, escapa a otras artes. Asistir al teatro me intimida. Como estar acostado bocabajo con el pantalón desabrochado, media nalga de fuera, y la enfermera con una jeringa en la mano. «Va a arder como chile». No hay anestesia para el abrumador reflejo de lo real.

«Simplemente me parece curioso que el vínculo que tenemos sea tu ropa sucia»

Celeste Espinoza es autora de La interesante historia del origen de la palabra ciclo, obra acreedora al Premio Especial del Jurado por ópera prima en dramaturgia en el Segundo Festival de Artes Escénicas de Baja California. Esta obra se ha montado en Monterrey, Tijuana y Xalapa, y participó en la 35 muestra Nacional de Teatro.

La interesante historia del origen de la palabra ciclo presenta a Susana, empleada de una lavandería, y a Juan Carlos, un tipo bastante común con una aparente obsesión por lavar la ropa con demasiada frecuencia. Eso, o de verdad le gusta la tal Susana.

La obra desarrolla las sutilezas detrás de las relaciones sociales: boy meets girl, pero en una lavandería. Los protagonistas comparten un refresco, conversan, se malinterpretan por ignorar el contexto del otro, sin embargo, es la ropa sucia y el olor a suavizante de tela lo que los une. Claro, estos elementos cobran fuerza simbólica y al final, de lo que se está hablando es de la fragilidad de nuestros vínculos afectivos, la influencia de lo superficial, la banalidad disfrazada de fortaleza por miedo a mostrarnos vulnerables.

Conforme transcurre la obra, la relación entre los dos personajes se convierte en un paralelismo con los ciclos de lavado. El prelavado o planteamiento, la preparación para quitar las manchas más arraigadas es indispensable para eliminar la carga del pasado, las limitantes del presente. El lavado regular o desarrollo es donde sucede el grueso de la acción: la emoción de Susana al creer que Juan Carlos la visitará porque es martes y él siempre va los martes, aunque también los viernes y hasta los domingos. Luego el ciclo delicado o el clímax, cuando la tensión debe manejarse con cuidado para minimizar el riesgo de romper la delgada tela que protege el orgullo de dos almas humanas. Y cierra el ciclo de presión permanente o resolución, el más suave, que enjuaga la ropa con agua fría, para apagar cualquier remanente de fuego.

La interesante historia del origen de la palabra ciclo deja la sensación de que la vida no es muy diferente a las jornadas en una lavandería: la monotonía de los sonidos, la ropa perfumada artificialmente por el suavizante, el trajín de los clientes primerizos que no saben usar las máquinas y la desalentadora conclusión de que incluso a los más picudos se les va un calcetín rojo entre la ropa blanca.

«Reconocernos es de diario. La fama es otra cosa»

La obra se llama Punto y aparte. El dramaturgo es Jandro Chapa.

Lo primero que me dice Jandro es que no se considera un dramaturgo en forma. Más bien, se ve a sí mismo como un director que gusta de escribir las historias que cuenta. Marcar la diferencia debe ser importante para él, pues lo ha comentado en otras entrevistas. A mi entender, el proceso creativo genera un producto: la obra, y eso es lo que cuenta. El proceso es una anécdota interesante que pierde relevancia si el producto decepciona. No, Punto y aparte no decepciona.

El tema eje es la fidelidad: ¿engañas, te engañan o te engañas? Los juegos de poder en las relaciones se definen respondiendo a esas preguntas. La obra sigue una estructura donde las líneas argumentales intersectan en diversos puntos sin llegar a volverse confusa. Lo que se consigue —por el contrario— es elevar la tensión, prolongar el momento previo al clímax y una resolución efectiva. El humor está presente desde el inicio hasta el final, apoyado por diálogos verosímiles, ágiles y concisos; son pocos los diálogos de más de una oración.

Desde un inicio es evidente la trascendencia simbólica del espacio: tres planos en el escenario se urden de forma inteligente conforme se despliega el argumento, se conectan con fluidez y apuntan el reflector sobre los varios conflictos entre los personajes.

En los espacios se manifiestan las relaciones entre ocho personajes; a partir de conversaciones en apariencia inconsecuentes, el diálogo ágil permite cambios de tono: la comedia adquiere una densidad dramática aplastante y al espectador le entran ganas de no estar presenciando la escena (aunque a la vez la agradece por el alcance de las reflexiones que sugiere). La obra tiene muchos diálogos contundentes para incluirlos en memes o tallarlos en bronce, como el que da título a esta columna, por ejemplo.

«En el teatro encontré el medio más eficaz para hablarle al público», comenta Jandro, «pues la escritura escénica va creándose, en mi caso, a la par del texto». Hasta ahora, él ha sido el único en montar sus seis obras, entre las que destacan: Lucía de lo extraño (2013); La chica que se robó la Torre Eiffel (2010), una pieza surrealista sin voces; y ¿Mujer espías?… Alma Adulterada (2009), un monólogo de corte cabaret.

El trabajo de estos dos dramaturgos se ha presentado con cierta frecuencia en Monterrey. Ambos son jóvenes y han acumulado experiencias locales y nacionales. Sus obras están cargadas de silencios significativos, juegos de luces, riesgos dramáticos, música, y la voluntad de experimentar manteniendo las convenciones elementales. En los textos de ambos está el ímpetu de los que asumen la escritura como un campo creativo infinito.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Michael J. Seidlinger es editor de Civil Coping Mechanisms. Entre sus novelas, The Fun We’ve Had transcurre entre la vida y la muerte. Él y ella, los personajes principales, están demasiado preocupados con los roles que juegan en su relación y no se dan cuenta de que han muerto. Todo lo que hacen y dicen es un eco de la vida que tuvieron. En este pasaje se les ve aferrados a la negación, una de las fases del duelo.

 

EL TURNO DE ÉL

El sol no iba a quedarse aunque pudiera. Se burlaba de él con el prodigio de una dirección clara hasta que dejó solamente los pocos restos finales de luz dibujando el contorno de las olas, las suaves ondulaciones en el cálido mar en calma. Aquellos ojos jó­venes y ávidos contenían lágrimas, pero las nubes, que dejaron al sol fuera de esta escena, ya habían planeado llevar a cabo la parte del llanto ellas mismas. Las primeras gotas se podían ver rebotando en la superficie del océano.

La superficie se volvió turbia, alterando el equilibrio, gritando distintas voces que, superpuestas, en sus oídos sólo podían sonar como una tormenta que se avecina. Estremecido, quiso advertirle a ella, quiso declarar lo que pronto se convertiría en un viaje fútil hacia aguas traicioneras. Lo que quería decir tenía poco que ver con lo que podía decirse.

Todo tenía que ver con la tormenta.

El viento, el rayo, el romper de las olas contra un costado del ataúd hablaban por la única parte de él que necesitaba hablar.

Y aun así remaba. Luchó por ocultar lo que debería haber sen­tido. Se forzó a ocultar todo lo que pudiera mostrar debilidad.

Se hizo de la vista gorda sobre su apariencia.

Casi podía ver, a través de los rasgos de niña, el interior del ataúd. Miró más allá de su pelo rubio a la altura de los hombros y no prestó atención a lo sencillo que era amarrarse el cabello en dos coletas perfectas.

Sobre su hombro vio, en lugar de un rostro desconocido, el de ella con miedo, ella ahogándose en la tormenta. Sobre su hom­bro, quiso advertirle que el agua se estaba acumulando a la altura de sus tobillos.

Continuó remando, enfebrecido, hasta que el remo no pudo hacer más. No podía haber sobrevivido a la tormenta, y tampoco ellos, si es que no habían sucumbido ya al fallecimiento previo.

Tragar bocanadas enteras de agua de lluvia hizo muy poco para desplazar la duda. Él abrió la boca y resolló gritos mudos, gesticu­laba para que ella le ayudara a mantener el ataúd a flote.

Le estaba entrando mucha agua demasiado pronto. La tormen­ta arreció. El aguacero reflejaba su último deseo: haberla salvado de esta muerte. Si lo hubiera dicho antes de su último aliento, quizás habría podido pedir disculpas.

Se sentía como el momento perfecto, al verla ahí, desplomada; la fuerte lluvia la había arrastrado hacia ese vientre obeso. Su for­ma parecía perder toda definición. En la oscuridad de la tormenta ella lucía como una mancha fuera de su alcance.

Cada intento de acercarse terminaba con una ola que golpeaba un costado del ataúd y la tormenta lo alejaba de nuevo.

Deslizándose hacia un lado, el remo roto cayó en sus manos; dejó ir la madera astillada y observó cómo los pedazos flotaban en dirección a ella.

La lluvia era sólo lluvia hasta que se convirtió en la única razón para mantenerlos distantes. Sin palabras, vio subir el nivel del agua y al ataúd descender. Nunca estuvo tan cerca de sucumbir como ahora. Pronto, pensó, se hundirá el ataúd. Tendrían que nadar. Tal vez —se preocupó de que no supiera nadar cuando llegara el momento de hacerlo—, tal vez él se hundiría hasta el fondo.

¿Quién se hundiría primero? ¿Él o ella?

EL TURNO DE ELLA

La lluvia paró antes de que ella pudiera darse cuenta de que había llovido. Cuando se levantó, el agua en el ataúd había drenado. Don­de volvió a sentarse, la tela no se había secado completamente.

Bostezó.

No podía evitar que sus pesados párpados se cerraran. Ahí, donde él siempre había estado de pie con cierto grado de seguri­dad, ella sólo vio el gris azulado de un cielo cansado y aburrido. Lista para lo que viniera después. Ojos cerrados. Ojos abiertos una vez más. Un bostezo que podía sentir subiendo desde algún lugar profundo dentro de ese añoso cuerpo. Que el esfuerzo por mante­ner los ojos abiertos perdiera contra la voluntad de mantenerlos cerrados era una amenaza inminente. Culpa… ¿Pero ella a quién podía culpar realmente?

Ella cruzó los mismos límites que él. Pasó sobre las marcas peligrosas, cubrió los avisos de advertencia; el deseo de alcanzar la muerte superó el ridículo de haber arriesgado todo por esto.

“Pude haber sido cualquier cosa”. Era un murmullo, siempre un murmullo. Pudo haber sido alguien. Pudo haber sido alguien por quien dar la vida. Ciertamente no murió sola. Él estuvo ahí del mismo modo en que está ahí ahora mismo. Sus pesados párpados aceptaron el hecho de que él había caído al agua. Se ahogó pero estaba a salvo; ella drenó el ataúd justo a tiempo.

Nadó hacia ella y se sentó a su lado derecho.

Párpados pesados, y, cariñosamente, sintió el descuido. Podría haber tratado de aferrarse a ella; ella podría haber hecho lo mismo, pero eso es material para otras historias, ese tipo de afecto que guardamos para los libros que detallan las relaciones en presente.

Una relación muerta continúa como una persecución, repitien­do los mejores tiempos con mucha menor frecuencia de lo que se repiten los peores.

Ella se inclinó hacia delante con los ojos abiertos para mirar aquellos zapatos hechos jirones. Esos actos desproporcionados eran la indicación más simple de una salud mermada, y reflejaban el modo en que, muy pronto, se vería él.

“Ella era sólo una chica simple y hastiada”. Sólo porque sus párpados estaban cansados. Ojos cerrados. Si su corazón latiera, si necesitara inhalar, este sería el momento en que suspiraría, al tiempo que su corazón saltara. Un suspiro y un salto suficientes para que funcionaran como recordatorio de que la decisión podría ser tan simple como oprimir un interruptor.

Pero para que todo esto fuera posible, ella necesitaba perma­necer donde estaba, sin alterarse por cosa alguna.

Ése era su papel.

Se quedaría sentada hasta que estar sentada ya no fuera posi­ble debido al ímpetu del mar. La corriente tenía su modo, jalaba y empujaba sin dirección aparente con cada ola, cuando claramente el viento hacía su labor. La cuerda aún no se había roto entre el lugar donde habían estado y adonde pronto irían.

Ella podía sentir el sueño acercarse, el tipo de sueño que sola­mente los muertos pueden experimentar.

 

* Traducción de Herson Barona


Autores
Es editor de Civil Coping Mechanisms. Publicó la novela The Fun We’ve Had.
"El patito feo México", Hans Christian Andersen ; trad. de Fabio Morábito ; ilus. de Veronica Ruffato. FCE, 2022
“El patito feo México”, Hans Christian Andersen ; trad. de Fabio Morábito ; ilus. de Veronica Ruffato. FCE, 2022

La literatura infantil lleva una etiqueta en su propia definición. El mundo editorial, el comercial y el literario la delimitan en función de ciertos rasgos y peculiaridades atribuidas a sus usuarios. Es un público amplio pero diverso, por ello siempre recurre a la segmentación para definirse.

La LIJ contemporánea tiende a poner etiquetas a las etiquetas. En un afán de ser híper específicos, aparecen acervos y colecciones editoriales divididas por edades o etapas lectoras. En el primer caso se identifican ciertos rangos de edad en los que los niños comparten habilidades, conocimientos, referentes y experiencias de vida. En el segundo se deja del lado el número y se alude a la experiencia lectora de cada niño, se intenta seguir el proceso de cada uno y darle la oportunidad de acercarse a un libro que quizá no está etiquetado para su edad, pero que por el camino que ha recorrido podría gustarle; suelen dividirse en «para los que están aprendiendo a leer», «para los que leen bien», «para los grandes lectores»[1], etc.

Categorizar por edad o por habilidades funciona como una herramienta para el mundo escolar y también como una estrategia para homogeneizar un target comercial. Estos criterios también simplifican el trabajo de los padres y maestros al momento de elegir. Existen tantas formas de catalogarlo como casas editoriales, cada empresa lo hace en función de sus propias necesidades de venta, inventario y estrategia.

Hay una categorización que me parece más natural, ésta define a una obra según su origen y/o uso. En Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil[2], Laura Guerrero se basa en la teoría de Juan Corcuera para agrupar a la LIJ en 4 grupos:

  • Literatura ganada: Es la que no fue concebida para un público infantil, pero con el uso y repetición la adoptaron como propia. Son obras que tocan temas o situaciones que interesan a los niños. Tal es el caso de la tradición oral y los cuentos clásicos que se han ido transformando con el paso del tiempo y cada vez se adecuan mejor a las necesidades de un público distinto. Basta comparar las versiones originales de la Caperucita Roja con las contemporáneas para ver que hay elementos que permanecen, mientras que otros tienden a desaparecer para responder a este nuevo grupo de lectores. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift , La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson y las adaptaciones de obras clásicas a formatos ilustrados son un ejemplo de este fenómeno.
  • Literatura para niños: Ésta fue concebida pensando en un público de niños. Es la más común y siempre parte de una definición de lo infantil. La narrativa se articula en función de temas, sentimientos y situaciones propios de esta etapa de la vida. La forma de abordar los temas siempre depende de cómo cada autor concibe a su lector. Aquí los ejemplos son más inmediatos, se puede empezar con Hans Christian Andersen, pasar por Roald Dahl, Dr. Seuss y Maurice Sendak, hasta llegar a Francisco Hinojosa o Anthony Browne. Todos ellos profesionales en la escritura para niños, todos creadores de historias que han logrado conectar exitosamente con el público al que van dirigido.
  • Literatura instrumental y escolarizada, ésta no es literatura en un sentido estricto, pero la llamaré así para seguir en la misma línea. Son textos que tienen como finalidad enseñar algo relacionado con la currícula escolar, pueden ser libros de ficción o no ficción, pero su intención es complementar lo aprendido en el salón de clases. Si hay algo de goce en esta lectura es ganancia, no es su objetivo. Suelen ser textos sesgados o incompletos. Aquí caben los libros de texto y los libros informativos.
  • Literatura escrita por niños y jóvenes, el mundo editorial no ha puesto los ojos sobre esta tercera categoría, pero considero que es la que mejor refleja el mundo infantil. Se trata de niños hablando con sus iguales, en sus propias palabras, de problemas o situaciones con las que otro se puede enganchar. Muchas veces parten de lo anecdótico y muchas otras descubren el imaginario de quien escribe. En lo que refiere a calidad narrativa, tienen problemas de escritura, ortografía y ejecución, pero puede ser reveladora en muchos otros sentidos. Quizá la mejor herramienta para construir un discurso en torno al niño es leerlos. Es un discurso que vale la pena explorar.

Casi siempre que hablamos de LIJ nos referimos al segundo tipo, a la que está escrita exclusivamente para niños. Es la que más preguntas se hace, la que teoriza, delimita su campo de acción y reflexiona sobre sí misma. La que yo mejor conozco y la que es posible estudiar porque se autodefine como tal y construye sus propias reglas. A partir de ésta se erige un canon y se establecen tendencias tanto temáticas como estéticas. Es la que define qué es lo infantil y qué no, el resto de las literaturas se fijan en función de ésta. No importa cuánto lo intente, en estos temas es imposible escapar de las etiquetas.

 


[1] Colección A la orilla del viento del Fondo de Cultura Económica.

[2] Guerrero Guadarrama, Laura. Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil, México, Universidad Iberoamericana, 2012.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

Alissa Nutting es autora de los libros Tampa y Unclean Jobs for Women and Girls. Parte de su obra narrativa puede encontrarse en The Norton Introduction to Literature, Tin House, Bomb y Conduit.  Ha colaborado con ensayos en Fence, The New York Times y O, The Oprah Magazine. Es profesora adjunta de Creación literaria en la John Carroll University

Estoy hirviendo dentro de una olla junto con otras cinco personas. Nuestras extremidades están sujetas y nuestros intestinos y boca llenos de hierbas y ajo, aunque aún podemos hablar. A pesar del dolor, olemos muy bien.

El tipo junto a mí tiene un aire a Elvis por su peinado esponjoso y vagamente púbico. Quizá se debe a la humedad.

Al otro lado de la olla, un hombre hace el esfuerzo por llorar, pero sus lágrimas continúan evaporándose en sus mejillas. Por un momento me cruza el romántico pensamiento de que en realidad hervimos en lágrimas, cientos de miles de ellas, las más dulces lá­grimas de niños e infantes, en lugar de en este caldo amarillento, como de pollo.

Soy la única mujer en la olla, lo que me parece raro. Soy volup­tuosa y tengo curvas; entiendo por qué alguien querría zampar­me. Los hombres, en cambio, no parecen muy deliciosos. Uno de ellos, muy viejo y al otro lado de la olla, permanece a la deriva en un alternante estado de semiconciencia. Su cabeza se hunde en el caldo y, de pronto, justo cuando la punta de su nariz toca una de las burbujas de la superficie, vuelve a enderezarse y murmura un nombre. “Stanley” es el primero. El segundo, “David”. Creemos que dice los nombres de sus hijos; le seguimos la corriente después del nombre número quince (¿quizá ha pasado ya a los nietos?), pero cuando grita el nombre número cuarenta es claro que no se trata de un hombre emocional sino de un chiflado.

“No está loco”, gime el hombre llorón. “Estos son los últimos momentos de nuestras vidas. ¿No deberíamos decir los nombres de todos aquellos que hemos encontrado, conocido, amado?”.

“Ajá”, acepta Elvis.

Pero al hombre a su izquierda no parece agradarle la idea. Una serie de lágrimas tatuadas en su pómulo indica sus victorias en múltiples asesinatos carcelarios. Irónicamente, se encuentra atado junto al hombre llorón. “Me gusta el silencio”, dice.

El hombre inmediatamente a mi derecha no es realmente mi tipo. Sus rasgos son juveniles y femeninos de tal manera que pa­rece un joven Peter Pan. Pero me sonríe a través de las especias y las guarniciones abarrotadas en su boca; sin que ello lo altere logra una linda y suave mirada.

Y puesto que están a punto de comernos, rebajo mis estándares y decido ser atrevida.

“Te amo”, digo. Y lo digo con la mejor intención. Simplemente quiero abarcar tanto como pueda en estos breves y últimos momentos.

Pero cuando observo el impacto de mis palabras en su cara, el efecto es casi real. Quizá, pienso, puesto que nos estamos cocien­do juntos hacia el destino final, las cosas parecen apresurarse. Quizá lo que acabo de decir es realmente verdad.

Y lo es. Pasan los segundos y mi amor por él crece repentina­mente, como cristales de hielo o artemias, sobre todo mi cuerpo.

Nos miramos uno al otro y él se acerca a mí tanto como nues­tras ataduras nos lo permiten, lo suficiente para que las puntas de nuestros dedos se toquen. “También te amo”, dice. “Si no estuvié­ramos atados te daría el beso más suave que hayas sentido, justo en tus vaporosos labios”.

Con el rabillo del ojo noto que el hombre de los tatuajes, que hasta el momento no ha sido muy platicador, muestra de golpe los dientes superiores. Sus labios se retraen ampliamente a fin de verbalizar la lista de cosas que me haría, de no estar atados. No son cosas románticas o siquiera legales.

“Eres un monstruo”, le dice mi amante. “Ninguno de nosotros debería hervir en tus jugos”.

“Ajá”, acepta Elvis.

“Nos morimos igual que este criminal”, dice el hombre llorón. “No es justo”.

De pronto el anciano alza la cabeza. Una gota de caldo amarillo resbala por su barbilla.

“Amanda”, carraspea, luego sus ojos se ponen en blanco y su cabeza vuelve a caer. Sonrío.

“¡Ese es mi nombre!”. Me lleno de júbilo aunque no sé por qué. “Acaba de decir mi nombre”, le digo a mi nuevo amor, cuyos de­dos aprietan los míos.

“Amanda”, susurra mi amante entre la bruma caliente.

“¿Qué tal si es una especie de lista de la muerte?”, gimotea el hombre llorón. “¿Qué tal si este anciano ha estado aquí desde siempre, en ollas con cientos de personas que han sido devora­das, y a él lo han dejado aquí simplemente porque es muy viejo? Algo así volvería loco a cualquiera. Lo haría repetir una y otra vez los nombres de las personas que ha visto morir en un momen­táneo intento por traerlos de vuelta a la vida”. Tras meditar sus palabras, el hombre llorón deja escapar un largo y estridente so­llozo, casi un chirrido. Me hace pensar en un periquito que tenía cuando era joven. Intento recordar su nombre.

“Dan”, dice el anciano. “Ese es mi nombre”, mi amante ríe, agi­tándose un poco en el agua. “Acaba de decir nuestros nombres uno tras otro. ¡Es como si nuestro amor los hubiera sembrado en su cabeza!”.

El hombre de los tatuajes deja escapar una arcada.

Por diversión, pido a todos que digan su nombre, sólo para ver si el anciano los dirá a continuación. Los apuro a hacerlo mientras la cabeza del anciano permanece flácida debajo de una capa de caldo.

“Héctor”, murmura el hombre llorón.

“Sam”, canta Elvis.

“Al carajo”, murmura el hombre de los tatuajes.

Dan y yo observamos al anciano con expectación. Finalmente su envejecida cara emerge y saborea las gotitas de caldo en sus mejillas antes de decir “Lancelot”.

“Lo ves”, susurra mi amante. “Lo de nuestros nombres fue mágico”.

Deseo que este momento permanezca. Quiero multiplicarlo una y otra vez con el crecimiento antinatural de las cosas a punto de morir, acelerando la grasa pura de los últimos momentos de una vida. Quiero que la sensación de nuestros dedos tocándose se reproduzca como células cancerígenas.

Cuando la puerta de acero se abre incluso el anciano se incor­pora, parpadeando con sus húmedas pestañas. Un chef se acerca afilando un largo cuchillo contra una piedra. “¿Quién será el pri­mero?”, grita. Todos guardamos silencio, aunque creo escuchar al anciano murmurar “Daisy”.

“Muy bien”. El chef apunta con su cuchillo hacia mí, moviéndo­lo de tal manera que parece escribir su nombre en el aire con él. “Comenzaré contigo, puesto que eres la más carnosa”.

Lanzo a mi amante una mirada de despedida pero súbita­mente sus gritos colman la habitación. “¡No!”, grita, agitándose locamente, como un pez. “Tómame a mí. Por favor, te lo suplico, que ella sea la última”.

“Okey”, acepta el chef. Pero antes me revolotea el cuchillo una vez más, como si lanzara un hechizo, sólo para mostrar quién tiene el control.

Dos hombres con grandes guantes para horno se acercan y cortan las amarras de mi amante. Él estira sus labios para besar­me pero lo arrastran deprisa como si se tratara de una escalera, un hombre bajo sus hombros y otro bajo sus pies. “Por favor”, im­plora, “un beso”, pero estos hombres no son tan permisivos como el chef. Probablemente no hablen inglés, o ningún otro idioma.

“Eso fue hermoso”, solloza el hombre llorón. “Tanto amor”. A pesar de mi dolor, trato de vivir el momento. “¿Puedes cantar?”, pido a Elvis-Sam.

“There’s a moon out, tonight”, canturrea. Los dientes de ajo aho­gan su vibrato.

Cuando el chef y sus ayudantes regresan es el hombre de los tatuajes quien habla.

“Tómenme”, dice. “Odio a estas personas”.

Así que se lo llevan. Y mientras sale del agua podemos ver que en el brazo tiene un tatuaje que dice MADRE. Y esto hace que Llorón-Héctor llore aún más fuerte. “Debí llamar más a menudo a mi madre”, dice Elvis-Sam. Y comienza a cantar de nuevo. “You are the sunshine of my life”.

Los sollozos de Llorón-Héctor son incontrolables. Su emoción me alcanza. Veo cómo las ondas en el caldo se mueven de su torso al mío, chapoteando en mi estómago como una suave corriente.

“Todo va a estar bien, Héctor”, le aseguro. Quiero estirar mi pie a través de nuestro dorado estanque y limpiar sus lágrimas con mis caldosos dedos, pero mis piernas están atadas por los tobillos.

Cuando la puerta se abre, cuatro hombres, cada uno más resen­tido que el siguiente, entran con el chef. “Necesito dos”, ordena. Los hombres agarran a Elvis-Sam y a Llorón-Héctor, que mien­tras los llevan continúan cantando y llorando, respectivamente.

A solas con el anciano todo es más silencioso y sólo entonces me doy cuenta de cuán ruidosos se han vuelto los sonidos del hervor. Alza su cabeza y dice “Heidi”.

Una vez conocí a una Heidi. De la clase de ballet de la prepa­ratoria. Imagino que me sacan de la olla y me colocan sobre una fuente de plata junto a un pastel gigante y que en lo alto del pastel está Heidi, congelada en una elegante pirueta.

Cuando sacan al anciano del caldo, me sorprende ver que le falta una pierna. Me pregunto si habrá llegado sin ella o si se la comieron y luego lo regresaron al caldo.

Ahora que todos se han ido las burbujas del hervor escaldan mucho más que antes. Soy mala para la ciencia y no podría decir si antes compartíamos de alguna manera el calor, pero ahora so­porto sola su embate. Así parece. Extraño a mi amante y quizá sea mi inclinación al sufrimiento la que hace que el caldo se sienta más caliente aún.

Cuando las pisadas se acercan me pregunto si habrá algo después de la muerte. Quizá Dan me estará esperando en el otro lado y nuestro nuevo e incipiente amor florecerá desde el más allá. Luego, casi morbosamente, intento prepararme para lo que sentiré cuando me corten en pedazos. “Hay peores formas de morir”, me digo, “que ser hervido y luego rebanado con un cuchillo”. Pero me cuesta trabajo pensar en una. Finalmente imagino que me arrastran por la puerta hasta una mesa donde mis cinco compañeros de olla esperan, tenedor y cuchillo en las manos, y la piel todavía rosada por el caldo hirviente. Imagino a Dan diciendo que mi corazón está apartado para él, y a los otros riendo; y a Elvis cantando “Goodnight, sweetheart” mientras comienzan a trincharme hasta que pierdo el conocimiento ante el sonido de los cuchillos y tenedores en batalla. Esta ensoñación apaga el horror de mi destino, como cuando se coloca un tazón sobre la llama de una vela. Uno puede soportar lo que sea, me digo, si sabes que no estás sola, y el aire frío requema mi piel ardiente cuando los hombres me levantan en brazos. Sus dedos transmiten gran conocimiento; simplemente voy hacia donde los otros han estado ya.

 

* Traducción de Mauricio Salvador


Autores
Es autora de los libros Tampa y Unclean Jobs for Women and Girls. Parte de su obra narrativa puede encontrarse en The Norton Introduction to Literature, Tin House, Bomb y Conduit. Ha colaborado con ensayos en Fence, The New York Times y O, The Oprah Magazine. Es profesora adjunta de Creación literaria en la John Carroll University

Janice Lee es autora de Kerotakis, Daughter y Damnation. Es coeditora de [out of nothing]  y editora de la revista Entropy. Vive en Los Ángeles, donde imparte clases en CalArts.  En 2016, el sello Civil Coping Mechanisms publicará su colección de ensayos, The Sky Isn’t Blue.

Hay muchas cosas que decir de Los Ángeles y la mayoría no las diré porque ya las sabes, porque no existe una sola ciudad de Los Ángeles, y aunque el título de este texto diga “Los Ángeles”, el ser y el existir en esta ciudad algunas veces no tiene nada que ver con la ciudad en sí. Una cosa es segura, Los Ángeles es una ciudad completamente diferente para cada persona; si hubiese una ciu­dad en donde cada habitante pudiera diseñar su existencia y su experiencia personal dentro, sería LA. Tu LA es muy diferente a mi LA, mi LA de hace unos años es muy diferente a mi LA de hoy.

Una ciudad que traza diferentes gamas de luz, de imagina­ción, una ciudad imposible, prohibida. Tonos azulados y calles que suben y bajan, manojos de pasto. Siempre se siente como si fuera la última vez.

Días en que el cielo es tan azul como –

Como la pérdida de –

Como estar de luto o ir cayendo –

O días en que el cielo es tan gris como –

Como la insistencia de –

Como las notas al pie –

O días en que sabemos que el cielo no es azul en absoluto, que la insistencia de ese azul es la insistencia de la persistencia percibi­da de la existencia, que la insistencia de ese azul como una entidad saturada es aquella que nos humilla, nos preocupa, nos mortifica con cada paso que da por la banqueta, cuando soñamos despiertos y esos sueños se manifiestan convirtiéndose en la insis­tencia de un caracol o una palmera bailando por encima de todo.

Mira el cielo, te digo.

No veo nada, me dices.

En este lugar es posible estar rodeado por todos y aun así estar completamente solo. Es posible sentir simultáneamente el efecto urbano de la basura y la mugre, de la belleza y la suciedad en cada callejón; ese olor a pescado, esa mirada que cruza cuando estás esperando en una intersección. Todos esos sentimientos aunados a un paréntesis: la reciprocidad de la naturaleza, de los árboles, de la tierra, de los pájaros, del aire.

Una de las mejores cosas de esta ciudad es la posibilidad de vistas desde su interior: poder manejar a distintos puntos o escalar para tener una vista panorámica, cada ángulo de la ciudad es diferente, diferentes posturas psicológicas, distintas jerarquías de lugares; el crecimiento y la manifestación de una perspectiva extraña de una ciudad en la que ocupas un espacio, picos graznando atados a pájaros detrás de ti.

Pero hasta donde entiendo, nadie quiere escapar. ¿A dónde escaparías, y por qué? Quédate donde estás, todos están tranquilos y de buen humor. Además, las perspectivas múltiples requieren de la máxima precisión del dedo, el globo ocular y el músculo, arrastrando la memoria a través de la órbita de la palabra, de una capa de neblina a otra.

—Arkadii Dragomoshchenko, Polvo

Desde la ventana del auto, la ciudad es una serie fascinante de reflejos. El silencio no existe, excepto cuando le subes a la radio y los pedazos de ciudad que se reproducen mientras las miradas de todos se fijan en algo —neblina o esmog invisibles— que nubla la visión. Los actos y omisiones de él. La aceptación de ella. Las heridas sanadas de él. Las lágrimas de ella. La responsabilidad de él. La carga de ella. La inspiración de él. El escape de ella.

Algunas noches digo algo sobre algo que sucede en algún lu­gar del mundo.

Suenas como mi mamá, me dices.

Se está acabando, te digo.

No es verdad, me dices.

Sí, lo es.

Los Ángeles es una ciudad en movimiento, o una ciudad que está fija en extremo, y a través de la cual nos movemos, rápido, despacio, merodeando, zigzagueando, por las mismas rutas, por nuevas rutas. La ciudad se ve como la veo cuando estoy atorada en el tráfico, cuando voy a toda velocidad por la carretera, cuando me enfoco en estar a tiempo en algún lugar. Así es como se ve la ciudad, hilos que existen como impresiones paradójicas, transparentes, inmensas, borrosas, tatuadas en los párpados.

A otro: ¿todavía me amas? Puede que ya no importe. No creo que importe.

La pesadez del aire, ese silencio ruidoso que sólo puedes sentir cuando estás muy quieto; este es el momento oportuno e irreductible de estar en esta ciudad. Es verdad que la lógica estandarizada y el imaginario colectivo de LA nos dan un paisaje en movimiento, ese ir y venir tembloroso e implacable, ese constante correr y manejar, la vista de las palmeras y los edificios y otras calles desde el auto, el día que se aleja, la puesta del sol desde el espejo retrovisor, la fecha límite que se acerca para hacer el tiempo más tangible; la música, los estallidos, la intención del espacio que sólo se siente cuando estás moviéndote dentro de él. Pero Los Ángeles se percibe diferente cuando te quedas quieto. Cuando intentas tomar una fotografía y vives dentro de ella y, sólo por un momento, la ciudad no existe. Sólo eres tú y el espacio y el cielo, tú y el aire y el calor y tu respiración.

La inmensidad está en nosotros. Está adherida a una especie de ex­pansión del ser que la vida reprime y la prudencia detiene, pero que continúa en la soledad. En cuanto nos quedamos inmóviles, estamos en otra parte; estamos soñando en un mundo inmenso. La inmensidad, ciertamente, es el movimiento del hombre inmóvil. Es una de las carac­terísticas dinámicas de soñar despierto y en silencio.

—Gaston Bachelard

No entiendes mi desolación.

No entiendes que puedo sentir el dolor tanto de las víctimas como de los victimarios, de los testigos y los oyentes, los transeúntes y los actores. Puedo sentirlo todo con su pesadez, el dolor del mun­do es pesado, y en esta ciudad el cielo me puede mantener segura. El mundo se va a acabar, sólo tienes que confiar en lo que dice el clima y al final, ninguna de estas nimiedades va a importar, sólo va a importar el cielo y su desolación cubriendo el planeta con su amor y su gloria, sofocándonos con su aliento violento. Me que­do despierta hasta tarde leyendo poemas de Kenneth Patchen y Jaime Saenz porque aquí está mi alma, y te veo dormir y te amo, pero esta noche me siento muy lejana. Estoy tratando de regre­sar. ¿Cómo regreso?

Aunque en algunos casos la tristeza es necesaria. Es necesario tener el corazón roto.

Hay tantas cosas pequeñas muriendo que no importa cuál de ellas está muerta.

—Kenneth Patchen

Digamos que cuando estiras las capas transparentes de la ciu­dad, éstas se convierten en una confesión.

Y esa confesión no es que deseas la muerte —aunque también hay algo de eso— sino que extrañas a tu madre.

El sol y el calor se vuelven irrelevantes hasta que sales a confrontar la luz.

Pero en la luz está mi madre, está esa herida que no pue-des rastrear pero que empezó con tu nacimiento.

La ciudad cambia cuando tú cambias, y la confesión es que todas y cada una de las expresiones se van llenando de incertidumbre.

La ciudad está muy segura de sí misma, pero confiesa que no sabe nada que tenga que ver con el cielo.

Es cuestión de dar unos cuantos pasos hacia atrás y rastrear la herida hasta la luz, la luz que es un fantasma frenético.

No todos los panoramas son tomas iguales de esta ciudad, pero hay que confesar que al final todas son las mismas.

Una vez llovió, una aprobación desconsiderada a la herida de esta ciudad.

Los vecinos que gritan al lado no saben cómo hacer frente al silencio de manera valiente.

La obligación es pasar la sombra en la banqueta y seguir cami­nando, saltarse ese encuentro con ayuda de la luz.

La proclamación es que eres un individuo, pero en un instante eres parte de las masas, y al otro, un rayo de luz.

El hombre mismo es mudo, y es la imagen la que habla. Es obvio que la imagen por sí misma puede seguirle el paso a la naturaleza.

—Boris Pasternak

He aquí el verdadero dilema: que tantos momentos en esta ciudad son inarticulables. Mi confesión es que intento incansable e irremediablemente capturar momentos por medio de imágenes, de palabras, y todo esto es un ejercicio inútil, todo termina en fracaso. Pero algunas veces, la inarticulación se convierte en articulación, es decir, que la fotografía que trato de tomar –la que no captura nada de la esencia de lo que sentí en ese preciso momento, cuando volteé hacia el cielo y quise llorar– pudo haber muerto en ese instante; es decir que la foto se convierte en la articulación del momento inarticulable, de modo que la evidencia sólo puede ser un fantasma frenético, una herida, un todo que cede a la concentración de un algo.

Avísame cuando lo entiendas. Las fotografías son un ejemplo de esto, sí, intentar capturar esa puesta de sol, esta alusión cósmica de todo el espacio y el tiempo en la iluminación del cielo, ese devastador milagro de la vida que se contamina por tantas cosas pequeñas, pero también por otras articulaciones.

Articulaciones como: Te amo.

Palabras para una de las sensaciones más inarticulables. No es lo mismo para todos. Cada te amo no es equivalente, no existe tal cosa como la repetición en el amor, y aun así hay palabras que ase­guran, que intentan, que se aventuran y se esfuerzan para darle un valor específico por medio del lenguaje. Esto es tan absurdo como decir que el cielo es “azul”, que la puesta de sol es “hermosa”, que te sientes “feliz”. Todos estos intentos y comentarios: absurdos.

Pero hablo en serio cuando digo te amo. Me refiero a algo que no puedo describir, pero estas palabras son lo más cercano: una convención que dice que estas palabras significan algo cercano a lo que siento, y aun más importante, es la evocación de todos los otros sentimientos asociados con la emoción de la frase, que cuando dices te amo puedo sentir esa sensación de finitud y eter­nidad en mis huesos, puedo sentir mi pecho expandirse, una ame­naza de parálisis cuando todo termine, y una realidad sustancial que no existe construida completamente alrededor tuyo, una rea­lidad que nunca va a existir.

Cuando digo te amo vuelven a mí memorias de miles de no­ches presenciales, los límites de mis sentimientos por la noche cuando estoy en mi cama, cuando estoy afuera, cuando hago una pausa para hundirme y prolongar un momento de existencia. Los sentimientos revelan las manchas de los traumas pasados, los sentimientos se externan y articulan por medio de gestos. Tomas mi mano por un momento y eso es todo.

Puedo confesar que de una u otra forma te conectas con esta ciudad. Para mí, ese cielo o esa puesta de sol o ese edificio altí­simo, cada palmera glamorosa, cada palmera triste, cada reflejo de luz desde una ventana, cada sonido evocado; todo empieza a coincidir con la vitalidad repetitiva de tu aliento, de tus caricias, de tu existencia. Esto no tiene que tener sentido. No tiene que tener sentido que te conozca, que existas, aquí, conmigo. No es­toy segura de dónde saliste, ni estoy segura de dónde salí yo, no parece importar, aunque en cierto punto de mi vida estas cosas importaron. Tantas cosas importaban. Lo que importa son tus caricias, tu aliento, tu cuerpo junto al mío, tu existencia en esta ciudad conmigo. Lo que importa es que de repente, muy de repen­te, no puedo imaginar mi vida sin ti. Tal vez eso es el amor, un total reacomodo de la imaginación, la infiltración de una subjetividad que parece aplazar la forma en que las imágenes se relacionan las unas con las otras. De repente, lo que importa es el color del cielo, la dirección de las estrellas, la velocidad de la luz. Lo significante y lo insignificante cambian de rol.

El caracol.

El grabado en una columna.

Pasos rápidos. Pasos lentos.

Manos.

Momentos en el espacio.

La densidad de la neblina.

Distancia.

Altitud.

Quiero vivir todos los tonos de luz contigo, todos los tonos intermedios.

Quiero tantas, tantas cosas, pero también esos deseos se desvanecen.

Todo da miedo. Algún día esta ciudad me va a tragar completa y nadie, ni siquiera las palomas, se van a dar cuenta.

 

*Traducción de Andrea Cisneros


Autores
Es autora de Kerotakis, Daughter y Damnation. Es coeditora de [out of nothing] y editora de la revista Entropy. Vive en Los Ángeles. donde imparte clases en CalArts.