Tierra Adentro

La literatura infantil lleva una etiqueta en su propia definición. El mundo editorial, el comercial y el literario la delimitan en función de ciertos rasgos y peculiaridades atribuidas a sus usuarios. Es un público amplio pero diverso, por ello siempre recurre a la segmentación para definirse.

La LIJ contemporánea tiende a poner etiquetas a las etiquetas. En un afán de ser híper específicos, aparecen acervos y colecciones editoriales divididas por edades o etapas lectoras. En el primer caso se identifican ciertos rangos de edad en los que los niños comparten habilidades, conocimientos, referentes y experiencias de vida. En el segundo se deja del lado el número y se alude a la experiencia lectora de cada niño, se intenta seguir el proceso de cada uno y darle la oportunidad de acercarse a un libro que quizá no está etiquetado para su edad, pero que por el camino que ha recorrido podría gustarle; suelen dividirse en «para los que están aprendiendo a leer», «para los que leen bien», «para los grandes lectores»[1], etc.

Categorizar por edad o por habilidades funciona como una herramienta para el mundo escolar y también como una estrategia para homogeneizar un target comercial. Estos criterios también simplifican el trabajo de los padres y maestros al momento de elegir. Existen tantas formas de catalogarlo como casas editoriales, cada empresa lo hace en función de sus propias necesidades de venta, inventario y estrategia.

Hay una categorización que me parece más natural, ésta define a una obra según su origen y/o uso. En Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil[2], Laura Guerrero se basa en la teoría de Juan Corcuera para agrupar a la LIJ en 4 grupos:

  • Literatura ganada: Es la que no fue concebida para un público infantil, pero con el uso y repetición la adoptaron como propia. Son obras que tocan temas o situaciones que interesan a los niños. Tal es el caso de la tradición oral y los cuentos clásicos que se han ido transformando con el paso del tiempo y cada vez se adecuan mejor a las necesidades de un público distinto. Basta comparar las versiones originales de la Caperucita Roja con las contemporáneas para ver que hay elementos que permanecen, mientras que otros tienden a desaparecer para responder a este nuevo grupo de lectores. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift , La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson y las adaptaciones de obras clásicas a formatos ilustrados son un ejemplo de este fenómeno.
  • Literatura para niños: Ésta fue concebida pensando en un público de niños. Es la más común y siempre parte de una definición de lo infantil. La narrativa se articula en función de temas, sentimientos y situaciones propios de esta etapa de la vida. La forma de abordar los temas siempre depende de cómo cada autor concibe a su lector. Aquí los ejemplos son más inmediatos, se puede empezar con Hans Christian Andersen, pasar por Roald Dahl, Dr. Seuss y Maurice Sendak, hasta llegar a Francisco Hinojosa o Anthony Browne. Todos ellos profesionales en la escritura para niños, todos creadores de historias que han logrado conectar exitosamente con el público al que van dirigido.
  • Literatura instrumental y escolarizada, ésta no es literatura en un sentido estricto, pero la llamaré así para seguir en la misma línea. Son textos que tienen como finalidad enseñar algo relacionado con la currícula escolar, pueden ser libros de ficción o no ficción, pero su intención es complementar lo aprendido en el salón de clases. Si hay algo de goce en esta lectura es ganancia, no es su objetivo. Suelen ser textos sesgados o incompletos. Aquí caben los libros de texto y los libros informativos.
  • Literatura escrita por niños y jóvenes, el mundo editorial no ha puesto los ojos sobre esta tercera categoría, pero considero que es la que mejor refleja el mundo infantil. Se trata de niños hablando con sus iguales, en sus propias palabras, de problemas o situaciones con las que otro se puede enganchar. Muchas veces parten de lo anecdótico y muchas otras descubren el imaginario de quien escribe. En lo que refiere a calidad narrativa, tienen problemas de escritura, ortografía y ejecución, pero puede ser reveladora en muchos otros sentidos. Quizá la mejor herramienta para construir un discurso en torno al niño es leerlos. Es un discurso que vale la pena explorar.

Casi siempre que hablamos de LIJ nos referimos al segundo tipo, a la que está escrita exclusivamente para niños. Es la que más preguntas se hace, la que teoriza, delimita su campo de acción y reflexiona sobre sí misma. La que yo mejor conozco y la que es posible estudiar porque se autodefine como tal y construye sus propias reglas. A partir de ésta se erige un canon y se establecen tendencias tanto temáticas como estéticas. Es la que define qué es lo infantil y qué no, el resto de las literaturas se fijan en función de ésta. No importa cuánto lo intente, en estos temas es imposible escapar de las etiquetas.

 


[1] Colección A la orilla del viento del Fondo de Cultura Económica.

[2] Guerrero Guadarrama, Laura. Posmodernidad en la literatura infantil y juvenil, México, Universidad Iberoamericana, 2012.