Tierra Adentro

Alissa Nutting es autora de los libros Tampa y Unclean Jobs for Women and Girls. Parte de su obra narrativa puede encontrarse en The Norton Introduction to Literature, Tin House, Bomb y Conduit.  Ha colaborado con ensayos en Fence, The New York Times y O, The Oprah Magazine. Es profesora adjunta de Creación literaria en la John Carroll University

Estoy hirviendo dentro de una olla junto con otras cinco personas. Nuestras extremidades están sujetas y nuestros intestinos y boca llenos de hierbas y ajo, aunque aún podemos hablar. A pesar del dolor, olemos muy bien.

El tipo junto a mí tiene un aire a Elvis por su peinado esponjoso y vagamente púbico. Quizá se debe a la humedad.

Al otro lado de la olla, un hombre hace el esfuerzo por llorar, pero sus lágrimas continúan evaporándose en sus mejillas. Por un momento me cruza el romántico pensamiento de que en realidad hervimos en lágrimas, cientos de miles de ellas, las más dulces lá­grimas de niños e infantes, en lugar de en este caldo amarillento, como de pollo.

Soy la única mujer en la olla, lo que me parece raro. Soy volup­tuosa y tengo curvas; entiendo por qué alguien querría zampar­me. Los hombres, en cambio, no parecen muy deliciosos. Uno de ellos, muy viejo y al otro lado de la olla, permanece a la deriva en un alternante estado de semiconciencia. Su cabeza se hunde en el caldo y, de pronto, justo cuando la punta de su nariz toca una de las burbujas de la superficie, vuelve a enderezarse y murmura un nombre. “Stanley” es el primero. El segundo, “David”. Creemos que dice los nombres de sus hijos; le seguimos la corriente después del nombre número quince (¿quizá ha pasado ya a los nietos?), pero cuando grita el nombre número cuarenta es claro que no se trata de un hombre emocional sino de un chiflado.

“No está loco”, gime el hombre llorón. “Estos son los últimos momentos de nuestras vidas. ¿No deberíamos decir los nombres de todos aquellos que hemos encontrado, conocido, amado?”.

“Ajá”, acepta Elvis.

Pero al hombre a su izquierda no parece agradarle la idea. Una serie de lágrimas tatuadas en su pómulo indica sus victorias en múltiples asesinatos carcelarios. Irónicamente, se encuentra atado junto al hombre llorón. “Me gusta el silencio”, dice.

El hombre inmediatamente a mi derecha no es realmente mi tipo. Sus rasgos son juveniles y femeninos de tal manera que pa­rece un joven Peter Pan. Pero me sonríe a través de las especias y las guarniciones abarrotadas en su boca; sin que ello lo altere logra una linda y suave mirada.

Y puesto que están a punto de comernos, rebajo mis estándares y decido ser atrevida.

“Te amo”, digo. Y lo digo con la mejor intención. Simplemente quiero abarcar tanto como pueda en estos breves y últimos momentos.

Pero cuando observo el impacto de mis palabras en su cara, el efecto es casi real. Quizá, pienso, puesto que nos estamos cocien­do juntos hacia el destino final, las cosas parecen apresurarse. Quizá lo que acabo de decir es realmente verdad.

Y lo es. Pasan los segundos y mi amor por él crece repentina­mente, como cristales de hielo o artemias, sobre todo mi cuerpo.

Nos miramos uno al otro y él se acerca a mí tanto como nues­tras ataduras nos lo permiten, lo suficiente para que las puntas de nuestros dedos se toquen. “También te amo”, dice. “Si no estuvié­ramos atados te daría el beso más suave que hayas sentido, justo en tus vaporosos labios”.

Con el rabillo del ojo noto que el hombre de los tatuajes, que hasta el momento no ha sido muy platicador, muestra de golpe los dientes superiores. Sus labios se retraen ampliamente a fin de verbalizar la lista de cosas que me haría, de no estar atados. No son cosas románticas o siquiera legales.

“Eres un monstruo”, le dice mi amante. “Ninguno de nosotros debería hervir en tus jugos”.

“Ajá”, acepta Elvis.

“Nos morimos igual que este criminal”, dice el hombre llorón. “No es justo”.

De pronto el anciano alza la cabeza. Una gota de caldo amarillo resbala por su barbilla.

“Amanda”, carraspea, luego sus ojos se ponen en blanco y su cabeza vuelve a caer. Sonrío.

“¡Ese es mi nombre!”. Me lleno de júbilo aunque no sé por qué. “Acaba de decir mi nombre”, le digo a mi nuevo amor, cuyos de­dos aprietan los míos.

“Amanda”, susurra mi amante entre la bruma caliente.

“¿Qué tal si es una especie de lista de la muerte?”, gimotea el hombre llorón. “¿Qué tal si este anciano ha estado aquí desde siempre, en ollas con cientos de personas que han sido devora­das, y a él lo han dejado aquí simplemente porque es muy viejo? Algo así volvería loco a cualquiera. Lo haría repetir una y otra vez los nombres de las personas que ha visto morir en un momen­táneo intento por traerlos de vuelta a la vida”. Tras meditar sus palabras, el hombre llorón deja escapar un largo y estridente so­llozo, casi un chirrido. Me hace pensar en un periquito que tenía cuando era joven. Intento recordar su nombre.

“Dan”, dice el anciano. “Ese es mi nombre”, mi amante ríe, agi­tándose un poco en el agua. “Acaba de decir nuestros nombres uno tras otro. ¡Es como si nuestro amor los hubiera sembrado en su cabeza!”.

El hombre de los tatuajes deja escapar una arcada.

Por diversión, pido a todos que digan su nombre, sólo para ver si el anciano los dirá a continuación. Los apuro a hacerlo mientras la cabeza del anciano permanece flácida debajo de una capa de caldo.

“Héctor”, murmura el hombre llorón.

“Sam”, canta Elvis.

“Al carajo”, murmura el hombre de los tatuajes.

Dan y yo observamos al anciano con expectación. Finalmente su envejecida cara emerge y saborea las gotitas de caldo en sus mejillas antes de decir “Lancelot”.

“Lo ves”, susurra mi amante. “Lo de nuestros nombres fue mágico”.

Deseo que este momento permanezca. Quiero multiplicarlo una y otra vez con el crecimiento antinatural de las cosas a punto de morir, acelerando la grasa pura de los últimos momentos de una vida. Quiero que la sensación de nuestros dedos tocándose se reproduzca como células cancerígenas.

Cuando la puerta de acero se abre incluso el anciano se incor­pora, parpadeando con sus húmedas pestañas. Un chef se acerca afilando un largo cuchillo contra una piedra. “¿Quién será el pri­mero?”, grita. Todos guardamos silencio, aunque creo escuchar al anciano murmurar “Daisy”.

“Muy bien”. El chef apunta con su cuchillo hacia mí, moviéndo­lo de tal manera que parece escribir su nombre en el aire con él. “Comenzaré contigo, puesto que eres la más carnosa”.

Lanzo a mi amante una mirada de despedida pero súbita­mente sus gritos colman la habitación. “¡No!”, grita, agitándose locamente, como un pez. “Tómame a mí. Por favor, te lo suplico, que ella sea la última”.

“Okey”, acepta el chef. Pero antes me revolotea el cuchillo una vez más, como si lanzara un hechizo, sólo para mostrar quién tiene el control.

Dos hombres con grandes guantes para horno se acercan y cortan las amarras de mi amante. Él estira sus labios para besar­me pero lo arrastran deprisa como si se tratara de una escalera, un hombre bajo sus hombros y otro bajo sus pies. “Por favor”, im­plora, “un beso”, pero estos hombres no son tan permisivos como el chef. Probablemente no hablen inglés, o ningún otro idioma.

“Eso fue hermoso”, solloza el hombre llorón. “Tanto amor”. A pesar de mi dolor, trato de vivir el momento. “¿Puedes cantar?”, pido a Elvis-Sam.

“There’s a moon out, tonight”, canturrea. Los dientes de ajo aho­gan su vibrato.

Cuando el chef y sus ayudantes regresan es el hombre de los tatuajes quien habla.

“Tómenme”, dice. “Odio a estas personas”.

Así que se lo llevan. Y mientras sale del agua podemos ver que en el brazo tiene un tatuaje que dice MADRE. Y esto hace que Llorón-Héctor llore aún más fuerte. “Debí llamar más a menudo a mi madre”, dice Elvis-Sam. Y comienza a cantar de nuevo. “You are the sunshine of my life”.

Los sollozos de Llorón-Héctor son incontrolables. Su emoción me alcanza. Veo cómo las ondas en el caldo se mueven de su torso al mío, chapoteando en mi estómago como una suave corriente.

“Todo va a estar bien, Héctor”, le aseguro. Quiero estirar mi pie a través de nuestro dorado estanque y limpiar sus lágrimas con mis caldosos dedos, pero mis piernas están atadas por los tobillos.

Cuando la puerta se abre, cuatro hombres, cada uno más resen­tido que el siguiente, entran con el chef. “Necesito dos”, ordena. Los hombres agarran a Elvis-Sam y a Llorón-Héctor, que mien­tras los llevan continúan cantando y llorando, respectivamente.

A solas con el anciano todo es más silencioso y sólo entonces me doy cuenta de cuán ruidosos se han vuelto los sonidos del hervor. Alza su cabeza y dice “Heidi”.

Una vez conocí a una Heidi. De la clase de ballet de la prepa­ratoria. Imagino que me sacan de la olla y me colocan sobre una fuente de plata junto a un pastel gigante y que en lo alto del pastel está Heidi, congelada en una elegante pirueta.

Cuando sacan al anciano del caldo, me sorprende ver que le falta una pierna. Me pregunto si habrá llegado sin ella o si se la comieron y luego lo regresaron al caldo.

Ahora que todos se han ido las burbujas del hervor escaldan mucho más que antes. Soy mala para la ciencia y no podría decir si antes compartíamos de alguna manera el calor, pero ahora so­porto sola su embate. Así parece. Extraño a mi amante y quizá sea mi inclinación al sufrimiento la que hace que el caldo se sienta más caliente aún.

Cuando las pisadas se acercan me pregunto si habrá algo después de la muerte. Quizá Dan me estará esperando en el otro lado y nuestro nuevo e incipiente amor florecerá desde el más allá. Luego, casi morbosamente, intento prepararme para lo que sentiré cuando me corten en pedazos. “Hay peores formas de morir”, me digo, “que ser hervido y luego rebanado con un cuchillo”. Pero me cuesta trabajo pensar en una. Finalmente imagino que me arrastran por la puerta hasta una mesa donde mis cinco compañeros de olla esperan, tenedor y cuchillo en las manos, y la piel todavía rosada por el caldo hirviente. Imagino a Dan diciendo que mi corazón está apartado para él, y a los otros riendo; y a Elvis cantando “Goodnight, sweetheart” mientras comienzan a trincharme hasta que pierdo el conocimiento ante el sonido de los cuchillos y tenedores en batalla. Esta ensoñación apaga el horror de mi destino, como cuando se coloca un tazón sobre la llama de una vela. Uno puede soportar lo que sea, me digo, si sabes que no estás sola, y el aire frío requema mi piel ardiente cuando los hombres me levantan en brazos. Sus dedos transmiten gran conocimiento; simplemente voy hacia donde los otros han estado ya.

 

* Traducción de Mauricio Salvador


Autores
Es autora de los libros Tampa y Unclean Jobs for Women and Girls. Parte de su obra narrativa puede encontrarse en The Norton Introduction to Literature, Tin House, Bomb y Conduit. Ha colaborado con ensayos en Fence, The New York Times y O, The Oprah Magazine. Es profesora adjunta de Creación literaria en la John Carroll University
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