Tierra Adentro

Michael J. Seidlinger es editor de Civil Coping Mechanisms. Entre sus novelas, The Fun We’ve Had transcurre entre la vida y la muerte. Él y ella, los personajes principales, están demasiado preocupados con los roles que juegan en su relación y no se dan cuenta de que han muerto. Todo lo que hacen y dicen es un eco de la vida que tuvieron. En este pasaje se les ve aferrados a la negación, una de las fases del duelo.

 

EL TURNO DE ÉL

El sol no iba a quedarse aunque pudiera. Se burlaba de él con el prodigio de una dirección clara hasta que dejó solamente los pocos restos finales de luz dibujando el contorno de las olas, las suaves ondulaciones en el cálido mar en calma. Aquellos ojos jó­venes y ávidos contenían lágrimas, pero las nubes, que dejaron al sol fuera de esta escena, ya habían planeado llevar a cabo la parte del llanto ellas mismas. Las primeras gotas se podían ver rebotando en la superficie del océano.

La superficie se volvió turbia, alterando el equilibrio, gritando distintas voces que, superpuestas, en sus oídos sólo podían sonar como una tormenta que se avecina. Estremecido, quiso advertirle a ella, quiso declarar lo que pronto se convertiría en un viaje fútil hacia aguas traicioneras. Lo que quería decir tenía poco que ver con lo que podía decirse.

Todo tenía que ver con la tormenta.

El viento, el rayo, el romper de las olas contra un costado del ataúd hablaban por la única parte de él que necesitaba hablar.

Y aun así remaba. Luchó por ocultar lo que debería haber sen­tido. Se forzó a ocultar todo lo que pudiera mostrar debilidad.

Se hizo de la vista gorda sobre su apariencia.

Casi podía ver, a través de los rasgos de niña, el interior del ataúd. Miró más allá de su pelo rubio a la altura de los hombros y no prestó atención a lo sencillo que era amarrarse el cabello en dos coletas perfectas.

Sobre su hombro vio, en lugar de un rostro desconocido, el de ella con miedo, ella ahogándose en la tormenta. Sobre su hom­bro, quiso advertirle que el agua se estaba acumulando a la altura de sus tobillos.

Continuó remando, enfebrecido, hasta que el remo no pudo hacer más. No podía haber sobrevivido a la tormenta, y tampoco ellos, si es que no habían sucumbido ya al fallecimiento previo.

Tragar bocanadas enteras de agua de lluvia hizo muy poco para desplazar la duda. Él abrió la boca y resolló gritos mudos, gesticu­laba para que ella le ayudara a mantener el ataúd a flote.

Le estaba entrando mucha agua demasiado pronto. La tormen­ta arreció. El aguacero reflejaba su último deseo: haberla salvado de esta muerte. Si lo hubiera dicho antes de su último aliento, quizás habría podido pedir disculpas.

Se sentía como el momento perfecto, al verla ahí, desplomada; la fuerte lluvia la había arrastrado hacia ese vientre obeso. Su for­ma parecía perder toda definición. En la oscuridad de la tormenta ella lucía como una mancha fuera de su alcance.

Cada intento de acercarse terminaba con una ola que golpeaba un costado del ataúd y la tormenta lo alejaba de nuevo.

Deslizándose hacia un lado, el remo roto cayó en sus manos; dejó ir la madera astillada y observó cómo los pedazos flotaban en dirección a ella.

La lluvia era sólo lluvia hasta que se convirtió en la única razón para mantenerlos distantes. Sin palabras, vio subir el nivel del agua y al ataúd descender. Nunca estuvo tan cerca de sucumbir como ahora. Pronto, pensó, se hundirá el ataúd. Tendrían que nadar. Tal vez —se preocupó de que no supiera nadar cuando llegara el momento de hacerlo—, tal vez él se hundiría hasta el fondo.

¿Quién se hundiría primero? ¿Él o ella?

EL TURNO DE ELLA

La lluvia paró antes de que ella pudiera darse cuenta de que había llovido. Cuando se levantó, el agua en el ataúd había drenado. Don­de volvió a sentarse, la tela no se había secado completamente.

Bostezó.

No podía evitar que sus pesados párpados se cerraran. Ahí, donde él siempre había estado de pie con cierto grado de seguri­dad, ella sólo vio el gris azulado de un cielo cansado y aburrido. Lista para lo que viniera después. Ojos cerrados. Ojos abiertos una vez más. Un bostezo que podía sentir subiendo desde algún lugar profundo dentro de ese añoso cuerpo. Que el esfuerzo por mante­ner los ojos abiertos perdiera contra la voluntad de mantenerlos cerrados era una amenaza inminente. Culpa… ¿Pero ella a quién podía culpar realmente?

Ella cruzó los mismos límites que él. Pasó sobre las marcas peligrosas, cubrió los avisos de advertencia; el deseo de alcanzar la muerte superó el ridículo de haber arriesgado todo por esto.

“Pude haber sido cualquier cosa”. Era un murmullo, siempre un murmullo. Pudo haber sido alguien. Pudo haber sido alguien por quien dar la vida. Ciertamente no murió sola. Él estuvo ahí del mismo modo en que está ahí ahora mismo. Sus pesados párpados aceptaron el hecho de que él había caído al agua. Se ahogó pero estaba a salvo; ella drenó el ataúd justo a tiempo.

Nadó hacia ella y se sentó a su lado derecho.

Párpados pesados, y, cariñosamente, sintió el descuido. Podría haber tratado de aferrarse a ella; ella podría haber hecho lo mismo, pero eso es material para otras historias, ese tipo de afecto que guardamos para los libros que detallan las relaciones en presente.

Una relación muerta continúa como una persecución, repitien­do los mejores tiempos con mucha menor frecuencia de lo que se repiten los peores.

Ella se inclinó hacia delante con los ojos abiertos para mirar aquellos zapatos hechos jirones. Esos actos desproporcionados eran la indicación más simple de una salud mermada, y reflejaban el modo en que, muy pronto, se vería él.

“Ella era sólo una chica simple y hastiada”. Sólo porque sus párpados estaban cansados. Ojos cerrados. Si su corazón latiera, si necesitara inhalar, este sería el momento en que suspiraría, al tiempo que su corazón saltara. Un suspiro y un salto suficientes para que funcionaran como recordatorio de que la decisión podría ser tan simple como oprimir un interruptor.

Pero para que todo esto fuera posible, ella necesitaba perma­necer donde estaba, sin alterarse por cosa alguna.

Ése era su papel.

Se quedaría sentada hasta que estar sentada ya no fuera posi­ble debido al ímpetu del mar. La corriente tenía su modo, jalaba y empujaba sin dirección aparente con cada ola, cuando claramente el viento hacía su labor. La cuerda aún no se había roto entre el lugar donde habían estado y adonde pronto irían.

Ella podía sentir el sueño acercarse, el tipo de sueño que sola­mente los muertos pueden experimentar.

 

* Traducción de Herson Barona

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