¿Leer sirve para algo? Parece una condena pensar que si los niños no leen se convierten en adultos que no leen, y que leer de joven te hace ser un mejor adulto. ¿Los niños que leen son mejores niños o serán mejores adultos? No hay una respuesta para esta pregunta. Es difícil, por no decir imposible, comprobarlo.
La idea romántica en torno a la lectura nos ha hecho más daño del que creemos. Los libros aparecen como promesas, como artículos potencialmente mágicos que necesitan ser abiertos para activarse. Las campañas de «fomento a la lectura» navegan con esta bandera y nunca especifican de qué tipo de libros están hablando, simplemente se hace alusión al acto de leer como algo revelador. Así, sin más detalles.
¿Da lo mismo leer tratados de física cuántica, manuales de procedimientos, instructivos, novelas decimonónicas o poesía contemporánea? ¿El poder lo tiene el objeto en sí o la materia de la que hablan los libros? ¿A qué tipo de libros se le atribuyen estas virtudes? Temo que muchas veces, sin saberlo, se está hablando de literatura. Porque lectura en esta acepción se relaciona con ficción, a ésta se le vincula con un acto de goce, de cambio de paradigmas y transporte a otras dimensiones. Mientras que la no-ficción aparece como un asunto relacionado con la escuela, el aprendizaje y el tedio del mundo material, la literatura parece un universo al que todos podemos entrar, basta con decodificar caracteres y seguir el hilo narrativo para que funcione. Se entiende que no se necesita algún conocimiento previo y que uno vive experiencias estéticas sólo porque sí, pero es más complicado que eso. La ficción cumple con una serie de características de estilo, forma y fondo que no pueden obviarse para aspirar a una experiencia universal de la comprensión lectora.
Los clásicos son el mejor ejemplo de lo anterior. No son para todos ni para cualquier momento, se necesitan experiencias previas de lectura o intermediación para completar y complementar dichas experiencias. De ahí los múltiples fracasos que se dan en los programas educativos cuando, a través de lecturas obligatorias, pretenden que niños y jóvenes vivan experiencias completas sin tener herramientas suficientes para aprehenderlas ni total ni parcialmente.
Las atribuciones que se le dan a la cultura escrita están rebasadas en todos los sentidos. Los libros no hacen maravillas, en sí mismos no tienen el poder de modificar algo ni encierran todas las respuestas del mundo. Sin embargo existe la necesidad de seguir revisitando libros para plantear dilemas y repensar la condición humana. La diferencia sustancial radica en el uso que se les dan a estas obras y en cómo se pueden exprimir para hacer que sirvan para la vida. La ficción, igual que un manual o un instructivo, resuelven problemas vinculados con la realidad. A veces inmediatos y otros a largo plazo. Todos estos ejercicios implican una disposición y una toma de conciencia. La voluntad de mirar e interpretar por parte del lector no es un acto sobrenatural, es un esfuerzo que implica un trabajo ante los textos, no una asimilación inmediata de los mundos posibles.
Es necesario recordarles a las campañas de fomento a la lectura que no por leer veinte minutos al día la vida de un niño cambiará; quizá se construyan hábitos, así como se puede construir el hábito de despertar temprano, escuchar el radio por la mañanas u otras de las peores repeticiones cotidianas. Leer no nos vuelve mejores personas, no nos transporta a otros universos ni nos unen a nuestras familias. No hay forma de que eso suceda con el simple acto de leer. Tampoco se le puede comprobar a alguien que su vida cambiará si se acerca a los libros. Pero los libros sirven para escribir textos que hablen de ellos, para llenar libreros, para discutir sobre si modifican nuestra vida, para sobrevivir a ella o para sostener las patas flojas de las mesas.
Al comienzo de sus Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, George Steiner, retomando a Schiller, escribió que la existencia humana tiene una tristeza fundamental, ineludible. Tenía razón, lo que no es raro en Steiner. La aflicción del pensamiento recorre cualquier manifestación surgida de éste, y eso, desde luego, incluye a la música. A manera de guiño, este texto pretende aplicar el esqueleto estructural del crítico de la cultura a una cuestión igualmente triste: los malestares que afectan a la música rock y sus derivados en nuestro país.
1.-La centralización
Me parece un error confinar las música generada en nuestro país a la Ciudad de México; esa idea es más una aproximación que una realidad. Aunque nuestra música pueda escucharse y difundirse con mayor facilidad en la Ciudad de México, está claro que Monterrey, Tijuana y, sobre todo, Guadalajara cuentan con sus propias escenas. De hecho, me atrevería a sugerir que no son las manifestaciones musicales las que están centralizadas, sino los oídos y medios que atienden a ellas. Esto se puede resolver, pero es importante considerarlo.
2.-La curaduría de los productores
Hace dos años, el sello Audition lanzó una compilación de tres volúmenes titulada The Other Mexico. Beyond the Pyramid 2005- 2013. La antología incluyó a artistas nacionales que, bajo un sello independiente o la genuina intuición de su libertad, crearon algunas de las piezas musicales mejor pensadas en nuestro país. Lamentablemente estos artistas suelen aparecer tan sólo de forma aislada (a veces como tracks dispersos en las inmediaciones de SoundCloud, otras como actos en vivo condenados a un puñado de escuchas). Aunque hablamos de un mercado de nicho, que permite la radicalización de las visiones artísticas y musicales, un hecho es contundente: la relevancia de estos actos continúa siendo mínima. Las apologías emprendidas en revistas especializadas, sitios de autor y esfuerzos como NRMAL, Static Discos o la notable Umor Rex, aún no consiguen ser completamente influyentes. La incapacidad de apostar por una propuesta y permitirle evolucionar en la complejidad de un estudio y un público es una de las problemáticas internas más evidentes de la música nacional.
3.-LA CURADURÍA DE LOS MEDIOS
Aunque no es posible juzgar a los medios como una totalidad, lo cierto es que gran parte de ellos responden a estímulos similares: buscan la tendencia, el estilo divergente, el acto desconocido. Sin embargo, el ejercicio suele asumirse con pobreza reflexiva y desidia. Como resultado tenemos una gran cantidad ideas y ejecuciones editoriales extrañamente similares, carentes de profundidad analítica. A pesar de medios con una constancia suficiente como para adaptarse a la vertiginosa era de la inmediatez, como Marvin (en su versión impresa) o Ibero 90.9, no es posible asegurar que hemos llegado a una buena intercesión de propuestas. El papel de los medios no debería consistir en perseguir las tendencias, sino en curar las manifestaciones que las crean para dar al escucha un punto de apoyo. La imposibilidad de quebrar esta dinámica y sedimentar una postura con claridad es un obstáculo casi insalvable de nuestro entendimiento musical.
4.-LA CURADURÍA DE LA AUDIENCIA
Una verdad: el público está sometido al flujo informático de proyectos musicales. Otra: lo peor es que ha respondido a esta sobrecarga de información con una presunción innecesaria por asimilarlo todo. Como consecuencia, sus gustos y atención a cada propuesta recibida se diluyen. Esto, sin embargo, podría resolverse con un ejercicio simple: no formar parte de la audiencia, hacerse a un lado, escuchar y no seguir. La necesidad del público por estar en la tendencia, sumarse al ruido de los medios —e incluso reproducirlo— es una de las principales dificultades que enfrentamos.
5.-LA ACUMULACIÓN DE PROPUESTAS
Bastaría con retarnos a escuchar lo que blogs, revistas, cuentas de Twitter y estaciones de radio proponen en sólo un día. La tarea es virtualmente imposible. Tenemos casi tantos artistas como productos manufacturados en serie. Aunque plataformas como SoundCloud y Bandcamp nos han permitido conocer proyectos a los que no podríamos llegar de otra manera, su número termina por aniquilar cualquier perspectiva de mediación que pretenda cubrirlos.
6.-LA FALTA DE CRÍTICOS Y LA SOBREPOBLACIÓN DE PERIODISTAS
La atención es un bien escaso. Las notas y reseñas de álbumes en nuestro país tienen un ritmo de publicación digno de la neurosis más severa. Puestos a clasificar, los periodistas añaden un adjetivo, lo que les permite discriminar fácilmente álbumes, artistas y canciones, encajonándolos en el trazo borroso de estilos musicales que surgen y desaparecen con facilidad. Esta clasificación es algo que los críticos deberían evitar. La falta de escuchas cuya atención e inteligencia se disponga ante la facultad de mediar propuestas, escuchas que asuman la posibilidad de realizar un crítica y no tanto una opinión —casos aislados como los de Marcos Hassan, Julian Woodside, Erika Arroyo y Juan Carlos Hidalgo—, es uno de los principales problemas de la escena nacional.
7.-EL MITO DEL ROCKSTAR
En un rechazo de cualquier perspectiva autocrítica, los rockstars nacionales afianzan su popularidad en un circuito cerrado, rara vez sometido al desencanto de la escucha atenta. En cambio, se limitan a hablar de su obra como si se tratara de la piedra más preciosa del indie nacional. Los numerosos conciertos que ofrecen en recintos de la Roma-Condesa terminan por justificar su carente sentido de la creación musical. En pocos casos hablamos de un trabajo genial que pueda justificar la estupidez y forma de vida del rockstar. Una problemática más de la escena nacional es la creación de estos personajes, que emulan todo lo que es bueno del rock, pero olvidan todo lo que musicalmente lo hace relevante.
8.-LA POBRE LECTURA DEL ROCK CREADO EN NUESTRO IDIOMA
Más allá de las listas o la consagración en libros como 100 discos esenciales del rock mexicano, actualmente no poseemos un canon de álbumes nacionales susceptible de revisión. Discos como Revés/Yo Soy, El silencio y Leche son clásicos, pero los asumimos como piezas inamovibles de una tradición mexicana; por lo mismo, rara vez tienen cabida en tradiciones mayores. Ni pensar que puedan competir con los álbumes consagrados del canon occidental. Café Tacvba (por mucho la banda con carrera más sólida y creativa de nuestro país) se desdibuja ante The Smiths o Interpol, aun cuando su música es tan —o más— rica que la de los artistas mencionados. En realidad, lo que la lectura de estos álbumes debería crear es la posibilidad de discutir cada nuevo lanzamiento que corre bajo la bandera de su influencia. El hecho de que esta discusión rara vez suceda es otro asunto pendiente de nuestro panorama musical.
9.-LA IMITACIÓN
Si bien es cierto que todo existe en relación a prácticas y sucesos musicales del pasado, la imitación y, en casos severos, el plagio circundan la escena musical de nuestro país —no sólo a nivel artístico sino también comunicacional—. Nuestro arte, como cada aspecto de nuestra cultura, en lugar de copiar, habría de entender que la originalidad y la autenticidad son dos conceptos que siempre terminan por difuminarse. Atarlos en una percepción estética y formarlos como manifestación artística parece, hasta ahora, una tarea que pocos asumen.
10.-LA INMEDIATEZ Y LA INCONSTANCIA AL ESCUCHAR
No creo que exista un problema con mayor número de capas y matices que la inmediatez inherente a nuestra época. La música ha comenzado a escucharse de una forma trepidante, siempre inmediata y superficial. Los artistas que verdaderamente tienen algo que decir enfrentan su trabajo desde firmes posturas estéticas y políticas, pero el tiempo que vivimos está más relacionado con la aceleración que con el pensamiento firme. La verdadera tristeza es que apenas contamos con espacios para pensar con detenimiento y esta problemática es, entre todas, la que mayores dificultades presenta y, también, la única que parece completamente irresoluble.
El acero es un emblema de Monterrey. A finales del siglo XIX, empresarios locales y extranjeros vieron una oportunidad para convertir a la ciudad en una potencia en la producción nacional de acero. Así, en el año de 1900 surgió la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. Ochenta y seis años duró la empresa; en 1986 cayó el titán industrial debido a una bancarrota épica por la que más de quince mil personas perdieron su empleo.
Cada regiomontano tiene en su historia la marca de Fundidora. La ciudad se construyó alrededor del símbolo y la población creció a la par de las millones de toneladas producidas en ochenta y seis años. A finales de la década pasada Xitlally Rivero y Rodrigo Navarro fundaron Editorial Acero, un esfuerzo que también está dejando su estampa en la historia de Monterrey.
Acero se especializa en novela contemporánea, «novelas poéticas, humanas e inteligentes que desafían al lector», de acuerdo a la página web de la editorial. Acero nació con la intención de publicar a escritores que, tras años de asistir a talleres y de acumular textos que permanecían inéditos, estaban listos para publicar una novela de propuesta valiente y novedosa. Por otro lado, Rivero y Navarro también querían llevar a las manos de los lectores novelas que consideraban importantes, pero que por diversos motivos estaban agotadas en las librerías. Después de siete años las buenas intenciones ahora son realidades muy concretas: el catálogo incluye a siete autores y un total de diez novelas.
Con frecuencia aparecen nuevas propuestas editoriales que resultan efímeras. Con el tiempo se convierten en oscuras anécdotas de bar o en chistes crueles. Acero se ha mantenido constante y fiel a su premisa. El nombre de la editorial es hoy un referente de las editoriales independientes de la ciudad. Y a Xitlally Rivero le ha costado. No hace mucho nos juntamos a tomar un café y me di cuenta que para Xitlally hablar de Editorial Acero es sinónimo de desvelos, decepciones, jarras de café, éxitos y fracasos, críticas y elogios. De resiliencia.
Xitlally además se ha mantenido activa en su proyecto de escritura personal. Es autora de Matilda, De mareas y otros versos y Hormiguero. Ella se inscribe a la idea de que la literatura sigue siendo literatura sin importar el empaque: su novela es tan poema como sus cuentos. «Todo es poesía», me dijo cuando le pregunté si se consideraba poeta o narradora. Matilda es una novela híbrida, fragmentaria, poética, intertextual, de exploración, que se arriesga a perder en caracterización de personajes para ganar en expresión, polifonía y juegos lingüísticos. Su obra poética es narrativa, como el poema Minas, incluido en la antología Carne pa’ llevar (2010, rojo3es editores):
No sé si recuerdo su nombre, ni su cara.
No recuerdo tampoco cómo llegue a esta historia.
Ella salía por las mañanas, muy temprano, y se
detenía a cada momento para averiguar a qué jugaban
los niños, a unirse a su juego, a preparar guisos extraños
en tazas y platos diminutos y a correr y a recolectar
las historias de los ancianos…
(Fragmento)
Editorial Acero publicó mi primera novela en 2012. Tenía algo de aprensión o recelo antes de empezar a escribir este texto porque tres años después, todavía me siento como parte de una familia. Pero la experiencia me permite hablar como infiltrado, como poseedor de información privilegiada. Otros autores me habían contado que tras publicar una obra con alguna editorial, la sensación de abandono era casi inmediata. La obra era distribuida a unas cuantas librerías, se organizaba una presentación o dos y eso era todo, buenas noches, gracias por participar. Lo que yo viví fue lo opuesto. Incluso me sorprendía porque de pronto tenía entrevistas telefónicas, invitaciones a programas de radio y presentaciones por aquí y por allá en la ciudad y fuera de ella. Una de las recompensas más grandes fue que en una preparatoria se leyó la novela como parte de una clase y los alumnos hasta escribieron ensayos. Si acaso, siento que faltó mandar la novela a más revistas y periódicos para que la reseñaran. Hablo de mi novela porque es el ejemplo que más conozco, pero sé que con las otras publicaciones se tuvieron alcances similares. Nada mal para una editorial independiente con apenas un puñado de staff (aunque decir un puñado es mucho).
Los otros autores publicados por Acero son Felipe Montes, Manuel Luaces, Ramón Martínez, Vanessa Garza, Yolanda Cortez y Moisés Pacheco. Además de las novelas, la editorial ha abierto un espacio para los autores, que funciona como una suerte de blog para hablar sobre la novela contemporánea y la creación literaria.
El símbolo del acero para Monterrey es polivalente: representa la fuerza, el emprendimiento, el ingenio, el valor, la creación de un imaginario moderno y, también, la caída, la ruina, la decepción, el capitalismo tiránico. Hoy el acero regiomontano está hecho de lenguaje y arroja una luz poética sobre nuestra ciudad.
A partir de una serie de preguntas que funcionan como guía, Juan Carlos Hidalgo dirige esta conversación entre músicos y periodistas en la materia que intenta abarcar el estado actual del rock en nuestro país. El estilo, las influencias, el idioma y los cambios generacionales son algunos de los temas aquí desarrollados.
JUAN CARLOS HIDALGO
[EN ADELANTE EN AZUL]
No podría resultar más simbólica y significativa la frase con la que Juan Villoro respondió a la ovación de sus seguidores, cuando en diciembre pasado se presentara con el espectáculo Mientras nos dure el veinte, junto a los Caifanes Diego Herrera y Alfonso André, Federico Fong de La Barranca y el guitarrista Javier Calderón. A manera de conclusión de las dos noches en El Museo del Chopo musicando sus cuentos —principalmente del libro Tiempo transcurrido—, el también crítico de rock expresó: «No estábamos preparados para el éxito, sólo para el fracaso».
Y es que el rock mexicano parece siempre ir en contra, imponiéndose a detractores que también proceden de su propio feudo. En nuestro país se editan más discos de los que se cree, pero es difícil encontrar cifras fidedignas. El rock es al mismo tiempo una obra de arte y un producto comercial —su naturaleza es ambivalente—. Con el tiempo se ha multiplicado exponencialmente, no sólo en calidad y cantidad sino en el contacto con otros subgéneros con los que se relaciona (de lo experimental a la cumbia).
Al rock mexicano se le acusa de machista y le salpica la misoginia de cierta parte del rap; acusa tensiones entre las clases sociales y —como el resto del país— es en parte discriminatorio; evidencia una separación ideológica entre las nuevas generaciones
y las viejas figuras. Sólo aquí un grupo punk marginal puede rechazar la atención mediática; el rock mexicano pretende proyectarse al futuro prestando poca atención a la tradición local y a la revisión de la historia, y aun así es una oportunidad de negocio y un espacio de identidad ideológica. A veces ignora que es importante su relación con otras disciplinas artísticas —como la literatura— y se preocupa poco por el manejo del léxico y la sintaxis. Pero, se ha afianzado como una de las escenas más atrayentes no sólo para el resto del continente sino para todos los hispanoparlantes.
Siguiendo el dicho de Andrés Calamaro: «Es casi tan lindo hablar de música que hacer música», un grupo de periodistas confluyen para disertar acerca de diferentes tópicos que marcan nuestra actualidad roquera. El grupo pretende reunir distintas generaciones y perfiles, además de evadir al centralismo y sumar voces del interior del país. La conversación es una práctica en la que la civilización se opone explícitamente a la barbarie. Iniciamos:
Hace no mucho Juan Villoro declaró que al rock mexicano le hace falta un cambio generacional; esto causó fuertes polémicas en foros, blogs y otros espacios. ¿A qué se deberá que provocara tanta molestia? ¿Acaso no es una necesidad evidente de la escena nacional?
ENRIQUE BLANC: El malestar ocasionado por Villoro puede obedecer a su desconocimiento de lo que realmente está sucediendo en el país en lo que al rock respecta. Sí creo que hay un cambio generacional entre, digamos, Maldita Vecindad y Ampersan. De hecho, veo con mucha claridad que el advenimiento de internet generó una ruptura conceptual entre los roqueros de la generación surgida con «Rock en tu idioma» y subsellos como Culebra y Manicomio, y los que llegaron después. Fue la generación MySpace, en principio, la que volvió a considerar hacer letras en inglés —cuando eso ya estaba superado años atrás— y a pensar que podían conseguir atención fuera del país. Pocos lo lograron (Le Butcherettes y Lorelle Meets The Obsolete). Posteriormente ha surgido una generación que aprendió las ventajas que ofrece la web, así como de la aventura que significa ser independiente, y está dando frutos.
A esta generación pertenecen Pumcayó, Belafonte Sensacional, Los Mundos, Troker, Centavrvs, entre muchas otras agrupaciones que aportan a una oferta que ha crecido de manera impresionante. Por eso es cada vez más complicado destacar. Sin embargo, me parece que hay frutos importantes ya en esta generación, que han aprendido a asumir su quehacer artístico y a transformarse, de un proyecto musical, en una empresa que los empuje y los saque adelante, cosa que no existía en el pasado.
BELAFONTE RAMÍREZ: No sólo es una necesidad, es algo que sucede todo el tiempo y está sucediendo ahora. A veces se nos olvida que el rock es más que música; es un espíritu juvenil cuya naturaleza lo obliga a cambiar constantemente y a renegar del pasado. Habría que ponerle atención a eso y dejar de escuchar lo mismo una y otra vez, dejar de escuchar la radio y ponerse a escuchar al vecino, ir a los toquines: ahí está la grasa.
La molestia, supongo, tiene su origen en el desconocimiento de Juan Villoro de una nueva generación que está haciendo el rock and roll del siglo xxi en la Ciudad de México. Podría decirle a Villoro que lo que hace falta es un cambio generacional en la literatura mexicana, pero también ya está sucediendo en las editoriales independientes y en jóvenes escritores que todavía no han sido descubiertos por Alfaguara o una de esos sellos.
VICENTE JÁUREGUI: Convendría poner en contexto la declaración de Villoro, pues él habló de bandas como Café Tacvba y Molotov, es decir, bandas consagradas, y la respuesta del gremio periodístico replicó mal. El argumento general de los periodistas estaba basado en bandas con indudable propuesta pero con muy poca popularidad. En ese sentido creo que Villoro tiene razón, pues es indudable que hay muchas bandas y escenas sucediendo al mismo tiempo, pero dentro de ese semillero no hay ninguna que se pueda considerar verdadera representante de una generación como tal, al menos no al nivel de las bandas a las que Villoro aludió. El Vive Latino es un ejemplo claro: después de Zoé, no existe ninguna banda mexicana que pueda ser headliner del festival y tener a sesenta mil personas esperando a las once de la noche. Todas las bandas encargadas de cerrar los escenarios principales son de la vieja guardia y, en ese sentido, es preocupante la falta de bandas grandes, con un nivel de convocatoria más amplio y un repertorio que rebase el éxito efímero del sencillo afortunado. Muchas bandas están virando hacia lugares sonoros inéditos en la escena nacional, pero carecen de canciones que perduren y que realmente impliquen ese relevo generacional que, honestamente, urge.
Y así es notorio que la edad de los miembros de muchos de los grupos emergentes está por debajo de los treinta años. ¿Será que conocen y respetan la tradición de la que proceden, o de plano la ignoran? ¿Harán lo mismo con la historia del rock en general?
ALEJANDRO MANCILLA: Con la llegada de internet, las influencias se multiplicaron, pero eso las hace más obvias e, irónicamente, más homogéneas. Es más difícil ser original en un tiempo en que la tendencia es el reciclaje. Apelar al pasado es lo más fácil, pero no todas las bandas tienen ese respeto y se quedan en la superficie. Aunque, a propósito de eso, creo que no necesariamente se tiene que estar en deuda con los antecesores: a las bandas nuevas les tocó un contexto más globalizado y el concepto de escena local está desapareciendo junto con las fronteras. La utopía de un rock mexicano con elementos folclóricos, que a veces resultaban en experimentos con cierta identidad, se ha ido diluyendo entre las nuevas generaciones. Quizás algún grupo se atreva a recuperar el México perdido como lo hicieron tantas bandas del pasado reciente, pero por lo pronto abundan los anglicismos hasta en el modo de bautizar a sus grupos.
BR: La nueva generación está más informada y tiene más recursos; reconoce su historia y valora lo que en su tiempo no se tomó en cuenta. La nueva generación está haciendo una música propia, ingeniosa, rebelde, violenta y honesta.
VJ: En mi experiencia, al entrevistar bandas emergentes, una constante es que su atención está dirigida hacia lo que pasa en otros países. Cuando hablan de bandas nacionales siempre se refieren a las mismas vacas sagradas, jamás citan a bandas que hayan existido antes de los noventa. A la mayoría lo que precedió a MTV Latino les resulta tedioso y, por lo tanto, indiferente. No ocurre lo mismo con la historia del rock anglosajón, de la que su música trata de abrevar. Hay una idea mucho más amplia y de interés genuino por parte de las bandas con miembros menores de treinta años.
EB: No hay que ser un intelectual para hacer buenas canciones de rock. En su mayoría, los músicos que han destacado en el rock no tienen un grado de estudios que pueda presumirse. La magia del rock es que ha permitido a mentes muy desarrolladas y creativas, y obviamente distantes de la academia, demostrar su genio y originalidad para decir las cosas. Allí están, entre otros, Bob Dylan, Ray Davies, Tom Waits. Creo que todo músico de rock abreva del pasado y que en su interés particular estará la justificación de sus predilecciones. No tienes que mirar necesariamente a tu propia tradición para estimular tu creatividad. Claro, hay un sentido de pertenencia y reconocimiento en el hecho de que Café Tacvba rinda homenaje a Jaime López, por ejemplo, o incluso a Los Tres. Lo mismo puede decirse del relevo que Belafonte Sensacional ha tomado del rock rupestre. Pero me parece suficiente que a un grupo como Troker lo inspire la obra de Medeski o Martin & Wood para hacer música propia y original. Querer intelectualizar al rock es negar el aporte que grupos como Ramones o Sex Pistols le han dado al género.
A finales del año pasado el periodista Alejandro González contactó al grupo de punk Mujercitos con la intención de entrevistarlos; los músicos declinaron la oferta y, entonces, González decidió escribir un artículo. Una vez publicado, la banda contactó al autor para expresar su molestia porque habló de ellos. Una vez más, el sainete en las redes sociales no se hizo esperar. ¿Será tal actitud algo sintomático de ciertos sectoresradicales que existen en el país? ¿En el rock sigue existiendo un problema de clases sociales?
EB: Más que rivalidades o distanciamientos entre clases sociales, yo hablaría de las rivalidades y distanciamientos que hay entre las tribus que veneran tal o cual estilo musical y la apertura que han aprendido a tener hacia lo ajeno. Nadie va a negar que el metal y el hip-hop son mundos aparte, con sus reglas propias, que cohabitan a distancia; casi no se tocan y sus seguidores fieles son incluso reconocibles a los ojos de los demás por su vestimenta y hábitos. Si analizamos la actitud de Mujercitos, muy ligada a los principios punk de la subsistencia en la marginalidad, ésta puede justificarse. Yo diría que eso ya está muy rebasado, aunque respeto y entiendo su militancia. No olvidemos que el grupo emblemático del género, los Sex Pistols, detonó la carrera del documentalista musical por excelencia, Julien Temple. Los estilos musicales también evolucionan y tienden a intercambiar señas de identidad con el fin de transformarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Recuerdo la época en que aquellos que teníamos a la guitarra eléctrica como el símbolo inequívoco del rock renegábamos del uso de tecnologías electrónicas. Hoy en día nadie se acuerda de aquella polaridad prejuiciosa.
BR: El problema de las clases sociales existe en el rock y en el mundo, pero a mí me emociona que una banda diga «no», que tenga esa conciencia y esa coherencia: otro síntoma de que ya hay un cambio en la forma de hacer y de decir en la escena nacional.
AM: Creo que en este caso fue una cuestión más de pose que de auténtica radicalidad. Me parece válido cuando se obedece a una postura real de marginalidad: si ellos no quieren estar en ciertos medios, es parte de su propuesta o anti-propuesta. Y claro, el rock sigue siendo clasista, de influencias y de amigos, pero eso ocurre en todo el mundo. En México el elitismo se nota hasta en la distribución de los géneros; por ejemplo, el metal abunda en la periferia, lo mismo que el llamado género urbano. Hace años salió un libro fotográfico, Sonidos Urbanos, que delimitaba a las bandas por zonas geográficas. Los datos que arrojó fueron interesantes, así como las influencias de los grupos defeños y los estilos musicales por colonia.
En una sociedad globalizada, y tomando en consideración a la diversidad cultural, pareciera que a fin de cuentas lo que importa es la calidad en la propuesta de un grupo por encima del idioma en que cante; ¿debería ser éste un asunto para seguir discutiendo? ¿Hay que restarle méritos a los grupos que no cantan en español cuando no aplicamos el mismo criterio a los grupos instrumentales, a los de lenguas originarias o a los que incluso inventan la suya?
VJ: Es una discusión que parece importarle más a los agentes externos que a las mismas bandas, aunque en realidad se trata de una pregunta para las bandas porque, en definitiva, si se busca cierto flujo de capital, el inglés resulta un obstáculo en nuestro país. Son contadas las bandas que han logrado internacionalizarse cantando en inglés, y casi nulas aquellas que han trascendido o rebasado la categoría de nicho en México. No es cuestión de restarles méritos, aunque en ocasiones muchas bandas confiesan que cantan en inglés porque es más fácil y resulta más conveniente abrir su discurso en un idioma ajeno.
AM: Todo está en función de la calidad de la propuesta y hasta del género. A una banda que haga música bailable o irónica, se le perdona (si es que hubiera algo que perdonar) que lo haga en inglés; por ejemplo, nadie se lo reprocha a Plastilina Mosh ni a Quiero Club, pero su música es más bien festiva. Si una banda quiere ser tomada en serio y decir algo más allá de la música y el beat, creo que sí debe tener un discurso en español. De lo contrario, no pasará de ser una banda divertida que no dice nada. Y sí, creo que el asunto amerita más discusión. En Argentina, durante la prohibición de escuchar música con letras en inglés (en medio de la Guerra de las Malvinas), floreció un movimiento de bandas brillantes que demostraron que se podían hacer buenas letras en español. En México me pareció loable la iniciativa de que sólo grupos hispanoparlantes pudieran tocar en el Rockotitlán en los años ochenta. Creo que, más que nacionalismo, es pura congruencia. Los grupos mexicanos que hacen letras en inglés se defienden diciendo que lo que ellos escuchan es en ese idioma y que es más fácil hacer letras en inglés. Pero es cuestión de ver más allá, de identificarse con su contexto, de leer, de tener referencias culturales con su entorno. Ya hay muchas bandas que, trascendiendo el pastiche del «Rock en tu idioma», han logrado hacer grandes letras en español, así que no hay pretextos.
BR: Cada quien es libre de cantar en el idioma que se le pegue la gana, ¿para qué limitar el canto?
EB: Al ser subjetivo, el tema de la calidad musical es interminable. Para mí, una de las bandas más virtuosas son Los Lobos, quienes lo mismo interpretan estilos del folclor mexicano que rock de raíz, e incluso se atreven a entrecruzar ambos mundos. Si cantan «La Bamba» me parecen estupendos, del mismo modo que cuando interpretan «Cumbia raza» o cualquiera de sus temas más roqueros. En lo suyo no hay límites, pero sí me parece interesante que su obra parte de la doble realidad que experimentan al ser hijos de mexicanos viviendo en Estados Unidos. Pareciera que más que ver con la calidad, el argumento a discutir está ligado al principio de honestidad y pertenencia, así como al de la inventiva; valores que se aplican a todas las artes. La belleza de una propuesta arranca en el sentido de pertenencia que desarrolla dadas las condiciones en las que surge, por eso es que los roqueros mexicanos que cantan en inglés me resultan menos interesantes que los que lo hacen en el idioma en que se comunican cotidianamente. Pero nadie puede negar que hay casos excepcionales. ¿Por qué veneramos a Björk si no canta en islandés o a Air si no lo hacen en francés? En días recientes, por ejemplo, me ha llamado mucho la atención la propuesta de Ibeyi, esas gemelas radicadas en París, de ascendencia cubana, que han decidido cantar en inglés. No obstante, si bien en algunos momentos uno podría imaginar que más bien radican en Nueva York, el componente cubano que tiene su música no sólo les da identidad, también habla a favor de su creatividad. Que canten en inglés y no en castellano o francés, en su caso, no me provoca comezón alguna.
A propósito de la globalización, ¿continúa siendo determinante el contexto donde surgen las bandas para su desarrollo, concepto y estilo musical? Es decir, ¿todavía hay diferencias estrictas entre grupos surgidos en distintas zonas socioculturales? ¿Dejó de ser relevante el concepto de escena regional?
AM: Internet está matando la escena regional debido a que las bandas toman sus influencias de lo que ven y escuchan en la red. Antes dependía de cuántas tiendas de discos hubiera en tu ciudad, de la escuela a la que ibas, de que un amigo viajara, o de cierto círculo social. Hoy todo es un poco más promiscuo; sin embargo, hay grupos interesantes que retoman muchos elementos de la zona donde crecieron y los reflejan en su música, tanto como hay otros que pretenden hablar como si hubieran crecido en Manchester aunque no hayan salido de la Ciudad de México.
VJ: Con internet se comenzó a diluir ese concepto, pues una banda de Uruapan puede escuchar lo mismo que un chilango. Así surgen proyectos con influencia de britpop o de math rock en cualquier parte de la República. Sin embargo, hay personajes como Juan Cirerol, colectivos como Nortec, bandas como Sonex, que aún deben mucho a su geografía.
EB: A veces, incluso, la pertenencia a una geografía particular condiciona las formas de expresión de sus nativos y, entonces, podríamos aventurarnos a decir que: ¡no hay manera en que un mexicano pueda sonar como un inglés aunque ambos abracen la misma guitarra! Algo así se contaba sobre Javier Bátiz, quien, por más que se esforzara por cantar como John Lee Hooker, terminaba sonando como Tin Tán. Para su generación quizás eso fue percibido como una desventaja, pero a través del tiempo se convirtió en un signo de identidad. Como ellos mismos lo han manifestado, los Tinariwen han querido ser los bluesmen africanos, pero su manera de entender el género les ha dado un sello muy particular que, aunque nos evoquen a cualquiera de los músicos de blues americanos, hace que suenen a ellos mismos y eso es lo que les ha dado un lugar propio en el universo musical. En otras palabras, el contexto en el que surge un artista lo influye por más que éste desee esconderlo. Es ahí donde surgen las contradicciones y donde es evidente quién pretende ser el Mick Jagger de su región y quién es simplemente él mismo.
¿Habrá algo inherente a la música que complique que las bandas nacionales se escuchen fuera de México? El talento de exportación es contado, pero ¿será que esperamos que se coloquen en países muy importantes y no tomamos en cuenta que tal vez penetren en escenas emergentes de Centroamérica y otras partes del continente?
AM: Sí, para que un grupo pegue en un escenario invadido de clones debe ser muy original y reflejar sus raíces. Por más bueno que seas, el público siempre va a querer escuchar algo diferente a lo que se hace en su país. ¿Qué sentido tiene sonar como los grupos que Pitchfork ensalza diariamente, cuando hay miles de bandas locales que suenan así y que tienen la ventaja de componer letras que dicen más que las de unos extranjeros que quieren ser como ellos? El rock mexicano debe mirar hacia dentro antes de querer ser portada de NME. Hay un público inmenso en Latinoamérica y España como para pretender ser la última novedad en Londres o tocar en un festival y desaparecer. Creo que es más trascendente un grupo que deja huella en su escena local, que se forja con su gente, que salir en un blog como la recomendación del mes.
VJ: Las bandas que más posibilidad tienen de trascender en países «importantes» son aquellas cuyo sonido muestra alguna influencia de folclor. Quizá a un francés no le interesaría Zurdok, pero sí Café Tacvba o Nortec. Caifanes resulta desconocido en Rusia pero no Molotov, y su manera tan peculiar de ser los Beastie Boys en espanglish. Zoé puede ir varias veces a Europa, pero su sonido es tan ordinario allá que Sonido Gallo Negro en menos de dos años logra un mayor impacto. El mercado latinoamericano es muy amplio y varias bandas lo han sabido aprovechar. Tiene que ver con la disposición y el presupuesto de las bandas, pues en un primer momento son inversiones sin ningún tipo de garantía. Lo que no creo es que las bandas desdeñen una u otra área de oportunidad. Para una banda (cuerda) resulta igual de importante tocar en Chile que en España, me parece.
EB: No puede negarse la existencia de mercados musicales alrededor del orbe. Los músicos de hoy deben estar informados sobre ello con el propósito de medir, con base en las características de su propuesta, las posibilidades de éxito que pueden tener. Así se explica por qué es más fácil ver en Coachella a grupos mexicanos como Kinky o Porter que a españoles como Los Planetas, que son parte de festivales europeos celebrados en España con gran interés de audiencias británicas. Cada mercado ofrece características propias y oportunidades a ciertos tipos de proyectos musicales. ¿Cómo puede explicarse que Troker sea una de las escasas agrupaciones latinoamericanas que han repetido consecutivamente en el afamado Glastonbury? Quizá mucho tiene que ver con que su apuesta no contenga letras, así como, obviamente, porque hay calidad y originalidad en su propuesta. Claro, en ocasiones también surgen casos inexplicables, como el hecho de que El Guincho ganara tanta popularidad en el ámbito electrónico internacional.
Un error muy común de las propuestas musicales mexicanas es que suelen mirar hacia el mercado musical anglosajón, en lugar de hacerlo hacia Latinoamérica. La nueva generación de talentos chilenos es un caso interesante porque, aunque en su país todavía no tienen un mercado que pueda considerarse desarrollado, han conseguido llamar la atención tanto en México como en España, lo cual les ha permitido internacionalizarse en cierta medida. Hablo de Gepe, Astro, Javiera Mena, Francisca Valenzuela, etc. Lo curioso es que ahora hay mucho interés, tanto por sellos independientes —el mexicano Intolerancia es uno de ellos—, festivales e incluso periodistas, por trazar redes de comunicación e intercambio a lo largo de un territorio que une a los latinos de Estados Unidos con los mexicanos, los colombianos, los argentinos, y el resto de Iberoamérica. Esto, en cierto sentido, significa volver a la idea bolivariana que en otros días hizo coincidir en festivales a Fito Páez con Café Tacvba, Aterciopelados, Los Amigos Invisibles, Rubén Blades, Paralamas y Seguridad Social. Hay un gran mercado por desarrollar en Hispanoamérica, y es un reto intentar equilibrar la balanza a favor de una música hecha con dignidad y búsqueda artística en contra de aquella sustentada en maquiavélicos intereses económicos.
BR: El mundo entero necesita saber que el rock mexicano no es Maná.
A veces no se ve nada en la superficie, pero por debajo de ella todo está ardiendo.
Y. B. Mangunwijaya
En Hear Me Talkin’ to Ya: The Story of Jazz As Told by the Men Who Made It, publicado en 1966, Nat Shapiro y Nat Hentoff hacen hablar a los protagonistas de los años dorados del jazz. Ahí, el director de orquesta Stan Kenton apunta: «Creo que tal vez hoy la raza humana esté pasando por cosas que nunca había experimentado, tipos de frustración nerviosa y desarrollo emocional truncado que la música tradicional es absolutamente incapaz no sólo de satisfacer, sino de expresar». No se trataría de la primera ni última revuelta artística juvenil, el rock and roll también traería lo suyo al momento de hacer frente a la insatisfacción individual y al poner en tela de juicio el estado imperante de las cosas. En México no tardamos en sumarnos al estallido de ese ritmo que anda en una 4×4, incluso se han hecho versiones románticas (algunas ingenuas) de los grandes éxitos de esos «años locos del rock and roll», que arrancaron al finalizar los cincuenta y se prolongaron poco más de un década.
Pero su estela no sería efímera, en el Tercer Encuentro Internacional de Escritores en Salvatierra, Guanajuato, José Agustín dio a conocer el texto «Jóvenes, literatura y contracultura», donde resume varios aspectos en los que el rock ha impactado a la sociedad mexicana, tomando en cuenta que produjo:
Una redefinición de aspectos básicos de la vida, una revolución cultural cuyo aspecto más visible era la rebelión juvenil en distintos campos políticos, pero que abarcaba la conciencia ecológica, la liberación sexual, un nuevo concepto de familia, la desmitificación de las instituciones; antisolemnidad, antiformalidad y una actitud contestataria ante el sistema, a través del lenguaje, atuendo, comportamiento, gustos y modos de interrelación.
Hoy vivimos con una sensación de vértigo permanente en la que la sociedad se mueve a una gran velocidad y con una multitud de fenómenos que ocurren simultáneamente. No se alcanza a distinguir el traslape entre generaciones. Pocos recuerdan que tras el festival de Avándaro, en 1971, se instrumentó una campaña oficial de persecución contra el género y sus seguidores que logró mandarlo a los hoyos funky y a la periferia de las ciudades. Sobrevivieron casi a salto de mata.
En los años ochenta, el rock nacional volvió a ganar impulso, visibilidad e importancia mediática, potenciada por la campaña «Rock en tu idioma». (El público joven es un segmento importante para la industria del espectáculo y la mercadotecnia, a la par que el rock es un vehículo identitario, proveedor de ética y estética para sus seguidores). Luego llegó la llamada Generación Zoé, o Rock and Lover, acostumbrada a convivir con mejor infraestructura, tecnología y alternativas de profesionalización. Algunos grupos incluso retomaron el uso del inglés en sus canciones e impulsaron otras variantes instrumentales. Sus figuras comienzan a entrar en la madurez y ya son considerados veteranos.
Actualmente se siente una acometida generacional en la que aflora un conocimiento puntual de las propuestas mundiales y el hecho vital de no estar concentrados en las capitales. Internet provee herramientas para que los artistas se promuevan desde un territorio virtual y tiendan puentes multinacionales.
Sin embargo, a finales del año pasado, Juan Villoro desató una polémica cuando dijo que el rock mexicano requería un nuevo relevo. De ahí nace este informe sobre la actualidad del rock en nuestro país. Para obtener instantáneas fidedignas fue necesario modelar un mapa sonoro en el que cada estado de la República estuviera representado por una agrupación o músico; además, a manera de posdata, integramos a la ciudad de Los Ángeles, California, y a Nueva York. Así se refleja la diversidad del talento emergente y las diferentes vertientes estilísticas a las que se recurre en todo el país y en la segunda ciudad del mundo con más mexicanos.
No todo es auditivo, también apostamos por la conversación. Propiciamos un encuentro entre periodistas y músicos de distintas generaciones, una carambola a cinco bandas en la que se abordan diferentes aspectos que complican el desarrollo a nivel grupal y colectivo de la escena. Vicente Jáuregui, Enrique Blanc, Alejandro Mancilla y Belafonte Ramírez disertan sobre un fenómeno polimorfo y cambiante.
Por su parte, Luis Arce habla de los problemas del rock mexicano; Alejandro González hace una pesquisa y se pregunta cómo se maneja un músico que apuesta por la independencia; y finalmente, Aarón Enríquez ofrece un panorama del rock indígena, cuyo sondeo combina tradición y modernidad al tiempo que exalta y aprovecha nuestra riqueza lingüística.
Este es un reporte amplio que muestra los vínculos del rock con otros géneros, como el hip-hop y la electrónica, a lo largo y ancho de la República. Las propuestas aquí presentadas son expresiones culturales jóvenes que hacen suyos, sin prejuicios, los mecanismos de los tiempos que corren. No hay que tener miedo a señalarlo: el rock nacional se proyecta al futuro con arrojo y atrevimiento.
Hace un par de semanas, mientras leía en el periódico una nota sobre cuatro decapitados en el estado de Veracruz, me topé con algo que me horrorizó y me erizó la piel. Se trataba de un reportaje de más de cinco páginas sobre las atrocidades que se cometen en contra de la población de cachorros de foca en Canadá, en el que el autor relataba con lujo de detalle, la forma en la que estos pequeños y adorables animales son asesinados a golpes para después ser despellejados, en muchas ocasiones, cuando aún están vivos.
Era tal mi indignación que inmediatamente contacté a mi buen amigo Jeff Carthwright, célebre naturalista y aventurero inglés, famoso por su programa de televisión de supervivencia y por proezas como haber sobrevivido diez días en la sabana africana llevando consigo únicamente un aparato GPS, un rifle de alto calibre, dos cuchillos, diez mudas de ropa, una enorme tienda de campaña, dos guías nigerianos, una computadora portátil, un teléfono satelital y abundante agua y comida.
Sabía que Jeff había viajado recientemente a Canadá para grabar uno de sus programas, por lo que supuse estaría mejor informado sobre el tema y podría darme un punto de vista profesional al respecto.
Por supuesto, caballero que es, atendió mi llamada inmediatamente a pesar de encontrarse grabando su más reciente aventura en la recóndita e inhóspita Kenia.
—Es verdad que puede parecer cruel lo que están haciendo con estos animales —me dice Jeff en teleconferencia vía satélite mientras prepara su campamento en una lujosa habitación del hotel Hilton de Nairobi—, pero cualquiera que haya lidiado con estas bestias en persona te contará una versión completamente diferente. Las focas bebés son en realidad una plaga de animales carnívoros y sanguinarios que, no conformes con haber exterminado a buena parte de la población mundial de osos polares, ahora también se dedican a emboscar y atacar asentamientos humanos. Son el depredador perfecto, se acercan sabiendo la ternura que provocan y en cuanto la presa se descuida le arrancan un brazo o brincan directo a la yugular. Además se sabe que tienen una especial predilección por matar y desmembrar niñas pequeñas, luego utilizan su sangre para pintar obscenidades en el hielo.
Asombrado y aterrorizado por la escalofriante información que Jeff acaba de darme, decidí investigar más a fondo y le llamé por teléfono a un par de amigos que desde hace varios años radican en Canadá.
—La situación está cada día peor —me explica uno de ellos—. Aquí en la ciudad no hay tanto peligro, pero en el norte, en los pueblos más alejados, se escuchan historias aterradoras de manadas de focas bebés que llegan a los pequeños comercios a cobrar derecho de piso. Se han encontrado familias enteras brutalmente despedazadas porque no pudieron cubrir la cuota.
El testimonio de mi otro amigo no es más esperanzador.
—Hace unos meses se envió un grupo de policías a buscar a un niño local que había sido secuestrado por una pandilla de focas bebés especialmente agresivas —me dice—. Ninguno regresó. Dos días después aparecieron sus cabezas clavadas en palos frente a la escuela primaria local. Es una pesadilla.
Realizando una exhaustiva investigación en Wikipedia, descubro que la situación es ya tan grave que el gobierno canadiense se ha visto obligado a permitir, e incluso estimular, la matanza sistemática de estos animales.
En su portal de internet el Departamento de Medio Ambiente de Canadá asegura que la técnica utilizada para matar a las focas bebés es completamente humanitaria y evita que el animal sufra. Sobre las prácticas de despellejamiento, el departamento asegura que son casos aislados fuera de su control y que, a final de cuentas, «las muy mierdas se merecen eso y más [sic]».
Otro factor de peso son las organizaciones internacionales como PETA, que defienden los derechos de los animales y que se han manifestado en contra de la matanza de focas bebés en múltiples ocasiones, incluso cuando sus propios miembros han sido víctimas de estas abominaciones.
—Los de PETA también la han tenido difícil —agrega Jeff—. Sus activistas han sufrido actos vandálicos por parte de las focas bebés, que constantemente apedrean sus vehículos y prenden fuego en sus oficinas. Una prueba más de que estos asquerosos bichos además de sádicos son unos malagradecidos. Pero también entiendo que los intenten defender, ¿quién se puede resistir a esas caritas y a esos ojos?
Tiernas o no, resulta alarmante el peligro que estos animales representan para Canadá y, si lo permitimos, para el resto del mundo. Por eso hoy, más convencido que nunca, yo digo: ¡Mueran las focas bebés!
Hace unos días, la ilustradora Daniela Santaella, mejor conocida como Skullflower, publicó en su muro de Facebook algo que me sorprendió. Compartió una publicación del Tumblr en la que muestra gran parte de su trabajo. En ese momento una de sus publicación había alcanzado los cinco mil comentarios (mientras escribo este artículo tiene cerca de 10 mil comentarios). Al leer su publicación me di cuenta del alcance de exposición que tienen varios ilustradores a través de las redes sociales, y lo mucho que ha crecido la escena local. Gracias al impulso de varios colectivos, muchos ilustradores pueden interactuar directamente con sus seguidores, por ejemplo en Celoffán, una tienda-galería que reúne a varios de los artistas más originales y creativos de Morelos. También se han creado distintos foros para exhibir y compartir fanzines, stickers y publicaciones gráficas alternativas. Ejemplos se encuentra en eventos como Zin Amibas o Éter (que se llevó a cabo en el espacio cultural sie7eocho) con la presencia de editores, ilustradores, libros de artista y demás profesionales de la gráfica. En este artículo presento una pequeña muestra de la gran avanzada morelense en ilustración.
Skullflower
El nombre de esta artista se compone de un binomio interesante: flor y cráneo. Creo que no existe mejor forma de entender su obra que bajo estas palabras o mejor dicho, a través de las imágenes que producen la unión de estos dos elementos. Skullflower o Daniela Santaella, es una ilustradora y diseñadora gráfica con un estilo muy particular que mezcla su pasión por las películas románticas, su afición por la pizza y su forma de ser directa, agresiva y de pocas palabras, pero con una sensibilidad enternecedora y auténtica que se transmite en varios de sus personajes femeninos autorreferenciales o que homenajean a alguna figura de la cultura pop actual. Algunas de sus exposiciones, como Menarca, exploran un elemento de la feminidad, por ejemplo, la primera menstruación. Sobre la exposición, la escritora Yoko Ñim dijo: «Menarca es un instante en la fisiología femenina, pero para Daniela Santaella es una decisión sobre el abrazar ser mujer. Aceptarlo porque hay que entender lo que conlleva el “tenerlo”. No una lucha ni guerra. Es una danza a la que uno decide unirse». Si pasas por Cuernavaca puedes pasar a Celoffán a visitar el stand de Skullflower o puedes visitar sus redes sociales para conocer más de su trabajo.
Pablo Peña en su faceta como ilustrador firma como Pablo Morzza (recordemos que también es un músico importante de la escena morelense) y tiene un estilo muy marcado por su afición a los cómics clásicos. Su exploración imaginativa no tiene fronteras en cuanto a creación de nuevos personajes, siempre híbridos y con trazos precisos. Autodidacta de formación, Pablo Peña se mueve en distintas técnicas, pero sus mejores piezas —hasta ahora— han surgido de su relación con la acuarela y la tinta. En Cuernavaca y la Ciudad de México ha presentado su serie Tótems que explora la dualidad animal latente que hay en todos los hombres, y ha publicado en distintas revistas —nacionales e internacionales—. Actualmente tiene un stand en Celoffán (así que pueden conocerlo y visitarlo) y tiene un par de proyectos interesantes en camino. Todo su trabajo y proyectos en producción pueden conocerlos en su redes sociales.
Enid Balam surgió de una camada de grandes artistas de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del estado de Morelos. Actualmente es parte del programa de posgrado: Maestría en Producción Artística (MaPA) en la misma UAEM. Su trabajo se desarrolla en áreas como el dibujo, la gráfica y proyectos editoriales independientes, entre ellos la organización de foros alternativos como Éter. Su trabajo se divide en dos ramas principales: la ilustración comercial y el arte contemporáneo. Su obra gira en torno a la historieta abstracta y en la investigación de formas narrativas contemporáneas. Es co-fundador de Planeta Gris Ediciones, donde se hace cargo de la impresión en serigrafía de las publicaciones que genera el taller como colectivo y de ediciones bajo encargo para otros artistas. Enid también ha trabajado en varias publicaciones independientes, recientemente, por ejemplo, colaboró como colorista en Cutting EdgeV4 para la casa editorial francesa Delcourt. Uno de los dibujantes con los que pudo trabajar fue el italiano Mario Alberti.
Eduardo Santaella, mejor conocido como Guro, es un artista multidisciplinario bastante productivo. Es co-director del Festival Grotesco, ilustrador y diseñador gráfico.Desde hace poco más de media década se dedica profesionalmente a la promoción cultural de eventos y proyectos de cine y música, particularmente en producciones independientes relacionadas al género de horror y corrientes ruidosas contemporáneas. Su trabajo ha sido presentado por iniciativas e instituciones como: Rue Morgue (The Fright Gallery), Cineteca Nacional (CONACULTA), Reelizer (Badass Digest), Sopitas, Paura Flics (Argentina), Terrorífilo (Uruguay), Stay Strange (San Diego), Paura Flics (Argentina), Terrorífifilo (Uruguay), Stay Strange (San Diego), Proyecto Noctambulante, Zombie Walk MX, El Vampirascopio: Cine fantástico y de terror y los festivales Macabro Fich, Masacre en Xoco, Mórbido y Feratum. Su obra está influenciada por el cine de horror, específicamente el cine basura de los años 80, el videhome, el splatter. Así que su visión gráfica está plagada de monstruos, colores incómodos, sangre, violencia y un sentido del humor muy particular y ácido.
Ricardo Alonso Peltre también es un artista inquieto. Ha explorado múltiples plataformas con distintas técnicas, siempre mesclando su visión y estilo único para crear una obra particular que se desborda. Desde la música y su banda 300 Rubias Suicidas hasta la creación de un fanzine clásico en la escena underground Enfermeros del infierno, pasando por el diseño de portadas de discos de bandas, vídeos, la animación digital y la literatura, Peltre es un artista con un profundo interés por los temas sociales. Muchas de sus obras siempre están acompañadas de críticas mordaces al sistema capitalista. Si quieren conocer su trabajo les recomiendo que vayan a su próxima exposición, L2BP, en el Museo de la Ciudad de Cuernavaca el próximo 29 de mayo en punto de las 18 horas.
Nadie puede culpar a esta española por tener una vida muy interesante y que transcurre como una vorágine. Nacida en 1964, de padre danés y madre inglesa, a comienzos de los ochenta despuntó como parte de dos proyectos juveniles de pop rock ligero. Primero en Alex y Christina, después en Christina y los subterráneos. El éxito masivo no se hizo esperar (Nacho Cano les ayudó con la producción de un disco), pero la mujer se hartó de la parte más comercial y light de la industria y decidió dejarlo sin importar las consecuencias.
Para 1994 edita Mi pequeño animal y se encuentra colaborando con Lee Ranaldo, guitarrista de Sonic Youth, quien le brinda invaluable apoyo y padrinazgo. Se aleja cada vez más de las artistas que explotan su belleza y se sumerge en un rock más áspero y artístico. Siempre sale a flote su personalidad hosca y enigmática. Después de lanzar Cerrado(1998), dio por terminado un contrato importante con Warner y una vez más optó por quemar las naves.
Un año después se mudó a Nueva York en compañía de su pareja (el destacado escritor Ray Loriga) y fue recibida por el baterista de La Juventud sónica, Steve Shelley, quien junto a Ranaldo, dieron solidez a la búsqueda de Christina por una música robusta, exploratoria y seria. En términos de rock, ella no se anda con niñerías.
Perseverante y testaruda consigue hacerse de un espacio en la escena musical norteamericana y graba una trilogía que comienza con Frozen Pool (2001), sigue con Foreign Land (2002) y cierra con Continental 62 (2006), en el que aparecen tres temas en español y que dejaba entrever un regreso a su patria. Mientras tanto también había experimentado la maternidad y realizó giras por Estados Unidos y Europa. En su trayectoria también cuenta con varias incursiones en el cine, participando en las películas Todo es mentira (1994) y en La pistola de mi hermano (1997), con su marido de Ray Loriga.
Tras separarse de su pareja regresa a España y no renuncia a nuevos proyectos. Para Verano Fatal (2007) hace mancuerna artística junto a Nacho Vegas, con quien termina por liarse sentimentalmente. La convivencia saca chispas y se convierte en algo imposible de sostener, pero le deja la grata experiencia de tocar con músicos como Xel Pereda y Manu Molina.
En 2008 publica Tu labio superior, que contiene canciones únicamente en español y le consagran tanto con el público como con la prensa especializada. La revista influyente catalana Rocdelux la colocó entre lo más notable de aquel año, al tiempo que también expande sus aventuras estéticas y colabora con la afamada artistas conceptual francesa Sophie Calle, en la pieza Prenez soin de vous que se presentó en la Bienal de Venecia en 2006.
Mucha creatividad y gran calidad se mantienen en su álbum La joven Dolores (2011), que es descrito como el que más vínculos tiene con la literatura. En medio de ese inter se le achaca un romance con el actor de fama mundial Viggo Mortensen. Ese mismo año aparece un trabajo bastante ambicioso. Un caso sin resolver es una recopilación que reúne toda su trayectoria discográfica, más un DVD con vídeos y un documental de la grabación especial que se realiza con Raúl Fernández «Refree», estupendo músico y productor; así como una selección de textos de sus colaboradores y una biografía muy irónica escrita por ella.
Rosenvigne es una artista de larga trayectoria, alguien a quien le gusta trabajar a fuego lento, sin presiones, sin molestias. Durante el impasse hacia la concepción de un nuevo disco ha dejado saber que leyó poemas de Luis Cernuda, que revisó a detalle las esculturas de Louise Bourgeois y que escuchó lo mismo a Franco Battiato que a Bill Callahan. A la postre fue dejando canciones que plasmaran la complejidad y confusión que inundan el presente de Europa, España y su círculo personal; vamos, que el mundo está de cabeza y ella tenía muchísimas preguntas agolpándose.
Al presentar Lo nuestro ante la prensa del viejo continente, reveló que el título surgió de uno de sus poemas. Se preocupó por revisar lo duro del actual momento y se centró en sus intenciones: «Que quede claro que aunque apunto a cuestiones peliagudas no tengo respuestas para nadie, lo que quiero es expresar con absoluta contundencia la incertidumbre».
No sólo se exigió como autora en la parte temática, iba componiendo en el programa Garage Band y mandando archivos a Raül Fernández Miró (Refree) una vez más, para sacar su mayor rédito como productor. Al final se quedaron diez canciones con muchas partes de teclado, efectos crujientes y atmósferas rugosas. En pos de perfilar el rumbo sonoro que llevan, debo señalar que navegan en el rumbo de la gran P. J. Harvey –hay una mezcla de rudeza con sensualidad–, un proceso del que Christina da cuenta: «Buscaba un sonido que se podría definir como romanticismo industrial, es decir, plomo en la base y ondas eléctricas expandiéndose hacia el cosmos, lirismo expresado sin complejos. Otra vuelta de tuerca, vaya».
Lo nuestro implicó también un nuevo sello discográfico; ha firmado con El Segell del Primavera (al igual que lo hicieron Los Planetas) dado que le brindaba el soporte para una colección de canciones oscuras como las que ahora pública. Dio con una música un poco osca que oculta el optimismo que dice tener pese al devaluado estado de las cosas.
El disco abre con «La tejedora», donde recrea el universo femenino, la maternidad y el sacrificio de muchas creadoras ante los compromisos familiares; es por ello que alude a la araña gigante que la afamada escultora francesa tiene en Bilbao.
Otra de sus piezas clave es «La muy puta», que marchando a media velocidad marca la pauta para que suelte: «¿Para qué explicarles que en mi hueco pectoral/ guardo mariposas que no puedo desvelar?». Pero la joya de esta corona es, sin duda, «Lo que te falta», que con cierto romanticismo naif envuelve imágenes intrigantes como sacadas de viejas películas europeas, que nos hace recordar incluso, a Siouxie and the Banshees.
A sus 50 años no se cansa de señalar la escasez de mujeres en el panorama musical internacional, no se dice feminista pero es alguien con conceptos muy sólidos: «Cada persona es única y se expresa como sea. No puede ser que haya que pedirle a una cantante folk que renuncie a su extrema femineidad. Es que, para empezar, ¿qué es femineidad y qué es masculinidad? Son cosas aprendidas y es algo que ves claro cuando tienes niños. Me saca de quicio y me parece el primer corsé: ¿por qué lo lánguido, suave y acústico es femenino y lo rockero es masculino?», apunta durante una conversación con Elena Cabrera.
Christina Rosenvigne no cede un ápice en afirmarse como una artista muy seria… peleona; en «Alguien tendrá la culpa» suelta —con ironía— sus observaciones sociales y la ausencia de responsabilidad en las instituciones: «El capitolio vuelve a arder/ Levantaremos otro con más fe». Cuando todo parece venirse abajo aparecen los espíritus fuertes dispuestos a dar pelea.