Tierra Adentro

Se cumplen cien años del nacimiento del autor que escribió la novela policiaca mexicana por excelencia, El complot mongol, un libro de vitalidad y posibilidades asombrosas. Hablamos de Rafael Bernal, que además de haber explorado el género policiaco trabajó textos bajo el rigor de la ciencia ficción. «Matar no es un trabajo que ocupe mucho tiempo, sobre todo desde que le estamos haciendo a la mucha ley, al mucho orden y al mucho gobierno», dice Filiberto García, protagonista de El complot mongol. Es una frase vigente, que se circunscribe a nuestros días, aunque la novela, escrita en 1966, se publicó un año después de la matanza en Tlatelolco.

Pedimos a Bef y Blumpi que adaptaran las obras clave de Bernal al cómic, y en esta conversación hablan del proceso y de su relación con el autor de Su nombre era Muerte.

Blumpi: Encontré en Bernal a un autor que sorprende, que arriesga. Desde el principio, me gustó el idiolecto de Teódulo Batanes, el protagonista de «De muerte natural», la pieza que adapté. Pero también un narrador muy evocador, para quien las descripciones no son mero escenario o adorno. Me colocó en el hospital donde falleció mi madre y supe que en un lugar así se ubicaría esta historia.

Bef: Bernal es un autor pivotal de la literatura mexicana que sin embargo ha sido poco valorado desde la alta cultura. Ello, desde luego (no es sorpresa), debido a su filiación a los subgéneros y la literatura popular. Y de éstos —ciencia ficción, noir— a los cómics sólo hay un paso. En Bernal hay resonancias de Chandler y sobre todo de Hammett, pero también de Chester Gould y Alex Raymond, contextualizado localmente.

El mérito de Bernal es haber nacionalizado al género noir. Quizá por eso mismo es ignorado por sus contemporáneos, que lo veían como autor menor. Tuvo que ser rescatado por la siguiente generación.

Me queda claro que su gran aportación está en la revaloración de la novela popular, pulp, dentro del contexto nacional, y ejecutarla con gran modernidad. La mezcla de primera y segunda persona en la voz narrativa de El complot mongol fue un recurso muy novedoso en su momento, que quizá ocupaban autores más experimentales —pienso en un temprano Fernando del Paso, quizá, o Carlos Fuentes en Aura—, pero que no se usa en este tipo de narrativa. Otra de sus herencias es darle voz al asesino, al antihéroe, el cual va desnudando las miserias y los vicios de un sistema corrupto sin ningún pudor.
Esta combinación explosiva genera textos altamente visuales, con mucha posibilidad de ser adaptados a un medio como la historieta. Hubo, de hecho, un intento fallido por hacerlo, con guión de Luis Humberto Crosthwaite e imágenes de Ricardo Peláez. Tuvieron la mala fortuna de intentar editarlo con Editorial Vid y por razones que siguen siendo un misterio para mí, el proyecto se canceló. Apenas se publicó un número de los cuatro o cinco que estaban planeados. Se rumoraba que era porque a la viuda de Bernal no le gustaba la idea de que la novela se editara en forma de pasquín.

Blumpi: No pude conseguir la adaptación al cómic de Croswaithe y Peláez en su momento. Se ha vuelto casi una leyenda urbana. Tampoco he visto la adaptación al cine. Volví a buscar el cómic cuando nos invitaron a participar con estas adaptaciones, pero no tuve suerte. Fue mejor así, pues podía llegar con una idea preconcebida de lo que se espera de una adaptación de la obra de Bernal. Y justamente lo que resultó interesante para mí es la manera de contar historias que tiene el autor, haciendo a un lado lo que representa para los subgéneros y su papel como autor de culto.

Bef: Vi la versión cinematográfica y me pareció muy pobre. De la de Croswaithe y Peláez vi el único número publicado. Una pena, era un dream team: un buen novelista trabajando con un magnífico ilustrador. Quizá se adelantaron a su época, eso debe haberse hecho alrededor del 2000. Pero me parece muy significativo: el proyecto iba hacia los puestos de periódicos, a donde ya no pudo llegar. Ahora ese tipo de cómics, las cosas que hacemos Blumpi y yo, llegan a las librerías, en mejores condiciones para sus autores, me parece. O a espacios como esta revista.

Y no puedo dejar de ver ahí un paralelismo entre el trabajo de Bernal y el de los narradores gráficos: abrevamos de fuentes populares, despreciadas por la alta cultura para deconstruir y recontextualizar en otros discursos narrativos, alejados, por ejemplo, de los superhéroes o las Sensacionales.

Blumpi: Las adaptaciones son riesgosas, aunque no dejan de ser atractivas. Son como los cóvers en la música: es muy tentador tratar de interpretar una pieza artística previamente elaborada y darle los matices propios. Pero en el caso de adaptaciones al cómic, el riesgo es muy grande. Las expectativas del lector son unas, la manera en que un narrador gráfico traduce lo que lee puede ser otra. En general, no me gustan las adaptaciones literarias al cómic, pues en mi opinión suelen ser homenajes de fan o adaptaciones al pie de la letra, más que reinterpretaciones personales.

Coincido con Bef: Rafael Bernal tiene ese halo que también persigue a los comiqueros, de literatura de bajo nivel, barata. Pero, por lo mismo, al no estar palomeada por una autoridad —o «autoridad»—, posee mucha libertad de movimiento. En El complot mongol, de fondo, pasa lo mismo en nuestros días: violencia, tráfico de drogas, negocios turbios. Nada ha cambiado, simplemente se ha puesto al día. Es el México posrevolucionario en el cual, puede decirse, seguimos viviendo, pues cargamos con las mismas desilusiones. En nuestros días la figura del sicario ganó prominencia debido a su papel en las guerras que se libran entre cárteles de las drogas. Filiberto García es ese personaje que conocemos bien: el vínculo entre los bajos fondos y la autoridad, quien hace trabajos para ambos lados porque funciona aceitando un gozne que de otra manera haría demasiado ruido. Pero también es quien camina por las mismas calles que transita todo mundo. Quiero decir que comparte espacio con los demás, formando parte del paisaje urbano. Hoy en día traería un escapulario de Malverde y tal vez no vestiría una gabardina, sino algo más estrafalario, más chaca. Pero seguiría teniendo las mismas motivaciones, trabajando para los mismos jefes.


Autores
Ciudad de México, 1972) Es escritor, historietista e ilustrador. Sus últimos libros son la novela gráfica Matar al candidato (Sexto Piso), en colaboración con F.G. Haghenbeck y la novela Ojos de lagarto (Océano).
(Ciudad de México, 1978). A través del cómic y la ilustración ha encontrado la forma ideal de explorar sus obsesiones: la música, la cultura popular, la literatura, la estupidez humana y el cómic mismo. Es autor de Apuntes sobre literatura barata (FETA, 2012) y colabora en Milenio Diario, Noisey, Letras Libres y donde se dejen.

Desde sus inicios en 1839, la producción y el consumo de la fotografía había estado limitado a un grupo selecto de personas que contaran con suficientes recursos para poder adquirir una cámara oscura, así como todo el equipo que implicaba la práctica fotográfica en ese tiempo: soportes y químicos. A partir de la segunda mitad del siglo XIX hay una democratización de la imagen fotográfica debido a la introducción de la carte de visite al mercado. La fotografía antes de este formato, contaba con un soporte metálico o de vidrio, lo cual hacía que la producción y la fotografía como objeto fueran más costosos. La carte de visite, al ofrecer un soporte de papel, hacia posible que un mayor número de personas pudiera ir a un estudio a hacerse un retrato. Sin embargo, la fotografía (en tanto su producción como su consumo) seguía siendo sólo para unos cuantos. ¿En qué momento el acto fotográfico fue algo tan común y cómo fue que la fotografía llegó a ser el medio de reproducción masiva de imágenes que conocemos hoy?

Hoy en día el fotógrafo como profesionista no se ha extinto a pesar de que la industria logró abrirse paso a un público de aficionados. Con el abaratamiento de las cámaras a finales del siglo XIX se redefinieron las formas de hacer y de entender la fotografía, se le dotó de nuevas funciones y de diversos usos a nivel social. La masificación de la imagen y de los aparatos de reproducción comenzó a partir del año 1888 con la invención y el registro de la patente cámara Kodak, cuando George Eastman se dirigió principalmente a los fotógrafos aficionados. Desde entonces y hasta el momento de la fundación de la Eastman Kodak Company en 1892, la empresa produciría cámaras de manera masiva y a un bajo costo. Esto causaría que la producción fotográfica dejara de realizarse exclusivamente en el espacio cerrado del estudio fotográfico y que las fotografías realizadas en el exterior no fueran necesariamente producto del trabajo de los fotógrafos de prensa.

Con la llegada de la Kodak, la cámara entraba a la vida privada de las personas, principalmente a un grupo específico: la familia. La fotografía comenzó dirigirse a los aficionados y a sus actividades diarias, a la vida familiar, a las reuniones importantes y a las vacaciones. El ocio comenzó a ser más frecuente en un mundo más moderno, por tratarse de un tiempo de recreación fuera del trabajo y en el que el individuo se integraba a un grupo. «Vacacionar significa más si haces Kodak»,[1] anunciaba la publicidad de la marca, y ese sentido de pertenencia debía quedar registrado a nivel visual a través de la fotografía.

La propuesta de Kodak era hacer que no se necesitara de mucho conocimiento sobre el manejo de una cámara para hacer fotografías, pues éste dejó de ser el principal objetivo del fotógrafo. Se trataba más bien de hacer que los aficionados se convirtieran en meros operarios de la cámara: «You press the button, we do the rest.» Así, empiezan a aparecer nuevas formas de apropiación de las imágenes del mundo real, en la que el encuadre y la composición pasaron a un segundo término. «Una Kodak para navidad es el regalo más apropiado para cualquier ser querido… o para toda la familia. Fácil de llevar y sencilla de manejar, la Kodak proporciona desde un principio buenas fotografías»[2] El discurso es más que visible: la cámara es la máquina que hace posible que las imágenes sean buenas. Además la cámara y la fotografía como productos en sí mismos confieren a los individuos, según se anuncia, emociones positivas que trastocan las barrera del tiempo: el pasado queda registrado para disfrutarse en el futuro: «Felicidad al tomar las fotografías, placer al volverlas a ver en el álbum años después, recuerdo permanente de todo lo bueno ya pasado, eso proporciona la Kodak.» Es notorio observar cómo a partir de la publicidad se crean experiencias que parece necesario poder adquirir.

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La fotografía había sido considerada un arte menor, no sólo porque reproducía mecánicamente la realidad, lo cual hacía que el fotógrafo no fuera visto como artista sino como operador. Además estaba dirigida a una clase media que podía adquirir un retrato a un costo moderado. A pesar de que se habla de masificación de la imagen con la entrada de la Kodak a la industria fotográfica, esto no significa que la cámara y la fotografía llegaran a estratos realmente bajos. Sólo cambió el modus operandi del acto fotográfico, permitiendo así que el grupo que iba a retratarse a un estudio prácticamente dejara de necesitar al fotógrafo.

Sin embargo, la revolución de la Kodak no sólo fue debido del alcance que tuvo en términos de consumo de cámaras y productos fotográficos, o en el cambio en los modos de hacer fotografía de la burguesía, sino también en la forma de ampliar la venta de sus productos a través de la publicidad. Las nociones de negocio del señor Eastman eran revolucionarias, pues innovó la industria de la fotografía gracias al enfoque que hubo en el consumidor.[3] Eastman incentivó la práctica fotográfica de tal modo que a través de la publicidad de sus productos se crearon necesidades y nuevos modos de vida que debían de ser consumidos. La prensa fue un excelente medio para hacer que se difundieran los productos en venta, pero también para que se divulgaran modelos de comportamiento socialmente aceptados y para normalizar los aspectos más importantes de la vida cotidiana como las modas, las costumbres y los eventos sociales.[4] En ese sentido, el papel de la publicidad fue de gran importancia, ya que «[…] construyó necesidades, vendió ideales y definió la feminidad en términos materiales y de venta».[5]
Las últimas orientaciones del capitalismo, menciona Gilles Lipovetsky en La felicidad paradójica, se enfocan en multiplicar necesidades infinitas, se conciben nuevas normas de relacionarse con las cosas y con el tiempo.[6] La empresa de cámaras fotográficas de Eastman comenzó a afianzarse en una sociedad de consumo que empezaba a tomar forma desde finales del siglo XIX, es decir, un modelo que comenzaba a caracterizarse por el papel central del consumidor.[7] Sin duda alguna, la Kodak  masificó y homogeneizó algunos tipos de comportamientos a nivel social, así como también creó necesidades que giraron en torno al acto fotográfico y no tanto en torno a la fotografía como objeto. La necesidad actual de fotografiarlo todo es, a mi parecer, un resultado de las primeras incursiones de Kodak en el ámbito de la publicidad y en la relación que Eastman logró hacer entre la fotografía y las ganas de los individuos de forjar y reafirmar su individualismo al exhibir su vida privada a través de las imágenes.

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[1] Claudia Pretelin Rios, “Usted apretaba un botón, Kodak hacía el resto” en Alquimia, no. 42, pág. 16.

[2] Imagen de publicidad de Kodak presente en “Casa, vestido y sustento. Cultura material en anuncios de la prensa ilustrada (1894- 1939)” en Historia de la vida cotidiana en México. Tomo v, vol. 2, pág. 146.

[3] Claudia Pretelin Rios, Op. Cit., pág. 14.

[4] Ibid., pág. 16.

[5] Ibid., pág. 19.

[6]> Gilles Lipovetsky, La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo, pág. 7.

[7] Ibid., pág. 9.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.

Hay una ceguera común que hace que hagamos de la infancia una edad ajena y sagrada. En contraposición, Boyhood propone un acercamiento a la niñez desde una objetividad que podríamos considerar naturalista. El seguimiento que hacemos de la vida de Mason, protagonista de la película, no es a través de un gran arco con cada una de sus partes definidas, a la usanza de la novela de formación, sino a través de fragmentos, detalles cotidianos y algunos surcos de las ondas expansivas generadas por los parteaguas de la vida del personaje. Es como si siempre llegáramos a destiempo a estos sucesos, pero también es como acercarse a un fragmento de una vida real y no a una puesta en escena que espera a los espectadores para comenzar a ocurrir. Estos vistazos a la vida de Mason y su familia nos muestran, también, nuestro pasado. En la cinta hay varias «marcas de temporalidad» que sirven como detonadores para nuestra memoria. Por ejemplo, escuchamos a Samantha cantar una canción de Britney Spears; vemos a los chicos apoyar a Obama en las elecciones y, entre otras, somos partícipes de una conversación por Skype. Es entonces cuando recordamos cómo vivíamos el mundo en cada una de esas épocas.

El interés del naturalismo por mostrar a detalle la vida cotidiana no es sólo contemplativo. Se abunda con paciencia en situaciones que podrían incomodar al receptor. En las novelas naturalistas del siglo XIX se traducía en descripciones detalladas del cuerpo humano (sobre todo el femenino), de procesos quirúrgicos o de situaciones sociales extremas. El naturalismo de Boyhood busca incomodar al espectador: nos convertimos en testigos de comidas familiares tensas, de bochornosas pláticas sobre preservativos y de discusiones que podrían descontrolarse de un momento al otro. Esta película nos muestra esa tensión incómoda que se extiende durante la infancia y la adolescencia.

Al presentarnos estas situaciones agresivas e incómodas, Boyhood acerca al espectador y al protagonista. Mason, como buen personaje de novela naturalista, no tiene control sobre su situación. Él sólo es espectador de los cambios en su vida. Su vida y experiencias dependen de sus padres: el niño queda condenado a vivir en relación con sus orígenes, siendo, como nosotros, un testigo que tendrá que adaptarse a los sucesos que ocasionen sus padres. No es gratuito que la película termine con la emancipación del chico.

La visión de la infancia que ofrece Boyhood evita maniqueísmos e idealismos al no mostrar un único aprendizaje detonado por un evento en particular, sino pequeños conflictos, dramas cotidianos (algunos más intensos que otros), angustias al alcance de la mano que hacen de Mason un chico común y corriente, aislado del mundo adulto, sin injerencia importante en él. Esta infancia, que seguimos desde 2002 hasta 2013, libre de grandilocuencia pero llena de pequeñas experiencias (desde la compra de un libro de la saga de Harry Potter, hasta enfrentamientos con la nueva pareja de su madre), dota a Boyhood de una universalidad que nos acerca a la obra desde nuestras íntimas experiencias infantiles.


Autores
(Estado de México, 1987) estudió Literatura en la Universidad de las Américas Puebla y realizó estudios de maestría en Teoría y crítica literaria latinoamericana en la misma universidad.

La semana pasada visité la mal llamada «Casa de Ana Frank», ahora convertida en museo. Cabe aclarar que no era su casa ni de su familia, ésa la tuvieron que abandonar luego de que el arresto de Otto Frank, padre de Ana, se volvió inminente. La desordenaron de forma intencional para crear la sensación de que la desaparición repentina de la familia se debía a una huida apresurada. El anexo, apenas unos metros cuadrados ocultos detrás de un armario, no era su casa.

El museo de Ana Frank es la atracción turística más concurrida en Ámsterdam; llegué una hora antes de que abrieran las puertas y me encontré con unas doscientas personas más madrugadoras que yo. La fila para entrar es de tres horas en promedio.

Tenía miedo de entrar, lo confieso. Sabía que lloraría porque soy un chillón, eso por un lado. Pero mi temor principal era que el cinismo capitalista hubiera manchado la vida de Ana. Temía encontrar en la tienda del museo botones, camisetas, aretes, colguijes, imanes para el refrigerador o calcetines, entre otros, con la imagen de Ana. Pero no, encontré un museo planeado con base en el respeto y una tienda con mucha sensibilidad hacia la memoria de Ana.

Los artículos a la venta tienen el fin de promover los valores representados por Ana en su diario, desde la pasión por la educación hasta la bondad como origen de todo lo humano. Quizás el objeto más vendido es un cuaderno estilo diario del mismo color y textura que el utilizado por Ana, éste incluye una buena introducción sobre el conflicto político y social de la época. Hay pósteres, todos sobrios, con una serie de fotografías muy bellas que capturan la inocencia y alegría de Ana, que son más bien una celebración de su vida. También es posible comprar DVDs, libros sobre la historia de los habitantes del anexo y, claro, el famoso diario en más de diez idiomas. Otra vez, el objetivo de los productos es educar, así que nunca los sentí fuera de lugar.

En su diario, Ana afirma que le gustaría ser periodista y escritora famosa. Ya lo es, claro está, sin embargo su ambición iba más allá del diario que conocemos. Ana escribía cuentos, ensayos e incluso tenía los primeros cinco capítulos de una novela. Me encantó encontrar una edición que recopila estos textos poco conocidos, y que de alguna manera viene a cumplir el sueño de Ana como narradora de ficción en formación. El título del libro es: Anne Frank’s Tales from the Secret Annex, pero no lo tenían en español.

Otro de mis miedos al visitar el museo era encontrar personas expresando dudas acerca de la veracidad del diario. A veces Ana Frank me recuerda al debate de si Estados Unidos llegó o no a la luna en 1969. La fuerza de las computadoras utilizadas en la misión, dicen diversas fuentes, equivalen al poder de una calculadora actual. La comparación hace parecer inverosímil la realización de una tarea tan extraordinaria como llegar a la luna. Sin embargo, hay incontable evidencia para probar la hazaña. El diario de Ana, por otro lado, es una obra de no ficción y fue escrita por una quinceañera (en un periodo de poco más de dos años) mientras ella y su familia judía se escondían de los nazis en un anexo oculto en la parte posterior de un edificio de oficinas. También suena increíble: ¿de verdad lo escribió una niña de quince años?

Sí, lo hizo.

Al leer el diario de Ana con el formato que hoy se vende en librerías, el texto da la impresión de haber sido escrito por alguien mayor, alguien con una intención literaria y no de registro o catarsis. Las primeras entradas del diario sirven para presentar a los personajes y los espacios. El contexto de la época se mantiene de fondo con suficiente influencia para afectar las acciones, pero sin un protagonismo distractor. El conflicto central se mantiene siempre en Ana y las relaciones con los demás habitantes del anexo. La relación amorosa entre Ana y Peter se desarrolla sobre todo en el último cuarto de las páginas; el primer beso entre ellos ubicado como clímax. Y si bien la historia no tiene un final concreto, pues Ana y los demás fueron descubiertos y arrestados el cuatro de agosto de 1944, sí se percibe un crecimiento en el personaje y una resolución en la historia. Como si se tratara de una novela narrada a través de un diario.

Estudios independientes han confirmado su autenticidad y las dudas han sido ampliamente despejadas. Aunque siempre hay escépticos que prefieren creer en conspiraciones. Nunca se ha negado que el texto pasó por manos de editores, sobre todo las de Otto Frank. El material fue ordenado, el texto pulido, e incluso algunos pasajes fueron eliminados por respeto a la madre de Ana, quien por momentos no es retratada de forma positiva.

Otro miedo: que el público no estuviera a la altura de la historia. No fue el caso, para mi sorpresa. El anexo era un lugar muy oscuro y silencioso. Los ocho habitantes no abrían las cortinas ni de noche, tampoco hablaban o dejaban el agua correr durante los horarios de oficina. Ese ambiente se recrea en el museo y el visitante camina con cuidado y habla en voz baja contagiado por el temor de ser descubierto por fantasmas del pasado. El museo traza una ruta que no es posible evadir y así, con ese ritmo impuesto, se aprende y respira la historia del lugar. La museografía es adecuada, sobria, con tacto para respetar la memoria de la familia, nunca abusa del sentimentalismo para detonar una emoción en el público. Aun así, éramos varios enjugándonos las lágrimas.

Estar frente al diario es impactante, aunque como no hablo el idioma no entendí ni una palabra más allá del «Querida Kitty». También fue duro ver la bolsita tamaño media carta en la que Otto Frank guardó sus efectos personales al abandonar el campo de concentración. Todas las posesiones materiales de una vida en ese morralito. Otro punto sensible del museo es el video testimonial de una mujer que estuvo en contacto con Ana después de su captura. Le arrojó en un par de ocasiones, por sobre la barda del campo de concentración, un paquete con comida y otros detalles. La primera vez alguien más lo atrapó y no se lo dio a Ana, lo que habla del ambiente que reinaba ahí dentro. La segunda vez Ana pudo coger el paquete y recibió además palabras de ánimo. Ana contestó que tras la muerte de su hermana y sus padres, no le quedaban razones para aferrarse a la vida; Ana murió asumiendo la muerte de su padre. La mujer, no digo su nombre porque no lo alcancé a ver en el video, nunca más escuchó de Ana, sólo supo que murió ahí mismo un mes antes de que los rusos liberaran el campo de concentración.

Recorrer los pequeños cuartos del anexo, ver de cerca las paredes que Ana decoró con recortes de revistas, subir las estrechas escaleras que conectan los desniveles de la casa y estar ahí, en las coordenadas del origen de la historia, me permitió revalorar el trabajo de Ana como escritora. Su dedicación y disciplina son admirables. Aunque su historia de vida es en partes iguales tristeza y alegría, Ana creía en el mérito extraordinario de la escritura como actividad humana y en el impacto positivo del arte en la vida. Leerla es inspirador, motiva a encontrar en la escritura una manera de construirse en lo personal y de recrear el mundo.


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Para escondernos del color azul fuimos al desierto. El día era una máscara de la noche, el cielo —lo sabemos incoloro— nos respiraba como a los restos de algo perdido.

Aprendimos a ser cóncavos para contener el cauce de la arena. Entretuve tu pensamiento en mi pensamiento, qué manera tenías de contar la respiración y los anillos de las serpientes.

Una formación de ceros, hormigas negras del cálculo, camina hacia el Este, horizonte rojo prendido con alfileres de la idea del azul.

Aprendimos a ser cóncavos para reflejar los espejismos.

Rodamos como animalitos, haciendo surcos en la arena. La memoria necesita girar para desvanecerse:


Autores
(Mérida, 1982) ha publicado dos libros: Adentro no se abre el silencio (La Ceibita, 2010) y Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo (Textofilia, 2014). Ha sido becaria del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas.

Hace poco hablaba sobre escena musical en Morelos, específicamente en torno a las bandas de rock y sobre la fortuna de coincidir con bandas de propuestas muy sólidas. Revisando el mapa local, descubrí que, afortunadamente, el rock no es el único género con estatus saludable en el ambiente musical. De manera paralela la escena de jazz también ha vivido un boom interesante gracias al trabajo de varios músicos jóvenes que han impulsado la escena desde la colectividad. Prueba de esto es que a inicios del 2015 se realizó el Primer Festival de Jazz de Morelos con la presencia de artistas de la talla de Troker, Jerry López, Alex Mercado y Emiliano Coronel, además de la participación de varios jóvenes de distintas agrupaciones emergentes.

Marzo de 2015 se recordará en Morelos como el mes del jazz,  gracias a este primer esfuerzo de acercar un público más amplio al género en un formato de festival, pero también por la visita de Wynton Marsalis, que ofreció una master class en la que participaron alumnos del Centro Morelense de las Artes tocando en el escenario con el trompetista neoyorquino, lo que significó la llegada del ciclo de New York Jazz All Stars al Teatro Ocampo. Justo en estas fechas se fundó Macaco 251, un colectivo de jazz que reúne a varios de los talentos jóvenes locales. Muchos de ellos, estoy seguro, pronto se irán consolidando en la escena nacional e incluso internacional, como es el caso del guitarrista Andrés Uribe, quien actualmente forma parte —entre otros proyectos— de Som Bit, banda que en unas semanas estará de gira por segundo año consecutivo en varias ciudades canadienses.

Macaco 251 conforma su nombre de dos elementos: primero el macaco, un mono arborícola de cuerpo robusto, hocico estrecho y saliente, y bolsas en las mejillas. El vocablo macaco surgió por su fonética más que por su significado, pero creo que concentra algo importante para la filosofía del colectivo, y es que los macacos son seres que siempre viven en grupos y son solidarios entre ellos. Esto es uno de los ejes más importantes del colectivo que busca promover el trabajo de sus miembros. El segundo elemento es el número 251, aunque en realidad es un II V I, que es una progresión armónica muy utilizada en el jazz. Para aquellos ajenos al género, una progresión armónica trata sobre el movimiento de los acordes de una pieza y sirven de base a la melodía musical. Puede pensarse en los acordes como en las columnas de una construcción y las melodías como los detalles que van soportados sobre dichas bases. Andrés Uribe y Yoali Munguía, miembros del colectivo me explicaron que esta progresión se usa para llevar a la calma la melodía después de un clímax.

Cerca de nueve agrupaciones conformaron Macaco, y cada grupo eligió un representante. Como miembros fundadores y primeros impulsores de este colectivo figuran: Andrés Uribe de Kilombo Dúo, Agustín González y su Agus Blues, Eduardo Avendaño de Las Galletas de Mr. Esqueleto, Mario Ramirez de Zu3, Antonio Anzurez de Chronos, Yoali Munguia, única chica del colectivo representa a Camisas de Cuadros Jazz, Geovanni Marroquin de Ambystoma, Temo Vishnu y Cesar «El abogado» de  Mare Soul.

Una de las primeras actividades que se planearon fue la realización de un ciclo de conciertos para acercar al público, cada quince días, a las diferentes propuestas de las bandas. Se eligió como recinto el Talabot Teatro (un proyecto del que pronto estaremos escribiendo también), un pequeño espacio en Juan Ruiz de Alarcón, que coordina un colectivo de teatro y que se presta para sesiones íntimas, sin distracciones, para que los asistentes puedan gozar del jazz con todos sus sentidos.

Uno de los primeros aciertos que noté en las sesiones, fue que los músicos presentan cada canción brindando información sobre el contexto del sonido, de la pieza o del artista que revisan con sus arreglos. Además de que el espacio permite escuchar detalles puntuales de cada agrupación. También destaca la calidad técnica y la procuración de cada banda por sonar lo mejor posible.

El ciclo arrancó con  Kilombo Dúo, conformado por dos talentosos guitarristas, después siguió el turno de Chronos. En abril Ambystoma Quartet y Las galletas de Mr. Esqueleto fueron los encargados de continuar el ciclo, aquí vale la pena mencionar que varios de estos proyectos se presentan a la par, en distintos foros de la ciudad como La Maga, Casa Gabilondo, La Baraque (que ahora dedica sus miércoles a las Noches de Jazz), Café Colibrí y El Gringo; el ciclo abrió en mayo con Agus Blues que deleitó a los asistentes con su voz áspera y su guitarra siempre certera. Quince días después se presentó, Z3, y luego Camisas de Cuadros Jazz que ofreció un digno homenaje a la música gitana, específicamente a las melodías de Django Reinhardt. Prana entregó el primer concierto de junio y justo el día de hoy el ciclo continúa con invitados de lujo: Som Bit.

La primera temporada de este ciclo de jazz está próximo a culminar. Aún quedan un par de fechas, el 31 de junio ocurrirá un gran jam con todos los músicos y una presentación en Juan Ruiz de Alarcón que promete mucho, ya que cerrarán la calle y todas las bandas invadirán con su sonido el espacio que también alberga el Callejón del Artista durante los fines de semana. Si quieren enterarse de los próximos conciertos o actividades del colectivo pueden agregarlos en su Facebook oficial: https://www.facebook.com/macacojazz?fref=ts y ahí también pueden acceder a enlaces para escuchar a todas las bandas.

Finalmente, como ya varios saben, este año el estado de Morelos es el estado invitado al Festival Cervantino en Guanajuato, y varios de los músicos que conforman Macaco 251 estarán representando la escena emergente de jazz morelense junto a músicos con más experiencia, entre ellos Andrés Uribe, Chronos, Fuxé, Cuarteto Magatama, Marcos Miranda y otros. El festival será la oportunidad idónea para que las propuestas se vuelvan más sólidas y que otros espectadores tengan la oportunidad de escuchar el talento morelense que merece mucha más atención.


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

Nací en Boston en 1949. Nunca quise que este hecho se supiera, de hecho he pasado la mayor parte de mi vida adulta tratando de barrer mis años juveniles bajo la alfombra y de tener una vida que claramente fuera sólo mía e independiente del destino histórico de mi familia. Pueden ustedes imaginarse cómo era ser uno de ellos, tener su misma complexión, hablar como ellos tener los privilegios de haber nacido en una familia americana tan pudiente y poderosa como esa. Fui a las mejores escuelas, tuve toda clase de tutores y entrenadores, viajé extensamente, conocí a los famosos, a los controvertidos, a los no tan admirables, y supe desde muy temprana edad que si hubiera la más remota posibilidad de escapar del destino colectivo de esta famosa familia bostoniana tomaría esa ruta y la he tomado. Me subí a un Amtrak hacia NuevaUnidos York a principios de los setenta y supongo que podría decirse que mis años secretos comenzaron. Pensé, Bueno, seré poeta. Qué podría ser más estúpido y sombrío. Me convertí en lesbiana. Todas las mujeres de mi familia parecen marimachas pero realmente es limpiarse en la bandera cuando te conviertes en una. Desde esta ignominiosa postura he visto y he aprendido y empiezo a pensar que no hay forma de escapar de la historia. Una mujer con la que actualmente tengo una aventura me dijo sabes qué, pareces una Kennedy. Sentí que la sangre me subía por las mejillas. La gente siempre se ha reído de mi acento bostoniano que confunde “largo” con “lago”, “parto” con “pato”. Pero cuando esta incauta mujer invocó por primera vez mi apellido supe que el cuento se había acabado. Sí, lo soy, soy una Kennedy. Mis intentos por seguir a la sombra no me han servido mucho. De haber empezado como una humilde poeta rápidamente escalé a la cumbre de mi profesión asumiendo una posición de liderazgo y honor. Está bien que una mujer me ponga en entredicho ahora. Sí, soy una Kennedy. Y espero sus órdenes. Ustedes son los Nuevos Americanos. Los indigentes deambulan por las calles de la más grandiosa ciudad de nuestra nación. Hombres indigentes, entre ellos, con sida. ¿Es esto correcto? Que no haya hogares para los indigentes, que no haya ayuda médica gratuita para estos hombres. Y mujeres. ¿Que se den cuenta —mientras se están muriendo— de que éste no es su hogar? ¿Y cómo están sus dientes hoy? ¿Pueden costear arreglárselos? ¿Qué tan alta es su renta? Si el arte es la más alta y más honesta forma de comunicación en nuestros tiempos y una artista joven ya no es capaz de mudarse aquí para hablarle a su tiempo… Sí, yo pude, pero eso fue hace 15 años y recuerden —como yo debo— soy una Kennedy. ¿No deberíamos todos ser Kennedys? Esta ciudad, la más grandiosa de la nación, es hogar del hombre de negocios y hogar del artista rico. Gente con dientes hermosos que no está en la calle. ¿Qué deberíamos hacer respecto a este dilema? Miren, he sido educada. He aprendido sobre la Civilización Occidental. ¿Saben cuál es el mensaje de la Civilización Occidental? Estoy sola. ¿Estoy sola esta noche? Lo dudo. Es que soy la única con encías sangrantes esta noche. Es que soy la única homosexual en la sala esta noche. Es que soy la única cuyos amigos han muerto, están muriendo ahora. Y mi arte no puede ser apoyado hasta que sea gigante, más grande que el de todos los demás, confirmando el sentimiento del público de que están solos. De que sólo ellos son buenos y merecían comprar boletos para ver este Arte. Están trabajando, tienen buena salud, deben sobrevivir y son normales. ¿Ustedes son normales esta noche? Será que todos aquí somos normales. No es normal para mí ser una Kennedy. Pero ya no me avergüenzo, ya no estoy sola. No estoy sola esta noche porque todos somos Kennedys. Y yo soy su Presidenta.

*Traducción de Román Luján


Autores
(Estados Unidos, 1949) es autora de más de veinte libros. En 2012 le otorgaron la beca Guggenheim. «Un poema americano» forma parte del volumen Not Me

Nadie imagina que terminará metido en un frasco repleto de algún líquido para que se mantenga con apariencia aceptable, aunque en realidad pueda desmoronarse ante la mínima agitación o movimiento brusco.

Sinceramente, no me quejo. Pudo haber sido peor. No sé, hubiera resultado fácil arrojarme a la basura para ser devorado minutos más tarde por algún famélico roedor y terminar convertido en bolitas negras de mierda; o bien, pude haberme descompuesto cual gajo de naranja o bistec descongelado hasta albergar a una colonia de larvas de mosca que me hubiesen olvidado sin darme las gracias.

En cambio, acabé en este impersonal frasco transparente que adorna una taberna que hace las veces de putero, y a la que venían personajes de la más baja ralea a gastarse el cobre cada semana. En un principio pocos reparaban en mí, pues utilizaban la barra del negocio sólo para esperar mientras su chica preferida se desocupaba o para echar un trago barato con las pocas monedas que les habían sobrado tras el acto.

Más de uno me vio, eso sí, y más de uno cogió el frasco entre las manos y se preguntó para sí mismo ¿es lo que creo que es? Y después me dejaron con cierta repugnancia o curiosidad, pero sin indagar más allá.

Fue cuando el negocio se vino abajo por las viruelas que atacaron a la mayoría de las chicas —y éstas a su vez las compartieron con sus clientes, quienes las trasmitieron a sus esposas, que terminaron por contagiar a sus hijos— que me hice famoso.

Meses después, cuando la epidemia estuvo controlada y las pápulas se hubieron transformado en cicatrices, el negocio aún no retomaba los niveles de popularidad que alguna vez tuvo, y lo que otrora eran noches de parranda y filas afuera de los cuartos, se volvieron fríos amaneceres impregnados con el perfume de la carencia. Muchas chicas bajaron sus tarifas y ofrecieron descuentos malbaratando sus servicios, situación que contribuyó poco al restablecimiento de las visitas.

Entonces alguien tuvo la ocurrencia de contar mi historia, o más bien mi procedencia. Y fue así como de un día para otro la casa retomó sus niveles de audiencia y las cosas cambiaron favorablemente, pues el perfil de los visitantes no fue más el del pendencie ro alcohólico o el ratero noctámbulo que acecha, navaja de afeitar en mano. Aunque, a decir verdad, yo siempre preferí esta clientela que la nueva, por parecerme más franca y menos arrogante.

De pronto empezaron a aparecer los pintores y los músicos, a quienes siguieron los científicos y los políticos, que siempre han querido rozarse con la fauna intelectual creyendo que los conocimientos pueden transmitirse por ósmosis. Aunque comúnmente lo único que se les contagia es la petulancia que abunda en los artistas.

La taberna adquirió más tinte de museo que de casa de citas y muy pronto algunos quisieron venir sólo a embriagarse, a lo que el dueño, un hombre de modales raudos, se negó apenas tuvo conciencia. El que quisiera verme, tendría que contratar a una mujer, ése era el requisito.

Supongo que ya todos saben o intuyen que soy la oreja de Van Gogh, el lóbulo, para ser más exactos.

Y creo que ya todos saben las decenas de historias que me rondan, algunas con más dosis de estupidez que otras, aunque ninguna ha dado en el clavo. Lo sé porque las escucho; verán, cuando corrió la voz de que me encontraba aquí, en esta pocilga donde se comercia el placer, no faltaron los pelmazos que dándoselas de eruditos quieren asombrar a las chicas contando mi historia, como si a ellas les interesara escuchar o necesitaran ser impresionadas para irse a la cama con los clientes.

En más de una ocasión he lamentado ser un lóbulo y no un pedazo de boca, para hablar y decirles, epa, bobalicón, eso que cuentas es la más absoluta mentira, lo leíste en algún articulillo de cualquier mequetrefe venido a menos, deja de contar idioteces y saca el cobre, que es lo único que aquí nos interesa.

Que si Vincent me arrancó en un ataque de histeria o en un brote psicótico, vaya mentira; que no quepa duda de que al tipo le faltaba un tornillo, pero no, no fueron esos los motivos para que yo terminara separado de él y comenzara el peregrinaje por los burdeles de la más baja calaña en los que he caído.

De todas las historias, hubo una que amerita una mención aparte por ser digna de película, aunque también es falsa. La oí de boca de un famoso poeta que acudió a la taberna y después un par de tragos pidió llevarme al cuarto donde la mujerzuela realizaría sus labores. Era una noche estrellada, como una de las pinturas más reconocidas de Vincent.

El muy fetichista prometió un pago doble por poner el frasco en el buró de la cama. A medida que se balanceaba, prefería mirarme a mí y no a ella. Me lo imaginaba al otro día, en plena tertulia, platicando con sus amigotes de escaso talento que había follado frente a mí.

Al concluir su mediocre acto, encendió un cigarrillo y dijo, ¿sabes que esa oreja (sólo un idiota puede confundir una oreja completa con un lóbulo) le fue rebanada a Vincent por su amigo Paul Gauguin con un arma blanca?

La chica encendió a su vez un cigarrillo y se levantó al baño. Él continuó con el monólogo: Resulta que Vincent estaba enamorado de Paul (lo que era una verdad parcial, pues Paul también estaba enamorado de Vincent, cosa que pocos saben), y al declararle su amor y ser rechazado (falso, no fue rechazado, esa noche ambos se amaron y fueron un amasijo de flujos) amenazó a Paul con una daga.

La chica regresó del baño y le dijo que la historia le parecía interesante pero que era momento de pagar. El poeta abrió un bolso de cuero y al instante lo cerró para pedir otro servicio. Parecía evidente que era del tipo de hombres que pagan por ser escuchados, nada extraño en un poeta.

Y otra vez, durante el acto, prefería mirarme a mí que al cuerpo que tenía debajo.

La segunda vez fue aun más triste e insípida que la primera. También concluyó más rápido. Aunque eso a las chicas les conviene, no deja de perturbarlas, lo sé porque en el ambiente flota un humus de hastío.

Al terminar vino otro cigarrillo y la continuación del relato. Esta vez la chica pareció resignarse; entonces encendió también un cigarrillo y se quedó en la cama a escuchar lo que venía.

Según el poeta, cuando Vincent amagó a Paul con una daga debido a sus celos, éste último no tuvo más remedio que desenfundar su florete, que manejaba a la perfección para maniobras de ataque y defensa, pues además de pintor era un excelente espadachín.

Para entonces, los cigarrillos de la habitación se habían acabado y la chica, aunque respetuosa de las manías y egocentrismo de su cliente, comenzaba a bostezar, mandando señales claras para ponerle fin a la charla, situación que su interlocutor pareció no percibir, pues continuó ensimismado con su relato.

La imaginación del poeta era en verdad prolífica, pues en tan sólo unos minutos desarrolló una historia en la que Paul y Vincent se batían a feroz duelo cual mosqueteros en defensa de su rey.

Bueno, ha llegado el momento de que cubras el consumo, interrumpió ella. Fue entonces cuando él mostró una sonrisilla de confusión. Creo que tendré que pagarte con algunos versos, balbuceó. Mira, animalejo, al menos que tus versos puedan comprar una libra de carne, lo mejor será que pagues lo que debes y te marches de aquí, respondió la mujerzuela, arremangándose el blusón.

En ese momento yo pensaba en la noche que las mordidas de Paul me arrancaron del cuerpo de Vincent. Nada de peleas ni de feroces combates, más bien amor incontenible que antes de llegar a la cumbre del éxtasis opta por un arrebato de pasión que el otro consiente sin quejarse.

Estaba tan ensimismado en mis pensamientos, que el movimiento me tomó desprevenido. Una tremenda sacudida agitó los líquidos de mi frasco y por algún momento temí desintegrarme en moronas. El poeta, quien al parecer no tenía dinero suficiente para cubrir los servicios carnales que recibió, intentó saltar por la ventana de la habitación, y no sólo eso, quería llevarme con él, lo que sin duda terminaría con ambos, pues nos encontrábamos en el cuarto piso.

Por fortuna, la chica se lo impidió con un severo garrotazo en la nuca, lo que provocó el desvanecimiento instantáneo del poeta, y también el mío, pues rodé por el piso y perdí la noción del tiempo y el espacio, no sin antes escuchar, como en un sueño, una serie de alaridos que pedían clemencia.

Cuando pude recuperarme de la impresión, me hallaba de nueva cuenta en la barra del congal, rodeado por la concurrencia intelectual a la que ya estaba acostumbrado. Pero esta vez no me encontraba solo, pues al lado de mi frasco había otro idéntico, en el que pude distinguir, sin temor al equívoco, la lengua del poeta.


Autores
(Ciudad de México, 1979) es narrador y poeta. Ha publicado el libro de poemas Cartografía del miedo y la colección de cuentos Ladrón de dinosaurios. Fue becario del FONCA en 2013.