Tierra Adentro

Apenas hace unos días se anunció que Alejandro Vázquez Ortiz, con su obra Deja de decir a Dios qué hacer con sus dados, ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2015. ¡Enhorabuena, Alejandro! Si bien con frecuencia se le reconoce por su excelente trabajo en Editorial An.alfa.beta, da el doble de orgullo saber que su obra personal también es valorada.

A propósito del galardón, revisité Artefactos, su primera colección de cuentos publicada en 2012. Los cuentos incluidos siempre me han parecido breves homenajes a la historia de la literatura. El libro nos recuerda que el cuento es un género vivo y con bondades únicas dentro de la escritura.

Una situación curiosa de Artefactos es que inicia con una nota que funciona como página de agradecimientos y a la vez como justificación del libro. «Las palabras son máquinas», inicia la nota y más adelante afirma: «La palabra hace a la Realidad y desprendido queda el silogismo contrario: únicamente la palabra puede deshacerla». Y en ese tenor de crear, descomponer, construir y destruir la Realidad se comienza a entrever el plano arquitectónico subyacente en los relatos.

El primer cuento de los once recopilados es «La mariposa», que inicia así: «Shen Kuo, teniendo únicamente un pincel y tinta para conversar, intentó saber lo que era la mariposa cabeza de serpiente». Este geólogo, astrónomo, ingeniero, cartógrafo, meteorólogo, entre otros, encuentra que para definir ese primer concepto que animó su curiosidad debe, de forma paralela, definir su contexto. Sin embargo, ese contexto es, a su vez, parte de un contexto mayor. Y así se nutren los contextos, hasta que las relaciones esenciales entre los objetos, las personas, sus pensamientos, la naturaleza, el arte y otros ámbitos quedan unidos por el efímero aleteo de una mariposa con cabeza de serpiente. El relato sirve para explicar un sinfín de fenómenos humanos: desde la empatía, el desarrollo social, la economía, hasta el estancamiento actual de la educación que se empeña en separar el tejido del mundo en asignaturas, volviendo inútil casi todo conocimiento.

En «La mariposa», Vázquez Ortiz cumple la promesa sugerida en la nota inicial acerca de la relación entre la palabra y la realidad. En el siguiente relato, «Notas póstumas de Jacob N. Heartman sobre Bartleby», cruza la frontera de la ficción tomando como punto de partida a Bartleby, el conocido personaje de Herman Melville. El legado de Bartleby abandona lo literario y salta a lo real en un par de líneas: «Aquellos que hayan quedado intrigados por el relato que publiqué bajo el seudónimo de mi íntimo, Herman Melville, en la Putnam’s Monthly Magazine de noviembre de 1853…». Así pues, el narrador sin nombre de «Bartleby, The Scrivener; A Story of Wall Street» se convierte en Jacob N. Heartman y nos seduce para creer que Bartleby en realidad existió. De esta forma, Vázquez Ortiz le pide al lector una doble suspensión de la incredulidad para primero, aceptar al Bartleby histórico de Melville y luego aceptarlo como parte de una nueva ficción creada Jacob N. Heartman a manera de un documento testimonial que el lector recibirá como cuento. Para acentuar el pase del lector a la nueva ficción y no dejarlo escapar, el texto inicia con una nota del editor explicando el origen del documento. Así, el relato cubre convincentemente los huecos que el lector podría llenar con dudas e inquietudes.

He repasado sólo dos relatos, pero la colección mantiene lo ya expuesto: enlaza realidades y ficciones con un hilo de palabras, oraciones, imágenes y estéticas, sin perder de vista la orilla de una playa habitada por la premisa establecida desde la nota inicial: las palabras son máquinas, herramientas que utilizamos para explicar y manipular el espacio y el tiempo.

El zurcido de la confección literaria en Artefactos es invisible y exacto. Los demás cuentos son universos compactos y bien realizados, que reviven ecos que remontan al lector a diversas tradiciones literarias. Por ejemplo, el relato «La máquina» está fabricado con la misma sustancia que La piel de zapa, novela decimonónica de Balzac, y en «El turista» habita un espíritu hermano al de «El guardagujas» de Juan José Arreola.

Alejandro Vázquez Ortiz posee una sensibilidad admirable para describir los espacios e imbuirlos de personalidad. La primera cuartilla de cada relato está trazada con la precisión de un francotirador. Alejandro escribe ocultando con pericia la red de intriga bajo una cama de hojas y, con el primer paso, el lector queda atrapado hasta el final.

 


Autores
(Monterrey, 1982) es autor de las novelas El polvo que se acumula en los objetos (Editorial Acero, 2012) y La ilusión del caos (edebé, 2015). En 2014 fue becario del PECDA Nuevo León. Actualmente es profesor de literatura en Prepa Tec y director de Resortera.mx, una iniciativa para impulsar la escritura de autores jóvenes.

Si pudiera resumir en pocas palabras a mi padre, lo haría así: un hombre amoroso, sencillo y generoso con sus conocimientos.

Su principio de vida fue el trabajo constante, escribir, corregir y leer siempre; ver la vida y cuestionar lo que veía, investigar con curiosidad y encontrarle algo más, transformarlo y estar convencido de que «la realidad es lo increíble» y de que «todo lo que inventamos es cierto».

Su trabajo literario siempre fue honesto, complejo, sin concesiones, transgresor y provocativo. Una literatura «difícil» que trataba de atrapar al lector para que hiciera del texto propuesto algo suyo, porque creía que «el texto sólo existe en la medida que otro lo hace suyo», y es ahí cuando el círculo creativo queda completo.

Artista y ser humano, escritor y hombre común: papá, abuelo, amigo, esposo, amante, jefe, profesor; en fin, muchas veces una relación desequilibrada. En el caso de Miguel Donoso Pareja esa relación era armoniosa, no existía dicotomía. Un padre y un abuelo amoroso, un maestro y un jefe generoso recordado con afecto por quien estuvo cerca de él, un esposo y un amante recordado con nostalgia por sus amores.

Nosotros éramos gente muy unida. Aún recuerdo los viajes a San Luis Potosí, cuando iba a coordinar el taller piloto del INBA, y presenciaba las largas sesiones con risas y discusiones. Ahí aprendí que la literatura es, como él decía parafraseando a los hermanos Goncourt, «una facilidad innata y una dificultad adquirida». Para él no bastaba «el don», era necesario desarrollar el oficio y ser muy exigente con eso.

México fue su casa, la casa de toda su familia. Gracias a México escapamos de un país donde era perseguido; su exilio lo hizo en buena medida mexicano y su amor por el lugar siempre estuvo intacto. Para mí, Miguel Donoso Pareja no se irá del todo, y estoy seguro de que para muchos otros tampoco. Queda de él lo escrito y la magia de lo vivido con todos aquellos que estuvieron cerca de él.


Autores
(Guayaquil, Ecuador, 1962) es escritor. Ha publicado Los marineros se reencuentran, Imágenes sobre el Observador y Punta de Santa Clara.

Miguel Donoso Pareja era una presencia telúrica. Lo antecedía el mito (la clandestinidad, la guerrilla, la lucha en Ecuador) y un aura de mítico marinero lo acompañaba mientras nos enseñaba un decálogo preciso: la literatura es trabajo arduo, una vocación terrible que no conlleva ni fama, ni dinero, ni otro reconocimiento que curarte de la enfermedad mediante la escritura. Su sentido del humor era proverbial y podía utilizar la chanza o la broma de humor negro hasta que volvía a asumir la seriedad plena y nos llamaba a todos al orden. Comía con voracidad y en ocasiones limpiaba la cuchara de salsa con la parte de atrás de su corbata. No permitía la menor traición a la vocación literaria y era implacable con los errores. Tal vez hoy su método pedagógico sería demasiado cruel, pero entonces nos enseñaba, sin complacencia alguna, que el que se mete en esto lo hace con conciencia plena de los riesgos. Uno deja sangre y bilis en el papel, la mayor parte de las veces sin otra recompensa que el acto mismo. Rigor es la palabra que mejor lo definía. Quienes fueron sus amigos también dirían que generosidad. Sus discípulos le temíamos a la dureza de este hombre implacable que no permitía deslices ni, sobre todo, dobleces. Un hombre de una pieza. El autor de Henry Black y de Día tras día era perfeccionista hasta la médula. Cuando leí su antología Prosa joven de América Hispana, editada en dos volúmenes en la mítica colección SEP Setentas, entendía sus gustos y sus cercanías políticas. Un cuento de Sergio Ramírez, «Charles Atlas también muere», me fue recomendado por él como ejemplo de economía y socavamiento de la psicología del personaje. «Pero entre líneas, siempre entre líneas». Así nos enseñó a leer. A algunos, como es mi caso, más por sus continuadores, especialmente David Ojeda, a quien tanto le debemos los escritores poblanos, porque un día Donoso Pareja decidió regresar a Guayaquil, con una beca Guggenheim bajo el brazo y el sueño de encontrar a sus lectores. No sé si lo logró. Sé que siguió sembrando discípulos como quien quita bombas en un campo minado, para que todos podamos caminar a gusto, sin temor a explotar. Ese campo limpio y claro que fue la literatura escrita en provincia en México desde finales de los setenta y hasta mitades de los ochenta le debe al tesón y la fuerza de Miguel Donoso Pareja su frondosidad. No se entiende Puebla, Zacatecas, San Luis Potosí, Ciudad Juárez, Aguascalientes o Tijuana sin los talleres que él y sus discípulos continuaron con denuedo. La revista Tierra Adentro, la Coordinación Nacional de Literatura del INBA, fueron apuntaladas por él, silenciosa pero conscientemente. Como dice Juan Villoro, uno de sus alumnos en el taller de la UNAM, siempre seguiremos siendo alumnos de Miguel Donoso Pareja. En su viaje por el Leteo, en la barca de Caronte seguro está fundando un nuevo taller para que en el Hades también sepan, con un carajo, conchaésumadres, cómo demonios se escribe.


Autores
(Puebla, 1966) es escritor. Obtuvo el Premio Jorge Ibargüengoitia y el Premio Xavier Villaurrutia. Su libro más reciente es No me dejen morir así: recuerdos póstumos de Pancho Villa.

El matón michoacano devenido en investigador policiaco encontró su recepción crítica años después de haber sido lanzado a los ojos de los lectores. Ese extraño personaje, llamado Filiberto García, fue invención del asombroso imaginario de Rafael Bernal (Ciudad de Mé- xico, 1915-Friburgo, Suiza, 1972), poeta, reportero durante la Segunda Guerra Mundial, viajero incansable, guionista para el cine hollywoodense, creyente indiscutible del «oro verde» (el plátano tabasqueño), diplomático y, a la par de Rodolfo Usigli, creador de la novela negra en nuestro país. Para visitar el trabajo del autor de El gran océano, en Tierra Adentro invitamos a cinco escritores a abordar diferentes aristas del quehacer de Bernal. Por si esto fuera poco, pedimos a los dibujantes Bef y Blumpi que trabajaran a partir de las novelas El complot mongol y De muerte natural, respectivamente, con adaptaciones de las obras al cómic.

Acompañan a esta edición una crónica en la que Froylán Enciso se acerca al primer robo de cocaína registrado en Mazatlán, Sinaloa, en la década de los años treinta; una charla entre el traductor japonés Fumiaki Noya y la narradora Cristina Rascón; un cuento de Eric Uribares, «Amputaciones en una noche estrellada», y un ensayo amplio de Pierre Herrera, próximo autor del Fondo Editorial Tierra Adentro, quien recupera la figura del poeta Ramón Martínez Ocaranza.
Agradecemos a Rafael Bernal hijo y a María Idalia Cocol Bernal por darnos las facilidades para revisar los documentos de su padre, y a Gabriel Nieto, de Grupo Planeta, por la autorización para la reproducción de los textos en las adaptaciones.

PortadaBernal

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Dossier

El complot Bernal

El complot anticanónico

Por Joserra Ortiz

Pecados y genialidad de El complot mongol

Por Imanol Caneyada

El imperio de los hematófagos

Por Juan Pablo Anaya

La dramaturgia de Rafael Bernal. Repaso de tres obras de teatro

Por Tristana Landeros

Su nombre era Muerte. La novela contra la sociedad secreta

Por Xalbador García

Semblanza

Por Rafael Bernal Arce

Conversación abierta

Rafael Bernal

Por Bef y Blumpi

Crónica

El extraño caso de la cocaína robada

Por Froylán Enciso

En primera persona

Fumiaki Noya

Por Cristina Rascón

Cuento

Amputaciones en una noche estrellada

Por Eric Uribares

Ensayo

El otro Ocaranza

Por Pierre Herrera

Poesía

Trípode

Por Xitlalitl Rodríguez Mendoza

Los disfraces

Por Nadia Escalante Andrade

De Efusiva penitente

Por Valeria Guzmán

Un poema americano

Por Eileen Myles

Crítica: Libros

NEO/GN/SYS o la máquina de la poesía

Por Arturo Loera

Crítica: Arte

El cisne y el cuaderno: avatares de Björk en 2015

Por Jazmina Barrera

Crítica: Medios

El naturalismo de Boyhood

Por Alejandra Vergara

Whiplash. La mirada subjetiva

Por Luis Reséndiz

Formas breves

Analema

Por Pavel Andrade


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

El término es de Juan Villoro, a quien conocí en el Taller Literario Regional de San Luis Potosí (que coordinaba Donoso), al cual concurríamos —entre los que recuerdo— Ignacio Betancourt, Alberto Huerta, José de Jesús Sampedro, Armando Adame, David Ojeda, Enrique Márquez, Alejandro García Ortega, Martínez Farfán, Lara Huerta y varios más a los que les ruego su comprensión si no me vienen ahora a la memoria (entre ellos, ocasionalmente, acudían algunos infrarrealistas). Miguel Donoso Pareja fue maestro de vida porque, más allá del rigor con que se analizaban los textos en las sesiones del taller literario, nos aconsejaba, nos orientaba en diversas cuestiones de la vida: la lealtad con los amigos, la congruencia literaria, la militancia política, nuestra incipiente sexualidad o la relación con las mujeres. En general, temas sobre los que las opiniones de un hombre experimentado hacían marca y dejaron huella en los jóvenes que éramos, los que ahora somos. De más está decir que las lecturas eran parte inexcusable de nuestras conversaciones. Fue un amigo, un maestro preocupado por nuestros devenires. A muchos nos ayudó a publicar el primer libro.

En aquellos años yo jugaba basquetbol con intensidad. Me tocó ir a un torneo en San Luis Potosí y, a las pocas semanas, a otro en Ciudad Universitaria en la Ciudad de México. En el primero, Ignacio Betancourt —con su voz estentórea de actor— no dejó de echarme porras (a la distancia, creo que inmerecidas). En el segundo, Villoro llegó a la sesión del taller literario que coordinada Donoso en la UNAM —en el cual participaba— para decirle que había que suspender la sesión y todos debían ir a ver el partido en el cual yo jugaba. Eso, por supuesto, no sucedió.

Lo que sí pasó es que en la siguiente sesión en San Luis Potosí, Donoso organizó una «cascarita» de básquet entre los aspirantes a escritores. Por supuesto que él jugó. Como lo hizo José de Jesús Sampedro, Armando Adame et al. Se realizó a las ocho de la mañana (me imagino que a más de uno se le dificultó estar a tiempo) en alguna cancha pública. Fue un entrañable y gozoso reconocimiento —y así es este recuerdo— a mis actividades ajenas a la literatura, que me dio la magnitud de lo que él valoraba en su cercanía con nosotros.


Autores
es poeta y narrador. Sus libros son Tercera menos (2007), La llama y el torrente (2000) y Agua zarca (1994), entre otros títulos.

A punto de tomar un avión rumbo a Villahermosa, me encontré a dos escritores tan jóvenes como yo: Alejandro García, de Zacatecas, y Marco Antonio Jiménez, de Torreón. Íbamos al Encuentro Nacional de Talleres Literarios de 1980, era octubre. Fuimos a la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco a la inauguración del Encuentro y lo vi: iba a cumplir cincuenta años —yo tenía veintiuno— y tenía la determinación de un tren. Él llevaba toda la organización sobre sí. Por alguna razón me mantuvo junto a su silla. Así de cerca me confió su admiración por los cuatro coordinadores de talleres que estaban discutiendo desde la mesa, Ignacio Betancourt, Fernando Nieto Cadena, David Ojeda y José de Jesús Sampedro. Me dijo quién era su preferido: no diré más.

Sabido es que surgí del Taller Literario del Museo de Arte de Ciudad Juárez, fundado por Miguel Donoso Pareja y coordinado por David Ojeda. Quería conocer a Sampedro porque había leído Un (ejemplo) salto de gato pinto, un librazo. Pero la figura de Donoso, con su barba y su panza magnética, se llevaron la escena de Villahermosa. Meses después, en Tijuana, nos volvimos a encontrar entre poemas, cuentos, cervezas, barajas, chicanos y un trío argentino de tangos que con «Yira yira» rompió el corazón de Donoso, el del joven Saúl Juárez y el de David Ojeda.

Más de tres décadas después la figura del narrador, poeta y ensayista Miguel Donoso Pareja está sujeta al escrutinio de los lectores y de la crítica. Lo que importa para mí, y para otros veinte, es el hecho de que un ecuatoriano que llegó de un país del tamaño de Chihuahua haya tenido la visión de llevar la formación literaria a un país nueve veces más grande que el suyo, y colocar una piedra fundacional para que la literatura de los estados iniciaran su lento, constante y determinante diálogo con las letras iberoamericanas.

Conozco a muchos autores que se asumen como parte de esta literatura emanada del tallerismo de Donoso, caracterizado por la autocrítica, el rompimiento de los cánones, el cuestionamiento de los límites estéticos e ideológicos, el compromiso dinámico con eso que podemos llamar la perfección del trabajo del es-critor. Habrá otros que lo nieguen. En lo que concierne a autores como yo, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, Joaquín Cosío, César Silva, Édgar Rincón y Luis Rico Carrillo, entre otros, estando en la orilla del mundo que es y fue Ciudad Juárez en 1980, Miguel Donoso Pareja inventó una luz distinta para ver la literatura mexicana y mundial desde la frontera norte de México.

Murió el 16 de marzo, debe estar satisfecho. Sé que el cielo de los poetas está lleno con las mujeres más bellas de la creación. Sé que él las mira pasar, sé que dice para sí: «chucha, hermano, qué soledad tan espantosa».


Autores
(Ciudad Juárez, 1959) es poeta. En 2013 ganó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes por su obra Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto.

Los trasterrados de América Latina nos aportaron una conciencia continental que se incrustó en nuestra memoria y en nuestra formación, maestros sin los cuales el camino del aprendizaje habría sido más tropezado y distante de la tradición que nos nutrió. Miguel Donoso Pareja formó parte de esa diáspora que nos legó literatura, ediciones y maneras de comprender el mundo. Por aquellos años, algunos amigos buscamos en su taller la orientación para trabajar nuestros primeros textos; poco después la vida profesional me dio el placer de compartir tareas con él en la revista Tierra Adentro, de la que me correspondía la difusión. La revista se había creado en 1974 y a finales de esa década Miguel Donoso la dirigía; no tenía presupuesto definido pero aun así logró una colección editorial —también llamada Tierra Adentro— que publicó a Benedetti, al poeta estridentista Salvador Gallardo Dávalos, a Félix Dauajare y a jóvenes como David Ojeda, Armando Adame, Ignacio Betancourt, Enrique Márquez, Alberto Huerta y José de Jesús Sampedro. Donoso coordinaba además los premios nacionales y el programa de talleres literarios que inició en San Luis Potosí y Aguascalientes, y fue creciendo por el país. El insustituible maestro había llegado a México apenas rebasados sus treinta años y tenía cincuenta cuando decidió regresar al Ecuador. Durante esos años nos nutrimos de su lúcido conocimiento práctico de la literatura, de su fortaleza teórica y de la rigurosa intensidad de su trabajo creativo. Solía asegurar, como refirió a José Ángel Leyva en una entrevista, que «los jóvenes no son tontos por ser jóvenes, según creen los viejos tontos, y que los viejos no son inteligentes ni son sabios por ser viejos, como creen algunos jóvenes tontos». Siempre nos expresó que México había sido fundamental para el desarrollo de su persona y de su escritura. Pero él no lo fue menos para la vida cultural del país. Constantemente valoramos la profunda referencia latinoamericana que legó a nuestra generación.


Autores
(Ciudad de México, 1952) es poeta, traductor y promotor cultural. Ha obtenido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, en 1990, y el Premio Poesía Casa de las Américas en 1994. Actualmente es director de la Fundación para las Letras Mexicanas.

Gabriel Rodríguez Liceaga, el Neb (o el Gaby, como algunos lo conocen), publicó hace unos días una columna sobre la nostalgia por la Cineteca antes de que fuera remodelada en 2012.

Su argumentación es que se tiene que huir de este recinto porque ahora, más que un espacio para ver cine distinto al de Cinépolis o Cinemex, es uno de moda conquistado por gente gustosa de un venue,, y que ver una película ahí es parte (mínima) de una experiencia.

Su conclusión: «Los desposeídos, los que no creemos que ver cine en blanco y negro es como hacer tarea, los abandonados del fin de semana, los que no buscamos una película que “nos cambie la vida”, nosotros, necesitamos un nuevo foro donde ir a pasar el rato y esperar nuestra función, libro en mano, en agradable compañía del silencio. Porque el cine se tiene que ver en pantallota y con la tribu, no hay de otra».

Los comentarios de los lectores en la página de Frente son de dos tipos: unos que comparten la nostalgia y otros que lo acusan de clasista.

Hay un poco de verdad en ambos porque comparten la raíz.

Lo mejor que ofrecía la Cineteca antes de ser remodelada y masiva, era la posibilidad de explorarla (tanto en sus rincones para el faje como en su oferta de pelis): se podía llegar sin un plan y aventurarse con algo de lo que no se sabía nada.

La nostalgia es «nos quitaron nuestro juguete». Y no está mal sentirla, no está mal querer que las cosas sean como cuando éramos felices. También extraño esa Cineteca en donde el cubo espacial era la única referencia. Sólo que esa nostalgia puede convertirse en exclusión: ¿qué culpa tiene un adolescente de quince años que hasta ahora va a la Cineteca? Algún nostálgico más antaño podría aducir que se si el cine no se ve en 35 o 16mm no vale la pena; si se quiere ser más radical, incluso el color o el sonido podrían estorbar a la experiencia primordial de ver cine.

Es positivo que la Cineteca se llene. Aunque la gente no considere que ver la película sea lo importante (un presupuesto que necesita demostrarse) o que esté de moda ir a un venue, la Cineteca es un buen espacio de exhibición cinematográfica. Antes y ahora. El corte es el mismo desde que aquella que se quemó: películas distintas a la oferta de cadenas comerciales, organización de festivales, la muestra internacional, el rescate del cine mexicano, etcétera. Lo único que ha cambiado es que ahora tiene más salas y que va más gente.

Desde esa perspectiva, sí, muchos «desamparados» perdieron su lugar, pero otros ganaron el suyo. Es decir, los públicos no se excluyen y si un adolescente de quince años va tres veces por semana a la Cineteca porque es cool reunirse con sus cuates ahí y si en esa «vuelta por la plaza» se revienta una que otra película de Marker, de Fassbinder o de Glauber Rocha, estará consumiendo otro tipo de cine; su mirada, por lo menos, se hará más amplia.

Que tampoco ésta es una apología de la Cineteca.

La Cineteca, como cualquier sala de exhibición, tiene la desventaja de la enajenación que ya muchos teóricos han notado: el formato es quedarse quieto y voltear siempre hacia la pantalla (en una versión menos extrema que la tortura de Alex DeLarge, pero esencialmente es la misma), diluirse en la identificación con los personajes y ser masa.

El poder ideológico del cine, por su puro formato de consumo, ha sido aprovechado políticamente por todos lados. Desde las improntas estético-soviéticas de Vertov con sus Kino-Pravda, hasta la normalización axiológica y política (con los gringos empresarios como salvadores del mundo) de John Favreu en Iron Man, el cine se muestra como la herramienta nulificadora por excelencia del capital: si no los puedes controlar, atáscalos en salas de cine, apaga la luz y que desaparezcan. Dale fantasías al público, hazlo creer que puede ser como los héroes de las películas y conquistar a las heroínas de la pantalla.

Como bien vio Benjamin, el cine es el arte de controlar imperceptiblemente al ser humano a través de la máquina pero, como es masivo, abre la posibilidad de hacer explícita esta dominación.

Antes de la remodelación de la Cineteca, esos asistentes desamparados y solitarios sufrían bajo este yugo, lo supieran o no. Si acaso hay que huir de la Cineteca, hay que hacerlo por mejores motivos que la nostalgia: se huye de la enajenación y eso sólo se logra si se piensa que no existe el cine inteligente sino inteligencia sobre el cine.

El espacio que perdieron puede (y debe) ser recuperado en otro aspecto: luchar contra la sujeción del cine a partir la crítica. Los espacios idóneos, entonces, no serán micro Cinetecas personales sino los cineclubes.

En la dinámica del cinedebate y de la proyección por ciclos, el espectador se vuelve activo, le responde al cine —que mientras dura la película es un discurso aplastante—. Si al final, junto con otros, se crea una mirada crítica (o por lo menos se intenta), el poder de dominación del cine se vuelve posibilidad de su cuestionamiento y, por lo tanto, de independencia.

La Cineteca, ni antes ni ahora, es un espacio de ese tipo.

Los desposeídos de Xoco (y todos, pues) deberíamos buscar esa forma crítica del cine.

Tal vez la nostalgia es por algo que nunca hemos tenido.


Autores
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.