Tierra Adentro
Ilustración de YM.

Espero. La mejilla derecha, pegada a la piedra fría, se me entume. Exhalo nubes blancuzcas de dióxido de carbono. Dentro de la casa, la madre deja salir un grito que me obliga a deslizar la cara hasta la ventana. Veo al padre mover sus ojos de un hijo a otro como si tratara de comparar sus rostros. Lo cierto es que los rasgos de Charles no parecen los mismos. Tengo que largarme y lo entiendo, mi resaca empeora, pero sigo plantada aquí. Los que están en el interior tampoco mueven un músculo. Charles se lleva esas manos fornidas a la garganta y se arranca todo de un solo tirón: cuello, camisa, chaleco —me hace imaginar que continuará con la carne y nos enseñará su tráquea descubierta—. Luego del breve ardor, Charley es una ruina. Su padre y Ned, el hermano menor, lo suben con gran esfuerzo por las escaleras. La madre siente mi intrusión y vuelve la mirada hacia el cristal. Ya no estoy.

—Capitán Gill, son las seis —carraspea Solomon, resucitándome, mientras los brillos groseros de la mañana revalidan lo que acaba de decir.

Algunos beben como marineros. Algunos navegamos como borrachos. La verdad es que no nos podemos llamar marineros en toda la rigidez del término. Nos conocen como «pilotos de aguas». Somos apenas compañeros del piloto eléctrico en nuestros buques. Los patrones están cerca de desecharnos como a las porquerías que llenan los mares, pero a mí me va mejor ocuparme de los problemas cuando han llegado.

Me encamino a la cubierta, repitiéndome que soy afortunada por tener un trabajo simplón que no siempre exige sobriedad. Solomon me empuja y la aspereza de sus palmas traspasa el lino de mi camisa.

—Sé andar, insolente —reclamo.

—Necesitas ir al compartimento de máquinas, cap’ —responde.

Se me tuerce una tripa. ¿Es por quedarme a dormir en un camarote?

—Si no eran horas laborables, Solomon.

Sé que si los Apse me bajan a eléctricos otra vez, requeriré al menos doce horas de sobriedad por día. Llegamos al cuartucho de máquinas, donde nos saluda un tipo flaco con dos o tres años menos que yo. Mi acompañante le toca la espalda al chico y me acerca a él de un tirón.

—Dominique Gill, electricista de oficio y capitán del Gary Apse —nunca me van a dejar olvidar que soy electricista—. Cinco años a bordo: ella es a quien puedes molestar si tienes un revés con estas cosas.

El novato presenta, orgulloso, sus credenciales. Graduado como ingeniero eléctrico en no sé cuál colegio de Port Home, generación 2085, mención honorífica en su examen. Yo no pasé por exámenes, pienso, sólo me criaron entre cables y máquinas. La jaqueca, a cien punzadas por minuto, me trae a la mente lo que vi anoche: Maggie Colchester, rota como muñeca de palo, sepultada en la turbiedad de ese río.

Hago un movimiento de testa que bien podría indicar reverencia o aburrimiento y salgo de la habitación. Puntos blancos y azules me invaden las retinas al alcanzar la cubierta del barco. Ordeno a mi escueto personal —no sin que se me escape algún hipo— revisar el pronóstico del clima y encender los radares térmicos para advertir cualquier cuerpo inconveniente en las aguas de hoy. A tropezones, asciendo al puente de mando. La basura escocesa que me tragué ayer lucha por proyectarse desde mi estómago. Aspiro una masa grande de aire salino y la retengo.

—¡Nada de nada, capitán! —grita uno de los mozos, un tal Thom, que sólo entró acá para beberse las botellas ajenas.

Libre de las cargas usuales, conecto mis audífonos al estéreo. Notas avejentadas por el arribo y partida de tantos años me salpican ambos oídos y apaciguan los dolores del alcohol. La música debe ser como el nado —me complace pensar eso, pues no conozco cuerpo acuático donde se pueda nadar sin lacerarse la piel.

Mi nave, que en realidad pertenece a la compañía Apse e Hijos, corta el oleaje de alquitrán con violencia; parece traer encima la ira de sus ancestros. Entre una secuencia de notas nacidas en un escondrijo de América y el hedor de la mar purulenta que se agita debajo, mis sesos demandan que tome un sorbo más del zumo escocés. Cuando la embarcación salta, el frasco escondido en el forro de mi saco me aporrea las costillas. Ahora no, le contesto a la sed.

A eso de las once de la mañana, el piloto automático nos impulsa rumbo al Támesis. Veo la vieja Canvey Island que se queda atrás: el faro Chapman, apagado indefinidamente, me siembra ganas de ir a repararlo, no sé para qué. Ya encauzados en el río, la peste química se agudiza; una gota roja se me escurre por la nariz. Bajo a cubierta, donde los marinos no se encuentran en mejores condiciones que yo. Los miro amontonar el metal chatarra que han recolectado.

—Casi doscientos kilos, cap’, y no ha terminado la jornada —se vanagloria Solomon.

Los tripulantes me ruegan por un descanso en Gravesend. Pero acabo de estar allí, ¿no?… Solomon me tira su pañuelo para que detenga la hemorragia. Trepo de nuevo al mando, paro el programa de pilotaje y anuncio que es hora de echar el ancla de fondeo. Por mi ventanilla los observo operar las poleas y lanzar el monstruo de hierro a la cama del río. La acrobacia del ancla me devuelve la imagen de Maggie Colchester.

Todos, hasta el electricista principiante, salimos a las carreras por el muelle. Nuestro grupo cruza una callejuela en diagonal y tres verticales. Doblando a la izquierda topamos con un pub donde ellos invaden una mesita para cuatro. Yo me instalo en el gabinete del fondo, reclino la cabeza y cubro mi vergüenza de cara con el pañuelo ensangrentado. Los oigo discutir con la mesera sobre la hora de apertura del bar. Sello los párpados y la señorita Colchester regresa, cual película en repetición.

A Maggie no la conocía bien. Baste decir que me ocupa el pensamiento por lo que la bestia hizo con ella. A la bestia sí que la conozco: es pesada, pavorosa y perfecta. La muy canalla, además, protagoniza docenas de fotografías en el museo de la Apse e Hijos; cualquiera que se dé una ronda por allá puede contemplar cuadros miniatura de la célebre asesina serial. Yo no necesito el producto de una cámara; nos hemos visto mucho en la otra Inglaterra.

Anoche —o hace unos siglos— la bestia ahogó a Maggie en el Támesis, justo a la altura de Gravesend. Fue una rabieta, supongo, porque a ese barco no le causaba gracia ser arrastrado. En un segundo reventó el pasacabos de hierro que sujetaba el cable del remolcador, haciendo la soga respingar con tal energía que se llevó varios postes de la baranda de proa.

Ned Mate y yo divisamos a Maggie en el castillo, con su bonete rojo bien puesto. Sonriente, se erguía de puntas en una de las anclas, para espiar las maniobras de los marinos. ¿Podíamos haber evitado lo que sucedió luego? Corrí detrás de Ned, quien gritaba advertencias inútiles a la muchacha. El cable metálico, un millón de veces más veloz que nosotros, se ensartó en la uña del ancla. Ésta, como encendida por un ánima perversa, se fue contra Maggie: primero la derribó y, cuando ella osó ponerse de pie, la cogió por la cintura con su uña y dio el clavado fatal por la borda, hundiendo consigo a la mujer y al gorro color rubí.

Me atrevo a declarar, pues al fin no hay nadie apto para rectificarme, que oí su columna vertebral crujir con el tirón del ancla. Cerré los ojos un instante; al abrirlos, distinguí a Charley Mate, el hermano de Ned, que saltaba tras el objeto de su adoración. Unas horas después, ya con el sol a punto de dormirse, los boteros de Gravesend hallaron el cadáver rubio de la chica; la piel se veía mordisqueada por peces y faltaba la mitad de su vestido.

—Lo más trágico —me dijo Ned en el puerto— es que casi libramos el viaje completo sin muertes; iba a ser la primera vez, ¿entiende?

Colchester, el capitán anciano de La Familia Apse —con ese nombre bautizaron a la bestia sus dueños—, había invitado a su sobrina Maggie a unirse a la tripulación en una travesía larguísima. Para el viaje, los hermanos Mate fungían como primer y tercer oficial. Hasta donde sé, Charles albergaba planes serios de casarse con la joven Colchester; pasó la excursión ostentando sus gracias de hombre de mar, seguro de que la famosa bestia tan sólo necesitaba un buen domador.

Yo aparecía en el barco de vez en cuando. Digo que aparecía porque no se me ocurren palabras más adecuadas. Las almas a bordo eran tantas que nadie pensó en preguntarme por mi origen. Ned, quien había gastado tres de sus diecinueve años navegando sobre aquel animal en calidad de aprendiz, dilapidaba sus horas libres en contarme las vilezas de la bestia. En varias ocasiones lo regañó la esposa del capitán, una señora bigotuda, repelente, que vivía de facto en los camarotes de la nave y todo el tiempo se pavoneaba con un grueso medallón dorado.

—¡Simplezas y habladurías! —pronunciaba, siempre disparando una buena dosis de saliva—. Ya no le contamines el coco a esta señorita.

El tema del barco desquiciado, como le decían, helaba la sangre de los trabajadores. En La Familia Apse reinaba una prohibición tajante de hablar de muertes y maldiciones durante los viajes, pero no se me escapó que incluso el capitán Colchester lucía temeroso ante la mole que dirigía.

A Ned Mate le encantaba, o le encanta, desobedecer el mandato de silencio.

—Debería haber visto el escándalo que se armó por construir este barco. Que si esto un poquito más fuerte, que si más grueso, que si no vendría mejor cambiar esta cosa o la otra —parloteaba el chico, tan emocionado que sus manos macilentas se sacudían al narrar—. Tabla tras tabla se dejaba ver la bestia: se convirtió en la nave más torpe y pesada para su tamaño; iba a ser la estrella de la flota Apse e Hijos y esperaban un registro de dos mil toneladas, ¡por lo menos!, así que…

—¿Y cuánto terminó pesando? —lo interrumpí.

—Usted verá, cuando por fin la pesaron, tuvo mil novecientas noventa y nueve toneladas y fracción.

Ned se quedó aguardando mi grito de sorpresa, que no tuve la educación de proferir.

—Bueno, la gente estaba pasmada, señorita —insistió—. El Señor Apse, el mayor… eh, dicen que se fue a su cama a morir de coraje.

Así, según Ned, inició la inmensa colección de asesinatos cometidos por el barco. En el momento de su estreno, una mañana de junio, la bestia se puso en marcha sola y aplastó varios remolcadores y a un infeliz carpintero. A partir de entonces, repartió terrores por doquier: en cada viaje mataba a algún pobre diablo y hundía los botes cercanos.

—Cien marinos y un capitán experto no son suficientes para entenderla, para domesticarla —aseguraba Ned, cuidándose de que la vieja Colchester no lo escuchara—. Dios sabe que lo intentan. Un día se porta como un cordero; al siguiente, ahoga a alguien. Y qué vamos a hacer, si meterse con los Apse es entrar a la lista negra.

—¿Quieres que crea que el barco está vivo, Mate? —me burlé.

—Hay humanos locos —defendió—. Y los barcos son construidos por gente. Si la locura es una falla en las fibras de nuestra cabeza, un barco loco bien puede existir… a la manera náutica, ¿no?

Yo oí cada relato de Ned con sincero placer. Por supuesto, no tenía motivos palpables para pensar que el barco estaba demente o poseído por un demonio; tampoco las tenía para tachar a los marineros de mentirosos. Lo maravilloso de mi presencia en ese sitio era el encuentro con un verdadero navío de velas —¡velas, por el amor de la reina!—; un monstruo que consumía el sudor de tripulaciones numerosas. Qué me podían importar las supersticiones homicidas, si delante de mí tenía semejante grandeza.

Todo eso, claro, hasta que vi morir a Maggie Colchester a manos de un ancla cuya cuerda se movía con la perfidia de una serpiente. Aquella tarde concluía el viaje. Abandonamos la embarcación en silencio y recorrimos quince metros antes de que el dolorido Charley hablara detrás de nosotros.

—Ned, me voy a casa.

Nos montamos en un coche de tiro, los tres. Accedí a acompañarlos por no dejar solo a Ned con la carga del hermano descompuesto, aunque este último me había mirado con recelo desde que me conoció. El más pequeño destello de mi figura era capaz de ensombrecer el ánimo de Charley, quizá sin que él supiera la razón. De cualquier modo, al final de esa odisea Charles Mate no disponía de fuerza para detestarme.

Llegamos a su hogar ya casi de madrugada. Sentí la resaca inaplazable y rehusé con balbuceos la invitación de Ned, quien me suplicó entrara tomar un descanso. Apoyé el rostro en la pared de piedra, esperando el regreso.

Estuve ahí, tanto como ahora estoy sentada en un pub que prende sus lámparas fluorescentes en pleno día. Conozco la otra Inglaterra gracias al tarro. Basta con que seis pintas de cerveza o medio litro de whisky pasen por mi garganta, para que la tapicería del mundo comience a descarapelarse y yo aterrice en un cuadro distinto. Debo estar hecha de materia volátil.

No he consultado esta volatilidad con los doctores, ni he sido así toda la vida. Lo peculiar del caso tal vez sea que, habiendo frecuentado el alcohol desde los quince años, mis visitas comenzaran hace poco; apenas el día de Las Tres Cornejas, cuando la tripulación dijo que era mi primer aniversario como piloto del Gary Apse y que «la cantina nos convocaba». A lo mejor me caería bien un trago ahora.

—Nos vamos en cuanto lo ordenes, Gill —dice Solomon, quitándome el pañuelo enrojecido.

Sin dar la orden, atravieso el pasillo de focos horrendos y abro las portezuelas que desembocan en la calle de Gravesend. Liberamos a Gary en diez minutos. Me coloco en la silla alta de la timonera y vuelvo a mi música, permitiendo que el insecto automático haga la labor de empujar el engranaje. ¿Habría obedecido la bestia a un programa electrónico? Hoy no existen barcos al nivel de La Familia Apse. Ni siquiera la flota actual de esta dinastía logra competir con ella. Los jefes de ese tiempo se morirían otra vez en los sepulcros si vieran su imperio reducido a una chatarrera del infierno.

El mapa luminoso apunta hacia Port Home. Si me preguntaran, diría que es la ciudad con el nombre más ridículo; es una zona de hoteles y sedes industriales, no de hogares. «Londres» le sentaba mejor. Empiezo a tararear un blues y el electricista nuevo me saca un susto cuando llega a mis espaldas con un plato de carne a medio cocer.

Mis molares tardan cinco minutos en deshacer cada bocado del animal —¿de veras será un animal?—. Mastico y veo el cielo. Arriba, un tercio de las nubes parecen aluminio rugoso, como si fuese a haber tormenta eléctrica; el siguiente trecho se asemeja al humo del opio; lo demás tiene un color verde vómito. No es raro que uno prefiera encerrarse en los pubs.

Si Su Majestad, la bestia, estaba realmente loca, algo sabría. Es posible que presintiera la muerte del océano. Loca a la manera náutica… ¿Por qué no? Quizá creía que su deber era asolar a esta especie; nada diabólico hay en eso. Necesitas dormir, murmura la conciencia.

La marca azul en el plano, símbolo de nuestro barco, titila en señal de cercanía con su destino. Vislumbro el muelle de Port Home. Los hombres acomodan el fierro rescatado en cajones de madera. Thom y Solomon tiran un centenar de peces muertos e inflados en contenedores para tóxicos. Me resulta chocante que la gente comiera fauna acuática hace sólo cuatro décadas. Un anciano de Sheppey me juró, seis meses atrás, que el sabor de los barbos y las carpas del Támesis era la mayor nostalgia en su paladar.

—¿Peso? —pregunto.

—Doscientos treinta kilogramos, capitán Gill —vociferan todos al unísono.

Etiquetan las cajas, se felicitan por el buen día de basura y corren a la avenida para subir a los camiones que los botarán en sus casas, fuera de Port Home. Después de revisar que la maquinaria esté apagada por completo, el muchacho de eléctricos se queda fumando a cinco metros de mí. Meto la mano al forro, extraigo la licorera y le doy un sorbo inofensivo.

La caminata del muelle al hostal donde vivo dura quince minutos. Hoy traiciono mi ruta; cruzar por el andador de vinaterías me toma media hora. La administradora de la casa conversa con un tipo gordo en el portón. Me saluda en un volumen de voz excesivo, haciendo uso de mi título —que le enorgullece más que a mí—, como siempre que tiene visita.

—¿Ya sabía, señor Richmond, que éste ha sido el hogar de varios pilotos de la Apse e Hijos?

Con mi ropa cubro bien la botella de whisky recién comprada. Devuelvo las reverencias y pido me disculpen «porque tuve una jornada terrible». Voy desempacando la bendita adquisición mientras subo los escalones. No sé si lo que quiero es ver a esa bestia o separarme por unas horas de la fetidez de mi Inglaterra; ambos prospectos son emocionantes.

Abro el cerrojo y soy recibida por una habitación helada: en mis dos días de ausencia el calefactor halló la forma de descomponerse. Muevo la perilla hasta los cuarenta grados Celsius. El aparato lanza una suerte de graznido y muere. Quito el enrejado para examinar los fusibles, pero ya no tengo frío, sino sed.

Las bocanadas ardientes, que poco entienden de gravedad, me trepan hacia las neuronas en lugar de caer al estómago. Apuro el ritmo y consigo que la recámara tiemble. El sabor es espantoso; me deja ciega. Finalmente, otro escenario.

Altamar. Mi cuerpo está inclinado sobre una baranda de popa. No es la bestia; reconozco el olor a agua alquitranada y el revestimiento de los pasamanos. Vine a parar al Gary Apse. Todos los faros de la cubierta duermen y el panorama nocturno, que tapa la suciedad en el cielo, también vela mi vista. Escucho a alguien correr por el costado del barco.

—¡Capitán Gill! —gime el intruso, asustado.

Las pupilas no me alcanzan para distinguir el perfil del hombre trémulo. Arrastro los pies en su dirección.

—¡No se acerque a nosotros!

Es el ingeniero eléctrico. Dos jadeos se unen al suyo y siento escalar una rabia mezclada con hambre. Llamo a Solomon, el oficial, entre la negritud.

—Lo ahogaste —dice uno de ellos.

—Idiotas, debería ahogarlos a ustedes —respondo—. ¡Arreglen las luces!

La tiniebla crece en espesor. Nos callamos. Luego, sometidos a mi mandato, los faros prenden con intensidad máxima. Tres marineros acobardados me observan desde la amura de babor. Thom, el más próximo, suelta improperios tartamudos contra mí pateando el piso. Deseo matarlos. Levanto el brazo derecho, pero no hay brazo: una cadena gruesa y larga que danza en el aire ocupa el sitio de la extremidad desaparecida. En la punta, un ancla gris dirige sus uñas al frente, como lista para destrozar a los tripulantes.

No les concedo tiempo de rezar. Con dos sacudidas del ancla tiro a Thom y al nuevo por el costado del barco. Guardo al tercero —el que me acusó de ahogar a Solomon— para la conclusión de mi acto. Ni intenta huir. Un gancho de mi mano férrea le coge las piernas y se contrae en torno a ellas. Los huesos de la víctima chasquean. Alzo la garra despacio, llevando al hombre fuera de la cubierta antes de zambullirlo en su tumba de sal, olas y brea.

El aullido del calefactor vuelto a la vida me perfora el cráneo. Borracha y torpe gateo a través del horno que es mi cuarto. Desconecto la clavija y abro las ventanas empañadas. Noto mis brazos, hechos otra vez de carne. Por el cristal de la botella veo los números brillantes del reloj de buró: las seis con treinta.

Atropellando a los demás peatones, doy de zancadas por las aceras. Pongo el pie en el muelle con cuarenta y cuatro minutos de retraso. Mis compañeros se asoman desde la borda; ninguno tiene pinta de haber muerto anoche. Ordeno desanclar el Gary Apse, me encierro bajo llave en el puente de mando e inicio el programa de navegación automática, que hoy contempla rodear la Isla de Wight.

Un quinto de hora transcurre y la radio náutica me saca del sopor. Llamada entrante. Cuando tomo la pieza para hablar, oigo la voz de Ned Mate.

—Charley se pasó más de veinte días sumido en una fiebre cerebral —cuenta.

—¿Qué? ¿Dónde estás? —cuestiono.

El paisaje negruzco y la ventana que me lo muestra se difuminan. Ned, vestido con un conjunto de gamuza amarillenta, está delante de mí sosteniendo el mango de un paraguas blanco. Londres, de nuevo.

—¿Se siente mal? —prorrumpe.

—Me distraje —contesto—. ¿Ha mejorado tu hermano?

—Recuperó la salud, pero no la tranquilidad. Apenas echó mano de un trabajo en la costa china —dice, cabizbajo—. No lo veremos pronto en Inglaterra.

Ned me conduce al interior de una cafetería, para la cual dudo traer ropa adecuada, y ocupamos unos bancos bajo las escaleras. El mesero anota nuestra orden sin enmascarar su molestia ante mi pantalón sucio.

—Usted querrá saber, señorita Gill, si hicieron algo después de lo de Maggie —susurra el chico, y se plancha el cuello de la camisa con los dedos—. Su tío, el capitán Colchester, se plantó en la oficina del señor Lucian Apse y dijo que no volvería a tomar el timón de esa bestia traicionera.

Ned calla mientras un camarero distinto nos sirve dos tazas de café con licor. El sujeto se va y mi amigo continúa sus murmullos:

—Ha sido un escándalo insoportable. Los Apse le rogaron al viejo que se diera un tiempo para pensar. Vaya ataque de histeria, el que le desataron. ¿Usted lo vio bien? El hombre era de cabellos grises, si lo recuerda, pero en quince días se le han puesto color nieve. La bestia está a punto de robarse otra vida, aunque el jefe haga como que no lo nota.

—¿Por qué no dejarlo ir y ya? —indago.

—¡Orgullo, señorita! Un Apse jamás va a admitir que algún barco de su armadora haya salido defectuoso…, más que defectuoso, genuinamente loco. Ahora tienen anclada a la fiera esa, en espera de que se resuelva lo del capitán.

—¿Me puedes llevar a verla?

Son necesarios muchos ruegos y empujones para convencerlo, pero terminamos yendo a Gravesend. En el espejo del Támesis flotan treinta embarcaciones más o menos grandes. A cincuenta metros del resto, La Familia Apse está presa con siete boyas de amarre, como animal feroz en exhibición.

—También atada es de temer, todos lo saben —advierte el joven.

—Ned, ya la conozco —digo, mirando el agua azulada donde la bestia arroja su sombra.

Él se torna lúgubre; en su gesto desconfiado percibo al hermano.

—No se le ocurra creerse eso —replica—. Nadie conoce a este demonio y quien piensa que lo hace no acaba bien. Yo, que zarpé en ella desde los catorce años, no puedo decir que la conozco. Aquel primer día a bordo, me puso un susto formidable: Estaban guiándola para salir y todavía ni aflojaban la cuerda que iba de la popa al muelle, cuando enfureció por un pequeño tirón que el remolcador le dio. En un instante se zarandeó con la peor violencia… No pensaría uno que algo tan grande pudiera batirse así. Rompió el calabrote que la ataba y fue a estamparse con el muelle. Todos tropezamos. Había un chico arriba, en los mástiles, quizá de mi edad; con el golpe cayó sobre la toldilla, a unos centímetros de mí, y se partió la cabeza. Podríamos haber sido buenos amigos, él y yo. Déjeme decirle: ni esperando lo peor se llega a conocer a esta bestia —agrega, en medio de un gruñido.

—¡Es irrepetible, Ned! —exclamo—. Al principio supuse que eran cuentos, pero está viva. Tiene carne y respira; no pueden mantener ese barco encadenado.

Ned Mate se aleja unos pasos, sonríe con pena y afirma que me desea suerte, pero que es mejor no volvernos a encontrar. Luego de vigilar que pare un carro y se marche a Londres, me acerco a donde mi bestia intenta descansar. Pero qué difícil debe ser el descanso cuando hay tanta energía sin usar. Lo sé: yo podría ser un verdadero capitán si en mi tiempo el pilotaje no estuviese reducido a programas de cómputo.

Debe de ser domingo. Los extraños que pasean sin rumbo cerca del río me ojean, curiosos, a la vez que acaricio uno de los amarres que aprisionan a mi bestia: mi alma en bruto. Le hablo:

—Tú sabías, ¿verdad?

Como respondiendo la pregunta, la bestia de hierro y laurel negro trepida. Los otros buques, a una distancia prudente de ella, hacen lo mismo. ¿Algo en la marea? Pero no: Volteo alrededor y todo el muelle, los caminos de carretas y los peatones se agitan de modo similar. Me voy.

El ventanal del puente de mando me da la bienvenida a mi barco automático. Nos movemos cerca de Ramsgate. Al salir hallo a la tripulación luchando con una pieza ferrosa, en forma de portezuela de camión, que se les ha atorado en las redes recolectoras. Incluso el mozo nuevo les ayuda.

—¿Quién está supervisando eléctricos? —grito.

—Hacen falta todas las manos posibles aquí, cap’ —pretexta el tipo a quien creí romperle las piernas anoche.

Resoplando, bajo al área de los camarotes y sigo por el pasillo hasta la sala de máquinas donde laboré cuatro años. Las cosas están como deben: cajas reguladoras de voltaje, bombas, tanques de lastre… Quizás el ingeniero sí entiende su trabajo.

—Hola.

La voz me obliga a girar ciento ochenta grados sobre un solo talón y casi resbalo. El irruptor se carcajea.

—Perdóneme, tengo una risa incontrolable —dice, envuelto en su vestimenta anacrónica—. Me llamo Wilmot.

—¿Eres un polizón? Te convendría más colarte en barcos de pasajeros —manifiesto.

El tal Wilmot gira los ojos y se saca el abrigo, apoyándolo en su brazo izquierdo.

—Vengo a presentarme, por mera cordialidad —declara.

—Tendrás que bajar del buque en la siguiente parada, Wilmot —informo—. Esto es propiedad de Apse e Hijos.

—Usted también lo es; sólo que aún no lo sabe —asegura.

No le toma ni dos segundos asirme por los hombros e impactarme de cara contra el generador eléctrico. Alzo un codo y le golpeo la boca del estómago. Lo oigo darse un porrazo en el suelo. Profiriendo injurias, corro hacia la cubierta.

—¡Un polizón atacó a su capitán, imbéciles! —gimo.

Los marinos, que seguían desenredando las redes, botan su faena y se apresuran a descender. Hay un chichón bajo la piel de mi frente. ¿De dónde me conoce alguien llamado Wilmot? Me siento en el castillo de popa a sobarme la lesión. Mis tripulantes regresan pasmados.

—Gill, no hay nada allí —dice Solomon.

Se quedan tensos, creyendo que los llenaré de insultos, pero monto la escalinata y vuelvo a encerrarme en la timonera. Desearía dar un trago a mi cantimplora como la gente normal —vaya que lo necesito— sin el riesgo de sufrir alucinaciones o tropezar con otras eras. Vigilo que la computadora continúe por el cauce marcado. El cielo inmundo hoy tiene una franja lechosa en el centro, si es que hay un centro.

El Gary Apse ha recogido cuatrocientos cincuenta kilogramos de chatarra para cuando terminamos de dar la vuelta a Wight. Emprendemos el retorno a Port Home, satisfechos con nuestra jornada, y desde mi cabina los oigo bromear acerca de mi locura. «Imaginándose hombres en el cuarto de las máquinas, ¿eh?», ríen, «ya debería casarse, antes de que sea fea».

Finalizado el día, dejo a los muchachos empacando los cajones de basura y salto al muelle de Port Home, ansiosa por beber en compañía. Camino por la segunda calle a la derecha y cruzo la fuente de los mendigos —como quiera que se llame en realidad— para llegar al bar de Las Tres Cornejas, en Cinnamon Street.

Dentro del bar, una tabernera gorda y anciana limpia la barra con un trapo negro que no se ha lavado en semanas. Las mesas están tomadas.

—Sólo hay lugares en la barra o en el salón, muchacha —refunfuña.

Le agradezco su amabilidad y, evitando la barra, me dirijo al salón de fumar pipas, apartado del exterior tan sólo por cristal y tablones más viejos que el polvo mismo. Antes de entrar, giro el cuello para pedirle a la mujer que me lleve una pinta de cerveza oscura. La tabernera no está allí; en su sitio hay una señorita esbelta de treinta y tantos, con pelo rizo y corsé bordado.

—¿Quieres que te sirva algo? —pregunta, enseñando la sonrisa más amplia del mundo.

Me quedo idiotizada en el acto. Miro el lugar por segunda ocasión: prácticamente vacío. Para ser una cantina se ve reluciente; los tablones del salón, que un momento atrás rebosaban de mugre, de pronto lucen un barniz nuevo. Inspecciono a la camarera.

—¿Usted quién es? —mascullo.

—Señorita Blank, me dicen —responde con un júbilo anormal—. Puedes decirme así también.

Un temor me recorre. Ni siquiera me he emborrachado y ya volví a saltar. Pongo una mano en la perilla; no sé si entrar a la sala. Una voz conocida, adentro, me corta las cavilaciones:

—Ese tipo, Wilmot, le reventó los sesos al fin. Y bien merecido que lo tenía.

¿Wilmot? La cruel declaración me paraliza, pero a la señorita Blank no consigue ni interrumpirle el bostezo.

—Oye, pasa si quieres —me invita la dama—. En el salón sólo están Jermyn, Stonor y otro señor que no conozco.

—Mejor me siento aquí —bisbiseo, señalando la mesita más cercana a esa habitación—. Sírvame una pinta, por favor.

Con el tarro enfrente escucho la conversación de los tres hombres. A través de una rendija identifico a Ned Mate. Ya no es un chico; veinte años o más lo han pisoteado y ataviado en un trajecillo de lana. ¡Cómo vuelo en el tiempo! Ned, siempre tan amante de su propia voz, relata los esperpentos de la bestia. Su tono suena casi orgulloso.

—Los Apse se agarraron al primer insensato que pudieron hallar —sigue diciendo mi antiguo camarada—. Es obvio, si lo que más les asustaba era la mala reputación que pudiera hacerse su barco endiablado. Wilmot era su segundo oficial; un tonto sin madera de navegante. Me simpatizaba, por eso me da lástima que ahora trabaje de carretero… Lo hizo caer bajo, ese desastre.

—Él fue quien perdió el barco, ¿no? —interviene alguien más.

—¡Que si lo perdió! —vitorea Ned, y luego atenúa sus palabras—. Es triste que una distracción acabe en ruina, ¿no creen? Esa noche Wilmot era el oficial en guardia y no tuvo más remedio que confesar: se distrajo con una chica y ni se acordó de revisar la brújula. ¿Y la bestia de los Apse? Descuartizada; partida en la costa.

Brinco en la silla. El bombeo de mi sangre arrecia y creo tener un motor diésel en el pecho. ¿Quién es ese asesino, Wilmot? Me levanto para abrir la puerta del salón.

—¡Si quieres entrar, tienes que ordenar algo! —gritonean desde la barra.

La señora gorda, con el trapo en la mano, me lanza una mueca impaciente. El débil muro de tablas ha recuperado sus telarañas y los borrachos de mi tiempo invaden —otra vez— el bar de Las Tres Cornejas.

—Véndame un botellón de escocés, para llevar —exijo a la vieja—. Tengo tareas inconclusas.

Bebo en el camino, extasiada con los gestos despectivos que la gente me regala. Cada adoquín del trayecto vibra como el agua sucia bajo un navío. Arribo al muelle y saludo a mi Gary Apse, tan dócil tras sus amarras. Son las nueve de la noche, hora del cambio de turno en la vigilancia; subo sin problemas e ingreso al compartimento de la maquinaria.

Los humanos siempre han encontrado cómo asesinar eso a lo que temen. El archivo del museo Apse e Hijos no describe la muerte de la bestia; igual que muchos, yo pensaba que había tenido un fallecimiento natural… ¿Existe tal cosa para un barco?

Sé qué cables romper en la caja de voltajes; sé cómo enviar una corriente desquiciada por el cuerpo de la nave; sé la forma de soltar un buque rabioso contra sus semejantes. Dicen que soy electricista, al cabo. Los aparatos arrojan humo, episódicamente, después de mis cortes y arreglos: todos protestan. Más allá del chisporroteo colérico, se empieza a oír el pulso de un monstruo recién despertado.

Regreso a cubierta; ni un asomo del vigía nocturno. Me cuelo en la timonera, enciendo desde aquí los motores y arranco el cofre del controlador automático. Las palpitaciones del barco aumentan en potencia. Hundo todo el whisky en mi esófago antes de dejar el Gary Apse.

Quiebro la botella vacía en los maderos del malecón. Observo. Cuando Gary al fin rasga el letargo, sacude su peso hasta reventar los calabrotes. Se libera. Destroza las lanchas de remos que le estorban y avanza, con el odio rugiendo en el motor, hacia sus compañeros dormidos.

Uno a uno, los miembros de la flota Apse crujen mientras mi criatura los hiere fatalmente. Castillos completos caen al agua negra. Gritos de pánico transgreden el aire. Todavía hambriento, el bruto escapa por el Támesis. Es mejor que ver fuegos artificiales: ahora podemos morir.

Las burbujas alcohólicas borran mi visión y un espasmo me avienta al piso, bocarriba. Abro los ojos y distingo las velas grises en los mástiles de la bestia. Un aguacero empantana la cubierta y nubla el panorama.

—¡Creo que se oyen rompientes por avante! —brama un marinero.

El grito queda sin respuesta, excepto por un oleaje furioso que azota el casco y me obliga a aferrar el palo de mesana.

—¡Wilmot! ¿Dónde nos metiste —insiste el mozo.

Un alarido llega del cuarto de planos; es la voz de mi atacante:

—¿Qué estás diciendo? —pregunta Wilmot.

Todos los marinos corren bajo el chubasco. De algún modo logran enfilar la gavia con el viento. La bestia, aterrada por las olas, decide poner a aletear sus velas. Inhalo despacio: las velas detienen el revoloteo. Durante medio minuto, a pesar de la tempestad que nos rodea, el barco y yo estamos perfectamente inmóviles.

—¡Demasiado cerca de las rocas!

La advertencia se acompaña de una ráfaga a traición que llena nuestras velas, enviándonos directo a los arrecifes. Primer golpe: siento cómo se me abren la espalda y la sobrequilla. Caigo, sin ver a dónde. El siguiente choque nos arrastra por la costa rocosa; me desgarra el estómago, el fondo entero. Escucho el trinquete desplomarse en la proa. No siento más dolor.

Desgajada en la cama pedregosa —en mi propio amasijo de brazos, mástiles, entrañas y castillos— pienso en la otra bestia: la vi nacer en una época de motores. Parece haber sido hace años. Entonces recuerdo, no sé cómo, que el tiempo de esa bestia apenas viene. Tendrá más hambre que yo.


Autores
(Morelia, 1989) Ha alternado la profesión de abogado con la escritura de teatro, cuento y novela. Fue ganadora del primer lugar en el concurso Antinavideños 2014, del Teatro la Capilla, por el monólogo Indigesta y seleccionada para participar en el Festival de la Joven Dramaturgia 2015, por la obra Hay boda.Estudió creación literaria en la escuela de SOGEM. Se desempeñó como editora en jefe en la publicación cultural Danludens, en el Distrito Federal. Actualmente vive en la capital y colabora en el boletín Pasodegato.

Hubo un momento antes de que iniciará el Perú-Paraguay donde se suspendió el tiempo. La ceremonia protocolar había terminado y los equipos ya estaban en sus posiciones. El balón estaba colocado en el manchón central, los árbitros listos, el público justo al borde de la rutinaria excitación inicial. Pero el tiempo le había quedado largo al partido. Faltaban casi cuatro minutos para que el partido pudiera comenzar. El árbitro central se quedó viendo su reloj durante varios segundos. No podía pitar el comienzo todavía. Fue una pequeñísima fisura en el sistema que dice que todo debe comenzar a cierta hora específica. Nadie sabía qué hacer.  Todos esperaban alguna reacción del árbitro, pero él no despegaba su mirada del reloj. Cada uno de los presentes se enfrentaría al imprevisto menor de la forma en que le diera en gana. La toma televisiva se abrió del balón en el centro a la panorámica completa de la cancha. En ese momento, casi al unísono, los jugadores de ambas escuadras, cada uno desde su mitad, empezaron a correr sin salir del radio de su posición. Hubo una extraña simetría en sus movimientos. Fue una coreografía no planeada. Era como si en la cancha un virus hubiera dañado el mecanismo interno del juego y este mutara a ser otra cosa. El balón no era el centro a partir del cual gravitaban los jugadores. Ellos corrían sin perder sus posiciones de un lado a otro. Por un momento no hubo centro. Los equipos se movían en espejo sin perder ninguno su posición en la cancha. El murmullo inicial de los espectadores adquirió tonos distintos. Nadie sabía si era enojo o excitación o una sensación distinta. Hasta que, en un momento de lucidez y conservadurismo radical, empezaron a entrar en sincronía balones a la cancha. Varias personas desconocidas sintieron que era necesario que volviera el centro. Quizá los mismos jugadores, sin saber qué más hacer, pidieron su eterna cadena redonda. La imagen empezó a tener el aburrido sentido de siempre. Hombres detrás de una pelota. Silbidos que exigían el comienzo del partido. El árbitro central advirtió que el tiempo había vuelto al cauce previsto. Los balones salieron de la cancha. Se detuvo el tiempo por última vez. Comenzó el partido.

No hay partido más extraño que el de la disputa por el tercer lugar. Su lógica pertenece al sinsentido de lo sobrante. Es un añadido planeadamente imprevisto. Los equipos llegan con la absoluta certeza de haber perdido desde antes. No disputan ni siquiera el primer puesto de los últimos, sino el segundo en la lista de los que no ganaron. Pierden dos veces antes de jugar. El partido es casi siempre una confirmación de los ánimos obtenidos durante los partidos de las semifinales. Perú y Paraguay, acaso los equipos más sorpresivos de la copa, llegaron a su último partido con la única certeza de que no serían campeones. Perú llegó con el ánimo de aquel que pudo llegar a la final, pues perdieron por la mínima diferencia y contaron con la expulsión temprana de Zambrano; Paraguay venía desfondado anímicamente tras el 6-1 frente a Argentina, con la doble pérdida de su jugador más desequilibrante, Derlis González, quien se perdió primero por la muerte de su tío, tras un paro cardiaco al verlo ser el héroe del partido frente a Brasil, en los cuartos de final y después durante el partido contra Argentina cuando salió lesionado al minuto 27. El resultado del partido fue una continuación de ambos estados de ánimo. Perú salió crecido de la copa, Paraguay también, pero con el temple triste de quien sabe que tuvo el destino en contra. También en la derrota hay matices. El partido por el tercer puesto en el mundial fue una mezcla de lo mismo, la depresión crónica Brasil lo hizo perder frente a la mezquindad práctica de Holanda.

Otra posible razón a la extrañeza del partido por el tercer puesto es que pocos lo ven. Y probablemente por eso nadie sabe exactamente qué sucede durante estos partidos. No he conocido todavía a nadie que me diga con total seguridad que vio un partido por el tercer puesto. Ni siquiera yo que tenía que verlo supe si lo vi de verdad. Dormité varias veces en el primer tiempo y durante los primeros minutos del segundo. Tampoco los espectadores que casi llenaron el estadio municipal de Concepción estuvieron atentos al partido, pero se escuchaban y veían contentos. Gritaban «vamos, vamos Chile» y recreaban el invento mexicano patentado por el aburrimiento: la ola.

Cada que sucede un partido por el tercer puesto se debate sobre su existencia. Yo me sumo fervorosamente a la obligatoriedad del partido, aunque no haya visto uno entero. Me entusiasma su apertura frontal al aburrimiento; a la posibilidad de dormirse mientras sucede, sintiendo que no perdemos nada por distraernos. Me imagino la felicidad de los espectadores. Saliendo del partido sintiendo que tuvieron una tarde redonda donde no perdió ni ganó nadie. Ese aburrimiento tan distinto al que sucede en las finales tan cerradas, donde cualquier descuido puede ser el momento donde todo termina. El público chileno tuvo un día donde  su selección puede ser todo. No hay tragedia ni épica. Hubo un día donde Messi no es todavía un pecho frío o el héroe nacional. Los peruanos y los paraguayos pudieron ver un partido tranquilo donde ya no había nada en juego, sólo un pequeño título que no dice nada. Terceros. Cuartos. Da lo mismo. Los partidos sin promesa nos hacen olvidar el nerviosismo perpetuo de la vida, nuestras ansias continuas por destacar. Eso es lo que posibilita el aburrimiento. La gris construcción de todas las cosas. El tiempo nace con el aburrimiento, escribió Novalis. Algunos aburridos menos creativos, pero más sabios, quizá, en un momento parecido al del desconcierto del comienzo del partido, inventaron el futbol.

El partido quedó dos a cero, pero nadie sabe quién ganó.


Autores
(Distrito Federal, 1988) es autor del libro Los procesos (FETA, 2014). En el proyecto Ediciones Transversales publicó el cuadernillo Cómo construir una casa (2013). Lleva el blog eamuladar.tumblr.com

Nos atraviesan migraciones. Las ciudades son pliegues hacia diferentes épocas, planos para narrar historias, ausencias, puentes por construir. Imaginar es una forma de conocer. Visualizamos el pasado y le damos lugar, no en la memoria, sino en los objetos. Somos los otros, pero es difícil recordarlo día a día. Leemos códices como mapas para hallarnos, para tener, acaso, un lugar propio. ¿Se puede estar en dos sitios al mismo tiempo? La física cuántica se plantea esta posibilidad e incluso la lleva hacia la supuesta existencia de consciencia colectiva, organismo transfronterizo que considera la materia como algo elástico, siempre en movimiento, que nos conecta incluso a larga distancia.

Daniel González nació en Los Ángeles, California, pero desde pequeño recibió un importante legado de sus padres: el español —enseñanza no tan común entre chicanos de su edad—. El mismo término chicano le parece cuestionable. Es una espinita en el sentir de quien vive en dos mundos sin pertenecer más a uno que a otro, sin menospreciar su cultura de origen o utilizarla sólo cuando resulta conveniente. Vivió de cerca la realidad del campo mexicano, las condiciones difíciles de quienes lo trabajan, aquella lucha centenaria por tener una vida digna. Cada año visitaba Teúl, el pueblo zacatecano de sus ancestros, para ayudar en las tareas agrícolas, recorrer cerros, dar caminatas extensas por el río.

Esa experiencia directa del campo mexicano y su compleja situación ha definido el carácter político, aunque sutil, de su obra. Sus grabados son puentes imaginarios hacia realidades invisibles para el gringo promedio: marginación, racismo, falta de oportunidades para mexicanos y migrantes de cualquier nacionalidad, o bien, su tan recurrente explotación al otro lado, así como la necesidad de protesta, de voz y de igualdad en un país que no entiende su verdadero origen, al menos no para quienes están en el poder.

Daniel aprendió grabado en la práctica durante sus veintes y estudió diseño y artes visuales en ucla, ha exhibido en Estados Unidos y México: sus grabados fueron convertidos en cerámica para embellecer las estaciones del metro de Los Ángeles. Su estudio, Printgonzalez, cuenta con una imprenta de tipos móviles difícil de conseguir en Estados Unidos, donde la gráfica, la imprenta manual y en general las artes, no tienen muchas oportunidades. Aunque últimamente han comenzado a valorarse los procesos artísticos y sus resultados, no suelen encontrarse talleres abiertos para el aprendiz, a diferencia de Oaxaca, donde la mayoría de los talleres son además gratuitos.

A principios de junio, Daniel exhibió en Oaxaca como parte de una residencia en Espacio Centro, espacio independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia del centro de esta ciudad. Somos puente fue el nombre de su exhibición, una metáfora de su continuo ir y venir entre Los Ángeles y Teúl, y del espacio intermedio entre quienes viven tanto de éste como del otro lado de la frontera. Los residentes de ambas latitudes buscan habitar el mundo de otra forma, con menos barreras que impidan la comunicación, ya sea por razones personales o porque desde afuera contemplan aquel sufrimiento que conlleva ser considerado ilegal, sin documentos, es decir, sin identidad.

El contraste cultural entre las realidades de Los Ángeles y Teúl ha nutrido la gráfica de Daniel González para narrar historias de migración y ausencia. Uno de sus tópicos son los puentes. Durante su estancia en Oaxaca realizó una pieza que justamente retrata un puente angelino que está siendo demolido y que cruzaba diariamente para trabajar. Daniel sentía un profundo apego a esta construcción, quizás porque simbolizaba, al ser paso obligatorio de la clase obrera y migrante hacia la zona rica y anglosajona de la ciudad, la separación forzosa y al mismo tiempo la comunicación. Los puentes y túneles históricos de Los Ángeles fueron construidos para que las estrellas de cine de los veintes llegaran a los estudios de grabación en sus flamantes autos. Con el tiempo, su uso cambió vertiginosamente para acoplarse al crecimiento de la urbe y sus desigualdades.

En Teúl, las vacaciones de verano eran la época para que, junto a sus padres y hermanos, Daniel trabajara la milpa y recorriera los terrenos familiares escuchando historias de Revolución, ideales y compromiso social. Le decían que su bisabuelo andaba con Pancho Villa en las filas insurrectas pero no lo creyó del todo hasta que vio la épica foto donde Villa y Zapata ocupan sillas presidenciales: ahí estaba su abuelo, detrás de Pancho, serio en su semblante. En 2014 recrearon esta fotografía en Xochimilco para conmemorar el centenario del encuentro entre sendos caudillos y Daniel tomó su lugar.

Dicen que sólo tenemos una tierra —donde se deja el ombligo, creían los mexicas—, pero se pueden tener dos o más. La tierra puede ser un territorio elástico caminado por múltiples cuerpos. La poeta Sara Uribe dice que el cuerpo incluso puede ser una distancia. Así como el mundo y la red se ha diversificado, así el cuerpo. La gráfica de Daniel González también atraviesa fronteras, su propósito es expandirse y llegar a diversos sitios, a veces al mismo tiempo. Esa es una de sus ventajas, la gráfica da la oportunidad de transmitir ideas más fácilmente que la pintura, por ejemplo. De ahí que su uso haya sido con frecuencia político y social. Desde hace algunas décadas la gráfica ha sido objeto de exploraciones estéticas y hoy en día ha resurgido con fuerza en México y Estados Unidos.

He escuchado por ahí que los migrantes se ganan a pulso lo que les sucede en el camino hacia la frontera, y cuando por fin la cruzan, lo que pasan día con día en calidad de ilegales, cumpliendo hasta con tres trabajos al día. Los mexicanos consideran casi traidores a quienes dejan su país para tener una vida mejor, pero ambas posturas forman parte de una utopía que comienza a esfumarse. Allá se sale temprano de casa y se regresa entrada la noche. Si se tiene suerte se descansa un día a la semana, como también sucede aquí. Los dólares no alcanzan para cubrir las necesidades más básicas, como la alimentación y la vivienda, ni se diga de salud, un lujo por esos lares, como cada vez pasa más aquí.

Por su parte, Daniel pertenece a una generación de mexicoamericanos interesada por su historia personal y mítica. Con su trabajo artístico no busca idealizar sus raíces sino encontrar un camino de ida y vuelta hacia sí mismo. Será interesante ver cómo irá desarrollando su obra y explorando otros caminos hacia el reconocimiento de su —y nuestra también— multiculturalidad.

 


Autores
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

En el último capítulo de la serie televisiva True Detective, Rust Cohle y Martin Hart hablan bajo un inmenso cielo estrellado sobre la experiencia a la que han sobrevivido y sobre las dimensiones de lo que enfrentaron. «Desde el inicio de los tiempos siempre ha sido la misma historia: luz contra oscuridad», dice uno de ellos desentrañando uno de los binomios más sencillos y profundos que dominan nuestro pensamiento. Esta pugna entre estas dos fuerzas distintas, que no necesariamente son  opuestas, diluye la noción de bien contra el mal. No significa lo mismo. Hay un matiz y es importante para leer la primera novela publicada de Amaury Colmenrares, El misterio de la marca.

El misterio de la marca es un libro que se lee en una o dos sentadas. Es breve, dinámico, sencillo en apariencia y con una narrativa fina que deleita por su pulcritud y contundencia. Es un libro que puede divertir y entretener en un plano superficial pero también que ofrece múltiples lecturas porque está escrito como un pastiche místico, historiográfico, que a momentos opta por la borradura de sus orígenes y se desborda en sus propias referencias. El misterio de la marca va de lo policíaco a lo místico. Sus personajes tienen historias entrañables porque la escritura de su vida es quizá la única forma de dejar una huella en el lienzo de la escritura. Los personajes de esta novela también representan la realidad caótica y la multiplicidad del mundo que se ciñe sobre Cuernavaca. Porque es importante decir que todo ocurre en el terreno de Quahnáhuac, que es para Amaury Colmenares y otros escritores cercanos a él, entre los que me incluyo, una ciudad con facultades literarias. Quizá en mucho tiempo no había existido un escritor que encontrara los detalles más nimios y perfectos que caracterizan a nuestra ciudad con mayor honestidad y fidelidad. La evidencia no sólo se encuentra en su escritura sino en su particular visión de la ciudad a través de las imágenes que toma desde su celular y que publica en su cuenta de Instagram.

El misterio de la marca cuenta una historia. Pero también —quizá por la formación de historiador de Amaury, una formación que de nuevo es literaria y no académica— cuenta la historia única desde la polifonía. La trama comienza con en el misterio de un hombre que es asesinado en el cuarto de un hotel que está cerrado por dentro, que no tiene ventanas, en un lapso de tiempo en el que nadie pudo haber escapado. También es la historia de una ciudad con su magia y su crudeza. Sobre todo, es la marca de la destreza narrativa de un escritor que sabe reflexionar sobre las profundidades de la experiencia a través de sus múltiples personajes: un músico callejero, un actor enigmático, un teólogo viajero, un sargento místico. El misterio de la marca es un libro que opera desde la siguiente idea: el enfrentamiento entre fuerzas de luz y de oscuridad existe desde el comienzo de los tiempos y, en medio de esa maravillosa lucha, cientos de matices se difuminan hacia un lado y hacia otro dificultando la tarea de juzgar una obra por sí sola, aislada de sus circunstancias universales.

Amaury Colmenares es mi amigo y es difícil que yo diga que es uno de los narradores más talentosos de nuestra generación. Pero lo es. En casa nos reunimos a leer nuestros textos y todos nos sentamos alrededor de él a conocer el nuevo capítulo de su próxima novela. Nos da envidia. Nos sorprende todo el tiempo porque tiene un compromiso profundo con su obra. Lo veo existir y sé que todo el tiempo, en cualquier lugar, está pensando en una frase, en una trama nueva. El mundo está ahí para dotarlo de historias y su escritura es una fortuna para los que vivimos cerca de él. Quiero decir que su obra será estudiada ahora que soy su amigo y que ni él ni yo somos nadie. Creo en lo que hace porque hablamos sobre literatura y él regresa a casa y escribe y demuestra algo importante con lo que hace —ese trabajo que la gente piensa que es una pérdida de tiempo—. El misterio de la marca es la primera novela que publica, lo cual creo que es un acierto porque es sólo un capítulo —en desorden— de una obra más amplia y gigantesca que aún hierve en sus dedos.

Recomiendo leer El misterio de la marca porque es un libro que ofrece nuevas lecturas todo el tiempo. Es un libro que oculta ciertas cosas para revelar otras. Hay pistas, misterio, risas, viajes, magia, es una escritura que se siente más cercana a lo que un lector busca en los libros que a lo que un escritor pretende demostrar a sus colegas con su corpus de conocimiento. El misterio de la marca invita a ser un lector curioso y hambriento. Un lector que sabe que la vida está plagada de historias incompletas que nos gustaría conocer pero que se nos es negado y por eso nos queda la imaginación. Amaury apela siempre a eso. 


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

Las semifinales de la Copa América Chile 2015 pudieron haber sido una anécdota más en el catálogo del mitificado miserabilismo del futbol sudamericano. La Copa venía de la expulsión de Neymar y sus «hijo de puta» para el árbitro y Zúñiga, del dedo de Jara en el culo de Cavani y del pronóstico sobre la circunstancia jurídica de su padre: se va a comer veinte años en la cárcel. Todo cristalizado en la frase que Roberto García Orozco le esgrimió a un descontextualizado Messi, cuando el argentino le recriminó la cantidad de faltas sin pitar que Colombia había hecho: «esto es América y aquí se juega así».

El filtro futbolístico de Messi, calibrado en las canchas, instalaciones y formas chetas de Europa, parecía no registrar la táctica colombiana, tan entusiasta e industriosa como común y mezquina en este, y el otro lado, del Atlántico. Resumible, además, en una paradoja arbitral: acá no se pitan ciertos contactos, como esperaba Messi, para que el juego fluya. Lo que es falso, o al menos parcial, porque en esas jugadas lo siguiente es un contención reventando la pelota, misma que recupera el central contrario para después inventarse un balón largo y estéril que el lateral del otro equipo u observa salir de la cancha o lo recupera para dividirlo en medio campo.

Pero la anécdota es otra. Porque lo previo es justo lo que el medio campo chileno, por lo exhibido desde el partido inaugural contra Ecuador y quizá embalados desde que en el último mundial le pusieron los últimos clavos al ataúd de España, pretende anular. Y para eso están la sutil omnipresencia de Valdivia, las interminables transiciones de Vidal, más lo que sumen Aránguiz o Isla; Para romper, cortar y barrer está el tractor Medel; para lo demás, Jara. Esa ha sido, con mayor o menor eficacia la ruta de juego de Sampaoli. La semifinal contra Perú no fue diferente, aunque su aplicación haya sido intermitente o incompleta. Menos pensando en la posible resistencia de Perú, que la hubo, que la tentativa final, ganarla por primera vez e inmortalizarse en un puñado de memes.

El reajuste peruano, luego de la expulsión de Zambrano, y la indolencia chilena condicionaron un segundo tiempo más abierto, con más juego en el que Perú parecía alcanzar a ver, pasada la niebla de la media cancha, la posibilidad de la suerte en Guerrero, el empate por venir y, por qué no, en penales, transferir la responsabilidad a Chile, recordarles el peso que implica ser el anfitrión y dar la campanada. Cruzaron la niebla y encontraron el autogol de Medel. Duró cuatro minutos: Vargas cerró la eliminatoria con un imprevisible disparo que, por los segundos que duró, invocó los ecos luctuosos de Maxi Rodríguez en Leipzig.

El otro finalista vino de un partido que se trató, como usualmente, de la exhibición de los bordes cortantes del universo Messi; de todo aquello que lo integra, circunda, anula o vampiriza. Lo que lo encumbra y enjuicia; que recrimina un barcelonismo colateral y una argentinidad a cuenta gotas. El pecho frío al que siempre le falta un centavo para el peso. El peso siendo Maradona y el universo Messi, afectadas columnas de escritores, análisis bovinos en radio o televisión por exfutbolistas, tuits furiosos y clarividentes de aficionados. Todos girando alrededor de una pregunta mal concebida: ¿por qué Messi no aparece con Argentina? Hace días él mismo reconoció una parte integral del misterio: «es terrible lo que cuesta hacer un gol con la selección». La pregunta implica una natural y obligada comparación, una dialéctica que explican Ken rojo y Ken azul: Messi blaugrana vs. Messi albiceleste.

Integral el primero, fragmentado el segundo. El albiceleste exhibe el arsenal en dosis cortas; el blaugrana en simultáneo y absoluto. El partido de la fase de grupos contra Paraguay, como cualquier otro, es un caso de estudio. A ratos, Messi baja al círculo central y hace, usando los únicos espejos posibles, de Busquets; en otros, entre líneas, de Iniesta. Luego a la banda, de sí mismo blaugrana. También de ese paréntesis que le inventó Guardiola, delantero centro, falso.  Debe ser desmoralizador tener que jugar con Biglia en lugar de Busquets, con Otamendi en vez de Piqué, con Rojo en vez de Alba, con el Di María post Real Madrid. Y así Messi se va erosionando. Queda sólo imaginar cómo hubiera sido todo si el medio campo que le hubiera tocado fuera Mascherano y Redondo de doble cinco, escoltándole a la Brujita de crupier.

En el segundo tiempo, del primer partido contra Paraguay, el equipo se desfondó sin haber cerrado el partido, están las imágenes de Messi y Di María riéndose, aparentemente, de las advertencias del Tata Martino sobre el riesgo que todavía suponía el juego. Y por eso el partido de semifinales parecía más trámite que el Chile-Perú. Cabía pensar que si el único problema contra el mismo rival había sido la dosificación y que debían generar más volumen de juego para cerrar la eliminatoria, Messi se encargaría de eso, a costa, incluso, de volver a marcar. Seis goles en la semifinal contra Paraguay, ninguno de Messi aunque interviene en todos. Una diferencia, Pastore. Todo el partido se encontraron, le puso tres pases de gol y metió uno, mal promedio, pero Pastore debió sentir a Messi como un bote salvavidas. Si comenzaba la cascada, como así fue, seguro iba a estar ahí para redondear el día. Pero de lo que se trataba, de lo único que se trata ya, es de eso que, para su cuota discursiva y emocional es un exceso: «quiero ganar algo con mi selección de una vez». Como sea.


Autores
(Estado de México, 1982) es autor de Paraísos vulnerables, libro ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2013.

El puerto de Acapulco será sede de la VIII edición del Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Acapulco Barco de Libros que se llevará a cabo del 9 al 11 de julio del año en curso. Al encuentro asistirán más de 40 jóvenes escritores de todas partes del país, entre poetas, ensayistas y narradores, algunos con una trayectoria importante en el panorama de las letras nacionales y otros que se postulan como algunos de los más interesantes escritores emergentes de la actualidad.

En el marco del Encuentro Barco de Libros se llevarán a cabo lecturas de obra, mesas de análisis y distintas presentaciones de libros. En último este rubro destacan los libros: El vicio de vivir ensayos sobre José Revueltas compilado por Vicente Alfonso, El oficio de estar solo de Daniel Fragoso, Solana de Fernando Trejo, todos los anteriores editados por Fondo Editorial Tierra Adentro. También se presentarán los libros Guerra de guerrillas de Marxitania Ortega, El confeccionario de los deseos de Aniela Rodríguez y Vicio final de Paul Medrano. La revista Tierra Adentro, en su número especial sobre el estatus y el futuro de la crítica cinematográfica en México también tendrá un espacio.

El encuentro contará con una jornada previa de lecturas por parte de estudiantes guerrerenses. Las actividades se llevaran a cabo en Centro Municipal de las Artes, Museo Histórico del Fuerte de San Diego y los jardines de la Secretaría de Cultura Guerrero. La entrada es gratuita para todos los interesados. Este año para la inauguración de la octava edición se contará con la presencia especial de la poeta, Pura López Colomé.

López Colomé es poeta y traductora. Estudió el doctorado en lengua y literaturas hispánicas e hispanoamericanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha traducido al castellano a autores como Samuel Beckett, Bertolt Brecht, Ernest Mandel, William Carlos Williams y Philip Larkin. Colaboradora de Casa del Tiempo, El Nacional, Revista Universidad de México, y Sábado. Becaria del CME, 1982. Premio Nacional Alfonso Reyes de ensayo 1977 por Diálogo socrático en Alfonso Reyes. Premio Nacional de Traducción de Poesía 1992 por Isla de las estaciones, de Seamus Heaney. Premio Xavier Villaurrutia 2007 (que comparte con Elsa Cross) por Santo y seña.

Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Acapulco Barco de Libros es posible gracias a las gestiones y coordinación de un equipo de escritores y entusiastas de la literatura en las costas de Guerrero. El equipo está conformado por la poeta y ensayista, Yelitza Ruiz, quien funge como directora general, Ángel Vargas y Azul Ramos son coordinador operativo y coordinadora de logística, respectivamente y este año Brisa Ruiz se encargó del diseño de la imagen del encuentro.

Para conocer a todos los invitados al Encuentro y para ver los horarios de lecturas y actividades les recomiendo que entren al Facebook Oficial de Barco de Libros o al blog donde publican toda la información:

Facebook: https://www.facebook.com/pages/Encuentro-Jóvenes-Escritores-Acapulco


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

Cada año en el Colegio Alemán, al que asistía, se celebraba el Sportfest. Participaban todos los planteles de la escuela, además del Colegio Suizo o algún invitado más (una vez nos visitaron de Hungría). En los ocho años de mi estancia en esa escuela, no recuerdo haber visto a alguien hacer trampa en la cancha: no es que fuera impensable empujar o barrerse para detener al delantero, pero sí lo era meterle el dedo en el culo a algún jugador de mecha corta. De haber sucedido, habrían sido más severos que los del club alemán Mainz 05 con su, hasta ahora, jugador Gonzalo Jara. Si había algún partido importante de las selecciones alemana o mexicana, nos daban permiso de verlo. Si era durante el mundial, los alumnos se juntaban frente a un televisor.

Nunca se encendía la televisión para ver la Copa América, que poco significaba para nosotros porque México no da mucho de sí a pesar de ser invitado permanentemente al torneo. Digamos que la Copa América nos importaba lo mismo que a la selección mexicana. Como lo he visto en esta edición, el buen juego se ha visto eclipsado por incidentes bochornosos. Si pudieran, algunos le echarían tierra en la cara al portero para anotar gol. ¿Será que el juego sucio es característico de los sudamericanos? Esa región ha engendrado varios jugadores fantásticos que hacían de héroes en nuestras propias batallas épicas: Pelé, Maradona, Ronaldinho, Messi, por mencionar algunos; también han nacido astros espléndidos al patear el balón, pero bastante gamberros en la cancha: Luis Suárez, Neymar Jr., entre otros. Estos últimos juegan en equipos europeos porque el talento está ahí a pesar de que, de vez en cuando, Suárez le hinque el diente a algún contrincante o Neymar finja todas las caídas que quiera. Tal vez Jara le tenga que decir adiós a la Bundesliga, ya que no tolerarán los engaños teatrales, o al menos así lo declaró Christian Heidel, gerente del Mainz. Salvo los momentos en los que los futbolistas pierden los estribos por faltas, expulsiones y ofensas, los cuartos de final de la Copa América 2015 no han sido tan interesantes.

La Copa América nos ha dejado algunas sorpresas, como la salida de Brasil al perder con Paraguay y nos llevó al borde del asiento en el encuentro de Argentina ante Colombia, donde en muerte súbita ganaron los argentinos. Durante los penales pudimos contar los latidos de cada uno de los presentes en la tribuna, la esperanza ondeaba para ambos equipos hasta que el gol de Tévez acabó con los cafetaleros. Radamel Falcao y James Rodríguez perdieron la oportunidad de guiar a su país rumbo a su segundo título en la competición. Sin embargo, salvo los momentos donde los futbolistas pierden los estribos por faltas o expulsiones, la Copa no ha sido tan interesante. Preferiría ver los partidos de la Copa Mundial femenina, donde se libran otro tipo de batallas, como jugar sin pensar mucho en cómo la FIFA humilla a las futbolistas con la verificación de sexo. También apuesto a que los partidos de las semifinales del mundial femenino serán mucho más impactantes, aunque no se televisan, o no se les dé tanta difusión porque no son hombres golpeándose por la victoria.


Autores
María José Ramírez (Ciudad de México, 1988). Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Edita y escribe para La Liebre de Fuego. También ha colaborado en publicaciones como Expansión y Errr Magazine.
"Una serie de eventos desafortunados". Lemony Snicket. Tomado de Flickr. (CC BY-NC 2.0 DEED)
“Una serie de eventos desafortunados”. Lemony Snicket. Tomado de Flickr. (CC BY-NC 2.0 DEED)

Cada vez estoy más convencida de que la infancia de los adultos melancólicos fue una etapa perturbadora. Algunos han decidido olvidar estos años de oscuridad, otros hemos decidido volver a ellos siempre que se pueda. Buscar ahí el origen de una vida atravesada por el desasosiego. Cuando como adulto empecé a leer literatura infantil, la referencia obligada y la más asequible fue mi propio pasado. Sin pensar en mí como una niña turbada o infeliz, reconozco algunos rasgos o cierta cercanía con los temas que resuenan como un eco de mi origen. Los vacíos, las pérdidas, la muerte, el abandono, la búsqueda de un lugar en el mundo y los miedos son, todos, los temas que siempre elijo. Para un psicoanalista mis problemas del presente son claros, no es necesario indagar demasiado o buscar explicaciones remotas. Esta inmersión tardía a la LIJ se ha encargado de revelarlos sin pudor.

El miedo a la oscuridad es protagonista en mi pasado y en el de muchos otros. Dormir con las cortinas abiertas, dejar encendida la luz del pasillo o la lámpara de un buró, fueron los modos más comunes de atenuar el temor. Cuando la luz se apaga, los «submiedos» aparecen y se potencializan. Aparece la posibilidad de que lo desconocido ataque sin que nadie lo vea, casi sin que nos demos cuenta o podamos detenerlo. El temor a las fuerzas ocultas se manifiesta siempre en las tinieblas.

Daniel Handler, mejor conocido como Lemony Snicket, nació una noche de 1970, precisamente el mismo día que yo. Cuando empezó a escribir se ocultó detrás de un pseudónimo, primero por razones prácticas y luego por conservar un aire de misterio ante sus lectores. Su obra está caracterizada por los asuntos no revelados, secretos sepultados, escenarios sombríos y personajes complejos que nunca son lo que parecen.  Debe su éxito internacional a Una serie de eventos desafortunados, relato compuesto por 13 novelas escritas entre el 1999 y el 2006. Ahí narra historia de Violet, Klaus y Sunny, los hermanos Baudelaire, tres niños huérfanos que deben conservar su herencia y sobrevivir ante una sucesión de acontecimientos trágicos. Además, ha creado un buen número de obras complementarias a la serie y otras paralelas donde experimenta con otros públicos y temáticas.

Recientemente, específicamente en el 2013, se publicó The Dark bajo el sello de Little Brown and Company. Este año Océano Travesía lanzó la edición en español. Un texto entrañable ilustrado por Jon Klasenuna de las promesas de la ilustración contemporáneadonde Snicket explora la relación entre un niño y la oscuridad.  Lazslo le tiene miedo a la oscuridad, pero sabe que viven en el mismo lugar, que ésta se esconde en los rincones. Una noche, al apagar una pequeña lámpara, la oscuridad le habla. Le pide que se encuentre con ella en el sótano, ahí le dice que sabe que él le teme pero ella no le teme a él. Le explica las razones que tiene para existir: sin ella no se podrían ver las estrellas y no podría distinguir el día de la noche. Lazslo vuelve a la cama y enciende una luz, la oscuridad se ha ido, la encuentra cuando cierra los ojos. Sabe dónde vive y cómo hallarla, ya no le incomoda saber que viven en la misma casa. A través de esta historia, Snicket resignifica su relación con lo sombrío y vuelve a pensar en lo que se esconde detrás de lo evidente.

La noche y la penumbra aparecen como una metáfora de lo inexplorado, de los puntos ciegos, esos pequeños rincones que sabemos que existen pero a los que nos reusamos a acudir. En esos territorios la soledad se vuelve tangible y aunque estemos acompañados, la sensación de miedo se hace presente y nos recuerda que somos vulnerables ante el mundo. Mirar a la oscuridad, hablar con ella y asumirla como una parte que nos articula, revela también quiénes somos al encender la luz. La oscuridad no nos teme, nosotros le tememos a ella.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.