Las semifinales de la Copa América Chile 2015 pudieron haber sido una anécdota más en el catálogo del mitificado miserabilismo del futbol sudamericano. La Copa venía de la expulsión de Neymar y sus «hijo de puta» para el árbitro y Zúñiga, del dedo de Jara en el culo de Cavani y del pronóstico sobre la circunstancia jurídica de su padre: se va a comer veinte años en la cárcel. Todo cristalizado en la frase que Roberto García Orozco le esgrimió a un descontextualizado Messi, cuando el argentino le recriminó la cantidad de faltas sin pitar que Colombia había hecho: «esto es América y aquí se juega así».
El filtro futbolístico de Messi, calibrado en las canchas, instalaciones y formas chetas de Europa, parecía no registrar la táctica colombiana, tan entusiasta e industriosa como común y mezquina en este, y el otro lado, del Atlántico. Resumible, además, en una paradoja arbitral: acá no se pitan ciertos contactos, como esperaba Messi, para que el juego fluya. Lo que es falso, o al menos parcial, porque en esas jugadas lo siguiente es un contención reventando la pelota, misma que recupera el central contrario para después inventarse un balón largo y estéril que el lateral del otro equipo u observa salir de la cancha o lo recupera para dividirlo en medio campo.
Pero la anécdota es otra. Porque lo previo es justo lo que el medio campo chileno, por lo exhibido desde el partido inaugural contra Ecuador y quizá embalados desde que en el último mundial le pusieron los últimos clavos al ataúd de España, pretende anular. Y para eso están la sutil omnipresencia de Valdivia, las interminables transiciones de Vidal, más lo que sumen Aránguiz o Isla; Para romper, cortar y barrer está el tractor Medel; para lo demás, Jara. Esa ha sido, con mayor o menor eficacia la ruta de juego de Sampaoli. La semifinal contra Perú no fue diferente, aunque su aplicación haya sido intermitente o incompleta. Menos pensando en la posible resistencia de Perú, que la hubo, que la tentativa final, ganarla por primera vez e inmortalizarse en un puñado de memes.
El reajuste peruano, luego de la expulsión de Zambrano, y la indolencia chilena condicionaron un segundo tiempo más abierto, con más juego en el que Perú parecía alcanzar a ver, pasada la niebla de la media cancha, la posibilidad de la suerte en Guerrero, el empate por venir y, por qué no, en penales, transferir la responsabilidad a Chile, recordarles el peso que implica ser el anfitrión y dar la campanada. Cruzaron la niebla y encontraron el autogol de Medel. Duró cuatro minutos: Vargas cerró la eliminatoria con un imprevisible disparo que, por los segundos que duró, invocó los ecos luctuosos de Maxi Rodríguez en Leipzig.
El otro finalista vino de un partido que se trató, como usualmente, de la exhibición de los bordes cortantes del universo Messi; de todo aquello que lo integra, circunda, anula o vampiriza. Lo que lo encumbra y enjuicia; que recrimina un barcelonismo colateral y una argentinidad a cuenta gotas. El pecho frío al que siempre le falta un centavo para el peso. El peso siendo Maradona y el universo Messi, afectadas columnas de escritores, análisis bovinos en radio o televisión por exfutbolistas, tuits furiosos y clarividentes de aficionados. Todos girando alrededor de una pregunta mal concebida: ¿por qué Messi no aparece con Argentina? Hace días él mismo reconoció una parte integral del misterio: «es terrible lo que cuesta hacer un gol con la selección». La pregunta implica una natural y obligada comparación, una dialéctica que explican Ken rojo y Ken azul: Messi blaugrana vs. Messi albiceleste.
Integral el primero, fragmentado el segundo. El albiceleste exhibe el arsenal en dosis cortas; el blaugrana en simultáneo y absoluto. El partido de la fase de grupos contra Paraguay, como cualquier otro, es un caso de estudio. A ratos, Messi baja al círculo central y hace, usando los únicos espejos posibles, de Busquets; en otros, entre líneas, de Iniesta. Luego a la banda, de sí mismo blaugrana. También de ese paréntesis que le inventó Guardiola, delantero centro, falso. Debe ser desmoralizador tener que jugar con Biglia en lugar de Busquets, con Otamendi en vez de Piqué, con Rojo en vez de Alba, con el Di María post Real Madrid. Y así Messi se va erosionando. Queda sólo imaginar cómo hubiera sido todo si el medio campo que le hubiera tocado fuera Mascherano y Redondo de doble cinco, escoltándole a la Brujita de crupier.
En el segundo tiempo, del primer partido contra Paraguay, el equipo se desfondó sin haber cerrado el partido, están las imágenes de Messi y Di María riéndose, aparentemente, de las advertencias del Tata Martino sobre el riesgo que todavía suponía el juego. Y por eso el partido de semifinales parecía más trámite que el Chile-Perú. Cabía pensar que si el único problema contra el mismo rival había sido la dosificación y que debían generar más volumen de juego para cerrar la eliminatoria, Messi se encargaría de eso, a costa, incluso, de volver a marcar. Seis goles en la semifinal contra Paraguay, ninguno de Messi aunque interviene en todos. Una diferencia, Pastore. Todo el partido se encontraron, le puso tres pases de gol y metió uno, mal promedio, pero Pastore debió sentir a Messi como un bote salvavidas. Si comenzaba la cascada, como así fue, seguro iba a estar ahí para redondear el día. Pero de lo que se trataba, de lo único que se trata ya, es de eso que, para su cuota discursiva y emocional es un exceso: «quiero ganar algo con mi selección de una vez». Como sea.
El puerto de Acapulco será sede de la VIII edición del Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Acapulco Barco de Libros que se llevará a cabo del 9 al 11 de julio del año en curso. Al encuentro asistirán más de 40 jóvenes escritores de todas partes del país, entre poetas, ensayistas y narradores, algunos con una trayectoria importante en el panorama de las letras nacionales y otros que se postulan como algunos de los más interesantes escritores emergentes de la actualidad.
En el marco del Encuentro Barco de Libros se llevarán a cabo lecturas de obra, mesas de análisis y distintas presentaciones de libros. En último este rubro destacan los libros: El vicio de vivir ensayos sobre José Revueltas compilado por Vicente Alfonso, El oficio de estar solo de Daniel Fragoso, Solana de Fernando Trejo, todos los anteriores editados por Fondo Editorial Tierra Adentro. También se presentarán los libros Guerra de guerrillas de Marxitania Ortega, El confeccionario de los deseos de Aniela Rodríguez y Vicio final de Paul Medrano. La revista Tierra Adentro, en su número especial sobre el estatus y el futuro de la crítica cinematográfica en México también tendrá un espacio.
El encuentro contará con una jornada previa de lecturas por parte de estudiantes guerrerenses. Las actividades se llevaran a cabo en Centro Municipal de las Artes, Museo Histórico del Fuerte de San Diego y los jardines de la Secretaría de Cultura Guerrero. La entrada es gratuita para todos los interesados. Este año para la inauguración de la octava edición se contará con la presencia especial de la poeta, Pura López Colomé.
López Colomé es poeta y traductora. Estudió el doctorado en lengua y literaturas hispánicas e hispanoamericanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha traducido al castellano a autores como Samuel Beckett, Bertolt Brecht, Ernest Mandel, William Carlos Williams y Philip Larkin. Colaboradora de Casa del Tiempo, El Nacional, Revista Universidad de México, y Sábado. Becaria del CME, 1982. Premio Nacional Alfonso Reyes de ensayo 1977 por Diálogo socrático en Alfonso Reyes. Premio Nacional de Traducción de Poesía 1992 por Isla de las estaciones, de Seamus Heaney. Premio Xavier Villaurrutia 2007 (que comparte con Elsa Cross) por Santo y seña.
Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Acapulco Barco de Libros es posible gracias a las gestiones y coordinación de un equipo de escritores y entusiastas de la literatura en las costas de Guerrero. El equipo está conformado por la poeta y ensayista, Yelitza Ruiz, quien funge como directora general, Ángel Vargas y Azul Ramos son coordinador operativo y coordinadora de logística, respectivamente y este año Brisa Ruiz se encargó del diseño de la imagen del encuentro.
Para conocer a todos los invitados al Encuentro y para ver los horarios de lecturas y actividades les recomiendo que entren al Facebook Oficial de Barco de Libros o al blog donde publican toda la información:
Cada año en el Colegio Alemán, al que asistía, se celebraba el Sportfest. Participaban todos los planteles de la escuela, además del Colegio Suizo o algún invitado más (una vez nos visitaron de Hungría). En los ocho años de mi estancia en esa escuela, no recuerdo haber visto a alguien hacer trampa en la cancha: no es que fuera impensable empujar o barrerse para detener al delantero, pero sí lo era meterle el dedo en el culo a algún jugador de mecha corta. De haber sucedido, habrían sido más severos que los del club alemán Mainz 05 con su, hasta ahora, jugador Gonzalo Jara. Si había algún partido importante de las selecciones alemana o mexicana, nos daban permiso de verlo. Si era durante el mundial, los alumnos se juntaban frente a un televisor.
Nunca se encendía la televisión para ver la Copa América, que poco significaba para nosotros porque México no da mucho de sí a pesar de ser invitado permanentemente al torneo. Digamos que la Copa América nos importaba lo mismo que a la selección mexicana. Como lo he visto en esta edición, el buen juego se ha visto eclipsado por incidentes bochornosos. Si pudieran, algunos le echarían tierra en la cara al portero para anotar gol. ¿Será que el juego sucio es característico de los sudamericanos? Esa región ha engendrado varios jugadores fantásticos que hacían de héroes en nuestras propias batallas épicas: Pelé, Maradona, Ronaldinho, Messi, por mencionar algunos; también han nacido astros espléndidos al patear el balón, pero bastante gamberros en la cancha: Luis Suárez, Neymar Jr., entre otros. Estos últimos juegan en equipos europeos porque el talento está ahí a pesar de que, de vez en cuando, Suárez le hinque el diente a algún contrincante o Neymar finja todas las caídas que quiera. Tal vez Jara le tenga que decir adiós a la Bundesliga, ya que no tolerarán los engaños teatrales, o al menos así lo declaró Christian Heidel, gerente del Mainz. Salvo los momentos en los que los futbolistas pierden los estribos por faltas, expulsiones y ofensas, los cuartos de final de la Copa América 2015 no han sido tan interesantes.
La Copa América nos ha dejado algunas sorpresas, como la salida de Brasil al perder con Paraguay y nos llevó al borde del asiento en el encuentro de Argentina ante Colombia, donde en muerte súbita ganaron los argentinos. Durante los penales pudimos contar los latidos de cada uno de los presentes en la tribuna, la esperanza ondeaba para ambos equipos hasta que el gol de Tévez acabó con los cafetaleros. Radamel Falcao y James Rodríguez perdieron la oportunidad de guiar a su país rumbo a su segundo título en la competición. Sin embargo, salvo los momentos donde los futbolistas pierden los estribos por faltas o expulsiones, la Copa no ha sido tan interesante. Preferiría ver los partidos de la Copa Mundial femenina, donde se libran otro tipo de batallas, como jugar sin pensar mucho en cómo la FIFA humilla a las futbolistas con la verificación de sexo. También apuesto a que los partidos de las semifinales del mundial femenino serán mucho más impactantes, aunque no se televisan, o no se les dé tanta difusión porque no son hombres golpeándose por la victoria.
“Una serie de eventos desafortunados”. Lemony Snicket. Tomado de Flickr. (CC BY-NC 2.0 DEED)
Cada vez estoy más convencida de que la infancia de los adultos melancólicos fue una etapa perturbadora. Algunos han decidido olvidar estos años de oscuridad, otros hemos decidido volver a ellos siempre que se pueda. Buscar ahí el origen de una vida atravesada por el desasosiego. Cuando como adulto empecé a leer literatura infantil, la referencia obligada y la más asequible fue mi propio pasado. Sin pensar en mí como una niña turbada o infeliz, reconozco algunos rasgos o cierta cercanía con los temas que resuenan como un eco de mi origen. Los vacíos, las pérdidas, la muerte, el abandono, la búsqueda de un lugar en el mundo y los miedos son, todos, los temas que siempre elijo. Para un psicoanalista mis problemas del presente son claros, no es necesario indagar demasiado o buscar explicaciones remotas. Esta inmersión tardía a la LIJ se ha encargado de revelarlos sin pudor.
El miedo a la oscuridad es protagonista en mi pasado y en el de muchos otros. Dormir con las cortinas abiertas, dejar encendida la luz del pasillo o la lámpara de un buró, fueron los modos más comunes de atenuar el temor. Cuando la luz se apaga, los «submiedos» aparecen y se potencializan. Aparece la posibilidad de que lo desconocido ataque sin que nadie lo vea, casi sin que nos demos cuenta o podamos detenerlo. El temor a las fuerzas ocultas se manifiesta siempre en las tinieblas.
Daniel Handler, mejor conocido como Lemony Snicket, nació una noche de 1970, precisamente el mismo día que yo. Cuando empezó a escribir se ocultó detrás de un pseudónimo, primero por razones prácticas y luego por conservar un aire de misterio ante sus lectores. Su obra está caracterizada por los asuntos no revelados, secretos sepultados, escenarios sombríos y personajes complejos que nunca son lo que parecen. Debe su éxito internacional a Una serie de eventos desafortunados, relato compuesto por 13 novelas escritas entre el 1999 y el 2006. Ahí narra historia de Violet, Klaus y Sunny, los hermanos Baudelaire, tres niños huérfanos que deben conservar su herencia y sobrevivir ante una sucesión de acontecimientos trágicos. Además, ha creado un buen número de obras complementarias a la serie y otras paralelas donde experimenta con otros públicos y temáticas.
Recientemente, específicamente en el 2013, se publicó The Dark bajo el sello de Little Brown and Company. Este año Océano Travesía lanzó la edición en español. Un texto entrañable ilustrado por Jon Klasen —una de las promesas de la ilustración contemporánea— donde Snicket explora la relación entre un niño y la oscuridad. Lazslo le tiene miedo a la oscuridad, pero sabe que viven en el mismo lugar, que ésta se esconde en los rincones. Una noche, al apagar una pequeña lámpara, la oscuridad le habla. Le pide que se encuentre con ella en el sótano, ahí le dice que sabe que él le teme pero ella no le teme a él. Le explica las razones que tiene para existir: sin ella no se podrían ver las estrellas y no podría distinguir el día de la noche. Lazslo vuelve a la cama y enciende una luz, la oscuridad se ha ido, la encuentra cuando cierra los ojos. Sabe dónde vive y cómo hallarla, ya no le incomoda saber que viven en la misma casa. A través de esta historia, Snicket resignifica su relación con lo sombrío y vuelve a pensar en lo que se esconde detrás de lo evidente.
La noche y la penumbra aparecen como una metáfora de lo inexplorado, de los puntos ciegos, esos pequeños rincones que sabemos que existen pero a los que nos reusamos a acudir. En esos territorios la soledad se vuelve tangible y aunque estemos acompañados, la sensación de miedo se hace presente y nos recuerda que somos vulnerables ante el mundo. Mirar a la oscuridad, hablar con ella y asumirla como una parte que nos articula, revela también quiénes somos al encender la luz. La oscuridad no nos teme, nosotros le tememos a ella.
En la década de los setenta, un grupo de activistas italianos, estudiantes todos, boloñeses, lectores de Deleuze y Guattari, decidió fundar una radio que, de alguna forma, estaba vinculada a la lucha obrera de 1969 y que caracterizó al resto de la década. Pero no fue fácil construir la radio; en Boloña como en muchas otras ciudades europeas, hasta 1976, el Estado conservó el monopolio sobre el espacio radioeléctrico. Así, Radio Alice fue fundada en la misma época en que se escuchaban «God Save the Queen» de Sex Pistols y «Playa Girón» de Silvio Rodríguez, pero también las canciones de Violeta Parra, Víctor Jara y Mercedes Sosa. De acuerdo con Franco Berardi, Radio Alice fue una radio en el cruce de la técnica, la autonomía política y el rechazo a la retórica del Estado. Eran mediados de los setenta; época de las dictaduras latinoamericanas y del neoliberalismo en ciernes, y en esa época, dice el activista y teórico de los medios, Radio Alice fue un intento por transformar la comunicación en un flujo esencialmente poético.
Creo que muchas de esas preguntas, resultado de lecturas varias y de conversaciones diversas, se parecen a las que inauguran el Puesto 6. Canal de Abastos. Fundado por El Balcón, este proyecto de televisión comunitaria está construido y dirigido a las personas que trabajan en la Central de Abastos de la ciudad de Oaxaca. Cuando escribo la palabra «comunitaria» la escribo pensando en el antropólogo zapoteco Jaime Martínez Luna. No en pocas ocasiones ha dicho que un medio es comunitario porque «se encuentra en el centro de la vida cotidiana»; es decir, es probable que uno de esos medios no cuente con la legalidad que exige el Estado pero sí, y sobre todo, con la legitimidad que le otorga el pueblo.
Puesto 6 es un proyecto hecho por y para aquellas personas «comunes» y «anónimas» que, como aseguraba Michel de Certeau, siempre, «toda la vida», se «anticipan a los textos». Es decir, no se trata de un proyecto de televisión que recurra a los nombres propios, a los autores canónicos o a los actores reconocidos o reconocibles por todos; no, nada de eso. Éste es un proyecto que apela, sigo con De Certeau, a la «muchedumbre del público». Después de todo, «el acceso a la cultura», dice él, o la libertad de expresión, añado, «comienza cuando el hombre ordinario se convierte en el narrador, cuando define el lugar (común) del discurso y el espacio (anónimo) de su desarrollo». En ese sentido, Puesto 6 noes una televisión política, pero sí políticamente creada, que cuestiona la vieja creencia de que el público es sumiso y pasivo.
De acuerdo a personas que trabajan en ella, la Central de Abastos fue construida en 1966, con Rodolfo Brena Torres como gobernador del Estado. Amplia, cuidadosamente ordenada, tan grande que en un inicio fue la más grande en el sur de México, la Central de Abastos cumplió con las expectativas de los numerosos y hacinados comerciantes de los mercados 20 de Noviembre y Benito Juárez, y de los ambulantes que se extendían en las calles aledañas. Sin embargo, no fue hasta 1974 «que se logró convencer al 80% de los comerciantes» para que se mudaran y echaran a andar el sitio. Fueron años difíciles, pero no han dejado, ni dejarán, de serlo. En esos años, aún no se imaginaba la refuncionalización del Estado mexicano: un Estado en cuya flaca lista de tareas quedan algunas, muy pocas, que podrían ser descritas en los siguientes términos: emisión de la moneda, creación de nuevas áreas de competencia económica, y seguridad y protección para inversiones e inversionistas. Y en esos años, tampoco se imaginaba que treinta más tarde, con el establecimiento del neoliberalismo a través de medios democráticos y de una retórica poderosa, la palabra «mercado» sería una de esas palabras cooptadas y desprovistas de los significados que anteriormente conocíamos. No es ningún secreto que los mercados han sido acorralados por grandes transnacionales que poco o nada conocen de su historia y su funcionamiento. Frente a ellos, parece que las opciones son pocas: la resignación y renuncia; o bien, la refuncionalización del mercado hasta convertirlo en uno de tantos bienes de consumo turístico.
Por lo tanto, las palabras que mejor describen al Puesto 6 son «catálogo de saberes» y «memoria comunitaria». Bien dice el programador y artista Eugenio Tisselli que: «No es lícito seguir pensando que la única fuente legítima de conocimiento son los sabios y sus aparatos: la mujer y el hombre común también tienen derecho a entablar un diálogo directo con el mundo». No se trata del gesto hipócrita e imperialista de «dar voz a quien no la tiene»; las voces existen pero es necesario amplificarlas. Vivimos en un mundo en donde la especialización es una de las exigencias del mercado y en el que ejércitos de mentirosos y manipuladores, utilizando palabras de James Petras, intentan convencernos de que el único conocimiento válido es el de ellos. Un catálogo escrito por locatarios o ambulantes, por marchantas, por trabajadores administrativos, por diableros y tortilleras sería un catálogo de una de las prácticas económicas y culturales que están en riesgo.
En su Crítica a la memoria, Nelly Richard dice que cuando el pasado se institucionaliza y sedimenta en el archivo se convierte en un «pasado-en-exposición». Líneas más abajo, advierte que hay que evitar la «cita en bruto» y acomodar escenográficamente los recuerdos. Si eso hacemos, si los colocamos ordenadamente, cuidadosamente, escenográficamente, condenaremos el pasado a las vitrinas del museo, oficializaremos el recuerdo, monumentalizaremos los álbumes familiares y decoraremos los puestos como simples y anodinos escaparates turísticos. Cuando habla de los espacios o proyectos de la memoria, Richard asegura que no se trata de eso; se trata, en todo caso, de construir una memoria rebelde, insurrecta, desobediente, emancipada. Más palimpsesto que recuerdo empolvado: cosa en capas, multiestratificada, en la que es posible, de vez en cuando, reconocer hermosas miniaturas fósiles junto a objetos que pertenecen al presente. Esa memoria inquieta es una memoria capaz de «solidarizarse» con «las víctimas del pasado» y «alerta frente a las descolocaciones de signos que la tomarán [aquí, ahora, o más adelante] por asalto».
No hay que olvidar que el neoliberalismo, en tanto sistema déspota y salvaje, aspira a la geometría y a un sistema perfectamente cuadriculado con hermosas, delgadas y delicadas líneas rectas. Un mercado como la Central de Abastos, tal como lo conocemos, caótico, construido por muy variadas acciones individuales y colectivas, sitio de tráfico permanente, trueque, intercambio y distintas formas de piratería, y de memoria emancipada, parece no ser presa fácil.
Hay obras que nacen con vocación limítrofe, volátiles e híbridas, que escapan de toda clasificación canónica. El de Daniela Bojórquez —el tercero en su haber— es un libro de imágenes, una bitácora de diez cuentos que se rehúsan a ser considerados como narrativos en un sentido clásico, un álbum fotográfico que, en vez de retratos o paisajes, captura, ordena y resguarda aquello en lo que no reparamos: los bordes, los documentos legales desechados, las correcciones en página previas a una publicación.
Se titula Óptica sanguínea.
La disciplina que estudia la luz y sus fenómenos, la reflexión, la refracción, el alcance del espectro electromagnético, pero también una cierta percepción visual de la realidad, una expresión común acerca de nuestro punto de enunciación en torno a un evento o suceso. Se acerca a la sangre, a lo vivo, a lo palpitante, a los fluidos personales: la escatología en movimiento rápido y continuo.
Sin embargo, existe una recurrencia a las posturas de resistencia frente a este caudal vertiginoso. En Óptica sanguínea hay un afán de aprehensión constante y, al mismo tiempo, consciente de que el tiempo es una fuga sin fin y es imposible capturarlo. A través de las fotografías, que aparecen en consonancia con los textos, los tribulados y obsesos personajes tratan —no sin una dosis de tensión y melancolía— de preservar la memoria, de que las imágenes que poseen de espacios, rostros y situaciones no se desvanezcan; que permanezcan, incluso, con sus tonos sepia y una dilución de su nitidez, pero que no se esfumen.
En su universo, no hay Aleph posible, sino sólo un Interleph —término que da nombre a uno de sus cuentos—: quedarse siempre traslapado entre dos planos, ya sean espaciales (como el cielo y la tierra, lugares que habitaba la sobrecargo Pilar de la Fuente; o las puestas en escena y el pánico que sobrepasa las convenciones de ficción), temporales (como el crónico hurgar en los recuerdos que llevan a nuevas reconfiguraciones de historias pasadas) y, sobre todo, entre lenguajes: el visual y el verbal.
La conciencia de Daniela Bojórquez sobre estos lenguajes es tal que constantemente se encuentra recalcando la diferencia entre la temporalidad y linealidad de la escritura, frente a la inmediatez de, digamos, una rejilla de imágenes que genera google search.
Se gesta un pacto al hurgar entre imágenes y textos escritos que nacen a raíz de ellas, o viceversa. Esa complicidad que torna la inclusión de gestos fotográficos o retóricas visuales (como «Distancia focal», un cuento literalmente miope) acerca al lector a los actos más íntimos y lo fuerza a llevar a cabo una lectura múltiple. Esto es, no sólo se decodifican las palabras, sino que está obligado a leer las fotografías y a entender la sintaxis de las imágenes.
Coleccionismo de instantáneas, legajos burocráticos que escriben historias, padecimientos físicos y mentales, cuadernos de viaje, mudanzas, diálogos que pierden su oralidad pero ganan representatividad al ser puestos en página de forma manuscrita y acompañados por fotografías que insinúan el lenguaje corporal. Como en «El interleph», los cuentos de Óptica sanguínea están acotados por marialuisas y guardas, que preservan y destacan, pero que también pueden quedar vacías en el momento que decidimos retirar la fotografía que enmarcan.
Iba yo por delante de la comitiva entre dos paredes de follaje, cuando repentinamente pasó junto a mí un objeto rápido como el pensamiento… No me había engañado… me encontraba en presencia del primer colibrí que había visto en mi vida… Pude hacer a mis compañeros una señal para que se detuviesen […] gozábamos de aquel espectáculo deseado por largo tiempo y de que tantas veces habíamos oído hablar: tratábamos de fijarlo en nuestra memoria.
Maximiliano de Habsburgo enRecuerdos de mi vida. Memorias de Maximiliano
La memoria, como proceso de almacenamiento o contención del pasado, sólo puede ser permanente cuando se materializa o persiste en un grupo de personas a través de la transmisión oral. Las memorias escritas y las fotografías cobran importancia al momento de reconstruir el pasado. No hubiera sido posible, por ejemplo, entender el asombro de Maximiliano y de sus compañeros al mirar por primera vez un colibrí, de no ser por los escritos, cartas y textos realizados por sus allegados. El Emperador de Habsburgo y su esposa Carlota Amalia de Bélgica llegaron a México en mayo de 1864, después de un largo viaje desde Miramar, a las afueras de Trieste en Italia. Apenas habían partido de Trieste, se dirigieron al Vaticano a entrevistarse y a recibir la bendición del papa Pío IX para después zarpar con rumbo a Gibraltar, pasar por la isla Madeira y finalmente cruzar el océano Atlántico. El viaje de Maximiliano y de Carlota sólo fue registrado en algunas litografías a pesar de que, desde la segunda mitad del siglo XIX, la fotografía (más específicamente el retrato) ya dominaba en un amplio sector de la burguesía. Sin duda, la llegada de los emperadores a México estimularía la construcción de un imaginario visual de nuestro país. Así pues, se harían recreaciones de escenas políticas, de paisajes de México y vistas de la capital, de construcciones, así como de los emperadores mismos y su séquito. Las reuniones de Maximiliano y Carlota con personajes de la vida política mexicana, y las imágenes de los indios kickapoos que visitaron el Castillo de Chapultepec, forman parte del abanico de imágenes pictóricas, litográficas y fotográficas que se realizaron durante este periodo de la historia mexicana.
La fotografía como medio de reproducción comenzaba a expandirse con la llegada de la carte de visite, concebida por el francés Eugene Disdéri en 1855. Los rostros de Napoleón III, de la emperatriz Eugenia y del príncipe imperial de Francia se habían vuelto populares debido a la democratización de la imagen que hubo gracias a la llegada de dicho formato.[1] La fotografía comenzaba a funcionar como una especie de propaganda de los personajes políticos más importantes gracias a los fotógrafos que se encargaban de reproducir y vender las fotografías. Algo similar sucedió con la figura de Maximiliano de Habsburgo y de la emperatriz Carlota, pues «Desde que empezaron las gestiones para que Maximiliano aceptara el trono de México, era natural que todo el mundo (incluso los liberales), quisieran saber cómo eran esos príncipes de sangre real que pretendían proclamarse emperadores de México. Conocer el rostro de estos personajes era un hecho imprescindible».[2] En este sentido, se puede observar la importancia de la imagen en el reconocimiento de personajes de la vida política del país.
Las imágenes del Segundo Imperio permean en el imaginario colectivo y visual de nuestro país. La pintura más reconocida de Carlota de Bélgica, por ejemplo, es un oleo sobre tela que se encuentra en una de las habitaciones del Castillo de Chapultepec, misma que se usaría para ilustrar la portada de algunas ediciones de la novela histórica de Fernando del Paso, Noticias del Imperio.
Lo mismo sucede con el retrato fotográfico más conocido de Carlota, realizado por el fotógrafo francés François Aubert, aparece la emperatriz sentada encuadrada en un plano medio, con la cabeza y la cara virada hacia su izquierda, sin posar de frente a la cámara y evadiendo la mirada, con el vestido voluminoso ocupando una tercera parte de la composición de la fotografía. El caso del fotógrafo François Aubert es fundamental pues su obra ha servido para esclarecer el pasado político, social, cultural y geográfico de un periodo breve del siglo XIX en México y también ha permitido el estudio de la historia de la fotografía en nuestro país. La fotografía de François Aubert muestra escenarios, vistas de la Ciudad de México, estructuras arquitectónicas, vistas del interior del castillo de Chapultepec, la figura de personajes como los emperadores y su séquito, además logra registrar a la gente de la corte y a las damas de Carlota. Asimismo, el acervo fotográfico que se encuentra resguardado en el Museo Real del Ejército en Bruselas, cuenta con una colección de fotografías de «tipos populares», es decir, gente que comerciaba sus productos en la calle o en mercados. Aubert los invitaba al estudio para retratarlos recreando escenarios en los que los individuos se mostraran con los productos que vendían en la capital: sombreros, canastos, jarrones. Tal como lo menciona Deborah Dorotinsky, Aubert heredó un rico repertorio fotográfico de clases sociales que componían la sociedad mexicana capitalina durante el Segundo imperio, al mismo tiempo que hace visible en su obra un fragmento de la imaginería de «lo mexicano».[3] Deborah Dorotinsky menciona que Aubert no se acerca a lo pintoresco o a la pobreza desde una perspectiva racial, sino que lo hace desde una búsqueda de registro de inventarios y oficios.[4]
François Aubert ha sido etiquetado como el fotógrafo de la corte, lo cual podría llevarnos a pensar que formó parte del séquito que llegó con los emperadores desde Europa, pero esto no sucedió así. En realidad había llegado antes que Maximiliano y Carlota arribaran a México; estableció su estudio en la 2da Calle de San Francisco,[5] sin embargo, a la llegada de los emperadores se convirtió en el fotógrafo predilecto. Sin duda, la imaginería visual de François Aubert puede ser un parte aguas en el registro del pasado político de México, pues fue él quien estuvo cerca de las figuras imperiales durante su corta estancia en México. Algunas de las fotografías realizadas en el Cerro de las Campanas, Querétaro (lugar en donde el ejército republicano, comandado por Juárez, asesinara a Maximiliano de Habsburgo en compañía de Miguel Miramón y Tomás de Mejía), han sido atribuidas a justamente a este fotógrafo. Entre esas fotografías se encuentran las más representativas de aquel suceso: aquella que muestra la camisa del emperador con los agujeros de bala y aquella otra en la que aparece Maximiliano de Habsburgo dentro de la caja fúnebre.
Al igual que las memorias de Wilhelm Knechtel, uno de los jardineros de Maximiliano, las fotografías de François Aubert permiten vislumbrar un fragmento de la vida púbica y privada de los emperadores, así como de los distintos sectores sociales del México decimonónico. Es importante recalcar que Aubert no fue el único fotógrafo que realizó fotografías de un amplio sector burgués al mismo tiempo que de un sector más bien popular, Desiré Charnay y la compañía Cruces y Campa, por ejemplo, lograron registrar los oficios de estratos más bajos durante esta misma época. El repertorio visual permite entender cómo era la vida en el pasado, pero al mismo tiempo deja ver la manera en la que nacionales y extranjeros miraron el país durante un periodo de europeización.
[1] Arturo Aguilar Ochoa, La fotografía durante el Imperio de Maximiliano 1864- 1867, pág. 6.
Estaba yo hace unas semanas desayunando frente a la computadora, cuando navegando en Facebook me topé con una nota cuyo encabezado me heló la sangre: «Desayunar frente a la computadora aumenta el riesgo de contraer cáncer». El texto aseguraba que, según estudios recientes de alguna universidad extranjera, las radiaciones emitidas por la pantalla de la computadora mezcladas con alimentos, podían provocar cáncer de ojos. Como el artículo no explicaba porqué era específicamente el desayuno y no la comida, la cena, o un tentempié de media noche el que mayor riesgo conllevaba, y como yo estaba desayunando pizza —que técnicamente no es desayuno— decidí descartar la nota como una patraña más de las que comparte la gente en Facebook. Siempre he pensado que si alguien publicara un estudio diciendo que compartir notas en Facebook sin haberlas leído antes provoca cáncer, la gente pensaría dos veces antes estar asustando a sus contactos.
Mi angustia regresó al día siguiente, cuando me topé con una noticia que aseguraba que ignorar noticias sobre estudios de cosas que dan cáncer podía provocar cáncer. Alarmado le llamé al doctor Alejandro Ríos, viejo amigo de la infancia, cancerólogo reconocido a nivel mundial y adicto a Facebook.
—Tranquilo —me dijo después de escucharme pacientemente—. Hay estudios que dicen que alarmarse por artículos que hablan sobre cosas que pueden dar cáncer, puede provocar cáncer, así que tranquilízate un poco.
Una vez que me calmé, Alejandro procedió a contarme la siguiente historia:
—Te voy a ser muy sincero. La verdad es que a la fecha nadie tiene idea de cómo evitar el cáncer, así que desde hace décadas los miembros de la Sociedad Internacional de Cancerología a la que pertenezco, decidieron comenzar una lista de cosas que pueden provocar cáncer elegidas al azar, y apostarle a que, por pura estadística, una que otra resulte ser real. El cigarro es el mejor ejemplo de este método. Hace décadas alguien propuso que fumar podía causar cáncer y años después resultó ser cierto. Te lo digo para que estés tranquilo: más de la mitad de las cosas que lees en esos artículos salen de una tómbola anual que organiza la Sociedad de Cancerología en Suiza. Todos los años nos reunimos y los doscientos miembros del comité hacemos una lista de actividades y cosas que pueden provocar cáncer, pero que la verdad tienen la misma probabilidad de provocar glaucoma, sífilis, hepatitis, varicela o una gripa estacional. De la tómbola se sacan veinte nuevas posibles causas de cáncer y éstas se distribuyen alrededor del mundo para ser publicadas como estudios a lo largo del año. De hecho, si te llegas a topar por ahí con un estudio que afirma que comer palanquetas parado de manos en un día lluvioso puede provocar cáncer, ni te preocupes porque lo escribí yo.
—¿Pero te das cuenta del daño que le puede hacer un estudio así a la industria de la palanqueta? —pregunté indignado.
—Por mí que se vayan, que se hundan —respondió—. Las odio. Siempre que como una quedo todo pegostioso y se me atoran entre los dientes, y eso a la larga puede provocar cáncer.
—¿Pero qué hay de la gente a la que sí le gustan?
—Pueden seguirlas comiendo con toda tranquilidad. Solamente deben evitar comerlas parados de manos bajo la lluvia.
Escuchar música con audífonos de chícharo durante temporada de huracanes, hacer gárgaras con leche bebida directo del cartón, bailar Payaso de Rodeo fuera de tiempo en las bodas, comer quesadillas con palillos chinos, contestar llamadas de celular con el sobaco, reírse cinco minutos después de que contaron el chiste, tararear canciones de Maná junto a una secadora de ropa encendida, abrirle los brazos a la vida sin la fuerza suficiente, y además dejar cosas a la deriva, son sólo algunas de las actividades que mi amigo ha propuesto para la cada día más extensa lista de cosas que pueden provocar cáncer.
—En la última cumbre propuse que los programas de chismes del espectáculo pueden provocar cáncer, ya verás cómo el tiempo me da la razón —concluyó.
Yo para no arriesgar evito desayunar frente a la computadora, y hace varios meses que no me como una palanqueta. También dejé de ver noticieros de espectáculos, pero esos solamente por vergüenza.