Tierra Adentro

Hace poco hablaba sobre escena musical en Morelos, específicamente en torno a las bandas de rock y sobre la fortuna de coincidir con bandas de propuestas muy sólidas. Revisando el mapa local, descubrí que, afortunadamente, el rock no es el único género con estatus saludable en el ambiente musical. De manera paralela la escena de jazz también ha vivido un boom interesante gracias al trabajo de varios músicos jóvenes que han impulsado la escena desde la colectividad. Prueba de esto es que a inicios del 2015 se realizó el Primer Festival de Jazz de Morelos con la presencia de artistas de la talla de Troker, Jerry López, Alex Mercado y Emiliano Coronel, además de la participación de varios jóvenes de distintas agrupaciones emergentes.

Marzo de 2015 se recordará en Morelos como el mes del jazz,  gracias a este primer esfuerzo de acercar un público más amplio al género en un formato de festival, pero también por la visita de Wynton Marsalis, que ofreció una master class en la que participaron alumnos del Centro Morelense de las Artes tocando en el escenario con el trompetista neoyorquino, lo que significó la llegada del ciclo de New York Jazz All Stars al Teatro Ocampo. Justo en estas fechas se fundó Macaco 251, un colectivo de jazz que reúne a varios de los talentos jóvenes locales. Muchos de ellos, estoy seguro, pronto se irán consolidando en la escena nacional e incluso internacional, como es el caso del guitarrista Andrés Uribe, quien actualmente forma parte —entre otros proyectos— de Som Bit, banda que en unas semanas estará de gira por segundo año consecutivo en varias ciudades canadienses.

Macaco 251 conforma su nombre de dos elementos: primero el macaco, un mono arborícola de cuerpo robusto, hocico estrecho y saliente, y bolsas en las mejillas. El vocablo macaco surgió por su fonética más que por su significado, pero creo que concentra algo importante para la filosofía del colectivo, y es que los macacos son seres que siempre viven en grupos y son solidarios entre ellos. Esto es uno de los ejes más importantes del colectivo que busca promover el trabajo de sus miembros. El segundo elemento es el número 251, aunque en realidad es un II V I, que es una progresión armónica muy utilizada en el jazz. Para aquellos ajenos al género, una progresión armónica trata sobre el movimiento de los acordes de una pieza y sirven de base a la melodía musical. Puede pensarse en los acordes como en las columnas de una construcción y las melodías como los detalles que van soportados sobre dichas bases. Andrés Uribe y Yoali Munguía, miembros del colectivo me explicaron que esta progresión se usa para llevar a la calma la melodía después de un clímax.

Cerca de nueve agrupaciones conformaron Macaco, y cada grupo eligió un representante. Como miembros fundadores y primeros impulsores de este colectivo figuran: Andrés Uribe de Kilombo Dúo, Agustín González y su Agus Blues, Eduardo Avendaño de Las Galletas de Mr. Esqueleto, Mario Ramirez de Zu3, Antonio Anzurez de Chronos, Yoali Munguia, única chica del colectivo representa a Camisas de Cuadros Jazz, Geovanni Marroquin de Ambystoma, Temo Vishnu y Cesar «El abogado» de  Mare Soul.

Una de las primeras actividades que se planearon fue la realización de un ciclo de conciertos para acercar al público, cada quince días, a las diferentes propuestas de las bandas. Se eligió como recinto el Talabot Teatro (un proyecto del que pronto estaremos escribiendo también), un pequeño espacio en Juan Ruiz de Alarcón, que coordina un colectivo de teatro y que se presta para sesiones íntimas, sin distracciones, para que los asistentes puedan gozar del jazz con todos sus sentidos.

Uno de los primeros aciertos que noté en las sesiones, fue que los músicos presentan cada canción brindando información sobre el contexto del sonido, de la pieza o del artista que revisan con sus arreglos. Además de que el espacio permite escuchar detalles puntuales de cada agrupación. También destaca la calidad técnica y la procuración de cada banda por sonar lo mejor posible.

El ciclo arrancó con  Kilombo Dúo, conformado por dos talentosos guitarristas, después siguió el turno de Chronos. En abril Ambystoma Quartet y Las galletas de Mr. Esqueleto fueron los encargados de continuar el ciclo, aquí vale la pena mencionar que varios de estos proyectos se presentan a la par, en distintos foros de la ciudad como La Maga, Casa Gabilondo, La Baraque (que ahora dedica sus miércoles a las Noches de Jazz), Café Colibrí y El Gringo; el ciclo abrió en mayo con Agus Blues que deleitó a los asistentes con su voz áspera y su guitarra siempre certera. Quince días después se presentó, Z3, y luego Camisas de Cuadros Jazz que ofreció un digno homenaje a la música gitana, específicamente a las melodías de Django Reinhardt. Prana entregó el primer concierto de junio y justo el día de hoy el ciclo continúa con invitados de lujo: Som Bit.

La primera temporada de este ciclo de jazz está próximo a culminar. Aún quedan un par de fechas, el 31 de junio ocurrirá un gran jam con todos los músicos y una presentación en Juan Ruiz de Alarcón que promete mucho, ya que cerrarán la calle y todas las bandas invadirán con su sonido el espacio que también alberga el Callejón del Artista durante los fines de semana. Si quieren enterarse de los próximos conciertos o actividades del colectivo pueden agregarlos en su Facebook oficial: https://www.facebook.com/macacojazz?fref=ts y ahí también pueden acceder a enlaces para escuchar a todas las bandas.

Finalmente, como ya varios saben, este año el estado de Morelos es el estado invitado al Festival Cervantino en Guanajuato, y varios de los músicos que conforman Macaco 251 estarán representando la escena emergente de jazz morelense junto a músicos con más experiencia, entre ellos Andrés Uribe, Chronos, Fuxé, Cuarteto Magatama, Marcos Miranda y otros. El festival será la oportunidad idónea para que las propuestas se vuelvan más sólidas y que otros espectadores tengan la oportunidad de escuchar el talento morelense que merece mucha más atención.


Autores
Escritor, crítico de cine y co-director del Festival Grotesco. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja. Se interesa por las películas de terror, el vegetarianismo, las bicicletas, los perros, la música con guitarras distorsionadas, las mujeres que cantan, la literatura, la filosofía y el punto de encuentro entre todas esas cosas (véase: Hora de aventura).

Nací en Boston en 1949. Nunca quise que este hecho se supiera, de hecho he pasado la mayor parte de mi vida adulta tratando de barrer mis años juveniles bajo la alfombra y de tener una vida que claramente fuera sólo mía e independiente del destino histórico de mi familia. Pueden ustedes imaginarse cómo era ser uno de ellos, tener su misma complexión, hablar como ellos tener los privilegios de haber nacido en una familia americana tan pudiente y poderosa como esa. Fui a las mejores escuelas, tuve toda clase de tutores y entrenadores, viajé extensamente, conocí a los famosos, a los controvertidos, a los no tan admirables, y supe desde muy temprana edad que si hubiera la más remota posibilidad de escapar del destino colectivo de esta famosa familia bostoniana tomaría esa ruta y la he tomado. Me subí a un Amtrak hacia NuevaUnidos York a principios de los setenta y supongo que podría decirse que mis años secretos comenzaron. Pensé, Bueno, seré poeta. Qué podría ser más estúpido y sombrío. Me convertí en lesbiana. Todas las mujeres de mi familia parecen marimachas pero realmente es limpiarse en la bandera cuando te conviertes en una. Desde esta ignominiosa postura he visto y he aprendido y empiezo a pensar que no hay forma de escapar de la historia. Una mujer con la que actualmente tengo una aventura me dijo sabes qué, pareces una Kennedy. Sentí que la sangre me subía por las mejillas. La gente siempre se ha reído de mi acento bostoniano que confunde “largo” con “lago”, “parto” con “pato”. Pero cuando esta incauta mujer invocó por primera vez mi apellido supe que el cuento se había acabado. Sí, lo soy, soy una Kennedy. Mis intentos por seguir a la sombra no me han servido mucho. De haber empezado como una humilde poeta rápidamente escalé a la cumbre de mi profesión asumiendo una posición de liderazgo y honor. Está bien que una mujer me ponga en entredicho ahora. Sí, soy una Kennedy. Y espero sus órdenes. Ustedes son los Nuevos Americanos. Los indigentes deambulan por las calles de la más grandiosa ciudad de nuestra nación. Hombres indigentes, entre ellos, con sida. ¿Es esto correcto? Que no haya hogares para los indigentes, que no haya ayuda médica gratuita para estos hombres. Y mujeres. ¿Que se den cuenta —mientras se están muriendo— de que éste no es su hogar? ¿Y cómo están sus dientes hoy? ¿Pueden costear arreglárselos? ¿Qué tan alta es su renta? Si el arte es la más alta y más honesta forma de comunicación en nuestros tiempos y una artista joven ya no es capaz de mudarse aquí para hablarle a su tiempo… Sí, yo pude, pero eso fue hace 15 años y recuerden —como yo debo— soy una Kennedy. ¿No deberíamos todos ser Kennedys? Esta ciudad, la más grandiosa de la nación, es hogar del hombre de negocios y hogar del artista rico. Gente con dientes hermosos que no está en la calle. ¿Qué deberíamos hacer respecto a este dilema? Miren, he sido educada. He aprendido sobre la Civilización Occidental. ¿Saben cuál es el mensaje de la Civilización Occidental? Estoy sola. ¿Estoy sola esta noche? Lo dudo. Es que soy la única con encías sangrantes esta noche. Es que soy la única homosexual en la sala esta noche. Es que soy la única cuyos amigos han muerto, están muriendo ahora. Y mi arte no puede ser apoyado hasta que sea gigante, más grande que el de todos los demás, confirmando el sentimiento del público de que están solos. De que sólo ellos son buenos y merecían comprar boletos para ver este Arte. Están trabajando, tienen buena salud, deben sobrevivir y son normales. ¿Ustedes son normales esta noche? Será que todos aquí somos normales. No es normal para mí ser una Kennedy. Pero ya no me avergüenzo, ya no estoy sola. No estoy sola esta noche porque todos somos Kennedys. Y yo soy su Presidenta.

*Traducción de Román Luján


Autores
(Estados Unidos, 1949) es autora de más de veinte libros. En 2012 le otorgaron la beca Guggenheim. «Un poema americano» forma parte del volumen Not Me

Nadie imagina que terminará metido en un frasco repleto de algún líquido para que se mantenga con apariencia aceptable, aunque en realidad pueda desmoronarse ante la mínima agitación o movimiento brusco.

Sinceramente, no me quejo. Pudo haber sido peor. No sé, hubiera resultado fácil arrojarme a la basura para ser devorado minutos más tarde por algún famélico roedor y terminar convertido en bolitas negras de mierda; o bien, pude haberme descompuesto cual gajo de naranja o bistec descongelado hasta albergar a una colonia de larvas de mosca que me hubiesen olvidado sin darme las gracias.

En cambio, acabé en este impersonal frasco transparente que adorna una taberna que hace las veces de putero, y a la que venían personajes de la más baja ralea a gastarse el cobre cada semana. En un principio pocos reparaban en mí, pues utilizaban la barra del negocio sólo para esperar mientras su chica preferida se desocupaba o para echar un trago barato con las pocas monedas que les habían sobrado tras el acto.

Más de uno me vio, eso sí, y más de uno cogió el frasco entre las manos y se preguntó para sí mismo ¿es lo que creo que es? Y después me dejaron con cierta repugnancia o curiosidad, pero sin indagar más allá.

Fue cuando el negocio se vino abajo por las viruelas que atacaron a la mayoría de las chicas —y éstas a su vez las compartieron con sus clientes, quienes las trasmitieron a sus esposas, que terminaron por contagiar a sus hijos— que me hice famoso.

Meses después, cuando la epidemia estuvo controlada y las pápulas se hubieron transformado en cicatrices, el negocio aún no retomaba los niveles de popularidad que alguna vez tuvo, y lo que otrora eran noches de parranda y filas afuera de los cuartos, se volvieron fríos amaneceres impregnados con el perfume de la carencia. Muchas chicas bajaron sus tarifas y ofrecieron descuentos malbaratando sus servicios, situación que contribuyó poco al restablecimiento de las visitas.

Entonces alguien tuvo la ocurrencia de contar mi historia, o más bien mi procedencia. Y fue así como de un día para otro la casa retomó sus niveles de audiencia y las cosas cambiaron favorablemente, pues el perfil de los visitantes no fue más el del pendencie ro alcohólico o el ratero noctámbulo que acecha, navaja de afeitar en mano. Aunque, a decir verdad, yo siempre preferí esta clientela que la nueva, por parecerme más franca y menos arrogante.

De pronto empezaron a aparecer los pintores y los músicos, a quienes siguieron los científicos y los políticos, que siempre han querido rozarse con la fauna intelectual creyendo que los conocimientos pueden transmitirse por ósmosis. Aunque comúnmente lo único que se les contagia es la petulancia que abunda en los artistas.

La taberna adquirió más tinte de museo que de casa de citas y muy pronto algunos quisieron venir sólo a embriagarse, a lo que el dueño, un hombre de modales raudos, se negó apenas tuvo conciencia. El que quisiera verme, tendría que contratar a una mujer, ése era el requisito.

Supongo que ya todos saben o intuyen que soy la oreja de Van Gogh, el lóbulo, para ser más exactos.

Y creo que ya todos saben las decenas de historias que me rondan, algunas con más dosis de estupidez que otras, aunque ninguna ha dado en el clavo. Lo sé porque las escucho; verán, cuando corrió la voz de que me encontraba aquí, en esta pocilga donde se comercia el placer, no faltaron los pelmazos que dándoselas de eruditos quieren asombrar a las chicas contando mi historia, como si a ellas les interesara escuchar o necesitaran ser impresionadas para irse a la cama con los clientes.

En más de una ocasión he lamentado ser un lóbulo y no un pedazo de boca, para hablar y decirles, epa, bobalicón, eso que cuentas es la más absoluta mentira, lo leíste en algún articulillo de cualquier mequetrefe venido a menos, deja de contar idioteces y saca el cobre, que es lo único que aquí nos interesa.

Que si Vincent me arrancó en un ataque de histeria o en un brote psicótico, vaya mentira; que no quepa duda de que al tipo le faltaba un tornillo, pero no, no fueron esos los motivos para que yo terminara separado de él y comenzara el peregrinaje por los burdeles de la más baja calaña en los que he caído.

De todas las historias, hubo una que amerita una mención aparte por ser digna de película, aunque también es falsa. La oí de boca de un famoso poeta que acudió a la taberna y después un par de tragos pidió llevarme al cuarto donde la mujerzuela realizaría sus labores. Era una noche estrellada, como una de las pinturas más reconocidas de Vincent.

El muy fetichista prometió un pago doble por poner el frasco en el buró de la cama. A medida que se balanceaba, prefería mirarme a mí y no a ella. Me lo imaginaba al otro día, en plena tertulia, platicando con sus amigotes de escaso talento que había follado frente a mí.

Al concluir su mediocre acto, encendió un cigarrillo y dijo, ¿sabes que esa oreja (sólo un idiota puede confundir una oreja completa con un lóbulo) le fue rebanada a Vincent por su amigo Paul Gauguin con un arma blanca?

La chica encendió a su vez un cigarrillo y se levantó al baño. Él continuó con el monólogo: Resulta que Vincent estaba enamorado de Paul (lo que era una verdad parcial, pues Paul también estaba enamorado de Vincent, cosa que pocos saben), y al declararle su amor y ser rechazado (falso, no fue rechazado, esa noche ambos se amaron y fueron un amasijo de flujos) amenazó a Paul con una daga.

La chica regresó del baño y le dijo que la historia le parecía interesante pero que era momento de pagar. El poeta abrió un bolso de cuero y al instante lo cerró para pedir otro servicio. Parecía evidente que era del tipo de hombres que pagan por ser escuchados, nada extraño en un poeta.

Y otra vez, durante el acto, prefería mirarme a mí que al cuerpo que tenía debajo.

La segunda vez fue aun más triste e insípida que la primera. También concluyó más rápido. Aunque eso a las chicas les conviene, no deja de perturbarlas, lo sé porque en el ambiente flota un humus de hastío.

Al terminar vino otro cigarrillo y la continuación del relato. Esta vez la chica pareció resignarse; entonces encendió también un cigarrillo y se quedó en la cama a escuchar lo que venía.

Según el poeta, cuando Vincent amagó a Paul con una daga debido a sus celos, éste último no tuvo más remedio que desenfundar su florete, que manejaba a la perfección para maniobras de ataque y defensa, pues además de pintor era un excelente espadachín.

Para entonces, los cigarrillos de la habitación se habían acabado y la chica, aunque respetuosa de las manías y egocentrismo de su cliente, comenzaba a bostezar, mandando señales claras para ponerle fin a la charla, situación que su interlocutor pareció no percibir, pues continuó ensimismado con su relato.

La imaginación del poeta era en verdad prolífica, pues en tan sólo unos minutos desarrolló una historia en la que Paul y Vincent se batían a feroz duelo cual mosqueteros en defensa de su rey.

Bueno, ha llegado el momento de que cubras el consumo, interrumpió ella. Fue entonces cuando él mostró una sonrisilla de confusión. Creo que tendré que pagarte con algunos versos, balbuceó. Mira, animalejo, al menos que tus versos puedan comprar una libra de carne, lo mejor será que pagues lo que debes y te marches de aquí, respondió la mujerzuela, arremangándose el blusón.

En ese momento yo pensaba en la noche que las mordidas de Paul me arrancaron del cuerpo de Vincent. Nada de peleas ni de feroces combates, más bien amor incontenible que antes de llegar a la cumbre del éxtasis opta por un arrebato de pasión que el otro consiente sin quejarse.

Estaba tan ensimismado en mis pensamientos, que el movimiento me tomó desprevenido. Una tremenda sacudida agitó los líquidos de mi frasco y por algún momento temí desintegrarme en moronas. El poeta, quien al parecer no tenía dinero suficiente para cubrir los servicios carnales que recibió, intentó saltar por la ventana de la habitación, y no sólo eso, quería llevarme con él, lo que sin duda terminaría con ambos, pues nos encontrábamos en el cuarto piso.

Por fortuna, la chica se lo impidió con un severo garrotazo en la nuca, lo que provocó el desvanecimiento instantáneo del poeta, y también el mío, pues rodé por el piso y perdí la noción del tiempo y el espacio, no sin antes escuchar, como en un sueño, una serie de alaridos que pedían clemencia.

Cuando pude recuperarme de la impresión, me hallaba de nueva cuenta en la barra del congal, rodeado por la concurrencia intelectual a la que ya estaba acostumbrado. Pero esta vez no me encontraba solo, pues al lado de mi frasco había otro idéntico, en el que pude distinguir, sin temor al equívoco, la lengua del poeta.


Autores
(Ciudad de México, 1979) es narrador y poeta. Ha publicado el libro de poemas Cartografía del miedo y la colección de cuentos Ladrón de dinosaurios. Fue becario del FONCA en 2013.

El universo sonoro de este catalán (que reside en Madrid) es excéntrico, por decir lo menos; el año pasado pudimos verlo en directo en club El imperial de la Ciudad de México durante una ardiente sesión auspiciada por la revista Marvin. El tipo se pertrechaba detrás de un teclado Nord, un iPad y varios efectos de guitarra con los que procesaba todo, hasta la voz. Ecos de música de Eurovisión, pop chatarrero desbordado y una personalidad extraña —como un Raphael en ácido— se confabularon para una presentación volcánica que, un par de días después, se repitió en la Mezcalería Coyoacán de Puebla.

Ahora lo hemos visto en el lujoso estudio de Televisión Española participando en el programa de Alaska y Segura. La diosa del glam y el creador de Torrente, lo invitaron para que presentara material de su séptimo disco de estudio. Y otra vez los viejos sintetizadores, el cabello más largo sacudido con frenesí y la compañía de Tomasito en palmas, zapateo y canto flamenco, más los coros de Las Negris. Tocaron «A fuego» y aquello fue una fiesta. Un cruce de épocas y estéticas que se antojaría alucinado, pero que un artista que puede convertir hasta a San Agustín en letrista pop, sabe hacer encajar. La añeja tradición flamenca inserta en una verbena posmoderna que transcurre con sonidos generados en una caja de ritmos.

No se puede ocultar cierto halo freak que envuelve a Crepúsculo, todo un personaje que podría salir de las mejores películas de John Waters y Pedro Almodóvar. Un devorador musical de todo tipo de géneros interesado en probarlo todo; no conoce limitantes ni barreras. A estas alturas todavía consigue pasmarnos cuando en «Corazón de colmillo» se atreve con su propio entendimiento del dubstep.

Así es Nuevos Misterios (El volcán, 2015), valiente, desfachatado, juguetón. El músico dejó pasar dos años para que Baile de Magos, que fue todo un pelotazo en su país, ampliara el espectro de sus seguidores. Ya no es más el icono underground que convocaba a un público minoritario en salas como el Heliogabal y la Sidecar de Barcelona.  La energía e intensidad que lleva consigo le ha traído incondicionales que están dispuestos a sumarse a un carnaval enmarañado y contagioso.

Nunca se sabe con lo que puede salir este inclasificable artista. Mientras Nuevos Misterios comenzaba a expandir su propuesta, sorprendió entregando una especie de jingle para el partido político español Podemos, que a la postre no convenció a sus dirigentes, pero que, de nuevo, lo colocó en el boca a boca.

Mientras tanto, ese álbum mostró que Joe incursionaba en el subgénero conocido como trap —muy en boga en el Reino Unido—. «Reina del locutorio» es una rareza que con el tiempo se convertirá en una suerte de retorcido manifiesto. Pero que nadie dude que la verdadera sucesora de «Mi fábrica de baile» será «La verdad»; electrónica verbenera desprejuiciada que no hace sino homenajear a la herencia de Fangoria en compañía de La Prohibida y Supremme de Luxe. Aquella noventera ruta del Bakalao es traída al presente para musicalizar las fiestas más irreverentes y transgresoras. Hemos podido conocer algunas versiones en directo en las que ha invitado a La Bien Querida para que se sume a los coros.

Probablemente, la otra joya de esta corona, sea «A fuego», que en estudio tuvo a Las Negris, pero también a Soléa Morente. Tomasito sabe inyectarle ese sabor andaluz, mientras el autor aporta ese toque como de ciencia-ficción. Electrónica y flamenco en pleno maridaje.

Nuevos Misterios es un disco ambicioso, vasto, extremadamente inquieto. Joe Crepúsculo jamás se ha conformado con repetir patrones y formulas conocidas. Siempre le da vueltas una y otra vez —le encanta rizar el rizo— y como ejemplo tenemos su versión de «Maricas», original de Los Punsetes. El rock guitarrero de aquel grupo traído hasta sus propios terrenos.

En una conversación con el periodista Sergio del Amo, quien incluso le llama «trovador techno», Joe deja en claro las intenciones de un disco muy heterodoxo: «Me apetecía mucho que cada canción fuera por un lado diferente, que ninguna tuviera nada que ver con la otra y dejar al oyente enrarecido en una primera escucha aunque después se dé cuenta de que todo suena mucho más unitario de lo que a primeras parece».

Así que puede hacer hueco para algo más jazz en «La morada», sonar latino en «Somos Perros» y dar rienda suelta ese synth-pop tan cercano al sello Italians Do it better en la maravillosa «Flor de Luz», nuevamente junto a La Bien Querida.

Nuevos Misterios es su séptimo entrega que fascina y atrapa. Diez canciones constituyen una supernova; un universo en expansión en el que caben muchísimas referencias y elementos. Joe Crepúsculo jamás hará más de lo mismo. Se trata de un verdadero héroe de la era afterpop.


Autores
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.

Debo confesar que la retórica siempre ha sido una herramienta que he usado para maquillar, con cierto éxito, mi ignorancia. La retórica suele ser una habilidad para mentir, o para disimular. Estoy en contra de la costumbre de mentir que se ha leído un libro.

De un tiempo para acá, creo que he tenido la fuerza suficiente para ser honesto y aceptar que no he leído algo, que no estoy enterado de tal cosa y que no sé nada al respecto. Pero no siempre fue así. Recuerdo muy bien, y me arrepiento, de muchas conversaciones en que, por una presión intelectual autoinfligida, dije haber leído algo que nunca había leído, afirmé estar enterado de cualesquier detalles de una obra e incluso opiné sobre un tema que sospechaba de oídas. Lo peor fue que no sólo no fui desmentido, sino que además, al parecer, nadie se dio cuenta. Que me hubieran desmentido le habría venido muy bien a mi humildad. Pero no fue así.

Dicho arrepentimiento ha ido creciendo tanto que, a manera de expiación, me propongo aquí enlistar  a manera de mea culpa las veces en que mentí haber leído algo que ni había leído.

1. Cuando estudiaba la licenciatura en letras, me dio la impresión de que un profesor tenía la costumbre de simular que lo sabía todo (algo improbable) y de decir que conocía cualquier obra a la que un estudiante aludía. Así que, inmaduramente, me dio por citar una novela de Chateaubriand, Le Dernier Abencérage.

2. Una vez, uno que más tarde se convirtió en uno de mis amigos más íntimos me dijo que fuéramos por un café para platicar, dada la afortunada casualidad de haber coincidido y tener una pasión semejante por la literatura. Ya por inseguridad, ya por timidez, creí que debía saberlo todo a mis estúpidos dieciocho años. Me dijo, cosa que sí era cierta, que conocía bien En busca del tiempo perdido. Yo le dije: «Claro, Prú». Con una erre afectada, cuando la pronunciación era incorrecta. Y que confirmaba que no había leído ninguna obra de Proust.

3.  De nuevo en la universidad, donde siempre solapé mis malos hábitos, tenía que escribir un ensayo sobre Germinal de Émile Zola. Por razones imperiosas (tenía que cambiarme de departamento) me atrasé en la lectura de la novela. Terminé redactando el ensayo en un tiempo récord de tres horas, y sin haber terminado la obra y buscando citas específicas para llenar la bibliografía que provenían de las primeras 20 páginas de los libros citados. Me fue muy bien en el ensayo. Desesperado, regresé a la biblioteca, luego de entregar mi trabajo, a terminar la obra. Me carcomía la culpa de haber disfrazado tan bien mi fechoría.

4.  A una novia de mis veintidós años, le regalé Auto de fe de Elias Canetti, argumentándole que era una obra maestra. La leí al mismo tiempo que ella, para que no se diera cuenta de que no la había leído.

5. Alguna vez di clases sustituyendo a un profesor en una preparatoria. Cuando ya me iba se acercó un estudiante a preguntarme si conocía El juego de los abalorios de Hermann Hesse. En vez de responderle simplemente que no, recordé que un amigo me había hablado de ella y espeté un sinvergüenza «debe ser la mejor novela de Hesse».

Para abreviar, debo decir simplemente que, a la deshonestidad de recomendar libros que no me habían gustado, auné la majadería de recomendar libros que no había leído. Creo que es momento de aceptar descaradamente que no he leído Memorias de Adriano de Yourcenar; que fingí leer, porque no entendí nada y no lo acepté, el Ulises de Joyce; que nunca leí los últimos dos tomos de En busca del tiempo perdido porque pasé a otra cosa; que Carlos Fuentes, aunque sí lo leí, no me interesa; que leí un par de obras completas de autores barrocos de las cuales hoy sólo recuerdo una o dos frases; que quise escribir sobre poesía francesa del XVIII y sólo hojee durante un año dos antologías; que no tengo idea de qué tratan muchas novelas famosas; que no he leído El Capital de Marx; que mi ignorancia en literatura inglesa es perfectamente supina; que estudié cuatro años latín y ahora necesito tres horas y dos diccionarios para descifrar, a ciegas, una frase; que ahora prefiero leer lentamente y entender bien, que leer como si tuviera prisa; que hay libros que compré hace ocho años y no los he abierto; y un largo etcétera.

No quiero hacer alarde de mi ignorancia ni tampoco quiero decir que soy ignorante; sucede que los libros son muchos y nosotros finitos, por eso debemos tomar partido por unas obras antes que por otras, las que nos gustan o apasionan. No por lo anterior hemos de caer en la tentación de fingir algo que no tenemos por qué haber leído. Toda verdadera erudición es ignorancia de algo y la estulticia, ignorancia de que se ignora.

Quizás al lector no le importen estas confesiones; quizás el lector ya había notado lo anterior desde hacía mucho tiempo pero no se atrevía a decírmelo; quizá no disfrazo tan bien como creo mi ignorancia con retórica; quizá no sea grave y, como siempre, estoy exagerando; sin embargo, creo que es bueno aceptar que una cosa es saber algo, y otra muy distinta, sentir algo como sabido.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Toda deseosa lengua inquieta vorágine de gustos rodando por tu cuerpo Me detengo en cada cuenta del rosario Bienaventurada invitación al rezo

Siete los misterios del gozo horado docetras el arco de la lumbre mi descenso sacro

Y te transfiguras los haces de tu luz los silencios ciegan Irrumpen proféticos gemidos

Siento el olor del fruto próximo a mi boca dulceamargo resbalando en la garganta

Ascensión a dioses que al ocaso del paraíso desfallecen


Autores
(Rusia, 1988) es poeta, ensayista y traductora. Es autora del libroEfusiva penitente, publicado en Ecuador, donde creció.

Los jóvenes que escriben poesía no leen, «se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados», propagan esta idea hasta el hartazgo. Peor, hay quienes afirman que para creerle a estos muchachos es necesario verlos caminar con un libro de poesía bajo el brazo, como si exponer sus lecturas de esta forma validara su quehacer poético. Lo terrible: hay algunos poetas jóvenes que confirman aquella idea. Pero, como es normal en todo plano, surgen algunas excepciones. Entre ellas se encuentra NEO/GN/SYS, de Emmanuel Vizcaya, quien no escribe de tal o cual manera por ignorancia o por seguir la tendencia de cierta poética contemporánea. Es capaz de asimilar desde el reto lingüístico y la agramaticalidad propuesta por César Vallejo, hasta poéticas que lo sitúan en su época.

NEO/GN/SYS se encuentra divido en tres partes, Termodinamics (NEO), DSHBRMNT (GN) y La vertiente atómica (SYS), una suerte de trilogía escrita entre 2010 y 2012 que vagó por distintas publicaciones hasta llegar a concretarse como tal en 2014. La voz de este libro puede distinguirse como la de una máquina sensible que es capaz de reflejar el espíritu de abandono en un tiempo determinado. De entrada leemos una prosa que nos advierte:

[El presente sólo existe mientras es nombrado. El futuro nos llama inevitablemente. Respirar es llevar aire del presente hacia el futuro. Hablar es transportar palabras desde el presente de los labios hacia el futuro del aire y de las calles. Aun así, el futuro tampoco existe. Pero sí su evocación. Esa biósfera de rayos.]

Pero el tiempo es visto no como finitud, sino como cambio (presente–futuro). Sea lo anterior una introducción para entender el futuro que se nos plantea en el libro como dicha evocación, el futuro y la falsa promesa del mismo como su rasgo más fuerte. El lenguaje nada en un mar de abstracciones en apariencia arbitrarias, pero que condensan y forman su propio universo, que a la vez dicta y ejerce sus únicas leyes, marcando el camino para acercarnos al libro mismo: «(léase con voz robótica)», nos dice el primer poema; «(((reconócete y rebélate)))», nos sigue ordenando esta voz entre ese mar de resonancias, ese eco de la voz que los paréntesis plantean. Poemas adelante, la máquina se presenta:

No siempre soy una máquina
pero siempre soy esa cárcel
incluso cuando soy poeta
aunque en ocasiones soy una máquina poeta…

En el universo de la máquina poeta, «la música es un árbol propagándose en el aire», pero el árbol es de titanio y la lluvia que cubre este paisaje futurista es una lluvia roja. Es también una máquina que excede su dosis de astronomía diaria recomendada, que vuela más allá de su territorio, y no es sólo como un juego alucinante o un simple recurso. Ese irse hasta los astros proviene de lo terreno, lo cotidiano. Es no querer, no conformarse, pero es una inconformidad que va más allá del berrinche literario.

Este universo, nos comparte de manera directa la máquina poeta, es un universo politeísta: Sputnik, Voyager, Explorer, Telstar, Nimbus, Lageos, Navstar, son sólo algunos nombres de los dioses que el poemario propone. Una vez conformada su mitología, su génesis, se sigue expandiendo. En la segunda parte se nos presenta una especie de bestiario de máquinas, un manual de zoología electrónica (recordemos que en este punto todo es posible), que nos resulta cercano por la cotidianidad en la que se desarrollan. Pero Vizcaya desautomatiza estas máquinas que habitan el mundo, que el propio hombre ha creado como una sustitución del hombre mismo:

La fuerza y la mecánica sembraron un paisaje de plantas / de metales gigantescos como hongos / frutos parpadeando en rojo / esqueletos de árboles y vigas se levantan al igual que torres o platillos […] el sustento y el pilar de la distancia.

Quedan las antenas como constancia de metáfora, símil y estructura. Un paisaje nuevo, pero cotidiano ante nuestra perspectiva indiferente, una herramienta que nos ha rebasado para la comunicación. En una entrevista realizada por Luis Bugarini, publicado en el blog de la revista Nexos, Vizcaya anota:

Adopté este recurso para volverlas [a las máquinas] parte de una comunidad vital, salvo que ellas no nacieron, sino que nosotros las creamos. Respecto a crear nuevas palabras, me interesa confrontar al lenguaje y jugar con las líneas de aquello que podemos conocer. Preguntarme qué tanto podemos modificarlo sin que parezca un disparate. Que haya una propuesta simbólica.

Este universo personal de NEO/GN/SYS se encuentra habitado por entes digitales, motores y máquinas capaces de sentir el ahogo y el desconsuelo. Y sea este afán de poblar el mundo la respuesta para la inquietud de esta máquina poeta: «Vida / no quiero estar otra vez tan solo / no quiero». La propuesta simbólica de la que Vizcaya habla es generada por su lectura: ¿no es el hombre, acaso, una máquina poderosísima que no conoce su destino? Y esa máquina que somos es capaz de recordar «que ningún lugar es bueno / para no morir». Sabernos finitos en la continuidad del mundo.


Autores
(Chihuahua, 1987). Premio Binacional de Poesía Pellicer – Frost 2017 por el conjunto de poemas titulado Un montón de piedras (Mantis, 2017). Nada notable (Cuadrivio, 2018) es su último libro.

A finales del año pasado, Fumiaki Noya, el más destacado hispanista en Japón, visitó México para ofrecer una charla sobre la presencia de la poesía de Octavio Paz en tierras niponas. Entre otros escritores, Noya ha traducido a Paz, Fuentes, Vargas Llosa, Borges y Bolaño, y actualmente prepara una nueva versión del Quijote. En esta conversación, Cristina Rascón se acerca al ensayista y crítico para charlar sobre su oficio de traductor y sobre los puentes que hay entre la literatura japonesa y la latinoamericana.

Conocí al profesor Fumiaki Noya (1948, Kawasaki, Kanagawa) en Tokio del 2009, ya que fue uno de los presentadores de mi libro de cuentos, Hanami, en la embajada mexicana. Tuvmos una charla sobre el contenido del título, sobre todo de la crítica social y el uso del lenguaje. Recuerdo que su principal comentario fue por qué exponer los cuentos más lúdicos y no los más políticos. Tenía razón, pero entonces mi selección fue más por longitud: preferí lo breve ya que cada cuento se leyó dos veces, primero en español, luego en japonés. Al acabar el evento, me invitó a su seminario en la Universidad de Tokio para continuar el intercambio, ahora con sus alumnos. La sorpresa fue que todos se mostraron más interesados en la literatura yaqui, de la cual llevaba una compilación que realicé en 2006, que en los cuentos y el debate que había previsto: ¿por qué lo político en ficción o por qué no? «Es que de literatura indígena tenemos menos información, y mucha curiosidad. Mejor hablemos de posibles similitudes entre Japón y las culturas prehispánicas». Me sumé entusiasta, pues comparto esas ideas de todo corazón. Lo importante es que noté su curiosidad y deseo de exploración: más que debatir sobre lo que le era conocido, se interesó por explorar lo desconocido. Fue una velada enriquecedora para todos, la cual agradezco y me da gusto corresponder ahora con esta entrevista sobre su trabajo para el público mexicano.

¿Cuál es su proceso creativo como traductor?

Mi sitio ideal es un café. En ese ambiente, lleno de gente y de ruido, hay también un espacio de soledad y concentración. Mi equipo de trabajo son mis diccionarios y mi computadora. Y el texto, claro. Es un proceso muy personal. Antes trabajaba con otros traductores, nativos del idioma español, quienes me daban primeras versiones o revisiones finales, pero ya no lo necesito. Ahora trabajo mejor individualmente. Me tomo mi tiempo. Generalmente trabajo fragmento por fragmento. En el Quijote, por ejemplo, leí primero la obra completa, en japonés, ya que cuando era estudiante no pude leerla en el original. Después estudié algunos fragmentos en español y, finalmente, hoy trabajo paso a paso, capítulo a capítulo, dejándome sorprender, degustando lo inesperado. Claro que leer la versión de otros traductores es un ejercicio interesante, pues el estilo de cada uno es diferente. Del Quijote habrá unas diez versiones en japonés, apenas se empezó a traducir hace unos cien años… Si algo me tiene contento es poder traducirlo a mi manera.

¿Cuál es su propuesta lingüística en esta nueva traducción? ¿retoma formas medievales japonesas?

Creo que hay dos maneras de afrontar el uso del lenguaje en una obra medieval: la primera es a través de equivalencias factibles de dichos vocablos medievales en la lengua destino, pero eso ya lo han hecho otros traductores; la segunda es utilizando el habla moderna, coloquial. Entonces el ritmo se acelera. Ahora que la sociedad ha cambiado, rodeada de un sentimiento de inmediatez, el uso de los medios y del internet, con toda esta atmósfera circundante, el lector pide un ritmo de rapidez. Si no nos adecuamos, los jóvenes no lo leerían todo, no lo leerían hasta el final, se cansarían.

Y en el caso de dichas expresiones coloquiales, cuando aparecen connotaciones de doble sentido, refranes, inter o intratextualidades, ¿cómo lo maneja? ¿con notas al pie?            

Es muy difícil, pero lo mantengo libre de notas.

¿Encuentra formas directas de suplir referencias, quizá usando expresiones en katakana?[1]

Si hay palabras coloquiales en japonés equivalentes al original, ya no uso palabras en katakana; pero sí hay casos donde la traducción es prácticamente imposible y prefiero dejar la palabra original, japonizada, digamos, con katakana.

Cuando eso sucede, sin notas al pie, ¿cómo explicar al lector el origen o contexto?

Para esos casos especiales sí manejo un glosario, pero sólo al final, sin romper el ritmo de lectura de la obra.

¿En qué otros proyectos de traducción está trabajando?

Estoy traduciendo La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño (Los detectives salvajes ha sido muy bien recibido en Japón). También estoy trabajando El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, de quien ya he traducido anteriormente Los jefes, sus primeros cuentos y la novela La tía Julia y el escribidor. Mi siguiente proyecto es una antología de cuentos de Gabriel García Márquez.

¿Tiene en mente narrativa mexicana para futuros proyectos de traducción?

En este momento no, pero quisiera traducir más de Octavio Paz, «Vuelta», Árbol adentro. Si se trata de narrativa, elegiría a Carlos Fuentes como un buen proyecto de traducción al japonés, pero ese es un proyecto grande, no puedo compaginarlo con lo que estoy trabajando actualmente; debo esperar un par de años.

¿Qué le atrae al lector japonés de la literatura latinoamericana?

En la década de los ochenta conocimos a los grandes del boom latinoamericano, como García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar. El más popular, actualmente, es Julio Cortázar, sobre todo los primeros cuentos, lúdicos y fantásticos. El drama se desarrolla en la ciudad, en un ambiente urbano; los jóvenes se entienden bien con esa narrativa, son cuentos muy modernos. Le seguiría, en interés por parte del público lector japonés, García Márquez; tiene muchos lectores. Pero sus textos son más bien exóticos, de un pasado reciente, pero con tono arcaico. Curiosamente ya no hay ese interés por el tono o trasfondo político en la narrativa escrita por latinoamericanos. Lo mismo ocurre en el caso de Borges, los lectores quieren sus cuentos de Ficciones y El aleph.

¿Qué autores en Japón son similares a Cortázar y Borges? ¿De dónde nace esa atracción estética? Es difícil porque los cuentos japoneses son más sosegados, no tienen tantos juegos en la estructura. Quizá Ryūnosuke Akutagawa, por sus cuentos fantásticos, con estructuras polivalentes.

Akutagawa tiene varios cuentos inspirados en la literatura española; Haruki Murakami escribe obras fantásticas que rozan con el realismo mágico o los universos borgianos, sólo que en Borges no hay sexo y en Murakami sí.
Creo que los escritores latinoamericanos de la generación de antes del boom tienen un punto en común: Faulkner.

¿Y los japoneses leen a Faulkner?

Ahora no, pero antes sí, mucho, incluso visitó Japón.

Entonces si los japoneses leían a Faulkner, ese punto en común de ambas culturas fue como tierra fértil para recibir el boom.

Exactamente, es curioso cómo la relación entre dos culturas se sostiene por el antecedente de una tercera.

Sobre narrativa escrita por mujeres latinoamericanas, ¿qué autoras están traducidas al japonés, con buena recepción por parte de los lectores y consideradas por la crítica japonesa para análisis y debate?

Isabel Allende es la más leída de las narradoras latinoamericanas, particularmente por La casa de los espíritus y Eva Luna, entre otros. Pero algunos críticos dicen que su narrativa es una imitación de García Márquez, por sus
universos tan semejantes al realismo mágico del colombiano. Pero Allende tiene mucha popularidad, sin duda.

¿Ya se ha traducido a Elena Garro, Los recuerdos del porvenir, por ejemplo?

Sí se ha traducido a Elena Garro, pero no es tan leída como Isabel Allende. Otra narradora muy bien recibida es Laura Esquivel, con Como agua para chocolate. Lo mismo Ángeles Mastretta con Arráncame la vida. Pero de
todas ellas la más leída, y por mucho la más analizada, es Isabel Allende.

¿Existe una influencia de la literatura latinoamericana en la japonesa? por ejemplo, Kenzaburo Oé aborda su viaje a México, pero ¿existe influencia en cuanto a estilos y formas de narrativa?

En Japón todavía está de moda el realismo mágico. No hay un escritor que se caracterice por escribir sólo realismo mágico, pero sí hay una presencia recurrente de universos similares a Cien años de soledad en al menos una de las obras de varios escritores. El plantear un pueblo o comunidad, relativamente alejado, donde ocurren cosas fantásticas… ese tipo de cosas. Kenzaburo sigue ese estilo también en algunas de sus obras.

Planteando un puente o juego de espejos, ¿qué influencia encontramos de la literatura japonesa en la narrativa hispana? Pienso en García Márquez, quien retoma La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, y escribe su novela Memoria de mis putas tristes. ¿Podríamos encontrar autores latinoamericanos que tomen a Japón como tema o escenario, o directamente la literatura japonesa?

No es fácil identificar esas influencias. Por ejemplo, Vargas Llosa ha leído a Kawabata, aunque no se nota la influencia. Entre escritores jóvenes está la novela Bonsái, escrita por Alejandro Zambra. Ahí tenemos una muestra de efectos de la cultura japonesa en la narrativa latinoamericana. Lo interesante es que sí tenemos traducción de Bonsái. Debe haber otros autores u obras que se nos escapan, al no tener traducción. En el caso de la poesía es incluso más difícil. Hay una carencia de traducciones de poesía latinoamericana al japonés, sobre todo contemporánea. Durante la época de gestación política se leía y traducía más poesía porque el mismo tema era de mucho interés. Cuando se hablaba de revolución se tradujo mucho a Neruda, era muy leído en Japón.

En México hay mucho interés e influencia de poesía japonesa. se lee a Basho y a otros haikuístas. a Tanikawa, a quien traduzco, lo han recibido muy bien, existe curiosidad por voces contemporáneas japonesas.

Sí, pero en Japón al decir «poesía» no se incluyen haiku y tanka. Es otra cosa, otro género, no se le considera poesía. En la academia sí se analizan, claro, pero no dentro del género de poesía. Entre haiku y verso libre hay una diferencia, como una brecha. Hay quienes escriben poesía y haiku. O narrativa y haiku. Pero bueno, es interesante que se busque la lectura de autores japoneses contemporáneos. Habría que aumentar también su traducción hacia el español.

Por último, y agradeciendo su conversación para Tierra Adentro, y a la Fundación Japón por su invitación a nuestro país, ¿qué retos se plantea como traductor, como hispanista, como mediador y puente entre estas dos culturas, la japonesa y la latinoamericana?

Ser traductor, e hispanista en mi caso, es un camino de exploración para conocer al otro, para atisbar la otredad. Eso que no existe en Japón, o que sí existe, pero no podemos ver. Eso es lo que más me interesa, lo que más me atrae. De ahí mi fascinación por la traducción de la literatura latinoamericana. Octavio Paz también buscó la otredad, exterior e interior. Como traductor, trato de ser un kuroko,[2] quien está detrás del actor de kabuki o de las marionetas, a sus espaldas. Pero para los lectores debo ser invisible, como él, lo más posible. Visible, pero invisible. Exactamente como un kuroko. Ése es el reto.

 
[1]Alfabeto japonés para neologismos.

[2]Literalmente: 黒子(kuroko: muchacho de negro). Traspunte y ayudante de los actores de teatro kabuki. No habla ni ejecuta ningún papel de actuación. Viste de negro, como un ninja, y es visible para el público. La costumbre es «no verlo» mientras se ve. Seguir al actor o a la marioneta y tomar por natural la ayuda en el escenario para un cambio de ropa o repentinas apariciones de armas u obsequios, depositados en sus manos por el kuroko.


Autores
(Bacobampo/Culiacán, 1976) es traductora de poesía japonesa y autora de los libros Hanami y El sonido de las hojas. Ha traducido a Shonagon, Tanikawa, Suga, entre otros. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.