Es común escuchar que las matemáticas son creación humana. Sin embargo, resulta difícil pensar que «dos más dos son cuatro» sea algo que hayamos inventado. El dilema puede resumirse así: ¿el ser humano ha inventado las matemáticas o las ha descubierto? Es decir, ¿sus verdades existen en la realidad y nosotros sólo nos percatamos de ellas (tal como nos percatamos de que el calor del sol evapora el agua) o las creamos como hemos creado las herramientas y los juegos?
La ciencia y la filosofía se ven en dificultades cuando quieren comparar las afirmaciones matemáticas con construcciones mentales como la percepción, la imaginación, la intuición y el razonamiento, en las cuales nuestra imperfección es visible. Incluso los científicos más estrictos cuando se topan con ciertas ecuaciones matemáticas, son capaces de hablar de magia, prodigio o milagro; y el gran matemático Leonhard Euler admitía que a veces su lápiz era más listo que él.
Lo cierto es que, a todos sin excepción, el maravilloso reino de las matemáticas nos depara innumerables momentos de incredulidad en que los pelillos en tu cuello se levantan y pican por toda tu columna vertebral», como dice Ian Stewart, miembro de la Real Sociedad de Londres, en su libro 17 ecuaciones que cambiaron al mundo.
Algo así me pasó cierta mañana mientras tomaba el sol muy cerca de la playa, y ocioso me puse a hacer nuevos cálculos mentales sobre un hecho curioso que ocurre con la tabla del 9, y que yo conocía desde niño. Tal vez el lector también esté al tanto de que si se suman los dígitos de cada resultado de esa tabla, siempre da nueve; es decir, 9 X 2 son 18, y 1 + 8 son 9. Lo mismo ocurre con 9 X 3 y los siguientes.
Consciente de que esto podía ser parte de la lógica interna sólo de ese número, probé con las demás tablas. La del ocho me dejó perplejo, y lo mismo ocurrió con las del 7, el 6, el 5, el 4, el 3 y el 2 (la del uno y la del diez eran obvias).
Desde aquel día, cada vez que escucho que las matemáticas son una creación humana, me quedo atónito: ¿cómo es que un invento de nuestra mente puede depararnos sorpresas que no esperábamos, y en tal cantidad? Es como si alguien construyera un artefacto para tostar café y después se diera cuenta de que también le sirve para sacar agua del pozo, maquilar muñecas parlantes, curar el dengue, viajar al Sol y mil y un etcéteras.
¿No será que, más que inventarla, lo que hemos hecho es descubrir una realidad maravillosa?
«Bien, aceptemos la idea ─replican los científicos más estrictos─. Ahora, por favor explíquenos: si las hemos descubierto, ¿dónde están? No son una forma de materia ni de energía, tampoco podemos decir que son nada pues tienen leyes y estructuras sólidas. Sin embargo, no se les encuentra por ningún lado, salvo en nuestra mente. ¿O van a decirnos que las matemáticas ─como el invisible Dios─ son cuestión de fe?»
Los atónitos contestamos: «No, es cierto que están en nuestra mente y que gracias a ella las hemos descubierto, pero también es cierto que al hacerlo nos hemos dado cuenta de que también existen en la realidad. ¿O son ustedes quienes van a decirnos que la mente humana crea la realidad y le transmite sus leyes?»
La discusión es interminable. Lo único cierto es, como ya dijimos, que las matemáticas nos regalan a todos instantes de profundo encanto. Por cierto, cuando el arriba mencionado Ian Stewart habla de verdades que te ponen la piel de gallina no se refiere a aquel sortilegio de principiante que yo descubrí en la playa ni a otros igual de básicos, como que 9 por cualquier número, por largo que sea, da un resultado cuyos dígitos en última instancia sumarán 9. Stewart hace mucho que cursó estas materias del Hogwarts matemático y en el libro citado alude a una ecuación de elevada magia. No es aquí el lugar para exponerla. Sólo quiero señalar que, aunque se descubrió hace casi cinco siglos, fue explicada sólo hace dos, y es considerada por la mayoría de los expertos como la más bella ecuación matemática. Su poder es tan grande que a William Rowan Hamilton, el mago que por fin pudo explicarla, se le permitía pisar los prados de la universidad donde trabajaba, el Trinity College de Dublín, cosa prohibida a todo otro ser humano en este mundo.
Esta tabla despliega el sortilegio que descubrí en la playa. La X en la orilla izquierda equivale al por. Hay que multiplicar un número en rojo por un número en azul y buscar el resultado en la casilla donde se intersectan. Para ahorrar la tarea al lector, ese resultado ya es el de la suma final de los dígitos. Por ejemplo, si en la intersección de 8 y 4 encontramos un 5, es porque 8 X 4 = 32, y 3 + 2 = 5.
Las secuencias pueden leerse en columnas y/o líneas horizontales, como se prefiera.
Como les digo, la del 8 es sorprendente. Las del 4 y el 5 se deben leer de dos en dos, a saltos. Las del 2 y el 7 forman, cada una, dos bloques, uno de números pares y otro de nones. La del 6 y sobre todo la del 3 son sorprendentes a primera vista.
Muchos desconocen la estética posdramática y el origen teórico de este concepto, inaugurado por Hans Thies Lehmann en 1999. En términos muy generales, se trata de un tipo de teatro que rompe con la idea de ficción y donde el texto dramático deja de ser central para la puesta en escena, además de que los elementos materiales (iluminación, escenografía, objetos, cuerpos, voz, espacio) se configuran para que ya no estén supeditados en crear una atmósfera realista. Este tipo de juegos escénicos, de exploraciones materiales, han llevado al teatro de los últimos treinta años a encontrar poéticas —tanto en el texto dramático como en la escena— de nuevas estructuras que muestren un teatro de la percepción, de las imágenes, de los cuerpos y, por lo mismo, más cercano a lo performativo y al arte conceptual.
Este tipo de teatro no es hegemónico, en ningún país algún tipo de teatro ha sido del gusto de todos los públicos. Ante la pregunta de una alumna en el último taller de dramaturgia escénica que impartí, sobre qué va a pasar con los dramaturgos, la respuesta es que siempre habrá quienes vean sus textos en escena y quienes no. Habrá obras que funcionen mejor para el tipo de estética posdramática y habrá otras que sean más afines a una puesta realista. Lo cierto es que la literatura dramática sigue siendo parte de la producción escénica y la ficción, una de las formas del teatro más populares en cuanto a número de espectadores y boletos vendidos, tanto en México como en Estados Unidos o países como España o Canadá.
Entre las compañías y artistas escénicos que podrían entrar dentro de esta estética no ficcional se encuentran Needcompany, She She Pop, René Pollesh, Angélica Lidell, Rodrigo García, Emilio García Wehbi, Periférico de Objetos (años ochenta y noventa), Pina Bausch, (noventa), Romeo Castellucci, Jan Fabre entre muchos otros. En México podríamos hablar de Lagartijas Tiradas al Sol, Alberto Villarreal (actualmente), Teatro Ojo y Teatro Línea de Sombra; en el caso de esas dos compañías, sus últimos trabajos rompen con los parámetros de lo que conocemos como «espectáculo» para ahondar en las líneas de la realidad, teatro documento y otras estéticas que tienen que ver con la inmersión de la compañía en una comunidad y su labor dentro de ella.
El teatro posdramático ha estado presente en el trabajo de algunos grupos mexicanos desde hace varias décadas, aunque es hasta ahora que realmente se puede definir y nombrar dicho concepto (que a muchos disgusta y a otros tantos asusta), ya que es común observar cómo en la práctica de los jóvenes creadores, se toma de referente este modelo sin tratar de copiar las formas de las compañías mencionadas anteriormente, es decir, pareciera que el texto sigue siendo importante, la fábula sigue siendo central, es más, diría que la narración sigue siendo la base de la puesta en escena y que a partir de ella los juegos teatrales (donde los actores rompen con la ficción para hablar al público, o donde los textos van de un género a otro sin ningún empacho) son justamente las poéticas y narrativas a las que asistimos en el teatro joven.
Aunque esta estética se vuelve nuestra y las formas poéticas del teatro joven mexicano se ven claras —aunque un poco diversificadas—, no están vinculadas hacia la dramaturgia escénica, sino hacia la puesta de un texto de forma contemporánea que innova en el canal mediático y tecnológico por el que llega la historia al espectador.
Así, en respuesta a la pregunta de qué pasará con los dramaturgos, considero que la escritura teatral en México sigue estando más cercana a los modelos clásicos de la literatura dramática que a la «revolución posdramática» de la que algunos hablan. Es más parecida a un intercambio de estéticas, un collage donde los jóvenes creadores toman ideas de compañías extranjeras, o de algunos creadores mexicanos con propuestas innovadoras, para hacer sus propias búsquedas aunque éstas permanecen todavía cercanas a la narraturgia, y a la actuación realista, tal es el caso de las formas convocadas por Alejandro Ricaño —tanto en texto como en puesta en escena con toques de posmodernidad— que se repiten en otros creadores. Quizá por ello, veo una pobreza de propuestas por parte de los directores escénicos que siguen siendo más puestistas que creadores.
El afán de nutrirse del teatro de otras latitudes (ya que la apertura a otros métodos es indispensable para la propia creación), la diferencia entre el concepto de teatro posdramático y otras teatralidades, es que no se trata de alguna estética vanguardista, es decir, no se trata de una escuela de actuación en donde hay un maestro que enseñe tal o cual técnica, pues el desarrollo estético del teatro de las últimas décadas también ha ido de la mano con la posmodernidad. En esta posmodernidad ya no hay escuelas ni maestros que guíen y que enseñen un tipo de teatro específico, se trata de creadores que muestran su trabajo sin vínculos pedagógicos ni comunitarios; las grandes búsquedas como el teatro surrealista o el teatro brechtiano no existen más en nuestros días. Hoy nadie intenta cambiar el mundo con el teatro, tampoco se intenta cambiar la mentalidad ni educar a nadie.
Estas circunstancias nos llevan a zonas de confusión y sobre todo nos llevan a cuestionarnos sobre el arte mismo. ¿Qué tipo de actuación debo aprender para hacer teatro contemporáneo? ¿Qué tipo de preparación técnica me ayudará a poder crear en escena sin copiar los modos realistas?, ¿qué tipo de escritura me ayudará a crear estructuras fuertes para la creación de un estilo propio como escritor? ¿Conviene escribir primero, o escribirlo directamente en la escena?, ¿se vale escribir acotaciones de dirección en un texto?
Todas estas preguntas ya no encuentran una respuesta porque ya no hay un canon o escuela a la que uno pueda inscribirse, y si esto es tomado desde la libertad creadora puede convertirse en un puntapié para la innovación de la escena, si por otro lado, el miedo de no pertenecer a ningún grupo apabulla a los creadores, entonces no indagar en la propia creación hace que se caiga en un lugar común del teatro mexicano: la endogamia.
Renovarse o morir, dicen por ahí, yo hablo desde una generación que comenzó a hacer teatro en este milenio, habrá que ver lo que sucede con los creadores que llevan ya treinta o cuarenta años trabajando. Algunos como David Olguín, Antonio Zúñiga, Ximena Escalante o Giménez Cacho experimentan, buscan vivir en el 2015; otros hacen montajes que se sienten viejos, como si no tuvieran más ganas de seguir buscando, de entender que hoy la tecnología es muy importante, que el público y sus alumnos son gente que creció con internet, y que sus gustos y niveles de concentración son otros. Así que el teatro posdramático —al menos en teoría— ha sacudido, y ojalá siga sacudiendo, las telarañas de muchos profesores y creadores para ver si así despiertan un poco de esta modorra que a veces, con tanta beca y apoyo, parece que logra aletargar los sueños innovadores de muchos.
«Ce», así con mayúscula en náhuatl significa uno/primero. Para Neoplen es el comienzo del camino. Se trata del título de su primer material discográfico, un EP con seis temas que condensan su propuesta sonora: música que fusiona ritmos del mundo, las tres raíces que conforman la identidad mexicana profunda y un abanico amplio de rock. Neoplen suena un poco como su nombre, una palabra con un significado preciso que en realidad es un vocablo inventado para definir lo que tocan Ismael Peña, Max Potenza, Pablo Peña, Cristina Estrada y Camilo Romero. Es algo unido inevitablemente a la música y la melodía. Neoplen fluye y se repliega en un misterio, suena musical pero también se nutre de historias y sucesos de la vida, de cierta poética de la cotidianidad, y del arraigo al origen y la tradición de la cultura mestiza. Todo enmarcado en un mundo contemporáneo que todos hemos experimentado. Un mundo violento, egoísta, tremebundo en el que aún bajo esas circunstancias es posible hallar un refugio. Creo que la propuesta de Neoplen es la de hallar ese cobijo en la música y la comunidad que genera.
Neoplen nació en 2010 en Cuernavaca, Morelos. Fue una agrupación que desde el inicio se distinguió por crear temas propios, sustentados y construidos en la creatividad de todos sus integrantes. Por sus filas primeras pasaron diversos músicos como Omar Vázquez, por ejemplo. Afortunadamente con el paso del tiempo y la experimentación sobre su propio sonido, Neoplen halló una formación sólida con un grupo de grandes músicos que —importante— conectaban en conjunto, en vivo, que componían con fluidez y fue entonces que comenzó la travesía en la matriz de Ce, disco que verá la luz oficialmente el próximo 20 de septiembre, en punto de las 19 horas en uno de los recintos más importantes de Morelos, el Teatro Ocampo.
Las canciones de Ce se nutren en gran medida de la tradición del son (incluso en la lírica que Ismael Peña compone influido por la estructura de la décima espinela), por el rock, funk, cha cha chá, cumbia, en ritmos que explícitamente invitan al baile y a la reflexión. Sus canciones son una respuesta contra el miedo, una celebración de todas las cosas que nos regala el trópico: sopor, fiesta, alegría, sensualidad, sudor sobre la piel morena y festividad. De este material se desprende «Dicen», primer sencillo que se estrenó hace unos días en redes sociales y en varias emisoras radiofónicas del estado. La canción, según Ismael Peña, recupera dichos populares, así como cierta idiosincrasia e inclinación de los mexicanos por el chisme, y la tendencia tradicional de transmitir oralmente historias y creencias populares: «Dicen que hubo un abuelo,/ que al danzar ofrendaba sangre. / Dicen que la mar es grande, agua de todos los ríos».
Uno de los temas más íntimos del disco (y uno de mis favoritos) es «Arrullo de sal», una canción de cuna que Ismael compuso para su hijo Elías. La letra sumamente poética y evocativa es una celebración profunda de amor, de una relación padre-hijo que sólo puede expresarse a través de la poesía y el lenguaje de la música. También destaca «La chinela», pieza compuesta por Pablo Peña y que rescata versos del dominio público. Completan el disco «La partida de Aguanieves», «La pajarita» y «Dónde».
Esta primera grabación de estudio está producida por el reconocido músico, compositor y productor Diego Herrera Martínez, miembro fundador y activo de la legendaria banda de rock mexicano Caifanes. La producción duró cerca de un año. El proceso fue de trabajo constante y de afinación de la propuesta sonora de Neoplen.
Su música ha sido incluida en compilados a nivel nacional y Latinoamérica como Antojitos mexicanos Vol. 9 de Soc Sub (México, 2014) y Compilado Mestizo (Chile, 2011). Entre los festivales en donde se han presentado se cuentan Cumbre Tajín (2010), Tamoanchan World Music (2012), Ecos de los Pueblos (2013), Coyofest (2014) y este año serán, junto a Som Bit, los encargados de abrir la participación de Morelos en el Festival Internacional Cervantino en Guanajuato, Guanajuato. Desde 2013 su música empieza a ser programada en las radiodifusoras más importantes de Morelos. En 2014 la Secretaría de Cultura de Morelos selecciona uno de sus videos para aparecer en la portada de su portal oficial y, a la par, reconoce su trabajo al incluirlo en el programa Morelos en la Hora Nacional. Dentro de las colaboraciones que ha realizado Neoplen se encuentra la musicalización del documental La Piedra: Ceremonia de los Aires del periodista morelense Ángel Álvarez.
Para conocer en todo su esplendor a esta banda hay que verlos en vivo. Son una agrupación que tiene contrastes cuando se presentan en algún escenario y transmiten energía y contundencia. Cristina Estrada, desde las percusiones y el zapateado, cimenta su aporte a las tres raíces, además de ceñirse como la parte femenina de la agrupación; Pablo Peña, talentoso guitarrista, (que además se encargó del arte y diseño del disco: un gallo negro en tinta que evoca un amanecer nuevo, un primer llamado a la alborada), es un músico explosivo con un don nato para componer solos y riffs memorables, Camilo Romero es preciso en el bajo, base sólida del sonido de Neoplen, Ismael Peña compositor, jaranero, voz característica que está al frente y Max Potenza, carismático baterista que llena los espacios de distintos ritmos y su buena vibra. Para verlos en vivo presentando Ce hay que ir al concierto con invitados especiales como Josué Madera y Diego Herrera, que se llevará a cabo el domingo 20 de septiembre en el afamado Teatro Ocampo de la ciudad de Cuernavaca, en punto de las 19:00 hrs. La entrada es libre. Además de escucharlos en vivo, podrán adquirir su primer material discográfico y ser testigos de cómo comienza el camino de una de las bandas más prometedoras de la escena de la Ruina Tropical.
Decía Rabelais que una botella de vino encierra la verdad. El alcohol, ciertamente, es una perspectiva, un paliativo y también un instrumento. Una perspectiva para aquellos que nunca estuvieron convencidos de ver el mundo con los consabidos ojos; un paliativo para soportar la realidad y un extraño instrumento que nos ayuda a entendernos.
El mito de Dionisio nos recuerda que el alcohol tiene su origen en el sacrificio. Siempre que estamos briagos asesinamos algo de nosotros mismos al ofrecernos como víctimas o al asumirnos como verdugos. Al nivel que sea, siempre que se está borracho se comete un acto atroz (algo sombrío, oscuro): el obsesivo divaga, el tímido se atreve, toda disciplina se pervierte y toda relajación se acentúa.
En el discurso bíblico, el alcohol interviene para explicar la posibilidad, por ejemplo, de las uniones incestuosas. Para narrar que una hija seduzca a su propio padre, o que un padre consienta que su propio hijo se acueste con su madre, el alcohol es la fórmula mágica que todo lo oscurece: la pócima de la perversión del juicio que explica, volviéndolo más impenetrable, un misterio. Noé plantó una viña y bebió el vino que más tarde justificaría que no se percatara de un incesto. Al igual que en el mito de Dionisio, el origen del alcohol en la Biblia presagia un acontecimiento inefable.
Dionisio inspiraba la locura en las ménades, éstas se entregaban a su éxtasis y devoraban jirones de carne ensangrentada. De sus largos viajes por el mundo, Dionisio experimentó el júbilo y la miseria del vino: el vaivén de la comedia y la tragedia. Llegó a Ática y fue hospitalariamente acogido por Icario y su hija Erígone. En retribución por sus servicios, y un tanto enamorado de la hija de Icario, Dionisio les obsequió un odre de vino y les enseñó a cultivar la vid. Icario invitó a beber a sus pastores de esa nueva sustancia divina; embriagados y poseídos por una inusitada violencia, no supieron de sí hasta que despertaron: al sentirse envenenados, asesinaron a Icario, según algunas versiones, desollándolo para luego arrojarlo a un pozo. Erígone, al descubrir el cuerpo de su padre gracias a su perro y al ver que había sido brutalmente asesinado, se colgó de un árbol. Dionisio sintió rencor al enterarse de la noticia de la muerte de Erígone y envió una peste sobre el Ática que provocó la locura de las jóvenes vírgenes, que terminaban por colgarse de un árbol.
Ovidio escribió que Dionisio había “seducido a Erígone con las falsas uvas”. El vino, su don, primero lo acercó a ella y luego se la arrebató. El alcohol es la euforia de una disforia —y la resaca, su contraparte, la disforia de una euforia—. Es el triste júbilo y la melancolía festiva. El borracho empieza sonriendo, pero termina llorando. Empieza reconciliándose para volver a reñir consigo mismo; luego la culpa y nuevamente el perdón y la indulgencia que él mismo se ofrece. La borrachera es un drama litúrgico del Evangelio de todas nuestras miserias y contradicciones.
Francamente, no entiendo a la gente que no toma. Pienso en lo que un amigo, que se apellida París, dijo de cierto poeta: «La poesía y la sobriedad sólo se concilian si eres inteligente». Naturalmente hablábamos de los tantos poetas que inexplicablemente dejaron el alcohol porque creían que les hacía daño. ¡Cómo si la sobriedad no fuera más terrible! Pienso también en lo difícil que debe ser vivir sin alterar nuestra percepción, sin distorsionar los sentidos, siendo completamente conscientes de lo que hacemos. Incluso Fernando Pessoa, preferentemente racionalista, bebía diario siete tragos de cierto aguardiente que lo ponía briago. «Los antiguos invocaban a las musas. Nosotros nos invocamos a nosotros mismos…» con ayuda del alcohol.
El gazmoño común dirá que estoy haciendo una apología barata del alcohol; dirá que el alcoholismo es algo muy serio, que destruye vidas y que es un problema social y de clase muy grave. El rico toma coñac y el pobre Tonayán… Digo que estoy de acuerdo en que la pobreza se soporta mejor estando borrachos. Para tranquilidad de las buenas conciencias también he de decir que si toma, no maneje. Mejor quédese tirado. Boca abajo, morir de congestión alcohólica no siempre vale la pena.
Alguien ya dijo mejor todo esto. Se llama Nicanor Parra. Cito aquí, en desorden, algunas coplas que escribió en honor de la esencia de las uvas:
Ya sé que existen en el mundo lectores y también mucha gente que no lee nada, que no se encuentran satisfechos si no entran en el secreto de cuanto concierne a los demás.
Tristam Shandy, Laurence Sterne
Para quien la lectura es una forma de hallar placer y conocimiento, el libro de Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), Curiosidad. Una historia natural, es una invitación al ingenio, una búsqueda más que la conclusión de un encuentro. El libro es instructivo, estimula a la lectura, a la relectura, y si se quiere, al deseoso placer de buscar la sabiduría vía la imaginación. Manguel es un lector agradecido, en sus letras podemos hallar una meditación que continuamente abre la posibilidad al lector para crear sus propias respuestas de acuerdo con el tema tratado, en el caso sobre la curiosidad. Lo que esta palabra esconde se aclara a través de los pasajes que el autor analiza en su poema«Divina comedia», éste obedece a una visión que integra todos los aspectos del hombre de su tiempo y que, sin duda, contiene la sabiduría y las costumbres de los antiguos cristianos y los medievales. Al autor le parece que es el poema que lo contiene todo y, por tanto, al igual que Virgilio guía a Dante, el poema de Dante lo guía a él por el sendero de la curiosidad: el arte de preguntar. Curiosidad. Una historia natural es un libro de preguntas, citemos algunas para introducirnos en él: «¿Qué es la curiosidad?», «¿Cómo razonamos?», «¿Cómo preguntamos?, «¿Qué es el lenguaje?», «¿Qué hacemos aquí?» «¿Qué es verdadero?». El autor recorre el misterio alrededor de diecisiete preguntas.
Alberto Manguel fue lector de Borges en su adolescencia cuando éste ya no podía leer, y quizá por eso, la magia que hechizaba a Borges, también lo hechiza a él. Sus libros son un elogio a la lectura. En uno de sus arrebatos, entre modestia y humildad, Borges decía que él era un gran lector más que un gran escritor. Se preciaba de sus lecturas y de las metáforas e invenciones que le habían hecho cavilar. Y quizá la figura del lector que guarda la herencia de los maestros es una de las más discutidas en nuestro tiempo, en donde las humanidades enfrentan una especie de lucha con el mundo técnico y tecnológico (en esto concuerda Manguel con Martin Heidegger: la técnica y la ciencia están haciendo menos misterioso el mundo ya que procuran respuestas dogmáticas), donde el tiempo para leer al igual que los espacios solitarios son más escasos, cuando debería ser todo lo contrario. Las bibliotecas, abandonadas por los lectores, son el recinto en donde aguardan las voces de los antiguos esperando poder transmitir su conocimiento. Aunque los nuevos planteamientos de lectura por medio de los aparatos electrónicos y redes virtuales están facilitando el acceso a la información y a libros a los que quizá les hubiese costado mucho llegar a los lectores, no quiere decir que el lector se haga más sabio. En el futuro se verá cuáles son los movimientos internos de esta nueva forma de leer. Manguel no se opone a esto, pero anuncia sus complicaciones, ya que pone a prueba nuestra capacidad de cambio, de penetración en la trasmisión del conocimiento.
Así como las preocupaciones de George Steiner y Harold Bloom son salvar a la literatura clásica del olvido, también son las de Manguel por la lectura. ¿Cómo evitar que se pierda una herencia humanamente importante en el proceso degradativo donde los best sellerreducen a caricaturas los libros más insignes de la literatura? Requerimos no sólo de un cuestionamiento sobre la cultura, sino del hombre en el universo, de cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos explicamos las preguntas que se hicieron los antiguos, y cómo las respuestas han evolucionado. En el caso de este libro, Dante es quien abre la conversación con el lector. La lectura, que es la puerta al librepensamiento, para estos estos ilustrados (Bloom, Steiner y Manguel), se está cerrando, y ellos ponen el pie para impedirlo. Como Prometeo, llevan a los simples mortales especulaciones importantes: el fuego que ha de servir de herramienta para su despertar intelectual —aunque aquí la «utilidad» es un poco chocante para un lector hedonista—. Al igual que Borges, Manguel apuesta por el puro placer de leer; sin embargo va un poco más allá, pues ha incursionado a partir de la lectura en temas como la ética, la filosofía, la ciencia, la religión, el pensamiento oriental religioso, etc. Su discurso se abre al diálogo con estas ramas del conocimiento. «Además de Dante, duca, signore e maestro, hubo otros escritores que me han seguido a través de estas páginas: Platón, san Agustín, Tomás de Aquino, Montaigne y Hume, y los autores secretos del Talmud parecen estar más presentes en este libro que en todos los anteriores que he escrito, cuyas deidades gobernantes eran Lewis Carroll, Flaubert, Cervantes y Borges».
En una entrevista al filósofo Richard Rorty, éste decía que había abandonado la filosofía continental precisamente porque sus interlocutores, los filósofos del lenguaje, denostaban la empresa de la búsqueda de la verdad de la filosofía continental. Rorty pasó una década sumergido en la filosofía del leguaje, hasta que dio un giro: para él la literatura, más que la filosofía, nos enseña a ser seres morales, a ser seres abiertos a la experiencia de imaginar mundos posibles donde podamos realizarnos de una manera más humana. Alberto Manguel estaría de acuerdo con Rorty, y no es que la literatura sea más eficaz para transmitir conocimiento, sino que no desea imponer una visión; en todo caso, abrirla a otras búsquedas.
Curiosidad. Una historia naturales un libro melancólico a la vez que misterioso, en él podemos encontrar tres fases, tres proyectos literarios. Es un libro dedicado a la Divina comedia; es un libro que tiene por centro la curiosidad como método para ir más allá de lo que podemos saber y conocer vía la imaginación; y también es un libro biográfico que va explicando las sorpresas literarias de su autor; como pequeños preámbulos, estos fragmentos biográficos despiertan la curiosidad por saber quién es ése que ha leído y escrito tanto en sólo una vida, aunque esto suene ingenuo, no lo es. Como Borges, en Nueve ensayos dantescos, Manguel siente una necesidad por captar el valor estético, filosófico, religioso, histórico y moral de la Divina comedia. «Con frecuencia los clásicos aparecen como mitos lejanos, casi ajenos. Su nombre, a veces, evoca una veneración obligada y fingida. Su definición puede convertirse en una tentación literaria», dice el escritor mexicano Javier García Galiano en uno de sus ensayos. Un clásico, en este caso, la Divina comedia, es para Manguel un oráculo. Curiosidad… es un libro eclético, como lo son todos los libros de del autor, marcado por la erudición, la incertidumbre de dar respuesta a las dudas; una erudición que no viene a rellenar de citas pomposas el libro, sino que sirven de ejemplo, de guía y de camino para ilustrar bien al lector. Se citan aquí a hombres curiosos que forjan el elogio de su oficio como lectores y preguntones; hay detalles biográficos; historias insólitas; se entrecruzan las opiniones para dar un panorama que, en el fondo, es una búsqueda constante. «Siempre supe que las palabras de otros me ayudan a pensar. La citas (y también las citas equivocadas), las digresiones, los callejones aparentemente sin salida, las exploraciones, las vacilaciones, los retrocesos y los saltos hacia delante; todas esas cosas me parecen instrumentos perfectamente válidos para una indagación. […] Desde que tengo uso de memoria creo que mi biblioteca alberga la respuesta para cada pregunta», dice Manguel. No es un libro filosófico, pero la duda y la curiosidad conllevan un matiz que nos conducen a buscar siempre la verdad de algo, aunque desde el principio reconozcamos que por nuestros propios límites no hemos de hallarla. Tener siempre en la meta la duda y no la respuesta, es lo que sin duda alguna conduce al hombre curioso. «Lo que perturba es su desenfadada inconsciencia o su indiferencia ante los desafíos que representa su tema», dice sobre Manguel George Steiner en una reseña a su libro Una historia de la lectura. Y es cierto, pues es lo que se dice un paseante del pensamiento, alguien a quien le gusta hacer de sus lecturas un gabinete de curiosidades. Steiner es un profesor.
Si se ha de realizar una crítica a este libro es ésta: el autor lo ha concluido ahí donde al lector le conmueven más las incertidumbres. El poema de Dante no parece agotarse en las especulaciones de este libro. Inmediatamente el lector siente la necesidad de ir a confirmar si lo que se ha dicho en el libro corresponde al poema original. Es imposible terminarlo y estamos condenados a regresar a él muchas veces más. Para poder comprender la dimensión de este libro —y la de toda su obra— no hay más que citar al crítico George Steiner, quien define, me parece, bien el oficio del argentino: «Manguel pertenece sólo de modo marginal a esta tribu de mandarines. Es un bibliófilo apasionado, un coleccionista, un conocedor de la imaginación literaria, de obras eróticas y de literatura homosexual. Es también un antólogo políglota y traductor, cuyo origen bonaerense lo relaciona, adrede, con la cultura libresca y universal de Borges. Manguel respira en su ambiente en las librerías de Londres y de París. Pero sigue siendo, en el sentido etimológico y en el mejor sentido de la palabra, un aficionado: un amante más que un especialista o un técnico experto. Su ritmo es pausado y caprichoso. Curiosea con apasionamiento fuentes y motivos».
Es posible que cada libro esté esperando a su lector. Por ejemplo, las luminosas observaciones que Manguel hace del poema de Dante vienen de la experiencia intima, casi sagrada con la lectura y la interpretación. Para Harold Bloom el modelo de lector se encuentra en san Agustín. No menos comparativo a los hermeneutas de la Biblia, Manguel prefigura al lector atento pero no dogmático. Amante de los libros, nos recuerda a Montaigne y a Leopardi en sus bibliotecas. Y en sus digresiones literarias podemos hallar un sinnúmero de pensamientos que se relacionan tanto con la literatura antigua, como con la medieval y la moderna; y esto se combina con los cuestionamientos contemporáneos, ya sea el lenguaje o las emociones. Comentarios dichosos circulan en la vasta obra que ha ido elaborando como lector-escritor. La influencia de Borges también es notable en el estilo.
Al cabo de cierto tiempo leyendo a un autor atentamente, uno llega a creer que se define a sí mismo ocultamente. Por ejemplo, que mejor aproximación que la que hace en el prólogo a una antología de textos de Robert Burton, La anatomía de la melancolía: «Hay libros que son más bibliotecas que unidades, compendios que, bajo la apariencia de un ensayo, abarcan una pluralidad de géneros y materias. […] Quien los recorre tiene la impresión de internarse en una muchedumbre, en un corredor de espejos, en una selva; de leer no un libro, sino un sinfín de volúmenes cuyos diversos textos han sido reunidos, casi por azar, bajo unas mismas cubiertas». Así es el proceder literario de este curioso escritor. En otro acercamiento, al tratar de darle al lector una aproximación del estilo ensayístico de Chesterton, Manguel vuelve a definirse como escritor: «Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad. Su prosa es todo lo contrario de la académica: es alegre. Las palabras chocan y se arrancan chispas entre sí, como si un juguete mecánico hubiese cobrado vida de pronto, chasqueando y vibrando con sentido común, esa maravilla de maravillas. Para él, el lenguaje era como un juego de construcciones con el que montar teatros y armas de juguete». No menos importante es su labor como divulgador y crítico literario, pues su pasión por transmitir es también un difícil y arduo camino que constantemente incita a la duda y a la curiosidad de saber qué se quiere, hasta dónde se puede llegar, y cuáles son los límites para ello. «Tengo curiosidad sobre la curiosidad», así comienza este libro.
Su bibliografía es extensa, pero citemos estos libros madre: Una historia de la lectura, Curiosidad. Una historia natural, La ciudad de las palabras, Diario de lecturas, Lecturas sobre las lecturas.
En la academia contemporánea de las humanidades existen dos tipos de investigadores: los que escarban en archivos para ofrecer nuevas lecturas sobre distintos documentos culturales, como la literatura, el arte o la historia, y los posmodernos que agotan el presente, la novedad de la teoría y las nuevas perspectivas sobre productos híbridos, sexualidades indefinidas o documentos no artísticos leídos con la misma metodología que un poema clásico. No vale la pena discutir cuál es mejor porque ambos, desde su particular forma de abordar los objetos de estudio, pueden producir textos tan mediocres como brillantes.
Dentro de la primera categoría de académicos, un tanto reduccionista si gustan, me parece que está el trabajo de Rubén Gallo. El tópico de Gallo ha sido constante dentro de su producción académica: la modernidad de principios del siglo XX en México, principalmente en las décadas posrevolucionarias, cuando el país figuró en el mundo como una utopía cultural. Los temas que se discutían en París o Nueva York eran los mismos de los que se hablaba en la capital, no porque nuestros artistas hayan participado de esos debates directamente (aunque algunos sí lo hicieron), sino porque los artistas que debatían la modernidad, es decir los que representaban las vanguardias, en su mayoría, vivían o visitaron México e hicieron de este país la casa de la vanguardia. La lista es larga: fotógrafos, pintores, poetas, novelistas, editores, etcétera.
Los libros de Gallo se sitúan en ese debate precisamente, en el intercambio y recepción de las ideas modernas entre europeos/ norteamericanos y mexicanos. Su libro sobre Freud y México, la relación de Proust y los escritores latinoamericanos, las vanguardias mexicanas y su correspondencia con las europeas son el principal foco de atención en estudios como Freud’s Mexico: Into the Wilds of Psychoanalysis, Heterodoxos mexicanos, Marcel Proust’s Latin Americans y Máquinas de vanguardia, publicado en 2005 primero en inglés, como la mayor parte del trabajo de Gallo, y recientemente traducido por Valeria Luiselli para Sexto Piso.
En Máquinas de vanguardia, como el título sugiere, Gallo aborda la tecnología y su influencia en las vanguardias artísticas a principios de siglo XX. Un tema muy estudiado en inglés, francés y alemán, pero que había sido descuidado por la academia mexicana posmoderna, tan embelesada con la novedad y la subalternidad. El libro abarca las décadas de los veinte y treinta, el fin de la Revolución y el inicio de la fiebre de modernización que el país sufrió durante los gobiernos de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Es la época dorada de Diego Rivera, Frida Kahlo, Tina Modotti, José Vasconcelos, los Estridentistas y los Contemporáneos. Gallo relaciona los métodos y herramientas de trabajo de cada uno de esos artistas con los principales aparatos tecnológicos que revolucionaron la cultura y la política: la industria automotriz, la cámara fotográfica, la radio, la máquina de escribir y el cemento (desgraciadamente, no dedica un capítulo al cine o la música).
Es un libro acucioso, lleno de simpáticas anécdotas de cómo los artistas mexicanos confrontaron la realidad mediada por esos inventos tecnológicos —por ejemplo, cuando narra la residencia del hermano de Apollinaire en la Ciudad de México o las aventuras de Tina Modotti y Edward Weston en el país—. Algunos, como Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán, desconfiaban de la modernidad porque, según Gallo, adolecían de una visión todavía muy modernista y de finales del XIX: preferían el clasicismo porfiriano y humanista que ya no coincidía con el proyecto de país posrevolucionario. Mientras que otros, como Rivera y Maples Arce, recibieron con entusiasmo las nuevas tecnologías, aunque con resultados poco convincentes porque no supieron incorporarlas en la construcción de sus obras. Un punto crucial en este sentido es el optimismo y esperanza que la tecnología inyectó en los artistas e intelectuales de izquierda; la recibieron, al igual que Walter Benjamin, como una posibilidad de propagar el mensaje revolucionario y como el medio ideal para construir una nueva sociedad. Gallo narra los encuentros y descalabros de toda una generación que se vio trastocada y obligada a repensar su oficio y, en esa experiencia, revolucionar o fracasar.
Aquí es donde tengo un problema con la lectura de Gallo. Su concepto de modernidad resulta ambivalente: para él, los artistas que mejor se adaptaron a la nueva tecnología son los que merecen llamarse «modernos», mientras que quienes la rechazaron, por prejuicios o ceguera técnica, son conservadores. El primer ejemplo es la máquina de escribir. En este capítulo Gallo compara la postura de dos narradores con dos poetas (primer error): Azuela y Guzmán con Maples Arce y el brasileño Mário de Andrade. Además de pertenecer a generaciones distintas y momentos históricos, aunque no muy distantes, casi ajenos, Gallo califica a los primeros como conservadores porque, a pesar de que utilizaron máquinas de escribir, su actitud no fue tan abierta y entusiasta como la de los jóvenes poetas. En pocas palabras, no renovaron su estilo ni exploraron nuevas posibilidades con esta máquina.
En el caso de Azuela, quien terminó de escribir Los de abajo en una Oliver, las máquinas de escribir eran vulgares porque estaban «asociadas a un episodio amargo de la política mexicana: el Porfiriato y su ideología». Además, Azuela representa la máquina de escribir en su obra como un objeto presuntuoso, pesado, atractivo visualmente, «pero inútil en lo más fundamental». Tuvo que usar la máquina por necesidad, no por gusto, cuando se encontraba exiliado en El Paso, Texas, y el editor de un diario local se la ofreció para que terminara su gran novela. En suma, Azuela, a diferencia de otros escritores como Blaise Cendrars y T. S. Eliot, «era un tradicionalista que ridiculizaba todo intento de llevar la escritura a las filas de la modernidad tecnológica».
Martín Luis Guzmán, tal vez el primer novelista mexicano moderno, tampoco sale bien librado del juicio de Gallo: Guzmán simplemente no puede entender la máquina de escribir y la confunde con una cajita musical cuyo único propósito es arrullar a su hijo. «El autor», dice Gallo, «se consideraba, por supuesto, como un miembro de la comunidad de espíritus cultivados, que se oponían al progreso y a todas sus manifestaciones —la industria, las máquinas, y los nuevos medios como la máquina de escribir o el fonógrafo—, en aras de la alta cultura». Es decir, tenía una visión elitista de la cultura que contrastaba con las ambiciones modernistas del gobierno; tanto así que prefería la Remington a la Underwood, una máquina mucho más sofisticada: «eligió una máquina políticamente conservadora, incluso reaccionaria».
Al lado de estos dos novelistas, la obra de Maples Arce es mucho más moderna porque este poeta, uno de los menos talentosos de la época si se le compara con cualquiera del grupo Contemporáneos, acepta y recibe la tecnología con un entusiasmo desfogado al igual que los futuristas italianos. No importa que no haya creado un poema memorable: su modernidad estriba en su actitud, no en su obra, parece argumentar el académico. «La literatura estridentista de “las máquinas de escribir y los avisos económicos” debía ser ruidosa, irreverente, y estar firmemente arraigada en la época moderna —una literatura, dicho en pocas palabras, que era la antípoda de la prosa lánguida de Guzmán». Difícil no fruncir el ceño ante tal aseveración.
Gallo aquí parece perder el hilo de la vanguardia y la historia de la literatura. Es injusto comparar a Guzmán con Maples Arce y, encima, con un poeta como Mário de Andrade, porque, como reza cualquier tomo de historia de la literatura mexicana o latinoamericana, la novela no dio el giro vanguardista sino muy tardíamente en el siglo XX, mientras que la poesía —el género que encabeza cualquier vanguardia— fue prematura y mejor afianzada. A más de ello, Gallo coloca la modernidad en el lugar equivocado: que el Ulises de Joyce se haya escrito a máquina o a mano no la hace más ni menos moderna porque su modernidad estriba y está contenida en otras características; que un autor escriba a máquina o en computadora, en Word o en Scrivener —la app en la que estoy escribiendo esto—, no lo hace más moderno ni quiere decir que entienda mejor la realidad porque se mantenga atento a las modas tecnológicas. La modernidad está fundada en la actitud crítica de la realidad, no en su aceptación, y esta actitud implica una crítica de la modernidad misma.
El tercer capítulo de Máquinas está dedicado a la radio y aquí Gallo comienza comentando una tierna fotografía de 1920 de un niño escuchando la radio con unos audífonos que le cubren la mitad de la cabeza. El niño aparece en la imagen en un estado de trance, con un gesto de ensueño y abstracción, conectado totalmente con el aparato: «pareciera ser un sujeto moderno arquetípico, atrapado entre tecnologías acústicas y visuales: su oído ha sido electrificado; su mirada, fotografiada». Con esta descripción, Gallo da a entender que el sujeto moderno debe abandonarse a las innovaciones tecnológicas y el artista debe integrarlas en su procedimiento creativo para transformar la forma y el contenido de su trabajo artístico. No se equivoca en algunos casos si se toma en cuenta, por mencionar uno, Altazor de Huidobro, un poema que incorpora el paracaídas y otras máquinas en sus metáforas. El problema de Gallo es que la modernidad que les exige a los artistas que estudia se puede aplicar a él mismo, porque en lugar de criticar esa modernidad y tomarla como un discurso agrietado, se resigna a observarlo como monolito incuestionable.
Parece que para Gallo el artista debe convertirse en vocero de la novedad cuando lo compara con los publicistas de compañías de radio y construcción que intentaban vender sus productos. Dedica decenas de páginas al esfuerzo que las empresas de cemento y radiodifusoras hicieron para captar la atención de los mexicanos y aceptaran consumir sus productos. Entre ellos, Federico Sánchez Fogarty, un publicista-poeta que organizó campañas culturales para que el cemento fuera aceptado como un material moderno y más diverso, fundó revistas literarias y convocó a artistas para que cantaran o representaran al cemento con la dignidad que merecía. Fogarty fue una especie de visionario que enseñó a los artistas mexicanos a apreciar la modernidad, según Gallo, porque con él y la ayuda de otros políticos entusiastas del cemento, «una ideología protecnológica había reemplazado a las viejas fobias y ansiedades que despertó el inicio de la modernidad».
Los mexicanos somos refractarios a la modernidad, dice el autor en el último capítulo de Máquinas —un capítulo que por lo demás le debe mucho a Octavio Paz y a Gabriel Zaid sin agregar nada nuevo, y que por tanto se antoja excesivo—. Las ambiciones de ideólogos como Vasconcelos y políticos como Obregón, Calles y Heriberto Jara —gobernador de Veracruz que mandó a edificar el estadio de Xalapa— no concordaban con la verdadera realidad social y económica de la población. Gallo lo resume así: «La modernidad había llegado a México pero no reemplazó el pasado premoderno: coexistía con él, y la vida de la capital se convirtió en una yuxtaposición paradójica de artefactos ultramodernos y rituales conservadores, de ambiciones cosmopolitas y tendencias nacionalistas». Una dicotomía que Gallo prefigura en el actual mercado de Tepito porque ahí, dice, los dispositivos tecnológicos son exhibidos como meras mercancías de consumo que han perdido su carácter revolucionario tal y como lo imaginaron los artistas y pensadores marxistas de principios de siglo pasado.
Por esta razón, Gallo coloca a los artistas extranjeros como los verdaderos lectores de la modernidad: los fotógrafos mexicanos son incapaces de sacudirse el pictorialismo decimonónico, mientras que Tina Modotti, afianzada en México y bajo la tutela de Weston, renueva el discurso fotográfico con sus imágenes de cables, postes de luz y estadios deportivos; Maples Arce, un poeta que Gallo reconoce como poco talentoso, no logra cuajar sus metáforas futuristas con una verdadera experiencia de la radio ni la máquina de escribir, a diferencia de Mário de Andrade y Apollinaire, quienes trastocan sus métodos de escritura gracias a esos aparatos. Los artistas mexicanos, al menos los que Gallo estudia, están divididos en dos realidades polares que les impiden crear una obra a la altura de la modernidad. Los artistas contemporáneos tampoco se salvan de este juicio, porque para Gallo hay una gran falta de «interés por el potencial de la tecnología para producir nuevas posibilidades de representación», no hay novelas que «exploren el impacto de esta red universal de la escritura [internet]» y los fotógrafos no han medido el impacto de la digitalización. Por supuesto, esta es una gran mentira: basta asomarse al medio artístico mexicano de los últimos diez años para encontrar cientos de ejemplos de artistas que utilizan el internet (blogs, ebooks, video, redes sociales) y otras tecnologías para crear sus obras.
Me parece que esa carencia que menciona el autor es, por el contrario, una ganancia, y por antonomasia la característica de la modernidad intelectual que nos distingue —idea de Alfonso Reyes—. Habitar la frontera de dos mundos no vuelve a nadie afásico, pero sí tal vez más crítico. Gallo, sospecho, sigue demasiado a Walter Benjamin, un filósofo entusiasta de la tecnología, curioso de las posibilidades de la fotografía, que incluso escribió guiones radiofónicos y que murió tempranamente como para ver el caos que más tarde colegas suyos, como Adorno y Horkheimer, teorizaron —no necesariamente contradiciéndolo— cuando, durante su exilio en Estados Unidos, atestiguaron la modernidad tecnológica y, lejos de inyectarles entusiasmo, la criticaron duramente: el uso de la tecnología en la guerra, la radio como la «trivialización» del arte y principal instrumento de proselitismo fascista, y el consumismo como una falsa categoría de la existencia. El debate de la modernidad que caldeó la amistad de Benjamin y Adorno, incluyendo a otros pensadores como Lukács y Brecht, es el mismo que Gallo intenta transportar al caso mexicano: mientras allá se opuso el naturalismo al expresionismo y el realismo a la vanguardia, aquí fue la ideología porfirista y el nacionalismo contra la modernidad y la vanguardia que promulgaba el nuevo régimen.
El verdadero arte —lo que sea que esto signifique— nos lo demuestran las obras; más que zambullirse en el río de la realidad para dejarse arrastrar, coloca un dique que obstruye ese dejarse llevar. Si incorpora en su composición elementos y discursos de otras disciplinas o campos del conocimiento no los trata como modelos para construir una mejor sociedad, sino como meros objetos en la experiencia humana. Esa ha sido la gran respuesta de los artistas modernos: Pound, Artaud y Cuesta respondieron con la locura, Orwell y Huxley con la distopía, Celan con el suicidio, Novo y Gide con la homosexualidad, Guzmán con el thriller político, Azuela con la crítica del proyecto revolucionario y Proust y Kafka con el encierro; y si escribieron a máquina, se dejaron fotografiar o viajaban en auto no agrega ni quita nada a la calidad de sus obras.
Las culturas antiguas estaban cimentadas en la oralidad. En ellas, la palabra dicha y sistemáticamente repetida por sacerdotes, gobernantes o cualquier otro jerarca, era equivalente a la verdad. La palabra de la autoridad era ley. Con la aparición y el auge de la escritura, según se ha dicho, este sistema comienza a tambalearse. Al parecer, en la soledad de la lectura, el individuo consigue establecer un diálogo silente con el autor. Así, el lector puede −en teoría− refutar, comprobar o corregir lo escrito. La lectura, entonces, se convertiría en la fuente de la divergencia y el pensamiento crítico.
Belerofonte y los signos funestos
Pero la palabra escrita, a diferencia de la oral, no era (no es todavía) accesible a todos. Una inmensa mayoría de ciudadanos, esclavos, niños y mujeres, veía (ve) inscripciones, tallas en las paredes, rocas con signos: todos ininteligibles. Incomprensibles. Su carácter hermético los conduce al temor, a la sospecha. ¿Qué son esos garabatos?, ¿qué esconden? La literatura ha proporcionado distintas respuestas. Quisiera abordar sólo una, por considerarla esencial en mi lectura del Anti-Humboldt de Hugo García Manríquez. En Ilíada VI (145 y ss.), Homero resume la historia de Belerofonte: Antea, reina de Tirinto, quiso seducir al héroe, que permanecía en su corte como huésped. Belerofonte rechazó su oferta. Ofendida, la reina lo acusó de intento de violación. El marido de Antea, el rey Preto, para no faltar a las normas de hospitalidad al asesinar a Belerofonte en sus palacios, le encomienda llevar una carta a un rey lejano. El héroe, por supuesto, ignora que en esas letras lleva su propia condena. Las palabras escritas, dice Homero, son sémata lygra, signos terribles, funestos.
El TLC: el mundo escrito
Anti-Humboldt de García Manríquez participa de esta idea clásica. Aquí, las sémata lygra, las palabras funestas, conforman el cuerpo del Tratado de Libre Comercio que ha regido nuestra vida −y la de otros dos países− durante más de 20 años. En el Tratado está nuestro calendario, los años venideros, el futuro. El Tratado es la Ley que está por encima de toda ley. Es el mundo. Encima del estado, de la familia, del individuo (p. 54),
(…)la Tarifa de laLey del Impuesto General de Importación; (d) camión ligero: es un vehículo con o sin (…), la Tarifa de la Ley del Impuesto General de Importación, (…) vehículo de autotransporte es un vehículo de uno de los siguientes tipos:
En Anti-Humboldt, el TLC funciona como una cosmogonía neoliberal. Como todo texto cosmogónico, el Tratado clasifica, divide, establece formas de consecución y origen, y exhibe su autoridad. Bajo premisas comerciales, define e instaura el orden de todo lo vivo y lo inerte. Decodifica y traduce, en sus términos, a plantas, animales y personas. El Tratado es un Libro de la Vida, cruel y devastador. Es la funesta palabra escrita.
El sistema oculto en la escritura
Sin embargo, en Anti-Humboldt, una lectura del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, no leemos el TLC: casi no puede leerse. García Manríquez ha borrado el texto. ¿Qué esconden esas palabras, entonces? Como el mismo Belerofonte, lo ignoramos.
Lo que leemos en Anti-Humboldt son palabras resaltadas, aquellas que se han salvado de la fantasmagoría, de ser meras sombras de la realidad.[1]Descubrimos, a partir de ellas, que se esconde un Sistema Armonizado. Un sistema que busca resignificar todo cuanto existe, objetivamente. Convertir todo en una mercancía, sin contradicciones ni divergencias, que transite de una frontera a otra. Este Sistema dentro del TLC es el punto clave de la lectura de Manríquez.
Un pastizal de palabras
Vuelvo a Homero. En Ilíada XX (244 y ss.), Eneas se enfrenta verbalmente con Aquiles. En medio de la trifulca, le dice que existe un pastizal de palabras, presente en todos lados, del que cualquiera puede echar mano para crear un discurso.
Si, en Anti-Humboldt, el TLC es el mundo, todas las palabras están en él. El pastizal está lleno de números, cifras, fórmulas; de procesos de deshumanización, pautas para tarifas y tráfico de mercancías. Opera como la mente, como la memoria, la musa. El TLC es la fuente de la voz poética, de la que no puede alejarse. No lo parodia, sino abreva de él.
Voz poética y resistencia
En Anti-Humboldt, las palabras que leemos (las resaltadas) no son sino fragmentos, resquicios por donde emerge la voz poética. Seleccionadas, producto de la mutilación o creadas, revelan la postura de la voz ante el TLC y, particularmente, frente al Sistema Armonizado. La voz poética intenta resistirlo. Ante a la brutalidad de la Ley, a su frialdad, a su resolución en cifras, a la imposición de la manifactura y la maquinaria sobre los individuos y su búsqueda de la felicidad, surge el yo (de mayoritario, p.31):
maquiladora independiente significa una empresa que cuenta con registro de industria maquiladora de exportación en los términos del Decreto de Maquiladoraexistente, y en la cual ninguna empresa (…) tiene un accionista mayoritario común con cualquier otra empresa (…) en la capacidad de producción de una empresa de la industria terminal que resulte de un desastre natural, incendio, explosión, u otros eventos imprevistos fuera del control de dicha empresa;
La voz se erige como un desastre natural, aquello que no puede ser catalogado, medido. Una fuerza que está fuera del control del Tratado. Esta resistencia −paradójicamente− nace de las palabras de un texto que intenta homologar y convertir en recursos utilizables al mundo. Brota de él, como esperanza. La esperanza (¿don o castigo?) de escapar al dominio del capital, esa zona común, que ya no conoce límites ni fronteras (p. 72):
(a) cada filial financiera extranjera tendrá un capital autorizado determinado por México, y el capital pagado de dicha institución no deberá ser menor (…) Una vez establecida, México podrá permitir que el capital autorizado exceda al capital pagado. El capital autorizado no se reducirá, por ninguna medida de México (salvo por medidas prudenciales), por debajo del capital pagado. El importe máximo de las operaciones de cada filial financiera extranjera se determinará (…) el efecto de evadirlos límites de capital señalados en esta lista. Este inciso no se aplica a las transferencias de fondos de buena fe para constituir depósitos de una noche (…)
[1] Demócrito de Abdera, B145K D-K, citado por Antonio López Eire en Sobre el carácter retórico del lenguaje” (UNAM, 2005), de donde también retomo la noción del «pastizal de palabras».
Nos encontramos frente a un cuento, o mejor, una fábula. Pues solamente en un contexto inventado como éste podría el espectador enfrentar un ataque a sus sentidos como el de la cinta Quédifícil es ser un dios. Y lo digo porque, como relata el narrador, la acción se sitúa en un planeta cercano a la tierra; uno en el que el Renacimiento nunca fue y que se ha quedado anclado en una especie de Alta Edad Media. Sólo gracias a este aislamiento, donde las leyes se conforman al paso de la mirada del público, y bajo esta condición, podemos nosotros, humanos terrícolas, digerir esta película.
Entre podredumbre, fetidez y muerte viven los habitantes de Arkanar, el planeta al que se ha desplazado nuestro protagonista, junto a otros historiadores y antropólogos, para estudiar, y quizá contribuir, a la evolución de estos humanos. Pero ni Don Rumata, siendo un dios, ni ninguno de sus colegas, haciéndose pasar por aristócratas, están autorizados a intervenir directamente en el proceso histórico de esta civilización, y aunque lo hicieran acabarían viéndose forzados a aceptar la triste realidad: la miseria y la ignorancia seguirán dominando el devenir de esa cultura.
Quizá por ello se ha comparado el filme con la obra de Brueghel y El Bosco. Detrás de su propuesta parece haber cierta cantinela moralista. Sin olvidar, claro está, la crítica social que, como bien sabemos, predomina en el género de la ciencia ficción. Aunque se trata de una adaptación de la novela homónima, publicada en 1964, de Arkady y Boris Strugatsky —quienes parece que con sus textos han incitado a los directores rusos a crear ese tipo de ambientes nublados, grises y lúgubres, baste citar Stalker, de Tarkovsky, y Días de eclipse, de Sokurov—, su tema no ha perdido vigencia. Si los escritores aludían con pocos tapujos a la persecución intelectual propia del totalitarismo soviético, Aleksei German, el director, quiere decirnos que, en un régimen como el de Vladímir Putin, aún tiene sentido hablar de lo mismo.
A pesar de los diálogos sin sentido y la experiencia asquerosa, como nos recuerda el protagonista constantemente, la ironía y la habilidad técnica destacan a tal punto que convierten a Quédifícil es ser un dios en una joya. Y no podía ser menos, después de los catorce años que su creador tardó en casi acabarla —su hijo y esposa tuvieron que dar los últimos retoques, después de que el artista ruso muriera sin leer las críticas a su opus vitae.
La ambientación, así como el sonido —postsincronizado— son impecables; están tan logrados que dudo que muchos aguanten más de media hora, de las casi tres que dura, entre plumas, mocos, flatulencias, suciedad y mal olor. Solamente el blanco y negro dulcifica esta experiencia. Una estética de lo abyecto y de lo siniestro representada en la construcción de escenarios, en la caracterización de cada uno de los personajes y objetos que aparecen. La crudeza se pasea ante nuestros ojos en forma de animales disecados, otros que vuelan, revolotean y se posan frente a la cámara, pero también como cadáveres mutilados y caracteres estrambóticos y deformes. Como escribió Eugenio Trías, el arte contemporáneo se avecina a lo bello y a lo siniestro. Y qué mejor descripción para esta película de planos secuencia perfectos y movimientos de cámara calculados al milímetro, que se enfrenta a la claustrofobia de espacios cerrados con muchedumbres repulsivas y hacinadas entre lodo y carroña, a la presencia constante de lo escatológico.
Pese a la precisa coreografía orquestada por German, sería lícito decir que en este retrato reina lo estático, probablemente reforzado por el expresionismo actoral. Aun contando con los numerosos movimientos de cámara, y siguiendo la propuesta de Gilles Deleuze, las tomas de este mundo originario mantienen la pulsión de muerte en su propia quietud, en su descomposición. La diferencia con la tesis deleuziana es que aquí las bajas pasiones, el primitivismo, la agresividad, lo innombrable en nuestra sociedad civilizada, ya no están contenidos en un plano, en un espacio para ello, sino que se han desparramado más allá de las fronteras que los habían comprendido hasta este momento. Y lo único que queda es una musiquita diegética, con ritmos de jazz, tocada por un extrañamente artístico maestro de ceremonias que anuncia, al que haya aguantado, que el espectáculo llega a su fin.
En largos primeros planos, en planos detalle, en otros cortados y otros en segundos, suceden todo tipo de acciones inimaginables y expresiones que no dejan ni un segundo de descanso y apuntan a un novedoso desplome de la cuarta pared. Pero dos horas, tres o cuarenta minutos serían lo mismo; la idea del cineasta queda expresada de sobra. Lo que nos induce a pensar que, aparte de un reto personal, su intención fue la de sobrepasar al espectador y, en una especie de pulso entre intelectual y posmoderno, obligarlo a levantarse de su butaca.