Con motivo de su X Aniversario, El Colegio de Chihuahua se engalana homenajeando a Dolores Castro, la poeta mexicana más importante en la actualidad, y la reconoce con el título honorífico de Doctora Honoris Causa, dentro del Décimo Encuentro Internacional de Poetas en Ciudad Juárez, que en esta ocasión celebra su décima versión.
¿Quién es Dolores Castro? La poeta, narradora, ensayista y crítica literaria es una de las primeras mujeres que hicieron dos carreras universitarias juntas: Literatura y Derecho. Entre sus reconocimientos se encuentran el Premio Nacional Sor Juana Inés de la Cruz, Premio Nacional de Poesía de Mazatlán 1980, Premio III Nezahualcóyotl (junto con José Emilio Pacheco), 2004. En 2008, el Instituto Nacional de Bellas Artes le rindió un homenaje a su trayectoria literaria, sus aportaciones a las letras mexicanas y por sus 85 años de vida; también el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2013, y Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura 2014.
Después de ocho años de ausencia, el Encuentro Internacional de Poetas en Ciudad Juárez reaparece para dar realce a un evento de importancia nacional e internacional: la entrega del Doctorado Honoris Causa a la poeta mexicana Dolores Castro. Enmarcando este honorífico evento se encuentra la participación de más de 50 poetas. Escritores internacionales, nacionales y regionales que conforman el también aniversario de este Encuentro que en su momento fue una tradición dentro del mundo de la literatura en esta ciudad. En esta ocasión como participantes internacionales en el Décimo Encuentro encontramos a Susana Rozas (Argentina), Cristiane Sobral (Brasil), Luisa Elberg (Chile), Alejandra Lerma (Colombia), Martha Elena Hoyos (Colombia), Luis Omar (Ecuador), Mireia Ortega Enríquez (Ecuador), Diana Espinal Meza (Honduras, radicada en Ciudad Juárez), Carmen Julia Holguín (chihuahuense radicada en Albuquerque), Héctor Contreras (chihuahuense radicada en Albuquerque), Juan Armando Rojas (juarense radicado en Ohio) y Selfa Chew (juarense radicada en El Paso Tx).
Por parte de la esfera nacional se cuenta con Alejandro Reyes, Estela Guerra, Federico Corral, Javier Peñalosa, Juan María Naranjo, Karla Pedro, Yamilé Paz Paredes, Zyanya Mariana Ascencio, Eudoro Fonseca, Marcela Magdaleno, Luz Elena Becerril, Magdalena Guerrero Martínez, Leticia Herrera, Rafael Cárdenas, Lety Ricardez, Celeste Alba Iris, Olimpia Badillo y Liz Durand. Armando Arenas, Armando Vélez, Arminé Arjona, Carmen Amato, Francisco Romo, Hilda Sotelo, Juan Pablo Santana, Lisa Di Giorgina, Luis Felipe Fernández, Margarita Salazar, Micaela Solís, América Zapata, Dinorah Gutiérrez, Dolores Guaderrama, Edna Ojeda, Jesús Chávez Marín, Lilly Blake, Margarita Muñoz, Margarita Woocay, Olga Varela, Ramón Antonio Armendáriz, Reneé Acosta y Susana Flores, son participantes de la región.
El 22 de octubre en punto de las 5:00 P. M., se inaugurará oficialmente el Décimo Encuentro Internacional de Poetas en Ciudad Juárez, el cual realizará todas sus actividades del 22 al 24 de octubre, con una programación que incluye a varias instituciones y espacios públicos. La entrega del Doctorado Honoris Causa a la poeta se realizará el 22 de octubre en punto de las 7:00 P. M. donde los presentes e invitados virtuales podrán participar del homenaje junto con “Lolita”, como cariñosamente se le dice a la gran poeta.
En 2013 se publicó la edición en inglés de El día que los crayones renunciaron. Desde su lanzamiento, formó parte de la lista de los mejor vendidos del New Yorker y se ha mantenido ahí por 116 semanas. La obra fue ilustrada por Oliver Jeffers, uno de los ilustradores más relevantes de la LIJ. El autor del texto, a diferencia de Jeffers, era un completo desconocido: Drew Daywalt, guionista y director de cine, jamás había incursionado en la literatura para niños. La narrativa desde la perspectiva cinematográfica del autor, sumada a la resolución gráfica de ilustrador, construyen una obra inagotable en discursos.
Daywalt escribió la historia de los crayones en 2004, la envió a su agente y no volvió a recibir noticias hasta el 2013 cuando alguien quiso comprarla. Desde su lanzamiento, se colocó en el gusto de la crítica y el público. El éxito obtenido dio paso a lo más natural en el mercado de la LIJ: una segunda parte. Las secuelas muchas veces son el reflejo de la necesidad de relatar historias de largo aliento, historias que plantean en sí mismas la posibilidad de seguirse contando o de contarse desde una perspectiva distinta.
En 2015 se publicó The day the crayons came home. Aquí Duncan recibe un bonche de cartas cuyos remitentes son distintos a los del primer libro, también son crayones pero de otros colores. Antes el azul, el rosa, el gris y el amarillo se quejaron por ser explotados y renegaron de los roles que se les han impuesto. Ahora el marrón, el rosa fosforescente y el lila se quejan por el abandono y el olvido. Uno fue botado en el sótano, otro en un viaje y otros tantos están rotos o atravesaron por cosas terribles. Estas líneas son distintas a las que se escriben en El día que los crayones renunciaron, ahora tienen un tono de reclamo y tristeza, se saben rechazados y descuidados por su dueño y quieren que él lo sepa. Dos posturas diferentes pero que coinciden porque ambas significan alzar la voz y expresar un descontento. Una postura que su autor defiende y promueve entre sus lectores cuando se reúne con ellos.
Como parte de la promoción y el lanzamiento del libro, Drew realizó una gira por distintos sitios de E.U.A. para encontrarse con sus lectores y responder a sus preguntas. El 12 de septiembre voló de Los Ángeles a Austin para presentarse en BookPeople, la librería más grande y recomendada de toda la capital texana.
Por razones distintas, yo estaba en esa ciudad el mismo día.
La cita fue el domingo 13 a las 2 de la tarde. Llegué un poco tarde y él todavía no estaba ahí. En su lugar estaban unos 50 niños sentados en el piso frente a una fortaleza hecha de cajas de cartón y dos empleados disfrazados de crayones. Cuando llegó Daywalt el público estaba desesperado y, después de una brevísima presentación, les leyó sus partes favoritas del nuevo libro. Explicó la necesidad de darle voz a colores distintos, ver más allá de los mismos de siempre. Con pocas palabras y a partir de los elementos más simples, pronunció un discurso en torno a la inclusión. Un llamado a recordar a los que han quedado en el olvido.
Inmediatamente después empezaron las preguntas del público, en desorden y luego por turnos. Le preguntaron qué les pasó a sus pantalones y por qué los llevaba embarrados de pintura, qué sucedió con los crayones de la primera historia y más detalles de ambos textos. Luego sobre él; dónde nació, dónde compró sus lentes, por qué escribe sobre colores, cómo se le ocurrió la historia de Duncan y por qué está tan loco y por qué está tan loco y por qué está tan loco y por qué está tan loco. La reiterada pregunta de las vocecitas infantiles why you’re so crazy? tuvo cada vez una respuesta diferente y esto generó un juego de risas entre la audiencia.
Respondió con gracia a todas sus preguntas, la mayoría de las respuestas tuvieron que ver con sus hijos y con su propia vida. La última pregunta fue de un niño muy pequeño y más allá de preguntar algo sólo dijo: I’m happy because you write this book. Y él respondió: I’m happy too. Posteriormente habló de sus planes a futuro y, tras establecer un acuerdo de confidencialidad con el público, reveló que está preparando la tercera parte de la historia de los crayones. Nos pidió a todos que le guardáramos el secreto y no lo publicáramos en Twitter o en alguna red social. Juramos que no lo haríamos , yo decidí romper ese acuerdo para publicarlo aquí.
La presentación terminó tras la ronda de preguntas. Se formó una fila para firma de libros. Le dicté mi nombre a una de las encargadas y esperé a que llegara mi turno. Era una de las más viejas de la fila. Llegó mi turno y Drew tomó mi libro, mientras lo firmaba le pregunté si sabía qué era el Fondo de Cultura Económica y no tuvo idea de qué le estaba hablando. Le dije que era la editorial que lo publicó en español. Sabía que su libro había sido traducido a más de 16 idiomas pero no estaba consciente de la difusión y distribución del mismo. Había una fila larga detrás de nosotros, nos despedimos. Quizás este año el FCE traduzca The day the crayons came home, quizá él siga sin saber qué es y cómo se pronuncian sus títulos en español.
Yo no planeé el viaje para encontrarme con Daywalt o para visitar esa librería. Todo se acomodó para que así fuera. Al día siguiente, Drew continuó con su viaje de promoción. Llevó la historia de los crayones a Misisipi , Miami, Atlanta y otras ciudades del país. Yo regresé a casa, también con los crayones en la maleta.
En mi último día en Austin visité una oficina postal. Aprendí a enviar cartas sólo viendo el modus operandi de pegar los timbres, escribir la dirección, el remitente y cerrar con saliva un sobre. Después de algunas indicaciones, los recuerdos fueron depositados en un buzón. Me gusta pensar que los crayones tuvieron que seguir los mismos pasos para enviar sus cartas a Duncan. Me gusta pensar que los libros todavía sirven para ir de un lugar a otro.
Demetri Martin dice que todos los magos son blancos. Según él, no hay magos negros debido al racismo: imagínense a un mago blanco desapareciendo un coche y a un auditorio sorprendido asegurando que vieron magia; pero si un mago negro hace algo desaparecer, todos gritarían: «¡Hey, deténganlo»”.[1] Baste recordar que no es lo mismo la magia blanca que la magia negra. Ciertas palabras, colores, razas tienen características impuestas culturalmente por las que muchas veces ya ni nos preguntamos.
Me llama la atención el racismo estadounidense porque está anclado al tema de lo políticamente correcto y, cuando éste se lleva al extremo, pareciera que estamos frente a un tipo sutil de censura. Si bien esta cultura es el resultado de la suma de casi todas las culturas del planeta, también es un lugar donde casi todas han sido discriminadas, lo cual es un tema político tanto como de comedia. Por ejemplo, Family Guy es una serie animada cuyo humor se construye en torno a chistes políticamente incorrectos. En general esos chistes suelen dar risa siempre, hasta que uno se siente aludido. ¿Qué es lo que nos ofende? ¿Qué nos hace reír? ¿Cuál es el límite entre lo que detona nuestra risa y lo que nos lastima?
En psicología, el humor (en forma de ironía y sarcasmo) es uno de los mecanismos de defensa maduros frente a los problemas. Es una manera de sublimar un impulso ante un evento intenso, de tal manera que uno pueda seguir en equilibrio.
El humor tiene la posibilidad de poner en jaque un tema, un personaje, una situación; de conmover sin tocar, sin que se note el paso de un sentimiento a otro: de la risa al llanto, del enojo a la reflexión, del miedo al entendimiento. ¿Será que el humor políticamente incorrecto busca ofender solamente o provocar para generar un momento de reflexión? Es como la Ley Cunningham,[2] según la cual, por ejemplo, la mejor forma de obtener una respuesta en internet no es haciendo una pregunta sino publicando la respuesta equivocada. Esto desata que muchos quieran dar su punto de vista o corregir el error, se da lugar a una discusión pedida veladamente sobre cierto tema y la respuesta es mucho más rica.
En una clase de video en La Esmeralda, un compañero hizo un collage para demostrar cómo el sufrimiento ajeno causa risa. Empezó con bloopers de pequeños resbalones, pasó a otros en patineta o bici que se lastiman y algunos se ríen. Los videos fueron subiendo de tono hasta llegar al suicidio de un congresista norteamericano frente a un auditorio y grabación televisada en vivo (en su momento). Aunque nos reíamos al principio, al final todos estábamos en silencio y con ganas de vomitar, enojados otros y sólo el maestro rompió el silencio y dijo: «Joao, cuando vayas a presentarnos un video de alguien suicidándose, por favor avísanos antes para saber si queremos o no empezar así el día». La clase era a las 8 am.
Este último nivel de violencia suele ser censurado. Queda claro que ver a alguien morir o matarse está del otro lado de algún límite invisible. Recuerdo que el video anterior a ese era el de un niño con sobrepeso que se sube a un juego mecánico con su madre y grita desconsolado que lo apaguen mientras su madre se ríe de él, pensando que le da mucho miedo el juego. En realidad, el chaleco-cinturón de seguridad no se había atorado bien y, a diferencia del resto de pasajeros del juego, el niño estaba siendo lanzado y luego tirado a caída libre sin mayor protección que la fuerza de sus brazos para detenerse. La madre se reía debido a su ignorancia ante la situación, nosotros como espectadores podemos decidir si reír o no, pero nunca será la misma risa que la de la madre: nosotros sabemos que el niño grita porque cree que va a morir y en su realidad y en ese momento, es posible que caiga y muera.
El miedo ajeno suele ser gracioso, sobre todo si sabes que no hubo consecuencias letales; con todo, para muchos ahí se dibuja un límite debido a la empatía con el dolor ajeno que hace imposible que lo encontremos chistoso. Ese video escolar de Joao marcaba muy bien esa pauta, era un termómetro para ver dónde comienza esa empatía hacia el otro, así como en qué momentos la empatía se diluye y el otro se vuelve un objeto de comedia, de entretenimiento.
Como forma de límite, lo políticamente correcto censura por respeto al otro. Para vivir en armonía, como pasa con el amor, el respeto debe ser recíproco. Si no hay respeto mutuo jamás habrá tolerancia. Hay límites y no son otros que ese lugar casi común de que tu libertad acaba donde empiezan los derechos de los demás. En el caso de la libertad de expresión se teme el poder de la palabra, de su capacidad de mover masas, de invitar a dañar a otros, de su fuerza para conmover inesperadamente, para denunciar o para construir algo nuevo.
La censura no se hace esperar cuando quien habla no hace cumplidos al sistema imperante. De ahí que la imagen también sea vehículo de discursos y un arma poderosa que haga sentir intimidado al aludido. Una imagen puede destruir vidas, como en Las reputaciones de Juan Gabriel Vázquez, cuyo protagonista, Javier Mallarino, es un dibujante que durante parte de su vida adulta se dedica a hacer cartones políticos, y a través de uno cambia la vida de un político colombiano, luego de una niña que está de visita incidentalmente en su casa una noche y pronto causa el suicidio del primero.
El miedo hace que el discurso que se quiere transmitir sea velado. Que un doble sentido acoja y esconda uno mayor. Los niveles de lectura harán justicia. Por eso la literalidad limita la capacidad de hacer brillar un sentido (dándole múltiples) y la magnitud de la interpretación. En la novela citada, Mallarino asegura que no hay nada mejor que un humillador que se vuelve el humillado; se reconoce a sí mismo como un francotirador de reputaciones ajenas. El caricaturista se vio obligado a vivir escondido entre la maleza, disparar como lo hacen los verdaderos francotiradores, mirando y cazando desde lo alto de un edificio, lejos de los ojos que lo miren de vuelta. Una imagen conmueve o decide callar por diferentes razones. Para Mallarino, imaginar es recordar el futuro. Si bien no tiene control sobre el pasado, puede prever claramente lo que está por venir:
¿No era eso lo que hacía cada vez que dibujaba una caricatura? Imaginaba una escena, imaginaba a un personaje, le asignaba unos rasgos, redactaba en su mente un epigrama que fuera como un aguijón forrado de miel, y luego de hacer eso tenía que recordarlo para poderlo dibujar: nada de eso existía en el momento de sentarse frente a su mesa de trabajo y sin embargo Mallarino era capaz de recordarlo, tenía que recordarlo para ponerlo en el papel. Es muy pobre la memoria que solo funciona hacia atrás.[3]
En este sentido, dibujar no es tan diferente de soñar. Pasa a veces que la imaginación es callada a la fuerza; la censura es silencio impuesto. Y para que sigan existiendo esos espacios soñados primero se requiere un mundo donde haya libertad de expresión.
Luis Ortiz Monasterio (1906-1990), escultor mexicano, estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas bajo la tutoría de Arnulfo Domínguez Bello, José Fernández Urbina e Ignacio Asúnsolo. Radicó en Estados Unidos, donde conoció la obra de Rodin, Archipenko, Brancusi y Lehmbruck. Enseñó en la Escuela para Maestros Constructores, las escuelas de la Secretaría de Educación y la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Además, fue presidente del Seminario de Cultura Mexicana, miembro creador de la Academia de las Artes, fundador de la Esmeralda y del Salón de la Plástica Mexicana. En vida recibió distinciones como el Premio Nacional de Escultura, el Premio Secretaría de Educación Pública, y el diploma y medalla otorgadas por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Su trabajo transitó del nacionalismo a las vanguardias emergentes, con influencias tanto americanas (tolteca y azteca) como mundiales. Trabajó monumentos públicos (el Monumento a la Madre, la Fuente Monumental de Netzahualcóyotl y la Plaza Cívica de la Unidad Independencia, entre otros) y obras de libre creación (Bailarines, El pensador, Maternidad, La victoria, Razas, El nacimiento de Apolo, son algunos ejemplos).
El escultor mexicano fue reconocido y estudiado por los críticos del arte Jorge Juan Crespo de la Serna y Justino Fernández. El primero asemejó su obra con el lenguaje contemporáneo de escultores como Brancussi, Henri Laurens, Lipchitz y Matisse. Identificó sus piezas con lo terráqueo por los materiales que utilizó (madera, terracota, mármol, cemento), por su creación horizontal, su recogimiento apretado y su integración humana a la tierra. Relacionó su trabajo con la arquitectura, asentándolo cuando entendió a la Fuente de Nezahualcóyotl de Chapultepec como «una estupenda síntesis de arquitectura y escultura, tanto desde el punto de vista funcional como ornamental».[1] Por su parte, Justino Fernández refirió que Ortiz Monasterio fue uno de los escultores contemporáneos de mayor valía y originalidad, con un sabio manejo de las configuraciones y que supo combinar «magistralmente la sensualidad de las formas humanas con la rigidez de las estructuras mecánicas…»[2]
Al día hoy su obra se esconde en los barrios de la Ciudad de México: la colonia Cuauhtémoc acoge el Monumento a la Madre, el bosque de Chapultepec a la Fuente de Nezahualcóyotl y el Salón de Plástica Mexicana realizó recientemente una muestra sobre su obra en pequeño formato. Y a pesar de que Ortiz Monasterio no lució en la pobre exposición Modernidad y Vanguardia/Luis Ortiz Monasterio 1906-1990 del SPM (se exhibieron escasas 15 piezas), y no se ve en la explanada que divide las colonias Cuauhtémoc y San Rafael (por ser una obra monumental que pasa desapercibida), la grandiosa Fuente de Nezahualcóyotl es un ejemplo perfecto del espacio poético: porque aun sin agua, aun escondida, atrae, conquista, impone, concilia, pero sobre todo: permanece.
[1]Luis Ortiz Monasterio. Escultura, Academia de Artes. INBA, México, 1970. [2]Op. cit.
No sólo ocurre en México, pues en el panorama internacional la cultura emergente se constituye de instantes. Para el arte más joven es complejo pensar en el futuro y las exigencias de una carrera a largo plazo. Se tiene una noción del «aquí y ahora», además eso le agrega una carga de emoción insustituible. Con cierta clase de grupos viene aparejada una idea de urgencia e inmediatez. Tengo el convencimiento de que ello aporta un sentido completo y no es necesario esperar a que cuaje cualquier indicio de posteridad. Hay un intenso presente que trae consigo un vértigo sin parangón.
Parece que en el país se toma con suspicacia cuando algún grupo tiene un acelerado desarrollo y pasa de la nada a un ocupar lugar en los medios más importantes y ascender súbitamente en los lineups de los festivales. A eso se le considera un hype; sobra decir que en la tierra del sospechosísimo, el tráfico de influencias y los conflictos de interés, habrá ciertos casos en los que la ayuda externa contribuya de forma decisiva para catapultar a un principiante, pero también sería prudente especular que a otros tantos los empuja nada más y nada menos que su propio talento, lo que debería ser un argumento inapelable.
Considero importante que ciertos sectores de la promoción se entusiasmen con esos brotes de talento emergente y les ofrezcan espacios; si las propuestas encuentran una notoria respuesta por parte del público, no tendría nada de malo ese tipo de procesos tan súbitos. La historia del rock and roll está plagada de ejemplos maravillosos. En México parece que somos más rácanos y quisquillosos. En algún momento incomodó la velocidad con la que Austin Tv, Hello Seahorse, Sonido Gallo Negro y otros tantos crecieron. Todavía es momento en que a Little Jesus se les escatiman sus logros (y proyección internacional), y se les sobaja como parte del fenómeno hípster.
Tendríamos que apegarnos mucho más al análisis de la música que ofertan y a los puentes de comunicación que tienden con sus escuchas. Si la cantidad de seguidores se incrementan exponencialmente en un corto tiempo es que algo deben tener las piezas en cuestión. Incluso me parece que es importante que el propio periodismo se involucre y haga sus apuestas; al tirar los dados también se expresa una postura y una manera de entender las cosas.
Valga todo lo anterior al momento de abordar el debut de un proyecto mexicano que inició como una pareja de hermanos y que, a velocidad luz, llamó la atención del público y medios, multiplicó sus presentaciones y terminó por robustecer su alineación hasta completar una banda.
Sotomayor comenzó con Raúl y Paulina; básicamente así fue como concibieron Salvaje (Tropic-All, 2015), un disco debut en el que también depositaron lo aprendido en Beat Buffet (allí estuvo Raúl), en donde recurrían a la electrónica y al hip-hop. Esas bases sirvieron para enfrentar su siguiente incursión con mayor enfoque y herramientas técnicas.
Los vientos que soplan en el actual conjunto de artistas nacionales, nos dejan entrever que existe mayor preparación en lo instrumental y una mayor amplitud de miras para hacerse de referencias. Es difícil que gente de la misma edad que los miembros de Sotomayor se apegue a purismos y limitantes que sólo se concebían en el pasado. Cierta acometida del pulso afterpop hacer posible que las viejas fronteras se derrumben y los géneros choquen y se entrecrucen con total libertad y virulencia.
En «Cielo» —un estupendo sencillo— el entorno electrónico abreva totalmente del pop para llevar adelante a los sonidos afroantillanos. No es extraño trazar conexiones con otros proyectos como Bomba Estéreo. Se trata de un pulso generacional que también los acerca a Mr. Pauer, a los miembros del colectivo Zizek en Argentina e incluso a los colombianos de Choc Quib Town, entre otros.
De repente en «Una linda mañana» bajan la velocidad y dejan que los efectos conduzcan la parte veleidosa y cachonda. Recordemos que pertenecen a una generación que creció con Nortec, Sussie 4 y Sara Valenzuela (a la tapatía se le debiera aquilatar mucho más).
Salvaje es un disco sofisticado, en el mejor sentido de la acepción, lograron controlar y dosificar cada uno de los elementos para que el fluir latino entre en perfecto equilibrio con la parte de electro-pop que, se intuía, hubiera podido adueñarse de la mayoría del sonido. «Morenita» es un ejemplo perfecto de lo anterior.
Les vino muy bien tener como coproductor a Edi Kistler, bajista de Liquits, quien aportó la experiencia que sólo se logra con una larga carrera dentro de la industria musical. En un momento en que los discos suelen irse haciendo más cortos y con una cantidad de sencillos muy justa, debemos destacar también «Pum Pum» y «Selva», con evidentes puntos de contacto a lo que están haciendo Mariel Mariel (Chile) y La Yegros (Argentina), por tomar dos ejemplos.
El álbum se completa con una estupenda portada a cargo del destacado artista Alejandro Magallanes. No se dejó de lado ningún aspecto para conseguir que la potencia de canciones como «Tu canto» lucieran en todo su esplendor, todo un Caribe atómico.
Ya lo dijo el poeta Gabriel Celaya: «el arte es un arma cargada de futuro». No cabe duda de que lo emergente dispara por doquier.
Nota: Sotomayor se presenta el próximo jueves 1 de octubre a las 20:00 Hrs. En el Centro Cultural del Ferrocarril de Pachuca junto a Mariel Mariel, Boogat y Ponce en un concierto llamado Ecléctica es la noche, que es parte de la Feria del Libro Infantil y juvenil Hidalgo 2015. La entrada es libre.
Michel Houellebecq declaró a propósito de la publicación de su poesía reunida «siempre tengo un sentimiento negativo hacia las cosas. El sufrimiento se me comería crudo si no le pusiera una estructura, si articulo ese dolor en un poema estoy salvado. El poeta bascula entre la amargura y la angustia, y a veces experimenta un momento de remisión que le permite crear», estas preocupaciones están presentes en la poesía de Diego José, en su más reciente libro: Cicatriz del Canto (Cecultah, 2014) asistimos a este fenómeno, pues el volumen de poemas es una elegía a la poesía. En sus versos experimentamos la decantación de una voz poética que ha evolucionado a lo largo de tres lustros. Los ocho capítulos que edifican el libro llevan el sino del interés máximo del poeta: radicar en la trasparencia del lenguaje y la voz del yo poético como un medio para santificar la palabra. Sin embargo, esta sacralidad de la poesía no pretende crear ningún dogma, por el contrario, su visión estiba en la actitud del poeta contemplando al mundo y tratando de interpretarlo. Es como lo describía el bardo sirio Adonis, quien afirmó: «Resulta imposible definir la poesía. No es más que un medio de expresión de las ideas y del pensamiento, por eso es que están íntimamente ligadas aquellas con éste. El poeta es un creador y la poesía un proceso creativo, en el cual me desenvuelvo de forma plena y con el que sin duda alguna me siento mucho más cómodo que con cualquier otro. Para mí no hay arte o estilo artístico como tal sino que hay artistas que son los que se expresan, los que crean». Tal como se nos presenta el libro, en los versos de «Alba»:
Soy un poeta de carne y hueso
y mi palabra es carne y hueso.
O como lo explica en el cuarto poema del segundo capítulo «Umbral»:
La palabra es algo distinto a un asidero,
su anclaje no es atadura, sino trayectoria.
Octavio Paz escribió alguna vez un ensayo sobre traducción en donde explicaba: «Una reflexión del Dr. Johnson: “Una brizna de hierba es siempre una brizna de hierba, tanto en un país como en otro… Los hombres y las mujeres son mis objetos de estudio; veamos pues cómo estos se diferencian de aquellos que hemos dejado atrás”). La frase del Dr. Johnson tiene dos sentidos, y ambos prefiguran el doble camino que había de emprender la Edad Moderna. El primero se refiere a la separación entre el hombre y la naturaleza, una separación que se transformaría en oposición y combate: la nueva misión del hombre no es salvarse, sino dominar la naturaleza; el segundo se refiere a la separación entre los hombres. El mundo deja de ser un mundo, una totalidad indivisible, y se escinde entre naturaleza y cultura; y la cultura se parcela en culturas. Pluralidad de lenguas y sociedades: cada lengua es una visión del mundo. El sol que canta el poema azteca es distinto al sol del himno egipcio aunque el astro sea el mismo. Durante más de dos siglos, primero los filósofos y los historiadores, ahora los antropólogos y los lingüistas, han acumulado pruebas sobre las irreductibles diferencias entre los individuos, las sociedades y las épocas. La gran división, apenas menos profunda que la establecida entre naturaleza y cultura, es la que separa a los primitivos de los civilizados; en seguida, la variedad y heterogeneidad de las civilizaciones. En el interior de cada civilización renacen las diferencias: las lenguas que nos sirven para comunicarnos también nos encierran en una malla invisible de sonidos y significados, de modo que las naciones son prisioneras de las lenguas que hablan. Dentro de cada lengua se reproducen las divisiones: épocas históricas, clases sociales, generaciones. En cuanto a las relaciones entre individuos aislados y que pertenecen a la misma comunidad: cada uno es emparedado vivo en su propio yo».
Considero que esta separación entre la naturaleza y la vida moderna está presente, especialmente en los capítulos «Páramo» y «Cima», donde el poeta hace una apropiación de las preguntas filosóficas de la humanidad desde una explicación poética de la vida, cito:
Arroja tu vanidad entre los espinos,
hazla quemar en un fuego de rosas,
que nunca más retoñe
su pincho envenenado,
que no halle en su tierra la raíz
ni medio día su arboleda,
arroja tu vanidad a los cuervos:
nada tuyo te pertenece,
ni siquiera lo que has amado
y tan devotamente construiste.
Sé discreto con la hierba
-humilla tu vanidad te lo digo
despierta con el día,
trabaja.
Entre otros muchos autores y momentos, Cicatriz del Canto contiene el hondo calado de la voz de autores como Pere Gimeferrer, Salvador Elizondo, Juan Domingo Arguelles, José Ángel Valente, Efraín Bartolomé ó Luis García Montero, en particular a la definición que este último hizo sobre la llamada «nueva sentimentalidad», al decir que: «En una sociedad fuertemente industrializada no existe un lugar cómodo para los asuntos gratuitos, es decir, para las prácticas que no tienen una utilidad inmediata. Dentro de las ciudades modernas los poemas se han visto abocados al ruidoso carnaval de la marginación, construyendo con su propia miseria su grandeza. Gentes extrañas, ciudadanos al margen del utilitarismo social del lenguaje, los poetas apostaron por sus peculiaridades, haciendo de la literatura un ideal de vida, y en consecuencia, del vitalismo, una de las características fundamentales de la poesía moderna. Así, respetando la mitología tradicional del género (lo poético como el lenguaje de la sinceridad), surgieron dos caminos aparentemente muy diferenciados pero que son en realidad las dos cabezas de un mismo dragón: la intimidad y la experiencia, la estilización de la vida o la cotidianización de la poesía. Unas veces el sagrado pozo del poeta sale a la luz en sílabas contadas; otras, es la vida diaria —esa inquilina embarazosa— la que se hace poema. Y siempre como telón de fondo la vieja sensibilidad, que se ofrece a la literatura o que recibe su visita, abandonada a la azarosa fortuna de la inspiración.
Pero si olvidamos los encantos de la ingenuidad como base de la actitud crítica, si escogemos una postura inquisidora que levante la cabeza por encima de los mitos, del sentido común y de sus falsas evidencias, comprenderemos que el poema es también una puesta en escena, un pequeño teatro para un solo espectador que necesita de sus propias reglas, de sus propios trucos en las representaciones. La fundación mítica del yo sensible, cimiento de la moral burguesa, utiliza la poesía para reproducirse precisamente por su irrealidad. En un poema siempre hay muchas más cosas que la originalidad de un poeta», Diego José conoce de sobra las cabezas del dragón en comento, ha experimentado la savia de la tradición poética y lo hace evidente la construcción de un universo personal (imágenes y objetos) que edifican una imaginería identificable, que no repetida ni efectista, en cada uno de sus versos:
Ya no me duele la ausencia de las alas,
ahora puedo levantarme
y caminar sobre la tierra.
O como bien lo apunta en los últimos versos del libro:
Abro los ojos
he vuelto…
Entre mis manos
sólo Amor:
coge los pétalos,
no temas a las cicatrices.
La publicación de Cicatriz del Canto nos significa la culminación de un proyecto de más de 7 años de escritura y un trayecto de más de 15 años de búsqueda poética de Diego José. Así mismo representa para la poesía hidalguense, una enseñanza continuada sobre la humildad del bardo frente al oficio de poeta, y es, desde la proporción guardada, el eco de lo que Rilke dice en su primer carta a un joven poeta: «Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo». Porque eso, eso que se lee fácil pero que en realidad es lo más complejo, es lo que hace Diego José en Cicatriz del Canto y en su vida misma.
Hace unos meses, alguien me afirmaba que no se podía hacer historia con la fotografía porque no era una fuente de información «real» y por lo tanto, objetiva. En realidad, las imágenes (ya sea fotográficas o pictóricas) son representaciones de la realidad material, igual que los textos que registran gran parte de la historia de la humanidad. Ante esta afirmativa no respondí nada y todo quedó en una mera anécdota y en la reflexión interna de lo que debí de haber dicho pero que no dije. Sin embargo, vuelvo a ese recuerdo porque ahora cobra mucho más sentido para mí. En general, soy una defensora de la imagen y con eso me refiero a que estoy constantemente justificando su importancia como fuente histórica y como medio indispensable para la enseñanza de la historia.
La fotografía contemporánea y antigua es importante para observar nuestra evolución, las formas y los modos de ser y de hacer de los humanos. No por nada existen eventos de gran relevancia —en el mundo y en nuestro país— en los que se condecora la fotografía, a los fotógrafos y el acto fotográfico. En México, uno de los eventos más importantes de este rubro es el Encuentro Nacional de Fototecas, celebrado cada año (desde hace dieciséis) en el estado de Hidalgo. El encuentro es una labor realizada por parte del Sistema Nacional de Fototecas (SINAFO) que forma parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en el que durante tres días se presentan mesas de exposiciones en las que se abordan temas como la historia de la fotografía, la identidad, la memoria visual, y la labor de las fototecas en México. Además se abren talleres y se hace una presentación del número en turno de la revista Alquimia, proyecto en colaboración con el SINAFO, el INAH y el CONACULTA. El objetivo principal del encuentro es promover el estudio entre diferentes disciplinas que parten de la fotografía como documento de estudio y como medio de creación para expresarse.
En el marco del Encuentro Nacional de Fototecas se hace entrega del Premio al Mérito Fotográfico a tres creadores cuya trayectoria ha sido de gran importancia para el desarrollo de la fotografía en nuestro país. Este año el premio fue para artistas que se desenvuelven en géneros distintos: Alicia Ahumada (1956), quien además de ser fotógrafa documentalista, fue una de las fundadoras de la Fototeca Nacional; Elsa Medina (1952), fotoperiodista mexicana que ha trabajado en medios como La Jornada, y Arturo Fuentes (1953), quien retoma el paisajismo y el uso de proceso antiguos en la creación de sus imágenes. Con motivo de estas distinciones, el INAH realizó algunas entrevistas en las que cada fotógrafo comenta la forma en la que se iniciaron en este oficio y sus impresiones sobre las imágenes. Sus declaraciones son relevantes, pues tienen sentido —por lo menos para mí— sobre la importancia de la fotografía en distintos niveles.
En el discurso de Elsa Medina se reflejó el sentimiento de impotencia y el duelo actual de quienes se desenvuelven en el ámbito periodístico de la fotografía. La artista dedicó su reconocimiento a Rubén Espinosa, fotoperiodista que fue asesinado el pasado 31 de julio en la Ciudad de México, junto con Yesenia Quiroz, Mile Virgina Martín, Alejandra Negrete y Nadia Vera. La fotógrafa tenía algo que decir y lanzó preguntas que hacen reflexionar sobre la violencia en la actualidad: «Me pregunto, y quizá ustedes tengan una respuesta, cómo nos verán dentro de 100 años, qué dirán las fotografías de lo qué está sucediendo, qué dirán quienes las vean, cómo se analizaran. ¿Qué dirán entonces las imágenes de los 43 estudiantes de Ayotzinapa hasta ahora desaparecidos? ¿Qué les dirán de nosotros como sociedad a los mexicanos del futuro? Es una responsabilidad del gobierno no hacer como que no pasa nada». Para Elsa, la fotografía está estrechamente vinculada a la historia personal de cada individuo «creo que los relatos de familia van conformando la historia gráfica de tu vida, y que casi en todas partes, pues hay donde aún no sucede, la gente tiene una historia de su vida fotografiada».[1]
La opinión que cada fotógrafo tiene sobre su trabajo es algo que es importante rescatar para entender mejor el sentido de sus imágenes. Para Alicia Ahumada, por ejemplo, la fotografía ha sido un «hilo conductor para ir por la vida». Ahumada es una fotógrafa que además ha pasado mucho tiempo en el cuarto oscuro imprimiendo. Por ello, el premio que recibe este año laurea su visión humana por las fotografías que ha realizado de comunidades indígenas y por ser alquimista, esto en referencia a su trabajo de años como impresora para Graciela Iturbide y Mariana Yampolsky. La perspectiva que tiene Ahumada sobre la fotografía es de compañía y de amparo: «Me hacía valiente, podía viajar sola sin sentirme desubicada. Creo que la soledad es la que me ha llamado finalmente y la foto ha sido una compañera. Ha sido mi sustento y ha sido un sustento muy generoso, nunca me ha abandonado […]». A pesar de que el documentalista registre actividades humanas, su práctica fotográfica es meditativa; el proceso creativo un ejercicio de reflexión interna.
Por otro lado, Arturo Fuentes es un artista documental que ha vivido la fotografía a través de su experiencia en las calles de la ciudad. «Siempre he sido un vago, siempre me ha gustado la calle. Siempre pensaba ser un corresponsal de guerra cuando me gustaba el rollo del fotoperiodismo, me encantaban los trancazos. De hecho mis primeras fotos son de una manifestación del primero de mayo de 1985 […]». Fuentes, a diferencia de Elsa Medina y de Alicia Ahumada quienes tuvieron una influencia importante de Nacho López, se acercó a la fotografía de manera autodidacta. Lo que destaca en su trabajo es que hace uso de procesos fotográficos antiguos.
La importancia de la fotografía como «documento» radica en su naturaleza de registro y por supuesto que es posible realizar estudios históricos con ella. De otra manera, las labores de conservación, resguardo, catalogación y difusión de las fototecas incorporadas al SINAFO, así como los esfuerzos del INAH por realizar eventos que giren en torno a este oficio serían absolutamente infructuosas. Por fortuna, el Encuentro Nacional de Fototecas reúne a investigadores, críticos y artistas con una visión significativa de la fotografía como patrimonio histórico de nuestro país y rescata la valoración que de cada trabajo; a través de sus reflexiones permiten que nos acercarnos al significado de hacer fotografía, y a que nuestra visión como espectadores no se limite a la lectura y la crítica que podamos hacemos de las obras.
Las fotografías de la actualidad quedan como una huella que será analizada en el futuro, serán fuentes «mudas» que representarán algo desde el discurso de quienes las analicen. ¿Las fotografías producidas en nuestra época mostraran la realidad fidedigna de lo que aconteció? No. Pero su objetividad y veracidad podrán ser analizadas con mayor detenimiento y con el apoyo de otros documentos y, al mismo tiempo, éstas servirán de complemento para otras fuentes históricas.
Era la temporada en que a la Petra y a mí nos amanecía en aquella alcantarilla-bar, hablando de lo divertido que sería borrar del mapa a una culera que odiábamos, cuando un chiflido en el silencio entre canciones nos hizo mirar de reojo un rinconcito detrás de la rocola. Ojo rasgado, pelo negro azulado, flaca y descosida cual gata que amamantó pirañas como crías. Era la travesti más triste del mundo. Sentada con una pierna cruzada encima de la otra, hablándonos con el acento distorsionado de quien ha atravesado fronteras siniestramente con el afán de lograr el futuro, el avant-garde mental, la pesadilla de los leggins everywhere, con voz interracial e intersexual aunque un poquito tarada.
—Pero que salga bonita, mija. Como soy —dijo estirando a la Petra su teléfono celular.
En un acto de contorsionista psicótica pasó de ser la travesti más triste a una feliz edecán de embutidos y queso plasticoso que en los pasillos de la vida guiña el ojo o mueve el culo a los padres de familia que no les queda más que comerse de un mordisco el trocito de lo que será un cáncer gástrico. Cáncer gástrico con metástasis era esta vestida insolente que nos había agarrado de sus fotógrafas. A nosotras que sólo pensábamos en las mejores maneras de borrar alimañas de nuestro territorio. Más yo que la Petra, que se juntaba conmigo sólo para verse travolta mala.
Improvisando esa sesión de cantina nos preguntamos para qué querría fotos mostrándose feliz esta vieja travesti. Tan fea, tan sureña, tan mezclada. ¿Imágenes de sí misma en el glamour de la soledad? Qué nefasta. ¿No conocía las selfies? ¿Por qué no se autorretrataba fingiendo no darse cuenta, como hacen las culeras a las que tanto odiábamos? Simulacros de diversión y excesos: mala muerte, cerveza tamaño caguama, ambientes festivos en medio de columnas de humo, y ella en plan jovial, en huerca chiflada, en el nada extraño caso de la doctora Jackie y Misery trans. Se metamorfoseó apenas el ojo de su cámara la apuntó. A cada flash, una nueva pose. Se reía a carcajada suelta estirando su mano que al instante era besada por pretendientes invisibles. Loca de atar. Fingida felicidad en formato 1:1 para que las de su pueblo la envidiaran. Eso pensábamos cuando de repente dijo:
—Yo les hago el trabajito.
Nos quedamos pendejas la Petra y yo. A pesar de la edad, la travesti tuvo oído para escuchar nuestra sarta de deseos de asesinas seriales. Ella acabaría con cualquier antropomórfica infestación de garrapatas que obstruyera nuestro camino. Ahora nos debía un favor. Era un intercambio de guante blanco, en frío, sin ligue emocional. Ni ella diría quién le tomó las fotos ni nosotras quién acabó con la culera que aborrecíamos. Sólo una culera, precisó. No hago exterminio de plagas. ¿Tomar fotos a cambio de que se deshagan de tu peor enemiga? No lo hubiéramos imaginado nunca. ¡Magnífico! Le guiñé un ojo.
—¿Pero cómo? —cuestionó la Petra.
—Mi nombre se lo debo a La Bestia. Soy la Devoravidas.
No sabíamos que aquella pregunta costaría que nos echara en la jeta su monólogo. Se había subido por primera vez a La Bestia en sentido contrario. Por imbécil. De México a Honduras. Enculada de un cabrón que le daba piedra y su anaconda personal. Conoció primero el sur vecinal que el norte soñado. Cuando el cabrón dijo estar harto y quiso regresarse, ella lo siguió y con un arañazo lo echó a las vías. Luego los Mara Salvatrucha la adoptaron usándola de guachimán en los vagones del tren. Cientos de viajes en tramos cortos. Vivía empedrada, envuelta en humo, nostálgica. Su función en el tren de la muerte era la de guadaña. Cortar cabezas. Decir quién tenía y dónde su dinero. Extorsionar, asaltar, incluso sodomizar. ¿Sodomizar? ¡Hasta el fondo! Aprendió a darle de comer a La Bestia arrojando a los majes que se negaban a entregar sus pertenencias. Mentando la madre por pisto. Se volvió una catrina. Débora, la Devoravidas.
—Eres toda una asesina —dijo la Petra que se sentía identificada con su historia pues también ella era migrante e incluso mató para sobrevivir.
—No más que tus leggins, mija —señaló aquellas carnes apretujadas bajo la lycra. Y aquello era cierto porque a la Petra le habían dejado en la entrepierna más bien el antes que el después de un labio leporino con paladar hendido. Pero todo junto y mal engrapado, con sonrisa de nervios y con harta hambre.
—¿Y para qué son las fotos? —pregunté para evitar el roce entre ellas.
—Para un deudo.
—¿Pariente del que estabas enculada? —siguió de insolente la Petra.
—No, niña, es para uno que va a dejar el odio de tu amiga.
—Estás loca, nosotras estamos borrachas.
—No queremos matar a nadie —terció la Petra—. Mejor vámonos.
—Esperen, yo tampoco quiero matar a ninguna culera. Hablemos claro. No vine huyendo de la migra para que se acabe la diversión. Si me quedaba en Honduras me mataban por trans. Si me subía a La Bestia me mataban por ir en transmigración ilegal. Que la maten a una es muy trans. Quiero que lo entiendan. Cuando una es migrante y encima trans es la doble de sí misma. O dos veces una pero entera por fin. Una está dividida por lo que dejó y por lo que encontrará. Pero cuando una mata por fin completa el ciclo de víctima y asesina.
—Pensábamos que eras travesti. ¿Desde cuándo eres trans?
—¿Entonces migrar cuesta la vida?
—Así es, niña. Por eso vengo a que me tomen fotos en las que simulo ser una mujer feliz. Feliz y de fiesta. Estoy atrapada en lo que llaman fuga disociativa.
—O sea que, encima de serlo, ¿estás loca?
— Ten cuidado, culera, porque yo vencí a la mismísima Bestia. —¿Entonces para ti esto es una fiesta? ¡Qué raras son las fiestas allá en el sur!
La Devoravidas sacó de su bolso de mano una botellita oscura y se puso unas gotas detrás de las orejas, en el cuello y en el interior de los codos. Enseguida arrastró a la Petra a la pista de baile. Se abrazaron tan fuertemente que no se entendía si se restregaban de alegría o peleaban por separarse.
—¡Son poppers! —gritó la Petra cayendo desinflada al piso—. ¡Tu maldito perfume son poppers! ¡Ay, mi corazón!
En ese momento vi mentalmente la fotografía de una travesti vieja pero feliz. Petra agonizaba en el piso. Me acerqué sigilosa agarrándome del brazo de la Devoravidas que todavía hedía a poppers. La señora guadaña había pasado encima de la Petra. Y el tren de la muerte. La Bestia y la Devoravidas también. Cubrí su cara de muerta con las faldas que llevaba puestas, dejándole el sexo trans al aire.
—Ay, ni que le hubiera quedado tan bonita la jarocha —dijo la Devoravidas. Y nos fuimos con los brazos entrelazados buscando el cuarto oscuro antes de que amaneciera.