Tierra Adentro
AmyThunderbolt, DevianArt.

 

Los años ochenta suponen un momento de cambios paradigmáticos en la historia del cine norteamericano. Alejados de las nuevas olas de las dos décadas anteriores, los fenómenos que ocurren para la industria cinematográfica son consecuencia de los nuevos hábitos de los espectadores, animados por una moral de consumo y de emancipación juvenil controlada desde el star system que se ancló en las cúpulas gubernamentales de los Estados Unidos. En medio de este contexto, la inocencia adolescente se hace de la gran pantalla a partir de una película entrañable: Volver al futuro (1985) de Robert Zemeckis.

Steven Spielberg, quien representa el eterno ímpetu del sueño adolescente occidental, se convierte desde inicios de los ochenta en el «rey midas» del cine y consigue proponer e impulsar una serie de valores específicos para la gran clase media norteamericana. En las películas que encabeza, principalmente como productor, se promueven lecciones morales, simples, maniqueas y reflejan lo que el país más poderoso del mundo desea de sus pubertos, desde las relaciones interpersonales hasta su futuro profesional.

Para el estreno de las aventuras de Marty McFly (Michael J. Fox) y compañía, la generación desfachatada que creía en el amor libre y en la inutilidad de las guerras se ha olvidado, y estamos todavía lejos de la descendencia noventera decepcionada y sin esperanzas que tendrá que enfrentarse al «mundo real» sin mayor defensa que su cinismo. Sin embargo Zemeckis y su guionista de cajón, Bob Gale, intentan recuperar, con una trilogía evidentemente esperanzadora, la época específica donde las buenas costumbres y la imagen constituyen la base del éxito y de las condiciones materiales a las que todo hombre occidental debería aspirar.

Por un lado, es la generación de Spielberg, Lucas, Zemeckis, Hughes, etcétera., la que precisa traer parte del modelo de producción que posicionó a la TV en las mentes y corazones del público. El espectador promedio, aquella mente de suburbio gringo, se vio infantilizada tras una década de guerras gracias a que las marcas y productos comerciales financiaron su educación visual. Volver al futuro demuestra su fe hacia dicho patrón y vende cada escena y cada gag a una serie de corporativos por demás conocidos, desde el refresco popular hasta la más cotizada marca de vehículos de la época. Cada aparición de una marca comercial patrocina una nostalgia, la añoranza de un momento donde no había preocupación por una intervención militar, donde cualquiera podía dormir tranquilo tras tomar un vaso con leche de chocolate y ver el General Electric Theater –emisión televisiva que dio popularidad al futuro presidente Reagan–.

Por otro lado, Spielberg, Zemeckis y Gale son los hijos del suburbio que desean no preocuparse por una crisis nuclear e intentan por todos los medios jamás cortar el cordón con el terruño donde todo es más sencillo, tanto así que antes de animar al adolescente a madurar y convertirse en un hombre de bien —con todo y una Cuatro por Cuatro— cumplen su sueño infantil: inventar el rock & roll y ser el objeto de amor de su propia madre.

Hasta aquí se puede ver que las concepciones de Volver al futuro son más un pretexto para una moral que una propuesta sobre la fantasía o la ciencia ficción. Un guion donde toda broma y todo detalle tendrá su cabo atado es el medio por el cual se declaran, en primer lugar, los principios de la política estadounidense y, en segundo lugar, se ve reflejada la condición de Hollywood en la época. Es decir, el joven ochentero se identifica con el de los años cincuenta, aquel que logró posicionamiento y atención por parte de su contexto pero que no implicó riesgo alguno para el establishment, con la diferencia de que no sólo es un individuo al que se le permite una ingenua rebeldía musical (en el pasado con un baile escolar, en el presente con MTV) sino que es ya convertido en un ente condenado al consumo: tener una gaseosa sin azúcar, romancear con la novia en una camioneta todo terreno, ser gobernado por una estrella de cine y viajar en el tiempo con un auto de lujo será sinónimo de calidad de vida. Éstas, referencias todas a una comodidad primermundista, son en realidad condiciones inevitables que se consolidaron en 1985, cuando las decisiones de producción comenzaron a tener sus causas en el dominio que las industrias petroleras y automotrices alcanzaron en Hollywood.

El largometraje de Zemeckis es también el resultado de nuevas maneras de distribuir y pensar a un filme industrial. Toda película ya es lanzada pensando en el venidero formato casero y en un estreno simultáneo (novedad para aquel momento y que hoy es el pan de cada día con los estrenos de las cadenas de multisalas). En una época donde las sagas fílmicas para adolescentes no existían, ni mucho menos estaban sistematizadas, la producción de Volver al futuro se ve con la oportunidad de cambiar su final original y de convertirse en una trilogía, amarrando al público que se ganó con una obra que está calibrada a la perfección. Si el espectador se ha encariñado con el Doc Brown,  el maloso Biff y el audaz Marty, es cuestión de vida o muerte que vea las secuelas que se preparan para él, con un combo de palomitas y refresco. El boleto está virtualmente garantizado para dos entregas más, la inversión cinematográfica es segura.

La producción de Spielberg no se arriesga y toma por segura su inversión hacia una política cultural definida: la nostalgia, el regreso a los valores de antaño y la afirmación de una vida consumista. El héroe del relato es demasiado joven para cuestionar nada, ya no es el motociclista de Dennis Hopper, ni el estudiante que toma por asalto el colegio británico que propone Lindsay Anderson, es un sujeto pasivo sin inquietudes ni crítica, se trata de un joven que está controlado por el mercado y que moldeará su propia historia a través de un baile escolar –el último reducto de un ingenuo jovencito que desea sentirse libre–. El resultado de sus aventuras será una burbuja de estabilidad material sin mayor impacto que convertirlo en un adulto responsable.


Autores
(Ciudad de México, 1986) ha colaborado en publicaciones como Literal Magazine, El Fanzine y Cuadrivio. Actualmente es editor de la revista F.I.L.M.E. y trabaja en el área de Publicaciones y Medios de Cineteca Nacional.
Still de Volver al Futuro
Fotografía de Pixabay.

Un amigo me dijo que haría un ensayo de Volver al futuro y la tragedia griega. Eso dice de cualquier tema. Y casi siempre tiene razón en su enfoque, pero en este caso no: si algo se distancia de Volver al futuro es una tragedia griega.

Ambas hablan de cumplir un destino, pero mientras en la segunda, el espectador atestigua cómo el destino (moira) se cumple a pesar de los personajes, en Volver al futuro el destino no es moira, sino libertad: Marty puede lograr salvarse a sí mismo y hacer que sus padres se enamoren. O no. Si en la tragedia se muestra, a la Nacho Cano, la fuerza del destino, en Volver al futuro se encumbra la libertad humana. Y sus desastres. Eso hace de Volver al futuro una película rara de viajes en el tiempo,como Looper, The Butterfly Effect o Hot Tub Time Machine, aunque ni de lejos tienen la calidad de la obra de Zemekis.

Terminator, La Jetté, 12 Monkeys, Futurama, Donnie Darko, Primer, Los cronocrímenes, Predestination (horrible adaptación de la maravilla de Heinlein) y un gran etcétera juegan en las coordenadas la tragedia griega: sus personajes, al final, no son libres. Sarah Connor o Fry están destinados, en una especie de loop temporal ineludible, a cumplir sus papeles. Lo quieran o no, lo busquen o no, lo eviten o no, cumplen el rol necesario para que la historia, que ya les ha sido contada, termine como les ha sido contada. Los personajes de este tipo de historias son pacientes de un destino que está dado desde antes de que ellos nacieran. Recuérdese que Nibbles es parte de una raza extraterrestre que planeó que Fry se congelara para que así llegara al año tres mil, viajara al pasado, fuera su propio abuelo y careciera de cierta onda cerebral que le permitiría impedir una colonización interplanetaria. Edipo, para no matar a su padre y acostarse con su madre, huye de su casa campesina; en el camino, mata a un rey, se casa con su esposa; descubre que era adoptado y que el matrimonio mancillado son sus verdaderos padres.

Fry y Edipo son personajes trágicos: por más que intenten o ignoren su destino, lo cumplen a cabalidad. Desde otro lugar se ha decidido qué y cómo lo harán. Lo sorprendente no es que lo logren; lo que sorprende, al menos para los espectadores del siglo XXI, es la poca injerencia que tienen sobre sus actos. Nos embelesa lo complejo de la maquinaria.

Si hay una recompensa para los personajes trágicos, es la anagnórisis: el reconocimiento de que uno es parte del destino y, por tanto, de algo más grande. La naturaleza, los dioses y los humanos son parte de una misma y sola physis, que es, heráclitamente, «Un fuego eterno que apaga y se enciende según medidas».

El sentimiento último de algunos viajes en el tiempo es la comunidad: uno es con los otros, si se quiere, una marioneta de la moira, pero al fin y al cabo, uno es con los otros. El viajero de La Jetté y  Corbin  de 12 monkeys se consuelan con el amor de una mujer, con saber que no son títeres solitarios (la ética de Spinoza va un poco por ahí). John Connor es el paroxismo de la comunidad: es el salvador de la humanidad, manejado por sí mismo desde el futuro.

No por nada la tragedia era el arte helénico.

En Volver al futuro, Marty y el Doc (y en mucho menor medida Jennifer, Einstein y Biff) están fuera de la comunidad: son parias temporales que deben cuidarse de no tocar nada en el pasado pues el más pequeño cambio alteraría el futuro como no se imaginan.

Marty y el Doc ya no pertenecen a ningún tiempo y no podrían pertenecer a ninguno. Al moverse de su hogar temporal (algo imposible para todo otro ser humano) renuncian, sin saberlo, a la seguridad. Se arrojan a un abismo de libertad.

Si Antígona es comunitaria frente a su destino, Marty y el Doc están viciados y obsesivamente deben evitar o arreglar sus desfiguros. «Si algún día regresas al pasado no toques nada» es el imperativo kantiano del abuelo Simpson y como buen imperativo kantiano es imposible de cumplir a cabalidad: la sola presencia del viajero en un tiempo que no es el suyo es una alteración.

Ahí empieza la melcocha: ellos deben respetar el pasado, pero, si lo quieren, pueden no hacerlo y a veces, sin notarlo, no lo respetan. Así es como Marty inventa el rock & roll, Biff Tannen se vuelve un villano post-apocalíptico y el Doc conoce al amor de su vida (casi cincuenta años antes de nacer).

Y como en la vida contemporánea, uno debe correr riesgos pero no de más: asegurar una casa, un buen sueldo, una buena pareja, criar dos o tres hijos, mandarlos a la escuela y que crezcan para asegurar una casa y un buen sueldo. Uno debe correr riesgos pero sin tocar las partes importantes (respetar la sagrada familia o lo políticamente correcto). Somos libros de forjar nuestro destino si y sólo si seguimos reglas ya establecidas.

La tragedia está en  que eso asegura nada y, además, nos llena de culpa. Los siameses de la libertad son la carga moral y la responsabilidad que conlleva el saber que es culpa de uno que las cosas hayan salido mal; no sólo pesa la posibilidad, sino el error desastroso.

El personaje trágico griego cometía hamartía para dar pie a la peripecia; pero la hamartía no era moral, sólo «se perdía la marca» y en vez de llegar a  un destino llegaba a otro (casi siempre peor pero predestinado). Marty y el Doc pueden no sólo equivocarse, sino llevar a la condena: nunca haber existido. Por eso el Doc es tan ascético y decide leer la carta que le dejó Marty para salvarse de los libios.

Volver al futuro es una reificación del valor más importante para la modernidad occidental: la libertad. Los griegos anhelaban tener un lugar, pertenecer (y mira que sí lo lograban); nosotros, humanos del siglo XXI, necesitamos (y nos inventamos) ser libres, tal vez porque lo somos mucho menos que nuestros pares helenos: estamos expulsados de nuestro propio tiempo, como Marty y el Doc.


Autores
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.
Ilustración de Vero Anaya (Oaxaca, 1989).

1.

Alguien lo dejó sobre la mesita del cubículo que por entonces yo solía ocupar en la redacción de una revista de divulgación científica. Marcado con plumón rojo, un rincón del diario anunciaba, con un encabezado de letras gruesas y mayúsculas, «Viajar en el tiempo es posible». La nota giraba en torno a un ingeniero, recién egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, que afirmaba haber encontrado la clave del desplazamiento temporal. Con todo y que el contenido parecía salido de una novela de ciencia ficción de aquellas que a principios del siglo XX se imprimían con tintas baratas sobre papel grueso, la noticia lucía fidedigna; el científico, real; sus ambiciones, firmes. Acicateado por la posibilidad del germen de un gran reportaje en el que pocos hubieran reparado, decidí investigar más: copié el nombre del entusiasta ingeniero que se creía capaz de hacer retroceder el flujo de un reloj y marqué el número del Instituto de Investigaciones Espacio-Temporales de la UNAM. Concertar una entrevista me tomó sólo un par de transferencias a oscuras extensiones burocráticas.

2.

Frente a mí se encontraba un hombre (sería más preciso escribir «muchacho») que no superaba mi edad; lampiño, de rostro franco y afable, emisor de sonrisas sin mucho esfuerzo. Su laboratorio, de impolutas paredes blancas, alojaba muy pocos objetos: de un lado, un escritorio minúsculo atiborrado de planos; en el otro extremo, una cabina de color azul en la que con facilidad podría introducirse un hombre adulto de pie. El doctor —tenía ya el título gracias a un método de estudio voraz y totalizante que me hizo preguntarme si mi carrera como periodista sin título tendría alguna clase de futuro— hablaba con soltura y explicaba a toda velocidad sus teorías. «No es tan difícil: si lo piensas un momento, el viaje en el tiempo existe y se realiza a diario: su velocidad es de un segundo por segundo hacia el futuro. Todo el tiempo estamos avanzando hacia el futuro, desplazándonos en el tiempo. Esa es la fuerza, digámoslo así, «natural» con la que el tiempo se mueve. Sin embargo, hemos logrado doblegar otras fuerzas a través de la tecnología: hemos cambiado el rumbo de ríos; hemos manipulado las corrientes de viento a nuestra voluntad y hemos separado el átomo. Junto a eso, cambiar de dirección y acelerar la velocidad a la que el tiempo se desplaza parece un reto más: ni mayor ni menor», culminó, entusiasmado, casi jadeante. Su discurso lo dejaba bien claro: el doctor era lo que se llama un true believer, un creyente convencido de su propia causa. Dentro de él yacía una fuerza y un entusiasmo capaces de doblegar el curso del tiempo. Al preguntarle por la motivación de su experimento, el joven doctor no titubeó: «Pues como todos, ¿no? De niño vi Volver al futuro y quedé fascinado. Nomás que, a diferencia de la mayoría de los niños de mi edad, supongo, llevé mi obsesión hasta sus últimas consecuencias. Me encantaría viajar en el tiempo y visitar la filmación de esa película», concluyó mientras calibraba unos controles ubicados en la parte posterior de la cabina. Asentí con vigor: el periodismo científico me ha emborronado esa afición, pero yo mismo soy un fanático irredento de Volver al futuro.

3.

Poco más de un año después de esa entrevista, el resultado de las investigaciones del científico aficionado a Volver al futuro apareció en primera plana nacional. Después de que La Gaceta de la UNAM anunció que uno de los miembros del Instituto de Investigaciones Espacio-Temporales intentaría, finalmente, un viaje en el tiempo, la prensa del país se volcó sobre el laboratorio que conocí tiempo atrás. En una conferencia a los medios, el joven doctor explicó con peras y manzanas el funcionamiento de su máquina, incluido el de un motor diminuto («condensador de flujo», lo llamó en un evidente guiño a la película que lo inspiraba) que generaría un agujero de gusano en el que la cabina azul se despeñaría, «cayendo» —o «deslizándose», porque caer implica un movimiento vertical, de espacio, y el movimiento sería más bien horizontal, de tiempo, por decirlo de una forma burda e inexacta— hasta aparecer en otra época, una no muy lejana, situada tan solo veintinueve años atrás: 1985. El doctor fijó la fecha para el inicio del viaje —o del intento del viaje—: sería transmitido en cadena nacional y con científicos invitados de toda parte del mundo. Súbitamente, México se convirtió en un inesperado ombligo del mundo.

4.

Delante de un cúmulo notable de políticos, redactores, fotógrafos y científicos de diversas nacionalidades —se rumoraba incluso que Stephen Hawking seguía el experimento a través de una transmisión remota, pero nunca pudo corroborarse—, el científico aspirante a crononauta cruzó una línea azul dibujada en el suelo de su laboratorio. Las notas de prensa consignan el relato con cierta claridad: el silencio se impuso en la habitación, mientras los flashes de las cámaras titilaban aquí y allá; los reporteros encargados de la transmisión por televisión guardaban también un respetuoso e inusual mutis; las crónicas reportaban gente en sus casas que torcía la boca en una mueca asimétrica que apenas y alcanzaría a tragarse el asombro despertado ante la posibilidad de viajar en el tiempo. Los índices de audiencia televisiva superaron los del Super Bowl o la última emisión de MasterChef México. El crimen descendió hasta casi desaparecer. La actividad de las oficinas burocráticas llegó al cero exacto (algunos avezados periodistas reportaron que alcanzó niveles aún más bajos). El metro de la ciudad circuló sin contratiempos durante el tiempo que duró el experimento. De alguna forma, el experimento logró su cometido antes de iniciar: alterar, a través de la suspensión, el flujo del tiempo.

En el laboratorio se facilitaron unas gafas oscuras a todos los asistentes, a fin de protegerlos de la radiación que emitiría la cabina al comenzar el procedimiento; el científico daba unas últimas indicaciones previas al inicio de su travesía. Miró a su alrededor —acaso se despedía; tal vez buscaba conservar en la memoria el brillo metálico de la mirada de los hombres en esta época— y, tras unos segundos de expectación, agitó la mano en señal de despedida, abrió la puerta de su cabina y se introdujo sin mayor preámbulo. La cabina no giró sobre sí misma, no desprendió haces de luz, no emitió ninguna clase de olor: sólo permaneció inerte. Quince minutos pasaron para que el resto del equipo se acercara a la puerta, que opuso casi nula resistencia y reveló, al abrirse, una cabina vacía, deshabitada. Del científico quedóa un diminuto cúmulo de cenizas; sus colaboradores dieron por sentado que la energía de la operación había sido excesiva, y que habría terminado por desintegrar cualquier cuerpo dentro de la cabina. Ni las notas de prensa ni la columna semanal de Juan Villoro supieron explicar el vacío de los momentos siguientes; decepcionados, los redactores se limitaron a afirmar que el experimento fue un fracaso, que el científico jamás sería visto de nuevo, que el viaje del tiempo nunca dejó de ser una imposible quimera perseguida por algunos cuantos necios. Cabizbajos, los reporteros internacionales volvieron a sus países con la noticia de una derrota.

México, D.F., 2014

 

Post scríptum de diciembre de 2015.

Si la última parte de mi relato no está contada de primera mano es debido a la sencilla razón de que, por esas fechas, yo ya no estaba en el equipo de aquella revista de divulgación. Un par de semanas después de entrevistar al fallido crononauta, pedí mi transferencia a una publicación de cine que pertenecía a los mismos dueños que la revista en la que me encontraba, quienes aceptaron gustosos. Así, mediante la intervención de este joven científico a quien nunca pude agradecer por encauzarme de nuevo hacia mis auténticos gustos, me encontré en poco tiempo viendo películas, escribiendo críticas, entrevistando a directores, actores, cinematógrafos. No tardé en adaptarme, y pronto ascendí en la estructura de la publicación. Hace apenas unos meses se conmemoraron los treinta años del lanzamiento de Volver al futuro, y la revista, movida en parte por mis impulsos, lanzó un número dedicado a la película. Me correspondió escribir un ensayo sobre la cinta, responsable en gran parte de mi obsesivo amor al cine, así que tuve que revisarla. Instalado en el sillón de mi departamento, armado con una libreta y la reedición conmemorativa de la trilogía, comencé a verla después de varios años. Tuve que detenerla cuando noté, en la escena en la que Marty McFly escapa de Biff Tannen, deslizándose sobre una patineta por todo Hill Valley, un rostro conocido: en medio de la multitud que resplandecía en mi pantalla, se encontraba el joven crononauta que todo el mundo daba por muerto. Pausé la película en el acto y me concentré en lo que veía: su cara extática estaba semicongelada en una expresión de júbilo y dicha inconmensurable. Puse pausa, retrocedí y volví a correr la escena: esa expresión franca me era totalmente familiar; sus vítores eran casi más audibles que los del grupo de extras que lo acompañaban, y me resultaba entonces claro que aquel científico de la UNAM logró cabalmente su cometido.

 

 

*Una versión de este cuento se incluyó en Insular, una colección digital de textos del autor publicada por Editorial Cuadrivio. Su versión impresa aparecerá en algún momento de 2016.

 


Autores
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.
Ilustración de Vero Anaya (Oaxaca, 1989).

I

Escribí esa historia para que fuera leída en el año 120. Por azares que no enunciaré ahora, fue leída más bien en el 180. Tampoco está mal. Es un libro que me parece divertidísimo. Un viaje a la luna con una serie de complicaciones ridículas. Con personajes lunares inverosímiles y saltos que hacen volar por el cosmos.

 

II

No la iba a publicar ahora. Los viajes a la luna ya pasaron de moda, por decir poco. Pertenecen a otra etapa de las fantasías humanas. En 1900 hubiera estado en la vanguardia de las imaginaciones futuristas. En el mismo lugar que Méliès. Pude incluso habérselo leído a él, es un gran amigo del Doc. Dos excéntricos de los efectos especiales.

Los cincuentas, con todas las proyecciones de la colonización espacial volviéndose, aparentemente, realidad, era otra opción. Pero necesitaba más que eso. Entonces se me ocurrió que sería mejor un pasado en el que esa clase de cosas no estuvieran ni en la imaginación.
Pensé primero en la Grecia clásica, pero el tono burlón con el que me dirigía a los dioses podría ser problemático para la digestión de la obra. Corría el peligro de perderse. De romanos ni hablar: por experiencia sé que carecen de sentido del humor. Me pareció natural pensar en el periodo helenístico. Ya he estado ahí varias veces. Siempre dejo el DeLorean atrás del Serapeum.

 

III

Así fue: la leí en el año 120.    

 

IV

Mi personaje viaja con una cohorte de aventureros hacia el poniente. Los esperan los pilares de Hércules que les abren la puerta a ríos de vino y mujeres hermosas con patas de viñedos. Un salto a la luna que ni Calvino hubiera imaginado: por escalera, una ola. Guerra de los mundos entre el sol y la luna. Presos interestelares. Digno todo, de una película hollywoodense de serie B.

 

V

En el año 120, un grupo de gente andrajosa se paró a escucharme predicar, cual loco, mi historia. Vestía una túnica gris, sucia, un bastón de palo viejo y, lo más impresionante para los escuchas, mi gorra roja de siempre. Me pareció apropiado conservarla. Así tenía que ser para leer una locura tal. Un viaje a la luna empujado por una torrencial ola. Declamaba, eso sí, con la maestría de un Cicerón antiguo o un guía de turistas moderno. El puñado de escuchas me interrumpía una y otra vez con vociferaciones y alguno incluso me aventó una varita. Creo que, considerando las costumbres bárbaras de la época, me fue bastante bien.     

 

VI

Me sorprendió un poco encontrarla en la Wikipedia. Dice que es «una novela paródica de los relatos de viajes». Extraño. Nunca lo pensé así. Tampoco leí el otro libro que ahí mencionan, el que afirman que parodio. Pero hay algo más raro, un par de detalles que no recuerdo. En la luna los hombres dan a luz en vez de las mujeres. Es una idea que cambia todo el curso de una civilización. Está muy bien, sí, pero yo no lo pensé.

 

VII

Finalmente conseguí un ejemplar de la historia. Editorial Penguin, a dos columnas, año del caldo. No está tan mal. El estudio introductorio es aceptable. Y sí, aquí hay más de una cosa que no dije. Ya lo cotejé dos veces con el manuscrito que llevé a la lectura del año 120. También lo cotejé tres veces con el archivo de Word y nada. Eso yo no lo dije. Por otro lado, me gustaría haberlo hecho.

 

VIII

Poco a poco, en esta semana de indagaciones, los he ido agregando a mis diversos borradores. También al manuscrito. Creo que ya todo es mío.


Autores
(Ciudad de México, 1988) Escribe narrativa y ensayo, y es traductora. Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval. Fue becaria del FONCA y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su primera novela, “Anticitera, artefacto dentado” fue publicada en 2019 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Beppe / Flickr.

El OVNI

Marty y el Doc deciden viajar a la noche del incidente de Roswell para saber la verdad. Al llegar, un disparo de artillería militar los derriba.

 

Spin-off

Marty se ha vuelto un poco paranoico, mientras acaricia sus implantes de senos piensa que si alguien cambiara el pasado, él jamás podría notarlo.

 

Swingers

Marty va a casa de Jennifer para proponerle un trio con ella misma del futuro. Cuando llega, un Marty pocos años más grande y desnudo le abre la puerta.

 

Edipo en Hill Valley

Justo después de tener sexo con su madre, Marty se desvanece con una sonrisa el rostro, pues las personas que nunca nacieron no pueden tener culpas.

 

Espect(r)adores

Cada vez que Marty o el Doc alteran el pasado, las personas que debieron nacer se convierten en fantasmas que confunden al mundo con una película.

273

El Doc camina discreto por las concurridas calles de la ciudad, mientras se pregunta cuántos viajeros en el tiempo como él podría haber ahí, avanzando a su lado, sin llamar la atención.

 

Jennifer

A sus noventa y cinco años se asoma por la ventana y se ve joven, caminando de la mano con Marty. Los saluda, aunque no logra distinguir si lo que ve es realidad o un recuerdo.

 

Best Friends Forever

Luego de la muerte del Doc, Marty comenzó a viajar por el tiempo para visitarlo y así no sentir su ausencia, hasta que él mismo murió y entonces el Doc comenzó a viajar por el tiempo para visitarlo y así no sentir su ausencia.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es maestro en Filosofía por la UNAM. Ha sido incluido en los libros “Y si todo cambiara…”: antología de ciencia ficción y fantasía, Alebrije de palabras. Escritores mexicanos en breve , Texturas Linguales: antología de Minificción, Ensayos de minificción y Emergencias, cuentos mexicanos de jóvenes talento.
Ilustración de Vero Anaya (Oaxaca, 1989).

We need not destroy the past: it is gone;
at any moment it might reappear and seem to be and be the present
John Cage

Nunca lo habría abandonado, Doc. Habría tenido el valor para quedarme y decirle que no pasaba nada, que al final de cuentas el futuro es como cualquier pedazo de pan viejo. Nunca he sido una mosca muerta, como usted piensa, de aquellas que se quedan viéndose las manos y luego plop, se les va la vida en nada. Cuando Marty se subió por última vez al DeLorean no supe ni qué hacer porque sabía que nuestros días estaban contados, que tendría que mentirle para saber cuánto tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos. No tendría el valor para quedarme con él de no haber sabido lo que me esperaba a su lado.

Recuerdo a Marty sentado en la última banca del parque, esperando a que llegara con los brazos abiertos para contarle que ya no me importaba, que siguiera dándole vueltas al pasado mientras pudiera. Pero no estaba lista para tanta mierda, Doc. Recuerdo que me apretó las manos y me dijo «No dejes que te alcance el futuro, Jennifer». De poco sirvió porque me enamoré del niñato de preparatoria que terminó dejándome por un asiento de automóvil. Ya no tenía nada que decirme y se alejó con Einstein a los pies. Cada día estaba más flaco. Tropezó, aprovechó para acomodarse los pantalones que le quedaban casi a la altura del tobillo. Supuse que eran los únicos que le quedaban. Habría guardado poco de todos sus viajes, a lo sumo la bitácora y un segundo par de zapatos. ¿Cuánto tiempo llevaría viajando, Doc? ¿Haría sentido pensar en su edad, que ahora ya no funcionaba en el mundo de los mortales? Lo que realmente temía era el destino de su perro porque Marty no lo había acompañado. Marty se quedó atrapado en el, ¿cómo se llama?, ¡limbo!, entre nuestro tiempo y el suyo, uno que no existe por más que se busque en esas horribles ecuaciones. De ahí uno ya no sale, se lo digo yo, que llevo viviendo el mismo sueño miles de noches. También le tengo miedo a la muerte. Por eso cuando me dijo que iba a volver y a recuperar lo nuestro no le creí. Vete a donde quieras, le dije, pero déjame en paz, y ese mismo día tomó las llaves y se fue en el DeLorean, quién sabe cuántas veces, para volver el tiempo hasta el día en que fuéramos felices.
Sabía que dejarlo era casi como dejarme a mí misma, Doc. Yo, que hasta había olvidado quitarme el anillo, terminé por darme cuenta de la horrible marca que me dejó en el dedo. Me acojoné como nos acojonamos las mujeres de repente cuando nos parten las ilusiones en trozos. Tuve miedo y por eso vine, pensando que Marty se había quedado flotando para siempre en un tiempo que no le pertenece. Vaya lío. Por eso no lo he abandonado. No me malinterprete, Doc. No es que esté dejando a mi marido, es que Marty ya lo ha hecho antes.
*
Jennifer abandonó la casa de Emmett Brown con la esperanza de volverse hormiga, fruta o cualquier otra cosa que la dejara inconsciente. Por lo menos un animal minúsculo, libre de la cochina culpa de ser la esposa de un loco. A medio camino se le enganchó la falda a las ruedas de la valija y maldijo su suerte. Ni siquiera para eso tenía gracia. ¿Qué era el futuro a fin de cuentas? ¿Una piedra en el zapato? ¿La suerte de romper sus medias con la maleta? Miró al cielo. El tráfico tenía de fondo una de esas canciones sin importancia, de las que pasan a mediodía en estaciones de radio que ya nadie escucha, que quizá no existen, porque Marty las ha borrado en uno de sus viajes. Quién sabe. A lo mejor así se siente envejecer y uno prefiere hacerse de la vista gorda, contar las perlas de la virgen o resolver sudokus cada mañana con el desayuno. Jennifer no sabía lo que estaba haciendo, pero recordaba que Marty una mañana había encendido la máquina mientras ella tenía los ojos cerrados. Recordaba, también, el día en que él le había prometido una casa y dos hijos, no la fiesta de compensación que les quedaba por matrimonio. Eso no es vida, carajo, no es nada.
*
Déjelo, Doc ya no importa. Volverá en silencio algún día, cuando recuerde cada bucle que ha abierto, cada McFly que se ha quedado a vivir su futuro y en fin, ha terminado por joder su pasado. No pasa nada. Él sabrá regresar como lo ha hecho antes. Volverá y estará seguro de que Einstein lo espera con la pelota entre los dientes. Lo irá a buscar, Doc, ¿encontrará su casa? ¿Terminará un día con este juego?
Imagínese: Marty baja del DeLorean en un tiempo cualquiera que podría ser el decisivo. Siente en el fondo del saco la carta que yo le di en el pasado, esperando que esta vez sí la abra y entienda lo que dice. Que vaya directo, pues. Marty está aterrorizado, estoy segura, porque cree que esta vez será capaz de dar en el blanco y reparar todos sus errores. Se equivoca, Doc. Un error de cálculo lo habrá condenado a vivir para siempre en los recuerdos. Una vez más, como todas las noches, será cuidadoso y no abrirá el sobre que dice que lo estoy abandonando, creyendo que así podrá evitarlo todo y darle vuelta a la página. No lo entiende, Doc, las cosas no funcionan de esa forma, si todo fuera como quitarle un tornillo, si el tiempo viniera con un contrato de términos y condiciones, si se pudiera volver a casa con sólo desearlo muy fuerte. Mírelo, Doc. Ya no le queda nada.
*
Marty baja de un salto. Da un tremendo golpe que despierta a Einstein y lo obliga a ponerse en pie. Otra vez ha amanecido en el Delorean, esperando corregir, como todas las noches, el error que echó a perder su matrimonio. Siempre es lo mismo: encender el auto, echar a andar el condensador de flujo, ingresar la fecha, esperar. Volver al pasado para acabar con esa mierda del futuro. Deshacer el tiempo. Recomenzar.
Marty saca de su bolsillo un puñado de uvas pasas que mastica frenético. Sabe que tendrá que cambiar el rumbo de su pasado. Es la regla. Uno lo sabe porque cada vez que regresa hay cosas distintas. Un día vives en Beverly Hills y al otro estás fumando marihuana en el estacionamiento de un banco. Así de sencillo. Marty está de frente a la casa en la que pasó largos días con Jennifer, la chica de la que se enamoró jugando al científico. No ha cambiado mucho. Toma las llaves, llama a Einstein y lo invita a entrar en casa. No hay nadie, el cálculo ha salido de maravilla. De la cómoda saca un libro donde Jennifer esconde la carta de despedida que ha recibido en tantas ocasiones. La guarda en el bolsillo, aunque bien sabe que será inútil. Ha rescatado ya más de una veintena de cartas donde su mujer comienza siempre con la misma frase: «Marty, yo nunca te habría abandonado».
*
«Yo jamás lo habría abandonado, Doc», dijo Jennifer. Brown escuchó con calma y la dejó irse en silencio. Suficiente tenía con estar atrapada entre fechas impronunciables y cartas de abandono escritas mil veces. Por los pasillos la vio arrastrar la maleta. Escuchó también el despegue del DeLorean, a McFly haciendo ignición para perderse, como todos los días, en ese enorme laberinto que a veces llamamos futuro.


Autores
(Chihuahua, 1992) es escritora. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2016 y el Premio Chihuahua de Literatura 2013 por El confeccionador de deseos.