Tierra Adentro

Era la temporada en que a la Petra y a mí nos amanecía en aquella alcantarilla-bar, hablando de lo divertido que sería borrar del mapa a una culera que odiábamos, cuando un chiflido en el silencio entre canciones nos hizo mirar de reojo un rinconcito detrás de la rocola. Ojo rasgado, pelo negro azulado, flaca y descosida cual gata que amamantó pirañas como crías. Era la travesti más triste del mundo. Sentada con una pierna cruzada encima de la otra, hablándonos con el acento distorsionado de quien ha atravesado fronteras siniestramente con el afán de lograr el futuro, el avant-garde mental, la pesadilla de los leggins everywhere, con voz interracial e intersexual aunque un poquito tarada.

—Pero que salga bonita, mija. Como soy —dijo estirando a la Petra su teléfono celular.

En un acto de contorsionista psicótica pasó de ser la travesti más triste a una feliz edecán de embutidos y queso plasticoso que en los pasillos de la vida guiña el ojo o mueve el culo a los padres de familia que no les queda más que comerse de un mordisco el trocito de lo que será un cáncer gástrico. Cáncer gástrico con metástasis era esta vestida insolente que nos había agarrado de sus fotógrafas. A nosotras que sólo pensábamos en las mejores maneras de borrar alimañas de nuestro territorio. Más yo que la Petra, que se juntaba conmigo sólo para verse travolta mala.

Improvisando esa sesión de cantina nos preguntamos para qué querría fotos mostrándose feliz esta vieja travesti. Tan fea, tan sureña, tan mezclada. ¿Imágenes de sí misma en el glamour de la soledad? Qué nefasta. ¿No conocía las selfies? ¿Por qué no se autorretrataba fingiendo no darse cuenta, como hacen las culeras a las que tanto odiábamos? Simulacros de diversión y excesos: mala muerte, cerveza tamaño caguama, ambientes festivos en medio de columnas de humo, y ella en plan jovial, en huerca chiflada, en el nada extraño caso de la doctora Jackie y Misery trans. Se metamorfoseó apenas el ojo de su cámara la apuntó. A cada flash, una nueva pose. Se reía a carcajada suelta estirando su mano que al instante era besada por pretendientes invisibles. Loca de atar. Fingida felicidad en formato 1:1 para que las de su pueblo la envidiaran. Eso pensábamos cuando de repente dijo:

—Yo les hago el trabajito.

Nos quedamos pendejas la Petra y yo. A pesar de la edad, la travesti tuvo oído para escuchar nuestra sarta de deseos de asesinas seriales. Ella acabaría con cualquier antropomórfica infestación de garrapatas que obstruyera nuestro camino. Ahora nos debía un favor. Era un intercambio de guante blanco, en frío, sin ligue emocional. Ni ella diría quién le tomó las fotos ni nosotras quién acabó con la culera que aborrecíamos. Sólo una culera, precisó. No hago exterminio de plagas. ¿Tomar fotos a cambio de que se deshagan de tu peor enemiga? No lo hubiéramos imaginado nunca. ¡Magnífico! Le guiñé un ojo.

—¿Pero cómo? —cuestionó la Petra.
—Mi nombre se lo debo a La Bestia. Soy la Devoravidas.

No sabíamos que aquella pregunta costaría que nos echara en la jeta su monólogo. Se había subido por primera vez a La Bestia en sentido contrario. Por imbécil. De México a Honduras. Enculada de un cabrón que le daba piedra y su anaconda personal. Conoció primero el sur vecinal que el norte soñado. Cuando el cabrón dijo estar harto y quiso regresarse, ella lo siguió y con un arañazo lo echó a las vías. Luego los Mara Salvatrucha la adoptaron usándola de guachimán en los vagones del tren. Cientos de viajes en tramos cortos. Vivía empedrada, envuelta en humo, nostálgica. Su función en el tren de la muerte era la de guadaña. Cortar cabezas. Decir quién tenía y dónde su dinero. Extorsionar, asaltar, incluso sodomizar. ¿Sodomizar? ¡Hasta el fondo! Aprendió a darle de comer a La Bestia arrojando a los majes que se negaban a entregar sus pertenencias. Mentando la madre por pisto. Se volvió una catrina. Débora, la Devoravidas.

—Eres toda una asesina —dijo la Petra que se sentía identificada con su historia pues también ella era migrante e incluso mató para sobrevivir.
—No más que tus leggins, mija —señaló aquellas carnes apretujadas bajo la lycra. Y aquello era cierto porque a la Petra le habían dejado en la entrepierna más bien el antes que el después de un labio leporino con paladar hendido. Pero todo junto y mal engrapado, con sonrisa de nervios y con harta hambre.
—¿Y para qué son las fotos? —pregunté para evitar el roce entre ellas.
—Para un deudo.
—¿Pariente del que estabas enculada? —siguió de insolente la Petra.
—No, niña, es para uno que va a dejar el odio de tu amiga.
—Estás loca, nosotras estamos borrachas.
—No queremos matar a nadie —terció la Petra—. Mejor vámonos.
—Esperen, yo tampoco quiero matar a ninguna culera. Hablemos claro. No vine huyendo de la migra para que se acabe la diversión. Si me quedaba en Honduras me mataban por trans. Si me subía a La Bestia me mataban por ir en transmigración ilegal. Que la maten a una es muy trans. Quiero que lo entiendan. Cuando una es migrante y encima trans es la doble de sí misma. O dos veces una pero entera por fin. Una está dividida por lo que dejó y por lo que encontrará. Pero cuando una mata por fin completa el ciclo de víctima y asesina.
—Pensábamos que eras travesti. ¿Desde cuándo eres trans?
—¿Entonces migrar cuesta la vida?
—Así es, niña. Por eso vengo a que me tomen fotos en las que simulo ser una mujer feliz. Feliz y de fiesta. Estoy atrapada en lo que llaman fuga disociativa.
—O sea que, encima de serlo, ¿estás loca?
— Ten cuidado, culera, porque yo vencí a la mismísima Bestia. —¿Entonces para ti esto es una fiesta? ¡Qué raras son las fiestas allá en el sur!

La Devoravidas sacó de su bolso de mano una botellita oscura y se puso unas gotas detrás de las orejas, en el cuello y en el interior de los codos. Enseguida arrastró a la Petra a la pista de baile. Se abrazaron tan fuertemente que no se entendía si se restregaban de alegría o peleaban por separarse.

—¡Son poppers! —gritó la Petra cayendo desinflada al piso—. ¡Tu maldito perfume son poppers! ¡Ay, mi corazón!

En ese momento vi mentalmente la fotografía de una travesti vieja pero feliz. Petra agonizaba en el piso. Me acerqué sigilosa agarrándome del brazo de la Devoravidas que todavía hedía a poppers. La señora guadaña había pasado encima de la Petra. Y el tren de la muerte. La Bestia y la Devoravidas también. Cubrí su cara de muerta con las faldas que llevaba puestas, dejándole el sexo trans al aire.

—Ay, ni que le hubiera quedado tan bonita la jarocha —dijo la Devoravidas. Y nos fuimos con los brazos entrelazados buscando el cuarto oscuro antes de que amaneciera.

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Ilustración realizada por Iurhi Peña
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