Tierra Adentro

A Alejandro Gerber lo conocí en la cafetería de El péndulo, de la Roma. Él eligió el lugar; yo hubiera preferido una cantina pero es mejor que no se sepan mis turbios vicios desde la primera cita. Quedamos para una entrevista (motivo: estábamos a días del estreno de su más reciente película Viento aparte); él no lo sabía, aunque lo sospechó por mi acercamiento amateur: es la segunda entrevista que he hecho en mi vida.

La primera fue a una amiga sobre su libro y conversar con ella no fue difícil —habíamos roto el hielo desde hace meses—. Alejandro y yo éramos dos extraños; la conversación no fluía demasiado bien. Se me fue la idea de quedar como decente y pedí una cerveza. El instantáneo «yo también» de Alejandro fue muestra de que tampoco estaba demasiado a gusto. A la tercera cerveza, ya habíamos pasado de los zombis y Maussan. Empezó la entrevista. Quise ser astuto, osado y retador en mis preguntas. Resulta que soné a semiólogo sesentero que no conoce internet ni los smartphones. Para no verme tan mal, eliminé la pregunta donde le pido su top 10 de películas.

Mi vergüenza quedará entre Alejandro y yo.

Estrenarás tu película Viento aparte esta semana en la Cineteca. Cuéntanos de qué va y si no fueras el director, por qué irías a verla.

Viento aparte es la historia de un viaje que hacen dos hermanos, Omar y Karina, de 15 y 12 años, a lo largo del territorio nacional. El viaje es detonado por la inesperada enfermedad que aqueja a su madre durante unas vacaciones familiares; y si bien al principio se trata de volver a la ciudad de México —donde viven—, un bloqueo carretero motivado por una masacre de campesinos en la sierra oaxaqueña, los hará desviarse del camino y enfrentarse al estado del país: descontento, desconfianza y violencia. Es la historia de cómo dos hermanos se hacen «hermanos» ante la descomposición de una nación. Es una historia intensa y conmovedora, con un ritmo atrapante y una crítica social profunda. Es el tipo de historias que deja al espectador reflexionando sobre su sociedad, el lugar que ocupa y la forma en que inconscientemente sus actos inciden en ella. ¿Por qué elegir verla antes de ver otras películas? Porque esta película habla de nosotros: de los que vivimos y respiramos aquí, de lo que nos pasa, de los que nos duele y del callejón sin salida en el que aparentemente estamos metidos.

Hacer cine en México se ha complejizado en la exhibición. Que las películas mexicanas actuales lleguen a los ojos mexicanos (y queden en su memoria) es un reto; se compite con superproducciones y éxitos del verano. ¿Cómo se podría mejorar el circuito de exhibición de las películas mexicanas?

Con un marco legal que proteja la exhibición de cine nacional ante la embestida del libre comercio en las salas cinematográficas: una ley que exija un 30% de tiempo en pantalla efectivo para el cine nacional (en horarios competitivos), un organismo que tenga la capacidad de clausurar un cine que no cumpla con esa cuota, una ley que obligue a las televisoras a comprar y exhibir películas mexicanas en su programación (sin censurarlas). Y otra más que regule el siniestro VPF (Virtual Print Fee): un impuesto de $ 750 dólares por pantalla, que Cinemex y Cinépolis cobran a quien quiera exhibir algo en sus complejos. Este impuesto originalmente surgió para pagar la digitalización de las películas pero en la práctica ha sido un decreto de expulsición del cine mexicano de las salas.

Por otro lado, mientras esas batallas se dan (si es que se dan), se podría institucionalizar de un circuito alternativo que concentre todas las salas culturales (Cineteca Nacional, UNAM, cinetecas del interior, cineclubes) con una programación que apoye al cine mexicano como prioridad y que utilice las plataformas web y publicitarias de estos espacios para hacer lanzamientos poderosos, que no impliquen un gasto de recursos excesivo. La infraestructura ya existe, lo que hace falta es voluntad institucional.

Como bien han sabido desde Lenin hasta Reagan, pasando por Goebbels, las películas tienen un gran poder ideológico. ¿Crees que se pueda seguir entendiendo el cine así, como vehículo sutil de ideas, o al supuestamente vivir en una sociedad abierta, sin grandes bloques políticos, el cine ya va para otro lado? ¿Existe una moralidad implícita en las películas?

No hay película inocente. Toda película transmite ideas sobre el mundo en el que vivimos y la forma en la que nos relacionamos. La mayoría de las películas transmite la idea de que el sistema está bien. Pienso en el cine gringo: los conflictos son siempre superables y resolubles; tanto en la comedia romántica como en el cine de aventuras el orden siempre termina triunfando gracias a un héroe o al azar. Pero la idea que prevalece es la de que todo irá bien porque el sistema está bien y permite que las cosas se resuelvan favorablemente. Hay un ejemplo de esto que me parece brutal: si le preguntas a cualquier mexicano como se desarrolla un juicio en Estados Unidos sabrá contestarte sin dudar: hay un jurado, abogados que gritan «objeción», un juez incorruptible, etcétera. Si preguntas cómo se hace un juicio en México, sólo aquellos que hayan estado involucrados en uno sabrán responder. Es un claro síntoma de conquista cultural a través del cine. Por eso es aterrador cada vez que un espectador juzga al cine mexicano o incluso latinoamericano por no pertenecer al espectro cultural hollywoodense.

Con la música puedes caminar. El cine es un tirano: te obliga a quedarte quieto y callado en la oscuridad mientras dure la película; es una versión no tan extrema de la tortura de Alex DeLarge en A Clockwork Orange. Tal vez de ahí viene su enorme poder disuasivo. ¿Qué prácticas son posibles para liberarse de esta sujeción y empezar a pensar sobre el cine? Es más, ¿es necesario pensarlo o sólo basta con verlo?

Esta pregunta tiene un tufo sesentero, cercano al Apocalípticos e integrados de Umberto Eco. En el mundo de hoy, de la hiperfragmentación, de los 140 caracteres, de las notificaciones de chingomil aplicaciones y de la supresión de la opinión a cambio de likes, pensar en un espectador que tiene la capacidad de sentarse hora y media a ver una película me parece un bálsamo y un oasis ante un frenesí sin sentido. La sociedad de las redes es una sociedad con TDA: una sociedad que no puede concentrarse y para la cual todo es lento y nada es satisfactorio. La tiranía actual viene del celular y de la angustia que provoca descubrir que uno salió de casa sin él. No creo que sea necesario «liberarse» del cine; habría que recordar que el hecho estético ocurre a través de los sentidos y no de la razón. No es un requisito «entender» algo en su totalidad para vivir una experiencia estética. Son dos cosas distintas.

[Pregunta borrada]

¿Te gusta la crítica cinematográfica? ¿Hay cercanía entre el crítico y el cineasta o es mejor ignorar esa relación y enfocarse directamente al público?

La función principal de un crítico fue la de legitimar un trabajo cinematográfico. El crítico, desde su conocimiento y su capacidad de hilar un discurso fílmico con otros cientos, juzgaba la oportunidad de una película en terminos de contexto social, histórico, ideológico; y el espectador, ávido de cine, acudía a la opinión del crítico para tomar una decisión sobre qué película iría a ver. Eso le dio al crítico un lugar de poder e influencia que lo convirtió en una figura «temible». Hay una vieja anécdota de Arturo Ripstein: demandó a Jorge Ayala Blanco y lo acusó de coartar las posibilidades de taquilla de sus películas por sus duras críticas. Eso hoy no podría pasar. El crítico ya no tiene un lugar de juicio omnipotente. Su crítica es una opinión más que se suma a las del discurso publicitario de una película y a las que se difunden en las redes sociales. El resultado es que las relaciones entre quien hace cine y quien lo critica se vuelven más horizontales. La crítica es más honesta, ya que no viene desde un poder unívoco y el cineasta tiene la posibilidad de escuchar más. La crítica ya no es un dictamen lapidario de una obra, es simplemente una opinión.

¿Qué discos escuchabas mientras se filmaba Viento aparte?

No había mucho tiempo para escuchar música durante la filmación. Y en las camionetas, durante los traslados, una batalla cotidiana era la de quién escogía la música que se escuchaba en el camino. A esa batalla no le entré; tenía otras más importantes enfrente. Pero sí lamento mucho haberme perdido el concierto de Nick Cave and The Bad Seeds, primero y único hasta la fecha en México.

¿Qué otros proyectos estás desarrollando en este momento?

Estoy escribiendo un guion sobre los exilios argentinos en México y su relación con la violencia; y otro más sobre la pérdida de la inocencia desde la perspectiva femenina. Ambos aún en una primera etapa de escritura.


Autores
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.

Hacia mediados del siglo XVI, cuando un matemático quería decir que un número era igual a otro, lo escribía con palabras, así: «es igual a». Pero la escritura siempre ha aspirado a alcanzar la velocidad del pensamiento y en 1557, todo cambió: harto de tener que repetir una y otra vez una frase entera, el matemático inglés Robert Recorde inventó el signo igual, que no son sino dos líneas paralelas en representación de la perfecta igualdad.

Con esta información —y siguiendo el juego de las grafías—, nosotros mismos podemos imaginar la procedencia de otros signos matemáticos. Para empezar, sospechamos que del signo = derivan otros dos: mayor que y menor que, en los que —como nos quedó claro desde niños— el número mayor simplemente se ubica donde la distancia entre las dos líneas es más grande: 2 ˃ 1 y 1 ˂ 2.

También podemos suponer que la multiplicación usa una x para simbolizar dos cantidades que convergen y que al hacerlo, se reimpulsan una a otra; que la división (÷) es una barra que se inserta dentro de una cantidad y la fracciona, o que el punto que también se usa para multiplicar (2 • 2 = 4) nació sólo como signo contrario al de la división, sugiriendo algo semejante a una gota de agua (•) que al ser dividida se separa en dos (÷).

Enseguida pensamos (con cierta alarma) en la innovación que quitó al signo de división su barra y dejó sólo los dos puntos (4 : 2 = 2). Sospechamos que, como en todos los lenguajes, también en las matemáticas la ortografía es un depósito de conocimiento y que al eliminar esa barra ciertamente se ganó agilidad pero se mutiló parte de la historia del signo. Y es que intuimos que esa barra horizontal surgió como un impulso muscular para representar gráficamente la función que cumple, pues sugiere un tajo que corta (tajo que desde el siglo XIX también puede caer en diagonal: ½). Además, repasando un poco más la historia, descubrimos que esa barra horizontal proviene de otro modo de dividir, el de las fracciones, por lo que nos detenemos a mirar el signo ÷ y advertimos que también las simboliza a éstas con sus dos cifras separadas por una barra (frac ).

Maravillados queremos seguir ensoñando, pero el signo más (+) nos mete en problemas. ¿Por qué dos líneas perpendiculares si para representar la suma sólo necesitamos una recta? Como el lector sabe, para sumar 2 más 3 basta con ubicar el número 2 en una línea y dar tres pasos adelante sobre ella. Quizás por eso los egipcios representaban la suma como dos piernas en avance.

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Otra breve investigación nos revela el origen de la cruz sumante: ésta proviene de la palabra latina et, que significa «y» (por ejemplo, se usaba para decir «2 y 3 son 5»), pero la prisa invitó a que desapareciera la e para después convertir la t en cruz. El signo menos (─) es todavía menos ensoñador y más práctico: una versión nos dice que la palabra latina minus acabó representándose con una m tildada (m), de la cual después despareció la letra.

Con el más y el menos terminó la magia. Con ellos estamos muy lejos de aquella inspirada tarde de 1557 en la que un sabio inglés eligió dos líneas paralelas para simbolizar la igualdad perfecta. Pero no importa: disfrutemos la belleza mientras la tengamos y aceptemos que no todos los matemáticos son Robert Recorde ni todos los signos son iguales.


Autores
(Pensilvania, 1962). Mexicano que escribe poesía y divulga ciencia a través de teatro, novela juvenil, televisión, video, publicidad, exposiciones y revistas. Entre sus obras están Crónica del alba y tres novelas de la serie didáctica Triptofanito.

En los tiempos del remake y la multidisciplinariedad, la obra de Agustín Fernández Mallo cobra mayor relevancia. En esta entrevista, Stephanie Alcantar conversa con el autor de la trilogía Nocilla Project, miembro importante de la generación Afterpop, para hablar acerca de la relación entre las ciencias y la literatura, su proceso creativo, la narrativa en la televisión, sus lecturas y trabajos actuales y la idea de la escritura como reciclaje.

¿En qué momento surge la escritura? ¿Cómo un físico empieza a escribir poesía?

En realidad, desde que estudié física, vi que en ella hay cierta poética. Hay estructuras bellas, y tú, que has estudiado matemáticas, lo sabes tan bien como yo.

Hay un reconocimiento del sujeto emocionante, de lo que hay ahí dentro, de lo que alguien ha construido: un elegante desarrollo matemático, una elegante explicación. Por algo los científicos a veces decimos que una teoría es muy elegante o no, o que funciona, pero es lo que en España se llama una «chapuza», que es como un recorte de cosas pero que no…

Que no tiene el arte, o el toque de los procedimientos que fluyen o son.

Claro, si lo piensas son criterios estéticos. Siempre percibí eso y claro que ocurre… pero nunca pensé escribir poesía. A mí me encantaba la literatura, por supuesto, y leer. Me gustaba además la poesía esencialista, del yo o de recorrido místico, como podrían ser José Ángel Valente, Claudio Rodríguez. Me interesaba porque hay una especie de abstracción poco naturalista, poco descriptiva, que se asemeja al modo en que yo veía y aún veo el mundo matemático, ¿sabes? Un mundo más mineralizado que va más a cuestiones abstractas, no sólo a describir o a narrar una situación en concreto. Yo asocio ese tipo de poesía «mística» con esas estructuras matemáticas o científicas. Pero no porque no haya emoción, sino porque hay mucha pero a través de lo abstracto.

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Y a través de la intuición. ¿Al estar leyendo este tipo de poesía llegaste a pensar que la ciencia podría ayudar a conseguir esa concreción?

Sí, pero más que ayudar, no como un elemento externo que viene a hacer algo sino con un peso específico. A mí la ciencia como elemento de trama no me interesa. Mi interés está en la ciencia como creadora de metáforas en sí misma. Por ejemplo, en algún libro pongo «horizonte de sucesos», un término físico muy concreto, «el punto más allá del cual ninguna información puede llegarnos». Pero eso es un concepto puramente científico que se puede conceptualizar matemáticamente. Es donde veo la fuerza de la ciencia, donde la ciencia también usa metáforas. Y de hecho está llena de ellas, como ésa y como tantísimas otras.

Cuando estudiaba física me topé con Borges por alguien que me prestó El hacedor y me quedé totalmente fascinado porque me di cuenta de que ya alguien había tenido la misma idea. Y es entonces cuando me fasciné totalmente con ese libro, y también me dio mucho ánimo porque me di cuenta de que es posible y de que yo también podía, a mi manera, hacerlo algún día. Pensaba que si algún día escribiera, escribiría poesía y ensayo, pero no novela. Sería una poesía que introdujera toda mi contemporaneidad, las ciencias, pero también la sociedad de consumo, la sociedad en la que vivo.

¿Ahí surgió una necesidad de escribir? ¿o siempre estuvo presente?

Siempre y sobre todo lo mío; para mí lo más importante era no copiar sino intentar crear mi propia poética.

Esa disposición viene sobre todo determinada por tu profesión científica.

Claro, porque tú sabes que en ciencias, aunque te basas siempre en los trabajos de otros, hay que intentar aportar algo nuevo.

Además de los agujeros negros, quisiera saber, desde tu punto de vista, ¿cuáles son las ideas físico-matemáticas a las que siempre vuelves, las más recurrentes en tu obra?

Una idea que siempre está es la de la aproximación infinita al límite, un límite que nunca alcanzas; que, en otras palabras, es la recta real. Pues es esa especie de subdivisión en la cual al final siempre hay un resto, algo que no puedes alcanzar. Eso me parece una idea potente y está en el ensayo que ahora estoy terminando, hablo algo de esto. Bueno, pues ese resto tiene que ver a lo mejor con lo que llamamos basura; es decir, algo que despreciamos porque nos resulta inútil, que no nos vale para nada, algo que no podemos manejar y tiramos al cubo de la basura, lo que nos sobra de las cosas. Lo que me interesa con esto es hacer una metáfora al asociar ese tipo de restos infinitesimales en matemáticas con los restos o la basura o lo que se desprecia en la sociedad de consumo. Son residuos físicos pero también pueden ser recibos simbólicos.

Otra idea física y matemática que he usado, porque uso muchas, es todo lo que tiene que ver con la topología, lo que podemos decir que es retorcer los materiales, los objetos. Como esta idea de que un «donut» con todo y un agujero se convierta en taza. Y que todo esto topológicamente es el mismo objeto. Pero evidentemente son distintos objetos que tienen distinta apariencia. Y bueno, eso que se mantiene en una transformación topológica y al mismo tiempo la otra parte que varía, que es su forma, es algo que me interesa muchísimo porque para mí eso es el concepto de metáfora.

La metáfora es algo que une parcialmente dos conceptos. Entonces en la intersección no vacía de esos conceptos, se igualan, y en las otras son distintos. Como dos diagramas de Venn que se intersectan. Eso para mí, desde la topología, es la metáfora, esa clase de unión de dos conceptos. Esta parte de intersección no vacía es lo que tienen en común dos conceptos.

Fotografías de Aina Lorente Solivellas.

Fotografías de Aina Lorente Solivellas.

En general, si tuvieras que definir tu obra con tres palabras, ¿cuáles serían?

Creo que hago una literatura de residuos complejos. Residuos tiene que ver en parte con articular, armar los libros y mi camino poético con elementos que en principio son residuos para el sistema cultural. Son residuos, spam, ruido, basura que el sistema cultural nunca pensaría en aprovechar y yo me las apropio, las reciclo de un modo estético.

Es, por ejemplo, una fórmula. Para el sistema cultural poético normativo es basura, no vale, no la saben manejar, no tienen recursos para manejarla. Lo que hago es encontrar el recurso para usarla. Pero igual, cuando hablo del ticket de compra en un supermercado lo utilizo y encuentro ahí un significado poético.

Y ¿qué quiero decir con complejo? Meter un elemento en un sistema y armar con él algo que recuerde a un organismo vivo. ¿Qué es la complejidad? Cuando varios sistemas entran en interacción. Esta manera de armar un sistema, que parece vivo y que está en interacción y que crece orgánicamente, es lo que yo llamo complejidad. Narrar desde un sistema red y no desde un sistema arbóreo o jerárquico en un mundo contemporáneo que se estructura de esta manera.

Es decir, tú buscas crear tu propia red con todos esos residuos, darles vida a partir de la resignificación.

Todo eso tiene que ver con algo que hago yo mucho: la técnica del apropiacionismo. Apropiarte de cosas y recontextualizarlas en un nuevo sistema, lo que para mí eso significa en el fondo es crear realidad. Es decir, creo que la realidad no es algo que está ahí fuera esperándonos, la realidad se construye como lenguaje.

A partir de hallazgos metafóricos o poéticos se encuentran significados nuevos a las mismas cosas. O podríamos decirlo también como «ampliar el campo semántico de las cosas, dotarlos de una nueva semántica».

Para mí eso es a lo único que ha de resumir-se la literatura en general. Pero eso incluye a las emociones. No es algo frío. Mi intención es hallar una metáfora nueva que cree una sensación nueva.

Ahí es donde surge lo particular de tu obra. No buscas conseguir una explicación científica de nada, sino que tu interés reside en ese afán por generar algo nuevo porque es tu intuición científica. Te apropias de lo que necesitas para generar una resignificación a partir de conceptos que a primera vista no son compatibles. Y cuando esto lo aplicas a la poesía, produces en el lector emociones nuevas, nuevos efectos.

Es lo que llamo crear realidad. Hay algo en la realidad que antes no existía y ahora, gracias, a esa metáfora, existe.

¿Qué estás escribiendo ahora?

He terminado mi nuevo libro de poemas, quiero acabar el ensayo del que te he hablado y estoy con un par de novelas que voy haciendo cuando me apetece. Trabajo todo al mismo tiempo. Tal vez estoy quince días con algo y, cuando me aburro, paso otra cosa y no me importa; al contrario, intento olvidarlo completamente porque sé que volverá después. Todo vuelve de algún modo. Incluso lo que estoy haciendo en ensayo de repente me va a llegar transformado en poesía. Para mí esa forma de trabajar, que puede parecer caótica, es orgánica; es muy diferente porque es coherente. En el caos es donde no hay coherencia y aquí sí que hay coherencia aunque vayas de una cosa otra, tiene sentido. Es como girar el caleidoscopio para ver todo de una manera más orgánica y lo que antes, bajo un modelo clásico, nos parecía un caos, de pronto te das cuenta de que es una coherencia en red. Lo que tienes que cambiar es la imagen, como en matemáticas.

[…] Creo que la realidad no es algo que está ahí fuera esperándonos, la realidad se construye como lenguaje.

¿Hay alguna otra cosa que motive tu escritura, que detone tu proceso creativo?, ¿el cine, la fotografía, salir a caminar en la playa?

A mí me aparecen muchas ideas cuando veo televisión. La televisión es una fuente inagotable de ideas por lo que te decía antes, porque son ideas «basura» que descontextualizo y aprovecho como algo de alta cultura. No sabes la cantidad de ideas que me han surgido al ver un spot publicitario de detergente; una serie a veces me sirve para canalizar mis pensamientos.

Me inspira mucho la fotografía, creo que es la cosa más misteriosa que hay, más que el cine. Es un misterio absoluto, me parece inquietante en sí misma.

Siempre me surgen cosas para la literatura o ideas desde lugares que casi nunca son de la literatura: televisión, fotografía, ciencia. Son cosas que aparecen tangencialmente, como un meteorito que de repente cruza el cielo, pasa y no pertenece a la tierra, pero me influye a mí, que estoy en el planeta. Estoy muy atento a esa especie de epifanía, a momentos en los que de repente algo se te revela, suelen ser a veces cosas tontas que no vienen de la alta cultura ni nada.

Para mí el creador es como un marciano, un extraterrestre que recién aterrizó y que empieza a definir lo que ve; entonces, claro, el extraterrestre definirá lo que vea en el planeta con unas teorías nuevas que ya no serán antropocéntricas sino marcianocéntricas, por decirlo de algún modo. El creador es el que de repente gira un poquito el concepto y nos hace ver lo de siempre de un modo en que nadie lo había visto nunca, como ser un marciano en la tierra. Redefinir es lo que me anima, insisto en que no lo hago porque quiera cambiar el mundo, es sólo que mi cabeza es así, no podría pensar de otra manera. Dicho de otro modo, no escribo lo que quiero, escribo lo que puedo.

¿Quién es Agustín Fernández Mallo?

Nunca me cuestiono quién soy. Es muy difícil. Es una persona que intenta explicarse el mundo a través de, básicamente, una investigación poética.

La mayor sensación de felicidad que me da es cuando llego a un hallazgo poético o intelectual, creo que no hay mayor satisfacción. Eso es lo que me mueve. Por ejemplo, no puedo acostarme sin una idea en la cabeza que me guste. Para acostarme, en lugar de estar sin nada, vacío, tengo que tener algo, y entonces me duermo tranquilo. Tiene que estar ocupada la mente. Pero si me acuesto sin nada en la cabeza, sin nada metafórico, sin nada que llame mi curiosidad de una manera potente me siento vacío, me deprimo, me da la sensación de que al día siguiente no me voy a despertar; tengo que sentir esa excitación poética e intelectual.

 


Autores
Stephanie Alcantar (Illinois, Estados Unidos, 1990) es poeta y ensayista. Su libro más reciente es Coreografía del miedo.

Número con número, nuestra mayor intención es dar voz al universo que nos permite conocer no sólo el trabajo de los colaboradores, sino el de todas las constelaciones que los rodean. Para esta edición imaginamos un dossier que pusiera en circulación la idea de activar el trabajo de los fotógrafos sub-35, y fiel a la visión de Tierra Adentro, que diera como resultado un escaparate de catorce artistas, nacidos después de la década de los ochenta. Sus imágenes muestran distintos registros y realidades inmediatas de nuestro presente. Empezamos con un ensayo introductorio del fotógrafo Gerardo Montiel Klint, quien nos habla de la importancia de mantener el contacto con las nuevas promociones de artistas, y terminamos con una selección del trabajo de: Robin Canul, Guillermo Serrano, Mauricio Palos, Dolores Medel, Rodrigo Maawad, Patrick López Jaimes, Ruth Prieto, Carlos León, Luis Arenas Aguirre, Octavio López Jiménez, Alexander Lucatero, Koral Carballo, Karina Juárez y Diego Moreno.

Acompaña a este número un intercambio de correos entre Gustavo Sainz y la poeta Alejandra Peart Cuevas, una crónica sobre la construcción de la ciudad de Monterrey a partir de la sed de cerveza, una entrevista con Agustín Fernández Mallo y la entrega otoñal de La Ceibita, nuestra plaquette de poesía.

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Dossier

Revelar el presente

Una fotografía que quema

Por Gerardo Montiel Klint

Portafolios

Robin Canul Guillermo Serrano

Mauricio Palos

Dolores Medel

Rodrigo Maawad

Patrick López Jaimes

Ruth Prieto Arenas

Carlos León

Luis Arturo Aguirre

Octavio López Jiménez

 Alexander Lucatero

Koral Carballo

Karina Juárez

Diego Moreno

En primera persona

Agustín Fernández Mallo

Por Stephanie Alcantar

Cuento

Combatir al Pecado

Por Fernando Jiménez

CRÓNICA

Carta Blanca City. La cerveza como símbolo de identidad

Por Ximena Peredo

conversación abierta

Archivo Sainz

Por Gustavo Sainz y Alejandra Peart Cuevas

Crítica: libros

El borde afilado de la última poesía cubana

Por Lauri García Dueñas

La soledad del mal: entre la novela policiaca y el existencialismo

Por Diego Salas

CRÍTICA: ARTE

De gravedades, colisiones y meteoritos

Por Balam Bartolomé

CRÍTICA: MEDIOS

Miniaturas sobre la grandeza formal de Tin Tan

Por Praxedis Razo

FORMAS BREVES

Nice Dream

Por Aniela Rodríguez


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

El 19 de septiembre de 1985 un terremoto sacudiría la Ciudad de México y tendría como resultado un gran número de muertos y de heridos. Una imagen del fotógrafo Bob Schalkwijk muestra los restos de un edificio en Tlatelolco que al colisionar dejó a su paso una estructura cadavérica de cemento desmoronado. De lado inferior izquierdo se alcanza a ver la maquinaria pesada que operaba en el lugar del derrumbe, unos cuantos trabajadores aparecen minúsculos en la escena. El edificio desplomado ocupa casi la mitad de la toma, mientras que en la otra mitad aparecen edificios que sobrevivieron al terremoto. Al fondo se exhibe un cielo abarrotado de nubes que parecen ir en sentido contrario a los escombros del edificio.

Al igual que Schalkwijk, otros tantos fotógrafos profesionales y aficionados capturaron los estragos causados por el terremoto: calles repletas de gente, devastación en la arquitectura y gestos de asombro forman parte del imaginario visual que se tiene de aquel momento. Sin duda, septiembre, más allá de ser el mes patrio, resulta ser el mes de la sepultura, pensando sobre todo en las catástrofes que año con año se recuerdan con condolencia. Los desastres no pueden ser concebidos únicamente como fenómenos naturales, o acontecimientos individuales, sino que son fenómenos sociales.

La reconstrucción de las catástrofes se da (muchas veces) a través de videos, fotografías o de la narrativa oral y escrita de los sobrevivientes que tratan de reconstruir el pasado. En los acontecimientos anteriormente mencionados, los muertos, heridos y personas en búsqueda de familiares son una constante. La rememoración se hace presente y necesaria. Desde que ocurrió, en México se evoca ese desastre con simulacros a nivel nacional; el trabajo en las oficinas y en las casas se detiene, las clases en escuelas y universidades se pausan y por un instante (o mejor dicho durante varios días) la vida nacional gira en torno dicho acontecimiento. La lluvia de imágenes y de entrevistas que aparecen en los medios masivos de información puede incluso generar un hartazgo en el público.

A este discurso evocador y conmovedor se unen museos y galerías que inauguran muestras artísticas y fotográficas con motivo del trigésimo aniversario del terremoto que sacudió a la Ciudad de México. Se abren al público conferencias, talleres y exposiciones. Entre las actividades destacan México 30 años después del sismo fue inaugurada el 17 de septiembre en el Universum. La muestra se compone de 15 fotografías de Ichiro Kitazawa, arquitecto y fotógrafo que muestra imágenes del desastre ocurrido cuando una planta nuclear en Fukushima explotó tras el tsunami ocurrido en Japón en 2011. Al mismo tiempo, se exponen 32 imágenes de Seiji Shinohara, japonés que reside en México que se ha dedicado durante muchos años a retratar distintas generaciones de migrantes japoneses en México. Las fotografías de Shinohara que conforman la muestra son imágenes del terremoto de 1985. Según la curadora Josseline Itán Dehui, con esta exposición se pretende generar conciencia en el público sobre este tipo de desastres, además de que busca compartir las distintas maneras en que las personas han enfrentado el suceso. «Buscamos enfatizar—dijo— las relaciones interculturales que existen entre México y Japón. Ambas naciones han demostrado que ante las tragedias se puede seguir adelante, siempre y cuando estemos unidos».[1]

Por otro lado, la Secretaría de Cultura del Distrito Federal inauguró (en la Galería abierta de las rejas de Chapultepec) la exposición fotográfica Sismos de 1985 en la memoria de México, que muestra más de 80 imágenes que provienen de acervos de la Cruz Roja, del periódico El Universal, de la Organización Panamericana de la Salud, del Archivo General de la Nación y del acervo privado de Seiji Shinohara. El propósito es la conmemoración de los treinta años del terremoto. Por su parte, el Museo del Estanquillo contará con la exposición Los días del terremoto, desarrollada a partir de lo que escribió Carlos Monsiváis sobre el suceso, y compuesta por 87 piezas entre ellas video, fotografía, música, pintura, periódicos. Bob Schalkwijk, así como la fotografía descrita en un inicio, forma parte de los tantos artistas que participan en la exposición.

Los mensajes museográficos de estas exposiciones se constituyen de dos ejes: la conmemoración del suceso y el intento por generar conciencia de la magnitud de la catástrofe a través de las imágenes fotográficas como objetos de evocación visual y emocional. Se tiene la idea de que la fotografía puede ayudarnos a pensar y sentir el dolor y el sufrimiento vivido en tiempos difíciles y que a través de la concientización se generan mayor responsabilidad por parte de las personas al momento de una catástrofe. Sin embargo, creo que el discurso museográfico va más allá de eso que tanto museógrafos como curadores pretenden mostrar.

El conocimiento de la magnitud de la catástrofe no sigue necesariamente del sentimiento de condolencia por los muertos, por los heridos, por las familias que quedaron fragmentadas. Una fotografía no dice más que mil palabras, así como tampoco muestra la realidad entendida como un todo absoluto, sólo refleja un fragmento de la realidad que fue vista, vivida y elegida por el fotógrafo. Los múltiples testimonios de los sobrevivientes y de los familiares de aquellos que murieron son otras formas de construir un acontecimiento que, pese a los esfuerzos, sigue siendo incomprensible.

¿Por qué es necesario evocar visual y narrativamente una catástrofe como la de 1985? ¿Por qué conmemorar el desastre con fotografías? En su ensayo «No sin nosotros. Los días del terremoto 1985- 2005», Carlos Monsivais reflexiona sobre el desastre de 1985 y los múltiples derrumbes a nivel político y social que han acaecido en México y desde los que ha vislumbrado el surgimiento de la “sociedad civil”. Menciona que «El miedo, el terror por lo acontecido a los seres queridos y las propiedades, la pérdida de familias y amigos, los rumores, la desinformación y los sentimientos de impotencia, todo […] da paso a la mentalidad que hace creíble (compartible) una idea hasta ese momento distante o desconocida: la sociedad civil, que encabeza, convoca, distribuye solidaridad».[2] Esto es, los desastres dan entrada a la colectivización, a las soluciones en grupo, o que equivale a dejar de lado el individualismo. Pienso de nuevo en las exposiciones fotográficas que se inauguraron este mes y vuelvo a la pregunta de si realmente el propósito de éstas es estimular a la reflexión y la conciencia. En 1985, «Por primera vez se aboca a la solución y no a la espera melancólica de la solución del problema. […] por cortesía de la naturaleza, […] se trastorna por unas semanas el uso del espacio público. A lo largo de los días se construye algo semejante al gobierno paralelo o, mejor, similar al de una comunidad imaginaria (la Nación, la ciudad), antes no concretada […]».[3]

Estas exposiciones pueden crear conciencia, no tanto de la magnitud del terremoto, ni de lo desastrosos que pueden ser estos fenómenos sociales, sino al poner sobre la mesa el tema de la (re) construcción de la sociedad civil que a veces se desvanece en un momento en el que la efigie del individualismo se realza con más ímpetu en la posmodernidad. El mensaje es claro: dejar de voltear a verse a uno mismo y ocuparse del otro, sobre todo en momentos de aflicción. La catástrofe del 2011 en Japón muestra que en otras partes del mundo también se ha dado dicha colectividad, y que es la cohesión entre los individuos la que permite avanzar. 1985 es una especie de herida en la memoria colectiva en México, y hablar del tema año con año, así como generar actividades en torno a este suceso, sirve para reafirmar el pesar de los daños, para discutir cómo se ha avanzado en tecnología y arquitectura en materia de catástrofes naturales, así como para evaluar si estamos preparados como sociedad y como individuos para un nuevo desastre.

[1] «Tragedias compartidas de México y Japón» en: El Universal, 11 septiembre 2015.
[2] Monsiváis Carlos, No sin nosotros: Los días del terremoto 1985- 2005, Era, México, 2005.
[3] Ibid., págs. 9 y 30.


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(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.

Es cerca de medio día, Miguel me recoge en la estación de autobuses de Caborca para irnos en su troca a la Brecha, un camino que conoce desde niño cuando acompañaba a su abuelo al rancho. Anteriormente era el paso de las personas que querían cruzar la frontera y llegar a Estados Unidos, ahora sólo pasan cargamentos de droga. Miguel Fernández de Castro (Hermosillo, 1986) es el último descendiente de los pápagos. Su interés por la geografía y la geología proviene, quizá, de una de sus primeras lecturas de infancia: La isla del tesoro, donde reconoció la imaginación como una forma de resistencia, después vinieron Samuel Beckett, Susan Sontag y otras lecturas y vivencias que han constituido a uno de los artistas jóvenes más interesantes y congruentes de la escena del arte contemporáneo en México.

Estamos en medio de la nada, entre saguaros y cementerios de vacas: el Sásabe. En este lugar se encuentra tu estudio donde practicas la mayéutica; lees, piensas y te cuestionas en un contexto particular que deriva de algo más complejo. Quiero comenzar esta entrevista con la investigación alrededor del lenguaje geológico que empezaste en el 2013 en la península de Baja California y que aún prosigues.

Me interesa, como a otros, generar una investigación a largo plazo más que difiera de los estándares de tiempo de producción exigidos por el sistema; creo que es muy importante crear el tiempo propio como una manera de encontrar cierto rigor en las ideas. Y el tiempo propio tiene que disentir, necesariamente, de los tiempos de sistema. Tiene que funcionar como un engranaje averiado o una orquesta desentonada. La afinidad, la orquesta funcionando perfectamente, aunque eficiente para los sistemas de consenso, es una desgracia para el trabajo crítico.

Los conceptos que intento trabajar se insertan también en contextos y situaciones específicas. Si enuncio un interés por el fenómeno geológico de subducción —una placa tectónica se introduce debajo de otra y genera efectos de superficie y terremotos—, o enuncio un interés por la erosión como forma de desgaste, me interesa confrontarlo con el contexto donde estoy generando ese trabajo, por ejemplo aquí, donde estamos ahora.

Creo que es importante establecer las relaciones que existen entre el movimiento dialéctico de la subducción y los cargamentos de droga que en estos momentos están cruzando por la zona del Sásabe, a 30 km de aquí. El tiempo del narcotráfico es inmediato en comparación con el tiempo de la erosión geológica, pero los dos funcionan a través de un proceso de circulación de materia que nunca se detiene.

Cerros antropomórficos-MIna La PrietaEl tiempo también te ha permitido incidir y cuestionar el del lenguaje domesticado que circula indiscriminadamente. De ahí que la semántica geológica, «el lenguaje del tiempo», te permita generar alegorías críticas.

Mi trabajo con el lenguaje geológico proviene de un interés alegórico para que ciertos conceptos funcionen como formas de encontrar caminos para pensar críticamente. La relación que establezco con ese lenguaje es a partir de cómo esos conceptos y su materialidad nos pueden ayudar a pensar críticamente una situación específica.

Lo que me parece potente de la semántica geológica es que no sólo se preocupa por los efectos de superficie, sino también por los estratos. Todo sedimento se deposita horizontalmente y a su vez da lugar a otros fenómenos. Es decir, un estrato está formado de materia que se deposita sobre una superficie en un determinado tiempo. Para mí es importante estar consciente de que esa materia es histórica porque así es posible pensar en un lenguaje que disienta de la pura actualidad y la inmediatez. Y es en ese sentido, que el potencial alegórico de los estratos es crítico: si se buscahacer un anclaje con, por ejemplo, estados de violencia específicos derivados del narcotráfico, es necesario hacerlo desde una plataforma histórica —más como un devenir que como sucesión cronológica— y no desde la actualidad oportunista del comentario sobre la guerra contra el narcotráfico en México.

Esa situación no parte de una negativa a decir las cosas por su nombre, sino de una sensación de insuficiencia, de una sospecha sobre la impunidad con que hemos utilizado ese y otros términos en ciertos discursos. ¿Cómo devolverle su carácter crítico a ciertos conceptos? ¿Cómo decir de otra manera palabras que han perdido su potencia para diferir? ¿Cómo evitar frases e ideas preestablecidas que no dicen mucho pero que siguen funcionando eficientemente en el lenguaje del espectáculo? Y de nuevo volvemos a un asunto de superficie, de visibilidad: si la coraza del lenguaje simplificado, consumible y acrítico se ha vuelto tan sólida es porque funciona para permanecer en determinadas superficies, para ser visible. Pareciera, tristemente, que la pregunta clave para el creador contemporáneo es: ¿cómo ejercer un estilo crítico y al mismo tiempo no perder visibilidad, no ser excluido?

En tu caso has intentado devolver el sentido crítico a los conceptos con la escritura; cuya dispersión puede ser de manera oral, impresa pero también en la red como lo fue Erosión como mercancía.

Los textos que introduzco en la línea de tiempo de Twitter, los nombré Erosión como mercancía Y no son alternos a los demás trabajos, sino una práctica escritural en sí. En ocasiones son descripciones geográficas de paisajes que no existen y que no tienen un referente visual. Otros textos son preguntas que intentan encontrar una relación entre la erosión (en la línea de tiempo no existe la precisión de a qué tipo de erosión me refiero) y algo que denomino «narcología». La relación se establece a través de una condición que comparten ambas palabras: la circulación. Así, la erosión no es solamente lo que la acepción popular dice, es decir, una condición de desgaste, debilitamiento, dispersión o decaimiento. La erosión, en su relación con la circulación de materia y mercancías, es algo incluso deseable para ciertos procesos de reificación: la materia que la erosión genera, ya se está depositando y creando sedimentos en otro lugar. Por supuesto, el valor de uso de estos textos es mínimo en relación a su valor de intercambio.

Proyección #18 - Atlas Marginal de Geología, 2013-2015En ese sentido, es interesante que el materialismo histórico influya en tu vida cotidiana: te otorga otra consciencia, consumo y uso del tiempo. Hay una dialéctica entre el tiempo del internet y el tiempo del desierto; ambos constituyen tu trabajo y tu subjetividad.

Una de las condiciones materiales con las que cuento —contamos— para entender el tiempo, es el internet. Aunque el tiempo del internet es inmediato, genera un diálogo con otras formas de tiempo lento. Si abro diez ventanas en el navegador, cierro algunas y dejo otras abiertas sin motivo aparente, estoy generando una forma de concebir el tiempo de lectura, de ocio y, principalmente, de digresión.

Te comentaba que me interesa trabajar con el formato .gif como una de las unidades mínimas de tiempo repetido en internet y su relación con el tiempo lento de la piedra. Un .gif y una piedra comparten un proceso de repetición pero de distintos efectos y duraciones. Cuando proyecté en el Palacio de Gobierno de Chihuahua el .gif del asesinato de Marisela Escobedo pensaba más en el hartazgo producido por la repetición y la banalidad generalizada del formato .gif en internet, que en las implicaciones del tiempo inmediato.

Creo que es necesario generar espacios fuera de internet para entenderlo mejor. No recuerdo dónde leí algo acerca de la calidad de los espaciosoffline. Generar espacios offline de calidad es difícil, pero es una manera de problematizar nuestra relación con el tiempo espectacular y expuesto del internet, así como producir en internet problematiza nuestra relación con el tiempo lento de los lugares donde no hay señal de internet. Por eso es importante para mí tener un espacio para trabajar aquí en el monte, a la mitad entre dos pueblos, porque me obligo a enfrentarme a un tiempo dilatado que obedece a otros parámetros. Aquí el tiempo se asemeja más al tiempo de la piedra, a una materia que parece inerte pero que sufre cambios imperceptibles.

 

Si bien, parte de tu trabajo circunda alrededor del desierto, tiene que ver más con la desertificación en términos teóricos y no con un estilo o característica de producción como lo asumen muchos artistas de esta región ¿Cómo te sientes ante esto?

El desierto está peligrosamente cercano al estilo, no solamente en términos visuales, sino también ideológicos. La problemática del desierto está muy ligada a las discusiones literarias en torno a cierto ‘nomos del norte’. El problema del estilo radica en el momento que el creador se da cuenta que cierta estética es rentable en los circuitos del centro del país. El creador nacido en el norte se da cuenta, de pronto, que su rancho, esa ciudad salvaje de la que huye, es explotable. Esto es verdad pero al mismo tiempo estéril, pues nadie aceptará tal oportunismo. Pienso que el debate está, más bien, en la resistencia que ofrezca el trabajo frente a la ideología hegemónica impuesta. A los aparatos ideológicos del Estado, incluidos los del arte, les molesta que se enuncie la verdad violenta y los tiempos distintos a los suyos. El gobierno de Calderón, por ejemplo, trató de imponeruna directiva llamada Nueva narrativa en materia de seguridad, en donde se recomendaba evitar la apología de la violencia y el delito, y evitar reproducir imágenes de armas y homicidios pues, según el comunicado, los delincuentes habían logrado posicionar ante la sociedad una subcultura que los enaltece, utilizando conceptos y adjetivos que generan la impresión de que forman parte de una élite social encomiable. Esto, como ves, sugiere muchos problemas.¿Quién impone las nuevas narrativas? ¿Cómo esto lleva a la autocensura? ¿Cuáles son las élites encomiables? Y es aquí donde vuelvo a la cuestión del estilo y el desierto: el desierto estilizado siempre se tragará esa nueva narrativa recomendada por el Estado. Me interesa la desertificación no sólo como proceso material sino también como estrategia: como Beckett, al generar un lenguaje que lidie con la desertificación, es posible evidenciar la paja y la mierda que hay debajo de ciertas narrativas.

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Autores
(México, 1985). Curador independiente y escritor de arte. Es codirector fundador del Coloquio iberoamericano de crítica de arte. En 2014 publicó Mitos oficiales (Periferia). En ese mismo año formó parte de la primera generación de la Escuela de crítica de arte / Proyecto Siqueiros. Actualmente es cocurador de El futuro no está escrito, proyecto que participará en la 56ª Bienal de Venecia.

Ediciones Eternos Malabares es una editorial morelense e independiente de amplia trayectoria nacida en 1995; su principal objetivo ha sido dar continuidad a la difusión de la literatura en el estado de Morelos. Hace veinte años, la revista Mala Vida (que obtuvo en 5 ocasiones la beca Edmundo Valadés para Revistas Independientes), editada por la misma editorial, se convirtió en un foro importante para escritores y lectores interesados en la creación literaria reciente a nivel local y nacional. Fue contemporánea de revistas como El Centavo, Pasto verde, A quien corresponda, Anóninos suburbios y Cantera Verde, entre muchas otras publicaciones de los estados de la república que abrieron una brecha importante para la literatura joven de México. Desde 1995, Ediciones Eternos Malabares trabajó en la edición de libros de autores noveles y reconocidos. Entre sus múltiples actividades, organiza conferencias y presentaciones de sus propios libros con escritores de sólido prestigio, tal es el caso de Rodolfo Hinostroza, Hugo Gutiérrez Vega, Alí Chumacero, Ricardo Garibay y Sergio Mondragón, entre otros.

Su más reciente promoción de títulos publicados constituye una muestra de cómo puede bregar un sello austero de provincia para convertirse, a mediano plazo, en garante de calidad y compromiso con la Cultura (en mayúsculas); trascendiendo las limitaciones inherentes a un mercado siempre deprimido por los flagelos del analfabetismo funcional, donde el nivel estándar de lectura (muy elemental) es incluso inferior a nuestro índice escolar promedio (educación secundaria); en combinación con las crisis moral y económica que han asolado a México con renovados bríos en los últimos tiempos.

De esta manera, después de curtirse como iniciativa de vanguardia con la edición de la revista Mala Vida (cuyo primer número vio la luz en 1995) y ahora con la revista multidisciplinaria Bitácora Pública, siempre bajo la gestión y tutela de Ricardo Venegas (Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2008), comenzaron a surgir las primeras plaquettes de la entonces llamada Eternos Malabares, para promover el quehacer literario de creadores emergentes de la entidad tlahuica. Escarceos iniciales con la vocación de publicar libros que se concretaron en 2010, con la camada de publicaciones que reinauguraban de manera «oficial» la reciclada colección Mester de Junglaría (Fonca/ Conaculta).

Ediciones Eternos Malabares ha participado en diversas ferias del libro del país, tales como la del Palacio de Minería (en las dos ocasiones en que estuvo dedicada al estado de Morelos) y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en la cual participará este año con la presentación de varios títulos.

Pero es a partir de 2013 cuando comienza a verse la cosecha madura, perdurable, de aquella propuesta editorial que se gestó en lo oscuro, lejos de reflectores y marquesinas para obtener el segundo apoyo institucional a nivel nacional, que en esa ocasión conjugaría recursos de la convocatoria EPRO/Libros del Instituto Nacional de Bellas Artes/Conaculta, y, sólo en dos de los doce títulos, de la Secretaría de Cultura morelense, para impulsar el lanzamiento a mayor escala de seis títulos en la ahora imprescindible y renovada colección Mester de Junglaría, restringida sólo a la poesía; enriqueciendo el acervo con tres obras de la ensayística Saeta del Centauro, dos ejemplos de narrativa en El Perseguidor, dos antologías de lectura obligatoria bajo el rubro Cofrades, y un libro especializado en Derecho y Ciencias Sociales (Temas Selectos).

De Con-versatorias, entrevistas a poetas mexicanos nacidos en los 50, realizadas a su vez por un sólido reparto de creadores más jóvenes, Hugo Gutiérrez Vega destaca en su prólogo: «Tiene el lector en sus manos un libro esclarecedor de muchas pautas que unen a los miembros de la generación de los cincuenta (…) La selección es muy acertada y los diálogos tienen una notable viveza y una gran espontaneidad».

Sergio Mondragón presenta Estaciones bajo el volcán, antología de la reciente poesía morelense argumentando que se trata de un «libro-espejo que refleja el paisaje de adentro y de afuera… Hay arte y artistas. Poesía por todos los poros»; asimismo, la alusión célebre del título es «un intento de la filiación espiritual de estos poetas con la intensidad y verdad de aquella escritura (de Lowry): una especie de declaración de principios o, quizá, hasta un manifiesto».

En esta última remesa, la colección Mester de Junglaría está constituida por antologías actualizadas de Ricardo Venegas (La sed del polvo), Ricardo Ariza (En donde la memoria arda) y Jair Cortés (Ahora que vuelvo a decir ahora: una reconciliación poética); así como los libros inéditos Ver de mar de ver, de Víctor Toledo; Vórtice, de Armando Alonso, y Por el camellón del viejo puente, de Alex Campos; con excepcional recepción por parte de sus pares y la crítica especializada: Juan Domingo Argüelles, Eduardo Hurtado, María Baranda y otras plumas de renombre.

Luis Tovar ofrece Sin rastro de nosotros, novela de tres tiempos o trilogía de relatos donde aborda las relaciones de pareja en distintas estancias, involucrando el amor idealizado, la infidelidad, la desconfianza, las mentiras, la costumbre y el pasado, al compás y en contrapunto del cuasi mítico tema de Joaquín Sabina «Amor se llama el juego»; así pues, de acuerdo con la reseña de su editor: «Si la lengua de todos los días se refleja en Sin rastro de nosotros es por el arte escuchar, macerar antes de digerir (…) La osadía y la introspección juntas nos revelan el lado más humano de un hombre que se mira a sí mismo y nos recuerda las ‘dualidades funestas’ de López Velarde», y es (in)justa la razón por la que «el agua apaga el fuego / y al ardor los años // Amor se llama el juego / en el que un par de ciegos / juegan a hacerse daño // Y cada vez peor / Y cada vez más rotos // Y cada vez más tú / Y cada vez más yo / Sin rastro de nosotros».

Por su parte, Diario de los años muertos del narrador, ecónomo, filósofo y sociólogo mexicano Ivo Quallenberg, es un repertorio de cuentos que remata en un ensayo relatado, o relato ensayado, combinando con acierto inteligencia, reflexión, humor e ironía. Baste como muestra de ese estilo mordaz el siguiente pasaje: «Hice lo que debí haber hecho desde el primer día: curarte lo incurable. Confieso que fue un asunto de niños cortar por lo sano con esas ideas de pájaro que tienes. Pero funcionó. Resultó un éxito rotundo reemplazar tus chochitos de arsénico diluido a la 30, por arsénico letal. El caso es que hoy, 22 de marzo, es el día más feliz de toda mi vida; porque ¿sabes? al fin entraré en ti».

En cuanto a ensayo, Verónica Volkow nos revela en De la demonización al análog”, según Josué Castillo, que «la poesía le queda grande al presente, éste no la puede aprehender; trasciende lo político, y sin embargo lo afecta; está más allá de la inutilidad e insignificancia de las pasiones humanas, pero las explica y transforma». Por ello, la autora plantea a sabiendas asuntos de gran calado para el oficio literario, pues «la poesía moderna, nacida del Romanticismo, fue una respuesta pasional y rebelde a la dictadura de la razón ilustrada del XVIII. El romanticismo fue más que un cambio de estilo y de lenguaje, implicó una revolución de las creencias. Entrañó a su vez un rompimiento con la univocidad de la tradición grecolatina, al buscar raíces diversas. Quiebra ésta el estándar de la belleza clásica exaltando la belleza singular, bizarra. Con el Romanticismo se inicia la tradición crítica de la poesía en Occidente»; para concluir también, como queda evidenciado en su propio caso, que «la poesía moderna es la punta de flecha del pensamiento crítico moderno». Y a fin de cuentas, una conversación con el Diablo.

En Ensayes, el venezolano Josu Landa entrega un panorama ceñido a sus aprecios y riguroso en la crítica, tanteando en lo profundo de aguas a veces tranquilas, pero en ocasiones procelosas, con pareja soltura que demuestra en tópicos en extremo polémicos y sensibles, como registro del papel de la escritura, la educación y el pensamiento en estos tiempos y hacia el porvenir. Su visión se ensancha a todo el ámbito latinoamericano, revisando con ojo atento a ilustres creadores que han marcado pautas innegables para la producción literaria actual del continente, lo mismo que recala en jóvenes promesas de la lírica con idéntica intención de revelar los mecanismos del inasible estro, que pone en el entendimiento de los hombres el sagrado misterio de la creación.

El colofón del periplo (aún inconcluso) de Ediciones Eternos Malabares por las turbias aguas del más urgente quehacer cultural en nuestro país, es la reedición revisitada del material que incluye Sendas de Garibay (Eternos Malabares/Fonca/ Conaculta, 2015), proyecto de una sola e inacabable conversación (a varios tiempos) e interpretación de la obra del egregio autor hidalguense con el que Ricardo Venegas comparte algo más que oficio, y al que dedicó sus mayores afanes como entrevistador y ensayista durante casi veinte años de memoria y acuciosa reflexión. Un reconocimiento entrañable a ese gran desconocido que fue Garibay, quien nos legó su pasión apalabrada y su palabra apasionada, ahíta de rencores simulados y no por ello menos auténticos, porque le correspondió lidiar a puño limpio con el máximo poder político del viejo régimen al mismo tiempo que con una generación de escritores latinoamericanos que alcanzaron el prestigio universal aún en vida, cuando el joven aquel de fiera infancia los retaba a duelo literario sin dudar, incluso en desventaja, a juzgar por sus detractores más acedos; de lo que resultamos beneficiados a granel sus lectores siempre complacidos.

Creación bajo el volcán, entrevistas a escritores y artistas plásticos en Morelos (2015) es la novedad más reciente de esta editorial. Realizado con el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes a través de la Convocatoria de Fomento de Proyectos y Coinversiones 2014, el volumen de 29 entrevistas con prólogo de René Avilés Fabila nos invita a descubrir el quehacer de la cultura en el estado en los últimos 20 años. Avilés Fabila lo sabe y afirma: «Ricardo Venegas sabe entrevistar, no abruma a su entrevistado con preguntas de tipo general, sabe que eso es un fastidio y que si desea una respuesta intensa, aguda, deberá interrogar con conocimiento de causa. En Creación bajo el volcán (Ediciones Eternos Malabares/ FONCA/Conaculta, 2015), reúne un puñado de entrevistas de calidad. Artistas plásticos, escritores y científicos tienen la palabra. Ricardo ha seleccionado con cautela a sus personajes. Cito, de una rica lista, a varios de ellos: Luis Francisco Acosta, José Agustín, Héctor Gally, Hernán Lara Zavala, Sergio Mondragón, Santiago Genovés, Leonel Maciel, Adolfo Mexiac, Roger Von Gunten. En todos los casos, Ricardo Venegas sabe cómo y qué preguntar».

Como ahora agradecemos y deseamos la dilatada estancia y consolidación del sello Ediciones Eternos Malabares entre nosotros.


Autores
Poeta mexicano (Cuernavaca, Morelos, 1969). Es autor de La celebración de otoño (1995), Tierra junta (2004) y Boca de la lumbre (2006). Premio Estatal de Literatura Morelos 2002. Becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en 2004 y 2006.

CINETEKTON! Film Fest. Festival Internacional de Cine y Arquitectura es el único festival en México dedicado a la exhibición cinematográfica y formación especializada en Arquitectura, Diseño de Producción y Dirección de arte y el segundo en Latinoamérica.  Su interés es generar nuevas perspectivas de reflexión sobre la ciudad y sus manifestaciones arquitectónicas mostrando la importante e imprescindible relación entre la persona y su entorno construido, por ejemplo con el largometraje Las aspas del molino.

La ciudad de Buenos Aires alberga un edificio icónico que se caracteriza por un molino en el frente y que años atrás albergó una confitería. Hoy la construcción se encuentra sumamente deteriorada y muchos temen que con el paso del tiempo, este edificio desaparezca llevándose una parte de la identidad bonaerense. Ante la alza en los precios que hacen muy difícil acceder a una renta, el lugar alberga a personas (en su mayoría migrantes) que día con día afrontan un peligro inminente debido al estado del inmueble.

Las aspas del molino busca adentrarse en las problemáticas que rodean a la antigua Confitería del Molino, y en cómo es que un símbolo de Buenos Aires se cae a pedazos sin que las autoridades muestren interés por reanimar este espacio en donde, además, la comunidad quiere dar cabida a actividades culturales en pro de la recuperación histórica local.

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.