Tierra Adentro

I. GRAVEDAD

Mi padre tiene en casa un meteorito. Siempre que lo veo me siento atraído a su materia, a su erosionada redondez, a su arrogante gravedad. Me da la impresión de que no tolera estar lejos del suelo, que extraña el calor infernal del impacto, el descalabro, la fractura, la hendida cicatriz que se forma tras el revés suicida.

¿Qué es un meteorito sino un cerbatanazo insolente en la nuca del cosmos?

Lo sostengo en la palma de mi mano como el corazón de un sacrificado. Lo acaricio. Su oscura densidad me llama a depositarlo sobre el piso. Mi resistencia a hacerlo parece duplicar su peso. «Esto viene del universo», pienso, mientras dibujo con el dedo la posible trayectoria que lo trajo del fondo del espacio al cuenco tibio de mi mano. Concluyo que ésta debe ser la forma del destino, si acaso hay uno. Siento mi pulso yugular latir acompasado y suave, como el mecanismo de un reloj, como el oleaje matutino, como los primeros borbotones de un manantial al romper la fuente de una piedra. Me estremezco. Lo coloco de nuevo sobre la pequeña base en que mi padre lo tiene. Se enfría de nuevo la roca celestial; impacta ahora con suavidad en el suelo del sueño, atenta a la sístole vital del próximo contacto.

II. COLISIÓN

Un meteorito es un trozo de materia estelar que impacta la superficie de la Tierra.

Estas rocas rebeldes se incluyen en una definición laxa que casi llamaría existencial y la cual comprende toda materia extraterrestre de tamaño menor a un asteroide pero mayor que polvo cósmico. En ocasiones, estos fragmentos celestiales son capaces de cambiar el destino de un planeta. Muy probablemente estoy hablando aquí sobre un meteorito gracias a otro, el que provocó el cráter de Chicxulub en Yucatán, ese que extinguió a los dinosaurios y que a la postre favoreció el imperio mamífero al que pertenecemos y que nos ha permitido reinar siniestramente sobre este planeta.

Las ideas también son meteoritos o por lo menos, son susceptibles de serlo. Toda idea es un impacto y todo conocimiento genera una marca, con suerte indeleble, en la memoria. Del mismo modo, todo lo que nace colisiona y toda muerte deja un vacío, una oquedad. Luego entonces, toda vida es meteoro.

Vivimos en un país donde la Decena Trágica ha dejado de ser un hecho histórico para volverse un término genérico, un ejercicio aritmético. Todos los días sumamos decenas, veintenas, treintenas trágicas a este país de gravedades que andamos como se anda con suelas de plomo sobre un piso de lodo. Cada escena criminal también genera un cráter. Nuestro país está lleno de ellos.

Si hablamos de sistemas solares podemos hablar también de micro-sistemas, micro-sociedades (públicas o secretas, como la que nos ocupa en esta ocasión), órbitas, sobre cómo romperlas intencionalmente y colisionar a propósito. Sobre cambiar, si no el destino del planeta, sí el propio. Un meteorito es consecuencia de una órbita que se desvía y deriva en impacto. En este momento, al leer esto, se está generando uno. En tanto que somos más que polvo cósmico y menos que asteroides, somos meteoritos.

III. METEORITO

Por todo lo antes dicho, una publicación como Meteorito, cuya «principal y última misión», en palabras de sus secretos editores, es «cosechar temblores», resulta sustancial como documento de las colisiones y cráteres que se pueden producir a partir del arte. Apropiándose del antiguo método de predicción del ciclo agrícola, las cabañuelas, que sugiere que de acuerdo al clima de los primeros doce días del año será el de los meses subsecuentes, esta publicación convoca en cada número (actualmente se encuentra en circulación el número 3, correspondiente al Verano de 2015) a un grupo de personalidades para que colaboren con «presagios» escritos o visuales, sobre el tiempo venidero. Aunque podemos inferir a quién pertenecen las colaboraciones, su autoría permanece anónima.

Así pues, Meteorito pretende ser «adherente a la sexta y tener filiación comprobada con la ciencia patafísica». Tan inclasificable e incierta como esta declaración —y las mismas cabañuelas— es el resultado impreso, en tanto que en él participan y se sobreponen poemas, imágenes y sentencias aparentemente inconexas, tanto como puede resultar al ojo inexperto el vínculo estelar de las constelaciones. La publicación de Meteorito es estacional y es quizá en el retruécano imposible de su periodicidad donde radica su gracia. Y es que los meteoritos nunca son estacionales, impactan cuando les da la gana, como todo encuentro que deriva en conocimiento, en amor, en feliz destino.

Balam Bartolomé (Ocosingo, 1975) es artista visual. Ha realizado residencias artísticas y su obra se ha expuesto en ciudades de Norteamérica, Asia y Europa. Su primer libro es Batalla de ciervos.


Autores
(Ocosingo, 1975) es artista visual. Ha realizado residencias artísticas y su obra se ha expuesto en ciudades de Norteamérica, Asia y Europa. Su primer libro es Batalla de ciervos.

Siempre habrá vampiros. Algunos son vampiros aztecas, otros de línea clásica como Nosferatu o Drácula. Vampiros hematófagos o energéticos de tipo político —que más bien pertenecen al mismo orden de los zancudos o de las chinches antes que al vampírico—; vampiros cinematográficos adolescentes, degradados y degradantes, así como los famosísimos, infames vampiros de la colonia Roma, imbuidos de dignidad erótica. En fin, vampiros de toda índole geográfica, étnica o profesional, pero de los que hablamos aquí son de un tipo en particular.

En contra de toda advertencia, o incluso de sentido común, los que acostumbramos caminar en la calle durante las madrugadas los conocemos bien. Pasamos atentos frente a los lotes baldíos y sus bardas rayadas, a las entradas de los tugurios o de esas casonas señoriales que ahora son ocupadas por el cascajo y la sombra. Vemos las evidencias del paso del tiempo y sentimos lo que se encuentra detrás. La ensoñación nos deja la puerta abierta para creer en la existencia de los habitantes de la noche y su residencia atemporal. Romanticismos aparte, siempre habrá vampiros habitando nuestra literatura.

La noche de la ciudad, ésa en que la región más transparente se diluye aún más para cobijar la experiencia onírica, está repleta de revelaciones decadentes que nos encaminan de lo pre-hispánico a lo post-segundo piso del periférico, hasta un underground tan telúrico que sólo los ídolos enterrados son testigos de esas noches psicotropicales con bailongo y sacrificios rituales y sangre: «Aquí, entre el musgo acuático, era capital de sangre. De los templos redondos y cuadrados que copiaban los sagrados cerros, sangre; sus canales regaban sus huertos de sangre. Sangre preciosa para alimentar la voracidad de los que aquí eran dioses».

Decía Ulises Lima en aquella novela salvaje, casi como una leyenda urbana, que Carlos Monsiváis tenía la certeza de que durante ciertas noches se utilizan los tinacos en las azoteas como pináculos para realizar sacrificios humanos. Que los dioses de Tenochtitlan permanecen sedientos debajo de la capa delgada de pavimento y concreto en que vivimos. A estos dioses adormilados no les faltarán los hierofantes dispuestos a ejecutar los ritos: «siempre hubo algunos que no dejaron a sus dioses sedientos, que no los hambrearon, no los desampararon: hubo unos que siguieron cumpliendo con su deber a pesar del día 1-SERPIENTE de ese año fatal, 1521. Éstos eran los tlacatecólotl. Los hombres-búho».

Vampiros Aztecas de Pablo Soler Frost (Ciudad de México, 1965) narra la experiencia de entrar en contacto con los tlacatecólotl en una de estas noches locas que nos guarda la capital mexicana. La «escritura lisérgica» del autor hace que el relato fluya en dirección al pasado y al presente, pero que también dé cabida a una multitud de planos que se sobreponen como en un sueño: Janis Joplin, una chinampa perdida en la colonia Guerrero, Tezcatlipoca dando clases en la UNAM, los hongos de San José del Pacífico o un puñado de drogas y mitos que hacen viajar al lector al interior en la cabeza del narrador y su caos sintáctico.

Con este libro, Soler Frost entrega un relato que podríamos incluir en la tradición fantástica de la literatura nacional, como las Leyendas de las calles de la ciudad de México de Sánchez Obregón, La Cena o Tlalocatzine en el jardín de Flandes, por citar algunos ejemplos. Pero también una reescritura de la historia, o una «visión de los vencidos» alucinada por los güeros descendientes de los españoles (que son tan apetecibles para los tlacatecólotl).

Cabe mencionar el cuidado de la edición tipográfica por parte del Taller Ditoria, cuya precisión artesanal hace del libro un códice que podría estar «entre mantas de algodón, banderas de papel, filigranas de oro, y piedras y plumas preciosas».

Siempre habrá vampiros, y para nuestra suerte, escritores que sirvan de intermediarios entre su sed y nuestro ensueño.

Vengo de un hogar donde ni mi mamá ni mi papá suelen tener filtros para hablar, y esto puede llevar a momentos de suma incomodidad. No para ellos, mi madre no se da cuenta y grita en vez de hablar, emite las palabras como hacen los actores, los niños y las aves, desde el diafragma; todo se debe a que mi abuela era bastante sorda y mi mamá necesitaba ser escuchada. Mi papá no entiende qué tiene de malo decir la verdad, aunque no estoy segura de que exista algo así como una verdad. Mi amigo Jorge es igual. Los filtros son necesarios porque no todo el mundo quiere ni le interesa saber lo que pensamos, tampoco es necesario que lo sepan.

Los filtros hacen mejor algo que tenía buenas intenciones y que casi lo logra, baste pensar en el Instagram y en esta idea de los muchos filtros llevada al extremo. Incluso existe el hashtag #sinfiltro (#nofilter en inglés) para resaltar cómo hay cosas bellas por sí mismas. Resulta difícil aceptar que lo que vemos en esa red social (o en cualquier otra) es «la realidad», porque aun con filtros de luz y de color, esa imagen pasa por aquel quen toma la foto. De ahí que la fotografía no pueda ser objetiva y sea una suma de subjetividades estéticas que en el fondo también imaginan e interpretan la realidad, como la ilustración realista, científica, el documental en cine o un informe en literatura.

Filtramos nuestras actitudes o emociones para encajar en grupos sociales, en situaciones o momentos. La psicosis puede ser una falta de filtro o la sociopatía una multitud de filtros, una extrema racionalización de lo humano para pasar por alguien normal. Pero también filtramos nuestras actitudes por pudor, por falta de confianza o por falta de afecto.

La filtración es necesaria al trabajar un nuevo proyecto, cuando hay demasiadas ideas o caminos posibles para desarrollarlas. Para que éste aflore es necesario a veces hacer lo mismo que cuando hacemos café: nos quedamos con su sabor y desechamos el grano.

Y luego están los filtros de la memoria, ¿decidimos qué cosas recordar o nuestra mente las filtra por nosotros? Tenemos recuerdos que hemos olvidado ya sea por dolorosos, inservibles o impactantes; y hay dolores que por liberarnos de todo rencor, deberíamos filtrar pero por alguna razón no lo hacemos, de ahí el término en inglés baggage o equipaje emocional. Todos deberíamos llegar a ese día en que lo soltamos porque si no se nos va el tren, como al final de Darjeeling Limited de Wes Anderson.

La memoria a la vez nos enseña una verdad propia que creemos que comparte todo el mundo, pero no siempre es así. Hemos filtrado nuestra propia experiencia y un mismo evento es recordado por cada quien de manera distinta. Baste contar una anécdota de la infancia frente a nuestra familia para escuchar las distintas versiones de cada uno lo los actores que participaron en ese momento. ¿Quién miente, nosotros, los demás o nuestra memoria?

Cuando le quitamos el filtro al Instagram, buscamos la objetividad, llegar a una verdad convencional que genere empatía con muchos. Pero entre más filtros y capas ponemos, más nos alejamos del otro, más nos engalanamos en un discurso único. O como pasa en la escena de la película Spider de Cronenberg donde el protagonista aparece en el comedor de la institución mental con unas cinco camisas puestas al mismo tiempo y el enfermero le pregunta si trae puesta toda su ropa. Entonces su compañero responde, ante el silencio de Spider: «Entre menos es una persona, más ropa necesita para vestirse».

En realidad las cosas brillan por sí mismas, como los sabores, y su grandeza yace en su combinación, en su pertinencia y en el sutil balance entre todos sus elementos. Pienso en el chef Ramsey regañando a alguno de sus concursantes, cocineros en potencia, por aderezar demasiado algún ingrediente de primera, cuando la regla es que si se tiene un ingrediente de primera, es mejor que brille por sí mismo.

Somos capas y capas que necesitamos y otras que no. Filtros de nosotros mismos para dar a entender de una manera inteligible nuestra manera de ver el mundo. Tal vez no está tan mal que mis padres no filtren sus comentarios. Habría que hacer lo mismo de entrada con las ideas y que los sabores siempre sepan a lo que son. Baste aprender a combinarlos y el arte de la mesura.


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.

A mediados de este año falleció Gustavo Sainz, un escritor prolífico y lector voraz. Aunque poco leído, el trabajo de Sainz caló hondo en la conciencia de sus lectores y de los jóvenes escritores de hace varias décadas. Su labor como editor y escritor, a la que debemos colecciones emblemáticas como setentas y novelas como Gazapo y Muchachos en llamas, aunada a su amor por la cultura, convirtieron a Sainz en un tesoro casi secreto para quien quisiera acercarse a la literatura mexicana. En Tierra Adentro hablamos con Alejandra Peart Cuevas para que nos compartiera fragmentos de la correspondencia que mantuvo con Sainz. En estos e-mails, Sainz habla sobre su futuro retiro, los planes que tenía en Saltillo y su gusto por la literatura, proyectos por venir que no pudieron concretarse.|

Yo en tus ojos

(desde la nada del amor) me cierro

En tu frente sobre

la herida luz pongo la sombra

de mi mano.

Dolores Dorantes

Desde la primera vez que nos vimos en la oficina de Alejandro Zenker, Gustavo Sainz y yo nos escribimos casi a diario. Nos hicimos amigos, socios, colegas y compañeros a la distancia. Nos veíamos siempre que él venía, todo el tiempo posible. Él siempre se preocupó por mi salud y mi bienestar. Me contaba en sus cartas sobre su vida personal, sobre sus hijos, su novia Laura, a quien tanto amaba, su perrita Corina, sus comidas en casa o en algún restaurante. Amaba cocinar y comer bien. Si terminaba de leer algún libro, en seguida me platicaba sobre él y sobre las películas que veía, a veces hasta dos al día. Compartimos también el gusto por la NFL, veíamos todos los partidos juntos, pero lejos. Él le iba a los Colts de Indianápolis, platicábamos sobre cada juego, en dónde lo vimos, con quién, qué nos había parecido, etcétera. También, desde el principio, hablamos sobre el famoso convenio que firmó con las Bibliotecas del Estado de Coahuila para la donación de su acervo bibliográfico a Saltillo. Esperaba, contando los días, su llegada a Saltillo. Faltaba poco. Aquí nunca se sentiría solo, teníamos muchos planes. Le conseguí una hermosa casa en el centro de la ciudad para vivir, cerca de la mía y del Ágoras; el trabajo editorial y de promoción cultural que realizaría lo mantendrían activo. Eso, pensé, lo haría muy feliz. Yo hubiera dado mi vida por sólo volver a verlo. Seleccioné estos correos aleatoriamente como muestra de nuestro diálogo. En ellos se puede leer sobre la Biblioteca de Rescate Gustavo Sainz, proyecto que hubiera hecho reaparecer libros extraordinariamente importantes que están, desde hace años, fuera de comercio, un proyecto que íbamos a producir en la editorial Atemporia y que se quedó en stand by junto a otros, debido, principalmente, a que la salud de Gustavo decayó de un momento a otro.

-Alejandra Peart Cuevas

1 DE DICIEMBRE DE 2008

Buenos días, mi admirable amiga y adorada cómplice:

Hoy amaneció por acá a 29 grados, algo así como 6 grados centígrados bajo cero. Debo impartir un par de clases, de 9 a 11, y luego comer con mis dos hijos, pues acostumbramos hacerlo todos los viernes. Tengo que escribirte sobre muchas cosas y creo que habría que empezar.

A mediados de este año falleció Gustavo Sainz, un escritor prolífico y lector voraz. Aunque poco leído, el trabajo de Sainz caló hondo en la conciencia de sus lectores y de los jóvenes escritores de hace varias décadas. Su labor como editor y escritor, a la que debemos colecciones emblemáticas como setentas y novelas como Gazapo y Muchachos en llamas, aunada a su amor por la cultura, convirtieron a Sainz en un tesoro casi secreto para quien quisiera acercarse a la literatura mexicana. En Tierra Adentro hablamos con Alejandra Peart Cuevas para que nos compartiera fragmentos de la correspondencia que mantuvo con Sainz. En estos e-mails, Sainz habla sobre su futuro retiro, los planes que tenía en Saltillo y su gusto por la literatura, proyectos por venir que no pudieron concretarse.

Para iniciar la Biblioteca de Rescate, ¿qué te parece si empezamos con el libro de Dante Medina, y con ¿ABCDErio o ABeCeDamo?, de Daniel Leyva. En cuanto vea a Zenker y me entregue los libros que él tiene, te podría entregar el de Salvador Castañeda y los demás.

Terminé de leer Las benévolas, de Jonathan Littell, y me encantó. Es una novelota de 997 páginas, fantástica. También leí La ceremonia del porno, Premio Anagrama de Ensayo, muy decorosa. Hoy planeamos ir al cine a ver El orfanato, la nueva película de Guillermo del Toro. Mi ex vendrá el 1, 2 y 3 de febrero para despojarme de muebles, libros y una buena cantidad de dinero, y yo no quiero verla, ya te contaré. Me encantó haber hablado contigo ayer. Ah, mi Laura quiere presentar sus exámenes de maestría el 9 de abril, y de aquí a entonces no se atreve a viajar, aunque para el spring break, del 8 al 15 de marzo, sí acepta ir a México, pero amenaza con pasarse los días estudiando. Avísame en cuanto sepas de la Feria de Minería, y recuerda que, como enseño lunes, miércoles y viernes, lo más fácil es que viajara de jueves a domingo. Mi Laura te admira y dice que te quiere mucho también, te manda saludos y votos para que recobres tu salud.

Te quiere de más

Tu Gustavo

saiz

28 DE DICIEMBRE DE 2008

¡Mi Gustavo!

¡Feliz Navidad!

¡Feliz todo!

El director de las Bibliotecas Públicas del Estado de Coahuila, que conociste cuando estuviste acá en Saltillo, dice que quiere abrir una biblioteca con tus libros y que lleve tu nombre, y lo quiere hacer el 2009, para eso necesita saber primero cuántos ejemplares son aproximadamente y poder hacer el proyecto en forma: conseguir el lugar, hacer las adecuaciones necesarias, etc. Eso dijo. Obviamente tú supervisarías y aprobarías todas sus etapas y ellos pondrían el dinero para traerse los libros. También quiere que una vez inaugurada la biblioteca, tú estuvieras a cargo de ella de alguna forma, dieras una cátedra y ya pensando a lo grande crear el Premio de Narrativa Gustavo Sainz, por ejemplo, o abrir una escuela para escritores y traer maestros de todas partes o talleres de cine. En fin, creo que quieren bajarte el cielo y las estrellas, pues les mencionaste que querías venir a vivir a Saltillo. Obviamente esto nos beneficiaría bastante porque así ya tendrías un trabajo formal y estable con un sueldo fijo, y además podríamos seguir trabajando en Ágoras y sobre todo en nuestra editorial Atemporia, ¡somos la mancuerna perfecta!

Yo les dije, cuando me preguntaron como para cuándo venías, que sería en semana santa, y después tal vez en verano a dar un taller y me contestaron que de ellos corre el costo del taller y tus honorarios para que vengas a platicar personalmente de todo esto y hacerte las propuestas formales. Estoy muy emocionada porque ya estarás aquí y me cuidarás y guiarás y haremos grandes cosas.

A.

28 DE SEPTIEMBRE 2009

Ando corriendo pues con esto de la Feria del Libro de Saltillo, el stand y, aunque contraté a alguien para que me ayude, en estos meses debo supervisarlo todo.

Dime tú a qué hora llegas, quién irá por ti, en dónde te hospedarán, hasta qué día estarás aquí, debemos ser inseparables esos días para platicar de todo lo que ha pasado.

¡Te quiero y te deseo un muy feliz lunes!

A.

saiz3

9 DE DICIEMBRE 2010

Querido Gustavo,

Acabo de enviarte otro correo-enlace con el director de las Bibliotecas, por favor tenme al tanto de lo que te digan y demás para ayudarte a que ya al fin se lleve a cabo esto.

Pensé que en lo que reabro el Ágoras tengo, ahora sí, mucho tiempo libre, podríamos retomar tu blog, ¿Qué piensas? Tú me dices y comienzo ya. Aún hay muchas fotos sin subir, imágenes, textos.

Tuya A.

11 DE ENERO 2011

Mi Alejandra tan bella y tan cómplice.

Anoche soñé contigo. Íbamos en un coche en una carretera soleada y conversábamos amigablemente. Te agradezco mucho que vayas a ir por mí al aeropuerto de Monterrey, ya te avisaré apenas termine el mes, qué día llego y a qué horas y en qué línea aérea. Quiero ayudarte mucho con Atemporia, pues creo que sabes que yo era el editor de Mortiz, de 1960 a 1970, y que luego fui el editor de Grijalbo de 1971 a 1980. Aunque de seguro ya no estarán los libreros en el D.F. que eran mis amigos, me haré amigo de los nuevos y pondremos a circular nuestra producción. Anoche nevó y tuve que limpiar mi camioneta de nieve. Había 25 grados, lo que no es tan espantoso como cuando hay 3, o 2 grados. Aún sigue nevando y hoy son mis primeras clases. Ya fotocopié los syllabus, y lo malo es que tengo que caminar bajo la nevada pues mi segunda clase es un poco distante del edificio de donde tengo mi oficina. Pero espero que el proyecto de la biblioteca en Saltillo se resuelva y que yo no tenga que vivir las incomodidades de otro invierno como éste.

4 DE JULIO 2011

Ya me faltan menos de 20 días para volar hacia Monterrey y de ahí tomar un taxi a Saltillo. Aunque la mudanza que se irá de aquí el día 20 dice que tardará de cinco a seis semanas en llegar. No sé dónde voy a vivir esas semanas, quizá en algún hotel, o en alguna casa de las que has visto como aptas para mí. De todos modos estoy muy contento de ir a vivir cerca tuyo y de poder verte con frecuencia. Y ya haremos muchos proyectos juntos.

Te quiere mucho, te admira y te extraña de más

Tu Gustavo


 

La reproducción de los correos es casi íntegra, salvo por las correcciones de ortografía y los pasajes estrictamente íntimos y personales de sus respectivos autores. Todas las fotografías pertenecen al archivo personal de Alejandra Peart Cuevas.

 

 


Autores
(Saltillo, 1978) es editora, poeta y promotora cultural. Autora del libro En estas horas.

Pocos saben con exactitud cuál es el diminuto objeto que está debajo de tantas capas de papel. Sara Bichão (Lisboa, 1986), artista visual portuguesa, se encargó de poner papel sobre papel para esconderlo. Quien conoce su obra, quien la conoce a ella, piensa que tiene una inclinación a conservar lo bello, a contener su misterio para resguardarlo. Esa pieza, pequeña y redonda, fue la que le regresó a Omar Barquet (Chetumal, 1979), artista plástico mexicano, como respuesta a la invitación que le hizo. Fue una invitación que llegó en forma de madera bicolor; un pedacito pintado que planteaba un punto de encuentro.

Así como el dibujo traza líneas que se encuentran, se separan y bailan en distintas direcciones para dar paso a formas que, a la vez que expresan y guardan sentido, Omar Barquet y Sara Bichão establecieron un diálogo cuyo principal lenguaje fue la pintura.

Según Christián Barragán, curador de }{ {}, la galería Diagrama es un espacio dedicado exclusivamente a la pintura que reunió a ambos artistas con el propósito de pensar y relacionar el ejercicio pictórico con la escultura, el dibujo, el performance y la obra in situ. Lo importante era no crear  una exposición sino un estudio, lo cual representa un cambio significativo: «Hay una tendencia a pensar que el objeto que se encuentra en una exhibición es un objeto concluido, sin embargo cuando lo ves en el estudio del artista piensas que es algo en proceso, que es incierto y no está aún tan determinado”.

En la siguiente entrevista, Sara y Omar hablan acerca del arte como forma de entendimiento más allá de soportes como el lienzo y  la lengua.

}{ {} fue una colaboración que se planteó reflexionar en torno a la pintura como «creación en diálogo con otras figuras de pensamiento». ¿Cuáles son esas otras figuras de pensamiento que incluyeron?

Omar Barquet: Principalmente son dos cosas. Primero, la interdisciplina y la idea de pintura expandida, donde ésta no se piensa como una práctica de oficio sino como una experiencia más viva en la que cualquier material puede integrar una reflexión sobre la pintura o el espacio. La otra idea tiene que ver con la escultura, el espacio, el sonido o la tonalidad que fluctúa entre lo que hicimos. También tiene que ver con una aproximación poética que no es tan evidente: con no abordar la pintura como una forma meramente plástica.

La Diagrama ya ha montado antes exposiciones que giran en torno a este concepto de superficie y  pintura como acto y experiencia artística más que como producto terminado (Superficie en tensión, 2014). En cuanto a la idea de superficie como límite, ¿por qué es necesario expandir el acto pictórico más allá del lienzo?

Sara Bichão: No está relacionado con una necesidad porque es una práctica libre. La pintura se relaciona muy poco con el lienzo: tiene que ver con el color, las formas, las luces, las superficies. Es una práctica libre en la que nos dejamos llevar por los colores, por el enfoque de las luces y, a partir de eso, hacemos construcciones y propuestas en el espacio. No se trata sólo del óleo como única forma de pintura.

OB: También por eso en esta colaboración se dio mucha sinceridad. Porque, realmente, nunca fue una pregunta. No viene de una necesidad sino de un proceso natural. Sara, por su forma de trabajar, siempre ha expandido su trabajo de la pintura a un montón de medios y a otros materiales. Otra cosa importante es el proceso mismo como pensamiento pictórico, independientemente del resultado pictórico. En mi caso surge tal idea. Desde ahí hubo empatía: justo en un lugar indefinido coincidimos. Fue muy natural para nosotros aproximarnos en esa convergencia.

Ambos tienen estilos distintos. Pienso que el trabajo de Sara es más sutil, delicado, orientado hacia la búsqueda del interior: las texturas, los colores, los materiales, el manejo de los espacios son disposiciones que parecen orientarse al recuerdo y a la nostalgia. Por otro lado, las piezas de Omar están llenas de sonoridad, ritmos y repeticiones, encuentro una preocupación más explícita por el espacio y los silencios. ¿Cómo formaron un punto de encuentro?

SB: Con confianza, humildad y respeto mutuo. Entramos sabiendo que existiría una pieza de ambos y no piezas individuales.

OB: En un punto fue cansado. Fue como conocernos al hacer algo juntos, en el proceso mismo. Nos divertíamos, nos cansábamos, todo dependía del día. Pero de todas formas fue un proceso muy generoso.

SB: Sí, nos conocimos más aquí  que en otro lugar.

OB: Porque cuando estamos trabajando, la discusión se da a través de los objetos, del espacio, las soluciones y los materiales.

SB: Lo cual fue muy bueno porque el español y el portugués son, al mismo tiempo, parecidos pero muy distintos. Por eso a veces es preferible no hablar sino mostrar y proponer una situación.  Es una interacción no hablada.

OB: De alguna manera, no nos conocíamos del todo pero nos sentimos mucho el uno al otro. Y entonces la vi claramente: cuando estaba cansada por cosas, cuando estaba abrumada por decisiones que se toman durante el trabajo, así estaba yo. Nos enamoramos de cosas que pasaban en un momento específico, que cambiaban y se rompían al otro. Era como tratar de mantener visibles las cosas que más amamos y sentimos.

Cuando nos conocimos nos vimos sólo una hora. Yo llegue como cualquier asistente y ella tomaba fotos de su exposición. Fue algo interesante porque vi la forma en la que se acercaba, sentía y traducía la experiencia de crear, más que el resultado. Le hablé y me di cuenta que, de cierta forma, nos entendíamos. Yo entendía la forma en que trabajaba. Después de eso seguimos en contacto, entonces cuando planeó su visita a Texas me dijo que también sería posible visitar México y quedarse un tiempo para hacer esta colaboración.

Traducir es, de cierta manera, mudar el sentido de un lugar a otro.  Sin embargo, en esa mudanza, muchos elementos del primer producto pueden quedarse rezagados. ¿Cómo funciona el ejercicio de traducción en campos donde la traslación no se da de una lengua a otra sino de un lenguaje a otro? De la literatura a la danza, o del lenguaje pictórico al musical.

SB: Creo que nosotros trabajamos con las disciplinas de forma muy abierta. Más bien, la traducción de la cultura portuguesa a la mexicana fue el principal reto. Las cosas no mueren en el proceso, sólo se aglomeran. Yo tengo una fascinación con la cultura mexicana y, en combinación con mi idioma, hace una mezcla muy bella. La traducción queda en un primer plano pero la construcción y la aglomeración están en el segundo. Esas son las únicas dos imágenes con las estamos lidiando. La cultura. Y no elimina nada, sólo hace que las cosas se aglomeren.

OB: Como ella dice, nuestra práctica es muy abierta. Es un proceso más íntimo como creadores. Pero no tenía que ver con una traducción, sino con la comunicación. Lo que era posible comunicar era fácil. Nunca tratamos de traducir nuestro trabajo en otra cosa. Es un ejercicio abierto cuyos resultados también lo son. Era más un diálogo con las herramientas con las que podíamos dialogar. Incluso con las dificultades de hablar distintos idiomas, siempre encontramos formas de entendernos el uno al otro. Y cuando las discusiones se daban eran de una forma muy distinta. Si yo hacía algo y ella lo movía, lo traducía y lo transformaba. Era así. Como hacer un poema con ciencia.

Cada quien tiene una forma distinta de hablar pero está conectada por la posibilidad de alcanzarnos el uno al otro a través de las decisiones y no de la discusión conceptual. Para mí eso fue lo más bonito. Porque la discusión conceptual estaba arreglada desde el momento que aceptamos estos espíritus compartidos.

 


Autores
(Villahermosa, 1990) estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Obtuvo Mención Honorífica en el 5° Concurso de Crítica Cinematográfica Fósforo, Alfonso Reyes, en el marco del ficunam 2015.

Editar tiene sus casi nulos privilegios. Pronto saldrá de imprenta un libro de Fiódor Dostoievski, Memorias de la casa muerta, una crónica autobiográfica que el entonces joven escritor, disfrazó de novela para evitar la censura (la misma censura que ya lo había llevado a prisión). Mientras lo leí, en un proceso en el que ya no tenía tantas marcas de corrección, luego de que ya había sido cotejado, formado y habían disminuido las notas al pie, pude descubrir por fin la primera gran obra que era: ahí ya estaba casi todo el Dostoievski maduro.

No es el tema de este breve escrito hablar en general del novelista ruso, de su obra y su siglo. Más bien me basta con referir que al final de la extensa y aparentemente dispersa relación de las cosas que ocurrían durante su condena, Dostoievski consigue relacionar la naturaleza de los reos culpables de crímenes atroces, la tensión social de una monarquía agonizante aunque poderosa con el carácter esencial de la reclusión.

Lo hace en dos en los últimos capítulos «El marido de Akulka (Relato)» y «Los animales del presidio». En el primero, un preso le confiesa a otro cuál fue el motivo de su arresto. Había matado a su esposa. A diferencia de un crimen conyugal causado por los celos, digamos, «presentes», el criminal había matado a su esposa por un rumor de su pasado que nunca pudo olvidar. Su interlocutor, Cherevin, que llevaba preso más tiempo que él, en vez de desconcertarse, le responde así:

—Una vez yo sorprendí a mi mujer con un amante. Así que la llamé al cobertizo y doblé unas riendas. Le dije: «¿A quién le hiciste tu juramento? ¿A quién?». Y ya estaba dándole con las riendas; estuve sacudiéndola bien sacudida durante hora y media. Y ella entonces gritaba: «te lavaré los pies y luego me beberé el agua». Avdotia se llamaba.

Dostoievski pone en boca del marido ultrajador la súplica de Avdotia, que ofrece la sumisión a cambio de acabar con su suplicio. En esa súplica se resume el carácter de la prisión siberiana en la que el preso político Fiódor Dostoievski cumplió su condena: el castigo físico quiere imponer una contrición inexistente, que se transforma en un sometimiento si no moral al menos material. A los reos se les condenaban en aquella época a cientos de azotes. Dostoievski nos quiere decir que en una prisión se quería que el reo terminara por decirle a su verdugo: te lavaré los pies y luego me beberé el agua.

En el capítulo de «Los animales del presidio», podemos leer una descripción aparentemente inocente de todos los animales que pasaron por la cárcel mientras el protagonista estuvo preso. Un borrego que era útil por su lana, un perro apaleado, un caballo de carga reemplazado por otro más fuerte; por último, un águila herida de un ala, que se arrincona a la sombra de los muros, que picotea cuando se le acercan y que no se deja tocar, que espera meses para recuperarse, meses para poder volar de nuevo y que, justo cuando creía que no iba a sobrevivir, vuela lejos de la prisión y los reos la ven huir, envidiosos. Los hombres reclusos en Siberia, al por un momento, desean ser animales.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Yo también le tengo miedo a las alturas, le dije, aun sin saber bien lo que estaba haciendo. ¿Recordaría, por lo menos, el lunar de mi ceja izquierda o los labios iguales a los de mi padre? La mujer, que por casualidad era mi madre, se limitó a quedarse muda. Entre el alboroto de los medios hubo una pausa. A veces la vida dura lo que un segundo, ella lo supo en ese instante. Yo alargué el brazo y me acerqué tanto como pude. La grabadora estaba andando.

Habían pasado doce años desde que mi madre nos abandonó para convertirse en una escalamontañas de mierda, de las que ganan trofeos y victorias chapadas en oro. Angelina es la mujer más buena que existe, susurraba mi padre de cuando en cuando, aguantándose el llanto en el gaznate. Jamás entendí aquel mito de su abandono, perdí la cuenta de los días sin abrazos y las incómodas conversaciones entre amigos. Crecí sin más problemas, me matriculé en una universidad barata y me convertí en esclavo de un periódico que pagaba menos de lo que mi renta exigía.

La cita era en el hotel más caro de la ciudad. Una rueda de prensa a todo lujo, ya sabes, de las que llegan sólo cuando hay de por medio premios internacionales. No me reconoció al principio, había cambiado sus rizos por un alaciado vulgar y lentes de sol del tamaño de su cara. La vi salir del elevador con el paso firme de quien conquista un continente. La prensa, desesperada por conocer su testimonio, lanzaba preguntas que ella evadía sin menor preocupación. Empezaba a inquietarme: su rostro me recordaba a todas las mujeres a las que había arrancado el vestido en un hotel como ese. Una pregunta más, gritó su asesor a todos los pobres diablos que esperábamos sus respuestas. No lo dudé ni un segundo: Yo también le tengo miedo a las alturas, grité desde mi puesto, cuidando poner en mis palabras el énfasis necesario. La escalamontañas guardó silencio. Abrió su bolso y de él sacó una fotografía arrugada: era mi padre sosteniéndome en brazos, al borde de la cama. Tomó su pluma: hizo un garabato que bien pudo ser su firma. No dijo más. Se acomodó los lentes y siguió respondiendo preguntas sobre su prolífica carrera como deportista.

Titubeé. En la parte trasera, el autógrafo de Angelina Padierna, una deportista cualquiera. Guardé la fotografía entre mis cosas, acabé la reseña y salí con el vértigo de quien se levanta de la cama para entrar en la caja de un velorio.


Autores
(Chihuahua, 1992) es escritora. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2016 y el Premio Chihuahua de Literatura 2013 por El confeccionador de deseos.

El calor en el norte del país ha hecho que la cerveza se convierta en la bebida cotidiana y predilecta para todo tipo de ocasión.  En esta crónica, Ximena Peredo recorre las calles de Monterrey para ver cómo la cervecera Cuauhtémoc ha marcado la ciudad y a sus habitantes.

A finales del siglo XIX la cerveza era más bien un gusto excéntrico, reservado para los extranjeros avecindados en el país. La meteórica velocidad con que logró imponerse en el gusto popular está relacionada con varios factores, entre los que destacan el respaldo constante del Estado a esta industria, sus estrategias de expansionismo territorial y el uso de publicidad con un fuerte contenido de identidad localista. La cerveza, más que una bebida, resultó un dispositivo moderno. Siguiendo este enfoque, aterrizaremos el análisis en una realidad concreta, la ciudad de Monterrey, cuna de la cerveza industrial, y orgullosa portadora del récord de consumo nacional de esta bebida.[1]

El Monterrey moderno y su cervecería local crecen aparejados, en una relación simbiótica que podría explicar por qué para el regiomontano la cerveza es un motivo de orgullo de identidad que articula una serie de aspiraciones modernas, ligadas al trabajo y al consumo.

EN EL PRINCIPIO FUE LA CUAUHTÉMOC

El Monterrey que hoy conocemos nace en 1890 con el Acta Constitutiva de la Fábrica de Hielos y Cerveza Cuauhtémoc, con las firmas al calce de los comerciantes Isaac Garza, José A. Muguerza, Francisco Sada y el maestro cervecero Joseph M. Schnaider, quien se desempeñaba como agente de la cervecería Schnaider (de San Luis Missouri) en México. Con esta sociedad se conservó el proyecto de José Calderón Penilla, quien comercializaba en su Casa Calderón (fundada en 1864) y producía la primera cerveza artesanal, la León[2] que se distribuía en barriles. Ante la creciente demanda, planeó crecer a escalas industriales junto con su socio Joseph M. Schnaider, pero la muerte lo sorprendió en 1889. El proyecto, sin embargo, siguió su curso no sólo porque los cimientos ya estaban dispuestos, con una fábrica de hielo instalada al lado de los ojos de agua de Santa Lucía, sino por la política de exención de impuestos del gobernador Gral. Bernardo Reyes, quien facilitó un brote industrial que cambiaría el espacio de la ciudad. Así, un año después, en 1890 se fundó en Monterrey la primera cervecería industrial del país, con maquinaria y mano de obra extranjera.

En 1916, el gobierno […] decretó un alza en los impuestos a las bebidas alcohólicas, política que se combatió beligerantemente por la Cervecería Cuauhtémoc.

En 1900 se vivió un auge cervecero en el país; en dieciocho estados había setenta y dos productoras, según conteos del gobierno de Porfirio Díaz. Aunque la mayoría de éstas eran artesanales, los grupos cerveceros que durante el siglo XX se consolidaron —Moctezuma, Cuauhtémoc y Modelo, en Veracruz, Monterrey y Estado de México, respectivamente—, se distinguieron por incorporar los últimos avances tecnológicos en su proceso productivo.

El no pagar impuestos durante los primeros veinte años permitió que la empresa escalara tecnológicamente y comenzara a diversificarse desde sus inicios, produciendo sus propias corcholatas, botellas de vidrio y cajas de cartón, con lo que dieron origen al primer grupo de empresas del corporativo que, cien años después, se convertiría en el emblemático grupo Visa, hoy FEMSA (Fomento Económico Mexicano S. A.), una de las «globales» mexicanas con más de cien empresas entre las que destacan su división Coca-Cola —la embotelladora más grande de Latinoamérica— y su división comercial —Oxxo y gasolineras, además de farmacias y restaurantes—, el equipo de futbol C.F. Monterrey y recientemente del estadio Bancomer-BBVA, por mencionar sus giros más emblemáticos.

En 1916, el gobierno, dada la urgencia posrevolucionaria por hacerse de recursos, decretó un alza en los impuestos a las bebidas alcohólicas, política que se combatió beligerantemente por la Cervecería Cuauhtémoc desde varios frentes. Así, en 1923 acordó con los gobiernos estatal y municipal el pago de una cuota única por los siguientes diez años. Esto permitió que la empresa aprovechara, como sigue sucediendo hoy a través del régimen de consolidación fiscal, casi el total de sus rentas. Los beneficios fiscales serían, en adelante, una de las claves de su expansión, pero éste es apenas uno de sus pilares. Con la intención de independizarse de los trabajadores extranjeros —principalmente alemanes y norteamericanos— que ocupaban puestos técnicos con sueldos por arriba de la media nacional, los directivos decidieron enviar a sus hijos a formarse al extranjero (años después, en 1943, a iniciativa de esta empresa se fundó el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey). Pero quizá la estrategia estabilizadora más importante de esta compañía fue la laboral: una serie de beneficios inéditos a los trabajadores y sus familias como servicios médicos, fondo de ahorro y apoyo a la vivienda, además de centros de recreación y convivencia (con carnes asadas) y deporte (el primer estadio de béisbol se construyó en terrenos de la empresa). Todo esto dio origen a la Sociedad Cuauhtémoc y Famosa, como se le conoció a este esquema empresarial paternalista, con lo cual se facilitó la constitución y mantenimiento de un sindicato «blanco» controlado por la dirección de la empresa.[3]

c2

Empleados de Cervecería Cuauhtémoc y Famosa durante una reunión social. Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1944.

Además de estas prácticas empresariales controvertidas, su estrategia de comunicación destaca como pionera en su ramo con la creación de la revista semanal Trabajo y Ahorro, fundada en 1921 y todavía en circulación, lo que la convierte en la segunda revista más antigua de México (Ortega, 2003). Esta revista fue el órgano difusor de los valores y filosofía empresariales de la Sociedad Cuauhtémoc y Famosa y, puede decirse, un vehículo discursivo poderoso en la formación del sujeto regiomontano moderno. Además de este órgano de autoconsumo, la empresa destacó por apostar en grande a la publicidad, haciéndose presente en prensa con anuncios insertados y con una intensa campaña de desprestigio al pulque y otras bebidas tradicionales.

Cuando a un regiomontano se le pregunta por qué toma tanta cheve, casi por regla general se escuchan dos respuestas: por el calor y porque se produce localmente. A continuación, profundizaremos en las explicaciones no siempre advertidas sobre la insaciable sed de cerveza regiomontana.

CARTA BLANCA CITY

«La cervecería Cuauhtémoc, terminada en 1892, es quizá la expresión más destacada del espíritu de la época. Se trata de una sólida estructura de acero cubierta por una piel de ladrillo en cuyo centro se eleva una torre que evoca un faro» (Landa, 2012: 27). A partir de él que sería el primer rascacielos de México, comienza la producción del espacio industrial en la ciudad y éste se volverá, a la postre, el único modo de construir y, por consiguiente, de habitar Monterrey.

Si coincidimos con Henri Lefebvre (2013) diremos que no hay ideología sin producción de espacio. Es decir, toda edificación, monumental o modesta, representa una cosmogonía y un tipo de relaciones sociales. En el caso de las ciudades industriales, las relaciones que dominarán el espacio son las de producción y consumo. Al seguir el crecimiento de la Cervecería, podemos constatar que la empresa conquistó espacio no sólo para construir sus fábricas y centro de operaciones, sino que construyó infraestructuras primarias para la ciudad, como la avenida Cuauhtémoc, que cruzaba de Norte a Sur el joven Monterrey de la década de los treinta del siglo pasado. La compañía también construiría fraccionamientos para sus trabajadores; uno de ellos, el más emblemático de esta política, lleva por nombre colonia Cuauhtémoc: ahí, además de iglesia, se construyeron escuelas primarias y secundarias—una de ellas lleva el nombre de Francisco G. Sada—, además de contar con parque, instalaciones deportivas, clínica y auditorio. Este complejo fue desarrollado sobre un bosque conocido como Bosque de Santo Domingo, o Nogalar. Algunos de los árboles sobrevivientes dan sombra hoy en el estacionamiento de la clínica Nova, de la corporación. Esto último no puede dejar de compararse con la última intervención de FEMSA sobre el espacio metropolitano: el nuevo estadio de su club, construido sobre lo que fuera La Pastora, un área natural protegida.

La importancia de producir espacios es que, a la postre, quedan como representaciones de los valores o las relaciones que los crearon y, lo más importante, en ellos se reproduce el tipo de relaciones que los originaron. En este sentido es que tomar cerveza en Monterrey está directamente relacionado con la experiencia del espacio.

Más allá de los edificios icónicos referentes de esta industria, es de destacarse la presencia territorial de las tiendas Oxxo, fundadas en Monterrey en 1977. Estas tiendas se concibieron como centros de distribución de las marcas de cervezas del grupo, pero al paso de los años su oferta fue diversificándose y la cadena fue reproduciéndose por el espacio local, llegando hoy en día a ser la minorista con mayor presencia en toda América. Según datos de enero de 2015, la empresa abre, en promedio, una tienda Oxxo cada ocho horas con un aproximado de mil nuevas sucursales por año.[4] En la zona metropolitana de Monterrey estos establecimientos son una referencia ineludible para ubicar direcciones: «en el segundo Oxxo, das vuelta a la derecha y luego le das hasta el primer Oxxo que te encuentres». Así, los regiomontanos que nacieron en los ochenta no conocieron un Monterrey sin Oxxo, lo que es igual a crecer en un ambiente que, veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, invita al consumo. El liderato en obesidad nacional (en población infantil y adulta) podría estar relacionado con la proliferación de Oxxo, pero definitivamente lo está con los setenta litros de cerveza que consume en promedio un regiomontano al año (casi diez litros más que la media nacional).

De lo que estamos ciertos es de que en Carta Blanca City no hay lugar para la competencia: o se incorpora o se elimina.

Además del logotipo de Oxxo, otros íconos de la corporación predominan en el paisaje urbano, especialmente el de Coca-Cola —que se consume más que en cualquier ciudad del mundo, con cuatrocientos veinticinco litros al año per cápita— y los de las marcas, principalmente Carta Blanca y Tecate, de la Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma, hoy controlada por Heineken. Además de panorámicos, la empresa pinta con los colores de sus marcas y ofrece anuncios luminosos para adornar las cantinas, depósitos o restaurantes que vendan sus productos. El ejemplo más radical es un anuncio de la Carta Blanca que parece coronar uno de los cruces más transitados del centro de la ciudad: el de avenida Cuauhtémoc (diseñada y construida por la misma empresa) con avenida Madero. Este gigantesco logotipo luce como un aviso: Bienvenido a Carta Blanca City.

Por si esto fuera poco, las playeras de los dos equipos de futbol locales, los Rayados y los Tigres, tienen publicidad de Carta Blanca. Aunque esto está penado por la Ley de Alcoholes, en el mercado se encuentran playeras para niños con este tipo de publicidad. De tal suerte que, como dicen dos anuncios recientes de la empresa, «hay algo raro en ser Rayado/Tigre y no pedir Carta Blanca».

NO HAY LUGAR PARA LOS DÉBILES

La empresa capitalista basa su éxito en su capacidad de crecimiento. Este impulso expansionista está estrechamente vinculado con su estilo de competir. Bajo una interpretación amañada de la evolución darwinista, el sistema capitalista entendió como justo que la prosperidad de uno significara la extinción de otro. Siguiendo este principio las empresas compiten sin escrúpulos, creyendo que se imponen porque son mejores. Pocas veces se advierte la inequidad intrínseca de las escalas. Inequidad que, de hecho, imposibilita cualquier relación de competencia. Llegados a un punto, los conglomerados de empresas tienen garantizada la victoria sobre sus pequeños competidores. Su extinción es sólo cuestión de tiempo. Esta depredación mercantil queda bien representada por la estrategia expansionista de la otrora cervecera regiomontana. Su crecimiento tiene más que ver con su capacidad para exterminar competidores que con una competencia equitativa, de la cual se beneficiaría el consumidor final. Sobre esto hay varios ejemplos locales —y sin duda el más notable es la quiebra de tiendas de abarrotes ante Oxxo, el cliente individual más grande de la cerveza local—, pero para visibilizar otros elementos conviene revisar, aunque sea someramente, la expansión territorial de la Cervecería Cuauhtémoc.

En 1929 Cervecería Cuauhtémoc dio a varios de sus departamentos de producción el tratamiento de empresas. De este modo, la producción de tapón corona —corcholata—, de cajas de cartón y de elaboración de botellas de vidrio, más la creación de una fábrica de malta, entre otras, dejaron de pertenecer al organigrama de su empresa fundadora para conformar Fábricas Monterrey. En ese mismo año, la Cuauhtémoc compró la Cervecería Central, de la Ciudad de México, con lo que inicia su carrera monopólica fuera de Nuevo León. Siete años después, el Consejo Administrativo decidió desagregar a las empresas de Fábricas Monterrey para conformar un conglomerado de empresas, en donde se incluye la Cuauhtémoc, para conformar el grupo económico Valores Industriales (visa), antecedente directo de FEMSA. Este cambio estructural, sin embargo, no distribuyó el poder entre varias empresas, ya que la Cuauhtémoc compró casi la totalidad de las acciones del grupo (Ortega 2003: 17). Las compras emblemáticas del grupo de otras cerveceras nacionales se dieron después. En 1954 adquirió la productora de cerveza Tecate, en Baja California. Tres décadas después, en 1985, visa compró a la Cervecería Moctezuma y sus más de cuarenta subsidiarias. De esta fusión nacerá la única competidora nacional del Grupo Modelo, la Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma. Pero los contextos en que suceden estas adquisiciones son parte medular del cierre de negociaciones pues, por ejemplo, en el caso de la Cervecería Moctezuma, ésta había sido sistemáticamente hostigada. Esto lo señala en sus memorias el expresidente Miguel de la Madrid Hurtado: «[Alberto Baillères, último director de Cervecería Moctezuma] afirma que su penetración en el mercado ha bajado como resultado de las prácticas inmorales de mercadotecnia de sus competidores, tales como la obtención de exclusividad en determinados pueblos o municipios, donde mediante sobornos han comprado a las autoridades locales». Los contratos de exclusividad, al ser ilegales, dependen de acuerdos orales, que todos los comerciantes de cerveza en Monterrey conocen de primera mano. Esto se controla con la tenencia de licencias de venta de alcohol, las cuales FEMSA obtiene y «concesiona» a comerciantes que le adeuden exclusividad. Otras estrategias mucho más violentas para quebrantar a la Moctezuma fueron señaladas por Irma Salinas en su legendario libro Nuestro Grupo:

La Moctezuma instaló cantinas y comenzó a vender su cerveza a precios muy bajos para abrirse paso en el mercado del norte, para habituar a la gente a su marca. Entonces vino la guerra. No una guerra de aviones y bombas. Una guerra de breves balaceras que asolaban alguna cantina de Moctezuma dejando un buen saldo de heridos y muertos. Caían parroquianos y caían cantineros.

Pero no podía permitirse que la gente se acostumbrara a la cerveza Moctezuma. (Salinas, 2015 [1978]: 8).[5]

Esta guerra por la distribución y venta de cerveza aún continúa en Monterrey y su zona metropolitana. El 19 de junio pasado, diez hombres fueron masacrados en una agencia de cerveza Corona Bud Light, en el municipio conurbado de García. La primera línea de investigación establecida por las autoridades fue la pugna por la venta de cerveza entre grupos criminales. Los testimonios de familiares y allegados a las víctimas, recogidos por El Norte, señalaron que el negocio recibía constantes amenazas de quienes buscaban apoderarse del mercado cervecero y que, incluso, un día antes hubo un incidente contra distribuidores. «Si le compras a otros y no a ellos, se molestan y te amenazan, o pasan cosas como ésta».[6]

Los contratos de exclusividad son, para muchos comerciantes, la única forma de tener protección para ver crecer a su negocio. Esta es una de las explicaciones menos investigadas sobre la estructura que sostiene las prácticas monopólicas de Modelo y Cuauhtémoc-Moctezuma.

No se puede asegurar que las cervezas industriales elaboradas en Nuevo León sean las preferidas del público. De lo que estamos ciertos es de que en Carta Blanca City no hay lugar para la competencia: o se incorpora o se elimina.

Empleados de Cervecería Cuauhtémoc y Famosa en banquete. Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1945.

Empleados de Cervecería Cuauhtémoc y Famosa en banquete.
Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1945.

 

ESTO ES EL NORTE

Al relacionar la formación del sujeto regiomontano, un insaciable tomador de cerveza, con la fundadora del Monterrey industrial, no podemos dejar de analizar los discursos de la propaganda del corporativo. La publicidad de la industria alcohólica, en general, «destaca por la frecuente creación de universos que remiten al lugar de origen del producto, apoyándose en imágenes que en ocasiones son fruto de estereotipos» (Ramos y Rubio, 2011). En este sentido, al ser una marca originaria de Monterrey y la primera industria de la ciudad, la publicidad de la Cervecería Cuauhtémoc fue un dictado sobre cómo debíamos ser para alcanzar determinado futuro. Hasta hoy, Heineken sigue explotando los estereotipos culturales fabricados en el pasado. Llega a un punto en que no podremos saber si así somos, o si así nos hizo la Cuauhtémoc.

El discurso publicitario de la empresa es inabarcable, pero distingo dos estrategias claras: la primera es la auto recomendación, lo que conocemos como publicidad positiva; la segunda es la campaña de desprestigio. Nace al distinguirse como una bebida del futuro, moderna y necesaria, de la mano de una campaña de desprestigio contra el pulque, relacionándolo con escenarios miserables que debían dejarse atrás. El pulque fue durante cuatro siglos un elemento que, junto al maíz, el chile y el frijol, no podía faltar en la mesa mexicana. Se le consideraba alimento, pero también remedio contra una gran variedad de malestares. Además, era de precio muy accesible (ocho veces menor que el de la cerveza).[7] De tal suerte que más que una bebida embriagante, el pulque era consumido por toda la sociedad mexicana en el almuerzo, la comida y la cena, cumpliendo la función vital del agua (Ramírez, 2004: 152). El hecho de que hoy esta bebida prácticamente esté extinta en varias ciudades donde su consumo era tradicional, nos habla de que un gran poder se ejerció para desaparecerla. Abrazada al espíritu del proyecto modernizador, los argumentos más emblemáticos contra el pulque fueron, por un lado, que su producción artesanal no podía garantizar un proceso higiénico y, por el otro, que el pulque en sí mismo era una bebida dañina para la salud mental y física. Estos juicios fueron insertados en un discurso cientificista que contó con el apoyo de la Cuauhtémoc. A finales de la segunda década del siglo XX se organizó en la ciudad de Sal-tillo, Coahuila, una reunión de científicos antipulque patrocinada por la empresa. Se llamó «pulquismo» a todo un cuadro de salud deteriorada, lo cual, en su momento, también fue cuestionado: «Nuestros higienistas estudian los efectos del pulque en las comisarías y en los salones de parados. Los efectos de una bebida deben estudiarse en todos sus consumidores, no en determinado grupo» (Bulnes, 1909, citado en Ramírez, 2004).

La debacle del pulque ha sido señalada por numerosos autores como una estrategia de competencia desleal de la industria cervecera, especialmente de la del norte del país (Valadés Montes, 2014). Sin que pueda señalarse únicamente a la Cervecería Cuauhtémoc por esta pérdida histórica tan grande, sí se puede demostrar que durante varias décadas sus campañas de publicidad se basaron en distinguirse del desacreditado pulque, «una bebida de pobres para pobres». Así, en un anuncio de periódico de dos planas completas —espacio inaccesible para los vilipendiados productores de pulque— se rifaba entre los consumidores de Carta Blanca una residencia en la Ciudad de México, ponderando la transparencia de la cerveza como evidencia de pureza: «un vaso de esta exquisita bebida color de oro. Puede ver al través tan bien, como al través del más límpido cristal. Usted puede ver y al mismo tiempo paladear la pureza de Carta Blanca» (Martínez Álvarez, 2001, citado en Ramírez, 2004). En este periodo, la Cuauhtémoc presentó también a su producto como un disparador de armonía familiar, al grado que promovió los jardines de la cerveza como centros de esparcimiento sanos y a su bebida como alimento ideal para bebés.[8]

Cuando a mediados del siglo pasado las ventas de pulque cayeron estrepitosamente, en proporción inversa a la producción de cerveza y a sus centros de venta, la mercadotecnia de Cuauhtémoc Moctezuma comenzó a vincularse con el béisbol, el box y la lucha libre. Para ello utilizó la radio, el perifoneo y la prensa. Esto cobró más fuerza con la televisión. Más adelante, el futbol de espectáculo será el pretexto ideal para vender cerveza. Se abandona la publicidad antialcohólica —ya no pudo sostenerse que la bebida era un refresco que atacaba al alcoholismo— y se concentra en relacionarse con los momentos de placer y con la identidad local, principalmente.

Hacia finales del siglo XX y principios del xxi, la estrategia es distinguir cada marca con un perfil de consumidor. Así, la controvertida campaña sexista de Tecate, diseñada por Olabuenaga-Chemistry: «rinde homenaje a la masculinidad y al ingenio»; la marca Indio (lanzada en 1893 bajo el nombre Cuauhtémoc) da promoción a artistas visuales, patrocina eventos culturales, como festivales de música y concursos de bandas locales, con lo que la marca consiguió una penetración tal en el mercado juvenil que ya se renta para quien desee vender artículos con su logo; y, como ya se vio, la «mejor afición de México» lleva en la espalda el logo de Carta Blanca.

El anuncio que mejor ejemplifica esto es un comercial que se llama «Este es el Norte» (2011), en el que un camión distribuidor de Carta Blanca recorre Monterrey con altoparlantes mientras vemos imágenes de la ciudad y de Torreón. El anuncio fue lanzado mientras la ciudad era azotada por una serie de tragedias vinculadas al crimen organizado y en medio de la controversia desatada por la construcción del nuevo estadio en una reserva ecológica, lo que le valió críticas de un amplio sector social. En este contexto, el anuncio de Carta Blanca —ya por entonces de Heineken— lanzó un mensaje emotivo, que hizo las veces de recordatorio de la identidad regiomontana fundada por la misma cervecera. En este sentido, el público al que va dirigido este discurso es precisamente ese sujeto regiomontano leal al decálogo industrial, gente trabajadora y aguantadora:

Y pese a todo, los norteños somos personas alegres, nobles y orgullosas, orgullosas de nuestra comida, nuestra carne asada, nuestra música, nuestros compadres, pero sobre todo estamos orgullosos de ser de aquí. Este es el Norte…

Y sólo los norteños sabemos cómo somos los norteños.

Niños juegan con nieve en una calle. Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1967.

Niños juegan con nieve en una calle.
Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1967.

LA CERVEZA COMO SÍMBOLO

En Monterrey, la cerveza es un elemento cultural. Esto no sólo se refleja en la cantidad que ingerimos los regiomontanos, sino en su referencia simbólica dentro del trabajo de músicos y poetas locales. Esto, como hemos visto, viene de un proyecto industrial que ha logrado proyectarse en el territorio, naturalizándose; además, la corporación ha fungido durante décadas como mecenas de artistas a través de la Bienal FEMSA y de otros incentivos a las bandas locales de música.

La cerveza es un referente inagotable porque forma parte de nuestras horas. Su presencia en cualquier expresión artística es más una representación que otro elemento cualquiera. Existen innumerables ejemplos de canciones y poemas en torno a la cheve en Monterrey, tantos, que merecían un trabajo de seguimiento específico. Menciono algunos: «La Chevecha», del legendario Piporro; el éxito noventero «Cheve», de Control Machete, y «Noroeste Caliente», de The Band of Bitches. El subgénero «malandro» del rap local contiene cientos de menciones a la cerveza, como «Pasa la Guama», de la Real 821, o bien sus videos giran en torno a su consumo, como en «Todo o Nada» de la Under Side 824. En la poesía local destaca el trabajo de Francisco Serrano, quien ha escrito décimas y poemas a la caguama: «Porque no sé decirte de ninguna manera/ que deformas mi cuerpo, fiel enemiga mía».

¿PREFERENCIA POR LO ÚNICO QUE HAY?

Por todo lo anterior, no se puede concluir que el regiomontano es un insaciable bebedor de cerveza por gusto cuando vive en un contexto producido para depender de ella. A partir de redes políticas, producción de espacio urbano y una maquinaria de publicidad potente, el paisaje regiomontano, con sus temperaturas extremas, es una sábana publicitaria de la bebida embriagante. Está tan presente en el discurso de identidad y en el espacio público, que sólo se necesitan disparadores cotidianos como el cansancio, el estrés o la ansiedad, todos estos productos inequívocos de la misma sociedad industrial, para ceder a la invitación permanente a consumir cerveza. La insaciable sed regiomontana fue una característica diseñada que al paso de los años logró asumirse como un rasgo de identidad local.

Con todo, en la última década esta identidad ha sido contestada por acontecimientos trágicos que reclamaron la factura a la sociedad por su rol pasivo. La ingesta de alcohol y su consecuente cruda han sido señalados como el sedante social que mantiene al orden dominante establecido. Es necesario desactivar el mito del éxito de un emporio, porque no se puede preferir lo único que hay.

Ximena Peredo (Ciudad de México, 1981) es periodista y narradora. Actualmente estudia el doctorado en Sociología y Ciencia Política en la Universidad de Coimbra, Portugal.

Empleado de COPSA en entrevista. Autor sin identificar, Monterrey, N. L., ca. 1980.

Empleado de COPSA en entrevista.
Autor sin identificar, Monterrey, N. L., ca. 1980.


[1] Según la firma de investigación de mercado Euromonitor Internacional, en 2011 la media nacional de ingesta de cerveza era de 61 litros anuales per cápita, mientras que en Monterrey se consumían 70 litros anuales por persona, es decir, un aproximado de diez cartones.
[2] En Cázares Puente, 2014.
[3] Cuando en el 2010 la cervecería Cuauhtémoc Moctezuma es vendida al grupo Heineken, la auditora holandesa somo publicó un reporte en donde señala dos prácticas controvertidas de la cervecera mexicana que no podían pasar desapercibidas a Heineken: la construcción del estadio en «la última reserva ecológica urbana» y la herencia de un sindicato blanco que «atenta con la organización independiente de los trabajadores».
[4] http://www.elfinanciero.com.mx/empresas/seis-factores-clave-que-explican-el-exito-de-oxxo.html
[5] Fuera de circulación durante décadas, pero que fue posible descargar de WikiLeak, y hoy se encuentra en varios espacios en internet.
[6]  «Ligan masacre en NL a control de la cerveza», periódico Reforma, 20 de junio de 2015.
[7] En Flores Paredes, 2008.
[8] En las instalaciones de Cuauhtémoc Moctezuma todavía existe el Jardín Cerveza, abierto al público.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es periodista y narradora. Actualmente estudia el doctorado en Sociología y Ciencia Política en la Universidad de Coimbra, Portugal.