Tierra Adentro

El calor en el norte del país ha hecho que la cerveza se convierta en la bebida cotidiana y predilecta para todo tipo de ocasión.  En esta crónica, Ximena Peredo recorre las calles de Monterrey para ver cómo la cervecera Cuauhtémoc ha marcado la ciudad y a sus habitantes.

A finales del siglo XIX la cerveza era más bien un gusto excéntrico, reservado para los extranjeros avecindados en el país. La meteórica velocidad con que logró imponerse en el gusto popular está relacionada con varios factores, entre los que destacan el respaldo constante del Estado a esta industria, sus estrategias de expansionismo territorial y el uso de publicidad con un fuerte contenido de identidad localista. La cerveza, más que una bebida, resultó un dispositivo moderno. Siguiendo este enfoque, aterrizaremos el análisis en una realidad concreta, la ciudad de Monterrey, cuna de la cerveza industrial, y orgullosa portadora del récord de consumo nacional de esta bebida.[1]

El Monterrey moderno y su cervecería local crecen aparejados, en una relación simbiótica que podría explicar por qué para el regiomontano la cerveza es un motivo de orgullo de identidad que articula una serie de aspiraciones modernas, ligadas al trabajo y al consumo.

EN EL PRINCIPIO FUE LA CUAUHTÉMOC

El Monterrey que hoy conocemos nace en 1890 con el Acta Constitutiva de la Fábrica de Hielos y Cerveza Cuauhtémoc, con las firmas al calce de los comerciantes Isaac Garza, José A. Muguerza, Francisco Sada y el maestro cervecero Joseph M. Schnaider, quien se desempeñaba como agente de la cervecería Schnaider (de San Luis Missouri) en México. Con esta sociedad se conservó el proyecto de José Calderón Penilla, quien comercializaba en su Casa Calderón (fundada en 1864) y producía la primera cerveza artesanal, la León[2] que se distribuía en barriles. Ante la creciente demanda, planeó crecer a escalas industriales junto con su socio Joseph M. Schnaider, pero la muerte lo sorprendió en 1889. El proyecto, sin embargo, siguió su curso no sólo porque los cimientos ya estaban dispuestos, con una fábrica de hielo instalada al lado de los ojos de agua de Santa Lucía, sino por la política de exención de impuestos del gobernador Gral. Bernardo Reyes, quien facilitó un brote industrial que cambiaría el espacio de la ciudad. Así, un año después, en 1890 se fundó en Monterrey la primera cervecería industrial del país, con maquinaria y mano de obra extranjera.

En 1916, el gobierno […] decretó un alza en los impuestos a las bebidas alcohólicas, política que se combatió beligerantemente por la Cervecería Cuauhtémoc.

En 1900 se vivió un auge cervecero en el país; en dieciocho estados había setenta y dos productoras, según conteos del gobierno de Porfirio Díaz. Aunque la mayoría de éstas eran artesanales, los grupos cerveceros que durante el siglo XX se consolidaron —Moctezuma, Cuauhtémoc y Modelo, en Veracruz, Monterrey y Estado de México, respectivamente—, se distinguieron por incorporar los últimos avances tecnológicos en su proceso productivo.

El no pagar impuestos durante los primeros veinte años permitió que la empresa escalara tecnológicamente y comenzara a diversificarse desde sus inicios, produciendo sus propias corcholatas, botellas de vidrio y cajas de cartón, con lo que dieron origen al primer grupo de empresas del corporativo que, cien años después, se convertiría en el emblemático grupo Visa, hoy FEMSA (Fomento Económico Mexicano S. A.), una de las «globales» mexicanas con más de cien empresas entre las que destacan su división Coca-Cola —la embotelladora más grande de Latinoamérica— y su división comercial —Oxxo y gasolineras, además de farmacias y restaurantes—, el equipo de futbol C.F. Monterrey y recientemente del estadio Bancomer-BBVA, por mencionar sus giros más emblemáticos.

En 1916, el gobierno, dada la urgencia posrevolucionaria por hacerse de recursos, decretó un alza en los impuestos a las bebidas alcohólicas, política que se combatió beligerantemente por la Cervecería Cuauhtémoc desde varios frentes. Así, en 1923 acordó con los gobiernos estatal y municipal el pago de una cuota única por los siguientes diez años. Esto permitió que la empresa aprovechara, como sigue sucediendo hoy a través del régimen de consolidación fiscal, casi el total de sus rentas. Los beneficios fiscales serían, en adelante, una de las claves de su expansión, pero éste es apenas uno de sus pilares. Con la intención de independizarse de los trabajadores extranjeros —principalmente alemanes y norteamericanos— que ocupaban puestos técnicos con sueldos por arriba de la media nacional, los directivos decidieron enviar a sus hijos a formarse al extranjero (años después, en 1943, a iniciativa de esta empresa se fundó el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey). Pero quizá la estrategia estabilizadora más importante de esta compañía fue la laboral: una serie de beneficios inéditos a los trabajadores y sus familias como servicios médicos, fondo de ahorro y apoyo a la vivienda, además de centros de recreación y convivencia (con carnes asadas) y deporte (el primer estadio de béisbol se construyó en terrenos de la empresa). Todo esto dio origen a la Sociedad Cuauhtémoc y Famosa, como se le conoció a este esquema empresarial paternalista, con lo cual se facilitó la constitución y mantenimiento de un sindicato «blanco» controlado por la dirección de la empresa.[3]

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Empleados de Cervecería Cuauhtémoc y Famosa durante una reunión social. Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1944.

Además de estas prácticas empresariales controvertidas, su estrategia de comunicación destaca como pionera en su ramo con la creación de la revista semanal Trabajo y Ahorro, fundada en 1921 y todavía en circulación, lo que la convierte en la segunda revista más antigua de México (Ortega, 2003). Esta revista fue el órgano difusor de los valores y filosofía empresariales de la Sociedad Cuauhtémoc y Famosa y, puede decirse, un vehículo discursivo poderoso en la formación del sujeto regiomontano moderno. Además de este órgano de autoconsumo, la empresa destacó por apostar en grande a la publicidad, haciéndose presente en prensa con anuncios insertados y con una intensa campaña de desprestigio al pulque y otras bebidas tradicionales.

Cuando a un regiomontano se le pregunta por qué toma tanta cheve, casi por regla general se escuchan dos respuestas: por el calor y porque se produce localmente. A continuación, profundizaremos en las explicaciones no siempre advertidas sobre la insaciable sed de cerveza regiomontana.

CARTA BLANCA CITY

«La cervecería Cuauhtémoc, terminada en 1892, es quizá la expresión más destacada del espíritu de la época. Se trata de una sólida estructura de acero cubierta por una piel de ladrillo en cuyo centro se eleva una torre que evoca un faro» (Landa, 2012: 27). A partir de él que sería el primer rascacielos de México, comienza la producción del espacio industrial en la ciudad y éste se volverá, a la postre, el único modo de construir y, por consiguiente, de habitar Monterrey.

Si coincidimos con Henri Lefebvre (2013) diremos que no hay ideología sin producción de espacio. Es decir, toda edificación, monumental o modesta, representa una cosmogonía y un tipo de relaciones sociales. En el caso de las ciudades industriales, las relaciones que dominarán el espacio son las de producción y consumo. Al seguir el crecimiento de la Cervecería, podemos constatar que la empresa conquistó espacio no sólo para construir sus fábricas y centro de operaciones, sino que construyó infraestructuras primarias para la ciudad, como la avenida Cuauhtémoc, que cruzaba de Norte a Sur el joven Monterrey de la década de los treinta del siglo pasado. La compañía también construiría fraccionamientos para sus trabajadores; uno de ellos, el más emblemático de esta política, lleva por nombre colonia Cuauhtémoc: ahí, además de iglesia, se construyeron escuelas primarias y secundarias—una de ellas lleva el nombre de Francisco G. Sada—, además de contar con parque, instalaciones deportivas, clínica y auditorio. Este complejo fue desarrollado sobre un bosque conocido como Bosque de Santo Domingo, o Nogalar. Algunos de los árboles sobrevivientes dan sombra hoy en el estacionamiento de la clínica Nova, de la corporación. Esto último no puede dejar de compararse con la última intervención de FEMSA sobre el espacio metropolitano: el nuevo estadio de su club, construido sobre lo que fuera La Pastora, un área natural protegida.

La importancia de producir espacios es que, a la postre, quedan como representaciones de los valores o las relaciones que los crearon y, lo más importante, en ellos se reproduce el tipo de relaciones que los originaron. En este sentido es que tomar cerveza en Monterrey está directamente relacionado con la experiencia del espacio.

Más allá de los edificios icónicos referentes de esta industria, es de destacarse la presencia territorial de las tiendas Oxxo, fundadas en Monterrey en 1977. Estas tiendas se concibieron como centros de distribución de las marcas de cervezas del grupo, pero al paso de los años su oferta fue diversificándose y la cadena fue reproduciéndose por el espacio local, llegando hoy en día a ser la minorista con mayor presencia en toda América. Según datos de enero de 2015, la empresa abre, en promedio, una tienda Oxxo cada ocho horas con un aproximado de mil nuevas sucursales por año.[4] En la zona metropolitana de Monterrey estos establecimientos son una referencia ineludible para ubicar direcciones: «en el segundo Oxxo, das vuelta a la derecha y luego le das hasta el primer Oxxo que te encuentres». Así, los regiomontanos que nacieron en los ochenta no conocieron un Monterrey sin Oxxo, lo que es igual a crecer en un ambiente que, veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, invita al consumo. El liderato en obesidad nacional (en población infantil y adulta) podría estar relacionado con la proliferación de Oxxo, pero definitivamente lo está con los setenta litros de cerveza que consume en promedio un regiomontano al año (casi diez litros más que la media nacional).

De lo que estamos ciertos es de que en Carta Blanca City no hay lugar para la competencia: o se incorpora o se elimina.

Además del logotipo de Oxxo, otros íconos de la corporación predominan en el paisaje urbano, especialmente el de Coca-Cola —que se consume más que en cualquier ciudad del mundo, con cuatrocientos veinticinco litros al año per cápita— y los de las marcas, principalmente Carta Blanca y Tecate, de la Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma, hoy controlada por Heineken. Además de panorámicos, la empresa pinta con los colores de sus marcas y ofrece anuncios luminosos para adornar las cantinas, depósitos o restaurantes que vendan sus productos. El ejemplo más radical es un anuncio de la Carta Blanca que parece coronar uno de los cruces más transitados del centro de la ciudad: el de avenida Cuauhtémoc (diseñada y construida por la misma empresa) con avenida Madero. Este gigantesco logotipo luce como un aviso: Bienvenido a Carta Blanca City.

Por si esto fuera poco, las playeras de los dos equipos de futbol locales, los Rayados y los Tigres, tienen publicidad de Carta Blanca. Aunque esto está penado por la Ley de Alcoholes, en el mercado se encuentran playeras para niños con este tipo de publicidad. De tal suerte que, como dicen dos anuncios recientes de la empresa, «hay algo raro en ser Rayado/Tigre y no pedir Carta Blanca».

NO HAY LUGAR PARA LOS DÉBILES

La empresa capitalista basa su éxito en su capacidad de crecimiento. Este impulso expansionista está estrechamente vinculado con su estilo de competir. Bajo una interpretación amañada de la evolución darwinista, el sistema capitalista entendió como justo que la prosperidad de uno significara la extinción de otro. Siguiendo este principio las empresas compiten sin escrúpulos, creyendo que se imponen porque son mejores. Pocas veces se advierte la inequidad intrínseca de las escalas. Inequidad que, de hecho, imposibilita cualquier relación de competencia. Llegados a un punto, los conglomerados de empresas tienen garantizada la victoria sobre sus pequeños competidores. Su extinción es sólo cuestión de tiempo. Esta depredación mercantil queda bien representada por la estrategia expansionista de la otrora cervecera regiomontana. Su crecimiento tiene más que ver con su capacidad para exterminar competidores que con una competencia equitativa, de la cual se beneficiaría el consumidor final. Sobre esto hay varios ejemplos locales —y sin duda el más notable es la quiebra de tiendas de abarrotes ante Oxxo, el cliente individual más grande de la cerveza local—, pero para visibilizar otros elementos conviene revisar, aunque sea someramente, la expansión territorial de la Cervecería Cuauhtémoc.

En 1929 Cervecería Cuauhtémoc dio a varios de sus departamentos de producción el tratamiento de empresas. De este modo, la producción de tapón corona —corcholata—, de cajas de cartón y de elaboración de botellas de vidrio, más la creación de una fábrica de malta, entre otras, dejaron de pertenecer al organigrama de su empresa fundadora para conformar Fábricas Monterrey. En ese mismo año, la Cuauhtémoc compró la Cervecería Central, de la Ciudad de México, con lo que inicia su carrera monopólica fuera de Nuevo León. Siete años después, el Consejo Administrativo decidió desagregar a las empresas de Fábricas Monterrey para conformar un conglomerado de empresas, en donde se incluye la Cuauhtémoc, para conformar el grupo económico Valores Industriales (visa), antecedente directo de FEMSA. Este cambio estructural, sin embargo, no distribuyó el poder entre varias empresas, ya que la Cuauhtémoc compró casi la totalidad de las acciones del grupo (Ortega 2003: 17). Las compras emblemáticas del grupo de otras cerveceras nacionales se dieron después. En 1954 adquirió la productora de cerveza Tecate, en Baja California. Tres décadas después, en 1985, visa compró a la Cervecería Moctezuma y sus más de cuarenta subsidiarias. De esta fusión nacerá la única competidora nacional del Grupo Modelo, la Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma. Pero los contextos en que suceden estas adquisiciones son parte medular del cierre de negociaciones pues, por ejemplo, en el caso de la Cervecería Moctezuma, ésta había sido sistemáticamente hostigada. Esto lo señala en sus memorias el expresidente Miguel de la Madrid Hurtado: «[Alberto Baillères, último director de Cervecería Moctezuma] afirma que su penetración en el mercado ha bajado como resultado de las prácticas inmorales de mercadotecnia de sus competidores, tales como la obtención de exclusividad en determinados pueblos o municipios, donde mediante sobornos han comprado a las autoridades locales». Los contratos de exclusividad, al ser ilegales, dependen de acuerdos orales, que todos los comerciantes de cerveza en Monterrey conocen de primera mano. Esto se controla con la tenencia de licencias de venta de alcohol, las cuales FEMSA obtiene y «concesiona» a comerciantes que le adeuden exclusividad. Otras estrategias mucho más violentas para quebrantar a la Moctezuma fueron señaladas por Irma Salinas en su legendario libro Nuestro Grupo:

La Moctezuma instaló cantinas y comenzó a vender su cerveza a precios muy bajos para abrirse paso en el mercado del norte, para habituar a la gente a su marca. Entonces vino la guerra. No una guerra de aviones y bombas. Una guerra de breves balaceras que asolaban alguna cantina de Moctezuma dejando un buen saldo de heridos y muertos. Caían parroquianos y caían cantineros.

Pero no podía permitirse que la gente se acostumbrara a la cerveza Moctezuma. (Salinas, 2015 [1978]: 8).[5]

Esta guerra por la distribución y venta de cerveza aún continúa en Monterrey y su zona metropolitana. El 19 de junio pasado, diez hombres fueron masacrados en una agencia de cerveza Corona Bud Light, en el municipio conurbado de García. La primera línea de investigación establecida por las autoridades fue la pugna por la venta de cerveza entre grupos criminales. Los testimonios de familiares y allegados a las víctimas, recogidos por El Norte, señalaron que el negocio recibía constantes amenazas de quienes buscaban apoderarse del mercado cervecero y que, incluso, un día antes hubo un incidente contra distribuidores. «Si le compras a otros y no a ellos, se molestan y te amenazan, o pasan cosas como ésta».[6]

Los contratos de exclusividad son, para muchos comerciantes, la única forma de tener protección para ver crecer a su negocio. Esta es una de las explicaciones menos investigadas sobre la estructura que sostiene las prácticas monopólicas de Modelo y Cuauhtémoc-Moctezuma.

No se puede asegurar que las cervezas industriales elaboradas en Nuevo León sean las preferidas del público. De lo que estamos ciertos es de que en Carta Blanca City no hay lugar para la competencia: o se incorpora o se elimina.

Empleados de Cervecería Cuauhtémoc y Famosa en banquete. Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1945.

Empleados de Cervecería Cuauhtémoc y Famosa en banquete.
Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1945.

 

ESTO ES EL NORTE

Al relacionar la formación del sujeto regiomontano, un insaciable tomador de cerveza, con la fundadora del Monterrey industrial, no podemos dejar de analizar los discursos de la propaganda del corporativo. La publicidad de la industria alcohólica, en general, «destaca por la frecuente creación de universos que remiten al lugar de origen del producto, apoyándose en imágenes que en ocasiones son fruto de estereotipos» (Ramos y Rubio, 2011). En este sentido, al ser una marca originaria de Monterrey y la primera industria de la ciudad, la publicidad de la Cervecería Cuauhtémoc fue un dictado sobre cómo debíamos ser para alcanzar determinado futuro. Hasta hoy, Heineken sigue explotando los estereotipos culturales fabricados en el pasado. Llega a un punto en que no podremos saber si así somos, o si así nos hizo la Cuauhtémoc.

El discurso publicitario de la empresa es inabarcable, pero distingo dos estrategias claras: la primera es la auto recomendación, lo que conocemos como publicidad positiva; la segunda es la campaña de desprestigio. Nace al distinguirse como una bebida del futuro, moderna y necesaria, de la mano de una campaña de desprestigio contra el pulque, relacionándolo con escenarios miserables que debían dejarse atrás. El pulque fue durante cuatro siglos un elemento que, junto al maíz, el chile y el frijol, no podía faltar en la mesa mexicana. Se le consideraba alimento, pero también remedio contra una gran variedad de malestares. Además, era de precio muy accesible (ocho veces menor que el de la cerveza).[7] De tal suerte que más que una bebida embriagante, el pulque era consumido por toda la sociedad mexicana en el almuerzo, la comida y la cena, cumpliendo la función vital del agua (Ramírez, 2004: 152). El hecho de que hoy esta bebida prácticamente esté extinta en varias ciudades donde su consumo era tradicional, nos habla de que un gran poder se ejerció para desaparecerla. Abrazada al espíritu del proyecto modernizador, los argumentos más emblemáticos contra el pulque fueron, por un lado, que su producción artesanal no podía garantizar un proceso higiénico y, por el otro, que el pulque en sí mismo era una bebida dañina para la salud mental y física. Estos juicios fueron insertados en un discurso cientificista que contó con el apoyo de la Cuauhtémoc. A finales de la segunda década del siglo XX se organizó en la ciudad de Sal-tillo, Coahuila, una reunión de científicos antipulque patrocinada por la empresa. Se llamó «pulquismo» a todo un cuadro de salud deteriorada, lo cual, en su momento, también fue cuestionado: «Nuestros higienistas estudian los efectos del pulque en las comisarías y en los salones de parados. Los efectos de una bebida deben estudiarse en todos sus consumidores, no en determinado grupo» (Bulnes, 1909, citado en Ramírez, 2004).

La debacle del pulque ha sido señalada por numerosos autores como una estrategia de competencia desleal de la industria cervecera, especialmente de la del norte del país (Valadés Montes, 2014). Sin que pueda señalarse únicamente a la Cervecería Cuauhtémoc por esta pérdida histórica tan grande, sí se puede demostrar que durante varias décadas sus campañas de publicidad se basaron en distinguirse del desacreditado pulque, «una bebida de pobres para pobres». Así, en un anuncio de periódico de dos planas completas —espacio inaccesible para los vilipendiados productores de pulque— se rifaba entre los consumidores de Carta Blanca una residencia en la Ciudad de México, ponderando la transparencia de la cerveza como evidencia de pureza: «un vaso de esta exquisita bebida color de oro. Puede ver al través tan bien, como al través del más límpido cristal. Usted puede ver y al mismo tiempo paladear la pureza de Carta Blanca» (Martínez Álvarez, 2001, citado en Ramírez, 2004). En este periodo, la Cuauhtémoc presentó también a su producto como un disparador de armonía familiar, al grado que promovió los jardines de la cerveza como centros de esparcimiento sanos y a su bebida como alimento ideal para bebés.[8]

Cuando a mediados del siglo pasado las ventas de pulque cayeron estrepitosamente, en proporción inversa a la producción de cerveza y a sus centros de venta, la mercadotecnia de Cuauhtémoc Moctezuma comenzó a vincularse con el béisbol, el box y la lucha libre. Para ello utilizó la radio, el perifoneo y la prensa. Esto cobró más fuerza con la televisión. Más adelante, el futbol de espectáculo será el pretexto ideal para vender cerveza. Se abandona la publicidad antialcohólica —ya no pudo sostenerse que la bebida era un refresco que atacaba al alcoholismo— y se concentra en relacionarse con los momentos de placer y con la identidad local, principalmente.

Hacia finales del siglo XX y principios del xxi, la estrategia es distinguir cada marca con un perfil de consumidor. Así, la controvertida campaña sexista de Tecate, diseñada por Olabuenaga-Chemistry: «rinde homenaje a la masculinidad y al ingenio»; la marca Indio (lanzada en 1893 bajo el nombre Cuauhtémoc) da promoción a artistas visuales, patrocina eventos culturales, como festivales de música y concursos de bandas locales, con lo que la marca consiguió una penetración tal en el mercado juvenil que ya se renta para quien desee vender artículos con su logo; y, como ya se vio, la «mejor afición de México» lleva en la espalda el logo de Carta Blanca.

El anuncio que mejor ejemplifica esto es un comercial que se llama «Este es el Norte» (2011), en el que un camión distribuidor de Carta Blanca recorre Monterrey con altoparlantes mientras vemos imágenes de la ciudad y de Torreón. El anuncio fue lanzado mientras la ciudad era azotada por una serie de tragedias vinculadas al crimen organizado y en medio de la controversia desatada por la construcción del nuevo estadio en una reserva ecológica, lo que le valió críticas de un amplio sector social. En este contexto, el anuncio de Carta Blanca —ya por entonces de Heineken— lanzó un mensaje emotivo, que hizo las veces de recordatorio de la identidad regiomontana fundada por la misma cervecera. En este sentido, el público al que va dirigido este discurso es precisamente ese sujeto regiomontano leal al decálogo industrial, gente trabajadora y aguantadora:

Y pese a todo, los norteños somos personas alegres, nobles y orgullosas, orgullosas de nuestra comida, nuestra carne asada, nuestra música, nuestros compadres, pero sobre todo estamos orgullosos de ser de aquí. Este es el Norte…

Y sólo los norteños sabemos cómo somos los norteños.

Niños juegan con nieve en una calle. Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1967.

Niños juegan con nieve en una calle.
Por Alberto Flores Varela, Monterrey, N. L., 1967.

LA CERVEZA COMO SÍMBOLO

En Monterrey, la cerveza es un elemento cultural. Esto no sólo se refleja en la cantidad que ingerimos los regiomontanos, sino en su referencia simbólica dentro del trabajo de músicos y poetas locales. Esto, como hemos visto, viene de un proyecto industrial que ha logrado proyectarse en el territorio, naturalizándose; además, la corporación ha fungido durante décadas como mecenas de artistas a través de la Bienal FEMSA y de otros incentivos a las bandas locales de música.

La cerveza es un referente inagotable porque forma parte de nuestras horas. Su presencia en cualquier expresión artística es más una representación que otro elemento cualquiera. Existen innumerables ejemplos de canciones y poemas en torno a la cheve en Monterrey, tantos, que merecían un trabajo de seguimiento específico. Menciono algunos: «La Chevecha», del legendario Piporro; el éxito noventero «Cheve», de Control Machete, y «Noroeste Caliente», de The Band of Bitches. El subgénero «malandro» del rap local contiene cientos de menciones a la cerveza, como «Pasa la Guama», de la Real 821, o bien sus videos giran en torno a su consumo, como en «Todo o Nada» de la Under Side 824. En la poesía local destaca el trabajo de Francisco Serrano, quien ha escrito décimas y poemas a la caguama: «Porque no sé decirte de ninguna manera/ que deformas mi cuerpo, fiel enemiga mía».

¿PREFERENCIA POR LO ÚNICO QUE HAY?

Por todo lo anterior, no se puede concluir que el regiomontano es un insaciable bebedor de cerveza por gusto cuando vive en un contexto producido para depender de ella. A partir de redes políticas, producción de espacio urbano y una maquinaria de publicidad potente, el paisaje regiomontano, con sus temperaturas extremas, es una sábana publicitaria de la bebida embriagante. Está tan presente en el discurso de identidad y en el espacio público, que sólo se necesitan disparadores cotidianos como el cansancio, el estrés o la ansiedad, todos estos productos inequívocos de la misma sociedad industrial, para ceder a la invitación permanente a consumir cerveza. La insaciable sed regiomontana fue una característica diseñada que al paso de los años logró asumirse como un rasgo de identidad local.

Con todo, en la última década esta identidad ha sido contestada por acontecimientos trágicos que reclamaron la factura a la sociedad por su rol pasivo. La ingesta de alcohol y su consecuente cruda han sido señalados como el sedante social que mantiene al orden dominante establecido. Es necesario desactivar el mito del éxito de un emporio, porque no se puede preferir lo único que hay.

Ximena Peredo (Ciudad de México, 1981) es periodista y narradora. Actualmente estudia el doctorado en Sociología y Ciencia Política en la Universidad de Coimbra, Portugal.

Empleado de COPSA en entrevista. Autor sin identificar, Monterrey, N. L., ca. 1980.

Empleado de COPSA en entrevista.
Autor sin identificar, Monterrey, N. L., ca. 1980.


[1] Según la firma de investigación de mercado Euromonitor Internacional, en 2011 la media nacional de ingesta de cerveza era de 61 litros anuales per cápita, mientras que en Monterrey se consumían 70 litros anuales por persona, es decir, un aproximado de diez cartones.
[2] En Cázares Puente, 2014.
[3] Cuando en el 2010 la cervecería Cuauhtémoc Moctezuma es vendida al grupo Heineken, la auditora holandesa somo publicó un reporte en donde señala dos prácticas controvertidas de la cervecera mexicana que no podían pasar desapercibidas a Heineken: la construcción del estadio en «la última reserva ecológica urbana» y la herencia de un sindicato blanco que «atenta con la organización independiente de los trabajadores».
[4] http://www.elfinanciero.com.mx/empresas/seis-factores-clave-que-explican-el-exito-de-oxxo.html
[5] Fuera de circulación durante décadas, pero que fue posible descargar de WikiLeak, y hoy se encuentra en varios espacios en internet.
[6]  «Ligan masacre en NL a control de la cerveza», periódico Reforma, 20 de junio de 2015.
[7] En Flores Paredes, 2008.
[8] En las instalaciones de Cuauhtémoc Moctezuma todavía existe el Jardín Cerveza, abierto al público.

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Fotografía cortesía de la autora
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