
Monumento Elizondo, cuarto de hotel vacío por una noche en la calle 3 Rue de L’Odeon, País, Francia, 2015. Jorge Méndez Blake.
El sujeto xxxx se cauteriza por medio de la cámara de xxxx. El trabajo de campo de un retratista mecánico digno de la velocidad con la que la imagen se fija en el impulso que activa el obturador. Una pieza visual que hace pensar que xxxx pudo haber estado en el lugar de xxxx y verlo todo desde la perspectiva de xxxx, quien dispara. Elizondo: …más comprometido, con la mirada que me mira en el espejo que con el esplendor del cielo. Es un cielo vertical a los ojos de aquel que alcanza a subir su barbilla algunos grados hacia arriba para ver ese manto por última vez. No implora. No habría por qué. Muere. Está muriendo. Ese no lugar, ese cuerpo sin cuerpo que ha dejado de ser y se mantiene en tensión para convertirse en escritura. Es el cuerpo y su desaparición. Un Song Dong en una manufactura analógica en la que la fotografía pulveriza sobre su superficie lo que puede quedar de él. La huella antipoética de lo que transcurre como una caída infinita. Es el lenguaje vuelto imagen y transformado en escritura y revertido en una primera muerte marcada por la espera. El hombre vive en la espera para velar lo que desaparece. ¿Recuerdas? En la muerte por desmembramiento como en la muerte de las convicciones a las que nos mantenemos fieles, el hombre sólo puede sujetarse del recuerdo, Re-mem-ber? Los ojos de aquellos que lo evocarán desmembrado viven en la superficie del cuerpo del objeto como vive el cuerpo antisedente en los ojos de aquellos que le rodean, miran hacia el suelo, a la pierna izquierda a punto de convertirse en concepto: a) Hacer desaparecer, b) hacer rayas transversales sobre lo escrito c) para dar a entender que no sirve, d) desvanecer, quitar, hacer que desaparezca algo. Borrar es hacer concepto. La pierna izquierda sometida al borramiento. Y al fin de frente y no de espaldas ese sujeto xxxx, sin poder regresar al origen, a la escritura de la imagen que lo contiene, intima que es huella para poder autoescribirse.

1,3, 2015. Miguel Canseco
Es imposible escribir sobre la fotografía. Los textos sobre ella me han impresionado vivamente, coinciden con mis ideas, las expresan mejor. Apenas hace unos días leí la novela, volví a contemplarla, me detuve a meditar en la fascinación erótica de la mirada del supliciado (¿una mujer?). La fotografía no es inmóvil, es una puesta en escena: los espectadores también torturamos, así quien contempla la tortura ajena. Lo que nos horroriza nos define, por eso soy esas miradas, el andrógino sin pecho contemplando a dios, la frase de Farabeuf: «el supliciado eres tú».
Aquella noche, estancado en la fotografía, permití que volviera a hablarme su animalidad, su descaro e impudicia; corrí al lecho, ella dormía, imaginé la atrocidad de arrancarle los pechos, estaban frondosos sobre las sábanas, exhalaban tranquilos, me tuve repulsión. Llamé a Elizondo, le expliqué mi tortura, él rió. «Pasas demasiado tiempo en la clínica», dijo tranquilo.
En el estudio, las sombras prolongan su letanía cada noche, la fotografía del supliciado reposa ante mí. En mis notas escribo palabras desmembradas, es lo más cerca que estaré de ella, sucumbiendo a la fascinación rotunda de mi oscuro deseo. El espejo, frente al escritorio, tiembla silencioso cada vez que cierro los ojos e imagino la excitación del instante ante mi muerte y la suya: el ojo humano es una máquina perversa, se estanca sin tiempo en lo prohibido, goza con el sufrimiento. Nada en la mirada es inocente, me repito hasta que clarea afuera y los pájaros revierten la sensación sucia entre mis dedos. Clara irrumpe en el estudio; dice contenta: «apúrese, doctor, que se hace tarde».
*Este texto fue encontrado en 1966 entre los papeles de Salvador Elizondo. Pertenece a los diarios del doctor Rubén Olivares, íntimo amigo del escritor, quien, al parecer, inspiró el personaje de Farabeuf. El texto original no posee un título; escogimos el de «Susurros» para ilustrar el hecho de que, sobre la fotografía del supliciado, existen diversas voces.
Nota: el título corresponde al primer escrito en México sobre la fotografía del supliciado. A diferencia de otros críticos que consideran que Elizondo retomó la fotografía de Les Larmes d’Eros, de Bataille, fue el doctor Olivares quien dio a conocer la fotografía al escritor. En su diario, además, encontramos interesantes aportaciones sobre los vínculos entre el erotismo y la muerte, notas fragmentadas y previas a 1928, año de la aparición de Histoire de l’oeil, texto que inaugura las aportaciones sobre el problema en Bataille. Olivares es un precursor desconocido; Elizondo se nutre de ambas influencias, quedando oscurecida la de Olivares. La crítica sólo considera como hipotexto las aportaciones de Bataille. En esta edición crítica esperamos abatir el equívoco.

Carne fresca No.10, 2015. Moris.
¿Qué de hermoso puede haber en una fotografía de un hombre agonizando? Pero seguimos leyendo, imaginando la tortura y saboreando una historia sin argumento. Como el pobre hombre moribundo, el lector es la víctima de un antiguo cirujano, que con amor argumenta su vida en el placer de la carne. Se ha leído tanto y tanto se ha intentado interpretar que es una estupidez dejar a Farabeuf inconcluso. Poco a poco nos acercamos como hermeneutas malditos a la fotografía, y de repente todo cae; en los últimos capítulos, todo aquello que construimos partiendo de fragmentos de una naturaleza imaginada se derrumba.
Me pregunto: ¿cuánto tiempo duraste viendo la imagen de aquella monstruosa escena? ¿Qué fue lo que viste, un muerto o un moribundo? Las escenas que se repiten constantemente se quedaron suspendidas en la mente, se empalmaron, y como eje aquella infame ejecución de un mero hecho de justicia china. No te diste cuenta pero Elizondo nos hizo cómplices. Culpables del único y atroz hecho de reproducir en nuestra cabeza un espantoso hecho; nuestro placer es la carne y la reconstrucción de un acto que nos es ajeno, pero nos hemos convertido en hermeneutas del deseo; Elizondo ha clavado hondo línea tras línea el intento de dilucidar la carne cercenada y los huesos rotos de aquel pobre hombre. Como Elizondo, nos hemos comprometido tanto que hemos saboreado el texto, la fotografía. Nuestra empatía por lo monstruoso es tal que hemos caído al deseo, producto de un mito strausseano, y que —en palabras de Baudrillard— le hemos retirado cualquier propiedad utilitaria para comenzar a coleccionar, sustituir su uso por algo mucho más intrincado dentro de un proceso inconsciente. Lo hemos interpretado tanto, analizado tanto, que aquel hombre ya no está agonizando, ya no está muriendo, ahora se ha convertido en un San Sebastián, en una víctima de algún grabado de Goya. Nos hemos convertido en uno con la piel desgarrada hecha jirones; somos un personaje de Ballard, Elizondo nos ha convertido en hermeneutas del deseo.