«Hasta aquí, un uniforme, una imagen, pelo facial». En la imagen, un grupo de hombres uniformados rodean al condenado. Al centro de la tensión, un hombre desgarrado, la mirada en un éxtasis de opio; su mirada desaparecida parece detenerlo en una stasis como si se tratara de una imagen dentro de otra. La frase inicial pertenece a una lectura hecha por word.camera, un software desarrollado por el artista digital Ross Goodwin que interpreta imágenes y las traduce a lenguaje verbal. Es, si cabe decirlo, una máquina ecfrástica: un ojo digital que escribe.
Tras subir la imagen del Leng Tch’é, la cámara.palabra devuelve un largo texto que coloca la imagen sobre una plancha de disección y extrae los significados posibles.[1] El discurso es por momentos redundante, otras elíptico o inconcluso. El proceso de lectura es perpendicular a la observación: hay algo que se escapa en todo esto y algo que emerge desde el fondo: huecos y recurrencias delimitan la imagen como un fantasma.
«Allí, la guerra y la ropa: la guerra se refiere a lo opuesto de la paz, y la ropa es usada para vestir. Por esa razón, la ropa no es una nada usando ropa». En el Renacimiento, vestir significaba bajar los párpados. La ropa que no viste es el ojo que no puede cerrarse, el deseo que sostiene la imagen como una provocación; el ojo de la máquina que no se cierra y lee la imagen, que extrae un sentido de su acumulación de pixeles.
«Allí, un militar, que está hecho de las fuerzas militares de una nación». La fuerza del verdugo que corta el cuerpo de Fu-Tchu-Li. El grupo de uniformados que lo rodea y lo observa. La tortura de los mil cortes como los soldados que militan sobre el cuerpo del condenado. Mil cortes sobre la condición de la imagen.
«Por supuesto, un grupo y una persona: el grupo puede incluir lo individual, y la persona puede navegar un barco. Allí, la persona tiene una sensación». La stasis en el rostro del condenado se convierte en la aisthesis de su rostro dentro de la imagen. Ser leída mediante un vistazo y una mirada es una doble condición dada a la fotografía.
El brillo. Es el filo de los cuchillos. El reflejo de una lente que observa.
El fulgor de una moneda que gira. La mirada fugaz de una mujer. Las costillas plenas, expuestas, blanquecinas de un hombre que asiste despierto al instante deslumbrante de su propia muerte.
Y no es el dolor lo que importa. Hay miles de maneras de imponer dolor. Sino lo que significa ese suplicio. Hay un mensaje para el condenado que va más allá de la tortura. Le muestran, mediante un acto físico, al que asiste bajo los efectos del opio, algo que está velado para el resto de la humanidad. Sólo él podrá contemplar su propia reducción. Asistirá a su propia muerte. En un instante.
Una imagen nos abre los ojos a los alcances del horror. Un instante que deviene en mil.
Ha sido drogado para olvidarse de sí mismo y quizás asista a esta revelación como alguien más, con curiosidad o con asco pero acaso con.
Porque ellos quieren que él vea. No quieren que sea partícipe de su dolor, sino del placer de sus verdugos.
Un tajo prefigura mil cortes así como el tintineo de las monedas es largo y denso porque lleva mil respuestas posibles.
Una cuchilla es una pluma porque la palabra secciona y devela.
Al ajusticiado —al lector— le es dado ver lo que para otros está negado: el proceso corporal de la muerte, la descomposición del cuerpo, la semejanza de la muerte y del arte.
Las mismas monedas que se agitan en el cuenco de las manos ofrecerán siempre distintos hexagramas. Escucha, no digas nada. Un objeto se desliza sobre otro produciendo mil cortes en silencio.
No me gusta la idea del fotógrafo como el último invitado de la fiesta, decía Nan Goldin. Yo no soy la infiltrada. Estas personas son mi familia. Ésta es mi historia. Ésta es mi fiesta.
El dios mexica Xipe Tótec, que utilizó su propia piel para alimentar a la humanidad.
Las primeras fiestas fueron rituales.
De entre todas las miradas de la foto, hay sólo tres que no están hipnotizadas por el filo del cuchillo. Todas las demás, aunque no puedan verlo, intentan seguirle el paso. Imaginar el pliegue exacto de piel donde comienzo la abertura.
A veces hay fiestas que no son fiestas.
Se puede ver la mirada del hombre que está siendo desmembrado. Su mirada está despegando.
Ojos que miran hacia arriba.
Esta foto llena de ojos que miran hacia abajo.
Hay en la foto un hombre que mira el suceso con el juicio de la experiencia. No luce sorprendido. Sus ojos están alejados de la curiosidad de las otras miradas. Luce impasible. Su mirada inspecciona. Siempre puede haber fiestas mejores.
Una forma de agradecer al dios Xipe Tótec y de pedir por la fertilidad de la tierra y los cuerpos era desollando a los enemigos o a los prisioneros, y posteriormente vestir esa piel.
¿Quién tomó la foto de esta fiesta?
Las primeras fotos fueron dibujos sobre piedras.
¿Qué fue de nuestros viejos rituales?
El Xipe Tótec de Thomas Glassford, donde al viejo edificio mexicano de relaciones exteriores, diseñado por Pedro Ramírez Vázquez, lo recubre con una piel lumínica nocturna.
Durante algún tiempo las fotos también fueron relatos.
Hay en la foto tres rostros casi borrosos. En dos de ellos se alcanza a vislumbrar un semblante. Uno es casi invisible.
Está la única mirada del que busca el rostro del supliciado. Es una mirada casi compasiva.
Todas las fotografías mienten.
Está también la mirada ciega del fotógrafo.
En qué momento los rituales comenzaron a ser fiestas.
La foto de esta fiesta fue tomada en el siglo xx.
¿Cómo serán las fotos, las fiestas del futuro?
En los rituales de este siglo se encuentran los hombres sin cabeza, el tiro de gracia, la muerte por asfixia.
Hoy tenemos videos en vez de fotos. Sabemos que es necesario saber cómo terminan los instantes.
¿Cómo habrán sido las fiestas rituales en honor a Xipe Tótec?
Antes creíamos ser los últimos invitados a la fiesta.
Ahora sabemos que esta fiesta siempre ha sido nuestra.
Hombre tentado por abstracción , 2015. Rodrigo Hernández
Hombre tentado por abstracción , 2015. Rodrigo Hernández
¿Hay algo más tenaz que la memoria? —se pregunta el hombre, en el momento mismo en que uno de los captores hunde en su cuerpo, por última vez, la fría cuchilla, y el otro de los victimarios dice algo que él no puede entender porque el dolor no lo deja.
Algunas personas miran el espectáculo, pero el hombre perdió, hace ya algunos cortes, la habilidad de percibir la realidad con la mirada. Alguien toma una foto de este instante y la víctima no registra el flash de la cámara porque está ocupado muriendo. Vuelve los ojos al cielo en el último segundo de su vida, y recuerda aquella tarde de preparatoria en que lo hicieron leer en voz alta una novela extraña sobre la crónica de un instante. No sabe por qué razón ese recuerdo llega en el momento en que su carne es atravesada por última vez, a la altura de la rodilla, pero intuye que está olvidándose de la muerte al recordar un episodio de su vida.
Con esto, su rostro adquiere un gesto especial, uno no aceptable en un moribundo.
Voltea, entonces, con ese gesto al cielo que no es el de Oriente, y sabe que él no es un magnicida, que tampoco es el sueño de nadie, y que no hay un médico francés subiendo una escalera. No, nada de eso, aquí todo es real: sólo él atado a una estaca y el camino que lo trajo hasta aquí. Sólo este instante de muerte y, después, la muerte de este instante.
En el momento antes de morir, sin embargo, el hombre logra responder la pregunta. El olvido es más tenaz que la memoria: «es necesario que me recuerden, es necesario que me recuerden…». Éste es el segundo en que el supliciado fallece en algún estado de la República Mexicana. Al día siguiente, la foto que tomaron de él en el instante en que expiraba, aparecerá en algunos sitios de internet. Nadie que la mire volverá a escribir una novela de ciento cincuenta cuartillas sobre la tenacidad del olvido.
El dentista dijo: tus muelas están entre el hueso y la carne, empujan a los otros dientes, provocando dolor constante en la mandíbula. Hay que sacarlas. El cirujano lo resuelve en un instante. El procedimiento parece una tortura, pero no es así. La intención es curarte.
Extracción de tres muelas cordales: sesión larga, balbucea el cirujano en un español pastoso. Triple dosis de anestesia al mismo tiempo. No duele. Fue como si me hubiera mordido una hormiga en los labios.
No voy a tener sujetos los brazos, pero es probable que alguien me tome de las axilas para inmovilizarme. Van a bajar el respaldo lo suficiente para que el cirujano pueda tener pleno control de mi boca.
Inicia el procedimiento pero no siento nada.
El cirujano toma una punta, la introduce, rasga la piel. El hueso se expone para ser perforado. Trato de contar las líneas del techo. En realidad, calculo el número de pestañas en los ojos grises del cirujano, que de pronto se vuelven verdes.
Puedo escuchar tres monedas deslizándose en el bolsillo de mi madre.
El cirujano está cerrando la piel abierta de mi mandíbula. ¿Te duele? No. ¿Sientes la aguja? No.
Sigue con la última muela.
El bisturí deja como vestigio un leve ardor. El cirujano arranca la muela con fuerza, y siento la raíz desprenderse del hueso. Duele. Mucho. Pero no digo nada. Ya sólo hay que cerrar la herida. Pero la espiral no se detiene.
El cirujano toma una aguja que atraviesa la piel, roza el hueso roto. Siento la presión ejercida, el punzón que penetra destrozando cada uno de los nervios de mi cuerpo. Quiero gritar, quiero más anestesia, pero algo me calla.
Son los ojos verdes del cirujano que me miran extasiados. Un sudor cálido cae de su frente.
La aguja cierra la carne abierta.
Mi boca, inundada por el férreo sabor de la sangre.
De mi sangre.
Los nervios se asustan, pero mis papilas gustativas se estimulan con el contacto del fluido rojo.
No pasa nada.
Corps / Rodin / Tete / Elizondo, s/f. Agustín González.
Corps / Rodin / Tete / Elizondo, s/f. Agustín González.
Lo miro en los umbrales del local, junto a la calle: el trompo de pastor, la carne roja. Vinimos a cenar después de clase.
—¿Y qué les pareció, aquí en confianza?
Millones de sinapsis estallan a la par.
—Se trata de aplicar el método Leng Tch’é al cuerpo-devenir que es la novela —asienten los demás a lo que dice el profesor. Qué pinche culto.
El taquero lo gira, lo rebana, lo vuelve a girar. La forma del recuerdo cambia en cada rotación, se cuece, olvida: un taco más a devorar, más entropía. Si llego hasta el final de esta conversación, me haré vegano.
—Elizondo quería llegar al hueso del instante con prosa de escalpelo, con ritmo troza-pubis.
Qué verbo tiene el güey.
Lo voy a recordar.
Ella saca Farabeuf de su morral.
—A ver… —amo su voz— escuchen: «como te abandonas a la muerte que reflejan los ojos de este hombre desnudo cuya fotografía amas contemplar todas las tardes en un empeño desesperado por descubrir lo que tú misma significas».
Recuerdo que ella nunca anda sin mangas, que jamás nos deja verla más allá de las muñecas, donde se adivina a veces una herida, un corte transversal, y cicatrices.
La conversación se va por rumbos de infinita presunción. Lacan y Hegel.
Cuando llega mi gringa, olvido. El queso gratinado se derrama en giros de corteza cerebral. Tomo el tenedor y el bisturí, trepano el seso.
Para mi trabajo semestral escribiré sobre la función social del suplicio en la China imperial. No era por atormentar al criminal (le daban opio), ni por dar una lección (para eso bastan la horca o el fusil). Era una puesta en escena, un espectáculo para calmar la pulsión de muerte de los súbditos, para satisfacer sus ganas de autodestrucción, su hambre… el trompo de pastor, ¿qué hace en la calle? ¿Por qué no está en la cocina con todo lo demás? Se trata de un Leng Tch’é… Me tengo que acordar de estas ideas. No quiero reprobar.
Estás en el centro de esa plaza, rodeado por cientos de desconocidos, amarrado a un poste que un par de hombres sujetan. Tienes veinticinco años y apuñalaste al príncipe Ao Jan Wan por querer estar con tu esposa. Es su derecho, decían, además sólo eres unsirviente, debiste aceptar. ¿Qué maldita vida es ésta en la que ellos siempre hacen lo que quieren?
Observas el cuchillo filoso que cruza frente a ti, sientes el instante en que la aguja de acero se hunde en tu flanco izquierdo, desgarrándote por dentro como si fueras nada. El dolor es tan fuerte que tus gritos enmudecen al sentir el siguiente movimiento del verdugo que se posa sobre tu garganta. Ya no podrás cerrar la boca. Sientes la sangre recorrer tu delgado y demacrado cuerpo. No es mucha.
Aún estás consciente. No comprendes por qué morirás de esa manera, eres un pobre diablo y estás seguro de que eso también serás en la otra vida. Un pobre diablo.
Sientes cómo rebanan tu pecho, cómo te desprendes de esos músculos que hasta ahora habías ignorado. Un ayudante le da un nuevo cuchillo a tu verdugo que separa la masa muscular, te contraes en silencio sin poder decir nada, tu mudez es atroz, horrible, llena de nostalgia y desesperanza.
Los ayudantes del verdugo empiezan a trozar tus huesos, los bíceps, los codos, tus antebrazos. Aún faltan tus piernas, que seguirán el mismo camino que tus brazos y pecho, la izquierda, la derecha; apenas escuchas el crujir de tus huesos que son tan débiles como cascarones. Entre tus ingles el brotar de tu sangre es inmenso, se desborda por tus muslos cercenados.
El descuartizamiento continúa sin interrupciones, no habrá piedad y lo sabes. O lo sabías. ¿Por qué aún no mueres? Tu rostro convulso empieza a desaparecer, ya no gesticulas y sólo miras al cielo con ojos acuosos y perdidos, quizá buscando una respuesta que libere el dolor. Te vas pero sigues sin morir. Ya no duele, empiezas a soñar, te relajas. Tu cuerpo se desprende y tu respiración se detiene, regresa, el éxtasis que te invade va más allá de ti…