Vine a tu departamento a verte, toqué la puerta durante una hora pero no hubo respuesta y fue imposible esperarte. El perro del vecino ladró y entonces uno de los estudiantes que vive al lado, creo que se llama Mauricio o Mario, salió para ver por qué tanto ruido, y como no quería irme sin darte razones de mí, le pedí estas hojas para dejar el mensaje que me motivó a visitarte y que aventaré por debajo de la puerta en cuanto lo termine de escribir. Quizá te sorprenda tanta premura, pensarás que soy un ambicioso. Pero no. Al final vas a entender mi urgencia.
Cuando vi la entrada de tu edificio me vino a la mente la temporada que vivimos en calles contiguas. Tú en San Antonio y yo en Limoneros. Ahí coincidimos también en el gusto que, en automático, nos hizo hermanos de sangre: el amor a los Beatles. Justamente, te atreviste a hablarme cuando te diste cuenta que mis anteojos eran idénticos a los de Lennon: redondos, un poco oscuros y anticuados. Entonces, con un poco más de atención, descubriste el parecido en general, la nariz, el cabello, la forma de caminar y, al final, tras intercambiar unas cuantas palabras, la voz. Me saludaste temeroso, como una persona que no está acostumbrada a socializar. Yo te dije tranquilo, hermano, no pasa nada, sólo imagina un mundo sin guerras, sin religiones. Y tú sonreíste.
En cuanto comenté que daba un show y que me gustaría verte por el bar, tus ojos brillaron de la forma en que se iluminan los de un niño con un juguete nuevo. La cueva era el nombre de aquel tugurio donde los miércoles y jueves había, además de prostitutas de minifaldas coloridas, presentaciones del mejor grupo imitador (al menos de la colonia) del cuarteto de Liverpool. Tocábamos alrededor de la media noche, cuando los borrachos se habían cansado de bailar corridos y cumbias. Ahí estuviste ese día, al lado de la rocola, con una cerveza en mano y la playera de Help! que compraste en el tianguis. Supe de inmediato que serías crítico con el sonido: un buen fan no perdona los errores.
Esta canción va para mi nuevo amigo, David, que está en esa esquina y que sabe mucho de los Beatles. Así comencé el concierto. ¿Te acuerdas? Esa noche tenía el sentimiento, la energía, para cantar como un grande. La noche se ambientó con los clásicos del cuarteto. Pero lo que acabó por sorprenderte fue que a mitad del espectáculo sacáramos los trajes del Sargento Pimienta. Para mí valía la pena invertir en lo que entonces era nuestro proyecto de vida.
Este universo bitlemaniaco que nos une, a ti y a mí, con tantos millones de fanáticos, no puede ser una casualidad. Cuando la música de los Beatles te toca, no hay forma de evitar el encantamiento, hay un antes y un después, un milagro desconocido que te domina de por vida, y es irreversible. Lo sabes.
Desgraciadamente, a los diez meses de haber empezado con la banda, una de las prostitutas se llevó a Ricardo, el mejor Ringo que he conocido hasta ahora; me parece que ahora viven en la costa y venden pescado. Otra de las mujerzuelas hizo padre a Josué, quien hacía de Harrison. Pablo, el bajista, se tituló de ingeniero pero a falta de buenos puestos, puso una ferretería. Intenté rescatar la banda con nuevos integrantes, pero no era lo mismo, no había la misma química. No me quedó más remedio que aceptar el fracaso. Creo que fue lo mejor para todos.
Las separaciones no son fáciles. Uno sale más perjudicado que los demás. En este caso fui yo el que se quedó solo, pero también el único que deseaba hacer música aún. Los integrantes que no sienten la misma pasión, tarde o temprano desaparecen. Aquella vez que hablamos tú y yo sobre mis planes a futuro, al mes de haber dado muerte a la banda, me preguntaste si no había pensado en presentaciones individuales. ¿Como solista?, comenté ingenuamente y moviste la cabeza diciendo claro, claro. Y no, jamás me pasó por la cabeza, pero creo que fue en ese instante que nació el plan de un gran homenaje.
Me dejé crecer el cabello y me puse a dieta para dar la apariencia de ese Lennon desalineado, flaco, con ganas de amar a Yoko. Me compré una playera que decía New York City, otras gafas redondas, varias chamarras de mezclilla y sacos de gamuza. Al mes estuve listo para presentarme oficialmente. La línea azul del Metro fue el escenario que me abrió las puertas. Aquel día la gente me miraba extrañada. Vengo a interpretarles canciones del maestro Lennon, les dije nervioso y señalé al cielo, como si supiera que John me observaba. Fue la primera vez que sentí el poder de su música. Porque no es lo mismo estar arriba de un escenario con más músicos, que enfrentarse solo a la crítica del público del Metro.
Pero más allá de mi inseguridad, el concierto resultó un éxito desde el instante en que empecé a cantar «Power to the people» y un par de tipos de mohicana se levantaron y, con el puño izquierdo en alto, dijeron ¡abajo la represión!, ¡abajo el mal gobierno! Y esa muestra de afecto fue suficiente para justificar mi causa, sin importar en dónde o para quién fuera. Se sentían identificados conmigo, o mejor dicho con las letras de John.
Estuve en el Metro hasta que los policías me lo prohibieron.
Después, me ubiqué en el Zócalo. Las personas se reunían a mi alrededor para pedirme «Imagine» o «Woman» y las cantaban como si se tratara del himno nacional. Un día un señor me preguntó cuánto le cobraba por tocar en su cumpleaños. Le dije que me diera quinientos pesos y que, si le gustaba el show, agregara lo que él quisiera.
El domingo me presenté en la fiesta con mi guitarra y mis lentes. ¿Una cerveza, señor Lennon?, me dijo la esposa del festejado; asentí, orgulloso. Puse las letras en un atril, me senté e hice lo propio. Cuando terminó el concierto, se acercó una mujer llamada Julia, quien dijo haber disfrutado la presentación. Sabía cuáles eran sus intenciones. Me la llevé a La cueva y en la madrugada quiso irse a mi casa. Total que, después de esa noche, no regresó con su familia. Al poco tiempo me dijo que me amaba y que quería tener un hijo conmigo y yo no pude decir que no.
Convertirme en padre me ayudó a dejar la marihuana. Pero me quedaron otros vicios como el cigarro y las mujeres, este último fue la razón por la cual me separé de Julia después de que nuestro «Beautiful boy» cumpliera un año. Casi a la par me encontré a Minerva, quien me ayudó a retomar mi carrera como imitador de Lennon.
Había estado tan ensimismado en Julia y en el bebé que lo demás me parecía secundario. Dejé de lado la música, y me arrepiento. De pronto me dije: la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. Cuánta razón tenía John. Con la ayuda de Minerva conseguí una presentación por semana en un restaurante que está en el Centro (te anoté la dirección atrás de esta página), donde, por tres bloques de media hora, además de un club sándwich, me daban mil pesos a la semana.
Ahí conocí a mucha gente importante. Me hice el imitador por excelencia. Tú conoces el mercado musical mejor que nadie, sabes que colocarse es complicado. Finalmente, tuve la fama que merecía; vinieron más mujeres, volví a las drogas, etcétera. No creo ser más famoso que Dios, pero tal vez sí más que algún santo de pueblo.
Éste es el punto al que quería llegar. Necesito tu ayuda.
Voy por la grande. Tengo un plan del que no vas a poder zafarte porque sólo alguien con la misma pasión por Lennon (y los Beatles) puede ayudarme. Hoy es 8 de diciembre, un día muy especial, ya sabes por qué. Un canal de televisión grabará mi concierto en el restaurante. He dejado con Pablo (que hacía de McCartney), en su ferretería, la pistola con la que acabarás con este gran homenaje. Le he dicho que te la voy a vender. Recógela, ya sabes dónde encontrarlo.
Al término del concierto nos encontraremos afuera, ¿de acuerdo? Me pedirás un autógrafo. Cuando guarde la pluma, dispara cinco veces. Cinco. Luego corre, un coche te estará esperando en la esquina; te traerá de vuelta al departamento. (No te preocupes, el taxista también es de los nuestros). Estas hojas servirán para deslindarte en caso de que algo salga mal. Si tienes miedo, sólo recuerda las palabras sabias que nos dejó Lennon: todo va a estar bien al final. Si no está bien, entonces no es el fin. El concierto inicia a las nueve.
En el marco del Festival Foto México, se inauguró Pretextos para recordar, exposición fotográfica llevada a cabo en La Presidencia, un espacio independiente destinado a las prácticas artísticas en el centro de la ciudad de Cuernavaca. La propuesta fue realizada por René Díaz y Fernando Mancera, quienes organizaron, curaron y montaron la exposición sobre la temática de esta primera edición del festival: las colecciones fotográficas y el coleccionismo.
René Díaz, curador de la exposición, parte de la idea de que la fotografía es un objeto coleccionable en sí mismo, y que en ello radica el pretexto para guardar y atesorar una imagen: «A partir de estas propuestas metafóricas que derivan de la pertenencia, la memoria y los temas personales es como se representan confesiones comunicantes, perpetuidad de los eventos y objetos recordados».
Pienso que la fotografía es coleccionable, pero no sólo por tratarse de un objeto, como lo menciona Díaz, sino también por ser un documento de registro humano que permite analizar el pasado desde una representación de la realidad. La fotografía no sólo sirve para recordar, no tiene como fin último ser un mero gesto de la memoria, también nos deja ver a través de aquello que el fotógrafo (inmerso en su propio tiempo) pensó, seleccionó y capturó.
El tema de la colección va más allá de la simple idea de conservación de la imagen fotográfica en archivos públicos o privados, pues tiene que ver con una idea de traer ese pasado a través del recuerdo. En ese proceso de evocación, los objetos, los espacios, las personas y los acontecimientos, cumplen un papel fundamental que muchas veces los fotógrafos deciden retratar en una búsqueda personal por apropiarse de su presente.
Pretextos para recordar reunió piezas de once fotógrafos mexicanos, formados en su mayoría en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. La obra de cada uno permite observar el paso del tiempo a través de diversos objetos y estados de la sustancia: baúles, cajas, muñecas, libros, nubes, basura, fotografías de registro y de paisaje. Todo ello evocando a un pasado social o familiar a través de diferentes intervenciones de la imagen y desde distintas técnicas fotográficas. A pesar de que el trabajo museográfico resulte insuficiente por las dificultades que el mismo espacio plantea para el montaje, la exposición resultó ser rica en cuanto a la selección de los artistas y de las piezas que se presentaron. Sin embargo, el formato de la semblanza curatorial que acompaña a cada obra es muy breve, por ello parece prudente hacer una revisión más profunda de la trayectoria de cada fotógrafo de la mano René Díaz, quien, en entrevista, nos explicó a detalle el por qué de su selección.
Él menciona que la elección del trabajo expuesto de Yael Martínez fue hecha a propuesta del mismo fotógrafo. «El baúl de la abuela» dio imagen a la exposición, precisamente por el objeto al que hacía referencia: «Era pertinente para que se insinuara todo el tema de la colección, ¿quién no ha tenido cajas o baúles en los que guarda cosas? Estos nos sirven para recolectar, son un pretexto para coleccionar. Este es un baúl que tiene una carga emocional privada, puesto que forma parte de un inventario de los objetos que tenía la abuela de Yael, forma parte de ese duelo por su muerte». Sin duda, la lectura debe ir más allá, pues la fotografía pertenece a la serie El Olvido, en la que Martínez documentó los últimos meses de vida de su abuela María del Carmen, quien padecía de Alzheimer. La serie consta de retratos de su abuela recostada, siendo bañada, acercamientos a su rostro, a sus pies y a su cuerpo, así como a los objetos que formaban parte de su casa. «El baúl de la abuela» es el objeto de esa mujer que olvidó todo, que no conservó sus recuerdos, que muchas veces no reconoció la cara de su nieto, que perdió la memoria que nos permite, de uno u otro modo, almacenar nuestro pasado. De la serie, sólo es posible ver El Baúl y me parece que hubiera sido bueno que se ahondara más en una serie tan vasta y rica.
Por otro lado, Paola Dávila, oriunda de Oaxaca, presentó La Torre de los Tesoros en la que reúne fotografías en formato Polaroid con el paisaje como tema principal. Cada fotografía se presenta dentro de una caja diferente. Sin duda la idea de las cajas alude a una necesidad de conservación, de guarida y hogar de las fotografías como objeto y como documento mismo. Reynel Ortiz, por su parte, expone un libro de artista en el que coloca fotografías en formato de postal que pertenecieron a su padre, todo ello para evidenciar un pasado familiar. «Él es uno que hace más el uso de la fotografía por apropiación más que por autoría, pues trabaja a partir de la autobiografía». Revisando el portafolio de Reynel me encontré con su serie Diario de Duelo que inmediatamente me recordó la serie El Olvido de Yael Martínez, pues ambos son registros de mujeres importantes en sus vidas (madre y abuela, respectivamente) que fallecieron a causa de una enfermedad. En ambos proyectos se alude al cuerpo, a la ausencia y buscar el no olvido de la permanencia, de las personas, a través de los objetos y de las imágenes.
A veces podemos medir el transcurso del tiempo recurriendo a los recuerdos, contando nuestros años o a nuestros muertos. Alexandra Germán cronometra Diez minutos de vida en los que observa una nube disiparse. «Estas fotografías fueron realizadas en un formato Polaroid, con una lectura secuencial cinematográfica, casi cuadro por cuadro. Germán se identifica por abordar el tema del tiempo creando series con historias en las que las nubes son protagonistas. «Metamorfosis de una nube» y «Sobre las turbulencias», no mostradas en esta exposición, son un ejemplo más de la manera en la que hace manejo del tiempo en tomas secuenciales, así como de dejar registro de aquello que es efímero, que desaparece rápidamente.
Por otra parte, Kenia Nárez es conocida por sus fotografías sobre cuentos infantiles, pues revisa las historias de la infancia desde una perspectiva de género para construirse a través de las imágenes y de los objetos. La fotógrafa ha trabajado con series que iniciaron con Cuento no.1 en 2005. Así la exhibición de Cuento no. 5 (obra realizada en 2015) es una serie de seis libros, tres de ellos como esculturas de papel y tres con transferencia Polaroid, en los que Nárez «hace un autorretrato de su cuerpo caracterizando personajes».
Siguiendo la misma línea en la que se revive la infancia, nos encontramos con La casa de las muñecas de Sarai Ojeda, una serie de diez retratos. «Esta es una colección de muñecas de carácter generacional. Hay una forma de representar el papel de la madre, de la abuela, el papel del personaje femenino». Así que el acercamiento de Ojeda con su infancia no es a través de los cuentos, sino a través de los objetos con los que las mujeres comúnmente asimilan la idea de maternidad.
Carlos León, por su parte, presenta Mutación, una serie de fotografías en la que hace referencia a la infancia a través de la repetición del retrato de un niño. Del mismo modo que Nárez y que Ojeda, el trabajo de León es de carácter autobiográfico y sus fotografías nos acercan a nuestra propia niñez. León retoma las fotografías de la infancia en un intento por reconstruir su pasado, buscarse a sí mismo en él y obtener respuestas. Sobre el trabajo de León, René Díaz menciona que «Todos nos identificamos al ver una imagen de un niño». El reconocimiento de la propia infancia en estas obras por parte del espectador, se ve influido por una cuestión de género. Como mujer, reconozco más mi pasado a través de la obra de Ojeda y de Nárez, pues me identifico con los temas que ellas abordan.
El trabajo de Alonso García y de Mayra Martell confluyen en varios sentidos, pues hay un acercamiento a dos ciudades que se caracterizan por ser zonas en las que prevalece la violencia: Medellin y Ciudad Juárez. «Mayra es originaria de Ciudad Juárez, y muestra este lugar en su esplendor postraumático. Ella recupera la idea de que la fotografía de arquitectura puede evidenciar la transformación del espacio y cómo la imagen se vuelve parte de esa ésta». Por otra parte, Alonso García «tiene un proyecto que se llama Spectrum, basado en fotografías que muestran la condición social y el desplazamiento al que se enfrenta la gente de Medellin. Hay un gesto basado en la arquitectura, en el paisaje, en lo social».
De Pericles Lavat se mostraron dos fotografías de la serie From Trash en las que aparecen desperdicios plásticos que yacen sobre la arena de alguna playa sin nombre. Puede ser difícil insertar el trabajo de este gran fotógrafo dentro de la misma línea discursiva y temática de la exposición. El protagonista de la obra son los objetos que se encuentran en un paisaje al que no pertenecen. La imagen expuesta de Cassandra Galloti también parece fuera de contexto. «Ella ha trabajado en una serie de fotografías en las que retrata diversos perros que son importantes en su entorno». Quizás podría darse una lectura de su pieza pensando en lo que representan estos animales en su vida y la relación de pasado y presente que tiene con su perra Martina, quien es el tema de la imagen que presentó en una impresión cromógena sobre un círculo de madera.
Más allá de la reminiscencia, la exposición ha sido un pretexto para revisar el trabajo de estos once fotógrafos, para darse un clavado en sus proyectos pasados y entender su producción en la actualidad. Para René, pienso, fue un pretexto para repasar la lista de amigos y compañeros fotógrafos a quienes pudiera incluir en la propuesta de participación en el Festival Foto México a través de la Red de la Imagen. Este texto es, sin duda, un pretexto para seguir dando a conocer el trabajo de los artistas, para no perderles pista, para hacer una revisión de sus nuevos proyectos, pero sobre todo para celebrar que se sigue haciendo fotografía y que hay quienes nos reunimos para ver y reflexionar en torno a ella.
Hay una voluntad que atraviesa los cuentos de 222 patitos (2004), de Federico Falco (General Cabrera, Córdoba, 1977). Se trata de una voluntad por la anécdota, por hacer con cada uno de los relatos una historia mínima que tenga reminiscencias a la oralidad. A lo pintoresco, a lo inconcluso, a la puesta en escena de una anécdota. Porque, en efecto, los cuentos que componen 222 patitos no nos presentan una totalidad orgánica que cierra sin dejar cabos sueltos. Responden, más bien, al placer de narrar un episodio, al mero fluir de recortar una experiencia vital y contarla.
Ni siquiera encontramos en todos ellos un estilo único ni una prosa unificada. Como es de esperarse en una antología que pasó por varias ediciones y reescrituras, la calidad de los cuentos es variopinta. Algunos los hay olvidables. Pero hay otros, me atrevo a decir, que son verdaderas joyitas narrativas. Textos que calan hondo en la sensibilidad de quienes nos interesamos por la literatura. En ellos, ciertas obsesiones, preguntas y actitudes de sus personajes deslizan los límites del verosímil realista hacia escenas un poco mórbidas, extrañas, cuasi fantásticas.
El cuento que abre la serie, «El pelo de la virgen», nos muestra el despertar sexual de un adolescente enamorado de una compañerita de escuela cuya característica distintiva es un largo, larguísimo pelo rubio. Hasta aquí, todo normal. Pero un día, Silvina aparece pelada. Se corre el rumor de que le ofrendó su preciada cabellera a la Virgen para que su hermanito enfermo se recuperara. Como una espina que se le clava en la mente, el protagonista del relato no para de pensar que el deseado cabello de su amor está ahí, en alguna iglesia, disponible, esperándolo. Entonces, se embarca en una suerte de peregrinación fetichista en busca de aquel adorado pelo rubio. Aquí, como si el adolescente hubiera intuido la esencia del éxtasis religioso, la curiosidad sexual se entremezcla con imágenes piadosas del rostro de la Virgen: «La cara de la Virgen se dibujó en mi memoria, y con una mano repetí el gesto lento de levantarle el vestido. Entonces el pelo terminó de rodearme y me dormí así, humedecido y perfecto».
Otro cuento maravilloso de esta antología es «Ada». El relato trabaja con la oposición entre el pueblo pequeño, árido y monótono, y la gran ciudad —en este caso Buenos Aires—. Aquella obsesión por el pueblo como locus narrativo, tan presente en la literatura argentina del siglo XX, reaparece en el cuento con algunos tintes puigueanos. La historia: una chica de ciudad, más exactamente del barrio de Almagro y un poco sobreprotegida por sus padres, pasa los días de su niñez leyendo con ahínco. Las novelas le enseñan que no importa lo mala que se ponga la vida, siempre aparecerá una figura redentora para rescatarla. Pasa el tiempo, llega la adolescencia y un verano en Mar del Plata conoce a Elvio, un muchacho con mucha iniciativa cuyo sueño es ser intendente de Cabrera. «Lo conocí también porque estaba leyendo», nos dice la protagonista. Las cartas comienzan a circular. En ellas, Elvio le describe todos los detalles de su pueblo: los personajes que lo habitan, los chismes que circulan, sus pequeños dramas cotidianos. Ella se enamora del recuerdo de Elvio y de su narración sin poder distinguir bien uno de otro. Se casan, se van a vivir al pueblo. Sucede lo esperable: «Cabrera era como él me lo había contado, pero no como yo lo había leído». Y este giro tan casual, tan de paso en el cuento, obliga al lector a bajar la vista, interrumpir la lectura y pensar, alarmado, en lo poderoso de la ficción. La manera impetuosa y voraz en que la literatura puede moldear emociones y fantasías. En una suerte de complejo de Madame Bovary, la protagonista confunde lo real con la ficción e intentará, durante el resto de su vida adulta, atenuar la magnitud de ese error.
El relato que cierra la antología, «Cuento de navidad», es simplemente conmovedor. En él aparece (de manera más acabada) aquella voluntad por la anécdota que mencioné al comienzo. El argumento es simple: una familia que se junta, como todos los años, en la casa de la abuela para el repetido festejo navideño. Hace calor, se asa un cordero. Un tío toma la posta del asador, los sobrinos lo ayudan. El nono que, hasta que murió, controlaba la cocción sentado en un banco de piedra, debajo de una acacia. La nona que, ya enferma, no recuerda quiénes son sus nietos. Idas y vueltas temporales por la historia de la familia. Flashbacks en los que nos enteramos que el abuelo sufrió una experiencia horrorosa en su infancia, que ellos se casaron jóvenes y tuvieron su luna de miel en las sierras cordobesas. El argumento es simple, sí, pero en los detalles que tejen la trama del cuento radica su capacidad de emocionar. Imposible no ver en aquella celebración, en aquél ritual de asar carne en una navidad calurosa, en aquellos abuelos que ya no son lo que fueron, un reflejo de la propia historia familiar y sentir la nostalgia por el paso del tiempo que arrasa con los seres que amamos.
El autor ha dicho, en alguna entrevista: «Una de las cosas que busqué para este libro, y para lo que escribo en general, es que todo el tiempo el lector recuerde que le están contando algo». En efecto, 222 patitos explora el potencial narrativo de la anécdota y nos recuerda que la literatura está ahí, entre otras cosas, para rescatarnos del olvido.
El día después de conocer a Grace —su boquita perforada, sus botas vaqueras, sus manos, pequeñas como folículos, escribiendo su número en la palma de mi mano—. El día después de conocerla, fui a los corazones en renta.
No había rentado en años y dudaba que tuvieran mi modelo favorito. El escaparate estaba diferente, los corazones eran más pulcros y brillantes de lo que recordaba. La primera vez que fui a rentar, lo más high-tech era llevar los engranajes escondidos. Ahora todos son tan lisos y de una sola pieza como una piedra. Algunos de los corazones nuevos tenían funciones que jamás había visto, como cronómetros y botones de espera y ritmos cardiacos personalizados.
Todo eso me hizo pensar en Grace: su oído contra mi esternón, escuchado su nombre en morse. Mi propio corazón comenzó a reptar hacia arriba por mi garganta, así que lo tragué de nuevo y entré en la tienda.
Una hora más tarde pasaba bocados de comida mientras trataba de leer el instructivo. Parecía muy complicado cuando en realidad no lo era. Los corazones se aseguraban fácilmente y mientras no olvidaras cerrar bien tu pecho, podían latir por años. Décadas, quizás. Los problemas surgían cuando los corazones se tallaban o volvían viejos: los trozos del pasado se atoraban en las hendiduras y eran muy engorrosos de enjuagar. Ni siquiera un cepillo de alambre hacía el trabajo.
Pero el tipo del local me aseguró que éste estaba recién salido de fábrica, más limpio que un jaspe. El personal de esos lugares siempre mentía, pero pude adivinar por el brillo cobrizo que a ese corazón aún nadie lo había roto.
Aunque recordaba a la perfección cómo ajustar el corazón, leí de todas formas el instructivo hasta el fin para entretenerme en algo. Era una forma de no pensar en cómo Grace se mordía el labio mientras trazaba las curvas de su número telefónico. En cómo se vería más tarde esa noche, cuando ella. Cuando nosotros.
Era muy importante que me ajustara bien el corazón antes de que eso sucediera.
■
Diez años atrás, primer corazón. Jacob era tan bueno como un campo dorado y nuestro amor duraría para siempre, lo que a nuestra edad significaba seis meses. Cada vez que Jacob me tocaba, sentía a mi corazón dar un golpe acuoso contra los pulmones. Cuando lo miraba dormir, lo sentía rasguñando mi esófago. Algunas veces era difícil hablar a causa de su peso húmedo alojado en la base de mi lengua; yo solamente sonreía y esperaba a que él volviera a hablar.
Cuanto más lo amaba, más pesado sentía mi corazón. Hasta que comencé a caminar con la espalda corcovada y mis rodillas comenzaron a crujir por el peso. Cuando Jacob me dejó, sentí que mi corazón se rompía como un perdigón. Las esquirlas se alojaron en las entrañas y tenía que beber todas las noches para enjuagar los fragmentos. Tenía que hacerlo.
Un año más tarde conocí a Anna. Llevaba rastas, tenía los ojos verdes y estaba llena de verbos. Olía a lluvia y revolución. Caí sin más.
Pero la parte de mí que quería entregar a Anna hace mucho tiempo que había desaparecido. Se había escurrido por las coladeras de la ciudad, mezclada con los residuos químicos del olvido. Esos trozos se habían disuelto, habían sido arrastrados para siempre, y lo que quedaba no valía la pena de ser entregado. Los bordes de mi corazón estaban ásperos y no quería sentirlos subir por mi garganta. No la amaba lo suficiente como para toser sangre. Mantuve los restos muy cerca de mí, escondidos bajo los suaves rollos de mis intestinos, donde Anna no pudiera verlos. Una noche, Anna abrió su pecho aún palpitante. Su corazón enclavado era un perfecto trabajo mecánico.
Así es como se hace, me dijo.
Podía escuchar el suave tictac abrazarse contra sus pulmones y me agaché hacia ella para oler su intensidad metálica. Lo deseaba.
Al día siguiente me llevó a rentar un corazón. Durante un largo rato, estuve apoyando las palmas de mi mano contra el metal pulido hasta que encontré uno que sintiera tibio al tacto. Me aseguré de que los bordes afilados de los engranes estuvieran plegados hacia adentro, lejos de mi garganta recién sanada.
De vuelta en casa, Anna sacó el corazón de su empaque de plástico, me lo ajustó, cerró mi pecho y me llevó a la cama. Un rato después la miré dormir y yo la amé con cada engranaje de mi corazón.
Cuando Anna huyó con mi mejor amigo, devolví el corazón al local donde lo renté. Nada me ahogaba, me rompía o aplastaba. Lucía tan brillante como la primera vez que lo saqué de su empaque, así que el chico del mostrador me regresó mi depósito completo. Borré el número de Anna de mi teléfono y salí a cenar.
Al año siguiente, cuando conocí a Will, supe qué hacer. Esta vez el corazón era más pequeño, compacto, y se ajustó automáticamente en su sitio. La tecnología avanza rápidamente.
Will me habló de Boudicea, me enseñó sobre la sección áurea, los intervalos musicales y el Inglés Medio. Me empapé de él como si fuera una bola de algodón.
Algunas veces, antes del alba, me escurría hacia el baño y me abría el pecho frente al espejo. El reflejo me devolvía la imagen de Will, sujeto entre sus mecanismos. Entonces lo desajustaba y lo miraba palpitar en mi mano. Después lo devolvía a su lugar, antes de regresar a los brazos de Will.
Durante nuestras primeras vacaciones juntos, activé la alarma de seguridad de las vallas del aeropuerto. Mostré mi corazón al policía y me dejó pasar. No fue sino hasta que el avión estaba despegando que me percaté de que Will no había pillado. Estuve todo el vuelo con las mandíbulas trabadas y mi libro abierto en la página uno. No dejé de pensar en el contenido de su pecho. Nunca lo discutimos, pero yo no podía tolerar la imagen de su pecho lleno de carne roja y húmeda.
Cuando dejé a Will, regresé el corazón de alquiler. La idea de su corazón roto en pedazos, clavándose en sus intestinos y rasguñando su esófago, no me dejaba dormir.
Después de eso, renté corazones para Michael, Rose y Genevieve. Me enseñaron sobre el Principio de Incertidumbre de Heisenberg y a cómo cuidar de un perro salchicha. Olían a gasolina, a aceite para cabello, a aserrín y a madreselva.
Luego de un tiempo, el chico del local comenzó a saludarme por mi nombre. Me daba un descuento de mayorista y me invitó a su fiesta de Navidad. En poco tiempo ya veía, en duermevela, el centelleo de su colmillo de oro por el rabillo de mis ojos. Comencé a preguntarme si el chico lamía los corazones antes de alquilármelos, de modo que partículas suyas quedaran atrapadas en algún diminuto engranaje, fundiéndose con mis entrañas.
El destello del empleado de las rentas en mis sueños me incomodó tanto que cambié de local. Había muchos de donde escoger y me quedé en uno donde no me enseñaran los dientes. Nunca más me devolvieron el depósito de seguridad, pero al menos mantenían la vista en el cristal rayado del mostrador cada vez que regresaban los corazones de renta. Su mirada apartada era más importante que el brillo de algunas monedas.
Conforme fui haciéndome mayor, los corazones se volvían más pequeños. Después de Genevieve, me mudé una temporada a una isla donde no conocía nada y a nadie. Ni siquiera el idioma. Viví solo. No miraba a nadie a los ojos y no tenía necesidad de rentar un corazón. Mi pecho hueco me facilitaba la respiración, y llené mis pulmones del vigoroso aire de mar. Allí me quedé un año.
■
De vuelta a la ciudad y de vuelta al mundo, entre rostros familiares. Una noche, muchos tragos después, con el número de Grace en pequeños garabatos sobre mi piel. Luego, la mirada gacha sobre el cristal rayado del mostrador. Un corazón nuevo y reluciente. Me terminé mi comida y fui a casa a ajustarme el corazón. Tres años después, una tarde de otoño, leía el periódico recostado en el sofá, con el cabello de Grace descansando sobre mi regazo. Me detuve en un pequeño anuncio en la esquina de la página:
Producto defectuoso: Corazón Modelo #345-27J. Retirado del mercado.
Me llevé la mano —esa mano que sostenía el largo cabello oscuro de Grace— al pecho. No había vuelto a abrir mi pecho en años, confiado en el palpitar del corazón. Lo había conservado durante tanto tiempo que estaba seguro de haber perdido el depósito, pero no había querido devolverlo, pues no quería perder la imagen de Grace tallada en su centro. Había olvidado la cara del chico de la tienda, había olvidado el tibio peso de un corazón nuevo en mi mano.
Me deslicé por debajo de Grace. Balbuceó algo, medio dormida, y volvió a sosegarse cuando acomodé un cojín bajo su cabeza. Fui de puntillas al baño y abrí las bisagras ya oxidadas de mi pecho.
El corazón estaba lleno de polvo, empañado y muy vacío. En el centro, ninguna imagen de Grace, ningún mechón de su pelo. No había el brillo de algún recuerdo, ninguna declaración. El metal herrumbrado chilló cuando saqué el corazón.
*Traductor: Ángel Valenzuela (Ciudad Juárez, 1979) es escritor, traductor y diseñador editorial. Fue becario del fonca en la categoría Jóvenes Creadores. Con Luces del norte ganó el Premio Novelistik 2015.
En una de las tiras más compartidas en internet de Calvin & Hobbes, Calvin le explica a Hobbes que no puede forzar su creatividad, que debe estar en el estado de ánimo correcto, y entonces Hobbes le pregunta cuál es ese humor y Calvin responde: «el pánico de último minuto».
Si el miedo es como un poni, el pánico es como un caballo enojado que corre sin control. El miedo es como un globo aerostático en el estómago, el pánico como un globo desinflándose por todo el cuerpo, un enojo que viene de dentro y, bien dirigido, nos empuja a hacer eso que hemos estado tanto tiempo dejando de lado, posponiendo; es lo que cocina a fuego lento la procrastinación a pesar de que, aparentemente, queramos dejar algo de lado o retrasarlo cuando podríamos terminarlo de antemano.
En un ensayo reciente, la psicóloga Laura Miller habla del mito de la flojera y reconoce por lo menos siete causas por las que ésta es un mito y las verdaderas razones que están detrás de que uno posponga sus tareas: miedo al éxito (¿y si todo sale bien y cambio?, ¿y si me distancio de quienes quiero?, ¿y si la gente ya no me acepta?, ¿cómo manejar la fama y la fortuna infinitas?), miedo al fracaso (¿y si pierdo el respeto de todos junto con su amor?, ¿y si me dan ganas de suicidarme?, ¿y si mi sueño termina antes de empezar?), deseo de ser cuidado (podría servirme cereal yo mismo, pero ese calorcito interior sólo surge cuando me lo sirve mi mamá), miedo a las expectativas (como diría Elaine en Seinfeld: «¿será posible que sea menos atractiva de lo que creo ser?»), comunicación pasivo-agresiva (no estoy de acuerdo con las condiciones de trabajo, así que no entrego a tiempo para generarte estrés), necesidad de relajación (cuando los días laborales duran 20 horas), depresión (en este caso, atiéndase).[1]
¿Qué nos levanta de golpe y nos mueve a hacer lo que estamos evitando? ¿A qué se debe esa evasión? ¿Por qué los trastes se acumulan en el lavabo, la maleta se queda días sin deshacer después de un viaje, ciertos mensajes nunca se responden, un foco fundido no se cambia luego de semanas, la ilustración nunca se boceta, la planta se queda sin regar?
Hay cosas que vemos a diario y que incluso deprimen. Las cajas acumuladas en la entrada que no nos animamos a tirar o a ordenar, pero no hacemos nada por quitar del camino. Y no podemos, no es que no queramos, es que no sabemos qué hacer con ellas. Falta una chispa de ingenio o de lucidez para entender cómo reordenar nuestra casa, organizar nuestra agenda, deshacer el nudo en la garganta. No es flojera. O más bien, sí es flojera, pero ¿qué es la flojera? Porque un día de la nada entramos y en un par de horas hemos lavado todos los trastes, respondido todos los mails, hasta limpiado la carpeta de spam y tirado la planta muerta (a estas alturas no podía seguir viva). Hay días que en menos de una hora están todos los bocetos, las ideas nos sorprenden a nosotros mismos y parece que todo es posible. Y no sólo se debe al café.
Llega un momento en que o se tira todo lo que no sirve a la basura (dejemos de engañarnos, esa planta no va a revivir; ese trabajo nunca nos va a apasionar) o bien, tomamos coraje de algún lugar inesperado y el caballo que nos daba patadas en el hígado y los pulmones al fin nos hace caso y podemos tomar sus riendas otra vez.
En este sentido, el pánico no es tan distinto de la ira. La ira puede funcionar como recurso creativo para salir del pantano, para superar la flojera. La ira puede venir hacia nosotros mismos y nuestra horrible forma de ser. Cuando ese odio a nosotros mismos toca fondo, no nos queda más que cambiar (o matarnos, pero «if you want to kill yourself, call me up before your dead, we can make some plans instead», dice la canción de Kimya Dawson).
Recuerdo en la película de Ghost (que tiene otras partes memorables, además de la famosa del barro) cuando Patrick Swayze quiere comunicarse con Demi Moore y no puede hasta que encuentra en el metro a otro fantasma como él, pero que tiene el poder de mover las cosas. Le pide que le enseñe y la única manera en que lo logra es primero enojándose: así tira una lata y luego aprende a focalizar su ira. Ese impulso que siente desde el estómago es la herramienta mágica para poder mover las cosas a voluntad.
La ira alivia la frustración y mueve a la acción, pero bien puede esconder o enterrar otras emociones. La flojera también puede ser cansancio. O el hecho de que prioricemos otras cosas. Tanto la flojera como la depresión muchas veces no son más que eso: un fantasma o una cualidad fantasmagórica que nos vuelve incorpóreos. Y si bien la ira nos levantará en un primer momento del estancamiento a la vez que nos devuelve el cuerpo, sólo focalizándola podremos mover la creatividad a voluntad.
El alemán Rainer María Rilke es considerado por muchos como el más grande poeta del siglo XX.
Tenía veintisiete años cuando escribió la primera de las cartas que compondrían después su libro más famoso: Cartas a un joven poeta. En ella afirma que sólo es poeta quien sabe que moriría si no se le permitiera escribir.
Nueve años más tarde, mientras paseaba por la terraza de uno de los castillos que la aristocracia solía poner a su disposición, recibió una inspiración violenta. Al parecer supo que estaba oyendo el inicio de una de sus obras maestras: «¿Quién, si yo gritara, me escucharía, allá, entre la escala de los Ángeles?» La voz siguió: «La belleza no es sino la antesala de lo terrible».
Durante ese día y los siguientes Rilke escribió —comenzando con esos versos— el primero y el segundo cantos de las Elegías de Duino, y después guardó silencio. Durante casi diez años sufrió una atormentada falta de inspiración de la que se repuso para terminar el conjunto de diez poemas que componen ese libro y otro volumen de sonetos extraordinarios. No basta con morir por escribir, también hay que tener paciencia.
Quizás Dios mismo lo recompensó con la gracia de morir de forma poética. Es verdad que no todas las biografías mencionan la anécdota, pero otras, serias, la tienen por cierta.
La rosa es la flor de la poesía no sólo para los jóvenes enamorados y los bardos cursis, sino también para el riguroso Rainer María Rilke, que desde su juventud le había cantado una y otra vez, refiriéndose por ejemplo a sus pétalos con esta imagen estremecedora:
Rosa…
sueño de nadie bajo tantos párpados.
Pues bien, cierto día de octubre de 1926, mientras paseaba con una amiga egipcia por el jardín de la que entonces era su vivienda, el galante Rainer se inclinó a cortarle una rosa y se pinchó el dedo con una espina. El insignificante piquetazo se infectó y el daño invadió la sangre ya debilitada desde años atrás por la leucemia. Rilke murió poco después por esa herida.
A finales del año pasado se anunció el Año Dual en el Reino Unido y México, una iniciativa que pretende estrechar lazos entre ambas naciones a partir del intercambio cultural que culmina este mes de diciembre con el Reino Unido y su excelente tradición literaria como país invitado a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. A raíz de esto, en Tierra Adentro dedicamos este número doble a la lengua inglesa. Abrimos con una crónica de William Wall sobre el nacionalismo y la identidad en el Reino Unido. En el dossier, «La hora del té», presentamos a Lucy Caldwell, Kirsty Logan, Adam Marek, Diriye Osman, Courttia Newland y Carys Davies, seis autores británicos que borran las fronteras del lenguaje para escribir sin filias nacionales. En la sección de poesía, con ayuda de SJ Fowler, se ofrece una muestra del proyecto Enemigos, un ejercicio poético que está pensado en la colaboración multidisciplinaria, traducciones que hacen poetas de la Ciudad de México de los poemas escritos por sus pares londinenses. Para abrir la conversación hacia la multidisciplinariedad, convocamos a tres artistas sub-35 originarias de Irlanda del Norte, Gales y Escocia que en su obra, de la fotografía a la intervención y el arte digital, develan la complejidad de los límites artificiales.
Además presentamos una conversación con la novelista Naomi Alderman, seleccionada en el Best of Young British Novelist de Granta en 2013, que habla sobre la nueva escritura, su proceso creativo y el concepto de autor en la época del arte colaborativo, y otra con el poeta Kenneth Goldsmith a partir de la reciente publicación en México de su libro Escritura no-creativa: la gestión del lenguaje en la era digital. Para terminar, corona a esta edición la nueva entrega de La Ceibita, con el trabajo de la poeta Romina Cazón, y una crónica histórica de Cristina Rivera Garza sobre el papel de José Revueltas en la lucha agraria de Nuevo León en 1934, motivo por el cual fue secuestrado y terminó preso en las Islas Marías.