Tierra Adentro

Ella, mi mamá, murió el 12 de octubre, Día de la Raza. Simpática ironía del destino, ya que era historiadora y había dedicado bue- na parte de su carrera a estudiar el así llamado descubrimiento de América, ocurrido, como quien dice, en tal fecha —como si fuera posible descubrir algo tan grande en un día—. Ella, mi mamá, vivía sola en un departamento de dos habitaciones en Coyoacán, con libreros que iban del piso al techo y en los que nunca encontré un solo libro que me interesara. Yo la visitaba los sábados, en general, aunque a veces pasaban rachas de dos o hasta tres meses en que ninguno de los dos hacía nada por ver al otro. Luego ella me llamaba un viernes en la noche para decirme que le habían regalado un pastel de zanahoria en la universidad y que podía ir a probarlo al día siguiente. Desde luego no era verdad: ella, mi mamá, compraba esos pasteles para atraerme cuando la culpa de nuestro distanciamiento la alcanzaba. Es decir, los pasteles de zanahoria eran la carnada, como quien dice.

Además de verla a ella, a mi mamá, no había mucha más gente a la que frecuentara por decisión propia. Llevaba una relación cordial y hasta podría decir que amistosa con dos compañeros de la o cina, pero me había alejado definitivamente del círculo estrecho de las amistades adolescentes y nunca me había pre- ocupado por sustituirlas. Así que, cuando murió ella, mi mamá, me encontré repentinamente solo en el mundo, como quien dice, y en contra de lo que podría pensarse eso supuso para mí un alivio mayúsculo. De pronto me pareció inútil conservar mi trabajo —que había conseguido para complacerla a ella, a mi mamá— y renuncié inmediatamente para dedicarme, mejor, a poner en orden todos los papeles que había dejado ella —mi madre.

Vendí el departamento de Coyoacán a través de una inmobiliaria que se quedó un porcentaje muy alto de la operación, pero aun así me encontré con casi cuatro millones de pesos en el bolsillo, entre lo que me dieron por el departamento y lo que ella, mi mamá, había ahorrado a saber cómo. Uno de mis antiguos compañeros de o cina, al que seguía viendo, me dijo que podía ayudarme a invertir el dinero responsablemente, con un margen de ganancia pequeño pero constante. Le dije que no, pero para agradecer su oferta le regalé todas mis plantas antes de dejar mi propio departamento y mudarme, con una maleta de ropa, a Nueva York. También intenté regalarle todos los libros de ella, de mi mamá, pero mi compañero de o cina me dijo, como quien dice, que no.

Nunca había ido a Nueva York pero ella, mi mamá, me había contado una vez que ahí había sido concebido; es decir que ella, mi mamá, había estado en Nueva York al momento de quedar preñada, supongo que mediante el método tradicional de hacer el amor —eso no me lo dijo—. Por lo mismo, sentí que ir a Nueva York era un homenaje a ella, a mi mamá, y, a la vez, una forma de empezar de nuevo, de volver, como quien dice, al punto de partida.

Después de vivir una semana en un cuarto de hotel encontré finalmente un departamento para mí solo: una caja de zapatos, como quien dice, en un punto muy lejano del mapa, al final de una línea de metro. El barrio era sobre todo de dominicanos y el edificio era propiedad de un simpático griego. El edificio se estaba, como quien dice, cayendo a pedazos.

Primero dormí sobre una de mis chamarras, luego sobre un colchón inflable que me prestó el simpático griego, luego sobre un colchón desnudo que compré con descuento, luego sobre el colchón todavía desnudo pero con una base de madera que también compré con descuento, y finalmente sobre una cama como dios manda, como quien dice, es decir con sábanas y cobijas. Para entonces había llegado el invierno y yo había comprado, además de la cama, un montón de muebles de diseño nórdico que hacían de mi departamento un lugar parecido a mi antigua o cina, en México. Tal parecido me reconfortaba.

 

Cuento

 

El griego simpático estaba muy solo porque se había muerto, como quien dice, el amor de su vida, así que pasaba cada poco a visitarme y me preguntaba qué hacía. Un día, como me había cansado de decirle que no hacía prácticamente nada, salvo comprar muebles de diseño nórdico, empecé a decirle que estaba escribiendo una novela. El griego, que movía mucho las manos, se quedó muy tranquilo.

En la tienda de los dominicanos donde compraba alimentos había una muchacha, de nombre Dísney, que hacía —como quien dice— bastante alboroto cuando yo entraba a su tienda. El mexicano, decía Dísney, El mexicano. Dísney también me preguntaba, cada vez que entraba, que qué había estado haciendo, y como me había cansado de decirle que no hacía prácticamente nada, salvo comprar muebles de diseño nórdico, empecé a decirle un buen día que estaba escribiendo una novela. Y Dísney se quedó muy contenta y empezó a hacer, como quien dice, bastante alboroto con lo de mi novela cada vez que entraba a su tienda: El novelista, decía Dísney, El novelista.

Debajo de mi departamento había un departamento más grande, en el primer piso, deshabitado. El simpático griego pegaba cartelitos por todo el barrio dominicano para ver si conseguía rentarlo, pero nunca le llamaba nadie. Un buen día, el griego me dijo que si no me quitaba, como quien dice, demasiado tiempo, yo podía anunciar el departamento por mi cuenta con mis propios cartelitos, enseñarlo a los posibles interesados y, si le conseguía un inquilino, él me descontaría cien dólares de mi propia renta. Yo no tenía, como quien dice, la necesidad de hacerlo, pues tenía el dinero de ella, de mi mamá, pero estaba cansado de no hacer prácticamente nada salvo no escribir una novela y le dije que estaba bien. El griego se quedó muy tranquilo y movió mucho las manos.

No hice cartelitos para pegar por el barrio dominicano por- que hacía frío y no me gustaba salir, salvo para ir a la tienda de Dísney, que hacía siempre mucho alboroto, pero sí puse un anuncio en internet, en una página de internet, para rentar el departamento. Al segundo día alguien respondió mi anuncio diciendo que quería verlo. Era una mujer —o un hombre— que firmaba como Vanessa. Le dije que la vería en la tienda de Dísney porque pensé que a ella, a Dísney, le daría como quien dice mucha emoción verme con alguien desconocido, y haría un buen alboroto.

La mujer que firmaba como Vanessa —sí era mujer— llegó a la tienda de Dísney cuando yo ya llevaba un rato esperando. Y no llegó sola: venía con su hija que también se llamaba, me dijo, Vanessa, pero cuyo nombre, me dijo, se escribía distinto, con una sola s: Vanesa. Vanessa, con doble s, era una mujer de cuarenta y pico años, como quien dice, muy bien conservada, que hablaba sonriendo un poco, y Vanesa, con una sola s, era una adolescente —como quien dice— muy bonita, que nunca sonreía nada. Al verme con ellas, Dísney hizo un buen alboroto: El novelista y las gringas, dijo Dísney, El novelista y las gringas.

Cuando íbamos caminando rumbo al edificio del griego Vanessa me dijo, en inglés, que su esposo había fallecido, y yo le dije en inglés que ella, mi mamá, había fallecido, así que nos dimos el pésame. Vanesa no dijo nada pero noté que miraba furiosa a su madre, Vanessa.

El departamento les pareció aceptable, como quien dice, y al día siguiente volvieron para firmar el contrato de renta con el simpático griego. El griego se quedó muy tranquilo de que yo hubiera conseguido rentarlo tan pronto, me dijo que me descontaría los cien dólares de mi renta y movió mucho las manos. Yo fui a la tienda de Dísney a comprar cerveza (El novelista y la cerveza, dijo Dísney, El novelista y la cerveza) y brindamos en el departamento vacío Vanessa, el griego y yo. Vanesa quiso brindar también con cerveza pero Vanessa le dijo que no era posible y ella, Vanesa, la miró furiosa, a su mamá. Unos días después se mudaron.

Vanessa supo por Dísney que yo era novelista —no era novelista— y me dijo que un día le gustaría leer un fragmento de lo que estaba escribiendo. Su difunto marido, como quien dice, había sido profesor de literatura. Yo le dije que sí, que subiera un día y nos tomábamos una cerveza —por entonces comencé a tomar cerveza casi todos los días—. Vanesa empezó a ir al high school por allí cerca y ya sólo la veía por las tardes, a veces, caminando hacia el edificio del simpático griego con cara de estar furiosa por algo.

Un día, mientras Vanesa estaba en el high school, Vanessa subió a verme y pasó a mi departamento, invitada por mí, para tomarse conmigo, como quien dice, una cerveza. Y nos la tomamos. Y luego hicimos el amor, como quien dice, tradicionalmente.

Otro día Vanessa subió a mi departamento y, por suerte, no dijo ya nada de leer mi novela, sino que abrió una cerveza y nos la tomamos y luego hicimos, como quien dice, el amor, muy tradicionalmente. Y luego otro día igual. Ya éramos novios. A veces íbamos juntos a comprar cerveza a la tienda de Dísney y Dísney hacía bastante alboroto: Los novios, decía Dísney, Los novios. Yo ya casi ya no pensaba nunca en ella, en mi mamá, salvo cuando pensaba en qué iba a hacer al terminarme su dinero —de ella, de mi madre.

Un día Vanessa le dijo a Vanesa que ya éramos novios y Vanesa la miró furiosa, a su mamá.

Después de eso hubo muchos otros días en los que no pasó, como quien dice, nada.

El invierno se acabó y empezó, sorpresa, la primavera. Dísney estaba más contenta que nunca y hacía más alboroto que nunca: La primavera, decía Dísney, La primavera. El griego estaba más tranquilo que nunca y movía las manos más que nunca. Vanessa estaba contenta también porque ya casi nunca pensaba en él, en su difunto marido el profesor de literatura, y subía cada día a mi departamento para hacer el amor, como quien dice, tradicionalmente. Pero Vanesa no estaba contenta, sino furiosa. Miraba furiosa a Vanessa, a Dísney, al griego y a mí.

 

Cuento 2

 

Un día yo había estado tomando mucha cerveza y considerando la idea de escribir una novela cuando tocó la policía a mi puerta. Hacían mucho alboroto: Policía, dijeron, Policía. Les abrí bebiendo cerveza y me tiraron al suelo. Entró un policía y luego otro policía y luego otro policía y luego Vanessa, que estaba llorando. ¿Es él, señora?, le preguntó un policía a Vanessa, en inglés, y luego otro policía le preguntó, también a Vanessa, también en inglés: ¿Es él? Y Vanessa dijo Sí, es él, y me llevaron, como quien dice, preso. En la calle, frente a su tienda, Dísney hacía bastante alboroto: Se lo llevan preso, decía Dísney, Se lo llevan preso.

Un policía y luego otro policía y luego un abogado me explica- ron en la comisaría que Vanesa le había dicho a ella, a su mamá, que yo le había hecho, como quien dice, el amor —tradicionalmente—. Que yo estaba bebiendo cerveza y le había hecho como quien dice el amor, tradicionalmente. Hubo bastante alboroto.

En el juicio habló el griego, que movía mucho las manos y que afirmó que yo le había dicho, después de conocer a Vanessa y Vanesa, que Vanesa era, como quien dice, muy bonita. Hubo bastante alboroto.

En el juicio habló también Dísney y dijo que yo compraba mucha cerveza. Dísney lloró. Hubo bastante alboroto.

En el juicio habló Vanesa, que me miraba furiosa, y también Vanessa, que habló de su difunto esposo, el profesor de literatura. También habló, Vanessa, de cómo habíamos hecho, como quien dice, el amor, tradicionalmente. Yo también hablé en el juicio, pero me hice bolas explicando que sí estaba y no estaba escribiendo una novela, y que sí había hecho el amor con Vanessa —con doble s— pero no con Vanesa —con una sola s—. Hubo mucho alboroto.

Al final me declararon culpable y hubo mucho alboroto. El juez dio un discurso muy bonito sobre la enfermedad de hacerle, como quien dice, el amor a los niños, y me mandó, como quien dice, a la cárcel. Era 12 de octubre, Día de la Raza: simpática ironía del destino.


Autores
(Distrito Federal, 1984) es poeta y narrador. Su libro más reciente es En medio de extrañas víctimas (Sexto Piso, 2013).

Desde pequeña disfruté leer. En la primaria los momentos —desafortunadamente pocos— dedicados a la lectura en la materia de Español, eran mi parte favorita del día. Leía también en mis ratos libres, cada vez que podía y por las noches, cuando llegaba el momento de apagar la luz, pasaba lo que yo sentía que eran horas imaginando mis propias historias, construyendo detalladamente a los personajes, eligiendo el nombre justo para cada uno, su humor por las mañanas, la comida que preferían, sus miedos, el cariño que sentían por sus amigos, la hora del día en que sucedían las historias, cómo brillaba el sol. Todo. Dibujaba en mi mente cada detalle. Pero de pronto, no recuerdo por qué, dejé de hacerlo. Pasaron uno o dos años, entré a la secundaria en una nueva escuela y, como cada quien se las arregla con su adolescencia como puede, lo que hice fue sentirme miserable y regodearme en la soledad y el sinsentido, que según mi yo de trece años, determinaban mi vida. Pasaron tres años poco fructíferos, después, por una peculiar decisión de mis padres volví a mi antigua escuela a estudiar la preparatoria y ahí —no en la escuela pero sí en ese tiempo— conocí la poesía de Sabines. Debo decir en este punto que por cuestiones familiares siempre tuve una relación cercana con la poesía, aunque no era algo que me dedicara a leer por voluntad propia ni que me gustara sobremanera. Pero encontré en Sabines cosas que no sentía desde los días en la primaria cuando leía sin cesar o desde aquellas noches que pasaba despierta creando mundos diversos, y reanudaron su marcha dentro de mí. Casi puedo escuchar ahora, haciendo memoria, engranajes dando vueltas reactivados por los versos, dando vida de nuevo a una maquinaria infinita y luminosa en alguna parte del cuerpo que me forma. Aunque la luz, he de confesar —más allá de lo maravilloso y entrañable que me parece ese recuerdo y de la capacidad de Sabines de hacer crecer soles, árboles, aves y abismos dentro de uno—, provenía en parte de la pantalla de la computadora, porque, como buena millennial, descubrí al poeta chiapaneco navegando en internet. Encontré un blog con el poema «Me dueles», y comencé a leer:

Mansamente, insoportablemente, me dueles.
Toma mi cabeza. Córtame el cuello.
Nada queda de mí después de este amor.

 

Desde los primeros versos muchas cosas hicieron corto circuito: llegó en el momento justo a nombrar lo inefable, a darle forma al pequeño caos que era mi vida a mis quince años. Pero también llegó a sentar las bases de mi futuro profesional, tanto en el ámbito de la creación literaria como en el académico, porque lo siguiente que hice después de leer y releer durante días el tesoro que acababa de descubrir —y que ahora sentía más mío que nada en el universo— fue sentarme a escribir versos. De nuevo me sentí capaz de crear mundos. Cambié las historias de la infancia por poemas tristes y dolorosos, aunque siempre fallidos, y no me refiero a lo malos que sin duda eran, sino a que no acababan de traducir la experiencia que me inquietaba; yo era consciente de ello, así que comencé a buscar a otros poetas y a darme cuenta de que las posibilidades eran infinitas. Sabines me abrió puertas, ventanas y construyó puentes por los que hasta ahora transito. Me cuesta hablar de mi quehacer poético, pero puedo decir, sin temor a equivocarme, que hay una gran influencia suya en mi trabajo. Quisiera decir que ya no, pero permanece ahí. Digo que me gustaría hablar en pasado porque lo único que he logrado intentando escribir a la manera de Sabines son poemas cursis llenos de lugares comunes. Claro, porque luego de empezar a escribir versos, llegan los talleres y con ellos la vuelta a la realidad y la noticia de que todo, al final, es trabajo duro y se deja entonces de idealizar el oficio de 
escritor. Afortunadamente, con el tiempo
me he vuelto consciente de que salir de la zona de
 confort y evitar los tan famosos y odiados lugares comunes, y reinventarse y emprender búsquedas continuamente vale la pena. Y eso me lleva a la segunda idea: creo que la influencia de Sabines en mí se transformó poco a poco. Cuando comencé a escribir había en mí algunas intuiciones oscuras que ahora son claras obsesiones que determinan mi creación, indagaciones y dudas que hacen más claro mi estar en el mundo: la relación del cuerpo y del amor con lo sagrado, ¿existe tal cosa?, y si existe, ¿bajo qué términos lo hace? Creo que en Sabines hay mucho de eso y creo, también, que de alguna forma algo en mí conectó con eso cuando comencé a leerlo. Un ejemplo son las menciones a Dios: «un viejo magnífico que no se toma en serio […] bastante torpe con las manos». A mí, que tuve una tediosa educación católica tanto en casa como en la escuela, no me interesaba leer ni escribir de ese dios todopoderoso del que oía siempre a mi alrededor y al que todo el mundo aseguraba conocer. Pero Sabines parecía saber de qué iba la cosa, y con ese dios suyo desenfadado y al alcance de la mano sembró en mí una inquietud que no me abandona y a la que mi creación poética intenta dar forma. Sucede igual con el cuerpo y con el amor: lo que a su planteamiento del dios le falta de sagrado se completa con estos elementos. Dice el poeta: «Se trata de mi cuerpo al que bendigo […] el que ha de darme todo» o «Eres como un milagro de todas horas». En su poesía el cuerpo, la carne, lo humano son consecuencia de lo divino y vehículo para alcanzarlo al mismo tiempo, son eslabones de una cadena que le da sentido y nombre a lo inefable.

Eso me enseñó Sabines, por eso después de leerlo compré un libro suyo, y luego más, y llevé durante mucho tiempo sus letras en el bolso a todas partes. Y creo que no soy la única, si bien es difícil crear un panorama y clasificación de la obra de poetas nacidos en los noventa —creo que aún es muy pronto—, sí podría meter las manos al fuego porque todos, casi todos, pasamos por Sabines y de diversas formas dejó marcas indelebles. Porque somos nosotros los amorosos, somos los que «no encuentran, buscan»; buscamos siempre y caminamos y escribimos, «aunque la muerte nos fermente detrás de los ojos».


Autores
(Ciudad de México,
1991) es autora del
 libro La luz cuando amanece y aparece en varias antologías de poesía y ensayo.

Páginas calladas es el nombre del libro de poemas que Emmanuel publicó en Editorial Planeta en 1994 con un prólogo de Jaime Sabines. Fue el propio Sabines quien lo convenció de publicar ese volumen, conmovido por un texto que el cantante escribió para su hija.

Mucho más cerca de la popularidad, a diferencia de Octavio Paz, la otra figura poética ampliamente encumbrada en el siglo XX mexicano, el Recuento de poemas de Jaime Sabines sí se consigue en los tianguis, junto con los discos de Emmanuel y los libros de Mario Benedetti y la colección de El declamador sin maestro. Quizá por esa misma facilidad de acceso a su obra Sabines ha sido considerado un poeta para jóvenes de quien, sin embargo, se suele decir que posee ese «gran lenguaje», casi sagrado, mítico, que le vendría de sus lecturas bíblicas: es curioso que, mientras por un lado rechaza la imagen del creador sacralizado, por el otro recurre a los documentos sacros para obtener mucha de su materia prima. Ese discurso que brinda legitimación al momento de ser proferido.

Tal vez sea la voz cascada y cierta actitud de poeta que tiene en varias grabaciones —la del homenaje nacional en Bellas Artes, entre ellas— lo que hace que generalmente se recuerde a Jaime Sabines como un hombre bonachón, sensible, el Sabines de «Los amorosos», el que le escribe a la tía Chofi, el que dice que le encanta Dios. Es fácil pensar en Sabines como un hombre de su tiempo, de origen provinciano y, con ello, olvidar en el camino ciertas cosas que también conforman la imagen del poeta, constantemente pensado a partir de su cercanía a cierta sentimentalidad intimista, cercana como la de un padre que les habla a los hijos. Como la de un patriarca.

Las mujeres estamos acostumbradas a escuchar que la «buena poesía» no tiene género. Así se justifican muchas exclusiones, lecturas parciales o desdenes de figuras femeninas en el campo literario.
 Si «Uno es el hombre» se hubiera concebido con una voz lírica que enunciara «Una es la mujer» y desde ahí empezara el poema, ¿cuál sería el resultado? El discurso de Sabines tiene género, uno muy masculino y, si seguimos ese argumento, pensaríamos entonces que la suya no es buena poesía. Sucede, sin embargo, que su lectura se hace a partir de ciertos valores que ya no necesitan ser legitimados, puesto que son los hegemónicos y durante muchos años fueron el discurso autorizado. No obstante, lo que no deja de ser sorprendente es que sobre ellos no se hayan hecho demasiados cuestionamientos y sus poemas sean incluidos en, por ejemplo, las selecciones de lecturas de bachillerato o aún se enseñen como modelos poéticos en algunas escuelas de escritura creativa y universidades, pese a que en su trabajo no hay demasiadas innovaciones formales, excepto cierto coloquialismo que por lo demás estaba ya en la poesía mexicana con un autor de la talla de Efraín Huerta. Lo coloquial en el caso de Huerta venía acompañado, además, de un posicionamiento político claro del lado de las mayorías, mientras que en Sabines funciona apenas para disfrazar su discurso de algo novedoso que, empero, lo que hace es reforzar concepciones tradicionales del amor, el Estado y las relaciones entre personas.

Así, en Sabines las resoluciones a temas políticos son violentas. Cuando en una entrevista le preguntan por el subcomandante Marcos, responde: «Pensaba yo, este pobre tipo en qué va a terminar, cuál va a ser su fin. Ojalá que le peguen un balazo y que lo maten. Sería mejor para su leyenda, porque verlo de diputado ¡qué horror!», dijo el poeta dos veces diputado; el mismo que dice sentirse utilizado cuando se mete una vez más en política.

Cuando escribe sobre su desencanto con el régimen cubano luego de un viaje que realiza a la isla, afirma:

Porque es necesario decir esto:
para acabar con la Cuba socialista
hay que acabar con seis millones de cubanos,
hay que arrasar a Cuba con una guataca inmensa
o echarle encima todas las bombas atómicas y los diablos.
(Señor Presidente Johnson:
hundamos a Cuba
porque la isla de Cuba navega peligrosamente
alrededor de América).

 

De la misma forma resuelve la solidaridad cuando escribe sobre Tlatelolco 68:

Tlaltelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo;
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y Justicia Social.

 

De donde deduciríamos entonces que los obreros no son pueblo, que la distancia se marca a partir de la juventud, de la educación, o de alguna idea de inocencia vulnerable. Además:

Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.

 

Igual que en el caso de los cubanos, aparece esta resolución de exterminio: matarlos para que no lloren, callar voces en lugar de buscar justicia. No me sorprende ni me interesa la posición a favor o en contra del socialismo cubano, ni la cercanía posterior con el mismo partido político que reprimió a los estudiantes en 1968 — que incluso podría, pero no, quedar matizada cuando se recuerda el escándalo ante la miseria presente en algunos otros poemas—.

Lo que llama la atención aquí es la forma de saldar el conflicto: a partir de la anulación y no de la conciliación.

No encuentro alguna pista para leer en clave irónica estos versos, tampoco sé si eso alcance para matizarlos, sobre todo si se atiende a que esa misma violencia es poéticamente ejercida contra las mujeres a las que se refiere «amorosamente». El erotismo de Sabines parece siempre joven, juguetón, inquieto; sin embargo es estable y tradicional. Un erotismo cómodo para su época, que tendría que parecernos cuando menos problemático ahora.

Yo nací para entrarte.
Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.
Por conocerte estoy,
grano de angustia en corazón de ave.
Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres
tendrán un hombre encima en todas partes.

Es casi un lugar común en la crítica que sobre él se hace apuntar a un sentimiento originario, «adánico», que se conecta con lo primordial y pone al hombre en contacto con su experiencia más íntima. Para Xirau, «Sabines sabe reconocerse en el “otro”, sabe hacerlo porque, con una visualidad táctil, se reconoce a sí mismo». Cabría preguntarse, entonces, quién es ese otro con el que se encuentra el reconocimiento, quiénes pueden sentirse próximos en sentimiento a él y, sobre todo, si en la «condición universal» que Sabines expresa, cabemos todas y todos.


Autores
Es unx escritorx lesbiana-queer transfeminista. Ha publicado cinco libros de poesía, también ensayos y artículos varios. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2018 y el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes 2017. Es doctorx en Letras Latinoamericanas por la UNAM. Actualmente se dedica al desarrollo de series y guiones para diversas plataformas de streaming y productoras.

La primera vez que leí a Jaime Sabines me sentí profundamente identificado y solo. En ese tiempo, y aún ahora, él encarnaba para mí todo aquello que habitaba la 
maravilla del universo doméstico. Al hablarle a la calle, al refrigerador, a la cama, al paisaje,
 me hablaba también a mí. Entendí que para acercarse al poema era necesario despojarse de
 toda mansedumbre, atajarlo así, rabiosamente, como si fuera un toro al
 que hay que capotear hasta que nos permita besar su cornamenta. Sin miedos y sin tregua, vaciarse por completo.

Porque la poesía nace de la experiencia vital, del enfrentamiento, en ocasiones poco afortunado, con el mundo. Se gesta en nosotros igual que el hambre o la tristeza y de la misma forma nos abandona. El poeta es un animal de tierra, lo más parecido a una hormiga que entre pasos de gigantes intenta descifrar el mundo.

De todos los poemas de Sabines, el que más recuerdo es «En este pueblo».

En este pueblo, Tarumba,
miro a todas las gentes todos los días.
Somos una familia de grillos.
Me canso.
Todo lo sé, lo adivino, lo siento.
Conozco los matrimonios, los adulterios,
las muertes.
Sé cuándo el poeta grillo quiere cantar,
cuándo bajan los zopilotes al mercado,
cuándo me voy a morir yo.
Sé quiénes, a qué horas, cómo lo hacen,
curarse en las cantinas,
besarse en los cines,
menstruar,
llorar, dormir, lavarse las manos.
Lo único que no sé es cuándo nos iremos,
Tarumba, por un subterráneo,
al mar.

En él he encontrado una suerte de simultaneidad entre el tiempo del hombre y el tiempo de la naturaleza, como si al mostrar la pesadumbre de la vida rutinaria, también mostrara la esperanza que hay en ella. Poeta mayor que se asume como parte del entorno y no reniega de él; por el contrario, lo hace suyo hasta descubrir que debajo de su simpleza se oculta un paraíso discreto, un reducto en el que se puede ser poeta en medio de los otros.

Al leer a Sabines acudimos a un instante detenido, a un lapso de tiempo que quedó atrapado en ámbar y nos hace mirar dentro de otra vida, de otra casa, dentro de otra soledad o algarabía.

El poema, que no es otra cosa que la recreación de un instante, perdura por gracia de la memoria. Al nombrar las cosas, al cantarlas, permanecen en nuestro mundo para recordarnos que todo en esta tierra está en constante movimiento, vivo. Escribimos para dejar constancia de nuestro paso por la tierra, porque somos finitos y esa es nuestra forma de habitar la larga línea de la vida. Lo único que compartimos todos los seres vivos es el tiempo, esa es la estructura que nos une y nos distancia. La poesía es la suma de la marcha del reloj y los recuerdos.

Sin importar su procedencia o su destino, el poema es lo más cercano a lo divino: en él habita un mundo creado por la imaginación y los sueños, un espacio capaz de albergar todas las formas de percepción y de existencia. Quien escribe, aunque sea por un instante, gobierna el universo.

En su Defensa de la poesía, Percy Shelley escribió que «la razón atañe a las diferencias, y la imaginación a las similitudes de las cosas», en este sentido Jaime Sabines es un poeta capaz de encontrar convergencia en los objetos naturales, de hacer que trasciendan más allá de sí mismos sin apartarse de la realidad.

Cada poema suyo nos conmueve porque nos atraviesa el corazón, más como un camión de pasajeros en mitad de la avenida que como la sonata de una lira.

No digamos la palabra del canto,
cantemos. Alrededor de los huesos,
en los panteones, cantemos.
Al lado de los agonizantes,
de las parturientas, de los quebrados,
de los trabajadores, cantemos.
Bailemos, bebamos, violemos.
Ronda del fuego, círculo de sombras,
con los brazos en alto, que la muerte llega.

Aun cuando el poeta se ve sumergido en el absurdo de la vida cotidiana y la soledad del hombre moderno lo agobia sobremanera, no hay en él un dejo de resignación. Nunca aparece derrumbado ante la banalidad de lo que mira; por el contrario, esta circunstancia es lo que lo que lo motiva a construir realidades insospechadas.

Quizá para algunos el poema debe aspirar a difuminar al autor, borra todo dato de su origen o su circunstancia. Quizá haya llegado el momento de apelar a una poesía que hable más de lo que se encuentra por detrás de la cabeza, de lo que el ojo no ve o sólo presiente; sin embargo, los poemas que más recordamos, a los que acudimos cuando necesitamos un poco de ese paraíso perdido, son aquellos que nos hablan más de la brevedad y la futilidad del hombre, los que están cocidos con ese hilo no que es la mirada atenta.

El rumbo de la poesía mexicana se está definiendo apenas, a cuentagotas vislumbramos su camino y, aun cuando se presiente vital, es posible que no llegue a ninguna parte. Hemos terminado por intelectualizar todo, incluso la necesidad primigenia de cantar.

Más allá de la curiosidad que nos produce traducir el mundo, existe una nostalgia que nos hace volver a ciertos momentos definitorios de la vida. Sin darnos cuenta, asistimos una y otra vez a aquellos tópicos que otrora construyeron lo que llevamos de nuestra tradición poética. A pesar de ello, solemos rendirnos a la velocidad del tiempo y su quimera, al barullo de la vida moderna, a llenar la hoja con palabras. Ponderamos más el ruido y lo voluminoso que el silencio y los vacíos, quizá porque la grandilocuencia de la vida nos abruma y tendemos a ir con la corriente. Como apunta Vicente Quirarte, «vivimos tiempos en que los cestos de papeles agonizan. Se escribe mal y rápido».

Tristemente, estamos hechos de desmemoria: llegamos a la mitad del camino sin reconocer a aquellos que anduvieron el primer trecho, quienes edificaron la escalera por la que subimos. El futuro de nuestros poetas no es halagador, se toma, por decir algo, de pacata, de cursi, de plañidera la obra de hombres y mujeres que descubrieron a México para el mundo. Se consideran meros escalones a quienes en realidad fueron basamento de lo que ahora somos.

Si hoy podemos elucubrar artificios en la hoja, es gracias a poetas como Jaime Sabines que colonizaron para nosotros otros territorios, que atravesaron la selva oscura y regresaron malheridos y muriéndose de pena. Nos apoyamos en ellos sin reconocerles un ápice de crédito, creyendo que lo conseguido es fruto exclusivo de nuestro talento, sin saber que lo que somos es sólo porque fuimos.

Es claro que no quiero que me entierren. Pero si algún día ha de ser, prefiero que me encierren en el sótano de la casa, a ir muerto por las calles de Dios sin que nadie se dé cuenta de mí. Porque si amo profundamente esta maravillosa indiferencia del mundo hacia mi vida, deseo también fervorosamente que mi cadáver sea respetado.

Contrario a la solicitud del poeta, hecha cuando todavía no estaba en lecho de muerte, propongo, fervorosamente, dejarlo a la intemperie y que lo vean otros poetas, que vayan detrás de él en procesión y se conduelan de su ausencia, tomando lo que puedan de su aliento que poco a poco va colmando el universo.

Estamos hechos de algo más que razón; gracias a él, habita en nosotros, todavía, palpitante, el germen del asombro.


Autores
(ciudad de México, 1983) es autor de Voltario (2007) y Cartografía del tiempo, con el que el año pasado obtuvo el Premio de Poesía Joven Francisco Cervantes.

En 2005, Fernando Miranda empezó a edificar en Tijuana una torre que llamó la atención de vecinos, autoridades y curiosos. La construcción, sin embargo, no era de concreto, sino de basura. Entre colchones usados, televisiones viejas, llantas picadas e incontables objetos aparentemente inservibles, Pepe Rojo conversa con el improbable arquitecto de una ciudad que año con año se caía y reconstruía.

Es Tijuana, 2008, y la ciudad se cae en pedazos. Hay balaceras constantemente, y la lista de muertos no deja de crecer. Esto no va a acabar pronto. Estoy en la colonia Valle Verde, que nada tiene de valle ni de verde, rumbo al este, alejándose del mar. Estamos estacionados a una cuadra y media de la torre que Fernando Miranda lleva construyendo durante los últimos años. La torre se eleva por encima de las casas vecinas, vigas de madera y estructuras de metal que se hacen más estrechas conforme ganan altura. No es fácil entender la construcción, quizá por eso una tanqueta del ejército está parada enfrente de ella. Los soldados, enmascarados, la señalan mientras platican. Nunca es bueno estar junto a soldados o policías. En el carro estoy con Jonás, mi hijo, Cristina Navarro y Javier Blanco, estudiantes que me platicaron de la torre y que me trajeron a verla por primera vez. Me pregunto si fue una buena idea traer a Jonás, de brazos, a visitar a un loquito que construye una torre con basura en una colonia que no es exactamente la más tranquila en una ciudad en la que parece que no quedan zonas seguras.

Esto de visitar loquitos que se ponen a construir edificaciones extrañas en lugares alejados de los circuitos comerciales o en colonias marginales se ha convertido en una obsesión para mí. Me acabo de topar con la Montaña de la Salvación, un cerro technicolor con un gigantesco letrero que dice «God is love», y que Leonard Knight ha levantado durante treinta años sobre un terreno militar a la mitad del desierto del sur de California, sin luz ni agua. O las Torres Watts, la más alta de las cuales rebasa los treinta metros, y que Simón Rodia pasó construyendo también treinta años. Y digo loquitos no por cuestiones clínicas, sino porque sin ningún tipo de educación formal ni relación clara con el mundillo del arte, en condiciones adversas y en contra de cualquier sentido común, un día, así, de golpe y por decreto individual, empiezan a construir algo, lo que sea, porque así lo quieren o porque no pueden evitarlo o porque algún dios, inteligencia o voluntad divina se los ordenó, y en vez de ganarse la vida trabajando o robando, como el resto del mundo, dedican lo que les queda de vida a una construcción que, además, nunca termina de acabarse. Es un proceso y no una obra.

Me los encuentro, además, en un momento en el que estoy seguro de que no hay ni escritores ni artistas, sino vendedores de escritos y/o de arte, y en el que no tengo ganas de participar en un juego que me parece de muy mal gusto, con eso que decía Debord de que «el arte ya no es una profesión a la que uno se puede dedicar honradamente». Encontrarme en estos espacios que provocan reacciones poco comunes y con estos personajes que hacen cosas porque en realidad no pueden evitarlo y sin esperar recibir compensación económica, me devuelve la fe en la humanidad.

A estos tipos nadie sabe bien cómo decirles, ni cómo llamar a lo que hacen, ni los vecinos ni el grupo de personas que se dedican a estudiarlos; se habla de ambientes visionarios para referirse a los lugares y de habitantes-paisajistas para hablar de las personas. Y es que es muy difícil separarlos de su obra. Son personajes que generan el lugar en el que viven. Visitar estos espacios de estética inusual y a personajes que hacen cosas porque en realidad no pueden evitarlo, me permite sentirme vivo. Enterarme de que además de La Mona hay un espacio en construcción en Tijuana, ciudad a la que llegué hace dos años, me parece demasiada coincidencia como para no atenderla. Casi no hay lugares así en México.

La tanqueta con soldados se va y nos acercamos al lugar. Tras una barda ensamblada con planchas de madera abandonadas se levanta una torre de cuatro pisos, hecha de vigas y monitores, box springs y resortes de colchones, trozos de metal y hojas de plástico. De basura industrial. La diversidad de materiales y detalles no ocultan que es una torre de cuatro pisos. Cristina y Javier le gritan a Fernando y, después de un rato, sale caminando entre los escombros que rodean y alimentan la torre, torso moreno sin camisa ni zapatos, con barba larga y aire mesiánico. Me voltea a ver y pregunta: «¿Luis Rojo?», atinándole a mi apellido pero no a mi nombre, sino al de mi hermano, a quien conoció diez años atrás.
Fernando nos permite entrar y tomar fotos. Platicamos un buen rato. Regresaré varias veces a verlo.

Es Tijuana, 2012, y Fernando me dice que «la basura es un punto de vista». Que él anda por la calle y se encuentra cosas que la gente tira y con ellas construye su torre, que es como una especie de criatura mutante, casi viva, que cambia cada vez que la visito, con nuevos detalles, diferentes configuraciones, entradas y salidas. La construcción desafía las categorías tradicionales: ni bella ni bonita pero tampoco fea, ni funcional ni práctica pero tampoco inútil. Frente a ella no sabes qué pensar, ni tienes parámetros claros sobre cómo sentirte ni cómo juzgarla. Pero es única y tan sugerente como desafiante y atractiva. Su lógica y estética es de enredos y racimos, muéganos y entrelazamientos.
Siempre que visito a Fernando nos sentamos entre los escombros. Normalmente él navega descalzo, y yo tengo que fijarme de no pisar los clavos que se asoman por aquí y por allá.
La construcción desafía las categorías tradicionales: ni bella ni bonita pero tampoco fea, ni funcional ni práctica pero tampoco inútil. Él tiene cuarenta y seis años y es tan humilde —«todo lo que digo es una alucinación porque no tengo la certeza de nada»— como inteligente. Mitad ermitaño, mitad vagabundo y otra mitad extra de filósofo, cita a la Biblia (Apocalipsis 13:17: «y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre»), al mismo tiempo que habla de sublimación freudiana y me explica que rodea sus velas de espejos para aumentar los lúmenes. Sujeta su barba con unas ligas. Sujeta su vida con una torre.
Fernando tiene problemas con sus vecinos. Fernando no tiene trabajo. Bueno, trabaja un chingo, pero no está empleado formalmente. En su terreno tiene varias cosas que no es sencillo cargar por la calle, colchones que se alzan verticalmente como muros de la torre, monitores que sirven de ventanales y la parte de arriba de una calafia, de esos camiones que eran transporte escolar en el otro lado y que aquí acabaron siendo transporte público, convirtiendo a Tijuana, psicogeográficamente, en una escuela de quién sabe qué exactamente, pero en la que, aunque sea a madrazos, aprendes algo.
«La basura es un punto de vista», me dice Fernando. «El que dice que algo no sirve, no sirve», añade como corolario, orgulloso de su torre, de su instalación habitable que se vuelve comunitaria por el origen de sus componentes, de este monumento a nosotros y a lo que tiramos, a las camas en las que ya no dormimos, a las pantallas que ya no miramos.
Es Tijuana, 2009, y las cosas siguen de la chingada; la cuenta de ejecutados que anuncian a diario en la televisión ya pasó de los seiscientos. Fernando me explica que su esposa, cuando lo dejó hace nueve años, le dijo que era «un desperdicio humano», y que empezó a construir la torre para mostrarle exactamente lo contrario. Su esposa se fue con un hijo y dos hijas a las que Fernando lleva años sin ver. Eso le duele un chingo. Sus hijas salen a la plática constantemente. Celebra sus cumpleaños, aunque no me explica cómo.
Fernando me platica que su esposa lo dejó porque él era un adicto. Porque se metía mucho cristal. Porque él dejó un trabajo para que ella pudiera ocupar la plaza. Porque necesitaba un pretexto. Porque Fernando no tiene dinero, pero sobre todo, por las drogas. Porque hay drogas que te dejan trabajar pero hay drogas que nomás no te dejan y esas son ilegales. Porque Fernando dejó el alcohol cuando tenía que sacar su chamba como único empleado de un taller de serigrafía y el cristal le ayudaba más. Porque a la hora de la hora, ya sea crack, cocaína o marihuana, alcohol, tabaco o aspirinas, azúcar, harina o Coca-Cola, antiácidos o ácidos, ¿quién no necesita drogas para soportar este mundo?

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Es Tijuana, 2009, y no puedo dejar de pensar en paralelos y patrones. Rodia empieza a construir sus torres en Los Ángeles cuando su esposa lo deja por problemas de alcoholismo. Art Beal construye Nitt Witt Ridge después de que Gloria, su pareja, lo deja. Beal era el recolector de basura de Cambria, California, y una buena porción de su casa está construida a partir de latas de cerveza. Edward Leedskalnin se dedica a construir su Castillo de Coral en el sur de Florida después de que su prometida huye.
No todos estos constructores siguen el mismo patrón, pero sí una parte considerable. Alrededor de los cuarenta años. Problemas de abuso de sustancias. Sueños o visiones. Una ruptura sentimental. Material descartado. La necesidad de hacer algo importante. Y la construcción empieza.
Es Tijuana, 1993, y nomás no para de llover. Es el cumpleaños de Fernando y para autocelebrarse se compra dos botellas de vino. Vive en el Cañón de la Pedrera. Discute con su esposa que lo encuentra borracho y se sale a caminar «como unos cinco kilómetros, rumbo a La Gloria». Cuando regresa, empapado, se asoma a la ventana «y veo el cielo bien rojo y así como que me dio un poquito de temor». Cuando despierta, el río está entrando por la ventana. Un boiler pasa flotando. No puede abrir la puerta. Carga a su hijo más chico, de dos años, trepa por un árbol y lo deja en el techo. Sube a su hija, de dos años, y a su esposa. El río se lleva una pared del cuarto que rentaba su madre, quien también logra salir, nadando. Son las peores inundaciones que han ocurrido en Tijuana.
Fernando y su familia se quedan sin casa, se vuelven beneficiarios de un programa para damnificados que les otorga el terreno junto a un préstamo de $5,000 para construcción. Al pagarlo, la propiedad se vuelve suya, y se mantiene suya, aunque tiene que «luchar todos los días contra la codicia y la incomprensión, porque hay quien dice que no lo merezco». Su esposa lo deja siete años después. Al pasar otros tres años, empieza a construir su torre.
Es Tijuana, 2011, y Fernando me presta un libro. Me cuenta que nunca sale a buscar material para la torre, sino que nomás lo encuentra. Que lo mueve una «necesidad existencial». Fernando es profundamente religioso, y no hay plática con él que de una manera u otra no involucre a Dios. Cuando le pregunto si el terreno es suyo, me responde «bueno, primero es del Señor». Fernando construye la torre sin un plan. Es como algo vivo. Lleva material a su casa y el material va encontrando un lugar, alzándose desde esta capa geológica de chicles y colillas, bolsas de supermercado, deshechos industriales y aparatos electrónicos obsoletos que le estamos añadiendo al planeta. El proceso es intuitivo.
Arriba, el techo de uno de los pisos de la torre de Fernando es una especie de tragaluz construido con varios monitores de televisión ensamblados en forma de mosaico. También una de las paredes es así. Son mi parte favorita de la construcción, y cómo no, si llevo toda mi vida viendo la vida a través de marcos, el de los lentes que me permiten ver, el de la computadora en la que escribo esto, el de la ventana de camiones, metros y automóviles, el de mi celular y el de varias de las miles de unidades que se construyen en las maquilas de esta ciudad, «meca de los televisores», y cuyos esqueletos abandonados acaban adornado la Torre, pantallas transparentes que transforman la luz del sol y que han encontrado una segunda vida aquí, sacudiéndose el sustantivo de basura, como los cadáveres de camas en las que ya no se puede descansar, pero que puestas verticalmente forman los muros del segundo piso de la torre.
Fernando me dice que hay muchas coincidencias. Me presta un libro que encontró entre la basura, The Planets, en inglés, que mezcla ensayos de astronomía con cuentos de ciencia ficción.
Dice que se acordó de mí con el libro, y por alguna razón no creo que él sepa que este asunto de la ciencia ficción lo produzco y lo consumo, y cómo no, si ando todo el día con una prótesis electrónica en el bolsillo de mi pantalón y mi identidad me acompaña en una nube, y meto constantemente en mi cuerpo nutrientes que vienen envueltos en plástico, además de que mi abuelita es un cyborg desde que le pusieron ese marcapasos que nomás no la deja morir.
Fernando me dice que recogió el libro porque encontró una ilustración que le recordó mucho a la torre que él está construyendo. Me la enseña. Un hombre con un casco pasea por una calle sin empedrar en la luna, junto a una construcción estrecha y alta, a medio construir o camino a convertirse en ruinas, sostenida por tuberías de metal y muros sin acabar. En lo alto, construida con vigas de madera, hay una especie de habitación romboide. Al fondo se ve el planeta Tierra. La ilustración es de Lebbeus Woods, que morirá el año que entra, conocido también como el arquitecto de la crisis y la catástrofe, creador de experimentos imaginarios y provisionales, altamente políticos, cuyos diseños no «pretenden desestabilizar, sino proveer estrategias de adaptación cuando ocurre la transformación». Crisis. Cientos de ejecutados. Basura. Narco. Monitores. Ciencia ficción. Y en la colonia Valle Verde, cuyas calles se llaman Sinceridad, Bien Común, Voluntad, Virtud, Esfuerzo, Trabajo y Decencia, Belleza y Bondad, una torre.

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Es Tijuana, 2013, y es mi cumpleaños. Como no me ha ido nada bien, decido ir a visitar a Fernando, pues siempre me la paso bien, aprendo algo y me gusta ver cómo va cambiando la torre. Además, visitar este tipo de lugares se ha convertido en mi peregrinaje, como si hubiera otros dioses a los cuales rezar, otras manera de vivir, porque no a cualquiera se le ocurre dejar de hacer esas cosas con las que nos ocupamos y dedicar su vida a construir algo diferente.

Al llegar ya no hay torre, sólo un montón de escombros, amorfo, que forma un pequeño montículo en el terreno de Fernando, pedacera y retazos. No sé si se cayó porque a Fernando le fallaron sus cálculos, o si la tiraron con toda la mala voluntad del mundo. Si algo he aprendido de estos lugares es que son frágiles, y no por problemas de construcción, sino por el entorno en el que surgen. No sé si Fernando está bien o no. No sé si todavía vive ahí. No sé si todavía está vivo. No entiendo nada.

Como siempre que vengo a visitarlo, le grito. No sale. Lo vuelvo a hacer durante varios minutos. Uno de sus vecinos me oye, sube a su azotea y le grita. Me dice que ahí está. Después de un rato, Fernando aparece entre los escombros. Parece desorientado. Evita mi mirada, se ve flaco y débil. Se le nota la edad y el cansancio. Me platica que decidió tirar la torre. Que su mamá regresó enferma de Ciudad Juárez y que él le ofreció techo. Que su mamá vio la torre y le dijo que no le gustaba, que no le servía. Que tenía razón. Fernando parece desestructurado, su mirada va de un lugar a otro, nerviosa. Sin embargo, eso no le quita lo práctico. «No es lo que necesito ahora», dice. Está enojado. Me cuenta que los problemas con los vecinos van de mal en peor. Pasa del optimismo a la desesperación. «A veces dan ganas de matar», me dice, mirando hacia el suelo. También me dice que se la pasa «peleando contra nadie, con las voces que sólo yo escucho». No voltea a ver a la cámara cuando lo fotografío.

Al despedirme, pienso que puede ser la última vez que lo veo. Que no parece tener fuerzas para nada. Que se puede volver, ahora sí, loco. En la pobreza y la marginalidad. En que podrá haber muchas casas construidas con material rescatado, pero que ya no hay ninguna torre. En que una gran parte de estos ambientes acaban siendo destruidos, ya sea por los vecinos o las autoridades o la familia. En que todo arte es efímero, sólo depende de la escala de tiempo que utilices.

Es Tijuana, 2014, y Fernando me pregunta si he estado en un lugar completamente oscuro. Estamos bajo una loseta de cemento, donde Fernando ha cavado un hoyo, una especie de cueva en la que vive. Hace años dormía ahí, pero era mucho más pequeña. Ahora ya son dos habitaciones donde se resguarda de la lluvia y del sol. Para entrar, tiene que mover varias tablas, algunas decoradas con CD. Me cuenta que ahí abajo, en la noche, no puede ver ni su mano enfrente de su rostro.
Al llegar me doy cuenta de que el árbol que guarda la entrada del terreno está quemado. Fernando me platica que alguien le avisó en el parque que su casa estaba en fuego y regresó para encontrar a los bomberos apagándolo. Me platica que ha estado diciendo cosas que a ciertas mafias del vecindario no le convienen. Que por eso intentaron quemarle la casa. Me impresiona su tranquilidad. Me dice que por lo menos ahí abajo no tiene que escuchar el ruido de la calle y se puede dedicar a hacer música, aunque ya le han robado dos veces las mezcladoras con las que graba sus experimentos. Me platica que debe haber otras maneras de vivir, sin darse cuenta de que la vida que él lleva es otra manera de vivir, sin un trabajo fijo, reimaginando la manera en que habitamos y redireccionando el deseo de una comunidad que es hostil porque no hay diferencia entre construir un sitio y vivir la vida, porque la arquitectura no sólo es lidiar con un lugar donde el cuerpo resida, crear un lugar, de ser en él, de que te contenga, sino también una manera de lidiar con el otro, aunque a veces lleguen a quemar tu casa y que no hay muchos tipos que construyen una torre, fálica, porque una mujer les dice que son un desperdicio humano y luego la tiran porque otra les dice que no sirve para después meterse a vivir bajo la tierra, y distinguir música entre los ruidos a su alrededor en ese extraño iglú-búnker subterráneo que se ha construido, casi un útero, casi sepultado bajo los escombros de la torre que tiró porque ya no la necesita.
Es Tijuana, 2010, y estoy hasta arriba de la torre, abrazado de una viga. El viento me pega en la cara y me siento pocamadre. En la ciudad, las cosas no siguen nada bien, pero por lo menos hay gente haciendo cosas y saliendo a la calle a divertirse otra vez. El Colectivo Intransigente está leyendo poemas en cruceros, calafias y arriba de la catedral. El Grafógrafo se vuelve un punto clave de reunión. El Sonidero Travesura se avienta una serie de tocadas inolvidable en el Chip’s y el Cuatro Amigos, dándole un nuevo aire a la Sexta, que acabará convirtiéndose en el símbolo de cómo los tijuanenses recuperaron la noche.
Subir la torre no es fácil. Para empezar, no hay escaleras y tienes que caminar entre vigas que, siguiendo a Fernando, quien lo hace con una naturalidad difícil de imitar, te llevan hacia arriba en un andamiaje que es difícil navegar por primera vez. Cuando llegas al segundo piso, te das cuenta de que la estructura se mueve un poquito más de lo que esperabas y empiezas a pensar en qué pasaría si te tropiezas, o si una viga se suelta. En el tercer piso, la adrenalina te sube a la cabeza y tus movimientos son más lentos, tratando de asegurar el paso y no perder el equilibrio, pues el suelo ya parece muy lejano y puedes ver, allá abajo, las copa de los árboles. El viento te rodea. Seguir subiendo es un acto de fe en el constructor. Cuando llegas al último piso, sin techo alguno, el miedo se mezcla con el puro placer de llegar hasta arriba, y te sientes un poco más libre y un poco estúpido pero a pesar del riesgo ya llegaste a la parte más alta y tu vista se pierde en el horizonte, que te permite ver lejos en un día soleado, como lo son casi todos en el desierto de California, y uno no puede más que sentirse afortunado de poder tener ese tipo de experiencias y agradecido ante quien las propicia.

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Es Tijuana, 2000, y así como el milenio llega, la esposa de Fernando se va con sus hijos porque ya no quiere estar con él. Es Tijuana, 1989, la ciudad cumple cien años y Fernando llega desde Morelia, Michoacán. La ciudad lo deprime. Es Tijuana, 2005, y Fernando Miranda empieza a acomodar unas llantas y unas vigas porque se le ocurrió construir algo. En su cabeza flotan los dibujos de altas torres con princesas que su hija dibujaba. Es Tijuana, 2011, y Fernando me dice que no le gusta «estar en el lugar del loco frente a las autoridades». Es Tijuana, 1993, y el río empieza a entrar por la ventana. Es Tijuana, 2013, y Fernando se sube a lo más alto de la torre para desmantelarla.
Es Tijuana, 2015, y la única torre que existe está en mi disco duro, en mi cabeza, la de Fernando y sus vecinos, y la de cualquiera que vea las fotos que acompañan este texto. Es como un animal imaginario. Un ejemplar único, extinto, del que sólo quedan huellas. Cuando visito a Fernando, lo veo más tranquilo, aunque dice que «me pesa haberla tirado» y que «uno hace las cosas con plena conciencia de que es inútil». Acaba de construir un cuarto cerca de la calle, para apoyar a un amigo que «se encuentra en necesidades». Me cuenta que en algún momento la torre tuvo un techo, pues montó una alberca inflable hasta arriba, y la decoró con luces. Mientras tanto, la pila de escombros que había quedado de la torre empieza a reacomodarse. El terreno comienza a adquirir orden otra vez, y hay particiones hechas con pequeños muros de tierra y llantas. Otro espacio empieza a emerger, a tomar forma. Me cuenta que en la parte subterránea ya hay una tercera habitación, y que lo está pensando como cimientos. Fernando todavía no sabe qué va a pasar, pero ahí está, listo, para el momento en el que suceda.

 


Autores
Pepe Rojo (Chilpancingo, 1968) ha publicado cuatro libros: Ruido Gris, Yonke, Punto Cero, i nte rrupciones. Editó, junto a Bernardo Fernández, la antología 25 minutos en el futuro. Dirigió las intervenciones urbanas Tú no existes, Diccionario Filosófico de Tijuana y Desde aquí se ve el Futuro.

Hace más de quince años leí por primera vez a Jaime Sabines. La época de juventud. Concluía la preparatoria y mi modo de vivir, por decreto, tendría que 
volverse responsable. Algo importante llegaba a su fin 
con esa etapa, aunque en ese
 momento no lo supiera. Luego vino el inicio de una carrera fallida como arquitecto en la 
ciudad de Oaxaca y un primer taller de creación en el que se hablaba mucho de Sabines. El chiapaneco fue la puerta, una generosa, para entrar al hogar de la literatura. Recuerdo a una señora recitando «Los amorosos» de memoria, contándonos, emocionada, de su viaje a Chiapas y de su visita a la casa del vate. Los más jóvenes del taller nos sentíamos deslumbrados y entre cervezas, ya fuera del aula, conversábamos sin parar de poesía y, por supuesto, de Jaime Sabines.[1] Por las tardes yo visitaba la biblioteca y pedía un ejemplar de alguno de los recuentos. Después transcribía poemas en mi libreta (las computadoras y el internet eran un puerto lejano) y durante las noches leía a la luz de una vela, en mi cuarto de estudiante. Salvada la distancia del tiempo, he tenido la sensación de que aquellos textos eran sólo un puente hacia otras lecturas, que el chiapaneco, que parecía nunca agotarse, estaba desde el principio condenado a morir entre las experiencias de juventud de aquellos tiempos, con los dieciocho o diecinueve años que entonces tenía.

 

Deserté de la facultad de arquitectura sin saber muy bien hacia dónde dirigiría mis pasos. Un año después, luego de un empleo ocioso como dibujante en un despacho de arquitectos, me encontré en Cuernavaca, en un hermoso campus junto al bosque. Y Sabines volvió desde el primer semestre de la carrera en letras. La clase la impartía Javier Sicilia. Recuerdo el tono reposado de su voz cuando nos dijo que discutiríamos cuatro poemas fundamentales de la literatura mexicana: «Primero sueño», «Muerte sin fin», «Piedra de sol» y «Algo sobre la muerte del mayor Sabines». Dice López Velarde en «Un lacónico grito…»: «Siempre que inició un vuelo/ por encima de todo,/ un demonio sarcástico maúlla/ y me devuelve al lodo». Fue vergonzoso descubrir que yo era apenas un intento de lector (esa sensación regresa cada vez que trato de comentar un título recién leído). Fue vergonzoso saber que la literatura no se reduce a un par de nombres ni a escuchar canciones de Silvio Rodríguez en un bar de supuestos intelectuales.

No pude con Sor Juana. No la entendí: qué idioma extraño el empleado en aquel poema. Cuando se analizó en clase guardé un absoluto silencio. Barroco sigue siendo una palabra intimidante. Luego vino Gorostiza, que me ocasionó las mismas dificultades que la monja, a pesar de que su lenguaje resultaba más cercano. Un poco de claridad aparecía cuando Sicilia desentrañaba los versos (debo reconocer que algo profundo y conmovedor percibí en «Muerte sin fin», eso que llaman poesía y que no se puede explicar en términos concretos). Sucedió lo mismo con Paz, aunque en este caso, decidido, fui a la biblioteca para consultar algunos estudios sobre la obra del Nobel. Y la bruma disminuyó, pero me parecía un fraude tener que recurrir a otras lecturas para entender el peso de las palabras. Al final estaba Sabines y un poema extenso que yo desconocía: tengo presente la luz que iluminaba el cuarto esa noche de noviembre, el aroma del café sobre la mesa, el ruido de los grillos que entraba por la ventana abierta. Lo leí sin detenerme. Y me reconcilié con la literatura: el lado más humano de los libros habitaba ese enorme texto escrito con las vísceras, con la parte más dolorosa de la sangre. El primer comentario, en clase, lo hizo una compañera: «Duele». Una verdad tan sencilla como innegable. Y aun así al término del semestre me dispuse a escribir un ensayo sobre «Piedra de sol» porque (soberbia de juventud) pretendía explorar otras posibilidades y no sentirme menos que algunos de mis compañeros, quienes se quedaron con Sor Juana. No sé si alguien prefirió a Sabines.

Esa fue la etapa en la que empecé a menospreciar todo lo que tuviera que ver con el chiapaneco. Poesía fácil y cursi, afirmaba, con tal de afiliarme a una postura, en el fondo, desconocida para mí. Por alguna razón, quienes hemos estudiado literatura nos volvemos pretenciosos y tendemos a mirar el mundo desde una cima a la que muy pocos, pensamos, tienen acceso: creemos que lo popular es malo sólo por ser popular. Unos cuantos versos de Sabines bastarían para derrumbar nuestra insignificancia creativa: «Uno no sabe nada de esas cosas/ que los poetas, los ciegos, las rameras/ llaman “misterio”, temen y lamentan./ Uno nació desnudo, sucio/ en la humedad directa,/ y no bebió metáforas de leche,/ y no vivió sino en la tierra». Años más tarde, tras una borrachera en la casa de un desconocido, joven escritor seguramente, escuché el disco del célebre recital en Bellas Artes. En la resaca de esa mañana de domingo, un Jaime Sabines de setenta años leía la «Tía Chofi» con una voz dolorosa, gastada por el tiempo. Una voz que suena en mi memoria como el barro de un cántaro al quebrarse, de aquellos que en las casas de provincia sirven para almacenar el agua que beberá la familia, que guardan la frescura del líquido y un sabor reconocible a tierra «recién nacida». Y amé la profunda sencillez de esa poesía como en el primer momento. Es difícil, algo similar a lo que me ocurrió con Gorostiza, poner en términos concretos la emoción que provoca la obra del chiapaneco. Se siente como un adiós definitivo, como la soledad de un niño cuando intuye el significado de la muerte. Pero también como la calidez de unas sábanas limpias en una noche fría, como el aroma del pan que invade las calles desde la madrugada, como el viento que llega por las tardes y refresca las habitaciones de una casa.

Jaime Sabines podría ser ese puente del que hablé líneas atrás, pero es más que eso. Es el padre del cual, hijos ingratos, hemos renegado en algún momento de nuestro viaje. Cuántos no hay que se dedican a escribir en la actualidad por haberse topado a tiempo con «Los amorosos». En su nombre se cumple aquello que llaman predestinación: nació para ser poeta, uno verdadero, el más natural y, por esa condición, el que ha tenido y tendrá lectores aun cuando nosotros ya no estemos aquí para reconocerlos, jóvenes, en la banca de un parque, en el autobús o en la penumbra de alguna biblioteca.

[1]Un nombre más se sumaba a aquellas conversaciones: Ramón López Velarde. En el bar que frecuentábamos había un cartel con el poema «Y pensar que pudimos…».


Autores
Poeta. Autor del libro Oscuridad del agua (ISC, 2012). Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos (2004) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009- 2011). Actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico–Oaxaca.

Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: Lucero, luz cero, luz Eros, la garganta de la luz pare colores coleros, etcétera, y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen pinche piedra. Los primeros son los más afortunados. Siempre encuentran un crítico inteligente que escribe un tratado sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra y las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada. —De ellos es el Olimpo que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama.
Jaime Sabines

En una nota del primero de septiembre de 2010 que conmemora los sesenta años de la publicación de «Los amorosos»,[1] Javier Aranda Luna señala que estamos ante uno de los poemas más importantes de la literatura mexicana. El poema se publicó por primera vez en Horal, una plaquette que editó el Departamento de Prensa y Turismo de Tuxtla Gutiérrez en 1950; 
en este primer material el poeta reúne una serie de poemas con tema amoroso que compuso durante su primera estancia en la Ciudad de México.

El poema está compuesto por diez estrofas 
irregulares en verso libre,
 estructurado con figuras de
 repetición como la anáfora y
 el polisíndeton, es por ello que 
rememora el tono conversacional de ciertos discursos que son 
proferidos en primera persona desde
 el espacio privilegiado de la tribuna pública: y que representan la voz del poeta que
 es capaz de sintonizar el sentir de las multitudes y expresarlo en un discurso supremo.
El tema del poema es el retrato de un neo Don Juan sublimado por la idea del amor eterno. Este Don Juan dejará la corte para enamorar con sus metáforas y ocurrencias en las calles, las fonditas y los cabarets: un Don Juan medio venido a menos pero que no pierde su ansia de amor y que se reviste de una imagen que lo hace parecer vulnerable, tierno y acosado por el insomnio, «Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago».

El Don Juan de los amorosos se muestra vulnerable y es acogido por el plural del adjetivo «amorosos»; no es uno sino todos: muchedumbre. Quizá por eso sea uno de los poemas más importantes para aquellos que llevan rankings de los poemas más importantes de la literatura nacional, por la colectivización de una categoría un poco ambigua, «el amoroso», en el que se agruparán todos «los amorosos» que así lo deseen. Y quizá lo sea, también porque toca un tema ampliamente difundido en la tradición literaria hispánica, aquel que inaugurara Tirso de Molina en la figura del Burlador de Sevilla, obra en la que el Don Juan es castigado, y que posteriormente sería retomado con mayor condescendencia por diversos autores para componer óperas, novelas, cuentos; y ya en el siglo XIX, el clásico Don Juan Tenorio que compuso José Zorrilla y que se representa tradicionalmente cada temporada de día de muertos, incluyendo la variante representada por los cómicos mediáticos del momento, desde el ultimado Paco Stanley hasta el presentador Daniel Bisogno. También puede que este poema del joven Jaime Sabines sea uno de los poemas más importantes, por las muchas ocasiones en que es rememorado para hablar del amor desde los programas televisivos hasta las estaciones de radio en los que se difunde esta definición: «El amor es el silencio más fino, el más insoportable». Quizá, lo importante del poema venga entonces de su popularidad y de su cercanía con la cultura mediática y la reivindicación de los valores que enaltecen la figura de un Don Juan amoroso.

En una entrevista realizada por Gabriela Atencio, Don Jaime Sabines dice: «Nunca me he considerado un Don Juan. Gregorio Marañón, gran psiquiatra y escritor español, escribió un libro sobre Don Juan y Casanova, en el que establece las diferencias entre ambos. Dice que ambos son enamoradizos, les encanta andar de una mujer a otra, pero Casanova pretende la eternidad amorosa». Cosa que está muy bien dicha, salvo por un detalle: el Don Juan es un personaje literario y Casanova es primeramente un personaje histórico, y ponerlos en el mismo plano y extraer de ellos perfiles psicológico-sociales parece un método poco ortodoxo. No obstante, Don Jaime Sabines explica que su visión y su actuar
 amoroso toman ejemplo de 
ese personaje emblemático: «Es lo que he sido yo, que he pretendido el amor, por eso digo en los amorosos, que “van entregándose, dándose a cada rato”. El amor es lo último, lo eterno, lo permanente. Pero al mismo tiempo, como también expresó en ese poema, “los amorosos se ríen de los que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite”». 
Ese juego con la ambigüedad del amoroso, que por un lado busca el amor y por otro se burla de los que creen en él, es uno más de los rostros de este personaje anclado fuertemente en los valores que enaltecen la amorosidad masculina, tanto como encumbran la castidad y virginidad femenina, como en el poema a la tía Chofi:

 

Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre tu catre, estúpidamente muerta.

 

O que en otros casos, como en ese panegírico «Canonicemos a las putas», donde mediante la jerga eclesiástica el poeta elogia y exalta un imaginario acerca de la generosidad, la voluptuosidad y el bien colectivo que la prostitución ofrece a la sociedad; aunque muy osadamente, porque en ningún momento considera las implicaciones económicas y sociales que se desprenden de un negocio en el que la mayoría de las ocasiones se ejerce violencia contra las mujeres involucradas y que de lo enunciado en el poema se desprende que son alimentos, mercancías:

En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan.

Porque para el lenguaje de la época era de gran osadía decir claramente lo que se pensaba, poner el tema sobre la mesa y decir lo que los demás, hombres poderosos, hubiesen querido decir con gracia. Esa franqueza del discurso sabiniano es quizá lo que más se alaba de sus poemas, que podía decir lo que le viniera en gana sin ninguna corrección política, puesto que su franqueza consistía en alabar los valores establecidos y poetizarlos; por eso se llamaba a sí mismo el escribano de la vida, y por el hecho de que su poesía no implicaba ningún ejercicio intelectual, de lo que él mismo se enorgullecía como en el poema que sirve de epígrafe a este texto.

Jaime Sabines fue un autor alabado, premiado y reeditado; la edición de su obra en Lecturas Mexicanas en 1986 tuvo un tiraje de cuarenta mil ejemplares, y sus poemas llenan páginas de libros de texto, parabuses y vitrinas en el metro de las multitudes. Don Jaime Sabines nunca dejó de pertenecer a aquel salón de la fama del que renegaba. El mismo Javier Aranda señala: «Tal vez por eso el nombre de sus lectores es multitud, legión, muchedumbre»; no porque cuestionara los valores de su época, sino por formularlos con franqueza y osadía.

[1]http://www.jornada.unam.mx/2010/09/01/index.php?section=opinion&ar ticle=a06a1cul, consultado el 30 de enero de 2016.


Autores
(Ciudad de México, 1977) escribe a escondidas en la oficina donde trabaja. Ha escrito algunos libros, poemas y ensayos, el más reciente, ¿Cómo en una lengua precisa, anémona? fue laureado con el Premio Clemencia Isaura, 2018.

Jaime Sabines se convirtió en las últimas cuatro décadas del siglo xx en el poeta mexicano más leído. Fue un escritor que logró penetrar a través de sus versos en el gusto literario de miles y miles de personas, que llegaron a saber (y saben) sus versos de memoria. Sus lectores rebasaron las butacas de salas como el Palacio de Bellas Artes y la Nezahualcóyotl de Ciudad Universitaria, para escucharlo decir sus poemas; multitudes que, desde pantallas gigantes en las explanadas de ambos recintos, celebraron al poeta cuando cumplió setenta años en 1996.

Este 2016 Sabines estaría cumpliendo noventa años, y aunque en su poesía los temas fueron la soledad, el paso del tiempo, la muerte
 o la condición humana, sin duda sus versos de amor siguen siendo los escogidos por sus nuevos y jóvenes lectores que, aunque no conocieron en persona al poeta, lo citan de memoria. En el mundo de lectores digitales que impera, las redes sociales están colmadas de versos y frases que dijo Sabines; una veintena de cuentas en Twitter y otro tanto en Facebook llevan su nombre o el de alguno de sus libros, para repasarlo o, incluso, simularlo.

En los fragmentos siguientes tomados de mi libro Jaime Sabines. Apuntes para una biografía, a partir de una entrevista que se transformó en una conversación a lo largo de diez años, el poeta cuenta sus primeros pasos como creador y las influencias literarias en su juventud.

La única fuente de cultura en mi casa fueron los libros; no solíamos escuchar ópera, música clásica o cosas así. La cultura y mi formación intelectual vinieron únicamente a través de mi padre, los libros y la vida misma. En secundaria y preparatoria me dio mucho por leer; acudí a infinidad de literatura pero la influencia mayor que he tenido fue a través de mi padre: su conocimiento de la literatura oriental me ayudó a llegar a las raíces de todo.
 En el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, donde estudiaba la secundaria, hubo un concurso de poesía y declamación por el día del maestro, y mi hermano Jorge, que era el que escribía, me dijo:
—Participa, yo te escribo el texto.
Escribió una prosa de una cuartilla y media, y me ordenó:
—¡Mándalo al concurso!
—Tú no puedes participar, es sólo para estudiantes —le dije.
—Lo sé, mándalo con tu nombre —me respondió.
Me negué a hacer eso, era una farsa. Sin embargo en la casa mi mamá y todos insistieron en que lo enviara porque yo, por estar en la escuela, podía concursar y Jorge no. Así que acepté con la condición de hacerlo con seudónimo: Jaisab, que tenía las primeras letras de mi nombre y apellido. El poema se llamaba «Fugas», hablaba de amor, ¡y salió premiado con el primer lugar!
Así fue como a los catorce o quince años empecé a tomar en serio la escritura; me vi en la necesidad de hacerlo porque había ganado un premio sin haber escrito nada. Me obligué a escribir: ¡todo mundo esperaba lo que escribiría en seguida! No es que supiera que iba a ser poeta; en ese momento quise ser poeta. No creo en los poetas de vocación, creo en los poetas del destino, creo que la poesía es como una maldición o como una bendición humana que nos salva del diario morir.
Al principio, la poesía, para mí, era como un juego, no era la necesidad de la escritura, la cosa compulsiva de escribir; digamos que de alguna manera mis inicios en la poesía fueron espurios. Era decir: «Bueno, soy poeta y escribo», y escribía versos a la manera tradicional. Desde Tuxtla conocí las formas clásicas e hice poemas como ejercicios. De eso no me arrepiento. Lo he pensado siempre: cuando ya puedas escribir un soneto y esté bien hecho, entonces debes entrar al verso libre. Ningún poeta tiene derecho a menospreciar un soneto si no es capaz de escribir uno. En un buen poema debe haber mucha disciplina, trabajo, oficio y conocimiento, pero todo eso no se debe notar. Siempre se ha dicho que el poeta nace, no se hace, y yo siempre he pensado que el poeta nace pero además se hace, y se hace con base en el trabajo, la disciplina; con base en el rigor. Para aprender a nadar hay que echarse al agua y para ser buen nadador hay que hacerlo todos los días.

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Mi vida cambió enormemente en 1945 al estudiar en la Escuela de Medicina de la UNAM, que estaba en Santo Domingo, en el centro de la ciudad. Ésta fue mi mayor tragedia. Realmente considero que en esos años me hice poeta; ahí escribía como loco. En la universidad uno dejaba de ser Jaime y pasaba a ser un número de cuenta: 55096 era el mío. Iba a la Facultad de Medicina que estaba en la esquina del parque de Santo Domingo, justo en lo que era el antiguo edificio de la Inquisición, que para mí siguió siéndolo los dos o tres años que ahí estudié.

Es justo cuando estudio medicina que me hago poeta de verdad: en la hoguera o, digamos, en las brasas. Compraba unas libretas muy grandes, y no había noche que no me pusiera a escribir. Escribía páginas y páginas. Nunca salió un buen poema, desde luego. Pero sí agarré el oficio en esos años, porque escribía por necesidad. Cuando me sentí obligado a verme y hablarme de mí mismo, de mi gran soledad, de mis angustias, mis dolores, mis esperanzas, mis sueños, cuando sentí el contraste con la ciudad que me apachurraba todos los días en la escuela, me sentí poeta. Aunque, qué curioso, no escribí un solo poema bueno en esos años. Desde el principio tuve una gran conciencia autocrítica: me daba cuenta de que lo que escribía era a la manera de fulanito de tal y no de Jaime Sabines.
Estaba tan solo que comencé a leer muy en serio la Biblia. Era mi libro de cabecera, la tenía en el buró y acudía a ella buscando consuelo a la soledad, a la angustia, a los sufrimientos que uno tiene de joven. Yo no buscaba en ella un sentido religioso, sino el consuelo humano, por eso mis pasajes predilectos eran el libro de Job, el Eclesiastés, Salomón, los Proverbios, el Cantar de los Cantares, Ezequiel y los Salmos que son poesía pura, que hablan del dolor y la impotencia humanas. La Biblia que leía era la de los protestantes, la versión de Casiodoro de Reina, porque no te seduce los oídos como la de fray Luis de León, sino que te seduce el alma; y eso es peor. La influencia de la Biblia fue decisiva no en el sentido formal de mi escritura, pero sí en mi formación espiritual.
En un principio leí de todo. Mucha literatura rusa, en particular de Dostoievski, de quien hasta la fecha me encantan todas sus obras: Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo… Es el autor ruso al que más amo, incluso por encima de León Tolstoi. Una vez cayó en mis manos la primera novela larga que escribió, Humillados y ofendidos; la comenzó cuando tenía veintiún años. Pensé: «Me voy a decepcionar porque era muy joven, pero la voy a leer». ¡Qué va!, en la página veinticinco estaba llorando. Antes ya había leído a Balzac y a otros, franceses, rusos, alemanes. También al gran narrador William Faulkner, el único estadounidense modernista que siguió la tradición experimental de James Joyce. Faulkner fue un escritor muy influido por la Biblia y los Evangelios; ahí está su colección de cuentos Desciende, Moisés.
En esos años también encontré el maravilloso libro sobre el creacionismo de Vicente Huidobro y su teoría de hacer un poema como la naturaleza hace un árbol. Descubrí a Huidobro y a sus seguidores. Junto con él estaban Eduardo Anguita, Volodia Teitelboim, Pablo de Rokha, Ángel Cruchaga Santa María y otros grandes poetas chilenos, a los que lamentablemente la figura de Neruda hizo sombra y no fueron tan conocidos; pero eran muy buenos poetas.
Comencé a leer a otros autores que me hicieron abrir mis horizontes de la poesía latinoamericana en general. Leí a Edgar Allan Poe, a Walt Whitman y su Canto a mí mismo, Hojas de hierba, que nunca me influyó, me parecía demasiado oratorio. Lo contrario me sucedió con Charles Baudelaire. Encontré una versión de Las flores del mal que era pésima. «¿Qué porquería de libro es éste? ¿Cómo es posible? ¿Por qué es tan famoso este maestro?», me pregunté. Cómo puede hacer daño una mala traducción; es infame que traduzcan mal un libro. Un año estuve enojado con Baudelaire. Y al año siguiente me cae otro libro, Los pequeños poemas en prosa, y me maravilló. Entonces ya fui a buscar otro ejemplar de Las flores del mal, bien traducido; y me encantó.
También fue determinante para mí un libro de Aldous Huxley, La filosofía perenne, que era todo el pensamiento místico oriental. He tenido lecturas que me apasionan, como es el caso de Tagore, es uno de mis grandes maestros: me fascina por su sinceridad, por su ternura; posee un elemento al que yo aspiro: la profundidad de la poesía oriental. Lograrlo ha sido mi meta. Pero no podría decir cuál es el poeta que prefiero. Es una cuestión bastante difícil de responder porque amo a Shakespeare, a Goethe, a Dostoievski.
Amo a varios escritores que me dieron mucho. En la vida creo que uno llega a amar precisamente a aquellos con los que se identifica, que te dan pan y sal todos los días. Aquí en México, Juan Rulfo es un poeta aunque haya escrito prosa, cuentos, novelas: la poesía está más allá de la forma de un texto.

 

Estudié medicina tres años en los que sufrí horriblemente porque no quería engañar a mis padres; sobre todo a mi padre, quien, según yo pensaba, debía tener mucha ilusión de ver a un hijo médico. Pasaron tres años y no aguanté más. Hasta que un día que me fui de vacaciones a mi pueblo le dije al viejo:
—Voy a terminar la carrera, voy a traerte el título y lo voy a poner en la pared de la casa, pero nunca ejerceré la medicina.
Se lo confesé en medio de una tensión contenida por años. Él me oyó con mucha calma y me comentó:
—Hijo, no te preocupes. Si quieres, estudia otra cosa. Lo que quieras ser nos dará mucho gusto.
Fui a mi cuarto y me puse a llorar como un muchachito, a grito pelado, convulsivamente. «¿De qué sirvió tanto sufrimiento?», me dije.

En 1949 decidí volver a la Ciudad de México, ahora para estudiar la licenciatura en Lengua y Literatura Castellana en la Facultad de Filosofía y Letras, en ese espléndido edificio de Mascarones; y me sentí como pez en el agua, sabrosísimo. Ahí me quedé tres años y me puse a escribir como Jaime Sabines. Estaba feliz. Entonces comencé a escribir mi primer libro: Horal.
Cuando empecé, mi práctica era escribir un poema casi todos los días. Escribía por las mañanas, por las tardes me iba a la escuela, y en las noches me ponía a leer. Entonces era leer y escribir ya sin temor a las influencias, ya había encontrado una voz propia. Llenaba libretas, escribía a lo bestia. El poemario que se publicó no es ni la quinta parte de lo escrito. Las correcciones de mis poemas siempre fueron simultáneas al acto de la creación. Estoy escribiendo y si hay una palabra que debo sustituir, me doy cuenta inmediatamente. A veces, horas después de haber terminado un poema, cambio o elimino un artículo, una palabra, pero nunca releo para rehacer un poema. Siempre creí que sería inauténtico corregir un poema después de tres meses. Sería una labor intelectual que desvirtuaría la naturaleza misma del poema. El poema es un retrato. Si soy fluyente, cambiante, no tengo derecho a corregir al Jaime Sabines de hace tres meses o tres semanas. No somos el mismo. Lo único que solía hacer algunas veces era dejar reposar los poemas para, si era necesario, cortarles el cuello por completo.

Ya de viejo, muchas veces me han visitado jóvenes poetas y me preguntan qué consejo puedo darles. Siempre he recomendado dos libros: Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke, y la biografía de Goethe, Poesía y verdad. El mejor consejo que daría a un joven poeta es que hable de lo que conoce, de lo que tiene en sus manos, de lo que ya es vivencia para él; eso es un requisito indispensable: el poeta no debe andar inventando, la poesía no es invención, es un testimonio de la vida.


Autores
(Ciudad de México, 1966) es coautora, con Alejandro Toledo, del libro de entrevistas a escritores Creación y poder: nueve retratos de intelectuales. Obtuvo el Premio de Periodismo Rosario Castellanos. Actualmente colabora en diversos medios culturales, y creó la agencia de prensa y difusión Cultura en Bicicleta.