Tierra Adentro

Desde pequeña disfruté leer. En la primaria los momentos —desafortunadamente pocos— dedicados a la lectura en la materia de Español, eran mi parte favorita del día. Leía también en mis ratos libres, cada vez que podía y por las noches, cuando llegaba el momento de apagar la luz, pasaba lo que yo sentía que eran horas imaginando mis propias historias, construyendo detalladamente a los personajes, eligiendo el nombre justo para cada uno, su humor por las mañanas, la comida que preferían, sus miedos, el cariño que sentían por sus amigos, la hora del día en que sucedían las historias, cómo brillaba el sol. Todo. Dibujaba en mi mente cada detalle. Pero de pronto, no recuerdo por qué, dejé de hacerlo. Pasaron uno o dos años, entré a la secundaria en una nueva escuela y, como cada quien se las arregla con su adolescencia como puede, lo que hice fue sentirme miserable y regodearme en la soledad y el sinsentido, que según mi yo de trece años, determinaban mi vida. Pasaron tres años poco fructíferos, después, por una peculiar decisión de mis padres volví a mi antigua escuela a estudiar la preparatoria y ahí —no en la escuela pero sí en ese tiempo— conocí la poesía de Sabines. Debo decir en este punto que por cuestiones familiares siempre tuve una relación cercana con la poesía, aunque no era algo que me dedicara a leer por voluntad propia ni que me gustara sobremanera. Pero encontré en Sabines cosas que no sentía desde los días en la primaria cuando leía sin cesar o desde aquellas noches que pasaba despierta creando mundos diversos, y reanudaron su marcha dentro de mí. Casi puedo escuchar ahora, haciendo memoria, engranajes dando vueltas reactivados por los versos, dando vida de nuevo a una maquinaria infinita y luminosa en alguna parte del cuerpo que me forma. Aunque la luz, he de confesar —más allá de lo maravilloso y entrañable que me parece ese recuerdo y de la capacidad de Sabines de hacer crecer soles, árboles, aves y abismos dentro de uno—, provenía en parte de la pantalla de la computadora, porque, como buena millennial, descubrí al poeta chiapaneco navegando en internet. Encontré un blog con el poema «Me dueles», y comencé a leer:

Mansamente, insoportablemente, me dueles.
Toma mi cabeza. Córtame el cuello.
Nada queda de mí después de este amor.

 

Desde los primeros versos muchas cosas hicieron corto circuito: llegó en el momento justo a nombrar lo inefable, a darle forma al pequeño caos que era mi vida a mis quince años. Pero también llegó a sentar las bases de mi futuro profesional, tanto en el ámbito de la creación literaria como en el académico, porque lo siguiente que hice después de leer y releer durante días el tesoro que acababa de descubrir —y que ahora sentía más mío que nada en el universo— fue sentarme a escribir versos. De nuevo me sentí capaz de crear mundos. Cambié las historias de la infancia por poemas tristes y dolorosos, aunque siempre fallidos, y no me refiero a lo malos que sin duda eran, sino a que no acababan de traducir la experiencia que me inquietaba; yo era consciente de ello, así que comencé a buscar a otros poetas y a darme cuenta de que las posibilidades eran infinitas. Sabines me abrió puertas, ventanas y construyó puentes por los que hasta ahora transito. Me cuesta hablar de mi quehacer poético, pero puedo decir, sin temor a equivocarme, que hay una gran influencia suya en mi trabajo. Quisiera decir que ya no, pero permanece ahí. Digo que me gustaría hablar en pasado porque lo único que he logrado intentando escribir a la manera de Sabines son poemas cursis llenos de lugares comunes. Claro, porque luego de empezar a escribir versos, llegan los talleres y con ellos la vuelta a la realidad y la noticia de que todo, al final, es trabajo duro y se deja entonces de idealizar el oficio de 
escritor. Afortunadamente, con el tiempo
me he vuelto consciente de que salir de la zona de
 confort y evitar los tan famosos y odiados lugares comunes, y reinventarse y emprender búsquedas continuamente vale la pena. Y eso me lleva a la segunda idea: creo que la influencia de Sabines en mí se transformó poco a poco. Cuando comencé a escribir había en mí algunas intuiciones oscuras que ahora son claras obsesiones que determinan mi creación, indagaciones y dudas que hacen más claro mi estar en el mundo: la relación del cuerpo y del amor con lo sagrado, ¿existe tal cosa?, y si existe, ¿bajo qué términos lo hace? Creo que en Sabines hay mucho de eso y creo, también, que de alguna forma algo en mí conectó con eso cuando comencé a leerlo. Un ejemplo son las menciones a Dios: «un viejo magnífico que no se toma en serio […] bastante torpe con las manos». A mí, que tuve una tediosa educación católica tanto en casa como en la escuela, no me interesaba leer ni escribir de ese dios todopoderoso del que oía siempre a mi alrededor y al que todo el mundo aseguraba conocer. Pero Sabines parecía saber de qué iba la cosa, y con ese dios suyo desenfadado y al alcance de la mano sembró en mí una inquietud que no me abandona y a la que mi creación poética intenta dar forma. Sucede igual con el cuerpo y con el amor: lo que a su planteamiento del dios le falta de sagrado se completa con estos elementos. Dice el poeta: «Se trata de mi cuerpo al que bendigo […] el que ha de darme todo» o «Eres como un milagro de todas horas». En su poesía el cuerpo, la carne, lo humano son consecuencia de lo divino y vehículo para alcanzarlo al mismo tiempo, son eslabones de una cadena que le da sentido y nombre a lo inefable.

Eso me enseñó Sabines, por eso después de leerlo compré un libro suyo, y luego más, y llevé durante mucho tiempo sus letras en el bolso a todas partes. Y creo que no soy la única, si bien es difícil crear un panorama y clasificación de la obra de poetas nacidos en los noventa —creo que aún es muy pronto—, sí podría meter las manos al fuego porque todos, casi todos, pasamos por Sabines y de diversas formas dejó marcas indelebles. Porque somos nosotros los amorosos, somos los que «no encuentran, buscan»; buscamos siempre y caminamos y escribimos, «aunque la muerte nos fermente detrás de los ojos».