Tierra Adentro

Por muchos años he caminado sin prisa, saltado, paseado, corrido y echado un vistazo al Belfast que aparece en la obra de Ciarian Carson. Incluso tomé el autobús un verano con la esperanza de encontrarlo; deteniéndome en el Ulster Museum para ver los grabados biográficos de John Kindnesses, Belfast Frescoes, los cuales inspiraron el texto de Carson. Por desgracia estaban en préstamo en ese momento. Obviamente nunca encontré el Belfast literario; se hallaba donde siempre: en el librero de un departamento en Dublín. Sin embargo, Carson estaba aquí; lo vi sentado en una mesita del John Hewitt Bar. En ese momento me encontraba tan intimidado que fui incapaz de acercarme a él. Dejé la ciudad a la mañana siguiente.

Como verán, nunca hablábamos sobre Belfast en casa. Nada de Sinn Féin o del SDLP, nada del Acuerdo Sunningdale, ni las cinco demandas de la Huelga de Hambre de 1981, mucho menos de las desapariciones forzadas. En cambio, Sky News nos transmitía la primera Guerra del Golfo; a un Norman Schwarzkopf en pantalla con sus botas diseñadas para el desierto, rodeado de un bosquecillo de jóvenes soldados atentos a él.
Después descubrí a Carson:
 
Tan pronto como el escuadrón antidisturbios se instaló, llovieron signos de exclamación,
Tuercas, tornillos, clavos y llaves de coches. Una fuente de tipos móviles rota. Y la explosión
Ella misma –un asterisco en el mapa. El guión, una ráfaga
de fuego rápido…
Belfast Confetti»)
 
Este confeti de tuercas, tornillos, tejas, signos de exclamación y notación en staccato, explota de la página cada vez que se abre el libro. Carson nos ofrece la ciudad, nos alimenta con su traducción de ella, «danos hoy nuestra lectura de cada día». Su urbe literaria bordea las fallas geológicas y quema las calles de Belfast, toma curvas cerradas y accesos escondidos, recónditos. Confiamos en él. Tenemos que hacerlo, pues es el único que puede llevarnos de vuelta a casa. ¿Me entienden?
 
Te vieron
de nuevo. No. 100. ¿Dónde es eso?
Una vez más, ¿dónde vives?
¿Dónde vives ahora?
¿Dónde es eso?
Sí, sé que no está ahí más.
Sólo dime qué estaba ahí.
Te vieron.
Question Time»)

 
Puedo imaginar un interrogatorio similar a William Tyndale en 1536 luego de haber sido arrestado por herejía. Su crimen fue la traducción que hizo de la Biblia, del hebreo y griego al inglés. Tyndale, asesinado por estrangulación y quemado después, claramente fue un filólogo ejecutado por decisión propia. Cierra el prefacio de su Pentateuco reconociendo que podría haber errores en su trabajo; de hecho alienta a destruirlo si alguien encuentra una error en él.
Aunque los católicos españoles tenían una Biblia vernácula en castellano desde 1569, no fue hasta el Segundo Concilio Vaticano de 1965 que se permitió celebrar misa en dicho idioma. El Concilio también norma que el sacerdote oficie frente a sus feligreses sin darles la espalda, versus populum, hablándoles con un lenguaje que comprendan. Muchos poetas irlandeses nacidos en los cincuenta y los sesenta, entre ellos Carson, citan la misa en latín como la primera música que llamó su atención; es decir, la melodía que impulsó y sedujo su oído poético. A partir de ahí muchas generaciones obtuvieron el sentido litúrgico, pero perdieron la musicalidad de éste.
La traducción es un asunto quijotesco, resulta común perderse en el mundo fantástico del sonido, equivocarse y, en mi caso, pedirle al barman otro beso en lugar de otro vaso —o como sea que se llame en lo que estaba bebiendo—. Atraído por la calma de los molinos, acercándome tanto como me lo permiten las hipnóticas astas, imagino a un gordinflón Sancho Panza montando con un par de volúmenes de María Moliner en cada costado de su burro y el diccionario Collins español-inglés en su espalda. El traductor es un caballero andante fuera de sí que cabalga de cabeza entre la inmensidad de la poesía española y latinoamericana.
Quizá está lloviendo y uno se encuentra en un aguacero extranjero, o mejor, una tormenta, como Juan Gelman lo sugiere en Bajo la lluvia ajena; silenciado por el exilio, con una mandíbula migrante que, dislocada, está en otro país. Traducir los poemas de Gelman me ha sumergido una vez más en los demonios de mi propio exilio; la sopa que frecuentemente apaga el silencio. Así que me tambaleo hasta la experiencia que el poeta tuvo a propósito de la dictadura argentina. En el poema VII se pregunta: «¿Hasta dónde este exilio exterior coincide con otro más profundo, interior, anterior? ¿Hasta dónde los idiomas extranjeros, la ajenidad de rostros, voces, modos, maneras, encarnan los fantasmas que asediaron mi propia juventud?». «Asediaron» contiene la palabra sed. Bajo el duro sol español, será la sed lo que baje el puente levadizo; mientras, el inglés sedentario luce felizmente descansando.

No puedo decir qué eran esos demonios de los que habla el poema VII; pero una cosa es cierta, el traductor debe confiar en no ser él mismo. Debe aflojar su lengua y enredar la boca alrededor de las palabras, tan extrañas que ya lo han convertido en alguien más. Debe perderse tanto en otro idioma que sólo el oído del Quijote y la robustez de Sancho puedan ayudarlo a volver a su lengua materna con un cuento bien narrado, con un camino que seguir.

*Traducción por Pedro Montes de Oca


Autores
(Irlanda, 1975) es poeta y traductor. Textos suyos aparecen en The Trinity Journal of Literary Translation, The Irish Times, The SHOp, The Stinging Fly y Cuadrivio.

1

Arriban salvajes los distintos climas un pensamiento demasiado extenso como para vivir en él

De este lado del invierno mi propio condensario produce sal

Voy a pensar en esta línea como un pasillo escarchado encadenado y confinado

Y caminar en silencio el golpeteo de ganchos es el único sonido

Ahora aquí un paño para descansar tu cabeza mi aliento húmedo como una flama

3

Levántense alas o han sido oscurecidas

llegadas se empujan orgullosas. invierno o manos proyectando

sombras, (dime) cómo tú. clavado

aún respiras. caminas

4

En estos días el invierno se ciñe alrededor del corazón o de los dedos

prescindiendo de sutilezas y de etiqueta simplemente atrapa

tan desnudo como a él le gusta te tira y sopesa

Me agrada pensar que lo deseco por completo hasta

la actual sumisión cuando el viento refrescaba al igual que los días


Autores
(Londres, Inglaterra, 1962) es poeta y crítica. Es autora de Occasionals, Wracks y Mother Blake. Poemas suyos han aparecido en los libros de Reality Street Book of Sonnets, Infinite Difference: Other Poetries by UK Women Poets, y The Ground Aslant: An Anthology of Radical Landscape Poetry. Su trabajo como crítica incluye The Cultural Work of Empire: The Seven Years’ War and the Imagining of the Shandean State (2007).

Rey de la nieve

la niña jorobada finalmente me alcanza en aguas negras lavando naranjas hacia la cueva vaga, comiéndose un pastel de gelatina amarilla

en una barranca seca los huesos hacen polvo naranja que el viento deriva en palabras el limonero se perfila hacia la niña hacia sus niños

un limón explota la pus naranja coagula dos elementos que forman una mano torcida de huesos que da a la niña un mensaje

La historia retratada por modelos de trabajo de tamaño natural

voltea la casa dentro de límites de riesgo rebana la guerra por la parte superior

en la república checa los árboles contribuyeron a doscientas muertes en el camino el año pasado

come una mierda de filete o tus agroproductos serán lujos para nosotros

¿un poco más de mercurio en tu miel de maíz? lees papel moneda en un horno

Pirofónico

la medida siempre regresó sin creer que la gente en la mesa de junto atraída por el pathos causado por el recuerdo se estrellara en una roca la experiencia de esto es un ideal hecho para asomarse dentro de otro

artículo costosamente tapizado para definir a los definidores en nieve anticipada un caso de producción en masa incluso al precio de la servidumbre sombreado en ventanas de papel blanco rompiendo la monotonía de la superficie

*Traducción por Rodolfo Mata


Autores
(Londres, Inglaterra, 1938) es autor de más de cuarenta libros. Sus poemas han sido traducidos a muchos idiomas. Fue incluido en la antología 49 Poetas Británicos.

la manera en que ese hombre usa la música mexicana para matar en un solo día lo que urdió en una vida

la manera en que ese hombre usa a los negros la manera de usar un cáliz muy simple como un arma para matar ansío usar la excelsa poesía de los otros (nótese la gran congoja) que mi puñado de lectores no han leído aún para poner de moda mi propia temporada entre el agua y el manantial cubierto de escamas

un hombre se paró frente a mí soy demasiado magnífico para ser conocido mejor dicho, des-conocido

el sonido del cuerpo humano cayendo sin resistencia de cinco pies de altura sutil, es algo sutil

los jornaleros viven cada día del año alrededor del tarro de cerveza en el que nuestro sindicato se desangra haciéndolo más difícil para ellos

honestamente, el ser empujado por aquellos rapados es un honor, un verdadero honor notaste la desproporción en el número insólito de enormes individuos que son el cuerpo del policía

somos afortunados de que conozcan el confucionismo y que nuestros grandes poetas universitarios sientan cara a cara la verdadera esencia de la pobreza y la violencia

cuando dios los bendice a la mierda la droga

las invasiones de Inglaterra instigaron una cultura de invasiones a la que le crecieron ramas

y así los fantasmas en las casas de la política mundial esperando un pollo en el horno

en el fondo del río tan lleno de peces es difícil alcanzar a entender el sentido los labios superiores ofendiendo accidentalmente

mi enemigo es mi amor eso no tiene nada que ver con México con las coladeras humeantes de la ciudad seca y la riqueza

es momento de poner a un lado los juguetes inofensivos y comenzar el truco visual de bajar las escaleras donde no hay escaleras porque esto es un ensayo para la tumba

es aceptable mirar a una mujer en el vagón lleno y coquetear con Lila tan sólo catorce años de visita

es amargo encontrarse con la despedida la playa ensanchándose en un océano rojo la arena contaminada con alambres de púas y muerte

*Traducción por Amanda de la Garza


Autores
(Truro, Inglaterra, 1983) es poeta y artista marcial. Ha sido comisionado por sus trabajos originales de poesía, arte sónico, arte visual, instalación y performance por la Galería Tate, la London Sinfonietta, Electronic Voice Phenomena, Penned in the Margins, la Liverpool Biennale and Mercy. Es curador del proyecto Enemigos.

(interludio) 1

jo jo john dowlands qué grueso te ves / qué gruesa la gola que te engola / o john dowlands qué suave disfraz / hermoso john dowlands gran pertinaz entre a la ene perennes / me acecha en mi pieza / por la ventana derecha / vete ya john dowlands ya vete / ridículas suenan tus manos sin mácula / el rey de españa todo un tedio en esos tus brazos de negro / ergo john dowlands jo jo las luces prendidas / este año sin prisa no vuelvas triunfal/ tal cual y triunfal veloz tú john dowlands viaja a la de ya por tierra baja continental / es ornamental en los fastos de taverner es el más largo su largo laúd / tan triunfal veloz tú john dowlands viaja por tierra de labranza continental / john dowlands por qué tan largo el laúd / jo jo ordinario john dowlands/ jo jo solitario john dowlands

(interludio) 4

a todas las damas solteras de la polifonía hasta pronto / tallys ha muerto oh dios mío hombro con hombro por las calles quién como F’umth hubiere o hubiese / yo hubiere tu hubieses él ella o ello hubiese sido F’umth / acaso nosotros o joan bramando de sílaba en sólida sílaba / por favor ve despacio pues la música se apaga & yo me disuelvo / doctor doctor creo que soy cierto organista inglés de la familia tudor no no es cierto eres un pobre poeta norteamericano no no es cierto tampoco soy enrique octavo sin órganos / o soy joan retallack / acaso tú el de la voce flebile me hiciste esto a mí en tu escala cuarenta y nuevile en un motel haciendo eso en un tris cual hombre feliz / o acaso pensaste que todo yo el arzobispo parker era el mismísimo parker & los chicos meones ni siquiera me agrada thomas tallys aquí y sin música puesta / pero sí y mucho cuantos chicos meones atravesaren mi camino / ahora en la boca / de nuevo joan / o no lloréis ojos míos quién como F’umth // hubiere / hubiese

(interludio) 5

con mi reloj de thomas morley puesto déjenme / decirlo y sí claro a thomas morley parécese / relojes de isabelinos ilustres dándoles cuerda los lunes de ferrabosco nunca de los nuncas oí hablar es allá por los 1590 / y a la tercera campanada ya será 1600 / bong / la escuela inglesa del madrigal es encantadora & fresca / bong / golpetea el atemporal william blitheman cinético john wilbye al reiterar dick edwards risa & risa / no hay que olvidar a robert johnson proclive a la cuestión complicada robert johnson / bong / cuya alarma a campanadas de thomas morley «estoy harto de escribir —repiquetean— de los hombres/ la escuela del madrigal inglés está muerta» / con tu brazalete de amor de la condesa de pembroke ni un solo maldito movimiento / los nervios me pones de punta como la llegada de abba ése soy yo que voy a mi desnuda cama a escuchar más y recordar más / en realidad debo ya a thomas tallys sonar

*Traducción por Pura López Colomé


Autores
(Singapur, 1966) publicó Assarts y editó The Reality Street Book of Sonnets. Enseña escritura creativa en la Universidad Roehampton, en Londres.

La televisión es una cosa difícil. Si antes sólo había que estar atento a HBO y una que otra serie en uno que otro canal, la Era Dorada® ahora nos pone a vigilar lo que salga en cualquier estación. Una buena serie puede salir de cualquier lado. Ahí está Vikings de History Channel, ahí vemos Empire en Fox (tal vez más fenómeno que buena, pero buenísima para lo que es), ahí nos cae todo lo que avienten Netflix, Amazon, Hulu y hasta PlayStation Network. ¿Es justo así enlistar «Lo Mejor del Año» en Televisión? ¿Qué hacer si unos y otros consideran —justamente— ver lo mejor, pero nadie comparte la misma programación? Nos ahogamos en recomendaciones.

Por agosto, The Week nos avisaba de 63 shows para ver en 2015. Al concluir el año, FX Networks contó en Estados Unidos 409 series de televisión originales entre cadenas de transmisión abierta, cable y servicios en línea. Hubo 33 series más que en 2014, casi el doble de las que tuvimos en 2009, cuando las únicas preocupaciones colectivas eran Mad Men y Lost. La TV norteamericana, nos dicen, llegó a su máximo. Y no contamos las producciones nacionales (si es que alguien todavía les pone atención) ni lo que hacen Europa, Sudamérica y demás.

Hay mucha televisión, se ha vuelto una cosa difícil. Al final, celebraremos lo que apenas alcanzamos a ver. Y enlistar «Lo Mejor» no es justo pero es tradición. Aquí van diez series y diez capítulos que fueron obligatorios en 2015. Fans de The Walking Dead, aléjense.

The Leftovers (HBO)

Debe ser Damon Lindelof el responsable de la forma: la desventura de un personaje por episodio, un evento quizá sobrenatural que atormenta a todos los protagonistas a lo largo de la temporada, acciones sin sentido que terminan por tener cierta lógica al final, imágenes que quedarán a la interpretación personal para siempre, como la escena que abre el primer episodio y parece no estar relacionada con la historia. Lindelof, que estuvo detrás de Lost, decidió alejar la serie de la novela original de Tom Perrotta (también productor del show) cambiando el intro, el escenario y sumando personajes, manteniendo la tristeza, neurosis y desesperanza que The Leftovers desborda. Capítulos como «No room at the Inn» e «International Assassin» son joyas ejemplares del standalone, muestra de lo que aquí enfrentamos: ¿qué podemos reclamar si no sabemos qué se puede y qué no?

The Americans (FX)

A estas alturas ya es lugar común decir que The Americans es «el mejor show que nadie ve». Porque de verdad es el mejor show que nadie ve. La producción de Joe Weisberg y Joel Fields para FX ha logrado tres temporadas con poca audiencia —la última registró su episodio final menos visto— pero con mucho querer de la crítica y del televidente que reconozca un buen drama de espías rusos en Estados Unidos durante la Guerra Fría. Cada capítulo es una chin-go-na labor de dirección, edición, actuación y escenario. Hay tomas que merecen ser estudiadas por su composición, escenas de acción o tensión armadas con elegancia y un complejo contexto político que nos hace revisar Wikipedia para entenderlo. Tres razones hacen la temporada memorable: Keri Russell, Alison Wright (Martha, esa situación tan completa) y «Do Mail Robots Dream Of Electric Sheep?».

Show me a Hero (HBO)

Cuando se habla de política en series de televisión, de un lado está Aaron Sorkin, por ahí en medio House of Cards o las comedias de Armando Iannucci, y del otro está David Simon. Show me a Hero es una miniserie escrita por el creador de The Wire y William F. Zorzi —compañero periodista de Simon—, una adaptación del libro homónimo que cuenta el conflicto racial-económico-político vivido en Yonkers, Nueva York, a finales de los ochenta y durante los noventa por el proyecto de construcción de viviendas públicas en zonas de la clase media. «The projects», espacio de pobreza y crimen, era un escenario-personaje en el show sobre Baltimore, acá es un monstruo con mayor trasfondo. Paul Haggis dirige los seis episodios que siguen la mediana carrera política de Nick Wasicsko (Oscar Isaac), espejo de una clase que asciende por la esperanza y se desarrolla entre el repudio, como nos muestra una de las mejores obras de David Simon, ese retratista de nuestros tiempos. Menciones honorificas: la escena final del segundo capítulo y la explicación de la política como una adicción por el borracho personaje de Winona Ryder. ¿Es lo mejor de Simon desde The Wire?

Mr. Robot (USA)

Influencias de Kubrik, Aronofsky, Lynch, Scorsese y Fincher. Tiene además algo de Breaking Bad, Girls  y Blade Runner, dice Sam Esmail, creador de la serie. Pero Mr. Robot es más que la suma de sus influencias; esta historia de un hacker que se involucra con un grupo anticorporativista; es una pieza memorable de cinematografía. Ya desde el primer capítulo su protagonista, Elliot Alderson (Rami Malek en papel de desagradable angustiado), se pregunta constantemente si está loco; el show crea trama y tono alrededor de su duda y nunca deja de ser entretenido intentar adivinar qué es real. (Spoiler: aquí un supercut que nos ayuda a aclararlo). «This is a delusion. Is this a delusion? Shit, I’m a schizo». ¿Lo mejor del show? Un trato apropiado al lenguaje del hacker, su cuarto capítulo y el título de sus episodios: eps1.0_hellofriend.mov, eps1.3_da3m0ns.mp4, eps1.5_br4ve-trave1er.asf, etcéteras.

Fargo (FX)

En 2014, Fargo y True Detective fueron muestra de las nuevas series de antología en las que cada temporada contaría una historia distinta usando nuevos personajes. (La vieja serie de antología, como Black Mirror o The Twilight Zone, cuenta una historia diferente cada capítulo). En su segunda entrega, True Detective fue algo incomprensible con pocas cosas rescatables. En su segunda entrega, Fargo fue en realidad una precuela llena de referencias —entre música, diálogos e imágenes— a los hermanos Coen, una saga violenta, narrativa y visualmente satisfactoria. Noah Hawley entregó otra digna adaptación de la película de 1996, conservando el estilo peculiar del lenguaje (yeah!), la atmósfera y sus actuaciones. Olvidemos los roles principales de Kirsten Dunst y Patrick Wilson, celebremos los personajes establecidos con más estilo que dimensiones, casi icónicos desde su primera aparición: Mike Milligan (Bokeem Woodbine, recuérdenlo) y los Kitchen Brothers, toda la familia Gerhardt, Hanzee (un Zahn McClarnon que crece conforme se mueve la serie) y Karl Weathers (Nick Offerman sacudiéndose todo rastro de Ron Swanson). Además, es la serie con las mejores introducciones cada episodio; «War Pigs» de Black Sabbath nunca ha tenido un mejor uso.

Hannibal (NBC)

Con su gore, estética de difícil apreciación e inicios como show policial genérico, el thriller psicológico de Bryan Fuller —nombre maldito por sus series incompletas— no tenía forma de sobrevivir en un canal de televisión abierta como NBC. Aun así, nos entregó algo único en su temporada final. El adjetivo no es gratuito: nada este año se acercó o siquiera intentó algo como el estilo visual o la estructura que Hannibal tomó ante su inminente cancelación. La serie «perdió su mente», cayó en lo avant-garde, aplaudió la audiencia. El canibalismo nos puso a prueba con capítulos llenos de diálogos extraños, violencia hipnótica y momentos rarísimos hechos para lo contemplativo.
Spoiler. La escena final, un homicidio en colaboración/amor consumado entre un asesino serial y su perseguidor, será por un rato el broche de oro para NBC, la cadena que hoy no interesa aunque nos llegó a dar The Office, 30 Rock, Community y Seinfeld. Fin del spoiler. ​

BoJack Horseman (Netflix)

«Sé que quieres ser feliz pero no lo serás. (…) Naciste roto». «Algo adentro de ti está roto y nunca puede ser arreglado». «No puedes escapar de ti». Eso lo escucha un caballo de su madre, su jefa y de una cierva que es su interés romántico. BoJack Horseman es una animación ridículamente triste. Y comparado a un gag de sillón en Los Simpson, no es un trabajo de animación sobresaliente, pero es una dramedia modelo, ejemplo de nuestra Era Dorada de las Caricaturas. (Steven Universe, Gravity Falls, Rick and Morty, Archer y South Park destacan en una mejor lista que esta). Will Arnett da su voz a BoJack Horseman, un caballo actor que alcanzó y vio morir su fama en los noventa y ahora lucha por entender su tristeza e insatisfacción, camino que esta temporada siguieron casi todos a su alrededor. «¿Por qué me ayudas?», llega a decir un personaje. «Porque mi vida es un desastre y compulsivamente atiendo a otros», le responde una gata. Todos aquí luchan contra su patetismo, nosotros mientras reímos. Y qué hermosos créditos iniciales.

Better Call Saul (AMC)

Entre autoreferencias escondidas y la composición de escenas para ser interpretadas como símbolo de algo más, que bien pueden ser nada más escenas bellamente arregladas, existe un juego entre Vince Gilligan y los fans de su trabajo. Breaking Bad lo tenía, en Better Call Saul continúa, aunque pueda exagerarse. Estas cosas no importan: el que sea desinteresado de mensajes ocultos hallará un enorme spin-off, o un drama donde cada toma de cámara es cuidada en detalle, el reparto es de talento comprobado y donde la historia sólo va en ascenso. Ver a Jimmy McGill (Bob Odenkirk) avanzar o caer hasta convertirse en el robaescenas, Saul Goodman es tan intrigante como ver el pasado de Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks) que ya merece spin-off del spin-off. Odenkirk y Banks son actores de altos vuelos, Gilligan uno de Los Auteurs de la televisión, en Better Call Saul no dejamos de comprobarlo. Guárdese «Five-O» para la posteridad, el episodio de Mike que nos merecíamos.

Daredevil (Netflix)

​​¿Qué esperamos de un show de superhéroes? Madrizas (no peleas: madrizas), un nivel respetable de acción, un villano que se incline razonablemente al mal, la constante derrota y superación de las desgracias por el héroe, compañeros que como mínimo no sean molestos si no pueden ser interesantes, diálogos no exageradamente ridículos, actuaciones y cinematografía de cualidades decentes. Atendidas las demandas, variaciones sobre el canon se permiten. Flash, Gotham, Jessica Jones, Supergirl, Agents of S.H.I.E.L.D. o Arrow medio cumplen lo que Daredevil realiza con satisfacción del espectador. Si se recuerda que el género Serie Live-Action de Superhéroes fue por años difícil de mostrar con dignidad en la televisión (contamos, por agarrarnos de algo, a Buffy, al Batman camp de los sesenta, Smallville y una que otra adaptación menor), tenemos que reconocer las coreografías y logros con la cámara en la serie de Netflix. Lo que ahora debe ser exigencia en este tipo de shows son escenas como el plano secuencia al final del segundo episodio, un tributo a Oldboy de Park Chan Wook que no tuvo igual en el año. En la televisión, Daredevil es cúspide de su especie con esta primera entrega.

Man Seeking Woman (FXX)

Lorne Michaels (Saturday Night Live, 30 Rock) produce esta adaptación del libro The Last Girlfriend on Earth de Simon Rich, creador de la serie, un discurso cómico exagerado sobre las relaciones sentimentales. Exagerado: la hipérbole es la herramienta de Rich para dejar claro que ser abandonado por la novia es devastador. Esta comedia de FX (que seguramente terminará de culto como sus otras tantas) es un ir y venir de situaciones surreales, al nivel de los mejores cortos digitales de SNL. La siguiente pareja de la exnovia de Josh (Jay Baruchel) es Hitler, la siguiente persona con la que Josh intenta salir es un troll, una boda donde Josh se encontrará a su ex es en el infierno. Situaciones similares en la vida real, descritas entre amigos, suenan absurdas, en Man Seeking Woman ocurren literalmente. LouieMaster of None, que pudieron ocupar este lugar, se acercan al mismo tema con más pathos que chistes, hoy elegimos lo estúpidamente hilarante. Vamos a quedarnos con «Teacup», noveno episodio, donde se cambia al protagonista con una mujer para mostrar grandes verdades con lo ridículo: para todos es difícil dejar de estar solos.


Autores
(Guerrero, 1987) es periodista y reside en la ciudad de Xalapa, Veracruz. Curioso por la televisión, disfruta escribir sobre ella.

Dos meses después de conocernos y de prácticamente vivir juntos, Irina seguía guardando su cepillo de dientes en el bolso. Laveía meterlo en su estuche y en seguida escuchaba el cierre largo de la maleta deportiva donde llevaba su ropa, el desodorante, los zapatos negros de tacón alto. Me parecía una viajera perpetua a punto de emigrar hacia otro mundo, incómoda, incapaz de adaptarse en el tiempo y el espacio. Sentía entonces una nostalgia muy dulce y me daban ganas de ir a abrazarla por la espalda para retenerla, pero no lo hacía porque sabía que ahí estaría otra vez por la noche o a la noche siguiente, con la maleta llena de ropa limpia y zapatos cómodos para pasar juntos el fin de semana.

Supongo que me gustaba su desapego. Me resultaba estimulante buscar algún flaco pretexto para ir por ella a la universidad, persuadirla para que pasara la noche conmigo o zozobrar a la espera de un mensaje suyo. Ambos sabíamos que aceptaría quedarse en casa, que me convencería de comprar para la cena algo de lo que yo no tenía antojo, pero que acabaría comiendo hasta limpiar el plato, y que ella cedería para que viéramos algo que decía no gustarle, pero que no dejaría de comentar con el fervor de quien critica la vida de sus parientes. Supongo que nos gustaba jugar a las incertezas, ir saltando de un día al siguiente como quien busca conchitas en una playa, a salvo de los grandes planes.

Su presencia en la casa se ceñía a las márgenes de una caja. Una caja de cartón, común y corriente, abollada de las esquinas, pegoteada con cinta canela. Simple. Imperfecta. Debió rescatarla de alguna mudanza, porque en uno de los costados tenía escrito en marcador negro la palabra «loza» y la palabra «frágil» y una flecha que apuntaba hacia arriba.

Entiendo que la caja era una cosa útil. Servía para que Irina guardara las partituras, las notas de la escuela, los cables, la bolsita de los lápices. Recargaba el clarinete dentro, a falta de un soporte más adecuado, un soporte de metal con patas de goma y ganchos forrados en terciopelo negro que abrazaran con delicadeza el clarinete. Hace poco lo vi en la vitrina de una tienda de instrumentos musicales y pensaba regalárselo en su cumpleaños.

Sé que era una consideración hacia mí y mi afán por el orden que Irina guardara sus pertenencias en aquella caja, en lugar de desperdigarlas por toda la casa. La verdad es que resultaba muy práctico arrastrar un solo bloque del estudio a la sala, y de la sala a la mesa del patio cuando practicaba o guardarla debajo de la cama cuando llegaban mis amigos a tomarse una cerveza con nosotros. Entiendo que la caja era sólo eso, una caja. Sin embargo había más. Necesariamente debía haber más.

Irina se levantaba por las noches. La escuchaba arrastrar la caja al lado del sofá y quedarse en silencio. Yo trataba de no darle importancia y volvía a dormirme, pero a veces me quedaba despierto pensando qué era lo que hacía, si contemplaba una foto, un objeto valioso o visitaba un recuerdo. Desaparecía frente a la caja abierta como si la caja tuviera poderes mágicos y redujera a Irina al tamaño de una muñeca para tragársela y perderla en un laberinto sin entrada ni salida. Rato después volvía a la cama, me abrazaba y yo me hacía el dormido.

Por la mañana, mientras tomábamos café, le preguntaba si había descansado bien y ella respondía que sí, que había dormido profundo y de un tirón. Mientras tanto yo veía que la caja había avanzado unos centímetros hacia el centro de la sala, se asomaba tímida debajo de la mesa, como un animal huraño, encimadas con pudor las hojas de la tapa. Irina se acuclillaba junto a ella y la abría sin temor a que viera lo que había dentro, sacaba con desparpajo las cosas que usaría ese día, para volver a encimar las cuatro pestañas y regresarla a su lugar con la punta del pie.

Me hubiera gustado que alguna vez Irina me hablara de su insomnio. Que naciera de ella abrir la caja para mostrarme un puñado de hojas emborronadas y me dijera que aquello era el borrador de un proyecto irrealizable que la perseguía desde hacía meses. Una música de sonidos imposibles que no podía ser cifrada en notas. El relato de una anécdota de infancia. Pero Irina hablaba poco. Reíamos mucho, nos divertíamos, decíamos las cosas que hay que decir para llevar entre dos el ritmo del tiempo, sin embargo, cuando se trataba de hablar, guardaba las palmas entre las piernas y emparejaba los labios. Al principio me sentía obligado a llenar el silencio mientras ella asentía con presteza. Luego me di cuenta de que no hacía falta llenar nada. Era una mujer simple. Sus palabras no guardaban intenciones ocultas, no había juicios, ni críticas, no había expectativas, no había resentimiento. Nos deslizábamos de un día a otro y de una semana a la siguiente con la suavidad de un trineo sobre una cama de nieve.

Luego ocurrió el accidente con el metrobús. Me enteré demasiado tarde, mientras estaba comiendo con Margarita y con Selene en un restaurante de chinos. Sonó mi teléfono y era su número, lo que me pareció muy raro porque casi nunca llamaba y menos a la hora de la comida, de modo que contesté, pero no era su voz, sino la voz de una muchacha que dijo llamarse Rita, era amiga de Irina, había estado con ella cuando sucedió el accidente. Llamó a los paramédicos, subió con ella en la ambulancia, le entregaron sus pertenencias en el hospital y fue así como pudo localizar a los familiares y ahora me llamaba a mí, que estaba en aquel gabinete verde, en un restaurante de chinos, frente a Selene y Margarita que vieron con preocupación que algo malo acababa de suceder.

Ilustración por Abril Castillo.

Ilustración por Abril Castillo

Quise salir de inmediato, pero Selene y Margarita y el chino junto a la vitrina del pan me detuvieron. Ellas pagaron la cuenta. El chino tardó en cobrar lo que me pareció una eternidad, mientras que ellas trataban de hacerme entrar en razón para que no me subiera a mi coche así como estaba y yo decía que estaba bien y trataba de aparentar que sí lo estaba. Selene conduciría. Ese fue el trato. Margarita subió en el asiento del copiloto y ambas resolvieron cuál sería la mejor ruta para librar los embotellamientos y llegar al hospital lo más rápido posible. Yo atrás, parecía un niño solitario al que acabaran de rescatar de una pelea en la escuela. Nunca había viajado en el asiento trasero de mi propio coche. No sabía qué hacer con mis rodillas y estaba nervioso porque Selene no estaba acostumbrada a manejar estándar y no me gustaba la manera como sacaba el clutch.

Cuando llegamos a la entrada del hospital reconocí al grupo de los que venían con Irina porque entre ellos varios llevaban estuches negros con instrumentos musicales colgados en la espalda y vestían de negro y llevaban zapatos elegantes. Me acerqué a una chica que llevaba un estuche de oboe y le pregunté si ella era Rita o si conocía a Rita. Ella señaló hacia el centro de un conjunto aglutinado que parecía impenetrable. Me preguntó si era amigo de Irina y le contesté que sí. Ella dijo haber llegado minutos después que la ambulancia y no obstante sabía muy poco, sólo que el golpe había sido tremendo, que Irina había perdido mucha sangre, estaba en cirugía y podían recibir noticias de un momento a otro. Su madre había llegado, estaba dentro, se hallaba destrozada.

Margarita y Selene habían buscado un lugar para estacionar el coche y vinieron a verme. Les expliqué lo que sabía y ellas me abrazaron, me hicieron saber sus condolencias. No apartaban sus manos de mi hombro o de mi brazo. No dejaban de preguntar si necesitaba algo. Necesitaba que me dejaran solo, pero no podía ser grosero con ellas. Margarita llamó a la oficina y dijo que volvería en un taxi para encargarse de mis citas, que arreglaría todo para que no tuviera de qué preocuparme el resto de la semana. Yo sabía que eso era imposible, debía estar en la oficina al día siguiente a primera hora para resolver cosas que ni Margarita ni Mario ni nadie podía resolver.

Selene prometió quedarse conmigo y llevarme a casa cuando tuviéramos noticias. Margarita quería convencerme de que Irina iba a estar bien. Trataba de sonar práctica y decía cosas como «Seguro hoy ya no te dejarán entrar a verla, pero pregunta por el horario de visitas y busca a su mamá, pídele su teléfono para que estén en contacto, que te diga el número de habitación y la cama para que mañana temprano te den el pase». Llamó a un Radio Taxi porque decía que los de la base del hospital no le daban confianza. Selene fue por un par de cafés al Starbucks. Cuando regresó dijo que su esposo la había llamado, no tenía con quién dejar a los niños, de modo que debía irse. Le di las gracias y la convencí de que no habría ningún problema. Nos bebimos el café y nos despedimos. Quince minutos después salió por la puerta del hospital una mujer mayor que debía ser la madre de Irina. El grupo se volcó hacia ella, pero ella se fue directo hacia un hombre menos viejo que podría ser su hermano y se hundió en sus brazos con un gesto de dolor. Un llanto que no dejaban lugar a dudas. Me derribé sobre un escaño de concreto y dejé que la noticia llegara paulatina con el oleaje de las voces, con el lamento de las mujeres que se tapaban la boca con las manos, que escondían la cara en el cuerpo de sus compañeros. Dejé que los fragmentos de palabras me alcanzaran hasta donde estaba y me hicieran caer en la cuenta de que Irina había desaparecido para siempre de la realidad.

Luego de un rato me recompuse y quise acercarme, pero no sabía cómo. El grupo se había dispersado, no sabía qué decir, no sabía si la familia de Irina tendría alguna idea de mi existencia. Nadie había preguntado por mí. Nadie parecía identificarme. No pude encontrar a Rita. Lo único que supe fue el nombre de la capilla donde velarían a Irina al día siguiente. Los amigos se montaron de nuevo sus instrumentos en la espalda y partieron despacio de a tres, de a dos. Los parientes también se fueron desperdigando hasta desaparecer. Sólo quedaba yo. Trataba de reunir las palabras y el valor para cuando salieran de nuevo la madre y el tío. Pero ellos no volvieron a salir por esa puerta.

Esperé mucho más de lo razonable. Selene y Margarita llamaron y enviaron un montón de mensajes que no contesté. Eran las diez de la noche y ya no se veía a nadie del grupo rondando la entrada del hospital, ni en la banqueta, ni comprando dulces o botellitas de agua en los puestos ambulantes de las cercanías para restablecer las fuerzas y sobrellevar la amargura. Nuevos grupos de gente se reunían al apremio de una emergencia distinta. Otra persona, otro accidente. Cuántas tragedias podían caber en un mismo tiempo y en un mismo espacio, que casi no quedaba lugar para poner los propios pies y lamentar el propio llanto. Había llorado sobre el escaño de concreto, pero no era dolor lo que sentía, sino un profundo desconcierto. Volví a llorar otro poco cuando pude estar finalmente solo en el asiento del coche, pero ya casi no quedaba desconcierto y era momento de volver a casa.

A mitad de la sala estaba la caja. Desafiante como animal receloso ante la ausencia de su amo. Impositiva. Me irritaba tanto su demanda, que sentí la necesidad de dar un rodeo más que precavido para llegar al otro lado. Reservé la distancia que se guarda ante el posible arañazo, sin quitarle la vista. Fui a la cocina, puse dos hielos en un vaso y los rebasé de whisky y me lo acabé antes de que empezaran a disolverse los hielos. Al segundo trago, los hielos alcanzaron a perder dos tercios de su masa. En el tercero los hielos llegaron a la mitad y al quinto me los metí a la boca para masticarlos. Con los siguientes dos hielos había perdido el miedo de volver a la sala. Me quité la camisa y los zapatos. Vi que había treinta y siete mensajes en la contestadora. Los borré sin escucharlos y desconecté la línea. Encendí la tele y dejé que corriera un estúpido programa sobre la presencia de extraterrestres en las culturas ancestrales.

Cuatro horas después me desperté con los sonidos del amanecer: el árbol cuajado de pájaros, la vecina que sale todos los días a barrer la banqueta, el agua corriendo por las tuberías y el perro de enfrente que le ladra a los deportistas que pasan al parque con audífonos y tenis y ropa ajustada. La campana del camión de la basura que se acercaba una cuadra más, y otra, y otra, mientras yo permanecía quieto, con la vista clavada en el rayo de sol avanzando sobre el muro. El camión pasó frente al edificio y se detuvo en la esquina. Entonces me levanté de un salto, me precipité sobre la caja y antes de que pudiera pensar nada la tomé en los brazos y bajé con ella corriendo por las escaleras.

 


Autores
nació en Guadalajara, Jalisco en 1980. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara y asistió al Curso de Formación de Editores de la Universidad Complutense de Madrid. Estudió la maestría en Letras Modernas Portuguesas en la UNAM. Ha trabajado como editora y como copywriter para medios electrónicos. Es autora de la novela Puertas demasiado pequeñas, la cual escribió como becaria del FONCA en 2010 y obtuvo el Premio Latinoamericano Sergio Galindo de la Universidad Veracruzana en 2013. Actualmente vive en la ciudad de México.

Para Tomás

Mirar un punto en el techo al despertar ayuda a salir del sueño. Mirar un punto al frente en el muro, ayuda a no vomitar cuando bailas la polka. Tener un ritual diario sobre el que no te preguntas demasiado ayuda a entrar en el día. Tener otros para dibujar ayuda a resolver con menos estrés una ilustración.

Existen otras actividades físicas mediante las cuales se consigue esto. No por nada últimamente proliferan los libros para colorear dirigidos a adultos. Algo de meditación tiene la actividad manual que nos quita de preocupación y nos vuelca hacia ese blanco total en la mente, que nos limpia de nosotros mismos en una dulce evasión productiva. Ingrid Fugellie, pintora chilena con quien tomé clases cuando era niña, me contó que a los prisioneros de las Islas Marías los ponían a tejer canastas y de esta manera los días se iban sin angustia ni amargura; ella decía que con el dibujo y la pintura pasa lo mismo.
Otras actividades físicas, como correr o nadar, tienen resultados parecidos. Cuando uno empieza alguna rutina de ejercicio, quizá lo más difícil es decidir levantarse de la cama y llegar, pero mientras más frecuentes sean estas visitas, pronto uno las hace igual que se prepara el desayuno.
Para Oliver Sacks, nadar le funcionaba como detonante para escribir, pero también como forma de vida:

[En las tardes de verano me iba a remar] me zambullía y nadaba en el río hasta fluir con él, convertidos en uno solo […] Muchos de mis fines de semana más felices los pasé nadando en un pequeño lago (también muchos de mis fines de semana más productivos, porque hay algo en estar en el agua y nadar que altera mi humor y pone en funcionamiento mis pensamientos como ninguna otra cosa). Mientras nadaba de un lado a otro o alrededor del Lago Jefferson se construían teorías e historias. Oraciones y párrafos enteros se escribían en mi mente, y en ocasiones tenía que salir a tierra a descargarlos cada media hora más o menos, goteando agua sobre el papel: mi editor se mostraba perplejo ante las manchas de agua y la tinta corrida de los manuscritos, e insistía en que los pasara a máquina.
Duns Scoto, en el siglo XIII, habló del condelectari sibi, la voluntad que encuentra deleite en su propio ejercicio. Mihaly Csikszent-mihalyi, en nuestro tiempo, habla del “flujo”. Hay cierta corrección esencial en el nadar, así como en todas las actividades que fluyen y de carácter musical.
[1]

Recupero de Sacks esa capacidad de anclar la vida al trabajo, pero entendido este último como una pasión, como aquello que cubre una necesidad creativa. El trabajo así se aleja de la idea robótica capitalista de producción en serie y se acerca más a ese flujo constante del que él mismo habla: nadar, escribir o dibujar no son tan diferentes en el fondo. Pero cualquiera de estas actividades debe tomarse con seriedad y disciplina.
Un verdadero dibujante nace cuando decide que se dedicará a dibujar de manera profesional. Es cierto que todos dibujamos siempre, por gusto desde niños, por obligación o por necesidad, pero sólo quienes siguen dibujando después y a pesar de todo (y de todos), pueden seguirse llamando dibujantes. Y ser dibujante no tiene que ver (sólo) con la calidad de los dibujos, sino con la tenacidad y entrega al oficio.

Una vez, Santiago Solís dijo que él se concebía como un dibujante de alto rendimiento. Por eso en su agenda hacía diario una «carita»: un retrato de gente conocida o desconocida, dibujo a línea, de primera intención sin preocuparse demasiado por el resultado, y sí por observar y trazar con seguridad.

Esta manera de ejercitar el dibujo funciona a varios niveles: por un lado genera una rutina donde, mediante la repetición, cada vez se vuelve menos amargo empezar y se entra con mayor suavidad en el flujo de trabajo, en esa zona mágica donde la concentración hace que el paso del tiempo desaparezca.

Hay dibujantes de fondo y dibujantes de velocidad. Los dibujantes de fondo son más pacientes y contemplativos, lo que funciona mejor para cubrir largas horas de trabajo manual. Los velocistas son poderosos y explosivamente rápidos para pensar en cortos periodos de tiempo. Los dos tipos de dibujantes tienen en común una meta: comunicar ideas mediante recursos gráficos.

Aunque podría parecer que un velocista hace menos trabajo porque termina antes con sus entregas, esto es un error. Es tan complicado ser un dibujante de fondo como un velocista porque todo el secreto está en la preparación y trabajo previo. Ser dibujante por oficio es muy distinto a serlo sólo por gusto, se trata de un compromiso con uno mismo y con el trabajo, por lo cual son necesarias muchas horas de entrenamiento, ejercitación, disciplina y sacrificios. Todo para cuando llegue el momento culmen: una competencia, una entrega, un proyecto.

La psicología del deporte se encarga precisamente de cómo seguir adelante, cómo trabajar bajo presión. Y para conseguirlo es necesario practicar bajo presión, lograr entrar a una zona de confort, aunque sea mental, y no disminuir el desempeño máximo del que uno es capaz.

Pensemos en una competencia atlética o una entrega de una ilustración para un cliente nuevo, o un proyecto al que se le ponen altas expectativas. Cuando uno tiene miedo el cuerpo puede fallar, la mente no reaccionar y el individuo (deportista o ilustrador) paralizarse. Para canalizar ese miedo es preciso haber practicado la actividad en cuestión siendo presa del mismo. De ahí la importancia del entrenamiento: repetir una y otra vez esa acción bajo diferentes circunstancias y ambientes, hacerlo tantas veces que se vuelva natural, que la mente no se interponga con la acción. Como en esos sueños que queremos correr y al pensarlo las piernas se paralizan. En el momento de la verdad, no vale tanto pensar en el acto mismo, sólo hay que llevarlo a cabo. De esa manera, aun teniendo la presión encima, puedes dominar cualquier emoción, porque la presión ya no se convierte en un freno, si no en un combustible.

Además, nunca hay que olvidar que si el dibujo es nuestra pasión, siempre queda una chispa oculta en la actividad sin importar cuánta presión se tenga encima. Para detonarla basta recordar la idea de juego que abre la existencia de un tiempo mágico, según el cual toda oportunidad puede ser repetida. Como en la película El día de la marmota donde Bill Murray vive infinidad de veces el mismo día. Luego de haber experimentado todas las posibilidades y emociones, los actos más cotidianos o especiales dejan de ser dolorosos, producir miedo o ansiedad, y la vida misma se vuelve más transitable. Se hace más fácil fluir en ella y sólo entonces el tiempo vuelve a transcurrir de manera natural, mientras que el personaje sale del embotellamiento mental y encuentra lo que siempre había buscado.
Como ni dibujantes ni atletas saben a ciencia cierta qué buscan, no hay nada mejor como poner manos a la obra sin pensar, de tal forma que la vida nos sorprenda y nos otorgue eso que estábamos esperando. Para ello, todos los días deben ser un día de entrenamiento, una repetición, un juego y jamás olvidar que el dibujo (igual que correr y que nadar) es en sí mismo un acto feliz.

[1]Oliver Sacks, «Nadar hasta morir», Nexos, 1º de agosto, México, 1997, recuperado el 16 de diciembre de 2015 de: http://www.nexos.com.mx/?p=8456


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.