Tierra Adentro
Eduardo Romo Trejo (Guadalajara,1978) es ilustrador y diseñador gráfico. Actualmente colabora en EL Fanzine y Life & Style

Decía Bailey que ella había muerto en esa cama, pero Luca no le creía. Él juraba que la había visto moverse: un bulto grande y deformado que, al girar, hacía ondular el edredón. Casi como la panza de su mamá, en aquellos remotos y últimos días, antes de que su hermano naciera. Se la pasaban discutiendo el asunto, que si estaba viva o si es que el Tendero mantenía su cuerpo inerte porque era demasiado tacaño como para pagar un funeral. Bailey sostenía que, si tuvieran el valor suficiente para entrar y ver por debajo de la cama, encontrarían miles de libras metidas en bolsas de plástico. Luca tampoco se lo creía, aunque a veces se imaginaba notas grasientas, con su brillo mortecino, como pequeñas chamarras de cuero.

Se puso de pie tan pronto como escuchó que tocaban la puerta: botó los controles, salió corriendo de su cuarto, saltó a su hermano que jugaba a las Guerras de las Galaxias con un R2D2 de Cajita Feliz, y bajó las escaleras como un trueno hasta llegar a la puerta. Observó a través de la mirilla, como le había enseñado mamá. Cuatro figuras de cabeza cónica, todas reconocibles. Metió la llave y la giró, y abrió.
«Quiobo».
«Quiobo».
«Quiobo».
«Quiobo».
Cabezas bajas, las caras cubiertas con gorros y gestos ensayados.
«Chido, carnal. ¿Hace frío afuera, no?».
«¿Qué haciendo?», dijo Bailey, mascando con fuerza. Luca echó un vistazo a sus tenis desgastados. Y vio envolturas de chiclosos danzando a los pies de los demás, como si tomaran el sol en un día caluroso de verano —y no en uno como éste, de seis grados en otoño—. Atrás de sus amigos, el adoquín estaba oscurecido por la lluvia. Miró de reojo al cielo. Escupiendo.
«Ya no tiren envolturas afuera de la puerta».
«Sale, carnal».
Todos sonríen al escuchar la voz de su mamá.
«Les pido que las quiten».
Bailey —a quien las chicas más grandes consideraban guapo— sonrió mostrando sus grandes dientes blancos; puso bajo sus Nike la envoltura y, como si fuera caca, la arrojó lejos. Quedó ahí, abatida, antes de que la brisa la recogiera y la elevara, vibrando alto en el aire, en busca de un público más adecuado.
«¿Y qué haciendo?».
«Jugando Call of Duty».
Bailey arrugó la nariz; no le gustaban los juegos de video.
«¿Vas a salir?».
La pregunta fue de Troy, a quien sí le gustaban.
«¿A dónde van?».
«Con el Tendero», tiró Vincent. Probablemente es lo último
que le oirás en todo el día, pensó Luca. Silencioso como pedo
de mosca.

«Voy», dijo, sorprendido por haber dado con el tono casual.
«Pus vas».
«Aguanta». Cerró con suavidad la puerta, para evitar vergüenzas.
«Paaaaa».
Una pausa larga y terrible. Luego:
«¿Sí?».
«Voy a salir, ¿ok?».
«Nada de ok. ¿Cómo dijiste?».
Estrujando la puerta —después cerrada—, pudo escuchar el ruido de las ropas y las voces bajas de sus amigos. Se paró de puntitas.
«¿Puedo salir?». Agotando sus opciones, tiró el anzuelo. «¿Porfas?». Contuvo el aliento, a la espera.
«Ve, pues, pero te llevas a tu hermano».
Se restregó la cara, dio pisotones al suelo y tiró un puñetazo al aire, un gancho de derecha tan fuerte que lo hizo girar sobre su propio eje. Musitaba groserías mientras contaba hasta diez. Al exterior de la puerta, en el pavimento, el silencio había caído.
«¿Estamos, Luca?».
«Sí, paaaa…». Las palabras caían de su boca sin pensarlas; luego miraba de frente la puerta que se abría, de frente a los muchachos. «Pérenme, ¿sí?», dijo, cerrando la puerta antes de obtener respuesta, regresándose por donde venía.
Un mundo de color limitado. Gris arriba, gris abajo y gris a los lados. Concreto por doquier. Incluso el sol no era más que una variación brillante, más blanco que todo lo demás, pero, aun así, mortecino, mudo tras el imponente cielo de granito. Y ahí estaba su hermano. Brincando junto a él, con el muñeco de la Cajita Feliz en mano, sin saber que jalaba con la banda, sin saber nada. Sí, amaba a Sam y todo, pero carajo. Mataría a su papá por esto.

Eduardo Romo Trejo (Guadalajara,1978) es ilustrador y diseñador gráfico. Actualmente colabora en EL Fanzine y Life & Style

Eduardo Romo Trejo (Guadalajara,1978) es ilustrador y diseñador gráfico. Actualmente colabora en EL Fanzine y Life & Style

Cada domingo, el complejo de edificios era como una tierra extraña. Silenciosa. Vacía. Gris pichón. Luca pasaba el tiempo en su cuarto o en el de alguno de los otros Chavos, apartando de su mente la idea de regresar a la escuela por la mañana, asegurándose de volver a casa a la hora de la cena. A veces iban al local del Tendero y andaban por el pasillo, por si acaso la puerta estaba abierta y lograban ver a su escalofriante esposa. Los domingos le pertenecían a él y a sus amigos, ésa era la regla; no: él, sus amigos y su hermanito. Los de once años no se deben mezclar con los de ocho. ¿Nadie se lo ha dicho a papá?
Atravesaron edificios toscos, capuchas arriba; llevaban las manos enguantadas sobre el rostro, a fin de protegerse los ojos de la grava fina que apenas se alzaba. Las bolsas de papitas volaron bajo, como aves moribundas. La lluvia era como una neblina alada, reluciendo sobre sus ropas. Bailey se dio la vuelta.
¿Quieren ver algo?
Se tomó su tiempo antes de responderle. De nuevo, echó un vistazo a su ingenuo hermano. La declaración no dicha, la palabra que siempre era borrada de los finales, era malo. Quieren ver algo malo. Nadie la mencionaba.
«P’s igual», dijo. «Como ¿qué?».
Bailey giró abruptamente hacia la izquierda, comenzando a alejarse del local del Tendero. Troy y Vincent, tomados por sorpresa, cerraron la distancia que los separaba, seguidos por Sam y Luca a su lado.
«Su carnal se lo enseñó ayer», dijo Troy.
«¿Y qué es?».
«No te puedo decir».
«Ándale, carnal».
Sintió un temblor en su voz, pero no sabía si los demás lo habían notado. Los ojos miel de Troy parecían melancólicos, hasta que te dabas cuenta de que era bizco. No mucho, sólo lo suficiente como para mirarlo una vez más. Vincent caminaba con la cabeza gacha, como si no prestara atención, pero a Luca no lo engañaba.
Lo conocía muy bien como para sospechar que prestaba atención a cada palabra.
Se acercaron a los edificios de atrás, donde el silencio era más evidente. Los columpios vacíos del jardín crujían montados por la brisa, su única pasajera. Ahí había mayor cantidad de lodo, más muebles desechados y montones de hojarasca húmeda. Un terraplén se erguía hasta dar con una reja de tela metálica que delimitaba el perímetro de la propiedad. Años antes habían trepado la reja, huyendo para no encontrar más que tierra al otro lado. Mirando a Bailey dar largas zancadas frente a ellos, con sus jeans abombados como un toddler, Luca notó cuánto había crecido desde el verano —¿cómo carajos no lo había visto antes? Bailey siempre fue el más alto del grupo, pero ahora los sobrepasaba por una cabeza que le había crecido en secreto, o de la noche a la mañana—. Nel, se dijo Luca, seguro ya estaba así hace tiempo. Vincent lo hubiera notado.
Se detuvieron a poca distancia del terraplén. Luca estiró el cuello para mirar los edificios que sobresalían. Su hermano temblaba de frío, sus dientes chasqueaban. Miró alrededor.
«¿Y qué es?».
«Ahistá».
«¿Qué?».
«La alfombra», señaló Bailey. «Mira la alfombra».
Era muy ordinaria, de aspecto vulgar, gruesa, brillosa por las gotas de lluvia. De un rojo oscuro con un diamante amarillo tejido en el centro y plumas curveadas en cada extremo. Un bulto en el medio daba la impresión de que la alfombra escondía algo.
«Sí, ¿y?».
«Abajo hay un muerto», dijo Troy.
Punzadas de agujas frías. Luca miró a su hermano, cuya boca permanecía muy abierta, y luego a sus amigos, para ver si habían notado su reacción. Troy aún miraba la alfombra. Bailey observaba con desprecio a Troy: detestaba que le robaran su éxito, aunque fuera por un minuto. Y Vincent lo miraba. Pasó saliva, apretó los dedos.
«No te creo».
Bailey se rió. «Luca nunca cree nada». Los demás se le sumaron.
«Ahí está. Mi carnal me lo dijo. Lo conoce».
«¿Y cómo murió?».
Comenzaba a sentir calor y bien pudo ordenarle a Sam que se dejara de mover, porque eso quería, pero obligado a calmarse, lo ignoró.
«P’s no sé. Dice Davis que saltó. Marrow dice que alguien lo aventó. No sé».
«¿De ahí?».
Levantó la barbilla hacia al resplandor pálido de los ventanales.
«Nel, de acá». Risas. «Tú dime».
«La verga, pinche mentiroso», dijo Luca, pero esta vez le salió mal. Algo débil, entrecortado. Temeroso.
«Vámonos ya», gimió su hermano en voz alta y, desde algún sitio desconocido, Luca sintió una ráfaga de amor. De pronto, se sintió feliz de que Sam lo acompañara. Era su coartada.
«Está bien, Sammy, no hay bronca», dijo, tratando de no sonreír. Se bajó la capucha y tomó la mano de su hermano, alejándose de ahí sin decir nada más.
Es cierto que el local del Tendero olía a orines, pero eso no impedía que los Chavos lo visitaran; incluso los Chavos mayores, esos que estaban en la frontera de convertirse en Rucos: niños de once o doce años de edad que fumaban y tenían sexo, y alardeaban por ambas cosas. Dado que el local no sólo era oscuro, sino que tenía calefacción central, el olor golpeó a los niños tan pronto como la puerta se abrió, guiándolos hacia adentro con mucho mayor entusiasmo que al propio Tendero. Él era chaparro y feo como gomitas de Coca-Cola, con la piel del rostro deformada y amarillenta como la de un muñeco de cera. Usaba boina, camisa y chaleco, y unos pantalones de vestir marrón oscuro —tan flojos— que asemejaban un sayal; a Luca le parecía un personaje de esas miniseries históricas que tanto le gustaban a mamá. El Tendero difícilmente dirigía palabra alguna a los niños, solamente les tomaba la orden, luego su dinero, y desaparecía, ingresando a la bodega. Si olvidaba cerrar la puerta, los niños alcanzaban a ver cajas apiladas como si abarcaran todo el lugar: papitas, dulces y, por supuesto, galletas McVitie’s.
Hicieron fila en el oscuro pasillo, empujándose unos a otros, diciendo groserías en voz baja. Como siempre, el Tendero fijaba la mirada por encima de sus hombros.
«¿Qué van a querer?».
«¿Me da unas papas de sal y vinagre, unas gomitas Starmix y una Fanta?».
Mirando sobre el siguiente hombro.
«Unas McVitie’s de chocolate, unas gomas Tangfastics y una Coca».
El que sigue.
«¿Me da… unas papas de queso y cebolla… y una Coca?»
Y, finalmente, él.
«Un Ting, unas Tangfastics y unas McVitie’s de chocolate». Sam lo codeó. «Que sean dos Tings y unas papas de sal y vinagre. Y lo otro también. ¿Sí?».
Sam asentía, sonriendo. El Tendero se fue a la bodega, cerrando la puerta fuertemente a su paso. Bailey comenzó a alejarse, yendo por el corredor.
«¿A dónde vas?», espetó Luca.
«A ver quién es el mentiroso, tú o yo», dijo Bailey. El cuarto estaba al final del corredor. Alcanzó la manija de la puerta de madera.
«Te apuesto lo que quieras a que está muerta».
Le quería gritar; sintió la agitación de los otros. Pero entonces Bailey abrió la puerta, entre risas. Caminó hacia adentro. Se había ido.
«¿Qué pedo con ese broder, carnal?», prorrumpió Luca, con la mano sobre la frente. Troy se quedó mudo: sus ojos bizcos danzaban.
El rostro de Vincent brillaba a causa del sudor. Algo tibio rozó su mano; Luca dio un salto. Luego miró abajo, Sam le apretaba los dedos con fuerza.
La puerta de la bodega se abrió. Todos brincaron al unísono.
Era difícil no mirar por el corredor, pero Luca mantuvo rígida su cabeza mientras el Tendero se dirigía hacia ellos, arrastrando los pies, con las bolsas blancas colgándole de la muñeca. Dejó que éstas cayeran en sus palmas, como si estuviera por realizar un truco de magia, y miró lo que tenían adentro.
«¿Choco McVitie’s, Tangs y una Coca?».
«Para mí», dijo Troy, con una voz que Luca jamás había escuchado.
«Dos Tings, choco McVitie’s, Tangs…».
«Para mí», dijo, desconcertado al notar la mirada feroz de Vincent.
Tomó su bolsa, pensando qué era lo que le molestaba. Mientras más se tardara, Bailey tendría más tiempo.
«¿Papas de queso y cebolla, una Coca?».
«Nel», dijo Vincent. «Yo quería una Fanta».
El Tendero frunció el ceño, mirando al fondo de la bolsa. Emitió un hondo gruñido con la garganta y se fue arrastrando los pies hacia la bodega. Tan pronto como una puerta se azotó al cerrar, la otra se abrió. Esta vez Bailey atravesó el corredor con mayor rapidez, mostrando sus dientes blancos, saltando hasta llegar con sus amigos. Luca apenas podía mirar, pero Troy y Vincent ya reían, chocando los puños, como si ellos no hubieran tenido miedo.
«Eres un pendejo», dijo, volviéndose para mirar el tapete enrollado.
Bailey se encogió de hombros.
«Entonces, qué, ¿está muerta?»
Fue Troy. Vendido.
«Nel», dijo Bailey, sonriéndole a Luca en la cara, queriendo pescarlo con ojos de sorpresa. «Andaba temblando y vomitando, pero me vio la jeta».
«¿No te dijo nada? ¿Como que qué hacías en su cuarto?».
«Sí», dijo Bailey entre risas. «Me dijo: eres un niño malo. Un niño muy malo».
Caminando de vuelta a casa, pudo presentir qué es lo que Bailey quería, aunque intentó hacerse el tonto durante gran parte del trayecto. Estaban por cruzar el último edificio, y, antes de que fuera demasiado tarde, se detuvo y lo dijo.
«Órale, Luca, te va».
«¿Me va qué?».
«Ver si estoy mintiendo con lo de la alfombra. Yo ya vi el cuarto, te toca ver bajo la alfombra. Simples».
Hizo voz de aquella suricata de los comerciales de TV y, casi de la misma forma, movió la cabeza. Nuevamente, los dedos de Sam rodeaban los suyos. Los demás estaban apostados al otro lado.
«Luca, vámonos ya».
«No te mandé a que entraras, ¿o sí?».
«Es lo que te digo». Bailey asestó su réplica como un contragolpe.
«Lo hice para probar si sí o si no. Ahora te va».
Dijo con desprecio. «Es estúpido. Igual que tú».
«Órale, carnal. No seas marica».
Exhaló, resoplando por la nariz, y bajó la mirada: hojas rotas y manchas de chicle. Temblaba por dentro, pero se contuvo.
«Luca…».
La delgada voz de su hermano, afligida.
«Ándale, vámonos».
Bailey sonreía durante todo el camino hacia el terraplén, a los edificios. Inclusive iba silbando a pocos pasos del lugar, hasta que las notas fueron arrebatadas por el viento. Durante todo el camino Luca deseaba que alguien la hubiera movido, pero ahí estaba la alfombra, bien extendida, con un bulto debajo. Sam estaba lejos, tras los demás, sujetando su juguete de Cajita Feliz, diciéndoles que se detuvieran. Pero Luca no quería mirarlo o perdería la determinación, y decidió bloquearlo de su mente. Los demás se quedaron viendo, desplegados en torno a la alfombra.
«Órale, vas», dijo Bailey, después de un rato.
Dio un paso al frente. Se arrodilló. Estirándose hacia la alfombra, agradecido porque su madre lo obligara a usar guantes para salir, la agarró. Cerró los ojos para detener las lágrimas, pero era demasiado tarde.
«¿Qué esperas, carnal?».
Abrió los ojos, respiró hondo y desprendió la alfombra. Al principio no había nada salvo tierra húmeda e insectos enceguecidos por la luz, pero el bulto estaba en el centro, así que eso era de esperarse. Alargó su brazo, avanzando poco a poco en cuclillas. Aventó la esquina lejos de sí.
Los ojos eran oscuros, sanguinolentos. La piel estaba pálida; el ángulo de la cabeza, descuadrado. Entre los labios secos pululaban insectos negros y gruesos. La nariz, aplanada, no era más que una abolladura. Pero era un hombre y, definitivamente, no estaba dormido ni inconsciente. Sus ojos abiertos lo veían, reteniéndolo en los bolsillos de la nada. Y cuando alcanzó a escuchar los gritos de sus amigos, el tronido azaroso de sus pasos, se dio cuenta de que él también gritaba. Se puso de pie, volviendo la mirada para observar la aparición y desaparición de las suelas de sus tenis, impresionado por un instante, hasta que el miedo lo sacudió, y entonces corría tras ellos, desesperado por alcanzarlos, emitiendo sonidos que, en realidad, estaban conformados por palabras de horror entrecortadas; las lágrimas brotaron de sus ojos y se esparcieron en el viento.
*Traductor: Javier Taboada (Ciudad de Mexico, 1982) es maestro en Letras Clasicas por la unam. Traductor de Alceo (Poemas y fragmentos) y autor de Poemas de Botica.

 


Autores
(Londres, Inglaterra, 1973) es novelista y guionista. Entre sus aclamados libros se encuentran The Scholar, Society Within, Snakeskin, The Dying Wish, Music for the Off-Key, y A Book of Blues. Fue coeditor del libro IC3: The Penguin Book of New Black Writing in Britain y muchos de sus cuentos aparecen en varias revistas y antologias. Su libro mas reciente es The Gospel According to Cane.

Vertimos todos nuestros sueños en barcos y navegamos. Navegamos por aguas oscuras, anhelando moléculas de felicidad. Alcanzamos la roca, encallamos en la orilla, hipnotizados por las modulaciones de lo que después entenderemos que era la paz. En el espacio ignoto que hay entre huir de una guerra civil y el gol-gol-golpeteo de la tierra de los refugiados y los centros de detención y deportación, estaba la emocionante promesa de que tal vez —sólo tal vez— podríamos finalmente recuperar el aliento, descansar en la certeza de que estábamos a salvo.

En estas nuevas tierras nuestras vidas estaban divididas en versiones encabalgadas de quienes realmente éramos: somalí-kenianos, somalí-británicos, somalí-keniano-británicos. Cuando algún extraño nos preguntaba de dónde veníamos, no mencionábamos los centros de detención daneses, no mencionábamos el sabor del sorgo en los campos de refugiados en Kenia, no mencionábamos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos eran trilingües, no mencionábamos la esencial humanidad, orgullo y resiliencia de nuestra comunidad, no mencionábamos que el término del siglo XXI para denominar a nuestra rica y nómada cultura era simplemente «inmigrante». Al comprometernos con el silencio a cambio de una página en blanco no nos dimos cuenta de que nos estábamos convirtiendo en cifras.

Mi identidad, igual que la de mis compatriotas, estaba partida a la mitad. Vivía en Londres con mi esposa y mis dos hijos. De día, era un padre y esposo cariñoso, y un empleado bancario obediente. De noche, cuando mi familia dormía, me sacaba las cejas, me pintaba la cara, me deslizaba dentro del vestido más seductor y me contoneaba al dirigirme a los antros de Soho a cantar.

Cantaba a Piaf, a Dolly Parton, a Lady Day. Cantaba para hombres que querían tenerme contra la pared, sentir mis tetas falsas, cogerme hasta que cambiáramos el clima. Pero no. En lugar de eso, cantaba hasta que la música me ponía después de golpe tras golpe de melodías induce-endorfinas. Sobre el escenario éramos la más dulce paradoja: voz masculina, vibra femenina.

Cuando cantaba, viajaba hacia el pasado para sanar mis heridas. Me ponía cara a cara con mi yo de la juventud, un chico de trece años que se ponía el hijab de su madre y henna, que se pintaba los labios de rojo. Cantaba canciones de la experiencia para asegurarle a ese muchacho que algún día su individualidad estaría alineada con lo que vería en el espejo. No me creía.

Mientras estiraba las sílabas de «God Bless The Child» mi cuerpo estaba en el escenario, pero mi alma estaba en Somalia con mi yo de trece años.

Le dije que un día se iba a mudar a Inglaterra.

Le dije que iba a conocer a una mujer increíble llamada Farhia, que lo amaría intensamente.

Le dije que Farhia le daría dos hijos hermosos: Taysir y Malik.

Le dije que Farhia encontraría un día su maquillaje y sus pantis, y creería que la estaba engañando. Se iría de la casa por un mes y se llevaría a sus hijos con ella. Al volver, él le revelaría su secreto y, en un gesto verdaderamente cariñoso y sorprendente, ella lo abrazaría y le diría que aún lo amaba. Le tomaría tiempo ajustarse a estas noticias, pero al hacerlo tendrían el sexo más apasionado y caliente mientras él llevaba puestos sus tacones de seis centímetros.

Le dije a mi yo de trece años que siguiera soñando porque debemos hacerlo.

Al terminar el espectáculo, dejé atrás mi celebración. Sonreí, junté un ramo de rosas que me había dado un admirador y le puse un moño. Fui a casa y puse las rosas en un florero. Me quité el maquillaje, el vestido de lentejuelas y los tacones dorados, me lavé el cabello lleno de brillos.

Me fui a dormir zum-zum-zumbando por el futuro.

 

 

*Traducciones de Herson Barona (Ciudad de México, 1986) es una joven promesa rota. En 2013 fue becario del FOCAEM, en 2014 de la Fundación para las Letras Mexicanas y actualmente lo es del FONCA. No ha plantado árboles, no ha tenido hijos, no ha publicado libros. Es editor de la revista Tierra Adentro.

 


Autores
(Mogadishu, Somalia, 1983) es cuentista, ensayista, critico y artista visual somali-britanico. Autor de la coleccion de cuentos Fairytales For Lost Children, con la que gano el Polari First Book Prize 2014.
Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.

Todo comienza con el vestido de Bella.

Tu mamá los lleva a la tienda de Donegall Place la semana en que abre y soportan la cola allí afuera, formados bajo la lluvia lacerante, saltando y tiritando de frío y emoción. Dentro descubres el lugar más mágico que has visto. Tus hermanas brincotean y hacen escándalo para llegar a los peluches del fondo, amontonados hasta el techo, pero tú te quedas pasmado, agarrado a la mano de mamá, incapaz de moverte o siquiera respirar. Es como estar en el cielo o en el espacio exterior, un lugar lejos de las grises calles de noviembre y sus charcos sucios. La tienda está a media luz, iluminada por cientos de alfileres resplandecientes, como estrellas. Suena «Parte de él», de La Sirenita. Es la escena donde Ariel y Flounder, a giros y piruetas, nadan hasta lo más alto del túnel mientras Sebastián se espanta con su propio reflejo y queda atrapado dentro de una langostera. Has visto la película tantas veces que sabes de memoria cada línea y ésta es tu parte favorita, aún más que cuando Ariel rescata al príncipe e incluso más que cuando Tritón transforma su cola en piernas.
A tu hermana mayor le gusta recordarte que las cosas no son así en la vida real pero tu mamá dice: no la escuches.

Te aferras aún más a la mano de tu mamá.

Anda, ve, dice ella. Ve: y entonces libera sus dedos de los tuyos. Faltan pocas semanas para Navidad y los duendecillos de Santa están mirando. Das un paso y luego otro más. Hay mesas y mesas repletas de juguetes afelpados, suaves, brillantes y nuevos.

Pero tú te quedas mirando los disfraces: los vestidos destellantes de las princesas colgados de un anaquel sobre tu cabeza. Está el de Campanita, con sus alas traslúcidas, y el de Blanca Nieves, y el de Aurora, de La Bella Durmiente. Está el de Bella, de La Bella y la Bestia. Nunca antes jugaste a ser Bella pero su vestido es la cosa más hermosa que has visto. Tiene cintas rosadas con olanes y una gran flor de terciopelo en el pecho. El corsé se desvanece en una falda circular, sostenida al frente por seis moños rosas. El vestido es de un amarillo radiante y bajo la luz tenue parece de oro. Sabes lo que se sentiría bailar con ese vestido puesto: como envuelto por un rayo de luz. Sería imposible sentirse triste allí adentro.

Estás triste. Tienes apenas seis años pero estás triste la mayor parte del tiempo y sientes una opresión en el pecho que no puedes expresar en palabras. Tu mamá dice que eres un niño sensible. Tu papá dice que tienes demasiadas hermanas mayores. Tu papá dice que mamá te mima demasiado. Tu mamá dice shhh, y se queda allí contigo hasta que te quedas dormido y estás a salvo y nada ni nadie puede lastimarte. Pero no le temes a lo de afuera. Es algo que viene de adentro y no puedes explicar. Ahora estás convencido de que, sea lo que sea eso que viene de adentro, envuelto en ese vestido vas a estar bien.

De pronto tus hermanas se arremolinan a tu alrededor: cientos de manos jalando y zarandeando los vestidos, tironeándolos, sacándolos de sus ganchos para probárselos y reírse y posar, cacareando sobre quién vio éste o aquél primero, quién se queda con tal o cuál.

Mira éste, dice tu mamá mientras se inclina a tu lado y te muestra un disfraz de Aladín con todo y cimitarra de plástico; luego una túnica verde de Peter Pan, gorra y pluma incluidas. Tu hermana mayor se hace con la gorra y te la embute en la cabeza. ¡Miren qué cosita!, y todos voltean y te miran, incluso los vendedores, con sus polos lila y menta, y las viseras alegres haciendo juego con sus sonrisas de oreja a oreja, y tú sólo sientes cómo sube el rojo por tus mejillas.

El primer recuerdo: cuando sentado en el inodoro trataste de esconder tu penecito entre las piernas, y tu padre frustrado al intentar ponerte de pie para mostrarte cómo apuntar a la taza, y tu mamá que decía: no seas pesado con él, Alan.

Anhelas tanto ese vestido de Bella que sientes ganas de vomitar. Ordenas tus juguetes y haces tu cama y comes hasta la última migaja de cada plato, incluso el brócoli. ¿Cuál es la diferencia entre el brócoli y los mocos?, pregunta tu papá. Los niños no comen brócoli.

Qué asco, dice tu hermana. Iuuu, dice. Tu papá te da un codazo en las costillas, luego hace la finta de pegarte en el hombro. Te retuerces. Tu mamá dice: Alan.

 

Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.

Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.

La negociación mental con Santa es desesperada: no vas a volver a pedir nada, nunca jamás, si puedes tener ese vestido. La oferta es válida para la siguiente Navidad y también para la que vendrá después de ésa. No te importa: tienes que tenerlo, por favor puedo tenerlo, por favor, por favor. El día de Navidad tu hermana mayor recibe el de Blanca Nieves, la de en medio el de Aurora, y la más pequeña el de Campanita. Cuando llega tu turno de abrir los regalos y ves el fieltro verde, sientes cómo tu cuerpo se vuelve de piedra y hielo, como si fueras una de las estatuas que Polly y Digory de El Sobrino del Mago encuentran en el salón embrujado del palacio. Tu mamá ha estado leyéndoles a ti y a la hermana que te sigue ese libro por las noches y la idea de toda esa gente atrapada en cuerpos que no son suyos te provoca pesadillas: cuerpos que no pueden controlar o siquiera mover, víctimas de un hechizo perverso. Y mientras tu padre te saca la piyama e introduce la túnica entre tus brazos y abrocha el cinturón y dice ¡Di güisqui! para la cámara, el sentimiento se intensifica: hay algo mal en tu cuerpo y tú te sientes mal dentro de él.

Hay otras cosas: las lágrimas cuando tienes que cortarte el pelo. Sentirte acalorado y extraño y avergonzado y confundido cuando todos se ríen de May McFettridge en la representación navideña de la Grand Opera House. Garabatear tu nombre en secreto y agregarle al final una «a», un «ita» o un «ina», buscando una manera de que suene bien. Destrozar las hojas en pequeñísimos trozos justo después y tirarlas en el inodoro para que nadie pueda verlas.

Sólo es sensible, dice tu mamá. Carajo, es demasiado sensible, dice tu papá. Y no me extraña, esta casa es un aquelarre de brujas. Tu papá consigue entradas para ver a Irlanda del Norte jugar un partido clasificatorio al Mundial en Windsor Park, pero es tu hermana, la que te sigue, quien tras rogar y rogar termina por acompañarlo, y al final él también termina por suspirar y resignarse. En la escuela, igual que los otros chicos, dices odiar a las niñas, con sus susurros y risitas y esa manera que tienen siempre de ir tomadas de los brazos y de guardar secretos tontos. Pero en casa te sientas en el piso cerca de ellas mientras se pintan las uñas y se aplican delineador una a otra y combinan zapatos con distintos modelitos y leen en voz alta y ridícula la sección de confesiones de sus revistas para adolescentes, y tú te haces tan pequeño como puedes bajo los olanes del edredón marca Laura Ashley porque la mayoría de las veces que te ven por ahí, sobre todo cuando leen las confesiones, te echan en el acto y entonces tienes que quedarte solo en tu habitación.

Ellas solían vestirte a ti también algunas veces y te rociaban con White Musk o Dewberry, y te pedían que pararas la boca mientras untaban brillito de fresa sobre tus labios, pero conforme fuiste creciendo cada vez lo hicieron menos y menos, y cuando al fin terminaste la primaria dejaron de hacerlo del todo.

Tienes sueños donde te duelen lugares tan profundos que ni siquiera conoces. Una mañana, en la regadera, notas cinco vellos rizados en la entrepierna que parecen haberte salido de la nada durante la noche. Los cuentas, horrorizado. Te pones de pie a trompicones sobre el filo de la tina y, balanceándote frente al espejo, contemplas tu cuerpo. También tienes pelos en las axilas, dos en una, tres en la otra. Con tacto torpe y punzante los arrancas utilizando las pinzas de tu hermana la grande y tus ojos se humedecen de dolor, pero en pocos días vuelven y vuelven, más rápido de lo que puedes removerlos. Te duelen las bolas por las noches y te sientes pesado cuando te despiertas en la mañana. Aún eres pequeño para tu edad pero ya llegará el estirón –dice tu mamá, pensando en tranquilizarte– y a ti te horroriza. Tienes un presentimiento nauseabundo de que el tiempo se agota.

Rara vez la casa está sin gente pero de pronto, un miércoles al anochecer, lo está. Dos de tus hermanas montan una obra escolar y siguen en ensayo, la otra está en casa de una amiga. Tu papá salió con unos clientes y tu mamá está por marcharse a Ulster para llevarle flores a un vecino accidentado. Pregunta si quieres acompañarla y tú dices no y sientes cómo te tamborilea el corazón porque sabes lo que significa quedarse solo. Estás seguro de que tu mamá va a notar algo, a darse cuenta, a insistir en que vayas con ella. Pero sólo dice «Está bien», y «¿Estarás bien solito?», y «Bueno, de todos modos tus hermanas no tardan». El corazón te trepa hasta la garganta cuando ves a tu mamá arrancar el auto y tomar camino: lo sientes latir ahí mismo, como si hubiera subido a tumbos desde tu pecho y se hubiese alojado en la tráquea. Luego te das vuelta y arrancas por la escalera, dos o tres escalones por zancada, y te encuentras en el pasillo frente a la habitación que comparten tus dos hermanas, las mayores, porque se llevan apenas un año entre sí. Su habitación huele a crema de coco, espray para el pelo e incienso de ylang-ylang. Huele al aceite de jazmín que se frotan en las muñecas y el cuello, al Happy de Clinique que rocían por el aire para bañarse bajo su halo. Huele a pelo chamuscado por la alaciadora y a la ligera humedad que desprende la ropa interior enrollada de adentro hacia fuera en las esquinas. Nunca antes habías estado aquí solo. Te quedas parado en el umbral y respiras hondo. Por un instante, incluso cierras los ojos. Luego, la idea de que podrían volver en cualquier momento te espolea y entras a la habitación abriéndote paso entre montones brillosos de tops y revistas More! regadas, la suave miscelánea de corpiños con listones y envoltorios de gomitas vacíos. El vestidor que ambas comparten por necesidad permanece abierto y abundante: como si el cuarto estuviese a punto de ponerse a latir por sí mismo, de reventar de tanta y pura esencia a niña.

Sabes lo que estás buscando. Hurgas a través del vestidor, apartando los ganchos doblados de tanto peso, los vestidos colgados uno encima de otro, dos o tres por percha. Buscas el vestido que tu hermana la mayor se puso para la recepción navideña del año pasado. Está fabricado de un material elástico y dorado que según recuerdas se llama lamé. Lamé de oro: las palabras son como un conjuro. El corte del vestido es sencillo, recto en la parte superior y con tirantes en los hombros muy delgados llamados tirillas. Sabes esto por haber escuchado discusiones y deliberaciones al respecto entre tu mamá y tus hermanas. El largo llega hasta el piso y la tela es tan delgada que para poder usarlo tu hermana la mayor necesitó cierto tipo especial de ropa interior sin costuras y color carne porque de lo contrario (aquí todas estaban atacadas de la risa) hubiera tenido que llevarlo a pelo, sin nada abajo. Ese vestido removió algo en tu interior. No has dejado de pensar en él desde que lo viste.

Eventualmente lo encuentras ahí, ni siquiera dentro en una bolsa especial sino apenas doblado en un gancho, bajo un par de pantalones negros. Antes de tocarlo y descolgarlo con delicadeza, te secas las manos sudorosas en los jeans. Está todo arrugado y tiene una quemadura de cigarro y una mancha oscura en la parte inferior, pero para ti luce perfecto. Abres las puertas del vestidor de par en par y sostienes el vestido contra tu pecho y te contemplas en el espejo. Entonces, antes de que puedas pensar en lo que haces, ya te estás desvistiendo, arrancándote los jeans, sacándote la camiseta y el hoodie, quitándote un calcetín con el talón del otro. Te quedas en trusa por un momento antes de sacártela también. Tu cuerpo es pálido y encorvado, como vuelto sobre sí mismo. Eres lo más feo que has visto. Pero el vestido es fresco y se desliza sobre tu piel. Entra por tu cabeza con facilidad y cae como una cascada hasta tus pies, salpicando el piso a tu alrededor. Se abre del pecho, dejando ver tus pezones y una de las tirillas resbala por tu hombro. Necesitas recoger algo de tela del costado y detener el tirante con la otra mano para mantenerlo puesto. Pero ahí estás tú: igual que una princesa.

Levantas el mentón y tiras los hombros hacia atrás. Si entrecierras los ojos puedes imaginar tu pelo corto casi a la moda. El corte tiene un nombre que no puedes recordar, pero las chicas han comenzado a llevarlo así a propósito; dos amigas de tus hermanas se lo cortaron así luego de la boda de Victoria Beckham el año pasado. Das vuelta de puntitas y observas cómo ondea el vestido por tu espalda mientras giras. Como un súbito flashazo a través de tantos años, la imagen del vestido de Bella te golpea y comprendes que éste es el recuerdo que has estado buscando, eso que flota en la orilla de tus sueños, y de pronto todo cobra una especie de sentido, terrorífico, embriagante.

Mírate con ese vestido frente al espejo. No te preocupes por tus hermanas o tu mamá: tardarán al menos una hora en volver. Hay tiempo. Quédate donde estás y muévete de aquí para allá sobre tus puntas, relaja los hombros, permite que el nudo en tu estómago se desligue. Mírate: qué bien te ves, qué hermosa; y recuerda cómo es sentirse tan bien y saber qué hermosa eres.

Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.

Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.

Aún no lo sabes pero es una bendición que este espejo no pueda mostrarte el futuro tal y como pasa con los espejos de los cuentos de hadas. Los tres míseros e interminables años que pasarán antes de que reúnas el valor para decir algo. Los tubos y tubos de crema para depilar comprados en secreto con tu mesada y ocultos entre los de tus hermanas; el nauseabundo olor frutal del químico quemándote la cara cuando lo dejas ahí demasiado tiempo y lo usas con demasiada frecuencia. La vergüenza de tu voz desgajada, enronquecida; la desesperación de sentir cómo tus pies crecen hasta que dejan de caber en los zapatos de tus hermanas. Los abusos, las incontables palizas sin importar lo discreta que puedas ser, porque los otros chicos se dan cuenta, eres diferente. Las noches en que llorarás hasta quedarte dormida. El médico general que insistirá: en Irlanda del Norte no hay una sola clínica que pueda atenderte. Un día encontrarás un sitio web que dirá lo contrario y dirigirá tu exploración a foros, estadísticas y páginas con preguntas frecuentes. Cómo decirle a tus padres. Cómo pedirle ayuda a tu médico. Pero incluso tras el eventual referéndum de Travistock vendrán las inagotables citas, evaluaciones, sicólogos, endocrinólogos, todos esos viajes hacia y desde Heathrow metida en un vagón de metro traqueteado.

La crueldad: el peor de todos será el día en que estés por hacerlo. Tu mamá intentando buscar las palabras justas sin encontrarlas; tu padre tratando de abrazarte, diciéndote con voz gruesa y opaca que sin importar lo que suceda o lo que decidas te ama, sus ojos esquivándote. Tus hermanas ojiabiertas, murmurando, mirándose entre sí por el rabillo de los ojos. Pero conserva esta imagen tuya frente al espejo del vestidor, envuelta en el vestido dorado: consérvala ahí en tu mente porque vas a necesitarla, porque se convertirá en una suerte de talismán, y porque sin importar lo que cueste o el tiempo que tarde, saldrás adelante.

 

*Traductor: Rodrigo Márquez Tiziano (Ciudad de México, 1984) es autor de los libros Caballos de fuerza y Todas las argentinas de mi calle. Editor de la revista Esquina Boxeo y conductor del programa Malasaña. 


Autores
(Belfast, Irlanda del Norte, 1981) estudió la maestría en Creative and life writing en la Universidad de Goldsmiths. Es autora de las novelas Where they were missed, The meeting point (Premio Dylan Thomas 2011) y All the Beggars Riding. Además es guionista de obras de teatro y radio dramas, que le han otorgado reconocimientos como el George Divine Award y el Imison Award.

He pasado toda mi vida cerca de la costa de Bosaso, Somalia. No conozco ninguna otra región. Mientras que la gente de barco, aquellos que anhelan nuevos hogares en lugares como Londres y Luxemburgo, arriesgan sus vidas en buques cargueros, yo me planto firme sobre la tierra y cuento historias. Les cuento a mis hijas historias acerca de reyes y reinas guerreras, gente que lucha por la libertad y poetas. Cuento estas historias para recordarles a mis hijas y a mí misma que Somalia es una tierra fértil en historia y mitos. La única semilla que requiere ser regada con regularidad es nuestra imaginación.

Mi hija más grande, Suldana, está enamorada de otra mujer. Tiene dieciocho y pasa los días trabajando en nuestro kiosco, donde vende leche y huevos, y por las noches se escabulle rumbo a la playa para ver a su amante. Se arrastra de regreso a la cama al amanecer, con olor a mar y a sal y a perfume.

Suldana es hermosa y envuelve esa belleza en torno a ella como una manta de estrellas. Cuando sonríe se le marcan unos hoyuelos y es inevitable sentirse cautivado. Cuando camina por la calle los hombres la miran y chiflan y sufren. Pero no pueden tenerla. Todos los días llegan proposiciones de matrimonio con ofertas de grandes dotes, pero las rechazó. Nunca hablamos de estas cosas como se supone que deben hacerlo las madres con sus hijas; respeto su privacidad y le permito vivir su vida.

En la cultura somalí hay cosas que suelen no decirse: cómo amamos, a quién amamos y por qué amamos de ese modo. No sé por qué Suldana ama de la manera en que lo hace. No sé por qué ama a quien ama. Pero sé que al respetar su privacidad le permito soñar de una forma en que mi generación no era capaz.

Le permito alcanzar algo que ninguna de las dos puede articular.

Así que llevamos nuestras voces y nuestras historias al mar. Cada tarde caminamos por la orilla y escribimos nuestros sueños y anhelos en pedazos de papel. Envolvemos piedras con esos papeles y los sujetamos con ligas. Después lanzamos esas piedras cargadas de nuestros sueños y esperanzas al océano. Mi madre y la madre de mi madre solían hacer esto. Para nosotras es una manera de expresar algunas de las cosas que no podemos verbalizar. Es una manera de compartir nuestros más íntimos secretos sin pena ni miedo. Al hacerlo hemos creado nuestra propia mitología e historia.

Suldana debe tomar esa historia y forjar su propio futuro. Y cuando lo haga, yo honraré mi promesa como su madre e iré con ella. No miraremos atrás.


Autores
(Mogadishu, Somalia, 1983) es cuentista, ensayista, critico y artista visual somali-britanico. Autor de la coleccion de cuentos Fairytales For Lost Children, con la que gano el Polari First Book Prize 2014.
Juan Palomino (Distrito Federal, 1984) estudió filosofía y se dedica a la ilustración. Coautor, junto con Ana Paula Ojeda, de Ladrón del Fuego, y Jaguar, Corazón de la Montaña, editados por Ediciones Tecolote..

Bajamos a la playa al atardecer para que los polluelos no se ahoguen. Me pongo pantalones de mezclilla y una chamarra sobre la piyama. Mi orina se evapora en el baño frío. Papá despierta la casa entera con sus pisadas. Es hora de irse, dice con un dedo en la oreja.

Afuera, mi rostro se encoge con el frío. Ayer perdí un guante, así que tengo esta mano desnuda adentro del bolsillo, entre los pañuelos sucios y los fósiles. En la cima del risco hay nuevas flores. Papá los roza con la suela de su bota. No estoy seguro de lo que está revisando, pero parece complacido.

Las nuestras son las únicas huellas en la cuesta arenosa. Una vez me caí aquí, hace años, y me raspé la cara con el pasto, que crece en matas como alfileteros enterrados. La cicatriz se ha ido desvaneciendo y volviendo plateada en mi mejilla. Tiene la forma de la huella de un pájaro.

Papá corre con sus piernas largas y yo me alejo de la arena que patea tras él. Ya vio el polluelo de una golondrina de mar, en la playa al fondo del risco. Al principio, el pez atorado en su garganta parece una lengua. El polluelo está lanzando su cabeza hacia un lado y luego hacia delante, riéndose. Da unos pasos, se tropieza bajo el peso del pez, y luego se endereza.

Tenemos que hacer esto al amanecer, y tenemos que hacerlo rápido, porque estamos compitiendo con las gaviotas y los págalos que se despiertan desesperados de hambre.

Papá persigue a la pequeña bola de pelusa a través de la arena, luego la levanta entre sus dedos y sostiene su pequeña cabeza con una mano mientras con la otra jala suavemente al pez. El polluelo lucha, empujando sus patas palmeadas y grises contra sus palmas. Le murmura al polluelo, palabras suaves que parecen más pensamientos que palabras.

El knuckle-fish todavía no está muy adentro de la garganta de este polluelo. Si se lo traga por completo las dos púas en la parte de atrás se clavan en la garganta del polluelo. Sólo hay algo que puede hacer papá con los polluelos cuando pasa esto. Toma la decisión rápido, y sin decir nada. Son tan frágiles, sólo se necesita un pequeño tirón, y entonces papá los guarda en su bolsa.

Le doy la espalda al viento helado que sopla desde el mar. Papá extrae el pescado del pico del polluelo. Es un movimiento suave, y al final de él, cuando sale la cabeza del pez, con forma de trompeta, siento un verdadero alivio. Como si el pez hubiera estado atorado en mi propia garganta.

Él quiere que yo aprenda a hacer esto por mí mismo. Un día, dice, si queda todavía alguno de ellos, éste va a ser tu trabajo. Me pregunto si hay más personas como nosotros, en otras islas, que tienen esta misma rutina extraña, pero si existen están demasiado lejos y no puedo percibirlos. A veces siento como si fuéramos los únicos en la isla, como si fuéramos los únicos en el planeta.

Los peces muertos van en la bolsa de papá —no los tira para que los polluelos no vuelvan a tratar de comérselos—. Se lleva los peces de regreso a la casa para pesarlos y medirlos y registrarlos en su computadora; yo también le ayudo con esto. Es extraño cuando este pequeño suceso se convierte en números y fechas, y se manda a algún lado para que lo analicen. No registran nada de lo que recuerdo: cómo los ojos del polluelo se expanden cuando el pez trata de retroceder en su garganta, el olor de la bolsa de papá, o el sonido de las patas del polluelo cuando salta por la arena.

Esa mañana encontramos otros tres. Cuando terminamos, mi estómago está tan vacío que si abro la boca puedo escuchar el sonido de las olas adentro.

La avena se espesa en el sartén mientras papá coloca los cuatro peces en el periódico de la semana pasada. Los knuckle-fish son largos y huesudos, un instrumento musical grotesco que jamás te llevarías a los labios. Sus aletas son como abanicos espinosos. Inclusive si los polluelos pudieran tragarse los peces no los alimentarían en absoluto.

Papá dice que cuando te estás muriendo de hambre te comes cualquier cosa que parezca comida.

Los pájaros en realidad van tras las anguilas de arena, los peces gordos y plateados que son pura carne. Pero las anguilas de arena han desaparecido, y también el plancton diminuto que comían.

Le echo miel a la avena mientras papá mide el pez con una regla de metal. Me pregunto por qué los padres de los polluelos los alimentan con peces que los van a matar. Es como si papá le echara petróleo a mi desayuno.

Más tarde salimos a la cima del risco, cubierta de hierba, desde donde se ve la bahía. Vuelvo a revisar mi celular, sólo por si acaso, aunque sé que la isla no tiene señal. Quizás mamá ha dejado algún mensaje para nosotros, para mí, y está por ahí, en el continente, esperando.

El cartero llega cada tercer día si las olas no son demasiado grandes para su pequeño bote. Me pregunto si podría pedirle que se llevara mi celular con él, para que pueda pescar mensajes en el aire y me los traiga de vuelta.

¿Qué tienes allí?, pregunta papá.

Oculto el teléfono en mi bolsillo. Nada, digo.

Papá tiene el brazo metido en la boca de una madriguera de conejos, hasta sus hombros. Sus pies patean el pasto para equilibrarse mientras sondea el hoyo con sus manos. Refunfuña de decepción cuando saca el brazo. Dibujo una cruz en el mapa, como me han enseñado a hacer. El año pasado había una marca aquí. Nos ha pasado lo mismo todo el día.

Juan Palomino (Distrito Federal, 1984) estudió filosofía y se dedica a la ilustración. Coautor, junto con Ana Paula Ojeda, de Ladrón del Fuego, y Jaguar, Corazón de la Montaña, editados por Ediciones Tecolote..

Juan Palomino (Distrito Federal, 1984) estudió filosofía y se dedica a la ilustración. Coautor, junto con Ana Paula Ojeda, de Ladrón del Fuego, y Jaguar, Corazón de la Montaña, editados por Ediciones Tecolote..

 

El primer año que papá me trajo aquí, cada madriguera tenía un nido de frailecillos. Era demasiado joven entonces para sostener un mapa, así que papá hacía todo, marcaba las posiciones, metía cada polluelo en una bolsa de tela para que no se asustara mientras lo pesaba, y luego le colocaba un anillo plano en la pierna, para reconocerlo si lo volvía a ver.

Me pregunto dónde están ahora todos esos anillos. Quizás en algún lugar lejano hay un remolino que está succionándolo todo, todos los pájaros y los peces y las llamadas telefónicas, se los está llevando al fondo del océano, a otro mundo.

Entrada la tarde vemos dos págalos grandes discutiendo por un polluelo de arao albiblanco. Lo pinchaban con sus picos, que son gruesos y oscuros, como armas medievales. El polluelo se ve diminuto junto a los otros. Se queda viendo hacia el mar, como si fueran a irse si pretende que no están allí.

Corro hacia ellos. Puedo llegar allí a tiempo para espantar a los págalos, pero el brazo de papá se me atraviesa. Así debe de ser, me dice. No rescatamos a los gusanos de los mirlos.

Pero, le digo, ¿por qué salvamos a los polluelos que se están ahogando y no a estos?

Porque los knuckle-fish son nuestra culpa, dice.

El ágalo, de las plumas ralladas, el que parece más viejo, resentido por años de buscar comida en los océanos helados, le arrebata el polluelo del pico al más joven. Lanza su cabeza hacia atrás, y con un movimiento se traga el polluelo entero.

Donde antes había tres seres vivos ahora hay dos. No queda nada del polluelo salvo en mi memoria.

Preparo la cena. Espagueti con salsa de queso de paquete. Al fondo de la alacena hay una lata cuadrada y vieja de mostaza, y yo pico el polvo amarillo compactado hasta que algunos trozos quedan libres. Los remojo en la salsa, envenenando el vapor por un segundo.

Papá está en el sofá ignorando la televisión. Sus calcetines apestan y están sobre la mesa. Se masajea las cejas, que son tan gruesas que raspan contra las uñas de sus dedos.

Me imagino golpeándolo por la nuca con el sartén. La salsa de queso escurriéndose sobre su cara. Me imagino golpeándolo en la boca. Me lo imagino tan vívidamente que puedo sentir la forma de sus dientes en mi puño.

Mezclas de paquete, pies en la mesa. Estas son cosas que no existirían si mamá estuviera aquí.

Cuando me acuesto, dejo los platos sucios en el lavabo. Papá no se ha movido.

De noche, los petreles de la tormenta me mantienen despierto. Anidan en lo profundo de las ruinas del viejo castillo. Durante siglos, la gente pensó que esta isla estaba embrujada a causa de los horribles lamentos. Sólo salen de noche, pequeños, como murciélagos, regando terror en la cima de los riscos.

Papá dice que probablemente las supersticiones acerca de la isla la vuelven el lugar ideal para la vida salvaje. Los locales la dejan en paz, y no la saquean por sus huevos, plumas y carne, como han hecho con otras islas.

Aunque sé que el sonido proviene de los pájaros, me cuesta trabajo tener pensamientos felices.

Apenas ha clareado y ya estamos afuera, dando pasos largos en la punta de las rocas que siguen húmedas por la marea. Veo el polluelo de una golondrina de mar, quieto sobre una roca con un knuckle-fish en la garganta, mirando hacia el cielo. Quizás está esperando a que el padre que lo alimentó regrese y se lo saque de nuevo.

Ése te toca a ti, dice papá, y baja hacia otro polluelo que ha visto en la playa.

¿Yo?, digo, pero ya se ha ido.

Me tomo mi tiempo para subir, con más cuidado del que necesito. Quiero que papá termine pronto y venga a lidiar con éste. Pero aunque me muevo como una tortuga, no ha terminado con el otro polluelo para cuando llego al mío.

¿Qué debo hacer?, grito. El polluelo retrocede al escuchar mi voz. Puedo ver el gris de su piel debajo de la pelusa. Nunca lo había visto tan de cerca.

Sólo jálalo, grita papá. Está irritado. Quizás algo anda raro con su polluelo.

Muevo mis manos lento, con la esperanza de que el polluelo huya de mí, pero no lo hace. He visto esto miles de veces. Mis dedos parecen saber cómo atrapar y detener a los polluelos por sí mismos. Han aprendido mientras yo observaba. La golondrina de mar es pequeña, y huesuda debajo de la pelusa. ¿Cómo pudo haber creído su padre que podía comerse este pez enorme? El knuckle-fish abre grande la boca del pájaro. Me pregunto qué tan adentro está. Quizás su pico está dentro del estómago del polluelo.

Trato de murmurarle algo al polluelo, como hace papá, pero no hablo su idioma. Con el talón de la mano, lo sostengo en mi rodilla, apretando su cabeza con mis dedos. Doy un último vistazo alrededor. Papá todavía está con el otro.

La cola del knuckle-fish está fría y áspera entre mis dedos. Comienzo a jalar. Sale toda la cabeza del polluelo, y hace un ruido de alarma. Vuelvo a mirar al pez, y mi sangre se vuelve agua de mar. Creo que está atorado, grito.

Bueno, pues apresúrate, dice.

¡Pero está atorado! Hazlo como te enseñé.

Quiero que lo hagas tú. Sólo hazlo.

Una gaviota enorme da vueltas sobre la cabeza del risco, luego se balancea sobre la brisa, rasgando el cielo con la punta de sus alas justo sobre mí. Sus gritos son prehistóricos.

Papá, digo, las púas están atoradas. Creo que no ha entendido.

Uno rápido… dice, y hace un gesto con sus manos —sus dos puños juntos, luego separándose de golpe—. Lo he visto hacerlo mil veces. No hay duda. Esto es lo que espera de mí.

¿Puedes venir y hacerlo tú?

Está sufriendo mientras te quejas, dice.

El polluelo de papá ahora es libre y corrió a buscar refugio.

Trato una vez más de jalar el pez, pero el polluelo chilla cuando las púas tiran dentro de su garganta. Mi corazón palpita. Papá está al fondo del precipicio con las manos en las caderas.

Sólo sostengo al polluelo, su cabeza con una mano, sus patas en la otra. Espero que mis manos lo hagan por sí mismas, que acaben con el pájaro de la misma forma en que lo atraparon, sin que tenga que pensar al respecto. Pero mis manos esperan mi instrucción. Yo sólo me siento en la roca húmeda y me rehúso a moverme, el viento se enreda bajo mi capucha.

Y entonces papá está allí, justo atrás de mí. Por dios, dice. Toma las patas del pájaro de mi mano. No lo sueltes, le dice. Aprieto la cabeza del pájaro más fuerte y es difícil sostenerla cuando él le jala las patas. Un jalón duro, y se acaba antes de que entienda qué está pasando.

Papá abre la bolsa. Mételo, dice.

El pájaro se ha encogido entre mis dedos. Lo pongo al fondo de la bolsa, y mi mano sale oliendo miserable.

Sigamos, dice papá.

El espacio vacío que dejamos en el risco es como el sonido que hace una puerta después de cerrarse.

En navidad, cuando era niño, solíamos jugar un juego en el que mamá sacaba un objeto del cuarto mientras yo esperaba afuera. Cuando volvía, siempre encontraba el espacio vacío, sin importar qué tan pequeño fuera, en unos segundos. Inclusive cuando no podía nombrar todos los objetos en el cuarto, era experto en encontrar el espacio que dejaba algo que se había ido.

Papá no se acuerda de este juego. Tienes un cerebro extraño, dice. Su mente es un bolsillo con un agujero al fondo.

Ya quiero irme a casa. Pero sé que uno de estos espacios vacíos está allí esperándome. La única cosa que hacía soportable todo esto no está allí.

Mis botas rechinan el frío cuando me levanto. Reviso otra vez mi teléfono, pero no hay mensajes. Papá comienza a bajar del risco, de vuelta al camino, y yo lo sigo.

 

 

Traductora: Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988) es escritora y autora de Cuerpo extraño, libro que obtuvo el premio de ensayo Latin American Voices 2013. Actualmente reside en Nueva York, donde estudia un posgrado en escritura creativa.


Autores
Adam Marek (1974) fue concebido en un viaje por mar a Nueva York. Autor de los libros de cuentos The Stone Thrower e Instruction Manual for Swallowing. En 2011 obtuvo la beca Arts Foundation Short Story Fellowship. En su pagina web afirma que gran parte de su trabajo se lo debe tanto a peliculas de serie b, comics de superheroes y Studio Ghibli como a Murakami, JG Ballard y Kafka.

David, querido amigo:

Vine a tu departamento a verte, toqué la puerta durante una hora pero no hubo respuesta y fue imposible esperarte. El perro del vecino ladró y entonces uno de los estudiantes que vive al lado, creo que se llama Mauricio o Mario, salió para ver por qué tanto ruido, y como no quería irme sin darte razones de mí, le pedí estas hojas para dejar el mensaje que me motivó a visitarte y que aventaré por debajo de la puerta en cuanto lo termine de escribir. Quizá te sorprenda tanta premura, pensarás que soy un ambicioso. Pero no. Al final vas a entender mi urgencia.

Cuando vi la entrada de tu edificio me vino a la mente la temporada que vivimos en calles contiguas. Tú en San Antonio y yo en Limoneros. Ahí coincidimos también en el gusto que, en automático, nos hizo hermanos de sangre: el amor a los Beatles. Justamente, te atreviste a hablarme cuando te diste cuenta que mis anteojos eran idénticos a los de Lennon: redondos, un poco oscuros y anticuados. Entonces, con un poco más de atención, descubriste el parecido en general, la nariz, el cabello, la forma de caminar y, al final, tras intercambiar unas cuantas palabras, la voz. Me saludaste temeroso, como una persona que no está acostumbrada a socializar. Yo te dije tranquilo, hermano, no pasa nada, sólo imagina un mundo sin guerras, sin religiones. Y tú sonreíste.

En cuanto comenté que daba un show y que me gustaría verte por el bar, tus ojos brillaron de la forma en que se iluminan los de un niño con un juguete nuevo. La cueva era el nombre de aquel tugurio donde los miércoles y jueves había, además de prostitutas de minifaldas coloridas, presentaciones del mejor grupo imitador (al menos de la colonia) del cuarteto de Liverpool. Tocábamos alrededor de la media noche, cuando los borrachos se habían cansado de bailar corridos y cumbias. Ahí estuviste ese día, al lado de la rocola, con una cerveza en mano y la playera de Help! que compraste en el tianguis. Supe de inmediato que serías crítico con el sonido: un buen fan no perdona los errores.

Esta canción va para mi nuevo amigo, David, que está en esa esquina y que sabe mucho de los Beatles. Así comencé el concierto. ¿Te acuerdas? Esa noche tenía el sentimiento, la energía, para cantar como un grande. La noche se ambientó con los clásicos del cuarteto. Pero lo que acabó por sorprenderte fue que a mitad del espectáculo sacáramos los trajes del Sargento Pimienta. Para mí valía la pena invertir en lo que entonces era nuestro proyecto de vida.

Este universo bitlemaniaco que nos une, a ti y a mí, con tantos millones de fanáticos, no puede ser una casualidad. Cuando la música de los Beatles te toca, no hay forma de evitar el encantamiento, hay un antes y un después, un milagro desconocido que te domina de por vida, y es irreversible. Lo sabes.

Desgraciadamente, a los diez meses de haber empezado con la banda, una de las prostitutas se llevó a Ricardo, el mejor Ringo que he conocido hasta ahora; me parece que ahora viven en la costa y venden pescado. Otra de las mujerzuelas hizo padre a Josué, quien hacía de Harrison. Pablo, el bajista, se tituló de ingeniero pero a falta de buenos puestos, puso una ferretería. Intenté rescatar la banda con nuevos integrantes, pero no era lo mismo, no había la misma química. No me quedó más remedio que aceptar el fracaso. Creo que fue lo mejor para todos.

Las separaciones no son fáciles. Uno sale más perjudicado que los demás. En este caso fui yo el que se quedó solo, pero también el único que deseaba hacer música aún. Los integrantes que no sienten la misma pasión, tarde o temprano desaparecen. Aquella vez que hablamos tú y yo sobre mis planes a futuro, al mes de haber dado muerte a la banda, me preguntaste si no había pensado en presentaciones individuales. ¿Como solista?, comenté ingenuamente y moviste la cabeza diciendo claro, claro. Y no, jamás me pasó por la cabeza, pero creo que fue en ese instante que nació el plan de un gran homenaje.

Me dejé crecer el cabello y me puse a dieta para dar la apariencia de ese Lennon desalineado, flaco, con ganas de amar a Yoko. Me compré una playera que decía New York City, otras gafas redondas, varias chamarras de mezclilla y sacos de gamuza. Al mes estuve listo para presentarme oficialmente. La línea azul del Metro fue el escenario que me abrió las puertas. Aquel día la gente me miraba extrañada. Vengo a interpretarles canciones del maestro Lennon, les dije nervioso y señalé al cielo, como si supiera que John me observaba. Fue la primera vez que sentí el poder de su música. Porque no es lo mismo estar arriba de un escenario con más músicos, que enfrentarse solo a la crítica del público del Metro.

Pero más allá de mi inseguridad, el concierto resultó un éxito desde el instante en que empecé a cantar «Power to the people» y un par de tipos de mohicana se levantaron y, con el puño izquierdo en alto, dijeron ¡abajo la represión!, ¡abajo el mal gobierno! Y esa muestra de afecto fue suficiente para justificar mi causa, sin importar en dónde o para quién fuera. Se sentían identificados conmigo, o mejor dicho con las letras de John.

Estuve en el Metro hasta que los policías me lo prohibieron.

Después, me ubiqué en el Zócalo. Las personas se reunían a mi alrededor para pedirme «Imagine» o «Woman» y las cantaban como si se tratara del himno nacional. Un día un señor me preguntó cuánto le cobraba por tocar en su cumpleaños. Le dije que me diera quinientos pesos y que, si le gustaba el show, agregara lo que él quisiera.

El domingo me presenté en la fiesta con mi guitarra y mis lentes. ¿Una cerveza, señor Lennon?, me dijo la esposa del festejado; asentí, orgulloso. Puse las letras en un atril, me senté e hice lo propio. Cuando terminó el concierto, se acercó una mujer llamada Julia, quien dijo haber disfrutado la presentación. Sabía cuáles eran sus intenciones. Me la llevé a La cueva y en la madrugada quiso irse a mi casa. Total que, después de esa noche, no regresó con su familia. Al poco tiempo me dijo que me amaba y que quería tener un hijo conmigo y yo no pude decir que no.

Convertirme en padre me ayudó a dejar la marihuana. Pero me quedaron otros vicios como el cigarro y las mujeres, este último fue la razón por la cual me separé de Julia después de que nuestro «Beautiful boy» cumpliera un año. Casi a la par me encontré a Minerva, quien me ayudó a retomar mi carrera como imitador de Lennon.

Había estado tan ensimismado en Julia y en el bebé que lo demás me parecía secundario. Dejé de lado la música, y me arrepiento. De pronto me dije: la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. Cuánta razón tenía John. Con la ayuda de Minerva conseguí una presentación por semana en un restaurante que está en el Centro (te anoté la dirección atrás de esta página), donde, por tres bloques de media hora, además de un club sándwich, me daban mil pesos a la semana.

Ahí conocí a mucha gente importante. Me hice el imitador por excelencia. Tú conoces el mercado musical mejor que nadie, sabes que colocarse es complicado. Finalmente, tuve la fama que merecía; vinieron más mujeres, volví a las drogas, etcétera. No creo ser más famoso que Dios, pero tal vez sí más que algún santo de pueblo.

Éste es el punto al que quería llegar. Necesito tu ayuda.

Voy por la grande. Tengo un plan del que no vas a poder zafarte porque sólo alguien con la misma pasión por Lennon (y los Beatles) puede ayudarme. Hoy es 8 de diciembre, un día muy especial, ya sabes por qué. Un canal de televisión grabará mi concierto en el restaurante. He dejado con Pablo (que hacía de McCartney), en su ferretería, la pistola con la que acabarás con este gran homenaje. Le he dicho que te la voy a vender. Recógela, ya sabes dónde encontrarlo.

Al término del concierto nos encontraremos afuera, ¿de acuerdo? Me pedirás un autógrafo. Cuando guarde la pluma, dispara cinco veces. Cinco. Luego corre, un coche te estará esperando en la esquina; te traerá de vuelta al departamento. (No te preocupes, el taxista también es de los nuestros). Estas hojas servirán para deslindarte en caso de que algo salga mal. Si tienes miedo, sólo recuerda las palabras sabias que nos dejó Lennon: todo va a estar bien al final. Si no está bien, entonces no es el fin. El concierto inicia a las nueve.

Peace and love, David, hasta siempre.

Juan.


Autores
Nació en Cuernavaca, Morelos, en 1988. Es escritor y músico. Estudió ciencias de la educación en la UAEM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa (2018) y del FONCA en la categoría de Creadores con Trayectoria (2024). Algunos cuentos suyos se encuentran publicados en antologías y medios nacionales como Gatopardo, La Tempestad, Luvina, Laberinto, e internacionales como la revista española Quimera y The South Carolina Review. Coordinó el proyecto Breve manual del libro fantástico (UAM, 2020). Ha publicado los libros de cuento Orquesta primitiva (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015); Cuando las luces aparezcan (Paraíso Perdido, 2020/2023; XI Premio Nacional de Narrativa “Ramón López Velarde” en 2018); El hombre crucigrama (UNAM, 2023; Mención Especial por el Banco de Libros de Venezuela y mencionado en el listado de lo mejor de LIJ por la Fundación Cuatrogatos) y, recientemente, Umbral (UAM, 2024), por el cual recibió el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima 2025.

En el marco del Festival Foto México, se inauguró Pretextos para recordar, exposición fotográfica llevada a cabo en La Presidencia, un espacio independiente destinado a las prácticas artísticas en el centro de la ciudad de Cuernavaca. La propuesta fue realizada por René Díaz y Fernando Mancera, quienes organizaron, curaron y montaron la exposición sobre la temática de esta primera edición del festival: las colecciones fotográficas y el coleccionismo.

René Díaz, curador de la exposición, parte de la idea de que la fotografía es un objeto coleccionable en sí mismo, y que en ello radica el pretexto para guardar y atesorar una imagen: «A partir de estas propuestas metafóricas que derivan de la pertenencia, la memoria y los temas personales es como se representan confesiones comunicantes, perpetuidad de los eventos y objetos recordados».

Pienso que la fotografía es coleccionable, pero no sólo por tratarse de un objeto, como lo menciona Díaz, sino también por ser un documento de registro humano que permite analizar el pasado desde una representación de la realidad. La fotografía no sólo sirve para recordar, no tiene como fin último ser un mero gesto de la memoria, también nos deja ver a través de aquello que el fotógrafo (inmerso en su propio tiempo) pensó, seleccionó y capturó.

El tema de la colección va más allá de la simple idea de conservación de la imagen fotográfica en archivos públicos o privados, pues tiene que ver con una idea de traer ese pasado a través del recuerdo. En ese proceso de evocación, los objetos, los espacios, las personas y los acontecimientos, cumplen un papel fundamental que muchas veces los fotógrafos deciden retratar en una búsqueda personal por apropiarse de su presente.

Pretextos para recordar reunió piezas de once fotógrafos mexicanos, formados en su mayoría en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. La obra de cada uno permite observar el paso del tiempo a través de diversos objetos y estados de la sustancia: baúles, cajas, muñecas, libros, nubes, basura, fotografías de registro y de paisaje. Todo ello evocando a un pasado social o familiar a través de diferentes intervenciones de la imagen y desde distintas técnicas fotográficas. A pesar de que el trabajo museográfico resulte insuficiente por las dificultades que el mismo espacio plantea para el montaje, la exposición resultó ser rica en cuanto a la selección de los artistas y de las piezas que se presentaron. Sin embargo, el formato de la semblanza curatorial que acompaña a cada obra es muy breve, por ello parece prudente hacer una revisión más profunda de la trayectoria de cada fotógrafo de la mano René Díaz, quien, en entrevista, nos explicó a detalle el por qué de su selección.

Él menciona que la elección del trabajo expuesto de Yael Martínez fue hecha a propuesta del mismo fotógrafo. «El baúl de la abuela» dio imagen a la exposición, precisamente por el objeto al que hacía referencia: «Era pertinente para que se insinuara todo el tema de la colección, ¿quién no ha tenido cajas o baúles en los que guarda cosas? Estos nos sirven para recolectar, son un pretexto para coleccionar. Este es un baúl que tiene una carga emocional privada, puesto que forma parte de un inventario de los objetos que tenía la abuela de Yael, forma parte de ese duelo por su muerte». Sin duda, la lectura debe ir más allá, pues la fotografía pertenece a la serie El Olvido, en la que Martínez documentó los últimos meses de vida de su abuela María del Carmen, quien padecía de Alzheimer. La serie consta de retratos de su abuela recostada, siendo bañada, acercamientos a su rostro, a sus pies y a su cuerpo, así como a los objetos que formaban parte de su casa. «El baúl de la abuela» es el objeto de esa mujer que olvidó todo, que no conservó sus recuerdos, que muchas veces no reconoció la cara de su nieto, que perdió la memoria que nos permite, de uno u otro modo, almacenar nuestro pasado. De la serie, sólo es posible ver El Baúl y me parece que hubiera sido bueno que se ahondara más en una serie tan vasta y rica.

Por otro lado, Paola Dávila, oriunda de Oaxaca, presentó La Torre de los Tesoros en la que reúne fotografías en formato Polaroid con el paisaje como tema principal. Cada fotografía se presenta dentro de una caja diferente. Sin duda la idea de las cajas alude a una necesidad de conservación, de guarida y hogar de las fotografías como objeto y como documento mismo. Reynel Ortiz, por su parte, expone un libro de artista en el que coloca fotografías en formato de postal que pertenecieron a su padre, todo ello para evidenciar un pasado familiar. «Él es uno que hace más el uso de la fotografía por apropiación más que por autoría, pues trabaja a partir de la autobiografía». Revisando el portafolio de Reynel me encontré con su serie Diario de Duelo que inmediatamente me recordó la serie El Olvido de Yael Martínez, pues ambos son registros de mujeres importantes en sus vidas (madre y abuela, respectivamente) que fallecieron a causa de una enfermedad. En ambos proyectos se alude al cuerpo, a la ausencia y buscar el no olvido de la permanencia, de las personas, a través de los objetos y de las imágenes.

A veces podemos medir el transcurso del tiempo recurriendo a los recuerdos, contando nuestros años o a nuestros muertos. Alexandra Germán cronometra Diez minutos de vida en los que observa una nube disiparse. «Estas fotografías fueron realizadas en un formato Polaroid, con una lectura secuencial cinematográfica, casi cuadro por cuadro. Germán se identifica por abordar el tema del tiempo creando series con historias en las que las nubes son protagonistas. «Metamorfosis de una nube» y «Sobre las turbulencias», no mostradas en esta exposición, son un ejemplo más de la manera en la que hace manejo del tiempo en tomas secuenciales, así como de dejar registro de aquello que es efímero, que desaparece rápidamente.

Por otra parte, Kenia Nárez es conocida por sus fotografías sobre cuentos infantiles, pues revisa las historias de la infancia desde una perspectiva de género para construirse a través de las imágenes y de los objetos. La fotógrafa ha trabajado con series que iniciaron con Cuento no.1 en 2005. Así la exhibición de Cuento no. 5 (obra realizada en 2015) es una serie de seis libros, tres de ellos como esculturas de papel y tres con transferencia Polaroid, en los que Nárez «hace un autorretrato de su cuerpo caracterizando personajes».

Siguiendo la misma línea en la que se revive la infancia, nos encontramos con La casa de las muñecas de Sarai Ojeda, una serie de diez retratos. «Esta es una colección de muñecas de carácter generacional. Hay una forma de representar el papel de la madre, de la abuela, el papel del personaje femenino». Así que el acercamiento de Ojeda con su infancia no es a través de los cuentos, sino a través de los objetos con los que las mujeres comúnmente asimilan la idea de maternidad.

Carlos León, por su parte, presenta Mutación, una serie de fotografías en la que hace referencia a la infancia a través de la repetición del retrato de un niño. Del mismo modo que Nárez y que Ojeda, el trabajo de León es de carácter autobiográfico y sus fotografías nos acercan a nuestra propia niñez. León retoma las fotografías de la infancia en un intento por reconstruir su pasado, buscarse a sí mismo en él y obtener respuestas. Sobre el trabajo de León, René Díaz menciona que «Todos nos identificamos al ver una imagen de un niño». El reconocimiento de la propia infancia en estas obras por parte del espectador, se ve influido por una cuestión de género. Como mujer, reconozco más mi pasado a través de la obra de Ojeda y de Nárez, pues me identifico con los temas que ellas abordan.

El trabajo de Alonso García y de Mayra Martell confluyen en varios sentidos, pues hay un acercamiento a dos ciudades que se caracterizan por ser zonas en las que prevalece la violencia: Medellin y Ciudad Juárez. «Mayra es originaria de Ciudad Juárez, y muestra este lugar en su esplendor postraumático. Ella recupera la idea de que la fotografía de arquitectura puede evidenciar la transformación del espacio y cómo la imagen se vuelve parte de esa ésta». Por otra parte, Alonso García «tiene un proyecto que se llama Spectrum, basado en fotografías que muestran la condición social y el desplazamiento al que se enfrenta la gente de Medellin. Hay un gesto basado en la arquitectura, en el paisaje, en lo social».

De Pericles Lavat se mostraron dos fotografías de la serie From Trash en las que aparecen desperdicios plásticos que yacen sobre la arena de alguna playa sin nombre. Puede ser difícil insertar el trabajo de este gran fotógrafo dentro de la misma línea discursiva y temática de la exposición. El protagonista de la obra son los objetos que se encuentran en un paisaje al que no pertenecen. La imagen expuesta de Cassandra Galloti también parece fuera de contexto. «Ella ha trabajado en una serie de fotografías en las que retrata diversos perros que son importantes en su entorno». Quizás podría darse una lectura de su pieza pensando en lo que representan estos animales en su vida y la relación de pasado y presente que tiene con su perra Martina, quien es el tema de la imagen que presentó en una impresión cromógena sobre un círculo de madera.

Más allá de la reminiscencia, la exposición ha sido un pretexto para revisar el trabajo de estos once fotógrafos, para darse un clavado en sus proyectos pasados y entender su producción en la actualidad. Para René, pienso, fue un pretexto para repasar la lista de amigos y compañeros fotógrafos a quienes pudiera incluir en la propuesta de participación en el Festival Foto México a través de la Red de la Imagen. Este texto es, sin duda, un pretexto para seguir dando a conocer el trabajo de los artistas, para no perderles pista, para hacer una revisión de sus nuevos proyectos, pero sobre todo para celebrar que se sigue haciendo fotografía y que hay quienes nos reunimos para ver y reflexionar en torno a ella.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.

Hay una voluntad que atraviesa los cuentos de 222 patitos (2004), de Federico Falco (General Cabrera, Córdoba, 1977). Se trata de una voluntad por la anécdota, por hacer con cada uno de los relatos una historia mínima que tenga reminiscencias a la oralidad. A lo pintoresco, a lo inconcluso, a la puesta en escena de una anécdota. Porque, en efecto, los cuentos que componen 222 patitos no nos presentan una totalidad orgánica que cierra sin dejar cabos sueltos. Responden, más bien, al placer de narrar un episodio, al mero fluir de recortar una experiencia vital y contarla.

Ni siquiera encontramos en todos ellos un estilo único ni una prosa unificada. Como es de esperarse en una antología que pasó por varias ediciones y reescrituras, la calidad de los cuentos es variopinta. Algunos los hay olvidables. Pero hay otros, me atrevo a decir, que son verdaderas joyitas narrativas. Textos que calan hondo en la sensibilidad de quienes nos interesamos por la literatura. En ellos, ciertas obsesiones, preguntas y actitudes de sus personajes deslizan los límites del verosímil realista hacia escenas un poco mórbidas, extrañas, cuasi fantásticas.

El cuento que abre la serie, «El pelo de la virgen», nos muestra el despertar sexual de un adolescente enamorado de una compañerita de escuela cuya característica distintiva es un largo, larguísimo pelo rubio. Hasta aquí, todo normal. Pero un día, Silvina aparece pelada. Se corre el rumor de que le ofrendó su preciada cabellera a la Virgen para que su hermanito enfermo se recuperara. Como una espina que se le clava en la mente, el protagonista del relato no para de pensar que el deseado cabello de su amor está ahí, en alguna iglesia, disponible, esperándolo.  Entonces, se embarca en una suerte de peregrinación fetichista en busca de aquel adorado pelo rubio. Aquí, como si el adolescente hubiera intuido la esencia del éxtasis religioso, la curiosidad sexual se entremezcla con imágenes piadosas del rostro de la Virgen: «La cara de la Virgen se dibujó en mi memoria, y con una mano repetí el gesto lento de levantarle el vestido. Entonces el pelo terminó de rodearme y me dormí así, humedecido y perfecto».

Otro cuento maravilloso de esta antología es «Ada». El relato trabaja con la oposición entre el pueblo pequeño, árido y monótono, y la gran ciudad —en este caso Buenos Aires—. Aquella obsesión por el pueblo como locus narrativo, tan presente en la literatura argentina del siglo XX, reaparece en el cuento con algunos tintes puigueanos. La historia: una chica de ciudad, más exactamente del barrio de Almagro y un poco sobreprotegida por sus padres, pasa los días de su niñez leyendo con ahínco. Las novelas le enseñan que no importa lo mala que se ponga la vida, siempre aparecerá una figura redentora para rescatarla. Pasa el tiempo, llega la adolescencia y un verano en Mar del Plata conoce a Elvio, un muchacho con mucha iniciativa cuyo sueño es ser intendente de Cabrera. «Lo conocí también porque estaba leyendo», nos dice la protagonista. Las cartas comienzan a circular. En ellas, Elvio le describe todos los detalles de su pueblo: los personajes que lo habitan, los chismes que circulan, sus pequeños dramas cotidianos. Ella se enamora del recuerdo de Elvio y de su narración sin poder distinguir bien uno de otro. Se casan, se van a vivir al pueblo. Sucede lo esperable: «Cabrera era como él me lo había contado, pero no como yo lo había leído». Y este giro tan casual, tan de paso en el cuento, obliga al lector a bajar la vista, interrumpir la lectura y pensar, alarmado, en lo poderoso de la ficción. La manera impetuosa y voraz en que la literatura puede moldear emociones y fantasías. En una suerte de complejo de Madame Bovary, la protagonista confunde lo real con la ficción e intentará, durante el resto de su vida adulta, atenuar la magnitud de ese error.

El relato que cierra la antología, «Cuento de navidad», es simplemente conmovedor. En él aparece (de manera más acabada) aquella voluntad por la anécdota que mencioné al comienzo. El argumento es simple: una familia que se junta, como todos los años, en la casa de la abuela para el repetido festejo navideño. Hace calor, se asa un cordero. Un tío toma la posta del asador, los sobrinos lo ayudan. El nono que, hasta que murió, controlaba la cocción sentado en un banco de piedra, debajo de una acacia. La nona que, ya enferma, no recuerda quiénes son sus nietos. Idas y vueltas temporales por la historia de la familia. Flashbacks en los que nos enteramos que el abuelo sufrió una experiencia horrorosa en su infancia, que ellos se casaron jóvenes y tuvieron su luna de miel en las sierras cordobesas. El argumento es simple, sí, pero en los detalles que tejen la trama del cuento radica su capacidad de emocionar. Imposible no ver en aquella celebración, en aquél ritual de asar carne en una navidad calurosa, en aquellos abuelos que ya no son lo que fueron, un reflejo de la propia historia familiar y sentir la nostalgia por el paso del tiempo que arrasa con los seres que amamos.

El autor ha dicho, en alguna entrevista: «Una de las cosas que busqué para este libro, y para lo que escribo en general, es que todo el tiempo el lector recuerde que le están contando algo». En efecto, 222 patitos explora el potencial narrativo de la anécdota y nos recuerda que la literatura está ahí, entre otras cosas, para rescatarnos del olvido.