Tierra Adentro

David, querido amigo:

Vine a tu departamento a verte, toqué la puerta durante una hora pero no hubo respuesta y fue imposible esperarte. El perro del vecino ladró y entonces uno de los estudiantes que vive al lado, creo que se llama Mauricio o Mario, salió para ver por qué tanto ruido, y como no quería irme sin darte razones de mí, le pedí estas hojas para dejar el mensaje que me motivó a visitarte y que aventaré por debajo de la puerta en cuanto lo termine de escribir. Quizá te sorprenda tanta premura, pensarás que soy un ambicioso. Pero no. Al final vas a entender mi urgencia.

Cuando vi la entrada de tu edificio me vino a la mente la temporada que vivimos en calles contiguas. Tú en San Antonio y yo en Limoneros. Ahí coincidimos también en el gusto que, en automático, nos hizo hermanos de sangre: el amor a los Beatles. Justamente, te atreviste a hablarme cuando te diste cuenta que mis anteojos eran idénticos a los de Lennon: redondos, un poco oscuros y anticuados. Entonces, con un poco más de atención, descubriste el parecido en general, la nariz, el cabello, la forma de caminar y, al final, tras intercambiar unas cuantas palabras, la voz. Me saludaste temeroso, como una persona que no está acostumbrada a socializar. Yo te dije tranquilo, hermano, no pasa nada, sólo imagina un mundo sin guerras, sin religiones. Y tú sonreíste.

En cuanto comenté que daba un show y que me gustaría verte por el bar, tus ojos brillaron de la forma en que se iluminan los de un niño con un juguete nuevo. La cueva era el nombre de aquel tugurio donde los miércoles y jueves había, además de prostitutas de minifaldas coloridas, presentaciones del mejor grupo imitador (al menos de la colonia) del cuarteto de Liverpool. Tocábamos alrededor de la media noche, cuando los borrachos se habían cansado de bailar corridos y cumbias. Ahí estuviste ese día, al lado de la rocola, con una cerveza en mano y la playera de Help! que compraste en el tianguis. Supe de inmediato que serías crítico con el sonido: un buen fan no perdona los errores.

Esta canción va para mi nuevo amigo, David, que está en esa esquina y que sabe mucho de los Beatles. Así comencé el concierto. ¿Te acuerdas? Esa noche tenía el sentimiento, la energía, para cantar como un grande. La noche se ambientó con los clásicos del cuarteto. Pero lo que acabó por sorprenderte fue que a mitad del espectáculo sacáramos los trajes del Sargento Pimienta. Para mí valía la pena invertir en lo que entonces era nuestro proyecto de vida.

Este universo bitlemaniaco que nos une, a ti y a mí, con tantos millones de fanáticos, no puede ser una casualidad. Cuando la música de los Beatles te toca, no hay forma de evitar el encantamiento, hay un antes y un después, un milagro desconocido que te domina de por vida, y es irreversible. Lo sabes.

Desgraciadamente, a los diez meses de haber empezado con la banda, una de las prostitutas se llevó a Ricardo, el mejor Ringo que he conocido hasta ahora; me parece que ahora viven en la costa y venden pescado. Otra de las mujerzuelas hizo padre a Josué, quien hacía de Harrison. Pablo, el bajista, se tituló de ingeniero pero a falta de buenos puestos, puso una ferretería. Intenté rescatar la banda con nuevos integrantes, pero no era lo mismo, no había la misma química. No me quedó más remedio que aceptar el fracaso. Creo que fue lo mejor para todos.

Las separaciones no son fáciles. Uno sale más perjudicado que los demás. En este caso fui yo el que se quedó solo, pero también el único que deseaba hacer música aún. Los integrantes que no sienten la misma pasión, tarde o temprano desaparecen. Aquella vez que hablamos tú y yo sobre mis planes a futuro, al mes de haber dado muerte a la banda, me preguntaste si no había pensado en presentaciones individuales. ¿Como solista?, comenté ingenuamente y moviste la cabeza diciendo claro, claro. Y no, jamás me pasó por la cabeza, pero creo que fue en ese instante que nació el plan de un gran homenaje.

Me dejé crecer el cabello y me puse a dieta para dar la apariencia de ese Lennon desalineado, flaco, con ganas de amar a Yoko. Me compré una playera que decía New York City, otras gafas redondas, varias chamarras de mezclilla y sacos de gamuza. Al mes estuve listo para presentarme oficialmente. La línea azul del Metro fue el escenario que me abrió las puertas. Aquel día la gente me miraba extrañada. Vengo a interpretarles canciones del maestro Lennon, les dije nervioso y señalé al cielo, como si supiera que John me observaba. Fue la primera vez que sentí el poder de su música. Porque no es lo mismo estar arriba de un escenario con más músicos, que enfrentarse solo a la crítica del público del Metro.

Pero más allá de mi inseguridad, el concierto resultó un éxito desde el instante en que empecé a cantar «Power to the people» y un par de tipos de mohicana se levantaron y, con el puño izquierdo en alto, dijeron ¡abajo la represión!, ¡abajo el mal gobierno! Y esa muestra de afecto fue suficiente para justificar mi causa, sin importar en dónde o para quién fuera. Se sentían identificados conmigo, o mejor dicho con las letras de John.

Estuve en el Metro hasta que los policías me lo prohibieron.

Después, me ubiqué en el Zócalo. Las personas se reunían a mi alrededor para pedirme «Imagine» o «Woman» y las cantaban como si se tratara del himno nacional. Un día un señor me preguntó cuánto le cobraba por tocar en su cumpleaños. Le dije que me diera quinientos pesos y que, si le gustaba el show, agregara lo que él quisiera.

El domingo me presenté en la fiesta con mi guitarra y mis lentes. ¿Una cerveza, señor Lennon?, me dijo la esposa del festejado; asentí, orgulloso. Puse las letras en un atril, me senté e hice lo propio. Cuando terminó el concierto, se acercó una mujer llamada Julia, quien dijo haber disfrutado la presentación. Sabía cuáles eran sus intenciones. Me la llevé a La cueva y en la madrugada quiso irse a mi casa. Total que, después de esa noche, no regresó con su familia. Al poco tiempo me dijo que me amaba y que quería tener un hijo conmigo y yo no pude decir que no.

Convertirme en padre me ayudó a dejar la marihuana. Pero me quedaron otros vicios como el cigarro y las mujeres, este último fue la razón por la cual me separé de Julia después de que nuestro «Beautiful boy» cumpliera un año. Casi a la par me encontré a Minerva, quien me ayudó a retomar mi carrera como imitador de Lennon.

Había estado tan ensimismado en Julia y en el bebé que lo demás me parecía secundario. Dejé de lado la música, y me arrepiento. De pronto me dije: la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. Cuánta razón tenía John. Con la ayuda de Minerva conseguí una presentación por semana en un restaurante que está en el Centro (te anoté la dirección atrás de esta página), donde, por tres bloques de media hora, además de un club sándwich, me daban mil pesos a la semana.

Ahí conocí a mucha gente importante. Me hice el imitador por excelencia. Tú conoces el mercado musical mejor que nadie, sabes que colocarse es complicado. Finalmente, tuve la fama que merecía; vinieron más mujeres, volví a las drogas, etcétera. No creo ser más famoso que Dios, pero tal vez sí más que algún santo de pueblo.

Éste es el punto al que quería llegar. Necesito tu ayuda.

Voy por la grande. Tengo un plan del que no vas a poder zafarte porque sólo alguien con la misma pasión por Lennon (y los Beatles) puede ayudarme. Hoy es 8 de diciembre, un día muy especial, ya sabes por qué. Un canal de televisión grabará mi concierto en el restaurante. He dejado con Pablo (que hacía de McCartney), en su ferretería, la pistola con la que acabarás con este gran homenaje. Le he dicho que te la voy a vender. Recógela, ya sabes dónde encontrarlo.

Al término del concierto nos encontraremos afuera, ¿de acuerdo? Me pedirás un autógrafo. Cuando guarde la pluma, dispara cinco veces. Cinco. Luego corre, un coche te estará esperando en la esquina; te traerá de vuelta al departamento. (No te preocupes, el taxista también es de los nuestros). Estas hojas servirán para deslindarte en caso de que algo salga mal. Si tienes miedo, sólo recuerda las palabras sabias que nos dejó Lennon: todo va a estar bien al final. Si no está bien, entonces no es el fin. El concierto inicia a las nueve.

Peace and love, David, hasta siempre.

Juan.


Autores
(Cuernavaca, 1988) escribe, lee y hace música. Estudió Educación en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue incluido en las antologías de cuento Alebrije de Palabras. Escritores Mexicanos en breve (BUAP, 2013) y Los regresos de Zapata (Cimandia, 2014). Es autor de Orquesta primitiva, publicado por el FETA.
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