Tierra Adentro
Juan Palomino (Distrito Federal, 1984) estudió filosofía y se dedica a la ilustración. Coautor, junto con Ana Paula Ojeda, de Ladrón del Fuego, y Jaguar, Corazón de la Montaña, editados por Ediciones Tecolote..

Bajamos a la playa al atardecer para que los polluelos no se ahoguen. Me pongo pantalones de mezclilla y una chamarra sobre la piyama. Mi orina se evapora en el baño frío. Papá despierta la casa entera con sus pisadas. Es hora de irse, dice con un dedo en la oreja.

Afuera, mi rostro se encoge con el frío. Ayer perdí un guante, así que tengo esta mano desnuda adentro del bolsillo, entre los pañuelos sucios y los fósiles. En la cima del risco hay nuevas flores. Papá los roza con la suela de su bota. No estoy seguro de lo que está revisando, pero parece complacido.

Las nuestras son las únicas huellas en la cuesta arenosa. Una vez me caí aquí, hace años, y me raspé la cara con el pasto, que crece en matas como alfileteros enterrados. La cicatriz se ha ido desvaneciendo y volviendo plateada en mi mejilla. Tiene la forma de la huella de un pájaro.

Papá corre con sus piernas largas y yo me alejo de la arena que patea tras él. Ya vio el polluelo de una golondrina de mar, en la playa al fondo del risco. Al principio, el pez atorado en su garganta parece una lengua. El polluelo está lanzando su cabeza hacia un lado y luego hacia delante, riéndose. Da unos pasos, se tropieza bajo el peso del pez, y luego se endereza.

Tenemos que hacer esto al amanecer, y tenemos que hacerlo rápido, porque estamos compitiendo con las gaviotas y los págalos que se despiertan desesperados de hambre.

Papá persigue a la pequeña bola de pelusa a través de la arena, luego la levanta entre sus dedos y sostiene su pequeña cabeza con una mano mientras con la otra jala suavemente al pez. El polluelo lucha, empujando sus patas palmeadas y grises contra sus palmas. Le murmura al polluelo, palabras suaves que parecen más pensamientos que palabras.

El knuckle-fish todavía no está muy adentro de la garganta de este polluelo. Si se lo traga por completo las dos púas en la parte de atrás se clavan en la garganta del polluelo. Sólo hay algo que puede hacer papá con los polluelos cuando pasa esto. Toma la decisión rápido, y sin decir nada. Son tan frágiles, sólo se necesita un pequeño tirón, y entonces papá los guarda en su bolsa.

Le doy la espalda al viento helado que sopla desde el mar. Papá extrae el pescado del pico del polluelo. Es un movimiento suave, y al final de él, cuando sale la cabeza del pez, con forma de trompeta, siento un verdadero alivio. Como si el pez hubiera estado atorado en mi propia garganta.

Él quiere que yo aprenda a hacer esto por mí mismo. Un día, dice, si queda todavía alguno de ellos, éste va a ser tu trabajo. Me pregunto si hay más personas como nosotros, en otras islas, que tienen esta misma rutina extraña, pero si existen están demasiado lejos y no puedo percibirlos. A veces siento como si fuéramos los únicos en la isla, como si fuéramos los únicos en el planeta.

Los peces muertos van en la bolsa de papá —no los tira para que los polluelos no vuelvan a tratar de comérselos—. Se lleva los peces de regreso a la casa para pesarlos y medirlos y registrarlos en su computadora; yo también le ayudo con esto. Es extraño cuando este pequeño suceso se convierte en números y fechas, y se manda a algún lado para que lo analicen. No registran nada de lo que recuerdo: cómo los ojos del polluelo se expanden cuando el pez trata de retroceder en su garganta, el olor de la bolsa de papá, o el sonido de las patas del polluelo cuando salta por la arena.

Esa mañana encontramos otros tres. Cuando terminamos, mi estómago está tan vacío que si abro la boca puedo escuchar el sonido de las olas adentro.

La avena se espesa en el sartén mientras papá coloca los cuatro peces en el periódico de la semana pasada. Los knuckle-fish son largos y huesudos, un instrumento musical grotesco que jamás te llevarías a los labios. Sus aletas son como abanicos espinosos. Inclusive si los polluelos pudieran tragarse los peces no los alimentarían en absoluto.

Papá dice que cuando te estás muriendo de hambre te comes cualquier cosa que parezca comida.

Los pájaros en realidad van tras las anguilas de arena, los peces gordos y plateados que son pura carne. Pero las anguilas de arena han desaparecido, y también el plancton diminuto que comían.

Le echo miel a la avena mientras papá mide el pez con una regla de metal. Me pregunto por qué los padres de los polluelos los alimentan con peces que los van a matar. Es como si papá le echara petróleo a mi desayuno.

Más tarde salimos a la cima del risco, cubierta de hierba, desde donde se ve la bahía. Vuelvo a revisar mi celular, sólo por si acaso, aunque sé que la isla no tiene señal. Quizás mamá ha dejado algún mensaje para nosotros, para mí, y está por ahí, en el continente, esperando.

El cartero llega cada tercer día si las olas no son demasiado grandes para su pequeño bote. Me pregunto si podría pedirle que se llevara mi celular con él, para que pueda pescar mensajes en el aire y me los traiga de vuelta.

¿Qué tienes allí?, pregunta papá.

Oculto el teléfono en mi bolsillo. Nada, digo.

Papá tiene el brazo metido en la boca de una madriguera de conejos, hasta sus hombros. Sus pies patean el pasto para equilibrarse mientras sondea el hoyo con sus manos. Refunfuña de decepción cuando saca el brazo. Dibujo una cruz en el mapa, como me han enseñado a hacer. El año pasado había una marca aquí. Nos ha pasado lo mismo todo el día.

Juan Palomino (Distrito Federal, 1984) estudió filosofía y se dedica a la ilustración. Coautor, junto con Ana Paula Ojeda, de Ladrón del Fuego, y Jaguar, Corazón de la Montaña, editados por Ediciones Tecolote..

Juan Palomino (Distrito Federal, 1984) estudió filosofía y se dedica a la ilustración. Coautor, junto con Ana Paula Ojeda, de Ladrón del Fuego, y Jaguar, Corazón de la Montaña, editados por Ediciones Tecolote..

 

El primer año que papá me trajo aquí, cada madriguera tenía un nido de frailecillos. Era demasiado joven entonces para sostener un mapa, así que papá hacía todo, marcaba las posiciones, metía cada polluelo en una bolsa de tela para que no se asustara mientras lo pesaba, y luego le colocaba un anillo plano en la pierna, para reconocerlo si lo volvía a ver.

Me pregunto dónde están ahora todos esos anillos. Quizás en algún lugar lejano hay un remolino que está succionándolo todo, todos los pájaros y los peces y las llamadas telefónicas, se los está llevando al fondo del océano, a otro mundo.

Entrada la tarde vemos dos págalos grandes discutiendo por un polluelo de arao albiblanco. Lo pinchaban con sus picos, que son gruesos y oscuros, como armas medievales. El polluelo se ve diminuto junto a los otros. Se queda viendo hacia el mar, como si fueran a irse si pretende que no están allí.

Corro hacia ellos. Puedo llegar allí a tiempo para espantar a los págalos, pero el brazo de papá se me atraviesa. Así debe de ser, me dice. No rescatamos a los gusanos de los mirlos.

Pero, le digo, ¿por qué salvamos a los polluelos que se están ahogando y no a estos?

Porque los knuckle-fish son nuestra culpa, dice.

El ágalo, de las plumas ralladas, el que parece más viejo, resentido por años de buscar comida en los océanos helados, le arrebata el polluelo del pico al más joven. Lanza su cabeza hacia atrás, y con un movimiento se traga el polluelo entero.

Donde antes había tres seres vivos ahora hay dos. No queda nada del polluelo salvo en mi memoria.

Preparo la cena. Espagueti con salsa de queso de paquete. Al fondo de la alacena hay una lata cuadrada y vieja de mostaza, y yo pico el polvo amarillo compactado hasta que algunos trozos quedan libres. Los remojo en la salsa, envenenando el vapor por un segundo.

Papá está en el sofá ignorando la televisión. Sus calcetines apestan y están sobre la mesa. Se masajea las cejas, que son tan gruesas que raspan contra las uñas de sus dedos.

Me imagino golpeándolo por la nuca con el sartén. La salsa de queso escurriéndose sobre su cara. Me imagino golpeándolo en la boca. Me lo imagino tan vívidamente que puedo sentir la forma de sus dientes en mi puño.

Mezclas de paquete, pies en la mesa. Estas son cosas que no existirían si mamá estuviera aquí.

Cuando me acuesto, dejo los platos sucios en el lavabo. Papá no se ha movido.

De noche, los petreles de la tormenta me mantienen despierto. Anidan en lo profundo de las ruinas del viejo castillo. Durante siglos, la gente pensó que esta isla estaba embrujada a causa de los horribles lamentos. Sólo salen de noche, pequeños, como murciélagos, regando terror en la cima de los riscos.

Papá dice que probablemente las supersticiones acerca de la isla la vuelven el lugar ideal para la vida salvaje. Los locales la dejan en paz, y no la saquean por sus huevos, plumas y carne, como han hecho con otras islas.

Aunque sé que el sonido proviene de los pájaros, me cuesta trabajo tener pensamientos felices.

Apenas ha clareado y ya estamos afuera, dando pasos largos en la punta de las rocas que siguen húmedas por la marea. Veo el polluelo de una golondrina de mar, quieto sobre una roca con un knuckle-fish en la garganta, mirando hacia el cielo. Quizás está esperando a que el padre que lo alimentó regrese y se lo saque de nuevo.

Ése te toca a ti, dice papá, y baja hacia otro polluelo que ha visto en la playa.

¿Yo?, digo, pero ya se ha ido.

Me tomo mi tiempo para subir, con más cuidado del que necesito. Quiero que papá termine pronto y venga a lidiar con éste. Pero aunque me muevo como una tortuga, no ha terminado con el otro polluelo para cuando llego al mío.

¿Qué debo hacer?, grito. El polluelo retrocede al escuchar mi voz. Puedo ver el gris de su piel debajo de la pelusa. Nunca lo había visto tan de cerca.

Sólo jálalo, grita papá. Está irritado. Quizás algo anda raro con su polluelo.

Muevo mis manos lento, con la esperanza de que el polluelo huya de mí, pero no lo hace. He visto esto miles de veces. Mis dedos parecen saber cómo atrapar y detener a los polluelos por sí mismos. Han aprendido mientras yo observaba. La golondrina de mar es pequeña, y huesuda debajo de la pelusa. ¿Cómo pudo haber creído su padre que podía comerse este pez enorme? El knuckle-fish abre grande la boca del pájaro. Me pregunto qué tan adentro está. Quizás su pico está dentro del estómago del polluelo.

Trato de murmurarle algo al polluelo, como hace papá, pero no hablo su idioma. Con el talón de la mano, lo sostengo en mi rodilla, apretando su cabeza con mis dedos. Doy un último vistazo alrededor. Papá todavía está con el otro.

La cola del knuckle-fish está fría y áspera entre mis dedos. Comienzo a jalar. Sale toda la cabeza del polluelo, y hace un ruido de alarma. Vuelvo a mirar al pez, y mi sangre se vuelve agua de mar. Creo que está atorado, grito.

Bueno, pues apresúrate, dice.

¡Pero está atorado! Hazlo como te enseñé.

Quiero que lo hagas tú. Sólo hazlo.

Una gaviota enorme da vueltas sobre la cabeza del risco, luego se balancea sobre la brisa, rasgando el cielo con la punta de sus alas justo sobre mí. Sus gritos son prehistóricos.

Papá, digo, las púas están atoradas. Creo que no ha entendido.

Uno rápido… dice, y hace un gesto con sus manos —sus dos puños juntos, luego separándose de golpe—. Lo he visto hacerlo mil veces. No hay duda. Esto es lo que espera de mí.

¿Puedes venir y hacerlo tú?

Está sufriendo mientras te quejas, dice.

El polluelo de papá ahora es libre y corrió a buscar refugio.

Trato una vez más de jalar el pez, pero el polluelo chilla cuando las púas tiran dentro de su garganta. Mi corazón palpita. Papá está al fondo del precipicio con las manos en las caderas.

Sólo sostengo al polluelo, su cabeza con una mano, sus patas en la otra. Espero que mis manos lo hagan por sí mismas, que acaben con el pájaro de la misma forma en que lo atraparon, sin que tenga que pensar al respecto. Pero mis manos esperan mi instrucción. Yo sólo me siento en la roca húmeda y me rehúso a moverme, el viento se enreda bajo mi capucha.

Y entonces papá está allí, justo atrás de mí. Por dios, dice. Toma las patas del pájaro de mi mano. No lo sueltes, le dice. Aprieto la cabeza del pájaro más fuerte y es difícil sostenerla cuando él le jala las patas. Un jalón duro, y se acaba antes de que entienda qué está pasando.

Papá abre la bolsa. Mételo, dice.

El pájaro se ha encogido entre mis dedos. Lo pongo al fondo de la bolsa, y mi mano sale oliendo miserable.

Sigamos, dice papá.

El espacio vacío que dejamos en el risco es como el sonido que hace una puerta después de cerrarse.

En navidad, cuando era niño, solíamos jugar un juego en el que mamá sacaba un objeto del cuarto mientras yo esperaba afuera. Cuando volvía, siempre encontraba el espacio vacío, sin importar qué tan pequeño fuera, en unos segundos. Inclusive cuando no podía nombrar todos los objetos en el cuarto, era experto en encontrar el espacio que dejaba algo que se había ido.

Papá no se acuerda de este juego. Tienes un cerebro extraño, dice. Su mente es un bolsillo con un agujero al fondo.

Ya quiero irme a casa. Pero sé que uno de estos espacios vacíos está allí esperándome. La única cosa que hacía soportable todo esto no está allí.

Mis botas rechinan el frío cuando me levanto. Reviso otra vez mi teléfono, pero no hay mensajes. Papá comienza a bajar del risco, de vuelta al camino, y yo lo sigo.

 

 

Traductora: Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988) es escritora y autora de Cuerpo extraño, libro que obtuvo el premio de ensayo Latin American Voices 2013. Actualmente reside en Nueva York, donde estudia un posgrado en escritura creativa.


Autores
Adam Marek (1974) fue concebido en un viaje por mar a Nueva York. Autor de los libros de cuentos The Stone Thrower e Instruction Manual for Swallowing. En 2011 obtuvo la beca Arts Foundation Short Story Fellowship. En su pagina web afirma que gran parte de su trabajo se lo debe tanto a peliculas de serie b, comics de superheroes y Studio Ghibli como a Murakami, JG Ballard y Kafka.
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