El arte surge de un músculo con el que todos los creadores respiran y cada corriente artística tiene sus propios referentes, sus propios «maestros» o «genios» que crearon alguna obra que marcó su contexto.
El teatro mexicano tiene artistas que han dejado huella en sus creadores escénicos, directores y actores, aunque el cinismo que hoy impera en muchos medios —desde mi punto de vista—, no ayuda a empoderar nuestra tradición, más bien no deja espacio para la creación a partir de ella. Algunos creadores escénicos, generalmente cercanos a los cincuenta años (no todos pero sí muchos), ven el pasado del arte teatral como algo que hay que custodiar, sin tocar ni superar, o como un quehacer en el que algunos se vanaglorian con la frase «Eso ya se hizo hace mucho tiempo», y con ella llevan esa tradición a una especie de altar del que no se pueden tomar referentes. Como si el hecho de que se hiciera un trabajo anulara cualquier otro tipo de creación similar, pero el arte siempre nos ha demostrado lo contrario: trabajar sobre modelos anteriores crea cosas variadas y que utilizan nuevos procedimientos para contextualizar o actualizarlos. De hecho, se hace en otros rubros, por ejemplo, el teatro comercial (siempre es un placer ver el remake de alguna obra clásica), el teatro musical o la comedia del arte.
Hace algunos años, Luis Mario Moncada y Martín Acosta realizaron este tipo de trabajos con James Joyce, Carta al artista adolescente, o Vicente Leñero con el guion de Clotilde en casa de Ibargüengoitia. Estos dos ejemplos son una búsqueda de tradición vs. contemporaneidad que sucede en muchos teatros del mundo. Hoy lo vemos con los remakes de los clásicos griegos sobre todo, pero ¿por qué los creadores mexicanos, no toman con la misma facilidad textos de dramaturgos mexicanos para trabajar sobre ellos?, ¿por qué nadie retoma una obra emblemática del teatro nacional para hacer un trabajo de reapropiación artística?
Me parece que este vacío de referentes limita la creación del arte al querer concebir «obras originales» cuando se trata de creación mexicana, y remakes de obras clásicas universales. Da la impresión de que el pasado teatral nacional tiene una carga de respeto inmaculado que no se puede tocar y provoca que las generaciones de artistas actuales vayan en busca de referentes externos para apoyar su creación. Cuando algún joven creador toma una referencia de algo que otra compañía ya realizó, se le sentencia: «Eso ya se hizo desde los ochenta» pero recordemos que Van Gogh tomó como referencia los cuadros de su maestro Manet para pulir una nueva técnica, una nueva estética.
Otras tradiciones teateatrales (al menos en las escuelas de España y Argentina) toman como referencia a los creadores anteriores para ver qué y cómo hacían, además de cuestionar, actualizar, renovar, o romper con lo que ellos y ellas hacían.
Se suma la tendencia de sólo mirar hacia afuera, a partir de ello se obtienen modelos y marcos teóricos que explican nuestro presente teatral, un trabajo que ha llevado a creadores como Héctor Bourges, Claudio Valdés Kuri o Alberto Villarreal a explorar en otras latitudes, formas y textualidades para crear su propio discurso; estos autores ya son referentes para las generaciones más jóvenes en cuanto a creación que pareciera no viene de ningún lado, pero que efectivamente está contaminada (en el buen sentido) por tendencias internacionale donde el teatro se vuelve un teatro global para lo local. La contemporaneidad ya no sólo puede ver lo nacional o local en términos de tradición cerrada, también debe explorarse en relación a los vasos comunicantes que se crean (y que siempre han estado), con otras partes del mundo.
En ese sentido, el teatro posdramático, (termino que surgió en 1999 para definir algunas poéticas en Europa y Estados Unidos) también se puede encontrar en México con la ruptura de acción y utilización del texto como material de trabajo para la escena; un ejemplo es el trabajo poético de Luis de Tavira o Vicente Leñero que ya en los años setenta creaban una dramaturgia para la escena. Tenemos la publicación de Teatro para la escena (ediciones El milagro), que justamente recoge textos de estos grandes creadores mexicanos, de Jesusa Rodriguez, Luis Mario Moncada y Martín Acosta, entre otros; obras que fueron referente y que rompieron estéticas y discursos en los años ochenta y noventa.
Bajo el paraguas de textualidades escritas para la escena y desde la escena, hay textos que en sus estructuras son más poéticos que dramáticos, además de documentar sus procesos de montaje (lo que hoy denominamos «desmontajes»). Entonces, ¿porque no podemos hacer más libros que documenten el quehacer teatral?, ¿porque alguien ya lo hizo? ¿Porque alguien rompió dentro del teatro dramático la ficción entonces no se pueden desarrollar conceptualmente nuevas categorías para denominar lo que hoy sucede?
En cada país la tradición se continua o se rechaza. En el presente tenemos la oportunidad de tomar trabajos pasados para hacer una reapropiación de ellos y encontrar caminos que quizá trasformen lo que se ha hecho décadas anteriores. Pero, ¿con qué herramientas?
Se trata de permitirnos explorar nuevos espacios de creación con técnicas que nos acercan a las elaboraciones del teatro contemporáneo, éste sigue trabajando con la idea de la no ficción, de las nuevas estructuras dramáticas más cercanas a la simbolización del espacio teatral, a la interdisciplina y la multidisciplina donde el género teatral también se contamina de otras artes y formas de creación.
En ese sentido, los caminos para la creación, renovación y reapropiación de la tradición del teatro mexicano sigue adelante con esfuerzos hacia afuera de las fronteras y dentro. Hay que apoyar a una generación de jóvenes creadores que tengan claro su discurso, que se apropien de su tradición pero con una mirada global porque el aislamiento nunca ha sido buena puerta, así como nunca lo ha sido convertir la tradición en un altar al que no se puede acceder, como si al tocarlo ardiéramos por herejes.
El flamenco es una experiencia sublime y conmovedora; para vivirlo y sentirlo se requiere tener abiertos a pleno los sentidos y dejar que la sensibilidad nos arrobe. Históricamente, los músicos que lo recrean acuden al llamado «duende» para hacerlo posible. Será que los escuchas también requieren de un poco de esa «chispa» para entender y sentir la cultura mestiza y centenaria que traspone fronteras.
El origen mismo del flamenco habla de migraciones, viajes de larga duración y mezcla de sangres y pueblos. Aunque es cierto que durante años buscaron que se mantuviera en pequeños círculos para iniciados, paulatinamente se han abierto al encuentro de gente distinta. Se trata de un fenómeno rico y complejo que forma parte del patrimonio inmaterial de la humanidad. Pero yendo más allá, es una de las expresiones que conmueve con mayor profundidad al escucha.
Y por supuesto que en su historia desfilan grandes maestros, pero han sido los renovadores quienes consiguieron brindarle mayor expansión, visibilidad y reconocimiento. Ahí está Paco de Lucía (1947-2014) y por supuesto una de sus más grandes leyendas geniales y malditas, Camarón de la Isla, punto de inflexión determinante y un auténtico liberador. José Monge (1950-1992) le quitó las amarras y lo llevó hasta el rock y el jazz en La leyenda del tiempo (1979). Es oportuno retomar uno de sus planteamientos para dimensionar sus intenciones: «Hace falta imaginar, experimentar cosas y cambiar algo. Hace falta arriesgarse. Yo ya sabía de antemano lo que iba a pasar, claro. Es que los puristas no experimentan nada de nada. Si se queda uno sólo con los puristas nos quedaríamos siempre en el mismo sitio. Están metidos en un círculo del que no se salen, y yo creo que hay que salirse un poco, ¿no? Experimentar».
Luego vino otra leyenda inmensa: Enrique Morente (1942-2010). Un cantaor heterodoxo que junto al grupo de noise rock, Lagartija Nick, dio otra importantísima vuelta de tuerca al flamenco a través de su álbum Omega (1996). El maestro dejó una impronta entre un selecto grupo de irreverentes entre los que se encuentran Kiko Veneno, J de la bandaLos planetas, Antonio Arias y Javier Limón, pero además su semilla se desperdiga como un asunto de familia. Sus tres hijos están involucrados en la música y Estrella ya se ha ganado un lugar propio en el flamenco contemporáneo, ahora toca el turno de Soleá para debutar discográficamente.
Casi no puede haber un nombre más aflamencado para una mujer que Soleá, a quien ya habíamos escuchado como parte de Los evangelistas, un grupo de flamenco rock completamente morentiano que ha grabado un par de discos. Se tomó su tiempo pero este año edita Tendrá que haber un camino, auspiciado por Sony España, y en el que sigue a cabalidad las ideas de su padre: «El flamenco es una música viva, muy de hoy, que entronca con cualquier instrumento del mundo».
Soleá (nacida en 1985) busca impregnar un sello propio a su primer disco y se nota desde la apertura con la canción «Yo escucho los cantos» que tiene con versos de García Lorca. Es un golpe de autoridad para establecer una personalidad musical que la identifiqué aun en las coincidencias con artistas de distintas generaciones y orígenes. Además incluye un homenaje a su padre con una canción que él grabó con Los planetas, para a continuación regalarnos un amplío desfile de invitados y colaboradores. No podía faltar J y otros miembros de los Planetas, gente de Lagartija Nick, la guitarra de la vieja escuela de su tío Montoyita, la Orquesta Chekara (procedente de Marruecos) y La Bien querida, que cae como anillo al dedo con sus composiciones.
Y la fiesta no para. En mayor o menor medida se suman Aurora (su madre) Estrella y su hermano pequeño José Enrique; e integrantes de los grupos Lori Meyers y Pájaro Jack. Soleá figura, además, como responsable de la producción que también comparte con J, David Rodríguez, Antonio Arias, Jaime Beltrán, y Sergio Pérez García, dependiendo del tema que se trate.
Si ya nos habíamos maravillado con «La ciudad de los gitanos» y «Nochecita Sanjuanera», que se habían dado a conocer previamente y que lucen a pleno, el lanzamiento del álbum se acompaña con «Todavía», que curiosamente cierra el trabajo y baja la electricidad y el guitarreo para internarse en los parajes acústicos y la temática amorosa. El tema es el sello de un pacto con su padre, quien le señaló que esperara la llegada de su momento y le complaciera con estudios universitarios. Hoy día, Soleá es Licenciada en Filología y a lo que le toca.
Pero si la energía gitana se abalanza en «Arrímate», también hay momentos para filtrar algo de la poesía de Machado y García Lorca, antes de llegar a dos impresionantes versiones: «Dama errante (Winter Lady)» y «Ésta no es manera de decir adiós (Hey, that’s no way to say goodbye)», originales del inmenso Leonard Cohen y que preservaron el tratamiento que Enrique Morente les hiciera con miras a incluirlas en el magnífico Omega pero que al final quedaron de lado.
Tendrá que haber un camino nos ofrece una voz turgente, una artista conocedora de la tradición pero también poseedora de un aliento indie. El flamenco entendido desde la heterodoxia y el siglo XXI. Hay gran cantidad de épica, emotividad y, ¿por qué no decirlo?, mucha frescura.
Soleá ya cantaba siendo niña a la vez que recibía las primeras lecciones musicales en La Misa flamenca, un álbum de su padre, luego se fogueó en múltiples escenarios, ahora puede soltar incluso a un García Lorca electrificado e imaginar una gitanería futurista. Disco tremendo donde los haya.
Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.
De pie a la misma altura que ella, sin preocuparse mucho por su futuro, Arthur Pritt comenzó a hablar.
En voz baja se disculpó por lo tedioso del día, por las gaitas y las bandas musicales, por los discursos, los coros y la terrible desarmonía que producían los bailarines Morris sobre el empedrado; por los aburridos regalos. Con un susurro le dijo que ojalá hubieran podido elaborar algo nuevo para ella, algo espléndido, impensado y fascinante, en lugar de tonterías que ya debía haber visto miles de veces antes en miles de lugares distintos.
Había llegado a la estación a las diez en punto junto con el resto del pueblo para recibirla, sabía que no esperaba una cara feliz y sonriente. Sabía que esperaba algo triste, un ceño fruncido.
Con su cuello corto, sus bolsas bajo los ojos y su triste boca caída le había recordado, emergiendo lentamente de su compartimiento, a una tortuga de cien años de edad que él y Alice habían visto una vez en el fondo de una fosa polvorienta en el zoológico de Calcuta.
Se había preguntado si era verdad lo que la gente decía, que cada mañana preparaba la ropa para su esposo, sus calcetas y zapatos, su estrella de diamantes, su jarretera y la faja, como si no pudiera abandonar la esperanza de que un día volvería a ella de entre los muertos.
Arthur jamás le había preparado la ropa a Alice.
Conservaba algunas cosas de ella que había traído de la India en su baúl, un vestido y un envoltorio de algodón que olía a jabón y polvo, a calor y felicidad. A menudo las miraba colgando en el guardarropa de su habitación, y la mayoría de los días tomaba una manga o un pliegue y lo sostenía entre sus dedos durante un momento. Sin embargo nunca se le había ocurrido tener listas algunas de sus cosas, a pesar del sueño donde un día ella regresaría deseando usarlas para dar un paseo.
Adelante, en la plaza, los gaiteros con sus gorros peludos continuaban en lo suyo; él podía escuchar aquel pésimo gemido estridente de los instrumentos. El pueblo había sido notificado de que Su Majestad sentía mucho afecto por las gaitas, pero al mirarla ahora, con su frío semblante, le resultaba difícil creerlo. Esa era la misma mirada que había tenido todo el día; la misma mirada de cuando se había sentado padeciendo las agudas notas de la Banda de Flauta Manchester; la misma mirada de cuando se tuvo que levantar con los bailarines Morris que trotaban de un lado a otro con sus ruidosos zapatos de madera como maniáticos fugitivos a través del empedrado, agitando sus cascabeles y lazos ridículos; la misma mirada que había tenido durante todos los gritos y ovaciones y el repicar de las campanas de la iglesia; era una mirada que parecía estar preguntando, ¿Cuándo, por el amor de Dios, se va a acabar todo esto?
¡Qué pequeña se veía en el trono improvisado de la ciudad!
Que aburrida, abatida y sola, que lejana, abandonada y aislada del mundo.
Todo el día se había encontrado deseando que ojalá hubieran pensado en algo mucho más inusual e interesante. Quizá fuegos artificiales. Magos, acróbatas. Algo que hubiera avivado su cara de perro triste y traído una chispa de interés a sus ojos medio cerrados para ayudarla a olvidar, sólo por un momento, que después de todos esos años ella aún estaba sola.
Y entonces había llegado el momento de la presentación de los regalos —El libro del Señor Boucher, Historia del Pueblo, encuadernado en piel de cabra; El mapa de Lancashire del señor Binn; El pastel conmemorativo de la señora Maudesely— el momento cuando él, Arthur Pritt el concejal, debía estar de pie junto a la vieja Reina y susurrar unas cuantas palabras introductorias explicando cada uno de los obsequios que fueron llevados hasta la tarima.
Durante un rato había sostenido la Historia del Pueblo de Boucher y cambiaba silenciosamente las páginas de borde dorado, en búsqueda de alguna sección que pudiera despertar su interés o, de otra manera, levantar su ánimo de plomo. Había resaltado obedientemente las ilustraciones de la fábrica de linóleo, el taller de papel tapiz, la cervecería, el puente viejo, el puente nuevo, el monasterio y el pedazo de terreno disparejo debajo del castillo donde alguna vez habían estado los baños romanos. La Reina seguía siendo, aunque sentada como una piedra, una pobre e infeliz tortuga, y mientras el mapa de Binn fue subido a la tarima cubierta de color carmesí y sostenido ante ella entre dos filas de plantas de invernadero dentro de macetas de barro, Arthur había decidido que no podía continuar así y mirando rápidamente de reojo a su hijo el Príncipe, quien permanecía al lado de su madre, comenzó, con un suave susurro al oído, a disculparse.
Su nombre era Arthur Pritt, le dijo, y se disculpa por este día.
Lo siente porque no pensaron en algo más bello y emocionante.
Un mago. Quizá fuegos artificiales o acróbatas. Dijo que lo pidió en las tantas y tantas reuniones a las que había asistido con los otros concejales, el administrador del pueblo, el tesorero y el alcalde, y también en todas las cartas que habían estado intercambiando entre el municipio y su Secretario de Estado, respecto a la pregunta de cómo se debían organizar las cosas, ellos no habían pensado por una vez planear las cosas de manera distinta.
El rostro de la Reina no se movió. Su boca parecía sellada por sus comisuras que caían hasta formar el más profundo e inamovible ceño fruncido.
Binns ahora estaba arrodillado sobre la alfombra, señalando con un bastón el curso del río a través del pueblo. Del lado izquierdo más lejano de la tarima, Arthur podía ver sobre un carrito, listo para acercarse, el pastel de tres pisos de la señora Maudesely. La Reina había movido ligeramente su cabeza y lo estaba mirando, a sus abundantes tréboles, cardos y rosas, su extensión de blanco glaseado como yeso blanco, y a la pequeña estatua solitaria de ella hecha de azúcar balanceándose sobre la capa más alta. Ella miró hacia otro lado, como si el pastel la hubiera deprimido incluso más que los gaiteros y los bailarines Morris. Parecía producir un efecto de disminución en su ánimo, tener que verse a sí misma ahí arriba en ese pastel luciendo tan diminuta, sola y distante. Descansó su mentón sobre su mano, sus párpados cayeron. Arthur se preguntaba si ella había escuchado lo que dijo respecto a que se lamentaba por todo eso; quizá estaba a punto de recurrir a alguien de su gente y ordenarle que la sacaran de esa tarima inmediatamente. En lugar de eso ella se volvió un poco hacia él y dijo, «Cuénteme una historia, señor Pritt». Su hijo, el Príncipe, miró de manera penetrante a Arthur y éste titubeó. «Por favor, señor Pritt. Una historia». Arthur entonces le contó una historia a la Reina; ya sea porque él no era una persona con mucha imaginación, o porque el sufrir de la Reina lo afligió tan profundamente como nunca, o porque se había presentado justo en el momento cuando quería decirle a alguien lo que había sucedido, le contó una verdadera sobre su esposa. «Ocurrió cuando estábamos en India,» le dijo a la Reina, «en Calcuta». Por primera vez en todo el día, pareció pasar un destello de interés, como un viento suave, por el melancólico rostro de la Reina. Con la punta de su abanico hizo una seña al cartógrafo arrodillado para que se retirara. «Salí de la casa, como de costumbre, una mañana», dijo Arthur, «caminé por la ciudad hasta el río donde estaban las oficinas de la empresa. Había estado ahí por una hora, cuando me percaté que había olvidado algunos documentos, así que me fui a casa para buscarlos».
Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.
La señora Maudesely y sus ayudantes ya habían transportado el pastel gigante hacia el centro de la plataforma; el Príncipe de Gales estaba un poco inclinado hacia su madre como si estuviera a punto de pedirle que prestara atención, pero los caídos ojos de la Reina estaban en el calvo concejal que se encontraba a su altura, y sin mirar al Príncipe aventó su guante negro hacia él, como un hábil recordatorio de que ella era la Reina y que haría lo que quisiera.
Arthur explicó cómo había esperado, al entrar a su casa, escuchar el sonido del piano. Eran las once en punto, a esa hora llegaba la maestra de piano de su esposa y se quedaba hasta mediodía, cuando Arthur regresaba a casa para tomar el almuerzo y una siesta. Pero la casa estaba en silencio, no había agitaciones constantes de abanicos, el único ruido era el movimiento de una escoba sobre las losas en algún lugar hacia el fondo de la casa o afuera en el jardín. «¿Alice?», llamó pero no había respuesta, sólo el silencio de los abanicos y el raspar de la escoba. Se quitó el sombrero y avanzó por la casa hacia el gran salón donde se encontraba el piano de su esposa. «La tapa estaba abierta, la partitura estaba en el atril. Lo único que faltaba era Alice».
La Reina asintió. «Continúe, señor Pritt».
Arthur tragó saliva, sentía la garganta apretada. Su ropa se sentía caliente y pesada. Se detuvo, como si repentinamente se hubiera dado cuenta de lo extraño de su situación, pero al igual que Macbeth había ido demasiado lejos como para retractarse.
Dijo que había mirado dentro de la sala donde Alice leía, planeaba sus menús, escribía sus cartas y llevaba sus costuras, pero tampoco estaba ahí.
La Reina parecía estar conteniendo la respiración, como si supiera lo que iba a venir. Arthur hizo una pausa, como lo hacía siempre cuando lo recordaba en su mente, imaginándose en su traje pálido de lino, una aterrorizada figura sudorosa que parecía entender ahora que su vida estaba llegando a una especie de final.
Se detuvo en la puerta de su habitación. Podía escuchar más allá de su puerta los suaves sonidos de placer de su esposa y cuando se había inclinado para mirar a través del ojo de la cerradura, la había visto con la cabeza echada hacia atrás, una mirada en su rostro como nunca la había visto antes; un enredo de extremidades blancas enrojecidas; la señorita Gordon, la maestra de piano.
Voló una mano regordeta hacia el cuello de la Reina; sus ojos cansados se abrieron con asombro, como si Arthur hubiera abierto una cortina pesada para develarle a un unicornio, o un espejo que habla, o la evidencia de alguna leyenda extraordinaria.
«Santo cielo, señor Pritt», murmuró ella. Sus ojos azules se fijaron en el rostro de Arthur, y por un momento Arthur se preguntó si ella iba a tratar de consolarlo de alguna manera. Iba a continuar contándole cómo Alice le había dicho después que quería pasar el resto de su vida con la señorita Gordon —Elizabeth, como ahora la llamaba— y no con él, por eso desde entonces él había estado de luto por su pérdida; le iba a decir a la Reina que ya no le importaba mucho su futuro, que extrañaba a Alice cada día, cada minuto, e incluso durante esa mañana, aunque sabía que ella se encontraba aún en Calcuta a miles de millas de distancia, había buscado su rostro entre la multitud.
Pero la Reina ya no lucía interesada en el resto de la historia, no parecía querer escuchar a Arthur hablar sobre sus sentimientos.
Parecía perdida en uno de sus sueños; estaba mirando alrededor de la tarima carmesí y a las paredes de los edificios envueltos en metros y metros de banderas y banderines patrióticos, a las barreras de seguridad y a las serpentinas, fila tras fila de plantas de invernadero en sus macetas de barro, a las multitudes vestidas con sus mejores ropas, agitando sus pañuelos blancos, a los trabajadores municipales como Arthur en sus túnicas bordadas, a la gente que la acompañaba, al Secretario de Estado, a su hijo el Príncipe de Gales.
Su boca se abrió y agito la cabeza.
«A mí nadie me dice nada, señor Pritt», murmuró en voz baja, y después de eso ya era casi la hora de que se fuera a tomar su tren para partir.
Arthur permanecía de pie en la estación junto al administrador del pueblo, el tesorero, el alcalde y los otros once concejales, mientras veían a los regalos reales siendo almacenados: El mapa de Binn, el libro ilustrado color púrpura encuadernado en piel de cabra, Historia de Boucher, y el enorme pastel. Miraba y se despedía, y cuando al fin ella se había ido se abrió paso entre las multitudes dispersas a lo largo de las estrechas calles del pueblo y a través de la puerta principal de su propia casa vacía.
*Traductor: Eduardo García Manríquez (Ciudad de México, 1990) estudio Letras Hispánicas en la UNAM. Es asistente editorial de la revista Tierra Adentro.
Eduardo Romo Trejo (Guadalajara,1978) es ilustrador y diseñador gráfico. Actualmente colabora en EL Fanzine y Life & Style
Decía Bailey que ella había muerto en esa cama, pero Luca no le creía. Él juraba que la había visto moverse: un bulto grande y deformado que, al girar, hacía ondular el edredón. Casi como la panza de su mamá, en aquellos remotos y últimos días, antes de que su hermano naciera. Se la pasaban discutiendo el asunto, que si estaba viva o si es que el Tendero mantenía su cuerpo inerte porque era demasiado tacaño como para pagar un funeral. Bailey sostenía que, si tuvieran el valor suficiente para entrar y ver por debajo de la cama, encontrarían miles de libras metidas en bolsas de plástico. Luca tampoco se lo creía, aunque a veces se imaginaba notas grasientas, con su brillo mortecino, como pequeñas chamarras de cuero.
Se puso de pie tan pronto como escuchó que tocaban la puerta: botó los controles, salió corriendo de su cuarto, saltó a su hermano que jugaba a las Guerras de las Galaxias con un R2D2 de Cajita Feliz, y bajó las escaleras como un trueno hasta llegar a la puerta. Observó a través de la mirilla, como le había enseñado mamá. Cuatro figuras de cabeza cónica, todas reconocibles. Metió la llave y la giró, y abrió.
«Quiobo».
«Quiobo».
«Quiobo».
«Quiobo».
Cabezas bajas, las caras cubiertas con gorros y gestos ensayados.
«Chido, carnal. ¿Hace frío afuera, no?».
«¿Qué haciendo?», dijo Bailey, mascando con fuerza. Luca echó un vistazo a sus tenis desgastados. Y vio envolturas de chiclosos danzando a los pies de los demás, como si tomaran el sol en un día caluroso de verano —y no en uno como éste, de seis grados en otoño—. Atrás de sus amigos, el adoquín estaba oscurecido por la lluvia. Miró de reojo al cielo. Escupiendo.
«Ya no tiren envolturas afuera de la puerta».
«Sale, carnal».
Todos sonríen al escuchar la voz de su mamá.
«Les pido que las quiten».
Bailey —a quien las chicas más grandes consideraban guapo— sonrió mostrando sus grandes dientes blancos; puso bajo sus Nike la envoltura y, como si fuera caca, la arrojó lejos. Quedó ahí, abatida, antes de que la brisa la recogiera y la elevara, vibrando alto en el aire, en busca de un público más adecuado.
«¿Y qué haciendo?».
«Jugando Call of Duty».
Bailey arrugó la nariz; no le gustaban los juegos de video.
«¿Vas a salir?».
La pregunta fue de Troy, a quien sí le gustaban.
«¿A dónde van?».
«Con el Tendero», tiró Vincent. Probablemente es lo último
que le oirás en todo el día, pensó Luca. Silencioso como pedo
de mosca.
«Voy», dijo, sorprendido por haber dado con el tono casual.
«Pus vas».
«Aguanta». Cerró con suavidad la puerta, para evitar vergüenzas.
«Paaaaa».
Una pausa larga y terrible. Luego:
«¿Sí?».
«Voy a salir, ¿ok?».
«Nada de ok. ¿Cómo dijiste?».
Estrujando la puerta —después cerrada—, pudo escuchar el ruido de las ropas y las voces bajas de sus amigos. Se paró de puntitas.
«¿Puedo salir?». Agotando sus opciones, tiró el anzuelo. «¿Porfas?». Contuvo el aliento, a la espera.
«Ve, pues, pero te llevas a tu hermano».
Se restregó la cara, dio pisotones al suelo y tiró un puñetazo al aire, un gancho de derecha tan fuerte que lo hizo girar sobre su propio eje. Musitaba groserías mientras contaba hasta diez. Al exterior de la puerta, en el pavimento, el silencio había caído.
«¿Estamos, Luca?».
«Sí, paaaa…». Las palabras caían de su boca sin pensarlas; luego miraba de frente la puerta que se abría, de frente a los muchachos. «Pérenme, ¿sí?», dijo, cerrando la puerta antes de obtener respuesta, regresándose por donde venía.
Un mundo de color limitado. Gris arriba, gris abajo y gris a los lados. Concreto por doquier. Incluso el sol no era más que una variación brillante, más blanco que todo lo demás, pero, aun así, mortecino, mudo tras el imponente cielo de granito. Y ahí estaba su hermano. Brincando junto a él, con el muñeco de la Cajita Feliz en mano, sin saber que jalaba con la banda, sin saber nada. Sí, amaba a Sam y todo, pero carajo. Mataría a su papá por esto.
Eduardo Romo Trejo (Guadalajara,1978) es ilustrador y diseñador gráfico. Actualmente colabora en EL Fanzine y Life & Style
Cada domingo, el complejo de edificios era como una tierra extraña. Silenciosa. Vacía. Gris pichón. Luca pasaba el tiempo en su cuarto o en el de alguno de los otros Chavos, apartando de su mente la idea de regresar a la escuela por la mañana, asegurándose de volver a casa a la hora de la cena. A veces iban al local del Tendero y andaban por el pasillo, por si acaso la puerta estaba abierta y lograban ver a su escalofriante esposa. Los domingos le pertenecían a él y a sus amigos, ésa era la regla; no: él, sus amigos y su hermanito. Los de once años no se deben mezclar con los de ocho. ¿Nadie se lo ha dicho a papá?
Atravesaron edificios toscos, capuchas arriba; llevaban las manos enguantadas sobre el rostro, a fin de protegerse los ojos de la grava fina que apenas se alzaba. Las bolsas de papitas volaron bajo, como aves moribundas. La lluvia era como una neblina alada, reluciendo sobre sus ropas. Bailey se dio la vuelta.
¿Quieren ver algo?
Se tomó su tiempo antes de responderle. De nuevo, echó un vistazo a su ingenuo hermano. La declaración no dicha, la palabra que siempre era borrada de los finales, era malo. Quieren ver algo malo. Nadie la mencionaba.
«P’s igual», dijo. «Como ¿qué?».
Bailey giró abruptamente hacia la izquierda, comenzando a alejarse del local del Tendero. Troy y Vincent, tomados por sorpresa, cerraron la distancia que los separaba, seguidos por Sam y Luca a su lado.
«Su carnal se lo enseñó ayer», dijo Troy.
«¿Y qué es?».
«No te puedo decir».
«Ándale, carnal».
Sintió un temblor en su voz, pero no sabía si los demás lo habían notado. Los ojos miel de Troy parecían melancólicos, hasta que te dabas cuenta de que era bizco. No mucho, sólo lo suficiente como para mirarlo una vez más. Vincent caminaba con la cabeza gacha, como si no prestara atención, pero a Luca no lo engañaba.
Lo conocía muy bien como para sospechar que prestaba atención a cada palabra.
Se acercaron a los edificios de atrás, donde el silencio era más evidente. Los columpios vacíos del jardín crujían montados por la brisa, su única pasajera. Ahí había mayor cantidad de lodo, más muebles desechados y montones de hojarasca húmeda. Un terraplén se erguía hasta dar con una reja de tela metálica que delimitaba el perímetro de la propiedad. Años antes habían trepado la reja, huyendo para no encontrar más que tierra al otro lado. Mirando a Bailey dar largas zancadas frente a ellos, con sus jeans abombados como un toddler, Luca notó cuánto había crecido desde el verano —¿cómo carajos no lo había visto antes? Bailey siempre fue el más alto del grupo, pero ahora los sobrepasaba por una cabeza que le había crecido en secreto, o de la noche a la mañana—. Nel, se dijo Luca, seguro ya estaba así hace tiempo. Vincent lo hubiera notado.
Se detuvieron a poca distancia del terraplén. Luca estiró el cuello para mirar los edificios que sobresalían. Su hermano temblaba de frío, sus dientes chasqueaban. Miró alrededor.
«¿Y qué es?».
«Ahistá».
«¿Qué?».
«La alfombra», señaló Bailey. «Mira la alfombra».
Era muy ordinaria, de aspecto vulgar, gruesa, brillosa por las gotas de lluvia. De un rojo oscuro con un diamante amarillo tejido en el centro y plumas curveadas en cada extremo. Un bulto en el medio daba la impresión de que la alfombra escondía algo.
«Sí, ¿y?».
«Abajo hay un muerto», dijo Troy.
Punzadas de agujas frías. Luca miró a su hermano, cuya boca permanecía muy abierta, y luego a sus amigos, para ver si habían notado su reacción. Troy aún miraba la alfombra. Bailey observaba con desprecio a Troy: detestaba que le robaran su éxito, aunque fuera por un minuto. Y Vincent lo miraba. Pasó saliva, apretó los dedos.
«No te creo».
Bailey se rió. «Luca nunca cree nada». Los demás se le sumaron.
«Ahí está. Mi carnal me lo dijo. Lo conoce».
«¿Y cómo murió?».
Comenzaba a sentir calor y bien pudo ordenarle a Sam que se dejara de mover, porque eso quería, pero obligado a calmarse, lo ignoró.
«P’s no sé. Dice Davis que saltó. Marrow dice que alguien lo aventó. No sé».
«¿De ahí?».
Levantó la barbilla hacia al resplandor pálido de los ventanales.
«Nel, de acá». Risas. «Tú dime».
«La verga, pinche mentiroso», dijo Luca, pero esta vez le salió mal. Algo débil, entrecortado. Temeroso.
«Vámonos ya», gimió su hermano en voz alta y, desde algún sitio desconocido, Luca sintió una ráfaga de amor. De pronto, se sintió feliz de que Sam lo acompañara. Era su coartada.
«Está bien, Sammy, no hay bronca», dijo, tratando de no sonreír. Se bajó la capucha y tomó la mano de su hermano, alejándose de ahí sin decir nada más.
Es cierto que el local del Tendero olía a orines, pero eso no impedía que los Chavos lo visitaran; incluso los Chavos mayores, esos que estaban en la frontera de convertirse en Rucos: niños de once o doce años de edad que fumaban y tenían sexo, y alardeaban por ambas cosas. Dado que el local no sólo era oscuro, sino que tenía calefacción central, el olor golpeó a los niños tan pronto como la puerta se abrió, guiándolos hacia adentro con mucho mayor entusiasmo que al propio Tendero. Él era chaparro y feo como gomitas de Coca-Cola, con la piel del rostro deformada y amarillenta como la de un muñeco de cera. Usaba boina, camisa y chaleco, y unos pantalones de vestir marrón oscuro —tan flojos— que asemejaban un sayal; a Luca le parecía un personaje de esas miniseries históricas que tanto le gustaban a mamá. El Tendero difícilmente dirigía palabra alguna a los niños, solamente les tomaba la orden, luego su dinero, y desaparecía, ingresando a la bodega. Si olvidaba cerrar la puerta, los niños alcanzaban a ver cajas apiladas como si abarcaran todo el lugar: papitas, dulces y, por supuesto, galletas McVitie’s.
Hicieron fila en el oscuro pasillo, empujándose unos a otros, diciendo groserías en voz baja. Como siempre, el Tendero fijaba la mirada por encima de sus hombros.
«¿Qué van a querer?».
«¿Me da unas papas de sal y vinagre, unas gomitas Starmix y una Fanta?».
Mirando sobre el siguiente hombro.
«Unas McVitie’s de chocolate, unas gomas Tangfastics y una Coca».
El que sigue.
«¿Me da… unas papas de queso y cebolla… y una Coca?»
Y, finalmente, él.
«Un Ting, unas Tangfastics y unas McVitie’s de chocolate». Sam lo codeó. «Que sean dos Tings y unas papas de sal y vinagre. Y lo otro también. ¿Sí?».
Sam asentía, sonriendo. El Tendero se fue a la bodega, cerrando la puerta fuertemente a su paso. Bailey comenzó a alejarse, yendo por el corredor.
«¿A dónde vas?», espetó Luca.
«A ver quién es el mentiroso, tú o yo», dijo Bailey. El cuarto estaba al final del corredor. Alcanzó la manija de la puerta de madera.
«Te apuesto lo que quieras a que está muerta».
Le quería gritar; sintió la agitación de los otros. Pero entonces Bailey abrió la puerta, entre risas. Caminó hacia adentro. Se había ido.
«¿Qué pedo con ese broder, carnal?», prorrumpió Luca, con la mano sobre la frente. Troy se quedó mudo: sus ojos bizcos danzaban.
El rostro de Vincent brillaba a causa del sudor. Algo tibio rozó su mano; Luca dio un salto. Luego miró abajo, Sam le apretaba los dedos con fuerza.
La puerta de la bodega se abrió. Todos brincaron al unísono.
Era difícil no mirar por el corredor, pero Luca mantuvo rígida su cabeza mientras el Tendero se dirigía hacia ellos, arrastrando los pies, con las bolsas blancas colgándole de la muñeca. Dejó que éstas cayeran en sus palmas, como si estuviera por realizar un truco de magia, y miró lo que tenían adentro.
«¿Choco McVitie’s, Tangs y una Coca?».
«Para mí», dijo Troy, con una voz que Luca jamás había escuchado.
«Dos Tings, choco McVitie’s, Tangs…».
«Para mí», dijo, desconcertado al notar la mirada feroz de Vincent.
Tomó su bolsa, pensando qué era lo que le molestaba. Mientras más se tardara, Bailey tendría más tiempo.
«¿Papas de queso y cebolla, una Coca?».
«Nel», dijo Vincent. «Yo quería una Fanta».
El Tendero frunció el ceño, mirando al fondo de la bolsa. Emitió un hondo gruñido con la garganta y se fue arrastrando los pies hacia la bodega. Tan pronto como una puerta se azotó al cerrar, la otra se abrió. Esta vez Bailey atravesó el corredor con mayor rapidez, mostrando sus dientes blancos, saltando hasta llegar con sus amigos. Luca apenas podía mirar, pero Troy y Vincent ya reían, chocando los puños, como si ellos no hubieran tenido miedo.
«Eres un pendejo», dijo, volviéndose para mirar el tapete enrollado.
Bailey se encogió de hombros.
«Entonces, qué, ¿está muerta?»
Fue Troy. Vendido.
«Nel», dijo Bailey, sonriéndole a Luca en la cara, queriendo pescarlo con ojos de sorpresa. «Andaba temblando y vomitando, pero me vio la jeta».
«¿No te dijo nada? ¿Como que qué hacías en su cuarto?».
«Sí», dijo Bailey entre risas. «Me dijo: eres un niño malo. Un niño muy malo».
Caminando de vuelta a casa, pudo presentir qué es lo que Bailey quería, aunque intentó hacerse el tonto durante gran parte del trayecto. Estaban por cruzar el último edificio, y, antes de que fuera demasiado tarde, se detuvo y lo dijo.
«Órale, Luca, te va».
«¿Me va qué?».
«Ver si estoy mintiendo con lo de la alfombra. Yo ya vi el cuarto, te toca ver bajo la alfombra. Simples».
Hizo voz de aquella suricata de los comerciales de TV y, casi de la misma forma, movió la cabeza. Nuevamente, los dedos de Sam rodeaban los suyos. Los demás estaban apostados al otro lado.
«Luca, vámonos ya».
«No te mandé a que entraras, ¿o sí?».
«Es lo que te digo». Bailey asestó su réplica como un contragolpe.
«Lo hice para probar si sí o si no. Ahora te va».
Dijo con desprecio. «Es estúpido. Igual que tú».
«Órale, carnal. No seas marica».
Exhaló, resoplando por la nariz, y bajó la mirada: hojas rotas y manchas de chicle. Temblaba por dentro, pero se contuvo.
«Luca…».
La delgada voz de su hermano, afligida.
«Ándale, vámonos».
Bailey sonreía durante todo el camino hacia el terraplén, a los edificios. Inclusive iba silbando a pocos pasos del lugar, hasta que las notas fueron arrebatadas por el viento. Durante todo el camino Luca deseaba que alguien la hubiera movido, pero ahí estaba la alfombra, bien extendida, con un bulto debajo. Sam estaba lejos, tras los demás, sujetando su juguete de Cajita Feliz, diciéndoles que se detuvieran. Pero Luca no quería mirarlo o perdería la determinación, y decidió bloquearlo de su mente. Los demás se quedaron viendo, desplegados en torno a la alfombra.
«Órale, vas», dijo Bailey, después de un rato.
Dio un paso al frente. Se arrodilló. Estirándose hacia la alfombra, agradecido porque su madre lo obligara a usar guantes para salir, la agarró. Cerró los ojos para detener las lágrimas, pero era demasiado tarde.
«¿Qué esperas, carnal?».
Abrió los ojos, respiró hondo y desprendió la alfombra. Al principio no había nada salvo tierra húmeda e insectos enceguecidos por la luz, pero el bulto estaba en el centro, así que eso era de esperarse. Alargó su brazo, avanzando poco a poco en cuclillas. Aventó la esquina lejos de sí.
Los ojos eran oscuros, sanguinolentos. La piel estaba pálida; el ángulo de la cabeza, descuadrado. Entre los labios secos pululaban insectos negros y gruesos. La nariz, aplanada, no era más que una abolladura. Pero era un hombre y, definitivamente, no estaba dormido ni inconsciente. Sus ojos abiertos lo veían, reteniéndolo en los bolsillos de la nada. Y cuando alcanzó a escuchar los gritos de sus amigos, el tronido azaroso de sus pasos, se dio cuenta de que él también gritaba. Se puso de pie, volviendo la mirada para observar la aparición y desaparición de las suelas de sus tenis, impresionado por un instante, hasta que el miedo lo sacudió, y entonces corría tras ellos, desesperado por alcanzarlos, emitiendo sonidos que, en realidad, estaban conformados por palabras de horror entrecortadas; las lágrimas brotaron de sus ojos y se esparcieron en el viento.
*Traductor: Javier Taboada (Ciudad de Mexico, 1982) es maestro en Letras Clasicas por la unam. Traductor de Alceo (Poemas y fragmentos) y autor de Poemas de Botica.
Vertimos todos nuestros sueños en barcos y navegamos. Navegamos por aguas oscuras, anhelando moléculas de felicidad. Alcanzamos la roca, encallamos en la orilla, hipnotizados por las modulaciones de lo que después entenderemos que era la paz. En el espacio ignoto que hay entre huir de una guerra civil y el gol-gol-golpeteo de la tierra de los refugiados y los centros de detención y deportación, estaba la emocionante promesa de que tal vez —sólo tal vez— podríamos finalmente recuperar el aliento, descansar en la certeza de que estábamos a salvo.
En estas nuevas tierras nuestras vidas estaban divididas en versiones encabalgadas de quienes realmente éramos: somalí-kenianos, somalí-británicos, somalí-keniano-británicos. Cuando algún extraño nos preguntaba de dónde veníamos, no mencionábamos los centros de detención daneses, no mencionábamos el sabor del sorgo en los campos de refugiados en Kenia, no mencionábamos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos eran trilingües, no mencionábamos la esencial humanidad, orgullo y resiliencia de nuestra comunidad, no mencionábamos que el término del siglo XXI para denominar a nuestra rica y nómada cultura era simplemente «inmigrante». Al comprometernos con el silencio a cambio de una página en blanco no nos dimos cuenta de que nos estábamos convirtiendo en cifras.
Mi identidad, igual que la de mis compatriotas, estaba partida a la mitad. Vivía en Londres con mi esposa y mis dos hijos. De día, era un padre y esposo cariñoso, y un empleado bancario obediente. De noche, cuando mi familia dormía, me sacaba las cejas, me pintaba la cara, me deslizaba dentro del vestido más seductor y me contoneaba al dirigirme a los antros de Soho a cantar.
Cantaba a Piaf, a Dolly Parton, a Lady Day. Cantaba para hombres que querían tenerme contra la pared, sentir mis tetas falsas, cogerme hasta que cambiáramos el clima. Pero no. En lugar de eso, cantaba hasta que la música me ponía después de golpe tras golpe de melodías induce-endorfinas. Sobre el escenario éramos la más dulce paradoja: voz masculina, vibra femenina.
Cuando cantaba, viajaba hacia el pasado para sanar mis heridas. Me ponía cara a cara con mi yo de la juventud, un chico de trece años que se ponía el hijab de su madre y henna, que se pintaba los labios de rojo. Cantaba canciones de la experiencia para asegurarle a ese muchacho que algún día su individualidad estaría alineada con lo que vería en el espejo. No me creía.
Mientras estiraba las sílabas de «God Bless The Child» mi cuerpo estaba en el escenario, pero mi alma estaba en Somalia con mi yo de trece años.
Le dije que un día se iba a mudar a Inglaterra.
Le dije que iba a conocer a una mujer increíble llamada Farhia, que lo amaría intensamente.
Le dije que Farhia le daría dos hijos hermosos: Taysir y Malik.
Le dije que Farhia encontraría un día su maquillaje y sus pantis, y creería que la estaba engañando. Se iría de la casa por un mes y se llevaría a sus hijos con ella. Al volver, él le revelaría su secreto y, en un gesto verdaderamente cariñoso y sorprendente, ella lo abrazaría y le diría que aún lo amaba. Le tomaría tiempo ajustarse a estas noticias, pero al hacerlo tendrían el sexo más apasionado y caliente mientras él llevaba puestos sus tacones de seis centímetros.
Le dije a mi yo de trece años que siguiera soñando porque debemos hacerlo.
Al terminar el espectáculo, dejé atrás mi celebración. Sonreí, junté un ramo de rosas que me había dado un admirador y le puse un moño. Fui a casa y puse las rosas en un florero. Me quité el maquillaje, el vestido de lentejuelas y los tacones dorados, me lavé el cabello lleno de brillos.
Me fui a dormir zum-zum-zumbando por el futuro.
*Traducciones de Herson Barona (Ciudad de México, 1986) es una joven promesa rota. En 2013 fue becario del FOCAEM, en 2014 de la Fundación para las Letras Mexicanas y actualmente lo es del FONCA. No ha plantado árboles, no ha tenido hijos, no ha publicado libros. Es editor de la revista Tierra Adentro.
Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.
Tu mamá los lleva a la tienda de Donegall Place la semana en que abre y soportan la cola allí afuera, formados bajo la lluvia lacerante, saltando y tiritando de frío y emoción. Dentro descubres el lugar más mágico que has visto. Tus hermanas brincotean y hacen escándalo para llegar a los peluches del fondo, amontonados hasta el techo, pero tú te quedas pasmado, agarrado a la mano de mamá, incapaz de moverte o siquiera respirar. Es como estar en el cielo o en el espacio exterior, un lugar lejos de las grises calles de noviembre y sus charcos sucios. La tienda está a media luz, iluminada por cientos de alfileres resplandecientes, como estrellas. Suena «Parte de él», de La Sirenita. Es la escena donde Ariel y Flounder, a giros y piruetas, nadan hasta lo más alto del túnel mientras Sebastián se espanta con su propio reflejo y queda atrapado dentro de una langostera. Has visto la película tantas veces que sabes de memoria cada línea y ésta es tu parte favorita, aún más que cuando Ariel rescata al príncipe e incluso más que cuando Tritón transforma su cola en piernas.
A tu hermana mayor le gusta recordarte que las cosas no son así en la vida real pero tu mamá dice: no la escuches.
Te aferras aún más a la mano de tu mamá.
Anda, ve, dice ella. Ve: y entonces libera sus dedos de los tuyos. Faltan pocas semanas para Navidad y los duendecillos de Santa están mirando. Das un paso y luego otro más. Hay mesas y mesas repletas de juguetes afelpados, suaves, brillantes y nuevos.
Pero tú te quedas mirando los disfraces: los vestidos destellantes de las princesas colgados de un anaquel sobre tu cabeza. Está el de Campanita, con sus alas traslúcidas, y el de Blanca Nieves, y el de Aurora, de La Bella Durmiente. Está el de Bella, de La Bella y la Bestia. Nunca antes jugaste a ser Bella pero su vestido es la cosa más hermosa que has visto. Tiene cintas rosadas con olanes y una gran flor de terciopelo en el pecho. El corsé se desvanece en una falda circular, sostenida al frente por seis moños rosas. El vestido es de un amarillo radiante y bajo la luz tenue parece de oro. Sabes lo que se sentiría bailar con ese vestido puesto: como envuelto por un rayo de luz. Sería imposible sentirse triste allí adentro.
Estás triste. Tienes apenas seis años pero estás triste la mayor parte del tiempo y sientes una opresión en el pecho que no puedes expresar en palabras. Tu mamá dice que eres un niño sensible. Tu papá dice que tienes demasiadas hermanas mayores. Tu papá dice que mamá te mima demasiado. Tu mamá dice shhh, y se queda allí contigo hasta que te quedas dormido y estás a salvo y nada ni nadie puede lastimarte. Pero no le temes a lo de afuera. Es algo que viene de adentro y no puedes explicar. Ahora estás convencido de que, sea lo que sea eso que viene de adentro, envuelto en ese vestido vas a estar bien.
De pronto tus hermanas se arremolinan a tu alrededor: cientos de manos jalando y zarandeando los vestidos, tironeándolos, sacándolos de sus ganchos para probárselos y reírse y posar, cacareando sobre quién vio éste o aquél primero, quién se queda con tal o cuál.
Mira éste, dice tu mamá mientras se inclina a tu lado y te muestra un disfraz de Aladín con todo y cimitarra de plástico; luego una túnica verde de Peter Pan, gorra y pluma incluidas. Tu hermana mayor se hace con la gorra y te la embute en la cabeza. ¡Miren qué cosita!, y todos voltean y te miran, incluso los vendedores, con sus polos lila y menta, y las viseras alegres haciendo juego con sus sonrisas de oreja a oreja, y tú sólo sientes cómo sube el rojo por tus mejillas.
El primer recuerdo: cuando sentado en el inodoro trataste de esconder tu penecito entre las piernas, y tu padre frustrado al intentar ponerte de pie para mostrarte cómo apuntar a la taza, y tu mamá que decía: no seas pesado con él, Alan.
Anhelas tanto ese vestido de Bella que sientes ganas de vomitar. Ordenas tus juguetes y haces tu cama y comes hasta la última migaja de cada plato, incluso el brócoli. ¿Cuál es la diferencia entre el brócoli y los mocos?, pregunta tu papá. Los niños no comen brócoli.
Qué asco, dice tu hermana. Iuuu, dice. Tu papá te da un codazo en las costillas, luego hace la finta de pegarte en el hombro. Te retuerces. Tu mamá dice: Alan.
Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.
La negociación mental con Santa es desesperada: no vas a volver a pedir nada, nunca jamás, si puedes tener ese vestido. La oferta es válida para la siguiente Navidad y también para la que vendrá después de ésa. No te importa: tienes que tenerlo, por favor puedo tenerlo, por favor, por favor. El día de Navidad tu hermana mayor recibe el de Blanca Nieves, la de en medio el de Aurora, y la más pequeña el de Campanita. Cuando llega tu turno de abrir los regalos y ves el fieltro verde, sientes cómo tu cuerpo se vuelve de piedra y hielo, como si fueras una de las estatuas que Polly y Digory de El Sobrino del Mago encuentran en el salón embrujado del palacio. Tu mamá ha estado leyéndoles a ti y a la hermana que te sigue ese libro por las noches y la idea de toda esa gente atrapada en cuerpos que no son suyos te provoca pesadillas: cuerpos que no pueden controlar o siquiera mover, víctimas de un hechizo perverso. Y mientras tu padre te saca la piyama e introduce la túnica entre tus brazos y abrocha el cinturón y dice ¡Di güisqui! para la cámara, el sentimiento se intensifica: hay algo mal en tu cuerpo y tú te sientes mal dentro de él.
Hay otras cosas: las lágrimas cuando tienes que cortarte el pelo. Sentirte acalorado y extraño y avergonzado y confundido cuando todos se ríen de May McFettridge en la representación navideña de la Grand Opera House. Garabatear tu nombre en secreto y agregarle al final una «a», un «ita» o un «ina», buscando una manera de que suene bien. Destrozar las hojas en pequeñísimos trozos justo después y tirarlas en el inodoro para que nadie pueda verlas.
Sólo es sensible, dice tu mamá. Carajo, es demasiado sensible, dice tu papá. Y no me extraña, esta casa es un aquelarre de brujas. Tu papá consigue entradas para ver a Irlanda del Norte jugar un partido clasificatorio al Mundial en Windsor Park, pero es tu hermana, la que te sigue, quien tras rogar y rogar termina por acompañarlo, y al final él también termina por suspirar y resignarse. En la escuela, igual que los otros chicos, dices odiar a las niñas, con sus susurros y risitas y esa manera que tienen siempre de ir tomadas de los brazos y de guardar secretos tontos. Pero en casa te sientas en el piso cerca de ellas mientras se pintan las uñas y se aplican delineador una a otra y combinan zapatos con distintos modelitos y leen en voz alta y ridícula la sección de confesiones de sus revistas para adolescentes, y tú te haces tan pequeño como puedes bajo los olanes del edredón marca Laura Ashley porque la mayoría de las veces que te ven por ahí, sobre todo cuando leen las confesiones, te echan en el acto y entonces tienes que quedarte solo en tu habitación.
Ellas solían vestirte a ti también algunas veces y te rociaban con White Musk o Dewberry, y te pedían que pararas la boca mientras untaban brillito de fresa sobre tus labios, pero conforme fuiste creciendo cada vez lo hicieron menos y menos, y cuando al fin terminaste la primaria dejaron de hacerlo del todo.
Tienes sueños donde te duelen lugares tan profundos que ni siquiera conoces. Una mañana, en la regadera, notas cinco vellos rizados en la entrepierna que parecen haberte salido de la nada durante la noche. Los cuentas, horrorizado. Te pones de pie a trompicones sobre el filo de la tina y, balanceándote frente al espejo, contemplas tu cuerpo. También tienes pelos en las axilas, dos en una, tres en la otra. Con tacto torpe y punzante los arrancas utilizando las pinzas de tu hermana la grande y tus ojos se humedecen de dolor, pero en pocos días vuelven y vuelven, más rápido de lo que puedes removerlos. Te duelen las bolas por las noches y te sientes pesado cuando te despiertas en la mañana. Aún eres pequeño para tu edad pero ya llegará el estirón –dice tu mamá, pensando en tranquilizarte– y a ti te horroriza. Tienes un presentimiento nauseabundo de que el tiempo se agota.
Rara vez la casa está sin gente pero de pronto, un miércoles al anochecer, lo está. Dos de tus hermanas montan una obra escolar y siguen en ensayo, la otra está en casa de una amiga. Tu papá salió con unos clientes y tu mamá está por marcharse a Ulster para llevarle flores a un vecino accidentado. Pregunta si quieres acompañarla y tú dices no y sientes cómo te tamborilea el corazón porque sabes lo que significa quedarse solo. Estás seguro de que tu mamá va a notar algo, a darse cuenta, a insistir en que vayas con ella. Pero sólo dice «Está bien», y «¿Estarás bien solito?», y «Bueno, de todos modos tus hermanas no tardan». El corazón te trepa hasta la garganta cuando ves a tu mamá arrancar el auto y tomar camino: lo sientes latir ahí mismo, como si hubiera subido a tumbos desde tu pecho y se hubiese alojado en la tráquea. Luego te das vuelta y arrancas por la escalera, dos o tres escalones por zancada, y te encuentras en el pasillo frente a la habitación que comparten tus dos hermanas, las mayores, porque se llevan apenas un año entre sí. Su habitación huele a crema de coco, espray para el pelo e incienso de ylang-ylang. Huele al aceite de jazmín que se frotan en las muñecas y el cuello, al Happy de Clinique que rocían por el aire para bañarse bajo su halo. Huele a pelo chamuscado por la alaciadora y a la ligera humedad que desprende la ropa interior enrollada de adentro hacia fuera en las esquinas. Nunca antes habías estado aquí solo. Te quedas parado en el umbral y respiras hondo. Por un instante, incluso cierras los ojos. Luego, la idea de que podrían volver en cualquier momento te espolea y entras a la habitación abriéndote paso entre montones brillosos de tops y revistas More! regadas, la suave miscelánea de corpiños con listones y envoltorios de gomitas vacíos. El vestidor que ambas comparten por necesidad permanece abierto y abundante: como si el cuarto estuviese a punto de ponerse a latir por sí mismo, de reventar de tanta y pura esencia a niña.
Sabes lo que estás buscando. Hurgas a través del vestidor, apartando los ganchos doblados de tanto peso, los vestidos colgados uno encima de otro, dos o tres por percha. Buscas el vestido que tu hermana la mayor se puso para la recepción navideña del año pasado. Está fabricado de un material elástico y dorado que según recuerdas se llama lamé. Lamé de oro: las palabras son como un conjuro. El corte del vestido es sencillo, recto en la parte superior y con tirantes en los hombros muy delgados llamados tirillas. Sabes esto por haber escuchado discusiones y deliberaciones al respecto entre tu mamá y tus hermanas. El largo llega hasta el piso y la tela es tan delgada que para poder usarlo tu hermana la mayor necesitó cierto tipo especial de ropa interior sin costuras y color carne porque de lo contrario (aquí todas estaban atacadas de la risa) hubiera tenido que llevarlo a pelo, sin nada abajo. Ese vestido removió algo en tu interior. No has dejado de pensar en él desde que lo viste.
Eventualmente lo encuentras ahí, ni siquiera dentro en una bolsa especial sino apenas doblado en un gancho, bajo un par de pantalones negros. Antes de tocarlo y descolgarlo con delicadeza, te secas las manos sudorosas en los jeans. Está todo arrugado y tiene una quemadura de cigarro y una mancha oscura en la parte inferior, pero para ti luce perfecto. Abres las puertas del vestidor de par en par y sostienes el vestido contra tu pecho y te contemplas en el espejo. Entonces, antes de que puedas pensar en lo que haces, ya te estás desvistiendo, arrancándote los jeans, sacándote la camiseta y el hoodie, quitándote un calcetín con el talón del otro. Te quedas en trusa por un momento antes de sacártela también. Tu cuerpo es pálido y encorvado, como vuelto sobre sí mismo. Eres lo más feo que has visto. Pero el vestido es fresco y se desliza sobre tu piel. Entra por tu cabeza con facilidad y cae como una cascada hasta tus pies, salpicando el piso a tu alrededor. Se abre del pecho, dejando ver tus pezones y una de las tirillas resbala por tu hombro. Necesitas recoger algo de tela del costado y detener el tirante con la otra mano para mantenerlo puesto. Pero ahí estás tú: igual que una princesa.
Levantas el mentón y tiras los hombros hacia atrás. Si entrecierras los ojos puedes imaginar tu pelo corto casi a la moda. El corte tiene un nombre que no puedes recordar, pero las chicas han comenzado a llevarlo así a propósito; dos amigas de tus hermanas se lo cortaron así luego de la boda de Victoria Beckham el año pasado. Das vuelta de puntitas y observas cómo ondea el vestido por tu espalda mientras giras. Como un súbito flashazo a través de tantos años, la imagen del vestido de Bella te golpea y comprendes que éste es el recuerdo que has estado buscando, eso que flota en la orilla de tus sueños, y de pronto todo cobra una especie de sentido, terrorífico, embriagante.
Mírate con ese vestido frente al espejo. No te preocupes por tus hermanas o tu mamá: tardarán al menos una hora en volver. Hay tiempo. Quédate donde estás y muévete de aquí para allá sobre tus puntas, relaja los hombros, permite que el nudo en tu estómago se desligue. Mírate: qué bien te ves, qué hermosa; y recuerda cómo es sentirse tan bien y saber qué hermosa eres.
Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.
Aún no lo sabes pero es una bendición que este espejo no pueda mostrarte el futuro tal y como pasa con los espejos de los cuentos de hadas. Los tres míseros e interminables años que pasarán antes de que reúnas el valor para decir algo. Los tubos y tubos de crema para depilar comprados en secreto con tu mesada y ocultos entre los de tus hermanas; el nauseabundo olor frutal del químico quemándote la cara cuando lo dejas ahí demasiado tiempo y lo usas con demasiada frecuencia. La vergüenza de tu voz desgajada, enronquecida; la desesperación de sentir cómo tus pies crecen hasta que dejan de caber en los zapatos de tus hermanas. Los abusos, las incontables palizas sin importar lo discreta que puedas ser, porque los otros chicos se dan cuenta, eres diferente. Las noches en que llorarás hasta quedarte dormida. El médico general que insistirá: en Irlanda del Norte no hay una sola clínica que pueda atenderte. Un día encontrarás un sitio web que dirá lo contrario y dirigirá tu exploración a foros, estadísticas y páginas con preguntas frecuentes. Cómo decirle a tus padres. Cómo pedirle ayuda a tu médico. Pero incluso tras el eventual referéndum de Travistock vendrán las inagotables citas, evaluaciones, sicólogos, endocrinólogos, todos esos viajes hacia y desde Heathrow metida en un vagón de metro traqueteado.
La crueldad: el peor de todos será el día en que estés por hacerlo. Tu mamá intentando buscar las palabras justas sin encontrarlas; tu padre tratando de abrazarte, diciéndote con voz gruesa y opaca que sin importar lo que suceda o lo que decidas te ama, sus ojos esquivándote. Tus hermanas ojiabiertas, murmurando, mirándose entre sí por el rabillo de los ojos. Pero conserva esta imagen tuya frente al espejo del vestidor, envuelta en el vestido dorado: consérvala ahí en tu mente porque vas a necesitarla, porque se convertirá en una suerte de talismán, y porque sin importar lo que cueste o el tiempo que tarde, saldrás adelante.
*Traductor: Rodrigo Márquez Tiziano (Ciudad de México, 1984) es autor de los libros Caballos de fuerza y Todas las argentinas de mi calle. Editor de la revista Esquina Boxeo y conductor del programa Malasaña.
He pasado toda mi vida cerca de la costa de Bosaso, Somalia. No conozco ninguna otra región. Mientras que la gente de barco, aquellos que anhelan nuevos hogares en lugares como Londres y Luxemburgo, arriesgan sus vidas en buques cargueros, yo me planto firme sobre la tierra y cuento historias. Les cuento a mis hijas historias acerca de reyes y reinas guerreras, gente que lucha por la libertad y poetas. Cuento estas historias para recordarles a mis hijas y a mí misma que Somalia es una tierra fértil en historia y mitos. La única semilla que requiere ser regada con regularidad es nuestra imaginación.
Mi hija más grande, Suldana, está enamorada de otra mujer. Tiene dieciocho y pasa los días trabajando en nuestro kiosco, donde vende leche y huevos, y por las noches se escabulle rumbo a la playa para ver a su amante. Se arrastra de regreso a la cama al amanecer, con olor a mar y a sal y a perfume.
Suldana es hermosa y envuelve esa belleza en torno a ella como una manta de estrellas. Cuando sonríe se le marcan unos hoyuelos y es inevitable sentirse cautivado. Cuando camina por la calle los hombres la miran y chiflan y sufren. Pero no pueden tenerla. Todos los días llegan proposiciones de matrimonio con ofertas de grandes dotes, pero las rechazó. Nunca hablamos de estas cosas como se supone que deben hacerlo las madres con sus hijas; respeto su privacidad y le permito vivir su vida.
En la cultura somalí hay cosas que suelen no decirse: cómo amamos, a quién amamos y por qué amamos de ese modo. No sé por qué Suldana ama de la manera en que lo hace. No sé por qué ama a quien ama. Pero sé que al respetar su privacidad le permito soñar de una forma en que mi generación no era capaz.
Le permito alcanzar algo que ninguna de las dos puede articular.
Así que llevamos nuestras voces y nuestras historias al mar. Cada tarde caminamos por la orilla y escribimos nuestros sueños y anhelos en pedazos de papel. Envolvemos piedras con esos papeles y los sujetamos con ligas. Después lanzamos esas piedras cargadas de nuestros sueños y esperanzas al océano. Mi madre y la madre de mi madre solían hacer esto. Para nosotras es una manera de expresar algunas de las cosas que no podemos verbalizar. Es una manera de compartir nuestros más íntimos secretos sin pena ni miedo. Al hacerlo hemos creado nuestra propia mitología e historia.
Suldana debe tomar esa historia y forjar su propio futuro. Y cuando lo haga, yo honraré mi promesa como su madre e iré con ella. No miraremos atrás.
Juan Palomino (Distrito Federal, 1984) estudió filosofía y se dedica a la ilustración. Coautor, junto con Ana Paula Ojeda, de Ladrón del Fuego, y Jaguar, Corazón de la Montaña, editados por Ediciones Tecolote..
Bajamos a la playa al atardecer para que los polluelos no se ahoguen. Me pongo pantalones de mezclilla y una chamarra sobre la piyama. Mi orina se evapora en el baño frío. Papá despierta la casa entera con sus pisadas. Es hora de irse, dice con un dedo en la oreja.
Afuera, mi rostro se encoge con el frío. Ayer perdí un guante, así que tengo esta mano desnuda adentro del bolsillo, entre los pañuelos sucios y los fósiles. En la cima del risco hay nuevas flores. Papá los roza con la suela de su bota. No estoy seguro de lo que está revisando, pero parece complacido.
Las nuestras son las únicas huellas en la cuesta arenosa. Una vez me caí aquí, hace años, y me raspé la cara con el pasto, que crece en matas como alfileteros enterrados. La cicatriz se ha ido desvaneciendo y volviendo plateada en mi mejilla. Tiene la forma de la huella de un pájaro.
Papá corre con sus piernas largas y yo me alejo de la arena que patea tras él. Ya vio el polluelo de una golondrina de mar, en la playa al fondo del risco. Al principio, el pez atorado en su garganta parece una lengua. El polluelo está lanzando su cabeza hacia un lado y luego hacia delante, riéndose. Da unos pasos, se tropieza bajo el peso del pez, y luego se endereza.
Tenemos que hacer esto al amanecer, y tenemos que hacerlo rápido, porque estamos compitiendo con las gaviotas y los págalos que se despiertan desesperados de hambre.
Papá persigue a la pequeña bola de pelusa a través de la arena, luego la levanta entre sus dedos y sostiene su pequeña cabeza con una mano mientras con la otra jala suavemente al pez. El polluelo lucha, empujando sus patas palmeadas y grises contra sus palmas. Le murmura al polluelo, palabras suaves que parecen más pensamientos que palabras.
El knuckle-fish todavía no está muy adentro de la garganta de este polluelo. Si se lo traga por completo las dos púas en la parte de atrás se clavan en la garganta del polluelo. Sólo hay algo que puede hacer papá con los polluelos cuando pasa esto. Toma la decisión rápido, y sin decir nada. Son tan frágiles, sólo se necesita un pequeño tirón, y entonces papá los guarda en su bolsa.
Le doy la espalda al viento helado que sopla desde el mar. Papá extrae el pescado del pico del polluelo. Es un movimiento suave, y al final de él, cuando sale la cabeza del pez, con forma de trompeta, siento un verdadero alivio. Como si el pez hubiera estado atorado en mi propia garganta.
Él quiere que yo aprenda a hacer esto por mí mismo. Un día, dice, si queda todavía alguno de ellos, éste va a ser tu trabajo. Me pregunto si hay más personas como nosotros, en otras islas, que tienen esta misma rutina extraña, pero si existen están demasiado lejos y no puedo percibirlos. A veces siento como si fuéramos los únicos en la isla, como si fuéramos los únicos en el planeta.
Los peces muertos van en la bolsa de papá —no los tira para que los polluelos no vuelvan a tratar de comérselos—. Se lleva los peces de regreso a la casa para pesarlos y medirlos y registrarlos en su computadora; yo también le ayudo con esto. Es extraño cuando este pequeño suceso se convierte en números y fechas, y se manda a algún lado para que lo analicen. No registran nada de lo que recuerdo: cómo los ojos del polluelo se expanden cuando el pez trata de retroceder en su garganta, el olor de la bolsa de papá, o el sonido de las patas del polluelo cuando salta por la arena.
Esa mañana encontramos otros tres. Cuando terminamos, mi estómago está tan vacío que si abro la boca puedo escuchar el sonido de las olas adentro.
La avena se espesa en el sartén mientras papá coloca los cuatro peces en el periódico de la semana pasada. Los knuckle-fish son largos y huesudos, un instrumento musical grotesco que jamás te llevarías a los labios. Sus aletas son como abanicos espinosos. Inclusive si los polluelos pudieran tragarse los peces no los alimentarían en absoluto.
Papá dice que cuando te estás muriendo de hambre te comes cualquier cosa que parezca comida.
Los pájaros en realidad van tras las anguilas de arena, los peces gordos y plateados que son pura carne. Pero las anguilas de arena han desaparecido, y también el plancton diminuto que comían.
Le echo miel a la avena mientras papá mide el pez con una regla de metal. Me pregunto por qué los padres de los polluelos los alimentan con peces que los van a matar. Es como si papá le echara petróleo a mi desayuno.
Más tarde salimos a la cima del risco, cubierta de hierba, desde donde se ve la bahía. Vuelvo a revisar mi celular, sólo por si acaso, aunque sé que la isla no tiene señal. Quizás mamá ha dejado algún mensaje para nosotros, para mí, y está por ahí, en el continente, esperando.
El cartero llega cada tercer día si las olas no son demasiado grandes para su pequeño bote. Me pregunto si podría pedirle que se llevara mi celular con él, para que pueda pescar mensajes en el aire y me los traiga de vuelta.
¿Qué tienes allí?, pregunta papá.
Oculto el teléfono en mi bolsillo. Nada, digo.
Papá tiene el brazo metido en la boca de una madriguera de conejos, hasta sus hombros. Sus pies patean el pasto para equilibrarse mientras sondea el hoyo con sus manos. Refunfuña de decepción cuando saca el brazo. Dibujo una cruz en el mapa, como me han enseñado a hacer. El año pasado había una marca aquí. Nos ha pasado lo mismo todo el día.
Juan Palomino (Distrito Federal, 1984) estudió filosofía y se dedica a la ilustración. Coautor, junto con Ana Paula Ojeda, de Ladrón del Fuego, y Jaguar, Corazón de la Montaña, editados por Ediciones Tecolote..
El primer año que papá me trajo aquí, cada madriguera tenía un nido de frailecillos. Era demasiado joven entonces para sostener un mapa, así que papá hacía todo, marcaba las posiciones, metía cada polluelo en una bolsa de tela para que no se asustara mientras lo pesaba, y luego le colocaba un anillo plano en la pierna, para reconocerlo si lo volvía a ver.
Me pregunto dónde están ahora todos esos anillos. Quizás en algún lugar lejano hay un remolino que está succionándolo todo, todos los pájaros y los peces y las llamadas telefónicas, se los está llevando al fondo del océano, a otro mundo.
Entrada la tarde vemos dos págalos grandes discutiendo por un polluelo de arao albiblanco. Lo pinchaban con sus picos, que son gruesos y oscuros, como armas medievales. El polluelo se ve diminuto junto a los otros. Se queda viendo hacia el mar, como si fueran a irse si pretende que no están allí.
Corro hacia ellos. Puedo llegar allí a tiempo para espantar a los págalos, pero el brazo de papá se me atraviesa. Así debe de ser, me dice. No rescatamos a los gusanos de los mirlos.
Pero, le digo, ¿por qué salvamos a los polluelos que se están ahogando y no a estos?
Porque los knuckle-fish son nuestra culpa, dice.
El ágalo, de las plumas ralladas, el que parece más viejo, resentido por años de buscar comida en los océanos helados, le arrebata el polluelo del pico al más joven. Lanza su cabeza hacia atrás, y con un movimiento se traga el polluelo entero.
Donde antes había tres seres vivos ahora hay dos. No queda nada del polluelo salvo en mi memoria.
Preparo la cena. Espagueti con salsa de queso de paquete. Al fondo de la alacena hay una lata cuadrada y vieja de mostaza, y yo pico el polvo amarillo compactado hasta que algunos trozos quedan libres. Los remojo en la salsa, envenenando el vapor por un segundo.
Papá está en el sofá ignorando la televisión. Sus calcetines apestan y están sobre la mesa. Se masajea las cejas, que son tan gruesas que raspan contra las uñas de sus dedos.
Me imagino golpeándolo por la nuca con el sartén. La salsa de queso escurriéndose sobre su cara. Me imagino golpeándolo en la boca. Me lo imagino tan vívidamente que puedo sentir la forma de sus dientes en mi puño.
Mezclas de paquete, pies en la mesa. Estas son cosas que no existirían si mamá estuviera aquí.
Cuando me acuesto, dejo los platos sucios en el lavabo. Papá no se ha movido.
De noche, los petreles de la tormenta me mantienen despierto. Anidan en lo profundo de las ruinas del viejo castillo. Durante siglos, la gente pensó que esta isla estaba embrujada a causa de los horribles lamentos. Sólo salen de noche, pequeños, como murciélagos, regando terror en la cima de los riscos.
Papá dice que probablemente las supersticiones acerca de la isla la vuelven el lugar ideal para la vida salvaje. Los locales la dejan en paz, y no la saquean por sus huevos, plumas y carne, como han hecho con otras islas.
Aunque sé que el sonido proviene de los pájaros, me cuesta trabajo tener pensamientos felices.
Apenas ha clareado y ya estamos afuera, dando pasos largos en la punta de las rocas que siguen húmedas por la marea. Veo el polluelo de una golondrina de mar, quieto sobre una roca con un knuckle-fish en la garganta, mirando hacia el cielo. Quizás está esperando a que el padre que lo alimentó regrese y se lo saque de nuevo.
Ése te toca a ti, dice papá, y baja hacia otro polluelo que ha visto en la playa.
¿Yo?, digo, pero ya se ha ido.
Me tomo mi tiempo para subir, con más cuidado del que necesito. Quiero que papá termine pronto y venga a lidiar con éste. Pero aunque me muevo como una tortuga, no ha terminado con el otro polluelo para cuando llego al mío.
¿Qué debo hacer?, grito. El polluelo retrocede al escuchar mi voz. Puedo ver el gris de su piel debajo de la pelusa. Nunca lo había visto tan de cerca.
Sólo jálalo, grita papá. Está irritado. Quizás algo anda raro con su polluelo.
Muevo mis manos lento, con la esperanza de que el polluelo huya de mí, pero no lo hace. He visto esto miles de veces. Mis dedos parecen saber cómo atrapar y detener a los polluelos por sí mismos. Han aprendido mientras yo observaba. La golondrina de mar es pequeña, y huesuda debajo de la pelusa. ¿Cómo pudo haber creído su padre que podía comerse este pez enorme? El knuckle-fish abre grande la boca del pájaro. Me pregunto qué tan adentro está. Quizás su pico está dentro del estómago del polluelo.
Trato de murmurarle algo al polluelo, como hace papá, pero no hablo su idioma. Con el talón de la mano, lo sostengo en mi rodilla, apretando su cabeza con mis dedos. Doy un último vistazo alrededor. Papá todavía está con el otro.
La cola del knuckle-fish está fría y áspera entre mis dedos. Comienzo a jalar. Sale toda la cabeza del polluelo, y hace un ruido de alarma. Vuelvo a mirar al pez, y mi sangre se vuelve agua de mar. Creo que está atorado, grito.
Bueno, pues apresúrate, dice.
¡Pero está atorado! Hazlo como te enseñé.
Quiero que lo hagas tú. Sólo hazlo.
Una gaviota enorme da vueltas sobre la cabeza del risco, luego se balancea sobre la brisa, rasgando el cielo con la punta de sus alas justo sobre mí. Sus gritos son prehistóricos.
Papá, digo, las púas están atoradas. Creo que no ha entendido.
Uno rápido… dice, y hace un gesto con sus manos —sus dos puños juntos, luego separándose de golpe—. Lo he visto hacerlo mil veces. No hay duda. Esto es lo que espera de mí.
¿Puedes venir y hacerlo tú?
Está sufriendo mientras te quejas, dice.
El polluelo de papá ahora es libre y corrió a buscar refugio.
Trato una vez más de jalar el pez, pero el polluelo chilla cuando las púas tiran dentro de su garganta. Mi corazón palpita. Papá está al fondo del precipicio con las manos en las caderas.
Sólo sostengo al polluelo, su cabeza con una mano, sus patas en la otra. Espero que mis manos lo hagan por sí mismas, que acaben con el pájaro de la misma forma en que lo atraparon, sin que tenga que pensar al respecto. Pero mis manos esperan mi instrucción. Yo sólo me siento en la roca húmeda y me rehúso a moverme, el viento se enreda bajo mi capucha.
Y entonces papá está allí, justo atrás de mí. Por dios, dice. Toma las patas del pájaro de mi mano. No lo sueltes, le dice. Aprieto la cabeza del pájaro más fuerte y es difícil sostenerla cuando él le jala las patas. Un jalón duro, y se acaba antes de que entienda qué está pasando.
Papá abre la bolsa. Mételo, dice.
El pájaro se ha encogido entre mis dedos. Lo pongo al fondo de la bolsa, y mi mano sale oliendo miserable.
Sigamos, dice papá.
El espacio vacío que dejamos en el risco es como el sonido que hace una puerta después de cerrarse.
En navidad, cuando era niño, solíamos jugar un juego en el que mamá sacaba un objeto del cuarto mientras yo esperaba afuera. Cuando volvía, siempre encontraba el espacio vacío, sin importar qué tan pequeño fuera, en unos segundos. Inclusive cuando no podía nombrar todos los objetos en el cuarto, era experto en encontrar el espacio que dejaba algo que se había ido.
Papá no se acuerda de este juego. Tienes un cerebro extraño, dice. Su mente es un bolsillo con un agujero al fondo.
Ya quiero irme a casa. Pero sé que uno de estos espacios vacíos está allí esperándome. La única cosa que hacía soportable todo esto no está allí.
Mis botas rechinan el frío cuando me levanto. Reviso otra vez mi teléfono, pero no hay mensajes. Papá comienza a bajar del risco, de vuelta al camino, y yo lo sigo.
Traductora: Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988) es escritora y autora de Cuerpo extraño, libro que obtuvo el premio de ensayo Latin American Voices 2013. Actualmente reside en Nueva York, donde estudia un posgrado en escritura creativa.