Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: Lucero, luz cero, luz Eros, la garganta de la luz pare colores coleros, etcétera, y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen pinche piedra. Los primeros son los más afortunados. Siempre encuentran un crítico inteligente que escribe un tratado sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra y las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada. —De ellos es el Olimpo que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama.
Jaime Sabines
En una nota del primero de septiembre de 2010 que conmemora los sesenta años de la publicación de «Los amorosos»,[1] Javier Aranda Luna señala que estamos ante uno de los poemas más importantes de la literatura mexicana. El poema se publicó por primera vez en Horal, una plaquette que editó el Departamento de Prensa y Turismo de Tuxtla Gutiérrez en 1950; en este primer material el poeta reúne una serie de poemas con tema amoroso que compuso durante su primera estancia en la Ciudad de México.
El poema está compuesto por diez estrofas irregulares en verso libre, estructurado con figuras de repetición como la anáfora y el polisíndeton, es por ello que rememora el tono conversacional de ciertos discursos que son proferidos en primera persona desde el espacio privilegiado de la tribuna pública: y que representan la voz del poeta que es capaz de sintonizar el sentir de las multitudes y expresarlo en un discurso supremo.
El tema del poema es el retrato de un neo Don Juan sublimado por la idea del amor eterno. Este Don Juan dejará la corte para enamorar con sus metáforas y ocurrencias en las calles, las fonditas y los cabarets: un Don Juan medio venido a menos pero que no pierde su ansia de amor y que se reviste de una imagen que lo hace parecer vulnerable, tierno y acosado por el insomnio, «Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago».
El Don Juan de los amorosos se muestra vulnerable y es acogido por el plural del adjetivo «amorosos»; no es uno sino todos: muchedumbre. Quizá por eso sea uno de los poemas más importantes para aquellos que llevan rankings de los poemas más importantes de la literatura nacional, por la colectivización de una categoría un poco ambigua, «el amoroso», en el que se agruparán todos «los amorosos» que así lo deseen. Y quizá lo sea, también porque toca un tema ampliamente difundido en la tradición literaria hispánica, aquel que inaugurara Tirso de Molina en la figura del Burlador de Sevilla, obra en la que el Don Juan es castigado, y que posteriormente sería retomado con mayor condescendencia por diversos autores para componer óperas, novelas, cuentos; y ya en el siglo XIX, el clásico Don Juan Tenorio que compuso José Zorrilla y que se representa tradicionalmente cada temporada de día de muertos, incluyendo la variante representada por los cómicos mediáticos del momento, desde el ultimado Paco Stanley hasta el presentador Daniel Bisogno. También puede que este poema del joven Jaime Sabines sea uno de los poemas más importantes, por las muchas ocasiones en que es rememorado para hablar del amor desde los programas televisivos hasta las estaciones de radio en los que se difunde esta definición: «El amor es el silencio más fino, el más insoportable». Quizá, lo importante del poema venga entonces de su popularidad y de su cercanía con la cultura mediática y la reivindicación de los valores que enaltecen la figura de un Don Juan amoroso.
En una entrevista realizada por Gabriela Atencio, Don Jaime Sabines dice: «Nunca me he considerado un Don Juan. Gregorio Marañón, gran psiquiatra y escritor español, escribió un libro sobre Don Juan y Casanova, en el que establece las diferencias entre ambos. Dice que ambos son enamoradizos, les encanta andar de una mujer a otra, pero Casanova pretende la eternidad amorosa». Cosa que está muy bien dicha, salvo por un detalle: el Don Juan es un personaje literario y Casanova es primeramente un personaje histórico, y ponerlos en el mismo plano y extraer de ellos perfiles psicológico-sociales parece un método poco ortodoxo. No obstante, Don Jaime Sabines explica que su visión y su actuar amoroso toman ejemplo de ese personaje emblemático: «Es lo que he sido yo, que he pretendido el amor, por eso digo en los amorosos, que “van entregándose, dándose a cada rato”. El amor es lo último, lo eterno, lo permanente. Pero al mismo tiempo, como también expresó en ese poema, “los amorosos se ríen de los que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite”». Ese juego con la ambigüedad del amoroso, que por un lado busca el amor y por otro se burla de los que creen en él, es uno más de los rostros de este personaje anclado fuertemente en los valores que enaltecen la amorosidad masculina, tanto como encumbran la castidad y virginidad femenina, como en el poema a la tía Chofi:
Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre tu catre, estúpidamente muerta.
O que en otros casos, como en ese panegírico «Canonicemos a las putas», donde mediante la jerga eclesiástica el poeta elogia y exalta un imaginario acerca de la generosidad, la voluptuosidad y el bien colectivo que la prostitución ofrece a la sociedad; aunque muy osadamente, porque en ningún momento considera las implicaciones económicas y sociales que se desprenden de un negocio en el que la mayoría de las ocasiones se ejerce violencia contra las mujeres involucradas y que de lo enunciado en el poema se desprende que son alimentos, mercancías:
En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan.
Porque para el lenguaje de la época era de gran osadía decir claramente lo que se pensaba, poner el tema sobre la mesa y decir lo que los demás, hombres poderosos, hubiesen querido decir con gracia. Esa franqueza del discurso sabiniano es quizá lo que más se alaba de sus poemas, que podía decir lo que le viniera en gana sin ninguna corrección política, puesto que su franqueza consistía en alabar los valores establecidos y poetizarlos; por eso se llamaba a sí mismo el escribano de la vida, y por el hecho de que su poesía no implicaba ningún ejercicio intelectual, de lo que él mismo se enorgullecía como en el poema que sirve de epígrafe a este texto.
Jaime Sabines fue un autor alabado, premiado y reeditado; la edición de su obra en Lecturas Mexicanas en 1986 tuvo un tiraje de cuarenta mil ejemplares, y sus poemas llenan páginas de libros de texto, parabuses y vitrinas en el metro de las multitudes. Don Jaime Sabines nunca dejó de pertenecer a aquel salón de la fama del que renegaba. El mismo Javier Aranda señala: «Tal vez por eso el nombre de sus lectores es multitud, legión, muchedumbre»; no porque cuestionara los valores de su época, sino por formularlos con franqueza y osadía.
[1]http://www.jornada.unam.mx/2010/09/01/index.php?section=opinion&ar ticle=a06a1cul, consultado el 30 de enero de 2016.
Jaime Sabines se convirtió en las últimas cuatro décadas del siglo xx en el poeta mexicano más leído. Fue un escritor que logró penetrar a través de sus versos en el gusto literario de miles y miles de personas, que llegaron a saber (y saben) sus versos de memoria. Sus lectores rebasaron las butacas de salas como el Palacio de Bellas Artes y la Nezahualcóyotl de Ciudad Universitaria, para escucharlo decir sus poemas; multitudes que, desde pantallas gigantes en las explanadas de ambos recintos, celebraron al poeta cuando cumplió setenta años en 1996.
Este 2016 Sabines estaría cumpliendo noventa años, y aunque en su poesía los temas fueron la soledad, el paso del tiempo, la muerte o la condición humana, sin duda sus versos de amor siguen siendo los escogidos por sus nuevos y jóvenes lectores que, aunque no conocieron en persona al poeta, lo citan de memoria. En el mundo de lectores digitales que impera, las redes sociales están colmadas de versos y frases que dijo Sabines; una veintena de cuentas en Twitter y otro tanto en Facebook llevan su nombre o el de alguno de sus libros, para repasarlo o, incluso, simularlo.
En los fragmentos siguientes tomados de mi libro Jaime Sabines. Apuntes para una biografía, a partir de una entrevista que se transformó en una conversación a lo largo de diez años, el poeta cuenta sus primeros pasos como creador y las influencias literarias en su juventud.
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La única fuente de cultura en mi casa fueron los libros; no solíamos escuchar ópera, música clásica o cosas así. La cultura y mi formación intelectual vinieron únicamente a través de mi padre, los libros y la vida misma. En secundaria y preparatoria me dio mucho por leer; acudí a infinidad de literatura pero la influencia mayor que he tenido fue a través de mi padre: su conocimiento de la literatura oriental me ayudó a llegar a las raíces de todo. En el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, donde estudiaba la secundaria, hubo un concurso de poesía y declamación por el día del maestro, y mi hermano Jorge, que era el que escribía, me dijo:
—Participa, yo te escribo el texto.
Escribió una prosa de una cuartilla y media, y me ordenó:
—¡Mándalo al concurso!
—Tú no puedes participar, es sólo para estudiantes —le dije.
—Lo sé, mándalo con tu nombre —me respondió.
Me negué a hacer eso, era una farsa. Sin embargo en la casa mi mamá y todos insistieron en que lo enviara porque yo, por estar en la escuela, podía concursar y Jorge no. Así que acepté con la condición de hacerlo con seudónimo: Jaisab, que tenía las primeras letras de mi nombre y apellido. El poema se llamaba «Fugas», hablaba de amor, ¡y salió premiado con el primer lugar!
Así fue como a los catorce o quince años empecé a tomar en serio la escritura; me vi en la necesidad de hacerlo porque había ganado un premio sin haber escrito nada. Me obligué a escribir: ¡todo mundo esperaba lo que escribiría en seguida! No es que supiera que iba a ser poeta; en ese momento quise ser poeta. No creo en los poetas de vocación, creo en los poetas del destino, creo que la poesía es como una maldición o como una bendición humana que nos salva del diario morir.
Al principio, la poesía, para mí, era como un juego, no era la necesidad de la escritura, la cosa compulsiva de escribir; digamos que de alguna manera mis inicios en la poesía fueron espurios. Era decir: «Bueno, soy poeta y escribo», y escribía versos a la manera tradicional. Desde Tuxtla conocí las formas clásicas e hice poemas como ejercicios. De eso no me arrepiento. Lo he pensado siempre: cuando ya puedas escribir un soneto y esté bien hecho, entonces debes entrar al verso libre. Ningún poeta tiene derecho a menospreciar un soneto si no es capaz de escribir uno. En un buen poema debe haber mucha disciplina, trabajo, oficio y conocimiento, pero todo eso no se debe notar. Siempre se ha dicho que el poeta nace, no se hace, y yo siempre he pensado que el poeta nace pero además se hace, y se hace con base en el trabajo, la disciplina; con base en el rigor. Para aprender a nadar hay que echarse al agua y para ser buen nadador hay que hacerlo todos los días.
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Mi vida cambió enormemente en 1945 al estudiar en la Escuela de Medicina de la UNAM, que estaba en Santo Domingo, en el centro de la ciudad. Ésta fue mi mayor tragedia. Realmente considero que en esos años me hice poeta; ahí escribía como loco. En la universidad uno dejaba de ser Jaime y pasaba a ser un número de cuenta: 55096 era el mío. Iba a la Facultad de Medicina que estaba en la esquina del parque de Santo Domingo, justo en lo que era el antiguo edificio de la Inquisición, que para mí siguió siéndolo los dos o tres años que ahí estudié.
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Es justo cuando estudio medicina que me hago poeta de verdad: en la hoguera o, digamos, en las brasas. Compraba unas libretas muy grandes, y no había noche que no me pusiera a escribir. Escribía páginas y páginas. Nunca salió un buen poema, desde luego. Pero sí agarré el oficio en esos años, porque escribía por necesidad. Cuando me sentí obligado a verme y hablarme de mí mismo, de mi gran soledad, de mis angustias, mis dolores, mis esperanzas, mis sueños, cuando sentí el contraste con la ciudad que me apachurraba todos los días en la escuela, me sentí poeta. Aunque, qué curioso, no escribí un solo poema bueno en esos años. Desde el principio tuve una gran conciencia autocrítica: me daba cuenta de que lo que escribía era a la manera de fulanito de tal y no de Jaime Sabines.
Estaba tan solo que comencé a leer muy en serio la Biblia. Era mi libro de cabecera, la tenía en el buró y acudía a ella buscando consuelo a la soledad, a la angustia, a los sufrimientos que uno tiene de joven. Yo no buscaba en ella un sentido religioso, sino el consuelo humano, por eso mis pasajes predilectos eran el libro de Job, el Eclesiastés, Salomón, los Proverbios, el Cantar de los Cantares, Ezequiel y los Salmos que son poesía pura, que hablan del dolor y la impotencia humanas. La Biblia que leía era la de los protestantes, la versión de Casiodoro de Reina, porque no te seduce los oídos como la de fray Luis de León, sino que te seduce el alma; y eso es peor. La influencia de la Biblia fue decisiva no en el sentido formal de mi escritura, pero sí en mi formación espiritual.
En un principio leí de todo. Mucha literatura rusa, en particular de Dostoievski, de quien hasta la fecha me encantan todas sus obras: Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo… Es el autor ruso al que más amo, incluso por encima de León Tolstoi. Una vez cayó en mis manos la primera novela larga que escribió, Humillados y ofendidos; la comenzó cuando tenía veintiún años. Pensé: «Me voy a decepcionar porque era muy joven, pero la voy a leer». ¡Qué va!, en la página veinticinco estaba llorando. Antes ya había leído a Balzac y a otros, franceses, rusos, alemanes. También al gran narrador William Faulkner, el único estadounidense modernista que siguió la tradición experimental de James Joyce. Faulkner fue un escritor muy influido por la Biblia y los Evangelios; ahí está su colección de cuentos Desciende, Moisés.
En esos años también encontré el maravilloso libro sobre el creacionismo de Vicente Huidobro y su teoría de hacer un poema como la naturaleza hace un árbol. Descubrí a Huidobro y a sus seguidores. Junto con él estaban Eduardo Anguita, Volodia Teitelboim, Pablo de Rokha, Ángel Cruchaga Santa María y otros grandes poetas chilenos, a los que lamentablemente la figura de Neruda hizo sombra y no fueron tan conocidos; pero eran muy buenos poetas.
Comencé a leer a otros autores que me hicieron abrir mis horizontes de la poesía latinoamericana en general. Leí a Edgar Allan Poe, a Walt Whitman y su Canto a mí mismo, Hojas de hierba, que nunca me influyó, me parecía demasiado oratorio. Lo contrario me sucedió con Charles Baudelaire. Encontré una versión de Las flores del mal que era pésima. «¿Qué porquería de libro es éste? ¿Cómo es posible? ¿Por qué es tan famoso este maestro?», me pregunté. Cómo puede hacer daño una mala traducción; es infame que traduzcan mal un libro. Un año estuve enojado con Baudelaire. Y al año siguiente me cae otro libro, Los pequeños poemas en prosa, y me maravilló. Entonces ya fui a buscar otro ejemplar de Las flores del mal, bien traducido; y me encantó.
También fue determinante para mí un libro de Aldous Huxley, La filosofía perenne, que era todo el pensamiento místico oriental. He tenido lecturas que me apasionan, como es el caso de Tagore, es uno de mis grandes maestros: me fascina por su sinceridad, por su ternura; posee un elemento al que yo aspiro: la profundidad de la poesía oriental. Lograrlo ha sido mi meta. Pero no podría decir cuál es el poeta que prefiero. Es una cuestión bastante difícil de responder porque amo a Shakespeare, a Goethe, a Dostoievski.
Amo a varios escritores que me dieron mucho. En la vida creo que uno llega a amar precisamente a aquellos con los que se identifica, que te dan pan y sal todos los días. Aquí en México, Juan Rulfo es un poeta aunque haya escrito prosa, cuentos, novelas: la poesía está más allá de la forma de un texto.
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Estudié medicina tres años en los que sufrí horriblemente porque no quería engañar a mis padres; sobre todo a mi padre, quien, según yo pensaba, debía tener mucha ilusión de ver a un hijo médico. Pasaron tres años y no aguanté más. Hasta que un día que me fui de vacaciones a mi pueblo le dije al viejo:
—Voy a terminar la carrera, voy a traerte el título y lo voy a poner en la pared de la casa, pero nunca ejerceré la medicina.
Se lo confesé en medio de una tensión contenida por años. Él me oyó con mucha calma y me comentó:
—Hijo, no te preocupes. Si quieres, estudia otra cosa. Lo que quieras ser nos dará mucho gusto.
Fui a mi cuarto y me puse a llorar como un muchachito, a grito pelado, convulsivamente. «¿De qué sirvió tanto sufrimiento?», me dije.
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En 1949 decidí volver a la Ciudad de México, ahora para estudiar la licenciatura en Lengua y Literatura Castellana en la Facultad de Filosofía y Letras, en ese espléndido edificio de Mascarones; y me sentí como pez en el agua, sabrosísimo. Ahí me quedé tres años y me puse a escribir como Jaime Sabines. Estaba feliz. Entonces comencé a escribir mi primer libro: Horal.
Cuando empecé, mi práctica era escribir un poema casi todos los días. Escribía por las mañanas, por las tardes me iba a la escuela, y en las noches me ponía a leer. Entonces era leer y escribir ya sin temor a las influencias, ya había encontrado una voz propia. Llenaba libretas, escribía a lo bestia. El poemario que se publicó no es ni la quinta parte de lo escrito. Las correcciones de mis poemas siempre fueron simultáneas al acto de la creación. Estoy escribiendo y si hay una palabra que debo sustituir, me doy cuenta inmediatamente. A veces, horas después de haber terminado un poema, cambio o elimino un artículo, una palabra, pero nunca releo para rehacer un poema. Siempre creí que sería inauténtico corregir un poema después de tres meses. Sería una labor intelectual que desvirtuaría la naturaleza misma del poema. El poema es un retrato. Si soy fluyente, cambiante, no tengo derecho a corregir al Jaime Sabines de hace tres meses o tres semanas. No somos el mismo. Lo único que solía hacer algunas veces era dejar reposar los poemas para, si era necesario, cortarles el cuello por completo.
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Ya de viejo, muchas veces me han visitado jóvenes poetas y me preguntan qué consejo puedo darles. Siempre he recomendado dos libros: Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke, y la biografía de Goethe, Poesía y verdad. El mejor consejo que daría a un joven poeta es que hable de lo que conoce, de lo que tiene en sus manos, de lo que ya es vivencia para él; eso es un requisito indispensable: el poeta no debe andar inventando, la poesía no es invención, es un testimonio de la vida.
Por muchos años he caminado sin prisa, saltado, paseado, corrido y echado un vistazo al Belfast que aparece en la obra de Ciarian Carson. Incluso tomé el autobús un verano con la esperanza de encontrarlo; deteniéndome en el Ulster Museum para ver los grabados biográficos de John Kindnesses, Belfast Frescoes, los cuales inspiraron el texto de Carson. Por desgracia estaban en préstamo en ese momento. Obviamente nunca encontré el Belfast literario; se hallaba donde siempre: en el librero de un departamento en Dublín. Sin embargo, Carson estaba aquí; lo vi sentado en una mesita del John Hewitt Bar. En ese momento me encontraba tan intimidado que fui incapaz de acercarme a él. Dejé la ciudad a la mañana siguiente.
Como verán, nunca hablábamos sobre Belfast en casa. Nada de Sinn Féin o del SDLP, nada del Acuerdo Sunningdale, ni las cinco demandas de la Huelga de Hambre de 1981, mucho menos de las desapariciones forzadas. En cambio, Sky News nos transmitía la primera Guerra del Golfo; a un Norman Schwarzkopf en pantalla con sus botas diseñadas para el desierto, rodeado de un bosquecillo de jóvenes soldados atentos a él.
Después descubrí a Carson:
Tan pronto como el escuadrón antidisturbios se instaló, llovieron signos de exclamación,
Tuercas, tornillos, clavos y llaves de coches. Una fuente de tipos móviles rota. Y la explosión
Ella misma –un asterisco en el mapa. El guión, una ráfaga
de fuego rápido…
(«Belfast Confetti»)
Este confeti de tuercas, tornillos, tejas, signos de exclamación y notación en staccato, explota de la página cada vez que se abre el libro. Carson nos ofrece la ciudad, nos alimenta con su traducción de ella, «danos hoy nuestra lectura de cada día». Su urbe literaria bordea las fallas geológicas y quema las calles de Belfast, toma curvas cerradas y accesos escondidos, recónditos. Confiamos en él. Tenemos que hacerlo, pues es el único que puede llevarnos de vuelta a casa. ¿Me entienden?
Te vieron
de nuevo. No. 100. ¿Dónde es eso?
Una vez más, ¿dónde vives?
¿Dónde vives ahora?
¿Dónde es eso?
Sí, sé que no está ahí más.
Sólo dime qué estaba ahí.
Te vieron.
(«Question Time»)
Puedo imaginar un interrogatorio similar a William Tyndale en 1536 luego de haber sido arrestado por herejía. Su crimen fue la traducción que hizo de la Biblia, del hebreo y griego al inglés. Tyndale, asesinado por estrangulación y quemado después, claramente fue un filólogo ejecutado por decisión propia. Cierra el prefacio de su Pentateuco reconociendo que podría haber errores en su trabajo; de hecho alienta a destruirlo si alguien encuentra una error en él.
Aunque los católicos españoles tenían una Biblia vernácula en castellano desde 1569, no fue hasta el Segundo Concilio Vaticano de 1965 que se permitió celebrar misa en dicho idioma. El Concilio también norma que el sacerdote oficie frente a sus feligreses sin darles la espalda, versus populum, hablándoles con un lenguaje que comprendan. Muchos poetas irlandeses nacidos en los cincuenta y los sesenta, entre ellos Carson, citan la misa en latín como la primera música que llamó su atención; es decir, la melodía que impulsó y sedujo su oído poético. A partir de ahí muchas generaciones obtuvieron el sentido litúrgico, pero perdieron la musicalidad de éste.
La traducción es un asunto quijotesco, resulta común perderse en el mundo fantástico del sonido, equivocarse y, en mi caso, pedirle al barman otro beso en lugar de otro vaso —o como sea que se llame en lo que estaba bebiendo—. Atraído por la calma de los molinos, acercándome tanto como me lo permiten las hipnóticas astas, imagino a un gordinflón Sancho Panza montando con un par de volúmenes de María Moliner en cada costado de su burro y el diccionario Collins español-inglés en su espalda. El traductor es un caballero andante fuera de sí que cabalga de cabeza entre la inmensidad de la poesía española y latinoamericana.
Quizá está lloviendo y uno se encuentra en un aguacero extranjero, o mejor, una tormenta, como Juan Gelman lo sugiere en Bajo la lluvia ajena; silenciado por el exilio, con una mandíbula migrante que, dislocada, está en otro país. Traducir los poemas de Gelman me ha sumergido una vez más en los demonios de mi propio exilio; la sopa que frecuentemente apaga el silencio. Así que me tambaleo hasta la experiencia que el poeta tuvo a propósito de la dictadura argentina. En el poema VII se pregunta: «¿Hasta dónde este exilio exterior coincide con otro más profundo, interior, anterior? ¿Hasta dónde los idiomas extranjeros, la ajenidad de rostros, voces, modos, maneras, encarnan los fantasmas que asediaron mi propia juventud?». «Asediaron» contiene la palabra sed. Bajo el duro sol español, será la sed lo que baje el puente levadizo; mientras, el inglés sedentario luce felizmente descansando.
No puedo decir qué eran esos demonios de los que habla el poema VII; pero una cosa es cierta, el traductor debe confiar en no ser él mismo. Debe aflojar su lengua y enredar la boca alrededor de las palabras, tan extrañas que ya lo han convertido en alguien más. Debe perderse tanto en otro idioma que sólo el oído del Quijote y la robustez de Sancho puedan ayudarlo a volver a su lengua materna con un cuento bien narrado, con un camino que seguir.
la niña jorobada finalmente me alcanzaen aguas negras lavando naranjas hacia la cuevavaga, comiéndose un pastel de gelatina amarilla
en una barranca seca los huesos hacen polvo naranjaque el viento deriva en palabras el limonerose perfila hacia la niña hacia sus niños
un limón explota la pus naranja coagulados elementos que forman una mano torcidade huesos que da a la niña un mensaje
La historia retratada por modelos de trabajo de tamaño natural
voltea la casadentro de límites de riesgorebana la guerrapor la parte superior
en la república checalos árboles contribuyeron adoscientas muertes en el caminoel año pasado
come una mierda de fileteo tus agroproductosserán lujospara nosotros
¿un poco más de mercurioen tu miel de maíz?lees papel monedaen un horno
Pirofónico
la medida siempre regresósin creer que la gente en la mesa de juntoatraída por el pathoscausado por el recuerdose estrellara en una rocala experiencia de esto es un idealhecho para asomarse dentro de otro
artículo costosamente tapizadopara definir a los definidoresen nieve anticipadaun caso de producción en masaincluso al precio de la servidumbresombreado en ventanas de papel blancorompiendo la monotonía de la superficie
la manera en que ese hombre usa la música mexicanapara matar en un solo díalo que urdió en una vida
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la manera en que ese hombre usa a los negrosla manera de usar un cáliz muy simplecomo un arma para mataransío usarla excelsa poesía de los otros(nótese la gran congoja)que mi puñado de lectores no han leído aúnpara poner de moda mi propia temporadaentre el agua y el manantialcubierto de escamas
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un hombre se paró frente a mísoy demasiado magnífico para ser conocidomejor dicho, des-conocido
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el sonido del cuerpo humanocayendo sin resistencia de cinco pies de alturasutil, es algo sutil
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los jornaleros vivencada día del añoalrededor del tarro de cervezaen el que nuestro sindicato se desangrahaciéndolo más difícil para ellos
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honestamente, el ser empujado por aquellos rapadoses un honor, un verdadero honornotaste la desproporciónen el número insólito de enormes individuosque son el cuerpo del policía
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somos afortunados de que conozcan el confucionismoy que nuestros grandes poetas universitariossientan cara a cara la verdadera esenciade la pobreza y la violencia
cuando dios los bendice a la mierda la droga
las invasiones de Inglaterrainstigaron una cultura de invasionesa la que le crecieron ramas
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y así los fantasmas en las casasde la política mundialesperando un pollo en el horno
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en el fondo del río tan lleno de peceses difícil alcanzar a entender el sentidolos labios superiores ofendiendo accidentalmente
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mi enemigo es mi amoreso no tiene nada que ver con Méxicocon las coladeras humeantes de la ciudad secay la riqueza
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es momento de poner a un ladolos juguetes inofensivosy comenzar el truco visual de bajar las escalerasdonde no hay escalerasporque esto es un ensayopara la tumba
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es aceptable mirar a una mujer en el vagón llenoy coquetear con Lilatan sólo catorce años de visita
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es amargo encontrarse con la despedidala playa ensanchándose en un océano rojola arena contaminada con alambres de púas y muerte
jo jo john dowlands qué grueso te ves /qué gruesa la gola que te engola /o john dowlands qué suave disfraz /hermoso john dowlands gran pertinazentre a la ene perennes / me acechaen mi pieza / por la ventana derecha /vete ya john dowlands ya vete / ridículassuenan tus manos sin mácula /el rey de españa todo un tedioen esos tus brazos de negro /ergo john dowlands jo jolas luces prendidas / este año sin prisano vuelvas triunfal/ tal cual y triunfalveloz tú john dowlands viaja a la de yapor tierra baja continental / es ornamentalen los fastos de taverner es el más largosu largo laúd / tan triunfal veloz tú john dowlandsviaja por tierra de labranza continental /john dowlands por qué tan largo el laúd / jo joordinario john dowlands/ jo jo solitario johndowlands
(interludio) 4
a todas las damas solteras de la polifonía hasta pronto /tallys ha muerto oh dios mío hombro con hombropor las calles quién como F’umth hubiere o hubiese /yo hubiere tu hubieses él ella o ello hubiesesido F’umth / acaso nosotros o joan bramando de sílabaen sólida sílaba / por favor ve despacio pues la músicase apaga & yo me disuelvo / doctor doctor creo que soy ciertoorganista inglés de la familia tudor no no es ciertoeres un pobre poeta norteamericano no no es ciertotampoco soy enrique octavo sin órganos /o soy joan retallack / acaso tú el de la voce flebileme hiciste esto a mí en tu escala cuarenta y nuevileen un motel haciendo eso en un tris cual hombre feliz /o acaso pensaste que todo yo el arzobispo parker erael mismísimo parker & los chicos meones ni siquierame agrada thomas tallys aquí y sin música puesta /pero sí y mucho cuantos chicos meones atravesarenmi camino / ahora en la boca / de nuevo joan / o no lloréisojos míos quién como F’umth // hubiere / hubiese
(interludio) 5
con mi reloj de thomas morley puesto déjenme /decirlo y sí claro a thomas morley parécese /relojes de isabelinos ilustresdándoles cuerda los lunesde ferrabosco nunca de los nuncas oí hablares allá por los 1590 / y a la tercera campanada yaserá 1600 / bong / la escuela inglesa del madrigales encantadora & fresca / bong / golpetea el atemporalwilliam blitheman cinético john wilbye al reiterardick edwards risa & risa / no hay que olvidara robert johnson proclive a la cuestión complicadarobert johnson / bong / cuya alarma a campanadasde thomas morley «estoy harto de escribir —repiquetean—de los hombres/ la escuela del madrigal inglés está muerta» /con tu brazalete de amor de la condesa de pembrokeni un solo maldito movimiento / los nervios me ponesde punta como la llegada de abba ése soy yo quevoy a mi desnuda cama a escuchar más y recordarmás / en realidad debo ya a thomas tallys sonar
La televisión es una cosa difícil. Si antes sólo había que estar atento a HBO y una que otra serie en uno que otro canal, la Era Dorada® ahora nos pone a vigilar lo que salga en cualquier estación. Una buena serie puede salir de cualquier lado. Ahí está Vikings de History Channel, ahí vemos Empire en Fox (tal vez más fenómeno que buena, pero buenísima para lo que es), ahí nos cae todo lo que avienten Netflix, Amazon, Hulu y hasta PlayStation Network. ¿Es justo así enlistar «Lo Mejor del Año» en Televisión? ¿Qué hacer si unos y otros consideran —justamente— ver lo mejor, pero nadie comparte la misma programación? Nos ahogamos en recomendaciones.
Por agosto, The Week nos avisaba de 63 shows para ver en 2015. Al concluir el año, FX Networks contó en Estados Unidos 409 series de televisión originales entre cadenas de transmisión abierta, cable y servicios en línea. Hubo 33 series más que en 2014, casi el doble de las que tuvimos en 2009, cuando las únicas preocupaciones colectivas eran Mad Men y Lost. La TV norteamericana, nos dicen, llegó a su máximo. Y no contamos las producciones nacionales (si es que alguien todavía les pone atención) ni lo que hacen Europa, Sudamérica y demás.
Hay mucha televisión, se ha vuelto una cosa difícil. Al final, celebraremos lo que apenas alcanzamos a ver. Y enlistar «Lo Mejor» no es justo pero es tradición. Aquí van diez series y diez capítulos que fueron obligatorios en 2015. Fans de The Walking Dead, aléjense.
The Leftovers (HBO)
Debe ser Damon Lindelof el responsable de la forma: la desventura de un personaje por episodio, un evento quizá sobrenatural que atormenta a todos los protagonistas a lo largo de la temporada, acciones sin sentido que terminan por tener cierta lógica al final, imágenes que quedarán a la interpretación personal para siempre, como la escena que abre el primer episodio y parece no estar relacionada con la historia. Lindelof, que estuvo detrás de Lost, decidió alejar la serie de la novela original de Tom Perrotta (también productor del show) cambiando el intro, el escenario y sumando personajes, manteniendo la tristeza, neurosis y desesperanza que The Leftovers desborda. Capítulos como «No room at the Inn» e «International Assassin» son joyas ejemplares del standalone, muestra de lo que aquí enfrentamos: ¿qué podemos reclamar si no sabemos qué se puede y qué no?
The Americans (FX)
A estas alturas ya es lugar común decir que The Americans es «el mejor show que nadie ve». Porque de verdad es el mejor show que nadie ve. La producción de Joe Weisberg y Joel Fields para FX ha logrado tres temporadas con poca audiencia —la última registró su episodio final menos visto— pero con mucho querer de la crítica y del televidente que reconozca un buen drama de espías rusos en Estados Unidos durante la Guerra Fría. Cada capítulo es una chin-go-na labor de dirección, edición, actuación y escenario. Hay tomas que merecen ser estudiadas por su composición, escenas de acción o tensión armadas con elegancia y un complejo contexto político que nos hace revisar Wikipedia para entenderlo. Tres razones hacen la temporada memorable: Keri Russell, Alison Wright (Martha, esa situación tan completa) y «Do Mail Robots Dream Of Electric Sheep?».
Show me a Hero (HBO)
Cuando se habla de política en series de televisión, de un lado está Aaron Sorkin, por ahí en medio House of Cards o las comedias de Armando Iannucci, y del otro está David Simon. Show me a Hero es una miniserie escrita por el creador de The Wire y William F. Zorzi —compañero periodista de Simon—, una adaptación del libro homónimo que cuenta el conflicto racial-económico-político vivido en Yonkers, Nueva York, a finales de los ochenta y durante los noventa por el proyecto de construcción de viviendas públicas en zonas de la clase media. «The projects», espacio de pobreza y crimen, era un escenario-personaje en el show sobre Baltimore, acá es un monstruo con mayor trasfondo. Paul Haggis dirige los seis episodios que siguen la mediana carrera política de Nick Wasicsko (Oscar Isaac), espejo de una clase que asciende por la esperanza y se desarrolla entre el repudio, como nos muestra una de las mejores obras de David Simon, ese retratista de nuestros tiempos. Menciones honorificas: la escena final del segundo capítulo y la explicación de la política como una adicción por el borracho personaje de Winona Ryder. ¿Es lo mejor de Simon desde The Wire?
Mr. Robot (USA)
Influencias de Kubrik, Aronofsky, Lynch, Scorsese y Fincher. Tiene además algo de Breaking Bad, Girls y Blade Runner, dice Sam Esmail, creador de la serie. Pero Mr. Robot es más que la suma de sus influencias; esta historia de un hacker que se involucra con un grupo anticorporativista; es una pieza memorable de cinematografía. Ya desde el primer capítulo su protagonista, Elliot Alderson (Rami Malek en papel de desagradable angustiado), se pregunta constantemente si está loco; el show crea trama y tono alrededor de su duda y nunca deja de ser entretenido intentar adivinar qué es real. (Spoiler: aquí un supercut que nos ayuda a aclararlo). «This is a delusion. Is this a delusion? Shit, I’m a schizo». ¿Lo mejor del show? Un trato apropiado al lenguaje del hacker, su cuarto capítulo y el título de sus episodios: eps1.0_hellofriend.mov, eps1.3_da3m0ns.mp4, eps1.5_br4ve-trave1er.asf, etcéteras.
Fargo (FX)
En 2014, Fargo y True Detective fueron muestra de las nuevas series de antología en las que cada temporada contaría una historia distinta usando nuevos personajes. (La vieja serie de antología, como Black Mirror o The Twilight Zone, cuenta una historia diferente cada capítulo). En su segunda entrega, True Detective fue algo incomprensible con pocas cosas rescatables. En su segunda entrega, Fargo fue en realidad una precuela llena de referencias —entre música, diálogos e imágenes— a los hermanos Coen, una saga violenta, narrativa y visualmente satisfactoria. Noah Hawley entregó otra digna adaptación de la película de 1996, conservando el estilo peculiar del lenguaje (yeah!), la atmósfera y sus actuaciones. Olvidemos los roles principales de Kirsten Dunst y Patrick Wilson, celebremos los personajes establecidos con más estilo que dimensiones, casi icónicos desde su primera aparición: Mike Milligan (Bokeem Woodbine, recuérdenlo) y los Kitchen Brothers, toda la familia Gerhardt, Hanzee (un Zahn McClarnon que crece conforme se mueve la serie) y Karl Weathers (Nick Offerman sacudiéndose todo rastro de Ron Swanson). Además, es la serie con las mejores introducciones cada episodio; «War Pigs» de Black Sabbath nunca ha tenido un mejor uso.
Hannibal (NBC)
Con su gore, estética de difícil apreciación e inicios como show policial genérico, el thriller psicológico de Bryan Fuller —nombre maldito por sus series incompletas— no tenía forma de sobrevivir en un canal de televisión abierta como NBC. Aun así, nos entregó algo único en su temporada final. El adjetivo no es gratuito: nada este año se acercó o siquiera intentó algo como el estilo visual o la estructura que Hannibal tomó ante su inminente cancelación. La serie «perdió su mente», cayó en lo avant-garde, aplaudió la audiencia. El canibalismo nos puso a prueba con capítulos llenos de diálogos extraños, violencia hipnótica y momentos rarísimos hechos para lo contemplativo. Spoiler. La escena final, un homicidio en colaboración/amor consumado entre un asesino serial y su perseguidor, será por un rato el broche de oro para NBC, la cadena que hoy no interesa aunque nos llegó a dar The Office, 30 Rock, Community y Seinfeld. Fin del spoiler.
BoJack Horseman (Netflix)
«Sé que quieres ser feliz pero no lo serás. (…) Naciste roto». «Algo adentro de ti está roto y nunca puede ser arreglado». «No puedes escapar de ti». Eso lo escucha un caballo de su madre, su jefa y de una cierva que es su interés romántico. BoJack Horseman es una animación ridículamente triste. Y comparado a un gag de sillón en Los Simpson, no es un trabajo de animación sobresaliente, pero es una dramedia modelo, ejemplo de nuestra Era Dorada de las Caricaturas. (Steven Universe, Gravity Falls, Rick and Morty, Archer y South Park destacan en una mejor lista que esta). Will Arnett da su voz a BoJack Horseman, un caballo actor que alcanzó y vio morir su fama en los noventa y ahora lucha por entender su tristeza e insatisfacción, camino que esta temporada siguieron casi todos a su alrededor. «¿Por qué me ayudas?», llega a decir un personaje. «Porque mi vida es un desastre y compulsivamente atiendo a otros», le responde una gata. Todos aquí luchan contra su patetismo, nosotros mientras reímos. Y qué hermosos créditos iniciales.
Better Call Saul (AMC)
Entre autoreferencias escondidas y la composición de escenas para ser interpretadas como símbolo de algo más, que bien pueden ser nada más escenas bellamente arregladas, existe un juego entre Vince Gilligan y los fans de su trabajo. Breaking Badlo tenía, en Better Call Saul continúa, aunque pueda exagerarse. Estas cosas no importan: el que sea desinteresado de mensajes ocultos hallará un enorme spin-off, o un drama donde cada toma de cámara es cuidada en detalle, el reparto es de talento comprobado y donde la historia sólo va en ascenso. Ver a Jimmy McGill (Bob Odenkirk) avanzar o caer hasta convertirse en el robaescenas, Saul Goodman es tan intrigante como ver el pasado de Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks) que ya merece spin-off del spin-off. Odenkirk y Banks son actores de altos vuelos, Gilligan uno de Los Auteurs de la televisión, en Better Call Saul no dejamos de comprobarlo. Guárdese «Five-O» para la posteridad, el episodio de Mike que nos merecíamos.
Daredevil (Netflix)
¿Qué esperamos de un show de superhéroes? Madrizas (no peleas: madrizas), un nivel respetable de acción, un villano que se incline razonablemente al mal, la constante derrota y superación de las desgracias por el héroe, compañeros que como mínimo no sean molestos si no pueden ser interesantes, diálogos no exageradamente ridículos, actuaciones y cinematografía de cualidades decentes. Atendidas las demandas, variaciones sobre el canon se permiten. Flash, Gotham, Jessica Jones, Supergirl, Agents of S.H.I.E.L.D. o Arrow medio cumplen lo que Daredevil realiza con satisfacción del espectador. Si se recuerda que el género Serie Live-Action de Superhéroes fue por años difícil de mostrar con dignidad en la televisión (contamos, por agarrarnos de algo, a Buffy, al Batman camp de los sesenta, Smallville y una que otra adaptación menor), tenemos que reconocer las coreografías y logros con la cámara en la serie de Netflix. Lo que ahora debe ser exigencia en este tipo de shows son escenas como el plano secuencia al final del segundo episodio, un tributo a Oldboy de Park Chan Wook que no tuvo igual en el año. En la televisión, Daredevil es cúspide de su especie con esta primera entrega.
Man Seeking Woman (FXX)
Lorne Michaels (Saturday Night Live, 30 Rock) produce esta adaptación del libro The Last Girlfriend on Earth de Simon Rich, creador de la serie, un discurso cómico exagerado sobre las relaciones sentimentales. Exagerado: la hipérbole es la herramienta de Rich para dejar claro que ser abandonado por la novia es devastador. Esta comedia de FX (que seguramente terminará de culto como sus otras tantas) es un ir y venir de situaciones surreales, al nivel de los mejores cortos digitales de SNL. La siguiente pareja de la exnovia de Josh (Jay Baruchel) es Hitler, la siguiente persona con la que Josh intenta salir es un troll, una boda donde Josh se encontrará a su ex es en el infierno. Situaciones similares en la vida real, descritas entre amigos, suenan absurdas, en Man Seeking Woman ocurren literalmente. Louie o Master of None, que pudieron ocupar este lugar, se acercan al mismo tema con más pathos que chistes, hoy elegimos lo estúpidamente hilarante. Vamos a quedarnos con «Teacup», noveno episodio, donde se cambia al protagonista con una mujer para mostrar grandes verdades con lo ridículo: para todos es difícil dejar de estar solos.