Tierra Adentro
Jóse Pichardo (Moroleón, Guanajuato, 1982) es ilustrador y diseñador. Codirector de Estudio Chipote y presidente del Colectivo Cultural Mandíbula.

 

El día después de conocer a Grace —su boquita perforada, sus botas vaqueras, sus manos, pequeñas como folículos, escribiendo su número en la palma de mi mano—. El día después de conocerla, fui a los corazones en renta.

No había rentado en años y dudaba que tuvieran mi modelo favorito. El escaparate estaba diferente, los corazones eran más pulcros y brillantes de lo que recordaba. La primera vez que fui a rentar, lo más high-tech era llevar los engranajes escondidos. Ahora todos son tan lisos y de una sola pieza como una piedra. Algunos de los corazones nuevos tenían funciones que jamás había visto, como cronómetros y botones de espera y ritmos cardiacos personalizados.

Todo eso me hizo pensar en Grace: su oído contra mi esternón, escuchado su nombre en morse. Mi propio corazón comenzó a reptar hacia arriba por mi garganta, así que lo tragué de nuevo y entré en la tienda.

Una hora más tarde pasaba bocados de comida mientras trataba de leer el instructivo. Parecía muy complicado cuando en realidad no lo era. Los corazones se aseguraban fácilmente y mientras no olvidaras cerrar bien tu pecho, podían latir por años. Décadas, quizás. Los problemas surgían cuando los corazones se tallaban o volvían viejos: los trozos del pasado se atoraban en las hendiduras y eran muy engorrosos de enjuagar. Ni siquiera un cepillo de alambre hacía el trabajo.

Pero el tipo del local me aseguró que éste estaba recién salido de fábrica, más limpio que un jaspe. El personal de esos lugares siempre mentía, pero pude adivinar por el brillo cobrizo que a ese corazón aún nadie lo había roto.

Aunque recordaba a la perfección cómo ajustar el corazón, leí de todas formas el instructivo hasta el fin para entretenerme en algo. Era una forma de no pensar en cómo Grace se mordía el labio mientras trazaba las curvas de su número telefónico. En cómo se vería más tarde esa noche, cuando ella. Cuando nosotros.

Era muy importante que me ajustara bien el corazón antes de que eso sucediera.

Diez años atrás, primer corazón. Jacob era tan bueno como un campo dorado y nuestro amor duraría para siempre, lo que a nuestra edad significaba seis meses. Cada vez que Jacob me tocaba, sentía a mi corazón dar un golpe acuoso contra los pulmones. Cuando lo miraba dormir, lo sentía rasguñando mi esófago. Algunas veces era difícil hablar a causa de su peso húmedo alojado en la base de mi lengua; yo solamente sonreía y esperaba a que él volviera a hablar.

Cuanto más lo amaba, más pesado sentía mi corazón. Hasta que comencé a caminar con la espalda corcovada y mis rodillas comenzaron a crujir por el peso. Cuando Jacob me dejó, sentí que mi corazón se rompía como un perdigón. Las esquirlas se alojaron en las entrañas y tenía que beber todas las noches para enjuagar los fragmentos. Tenía que hacerlo.

Un año más tarde conocí a Anna. Llevaba rastas, tenía los ojos verdes y estaba llena de verbos. Olía a lluvia y revolución. Caí sin más.

Pero la parte de mí que quería entregar a Anna hace mucho tiempo que había desaparecido. Se había escurrido por las coladeras de la ciudad, mezclada con los residuos químicos del olvido. Esos trozos se habían disuelto, habían sido arrastrados para siempre, y lo que quedaba no valía la pena de ser entregado. Los bordes de mi corazón estaban ásperos y no quería sentirlos subir por mi garganta. No la amaba lo suficiente como para toser sangre. Mantuve los restos muy cerca de mí, escondidos bajo los suaves rollos de mis intestinos, donde Anna no pudiera verlos. Una noche, Anna abrió su pecho aún palpitante. Su corazón enclavado era un perfecto trabajo mecánico.

Así es como se hace, me dijo.

Podía escuchar el suave tictac abrazarse contra sus pulmones y me agaché hacia ella para oler su intensidad metálica. Lo deseaba.

Al día siguiente me llevó a rentar un corazón. Durante un largo rato, estuve apoyando las palmas de mi mano contra el metal pulido hasta que encontré uno que sintiera tibio al tacto. Me aseguré de que los bordes afilados de los engranes estuvieran plegados hacia adentro, lejos de mi garganta recién sanada.

De vuelta en casa, Anna sacó el corazón de su empaque de plástico, me lo ajustó, cerró mi pecho y me llevó a la cama. Un rato después la miré dormir y yo la amé con cada engranaje de mi corazón.

Cuando Anna huyó con mi mejor amigo, devolví el corazón al local donde lo renté. Nada me ahogaba, me rompía o aplastaba. Lucía tan brillante como la primera vez que lo saqué de su empaque, así que el chico del mostrador me regresó mi depósito completo. Borré el número de Anna de mi teléfono y salí a cenar.

Al año siguiente, cuando conocí a Will, supe qué hacer. Esta vez el corazón era más pequeño, compacto, y se ajustó automáticamente en su sitio. La tecnología avanza rápidamente.

Will me habló de Boudicea, me enseñó sobre la sección áurea, los intervalos musicales y el Inglés Medio. Me empapé de él como si fuera una bola de algodón.

Algunas veces, antes del alba, me escurría hacia el baño y me abría el pecho frente al espejo. El reflejo me devolvía la imagen de Will, sujeto entre sus mecanismos. Entonces lo desajustaba y lo miraba palpitar en mi mano. Después lo devolvía a su lugar, antes de regresar a los brazos de Will.

Durante nuestras primeras vacaciones juntos, activé la alarma de seguridad de las vallas del aeropuerto. Mostré mi corazón al policía y me dejó pasar. No fue sino hasta que el avión estaba despegando que me percaté de que Will no había pillado. Estuve todo el vuelo con las mandíbulas trabadas y mi libro abierto en la página uno. No dejé de pensar en el contenido de su pecho. Nunca lo discutimos, pero yo no podía tolerar la imagen de su pecho lleno de carne roja y húmeda.

Cuando dejé a Will, regresé el corazón de alquiler. La idea de su corazón roto en pedazos, clavándose en sus intestinos y rasguñando su esófago, no me dejaba dormir.

Después de eso, renté corazones para Michael, Rose y Genevieve. Me enseñaron sobre el Principio de Incertidumbre de Heisenberg y a cómo cuidar de un perro salchicha. Olían a gasolina, a aceite para cabello, a aserrín y a madreselva.

Luego de un tiempo, el chico del local comenzó a saludarme por mi nombre. Me daba un descuento de mayorista y me invitó a su fiesta de Navidad. En poco tiempo ya veía, en duermevela, el centelleo de su colmillo de oro por el rabillo de mis ojos. Comencé a preguntarme si el chico lamía los corazones antes de alquilármelos, de modo que partículas suyas quedaran atrapadas en algún diminuto engranaje, fundiéndose con mis entrañas.

El destello del empleado de las rentas en mis sueños me incomodó tanto que cambié de local. Había muchos de donde escoger y me quedé en uno donde no me enseñaran los dientes. Nunca más me devolvieron el depósito de seguridad, pero al menos mantenían la vista en el cristal rayado del mostrador cada vez que regresaban los corazones de renta. Su mirada apartada era más importante que el brillo de algunas monedas.

Conforme fui haciéndome mayor, los corazones se volvían más pequeños. Después de Genevieve, me mudé una temporada a una isla donde no conocía nada y a nadie. Ni siquiera el idioma. Viví solo. No miraba a nadie a los ojos y no tenía necesidad de rentar un corazón. Mi pecho hueco me facilitaba la respiración, y llené mis pulmones del vigoroso aire de mar. Allí me quedé un año.

De vuelta a la ciudad y de vuelta al mundo, entre rostros familiares. Una noche, muchos tragos después, con el número de Grace en pequeños garabatos sobre mi piel. Luego, la mirada gacha sobre el cristal rayado del mostrador. Un corazón nuevo y reluciente. Me terminé mi comida y fui a casa a ajustarme el corazón. Tres años después, una tarde de otoño, leía el periódico recostado en el sofá, con el cabello de Grace descansando sobre mi regazo. Me detuve en un pequeño anuncio en la esquina de la página:

Producto defectuoso: Corazón Modelo #345-27J. Retirado del mercado.

Me llevé la mano —esa mano que sostenía el largo cabello oscuro de Grace— al pecho. No había vuelto a abrir mi pecho en años, confiado en el palpitar del corazón. Lo había conservado durante tanto tiempo que estaba seguro de haber perdido el depósito, pero no había querido devolverlo, pues no quería perder la imagen de Grace tallada en su centro. Había olvidado la cara del chico de la tienda, había olvidado el tibio peso de un corazón nuevo en mi mano.

Me deslicé por debajo de Grace. Balbuceó algo, medio dormida, y volvió a sosegarse cuando acomodé un cojín bajo su cabeza. Fui de puntillas al baño y abrí las bisagras ya oxidadas de mi pecho.

El corazón estaba lleno de polvo, empañado y muy vacío. En el centro, ninguna imagen de Grace, ningún mechón de su pelo. No había el brillo de algún recuerdo, ninguna declaración. El metal herrumbrado chilló cuando saqué el corazón.

 

*Traductor: Ángel Valenzuela (Ciudad Juárez, 1979) es escritor, traductor y diseñador editorial. Fue becario del fonca en la categoría Jóvenes Creadores. Con Luces del norte ganó el Premio Novelistik 2015.

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