Tierra Adentro

Para Elías Portela [aka Elías Knorr]

1.

La velocidad de los días me rebasa de tal forma que aún no sé si en verdad estoy aquí. Es demasiado ligero el aire como para poder guardarlo en los pulmones, y la gracia de la luz que reverbera entre las hojas intensas, de un verdor que parece artificial ►de un verdor que parece alterado por la luminosidad de algún pez abisal derramado entre las ramas◄ me hace dudar de la naturaleza a la que pertenecen. O a la que pertenezco yo.

El sol se ha perdido desde hace rato entre las fauces del cielo, dejándome medio a ciegas en el camino por donde avanzo sin entender bien por qué o para qué: sólo me adhiero a las ventosas que el faro marino dispara en su vibración

azul-azul//

rojo-rojo-rojo-rojo//

azul-azul//

rojo-rojo-rojo-rojo //

Busco un arrecife con suficientes arbotantes de fuegos fatuos que me guíen para llegar a la noche submarina, a la noche de fauna incandescente. Hace años perdí una parte del cuerpo bajo esas aguas, pero no eran las mismas que suelen verse desde aquí, donde chapotean las abuelas y los niños con sus inflables de unicornios rosas y abejorros verdes. No. Eran aguas que guardaban un secreto en el color que llegaba con las mareas de diciembre: me sumergía y la piel se impregnaba de un aceite azul eléctrico, moteado con magenta y naranja que me convertía en un ópalo de carne. Ahora no estoy seguro de querer llegar de nuevo ahí; de hecho, ni siquiera sé si voy por el rumbo correcto. Sólo avanzo, guiado por las intermitencias del faro y los cantos de las aves nocturnas. Han pasado demasiados años. No debería estar aquí.

 

2.

Aquella tarde tampoco debía haber estado ahí. Había tenido una noche perturbadora, en la que sus piernas y sus manos se acalambraban a causa de las ráfagas heladas que se filtraban entre las ventilas del techo, diseñadas justo para que el aire no dejara de circular por toda la casa. Nunca, en los casi diez años que llevaba de vivir en Acapulco, había sentido un frío así. Era diciembre, sí, pero en las costas del Pacífico: por mucho que hubiera mal tiempo, la temperatura no solía bajar más de 23 grados centígrados.

A pesar de haber dormido poco, se levantó temprano, recompuesto, con la sensación de haberse desprendido de algo, sin saber exactamente de qué. Sólo recordaba que una voz había brotado entre el frío, murmurando una especie de cántico y oración que le había ayudado a conciliar el sueño durante esa extrañísima noche de la que ya no quedaban rastros: la brisa llegaba tibia desde la playa y el sol coronaba el día, dando un fulgor particular al verde de las palmeras, los tamarindos y almendros que alcanzaba a ver desde la ventana.

Sintonizó la estación de radio donde daban las noticias locales, escuchaba atento mientras preparaba el desayuno, en espera de que dijeran algo sobre la noche anterior. Pero nada, sólo anunciaron las actividades del día en el malecón y los nombres de los clavadistas que esa tarde se presentarían en La Quebrada. Por momentos pensó que quizá la helada había sido parte del sueño, o quizá sólo fiebre y el presagio de alguna enfermedad… pero algo en el cuerpo no lo dejaba tranquilo, algo le aceleraba el pulso, como si necesitara nadar durante horas para volver a sentirse bien… normal

Quiso distraerse un rato hojeando algunos libros sobre cine, pero había un rumor en su mente que se filtraba en el silencio de la casa y que se mezclaba con el golpeteo de las olas cercanas, acompañadas del graznido de las gaviotas… Así que decidió lavar los platos y ducharse, y después de ello, ya más fresco y relajado, se sentó frente al piano y se dejó guiar por el recuerdo del cántico que le había arrullado en la noche: un ir y venir de murmullos acuosos, cristalinos, que le decían un nombre que era y no era el suyo, y en el que había estado pensando desde que había llegado a vivir ahí:

Fassssijkhaila’nyrmaTario

El cuerpo del sueño

La mano del fantasma

La voz del que escribe

Fassssijkhaila’nyrmaTario

La letra salía de sus labios siguiendo la melodía que sus dedos, ágiles sobre el piano, iban marcando, descifrando entre las teclas blancas y negras, los tonos graves y agudos. Repitió la tonada tantas veces como su cuerpo se lo pedía, conforme el trance en el que se estaba envolviendo se hacía más fuerte y nítido, una y otra vez. Con los ojos entrecerrados alcanzaba a vislumbrar una figura que comenzaba a delinearse del otro lado del piano, cerca de la ventana, y que pronto terminó de bordearse con la luz solar que le daba una esencia incandescente, haciendo clara la imagen de sí mismo observándose desde ahí, atento a sus movimientos ondulantes, sincrónicos y a punto de entrar en un frenesí que de pronto se vio interrumpido por la pregunta que ese otro Francisco le hizo desde el umbral:

—¿Has comprendido entonces el significado de la letra? Has pasado toda la mañana repitiéndola…

La voz era profunda y clara, como un eco  amplificado y destilado por el viento que llegaba del otro lado del mar. Era la misma voz que había escuchado entre sueños y, al igual que en la noche, lo envolvía en un frío antinatural, que nada tenía que ver con la luz y el calor que resplandecía en cada mueble, cada pared, cada espacio que le rodeaba. Sobresaltado, detuvo las manos sobre las teclas, en una posición suspendida, y se quedó así unos segundos, sin atreverse a abrir del todo los ojos para mirar. Más que miedo —porque no podía tener miedo de sí mismo—, lo paralizaba la posibilidad de voltear y no encontrar nada; de estar consciente de que había escuchado y visto algo que no existía, y, entonces, confirmar algún tipo de enfermedad que se manifestaba en su mente y no en su cuerpo. Sin embargo, el frío permanecía atroz, pero sin atravesarle la piel. La voz volvió a intervenir desde la ventana:

—La enfermedad que temes no está en mí ni en ti, sino en quienes no escuchan sus sueños, en quienes se aferran a una sola visión e identidad, en quienes detienen los pasos de su destino.

—¿Eres acaso una proyección de mis pensamientos? —se atrevió por fin a contestar, pero sin mirarlo, mirarse, todavía.

—Si fuera tan sólo una proyección de tus pensamientos no podría decirte algo que no habías pensado. No. Soy la proyección de la voz que no te habías atrevido a explorar. Soy tu necesidad de darle nombre a las imágenes que llegan a ti de noche, desde los mundos que palpitan en tu ingenio y pensamiento; las voces que surgen  mientras caminas por la playa; mientras te sumerges en las aguas marinas y te dejas acariciar por los peces y las algas; mientras estás en el cine, o te entregas a la revelación de las notas que duermen en el piano.

—Pero… las voces, esas voces de las que hablas…

—No son sólo voces. Son palabras, palabras que vienen a ti y que no le dices a nadie. Palabras que se han estado guardando en tu sangre y espíritu, en los rincones de tu cerebro que exploran la noche, en la incandescencia que me ha gestado del otro lado del tiempo.

—¿Cómo puede haber otro lado de algo tan abstracto como el tiempo? ¿Y cómo puedes ser una incandescencia de sangre? ¿Cómo puedes ser parte de mí sin que te haya sentido antes? ¿Cómo sé que no me he desmayado y no eres más que una visión? Eso ya me ha ocurrido: he perdido la conciencia después de nadar durante horas, siguiendo a las barcas que salen de pesca rumbo a Roqueta, y mientras me encuentro perdido en esa especie de limbo blanco, surgen apariciones de seres de agua y de arena que me hablan, que me atormentan con su humus salino para no dejarme despertar, para que me quede con ellos dando vueltas en la marea, o incrustándome como los cadáveres de moluscos en los arrecifes… Parecen tan reales, como tú, pero sin tanta luz rodeándoles… Es el agua y la sal lo que les da forma y consistencia, lo que les da movimiento a sus miembros… y sus voces son burbujas que se rompen al contacto con el aire, conforme el oxígeno regresa a mi cerebro…

—Mírame bien, Francisco. ¿Acaso parezco ajeno a ti? ¿Acaso no te preguntas si la vida en verdad es sólo una; si los objetos y elementos que te rodean en verdad son sólo eso; si no tienen una historia oculta, que se manifiesta durante la noche, en un mundo paralelo a éste, donde nadie los puede ver o interferir en sus reglas? ¿Acaso no observas tu reflejo preguntándote qué pasaría si de pronto esa imagen en el agua o en el espejo se diera la vuelta y se perdiera en un camino que desconoces, al que sólo miras de lejos, porque no puedes cruzar e ir a buscarla mientras ves cómo se pierde, cómo te has quedado sin la certeza de ser quien eres, y que, quizá, la próxima vez que busques esa imagen reflejada aparezca una muy distinta a la que conoces, pero que sigue siendo fiel a ti? Bueno, pues mírame y dime si no soy esa parte tuya que vive contigo, pero que va y viene cruzando otras dimensiones.

Con mucho trabajo, casi obligándose a despegar los párpados y levantar el rostro dirigiéndolo al umbral de la ventana, Francisco Peláez confrontó la imagen de esa voz que era la suya, porque sabía que lo que había estado diciendo era cierto, porque a pesar de que su vida era tranquila y placentera, rodeada del ambiente acapulqueño, el cine, la música y una familia a la que amaba, había algo que le seguía faltando, algo que latía en él cada noche —sobre todo durante la noche— y que no sabía cómo llamar, cómo descifrar. Así que lo miró, y supo que el brillo en esos ojos que eran los suyos, estaban llenos del misterio que había estado buscando.

—¿Ya ves cómo no tengo que darte pruebas de nada? Estoy aquí porque tú estás aquí, y porque deseas saber cómo puedes ser lo que ves en mí.

—¿Y para eso es necesario el frío?

—El frío es parte de la noche de la que provengo; eso ni tú ni yo lo podemos evitar. Pero no deberías prestarle tanta atención. Mejor dime: ¿has comprendido el significado de la letra que te he revelado? Debes entender que no puedo decírtelo todo, que las respuestas también están en ti, en tu capacidad de cruzar al espacio de las palabras.

—Bueno… A decir verdad, lo único que no me ha quedado claro es el significado de Tario; el resto parecía brotar de mi boca con tanta naturaleza que era como si lo hubiera ideado desde hace años… Y esa palabra, Tario, también… pero no sé exactamente a qué pertenece, como si fuera parte de un secreto que ya me han contado, pero que no logro recordar.

—¡Exacto! Tario es parte de un secreto que te acabo de revelar. Tario soy yo, pero también eres tú. Y hoy decidirás, por fin, cuál de los dos mirarás la próxima vez que busques tu reflejo en la noche bajo el agua. Vamos, tenemos el tiempo justo antes de que la corriente se pierda.

—¿La corriente? ¡No te referirás a la Corriente Marina Ecuatorial que ha llegado a Icacos!

—¿A cuál otra, si no? Yo sé / tú sabes que eres un gran nadador, y que ya te has enfrentado a enormes oleajes y corrientes fuertes desde que llegaste aquí, incluso le has dicho a Carmen que te gustaría lanzarte desde La Quebrada, así que no hay motivo alguno para inventarse pretextos. Además, nadar guiado por la corriente no será lo más difícil que harás esta tarde… Y de una vez te digo que has cruzado una línea de la que ya no es posible regresar; olvídate de resistirte o arrepentirte: me estás mirando, y comunicarte conmigo es lo mismo que aceptar el sacrificio que implica ser Palabra.

—No, si de arrepentirme no hablo… sólo pienso que de nada servirá tratar de ser lo que quiera que signifique ser algo más si entro a una corriente de la que no voy a volver a salir. Entonces, sí, ni Palabra ni Nada.

—¡Basta! La sangre me hierve de oírte hablar así. El miedo no va con un hombre que ha de llamarse Francisco Tario. ¡Anda, es hora!

Francisco Peláez miró el reloj a lado de la puerta: las 3 de la tarde estaba bien incluso para nadar en Icacos; lo que no entendía era cómo había podido estar ahí, frente al piano, desde las 10 de la mañana, sin darse cuenta de cómo avanzaba el día alrededor.

Entonces comprendió lo que había dicho Tario sobre el tiempo: no es que no exista, sino que no hay uno solo. Tal vez era momento de saber en qué consistía esa parte de sí mismo que estaba ahí, fuera y dentro de él a la vez. Se levantó en busca de una camisa, el traje de baño y las sandalias que usaba para nadar en mar abierto.

Al no sentir más frío, volteó hacia la ventana y notó que Tario había desaparecido, pero ello, en vez de hacerle desistir, le impulsó a salir aprisa, como si la necesidad de encontrarlo de nuevo fuera lo único que ocupara su mente, que hiciera fluir esa ansiedad en las piernas y en su corazón.

Ya en el auto rumbo a la carretera, las palabras comenzaron a efervescer desde la boca del estómago, subiendo por el tórax, la laringe, la garganta y deteniéndose en la punta de la lengua hasta formar un bocado consistente:

Fassssijkhaila’nyrmaTario

El cuerpo del sueño

La mano del fantasma

La voz del que escribe

La noche del destierro

La noche del objeto sin su amo

La noche sin los hombres

La noche del mar dentro del sueño

Desbordándose en la voz del fantasma

En la mano del que escribe

Fassssijkhaila’nyrmaTario

 

3.

Las luces del faro no llegan hasta esta parte de la playa. Mis piernas tienen marcas y rasguños profundos, pero no me duelen. A momentos pienso que quizá he caminado por este dunerío desde hace años, escalando y bajando peñascos y arrecifes, atravesando pabellones de zarzas y espinos que no deberían formar parte de este paisaje, que nada tienen que ver con la arena marina y el agua de sal. «Estoy en Acapulco», me digo, y si estoy en Acapulco, no entiendo por qué hace horas que avanzo sin ver un cocotero, por qué la arena está tan fría, por qué parece que me hundo a cada paso; que fieras ultraterrenas encajan escamas puntiagudas en mis pies, tratando de desgarrar mis piernas hasta encontrar los huesos y destazarlos con sus dientes de barracudas infernales. He tratado de no perder el sentido mirando las huellas sobre la arena, esas huellas que quedaron como pistas la última vez que estuve aquí, y que por alguna razón incomprensible, siguen intactas desde entonces. Aunque, si lo pienso bien, aquella tarde yo traía las sandalias que uso o usaba para nadar, y estas huellas son de pies desnudos, hinchados de tanto andar, como los míos ahora. Ahora y entonces. ¡Dioses! ¿Qué ha ocurrido conmigo? ¿Por qué estoy aquí, buscando un cuerpo que ya no me pertenece, y arrastrando otro al que ya no pertenezco?

¿Por qué me dejé llevar a la Corriente Marina Ecuatorial cuando sabía que el mar no me iba a dejar salir de nuevo? ¿Por qué puedo ver los cangrejos y las tortugas dentro de sus cascarones bajo la arena, pero no soy capaz de encontrar el camino hacia ese pequeño ojo de agua que yo nunca hubiera encontrado en Icacos si Tario no me hubiera llevado hasta allá? ¿Por qué he despertado de la noche del sueño para desesperarme con esta angustia? ¿Qué haré si logro llegar ahí de nuevo? ¿Cómo haré que Tario me devuelva mi cuerpo y se quede con su esencia de fantasma?

—No, Francisco, no podrás. Te he traído de vuelta porque es preciso que veas a alguien.

—¡Tú! ¡Fantasma de la mano que escribe, invocador de los horrores nocturnos y los sueños! ¡Tú, Francisco Tario, regrésame a casa!

—Eso es imposible, Peláez. Tú aceptaste entregarte al agua, a la corriente, al ritual de transmigración. Te lanzaste al remolino como hipnotizado por la fuerza que emitían sus brazos marinos, y te dejaste envolver por ellos y sus colores aceitosos. Cambiaste tu carne por una esencia que sólo pertenece al mar, y me diste la fuerza necesaria para tomar forma, huesos, piel y una voz que convertí en palabra escrita. No perteneces más a este mundo, pero sí al tiempo, y a otro espacio.

—¿Estás diciendo que estoy muerto?

—No. No estás muerto. Te sacrificaste, que es distinto: mudaste tu cuerpo a otra naturaleza, y dejaste que la mía emergiera de la profundidad marina para dar vida a tus deseos.

—¿Mis deseos? ¿Acaso parece que disfruto estar aquí, perdido y cansado?

—No seas absurdo. Me refiero a tus deseos en aquel momento, cuando decidiste dejar hablar a tu nueva identidad; es decir, cuando decidiste que Francisco Tario hablara por ti.

—¿Y cuánto tiempo hace de eso? ¿Cuánto tiempo he abandonado a mi familia?

—No la has abandonado. Sigues / seguimos juntos. El problema es que Carmen ha descubierto que no estás ahí y ha salido a buscarte.

—¿A qué te refieres? ¿Cómo se dio cuenta? ¿Cómo que me está buscando? ¿En dónde?

—No entiendo muy bien cómo pasó. Habíamos / habías seguido como siempre, con ese amor invencible, incorruptible. Creo que el problema empezó cuando me entregué demasiado a la tarea de escribir y me fui alejando de algunos menesteres sociales, aunque acudía a las reuniones cuando había que acudir, e incluso las disfrutaba. En realidad, algo sucedió con mis / tus ojos… Empezaron a nublarse, a desencajarse de tanto atraer a las visiones para escribirlas, y ella lo notó. Un día, mientras yo tocaba el piano acompañando su lectura de uno de mis cuentos, se acercó despacio y puso su mano en mi hombro izquierdo, sabiendo que ése y no el derecho, como el tuyo, era mi fuerte. Entonces se me quedó viendo, serena, sin decir nada. Y mis ojos comenzaron a temblar, a tratar de contenerse y no desviar la mirada. Pero ella lo supo, me observó y lo supo, y después de preguntarme “¿Cuándo regresará Francisco?” salió de la habitación y la oí caer por las escaleras. Desde entonces ha estado entre el hospital y la casa, buscándote cada vez que me mira. Hasta que ayer, al oír la pieza con que la invitaste a bailar por primera vez, su corazón se detuvo, y supe que debía traerla a ti.

—Pero, si ella está muerta y yo no… No entiendo para qué la has traído…

—Su corazón se detuvo, pero su espíritu no se ha ido aún. Sólo que para verla y quedarte en el otro espacio con ella, tienes que aceptar una transmigración más: te daré la condición de fantasma con que llegué a ti la primera vez, pero nunca volveré a escribir.

—Un sacrificio para revertir otro sacrificio…

—Exacto.

—De acuerdo…

—De acuerdo, entonces. Ahora la traigo contigo, y tú y yo no nos volveremos a ver. Ha sido un gusto, Peláez; te sorprenderás en el futuro, cuando alguien comience a decodificar la belleza y el misterio de las palabras que hay en tus libros.

—En los tuyos, querrás decir, Tario.

—Bah, al final es lo mismo, sólo que desde dimensiones distintas. Es hora; Carmen está aquí.


Autores
Ciudad de México, 1978) es autora de Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma, entre otros libros.

Sentí una brisa helada cuando leí Los últimos hijos de Antonio Ramos Revillas. Ventisca digna de esos libros que arrebatan la tranquilidad del lector y lo conducen hacia un barranco sin ramas de donde asirse. Apenas di vuelta a las primeras páginas y encontré a Alberto e Irene, víctimas de un asalto en casa que desnudó los fracasos guardados bajo llave: un matrimonio fingido que vivía la rutina mecánica y el cuarto de su hijo nonato, habitado por un reborn —muñeco de látex hiperrealista diseñado a imagen de la pareja— abandonado en la cuna. Tras el robo, Alberto contempla su casa con frialdad y desapego. Todo sitio robado pierde intimidad y a los desvalijados no les queda más que reapropiarse lentamente de lo suyo. ¿Debería uno preocuparse por los objetos hurtados o por todo aquello que los ladrones miraron y no quisieron llevarse? «Guardas algo durante años y con qué facilidad queda expuesto ante los desconocidos para que hurguen y formen con eso una imagen nueva de ti», dice el protagonista.

Poco después, gracias a un detective privado, Alberto ubica a los asaltantes y decide robar a la hija de la mujer que participó en el saqueo, no sólo para vengarse de ellos, sino del destino que enfrenta. Cuando lo consigue, se asume como autoridad y se pregunta si debe regresarla o arrebatarla para siempre. Esta acción descarnada le sirve para exiliarse con su esposa y abandonar su vida cotidiana en menos de una semana.

Novecento, el pianista que da nombre a la obra homóloga de Alessandro Baricco, se pregunta horrorizado cómo elegir una ciudad para vivir, una mujer con quien casarse frente a las innumerables alternativas que te ofrece el mundo. Del mismo modo, Alberto fantasea cómo serían sus hijos con todas las mujeres que conoce o que pasan frente a él. Cada encuentro es una oportunidad para ponerle un nuevo rostro a ese hijo imaginado, según el vientre que pudo materializarlo. Incluso encuentra en aquella niña robada —a quien nombra Betsabé— algunas facciones suyas, como si en verdad fuera su hija. No obstante, la fantasía se disipa cuando la pareja comienza una vida en El Sartejonal, un pueblo olvidado en la región más paupérrima de Zacatecas.

Las escenas que Ramos Revillas sugiere están lejos del lugar común y, por el contrario, sirven al lector para caminar sobre un suelo escarpado donde la tierra seca quema el doble. Los semáforos al pie del pueblo dan la sensación de que el tiempo avanza más lento porque aún no ha llegado el sistema saturado con que vive la metrópoli. Es el pueblo donde sólo habita un grupo de ancianos, quienes cuentan viejas anécdotas como si tuvieran arenilla en la boca.

Ser padre ha perdido la connotación del deber y ha adquirido, en su lugar, una opinión silenciosa y contrariada. Ahora se puede elegir tranquilamente no tener hijos, de modo que la duda crece más. Es más fácil no pensar en ser padres cuando todavía se juega un cómodo rol de hijos y cuando sabemos que la situación económica no nos favorecerá por razones innumerables. Sin embargo, para varios la duda sigue punzante.

Crecimos con la imagen de que los papás no lloran y cuando sucede algo grave apenas se les deforma el semblante. Una demanda injusta que delineó el carácter de muchas generaciones dentro de las que me incluyo. No es común conocer a fondo la angustia y el duelo de un hombre por su hijo fallecido.

Esta tragedia también está ejemplificada en la obra con la figura bíblica de Betsabé, amante del rey David, que pierde su hijo a los siete días de nacido por castigo de Dios. El lamento sólo da espacio a lo que rey siente y la voz de Betsabé, su dolor de madre, se encuentra aminorado, acallado en las páginas del Antiguo Testamento. El narrador (re)crea el salmo de la pena que arrebata a los padres cuando un hijo suyo desaparece.

Los últimos hijos es una obra afortunada que desliza sus piezas y pone en jaque mate al lector para que estas dudas tomen una posición central; y hace de nuestra casa un museo de lo extraño, un lugar de derrotas, cicatrices de proyectos abandonados e inconclusos que protegemos dentro de sus paredes.


Autores
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.

EL PORNÓGRAFO

Veo una porno. Veo una porno en donde ven una porno. Mentalmente me veo viendo una porno en donde ven una porno. También puedo verme ver que veo una porno. Me recuerdo viendo ya la porno y también viéndome que veía la porno. Me veo recordando que me veo viendo una porno y me recuerdo viéndome recordar que veía una porno, y veo una porno en donde están viendo una porno que recuerdo haber visto, en la que también se ve una porno en donde están viendo porno. También puedo imaginarme viendo una porno en la que ven una porno, pero, si lo hiciera, ¿para qué vería una porno?

SOUNDTRACK
Morzart en los audífonos sobre el vientre materno. Su primer llanto. Las canciones de cuna de su madre. Los boleros que tarareaba su padre. Los quejidos de ambos al hacer el amor. Su propio llanto. El sonido de la televisión. El diagnóstico de sordera definitiva en boca del doctor. El llanto de sus padres. Los gritos de sus padres. Sus padres al hacer el amor. El llanto de su hermano. Las burlas de sus vecinos. Las mañanitas. La voz de la maestra que le enseñó a leer los labios. Su propio llanto. El llanto de su madre. La guitarra de su hermano. El chiflido de su padre. Los suspiros de su madre. Los insultos de su hermano. La risa de su novia. El mismo diagnóstico en boca de otro doctor. Los ensayos de la banda de su hermano. La balada que le gustaba a su novia. La voz de su hermano. Las cumbias que aprendió a bailar. El rock and roll de las fiestas. El motor de su primer coche. Los gritos de su padre. Los silencios de su madre. Las porras de la prepa. Sus apodos. El claxon de su coche. Sus intentos de modular su voz. La cumbia que le bailaba su novia a solas. La voz de su novia. Sus quejidos al hacer el amor. La palabra sordo en boca del último doctor. El llanto de su novia. El primer concierto de su hermano. Los quejidos de su novia y su hermano al hacer el amor. El claxon del coche que impactó al suyo. El crujir de metales y huesos. Su nombre.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es maestro en Filosofía por la UNAM. Ha sido incluido en los libros “Y si todo cambiara…”: antología de ciencia ficción y fantasía, Alebrije de palabras. Escritores mexicanos en breve , Texturas Linguales: antología de Minificción, Ensayos de minificción y Emergencias, cuentos mexicanos de jóvenes talento.

La obra del fotógrafo Narciso Contreras es una dolorosa ventana a vidas que se niegan a morir en el anonimato. «Nadie debe morir en vano ni en el olvido. Y aunque cada fotografía sea una cicatriz, también es una correspondencia que mantengo con la realidad que retrato, con las personas, con el ambiente, con la época», explica. Y es que es cierto: su trabajo lo ha llevado a entablar un diálogo con las facetas más extremas de la humanidad, la muerte y los enfermos en países en guerra. Quizá por eso Narciso repita tanto ciertos temas cuando nos habla sobre su trabajo. «El mundo se convirtió ante mí en el campo de batalla del alma por realizar el significado de su ser. Las batallas se pierden o se ganan, pero el alma buscará, por naturaleza, alcanzar su propia realización». Aunque parezca lo contrario, ser testigo del mundo no es un oficio fácil. Por eso, en la breve selección de piezas que hicimos para estas páginas, podemos encontrar todo tipo de imágenes. Desde personas en el suelo, dormidas, cobijadas sólo por la idea de una nación, hasta escenas llenas de gritos ahogados, de paisajes que igual son fachadas de edificios destruidos o casas blancas, espacios para la paz, la convivencia y el sueño. Contreras da cuenta del salvaje sufrimiento, de la pena, de la soledad y la angustia, pero también de la esperanza, de la solidaridad y de algunos, los menos, destellos de alegría y amor.

 JGM

In this Tuesday, Sep. 17, 2013 photo, an opposition fighter rests inside a cave at a rebel camp in the Idlib country side, Syria. (Photo/Narciso Contreras).

Un simpatizante de la oposición descansa dentro de una cueva que funciona como base rebelde en Siria. Septiembre 17 del 2013.

Rebel fighters belonging to the Javata Harria Sham Qatebee watch over the enemy position during skirmishes at the first line of fire in Karmal Jabl neighborhood, district of Arkup, at the northeast of Aleppo CIty.

Luchadores rebeldes del Javata Harria Sham Qatabee vigilan la posición enemiga durante una pelea en el primer frente de ataque.

In this Sunday, Nov. 04, 2012 photo, a rebel fighter belonging to the Qatebee Sokor Al-Islam claims for victory after he fires an RPG over a building where Syrian troops loyal to President Bashar Al-Assad hide while they attempt to gain terrain forward the rebel lines during heavy clashes in the nearby Qastal Al-Harami battlefield in the Jdeide district of Aleppo, the Syrian's largest city. (AP Photo/Narciso Contreras).

Un luchador rebelde del Qatabee Sokor Al-Islam proclama victoria después de disparar a un edificio donde se escondían tropas leales al presidente Bashar Al-Assad. Noviembre 4 del 2012.

La noche cae sobre una base rebelde en Aleppo. Se alcanzan a ver los edificios, entre ellos el hospital Al-Shifa, destruidos durante un ataque aéreo que ocurrió la semana anterior a la toma de esta fotografía. Noviembre 29 del 2012.

La noche cae sobre una base rebelde en Aleppo. Se alcanzan a ver los edificios, entre ellos el hospital Al-Shifa, destruidos durante un ataque aéreo que ocurrió la semana anterior a la toma de esta fotografía. Noviembre 29 del 2012.

Una familia reubicada es vista en un refugio en Al Okashiah, por los límites de Beni Hassan en la provincia de Hajjah, mientras la pelea se reanuda intensamente en la frontera de Haradh, bajo control de la insurgentes Houth y sometida a bombardeos por parte de la coalición saudi en el noroeste de Yemen.

Una familia reubicada es vista en un refugio en Al Okashiah, por los límites de Beni Hassan en la provincia de Hajjah, mientras la pelea se reanuda intensamente en la frontera de Haradh, bajo control de la insurgentes Houth y sometida a bombardeos por parte de la coalición saudi en el noroeste de Yemen.

El campo Je Gau Pa IDP, al noreste del estado de Kachin, es uno de los refugios temporales más alejados y sufre de condiciones duras y pobres. Este lugar da refugio a dos mil personas de los alrededores de la ciudad Maiya Jang.

El campo Je Gau Pa IDP, al noreste del estado de Kachin, es uno de los refugios temporales más alejados y sufre de condiciones duras y pobres. Este lugar da refugio a dos mil personas de los alrededores de la ciudad Maiya Jang.

Jóvenes burmeses de diecisiete añoos cubren su rostro para evitar ser reconocidos mientras están en custodia. Ellos fueron forzados a volverse soldados del ejército burmes, pero escaparon tan pronto vieron la oportunidad. Ahora son desertores sin oportunidad de regresar a casa.

Jóvenes burmeses de diecisiete añoos cubren su rostro para evitar ser reconocidos mientras están en custodia.
Ellos fueron forzados a volverse soldados del ejército burmes, pero escaparon tan pronto vieron la oportunidad. Ahora son desertores sin oportunidad de regresar a casa.


Autores
(Ciudad de México, 1975) estudio filosofia y fotografía. Empezó su carrera como fotoperiodista en 2010. En 2012 hizo su primera incursión a Medio Oriente, desde donde cabria la guerra en Siria. Una de sus fotos en ese periodo lo hizo merecedor del premio Pulitzer en 2013. Su trabajo ha aparecido en publicaciones como TIME, The Guardian, Der Spiegel y El País, entre otros.

Dos mil dieciséis se anuncia como un año interesante en cuanto a cine. Nos traerá nuevas películas de cineastas admirables como Bruno Dumont, que se reunirá con Juliette Binoche en Ma Loute; Olivier Assayas, que en Personal Shopper volverá a sacar la actriz que la inexpresiva Kristen Stewart lleva dentro, y James Gray, que quizá al fin se gane el favor de Hollywood con una superproducción llamada The Lost City of Z. Berlín ya tiene nuestra atención: estrenará la nueva película de los hermanos Coen, Hail Caesar! (2016). Cannes no puede repetir ni empeorar el desastre del año pasado. Venecia tiene todavía tiempo para rivalizar con los otros dos gigantes. A pesar de tantas promesas, nada ocupa mi expectación ni la de cinéfilos en todo el mundo como el regreso de Martin Scorsese con Silence. Cada estreno suyo es relevante incluso si fracasa, y si triunfa es imperdible.

Sin embargo, Silence posee una importancia peculiar en la obra de Scorsese: si tiene éxito será la culminación de una filmografía atormentada por el idioma indescifrable de Dios. El adolescente que estuvo a punto de ser sacerdote hace más de medio siglo es hoy un cineasta que se pregunta, como el Cristo de Mateo, por qué Dios nos ha abandonado, o si de hecho está silencioso a nuestro lado.

Silence se basa en la novela homónima del escritor católico Shusaku Endo. Indagación de la fe, de los símbolos y fetiches del hombre y del sincretismo japonés, Silence me parece un retrato profundo y complejo de dos relaciones: la de Occidente con Oriente y la del hombre con Dios. En cuanto a la primera, Endo utiliza un efectivo símbolo que captura el desprecio de Occidente a lo que considera bárbaro. Japón, explica uno de los occidentales, es un pantano donde el árbol del catolicismo no puede echar raíces. Para los samuráis de Endo, el catolicismo, independientemente de la verdad que pueda contener, es una exportación indeseada: el amor, dice uno de ellos, de una mujer fea. La isla hermética que describe Endo es el ancestro de la nación moderna que explica Derrick de Kerckhove en La piel de la cultura. Según el discípulo de Marshall McLuhan, Japón mantiene viva su identidad mediante un cambio de piel. En anuncios espectaculares y aparadores de tiendas hay ojos redondos y cabello rubio de estrellas occidentales que contrastan con la gente alrededor, pero los japoneses no dejan de creer en sus fantasmas, de ir a sus templos. Su cocina convive con hamburguesas estadounidenses y pizzas italianas. «Es en la superficie de su cultura», escribe De Kerckhove, «no en su corazón, donde se realiza la adaptación de los japoneses».

Pero me parece que el centro de la novela está en su devastador retrato de la duda sobre la acción y la presencia de Dios. Mientras viaja por el hermético Japón del siglo XVII para encontrar a su mentor, un sacerdote jesuita llamado Sebastião Rodrigues, que puede o no ser un apóstata, se enfrenta a una soledad y un silencio inmateriales, absolutos. Dios no parece escucharlo ni hacerse escuchar, y si está hablando Rodrigues, no lo comprende. En una de sus cartas escribe, desesperado por la persecución de los cristianos japoneses y sus mentores espirituales: «Tras el deprimente silencio del mar, el silencio de Dios… la sensación de que mientras los hombres alzan sus voces con angustia Dios permanece de brazos cruzados, silencioso». Su fe, al comienzo de la novela,parece genuina. Rodrigues se entrega a la misión y a la palabra como un amante embotado por una belleza arrebatadora y extática.

Pero conforme la realidad lo pone a prueba, Rodrigues revela su convicción como un intento por alcanzar, en el martirio, una eternidad más palpable que la salvación: la trascendencia. Rodrigues tiene incluso su propio Judas, un borracho cobarde llamado Kichijiro que al final comprendemos como un reflejo del jesuita. En su intento por ser Cristo, la obligación y el pragmatismo exponen a Rodrigues como lo contrario de sus aspiraciones: un Judas.

Es curioso que el profesor emérito de historia en la universidad Northwestern, Garry Wills, explore la relación entre Kichijiro y Rodrigues en un artículo de 1988 sobre La última tentación de Cristo (1988), publicado en The New York Review of Books. En Jesus in the Mean Streets, Wills considera que Scorsese y su guionista, Paul Schrader, intentaban hacerse las mismas preguntas que Endo sobre la naturaleza de Judas. Rodrigues sabe que será traicionado e incluso sospecha que Cristo también lo sabía. ¿Por qué no lo evitó? El Cristo de Scorsese, basado en el de Nikos Kazantzakis, ordena a Judas que lo traicione. El eco de su crucifixión hará que los hombres lo escuchen. Pero una vez en la cruz, Cristo se pregunta por qué su padre lo ha olvidado. Al igual que Rodrigues, Cristo es incapaz de comprender a Dios y duda. El diablo, más claridoso, se disfraza de ángel y lo tienta por última vez con una vida mortal. Al final, Judas le revela a Cristo el engaño, y en una imagen que captura la necesidad humana de ser perdonados, Willem Dafoe, en el papel de Cristo, grita con lágrimas en la voz: « ¡Dame la bienvenida de vuelta! ¡Quiero ser tu hijo! ¡Quiero pagar el precio! ¡Quiero ser crucificado y alzarme otra vez! ¡Quiero ser el mesías!». De repente, Cristo regresa a la cruz y anuncia, satisfecho: «Se ha cumplido». Coincido con el profesor Wills, que piensa que sólo La última tentación de Cristo podría competir con la que pudo haber sido la mejor cinta sobre la «más grande historia que se haya contado», la nonata Jesus, de Carl Theodor Dreyer.

En su complejidad y su duda, el Cristo de Scorsese reúne a la humanidad entera en sí. Esto, claro, incluye a los demás protagonistas de Scorsese. La mayoría proviene de una educación o un pensamiento cristianos, ya sean los machos sexualmente inseguros de ¿Quién llama a mi puerta? (1967) y Toro Salvaje (1980) o los pecadores de Buenos muchachos (1990), Casino (1995) y Pandillas de Nueva York (2002). Todos son engendros del dogma, aunque no necesariamente de la fe, que en algunos casos ni siquiera practican. Al salir del orfanato en Pandillas de Nueva York, Amsterdam Vallon (Leonardo DiCaprio) arroja una Biblia al río. En cámara lenta, el libro golpea un agua oscura que se dilata y se rompe en mil gotas fugaces. Scorsese representa el abandono de la fe como un instante épico donde el hombre se queda solo. Su rebelión equivale a la del Satán de John Milton.
Pero los personajes más intrigantes de Scorsese son los indecisos. Los rebeldes y los fieles ya conocen su fe en Dios o en sí mismos,pero los que dudan son, al menos, más reales. Asegurarlo es un atrevimiento, pero tiene sentido pensar que mientras la ciencia responde lo que el silencio providencial ha mantenido oculto por milenios, los fieles están en crisis hoy como nunca antes. Gracias a ellos permanecen relevantes Malas calles (1973) y Taxi Driver (1976).

En Malas calles, un joven gángster se debate entre la metafísica cristiana y el materialismo de un vecindario violento. Charlie (Harvey Keitel) reflexiona en la voz del director: «No pagas tus pecados en la iglesia. Lo haces en las calles. Lo haces en casa. El resto son pendejadas y lo sabes». La teología de Charlie es la del propio Scorsese. Ambos se preguntan cómo conciliar la virtud que demanda el cristianismo con la ferocidad que se necesita para sobrevivir en la Pequeña Italia. En Silence existe un conflicto similar: los samuráis exigen a los cristianos renunciar a su fe pisando un símbolo, de lo contrario los torturarán hasta que cedan o el dolor los mate. Sus alternativas, como para Charlie, son la fe o la supervivencia. Un apóstata en la novela explica que ha sido mejor traer la ciencia y el conocimiento que una fe que los japoneses terminan deformando de todos modos: confunden a Cristo con su deidad solar. El pragmatismo se impone en el Japón feudal como en las malas calles.

A pesar de que en Taxi Driver Dios no es mencionado frecuentemente, la duda respecto de su voluntad es manifiesta.
Travis Bickle (Robert De Niro), un taxista psicótico en Nueva York, protagoniza la película. Incapaz de relacionarse con los demás, Travis observa que la soledad lo sigue en bares, autos, banquetas. «Soy el hombre solitario de Dios», escribe en su diario. Travis está convencido de que su destino es estar solo. Más adelante «descubre» que toda su vida se orienta a un violento clímax: asesinar a un candidato presidencial. Travis es quizá el peor traductor de Dios en el cine de Scorsese y, en ese sentido, se parece al ansioso padre Rodrigues de Silence. Ambos buscan el martirio en nombre de la inmortalidad, convencidos de que la voluntad de Dios es el sacrificio. Travis sobrevive pero no cambia. Rodrigues de algún modo muere, pero se siente más cerca de Dios que nunca.

Dije antes que es curioso que el profesor Wills mencionara Silence en un texto sobre Scorsese a finales de los ochenta. Nadie sabía entonces que el director quería hacer una película sobre la novela de Endo. Por aquellos años, Scorsese apenas la había descubierto pero hay una afinidad tan grande entre su cine y el libro que la asociación es inevitable. En 2006, la editorial Peter Owen lanzó una edición de la novela que incluía un prefacio de Scorsese. Además de anunciar sus intenciones de adaptarla al cine, dejó una comprensión devota del texto y, dadas las coincidencias, de su cine, de su fe y de las respuestas que han aliviado su duda. «Silence es la historia de un hombre que aprende — dolorosamente— que el amor de Dios es más misterioso de lo que sabe, que Él deja mucho más a los caminos del hombre de lo que nos damos cuenta y que Él está siempre presente… incluso en su silencio».


Autores
(Distrito Federal, 1989) es crítico de cine para El Universal y cofundador de ButacaAncha.com. En 2015 fue el primer crítico mexicano invitado a Berlinale Talents. Ha colaborado en Excélsior, Frente, Milenio Semanal y Luces de la Ciudad.

Una isla de la Polinesia con esculturas de cabezas gigantes de pie, los moai; la única isla en Oceanía que generó una escritura propia jamás descifrada; una isla donde se instaló una estación hoy abandonada de la NASA y una pista de aterrizaje de emergencia para el caso de que algún transbordador espacial la necesitara; una isla que fue bautizada al ser descubierta el día de Pascua.

Parecen los motivos perfectos para alimentar una obsesión.

En un mundo donde Google devela casi cualquier misterio, un artista decide trabajar para recrear y mantener un mundo secreto. Un mundo insular que de alguna manera implosionó y, al estilo de los mayas, dejó abiertas todas las preguntas sobre su cultura. Como sabemos, el arte va en busca más de interrogantes que de respuestas, se mueve mejor en la cuerda floja de la incertidumbre que en el mundo de la certeza científica. Esto es lo que ha hecho Dr. Alderete, artista visual argentino que presenta en el Museo Nacional de las Culturas, en el corazón de la Ciudad de México, su exposición Tike’a, palabra de origen Rapa Nui que significa «mirar con intención, observar». Aunque, tras escucharlo hablar del proceso creativo que representó adentrarse en la cultura Rapa Nui, quizá convenga añadir una connotación más a Tike’a: la de la apropiación que expresa cómo la estética de su trabajo visual se ha nutrido de un mundo arcaico aunque tremendamente vital.

La primera conexión de Dr. Alderete con la isla fue a través de su trabajo como ilustrador de portadas de discos de rock. Recurría a los iconos de la cultura pop vistos en portadas de libros de ciencia ficción, en ilustraciones que reproducían el ambiente de California en la década de los sesenta: playas exóticas, el rock surf, los bares, chicas hermosas, todo ligado a un imaginario y a la subcultura tiki. El vínculo nació en estética tropical de posguerra, pero fue mucho después cuando Dr. Alderete investigó sobre esa presencia recurrente en su trabajo gráfico, incluso realizó dos viajes para mirar y hacer retratos de habitantes de la isla.

Sus investigaciones lo llevaron a preguntarse cuál era la historia de esas caras de trazos limpios y largos, qué significaban sus expresiones, qué rituales convocaban. Así creó una narrativa que inicia con unas imágenes previas a la investigación, son lúdicas y sintetizan con sentido del humor las asociaciones mágicas a Rapa Nui, la isla lejana: los ovnis, los dones sobrenaturales. Y es verdad que no ha faltado magia alrededor de esta exposición.

Cuando Dr. Alderete propuso al Museo Nacional de las Culturas montar sus obras, mientras miraban las imágenes creadas por el ilustrador, los especialistas del museo reconocieron piezas de la colección de Miguel Covarrubias, como si Alderete hubiera trabajado sus obras a partir de las esculturas, las máscaras y los objetos diversos coleccionados por Covarrubias.

Dr. Alderete cuenta que no hay manera de describir la cantera volcánica de la que han salido esos rostros que escrutan horizontes secretos. Que toda la isla es un museo. Él mismo ha venido haciendo un viaje en el tiempo: la propuesta gráfica de esta exposición recrea la estética de aquellos primeros ilustradores que llegaban en los barcos exploradores y en sus dibujos le ponían ropas a los habitantes desnudos de las islas. Y no sólo en esta exposición, en el conjunto de su trabajo puede apreciarse todo eso que lo ha atraído: las rectas y curvas puras, un discurso aparentemente sencillo donde el humor y lo sobrenatural se unen.

En retrospectiva, cuando mira el conjunto de su obra, Dr. Alderete sigue sorprendiéndose por la cantidad de veces que ha incluido los símbolos de los moais en su trabajo.

La isla de Pascua es la más alejada de Oceanía y fue la última en recibir migraciones. Debido a las enfermedades que los migrantes llevaron consigo, en algún momento la población se redujo a alrededor de cien personas. No sobrevivió su cultura, nadie sabe qué significan los pictogramas grabados en pedazos de piedra e incluso hay quien cuestiona que constituyan un sistema de escritura. Entre esas especulaciones, otra vez el arte se abre paso: Dr. Alderete se dio a la tarea de diseñar los pictogramas.

Especula Walter Benjamin, « ¿la potente afición por las imágenes no se alimentará posiblemente de una turbia oposición frente al saber?». A decir de Benjamin, es el trabajo del poeta hechizar y llamar de nuevo las imágenes de sus sueños. Alderete sigue la idea, sin que eso signifique que intente, como los exégetas, llenar los huecos que hay en la historia de la isla. En cambio, parece querer alimentarlos.

En la exposición nos encontramos con los nuevos moais creados por Dr. Alderete, una serie de retratos de personajes a través de los cuales conoció más de la cultura de Rapa Nui. Estos no son anónimos, se trata de personas significativas a las que ha conocido en sus viajes a la isla. Es una especie de tributo en el que incluye al descubridor de la isla, Jakob Roggeveen. Sólo que ese rostro existe gracias a la fuerza de la imaginación de quien lo ha recreado, pues ni los libros ni Google ofrecen alguna imagen fiable.

Quisiera preguntarle a Alderete por qué no dejó ese hueco, por qué necesitó ponerle una faz.

Pero prefiero quedarme la pregunta. Una isla llena de rostros no admitiría un eslabón perdido de ese calibre.


Autores
(San Luis Potosí, 1971) es narradora y editora. Actualmente es responsable de las colecciones de libros para niños y jóvenes del Fondo de Cultura Económica.

I BUENOS DÍAS, SOLECITO

Salustia, de ochenta años, prepara el alimento para ella y su marido, Prisco, de ochenta y ocho. Una vez lista la comida, la señora le sirve a su consorte en la mesa del patio, ella se queda en el comedor de la casa. Sin más esfuerzo, desayunan. Así sus mañanas juntos.

En El buen soldado, Ford Madox Ford señala que las mujeres resignadas, esas que se empecinan en conservar la unión familiar, albergan una inconsciente y refinada crueldad. Hasta se oye bonito, pero no es bello que funcione como una verdad latente. Ya lo dijo Juana Bignozzi, «¿siempre el mismo vestido el mismo color el mismo hombre?».

Habría, sin embargo, que matizar la crueldad de la que habla Madox Ford, pues quizá podría entenderse como la fe. Sören Kierkegaard explica cómo en la naturaleza del espíritu sólo quien trabaja come; quien conoce angustias reposa; quien desciende a los infiernos salva a la persona amada y quien empuña el cuchillo conserva a Isaac. Existen, entonces, infortunios que se aceptan por actos de fe. Amor y fe empiezan donde la razón termina.

O: uno tendría que tomar las cuestiones cotidianas como en un juego de Scrabble: se puede decir «paso».

II DOMINGO EN FAMILIA

Cielo y Flor son hermanas, una de diez años, otra de diecisiete. Comparten cuarto en la segunda planta de la casa. Flor perdió el oído izquierdo hace tiempo, por lo que a veces no escucha los requerimientos de su familia. Una mañana de domingo, Martina, la madre, llamó a Flor, pero ella no la escuchó: además del problema auditivo, en ese momento batallaba con su joven soledad. Su hermana fue a buscarla. «¡Déjame en paz, Cielo, no sabes cuánto te odio!». Ese día se le rompió el corazón a Martina, hija de Salustia.

En X-Men First Class, el profesor X le explica a Magneto que la verdadera concentración se encuentra entre la ira y la serenidad, un hecho vital para el segundo, quien quiere vengar la muerte de su madre. «Sólo diré que soy el monstruo de Frankenstein y busco a mi creador», avisa al inicio de la película. No obstante, aunque ambos son malvados por la vida que llevaron, las razones para buscar a sus respectivos creadores resultan disímiles. Los dos necesitan ejercer el castigo, sin embargo, el monstruo, deidad terrena, exige una creatura semejante a él.

Sólo Frankenstein puede crearla.

Para obtener la concentración que menciona el profesor X, es preciso tener una razón que buscar. Así, somos testigos de cómo Magneto se configura a partir de sus acciones, pues afirma su existencia mostrándose igual que su verdugo. En cambio, el monstruo de Frankenstein exige un semejante en quien reconocerse para comprobar que existe y así abandonar la vileza que lo disminuye.

O: es bello que la gente sea sincera, lo que no funciona es que ande diciendo verdades a quien no le toca saberlas.

III DENTISTA

Luna tenía nueve años cuando fue por primera vez al dentista. La extracción de la muela fue un éxito, pero Luna juró que demandaría a la doctora por el dolor que le había causado. La niña, por temor, creció cuidando su dentadura, ahora incluso podría lucirla en algún comercial. Luna tiene veintidós años y un tercer molar. Cuando la jovencita, acompañada de Cielo, su hermana de diez años, regresa al dentista para que éste le extraiga ese tercer molar comprende que debe ser un ejemplo para Cielo. La extracción vuelve a ser un éxito.

Arma Dostoievski, en Crimen y castigo, que tanto el sufrimiento como el dolor son obligatorios para una mente amplia y un corazón profundo. Su protagónico, Raskólnikov, trágico por excelencia, recorre ambos caminos para obtener inteligencia además de espíritu. Primero dio muerte para después recuperar la vida, para no terminar como aquel Stanley Hook, que también tenía gris la memoria, feo el corazón.

Hallar un sitio donde no nada más quepa el cuerpo, sino también el espíritu, no está al dos por uno. Hoy la gente ha aprendido a orinar por los ojos para no pagar en los baños públicos. Con suerte, alguien desesperado que coma pan conocerá la esperanza. Y qué pasaría si tan pronto como adquirimos la lengua pudiéramos pensar, como plantea Séneca en si se llega a las alturas por el llano.

Las sonrisas serán siempre vistas como algo estético. Pero, ¿el hambre?

O: como sea, a cierta edad, no es que se procure, sino que es inevitable el dolor estoico.

 

Ilustraciones de Guianeya Ramírez.

Ilustraciones de Guianeya Ramírez.

 

 

IV. LA PESCA

Carlos y Miguel, de siete años, son muy buenos amigos. Miguel invita a comer a Carlos a su casa, en la barra de la playa. Como la mayoría de los días, comerán pescado. Carlos mira perplejo el besugo con el ojo saltado en el plato, se inventa que su mamá le ha prohibido comer pescaditos. Más perplejo queda el niño cuando observa cómo comen Miguelito y su familia aquellas frutas del mar. Carlitos recién vio Buscando a Nemo. ¿Quién aprende la muerte por la boca?

Isaac, destinado al sacrificio a manos de su padre Abraham, fue ignorante de la muerte que estuvo a su lado durante todo el camino hacia el monte Moriah.

Ignorante y, por tanto, feliz.
 Como Edipo, en el reino de Tebas, antes de conocer su origen. Isaac nunca vio el besugo en el plato servido; a Edipo hasta se le atoró una espina. La verdad, como el amor, si se busca, se corre el riesgo de encontrarla.

O: cuando Dios quiere dar hasta los costales presta.

V CATARSIS

Marina, de cuarenta y siete años, solía espantarse y gritar cuando veía peleas de box por televisión. Su familia se divertía al escucharla. Una tarde, Marina recibió a través del teléfono la instrucción para salir de casa, con su hijo Carlos al lado, y encerrarse en un hotel. Varios días madre e hijo conservaron el miedo en los ojos hasta que sus familiares entregaron el dinero acordado. El box dejó de ser una diversión en la casa de Marina.

Advierte Joseph Conrad que la mente del hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, tanto el pasado como el futuro. Él, que vivió la alegría, el miedo, la tristeza, la devoción, el valor, la cólera, expía, como Raskólnikov, las tinieblas del corazón de la humanidad. Ambos entendieron que tenían una voz que, bien o mal, no podían silenciar.

Es importante que existan esos libros que hablan con verdad, pero es más necesario que haya ojos que los quieran entender. No como aquel zar Nicolás I de Rusia, que presumía de no haber leído nunca un libro. ¡Ay! Si ya nada más nos falta que, como el cantante, después de escuchar las malas noticias por televisión entonemos: ¿a dónde vamos a parar/ con esta hiriente y absurda actitud?

O, ya lo dijo Conrad: hay un tinte de muerte, un sabor de mortalidad en la mentira que es exactamente lo que más odio y detesto en el mundo, lo que quiero olvidar.

 

 

 

 

 


Autores
(Cartel, 1990) es actriz y ensayista . Fue becaria del PECDA-Veracruz y ha colaborado en revistas como La nave, La palabra y el Hombre, Somorgujo y Colimotl.

La cámara de fotoinfracción actúa sin operador y dispara el obturador para realizar la imagen a través de la señal que recibe de un cinemómetro. El dispositivo es automático y funciona con un láser o con radares Doppler que sólo se activan cuando reciben una señal de vuelta que se produce si un automovilista supera el límite de velocidad. Entonces la cámara fotografía las placas del auto en circulación.

En diciembre del año pasado, mientras manejaba por el Periférico Ecológico en Puebla, vi por primera vez un señalamiento azul con una cámara de la cual emergían tres círculos. En la parte inferior era posible leer la palabra Fotoinfracción. Casi siempre reflexiono en torno a la fotografía y a la forma en la que los humanos nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás a través de ella. En ese mismo viaje me quejaba de la redacción de algunos de los señalamientos de tránsito que veía en la carretera, y discutía con mi compañero lo difícil que podía ser entenderlos. Durante el trayecto que recorrimos de Puebla a Cuernavaca tuve precaución de no rebasar el límite de 90kmph permitidos y revisaba constantemente la aguja del tacómetro. Pensé que debía ser cuidadosa y en la multa que podría llegar hasta mi casa. ¿Si tengo placas y domicilio en Morelos puede llegar mi multa desde Puebla? ¿Hay concordancia entre la velocidad que marca mi auto y la que detecta el radar? Nunca pude ver las cámaras fotográficas porque era de noche, pero sin duda el asunto me provocaba dudas, miedo y cierto sentimiento de control sobre mi forma de manejar. Definitivamente las cámaras, como nuevos panópticos, dominan el comportamiento de algunos individuos, entre ellos el mío. Y ahí estaba yo manejando y sintiéndome observada por un ojo mecánico vigilante. No quería que mi auto fuera fotografiado.

En México, la fotoinfracción fue implementada en algunas ciudades como Guadalajara desde 2011, desde entonces se utiliza para hacer un registro visual de vehículos que superan  los límites de velocidad establecidos, así como de automóviles mal estacionados. Posteriormente, el dispositivo fue implementó en algunos municipios de distintos estados de la república como Puebla, San Luis Potosí, el Estado de México, Aguascalientes, Veracruz, Chihuahua y en la (ahora) Ciudad de México. El control vial registrado por un medio impersonal proporciona muchas ventajas, entre ellas la de reducir los accidentes automovilísticos. Al mismo tiempo evita que haya corrupción por parte de los agentes de policía, quienes aceptan «mordidas» de los automovilistas. Las desventajas: las empresas privadas que instalan las cámaras con radar obtienen un porcentaje del dinero recaudado con las multas en función del número de infracciones que realicen, esto no favorece a los ciudadanos.

En 2009 un grupo de ciudadanos de Arizona inició un ataque contra los aparatos de control de seguridad vial que la empresa Redflex Traffic Systems había instalado un año atrás cuando ganó la concesión de operación de fotomultas en el estado. El ataque, según relata Christian Thomson para VICE, fue realizado por un grupo que se hacía llamar «Arizona Citizens Against Photo Radar», que durante una madrugada se dedicó a destruir las cámaras fotográficas de la autopista Loop 101 en Phoenix. El enojo radicaba en el hecho de que la compañía Redflex Traffic System generó millones de dólares en el primer año, lo cual significaría una gran ganancia en los años siguientes. Quizás también formaron parte del grupo personas que habían sido multadas al ser captadas infringiendo los límites de velocidad, o gente en contra del mecanismo gubernamental y de carácter privado que estaba detrás del dispositivo que identificaba sus placas y sus rostros a través de una imagen. En el 2008 un oficio emitido desde la oficina de la entonces gobernadora de Arizona, Janet Napolitano, pedía a la legislatura que los dispositivos de radar y de cámaras fotográficas pudieran detectar infracciones cometidas dentro del auto. Esto significaría que ambos dispositivos podrían ser usados no sólo para detectar los automóviles que circularan fuera de los límites de velocidad, sino que además podrían reconocer cuando un automovilista no portara el cinturón de seguridad. Se trataba de una forma de control y vigilancia ejercida por el poder estatal de Arizona con el objetivo de generar seguridad vial  y desprendiéndose —supuestamente— de intereses de ganancia económica. La toma y la destrucción de las cámaras fue una forma de sacarle los ojos al gobierno que los castigaba con la mirada.

Ante el uso de la fotografía como medio de control en México, los automovilistas encontraron nuevas formas de no ser capturados, identificados y sancionados por la cámara. El miedo a ser fotografiado no sólo modera la conducta de algunos que, como yo, están pendientes de circular a la velocidad permitida, sino que pone creativa a la gente que busca nuevas formas de evadir la lente de la ley. Existen productos en el mercado que impiden que las placas sean visibles a la cámara. Hay calcomanías que reaccionan al flash, de tal manera que cuando la cámara lo emite, las letras o números son imperceptibles en la imagen. También hay micas y protectores de placa que funcionan a modo de holograma, haciendo que el número sea visible sólo si se observa de frente, y no si se mira de lado. Esto funciona si pensamos que los dispositivos se colocan justo a los costados de avenidas y calles, sin embargo no está comprobado que estos productos (de venta en sitios web) funcionen por completo. ¿Qué va a pasar con quienes compran y venden artículos para evitar las fotoinfracciones? ¿Cómo vamos a entender los ciudadanos estos nuevos mecanismos de control? ¿Qué va a suceder con las fotografías de registro de los automóviles? ¿Habrá una reapropiación de estas imágenes en futuros proyectos artísticos tal como sucedió con el Google Streetview?

El video publicado en 2015 por el humorista francés Rémi Gaillard inicia encuadrando con los dedos a una chica en lencería, haciéndola posar frente a la cámara junto a una calle por la cual circulan autos en un solo sentido. Se acerca a ella, le da instrucciones y regresa a su posición detrás de una cámara como si de él dependiera la toma. Gaillar se coloca detrás de la caja metálica que contiene la cámara pretendiendo que ve a través del visor. Luego se aleja y hace señas a los automovilistas para que aceleren y que de este modo lo ayuden a obtener una fotografía de la modelo. También hace posar a una supuesta pareja de recién casados, se esconde bajo la tela negra que ha usado para simular que opera con una cámara del siglo XIX. Un automóvil excede los límites de velocidad y ésta se dispara fotografiando a la feliz pareja. Hace lo mismo con un equipo de fútbol soccer. Gaillard es conocido por romper las normas establecidas, por poner en evidencia actitudes humanas contra los animales y criticar las medidas de control y seguridad implementadas por el gobierno. Sus críticas e inconformidades son dirigidas con humor usando el recurso del «detrás de cámara». El video «Radar de control de velocidad» puede ser sólo una burla a las fotoinfracciones implementadas en Francia desde 2003 o un síntoma de la inconformidad de un grupo social. En la descripción de su video, Gaillard apunta «Harto de las fotos digitales… Por suerte el gobierno pone a nuestra disposición aparatos que aún hacen fotos bonitas en papel». Remi fabrica retratos con la cámara de fotoinfracciones, el tema es el mismo desde la invención de la fotografía, el medio y la forma de realizarlo no. Se trata pues de una reapropiación del humorista de las funciones de control y penalización que el gobierno ha otorgado a la fotografía en el siglo XXI.

Armando García debe a la Secretaría de Movilidad más de 6 mil pesos de un total de 9 fotoinfracciones que se ha negado a pagar, según afirma un texto del diario jalisciense El Informador. El chico de 20 años no está preocupado por pagar, e incluso compró una mica de placas que le costó 250 pesos y de este modo es como ha evitado que se le acumulen más multas. Armando ya no es visible ante las autoridades, pero de esta manera deja ver su desacuerdo con las leyes de vialidad y transporte en su ciudad. Como él, muchos mexicanos están optando por volver sus placas ilegibles ante los aparatos de fotoinfraccion. Las medidas llevadas a cabo por los automovilistas que adquieren productos como las micas y los hologramas fomentan la ilegalidad y favorecen el descontrol en las calles que no sólo pertenecen a quienes poseen un auto, sino también un grupo de ciclistas y peatones que pueden salir afectados. Aunque también es claro que los sistemas de control y vigilancia de cada estado pueden ser infructíferos porque los dispositivos no aseguran que la infracción sea justa y que evite accidentes por exceso de velocidad.

Me viene a la mente una idea central que la ensayista Marina Azahua plasmó en su libro Retrato involuntario, en el que no sólo habla de la fotografía como un documento social, sino del acto fotográfico como una forma de violencia. Pienso que quizás, la fotoinfracción es una forma sí de generar orden y ejercer control, pero también un acto violento en el que el automovilista se cuida de que su coche o su rostro no sean capturados. En definitiva no se trata de victimizarlo, pues también puede ser quien provoque un accidente, pero es importante hacer un análisis más profundo en torno al papel de la fotografía y de la cámara en nuestro desenvolvimiento en los espacios públicos, observar cómo nos movemos en el espacio y cómo somos observados desde la lente de las cámaras instaladas en las calles.


Autores
(Distrito Federal, 1991) estudió Historia en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Durante su carrera enfocó sus investigaciones a la fotografía del México decimonónico. Ha tomado cursos de retrato y fotografía digital en la Escuela Activa de fotografía y en la Facultad de Artes de la UAEM.