Tierra Adentro

La historia del estado de Morelos está vinculada a la creación de balnearios y servicios turísticos. En esta crónica, Amaury Colmenares presenta los casos del balneario
 El Texcal, donde señores de la tercera edad trabajan a la espera de turistas de fin de semana, y el de unidad habitacional Terrazas de San Antón, donde permanece un magno tobogán como recordatorio de los proyectos inconclusos.

En Morelos existen alrededor de cuarenta y cinco balnearios registrados. Aunque algunos cuentan con varios toboganes y hasta suites de lujo, como El Rollo, la mayoría son más bien modestos. Les dicen «rústicos» en las páginas de internet donde los promocionan, con lo que se refieren a que no cuentan con infraestructura y su atractivo es, simple y llanamente, el agua. Como el balneario Las Fuentes, donde hay albercas, manantiales y, ahí mismo, decenas de pipas que cargan agua para surtir a las colonias aledañas… rústico, pues.

Aprovechando la alta afluencia de visitantes, muchos de paso para ir a Acapulco, y muchos otros a los que no les alcanzaba para llegar hasta allá, proliferaron en la región los pequeños balnearios, palapas que ofrecían servicio de restaurante y alguna alberca.

Para dar una idea de la personalidad de la región, diré, a manera de pinceladas impresionistas, que el Poder Ejecutivo de Cuernavaca tiene su sede en lo que era el Hotel Papagayo; es decir, las regidurías y secretarías tienen sus o cinas alrededor de una alberca, en las habitaciones donde los turistas descansaban o hacían otras cosas. El exfutbolista Cuauhtémoc Blanco, ahora presidente municipal, tiene su despacho en lo que era el jardín de eventos Baalbeck. La clínica número 20 del Instituto Mexicano del Seguro Social, una de las más concurridas de la ciudad, se asienta en el antiguo Hotel Cortés. Y el palacio del gobierno de Morelos, donde despacha el gobernador, se levanta en el terreno donde antes estuvo una casona colonial, acondicionada, también, como hotel. Plutarco Elías Calles siguió controlando la política mexicana desde su casa de retiro, en Las Palmas. La sede del Poder Legislativo se halla en un edificio que fue inaugurado como teatro. Tras el Palacio de Cortés se encontró durante muchos años un espacio donde estaba el reconocido antro de moda Kaova, y ahora el Tribunal Superior de Justicia. El ocio y el descanso siempre han tenido una importancia fundamental en la dinámica de la región, sobre todo durante el siglo pasado, cuando la capital del estado de Morelos se convirtió en un cliché del turismo. Hoy, tras años de violencia y alta criminalidad, esta etapa parece haber terminado y no quedan sino vestigios.

APROVECHANDO A LOS VISITANTES

Desde la época colonial, la región estuvo dedicada a la producción azucarera. La gran cantidad de ojos de agua, veneros o manantiales, así como el clima privilegiado, permitieron que grandes haciendas en todo el territorio centraran su trabajo en cultivar y procesar caña. Así, históricamente, la estructura socioeconómica del estado es agraria. Cuernavaca funcionó como eje administrativo y político —aunque improductivo— de este aparato. Al inicio del siglo xx, esta estructura había generado una relación de conflicto entre los pueblos originarios y las haciendas. Los puntos críticos: la posesión del territorio y el uso del agua. De esa tensión surge el movimiento zapatista. Durante la Revolución, Cuernavaca se convirtió en un pueblo fantasma y se interrumpió la producción azucarera. Y tras el conflicto armado, que duró casi una década y que se caracterizó por la alta mortandad, hizo falta reorganizar tanto la estructura social como la económica.
Durante la mayor parte del siglo pasado, los proyectos del gobierno y de los empresarios (casi siempre con intereses en común) tuvieron como uno de sus ejes más importantes al sector turístico. El clima, la cercanía con la Ciudad de México y, sobre todo, la abundancia de agua permitieron un desarrollo inmobiliario desmedido y descontrolado que se mantuvo en aumento. A la par, se construyeron grandes complejos turísticos.
Así, dos eventos similares y violentos marcan el ciclo del turismo moderno en el estado de Morelos: el final de la Revolución y el inicio de la crisis producida por el crimen organizado en 2009.
Uno de los factores importantes para la reconstrucción de la región fue la constante visita de turistas, sobre todo provenientes de la Ciudad de México y, en menor medida, del extranjero. Esto fomentó la institución de comités promotores del turismo, en los que se involucraron empresas de autotransporte, hoteleras y restauranteras, así como comerciantes e inversores de capital. Durante la primera mitad del siglo pasado, Cuernavaca contaba con atractivos importantes como el Country Club, el balneario de Chapultepec, la caída de agua de El Salto, el Paseo de las Fuentes y el lujoso Casino de la Selva, un escenario de la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, en cuya época ya estaba en decadencia y fungía como hotel, un lugar icónico de la ciudad, derribado en 2001 para construir un supermercado Costco.
Más adelante, durante la segunda mitad del siglo, el sector inmobiliario experimentó un auge acelerado, cuyo hito se debe al terremoto de 1985 en la Ciudad de México, evento que motivó a miles de capitalinos a trasladarse a lugares más «seguros», como Cuernavaca, donde ya muchos poseían casas de fin de semana. Aunque la ciudad había ido mejorando su estructura urbana, no estaba preparada para recibir a los nuevos habitantes, y desde entonces el crecimiento de la zona metropolitana es caótico y acelerado. A finales del siglo pasado, las inmobiliarias dejaron de lado las casas y comenzaron a desarrollar unidades habitacionales de edificios de departamentos, con albercas y áreas comunes.

Es por eso que en Cuernavaca son habituales las albercas. Existe la creencia de que Cuernavaca es la ciudad con la mayor cantidad de albercas en el mundo. En realidad, no existen datos precisos, pero es un mito local significativo que nos habla de cómo los pobladores perciben y definen su entorno. Lo que sabemos es que según el censo 2010 del INEGI, 17% de las casas en Morelos son de fin de semana; es decir, que de las 468,930 casas, 81,409 son de descanso. La mayoría cuenta con alberca, a lo que habría que sumarle todas las casas que antes eran de fin de semana y que, tras el terremoto, comenzaron a usarse como residencias permanentes. Aunque la cifra en Morelos podría rondar las cien mil albercas, en Florida hay aproximadamente un millón. Así que no, Cuernavaca está lejos de ser la ciudad con mayor número de albercas en el mundo. Aun así, la cantidad es alta en relación con la densidad de población. En Los Ángeles, por ejemplo, hay 43,000 albercas.
En resumen, el sector turismo creció en el estado de Morelos bajo tres formas distintas. Uno: el sector inmobiliario; se vendieron miles de casas destinadas al descanso de fin de semana, todas ellas con sus respectivos jardines y albercas. Dos: grandes hoteles y balnearios de inversión privada, con inmensas infraestructuras. Y tres: los ejidatarios que aprovecharon la afluencia de visitantes y los ojos de agua dentro de sus propiedades para crear negocios turísticos comunitarios.
Uno de los primeros balnearios fue Agua Hedionda, en Cuautla, un manantial de aguas sulfurosas que desde antes de la Revolución había sido el eje de un proyecto para aprovechar la afluencia de visitantes que buscaban sumergirse en las aguas «medicinales». Todavía hoy sobrevive este espacio, enclavado en lo más denso de la mancha urbana, y funciona bajo la forma de un fideicomiso del gobierno.
En 1964 fue inaugurado uno de los balnearios más grandes de Latinoamérica: el Centro Vacacional Oaxtepec, propiedad del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Posteriormente fue concesionado a una empresa privada, que lo sumió en una crisis económica. En 2011 se declaró en quiebra y regresó la administración del complejo turístico al IMSS. En febrero de este año se anunció que la empresa norteamericana Six Flags ganó la concesión del parque de 23 hectáreas y capacidad para 35,000 visitantes, que será remodelado y explotado por 20 años con una renta mensual de un 1,710,000 pesos. Así, de Centro Vacacional Adolfo López Mateos será rebautizado como el Hurricane Harbor.
Aunque permanecen abiertos muchos de los sitios turísticos de Morelos, como El Rollo, la Ex Hacienda de Temixco o los clubes del Lago de Tequesquitengo, a raíz de la crisis de violencia y el avance del crimen organizado en el interior del estado, el turismo está en decadencia. Ahora, Morelos tiene que vivir sin los visitantes que, durante los fines de semana y periodos vacacionales, se dedicaban a embriagarse y chapotear en sus aguas. Ha tenido que inventar nuevos modelos de turismo, como el cultural o el ecológico, aún incipientes pero prometedores.

En la unidad Terrazas de San Antón, sobresale un tobogán doble entre las hojas secas, aunque los visitantes rara vez notan su presencia.

En la unidad Terrazas de San Antón, sobresale un tobogán doble entre las hojas secas, aunque los visitantes rara vez notan su presencia.

EXTRAÑAS RUINAS DE LA CIUDAD

Aunque Cuernavaca hace mucho que perdió a los turistas y diversificó su economía, en el imaginario de sus habitantes y visitantes todavía está arraigada la idea de ocio y esparcimiento. Esto ha generado lugares como Terrazas de San Antón, una unidad habitacional en una zona popular de la urbe. Para entrar a estos edificios hay que bajar por unas largas escaleras que se desenvuelven a lo largo de la ladera de una barranca. Pero, paralelo a estas escaleras, corre un largo tobogán, bien construido, color azul celeste, que termina en una barda erizada de maleza espinosa. Este tobogán de cemento y fibra de vidrio jamás ha sido usado y es completamente ignorado por los vecinos, que lo ven como un estorbo ridículo que resta seriedad a sus vidas.
Se quejan del descuido de las áreas comunes, de la inseguridad y de la suciedad de los otros. Pero al preguntar sobre el tobogán, responden un lacónico «ah, sí…» y es evidente que nunca piensan en él. Nadie sabe por qué está ahí. Según las versiones, la idea original de la unidad habitacional era que tuviera una alberca comunal, como es usual en la región, y que los habitantes tuvieran la elección de bajar a sus casas de la manera ordinaria, por las escaleras, o de la manera audaz, deslizándose en traje de baño por el tobogán hasta la alberca. Otros afirman que es la reminiscencia de una antigua casona de descanso que tenía alberca y grandiosos jardines y que, tras un pleito de herencia, fue demolida para construir en su lugar los edificios y, dada la premura y el desinterés de los nuevos dueños, se dejó ahí el tobogán. Lo cierto es que ahora forma parte del patrimonio común de estos vecinos. Extraño patrimonio. Podrían pensar en rehabilitarlo para uso de los niños, pero dadas las circunstancias actuales de escasez de agua, se entiende que se perciba más como un comentario sarcástico que como una oportunidad. Por lo pronto, ya lo empiezan a usar para verter cascajo.
Hace unos años se pusieron de moda las unidades habitacionales para fin de semana. Son proyectos de las inmobiliarias, similares a las unidades de interés social, sólo que les agregan una alberca común y las construyen lejos de la ciudad: «Ahora hasta tú puedes tener casa de descanso», rezan los espectaculares con los que anuncian este negocio, con fotografías elocuentes de hermosas mujeres flotando en el agua. Pero muchos de estos sitios terminan en el abandono, pues aunque están cerca de las ciudades o los atractivos turísticos, en los alrededores no hay infraestructura urbana. Así que aparecen junto a las carreteras bloques de casas deshabitadas, con las ventanas rotas y descuidadas. Tal es el caso de Cumbres de Campestre, en el municipio de Xochitepec, una unidad de viviendas que fueron compradas por chilangos, a los que les prometieron albercas y áreas verdes, pero que durante años no tuvieron acceso siquiera a los servicios básicos, como agua potable o electricidad. Son alrededor de 600 casas de fin de semana, diminutas, que hoy ya tienen albercas, pero siguen estando en medio de la nada.
En Cuautla, la segunda ciudad más importante del estado, hay balnearios absorbidos por la mancha urbana. Tal es el caso de Agua Hedionda, todavía próspero, aunque existen otros que no han corrido con la misma suerte, como Las Tazas, un balneario ejidal, administrado por el comisariado, y cuya explotación económica beneficia a la comunidad. Fue inaugurado durante la década de los setenta cuando, aprovechando que ahí se encuentra un ojo de agua, construyeron un apantle tan amplio que surtía albercas y servía como poza de buceo, con más de once metros de profundidad. Después de que en ella nadaran los bañistas, el agua era distribuida por toda la zona, para regar huertos y viveros. Pero hoy el nivel del agua ha disminuido más del 80%. Don Teófilo, que trabaja en el mantenimiento del balneario, recuerda la cantidad excesiva de agua. Junto al canal reseco, este hombre sudoroso y desilusionado hace un gesto amplio y circular con el brazo extendido y dice «todo esto era agua; ahí atrás, esos viveros, también eran agua», luego, señalando a un estacionamiento, agrega: «eso también era agua y para allá», apunta hacia un amplio prado de pasto seco, «había todavía más agua». Recuerda que al lugar acudían incluso feligreses de diversas iglesias (testigos de Jehová y cristianos) para hacer grandes bautizos. Y, para terminar la enumeración de las glorias pasadas, arma: «aquí grabó una película Vicente Fernández, la de Por tu maldito amor, y ahí grabaron la escena del puente», señala un viejo y endeble puente de metal que ahora sirve para sortear un desnivel del terreno, que antes fuera parte del apantle.
«Pero se acabó el agua», dice doña Rosalía, oriunda de la zona y trabajadora desde hace décadas del lugar. «Nosotros teníamos el venero, pero dicen que de más arriba alguien muy listo perforó el cauce subterráneo y lo desvió. Nosotros seguimos teniendo el venero, pero ya no sale casi nada». Se queda seria cuando habla de la escasez de agua. «No sé por qué será, pero por la misma época que se secó aquí, abrieron una planta de la Coca más arriba».
Teófilo y Rosalía tienen razón, a principios de los noventa se abrió la planta Las Margaritas, de la empresa Coca-Cola, a unos metros del río Cuautla, y se perforó El Calvario, el pozo que abastece a una amplia zona de la ciudad. Hoy, en Las Tazas quedan dos albercas funcionando. El apantle está enfangado y apestoso. Ya no hay grandes cuerpos de agua, ni amplios sembradíos. Casas, calles y cocacolas.
De cualquier manera, este balneario «rústico» es visitado todos los días, ya no por turistas chilangos ni extranjeros, sino por los vecinos. Decenas de niños toman clases de natación y, por las tardes, acuden familias a disfrutar del lujo del agua.
Lugares abandonados. Ojos de agua que se secan. Campesinos que luchan por mantener a salvo espacios naturales y de esparcimiento. Proyectos inmensos que se tambalean y se caen por falta de pericia política.

La gente de la unidad Terrazas de San Antón prefiere el descenso por las escaleras en lugar de hacerlo por el tobogán.

La gente de la unidad Terrazas de San Antón prefiere el descenso por las escaleras en lugar de hacerlo por el tobogán.

EL TEXCAL: OCHO ÁRBOLES Y UNAS CARPITAS

A pocos kilómetros de la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca (Civac), que siempre huele a pintura quemada o a fresas artificiales, sobre el boulevard Cuauhnáhuac, en la zona roja de Jiutepec, casi frente a la nueva Universidad Politécnica del Estado de Morelos (Upemor), es decir, en medio de la mancha urbana que crece desmedidamente, se halla un lugar excepcional: El Texcal.
Para llegar hay que entrar en una unidad habitacional de edificios rojos, después adentrarse en una amplia carretera privada, de un par de kilómetros de largo, que describe una vuelta completa para desembocar en sí misma. Dos carriles bordeados de árboles y matorrales, entre los que destacan algunos amates amarillos y ceibas de gruesos troncos espinosos. En algún punto indeterminado de ese recorrido hay casetas destartaladas, usadas en su momento para cobrar peaje o el precio de la entrada. La carretera recorre un Área Natural Protegida y llega hasta un estacionamiento de banquetas zigzagueantes con capacidad para una centena de autos. Luego, aparecen unas escalinatas que llevan a unas puertas largas, de casi 50 metros de largo, sobre las que se levanta una estructura de entramados de metal, similar a las que sostienen los anuncios espectaculares, de la que penden algunos retazos de lona, ripios blancos y fantasmales.
Adentro hay un inmenso balneario abandonado, construido en un área de 50 hectáreas. Al trasponer el portón, a la derecha se levanta un tobogán, una mole alta, como de tripas que se desenvuelven en volutas caprichosas. A la izquierda hay dos edificios largos, de dos pisos cada uno, con cientos de casilleros de rejilla y decenas de vestidores, regaderas y baños.
La alberca central está custodiada por una estructura de concreto que no queda claro qué es, algo así como un monolito que se erige sobre otros monolitos derrotados o una torre que se está derritiendo. Es tan alta que puede verse desde lejos, única señal de la existencia del balneario, un misterioso hexaedro azul pálido en el cerro, testimonio de la insospechada presencia del balneario.
Más adentro hay otro tobogán, mucho más chico y sencillo, que baja en línea recta y tiene un rótulo que dice «Kamikaze». Hay una poza de clavados, dos amplios chapoteaderos, dos albercas además de la principal, y una enorme alberca de olas, larga y honda, supuestamente la más grande de Latinoamérica. Es posible entrar al área subterránea de máquinas, donde todavía están los motores de varias toneladas que antes bombeaban las olas y que ahora lucen como calderas del inframundo.
Tiene también un edificio para restaurante y algunas casetas para la venta de alimentos, una de ellas en forma de icosaedro truncado. Perdidos en la selva hay otros dos edificios en obra negra. Si se toma un desvío de la carretera privada, se llega a la zona de cabañas, catorce en total, que en 2011 fueron reacondicionadas con equipos de captación pluvial y calentadores solares, hoy desaparecidos.
Todo está abandonado. Vive ahí una parvada de zopilotes y las albercas están vacías o enfangadas. La pintura de los rótulos descascarada y los edificios desmantelados. Este complejo turístico es propiedad de los comuneros de Tejalpa, un grupo de campesinos originarios de uno de los pueblos absorbidos por la mancha urbana de la Zona Metropolitana de Cuernavaca. Ellos, como si fuera un ritual religioso, limpian dos albercas y podan el césped durante Semana Santa, en espera de que lleguen los turistas. Cobran 40 pesos de entrada y venden cervezas y garnachas.

Los grandes toboganes de El Texcal sobreviven, aunque difícilmente serán usados de nuevo.

Los grandes toboganes de El Texcal sobreviven, aunque difícilmente serán usados de nuevo.

El Área Natural Protegida El Texcal está rodeada por colonias populares, una farmacéutica, un gigantesco estacionamiento de la Nissan, y un extenso corredor de campos de cultivo que llega hasta Tepoztlán. En esta zona de casi 260 hectáreas está la laguna de Hueyapan, hogar de un pez endémico, la carpa Notropis boucardi. Hace poco, investigadores de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos descubrieron en esta reserva una especie endémica de árbol, llamada Esenbeckia vazquez, de la que quedan ocho ejemplares en el mundo.
Los comuneros combaten a los «paracaidistas». En 2013, con el apoyo de la policía, desalojaron un asentamiento ilegal. Después de trece operativos, recuperaron 70 hectáreas de la reserva natural, en donde habían construido 400 viviendas, que fueron derruidas tras más de quince años de invasión.
Pero la amenaza siempre está presente. También hay talamontes organizados en peligrosas cuadrillas armadas que de manera furtiva derriban árboles y que incluso han construido ya su propia carretera, según testimonio de uno de los comuneros Luis Zagal arma que evitan los enfrentamientos directos con los talamontes, pues usan armas de fuego y son violentos, pero los combaten obstruyendo y vigilando los puntos de acceso a la zona protegida. Un vistazo a las imágenes satelitales de Google Maps da cuenta de la deforestación: entre El Texcal y el Tepozteco, hay un corredor ininterrumpido de terrenos dedicados a la siembra.
Los comuneros tienen sus propias preocupaciones. ¿Por qué se toman la molestia? ¿Qué razones tienen para, todos los años, asistir a las faenas de limpieza y acondicionamiento del balneario y para proteger el área natural de las amenazas de la urbanización y de los depredadores ilegales? Los comuneros no ofrecen una respuesta definida, contestan con frases ambiguas. Parece que ni ellos saben, pero tienen la idea de pertenencia, de noción de comunidad. Siempre mencionan, por ejemplo, la importancia del manantial del Texcal, que surte a varias colonias aledañas. Ahí han instalado una bomba que surte pipas destinadas al consumo de las zonas cercanas.
Éste es, pues, un extraño pulmón de la región. Uno esperaría que las reservas ecológicas sean bosques exuberantes, siempre verdes, pero en este caso se trata de una selva baja caducifolia, un tipo de ecosistema que caduca durante la temporada seca. Es una maraña de espinas y maleza, los árboles son chaparros y de follaje escaso. El terreno del Texcal es de piedra volcánica, por lo que todo crece sobre un suelo irregular de rocas ariscas y oscuras.

Una de las sillas para salvavidas vigila la alberca de olas, la cual es una construcción impresionante, ahora convertida en una charca con pececillos.

Una de las sillas para salvavidas vigila la alberca de olas, la cual es una construcción impresionante, ahora convertida en unacharca con pececillos.

La magnitud de este lugar lo convierte en un misterio. ¿Quién diseñó el proyecto?, ¿qué esperaba que sucediera, cuántas personas calculó que llegarían? Nadie lo sabe, ni siquiera los comuneros, que sólo tienen recuerdos difusos de su creación.
José Román Rodríguez, director ejecutivo de la empresa Hidrotec, comenta: «Mi padre vendió este proyecto de alberca con olas y toboganes en la época de Miguel de la Madrid. Fue un proyecto coordinado entre Parques Nacionales, dirigido en su momento por Juan Casillas, y el gobierno del estado de Morelos, presidido en ese entonces por Lauro Ortega, quien asignó como jefe de proyecto al señor Mauricio Urdaneta, uno de los grandes desarrolladores de la época, el cual impulsó el Club Tabachines. La del Texcal es una de las albercas de olas más grande de Latinoamérica. Desgraciadamente, cuestiones políticas y administrativas (por ejemplo, el hecho de que no se les pagara la tierra expropiada a los ejidatarios originales) llevaron a que se cerrara el parque acuático una vez que el terreno regresó a manos ejidales y su administración fue disuelta».
El actual comisariado de Tejalpa, don Bonifacio Sañudo Silva, encargado del balneario, también recuerda que el parque cayó en la crisis y en el abandono por conflictos entre los mismos campesinos. La eterna disputa entre comuneros y ejidatarios, así como los desacuerdos al interior del ejido, dieron como resultado el declive del lugar.
Para José Román, de Hidrotec, El Texcal «fue un proyecto muy interesante e innovador en su momento. Uno de mis tíos administró el parque durante unos años, junto con su cuñado. Los contrataron por sus conocimientos en el manejo de grandes cuerpos de agua, como la alberca de olas. Después hicieron cabañas para hospedar turistas. Recuerdo que durante la construcción, cuando los lugareños eran picados por los escorpiones, se comían inmediatamente al escorpión y decían que era la mejor vacuna contra el veneno. Fue un magno proyecto. Ojalá se pudiera reactivar. Desconozco en qué condiciones operativas se encuentra actualmente».
En resumen, una selva parda, chaparra y reseca, perdida tras unidades habitacionales y centros nocturnos, cuya contribución para el mundo es humilde, pero asombrosa —ocho árboles de una especie única y un pececito en peligro de extinción—, siempre hostigada por la humanidad, que busca construir casas o aprovechar su madera, y en cuyo corazón existe un inmenso balneario, un proyecto ambicioso destinado al ocio que fracasó por la impericia política y la falta de acuerdos entre los campesinos, al que hoy acuden a trabajar una veintena de ancianos con la esperanza de que lleguen los turistas a nadar, como en los viejos tiempos.
«Esto no es fácil», arma don Bonifacio. «Los comuneros no tienen recursos para sacar adelante todo esto. Con lo que sacamos de las entradas en Semana Santa no alcanza para reacondicionar. Hemos querido rentar o buscar inversionistas, pero difícilmente alguien se anima a invertir los millones que se necesitan. Desde hace dos años que no se le da mantenimiento, ahora estamos retomando ese trabajo. Pero nadie quiere venir a ayudar. La mayor parte del pueblo es gente joven. No les interesa venir. Mire usted quiénes son los que sí se animan a trabajar: son puros ancianos, gente mayor». Mientras don Bonifacio habla, diseminados por el balneario, una veintena de señoras y señores podan pasto, recogen basura, instalan la bomba en la alberca, se afanan. Sentado en el suelo, bajo el sol del que se protege con su sombrero blanco de palma, don Santiago Sámano, de 70 años, golpea con su machete los intersticios de los adoquines para quitar las hierbas malas. Él, igual que el balneario, es un hombre rústico.

El gran monumento distintivo de El Texcal. Alrededor de él se extienden las albercas principales, hoy vacías.

El gran monumento distintivo de El Texcal. Alrededor de él se extienden las albercas principales, hoy vacías.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es licenciado en Historia, articulista y cronista. Autor de la novela El misterio de la Marca y del libro La furia y los tormentos- Vive y escribe desde Cuernavaca. Es codirector del proyecto RuinaTropical.

«Planet Rock tuvo más repercusión que cualquier otro disco en el que haya participado», dijo. «El único tema que tal vez haya causado un efecto mayor dentro del movimiento del hip-hop es “Rapper’s Delight”, porque fue el primero, el que abrió las puertas. Pero "Planet Rock" provocó una reacción completamente diferente. Con esa canción, el hip-hop dejó de ser un género meramente urbano y pasó a ser universal. De repente, los amantes del rock y de la new wave comenzaron a aceptar que el uptown ingresara al downtown. Fue en ese momento que los franceses y los ingleses empezaron a entusiasmarse con la idea de hacer covers de hip-hop. El género se transformó en un fenómeno internacional».

El anterior es un fragmento incluido en Generación Hip-Hop. De la guerra de pandillas y el grafiti al Gangsta Rap, de Jeff Chang, editado hace un par de años en español por la editorial Caja Negra. «El tema», explica Chang sobre el sonido de «Planet Rock» que incorporaba un sonido más abierto que el que había estado sonando en las calles del ghetto neoyorquino, como el proveniente de los álbumes de Kraftwerk —entre otros— «no sólo no se parecía a ningún tema que se hubiera editado antes en ningún lado. “Planet Rock” era la invitación universal del hip-hop, una visión hipnótica de un planeta unido por el mismo groove, más allá de las razas, la pobreza, la sociología y la geografía».

Veamos:

Bambaataa es considerado el «padrino del hip-hop», quien logró que éste saliera a la superficie y dejara de ser cosa de fiestas barriales, alcanzando un público mucho más amplio. El siguiente es un panel de Hip-Hop Family Tree, el fabuloso cómic de Ed Piskor que cuenta la historia del género desde hace algunos años en Boingboing, y ahora en recopilaciones editadas por Fantagraphics Books.

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Vale la pena revisar el libro de Chang en este momento, sobre todo a la luz de las recientes acusaciones en contra de Bambaataa por abuso de menores en los años 80. En particular, a partir de una entrevista de Ronald Savage, publicada el 9 de abril en Daily News, a la que se suman las de  tres hombres más que, igualmente, denuncian haber sufrido abusos sexuales por parte del músico. Denuncias que, como es de esperarse, Bambaataa ha rechazado. «Estos alegatos carecen de sustento y son un intento cobarde para manchar mi reputación y legado en el hip-hop en este momento», respondió en un comunicado que el artista envió a la revista Rolling Stone.

Casualmente, me encontraba leyendo el libro de Jeff Chang cuando estas acusaciones se hicieron públicas. Regresé a la parte donde se habla de Afrika Bambaataa Aasim para ver si encontraba algo que llamara mi atención. Y sí.

[Bambaataa es] el fundador de la Zulu Nation, la primera institución del hip-hop, una organización que ponía énfasis tanto en abrir mentes como en armar fiestas; el predicador del evangelio de los «cuatro elementos» (el DJ, el MC, el b-boy y el grafiti); el misionero que difundió el mensaje del hip-hop a los cuatro rincones del planeta, y luego más allá del Planet Rock.

Posteriormente, Chang habla de sus datos biográficos, del halo de misterio que lo ha envuelto por años. «A comienzos de su carrera», explica, «difundir su edad podría haber dañado su reputación entre los más jóvenes. […] De ahí que Bambaataa genere la impresión de ser eterno. Es como si estuviera más allá del tiempo, de cualquier edad».

No dejo de pensar en que cuando se habla de él, pareciera que se habla de un ente místico. Que su biografía tiene dejos religiosos. Quítale el aspecto musical y lo que queda es la vida de un predicador. Eso me sacudió. Me hizo pensar en que, por tratarse de alguien tan importante para una escena musical, tendemos a ignorar lo que no nos agrada. «Fundador» o «padrino» del hip-hop sin duda suena cool. Pero en casos similares de presunto abuso a menores perpetrados por clérigos o empleados escolares, nuestra reacción inmediata es distinta. Creo que el culto a la personalidad y nuestro afán por ser fans de algo funcionan como una venda que cubre nuestros ojos y no nos permite apreciar con claridad la realidad. Una venda que nos colocamos nosotros mismos.

En fin, para tratar de entender un poco más este asunto —y poder retomar mi lectura del libro—, me acerqué a dos personas que escuchan y son conocedores del hip-hop, y que pueden aportar una visión informada y clara.

El primero es Feli Dávalos, quien, ante todo, me aclaró: «la neta yo no escucho la música que hizo. O sea, tiene una rola el bato» [bueno, tiene más, Feli, le contesté mentalmente, recordando las veces que puse «Unity», el dueto con James Brown en alguna fiesta y que, de hecho, engloba la filosofía de The Zulu Nation].

En nuestro mundo, alguien como Afrika Bambaataa es un bastión ideológico, por eso duele. Platicaba con un camarada chileno que estaba devastado y me decía que se sentía como seguramente mucha gente de los Legionarios de Cristo se sintió cuando se destapó la verdad de Maciel por primera vez. Pero créeme que a los Legionarios de Cristo les hace sentido que un rapero haya hecho eso. Les reafirma el estereotipo, como a ti te reafirma una idea de los sacerdotes que ya tenías, quizá porque no vas a misa los domingos, sino a conciertos, o a tomar, etcétera.

La otra persona a la que me acerqué fue Ric Reyes, colega comiquero que tiene un amplio bagaje en materia hiphopera. Igual que Feli, no acostumbra escuchar a Bambaataa:

«Escucho poco a Afrika Bambaataa, comencé a saber de él por revistas de hip-hop como Rap Pages y un especial de The Source donde aparecía como uno de los padres fundadores del Hip-Hop junto a DJ Kool Herc y a Grandmaster Flash, quienes parecían realmente más responsables de la creación del sonido del género. Sin embargo, Bambaataa parecía más estrafalario, parecía seguir teniendo mucho que ver con esa era afrocéntrica, con un look similar al de Mr. T y esa historia del pandillero que impuso la paz mediante la música. Buscando saber más llegué a obras como Planet Rock o el horrible video que hizo con Johnny Rotten (“World Destruction”). Más que su música podía sentir su influencia en otros artistas que lo emulaban (Common, en Universal Mind Control, The Roots ft. Mos Def, en “Double Trouble“) o lo mencionaban (A Tribe Called Quest, en “Vibes and stuff”) en donde también se nombra a Zulu Nation».

En cuanto a su legado, me parece que si bien tuvo parte en el desarrollo del sonido del hip-hop mediante el uso de breakbeats y la inclusión del sonido electro (uso sampleos de Kraftwerk, por ejemplo) su aportación viene en importancia después de lo que harían otros como los mencionados DJ Kool Herc y Grandmaster Flash o incluso Grand Wizzard Theodore, el creador del scratch.

En cuanto a las acusaciones, sean ciertas o falsas, sí me resulta notable que tratándose de asuntos ocurridos hace décadas (al igual que con Bill Cosby) cobren notoriedad ahora durante el clima racial en el que se halla Estados Unidos (la violencia policial, el movimiento #blacklivesmatter). Poniéndose bastante conspiranoicos, es como si se tratara de alguna forma de tirar «instituciones afroamericanas».

Bueno, es hora de leer o releer este libro de Caja Negra. Tenemos mucho por descubrir de un sonido y una cultura que damos por hecha.

«Afrika Bambaataa» or Jorge Flores Oliver, «Blumpi».

«Afrika Bambaataa»
or Jorge Flores Oliver, «Blumpi».


Autores
(Ciudad de México, 1978). A través del cómic y la ilustración ha encontrado la forma ideal de explorar sus obsesiones: la música, la cultura popular, la literatura, la estupidez humana y el cómic mismo. Es autor de Apuntes sobre literatura barata (FETA, 2012) y colabora en Milenio Diario, Noisey, Letras Libres y donde se dejen.

La diferencia entre alta y baja cultura es, ahora, irrelevante. Entre centenares de propuestas musicales, lo que cada persona prefiere consumir responde
 a una serie de experiencias previas. Paul Medrano no sólo hace una
 apología de los gustos culpables, también desentraña las excusas que usualmente se ponen al hablar de la música popular.

 

salgan al Sol ¡revienten!

salgan al Sol ¡idiotas!

 Billy Bond, La Pesada

 

 

No me enorgullece saber que una extraña fuerza me obligó a aprenderme casi todas las canciones de Los Temerarios. No me quita el sueño saber en qué radica ese bastardo encanto que las vuelve tan pegajosas y lacerantes. Contra toda lógica, no tengo un solo disco de estos zacatecanos. Ni un mp3. Tampoco sé el orden y nombre de su discografía. Casi todos los temas de Los Temerarios los he escuchado en cantinas y microbuses en los que pasé muchas horas. Quizá ahí radica su fuerza. Quizá no.

El catálogo de gustos culposos (para algunos; yo los disfruto mucho) también incluye propuestas tan extrañas como Los Rodarte, El Palomo y el Gorrión, Los Bárbaros o Mike Laure, por mencionar algunos. Es música que me ha acompañado en alguna etapa de mi vida. Es importante para mí y para nadie más. Finalmente, mi gusto es y nadie me lo quitará.

No soy purista del jazz, ni fundamentalista del heavy. Soy un tipejo de gustos musicales heterodoxos. Le entro a todo. Naco, dirán algunos. Hipster, dirán otros. Eso es lo de menos. Lo que me parece importante es reconocer a la música como un rito colectivo. De nada serviría poner el disco de Highway Robbery y gritar como loco mientras todos me observan. La comunión musical no se consumaría. En cambio, he llorado junto a amigos y amigas mientras cantamos esa balada robótica del dueto llamado Amistades Peligrosas que decía: «la paz con guerras son mi día a día…».

Alguna vez, mientras bebía con Eduardo Añorve, uno de mis amigos más cultos, puso una canción en la rockola: «Te quiero tanto», de La Onda Vaselina. Yo regresé a verlo, entre absorto y emocionado. «Una canción es una cápsula emotiva», me dijo. «Esta canción me recuerda a alguien, y con eso me basta para que sea una gran canción».

Ya sabemos que la clasificación de bueno o malo tiene mucho de subjetivo y otra cosita. Pondré un ejemplo: cualquier canción de Bob Dylan es nada para mí (Nik Cohn lo definió como «un talento menor con un don especial»). No provoca en mí ninguna emoción. Ignorancia, pendejez, arrogancia o vocación por la polémica. Llámenle como quieran. No cambiarán un milímetro mi postura. Por lo tanto, ni siquiera está en mi colección. En cambio, «Huracán», de un grupo mexicano casi desconocido llamado Las Madrastras, representa una especie de tema vertebral para mí. Me acompañó mientras me desintoxicaba de una temporada en la que fui piedrero. Estaba amarillo y flaco. Y esa canción estuvo conmigo en esos días de temblorina, sudor e insomnio. No es que no tuviera más canciones. Simplemente, cuando llegué esa noche a casa, dispuesto a dejar la piedra nomás por mis tanates (una clínica estaba fuera de toda posibilidad), en mi pequeña grabadora estaba un disco quemado con temas de Las Madrastras. Lo puse a tocar sin saber que tenía activada la opción de «repetir». De ese modo, «Huracán» sonó durante setenta y dos horas seguidas en mi grabadora. Por eso es tan importante para mí. No importa que no figure en alguna lista, recuento o canal de videos.

Según Pierre Bourdieu, los hábitos son principios generadores de prácticas distintivas y son esquemas clasificatorios, «establecen diferencias entre lo que es bueno y lo que es malo, entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo que es distinguido y lo que es vulgar, aunque no son las mismas diferencias para unos y otros».

Sólo así puedo entender una conversación con Federico Vite sobre las canciones de Timbiriche y definir uno de sus mejores versos: «tus ojos son dos verdes bofetadas». Las cervezas con Juan José Rodríguez para intercambiar datos inútiles sobre el Buki, Don Ramón o Tin Tan. La caminata en la madrugada con Luis Téllez Tejeda mientras hablábamos sobre lo influyentes que son Chayito Valdez y Chalino Sánchez en la música popular mexicana. La velada con Iris García y Geovani de la Rosa, junto a los abrasivos boleros costeños de la Luz Roja de San Marcos. El análisis que hicimos junto a Julio César Pérez Cruz del corrido «El asesino», de Los Cadetes de Linares, sobre el cual coincidimos en la capacidad narrativa de la melodía. Las enseñanzas de Jeremías Marquines sobre la vida y obra de Chico Che. Hay hábitos, de la infancia, adolescencia y madurez, que nos hacen identificarnos en algún punto con alguna de estas canciones no cultas.

La distancia entre la música buena y la música mala no existe. Es una cadena a la que nos amarramos en algún punto de la vida para hacernos los interesantes, para escribir un libro o apantallar a una morra. Me dan risa las personas que «sólo escuchan rock». O los que «ni por error cantan algo de Los Caminantes». Imagino que les salen ronchas si escuchan una cumbia de Selena o un bolero de los Rancheritos de Topo Chico. En cambio, celebro encontrar gente dispuesta a escuchar cualquier grupo musical: desde Camperos de Valles hasta Spiritualized.

Recuerdo la ocasión en que, en un encuentro de escritores, bebíamos copiosamente en el bar del hotel. Hablábamos de esto y de lo otro. De pronto, vimos aparecer a Kalimba, el tipo que había sido acusado de pedofilia, cantante y célebre meme en las redes sociales. Verlo llevó nuestra plática hacia los gustos musicales culposos. Así, comenzaron a emerger confesiones tipo: «tengo una colección con discos y un mechón de Amanda Miguel»; «a mí me latía mucho Magneto, hasta los fui a ver a un concierto»; «yo soy fan, pero muy fan de Luis Miguel». Sin embargo, había un tipo en la mesa que comenzó a reprobar nuestra conversación. Decía cosas como: «No mamen. No es posible que sean escritores y hablen de esa mierda. Mejor hablemos de jazz o de blues». No le hicimos caso y seguimos con la conversación culposa y jalando vidrio a discreción. Luego de varias horas, mientras hablábamos sobre las revistas literarias misóginas y escritores vendepremios, el tipo amante del jazz, visiblemente ebrio, se puso de pie y confesó: «yo admiraba a Laureano Brizuela. Me vestía igual que él y guardo sus casetes en los más profundo de mi biblioteca».

Lo que es sagrado para ti, para el vecino es papel higiénico. Tu colección de acetatos, para algunos, se vería mejor si los derritieran y los moldearan en forma de peines. Las discusiones sobre lo bueno y lo malo no empezaron ayer y no terminarán mañana. Son como las listas de discos, los mundiales de futbol o los libros de tal o cual año: cada quien tiene sus favoritos.

Hace tiempo, en una discusión en Twitter, dije que las tres mejores bandas de rock en toda la historia de México, para mí, eran:

 

  1. El Personal
  2. Real de Catorce
  3. La Barranca

 

De inmediato, los escritores torreonenses Carlos Velázquez y Daniel Herrera me dijeron que estaba bien, pero bien pendejo. Que no sabía lo que decía y que me fuera mucho a las antípodas. Ninguno me mencionó sus tres bandas mexicanas. De antemano saben cuál será mi respuesta.

Para Jim Thompson, «una mala yerba es una planta que no está en su lugar». Los malos gustos, como los míos, son unas yerbas nocivas, que no mueren, sólo contaminan la tierra y riegan su semilla indecente.


Autores
Ciudad Victoria, Tamaulipas. Feo, fuerte y formal. Ha publicado Dos Caminos (UNAM, 2010), Flor de Capomo (Tierra Adentro, 2011) y Noches de yerba (Tarántula Dormida, 2011).

 

La fama y el estrellato parecen encontrarse siempre en las mismas latitudes, como sucede con el increíble Orfeu Muracai, el duque tecnicolor de Brasil, un pionero desafortunado que siempre estuvo bajo la sombra de David Bowie. En este texto, Bárbara González Miranda relata el descubrimiento y la vida de este músico salido de las fantasmas más tropicales del siglo pasado.

Encontré el disco de Orfeu Muracai en un baratillo de Londres cuando no sabía nada de él. La portada me llamó la atención: bajo una gruesa capa de polvo, un retrato de Roberto Burle Marx, el arquitecto y paisajista brasileño, con una escarcha blanca por bigote y sus cachetes permanentemente hinchados. En lugar de sus piernas, unas hojas de palma, rosas de la china, rosas multiflora y rosas baccará. Tenía dos enormes calabazas por zapatos y debajo de él se leía el título: Edifício do Relações Exteriores. Pagué de inmediato seis peniques por él y permití que se quedaran con el cambio.

Cuando coloqué la aguja sobre el vinil, una sensación familiar me invadió, de la misma manera que los dedos de las tías invaden los cachetes de sobrinos ajenos. Era como saber que ya conocía esto que parecía nuevo, sin saber exactamente de dónde, cuándo o cómo, algo parecido a una comezón en la espalda sin que se pueda señalar el lugar exacto que escuece, hasta que tuve una epifanía: sí había escuchado esto, sólo que no era en portugués y las guitarras eléctricas no sonaban tan lánguidas. Aquello sonaba como un disco perdido de Bowie grabado en Brasil. Canciones con las que uno flota en el espacio, pero, ahora sí, de una forma peculiar: la nave olía a coco y hacía demasiado calor como para conservar el traje espacial. Las marimbas (sintetizadores) llevaban a un Marte que era completamente verde y los bongós eléctricos hacían que las estrellas que conocíamos desde siempre se vieran como magnolias recién abiertas.

Después de escuchar el disco varias veces, comencé a notar las diferencias: lo de Muracai no era Ziggy Stardust o Hunky Dory, pero había cierta melancolía en la música del brasileño que lo hacía parecer algo más que el hermano menor de Bowie, alguien que sólo tratara de seguir sus pasos. A lo mejor eran las guitarras de segunda mano, las campanas agogó y el timbal bahiano que se usaron en la producción (información impresa al reverso del lp), o las letras de ciencia ficción que hablan sobre cohetes construidos en el tercer mundo que nunca nos llevarían a ningún lado. Algo en esa música te podía hacer sentir que no descubriríamos el futuro y que, si acaso nos sucediera, nos encontraríamos con que había ocurrido ayer. Me intrigó tanto que decidí lanzarme en una investigación rigurosa sobre él. Fui a los recónditos archivos de Wikipedia donde sólo encontré unas cuantas líneas: «Músico brasileño (1945- ¿?). Parte del movimiento Tropicália y precursor del género amazonian blues y el glam selvático. Discografía: Neon para o povo, Atlas Jovens, Edifício do Relações Exteriores y Boto de folk».

 

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Unos días después, por pura suerte, un amigo me pasó una nota vieja del NME sobre la movida de la música brasileña en los sesenta. En ella se mencionaba sobre todo a Caetano Veloso quien, huyendo de la dictadura brasileña, vivió en Londres un tiempo. La nota acababa con la anécdota, casi verosímil, de cómo Caetano había llegado con algunas cintas de músicos brasileños para producirlos allá y cómo, se decía, había perdido muchas de ellas durante un viaje de ácido en una esta. El nombre de Orfeu Muracai aparecía ahí como parte de la colección perdida, entre otros músicos como Berinaldo Santos, a quien busqué de inmediato.

Para mi sorpresa (y no tanto) el nombre de Berinaldo aparecía en una página de internet llamada gentepv.com, desde la cual es posible contactar cantantes famosos de generaciones variadas, por decirles de alguna manera menos descortés que «de glorias pasadas o de la vieja guardia», principalmente para contrataciones en eventos privados de políticos y bodas de plata de empresarios envejecidos. Le mandé un correo preguntándole si podría entrevistarlo para una publicación mexicana. A los pocos días recibí por respuesta un número telefónico que, después de marcarlo, resultó no ser de su manager, como esperaba, sino del mismo Berinaldo. Cuando supo que la entrevista tendría como protagonista a Orfeu, lo sentí algo decepcionado. Sólo me pudo decir: «Uno no quisiera que Orfeu fuera la clase de persona que tiene un tatuaje del nombre de su prima en su cachetes inferiores, o las nalgas, como pre eras decirles; pero sí, lo es. Y uno, por otro lado, tampoco quisiera ser la clase de persona que dice esto sobre alguien, pero sí, lo soy».

A fuerza de terquedad y de prometerle a Berinaldo un artículo exclusivo sobre él en un futuro, logré que me diera el número personal de Edson Borba, el percusionista que acompañó a Orfeu durante la mayor parte de su carrera conocida y quien produjo muchos de sus éxitos (ahora olvidados). Cuando contestó mi llamada, pude oír a lo lejos su voz rasposa que tendría el olor del tabaco, unas guacamayas en un segundo plano y el sonido de los cientos de kilómetros que nos separaban. Edson sonaba calvo y me contaba cómo Orfeu nunca quiso ser una copia de Bowie. Más bien, había extrañas coincidencias que los unían: «Orfeu, al igual que Bowie, fue considerado un niño con un don. A los seis años de edad durmió durante tres días seguidos, con el n de tener suficientes sueños para ser capaz de interpretarlos en la batería de cocina de su madre, Regina».

Me dijo que me mostraría imágenes del joven Orfeu y, tosiendo, me mandó a conseguir un fax para que, una vez sumergido en el pasado, me enviara días después a un hombre muy hermoso o a una mujer muy dura (según uno lo viera cerrando un ojo o el otro) portando extravagantes ropas con colores propios de las aves del paraíso. Las fotos mostraban a un chico de piel morena y ojos pequeños, con las diferentes vestimentas que lo caracterizaron durante cada uno de sus periodos: como una deidad del trópico recién descubierta en la tierra, llamada Boto de Folk; como un soldado de plomo neón; como un espíritu pop de la selva y como un oficinista que hubiera pasado desapercibido si no fuera por el pesado maquillaje de diamantina que usaba sobre los párpados.

«Claro que era frustrante para Orfeu», decía Edson, «uno no pretende ser la sombra de nadie y menos de una gura internacional. Entiende que en esas fechas el movimiento nacionalista era fuerte y muchos de los que fueron parte de la Tropicália incluso lo consideraron una especie de traidor, pero esa nunca fue su intención. Hacíamos cosas, a veces, unos meses antes de que se le ocurrieran a Bowie, a veces unos minutos después. Al menos es lo que yo quisiera pensar. Toma por ejemplo «Life in Mars?» Muchos dirían que «Dentes Anemone» de Orfeu es muy parecida, pero sucede al revés: «Dentes…» salió en 1969, mientras que «Life…», es de 1971. Es decir, a Orfeu se le ocurrió primero la idea de unir ese piano casi de cabaret con el pop. Igual, no lo hizo de forma tan afortunada como Bowie, con esos acordes sumados a un coro a punto del llanto, pero eso casi nadie lo sabe. Su abuela, una bruja proveniente de la selva amazónica, diría que todos tenemos a nuestra alma gemela, con la que estamos siempre en constante comunicación. Y la de él era, qué se le va a hacer, Bowie. Yo creo que era simplemente mala suerte. Estábamos del lado equivocado de los universos paralelos donde Orfeu no era Bowie y Bowie estaba en el lugar correcto, donde no era Orfeu. Pero [tosió]: cinzas para las cinzas, ya sabes, ashes to ashes, si me perdonas la expresión».

Edson fue a callar una guacamaya y siguió:

«En una ocasión, Caetano lo invitó a una fiesta en Los Ángeles. Mucha coca, mucha droga. Quería presentarle gente, dijo, porque Caetano creía que Orfeu era un genio, pero que tenía que descubrir su propia voz. Orfeu aceptó con dificultad, lo avergonzaba terriblemente estar con esa gente que seguramente lo creía muy influenciado por Bowie. Y lo admiraba, pero no así, no como los demás pensaban. Él sabía que su destino sería crear desde la sombra. Como si la sombra de la selva nunca fuera a abandonarlo. Seguramente, si hubiera sabido lo que iba a pasar más tarde en la esta, nunca habría salido de la propia sombra de su habitación en el hotelito californiano».

En una de esas que el champaña picoteó su vejiga, corrió al cuarto de baño, abrió la puerta de un jalón y descubrió que ya estaba ocupado, nada menos que por Bowie, quien tiraba un potente chorro dorado, seguramente de 24 kilates. Orfeu pensó que Bowie lo había reconocido. Dijo que se le quedó viendo un largo rato o lo que pensó que había sido un largo rato, como dándose cuenta de que él y Orfeu eran uno solo. Orfeu se disculpó y cerró la puerta, luego dijo que Bowie lo había evadido el resto del tiempo que estuvieron en la esta, sin duda porque le daba pena hablar, no sólo con quien le había ganado algunas ideas, sino con quien también había invadido su privacidad. La verdad es que Bowie nunca supo que él era Orfeu. Peor aún, no sabía que existía un Orfeu Murcarai. Muy probablemente, ni se acordaría de que alguien lo había interrumpido en el baño: eran los tiempos de su Station to Station, de droga en droga.

Así fue como la carrera de Orfeu comenzó su marcha a la in- versa hasta llegar (regresar), según todo mundo supone, a la selva. «Pero el golpe definitivo tendría algo que ver con Caetano. Háblale, que te cuente él».

Veloso nunca tomó mi llamada.

«Bueno», dijo Edson, la siguiente vez que lo tuve al teléfono, «¿cómo iba a saber que se iba hacer el divo?».

Se detuvo un momento para prender un cigarro, escuché cómo dio dos bocanadas.

 

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«Hubo un momento en el que Orfeu pudo haber logrado todo. En vez de eso, pre rió perderlo todo. Por supuesto que fue por una mujer. Era una menina bellísima, pero no era para él, lo supo en cuanto entró un día a su cuarto y la encontró en la cama con Caetano. Sobra decir que le rompió el corazón. Lo bueno es que los grandes discos se dan, sobre todo, ahí, en los corazones vueltos escombro. Orfeu escribió, gracias a eso, lo más singular y lo más bello de su carrera. Era algo tan personal que resultaba impenetrable: letras incomprensibles, metáforas completamente alocadas. Y a la vez, todo el disco estaba hecho con sentimientos tan vívidos, que todo mundo se podía identificar con él, aunque no entendiera un carajo. Luego Orfeu quemó todas la copias, no pensó que nadie querría escuchar jamás algo tan triste».

Esperaba que en algún momento me dijera que él había guardado una de las copias en alguna parte, a salvo todos estos años. Esperaba que dijera que podría mandarme una. Pero sólo dijo algo que parecía una muy mala broma o un pretexto que necesitaba develarse como tal para cortar definitivamente la conversación entre los dos:

«Orfeu ha llegado, tengo que colgar».


Autores
(Ciudad de México, 1982) Fundadora de la HCAN, editorial romántica para jóvenes y no tan jóvenes cínicos. voz en off de su vida, vendedora de veneno que escribe.

El arte, nos recuerda Osfabel Diteos, es una experiencia que debe sorprender sensorialmente. Aquí, el autor muestra un espacio íntimo desde el que se explora la vida de una persona con otoesclerosis, y traza la relación que hay entre la música y los problemas auditivos causados por esta enfermedad.

 

CUADRO CLÍNICO

Al endurecimiento progresivo de alguno de los huesecillos del oído medio se le llama otoesclerosis. Esa cadena de osículos se encarga de transmitir las ondas sonoras hacia el oído interno, que es donde se logra la transducción de la energía en sonido, así como de transportar la información al cerebro. La otoesclerosis, una suerte de calcificación, provoca que el estribo, que asemeja un diapasón y es el hueso más pequeño del cuerpo humano, vibre cada vez menos. El sonido deja de transmitirse con normalidad.

De esta rara enfermedad genética se sabe que tiende a padecerla el diez por ciento de la población. A su vez, de los afectados, aproximadamente el diez por ciento presenta alteración clínica de la audición. Por tanto, la probabilidad de que alguien llegue a presentar deficiencia auditiva por otoesclerosis es de uno por ciento del universo total. Esta alteración genética, como muchas otras, puede o no manifestarse.

Las consecuencias de este padecimiento en el comportamiento y la conducta suelen ser, dependiendo de la intensidad de calcificación de los huesecillos, cambios asociados a la percepción en general, que se manifiestan con predominancia en la función auditiva. El sonido se transmite mediante ondas que se generan en el ambiente. Cuando estas chocan con el oído son recibidas, transformadas/transportadas hacia el cerebro y codificadas ahí. Las ondas no sólo viajan por el aire, que es la manera más frecuente en que las percibimos, sino que también se transmiten mediante los sólidos y líquidos.

Esta alteración auditiva suele provocar una marcada diferencia sensorial, ya que, aunque generalmente el oído interno se encuentra en perfecto estado, el sonido llega desviado mediante el cuerpo y no tanto mediante el oído medio. Algo similar a intentar escuchar siempre con los oídos tapados.

Estos síntomas, a largo plazo, tienen diversas repercusiones en el comportamiento y la percepción. Los individuos con este padecimiento lograrán escuchar mejor en un ambiente ruidoso, por ejemplo, dado que este ambiente provoca que las personas tiendan a elevar el tono de voz.

 

LAS PRUEBAS

Me colocaron en un cuarto insonorizado con unos audífonos gigantes y un interruptor en la mano. Lo único que alcanzaba a ver afuera del cuarto era la parte trasera de un ordenador. Una voz robótica femenina pronunciaba las sílabas «plu», «cru», «mru», « u», «clu», a través de los auriculares. Yo debía intentar repetirlas con la mayor precisión posible. En ese momento pensé que no tenía sentido estar encerrado en ese cuarto tratando de repetir esos sonidos que yo escuchaba, todos, como «glu».

Más tarde, en otra prueba, debía oprimir el interruptor cuando escuchara algún sonido. En cierto momento, la audióloga entró al cuarto y (seguramente ella ya había apagado la computadora) yo seguía oprimiendo el interruptor. Escuchaba los ruiditos de mi cabeza, supongo. Fue uno de los momentos en los que caí en cuenta de lo mal que me encontraba. Estos exámenes auditivos tenían como fin diagnosticar y verificar mi pérdida auditiva, que se manifestaba con un sonido muy particular. Generalmente lo percibía por las noches, antes de dormir; es decir, en el momento en el que menos ruido hay y en el que le podía dedicar la mayor atención. Se trataba de un sonido similar al pitido de un silbato de árbitro deportivo, pero que se pierde en la lejanía, como desvaneciéndose desde mi interior.

 

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LA INTERVENCIÓN

La percepción del ruido, en esta forma peculiar, se convirtió en algo cotidiano para mí. Los sonidos, incluso la voz de las personas, me llegaban constantemente a través del cuerpo y los objetos que me rodeaban. A bordo del microbús, en vez de escuchar las conversaciones y la estridente música del chofer, percibía las fricciones del motor, los engranes mecánicos del camión, las ondas de los baches y los topes que llegaban a mí mediante la estructura tubular del chasís, de la carrocería y del asiento.

Esta relación corporal con el sonido se intensificó de manera progresiva. Por necesidad, el resto de los sentidos también: mi vista se agudizó, mi olfato se expandió y mi tacto se volvió más suspicaz. Mucha información que ya se percibe, pero que no es notoria, se vuelve evidente, como la diferencia entre un archivo comprimido de audio y un disco de vinilo o de acetato. Se vuelve posible adivinar de quién es esa fragancia barata que pica en la nariz antes siquiera de que la persona esté cerca y el simple roce corporal con alguna chica se convierte en un preciso mapeo tridimensional de su cuerpo.

Sabía desde antes, en un plano teórico, que la percepción es más un truco, un engaño al cerebro, pero este padecimiento me hizo comprobarlo desde la experiencia. La intervención quirúrgica para tratar la otoesclerosis consiste en una microcirugía que, en pocas palabras, se trata de retirar el huesecillo auditivo calcificado y en su lugar colocar una prótesis. Este proceso debe realizarse con anestesia local; el paciente debe estar consciente durante el proceso de la intervención para ser capaz de verificar el posible cambio auditivo.

El asunto fue algo así:

Me amarraron con camisa de fuerza, como si estuviera loco. Nunca supe el porqué hasta el momento de la intervención. Parte importante del sentido de equilibrio se encuentra en el órgano destinado al oído. También esto me quedó muy claro ese día. Una vez amarrado me suministraron la anestesia. Bendita sustancia, un producto muy similar a la heroína. Con una sonrisa placentera le pregunté a la anestesióloga por el nombre del producto. Ella respondió con otra sonrisa: «no te lo van a vender». Bajo ese efecto semionírico y en medio de una relajación acelerada, el otorrinolaringólogo me advirtió que durante el proceso debía intentar a toda costa controlar mi cuerpo, que iba a sentir como si me quisiera girar o caer, pero que debía permanecer quieto para que la intervención pudiera realizarse adecuadamente. A mi costado, la anestesióloga, la única persona que podía ver cara a cara por la posición en la que me habían colocado, me preguntó como en secreto (en realidad en ese momento no la escuchaba, pero para entonces ya había desarrollado cierta habilidad para leer los labios): «en una escala del uno al diez, ¿qué tanto sueño tienes?», le contesté que me encontraba como en un ocho. Después me explicó que el umbral de dolor iba a medirse con la misma escala y que debía permanecer despierto en todo momento.

Arrullado y casi levitando por el efecto de la anestesia, comencé a despegarme de la cama hasta chocar con el látex frío que las manos de los doctores posaban sobre mi oreja. Después de ese manoseo llegó un sonido penetrante a través de las puntas a ladas de los objetos de incisión quirúrgica que diseccionaron mi oído. Un sonido muy suave y tibio. La anestesióloga continuaba preguntándome cómo me sentía. Moví la cabeza estúpidamente para asentir. Fue cuando recibí el primer regaño por parte de los doctores: «necesitamos que no muevas la cabeza para nada», a lo que, de la misma manera, tuve el torpe impulso de responder con un movimiento afirmativo de cabeza. Por suerte, en el último momento logré contener esta reacción.

Una vez que los especialistas y su equipo de ayudantes se instalaron, comenzó el frenesí en el oído medio. Un sonido insoportable. Lo más cercano a él que he encontrado es una mezcla de escenas de Eraserhead, de David Lynch, y una de las secuencias finales de Pi, el orden en el caos de Darren Aronofsky (cerca del final, cuando el protagonista se trepana a consecuencia de uno de sus ataques de migraña, introduciendo una especie de taladro en su cabeza). Todo esto, mientras se presentaba un recital de noise anarquista (digamos Keiji Haino, en vivo y a todo volumen).

En ese momento entendí todo aquello del umbral de dolor y la especie de camisa de fuerza. Involuntariamente, en el momento en el que raspaban el huesecillo, además de ese horrendo y demoledor sonido, mi cuerpo se arrojaba como si quisiera desafiar la gravedad o las posibilidades anatómicas. Mis movimientos eran una reacción a las percepciones provocadas por las finas manos del cuerpo médico y sus utensilios. Esa fricción de los utensilios quirúrgicos contra mi oído lograba engañar a mi cerebro y desestabilizar mi equilibrio. Mi cuerpo respondía lanzándose hacia los lados como intentando girar, a pesar de que me encontraba recostado y, como ya dije, amarrado, cual paciente en un cuadro sicótico.

La anestesióloga me preguntó que en qué número me encontraba de dolor. Le respondí que en el quince. Me preguntó si había bebido alcohol un día antes; no pude responderle. Me administró más anestesia, que de poco sirvió: el ruido era insoportable, taladrante, como si el pavimento de mi oído fuera escarbado por un grupo de enanos con palas conectadas a un sensor piezoeléctrico que desembocara en un amplificador de potencia. Sin duda la experiencia sensorial más intensa, inusual y dolorosa que he vivido.

Recuerdo que después del tercer regaño por parte de los doctores, a causa de mi movimiento compulsivo (similar al baile de Ian Curtis), clavé mis manos en la parte lateral de la cama de operación como un gato que se aferra para no tocar el agua. Cada acometida de las palas de los enanos, además del estridente sonido y de que mi cuerpo intentaba arrojarse al vacío, provocaba una reacción involuntaria en el movimiento de mis ojos. Sentía cómo se iban hacia los lados, como en un exorcismo. Parecía que las pupilas quisieran girar trescientos sesenta grados sobre sí mismas. Este era otro resultado de la desestabilización: las imágenes giraban de manera vertiginosa. Me preguntarán: «¿Por qué no cerraste los ojos?», los apreté con tanta fuerza que casi me rompo las muelas y de nada sirvió: con los ojos cerrados seguía sintiendo el deambular de mis pupilas. Ese efecto nauseabundo es uno de los síntomas postoperatorios que, a pesar del medicamento, más trabajo me costó superar. Cualquier movimiento de cabeza era suficiente para sentir otra vez cómo el mundo se deshacía en una licuadora.

 

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FE DE ERRATAS

Esta experiencia no es algo que me enorgullezca ni que cuente a la menor provocación, pero ya es parte de mí. Bajo la condición de aficionado a la música que siempre tuve, con estas operaciones auditivas detrás (me practicaron la misma microcirugía en tres ocasiones diferentes) y con prótesis en vez de los huesos más diminutos de mi cuerpo, mis oídos (mejor dicho mi percepción) comenzaron a exigir cada vez más sonidos inusitados. Claro, hay que otorgarle los honores a la ruptura que generó el flujo de información a través de internet. Esa apertura, de la que aún me aprovecho, ha influido decisivamente en mi mundo sonoro. Gracias a ella he podido acceder a la mayoría de las piezas de las que hablaré. He aquí algunas (pocas) de las cosas que más me han estimulado y sorprendido.

Una de las búsquedas siguió el rastro de la errata como elemento intencionado en la creación musical. A excepción de las propuestas, más artísticas que musicales, de John Cage y Marcel Duchamp, eran pocas las obras que conocía en las que se usara este recurso. Con esto no estoy diciendo que las que menciono sean las precursoras ni las más importantes. Son, simplemente, las que más alimentaron la especie de perversión que venía desarrollando.

La primera pieza fue «3704/3837», que cierra el Eulogy for Evolution de Ólafur Arnalds. Me hizo dudar tanto que la bajé en varias versiones para ver si no se trataba de un error accidental en la codificación del archivo mp3. La duda era aún mayor, debido a que se trata de la única pista del disco en la que usa ese tipo de distorsión. Recuerdo que venía en uno de esos camiones en los que, sin consideración hacia el pasajero, para poder entrar en el asiento hay que flexionar completamente las piernas y dejar las rodillas a la altura del mentón. Había un tránsito denso, en la hora en la que el cielo comienza a pardear. La ventana junto a mi asiento estaba protegida por un plástico que permitía el paso de algunos jirones de lluvia. Al escuchar aquella pieza, entre la sorpresa y la incredulidad, el ventanal de plástico se convirtió en un hermoso lienzo matizado por el efecto de las gotas de lluvia y el destello de las luces de los automóviles, con el pardo del cielo al fondo. Ah, Boris, bendita espuma de los días.

Después descubrí el trabajo de Gregory Jacobsen a través de uno de sus grupos musicales, Ritualistic School of Errors. El disco, titulado Sweat Stained Fancy Heaps For First-Rate Ladies, es un trabajo inquietante. Al escucharlo no pude dejar de asociarlo al cuento del hombre con el brazo deforme que abre la serie de Entrevistas breves con hombres repulsivos de David Foster Wallace. (Por cierto, me sorprendió ver que sus pinturas parecían ilustrar perfectamente el sonido de ese disco). Fue gracias a este descubrimiento que llegué a la compilación perfecta para saciar esta, digamos, perversión auditiva que comenzaba a afinarse. Al parecer dos personas creían que hacía falta algo por escuchar que se pareciera a los sonidos que necesitaba: Robert James Sell y Suzy Poling se dieron a la tarea de poner todo eso en un mismo lugar: String of Artifacts (Audio Documents from 1975-2005). En este gran disco (del que aún no me repongo) aparece una de las piezas del grupo de Gregory, otro gran grupo que merece mención: Fat Worm of Error. Desafortunadamente este descubrimiento también se acompañó de frustración cuando supe de la existencia de Brutal Sound Effects Volume 1, una antología en formato dvd, en la que también participa Ritualistic School of Errors. Esta se encuentra en la lista de mis inconseguibles. Suena difícil de entender, pero cada día que paso sin escucharlo es otro mal día.

Más recientemente, cuando ya creía difícil que algo lograra sorprender mi escarbado oído, me topé con e irteen Bar Blues y Homage To Hazard Live, Amsterdam 2008, de Luc Houtkamp, en proyectos bajo distintos nombres. Al escuchar su trabajo me recordó algunos pasajes de esas dolosas experiencias quirúrgicas, sólo que con un sentido completamente creativo. En su música consigue un grupo de sonidos que extrae con sensores y que modifica en tiempo real mediante la plataforma de programación sonora SuperCollider, con la que el ordenador se vuelve un instrumento musical más.

 

DESENLACE PROVISIONAL

Al fin, mi volumen auditivo no quedó tan mal.
 Hay ocasiones en las que escucho un ligero cascabeleo. Quiero imaginar que es el metal de la prótesis que vibra repentinamente a consecuencia de una sensación sonora, pero que ya no escucho. A veces ese cascabeleo me llega como perdiéndose en el silencio. Los doctores me prohibieron saltar en paracaídas y practicar buceo. En cuanto tenga alguna de las dos oportunidades no dudaré en hacerlo. Supongo que mi necesidad compulsiva por escuchar algo nuevo quedó empapada por la consecuencia de ese defecto genético. Esos enanos se siguen apareciendo, lo sé porque van dejando huellas de placer, cada vez que cavan en el concreto con sus palas bien enchufadas y saltando de una pieza a otra en cada sonido que me parece nuevo.


Autores
(Ciudad de México, 1984) es artista visual. Gran parte de su trabajo se ha desarrollado en la periferia de la Ciudad de México. En el 2009 presentó su trabajo en la Bienal Internacional Metrópolis 09 en Copenhague, Dinamarca.

 

En los ochenta, el nombre de Laurie Anderson, poeta, artista visual y música, fue sinónimo del éxito experimental que le otorgó su primer y único sencillo, «O Superman», aunque ahora permanezca en el olvido. En este ensayo, Bartolomé Delmar analiza la fuerza de esta pieza que parte de lo primitivo y llega a lo posmoderno, en la que la fuerza por sobrevivir se mezcla con la desolación de un mundo tecnológico y despersonalizado.

 

De todos los aventurados en el mundo de las llamadas artes multidisciplinarias, Laurie Anderson es, sin duda, uno de los nombres que han figurado durante más tiempo, con mayor resonancia y alcance en términos de sus enfoques disciplinarios: músico, artista plástica, videasta y poeta, por tirar al aire sólo algunos. La estadounidense saltó a la fama con la publicación del seminal Big Science, un ejercicio de narrativa sonorizada que, extrañamente, alcanzó a hacerse lugar en las listas de popularidad con su primer y único sencillo, «O Superman».

Pensemos primero en la letra y el poema como parte de un proceso integral, aunque quizá sea el asunto central de la pieza:

O Superman. O judge. O Mom and Dad. Mom and Dad.
Hi.

I’m not home right now. But if you want to leave a message, just start talking at the sound of the tone. Hello? is is your Mother. Are you there? Are you coming home? Hello? Is anybody home? Well, you don’t know me, but I know you. And I’ve got a message to give to you: here come the planes. So you better get ready. Ready to go. You can come as you are, but pay as you go. Pay as you go.
And I said: OK. Who is this really? And the voice said: is is the hand, the hand that takes. Here come the planes. They’re American planes. Made in America. Smoking or non-smoking? And the voice said: Neither snow nor rain nor gloom of night shall stay these couriers from the swift completion of their appointed rounds. ’Cause when love is gone, there’s always justice. And when justice is gone, there’s always force. And when force is gone, there’s always Mom. Hi Mom!

So hold me, Mom, in your long arms. So hold me, Mom, in your long arms. In your automatic arms. Your electronic arms. In your arms. So hold me, Mom, in your long arms. Your petrochemical arms. Your military arms. In your electronic arms.
La pieza se encuentra armada por un cúmulo de referencias complejas, adecuadas conforme a un sentido de contraste, de contradicción. Pensemos:

Un punto de partida, sujeto a lo musical y a lo poético: el aria «Ô Souverain, ô juge, ô père» de Jules Massenet. Oh soberano, oh juez, oh padre. Esa línea establece una relación directa entre la autoridad política, el yugo de la ley, el patriarcado (en Anderson contrapuesto a lo femenino), que tiraniza lo familiar. Al hablar de Superman podríamos pensar en la figura nietzscheana, en el icono del cómic (Laurie Anderson, como una princesa tecnificada de la cultura popular) o en la combinación de ambos. Clark Kent representaría el ánimo de la superación social.

Lo primitivo. Una voz en calma repite, bajo la lógica musical del rito vernáculo, algún monosílabo. Interesa mucho que, circa 1981, lo más básico de la expresión humana se haya tecnificado para confrontar las bases propias de la pieza: la organización social de la tecnología, el principio jerárquico de la acción política (y aquí hablamos del Estado, pero también de la familia) y el amor materno. Lo primitivo ante la dinámica de la tecnología en la sociedad. Contraste.

Neither snow nor rain nor gloom of night shall stay these couriers from the swift completion of their appointed rounds. Anderson se obsesionaba con los hechos de la globalización lustros antes de que se pensara como doctrina. La frase está inscrita en el edificio del Servicio Postal neoyorquino y parte, a su vez, de una frase de Herodoto en la que se alude a los servicios postales de los persas. «O Superman» es un esfuerzo integrado a esa gran obra que es The United States, espectáculo performático y multimedia en donde la artista trataba, en verdadera vanguardia, de dar cuenta de los fenómenos relacionados con las telecomunicaciones dentro de su país.

La figura materna. En esta apuesta entre lo primitivo y la locura tecnológica aparece la madre, una suerte de madre omnipresente y universal sobre la que se advierte, con la calidez del vocoder, que conocemos muy poco, ante el peligro de alguna partida aeronáutica. Resulta ser «una mano que quita», una fuerza que debilita y acecha distante desde la frialdad de una grabadora de voz.

¿Mi madre, despersonalizada, sonando desde una caja? ¿Mi madre que no es una madre, sino muchas, y aun así es negligente? La imagen, por contrastante, resulta increíblemente hermosa: aquí estamos ante la locura de los United States, sus frenéticos años de desarrollo tecnológico, en el lamento primitivo de una mujer que nos prohíbe el refugio y nos castiga con la despersonalización.

De pronto todo cambia: la voz poética regresa a la de la hija, que desenvuelve hacia el final la conclusión imaginaria de esta historia:

Tómame madre, en tus brazos largos.

En tus brazos automáticos.

Tus brazos electrónicos.

En tus brazos petroquímicos.

Tómame en tus brazos militares.

La madre es el Estado, es la particularidad histórica, es la brutalidad de la enajenación (soberano, padre, juez); y, sin embargo, dada la calidez melódica y de texturas con la que se canta, nunca nos hemos sentido más reconfortados. Aun con brazos electrónicos, la madre abraza. Pocas veces en la historia de lo escrito, en combinación con lo musical, se ha logrado una imagen más impactante.

Tan bien responde a su contexto histórico que «O Superman» llegó a los primeros lugares de popularidad cuando fue lanzada en Inglaterra. Quizá tocó esas fibras. Ahora ya nadie la recuerda; encuestas a los escuchas delegan a «O Superman» la responsabilidad de haber sido el peor sencillo de ese año de 1981.

Capítulo 38 del Tao: «Cuando se pierde el Tao, siempre existe la bondad. Cuando se pierde la bondad, existe la amabilidad. Cuando se pierde la amabilidad, existe la justicia. Cuando se pierde la justicia, existe el ritual. Ahora, el ritual es el obstáculo de la fe y la lealtad, es el comienzo de la confusión».

En el párrafo parafraseado por Anderson hay una solución, distinta a la del «ritual»: la madre. Aunque mucho se haya hablado de la Madre.

«O Superman», pieza central del clásico Big Science, nutre uno de los experimentos narrativos y musicales más extraordinarios de la historia reciente. Hablamos de una artista en toda la extensión de la palabra. Pocas veces contamos con el privilegio de decirlo así.

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1986) es escritor. Ha trabajado como editor en diversas revistas. Ha publicado Los irrespetuosos y Cultura pública.

 

A partir de Arnold Schöenberg y Alessandro Baricco, el ensayista Luis Arce habla acerca de la fugacidad de la nueva música. Asimismo establece un paralelo con una literatura que ha dejado de lado el tiempo y exalta las propuestas artísticas que pierden su sentido simbólico.

Pocas constantes, acaso ninguna, son tan afines a nuestro tiempo como la necesidad de las manifestaciones artísticas, y sus creadores, por desafiar cualquier convención o categoría. Si a esto sumamos la sobreproducción de propuestas, realizar una lectura de dichas manifestaciones resultan difusa, acelerada y escasamente crítica. En música, entendida más allá de la torpe distinción entre música popular y música culta, el fenómeno es aún más complejo. Con el arribo de internet y el surgimiento de plataformas destinadas a la promoción del trabajo musical, toda producción y estilo devinieron accesibles y aparentemente legítimos. Sin embargo, la gran mayoría de estas manifestaciones raramente son sometidas a una revisión necesaria.

En uno de los ensayos seminales de su Style And Idea, Arnold Schöenberg se decide a definir tres conceptos sumamente complicados para el entendimiento musical. Su propósito consiste en establecer los parámetros que se utilizan en diversas ocasiones para explicar los contenidos de una obra, sin que estos hayan sido entendidos en su totalidad. Tanto el estilo, como la idea y la new music, son abstracciones de relación que sólo existen en términos de otras abstracciones. Hasta ahora resulta imposible hablar de cualquiera de ellos sin recurrir a otros conceptos afines. El mismo Schöenberg precisa la existencia de una new music a partir de una diferenciación radical frente a lo que llama Outmoded music.
Para definirlo de una forma escueta pero inteligible, Schöenberg habla de los dos conceptos en términos de transformación, el escenario incierto donde el sentido se sustrae a un estrato teórico de constante movimiento. Puede, sin embargo, que este ideal no corresponda enteramente con la época donde ha surgido. Alessandro Baricco solía referirse a la música contemporánea, surgida bajo este pensamiento, como un «verdadero lujo», reprochándole que se había alejado de su público para convertirse en una escultura artificial, más cercana a la mentalidad que a la sensibilidad. Baricco, por supuesto, se refiere explícitamente a la música culta. Para él, su génesis y ruptura tiene un punto clave de comienzo, precisamente situado en uno de los primeros experimentos radicales de Arnold Schöenberg: «Drei Klavierstücke, Op. 11». En esta pieza, el austriaco representa dos instancias diferentes de transformación: de inicio, una estructural, pues la pieza es uno de los ejemplos tempranos de las implicaciones que la atonalidad podía ofrecerle a la música; en segunda instancia la pieza generó un modo de comprender una composición musical alejado de cualquier convencionalidad o sentencia del espíritu. Esta obra, para ser comprendida en su totalidad, y más aun, en la verdad de su totalidad, apelaba al ingreso de la inteligencia y no sólo al constante decantar de las emociones. El hecho es que, más allá de sus consecuencias en el mundo de la música culta, Schöenberg había creado una manera diferente de comprender el fenómeno musical: el sonido y la idea detrás de este, asumidos como injerencia, las consecuencias de dicho acto vistas como intervención.

No puedo imaginar una sensibilización más radical y coherente de esta fractura que la constante transformación de la forma en que entendemos la música actualmente. Aunque puede asumirse como un tropiezo de concentración y una triste presunción por la extraordinaria posibilidad de estar en toda tendencia y en todo momento relevante de la realidad musical, es un hecho que los escuchas se han diversificado de tal forma que toda clasificación se ha vuelto inútil. Esto no implica que el estilo o los métodos de manufactura de una obra sean ajenos a la estructura del catálogo, mucho menos quiere decir que estén exentos de observaciones puntuales, pero nos coloca frente a la necesidad de cuestionar dichas fracturas en la atención de los escuchas. Implica preguntarnos por qué las clasificaciones son, hoy día, una estructura poco menos que inútil.

Definir un estilo musical en particular tiende hacia una convención más terrible, implica la tentación de pensarlo en términos absolutos. Sin embargo, debe aclararse que cualquier aproximación difícilmente elude una categorización de estilo, el establecimiento de un centro de gravedad o la identificación de la índole de su riqueza. Ese algo no es más que su relación con otros métodos, lecturas y mecánicas de apropiación, algo que ha transformado la noción de estilo musical en una amplia gama de fracturas estéticas que pueden partir del extrañamiento o la experiencia, pero que buscan redefinir el concepto industrializado de la producción musical.

El estilo puede negarse totalmente a una reducción racional. A veces surge por una espontaneidad impropia y hasta grosera ante aquello que parece enteramente razonable. Ningún acto del llamado american underground, surgido a mediados de los ochenta como un gesto repulsivo contra la identidad corporativa de Norteamérica, se entiende sin el conocimiento de esta negativa: todo proceso que ha transformado la música lo ha hecho mediante una lectura precisa de lo acontecido anteriormente, partiendo desde ese punto para realizar algo completamente discrepante.

Devolver la pertinencia del pensamiento respecto a estos procesos requiere de una consistencia crítica casi imposible porque el periodo en el que fabricamos herramientas y expresiones musicales se ha convertido en una abstracción difícil de encapsular, ajena a las categorías y con una capacidad impresionante para reinventarse sin mucho alarde. Dondequiera que exista una mención de lo nuevo y arriesgado, existe necesariamente una alusión, tácita o no, a aquello que no lo es. Esta relación se ha hecho cada vez más evidente debido a la proliferación no tanto de propuestas, sino de sitios para divulgarlas.

Desde la revolución protagonizada por MySpace a mediados de la década pasada, la utilización parcial o completa de los espacios destinados a la difusión de propuestas musicales ha estado saturada de una forma que cualquier criterio curatorial consideraría irresponsable. Toda clase de agrupaciones ha actuado bajo la sombrilla de este acontecimiento. Esto motivó una lenta transformación para la parte más corporativa de la industria musical. De pronto las grabaciones de estudio resultaron irrelevantes en términos monetarios, privilegiando las presentaciones en vivo, simplemente porque resultaban más rentables. Esta relación beneficia al músico y al corporativo, y en última instancia al escucha, que puede disfrutar, en mayor número de ocasiones, sus actos predilectos en vivo. Esto habría alegrado a una mentalidad como la de Benjamin, quien prefería la música en vivo a la grabada. Por supuesto, Benjamin trataba con una confección musical totalmente distinta a la nuestra. El suyo era un espacio de apropiación directamente relacionado con la música culta. La música popular, en cambio, debe gran parte de su evolución al material grabado. Bastaría recordar que la apropiación de una pieza musical, al ser realizada en vivo, abre un intervalo entre la expectativa y la emoción. Es un conocimiento que en ciertos momentos sucumbe ante la preeminencia de lo emocional o contradice valores estilísticos que apreciamos en la inteligencia. La máxima propuesta por Alex Ross, «listen» en lugar de «hear», se contraviene aquí, debido a que ningún festival de música popular va más allá de las emociones. En él, manifestaciones y estilos conviven de forma natural, pero raramente incluyen inteligencia que consiga cuestionarlos, es decir, un escucha atento.

Así, el fenómeno musical ha comenzado a decantarse por la prepotencia del espectáculo. Cada vez se realizan más festivales y se apuesta más por las giras extensas de los artistas, otorgándoles a estos menor tiempo de reflexión y desde luego, menor tiempo en el estudio. Creer que las personas escogerán la atención y la crítica sobre la vigencia y el aprovechamiento de la oferta es algo que parece ir en contra de nuestro momento histórico, en el que estilo y criterio son dos valores cada vez menos relevantes.

Uno de los atributos más interesantes de nuestra época es la transformación de la ansiedad en un efecto ordinario y común de la realidad. Necesitamos sentirnos presentes en una amplitud de situaciones y vivencias que ya no pertenecen a la suspensión del instante; sino a la consolidación de un pensamiento altamente acelerado. Por supuesto, esto no quiere decir que apreciaciones profundas y significativas no puedan suceder o desarrollarse, pero aparentemente encontrarse con ellas es sólo factible en los territorios de la atención y la pausa, no así en la incesante persecución de la tendencia.

Detengámonos ahora a pensar lo siguiente: la multiplicidad y aceleración de nuestra vida cotidiana ha transformado el entendimiento en algo más parecido a un parpadeo que a la apreciación de la luz. La información ha dejado de ser un sinónimo de conocimiento y se ha convertido en un símil de data. Para entender eso quizá baste con echar un vistazo a nuestra bandeja de entrada. Toda clase de mensajes y correos basura sobreviven ahí, a pesar de la intrascendencia y el despropósito de sus contenidos. En ellos se resguardan recuerdos, apostillas, ridículas cadenas de mensajes que nadie se atrevió a finalizar, un abrumador inventario de lo acontecido en nuestras vidas en su forma más irrisoria. Resulta imposible, para cualquiera con un razonamiento más o menos equilibrado, una revisión bien pensada de lo acontecido en esta bitácora. De manera similar, la enorme cantidad de revistas supuestamente especializadas, blogs de contenidos y páginas que procuran siempre mantener mayores argumentos para conseguir followers que una curaduría mínimamente interesante y asumida con una mentalidad crítica, han decantado en una severa falta de pensamiento en torno a la exposición continua de la cultura musical.

 

Portada 2

 

Gran parte de la música contemporánea es también un no-lugar.[1] Pasamos entre sus canciones, podemos verlas, estar dentro y luego ignorarlas. Esta música ha comenzado a petrificarse en el estado que corresponde a los edificios. De alguna manera, en nuestra apreciación empieza a superponerse una aceleración fortuita a nuestra capacidad de darle sentido al escucharla. ¿Cómo podemos entonces concentrarnos en realizar un ejercicio que la industria misma ha decidido rechazar? ¿Cómo podemos ir más allá de la tendencia y explicar nuevamente las relaciones y fracturas entre diversos estilos musicales sin caer en el angosto río de la futilidad?

Me atreveré, de alguna forma, a proponer una idea: ningún paradigma en la cultura popular ha probado ser lo suficientemente puro como para evadir el sentido de la diferencia. Y ninguna inteligencia lo suficientemente atenta encontraría algún paradigma carente de lagunas. Son estas aberturas —casos como los de blogs dedicados únicamente a la difusión de obras editadas en el pasado, como el legendario Mutant Sounds, uabab, e incluso UbuWeb— y estos síntomas —la imposibilidad del público contemporáneo para escuchar un álbum en su totalidad, por ejemplo— los que lentamente transgreden hacia un espacio de armonía donde la música puede adquirir un estilo que la torna precisa y, finalmente, le entrega una forma definitiva, tan única que es reconocible más allá del gusto o los cuestionamientos estéticos. Aunque esto suceda a una velocidad ridícula, la solución ante el deterioro de la atención y la sensibilidad parte de una noción sorprendentemente simple: Maurice Blanchot explicó alguna vez que «la lectura es un acto que exige mucha más inocencia que consideración»; lo mismo sucede con la música que escuchamos. Y esta, asumida como uno de los motores elementales de la cultura, siempre nos invita recobrar la inocencia para escucharla, inocencia que alguna vez nos impulsó a explorar un blog, comprar un disco compacto o asistir completamente emocionados a un concierto. Dichas emociones suceden cada vez con menor frecuencia, pero si nos detenemos para encontrar estas fracturas tan únicas, es probable que lleguen a constituir un valor característico de nuestra forma de escuchar, una abstracción construida a partir de la revisión y el cuestionamiento, y a la que podamos considerar genuina. Un acto, finalmente, de intervención.

 

[1]Los «no-lugares», en términos de Marc Augé, resultan ser aquellos sitios dispuestos para transición acelerada de las personas. Vías rápidas, aeropuertos, así como medios de transporte o centros comerciales. Otra forma, más asequible para entenderlos, es nominarlos simplemente como lugares de paso.


Autores
(Ciudad de México, 1989) es escritor y publicista.

El Festival Internacional Cuatro X Cuatro es un es un laboratorio de artistas y creativos fundado de manera independiente en el 2009 en la ciudad de Xalapa, Veracruz por el colectivo de arte escénico contemporáneo CUATRO X CUATRO.

Inició como un espacio de producción entre artistas, creadores, investigadores, productores, promotores, gestores y estudiantes de artes escénicas contemporáneas; y con una asistencia de más de 20,000 espectadores. Se ha formado como el punto de encuentro de diferentes creadores a nivel internacional, convirtiendo a Xalapa en un eje para las artes escénicas.

En su octava emisión, el festival tendrá lugar en dos ciudades y siete sedes: del 26 de mayo al 2 de junio en San Cristóbal de las Casas, CESMECA y Centro Cultural José López Arévalo; y en la Ciudad de México (del 5 al 12 de junio) en el Centro Cultural España, Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, Centro Cultural Border, La Cantera y Teatro El Milagro.

Dentro del festival se contará con la participación de artistas iberoamericanos, así como con la presencia de ocho compañías: cuatro nacionales y cuatro internacionales. Además, se llevarán a cabo nueve funciones, cuatro talleres, tres mesas redondas en las que se tiene como objetivo generar un tipo de discusión  en torno al quehacer escénico que no sea estéril y llevarlo a la acción.

Este festival será un sensible homenaje a Nadia Vera, quien produjo por siete años el festival y a Rubén Espinosa, exintegrante de la comunidad, para continuar difundiendo su labor y pensamiento.

CONTACTO:

WEB: cuatroxcuatro.org

FACEBOOK: festival internacional cuatro x cuatro

TWITTER: @cuatrox4danza

INSTAGRAM: cuatroxcuatro

E–MAIL: leonormaldow@gmail.com


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.