Murallas de Gabriel Bernal Granados es un libro singular en la tradición literaria mexicana, y en los libros que se han publicado recientemente en México. Hemos tenido una enorme producción, de enorme calidad y también de enormes contrastes y diferencias, de corrientes, estilos y propuestas en los últimos años; desde el humor y el sarcasmo, hasta narrativas muy trágicas que tienen que ver con la violencia contemporánea. Pero justo en esta diversidad hay libros que destacan por su singularidad y porque llevan una propuesta propia, e insólita también, que traduce una formación intelectual específica en el caso de Bernal Granados. Por un lado, está el experimentado traductor capaz de compenetrarse a fondo con los textos que traduce, como en el caso de la obra de Guy Davenport, el gran escritor norteamericano ya fallecido; y por el otro el ensayista, el narrador vinculado a la posibilidad de traducir a la literatura la sensibilidad estética —las obras de arte, la tradición pictórica, las artes plásticas—. Esto tiene que ver con una orientación que va forjando Bernal Granados desde años atrás y que va siguiendo una línea no estrictamente dogmática ni ortodoxa, sino flexible dentro de estos lineamientos generales. Esto me parece meritorio en un gremio literario como el mexicano, demasiado sujeto a veleidades de interés de fama, de interés político, de grupos y de apoyos que van forjando prestigios, a veces muy valiosos, a veces muy discutibles; pero hay escritores que al margen de esta circunstancia van encontrando su propio camino en la tarea estrictamente intelectual, es decir, en la tarea de la lectura, en la tarea del estudio, en la tarea de la traducción. Por eso me parece importante rescatar esta sensibilidad de GBG, que recientemente ha entrado en un periodo que yo juzgaría de madurez. En 2015 se publicó un título suyo que me pareció estupendo, Detritos, un libro de una escritura fragmentaria, pero no la escritura fragmentaria de los islotes narrativos que van flotando hacia un mar inexplicable que se diluye en la propia escritura, sino fragmentos que van estructurando la propia postura del autor frente a la vida; Detritos tiene algo de aforístico, pero también hay en él una visión de crónica de la vida cotidiana; de pronto hay ensayo, apunte, impresiones y episodios vitales, y todo va articulándose de un modo coherente y consistente justo por el temperamento artístico que tiene el escritor; aquí, estamos frente a alguien que sabe modelar la materia literaria y sabe presentarla de una manera convincente a los lectores.
Murallas —un libro complementario de Detritos en más de un sentido— se lee como una novela de aprendizaje; pero esta novela de aprendizaje se sitúa en una tradición que en los últimos cuarenta años se ha dado en la literatura mexicana. Recuerdo por ejemplo libros que son trasunto de una autobiografía «personal», como Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, Elsinore de Salvador Elizondo, Muchacho en llamas de Gustavo Sainz, novelas donde el lector entrevera una relación íntima, y muy conmovedora también, con el autor, porque en estas obras el lector inmediatamente se identifica con el contenido, se ve traducido en sus inquietudes, sobre todo porque se trata de historias de jóvenes o de niños o de momentos, momentos de aprendizaje hacia la vida adulta, y este es uno de los modos en que los escritores mejor se vinculan de un modo vivo con los lectores. Recuerdo también un libro extraordinario de Juan García Ponce, Unión, donde vemos esta mezcla de autobiografía con un relato literario. Unión es una novela que trata de un personaje que con el tiempo se va revelando como una imagen del propio escritor.
Esta tradición es muy viva, sobre todo porque en México los diarios, las autobiografías, las memorias, no son un género muy socorrido. A pesar de eso hemos tenido ejemplos extraordinarios; recuerdo a este propósito los libros de Emmanuel Carballo, tres volúmenes sobre su vida: Diario público, Ya nada es igual y el tercero, aparecido un poco antes de su muerte, Párrafos para un libro que no publicaré nunca. Estos son libros donde uno como lector entra en el valor de la literatura. Rescato este conjunto de datos aislados porque me parece que encuadran en esta tradición de Murallas de Gabriel Bernal Granados.
Detritos Gabriel Bernal Granados ERRR Books México, 2015
Murallas se compone de una serie de episodios fundamentales en la historia de un individuo, un niño en un principio, después un adolescente y por último un joven. En ellos, el personaje se sitúa frente al mundo, pero antes de que tenga una personalidad definida, antes de que el mundo irrumpa en su subjetividad con todas sus inconveniencias y bondades. El libro de Gabriel traduce sus inquietudes dentro del mundo del arte, que cuando uno lo lee advierte sobre todo una proclividad a la poesía; pero no la poesía en su sentido lírico, si reducimos lo lírico a la efusión emotiva, sino un sentido de la poesía cuyo horizonte o campo es sumamente vasto: no es sólo el afecto, los sentimientos, sino también la consideración más profunda de la propia existencia; un poco en ronda con la metafísica, con el sentido ontológico, con el sentido de la formación de un espíritu ante un mundo inextricable, presentado mediante un lenguaje flexible, dúctil y polivalente. Esto proviene de la formación de artes plásticas que tiene Gabriel. Y me parece importante porque de pronto los episodios pueden aludir a descripciones realistas, no en el sentido de realismo costumbrismo, sino en el sentido del arte pictórico realista, y de pronto esta precisión sobre la realidad y los registros perceptivos y sensibles del personaje se desplaza hacia una paleta expresionista, o bien impresionista. Cuando el escritor es capaz de oscilar en estos registros nosotros encontramos un enorme atractivo, y es ahí donde la lectura va creciendo. Hay pasajes especialmente contundentes donde a uno sólo le queda la admiración, la perplejidad, cuando el muchacho protagonista de Murallas, por ejemplo, está teniendo su primera experiencia amorosa, y esto está narrado con tal delicadeza y profundidad que el lector se siente de inmediato afectado.
En este libro la escritura, la prosa, se desplaza en registros diversos para causar efectos también diversos. Esto le otorga también una diversidad muy específica. Murallas es un libro donde a cada vuelco de página nos aguarda una sorpresa, una riqueza de lenguaje. Esta posibilidad de establecer un enlace, un diálogo con el lector a partir de considerar que el lector es el destinatario directo, quienquiera que sea, de lo que se está escribiendo, es un rasgo humanista, en una época donde el humanismo está desapareciendo. El humanismo se sustenta sobre todo en una afirmación del poeta Jean Paul Richter: escribir libros como se escriben cartas a un amigo, y esto que es el fundamento del humanismo tiende a desaparecer en nuestra época posthumanista. Cuando un escritor tiene la capacidad de recrear esta posibilidad de acercarse al lector escribiendo un libro que es como una carta, que es como un juego compartido, que no es estrictamente una confesión porque conlleva la malicia intelectual de recomponer el propio pasado, porque este no es un libro que transcriba los hechos acontecidos tal como fueron, no es un libro judicial en este sentido sino literario, un libro cuya narrativa va creciendo conforme el propio narrador va trayendo a la memoria episodios fundamentales para su formación; cuando esto ocurre, entonces nos convertimos en testigos y compartimos con el protagonista una misma emoción.
Murallas Gabriel Bernal Granados Dirección General de Publicaciones México, 2015
En Murallas está dado un programa literario que puede ser ampliado, puede ser explorado. Este tipo de libros no proliferan, por desgracia, como ya dije, en la literatura mexicana. La suya es una aproximación honesta, inteligente, a cómo se puede ejercer la literatura en tiempos aciagos como los que estamos viviendo; es decir, hay una compenetración con la literatura como una forma de comprender, de enfrentarse a la barbarie.
Murallas es un libro que a mi juicio ya está encontrando su propia tradición y desde luego con gura un momento importante en la madurez literaria de Gabriel Bernal Granados.
En Anomalisa (2015), colaboración en forma de largometraje en stop-motion entre el guionista Charlie Kaufman y el director Duke Johnson, el protagonista Michael Stone se enfrenta a un statu quo en el que se ve a las hormigas zumbadoras transformarse en humanos. Michael se presenta como un especialista en materia de atención al cliente; sin embargo, desde el comienzo de la película se comprende que su personalidad como consumidor es hostil y nunca recíproca ante cualquier trabajador que le brinde un servicio (el taxista, el recepcionista, el botones del hotel, la mesera). Esto es una contradicción, que perdurará durante el resto de la cinta.
Esta lucha se desenvuelve durante un viaje a la ciudad de Cincinnati, en la que Michael dará una conferencia sobre su libro de negocios, ¿Cómo lo puedo ayudar a ayudarlos?; no obstante, Michael cae en una crisis existencial que lo llevará a experimentar su aparente éxito como algo trivial: el hotel de lujo le parece vacío; las palabras que prepara para su discurso, insignificantes.
Aspectos que alguna vez creía relevantes en su vida cotidiana —como visitar las atracciones o comer la comida típica de las ciudades a las que va— se tornan desoladores; incluso el lugar donde se hospeda: el menú, la cama, los colores de las paredes, son idénticos a los de cualquier otro lugar que haya visto antes. Stone se aloja en el hotel Fregoli, nombrado así por el síndrome homónimo (en el que se padece la ilusión de que todos son la misma persona), ya que Stone ve idénticos a todos los individuos con los que interactúa: con el mismo rostro y la misma voz.
La adversa dicotomía entre ser una gura reconocida y su evidente infelicidad como esposo, padre, profesional y hasta exnovio, se ve disminuida cuando Stone conoce a Lisa, la única persona que logra ver como humana, con un rostro diferente y que, aunque con una anomalía, es sobresaliente al igual que su voz, que al reconocer como de «alguien más», ayuda a Stone a no hundirlo más en su soledad. Con Lisa, Michael recobra la esperanza de perforar la banalidad que lo hunde en una desesperación que ni su prescripción psiquiátrica parece aminorar; sin embargo, Lisa parece no ser tan perfecta como Michael la percibe en su paranoico mundo homogéneo.
Después de su noche juntos, con Stone subyugado por la voz de Lisa interpretando, a capella, «Girls Just Wanna Have Fun» de Cyndi Lauper, él comienza a urdir planes prematuros de su futuro juntos, mientras detecta los primeros defectos de Lisa: choca su tenedor contra los dientes, mastica con la boca abierta, controla sus decisiones. Después de todo sólo es humana, como él. Aquella voz armónica y angelical en un mundo estridente, comienza ahora a ser invadida por la voz monótona que escucha en los demás, hasta convertirse también en ese omnipresente rostro.
En su ejecución, en Anomalisa se utiliza una técnica de animación ya estandarizada en Hollywood, donde las marionetas son elaboradas en serie con rostros montados por partes, para el fácil reemplazo de expresiones, cuyas franjas evidentes se arreglan durante la posproducción. No obstante, Kaufman y Johnson descartaron la última parte del proceso y, en su lugar, conservaron los mellados rostros de las marionetas, con el argumento de que favorecen el concepto de la cinta, ya que reflejan la naturaleza de sus sentimientos frágiles y fragmentados. Luego de su noche juntos, vemos a la cámara panear hacia la ventana, donde un animado time lapse acelera el crepúsculo. Nos estamos adentrando en un sueño de Michael. Lo que es más, Kaufman y Johnson llevan el recurso de la fragmentación del rostro a sus últimas consecuencias durante una secuencia sobre el desvarío de Michael, en el que asegura que todos están conspirando contra él y su recién encontrado amor, violando de manera eficaz las convenciones de una marioneta.
Acaso el mayor hallazgo de Anomalisa es una escena de sexo que tomó más de cinco meses filmar paso por paso. En ella, retratan las sensibilidades y refrenos del sexo cotidiano con una delicadeza asombrosa por su representación de la incomodidad y el deseo. Una escena que, me atrevería a decir, logra más que otras escenas eróticas ya tan ubicuas con actores de carne y hueso.
Incómoda y devastadora —aunque con un humor cuidado y puntual—, Anomalisa entrega un discurso con un ritmo que nos lleva a preguntarnos acerca de lo que damos por sentado en nuestras ocupadas vidas. «¿Qué es ser humano?», «¿qué es el dolor?», expone un sedado Michael, quizá sobre el título de su próximo libro durante una de sus paranoicas tangentes en su conferencia. Quizá no. Acaso es sólo eso: una tangente.
Hagamos una película llamada Dinosaurios en el barrio.Jurassic Park mezclada con Fridays mezclada con The Pursuit of Happyness.Debe tener una escena donde un niñito negro esté jugandocon un dinosaurio de juguete en el autobús, luego mire por la ventana& vea a un Tiranosaurio Rex, porque tiene que haber un Tiranosaurio Rex.
No dejes que Tarantino dirija esto. En su versión, el niño jugueteacon un arma, la metáfora: los niños negros juegan con sus propias vidas,el presagio de su muerte, la viva imagen de su padre.A la verga eso, el niño tiene un Brontosaurio o un Triceratops de plástico& eso es su prueba de magia de Dios o de Santa. Quiero una escena
donde un Pterodáctilo cague sobre una patrulla, una escenadonde la tiendita de la esquina se convierta en un campo de batalla. No incluyasa los hermanos Wayans en esta película. No quiero ninguna mierda racistasobre la gente asiática o estereotipos latinos muy usados.Esta película es sobre un barrio de la realeza —
hijos de esclavos e inmigrantes & adictos & exiliados —salvando su ciudadde dinosaurios reales como la chingada. No quiero algo cursi ni progresistadel héroe tipo hmong sexy guapo un wey con una compinche graciosa mas fuerteniña negra secuaz del tipo de películas de parejas de policías. Esto no es un chance para Will Smith& Sofía Vergara. Quiero abuelas en el cobertizo ejecutando Velociraptorescon armas que escondieron en las paredes & bajo los colchones. Quiero a esos dinos pequeñitoschilloncitos y gritones. Quiero que Cicely Tyson haga un discurso, quizá dos.Quiero que Viola Davis salve la ciudad en la última escena con su puño negro y un peine para afrohasta que el ultimo dinosaurio quede en pie, y muera a sangre fría. Pero esto no puede seruna película de negros. Esto no puede ser una película de negros. Esta película no puede serdescartada
por su reparto o audiencia. Esta película no puede ser una metáforasobre gente negra & extinción. Esta película no puede ser sobre razas.Esta película no puede ser acerca del dolor de los negros o de la causa negra del dolor de su gente.Esta película no puede ser acerca de la larga historia de tener una larga historia con el dolor.Esta película no puede ser sobre razas. Nadie puede decir nigga en esta película
que no pueda decírmelo a la cara y en público. Nada de bromas de pollos fritos en esta película.Nada de balas en los héroes. & nadie mata al niño negro. & nadie mataal niño negro. & nadie mata al niño negro. Además, la única razónpor la que quiero hacer esto es por la primera escena: el niñito negroen el autobús con un dinosaurio de juguete, sus ojos muy abiertos & eternossus sueños posibles, palpitantes & ahí mismo.
Destrozada a golpes por los colores de la tormentaun pedazo de madera de junio emergey extiende sobre el aire húmedo sus islas volcánicasno quema este ancho mar, no quema la espuma que brota de la espalda, buscasin embargo el silbo el canto el olfato el atisbo y luego el incendiobajo las aguas: así es su amorcomo cuando niños descubrimos lo poderosos que son los sonidos del maramor que pesaen la nota que dejó hace días un ahogado y que ahora vuelvea su extraño país monocorde, amorla muchacha del muelle, preñadala boca de historias y cuentos sobre grandes peces y mandrágorasfue ella quien amó a todos extensamenteen el lento flotar de diferentes luces y profundidadesfue ella quien habló de las ballenasmanchas de petróleo que se hunden y ensanchanlas vocales del abismoen el océano, tierras sumergidas en una sola miradauna ballena, dijo mientrasse vestía, una ballena es todo el Marde los Sargazos, nadie sabe dónde habitan o qué lentitudgobierna el pesado canto que extiende el oído sobre la superficiepara quien la divisa, la ballena es una casaen medio del camino entre dos mares, la tierra y la lengua no son hogarnido de pájaro en el mástiles este oficio de hundirnos en el olor de la marea; ahoraque no escucho más, que no sueño los brazos de esa mujer de boca extensasé que no existen las ballenassé que esto que miro es sólo una enorme tabla del naufragio que es juniopero en cambio existe ella y sus muellesella y su cuerpoy su costa preñada en la que anclábamos por sus historias, las ballenasno son casas en mitad del mar, ella sí:arpones, pedazos de un coral madreperlamascarones de proa, maderas de raros barcos, collares, oscurasriquezas había en su voz y sus labios como un húmedo y abierto almacén.
Profundidades
Descenso al naufragio: la realidad apenas toca los pulmones del buzo, y los días del agua son más largos en la oscuridad de la madera. Allí abajo la luz pesa menos que el alma de los muebles sumergidos. Una mujer de ébano, desnuda, sin carne, es llama inmóvil, los peces se arremolinan en sus ojos, sólo de esta forma pueden cerrarlos. El buzo le habla de un país donde el aire es como el agua, y la luz resiste a la memoria; pero la mujer, eternamente sincera, no logra escuchar más que la respiración, el profundo oxígeno de los minutos.
Nada turba la quietud de este instante. Digamos que una mujer dormida es un vaso que contiene toda el agua del mar.
Armar el cuadro otra vez/ reconstruirlocomo si una fuerza extraña lo hubiera fracturadocomo los evacuados como los exiliadoscomo los que incendiaban sus propias casascomo después de las guerras y de los desastresy también como cosas más sutilescomo sobrevivirle al amor como despuésde esos finalescomo después de la muerte como despuésde los padresy después de los hijosy también como cosas más sutilescomo cuando amanece
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es enorme el hibisco de mi infanciay es rojo como yo fui rojatan enorme que se niega a que lo piensetan rojo como un parto, madre,yo me hubiera agarrado de tus piernasno tendría que vivir en este nombre tengoa la muerte acomodada/ quieta y ciega /adentro de mis libros/ ordenadapero es enorme el hibiscode mi infanciaquiébrate le digodóblate como se dobla la memoriaquédate en la grieta de mi manoyo corté raíces con tijeras de giganteenterré las plantas/el patio/ los huesos de mi madrehice un pozo para hijos que no tuvearrojé a mis hombres en silencioobstinado hibisco de la infanciacrece desde abajo/desde el centrose caen las paredes de mi casa
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No voy a hablarvoy a hablar de otra cosanunca es esono te voy a decirbastavoy a dibujarte este sutilparaíso de papelsin contarte los piojos ni los sueñosla mirada que se abre hacia una infancia brevede las hamacas voy a hablarde los rosariosserá que no rezásque no te hamacasteayermañananuncano voy a retomar la cuentamoretones que se van pero hacia adentropara volver a estallar en el gesto de los hijosde tus hijos y ad eternumme olvidaré después cuando esté hablandoa nadiede Picassoesodueleno tu mano firme comola rigidez de un locole diste vuelta la cara y volvió otrode un golpe tu hijo se hizo hombreno me vas a decir que ellos son niñoshombre de mil años canta Goyenechevoy a hablar de otra cosaaunque me vuelvoa este abecedarioque sólo habla de vos y de mi infancianada másno dice bastano se hizo para decir bastano voy a hablar del golpe y de la marcade la forma en que tu mano aplasta el gestode tu hijo como si fuera mosca de veranovoy a hablar de la forma en que tu manose levanta desde adentro del poemay lo deshace
Los primeros fueron textos delirantes: dibujos y garabatos, imprecaciones y balbuceos sin mucho sentido. Escupitajos en serie de mis residuos emocionales. Recostado sobre la cama de un cuarto tapizado con carteles de cuerpos femeninos, a veces tomaba los lápices de la infancia para trazar palabras sobre la piel impresa de las modelos. Todo salvajismo adolescente tiene debilidades. Más temprano que tarde, abandoné la lógicas familiares de sacrificio en la productividad, para seguir a un primer amor con edulcorada ceguera animal. Ella me ayudó a salir de ahí y, para matizar el juego absurdo que recién comenzaba, también me traicionó largándose con un danzante conchero de modales «impecables» y razones de perogrullo. Y yo, como en el amanecer de una fiesta; con una resaca del demonio, embadurnado de merengue y desnudo frente a la mañana del mundo y sus sandeces. Pero al menos ahí estaba, aunque loco, salvo: los últimos años de mi segunda década de vida habían transcurrido sin que nadie me violara o me enviara a una guerra. Sin embargo, fue ahí que perdí del todo la inocencia. Ahí, también, comencé a escribir.
Optar por una escritura que imagine honestidad puede representar la renuncia a un paraíso de moral tranquilizante fincada en las necedades que intentan explicarla. Es dudar con constancia y a la vez engañarse porque a uno le sabe bien. Toda levedad —necesaria para asumir los dispositivos de la literatura— tiene algo de angustioso. Y luego lo demás: odio o alegría, placidez o nerviosismo; la vida del equilibrista sobre cables tensados por las antípodas y sus mil contradicciones. Es decir, un desasosiego como resultado de haber perdido el contacto con la materia sensible de las cosas, la comprensión de su pulpa primitiva. De esa manera, quien escribe más allá de la denotación, como es el caso de la escritura poética, se acerca también a la soberbia del poder y al dolor provocado por la renuncia a una primera libertad en los actos.
Así, eso que llaman «ocio» comenzó a parecerme, por aquellas épocas iniciales, una sofisticada simulación para que quienes nunca deseamos nada con prudencia tuviéramos algo en qué ocupar las manos. A la vez un paliativo para no terminar delirando por las calles, bañados de ira ante la aridez de los días transcurridos en la ciudad. Navegar montado en dispositivos identitarios en el mar fantasmal del juicio lector. Porque de cualquier manera, a la larga comencé a disfrutar de aquel juego, gracias a que lo defendido ahí estaba hecho de ficciones abiertas, frente a la cerrazón de aquella otra ficción llamada pomposamente «verdad». Un presentimiento en el montaje regido por las leyes del arte, para la defensa de islas subjetivas dentro de las cuales se guardan cristales para observar el mundo. ¿Quién dice que las cuentas de vidrio no tienen su propio valor?
No puedo entonces hacer apologías reduccionistas: yo era un ser que abusaba de su mirada, desde una soberbia cuya raíz estaba en la creencia de una inteligibilidad propia. Nada más, pero nada menos. Luego, un onanista capaz de sentir placer particularizando el sufrimiento de los demás y el suyo propio. Pronto habría de planteármelo: el nacimiento de la escritura está en el fracaso de los cuerpos y en la imposibilidad del disfrute pleno de experiencias alternas e intransferibles. Ese esfuerzo de comunicación emocional que a duras penas da frutos en el amor.
Y aun así, aunque el amor sea una especie de animal medroso, escondido en quién sabe qué agujero del bosque, también se perfila en lo escrito. La poesía, similar a la masturbación y a sus instantes posteriores, es apenas su llamado. Dibujar barroquismos con los restos de líquido seminal, e imaginar que eso sirve al menos para sugerir el origen del mundo, su recomposición atómica como modelo. Semina rerum, decía Lucrecio: partículas materiales infinitas, indestructibles, indivisibles e invisibles que permiten paliar el temor a los dioses, en pleno orgi-reven mundano. Por ello, ya en el extremo, la poesía se me antojaba un acto de dolor minucioso hacia la paradoja del placer, reconstrucción de sentido en el extravío del sinsentido. Aquellos otros mundos, vaciados en el texto. Y el poeta: un personaje construido por el autor que los figura, fingiendo su realización en el entramado de vínculos significativos. Su disfraz es el de la política de la identidad, forjada mediante la comprensión de los detalles del discurso. Entonces el empleo de herramientas —también el video, la acción, la música, etc.— encuentra su sentido más allá de la tradición. Vehículos no al servicio de la conservación de una idea orgánica del mundo, sino útiles para transgredir los límites. ¿Cómo perderse de la diversión de un cierto desvarío frente a una «realidad» operativa cada vez menos eficaz para explicar la vida? Porque aquel yo que firma, sabe intuitivamente la diferencia entre lo fasto y lo nefasto cuando intenta convencer mediante su discurso (per fas y per nefas según la definición de Schopenhauer: medios lícitos y medios ilícitos). En eso se basa el principio del placer, regido por el deseo y la seducción de la diferencia. Entonces, un acompañamiento en el desatino que implica el pensamiento hasta sus consecuencias extremas.
Al respecto, siempre recordé una idea, extraída de la lectura de El Perfume de Süskind: si ya has contraído ántrax y has sobrevivido, tu cuerpo naturalmente será resistente. Decidir quedarse es aceptar la complejidad de las operaciones para subsistir; su lógica irremediable. Lo que no implica tragárselo todito —con albur incluido—. La literatura, la poesía, las múltiples hibridaciones que la exceden, funcionan más allá del deleite. Son fisuras capaces de reconfigurar el espacio en el que están insertos. Y el trabajo del poeta es mayor al que suele reconocérsele. Aquel que se concentre exclusivamente en escribir poemas desatiende lo más interesante: hacerlos posibles, hacerlos realidad, ser la realidad presente que, aunque sea por unos segundos, exorcice la neurosis de la verdad, la tome por asalto, la haga recular y la obligue a aceptar que también es aquello que creía no ser.
Para quien quiera acercarse a la obra de Guy de Maupassant, ciertamente será de gran utilidad conocer cierto poema que publicó en una antología licenciosa en 1881.
Esta antología se convirtió en el número 190 del Enfer de la Bibliothèque Nationale: la sección de la biblioteca que clasificaba los libros prohibidos por su depravación. Se publicó en Bruselas con el título Nouveau Parnasse Satyrique du XIXème siècle, recueil de pièces facétieuses, scatologiques piquantes. Este «parnaso satírico» incluye tres poemas de Maupassant (junto a poemas de Victor Hugo, Mallarmé y Huysmans, entre otros). En la página 136 encontramos «69»; Maupassant tenía aproximadamente 31 años cuando escribió este poema. Probablemente lo escribió mientras trabajaba, paradójicamente, en el Ministerio de Instrucción Pública.
La publicación de antologías libertinas no era una novedad. El primer «parnaso satírico» se publicó en París en 1622, y honraba a las antologías lúdicas que se publicaron un siglo antes, conocidas como blasones (como el Blasón anatómico del cuerpo femenino, por ejemplo). Con esta publicación se consagró la buena costumbre de editar, de vez en cuando y reuniendo a las mejores plumas de cada época, los textos más licenciosos y libertinos de cada generación. Con la publicación del primer «parnaso satírico» se desató una polémica tan escandalosa que llevó al autor del primer poema, Théophile de Viau, a un juicio que perdió; a raíz de ello fue condenado a muerte y permaneció dos años en una mazmorra, hasta que la sentencia le fue permutada por el destierro. Théohile de Viau fue juzgado por elogiar la homosexualidad y la sodomía. Este primer «parnaso» del XVII fue censurado hasta el siglo XIX, de ahí que cuando se le levantó el veto algunos editores accedieron a él y decidieron volver a publicar «parnasos satíricos»: uno en 1861 y el otro, en el que participó Maupassant, en 1881.
Estas publicaciones pertenecen a una vieja tradición francesa del escarnio, el mal gusto y la sátira (en el sentido del vituperio). La obscenidad es el motor y el libertinaje su combustible. En 1867 Verlaine publicó, escondido tras el seudónimo de Pablo de Herlagnez, Las amigas, un plaquette de poemas clandestinos sobre la amistad lesbiana de dos jóvenes parisinas. El propio Baudelaire, quien contrajo la sífilis, fue multado por la publicación de Las flores del mal. En ese sentido, Maupassant representó muy bien a su generación.
En 1861 y 1881 el editor Henry Kistemaeckers volvió a revivir el nombre del parnaso y se encargó de recopilar y publicar dos obras que enrojecían a los depravados e intrigaban a las buenas conciencias. Por eso envió dos libros a los anales de L’Enfer. ¿Por qué incluir a Maupassant? Se sabía de su lado libertino. Maupassant contrajo también la sífilis, en 1877. Lo descubrió luego de que Turgueniev lo encontró enfermo de fiebre en su casa. Como se sabe, Flaubert, su mentor y amigo, también la había padecido; ambos por la curiosidad y por la mala costumbre de acostarse con prostitutas. En una carta, Flaubert se refiere a el «pequeño Guy», diciendo que éste le había confesado que había «disparado» 19 veces en tres días y que estaba preocupado de que se le acabara el esperma. Flaubert le dio un consejo: «demasiadas putas, mejor ponte a escribir: foutez-vous cela dans la boule [métete eso en la cabeza]».
Pero nunca sentó cabeza. Una depresión, propiciada por la sífilis de la que nunca sanaría, lo llevó a intentar suicidarse, al hospital y finalmente al cementerio. La última década de su vida la pasó escribiendo, con la comodidad económica que le aseguraba el éxito de sus primeras obras, pero insistiendo en sus malas costumbres.
Descubrí este poema al leer a la edición que tengo de L’Enfer de la Bibliothèque Nationale. Descargué la edición original de “Gallica.fr” y al ver el segundo de los tres poemas, sentí repugnancia y a la vez emoción. Esta colaboración al “parnaso satírico” es un poema de versos dodecasílabos (el alejandrino francés) y decasílabos, trenzados en rima, con rima femenina y masculina alternada (femenina se dice cuando lleva una e caduc, “e caduca”). Parece que Maupassant quiso darle al poema un tono avejentado y tradicional, pese a su discurso, por demás franco y prosaico. El poema, de suyo obsceno, alterna los registros más procaces con los más culteranos y narra, con inusitada claridad, la franca invitación al coito a una prostituta vieja. La forma no es sencilla y el tono es meramente vulgar. Cuando lo leí decidí traducirlo, pues consideré que ningún lector de Maupassant debería ignorarlo. Dejo aquí mi traducción, con el afán de que el lector acompañado se divierta a su manera y el solitario lo lea con una sola mano:
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Salut, grosse Putain, dont les larges gargouillesOnt fait éjaculer trois générations,Et dont la vieille main tripota plus de couillesQu’il n’est d’étoiles d’or aux constellations !J’aime tes gros tétons, ton gros cul, ton gros ventre,Ton nombril au milieu, noir et creux comme un antreOù s’emmagasina la poussière des temps,Ta peau moite et gonflée, et qu’on dirait une outre,Que des troupeaux de vits injectèrent de foutreDont la viscosité suinte à travers tes flancs !
Ça, monte sur ton lit sans te laver la cuisse ;Je ne redoute pas le flux de ta matrice ;Nous allons, s’il te plaît, faire soixante-neuf !J’ai besoin de sentir, ainsi qu’on hume un œuf,Avec l’acre saveur des anciennes urines,Glisser en mon gosier les baves de ton con,Tandis que ton anus énorme et rubicondD’une vesse furtive égaye mes narines !Je ne descendrai point aux profondeurs des puits ;Mais je veux, étreignant ton ventre qui chantonne,Boire ta jouissance à son double pertuisComme boit un ivrogne au vagin d’une tonne !Les vins qui sont très vieux ont toujours plus de goût !En ta bouche à chicots, pareille aux trous d’égout,Prends mon braquemard dur et gros comme une poutre.Promène ta gencive autour du gland nerveux !Enfonce-moi deux doigts dans le cul si tu veux !Surtout ne crache pas quand partira le foutre !
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Te saludo, gran puta de amplias atarjeasQue han hecho eyacular a tres generacionesY cuya vieja mano manoseó más huevosQue doradas estrellas hay en las constelaciones. Me gustan tus enormes tetas, tu culo gordo, tu vientre regordete. Al centro tu obligo, oscuro y sumido como un antroDonde el polvo del tiempo se ha acumulado. Tu piel sudorosa y repleta que se me antoja el odreQue una piara de pitos inyectara de semen,Semen que viscoso se escurre por las caderas.
Eso, súbete a tu cama sin lavarte la entrepierna;No me intimida de tu matriz el flujo;Vamos, si así te place, a hacer un sesenta y nueve.¡Necesito sentir, como quien huele un huevo,Con el agrio sabor de añejas orinasCómo se escabullen en mi boca las babas de tu pucha, Mientras tu ano, enorme y rubicundo,Con un pedo furtivo divierte mis narices!No pienso ir al fondo de tus pozosPero quiero, estrechando tu vientre que musita,Beber tu placer de su doble agujero;Como bebe un borracho de la vagina de una cántara.¡Los vinos por añejos siempre saben mejor!En tu boca cariada como alcantarillaMete mi verga gruesa y dura como leño,Y pasea tu encía por mi glande nervioso.Méteme dos dedos en el culo si quieresPero no vayas a escupir cuando salga la leche.
*Este texto se publicó por primera vez en la revista Frente.
Fuentes
Este texto le debe mucho a la Enciclopédie Universalis, a Wikipédia Francia y a la edición que tengo de L’Enfer de la Bibliothèque Nationale.
-Alain-Claude Gicquel, Maupassant, tel un météore, Le Castor Astral, 1993.
-Guy de Maupassant, en Nouveau Parnasse Satyrique du XIXème siécle, Kistemaeckers, Bruselas, 1881, p. 136.
-Anthologie de poésie érotique. Poèmes érotiques françaises du Moyen Âge au XXème siècle, selección y prefacio de Jean-Paul Goujeon, Fayard-Points, París, 2008, pp. 178-179.
Souvenir: objeto que sirve como recuerdo de la visita a algún lugar determinado.
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Partir es un verbo hacia adelante. Se es inmigrante porque no se tiene otro remedio. Partir es un gerundio: los que parten, siempre están partiendo.
Tengo, por ejemplo, una tatarabuela italiana, de nombre Catalina Stramare, que fue obligada por su esposo, mi tatarabuelo, a viajar a México. Se cuenta que era una mujer de tierra y sabía que su cuerpo no podría soportar el destierro; como una planta arrancada de sus raíces, pronto moriría. Sin embargo, fue obligada por sus propios padres a subir junto a su esposo a un vapor de nombre Messico e internarse en las aguas del Atlántico, quién sabe por cuánto tiempo. Catalina Stramare —que en su nombre llevaba toda el agua que necesitaba— no quiso comer ni salir del camarote la primera semana en el barco. Pero un buen día, mi tatarabuelo, cansado de verla en ese estado, amenazó con que si no espabilaba se tiraría al mar. Más le hubiera valido a mi tatarabuela dejarlo hacer su voluntad, pero el amor o el miedo la hicieron salir de su encierro.
Al llegar a México se establecieron en Morelos donde les dieron tierras y tuvieron tres hijos. Ni bien el más pequeño había cumplido cuatro años, murió mi tatarabuelo de alguna enfermedad tropical. Contrario a todo pronóstico, la que sobrevivió fue ella y aunque pudo haberlo hecho, no regresó a Italia porque ya había comenzado a echar raíces aquí. Y porque nunca es lo mismo regresar a un lugar que se habita en los sueños. Añorar se vuelve un modo de vida: la nostalgia de los inmigrantes.
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Sigmund Freud introdujo el término «fetichismo» en su «Ensayo sobre las aberraciones sexuales», publicado en 1905. Usó el concepto para describir una forma de parafilia. Como ejemplo se cita al pie, que junto con el zapato, es una de las desviaciones sexuales más comunes. En realidad, el origen de «fetiche» viene del portugués feitiço, «hechizo», en español. El término fue dado a conocer en Europa por el erudito francés Charles de Brosses en 1757, mucho antes que Freud. El fetichismo es una forma de creencia o práctica en la cual se considera que ciertos objetos poseen poderes mágicos o sobrenaturales. El fetichismo nos habla de la relación entre las personas y los objetos materiales, y el poder que se otorga a estos últimos.
Un souvenir también es un fetiche. Nos sitúa en el terreno de la nostalgia como metáfora de un momento vivido o una especie de túnel para transportarnos a esas experiencias. El objeto se convierte en protección, en un pedazo de tierra que evita que nos extraviemos por más lejos que vayamos. Además, el souvenir/fetiche tiene la particularidad de contener una impronta de nosotros mismos; no cualquier objeto puede suscitar esa suerte de hechizo a través del cual un espacio o un lugar nos habla.
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El poeta español José Luis Panero, hijo del también poeta asturiano José María Panero, en el documental El desencanto, de Jaime Chavarri, narra una larga lista de fetiches con los que siempre viaja. Algunos de ellos:
—Un cuchillo automático, comprado en Ginebra en 1960, que le ha salvado el pellejo dos veces.
—Una postal de una mujer griega que amó como no ha amado a nadie en la vida.
—Cuatro fotos que adora. Cito:
Una es de Francis Scott Fitzgerald, alcohólico, as myself, y con una mujer horrorosa, as myself; otra es de Albert Camus, delante tiene un letrero que dice ¡España libre!; el otro es Luis Cernuda en México, que de cierta manera ha sido el poeta que más ha influido en mí, junto con este último, Constantin Kavafis. Ambos eran homosexuales, yo no.
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Mi souvenir/fetiche es una postal. Un rectángulo de papel que en la parte posterior tiene varias marcas de diurex que le he puesto y quitado infinidad de veces porque suelo pegarla junto a la puerta de entrada de los lugares a los que me he mudado. La postal la compré en Lisboa, en el año 2002, en la casa-museo de Fernando Pessoa. La parte central tiene la ilustración a lápiz de una maleta o un baúl antiguo de viaje. La parte superior tiene unos versos de Pessoa en portugués, la inferior tiene los mismos versos traducidos al inglés.
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La primera vez que fui a Lisboa llegué en tren. Fue un viaje absurdo, ya que tenía sólo un día para recorrer la ciudad. Salí de Madrid por la noche en el asiento de un tren que iba a tope. Viajé en un compartimento de cuatro, rodilla con rodilla con un hombre corpulento de Cabo Verde que, por las proporciones de su cuerpo, necesitaba más espacio que yo. Así que permanecí toda la noche casi sin moverme, sin dejar parpadear a mis articulaciones, mirando la oscuridad a través de la ventana hasta quedarme dormida.
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Lisboa es la única ciudad que conozco que tiene la capacidad de hacer sentir que ya estuvimos ahí antes. Como haber encontrado un lugar que añoramos antes de irnos. Quizá tiene que ver con el puerto, con el olor salino de la nostalgia, con los espacios secretos, los interiores húmedos, como el cine de Pedro Costa. Lisboa tiene una relación extraña con el tiempo, como si en todo momento algo estuviera partiendo, y su ausencia se quedara en los muros de las casas, en las calles angostas y los tranvías. Por eso, al recorrerla, el cuerpo queda vibrando, pero de un modo recogido, íntimo, como un fado.
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Cuatro años después regresé a Lisboa, esta vez con una amiga. Sentadas en la plaza central, presenciamos cómo una gaviota se comía a una paloma. En ese segundo viaje me compré la postal de Pessoa. Mi souvenir.
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La postal casi se quema. Fue la noche de un día muy extraño en un pueblo al norte de lo que llaman la Mesopotamia argentina. Ese día había tenido un encuentro con una víbora yarará, parecida a la cascabel. La conocí desde el trinche del jardinero que atravesaba su cuerpo encrespado en una larga «S».
Por la noche un humo denso traspasó el sueño y nos despertó de golpe. El techo crujía y todo estaba envuelto en un masa blanca y densa que costaba trabajo respirar. Después descubrimos que lo causó un incienso que dejé prendido y que comenzaba a comerse una bolsa de tela, avanzando por la trama del tejido tan silencioso como la lengua de un reptil. La postal de Pessoa se encontraba pegada en la pared, arriba de la bolsa. Estaba por quemarse, pero la rescaté justo en el momento en que el papel comenzaba a oscurecerse.
A veces, los objetos son representaciones de nosotros mismos, materializando en el afuera algo que nos sucede dentro. Y las casas, con su estructura y la distribución de esos objetos, también son un reflejo de ese interior.
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Hay una frase en la película Night Train to Lisbon que resume nuestra relación con los lugares:
Dejamos algo de nosotros mismos detrás al irnos de un lugar. Permanecemos ahí aunque nos hayamos ido. Por eso, hay cosas de nosotros que sólo podemos encontrar de nuevo volviendo a esos lugares. Viajamos a nosotros mismos cuando volvemos a un lugar que habitamos por un tiempo de nuestra vida; no importa qué tan corto haya sido, es un viaje hacia uno mismo.
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La casa paterna es un mapa, con sus fronteras, miradores y escondites. Mi guarida, por ejemplo, era la azotea de la casa, en la que podía acostarme a respirar anchura sin encontrarme con algún límite. El refugio de mi hermana era el baño amarillo de su cuarto. Ahí pasaba largas horas fumando a escondidas. A veces me dejaba entrar y yo me sentaba en el lavabo a observarla mientras hablaba por teléfono.
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El año pasado, mis padres decidieron hacer una remodelación a la casa que había permanecido intacta desde hacía más de veinticinco años, por lo que tuvieron que irse a vivir temporalmente a casa de mi abuela. Poco a poco cambiaron los objetos de lugar, una capa espesa de polvo fue cubriendo los plásticos sobre los muebles, las paredes cayeron a martillazos y los escondites quedaron derruidos. La geografía cambió y, por unos meses, el territorio se quedó sin mapa. La casa se transformó en un agujero negro que ya no contenía los caminos que conocíamos para llegar a ella.
En ese estado se encontraba, cuando una tarde de domingo mis padres fueron a la casa junto con mis sobrinos pequeños a revisar los avances de la construcción. Al llegar, se encontraron con una camioneta desconocida que salió a su encuentro con cuatro hombres armados que los obligaron a abrir la puerta de la casa. Metieron a mi mamá y a mis sobrinos al estudio de la planta baja y se llevaron a mi padre a la planta alta, pero encontraron todo derruido. Los ladrones le exigieron a mi padre que abriera las habitaciones que aún se encontraban en pie. Mi padre no llevaba las llaves, entonces lo golpearon. Imagino la decepción de los ladrones al descubrir que habían irrumpido en un territorio baldío, como la carcaza de un barco naufragado, sin nada que pudiera ser arrancado a sus dueños. Una tierra de nadie.
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Como las ciudades con puerto, la casa paterna es un espacio que se habita en los sueños. Cuando uno vuelve nunca puede regresar del todo, por eso siempre se está de paso. En Historia(s), Godard arma que «viajar es rememorar y proyectar. El espíritu libre es el que se embarca y corta las amarras para donarse en la proyección de la memoria». Nos vemos eyectados de ese primer hogar, en una suerte de destierro voluntario: partir para buscar. La memoria va recreando ese lugar primigenio que se añora —como en la nostalgia de los inmigrantes—, y su búsqueda es un continuo recuperar pedazos de esa casa primera. Un lugar que ya no se encuentra en un mapa porque se ha diluido en el territorio imaginario o sensorial de la ausencia. Uno sale de ahí y siempre está buscando objetos que contengan atmósferas de ese espacio, souvenirs de ese origen, idealizado y cálido, de aquello que fuimos, y que en algún lugar, también, somos.