Tierra Adentro

Para Elías Portela [aka Elías Knorr]

1.

La velocidad de los días me rebasa de tal forma que aún no sé si en verdad estoy aquí. Es demasiado ligero el aire como para poder guardarlo en los pulmones, y la gracia de la luz que reverbera entre las hojas intensas, de un verdor que parece artificial ►de un verdor que parece alterado por la luminosidad de algún pez abisal derramado entre las ramas◄ me hace dudar de la naturaleza a la que pertenecen. O a la que pertenezco yo.

El sol se ha perdido desde hace rato entre las fauces del cielo, dejándome medio a ciegas en el camino por donde avanzo sin entender bien por qué o para qué: sólo me adhiero a las ventosas que el faro marino dispara en su vibración

azul-azul//

rojo-rojo-rojo-rojo//

azul-azul//

rojo-rojo-rojo-rojo //

Busco un arrecife con suficientes arbotantes de fuegos fatuos que me guíen para llegar a la noche submarina, a la noche de fauna incandescente. Hace años perdí una parte del cuerpo bajo esas aguas, pero no eran las mismas que suelen verse desde aquí, donde chapotean las abuelas y los niños con sus inflables de unicornios rosas y abejorros verdes. No. Eran aguas que guardaban un secreto en el color que llegaba con las mareas de diciembre: me sumergía y la piel se impregnaba de un aceite azul eléctrico, moteado con magenta y naranja que me convertía en un ópalo de carne. Ahora no estoy seguro de querer llegar de nuevo ahí; de hecho, ni siquiera sé si voy por el rumbo correcto. Sólo avanzo, guiado por las intermitencias del faro y los cantos de las aves nocturnas. Han pasado demasiados años. No debería estar aquí.

 

2.

Aquella tarde tampoco debía haber estado ahí. Había tenido una noche perturbadora, en la que sus piernas y sus manos se acalambraban a causa de las ráfagas heladas que se filtraban entre las ventilas del techo, diseñadas justo para que el aire no dejara de circular por toda la casa. Nunca, en los casi diez años que llevaba de vivir en Acapulco, había sentido un frío así. Era diciembre, sí, pero en las costas del Pacífico: por mucho que hubiera mal tiempo, la temperatura no solía bajar más de 23 grados centígrados.

A pesar de haber dormido poco, se levantó temprano, recompuesto, con la sensación de haberse desprendido de algo, sin saber exactamente de qué. Sólo recordaba que una voz había brotado entre el frío, murmurando una especie de cántico y oración que le había ayudado a conciliar el sueño durante esa extrañísima noche de la que ya no quedaban rastros: la brisa llegaba tibia desde la playa y el sol coronaba el día, dando un fulgor particular al verde de las palmeras, los tamarindos y almendros que alcanzaba a ver desde la ventana.

Sintonizó la estación de radio donde daban las noticias locales, escuchaba atento mientras preparaba el desayuno, en espera de que dijeran algo sobre la noche anterior. Pero nada, sólo anunciaron las actividades del día en el malecón y los nombres de los clavadistas que esa tarde se presentarían en La Quebrada. Por momentos pensó que quizá la helada había sido parte del sueño, o quizá sólo fiebre y el presagio de alguna enfermedad… pero algo en el cuerpo no lo dejaba tranquilo, algo le aceleraba el pulso, como si necesitara nadar durante horas para volver a sentirse bien… normal

Quiso distraerse un rato hojeando algunos libros sobre cine, pero había un rumor en su mente que se filtraba en el silencio de la casa y que se mezclaba con el golpeteo de las olas cercanas, acompañadas del graznido de las gaviotas… Así que decidió lavar los platos y ducharse, y después de ello, ya más fresco y relajado, se sentó frente al piano y se dejó guiar por el recuerdo del cántico que le había arrullado en la noche: un ir y venir de murmullos acuosos, cristalinos, que le decían un nombre que era y no era el suyo, y en el que había estado pensando desde que había llegado a vivir ahí:

Fassssijkhaila’nyrmaTario

El cuerpo del sueño

La mano del fantasma

La voz del que escribe

Fassssijkhaila’nyrmaTario

La letra salía de sus labios siguiendo la melodía que sus dedos, ágiles sobre el piano, iban marcando, descifrando entre las teclas blancas y negras, los tonos graves y agudos. Repitió la tonada tantas veces como su cuerpo se lo pedía, conforme el trance en el que se estaba envolviendo se hacía más fuerte y nítido, una y otra vez. Con los ojos entrecerrados alcanzaba a vislumbrar una figura que comenzaba a delinearse del otro lado del piano, cerca de la ventana, y que pronto terminó de bordearse con la luz solar que le daba una esencia incandescente, haciendo clara la imagen de sí mismo observándose desde ahí, atento a sus movimientos ondulantes, sincrónicos y a punto de entrar en un frenesí que de pronto se vio interrumpido por la pregunta que ese otro Francisco le hizo desde el umbral:

—¿Has comprendido entonces el significado de la letra? Has pasado toda la mañana repitiéndola…

La voz era profunda y clara, como un eco  amplificado y destilado por el viento que llegaba del otro lado del mar. Era la misma voz que había escuchado entre sueños y, al igual que en la noche, lo envolvía en un frío antinatural, que nada tenía que ver con la luz y el calor que resplandecía en cada mueble, cada pared, cada espacio que le rodeaba. Sobresaltado, detuvo las manos sobre las teclas, en una posición suspendida, y se quedó así unos segundos, sin atreverse a abrir del todo los ojos para mirar. Más que miedo —porque no podía tener miedo de sí mismo—, lo paralizaba la posibilidad de voltear y no encontrar nada; de estar consciente de que había escuchado y visto algo que no existía, y, entonces, confirmar algún tipo de enfermedad que se manifestaba en su mente y no en su cuerpo. Sin embargo, el frío permanecía atroz, pero sin atravesarle la piel. La voz volvió a intervenir desde la ventana:

—La enfermedad que temes no está en mí ni en ti, sino en quienes no escuchan sus sueños, en quienes se aferran a una sola visión e identidad, en quienes detienen los pasos de su destino.

—¿Eres acaso una proyección de mis pensamientos? —se atrevió por fin a contestar, pero sin mirarlo, mirarse, todavía.

—Si fuera tan sólo una proyección de tus pensamientos no podría decirte algo que no habías pensado. No. Soy la proyección de la voz que no te habías atrevido a explorar. Soy tu necesidad de darle nombre a las imágenes que llegan a ti de noche, desde los mundos que palpitan en tu ingenio y pensamiento; las voces que surgen  mientras caminas por la playa; mientras te sumerges en las aguas marinas y te dejas acariciar por los peces y las algas; mientras estás en el cine, o te entregas a la revelación de las notas que duermen en el piano.

—Pero… las voces, esas voces de las que hablas…

—No son sólo voces. Son palabras, palabras que vienen a ti y que no le dices a nadie. Palabras que se han estado guardando en tu sangre y espíritu, en los rincones de tu cerebro que exploran la noche, en la incandescencia que me ha gestado del otro lado del tiempo.

—¿Cómo puede haber otro lado de algo tan abstracto como el tiempo? ¿Y cómo puedes ser una incandescencia de sangre? ¿Cómo puedes ser parte de mí sin que te haya sentido antes? ¿Cómo sé que no me he desmayado y no eres más que una visión? Eso ya me ha ocurrido: he perdido la conciencia después de nadar durante horas, siguiendo a las barcas que salen de pesca rumbo a Roqueta, y mientras me encuentro perdido en esa especie de limbo blanco, surgen apariciones de seres de agua y de arena que me hablan, que me atormentan con su humus salino para no dejarme despertar, para que me quede con ellos dando vueltas en la marea, o incrustándome como los cadáveres de moluscos en los arrecifes… Parecen tan reales, como tú, pero sin tanta luz rodeándoles… Es el agua y la sal lo que les da forma y consistencia, lo que les da movimiento a sus miembros… y sus voces son burbujas que se rompen al contacto con el aire, conforme el oxígeno regresa a mi cerebro…

—Mírame bien, Francisco. ¿Acaso parezco ajeno a ti? ¿Acaso no te preguntas si la vida en verdad es sólo una; si los objetos y elementos que te rodean en verdad son sólo eso; si no tienen una historia oculta, que se manifiesta durante la noche, en un mundo paralelo a éste, donde nadie los puede ver o interferir en sus reglas? ¿Acaso no observas tu reflejo preguntándote qué pasaría si de pronto esa imagen en el agua o en el espejo se diera la vuelta y se perdiera en un camino que desconoces, al que sólo miras de lejos, porque no puedes cruzar e ir a buscarla mientras ves cómo se pierde, cómo te has quedado sin la certeza de ser quien eres, y que, quizá, la próxima vez que busques esa imagen reflejada aparezca una muy distinta a la que conoces, pero que sigue siendo fiel a ti? Bueno, pues mírame y dime si no soy esa parte tuya que vive contigo, pero que va y viene cruzando otras dimensiones.

Con mucho trabajo, casi obligándose a despegar los párpados y levantar el rostro dirigiéndolo al umbral de la ventana, Francisco Peláez confrontó la imagen de esa voz que era la suya, porque sabía que lo que había estado diciendo era cierto, porque a pesar de que su vida era tranquila y placentera, rodeada del ambiente acapulqueño, el cine, la música y una familia a la que amaba, había algo que le seguía faltando, algo que latía en él cada noche —sobre todo durante la noche— y que no sabía cómo llamar, cómo descifrar. Así que lo miró, y supo que el brillo en esos ojos que eran los suyos, estaban llenos del misterio que había estado buscando.

—¿Ya ves cómo no tengo que darte pruebas de nada? Estoy aquí porque tú estás aquí, y porque deseas saber cómo puedes ser lo que ves en mí.

—¿Y para eso es necesario el frío?

—El frío es parte de la noche de la que provengo; eso ni tú ni yo lo podemos evitar. Pero no deberías prestarle tanta atención. Mejor dime: ¿has comprendido el significado de la letra que te he revelado? Debes entender que no puedo decírtelo todo, que las respuestas también están en ti, en tu capacidad de cruzar al espacio de las palabras.

—Bueno… A decir verdad, lo único que no me ha quedado claro es el significado de Tario; el resto parecía brotar de mi boca con tanta naturaleza que era como si lo hubiera ideado desde hace años… Y esa palabra, Tario, también… pero no sé exactamente a qué pertenece, como si fuera parte de un secreto que ya me han contado, pero que no logro recordar.

—¡Exacto! Tario es parte de un secreto que te acabo de revelar. Tario soy yo, pero también eres tú. Y hoy decidirás, por fin, cuál de los dos mirarás la próxima vez que busques tu reflejo en la noche bajo el agua. Vamos, tenemos el tiempo justo antes de que la corriente se pierda.

—¿La corriente? ¡No te referirás a la Corriente Marina Ecuatorial que ha llegado a Icacos!

—¿A cuál otra, si no? Yo sé / tú sabes que eres un gran nadador, y que ya te has enfrentado a enormes oleajes y corrientes fuertes desde que llegaste aquí, incluso le has dicho a Carmen que te gustaría lanzarte desde La Quebrada, así que no hay motivo alguno para inventarse pretextos. Además, nadar guiado por la corriente no será lo más difícil que harás esta tarde… Y de una vez te digo que has cruzado una línea de la que ya no es posible regresar; olvídate de resistirte o arrepentirte: me estás mirando, y comunicarte conmigo es lo mismo que aceptar el sacrificio que implica ser Palabra.

—No, si de arrepentirme no hablo… sólo pienso que de nada servirá tratar de ser lo que quiera que signifique ser algo más si entro a una corriente de la que no voy a volver a salir. Entonces, sí, ni Palabra ni Nada.

—¡Basta! La sangre me hierve de oírte hablar así. El miedo no va con un hombre que ha de llamarse Francisco Tario. ¡Anda, es hora!

Francisco Peláez miró el reloj a lado de la puerta: las 3 de la tarde estaba bien incluso para nadar en Icacos; lo que no entendía era cómo había podido estar ahí, frente al piano, desde las 10 de la mañana, sin darse cuenta de cómo avanzaba el día alrededor.

Entonces comprendió lo que había dicho Tario sobre el tiempo: no es que no exista, sino que no hay uno solo. Tal vez era momento de saber en qué consistía esa parte de sí mismo que estaba ahí, fuera y dentro de él a la vez. Se levantó en busca de una camisa, el traje de baño y las sandalias que usaba para nadar en mar abierto.

Al no sentir más frío, volteó hacia la ventana y notó que Tario había desaparecido, pero ello, en vez de hacerle desistir, le impulsó a salir aprisa, como si la necesidad de encontrarlo de nuevo fuera lo único que ocupara su mente, que hiciera fluir esa ansiedad en las piernas y en su corazón.

Ya en el auto rumbo a la carretera, las palabras comenzaron a efervescer desde la boca del estómago, subiendo por el tórax, la laringe, la garganta y deteniéndose en la punta de la lengua hasta formar un bocado consistente:

Fassssijkhaila’nyrmaTario

El cuerpo del sueño

La mano del fantasma

La voz del que escribe

La noche del destierro

La noche del objeto sin su amo

La noche sin los hombres

La noche del mar dentro del sueño

Desbordándose en la voz del fantasma

En la mano del que escribe

Fassssijkhaila’nyrmaTario

 

3.

Las luces del faro no llegan hasta esta parte de la playa. Mis piernas tienen marcas y rasguños profundos, pero no me duelen. A momentos pienso que quizá he caminado por este dunerío desde hace años, escalando y bajando peñascos y arrecifes, atravesando pabellones de zarzas y espinos que no deberían formar parte de este paisaje, que nada tienen que ver con la arena marina y el agua de sal. «Estoy en Acapulco», me digo, y si estoy en Acapulco, no entiendo por qué hace horas que avanzo sin ver un cocotero, por qué la arena está tan fría, por qué parece que me hundo a cada paso; que fieras ultraterrenas encajan escamas puntiagudas en mis pies, tratando de desgarrar mis piernas hasta encontrar los huesos y destazarlos con sus dientes de barracudas infernales. He tratado de no perder el sentido mirando las huellas sobre la arena, esas huellas que quedaron como pistas la última vez que estuve aquí, y que por alguna razón incomprensible, siguen intactas desde entonces. Aunque, si lo pienso bien, aquella tarde yo traía las sandalias que uso o usaba para nadar, y estas huellas son de pies desnudos, hinchados de tanto andar, como los míos ahora. Ahora y entonces. ¡Dioses! ¿Qué ha ocurrido conmigo? ¿Por qué estoy aquí, buscando un cuerpo que ya no me pertenece, y arrastrando otro al que ya no pertenezco?

¿Por qué me dejé llevar a la Corriente Marina Ecuatorial cuando sabía que el mar no me iba a dejar salir de nuevo? ¿Por qué puedo ver los cangrejos y las tortugas dentro de sus cascarones bajo la arena, pero no soy capaz de encontrar el camino hacia ese pequeño ojo de agua que yo nunca hubiera encontrado en Icacos si Tario no me hubiera llevado hasta allá? ¿Por qué he despertado de la noche del sueño para desesperarme con esta angustia? ¿Qué haré si logro llegar ahí de nuevo? ¿Cómo haré que Tario me devuelva mi cuerpo y se quede con su esencia de fantasma?

—No, Francisco, no podrás. Te he traído de vuelta porque es preciso que veas a alguien.

—¡Tú! ¡Fantasma de la mano que escribe, invocador de los horrores nocturnos y los sueños! ¡Tú, Francisco Tario, regrésame a casa!

—Eso es imposible, Peláez. Tú aceptaste entregarte al agua, a la corriente, al ritual de transmigración. Te lanzaste al remolino como hipnotizado por la fuerza que emitían sus brazos marinos, y te dejaste envolver por ellos y sus colores aceitosos. Cambiaste tu carne por una esencia que sólo pertenece al mar, y me diste la fuerza necesaria para tomar forma, huesos, piel y una voz que convertí en palabra escrita. No perteneces más a este mundo, pero sí al tiempo, y a otro espacio.

—¿Estás diciendo que estoy muerto?

—No. No estás muerto. Te sacrificaste, que es distinto: mudaste tu cuerpo a otra naturaleza, y dejaste que la mía emergiera de la profundidad marina para dar vida a tus deseos.

—¿Mis deseos? ¿Acaso parece que disfruto estar aquí, perdido y cansado?

—No seas absurdo. Me refiero a tus deseos en aquel momento, cuando decidiste dejar hablar a tu nueva identidad; es decir, cuando decidiste que Francisco Tario hablara por ti.

—¿Y cuánto tiempo hace de eso? ¿Cuánto tiempo he abandonado a mi familia?

—No la has abandonado. Sigues / seguimos juntos. El problema es que Carmen ha descubierto que no estás ahí y ha salido a buscarte.

—¿A qué te refieres? ¿Cómo se dio cuenta? ¿Cómo que me está buscando? ¿En dónde?

—No entiendo muy bien cómo pasó. Habíamos / habías seguido como siempre, con ese amor invencible, incorruptible. Creo que el problema empezó cuando me entregué demasiado a la tarea de escribir y me fui alejando de algunos menesteres sociales, aunque acudía a las reuniones cuando había que acudir, e incluso las disfrutaba. En realidad, algo sucedió con mis / tus ojos… Empezaron a nublarse, a desencajarse de tanto atraer a las visiones para escribirlas, y ella lo notó. Un día, mientras yo tocaba el piano acompañando su lectura de uno de mis cuentos, se acercó despacio y puso su mano en mi hombro izquierdo, sabiendo que ése y no el derecho, como el tuyo, era mi fuerte. Entonces se me quedó viendo, serena, sin decir nada. Y mis ojos comenzaron a temblar, a tratar de contenerse y no desviar la mirada. Pero ella lo supo, me observó y lo supo, y después de preguntarme “¿Cuándo regresará Francisco?” salió de la habitación y la oí caer por las escaleras. Desde entonces ha estado entre el hospital y la casa, buscándote cada vez que me mira. Hasta que ayer, al oír la pieza con que la invitaste a bailar por primera vez, su corazón se detuvo, y supe que debía traerla a ti.

—Pero, si ella está muerta y yo no… No entiendo para qué la has traído…

—Su corazón se detuvo, pero su espíritu no se ha ido aún. Sólo que para verla y quedarte en el otro espacio con ella, tienes que aceptar una transmigración más: te daré la condición de fantasma con que llegué a ti la primera vez, pero nunca volveré a escribir.

—Un sacrificio para revertir otro sacrificio…

—Exacto.

—De acuerdo…

—De acuerdo, entonces. Ahora la traigo contigo, y tú y yo no nos volveremos a ver. Ha sido un gusto, Peláez; te sorprenderás en el futuro, cuando alguien comience a decodificar la belleza y el misterio de las palabras que hay en tus libros.

—En los tuyos, querrás decir, Tario.

—Bah, al final es lo mismo, sólo que desde dimensiones distintas. Es hora; Carmen está aquí.

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