Tierra Adentro

Como parte de nuestro número del agua, pedimos al fotógrafo Balam-ha’ Carrillo que se adentrara a lo que aún existe de líquido no entubado en el valle de México. En este portafolios vemos una inesperada relación del agua con los habitantes de la región más transparente.

 

 

Durante cientos de años los recursos acuíferos del valle de México han sido desperdiciados y contaminados. En la época de Tenochtitlán cuarenta y cinco ríos descendían de las montañas y volcanes para nutrir a los cinco antiguos lagos: Chalco, Xochimilco, Texcoco, San Cristóbal, Xaltocan y Zumpango. Actualmente sólo quedan el Zumpango y Xochimilco, tres manantiales y los ríos completamente contaminados o entubados.

Este trabajo fotográfico se centra en mostrar esos pequeños momentos de vida y belleza que pasan con el agua en la ciudad capital del país, desde la gente que se divierte en las fuentes del monumento a la Revolución, hasta las aves marinas que se ven en el Canal Nacional y en Xochimilco. Todas las imágenes fueron capturadas a escasos metros del ruido de los autos, donde el único flujo, también detenido, parece ser el de los carros.

Los cabellos de Ofelia ondulan como amas bajo el agua. Antes de que el vestido, a cada instante más pesado, termine de empujarla hasta el fondo del río, sus manos, que habían permanecido sujetas sobre su pecho, se desenlazan y todo su cuerpo se anemona en un vaivén apacible. El agua no tiene prisa, su tiempo no pertenece a este mundo. Dicen que si no te resistes es casi como un abrazo, el cuerpo recupera lentamente su memoria anfibia, los pulmones ya no duelen, recuerdan que el verdadero medio hostil es el aire. Ofelia se deja mecer hasta quedarse dormida, como una niña sobre el regazo de su madre.

 

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Autores
(Ciudad de México, 1984) es egresado de la Escuela Activa de Fotografía. Actualmente se dedica a su trabajo documental.

Los cruces entre literatura y música son de sobra conocidos. Hoy la música se articula a partir de procesos creativos digitales y multimedia, y la literatura, siempre expandible, es la columna vertebral y eje de este número de Tierra Adentro. Atahualpa Espinosa, Luis Arce, Bárbara González Miranda, Bartolomé Delmar, Paul Medrano y Osfabel Diteos Rendón, aproximan al lector al caos ordenado de la sinfonía popular, los gustos culpables, la alta cultura y la fama. A propósito del tema, en portada presentamos una ilustración de Juan Palomino, colaborador regular de estas páginas que recientemente obtuvo el vii Premio Internacional de Ilustración Feria de Bolonia-Fundación SM.

Como en cada número, acompaña a esta edición una crónica acerca de una convención celebrada el 14 de febrero sobre cómics y anime, una entrevista con Alejandro Magallanes que habla sobre el arte del diseño y su estrecha relación con la literatura, y una tira cómica de Rich Zella.

Cerramos con un cuento de Atenea Cruz, un ensayo de Diego Casas Fernández y poemas de Patricia Arredondo, Dominique Christina y Mariene Lufriú Rodríguez.

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Dossier

Pensar lo escuchado
Por Luis Arce
Orfeu Muracai, el duque tecnicolor
Por Bárbara González Miranda
Breves apuntes sobre «O Superman» de Laurie Anderson
Por Bartolomé Delmar
El mal gusto es mi señor, nada me faltará
Por Paul Medrano
Confesiones de un oído perverso
Por Osfabel Diteos

Crónica

Dual City
Por Luis Reséndiz

En primera persona

Alejandro Magallanes
Por Marianna Stephania

CUENTO

Un viaje
Por Atenea Cruz

ENSAYO

¿Desea guardar los cambios?
Por Diego Casas Fernández

POESÍA

Tres poemas
Por Patricia Arredondo
Cinco poemas
Por Mariene Lufriú Rodríguez
Karma
Por Dominique Christina

PORTAFOLIOS

B to B. Retratos documentales
Por Brenda Moreno

CRITICA: LIBROS

Sobre «Memorias de un hombre nuevo»
Por Eduardo de Gortari
Sobre «Mi nunca jamás»
Por Lauri García Dueñas
Sobre «Desmemoria del rey sonámbulo»
Por Rodrigo Círigo

FORMAS BREVES

¿De qué estás hecho?
Por Rich Zella


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Escribir poemas es tener pocas certezas. Aceptar lo indeterminado. No saber con seguridad lo que es un poema; de saberlo se llegaría a un punto muerto, el final de la carretera. Es posible, claro, guardar nociones, exigencias; cuidar que algunos elementos estén presentes en la escritura, pero tiene que quedar lugar para lo inesperado. Las poéticas que bus­can delimitar lucen desfasadas con respecto al tiempo que corre, ignoran el devenir de las sociedades y del lenguaje mismo. Se rompen la cadera y se pudren lentamente en el suelo.

Los imperativos marcan un círculo de tiza en el suelo del que escribe. Afuera está “lo que no es”, dentro “lo que sí es”. A mayor cantidad de imperativos, más pequeño será el círculo. ¿En dónde habrá más espacio para maniobrar?

Una estructura de corales. Peces amarillos rodeándola. Se mue­ven con gracia de arriba hacia abajo. Luego de observarlos por algunas horas, es posible adivinar cuáles serán sus próximos mo­vimientos. También hay peces rojos. Nadan en zigzag horizontal. Algunos brillan.

Bajando algunos kilómetros, habitan criaturas de grandes col­millos. Su apariencia es monstruosa. A diferencia de los peces que viven cerca de la superficie, su comportamiento es inespera­do (para nadie es un secreto que la luz determina la conducta de todas las especies). ¿Qué quiere decir esto acerca de la profundi­dad? ¿Qué sobre la escritura?

Lo vivo está en constante cambio. El poeta que se aleja de lo abier­to se convierte en taxidermista. Sus materiales son cadáveres.

¿Es naturaleza muerta? ¿Es decorativa? ¿Es inservible? ¿Es simi­lar a alguno de los siguientes objetos?

1. Ciruelas. 2. Flores de plástico. 3. Una concha espiral. 4. Pie­dras. 5. Un cuadro en el que un rectángulo gris y dos líneas negras representan un paisaje desolado. 6. Troncos medianos. 7. Una ca­beza de ciervo. 8. Fetos en formol.

¿Es posible que un dron haya tomado una fotografía de estos objetos cuidadosamente ordenados formando una enorme letra P sobre un terreno agreste?

La poesía no es si no es peligrosa, dice Bonnefoy. Limitarse a con­tar anécdotas, a describir estados de ánimo y a fingir que el poeta es una pira que arde arroja poemas tan peligrosos como conejos bebés. Hay que fabricar minas con el lenguaje. Elaborar estructu­ras conceptuales que luego sostengan construcciones complejas. Ensuciar las formas.

¿Traen la presencia de una ausencia? Entonces son fantasmas. Entonces gritaré cuando los vea. Sus ojos de círculo. Sus túnicas blancas. Voces. Me cierran la puerta. Me tocan los pies. Entran a mi cerebro a bailar. Cavo un hoyo en el jardín. Los guardo en una caja.

El poema no tiene que ser entendido forzosamente como un objeto monolítico, acabado, intocable. Mucho menos, creo yo, como un espacio sagrado. Me gusta pensar en él como una zona para realizar pruebas nucleares, aunque por lo general se parez­ca más a una sala de estar en la que todo está acomodado de for­ma aburrida, y el único riesgo posible es el de quedarse dormido en un sillón.

Para muchos poetas la corrección y edición del poema se tra­ta de un ejercicio de perfeccionamiento y domesticación: pulir los filos, ocultar la estructura, meter todo a la máquina de en­decasílabos, etc. La mayoría de los textos resultantes de este tipo de procesos me parece poco interesante. Tal vez se me acuse de consumidor de basura, pero prefiero siempre poemas imperfectos, ásperos, inestables. Prefiero esbozos y tachaduras. Palimpsestos.

¿Qué ocurre cuando llevamos a cabo un ejercicio de manipula­ción sobre algún poema que no es de nuestra autoría? ¿Arruina­mos o enriquecemos? ¿Destruimos o hablamos de una versión distinta a la que podríamos añadir nuestro nombre? Pound juega a ser Li Bai. Spicer a ser Lorca. Daniel Durand y Matías Heer tra­ducen al rioplatense a John Berryman. Todos ellos entendieron que el poema es potencia, posibilidad.

Un término muy utilizado en nuestros tiempos: actualización. ¿Podríamos aplicarlo a un poema? ¿Sería posible actualizar poe­mas para que recibieran dentro de sí algunos elementos que no estuvieron disponibles en el momento de su construcción?

Me comí

el polonio

que estaba

en el congelador

y que

probablemente

guardabas

para envenenarte

perdóname,

estaba delicioso

tan áspero

y frío

Alterar el poema de otro es explorar sus latencias. Poner en él una fuerza extraña.

En algunos casos, estropearlo todo.

Existe, por supuesto, la poesía fuera de la página. La poesía no escrita. Pienso en Jaap Blonk y en Arnaldo Antunes. En Ricardo Castillo. Pienso en impurezas. Poesía que en algún momento sa­lió de sus supuestos márgenes y se (re)encontró con materiales y medios que en apariencia le correspondían a otras disciplinas (experimentación visual, vuelta a la oralidad y al movimiento, apertura a los recursos tecnológicos). Los que busquen sólo be­lleza en su sentido más convencional es posible que no queden satisfechos. Los que busquen fuerza, extrañamiento y densidad tendrán más posibilidades.

Una pesadilla:

Me doy cuenta de que efectivamente la poesía se trata de una forma estática —y armoniosa— cuyo único objetivo es alcanzar lo bello y lo sublime. Entonces la mando a la mierda y declaro mi amor a la no-poesía. Gnomos de jardín eléctricos emitiendo sonidos guturales: no-poesía. Cráneos animales atados entre sí con hilos de seda: no-poesía. Estructuras metálicas gigantes que cambian de color siguiendo los patrones rítmicos ocultos en los Cantos de Pound: no-poesía. La no-poesía es al comienzo algo marginal, pero conforme pasan los años surgen miles de no-poetas que invaden las calles con sus artefactos y sus representaciones delirantes. Incluso un armadillo en un zoológico de Inglaterra hace no-poesía. Decido entonces escribir sonetos.

Midiendo

El libro del polvo habla del polvo verde, infinitesimal en las frondas de los helechos, la luz desperdigada de una vela, en la luz moteada intermitentes los cuerpos, reunidos en la luz solar, una cama de tarde cuya costura es el trabajo de ser, cómo cuando volteaste tus ojos sugirieron economías personales conocidas fuera de las palabras. Atrapada en el tiempo esta historia es un guiño al futuro cuyo pasado sigue reflejando cómo los orfebres que martillan oro y enhebran plata en la antigua Florencia habrían interrumpido su trabajo para fijarse en nuestros ojos incandescentes mientras pasábamos bajo su ventana.

Rasgo

Tu techo, cubierto de plumas de pájaros extraños, extintos en el catálogo, tu suelo de cristal y plomo, nunca hollado por pies, los ojos entran al mundo, caja de destellos y cordón, sombras en vez de significado en la oscuridad con ventanas –quién sabe dónde hará su nido el cisne imaginado si, avanzada la tarde, el sauce junto al cornejo se inclina hacia el hombre que se sienta en el pasto anegado y se pregunta qué significa tendedero en un siglo nuevo como la renuncia– carta vacía, sábana pálida donde la luz del sol desgarra la prisión acuosa de la tarde no eres un rasgo o una referencia, ni una bitácora al viento, eres el veneno en el trébol el despegue y el aterrizaje aquí, donde encontré tu respiración.

 

*Traducción por Aurelia Cortés Peyron


Autores
(Estados Unidos, 1952) es directora del programa de Escritura Creativa de San Francisco State Univesity. Editora de la revista New American Writing junto con Paul Hoover. Autora de seis obras de ficción y catorce libros de poesía, su poemario más reciente es Here (Counterpath Press, 2013). Fue ganadora del premio pen de traducción (2009) y acreedora de una beca del National Endowment for the Arts Fellowship en el área de poesía (2013).

dibujé un insecto en el suelo yo dibujé su pico y la parrilla de nieve dibujé joroba-piernas-ancla-tablero se movió dibujé insectos en el suelo y me miraron me llevaron a través del suelo porque ellos me aman miles

tengo poca confianza en mi pa un marinero él tenía verdaderos insectos en su piso su Hoover se rompió hace años él no tenía confianza

Mi ma limpia insectos de la pared no lo hace pero debería está en deuda hay fuerza en los números

soy un burro Mis padres fueron porno mis abuelos se bajaron en los basureros Thar perdió su dinero en parrillas de nieve y puños descubiertos si no estoy enferma dentro de la cerámica quién lo estará Mis padres son parrillas de nieve

un hombre hace a un hombre libertino cantar gastó todo su dinero en mujeres que bebían ginebra su sombrero botas abrigo tenían cañerías el alegre alegre bill es un océano sin descanso ¿Qué es lo que quiere ese hombre? cada año que es Essex olvido por qué las mujeres beben ginebra ella cosió su miserable diario en una almohada

¿pueden cobrar? ¿pueden cobrar? ¿pueden cobrar? ¿pueden cobrar? ¿pueden cobrar? ¿pueden cobrar? ¿pueden cobrar?

Un diagrama por un nuevo escritorio es un nivel de mejora y optimismo y cerámica con lo que me siento cómoda

por hacer/hacer

obra de acción performativa que sirve como performance de algún tipo de ciencia o arte también el performance de los signos que han dejado de hacer una operación para trabajar y laborar parámetros y entran en efecto al actuar para provocar una acción que en efecto es una ópera trabaja tu trabajo los sentidos quirúrgicos detienen una serie de movimientos y los sentidos militares una serie de movimientos y actos especialmente musicales trabajar fabrajar fregar trabajar talachear entrarle buscar aire versión social surge versión surgida seriamente trabajar a mano hecho a mano trabajando ahí y luego seguir para demandar mandar manar mano non mamón mona a una persona permanente que presione duro presione para evitar duro esta vez trabajar trabar tras traba tralala realizado por todos o por una sola persona cansada que intenta apretarnos seguro de presionar duro apretar para llegar al trabajo bajo traba rata rota que aprieta prieta pri pi presiona duro para obligar a trabajar jara araba ja-traba-baja-tra actividad ergo orgía órgano herramienta para ver amarrar asegurar exprimir vargas braga verga enemigo vra-bo vircan trabajo vitra vitros cazar vircan trabajo entran en efecto presionada por el trabajo urgente especialmente musical durante el trabajo y la labor y la presión unción excreción algo de trabajo producido en ejercicios extensos practicados para fabricar fabricar el poder en tal ópera trabajo por hacer con toda la potencia para hacer y hacer una ópera de 30 horas.

 

 

*Traducción por Rocío Cerón


Autores
(Colchester, Inglaterra, 1982) es poeta sonora e investigadora. Su trabajo experimenta con frecuencias del discurso, la canción y el ruido articulado. Fue escritora en residencia durante la dOCUMENTA (13).

Never tear us apart

El café de madrugada, de fondo INXS interpreta Never tear us apart, en tu viejo tocadiscos. ¿Quién le contó a esa canción sobre lo nuestro? Todavía huele a otoño, y a ti. La vida me mira por la ventana está nublado, nada se mueve, esta ciudad nunca tiembla, yo tiemblo a diario. Nada sucede. Nada calienta, en esta cama donde antes nos cabía todo el verano. Despiertas, como si nada y miras la vida por la ventana, Sé que no te quedarás. Sabes que no te detendré. Sal de mi vida si quieres, pero te advierto que afuera es invierno, y hace frío.

Tregua

No volver a preguntar. El día transcurre sin canción, he abierto las ventanas y el sol acaricia mi nostalgia. Tengo un libro nuevo. Afuera el viento vuela palabras viejas. Madre traerá la comida. Saboreo el café. Pienso en Victoria, y sonrío. La memoria me ha hecho una tregua.


Autores
(San Luis Potosí, México,1982) actualmente imparte la asignatura de Literatura infantil y creación literaria en la Benemérita y Centenaria Escuela Normal del Estado de S.L.P., además de desempeñarse como Directora Académica y es integrante del Cuerpo Académico.

Los aeropuertos guardan un sin fin de historias. Podríamos encontrar, por ejemplo, a aquella niña que corre, ingenuamente, para alcanzar a despedir a ese que quiere y le entrega dos cajitas de té. Los destinos pierden su importancia cuando los cuerpos que se alejan y se abandonan desaparecen en el mapa. Por ejemplo, estos lugares: Nueva Orleans, Pachuca, Xalapa, la misma Ciudad de México, podrían converger en un solo cuerpo, pero en el espacio de un plano cartográfico permanecen inmóviles, atemporales. A los puntos en un mapa les pertenecen los nombres de quien los habita.

Los mapas son abstracciones espaciales: imponen trayectorias y no se pueden trazar rutas alternas ni volver hacia atrás. Se dice que las auroras sólo tienen nacimiento en las zonas polares: norte y sur. Al norte, la aurora boreal; al sur, la aurora austral. Pero estos hemisferios son relativos. Quiero decir, aquel cuerpo que quiera emprender un viaje tendrá que trazar una ruta bidimensional para abstraer el camino a seguir. El pensamiento abstracto que dibuja un mapa nos encierra en escalas.

Luces del norte

Se suele decir que el invierno nace del norte, que Bóreas, el dios del viento frío es el padre de dicha estación. De aquí surge Borealis (FCE, 2016) de Rocío Cerón, donde emergen las figuras del viento y de la lluvia, y del frío que quema. Borealis es una ciudad fría.

Uno llega a esta ciudad como llega a cualquier destino desconocido. Sin quedarnos varados, las calles de Borealis surcan las luces que nos van iluminando y mostrando el camino. Cada verso, cada estrofa, cada parte que conforma este libro trazan líneas paralelas y perpendiculares que nos arrastran a un vacío casi infinito. Partimos de destruir la idea de los mapas como manuales, y así, cada principio de verso que nos plantea Rocío Cerón eclosiona en algún otro punto de alguna otra ciudad. Todas las ciudades convergen.

Admirar es otra forma de seguir. Seguir, instintivamente, algo o a alguien, es traficar con el significado del viaje. Viajar consiste en crear nuevas rutas de escape, de abrir las estrías en la tierra y volverlas a marcar con nuestras huellas. Estamparlas. Quebrarlas. Y Borealis nos ofrece todas estas posibilidades.

Ciudades que convergen

Volver y regresar no son sinónimos: el primero indica cambio; el segundo, estancamiento. En «Borealis (Airship II, 2012. 3:24)», primer poema de Borealis, «Efnistöku», «Trances» y «Coda» volvemos a una ciudad desconocida. Se nos presenta de cuerpo entero un nuevo lugar en el mapa donde prevalecen el silencio y la muerte, ¿dónde están todos esos hombres cuyos nombres no aparecen enunciados? «En esta ciudad hay otra ciudad, cerca, más cerca de lo que se piensa», dice Cerón. Y toda esta red de muerte se difumina con las palabras del viento.

Las rutas de escape que olvidamos trazar cuando empezamos a leer Borealis se rompen definitivamente en «Un punto de esa distancia» y «Cinco partes de una prosecución», donde las imágenes como tal se establecen pétreas. Se transportan, pues, estos signos del viaje en los versos de Cerón para quedarse guardados y borrarse, tal vez. Como lo blanco borra todos los detalles en torno a una ciudad fría o a un lugar lleno, tan solo, de neblina y lluvia, de tal manera que la diferencia entre el paisaje y el agua se hace absoluta, y el agua queda como algo profundamente desconocido, un agujero negro en el mundo.

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Borealis, de Rocío Cerón, se presentará el 12 de mayo en la Librería Rosario Castellanos (Tamaulipas 202 esq. Benjamín Hill Col. Condesa), a las 19 hrs. Con la participación de la autora, Abraham Chavelas (artista sonoro), Rubén Gil (artista visual), Verónica Gerber Bicecci y Susana González Aktories.

En tiempos recientes surgió un término (y también un movimiento) que designa el estudio —o, quizá mejor dicho, la revaloración, casi siempre positiva o laudatoria— de algunos directores, pertenecientes por lo general al cine de acción —o, cuando se ponían más abiertos, al campo del blockbuster. A esto —promovido al menos al principio por Notebook, la revista de la red social y de streaming Mubi— se le conoce como «vulgar auterism». Sus oscuros objetos de deseo son Tony Scott, Michael Bay, M. Night Shyamalan, Paul W. S. Anderson —no confundir con el mucho más prestigioso Paul Thomas Anderson, director de películas como Magnolia o There will be blood: Paul W. S. Anderson es el responsable de firmar Mortal Kombat, Resident Evil o Alien vs. Predator— o Justin Lin, entre otros. (Para ser justos, el vulgar auterism también considera directores de mayor prestigio, como el gran Michael Mann o la bienquerida Kathryn Bigelow; directores que, a la vez que se mueven con soltura entre grandes presupuestos y jugosas recaudaciones, cuentan con prestigio, entendido este como una mezcla de buena recepción crítica y premios o nominaciones a premios).

Por supuesto, nada hay nuevo bajo el sol, y se colige sin mucha dificultad que este movimiento tiene muchos paralelismos con el de la política de los autores de la revista Cahiers du cinema[1] que, nacida en 1954 en el ensayo «Una cierta tendencia del cine francés», de François Truffaut, inoculó la idea en la mayor parte de la crítica cinematográfica mundial del director cinematográfico como un autor único y reconocible. Cuesta trabajo dimensionar que en aquellos años, el cine de Alfred Hitchcock —quien sería emblema de los jóvenes críticos de Cahiers, a grado tal que Rohmer y Chabrol le dedicaron un libro, llamado Hitchcock a secas, y Truffaut viajó a Estados Unidos para entrevistarlo durante una semana y de esas sesiones extraer otro libro, El cine según Hitchcock —era considerado por un número abundante de críticos como mero entretenimiento de masas, puro cine de acción insustancial.[2] Fueron los críticos de Cahiers quienes propiciaron que el éxito de público de Hitchcock fuera acompañado de un reconocimiento intelectual, y de allí pal real: no solo se acercaron a Hitch, sino también a gente como John Wayne, cineastas que filmaban a granel y con una meta principal en mente: hacer dinero. En cierta forma, lo que el equipo de Cahiers logró —y, más en concreto, André Bazin, quien fundó y dirigió Cahiers durante largo tiempo— fue elevar al estatus de arte una disciplina tan manoseada —por el interés comercial, sí, pero también por el flujo de muchísima gente que trabaja en la misma obra— como el cine hollywoodense.[3] En cierta forma, el vulgar auterism hace lo mismo: lee el texto cinematográfico como fruto de la mente de un autor, en este caso, hurgando en la carrera de cineastas considerados como poco más —o poco menos— que orquestadores de explosiones y persecuciones.

Hay, sin embargo, otro rubro posible. Es lo que con escasa imaginación he venido a llamar blockbuster de arte (o blockbuster expresionista, o blockbuster de auteur. Me gusta más la expresión «de arte» porque creo que resuena con mayor precisión en nuestro lenguaje común. Existe el cine «de arte» —vaya, era una clasificación normal en las tiendas de video, y lo sigue siendo en lugares con venta de DVDs o incluso en servicios de streaming—: es aquel que también se conoce como «del circuito de festivales» o, como también se escucha en inglés, arthouse cinema, art movie o arthouse film). Con anterioridad he mencionado el término; ahora me propongo detallar su taxonomía. Más allá de juntar los significados de las dos palabras, creo que el blockbuster de arte presenta unos rasgos particulares que pueden servirnos para apoyar la idea de que es un subgénero por derecho propio:

1. En primera instancia está la forzosa inclusión del blockbuster de arte en el sistema hollywoodense: este sistema de producción determinará no sólo sus normas narrativas, sino también su presupuesto —que incidirá de forma directa en su campaña publicitaria y, en consecuencia, en su repercusión en la taquilla. Esto es sabido: un buen fin de semana de apertura en taquilla es difícil de lograr sin una musculosa campaña mediática previa; una musculosa campaña mediática previa es difícil de imaginar sin un presupuesto abultado que la sostenga; un presupuesto abultado que sostenga esa campaña es complejo de obtener fuera del circuito hollywoodense de producción. El blockbuster de arte occidental será hollywoodense o —difícilmente— no será.

2. La segunda característica tiene que ver con una clasificación común del cine, aquella que distingue entre «realismo» y «expresionismo». Primero imaginemos el cine como una línea recta en la que un extremo es el realismo—digamos: cine documental sin intervenciones, como Llegada de un tren a la estación de la Ciotat, de los Lumière— y el otro es el expresionismo —como algunos casos de videoarte, o las películas más experimentales de Andy Warhol—. El cine hollywoodense —o cine clásico, según el crítico o académico que hable del asunto— toma del realismo la coherencia, la secuencia lógica, la «ilusión de que el mundo filmado no ha sido alterado», para citar a Giannetti, pero también se permite tomar prestadas algunas dosis —poquitas, bien medidas— de expresionismo: secuencias oníricas, malviajes, musicales. Todo lo que se salga de la idea de un mundo «no alterado» puede clasificarse como expresionismo, y va desde cosas muy pequeñas, como la elipsis, hasta rasgos más invasivos, como toda la secuencia final de 2001: odisea del espacio. El cine de Hollywood suele encontrarse en una zona en medio de esa recta imaginaria. Sin embargo, creo —y aquí es donde me parece reposa el núcleo de la taxonomía del blockbuster «de arte»— que en los últimos diez años hemos contemplado un ascenso en el número de películas hollywoodenses de gran presupuesto —o sea: blockbusters— que se salen de la zona de confort de la recta entre realismo y expresionismo. Las películas que habiten en esta zona aún borrosa serían las correspondientes al término «blockbuster de arte».

3., y esto tiene que ver más con la recepción que con la obra, al menos formalmente hablando: el blockbuster de arte requiere de cierto prestigio que no posee el blockbuster convencional. De otra forma, es complicado pensar en un director hollywoodense, capaz de manejar grandes presupuestos y también de introducir propiedades discursivas o formales inusuales —ora en forma de una temática poco común, de una visión del mundo particular, o de secuencias cercanas al expresionismo— que opere con mayor libertad que sus colegas de profesión. La lista de incisos a tachar en el blockbuster de arte vuelven complicado que un director novato, incluso al mando de una película de gran presupuesto, pueda introducir ese tipo de discursos. Hace falta capacidad técnica, económica y visión suficiente para garantizar que una película de rasgos inusuales —en muchas ocasiones, incluso, parte de una franquicia— merece que le suelten doscientos millones de dólares.

La lista de directores o películas que pueden introducirse en el rubro de blockbuster de arte es, entonces, más bien pequeña. Hay, por supuesto, antecedentes; de todos los enlistables, el más notorio sería 2001: odisea del espacio, una cinta que más o menos cumple con todos los incisos: un director prestigioso, un presupuesto considerable —de 10 a 12 millones de dólares en 1968, equivalentes a unos 70 millones de dólares en 2016—, unos sustanciosos desplantes expresionistas (le juega en contra la taquilla, que durante el año de estreno no logró siquiera recuperar lo invertido, pero los relanzamientos han logrado una recaudación mucho mayor). No obstante, es una genealogía muy dispersa. Una película como El padrino no podría entrar en este rubro sencillamente porque es una cinta clásica hollywoodense que prácticamente carece de ingredientes expresionistas. Pasa lo mismo con otras cintas, como cualquiera de los blockbusters firmados por Steven Spielberg, Ridley Scott, James Cameron, Peter Jackson, Robert Zemeckis, Zack Snyder o cualquier cosa del Marvel Cinematic Universe, entre muchos otros nombres conocidos posibles.

No: el blockbuster de arte pertenece a una generación más joven de cineastas ya consolidados que han tenido el tiempo, la confianza y los recursos para experimentar en Hollywood, un sistema que no se caracteriza por su tendencia a la experimentación. Incluso entre carreras de directores es posible notar que no todas sus películas ingresan en la categoría: de Christopher Nolan, por ejemplo, tan solo Incepcion e Interstellar pueden incluirse, dado que sus filmes de Batman no muestran grandes desplantes expresionistas. De Edgar Wright, solo una película podría mencionarse: Scott Pilgrim vs. The World, una extrañísima película, casi milagrosa, que se despega a cada momento del realismo y la convencionalidad para ingresar en un terreno expresionista lúdico, extravagante, apoyada por sus casi noventa millones de dólares de presupuesto — noventa millones que, de igual forma a 2001, no alcanzaron a recuperarse en taquilla, aunque los buenos números de sus ventas en formatos domésticos hacen pensar que quizá en algunos añitos la cosa mejore para ella. Otra posible inclusión sería Alejandro González Iñárritu, quien con The revenant alcanzó una combinación envidiable de las características que definen al blockbuster de arte.

Nada de esto es demasiado extraño: ha sucedido antes. Los géneros transcurren primero engendrando normas, luego siguiéndolas con cierto rigor; de cuando en cuando, alguien llega con ideas revolucionarias y revienta el género desde su interior, renovando sus posibilidades mientras acata las mismas normas ya establecidas. Ha sucedido antes: pensemos en lo que hizo Fernando del Paso con Noticias del imperio y la novela histórica —un salto cualitativo que no se ha vuelto a igualar en todo este tiempo—, o lo que hicieron Alan Moore y Dave Gibbons con Watchmen y lo superheroico —felizmente, el superhéroe ha atravesado algunas renovaciones más—, o la forma en que Kaizo Hayashi reinventó el noir japonés con la trilogía de Maiku Hama —The most terrible time in my life, The stairway to the distant past y The trap—. En el caso del blockbuster, producto de un sistema de producción que genera cambios con una paciencia similar a la de la corriente de río que talla un guijarro, aún habrá que esperar a ver si en años venideros el subgénero fructifica o no. De momento, elijo verlo como un pasito en la evolución de las películas taquilleras, una muestra de la lenta pero constante adaptabilidad de sus propiedades: acaso sea el principio de un muy necesario refinamiento formal y discursivo dentro de los límites de un sistema que no siempre se distingue por esas cualidades.

 


 

 

[1] La política de los autores era algo así: «en esta revista adoptamos como política la de leer el texto cinematográfico como obra de sus autores» y también: «adoptamos la política de que los autores son reconocibles en los textos cinematográficos». Luego, cuando se pusieron a hacer películas, Truffaut, Rohmer y Godard siguieron con la «política», o sea, dejar su huella (de estilo y de tema) en la película. Es decir, al momento de gestarse en la revista, esa política aún no era «teoría». Eso pasó con el tiempo. Cuando llegó a Estados Unidos, el crítico Andrew Sarris la modificó y asentó en un ensayo, ‘Notes on the auteur theory‘.
[2] «La crítica americana y europea examinaba su trabajo con condescendencia, denigrando un film tras otro», afirma Truffaut en El cine según Hitchcock, al referirse a las películas de Hitch de los años cincuenta y sesenta.
[3] Escribe Bazin en La politique des auteurs: «Lo que hace que Hollywood sea mucho mejor que cualquier otro sistema no es sólo la calidad de ciertos directores sino también la vitalidad y, en cierto sentido, la excelencia de una tradición… El cine norteamericano es un arte clásico, pero, entonces, ¿por qué no admirarlo en su faceta más admirable, es decir, no sólo el talento de éste o aquel realizador, sino el genio del sistema, la riqueza de su siempre pujante tradición y su fertilidad cuando entra en contacto con nuevos elementos?» En esta sentencia es fácil excluir, entonces, a los diversos sistemas de producción cinematográfica del continente asiático, que sin embargo, presentaban y presentan muchas de las características que Bazin y el resto del equipo de Cahiers alababa en el cine hollywoodense. Para aquellos años, el cine de género oriental —con especial énfasis en el Japón de la posguerra— era ya un arte consolidado.

 


Autores
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.