Tierra Adentro

En 2005, Fernando Miranda empezó a edificar en Tijuana una torre que llamó la atención de vecinos, autoridades y curiosos. La construcción, sin embargo, no era de concreto, sino de basura. Entre colchones usados, televisiones viejas, llantas picadas e incontables objetos aparentemente inservibles, Pepe Rojo conversa con el improbable arquitecto de una ciudad que año con año se caía y reconstruía.

Es Tijuana, 2008, y la ciudad se cae en pedazos. Hay balaceras constantemente, y la lista de muertos no deja de crecer. Esto no va a acabar pronto. Estoy en la colonia Valle Verde, que nada tiene de valle ni de verde, rumbo al este, alejándose del mar. Estamos estacionados a una cuadra y media de la torre que Fernando Miranda lleva construyendo durante los últimos años. La torre se eleva por encima de las casas vecinas, vigas de madera y estructuras de metal que se hacen más estrechas conforme ganan altura. No es fácil entender la construcción, quizá por eso una tanqueta del ejército está parada enfrente de ella. Los soldados, enmascarados, la señalan mientras platican. Nunca es bueno estar junto a soldados o policías. En el carro estoy con Jonás, mi hijo, Cristina Navarro y Javier Blanco, estudiantes que me platicaron de la torre y que me trajeron a verla por primera vez. Me pregunto si fue una buena idea traer a Jonás, de brazos, a visitar a un loquito que construye una torre con basura en una colonia que no es exactamente la más tranquila en una ciudad en la que parece que no quedan zonas seguras.

Esto de visitar loquitos que se ponen a construir edificaciones extrañas en lugares alejados de los circuitos comerciales o en colonias marginales se ha convertido en una obsesión para mí. Me acabo de topar con la Montaña de la Salvación, un cerro technicolor con un gigantesco letrero que dice «God is love», y que Leonard Knight ha levantado durante treinta años sobre un terreno militar a la mitad del desierto del sur de California, sin luz ni agua. O las Torres Watts, la más alta de las cuales rebasa los treinta metros, y que Simón Rodia pasó construyendo también treinta años. Y digo loquitos no por cuestiones clínicas, sino porque sin ningún tipo de educación formal ni relación clara con el mundillo del arte, en condiciones adversas y en contra de cualquier sentido común, un día, así, de golpe y por decreto individual, empiezan a construir algo, lo que sea, porque así lo quieren o porque no pueden evitarlo o porque algún dios, inteligencia o voluntad divina se los ordenó, y en vez de ganarse la vida trabajando o robando, como el resto del mundo, dedican lo que les queda de vida a una construcción que, además, nunca termina de acabarse. Es un proceso y no una obra.

Me los encuentro, además, en un momento en el que estoy seguro de que no hay ni escritores ni artistas, sino vendedores de escritos y/o de arte, y en el que no tengo ganas de participar en un juego que me parece de muy mal gusto, con eso que decía Debord de que «el arte ya no es una profesión a la que uno se puede dedicar honradamente». Encontrarme en estos espacios que provocan reacciones poco comunes y con estos personajes que hacen cosas porque en realidad no pueden evitarlo y sin esperar recibir compensación económica, me devuelve la fe en la humanidad.

A estos tipos nadie sabe bien cómo decirles, ni cómo llamar a lo que hacen, ni los vecinos ni el grupo de personas que se dedican a estudiarlos; se habla de ambientes visionarios para referirse a los lugares y de habitantes-paisajistas para hablar de las personas. Y es que es muy difícil separarlos de su obra. Son personajes que generan el lugar en el que viven. Visitar estos espacios de estética inusual y a personajes que hacen cosas porque en realidad no pueden evitarlo, me permite sentirme vivo. Enterarme de que además de La Mona hay un espacio en construcción en Tijuana, ciudad a la que llegué hace dos años, me parece demasiada coincidencia como para no atenderla. Casi no hay lugares así en México.

La tanqueta con soldados se va y nos acercamos al lugar. Tras una barda ensamblada con planchas de madera abandonadas se levanta una torre de cuatro pisos, hecha de vigas y monitores, box springs y resortes de colchones, trozos de metal y hojas de plástico. De basura industrial. La diversidad de materiales y detalles no ocultan que es una torre de cuatro pisos. Cristina y Javier le gritan a Fernando y, después de un rato, sale caminando entre los escombros que rodean y alimentan la torre, torso moreno sin camisa ni zapatos, con barba larga y aire mesiánico. Me voltea a ver y pregunta: «¿Luis Rojo?», atinándole a mi apellido pero no a mi nombre, sino al de mi hermano, a quien conoció diez años atrás.
Fernando nos permite entrar y tomar fotos. Platicamos un buen rato. Regresaré varias veces a verlo.

Es Tijuana, 2012, y Fernando me dice que «la basura es un punto de vista». Que él anda por la calle y se encuentra cosas que la gente tira y con ellas construye su torre, que es como una especie de criatura mutante, casi viva, que cambia cada vez que la visito, con nuevos detalles, diferentes configuraciones, entradas y salidas. La construcción desafía las categorías tradicionales: ni bella ni bonita pero tampoco fea, ni funcional ni práctica pero tampoco inútil. Frente a ella no sabes qué pensar, ni tienes parámetros claros sobre cómo sentirte ni cómo juzgarla. Pero es única y tan sugerente como desafiante y atractiva. Su lógica y estética es de enredos y racimos, muéganos y entrelazamientos.
Siempre que visito a Fernando nos sentamos entre los escombros. Normalmente él navega descalzo, y yo tengo que fijarme de no pisar los clavos que se asoman por aquí y por allá.
La construcción desafía las categorías tradicionales: ni bella ni bonita pero tampoco fea, ni funcional ni práctica pero tampoco inútil. Él tiene cuarenta y seis años y es tan humilde —«todo lo que digo es una alucinación porque no tengo la certeza de nada»— como inteligente. Mitad ermitaño, mitad vagabundo y otra mitad extra de filósofo, cita a la Biblia (Apocalipsis 13:17: «y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre»), al mismo tiempo que habla de sublimación freudiana y me explica que rodea sus velas de espejos para aumentar los lúmenes. Sujeta su barba con unas ligas. Sujeta su vida con una torre.
Fernando tiene problemas con sus vecinos. Fernando no tiene trabajo. Bueno, trabaja un chingo, pero no está empleado formalmente. En su terreno tiene varias cosas que no es sencillo cargar por la calle, colchones que se alzan verticalmente como muros de la torre, monitores que sirven de ventanales y la parte de arriba de una calafia, de esos camiones que eran transporte escolar en el otro lado y que aquí acabaron siendo transporte público, convirtiendo a Tijuana, psicogeográficamente, en una escuela de quién sabe qué exactamente, pero en la que, aunque sea a madrazos, aprendes algo.
«La basura es un punto de vista», me dice Fernando. «El que dice que algo no sirve, no sirve», añade como corolario, orgulloso de su torre, de su instalación habitable que se vuelve comunitaria por el origen de sus componentes, de este monumento a nosotros y a lo que tiramos, a las camas en las que ya no dormimos, a las pantallas que ya no miramos.
Es Tijuana, 2009, y las cosas siguen de la chingada; la cuenta de ejecutados que anuncian a diario en la televisión ya pasó de los seiscientos. Fernando me explica que su esposa, cuando lo dejó hace nueve años, le dijo que era «un desperdicio humano», y que empezó a construir la torre para mostrarle exactamente lo contrario. Su esposa se fue con un hijo y dos hijas a las que Fernando lleva años sin ver. Eso le duele un chingo. Sus hijas salen a la plática constantemente. Celebra sus cumpleaños, aunque no me explica cómo.
Fernando me platica que su esposa lo dejó porque él era un adicto. Porque se metía mucho cristal. Porque él dejó un trabajo para que ella pudiera ocupar la plaza. Porque necesitaba un pretexto. Porque Fernando no tiene dinero, pero sobre todo, por las drogas. Porque hay drogas que te dejan trabajar pero hay drogas que nomás no te dejan y esas son ilegales. Porque Fernando dejó el alcohol cuando tenía que sacar su chamba como único empleado de un taller de serigrafía y el cristal le ayudaba más. Porque a la hora de la hora, ya sea crack, cocaína o marihuana, alcohol, tabaco o aspirinas, azúcar, harina o Coca-Cola, antiácidos o ácidos, ¿quién no necesita drogas para soportar este mundo?

pr3

Es Tijuana, 2009, y no puedo dejar de pensar en paralelos y patrones. Rodia empieza a construir sus torres en Los Ángeles cuando su esposa lo deja por problemas de alcoholismo. Art Beal construye Nitt Witt Ridge después de que Gloria, su pareja, lo deja. Beal era el recolector de basura de Cambria, California, y una buena porción de su casa está construida a partir de latas de cerveza. Edward Leedskalnin se dedica a construir su Castillo de Coral en el sur de Florida después de que su prometida huye.
No todos estos constructores siguen el mismo patrón, pero sí una parte considerable. Alrededor de los cuarenta años. Problemas de abuso de sustancias. Sueños o visiones. Una ruptura sentimental. Material descartado. La necesidad de hacer algo importante. Y la construcción empieza.
Es Tijuana, 1993, y nomás no para de llover. Es el cumpleaños de Fernando y para autocelebrarse se compra dos botellas de vino. Vive en el Cañón de la Pedrera. Discute con su esposa que lo encuentra borracho y se sale a caminar «como unos cinco kilómetros, rumbo a La Gloria». Cuando regresa, empapado, se asoma a la ventana «y veo el cielo bien rojo y así como que me dio un poquito de temor». Cuando despierta, el río está entrando por la ventana. Un boiler pasa flotando. No puede abrir la puerta. Carga a su hijo más chico, de dos años, trepa por un árbol y lo deja en el techo. Sube a su hija, de dos años, y a su esposa. El río se lleva una pared del cuarto que rentaba su madre, quien también logra salir, nadando. Son las peores inundaciones que han ocurrido en Tijuana.
Fernando y su familia se quedan sin casa, se vuelven beneficiarios de un programa para damnificados que les otorga el terreno junto a un préstamo de $5,000 para construcción. Al pagarlo, la propiedad se vuelve suya, y se mantiene suya, aunque tiene que «luchar todos los días contra la codicia y la incomprensión, porque hay quien dice que no lo merezco». Su esposa lo deja siete años después. Al pasar otros tres años, empieza a construir su torre.
Es Tijuana, 2011, y Fernando me presta un libro. Me cuenta que nunca sale a buscar material para la torre, sino que nomás lo encuentra. Que lo mueve una «necesidad existencial». Fernando es profundamente religioso, y no hay plática con él que de una manera u otra no involucre a Dios. Cuando le pregunto si el terreno es suyo, me responde «bueno, primero es del Señor». Fernando construye la torre sin un plan. Es como algo vivo. Lleva material a su casa y el material va encontrando un lugar, alzándose desde esta capa geológica de chicles y colillas, bolsas de supermercado, deshechos industriales y aparatos electrónicos obsoletos que le estamos añadiendo al planeta. El proceso es intuitivo.
Arriba, el techo de uno de los pisos de la torre de Fernando es una especie de tragaluz construido con varios monitores de televisión ensamblados en forma de mosaico. También una de las paredes es así. Son mi parte favorita de la construcción, y cómo no, si llevo toda mi vida viendo la vida a través de marcos, el de los lentes que me permiten ver, el de la computadora en la que escribo esto, el de la ventana de camiones, metros y automóviles, el de mi celular y el de varias de las miles de unidades que se construyen en las maquilas de esta ciudad, «meca de los televisores», y cuyos esqueletos abandonados acaban adornado la Torre, pantallas transparentes que transforman la luz del sol y que han encontrado una segunda vida aquí, sacudiéndose el sustantivo de basura, como los cadáveres de camas en las que ya no se puede descansar, pero que puestas verticalmente forman los muros del segundo piso de la torre.
Fernando me dice que hay muchas coincidencias. Me presta un libro que encontró entre la basura, The Planets, en inglés, que mezcla ensayos de astronomía con cuentos de ciencia ficción.
Dice que se acordó de mí con el libro, y por alguna razón no creo que él sepa que este asunto de la ciencia ficción lo produzco y lo consumo, y cómo no, si ando todo el día con una prótesis electrónica en el bolsillo de mi pantalón y mi identidad me acompaña en una nube, y meto constantemente en mi cuerpo nutrientes que vienen envueltos en plástico, además de que mi abuelita es un cyborg desde que le pusieron ese marcapasos que nomás no la deja morir.
Fernando me dice que recogió el libro porque encontró una ilustración que le recordó mucho a la torre que él está construyendo. Me la enseña. Un hombre con un casco pasea por una calle sin empedrar en la luna, junto a una construcción estrecha y alta, a medio construir o camino a convertirse en ruinas, sostenida por tuberías de metal y muros sin acabar. En lo alto, construida con vigas de madera, hay una especie de habitación romboide. Al fondo se ve el planeta Tierra. La ilustración es de Lebbeus Woods, que morirá el año que entra, conocido también como el arquitecto de la crisis y la catástrofe, creador de experimentos imaginarios y provisionales, altamente políticos, cuyos diseños no «pretenden desestabilizar, sino proveer estrategias de adaptación cuando ocurre la transformación». Crisis. Cientos de ejecutados. Basura. Narco. Monitores. Ciencia ficción. Y en la colonia Valle Verde, cuyas calles se llaman Sinceridad, Bien Común, Voluntad, Virtud, Esfuerzo, Trabajo y Decencia, Belleza y Bondad, una torre.

pr4

Es Tijuana, 2013, y es mi cumpleaños. Como no me ha ido nada bien, decido ir a visitar a Fernando, pues siempre me la paso bien, aprendo algo y me gusta ver cómo va cambiando la torre. Además, visitar este tipo de lugares se ha convertido en mi peregrinaje, como si hubiera otros dioses a los cuales rezar, otras manera de vivir, porque no a cualquiera se le ocurre dejar de hacer esas cosas con las que nos ocupamos y dedicar su vida a construir algo diferente.

Al llegar ya no hay torre, sólo un montón de escombros, amorfo, que forma un pequeño montículo en el terreno de Fernando, pedacera y retazos. No sé si se cayó porque a Fernando le fallaron sus cálculos, o si la tiraron con toda la mala voluntad del mundo. Si algo he aprendido de estos lugares es que son frágiles, y no por problemas de construcción, sino por el entorno en el que surgen. No sé si Fernando está bien o no. No sé si todavía vive ahí. No sé si todavía está vivo. No entiendo nada.

Como siempre que vengo a visitarlo, le grito. No sale. Lo vuelvo a hacer durante varios minutos. Uno de sus vecinos me oye, sube a su azotea y le grita. Me dice que ahí está. Después de un rato, Fernando aparece entre los escombros. Parece desorientado. Evita mi mirada, se ve flaco y débil. Se le nota la edad y el cansancio. Me platica que decidió tirar la torre. Que su mamá regresó enferma de Ciudad Juárez y que él le ofreció techo. Que su mamá vio la torre y le dijo que no le gustaba, que no le servía. Que tenía razón. Fernando parece desestructurado, su mirada va de un lugar a otro, nerviosa. Sin embargo, eso no le quita lo práctico. «No es lo que necesito ahora», dice. Está enojado. Me cuenta que los problemas con los vecinos van de mal en peor. Pasa del optimismo a la desesperación. «A veces dan ganas de matar», me dice, mirando hacia el suelo. También me dice que se la pasa «peleando contra nadie, con las voces que sólo yo escucho». No voltea a ver a la cámara cuando lo fotografío.

Al despedirme, pienso que puede ser la última vez que lo veo. Que no parece tener fuerzas para nada. Que se puede volver, ahora sí, loco. En la pobreza y la marginalidad. En que podrá haber muchas casas construidas con material rescatado, pero que ya no hay ninguna torre. En que una gran parte de estos ambientes acaban siendo destruidos, ya sea por los vecinos o las autoridades o la familia. En que todo arte es efímero, sólo depende de la escala de tiempo que utilices.

Es Tijuana, 2014, y Fernando me pregunta si he estado en un lugar completamente oscuro. Estamos bajo una loseta de cemento, donde Fernando ha cavado un hoyo, una especie de cueva en la que vive. Hace años dormía ahí, pero era mucho más pequeña. Ahora ya son dos habitaciones donde se resguarda de la lluvia y del sol. Para entrar, tiene que mover varias tablas, algunas decoradas con CD. Me cuenta que ahí abajo, en la noche, no puede ver ni su mano enfrente de su rostro.
Al llegar me doy cuenta de que el árbol que guarda la entrada del terreno está quemado. Fernando me platica que alguien le avisó en el parque que su casa estaba en fuego y regresó para encontrar a los bomberos apagándolo. Me platica que ha estado diciendo cosas que a ciertas mafias del vecindario no le convienen. Que por eso intentaron quemarle la casa. Me impresiona su tranquilidad. Me dice que por lo menos ahí abajo no tiene que escuchar el ruido de la calle y se puede dedicar a hacer música, aunque ya le han robado dos veces las mezcladoras con las que graba sus experimentos. Me platica que debe haber otras maneras de vivir, sin darse cuenta de que la vida que él lleva es otra manera de vivir, sin un trabajo fijo, reimaginando la manera en que habitamos y redireccionando el deseo de una comunidad que es hostil porque no hay diferencia entre construir un sitio y vivir la vida, porque la arquitectura no sólo es lidiar con un lugar donde el cuerpo resida, crear un lugar, de ser en él, de que te contenga, sino también una manera de lidiar con el otro, aunque a veces lleguen a quemar tu casa y que no hay muchos tipos que construyen una torre, fálica, porque una mujer les dice que son un desperdicio humano y luego la tiran porque otra les dice que no sirve para después meterse a vivir bajo la tierra, y distinguir música entre los ruidos a su alrededor en ese extraño iglú-búnker subterráneo que se ha construido, casi un útero, casi sepultado bajo los escombros de la torre que tiró porque ya no la necesita.
Es Tijuana, 2010, y estoy hasta arriba de la torre, abrazado de una viga. El viento me pega en la cara y me siento pocamadre. En la ciudad, las cosas no siguen nada bien, pero por lo menos hay gente haciendo cosas y saliendo a la calle a divertirse otra vez. El Colectivo Intransigente está leyendo poemas en cruceros, calafias y arriba de la catedral. El Grafógrafo se vuelve un punto clave de reunión. El Sonidero Travesura se avienta una serie de tocadas inolvidable en el Chip’s y el Cuatro Amigos, dándole un nuevo aire a la Sexta, que acabará convirtiéndose en el símbolo de cómo los tijuanenses recuperaron la noche.
Subir la torre no es fácil. Para empezar, no hay escaleras y tienes que caminar entre vigas que, siguiendo a Fernando, quien lo hace con una naturalidad difícil de imitar, te llevan hacia arriba en un andamiaje que es difícil navegar por primera vez. Cuando llegas al segundo piso, te das cuenta de que la estructura se mueve un poquito más de lo que esperabas y empiezas a pensar en qué pasaría si te tropiezas, o si una viga se suelta. En el tercer piso, la adrenalina te sube a la cabeza y tus movimientos son más lentos, tratando de asegurar el paso y no perder el equilibrio, pues el suelo ya parece muy lejano y puedes ver, allá abajo, las copa de los árboles. El viento te rodea. Seguir subiendo es un acto de fe en el constructor. Cuando llegas al último piso, sin techo alguno, el miedo se mezcla con el puro placer de llegar hasta arriba, y te sientes un poco más libre y un poco estúpido pero a pesar del riesgo ya llegaste a la parte más alta y tu vista se pierde en el horizonte, que te permite ver lejos en un día soleado, como lo son casi todos en el desierto de California, y uno no puede más que sentirse afortunado de poder tener ese tipo de experiencias y agradecido ante quien las propicia.

pr

 

 

pr2

Es Tijuana, 2000, y así como el milenio llega, la esposa de Fernando se va con sus hijos porque ya no quiere estar con él. Es Tijuana, 1989, la ciudad cumple cien años y Fernando llega desde Morelia, Michoacán. La ciudad lo deprime. Es Tijuana, 2005, y Fernando Miranda empieza a acomodar unas llantas y unas vigas porque se le ocurrió construir algo. En su cabeza flotan los dibujos de altas torres con princesas que su hija dibujaba. Es Tijuana, 2011, y Fernando me dice que no le gusta «estar en el lugar del loco frente a las autoridades». Es Tijuana, 1993, y el río empieza a entrar por la ventana. Es Tijuana, 2013, y Fernando se sube a lo más alto de la torre para desmantelarla.
Es Tijuana, 2015, y la única torre que existe está en mi disco duro, en mi cabeza, la de Fernando y sus vecinos, y la de cualquiera que vea las fotos que acompañan este texto. Es como un animal imaginario. Un ejemplar único, extinto, del que sólo quedan huellas. Cuando visito a Fernando, lo veo más tranquilo, aunque dice que «me pesa haberla tirado» y que «uno hace las cosas con plena conciencia de que es inútil». Acaba de construir un cuarto cerca de la calle, para apoyar a un amigo que «se encuentra en necesidades». Me cuenta que en algún momento la torre tuvo un techo, pues montó una alberca inflable hasta arriba, y la decoró con luces. Mientras tanto, la pila de escombros que había quedado de la torre empieza a reacomodarse. El terreno comienza a adquirir orden otra vez, y hay particiones hechas con pequeños muros de tierra y llantas. Otro espacio empieza a emerger, a tomar forma. Me cuenta que en la parte subterránea ya hay una tercera habitación, y que lo está pensando como cimientos. Fernando todavía no sabe qué va a pasar, pero ahí está, listo, para el momento en el que suceda.

 


Autores
Pepe Rojo (Chilpancingo, 1968) ha publicado cuatro libros: Ruido Gris, Yonke, Punto Cero, i nte rrupciones. Editó, junto a Bernardo Fernández, la antología 25 minutos en el futuro. Dirigió las intervenciones urbanas Tú no existes, Diccionario Filosófico de Tijuana y Desde aquí se ve el Futuro.

Hace más de quince años leí por primera vez a Jaime Sabines. La época de juventud. Concluía la preparatoria y mi modo de vivir, por decreto, tendría que 
volverse responsable. Algo importante llegaba a su fin 
con esa etapa, aunque en ese
 momento no lo supiera. Luego vino el inicio de una carrera fallida como arquitecto en la 
ciudad de Oaxaca y un primer taller de creación en el que se hablaba mucho de Sabines. El chiapaneco fue la puerta, una generosa, para entrar al hogar de la literatura. Recuerdo a una señora recitando «Los amorosos» de memoria, contándonos, emocionada, de su viaje a Chiapas y de su visita a la casa del vate. Los más jóvenes del taller nos sentíamos deslumbrados y entre cervezas, ya fuera del aula, conversábamos sin parar de poesía y, por supuesto, de Jaime Sabines.[1] Por las tardes yo visitaba la biblioteca y pedía un ejemplar de alguno de los recuentos. Después transcribía poemas en mi libreta (las computadoras y el internet eran un puerto lejano) y durante las noches leía a la luz de una vela, en mi cuarto de estudiante. Salvada la distancia del tiempo, he tenido la sensación de que aquellos textos eran sólo un puente hacia otras lecturas, que el chiapaneco, que parecía nunca agotarse, estaba desde el principio condenado a morir entre las experiencias de juventud de aquellos tiempos, con los dieciocho o diecinueve años que entonces tenía.

 

Deserté de la facultad de arquitectura sin saber muy bien hacia dónde dirigiría mis pasos. Un año después, luego de un empleo ocioso como dibujante en un despacho de arquitectos, me encontré en Cuernavaca, en un hermoso campus junto al bosque. Y Sabines volvió desde el primer semestre de la carrera en letras. La clase la impartía Javier Sicilia. Recuerdo el tono reposado de su voz cuando nos dijo que discutiríamos cuatro poemas fundamentales de la literatura mexicana: «Primero sueño», «Muerte sin fin», «Piedra de sol» y «Algo sobre la muerte del mayor Sabines». Dice López Velarde en «Un lacónico grito…»: «Siempre que inició un vuelo/ por encima de todo,/ un demonio sarcástico maúlla/ y me devuelve al lodo». Fue vergonzoso descubrir que yo era apenas un intento de lector (esa sensación regresa cada vez que trato de comentar un título recién leído). Fue vergonzoso saber que la literatura no se reduce a un par de nombres ni a escuchar canciones de Silvio Rodríguez en un bar de supuestos intelectuales.

No pude con Sor Juana. No la entendí: qué idioma extraño el empleado en aquel poema. Cuando se analizó en clase guardé un absoluto silencio. Barroco sigue siendo una palabra intimidante. Luego vino Gorostiza, que me ocasionó las mismas dificultades que la monja, a pesar de que su lenguaje resultaba más cercano. Un poco de claridad aparecía cuando Sicilia desentrañaba los versos (debo reconocer que algo profundo y conmovedor percibí en «Muerte sin fin», eso que llaman poesía y que no se puede explicar en términos concretos). Sucedió lo mismo con Paz, aunque en este caso, decidido, fui a la biblioteca para consultar algunos estudios sobre la obra del Nobel. Y la bruma disminuyó, pero me parecía un fraude tener que recurrir a otras lecturas para entender el peso de las palabras. Al final estaba Sabines y un poema extenso que yo desconocía: tengo presente la luz que iluminaba el cuarto esa noche de noviembre, el aroma del café sobre la mesa, el ruido de los grillos que entraba por la ventana abierta. Lo leí sin detenerme. Y me reconcilié con la literatura: el lado más humano de los libros habitaba ese enorme texto escrito con las vísceras, con la parte más dolorosa de la sangre. El primer comentario, en clase, lo hizo una compañera: «Duele». Una verdad tan sencilla como innegable. Y aun así al término del semestre me dispuse a escribir un ensayo sobre «Piedra de sol» porque (soberbia de juventud) pretendía explorar otras posibilidades y no sentirme menos que algunos de mis compañeros, quienes se quedaron con Sor Juana. No sé si alguien prefirió a Sabines.

Esa fue la etapa en la que empecé a menospreciar todo lo que tuviera que ver con el chiapaneco. Poesía fácil y cursi, afirmaba, con tal de afiliarme a una postura, en el fondo, desconocida para mí. Por alguna razón, quienes hemos estudiado literatura nos volvemos pretenciosos y tendemos a mirar el mundo desde una cima a la que muy pocos, pensamos, tienen acceso: creemos que lo popular es malo sólo por ser popular. Unos cuantos versos de Sabines bastarían para derrumbar nuestra insignificancia creativa: «Uno no sabe nada de esas cosas/ que los poetas, los ciegos, las rameras/ llaman “misterio”, temen y lamentan./ Uno nació desnudo, sucio/ en la humedad directa,/ y no bebió metáforas de leche,/ y no vivió sino en la tierra». Años más tarde, tras una borrachera en la casa de un desconocido, joven escritor seguramente, escuché el disco del célebre recital en Bellas Artes. En la resaca de esa mañana de domingo, un Jaime Sabines de setenta años leía la «Tía Chofi» con una voz dolorosa, gastada por el tiempo. Una voz que suena en mi memoria como el barro de un cántaro al quebrarse, de aquellos que en las casas de provincia sirven para almacenar el agua que beberá la familia, que guardan la frescura del líquido y un sabor reconocible a tierra «recién nacida». Y amé la profunda sencillez de esa poesía como en el primer momento. Es difícil, algo similar a lo que me ocurrió con Gorostiza, poner en términos concretos la emoción que provoca la obra del chiapaneco. Se siente como un adiós definitivo, como la soledad de un niño cuando intuye el significado de la muerte. Pero también como la calidez de unas sábanas limpias en una noche fría, como el aroma del pan que invade las calles desde la madrugada, como el viento que llega por las tardes y refresca las habitaciones de una casa.

Jaime Sabines podría ser ese puente del que hablé líneas atrás, pero es más que eso. Es el padre del cual, hijos ingratos, hemos renegado en algún momento de nuestro viaje. Cuántos no hay que se dedican a escribir en la actualidad por haberse topado a tiempo con «Los amorosos». En su nombre se cumple aquello que llaman predestinación: nació para ser poeta, uno verdadero, el más natural y, por esa condición, el que ha tenido y tendrá lectores aun cuando nosotros ya no estemos aquí para reconocerlos, jóvenes, en la banca de un parque, en el autobús o en la penumbra de alguna biblioteca.

[1]Un nombre más se sumaba a aquellas conversaciones: Ramón López Velarde. En el bar que frecuentábamos había un cartel con el poema «Y pensar que pudimos…».


Autores
Poeta. Autor del libro Oscuridad del agua (ISC, 2012). Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos (2004) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009- 2011). Actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico–Oaxaca.

Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: Lucero, luz cero, luz Eros, la garganta de la luz pare colores coleros, etcétera, y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen pinche piedra. Los primeros son los más afortunados. Siempre encuentran un crítico inteligente que escribe un tratado sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra y las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada. —De ellos es el Olimpo que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama.
Jaime Sabines

En una nota del primero de septiembre de 2010 que conmemora los sesenta años de la publicación de «Los amorosos»,[1] Javier Aranda Luna señala que estamos ante uno de los poemas más importantes de la literatura mexicana. El poema se publicó por primera vez en Horal, una plaquette que editó el Departamento de Prensa y Turismo de Tuxtla Gutiérrez en 1950; 
en este primer material el poeta reúne una serie de poemas con tema amoroso que compuso durante su primera estancia en la Ciudad de México.

El poema está compuesto por diez estrofas 
irregulares en verso libre,
 estructurado con figuras de
 repetición como la anáfora y
 el polisíndeton, es por ello que 
rememora el tono conversacional de ciertos discursos que son 
proferidos en primera persona desde
 el espacio privilegiado de la tribuna pública: y que representan la voz del poeta que
 es capaz de sintonizar el sentir de las multitudes y expresarlo en un discurso supremo.
El tema del poema es el retrato de un neo Don Juan sublimado por la idea del amor eterno. Este Don Juan dejará la corte para enamorar con sus metáforas y ocurrencias en las calles, las fonditas y los cabarets: un Don Juan medio venido a menos pero que no pierde su ansia de amor y que se reviste de una imagen que lo hace parecer vulnerable, tierno y acosado por el insomnio, «Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago».

El Don Juan de los amorosos se muestra vulnerable y es acogido por el plural del adjetivo «amorosos»; no es uno sino todos: muchedumbre. Quizá por eso sea uno de los poemas más importantes para aquellos que llevan rankings de los poemas más importantes de la literatura nacional, por la colectivización de una categoría un poco ambigua, «el amoroso», en el que se agruparán todos «los amorosos» que así lo deseen. Y quizá lo sea, también porque toca un tema ampliamente difundido en la tradición literaria hispánica, aquel que inaugurara Tirso de Molina en la figura del Burlador de Sevilla, obra en la que el Don Juan es castigado, y que posteriormente sería retomado con mayor condescendencia por diversos autores para componer óperas, novelas, cuentos; y ya en el siglo XIX, el clásico Don Juan Tenorio que compuso José Zorrilla y que se representa tradicionalmente cada temporada de día de muertos, incluyendo la variante representada por los cómicos mediáticos del momento, desde el ultimado Paco Stanley hasta el presentador Daniel Bisogno. También puede que este poema del joven Jaime Sabines sea uno de los poemas más importantes, por las muchas ocasiones en que es rememorado para hablar del amor desde los programas televisivos hasta las estaciones de radio en los que se difunde esta definición: «El amor es el silencio más fino, el más insoportable». Quizá, lo importante del poema venga entonces de su popularidad y de su cercanía con la cultura mediática y la reivindicación de los valores que enaltecen la figura de un Don Juan amoroso.

En una entrevista realizada por Gabriela Atencio, Don Jaime Sabines dice: «Nunca me he considerado un Don Juan. Gregorio Marañón, gran psiquiatra y escritor español, escribió un libro sobre Don Juan y Casanova, en el que establece las diferencias entre ambos. Dice que ambos son enamoradizos, les encanta andar de una mujer a otra, pero Casanova pretende la eternidad amorosa». Cosa que está muy bien dicha, salvo por un detalle: el Don Juan es un personaje literario y Casanova es primeramente un personaje histórico, y ponerlos en el mismo plano y extraer de ellos perfiles psicológico-sociales parece un método poco ortodoxo. No obstante, Don Jaime Sabines explica que su visión y su actuar
 amoroso toman ejemplo de 
ese personaje emblemático: «Es lo que he sido yo, que he pretendido el amor, por eso digo en los amorosos, que “van entregándose, dándose a cada rato”. El amor es lo último, lo eterno, lo permanente. Pero al mismo tiempo, como también expresó en ese poema, “los amorosos se ríen de los que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite”». 
Ese juego con la ambigüedad del amoroso, que por un lado busca el amor y por otro se burla de los que creen en él, es uno más de los rostros de este personaje anclado fuertemente en los valores que enaltecen la amorosidad masculina, tanto como encumbran la castidad y virginidad femenina, como en el poema a la tía Chofi:

 

Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre tu catre, estúpidamente muerta.

 

O que en otros casos, como en ese panegírico «Canonicemos a las putas», donde mediante la jerga eclesiástica el poeta elogia y exalta un imaginario acerca de la generosidad, la voluptuosidad y el bien colectivo que la prostitución ofrece a la sociedad; aunque muy osadamente, porque en ningún momento considera las implicaciones económicas y sociales que se desprenden de un negocio en el que la mayoría de las ocasiones se ejerce violencia contra las mujeres involucradas y que de lo enunciado en el poema se desprende que son alimentos, mercancías:

En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan.

Porque para el lenguaje de la época era de gran osadía decir claramente lo que se pensaba, poner el tema sobre la mesa y decir lo que los demás, hombres poderosos, hubiesen querido decir con gracia. Esa franqueza del discurso sabiniano es quizá lo que más se alaba de sus poemas, que podía decir lo que le viniera en gana sin ninguna corrección política, puesto que su franqueza consistía en alabar los valores establecidos y poetizarlos; por eso se llamaba a sí mismo el escribano de la vida, y por el hecho de que su poesía no implicaba ningún ejercicio intelectual, de lo que él mismo se enorgullecía como en el poema que sirve de epígrafe a este texto.

Jaime Sabines fue un autor alabado, premiado y reeditado; la edición de su obra en Lecturas Mexicanas en 1986 tuvo un tiraje de cuarenta mil ejemplares, y sus poemas llenan páginas de libros de texto, parabuses y vitrinas en el metro de las multitudes. Don Jaime Sabines nunca dejó de pertenecer a aquel salón de la fama del que renegaba. El mismo Javier Aranda señala: «Tal vez por eso el nombre de sus lectores es multitud, legión, muchedumbre»; no porque cuestionara los valores de su época, sino por formularlos con franqueza y osadía.

[1]http://www.jornada.unam.mx/2010/09/01/index.php?section=opinion&ar ticle=a06a1cul, consultado el 30 de enero de 2016.


Autores
(Ciudad de México, 1977) escribe a escondidas en la oficina donde trabaja. Ha escrito algunos libros, poemas y ensayos, el más reciente, ¿Cómo en una lengua precisa, anémona? fue laureado con el Premio Clemencia Isaura, 2018.

Jaime Sabines se convirtió en las últimas cuatro décadas del siglo xx en el poeta mexicano más leído. Fue un escritor que logró penetrar a través de sus versos en el gusto literario de miles y miles de personas, que llegaron a saber (y saben) sus versos de memoria. Sus lectores rebasaron las butacas de salas como el Palacio de Bellas Artes y la Nezahualcóyotl de Ciudad Universitaria, para escucharlo decir sus poemas; multitudes que, desde pantallas gigantes en las explanadas de ambos recintos, celebraron al poeta cuando cumplió setenta años en 1996.

Este 2016 Sabines estaría cumpliendo noventa años, y aunque en su poesía los temas fueron la soledad, el paso del tiempo, la muerte
 o la condición humana, sin duda sus versos de amor siguen siendo los escogidos por sus nuevos y jóvenes lectores que, aunque no conocieron en persona al poeta, lo citan de memoria. En el mundo de lectores digitales que impera, las redes sociales están colmadas de versos y frases que dijo Sabines; una veintena de cuentas en Twitter y otro tanto en Facebook llevan su nombre o el de alguno de sus libros, para repasarlo o, incluso, simularlo.

En los fragmentos siguientes tomados de mi libro Jaime Sabines. Apuntes para una biografía, a partir de una entrevista que se transformó en una conversación a lo largo de diez años, el poeta cuenta sus primeros pasos como creador y las influencias literarias en su juventud.

La única fuente de cultura en mi casa fueron los libros; no solíamos escuchar ópera, música clásica o cosas así. La cultura y mi formación intelectual vinieron únicamente a través de mi padre, los libros y la vida misma. En secundaria y preparatoria me dio mucho por leer; acudí a infinidad de literatura pero la influencia mayor que he tenido fue a través de mi padre: su conocimiento de la literatura oriental me ayudó a llegar a las raíces de todo.
 En el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, donde estudiaba la secundaria, hubo un concurso de poesía y declamación por el día del maestro, y mi hermano Jorge, que era el que escribía, me dijo:
—Participa, yo te escribo el texto.
Escribió una prosa de una cuartilla y media, y me ordenó:
—¡Mándalo al concurso!
—Tú no puedes participar, es sólo para estudiantes —le dije.
—Lo sé, mándalo con tu nombre —me respondió.
Me negué a hacer eso, era una farsa. Sin embargo en la casa mi mamá y todos insistieron en que lo enviara porque yo, por estar en la escuela, podía concursar y Jorge no. Así que acepté con la condición de hacerlo con seudónimo: Jaisab, que tenía las primeras letras de mi nombre y apellido. El poema se llamaba «Fugas», hablaba de amor, ¡y salió premiado con el primer lugar!
Así fue como a los catorce o quince años empecé a tomar en serio la escritura; me vi en la necesidad de hacerlo porque había ganado un premio sin haber escrito nada. Me obligué a escribir: ¡todo mundo esperaba lo que escribiría en seguida! No es que supiera que iba a ser poeta; en ese momento quise ser poeta. No creo en los poetas de vocación, creo en los poetas del destino, creo que la poesía es como una maldición o como una bendición humana que nos salva del diario morir.
Al principio, la poesía, para mí, era como un juego, no era la necesidad de la escritura, la cosa compulsiva de escribir; digamos que de alguna manera mis inicios en la poesía fueron espurios. Era decir: «Bueno, soy poeta y escribo», y escribía versos a la manera tradicional. Desde Tuxtla conocí las formas clásicas e hice poemas como ejercicios. De eso no me arrepiento. Lo he pensado siempre: cuando ya puedas escribir un soneto y esté bien hecho, entonces debes entrar al verso libre. Ningún poeta tiene derecho a menospreciar un soneto si no es capaz de escribir uno. En un buen poema debe haber mucha disciplina, trabajo, oficio y conocimiento, pero todo eso no se debe notar. Siempre se ha dicho que el poeta nace, no se hace, y yo siempre he pensado que el poeta nace pero además se hace, y se hace con base en el trabajo, la disciplina; con base en el rigor. Para aprender a nadar hay que echarse al agua y para ser buen nadador hay que hacerlo todos los días.

js2

Mi vida cambió enormemente en 1945 al estudiar en la Escuela de Medicina de la UNAM, que estaba en Santo Domingo, en el centro de la ciudad. Ésta fue mi mayor tragedia. Realmente considero que en esos años me hice poeta; ahí escribía como loco. En la universidad uno dejaba de ser Jaime y pasaba a ser un número de cuenta: 55096 era el mío. Iba a la Facultad de Medicina que estaba en la esquina del parque de Santo Domingo, justo en lo que era el antiguo edificio de la Inquisición, que para mí siguió siéndolo los dos o tres años que ahí estudié.

Es justo cuando estudio medicina que me hago poeta de verdad: en la hoguera o, digamos, en las brasas. Compraba unas libretas muy grandes, y no había noche que no me pusiera a escribir. Escribía páginas y páginas. Nunca salió un buen poema, desde luego. Pero sí agarré el oficio en esos años, porque escribía por necesidad. Cuando me sentí obligado a verme y hablarme de mí mismo, de mi gran soledad, de mis angustias, mis dolores, mis esperanzas, mis sueños, cuando sentí el contraste con la ciudad que me apachurraba todos los días en la escuela, me sentí poeta. Aunque, qué curioso, no escribí un solo poema bueno en esos años. Desde el principio tuve una gran conciencia autocrítica: me daba cuenta de que lo que escribía era a la manera de fulanito de tal y no de Jaime Sabines.
Estaba tan solo que comencé a leer muy en serio la Biblia. Era mi libro de cabecera, la tenía en el buró y acudía a ella buscando consuelo a la soledad, a la angustia, a los sufrimientos que uno tiene de joven. Yo no buscaba en ella un sentido religioso, sino el consuelo humano, por eso mis pasajes predilectos eran el libro de Job, el Eclesiastés, Salomón, los Proverbios, el Cantar de los Cantares, Ezequiel y los Salmos que son poesía pura, que hablan del dolor y la impotencia humanas. La Biblia que leía era la de los protestantes, la versión de Casiodoro de Reina, porque no te seduce los oídos como la de fray Luis de León, sino que te seduce el alma; y eso es peor. La influencia de la Biblia fue decisiva no en el sentido formal de mi escritura, pero sí en mi formación espiritual.
En un principio leí de todo. Mucha literatura rusa, en particular de Dostoievski, de quien hasta la fecha me encantan todas sus obras: Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo… Es el autor ruso al que más amo, incluso por encima de León Tolstoi. Una vez cayó en mis manos la primera novela larga que escribió, Humillados y ofendidos; la comenzó cuando tenía veintiún años. Pensé: «Me voy a decepcionar porque era muy joven, pero la voy a leer». ¡Qué va!, en la página veinticinco estaba llorando. Antes ya había leído a Balzac y a otros, franceses, rusos, alemanes. También al gran narrador William Faulkner, el único estadounidense modernista que siguió la tradición experimental de James Joyce. Faulkner fue un escritor muy influido por la Biblia y los Evangelios; ahí está su colección de cuentos Desciende, Moisés.
En esos años también encontré el maravilloso libro sobre el creacionismo de Vicente Huidobro y su teoría de hacer un poema como la naturaleza hace un árbol. Descubrí a Huidobro y a sus seguidores. Junto con él estaban Eduardo Anguita, Volodia Teitelboim, Pablo de Rokha, Ángel Cruchaga Santa María y otros grandes poetas chilenos, a los que lamentablemente la figura de Neruda hizo sombra y no fueron tan conocidos; pero eran muy buenos poetas.
Comencé a leer a otros autores que me hicieron abrir mis horizontes de la poesía latinoamericana en general. Leí a Edgar Allan Poe, a Walt Whitman y su Canto a mí mismo, Hojas de hierba, que nunca me influyó, me parecía demasiado oratorio. Lo contrario me sucedió con Charles Baudelaire. Encontré una versión de Las flores del mal que era pésima. «¿Qué porquería de libro es éste? ¿Cómo es posible? ¿Por qué es tan famoso este maestro?», me pregunté. Cómo puede hacer daño una mala traducción; es infame que traduzcan mal un libro. Un año estuve enojado con Baudelaire. Y al año siguiente me cae otro libro, Los pequeños poemas en prosa, y me maravilló. Entonces ya fui a buscar otro ejemplar de Las flores del mal, bien traducido; y me encantó.
También fue determinante para mí un libro de Aldous Huxley, La filosofía perenne, que era todo el pensamiento místico oriental. He tenido lecturas que me apasionan, como es el caso de Tagore, es uno de mis grandes maestros: me fascina por su sinceridad, por su ternura; posee un elemento al que yo aspiro: la profundidad de la poesía oriental. Lograrlo ha sido mi meta. Pero no podría decir cuál es el poeta que prefiero. Es una cuestión bastante difícil de responder porque amo a Shakespeare, a Goethe, a Dostoievski.
Amo a varios escritores que me dieron mucho. En la vida creo que uno llega a amar precisamente a aquellos con los que se identifica, que te dan pan y sal todos los días. Aquí en México, Juan Rulfo es un poeta aunque haya escrito prosa, cuentos, novelas: la poesía está más allá de la forma de un texto.

 

Estudié medicina tres años en los que sufrí horriblemente porque no quería engañar a mis padres; sobre todo a mi padre, quien, según yo pensaba, debía tener mucha ilusión de ver a un hijo médico. Pasaron tres años y no aguanté más. Hasta que un día que me fui de vacaciones a mi pueblo le dije al viejo:
—Voy a terminar la carrera, voy a traerte el título y lo voy a poner en la pared de la casa, pero nunca ejerceré la medicina.
Se lo confesé en medio de una tensión contenida por años. Él me oyó con mucha calma y me comentó:
—Hijo, no te preocupes. Si quieres, estudia otra cosa. Lo que quieras ser nos dará mucho gusto.
Fui a mi cuarto y me puse a llorar como un muchachito, a grito pelado, convulsivamente. «¿De qué sirvió tanto sufrimiento?», me dije.

En 1949 decidí volver a la Ciudad de México, ahora para estudiar la licenciatura en Lengua y Literatura Castellana en la Facultad de Filosofía y Letras, en ese espléndido edificio de Mascarones; y me sentí como pez en el agua, sabrosísimo. Ahí me quedé tres años y me puse a escribir como Jaime Sabines. Estaba feliz. Entonces comencé a escribir mi primer libro: Horal.
Cuando empecé, mi práctica era escribir un poema casi todos los días. Escribía por las mañanas, por las tardes me iba a la escuela, y en las noches me ponía a leer. Entonces era leer y escribir ya sin temor a las influencias, ya había encontrado una voz propia. Llenaba libretas, escribía a lo bestia. El poemario que se publicó no es ni la quinta parte de lo escrito. Las correcciones de mis poemas siempre fueron simultáneas al acto de la creación. Estoy escribiendo y si hay una palabra que debo sustituir, me doy cuenta inmediatamente. A veces, horas después de haber terminado un poema, cambio o elimino un artículo, una palabra, pero nunca releo para rehacer un poema. Siempre creí que sería inauténtico corregir un poema después de tres meses. Sería una labor intelectual que desvirtuaría la naturaleza misma del poema. El poema es un retrato. Si soy fluyente, cambiante, no tengo derecho a corregir al Jaime Sabines de hace tres meses o tres semanas. No somos el mismo. Lo único que solía hacer algunas veces era dejar reposar los poemas para, si era necesario, cortarles el cuello por completo.

Ya de viejo, muchas veces me han visitado jóvenes poetas y me preguntan qué consejo puedo darles. Siempre he recomendado dos libros: Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke, y la biografía de Goethe, Poesía y verdad. El mejor consejo que daría a un joven poeta es que hable de lo que conoce, de lo que tiene en sus manos, de lo que ya es vivencia para él; eso es un requisito indispensable: el poeta no debe andar inventando, la poesía no es invención, es un testimonio de la vida.


Autores
(Ciudad de México, 1966) es coautora, con Alejandro Toledo, del libro de entrevistas a escritores Creación y poder: nueve retratos de intelectuales. Obtuvo el Premio de Periodismo Rosario Castellanos. Actualmente colabora en diversos medios culturales, y creó la agencia de prensa y difusión Cultura en Bicicleta.

Por muchos años he caminado sin prisa, saltado, paseado, corrido y echado un vistazo al Belfast que aparece en la obra de Ciarian Carson. Incluso tomé el autobús un verano con la esperanza de encontrarlo; deteniéndome en el Ulster Museum para ver los grabados biográficos de John Kindnesses, Belfast Frescoes, los cuales inspiraron el texto de Carson. Por desgracia estaban en préstamo en ese momento. Obviamente nunca encontré el Belfast literario; se hallaba donde siempre: en el librero de un departamento en Dublín. Sin embargo, Carson estaba aquí; lo vi sentado en una mesita del John Hewitt Bar. En ese momento me encontraba tan intimidado que fui incapaz de acercarme a él. Dejé la ciudad a la mañana siguiente.

Como verán, nunca hablábamos sobre Belfast en casa. Nada de Sinn Féin o del SDLP, nada del Acuerdo Sunningdale, ni las cinco demandas de la Huelga de Hambre de 1981, mucho menos de las desapariciones forzadas. En cambio, Sky News nos transmitía la primera Guerra del Golfo; a un Norman Schwarzkopf en pantalla con sus botas diseñadas para el desierto, rodeado de un bosquecillo de jóvenes soldados atentos a él.
Después descubrí a Carson:
 
Tan pronto como el escuadrón antidisturbios se instaló, llovieron signos de exclamación,
Tuercas, tornillos, clavos y llaves de coches. Una fuente de tipos móviles rota. Y la explosión
Ella misma –un asterisco en el mapa. El guión, una ráfaga
de fuego rápido…
Belfast Confetti»)
 
Este confeti de tuercas, tornillos, tejas, signos de exclamación y notación en staccato, explota de la página cada vez que se abre el libro. Carson nos ofrece la ciudad, nos alimenta con su traducción de ella, «danos hoy nuestra lectura de cada día». Su urbe literaria bordea las fallas geológicas y quema las calles de Belfast, toma curvas cerradas y accesos escondidos, recónditos. Confiamos en él. Tenemos que hacerlo, pues es el único que puede llevarnos de vuelta a casa. ¿Me entienden?
 
Te vieron
de nuevo. No. 100. ¿Dónde es eso?
Una vez más, ¿dónde vives?
¿Dónde vives ahora?
¿Dónde es eso?
Sí, sé que no está ahí más.
Sólo dime qué estaba ahí.
Te vieron.
Question Time»)

 
Puedo imaginar un interrogatorio similar a William Tyndale en 1536 luego de haber sido arrestado por herejía. Su crimen fue la traducción que hizo de la Biblia, del hebreo y griego al inglés. Tyndale, asesinado por estrangulación y quemado después, claramente fue un filólogo ejecutado por decisión propia. Cierra el prefacio de su Pentateuco reconociendo que podría haber errores en su trabajo; de hecho alienta a destruirlo si alguien encuentra una error en él.
Aunque los católicos españoles tenían una Biblia vernácula en castellano desde 1569, no fue hasta el Segundo Concilio Vaticano de 1965 que se permitió celebrar misa en dicho idioma. El Concilio también norma que el sacerdote oficie frente a sus feligreses sin darles la espalda, versus populum, hablándoles con un lenguaje que comprendan. Muchos poetas irlandeses nacidos en los cincuenta y los sesenta, entre ellos Carson, citan la misa en latín como la primera música que llamó su atención; es decir, la melodía que impulsó y sedujo su oído poético. A partir de ahí muchas generaciones obtuvieron el sentido litúrgico, pero perdieron la musicalidad de éste.
La traducción es un asunto quijotesco, resulta común perderse en el mundo fantástico del sonido, equivocarse y, en mi caso, pedirle al barman otro beso en lugar de otro vaso —o como sea que se llame en lo que estaba bebiendo—. Atraído por la calma de los molinos, acercándome tanto como me lo permiten las hipnóticas astas, imagino a un gordinflón Sancho Panza montando con un par de volúmenes de María Moliner en cada costado de su burro y el diccionario Collins español-inglés en su espalda. El traductor es un caballero andante fuera de sí que cabalga de cabeza entre la inmensidad de la poesía española y latinoamericana.
Quizá está lloviendo y uno se encuentra en un aguacero extranjero, o mejor, una tormenta, como Juan Gelman lo sugiere en Bajo la lluvia ajena; silenciado por el exilio, con una mandíbula migrante que, dislocada, está en otro país. Traducir los poemas de Gelman me ha sumergido una vez más en los demonios de mi propio exilio; la sopa que frecuentemente apaga el silencio. Así que me tambaleo hasta la experiencia que el poeta tuvo a propósito de la dictadura argentina. En el poema VII se pregunta: «¿Hasta dónde este exilio exterior coincide con otro más profundo, interior, anterior? ¿Hasta dónde los idiomas extranjeros, la ajenidad de rostros, voces, modos, maneras, encarnan los fantasmas que asediaron mi propia juventud?». «Asediaron» contiene la palabra sed. Bajo el duro sol español, será la sed lo que baje el puente levadizo; mientras, el inglés sedentario luce felizmente descansando.

No puedo decir qué eran esos demonios de los que habla el poema VII; pero una cosa es cierta, el traductor debe confiar en no ser él mismo. Debe aflojar su lengua y enredar la boca alrededor de las palabras, tan extrañas que ya lo han convertido en alguien más. Debe perderse tanto en otro idioma que sólo el oído del Quijote y la robustez de Sancho puedan ayudarlo a volver a su lengua materna con un cuento bien narrado, con un camino que seguir.

*Traducción por Pedro Montes de Oca


Autores
(Irlanda, 1975) es poeta y traductor. Textos suyos aparecen en The Trinity Journal of Literary Translation, The Irish Times, The SHOp, The Stinging Fly y Cuadrivio.

1

Arriban salvajes los distintos climas un pensamiento demasiado extenso como para vivir en él

De este lado del invierno mi propio condensario produce sal

Voy a pensar en esta línea como un pasillo escarchado encadenado y confinado

Y caminar en silencio el golpeteo de ganchos es el único sonido

Ahora aquí un paño para descansar tu cabeza mi aliento húmedo como una flama

3

Levántense alas o han sido oscurecidas

llegadas se empujan orgullosas. invierno o manos proyectando

sombras, (dime) cómo tú. clavado

aún respiras. caminas

4

En estos días el invierno se ciñe alrededor del corazón o de los dedos

prescindiendo de sutilezas y de etiqueta simplemente atrapa

tan desnudo como a él le gusta te tira y sopesa

Me agrada pensar que lo deseco por completo hasta

la actual sumisión cuando el viento refrescaba al igual que los días


Autores
(Londres, Inglaterra, 1962) es poeta y crítica. Es autora de Occasionals, Wracks y Mother Blake. Poemas suyos han aparecido en los libros de Reality Street Book of Sonnets, Infinite Difference: Other Poetries by UK Women Poets, y The Ground Aslant: An Anthology of Radical Landscape Poetry. Su trabajo como crítica incluye The Cultural Work of Empire: The Seven Years’ War and the Imagining of the Shandean State (2007).

Rey de la nieve

la niña jorobada finalmente me alcanza en aguas negras lavando naranjas hacia la cueva vaga, comiéndose un pastel de gelatina amarilla

en una barranca seca los huesos hacen polvo naranja que el viento deriva en palabras el limonero se perfila hacia la niña hacia sus niños

un limón explota la pus naranja coagula dos elementos que forman una mano torcida de huesos que da a la niña un mensaje

La historia retratada por modelos de trabajo de tamaño natural

voltea la casa dentro de límites de riesgo rebana la guerra por la parte superior

en la república checa los árboles contribuyeron a doscientas muertes en el camino el año pasado

come una mierda de filete o tus agroproductos serán lujos para nosotros

¿un poco más de mercurio en tu miel de maíz? lees papel moneda en un horno

Pirofónico

la medida siempre regresó sin creer que la gente en la mesa de junto atraída por el pathos causado por el recuerdo se estrellara en una roca la experiencia de esto es un ideal hecho para asomarse dentro de otro

artículo costosamente tapizado para definir a los definidores en nieve anticipada un caso de producción en masa incluso al precio de la servidumbre sombreado en ventanas de papel blanco rompiendo la monotonía de la superficie

*Traducción por Rodolfo Mata


Autores
(Londres, Inglaterra, 1938) es autor de más de cuarenta libros. Sus poemas han sido traducidos a muchos idiomas. Fue incluido en la antología 49 Poetas Británicos.

la manera en que ese hombre usa la música mexicana para matar en un solo día lo que urdió en una vida

la manera en que ese hombre usa a los negros la manera de usar un cáliz muy simple como un arma para matar ansío usar la excelsa poesía de los otros (nótese la gran congoja) que mi puñado de lectores no han leído aún para poner de moda mi propia temporada entre el agua y el manantial cubierto de escamas

un hombre se paró frente a mí soy demasiado magnífico para ser conocido mejor dicho, des-conocido

el sonido del cuerpo humano cayendo sin resistencia de cinco pies de altura sutil, es algo sutil

los jornaleros viven cada día del año alrededor del tarro de cerveza en el que nuestro sindicato se desangra haciéndolo más difícil para ellos

honestamente, el ser empujado por aquellos rapados es un honor, un verdadero honor notaste la desproporción en el número insólito de enormes individuos que son el cuerpo del policía

somos afortunados de que conozcan el confucionismo y que nuestros grandes poetas universitarios sientan cara a cara la verdadera esencia de la pobreza y la violencia

cuando dios los bendice a la mierda la droga

las invasiones de Inglaterra instigaron una cultura de invasiones a la que le crecieron ramas

y así los fantasmas en las casas de la política mundial esperando un pollo en el horno

en el fondo del río tan lleno de peces es difícil alcanzar a entender el sentido los labios superiores ofendiendo accidentalmente

mi enemigo es mi amor eso no tiene nada que ver con México con las coladeras humeantes de la ciudad seca y la riqueza

es momento de poner a un lado los juguetes inofensivos y comenzar el truco visual de bajar las escaleras donde no hay escaleras porque esto es un ensayo para la tumba

es aceptable mirar a una mujer en el vagón lleno y coquetear con Lila tan sólo catorce años de visita

es amargo encontrarse con la despedida la playa ensanchándose en un océano rojo la arena contaminada con alambres de púas y muerte

*Traducción por Amanda de la Garza


Autores
(Truro, Inglaterra, 1983) es poeta y artista marcial. Ha sido comisionado por sus trabajos originales de poesía, arte sónico, arte visual, instalación y performance por la Galería Tate, la London Sinfonietta, Electronic Voice Phenomena, Penned in the Margins, la Liverpool Biennale and Mercy. Es curador del proyecto Enemigos.