Tierra Adentro

Ante el deterioro constante en la instrucción de la danza y los recortes presupuestales al sector cultural, surgieron colectivos que, a contracorriente, crearon espacios para su fomento y enseñanza.
En este ensayo, Magdalena Leite inicia un diálogo en el que la educación salga de las aulas para comprometerse con el presente nacional.

Entre la invitación a escribir un texto sobre danza y educación en México, y al momento en que escribo, mataron a Nadia Vera. Mataron a muchas personas más, pero Nadia fue mi primer muerto en México. «Porque siempre hay un primer muerto», nos decía una de las bordadoras con la que compartimos una tarde en el Centro Cultural de Tlalpan. Bordábamos una carta escrita por la hermana de TC. Varios meses antes, en un restaurante peruano en Montevideo, escuché que TC hablaba de las bordadoras, y de que iba a ir a México a bordar. Sentí este acto tan hermoso pero tan lejano que no podía creer que me encontrara bordando por Nadia sólo unos meses después.

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Los recortes a la cultura empezaron por la danza. Como se dio cuenta rápidamente A, los recortes primero empiezan en cultura, y con la danza. Entonces decidimos en el Colectivo AM que teníamos que organizarnos para poder sobrevivir. Invitamos a los organizadores del Festival de Cine de Hermosillo y a los del Festival Cuatro X Cuatro para tomar un curso de gestión y así solventar los gastos entre todos. Nos empezamos a reunir los sábados en mi casa. De Cuatro X Cuatro vino Nadia. La encargada de contactarla era E, quien tenía su teléfono. El primer sábado trabajamos muy entusiasmados, el segundo E no estaba en México y me preocupé pensando que Nadia no llegaría. Pero llegó, no sé cómo porque no hay timbre en la casa, de pronto escuché una voz y ahí estaba, del otro lado de la ventana de la cocina. Había logrado entrar gracias a algún vecino y pensé que era una chica tan inteligente que se las arregló sin timbre ni ningún teléfono.

La reunión siguiente era la última, varias semanas después, el 1 de agosto de 2015. Todos comenzaron a llegar y otra vez me preocupé por no tener el teléfono de Nadia, pero recordé que la última vez se las había arreglado, así que confié en que llegaría. Pero ese sábado no llegó. Nadie se imaginaba ni por asomo lo que había sucedido. La hipótesis más probable era que quizá llegó pero esta vez ningún vecino le abrió. En medio de la reunión NL leyó el periódico y se asombró con la noticia de un multihomicidio en la Narvarte, a pocas cuadras de nuestra casa. Recordé que Nadia me había dicho que vivía cerca, pero a nadie le pasó por la cabeza que podía ser precisamente en su casa, y menos ella una de las asesinadas. Al día siguiente supimos la noticia, y de la incredulidad pasamos a la realidad. La habían torturado y asesinado. A nuestra Nadia. Ese domingo entendí con el cuerpo el dolor y el miedo. Muchos muertos había ya pero éste fue mi primer muerto. Esa noche dormimos con la luz prendida y con una silla en la puerta. ¿Cómo te matan a un amigo? ¿Cómo te matan a un hermano? Recordé lo que habían vivido mis padres en la dictadura uruguaya. Traté de hablar con mi padre sin darle muchos detalles y me dijo que esa sensación sólo se entiende con el cuerpo, que no hay manera de contarla.

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¿Y qué tiene que ver esto con la educación en danza? Tenemos aquí dos grandes temas: la educación en arte y la educación de los cuerpos. Hablaré de mi experiencia como alumna y como maestra en México, que es el contexto que conozco.

La educación en arte plantea un primer gran problema, que es qué puede enseñar una escuela de artes. Hasta ahora, los modelos más avanzados de educación artística enseñan técnicas y maneras de hacer arte, pero no conducen un proceso artístico. Es decir, se enseña a dominar la caligrafía pero a pocos les interesa meterse con el contenido de lo que se escribe.[1]

Esto es exactamente lo que sucede con las escuelas de danza. Si trasladamos la metáfora de la escritura a una escuela de danza, donde la materia prima es el cuerpo, la técnica y las formas recaen sobre esta masa maleable. Y para que sea realmente moldeable hay que entrar desde muy pequeño o, si se entra de adulto, hay que infantilizar al alumno en el afán de hacerlo dócil. Las escuelas en México aún se basan en una ética militar paternalista y se erigen sobre las técnicas llamadas justamente «formativas», al día de hoy, el ballet y la técnica Graham. Una ética militar por la que se considera a sí misma superior a la civil, es decir, a la que no es militar, o en nuestro caso, a la que no es de la danza. El bailarín que pasa el proceso de selección y que logra formar su cuerpo como la técnica lo demanda, se considera superior al resto de los mortales y este hecho es reforzado por los valores que promueven los maestros, al recompensar a los dotados y burlarse de los perdedores.

La danza se sigue enseñando a los gritos. Los dos contextos que conozco, como alumna y como maestra, son la Escuela Nacional de Danza, donde hay docentes que obligan a los alumnos a bailar lastimados, y la Academia de la Danza Mexicana, donde vi cómo un maestro azuzaba a sus alumnos al grito de «nosotros no somos blandos como los de afuera, nosotros estamos aquí porque somos mejores». La ética militar implica obviamente una disciplina rigurosa, la cual prioriza el uniforme limpio y bien puesto (tiempo atrás di un taller en Monterrey donde los alumnos continúan usando leotardos de cuerpo entero y temen si los ven con otra ropa, pues los maestros los pueden sancionar) a la salud o a la creatividad. ¿Cómo pelear por un seguro médico digno en un gremio que premia al alumno que baila aunque esté lastimado?

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En el caso de la escuela de coreografía, el cuerpo del coreógrafo es prácticamente castrado. Hasta la fecha, la escuela de coreografía de la ENDCC prohíbe a los estudiantes bailar en sus propios ejercicios creativos y en sus exámenes. La población de esta escuela es vista por los ejecutantes y por los maestros como la que «no la hizo», es decir, el que no pudo bailar se dedica a ser coreógrafo, y el coreógrafo que trabaja bien es anulado en los pasillos con el rumor de que son los bailarines quienes le montan las frases de movimiento. Algo similar ocurre con las escuelas de docencia. Otra vez nos encontramos frente a esta idea de «perdedor» de la danza, que quedó enredado en ella y de algo tiene que vivir. Y se produce la profecía autocumplida, es decir, es tan fuerte el rumor y el a priori del perdedor que, por supuesto, se convierten en ello. La gran mayoría de coreógrafos y maestros son en el fondo bailarines frustrados que se desquitan con sus alumnos, reforzando los prejuicios que los condenaron y manteniéndolos vivos en las nuevas generaciones. «A mí me grita la directora, yo te grito a ti y tú a los alumnos», me sentenció mi superior. Mientras escribo, esta gente sigue dirigiendo y formando jóvenes. Son producto y víctimas a su vez de un sistema que los ha engullido y del que ya no pueden salir. Un sistema en donde el alumno y el bailarín son subalternos que deben obedecer,[2] o como su nombre lo indica, ejecutar. Por eso es tan aburrido ir a ver danza, porque las escuelas están fuera de su época, porque se han quedado anquilosadas en un mundo al que sólo ellas quieren pertenecer. Porque no se han enterado de que el paternalismo nos lleva a tener gobiernos como el que tiene hoy México y que esa manera de tratar a los cuerpos se refleja también en el trato que los cuerpos reciben hoy en México. ¿Y cómo pelear desde adentro cuando al proponer una actividad basada en la improvisación y la imaginación, la directora te grita frente a todos que la improvisación es una mierda? ¿Y cómo pelear desde adentro cuando al pedir que se inspeccione a un maestro que no prepara su clase te montan una auditoría de la misma veracidad que la que le hacen a políticos para justificar mansiones? Porque no alcanza con tematizar la violencia en las obras si se está cobrando un sueldo y se da la mitad de horas que corresponden. No alcanza con salir a la calle a contar hasta el cuarenta y tres y luego reproducir en el salón la violencia que se condena frente al público.

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Todo esto pasa hoy en las escuelas de danza más serias de México: cuerpos violentados, forzados, lastimados o castrados; prácticas burocráticas enviciadas por la más vil corrupción. ¿Qué arte pueden hacer esos cuerpos? ¿Qué imaginación pueden tener esos coreógrafos? ¿Qué ética pueden enseñar esos maestros? Por supuesto, no se puede responsabilizar a las escuelas de todos los males que aquejan a México, pero sí de que aportan su grano de arena a la montaña de males. Son producto y reproducen una sociedad dividida entre ganadores y perdedores, entre aristócratas y plebe, que sigue instalada en una ética colonial y la replica constantemente en las corporalidades y en las mentalidades que construye.
Y entonces es muy aburrido ir a ver danza. Es tan aburrido que mejor recortar el presupuesto, total, casi que no son artistas. Además de que apenas saben escribir. Ninguno se va a quejar si les quitamos la red de festivales, ni si ya no pagamos funciones. A los escritores no les recortemos porque ellos sí se quejan y los de visuales, por lo menos hacen objetos. Pero la danza, por favor… Es algo como el Circo del Sol pero con contenido, y ni quieras entenderlo porque ni ellos mismos lo hacen. Busquemos otras formas de educar. Salgamos de los salones y de la ética del subalterno. Pidamos la palabra y sentémonos a pensar juntos. Nuestra manera de educar a los cuerpos es reflejo, en alguna medida, de la violencia que se vive hoy. No pueden seguir gritándonos, no pueden obligarnos a trabajar lastimados, no pueden obligarnos a trabajar sin cobrar. Estamos abriendo la puerta para que nos hagan cualquier cosa, para que nos maten a un amigo, para que nos maten a un hermano.

[1]Luis Camnitzer, http://esferapublica.org/nfblog/la-ensenanza-del- arte-como-fraude/
[2]Gayatri Chakravorty Spivak http://www.caladona.org/grups/uploads/ 2011/02/spivak_puede_hablar_lo_subalterno.pdf


Autores
es coreógrafa y bailarina. Entre sus obras destaca DANCE DANCE DANCE . Su trabajo ha sido expuesto en América Latina, Estados Unidos y Europa.

El mundo de la danza no sólo lucha contra la falta de apoyo y las instancias educativas, sino contra sí mismo
. La coreógrafa Leonor Maldonado se acerca a las distintas definiciones que existen sobre qué es la danza contemporánea y pone énfasis
 en el contexto social desde el que practica la disciplina.

Cuando digo que soy bailarina y coreógrafa de danza contemporánea, tengo la sensación de que el espacio de posibilidades que se abre para entender a qué me refiero es enorme. Y, dentro de ese espacio, lo más probable es que la otra persona se imagine algo completamente diferente a lo que hago. ¿En qué pensamos cuando hablamos de danza contemporánea? ¿En cuerpos? ¿En movimiento? ¿En tiempo y espacio? ¿En virtuosismo? ¿En otros cuerpos que conmueven a los propios? ¿En educación normalizada? ¿En recortes presupuestales? ¿En política? ¿En ballet? ¿En folclore?

En la búsqueda por entender qué tan grande es el espacio que se abre, encontré un artículo que escribió hace unos años mi colega Esthel Vogrig, titulado «Dime qué idioma hablas y te diré qué es danza contemporánea», en el que se dedicó a buscar definiciones en diferentes idiomas y a comparar lo que hacemos con lo encontrado en Wikipedia o en el imaginario de la gente. Así, la definición en español que encontró coincide tristemente con las versiones en inglés, francés e italiano:

La danza contemporánea es un tipo de expresión corporal que está basado en la técnica del ballet clásico, y que conlleva menor rigidez de movimientos. Es una clase de danza en la que se busca expresar, a través del bailarín, una idea, un sentimiento, una emoción, al igual que el ballet clásico, pero mezclando movimientos corporales propios del siglo XX y XXI junto con pasos tradicionales de cualquier rama del ballet. Esta danza es cien por ciento interpretativa, sus movimientos se sincronizan con la música tratando de comunicar un mensaje. Una característica distintiva es el uso de multimedia para acompañar las coreografías, como video e imágenes usados de fondo. Su origen se remonta hasta finales del siglo XIX, buscando una alternativa a la estricta técnica del ballet clásico, empezaron a aparecer bailarines danzando descalzos y realizando saltos menos rígidos que los tradicionales en el escenario. 

En su libro Agotar la danza[1] André Lepecki cuenta la anécdota de una demanda que llegó en 2004 al Festival Internacional de Danza de Irlanda por la presentación de una pieza de Jérôme Bel titulada, también, «Jérôme Bel». El demandante argumentó que se exhibieron desnudos y actos lascivos, y alegaba daños por incumplimiento de contrato y negligencia. Lo gracioso es que el demandante basó los daños por incumplimiento de contrato en el argumento de que no había nada en el espectáculo que él pudiera describir como danza, que él mismo definía como «personas que se mueven rítmicamente y dan saltos, generalmente con música, pero no siempre, y que transmiten alguna emoción».

Estas definiciones de danza parecen hablar de Isadora Duncan (1877-1927) y Martha Graham (1894-1991); sin embargo, son quizá las más presentes en el imaginario de la gente (tanto como para que un espectador se aventure a demandar a un festival). Pensar que la danza contemporánea es algo que vino del ballet pero se descalzó y trabaja más profundamente la emoción y pensar que los movimientos deben sincronizarse con la música es como pensar en Van Gogh cuando alguien pregunta por un artista visual.

El problema no es que existan esas definiciones, los tipos de danza más cercanos a la danza moderna o que haya público interesado en consumirlos. El problema es que se genere una historia que no sólo no representa sino que invisibiliza gran multiplicidad de historias que se construyen desde otro lugar, negando décadas de propuestas e investigaciones, cuestionamientos acerca del nombre mismo de la disciplina, cuestionamientos en torno a la separación de la coreografía y la danza (léase coreografía expandida) y a un gran número de coreógrafos/bailarínes preocupados y ocupados por pensar su lugar en el mundo, la interrelación con la comunidad, en trabajar desde estructuras más horizontales, y cuestionando en el hacer mismo las relaciones jerárquicas de poder, las ideas normalizantes de cuerpos y las políticas corporales y culturales de su entorno.

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Sin embargo, la falta de discusión sobre el término «contemporáneo», que está en el nombre mismo de la disciplina, no es exclusiva del terreno del público general. Guillermina Bravo, directora de Ballet Nacional de México y maestra de muchas generaciones de bailarines, dijo (sobre la bailarina y coreógrafa Waldeen) en el documental 1940: La Coronela de Waldeen de Josefina Lavalle: «Creo que es la fundadora de la danza moderna mexicana, que continúa hoy como danza contemporánea, sólo para actualizar el concepto, pero de hecho es el mismo proceso».

Al parecer, la maestra Guillermina Bravo ha dejado escuela y no sólo en cuanto a la técnica de Graham. En el 2010, el colectivo Inquietando publicó en su blog una serie de entrevistas que realizaron durante el marco del premio INBA-UAM, a los coreógrafos participantes. Entre las preguntas estaba «¿consideras que lo que haces es contemporáneo?, ¿por qué?, a lo que la mayoría de los coreógrafos respondió: «sí, porque lo estoy haciendo hoy».

Pensar que el término «contemporáneo» es sólo un adjetivo significa quitarle todo su potencial conceptual y político. Cuestionar el concepto importa porque responde a nuestras maneras de habitar el mundo y a la manera en que nuestros cuerpos son pensados y vividos. El cuerpo como instancia fundamental de acceso al mundo es atravesado por el mercado, por las condiciones colonialistas/racistas, por la dicotomía del género, por la violencia, por la necropolítica y por el individualismo. Todo repercute directamente en la formación de la subjetividad y en el hecho de que deseemos en los términos hegemónicos de un sistema capitalista precarizante. Para cambiar nuestra relación con el deseo debemos cambiar la idea del yo y el cuerpo como cosas separadas. No podemos pensar que lo que hacemos es contemporáneo porque habla de temas actuales si las formas en las que comunica, a través de cuerpos normalizados, responden a una idea de belleza colonialista. Y al no tener un discurso político claro, las maneras en las que se organizan los procesos y se producen los conocimientos siguen reproduciendo discursos dominantes en cuanto a poder, género, raza, ecuador político, por nombrar algunos. No podemos pensar que lo que hacemos es contemporáneo si no repensamos las relaciones de poder en las que estamos inscritos.

Es preciso cuestionar la pertinencia de la danza en cuanto al momento histórico y el contexto social en el que vive, empezando por el uso de la palabra «creador», que sublima al artista hasta un lugar de inspiración divina, la idea del «ejecutante», ese soldado con cuerpo perfecto capaz de hacer cosas casi imposibles, que además transmite emociones conmovedoras, y la imagen del público como un ente pasivo que espera recibir lo que el artista quiera darle.

Esta historia simplista es sostenida por una serie de factores que es importante revisar. Las limitaciones estéticas anacrónicas de las que ya hablamos, la estrechez discursiva y su falta de análisis de pertinencia en la contemporaneidad, las relaciones de poder internas a la producción, las condiciones regulares de precariedad laboral y por supuesto la normalización de la explotación laboral, romantizada «porque la danza es nuestra vida y nuestra pasión», como nos enseñaron a muy temprana edad en las escuelas, «si no lo sientes de esa manera, tal vez la danza no sea para ti» (hablando de reproducir discursos dominantes y relaciones de poder). Al pensar que lo hacemos por pasión o amor al arte, se nos está negando a los bailarines y coreógrafos la posibilidad de un trabajo digno y remunerado que puede ser político al cuestionar los sistemas en los que se inserta y las maneras en las que se desenvuelve.

Zulai Macías dice en su texto «Construir mundos diferentes» que pensar que en este campo se trabaja «por amor al arte» o para alimentar el alma de la sociedad, resulta una ingenuidad que de inicio niega la materialidad de los cuerpos que son y median nuestro quehacer. Al negar la materialidad de los cuerpos estamos eliminando el potencial artístico y político, de cerebro y entraña, de hacer arte desde el cuerpo. Lo cual nos lleva a continuar una realidad precaria en donde el público se siente alejado de lo que sucede en la escena y los bailarines y coreógrafos nos hemos creído la historia de que la danza contemporánea no tiene suficiente público. ¿Quién nos ha dicho esto? ¿Es verdad que la danza no tiene público o son las predisposiciones y las estrategias de programación, temporadas y festivales que no la han favorecido?

 

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Escucho a Shantí Vera, en su entrevista con Nadia Lartigue, hablar sobre el Festival independiente de danza Cuatro X Cuatro, del cual es director. Cómo desde la primera edición han tenido muchas dificultades económicas para poder generar este espacio de encuentro, pero el problema nunca ha sido una cuestión de audiencia. De hecho, el público ha crecido con ellos, respondiendo así a una necesidad cultural que no se había cubierto. Lo mismo sucede con el festival Un desierto para la danza en Hermosillo, Sonora, donde el público se forma durante horas para poder presenciar el espectáculo.

Si cada vez que abrimos un espacio para la danza, el público responde a él, ¿por qué sigue sin entrar en la dieta básica de cultura de la sociedad? Ya no pensemos sólo en el público en general, son muchos los artistas que no tienen ni idea de qué sucede en el mundo de la danza y la coreografía, a menos que se presente dentro de un museo de arte contemporáneo que la valide, o en colaboración con algún artista de otro campo que sea reconocido.

¿El problema de la danza y la coreografía es, entonces, un problema de marketing y definiciones obsoletas, o es que nos da miedo la potencia de los cuerpos? Es necesario enunciarnos desde y con el cuerpo. Pensar, como he escuchado que se descalifica al gremio de la danza, con las patas y con los brazos y los glúteos y el psoas y los huesos y los órganos. Es necesario hacer política desde el cuerpo respondiendo a las necesidades de nuestra contemporaneidad, validando nuestro quehacer desde la danza y la coreografía sin pedirle permiso a nadie ni buscar una validación externa.
«Contemporáneo es aquel que percibe la sombra de su tiempo como algo que le incumbe y no cesa de interpelarlo, algo que, más que cualquier luz, se re ere directa y singularmente a él. Quien recibe en pleno rostro el haz de tiniebla que proviene de su tiempo», dice Giorigio Agamben en su ensayo «¿Qué es ser contemporáneo?».[2]

Me parece que en nuestros tiempos el haz de tiniebla del que habla Agamben nos pega en pleno rostro, sin importar hacia dónde volteemos la cara. Sin embargo, seguimos invisibilizando muchas situaciones por buscar la luz, por buscar no perder nuestra situación de privilegio como artistas o como público y cuestionarnos solamente hasta el punto donde no se nos mueva la estructura, donde nuestros privilegios no se hagan demasiado visibles para no tener que hacernos cargo de ellos y lo que perpetúan. Pero es esta misma cultura la que mantiene las ideas de belleza que normalizan y reifican cuerpos, la que privilegia ciertos conocimientos sobre otros y jerarquiza los tipos de inteligencia, dejando como último eslabón de la cadena a todo lo que surge por y desde los afectos. Desde esta misma lógica los coreógrafos pueden ser más importantes que los bailarines pues así los primeros pueden utilizar a los segundos para transmitir, a través de ellos, anulando sus cuerpos e identidades.

En un contexto en que el número de cuerpos-personas asesinadas y desaparecidas es aterrador, donde los cuerpos jóvenes sin futuro se vuelven desechables, donde claramente hay vidas que no importan porque sólo sirven para girar las bases del engranaje capitalista, anular cuerpos e identidades no es algo que debamos tomar a la ligera. Debemos prestar atención a las maneras en las que estamos poniendo nuestros cuerpos y a cómo pensamos y cosificamos al separarlos del yo y del nosotros, a las maneras en las que los estamos educando. Si seguimos permitiendo que en las escuelas de danza nos midan la grasa, si seguimos valorando ciertas medidas corporales sobre otras, ciertas pieles sobre otras, ¿que nos queda para relacionarnos con el mundo?

 

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En el libro Un mundo común,[3] Marina Garcés habla sobre cómo la repolitización en el quehacer artístico contemporáneo se cuestiona pensar la realidad para transformarla, a lo que añade el factor de la honestidad y lanza una tercera pregunta, ¿cómo tratamos la realidad y con la realidad?, ¿cómo la honestidad nos lleva a implicarnos, a dejarnos afectar, a tomar una posición en la realidad y a violentar lo establecido? A esto le llama tratar con la realidad, poner el cuerpo y entrar en escena.

En muchos casos se nos ofrecen tiempos y espacios para la elección y participación que anulan la posibilidad de implicación y nos ofrecen un lugar a cada uno que no altere el mapa general de la realidad. […] Un mapa de posibilidades con las coordenadas ya fijadas. Tratar lo real con honestidad significa entrar en escena no para participar en ella y escoger alguno de sus posibles, sino para tomar posición y violentar, junto a otros, la validez de sus coordenadas.

Las preguntas de Garcés reflejan los cuestionamientos que surgen en una nueva comunidad de la danza contemporánea en México. ¿Cómo hacer comunidad desde otros lugares? ¿Cómo abrir nuevos umbrales de percepción? ¿Hasta dónde nos estamos implicando políticamente? ¿Cómo se piensa el cuerpo, el tiempo y el espacio en resistencia a un poder hegemónico? ¿De qué manera ponemos nuestros cuerpos cuando hay tantos cuerpos que nos faltan?

Este dossier pretende reflexionar sobre las preguntas anteriores, tal vez para encontrar respuestas, tal vez para que surjan nuevas preguntas.

[1]André Lepecki Routledge, Taylor and Francis Group, Exhausting dance, per formance and the politics of movement, Nueva York/Londres, 2006.

[2]«¿Qué es ser contemporáneo?» fue la pregunta que guió el curso de filosofía que Giorgio Agamben dictó en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia. Es también el título del ensayo.

[3]Un mundo común, Ediciones Bellaterra, S.L., 2013.


Autores
es coreógrafa, intérprete y bailarina . En 2014 fue ganadora, junto con el Colectivo AM, de la beca de Estímulo a la Producción de Danza Nacional.

El arte es extensión del pensamiento y una manera de exponer las entrañas de cada uno. La relación que la danza tiene con el cuerpo del ejecutante y las reacciones que hace tener por igual a espectadores y participantes hacen a esta disciplina temporal y espacial, física y abstracta. En Tierra Adentro presentamos a profesionales dedicados al mundo del cuerpo en movimiento. En este dossier, «El cuerpo como centro», Leonor Maldonado convocó a Magdalena Leite, Zulai Macías Osorno y a Juan Francisco Maldonado para hablar de los retos artísticos y educativos que los jóvenes enfrentan, y del panorama contemporáneo de la danza reciente en México. El lector podrá encontrar en el portal web de Tierra Adentro una extensa entrevista con Shantí Vera, director del Festival Internacional Cuatro X Cuatro, y con Evoé Sotelo, anfitriona de la última edición de la muestra Un desierto para la danza.

El 31 de Julio del 2015 fueron asesinados Nadia Vera, Rubén Espinosa, Yesenia Quiroz, Mile Virginia Martín y Olivia Alejandra Negrete, en un departamento de la colonia Narvarte en la Ciudad de México. Los autores de este dossier dedican sus textos a las memorias de las víctimas, particularmente a Nadia Vera y Rubén Espinosa, miembros del gremio de la danza, colegas, amigos, carnales, hermanos, quienes están siempre presentes en sus vidas y quehacer artístico.

 

Consulta el dossier completo:

Pensar con el cuerpo por Leonor Maldonado

Educación y fraude por Magdalena Leite

Construir mundos diferentes por Zulai Macías Osorno

Coreografía ahora por Juan Francisco Maldonado


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Ante los recientes cambios climáticos en los que la humanidad se ha visto envuelta, dedicamos el dossier de este número de Tierra Adentro al agua. Imagen emblemática en la historia nacional y tema recurrente, ya sea por su escasez o abundancia, de nuestra literatura. Abrimos la discusión con Tania Tagle, quien ensaya sobre la gestación y la muerte en el líquido a través de un recorrido íntimo por la tradición literaria, religiosa y científica. Gian Carlo Delgado Ramos discute, analiza y propone soluciones que pretenden garantizar la calidad, cantidad y acceso al agua para toda la población. Por último, Thania Aguilar traza una ruta para hablar de la construcción de las ciudades a partir de ríos y lagos. Acompaña un portafolios de Eniac Martínez, una muestra de su más reciente serie fotográfica, Ríos.

Además, presentamos una crónica de Amaury Colmenares sobre los balnearios en Morelos, particularmente en Cuernavaca, y una entrevista de Luis Manuel Amador a la investigadora Hitandehui Pérez Delgado, Premio Internacional Artez Blai de Investigación sobre las Artes Escénicas, sobre la discapacidad, la inclusión social y el arte. Cerramos este número con un cuento de Daniel Saldaña París y con un ensayo de Iliana Pichardo.
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Dossier

«Pensar en líquido»

Orillas

Por Tania Tagle

Vuelta al agua

Por Gian Carlo Delgado Ramos

Portafolios

Por Eniac Martínez Agua al fondo

Agua al fondo

Por Thania Aguilar

Crónica

La crisis de la eterna primavera

Por Amaury Colmenares

En primera persona

Hitandehui Pérez Delgado

Por Luis Manuel Amador

POESÍA

Dos poemas

Por Marco Antonio Murillo

Tres poemas

Por Paula Simonetti

Dinosaurios en el barrio

Por Danez Smith

Semina rerum

Por César Cortés Vega

CUENTO

El descubrimiento de América

Por Daniel Saldaña París

ENSAYO

Tren nocturno a Lisboa

Por Iliana Pichardo

CRÍTICA: LIBROS

Escribir libros como se escriben cartas a un amigo

Por Sergio González Rodríguez

CRÍTICA: MEDIOS

Anomalisa

Por Sergio Monterrubio

CRÍTICA: ARTE

De la formación a lo público

Por Tania Puente

FORMAS BREVES

Minificciones

Por Aura García-Junco


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

1

Da la una de la tarde, exactamente, cuando estoy frente al estacionamiento de la Arena México. Llegar a tiempo, lo confieso, no es exactamente una de mis cualidades; siempre voy tarde, un par de minutos al menos; pero no esta vez. Me asomo desde afuera, hacia el interior del estacionamiento: dos hombres van y vienen, platican, desaparecen. Me pregunto si uno de ellos es Sagrado, con quien concerté, por teléfono, una cita para realizar una entrevista. Algo breve, le dije, sólo un par de preguntas. La una y cinco, la una y diez. Nada. Pienso, por un segundo, que tal vez se arrepintió, o que a quien contacté no era en realidad él, y que los días pasados estuve hablando con un bromista, alguien que se hace pasar por el luchador del CMLL. No sería raro, pienso, fue muy fácil el contacto, se mostró muy accesible; no puede ser tan sencillo contactar a una de las figuras más representativas de la lucha libre mexicana. Miro la hora otra vez: 1:15. Siento vibrar el teléfono en la bolsa y pienso que es Sagrado, pero no, es Alberto, quien va a realizar las fotografías.

— ¿Dónde estás?

—Enfrente del estacionamiento.

—No te veo.

Volteo a ambos lados, me coloco los lentes y no lo distingo entre la gente que va y viene sobre la banqueta.

—Creo que estás en el otro estacionamiento,—me dice. No sabía que hay dos estacionamientos.— Espérame ahí, voy para allá.

Dos estacionamientos, empezamos mal. Pienso que Sagrado me esperó en el otro y, al ver que no llegaba, decidió irse. No sería raro, es un luchador ocupado: el precio de ser un profesional. Marco su número y me indican que el saldo se me ha agotado: continuamos mal. Comienzo a ver lejana, sino desaparecida, la oportunidad de la entrevista.

Llega Alberto y, antes de saludar, le pido su teléfono para marcar. Entra la llamada, viene el tono.

— ¿Bueno?

— ¿Sagrado? Soy Aldo. Quedamos de vernos hoy.

— ¿Dónde estás?

—Frente al estacionamiento, como me dijiste.

— ¿Donde está la tienda de Blue Demon?

—Sí, en ése.

Dos estacionamientos, confirmo.

—Voy para allá.

Un par de carros entran a la arena, otro sale. Intento adivinar quién de ellos es luchador, pero es difícil, imposible. Interesante.

Alberto Trejo mide la luz, arquea los ojos, calcula las posibles tomas. La luz no es buena, me dice, si nos quedamos aquí las fotos no van a salir bien. A lo mejor allá, y señala un mural de grafitti al otro lado de la avenida. Puede ser, le digo, todo dependerá de lo que nos diga Sagrado. Alberto saca su cámara y comienza a calibrarla, a afinarla; la melodía de la luz.

Ahora me preocupa otra cosa: si seré capaz de reconocer a Sagrado. La primera vez que lo vi (su rostro, quiero decir) fue hace más de dos años, en la Arena Afición de Pachuca. Se vendaba las muñecas, con calma, mientras me hablaba de su postura ante ciertas cosas de la vida, la lucha, sobre todo. Metódico, calmado, con el crucifijo enorme al pecho y el rostro al aire. ¿No hay problema que te vea sin máscara?, le pregunté. No, por qué, contestó mientras se encogía de hombros y continuaba preparándose.

Dos años.

Veo a un hombre acercarse a nosotros: es él, no me caben dudas. Su rostro es de esos que, por alguna razón, no son fáciles de olvidar. No hay fiereza en los ojos, sí seguridad, confianza.

— ¿Qué onda, cómo estás?

Su saludo es cordial, desenfadado; el apretón de manos es firme, pero no demasiado. Le presento a mi amigo y, luego de preguntarme si ya estamos listos, nos dice que preparemos todo mientras él va al banco. Enfila hacia la estación del metro y lo vemos desaparecer entre la gente; increíble que ese hombre calmo, casi anónimo bajo la gorra de su sudadera y la tarde de la ciudad, sea capaz de maniobrar su cuerpo de la forma en que lo hace. Como mirar un río en calma y de pronto, por un segundo, pensar que esa masa de agua es capaz de arrasar algo si se lo propone, si se dan las circunstancias.

Alberto continúa con la calibración de la cámara. Me hubiera gustado una toma así, le digo, con el Sagrado alejándose, no sé por qué. No contesta. Vemos entrar la ambulancia, con la sirena apagada, y estacionarse dentro de aquella masa de concreto que alberga la máxima sede del CMLL. Esto va en serio, uno no lleva una ambulancia a donde no va a pasar nada. Viene a mi mente aquella afirmación, tan socorrida a veces entre los que no conocen a fondo el deporte, de que es una farsa, una nimiedad. Pienso que, de plantearle eso al Sagrado, lejos de molestarse, se limitaría a contestar, con su aplomo que me empieza a resultar familiar, que eso es mentira. Sólo eso.

Regresa, más pronto de lo que esperaba.  Nos dice que es posible hacer la entrevista dentro de la Arena, que guardemos nuestras cosas y pasemos. Echamos a andar detrás de él y muchas cosas me cruzan por la mente, pero no expreso ninguna. Hay una zona del estacionamiento delimitada por una franja de plástico amarilla, como la que se usa en zonas de desastre o riesgo. A lo mejor las cuerdas del ring también son eso, una señalización de que, ahí arriba, es una zona de peligro, un peligro bello, casi amaestrado. Llegamos a un retén donde un grupo de elementos de la policía de la Ciudad de México vigila la entrada. ¿Van a pasar?, pregunta uno de ellos, que estaba de espaldas, y un hombre de traje, al parecer miembro del staff de la arena, señala a Sagrado y dice que él sí. Vienen conmigo, responde Sagrado, en relación a nosotros, y los policías, luego de una ligera revisión, nos dejan entrar.

— ¿Cómo has estado? —me pregunta Sagrado—. ¿Bien?

—Sí, gracias —le contesto—. ¿Y tú?

Me sorprende lo natural de las preguntas, que a veces son casi triviales, pero hoy no.

—Bien, bueno, ya sabes, con mucho trabajo.  ¿Y cómo va tu libro?

—Creo que no me quejo. Va bien.

—Ya tiene dos años de esa vez, ¿verdad?

Me causa gusto, mucho, que se acuerde de mí y de lo que hago. En cierta medida, creo, ante un luchador, y más uno al que se admira, uno no puede sino convertirse en el niño que saluda por primera vez al personaje que ve los fines de semana en la televisión.

— Todavía era técnico —agrega sin nostalgia, con nostalgia.

El Sagrado

 

 

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Se cuenta que hace más de 60 años, Salvador Lutteroth (considerado el padre de la lucha libre en México) ganó el sorteo de la lotería nacional y, con el dinero obtenido (40,000 pesos), ordenó la construcción de la Arena Coliseo, para albergar los encuentros de su Empresa Mundial de Lucha Libre (EMLL), por lo menos mientras levantaban desde sus cenizas la Arena México (literalmente desde las cenizas: un incendio la dejó inservible por mucho tiempo). Resultan increíbles, por decir lo menos, las circunstancias que dieron origen a esta edificación que, una vez reconstruida, volvió a ser el escenario principal de la lucha libre en la Ciudad de México. Se antoja creer, entonces, que la lucha libre mexicana, desde sus inicios, ha estado rodeada de un halo de fantasía, de magia, de fortuna.

Estamos en una de las entradas traseras de dicho edificio. Avanzamos un paso más y la arena, que vio su origen en tan singular evento, surge, impresionante, tras las cortinas. Cada paso que damos es una pincelada más en los ojos: se observa la arena crecer, expandirse; al principio no lo creo. Nunca lo había notado, pero es muy alta: causa vértigo. Es distinto verla a la luz del día, en silencio. Casi no se reconoce.

Pisamos la madera de los pasillos y ésta cruje. Increíble percibir el sonido de una pisada en un recinto así de espacioso, un recinto que, en un par de horas, albergará cientos, quizás miles de voces fundidas en un solo sonido, un solo grito: la voz de la lucha libre. Huele a cerveza, dice Alberto, y es cierto. Avanzamos un poco más y Sagrado dice que donde queramos hacer la entrevista está bien. Qué te parece esta fila, le pregunto, y parece convencerle. Nos sentamos, con una banca de separación, y Alberto se aleja para comenzar a capturar lo que va a suceder. Sagrado saca su máscara de una de las bolsas de la sudadera y se la coloca. Parece no ser el mismo con quien hablé unos segundos: el poder de una tapa, de una máscara, es inconmensurable. Le pregunto si tiene algún problema con que se grabe el audio de la conversación. Ninguno, dice, es mejor, para que lo tengas respaldado.

Sagrado, en un par de horas lucharás aquí mismo, en la Arena México, que es uno de los escenarios más grandes de la lucha libre, no sólo mexicana, sino a nivel internacional. Sin duda, luchar aquí es el sueño de muchos luchadores jóvenes, que apenas dan sus primeros pasos en esta carrera. ¿A ti te causa nerviosismo todavía? ¿O el luchar aquí es sólo un día más en la oficina?

Luchar aquí es un gran paso, de eso no hay duda. No por nada es la lucha más longeva del país; está a punto de cumplir 83 años. Cualquier luchador, de cualquier nacionalidad, que sepa de lucha libre mexicana, sabe que éste es el máximo escenario a pisar. ¿El nervio? Claro que existe, por supuesto. Creo que el día que dejes de sentir nervios es porque te dejó de gustar la lucha. Ese nerviosismo, no obstante, es indicador de una gran responsabilidad: te hace saber, te recuerda el compromiso que tienes. Antes de subir al encordado estás nervioso, claro, pero una vez arriba esto desaparece y te dedicas a hacer lo que mejor sabes hacer.

***

Sagrado habla con soltura, relajado. Sus manos se mueven al ritmo de sus palabras. La luz del día entra por alguna parte de la arena que no logro identificar del todo y rebota en su máscara negra con vivos rojos y naranja; atrás ha quedado la cruz, símbolo bendito del ring, y ahora frente a mí, en su hábitat, un rudo de temer por su tonelaje, rapidez y técnica, muestra quién es, a ras de aliento, de palabra.

***

Sagrado, desde aquella vez que nos conocimos en Pachuca me quedé pensando en tus palabras: «A mí nadie me ha regalado nada en el mundo de la lucha libre», aseveraste. ¿Cómo es esto?

Yo empecé de cero, no tenía ningún familiar en esto antes de debutar; ahora sí, mi hermano menor siguió mis pasos y lucha como Metatrón allá en Guadalajara, y lo hace por gusto solamente, porque tiene un empleo bien pagado. Que él quiera seguir mis pasos es un aliciente. Ahora, el haber construido el personaje desde abajo, desde cero, a pesar de las adversidades, es sin lugar a dudas uno de los grandes logros de mi vida.

Entonces como Sagrado, no estás continuando una leyenda: estás construyendo una. ¿Es esto una ventaja o desventaja?   

Continuar el legado de tu padre, o algún familiar tuyo es una responsabilidad muy grande, al menos eso creo. Hay quienes lo hacen porque, desde pequeños, sentían una gran identificación, un gran cariño por el personaje de sus padres, y eso los hizo querer contribuir a esa historia. Hay otros, por ejemplo, que deciden no retomar el nombre que usaban sus padres, aunque esto no significa que no estén contribuyendo al legado familiar. Unos lo han logrado, otros apenas están en ese proceso, y otros, lamentablemente, se han quedado en el camino.

***

De tal forma que Sagrado llegó de tierras ajenas a las familias luchísticas, a las grandes dinastías. Llegó del anonimato y, como un conquistador, clavó la cruz que adornaba su máscara en una tierra hasta entonces desconocida, y la reclamó suya. Miro nuevamente su máscara: es una de ojos grandes, rectangulares, que tiene descubierta la parte del mentón, lo que me permite apreciar los gestos y reacciones del hombre tras la tapa. Sin embargo, hay otras que no permiten ver casi nada (a veces ni los ojos) y el efecto de anonimato es total. Continuo preguntando.

***

Sagrado, me gusta pensar que la máscara de un luchador es su verdadera cara, y que el otro, el rostro humano, es en realidad la máscara; una inversión de papeles, digamos. En tu caso, al ser un luchador profesional de tiempo completo, que porta esta máscara gran parte del tiempo, ¿sientes que esto sea así?, ¿que la cara que te define es ésta?

La máscara, sin lugar a dudas, brinda una dualidad; eso es parte de la magia de la lucha libre. La gente nos conoce como luchadores; ignora, no obstante, quién está detrás de la máscara. En una arena, aquí, mi verdadero rostro es éste. Mis vecinos, sobre todo, no saben a qué me dedico. Saben que es algo relacionado al deporte, el físico lo deja ver, pero no se imaginan estar frente a quien da vida a Sagrado. Yo como persona soy normal, trivial, digamos; tengo actividades como cualquier otro. Pero aquí cambia, aquí soy el maldito del ring, un personaje que debo cuidar y respetar. El verdadero rostro de un luchador es, como dices, la máscara, misma que tienes que cuidar y respetar.

***

Poco a poco, sin que nos diéramos cuenta (porque la charla, aderezada por un par de golpes de luz de la cámara de Alberto Trejo, nos  absorbió) llega gente a la arena. Un par de policías dan una vuelta, un hombre y una mujer se asoman por un pasillo y vuelven por donde vinieron; una joven toma una fotografía y se va. Un par de niños juegan a los carritos en la rampa que conecta el ring con el acceso de los luchadores; no saben, no se imaginan, la importancia que este lugar tiene para algunos, al grado que se le ha llamado la «México –Catedral». No sé si esperen la lucha (una función especial, no abierta al público, me comenta Sagrado) o siquiera si les gusta el deporte. La infancia es donde  a veces se siembra la semilla del gusto por la lucha libre.

***

Sagrado, no puedo dejar de pensar que es curioso, muy curioso, estar aquí, en la Arena México, una Arena México vacía, por cierto, junto a una de las figuras más importantes de la baraja del CMLL, en las gradas, del otro lado de donde normalmente estás. Háblame de cómo empezó tu gusto por la lucha libre, primero como aficionado, y qué te llevó a dar el salto a practicarla.

Muchas gracias por lo que dices —relucen la humildad y sinceridad de Sagrado―, pero creo que para merecer el calificativo de «gran figura» falta mucho por recorrer, por hacer, por trabajar ferozmente. Mi gusto por este deporte empezó cuando tenía seis años: vi la película El santo contra las momias; eso catapultó mi gusto por la lucha libre. Tiempo después logré ver las transmisiones diferidas que se transmitían el viernes por la noche, el único día que te era permitido desvelarte: las veía acompañado de mi padre. Tiempo después le pedí a mi padre que me llevara, como regalo de cumpleaños, a una función en vivo; me lo cumplió. Después, solo o acompañado, asistí a más funciones. Luego, cuando tenía catorce años, conocí el gimnasio. Recuerdo que fue así: fui temprano, a las diez de la mañana, a la arena, a comprar boletos. Lo hice así de temprano para alcanzar una mejor localidad. Ahí vi salir a un par de jóvenes, como de mi edad, que venían saliendo de una exhibición: entrenaban lucha olímpica. Les pregunté dónde entrenaban, y cómo se preparaban. Creció, entonces, mi gusto por la lucha. Les comenté a mis padres que me interesaba entrenar lucha.

¿Y cuál fue su reacción?

Me dijeron que estaba loco, que no. Pero cuando algo te gusta, de verdad te interesa, buscas los pretextos necesarios, los medios para hacerlo. Y bueno, cuando tienes de cómplices a tus hermanos todo se da más fácil.

¿Cómo fue eso?

Según nosotros nos íbamos a jugar fútbol, pero era mentira, mentira a medias: ellos sí iban a jugar fútbol; yo me iba a entrenar lucha libre. Bueno, yo pensé que iba a entrenar lucha libre, pero no, empiezas por la lucha olímpica, grecorromana e intercolegial y de ahí se me dio la oportunidad. Notaron mi aptitud, mis cualidades y me dijeron «oye, podrías ingresar a la lucha libre, ¿qué te parece?».

Sagrado, eres un luchador que, a mi parecer, despliega buenas habilidades, tanto a ras de lona como en el aire. ¿A quién debes esos movimientos? Háblame de tus maestros.

El primer maestro que tuve fue el señor Chucho Villa, un luchador de Monterrey, donde yo vivía. Luego mis padres, la familia en realidad, tomó la decisión de emigrar a Zacatecas.

Hubo un cambio de planes.

Sí, claro. Afortunadamente tengo familia en Guadalajara, así que volteé la mirada hacia allá. En ese entonces la lucha libre era muy demandada, vivía una buena época, y el mayor semillero de luchadores fue precisamente Guadalajara, la Perla de Occidente, que demostró tener mayor actitud en cuanto a la enseñanza de lucha libre se refiere, así que para allá me dirigí. Todavía alcancé a entrenar con el Diablo Velasco, a pocos meses de que falleciera.  

¿Y después?

Después vinieron maestros como Gran Cochisse. Luego vine a vivir a la ciudad de México, donde entrené con gente del calibre de Fray Tormenta, Franco Colombo, el profesor (Daniel López) Satánico; muchos maestros en realidad. Pero déjame decirte algo: los maestros te pueden enseñar mucho, pero tus sinodales, tus maestros, arriba de un ring, son los compañeros, los rivales y, sobre todo, el público, porque aprendes a escucharlo, a identificar qué acción es la que recibe mayores aplausos, mayor reconocimiento, y ahí es donde de verdad se pule el estilo.

Aprendes cada día, entonces.

Claro, tengo infinidad de maestros: día con día aprendo algo nuevo. Cuando un luchador dice que ya sabe todo en realidad no sabe nada.

***

Sagrado asiente, satisfecho: estoy ante una verdad inalienable de su vida, de su forma de ser. Cada frase dicha está cargada de significado, de experiencia. Sus palabras, como sus movimientos, tienen la huella del tiempo, de la práctica, del fracaso superado que se traduce en experiencia  y aprendizaje.  

***

Esta pregunta tal vez te resulte tonta, pero no quisiera dejarla de lado. Sé que detrás de un luchador de tu magnitud hay horas incontables de entrenamiento, de preparación; pero, ¿dirías que tienes un talento natural, casi inexplicable para la lucha? ¿O cada movimiento aprendido, cada lance, cada llave, son producto de un esfuerzo incomprensible?

Definitivamente hay mucho esfuerzo detrás de esto que la gente ve, de mi carrera. Pero, y no quisiera sonar presumido, siempre he tenido un talento natural para la lucha: todos los movimientos se me grababan de inmediato. Cuando empecé a entrenar, los maestros me decían «oye, ¿tú dónde entrenabas?» o «¿dónde has luchado ya?» porque todo me salía muy fácil. Esto no siempre era bueno, porque muchos compañeros, por envidia, me golpeaban más duro, hacían las cosas con intención de lastimarme. Mira (me muestra sus codos), están fuera de lugar por tanto maltrato. Pero ellos, los que querían lastimarme, detenerme, sin darse cuenta me ayudaron, porque me hacían esforzarme más, siempre dar más.    

Sagrado, ya que me hablas de tus orígenes, tus inicios, es decir, de dónde vienes, háblame del futuro, ¿a dónde se dirigen tu vida y carrera en este momento? ¿Qué le falta a Sagrado?

Como Sagrado necesito más oportunidades, y las busco día a día, noche a noche, combate tras combate. Pretendo que el público, y la misma gente de programación, se den cuenta de que tengo las aptitudes y herramientas necesarias. Tengo buen peso, buena técnica y, finalmente, aunque no menos importante, considero ser uno de los luchadores que más se preocupa por su apariencia, su vestimenta. En esta nueva etapa, como rudo, he tenido muchos logros, pero creo que me falta una buena rivalidad para poder dar mi máximo y, por qué no, luchar como estelar en una función de aniversario.

¿Algún rival en mente?    

Hay muchísimos luchadores, y cualquiera que esté en la esquina técnica es mi rival. Sin embargo, algo que yo quiero, y por lo que estoy en la esquina ruda, es lo que Ángel de Oro tiene en la cintura.

¿Y su máscara?

No, no es algo que me preocupe en este momento, aún no. Te repito, lo que me interesa lo tiene en la cintura: el Campeonato Semicompleto CMLL. Este año lucharé por una oportunidad de retar por él.

¿Y después?

Luchar en el extranjero, un terreno que no me es desconocido. He estado en Mónaco, Francia, Colombia y Estados Unidos, además de gran parte de la República Mexicana, y creo que es tiempo de viajar nuevamente para demostrar la experiencia y deseos que tengo.

***

La mirada de Sagrado se va lejos, quizás a uno de los sitios que menciona, quizás al pasado, pero se estrella contra el macizo de la Arena México. Vuelve.

***

El Sagrado

Un viaje nos cambia como seres humanos. En tu caso, y retomo la dualidad de la que hablábamos, se transforma el luchador, pero también el ser humano tras la máscara. Me queda claro, además, que posees una filosofía de vida muy marcada, muy firme. ¿Esta filosofía de vida la aplicas tanto arriba como abajo del ring? ¿Y cuánto de esto se lo debes a la lucha libre?

La lucha libre me ha hecho una persona más disciplinada, me ha permitido explotar mi potencial en diversas áreas de mi vida. Me gusta pensarlo así: sin sacrificio no hay beneficio. Cuando alguien se dedica a vivir de glorias pasadas, o desperdicia su vida en la pereza, no llega a ningún lado. Esto, creo, me ha permitido permanecer vigente: son doce años ya de carrera en el CMLL. Esto es lo que pienso, esto es lo que transmito a la gente, a mi afición, a los jóvenes que se quieren dedicar a la lucha libre y me piden un consejo.

Tu cuerpo es tu herramienta de trabajo. ¿Cómo repercute esto en tu salud?

Me ha dejado muy lastimado. Fui sometido a una operación de ligamento anterior cruzado, tengo múltiples lesiones en el hombro, la cintura, el nervio ciático. Los codos hiperextendidos en más de una ocasión, lesiones en las falanges.

¿Esto cómo te permite funcionar?

Desgraciadamente uno se vuelve masoquista. Vives con dolor. El simple hecho de entrenar la lucha libre es peligroso, merece respeto. Aquel luchador que diga que no está lastimado es aquel que no se brinda por completo, y para mí eso es algo imperdonable. Puedes luchar para una arena repleta, o para cien personas, o veinte, no importa: les debes un respeto, están ahí por ti, pagaron un boleto por verte y debes mostrar de qué estás hecho.

***

Pronuncia las palabras enérgicamente, con un tono que no permite dudas, vacilaciones: esto es Sagrado.

***

Ligado al tema de las lesiones, del paso del tiempo, viene siempre el tema del retiro, un asunto doloroso pero que, no obstante, forma parte de una carrera deportiva. ¿Has pensado en ello, qué viene después? Me hablabas de tu preocupación por las generaciones venideras, los que, de una forma u otra, andarán el camino que tú has construido junto a otros luchadores de tu generación. ¿Sagrado como maestro, tal vez?

Lo he pensado, por supuesto que sí. Actualmente no descarto la posibilidad de establecer un negocio. La lucha libre provee, claro, pero llegará el momento en que ya no sea así, y hay que ser precavido. La lucha me ha dado fama, solvencia económica, pero también una gran mentalidad, una gran preparación: herramientas indispensables para el futuro. No descarto la posibilidad de establecer un gimnasio donde, además de los conocimientos de lucha libre, pueda explotar y transmitir lo que sé de otras ramas del deporte.

¿Por ejemplo?

Aquí en el CMLL se nos brindan las herramientas básicas del fisicoconstructivismo, así que eso también es importante, útil. Y no sólo eso: cuando opte por el retiro seguiré preparándome, esta vez con luchadores veteranos, para establecer una buena academia de lucha libre. No descarto, además, la construcción de una arena, pequeña tal vez, donde se pueda acoger y dar proyección a jóvenes talentos que, llegado el momento, puedan engrosar las filas de esta empresa donde ahora laboro; ser un nexo entre ambas partes.

Mencionas una palabra que me ronda la cabeza cuando pienso en tu estilo a la hora de luchar, Sagrado: nexo. Pareces ser, y espero te parezca afortunada la analogía, un puente entre ambas escuelas de lucha libre, la aérea y la clásica, a ras de lona; equilibras ambas con fineza. Tú, como un luchador que domina ambos estilos, ¿tienes algún favorito?

Yo soy fanático de los dos estilos, mi forma de luchar lo demuestra. Sin embargo, debo decir que mi favorita es la lucha a ras de lona: ésa es la verdadera esencia de la lucha libre. Desgraciadamente ahorita, en este momento que vivimos, hay público nuevo, público invadido por la lucha norteamericana, y buscan más la espectacularidad, las luces, la música, el que hables al micrófono. Antiguamente no se hablaba: salías y demostrabas. Si tenías una rivalidad se te daba la oportunidad de usar el micrófono y lanzabas el reto de un mano a mano, una apuesta de máscaras o cabelleras, sólo así. Ahora la gente, como te menciono, busca más el show, y busca, de igual forma, la lucha aérea.

¿Qué piensas a ese respecto?

Mira, un gran luchador, como yo lo veo, y cuando digo grandes luchadores, pienso en Rayo de Jalisco, Matemático, Stuka Sr., un gran luchador, empero, es aquel que es bueno a ras de lona pero que también puede desarrollarse en lucha aérea. Ellos, los que te mencionaba, a la par del mismo Atlantis, el Dandy, fueron los precursores de la lucha aérea. Ellos, con sus topes en reversa, sus mortales, sus salidas entre segunda y tercera, dieron la pauta para la lucha aérea. La Fiera, por ejemplo, es un atleta más de esta categoría que te nombro. Porque a final de cuentas, según lo veo, la lucha aérea es un complemento. Si tú, a ras de lona, le sacas un aplauso al público, significa que estás haciendo muy bien tu trabajo. Desgraciadamente, los luchadores modernos ya todo lo quieren hacer con lances. Si tú te fijas ya nadie tiene una finalización con llave, un final con un movimiento bonito, como se hacía antes.

A raíz de tus palabras, en las que creo identificar un dejo de nostalgia, de tu sentir, me parece necesaria una pregunta que, si bien puede ser delicada, polémica, creo necesario hacerte porque, además, te has consolidado como una figura con autoridad para responderla. ¿Qué opinas de la lucha libre actual? Es decir, de la situación en la que se encuentra este deporte hoy en día.

De 2005, más o menos, a la fecha, la lucha aérea prevalece, es lo que más busca el público; ha evolucionado. Creo, no obstante, que la lucha libre, como toda actividad humana, tiene que apuntar, precisamente, a eso, a una evolución, una modernidad; no puede estancarse. Decir si esta época es mejor a las anteriores sería estancar la lucha libre, encasillarla. Creo firmemente que esta era de la lucha libre, en la que yo me encuentro, es la mejor, porque es lo que yo hago. Respeto lo que hago y lo que sé, tanto como respeto lo que ya se ha hecho. Pero, y esto me parece importante, sí ocurre algo curioso: si luchan, digamos, Negro Navarro y Blue Panther, con su estilo a ras de lona, la gente aplaude, arroja dinero. Si luchamos, por el contrario, dos luchadores jóvenes, nuevos, con ese mismo estilo, a ras de lona, la gente abuchea.

¿A qué se debe esto?

Puede ser algo relacionado con la trayectoria, que es menor, obviamente, en el caso de los luchadores jóvenes, porque tenemos la misma preparación, los mismos arrestos que los luchadores antiguos.

***

Sagrado, el ahora maldito del ring, parece llevar por dentro el diseño que ostenta su máscara: un fuego que se repite, cíclico, inextinguible. En sus palabras, a pesar de la mesura y el tiento, se percibe fuerza, un poco de desesperación quizás, por llegar más lejos, más arriba, más rápido. Su mirada, por un momento, se va al ring, que está a pocos metros de donde estamos, y luego regresa; sólo Sagrado sabe qué pasó por su mente.

***

Una última pregunta, Sagrado, que es, tal vez, igual o más importante que las anteriores. Fuera de la arena, lejos del encordado, ¿quién es Sagrado? ¿Cómo es?

Como se dice actualmente, Sagrado es muy buena onda —sonríe—, un joven muy apegado a sus costumbres, a sus raíces. Vivimos en una época de tecnologías, donde se tiene en todo momento el celular en la mano, las redes sociales: no soy la excepción. Me encantan los videojuegos, ir al cine, demostrarle a mi familia que la quiero, que la amo, ya que no siempre puedo estar con ellos. Por eso, cuando hay oportunidad, les brindo tiempo de calidad, no de cantidad. Eso es parte de mi proceso de crecimiento, de probarme a mí mismo, no a nadie más, que soy un ser humano valioso, una persona ejemplar, que procura la mejor apariencia, tanto física como mental. Sé que la lucha no es para siempre, y esto es difícil de decir, pero si un día sufriera un percance que ya no me permitiera desarrollarme plenamente como ser humano, mucho menos como luchador, quiero estar seguro de tener las cualidades necesarias para poder superarlo.

***

Sagrado me hablaba hace unos momentos de la dualidad del luchador, y de las enseñanzas que este deporte le ha dejado. Ahora lo confirma, con frases lapidarias, contundentes, llenas de una sabiduría muy personal, característica del hombre que pasa mucho tiempo consigo mismo. Sus frases, con las que cierra sus diálogos, son como los finales que tanto anhela en la lucha libre: finales fuertes, dolorosos, sencillos, pero no por ello menos estéticos, sapientes.

***

¿Algo más que desees agregar, Sagrado?

Una cosa, sí: antes de criticar, antes de emitir un juicio sobre la lucha libre, de cuestionar su veracidad, hay que pensarlo dos veces. Para mala fortuna, hoy día las redes sociales brindan mucho poder al cibernauta, y creen saber más que un luchador, lo cuestionan de forma ácida, retadora, cuando en verdad no se imaginan lo que esto significa y representa, porque nunca han practicado la lucha, no la han sentido en carne propia. Aquí en las arenas no es distinto: el 80% de los que vienen no tienen respeto por el deporte, por el practicante del mismo; vienen a ver a las edecanes, a ver las luces, a beber, pero no muestran respeto al quehacer del luchador. Pero así es esto, pasa a veces, es parte del espectáculo, y digo espectáculo porque hay espectadores, no por otra cosa. No importa, si volviera  a nacer volvería a ser luchador, lo juro. Cometería menos errores, aprovecharía mejor mis oportunidades, pero volvería a ser luchador, sin duda.

***

Sin dudas, así se mueve Sagrado en este enorme ring de cuerdas de aire que es la vida.

 

El Sagrado

 

3     

Terminamos la entrevista, nos estrechamos la mano y es como finalizar un mano a mano, uno en el que trenzamos en el viento los diálogos; sin perdedores.

— Gracias, Sagrado.

— No, al contrario, y perdón que no haya sido antes.

La humildad es el común denominador entre el Sagrado, el luchador, el personaje, y el hombre joven de quien no conozco el nombre (pero tampoco lo pregunté) que da vida a dicho personaje. Antes de terminar del todo, le digo a Alberto que me tome una foto con Sagrado. Nos quedamos quietos mientras la luz nos encierra. Ahora sí, terminamos. Alberto guarda su cámara y yo guardo las preguntas; Sagrado guarda la máscara en la misma bolsa de la sudadera. Se nota cansado, imbuido de una fatiga que viene de días atrás; las largas jornadas de trabajo pasan factura. Se frota el rostro, como quien recién despierta, y suspira. Nos habla de la función especial del día de hoy, que no estará abierta al público.

Hablamos de cosas relacionadas a la lucha, del destino de la entrevista. Es una buena oportunidad, dice Sagrado, para que más gente conozca quién es Sagrado, llegar a gente que ni siquiera se imagina estas cosas. Porque quiero que la lucha libre crezca, salga adelante, pero todos juntos como compañeros, todos. En este país sólo hablan de fútbol, y a mí ni me gusta el fútbol. Alberto y yo reímos por lo que dice, por el desenfado con que lo pronuncia. No es mentira: siempre está pendiente de los demás. Será un buen maestro si es que decide serlo, pienso, y espero que así sea.

— Por cierto, Sagrado —le digo de pronto, porque lo había olvidado— no te pregunté quién es tu ídolo de la lucha libre.

Se sienta en la orilla de una butaca y se lleva las manos a las bolsas. Suspira.

— Pues, como te decía, El Santo y sus películas me hicieron enamorarme del deporte. No creo que haya actualmente, o que vuelva a presentarse, un ídolo como él.

— Pues entonces la pregunta de si prefieres Santo o Blue Demon mejor la borro.

— No, mira, a todos los admiro: todo el que se suba a un ring merece mis respetos. Claro, hay unos que tienen, o tenemos, más experiencia que otros, pero todos hacemos funcionar todo esto que ves (su índice derecho señala la Arena México), pero yo lo veo así: somos como engranes, unos más grandes, otros más pequeños, pero todos somos útiles, y a veces el engrane pequeñito llega a ser más importante que uno grande.

Debería ser maestro, sin duda, pienso.

¿Uno en especial? —insisto.

— Bueno, pues alguien a quien admiro mucho, que fue desde siempre uno de mis grandes ídolos, es Lyger. Imagínate, yo jamás, jamás, imaginé enfrentarlo alguna vez. Y luego me lo encuentro en el ring: pues no me la creía. Y algo que me llena de mucho orgullo, de mucho gusto, es que a él, allá en Japón, cuando le preguntan sobre un luchador que lo haya marcado aquí en México dice, sin dudarlo: Sagrado. Un gran joven, muy atento, muy honesto, y buen rival en el ring, dice sobre mí.

¿Qué te provoca eso?

— No pues imagínate, es como si a ti Octavio Paz, o quien tú más admires, te dijera que le gusta cómo escribes; así, más o menos.

Nos despedimos de Sagrado con afecto y enfilamos hacia la salida. Me comenta, en el camino, su parecer respecto a la entrevista. Me dice haberse sentido respetado, y que estas cosas ayudan a elevar el nombre del deporte al que él ha entregado su vida. Se trata de respeto, me dice, y concuerdo. No preguntaste mi nombre, no quieres fotos de mí sin máscara, eso es bueno: creo que amas la lucha libre y la respetas; piensas, me dice. Hace énfasis en el poder del pensamiento, del razonar cada acto. Por eso mi súper héroe favorito es Batman, comenta, porque usa mucho el cerebro, piensa; además todo lo que logra lo hace sin tener súper poderes. Luego vuelve a quejarse del morbo de algunos aficionados, del afán de conocer el rostro de un luchador.

—Como esos sitios en internet —dice Sagrado—donde sacan fotos de luchadores sin máscara, o ponen sus nombres reales, y ¿para qué?, ¿qué ganan? A eso me refería hace rato.

La luz del día está allá, a unos pocos pasos. Dejamos atrás el retén, el túnel, la Arena México; a Sagrado también, en cierta forma. Caminamos un par de metros juntos: Alberto y yo nos dirigimos al Centro Histórico.

—Vivo cerca —dice Sagrado— a veces salgo de mi casa ya vestido; la gente se me queda viendo, les ha de sorprender.

Llegamos a la esquina y, ahora sí, nos despedimos. Quedamos en que no será la última, y así espero que sea.

Cuando regreso a mi casa, por la noche, recuerdo de pronto la pregunta que olvidé hacer. ¿Por qué Sagrado? Pero no importa, es un buen pretexto para que no sea la última vez que me permita hacerle un par de preguntas, y así poder conocer más de Sagrado, no todo, claro, porque quien dice ya saber todo en realidad no sabe nada.

Sus palabras: fuertes, a ras de lona, sencillas, como los finales que él espera en el ring.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

En Magnetofónica, Iliana Vargas entreteje veinticinco cuentos con la estructura de un caleidoscopio que se alimenta a sí mismo y se sirve del juego de colocar un espejo frente a otro para adentrarnos en innumerables reflejos fantasma. No tienen finales sorpresivos o abiertos, al contrario, son historias que se cruzan y coinciden, e incluso le roban elementos a nuestra realidad.

Magnetofónica invita a pensar en un conjunto del cual es posible extraer algunos cuentos, dejándose guiar un poco por el azar y abordando el proceso del sacrificio ritual, uno de los temas más constantes del libro. La instrucción, interpretada a través de las señales de la naturaleza, de desollar a siete navegantes para ofrendarlos a siete sedentarios o la metamorfosis de una adolescente en una diosa caballito del diablo, un insecto odonata, podría ser el producto más decantado del mundo caótico, convulsivo y cambiante en el que Iliana Vargas centra sus historias, apoyándose en la iniciación, premeditada o inconsciente, o en el recorrido hacia un sendero que recuerda mucho al del proceso místico, donde el centro, el principio y el fin sólo pueden desembocar en la propia muerte o en la epifanía. Un buen ejemplo sería la historia del hombre de sesenta y ocho años que busca adentrarse en la sombra natural, el lado oscuro de lo que se cree que puede ser delineado y comprendido, para descubrir, como si fuera Heráclito, que lo que era familiar y conocido hace un momento se ha transfigurado al ocultar un anatema invisible que al revelársele le hace entender cómo su exploración sirvió sólo para cumplir la fatalidad de un sino.

Sin embargo, parece que hay algo de glorioso subyaciendo en cada una de estas muertes y sacrificios rituales, como si nos quisieran persuadir de que no hay nada más brillante, por obvio que suene, que una consumación y un deceso luminosos.

Cada puerta que se abre en Magnetofónica lleva a un mundo paralelo que converge con otra desde el terror abisal. Puede ser el efecto producido por las ondas solares en la Tierra, si es que el mundo al que nos referimos es la Tierra, o los restos de una sociedad sepultada por el agua. Lo exterior se nos revela como una amenaza, no sólo hacia la materia del hombre, sino hacia aquello que consideramos vivo, porque entender si el aire, el agua y la luz tienen vida o no, es una pregunta que subyace y da forma a la congruencia interna del texto en cada uno de estos mundos paralelos. En otras palabras, esta tierra asolada, mutable y onírica, con sus propios ciclos, es peligrosa y está plagada de espejismos materiales, como si fuera un personaje más, consciente de sí y de su poder abrasivo en la existencia de todo lo que la rodea.

Las historias que conforman este libro son, en su mayoría, tramas espejo o paralelas. El cuento «Styx y Umene» es un buen ejemplo de ello, pues incluye en su trama a la polilla acherontia atropos, mejor conocida como La esfinge de la muerte. Ésta se encuentra con relativa facilidad en ciertos cementerios y aparece en multitud como un presagio de desastres naturales, guerras, enfermedades y un número incontable de muertes en la zona donde ha decidido instalarse, como si su único objetivo fuera esperar la descomposición natural de miles de cuerpos.

Styx es una especie alada inteligente, de forma un tanto desconocida, la cual, especulo, es femenina y representa también el presagio de algo terrible para el hombre. Por otra parte Umene, una mujer que tiene una función burocrática en el espacio exterior (medito un momento en lo hilarante de esta imagen) se encuentra con Styx, y ambas deciden ocultarse en la oscuridad para no ser vistas, dándole forma a dos escenarios paralelos que desembocarán en uno solo.

El rito iniciático, el camino seguido hacia un destino delineado desde el principio, así como cada movimiento de los personajes, sirven para acelerar y darle fin al proceso de descomposición y supervivencia de otro. Esta muerte sólo forma parte de la continuidad del ciclo de vida en un mundo hecho con la materia de los sueños, un mundo potencial que puede cambiar de forma las veces que sea necesario, uno que se ha identificado en el centro del ser, poblado por fantasías y reflejos fantasmales, similar a un humo concéntrico que desaparece y se lleva consigo a quien lo sueña en el momento en que ese alguien toma conciencia de él, porque los sentidos son aquí lo único que le otorga un significado a la naturaleza de los hechos y sus fenómenos.

Si nosotros habitáramos las historias que ha escrito Iliana Vargas tendríamos que enfrentarnos con la bestialidad de la Esfinge o el Dios colérico del Antiguo Testamento en una tierra donde el hombre es un instrumento que alimenta a una fuerza oscura, aquella que produce el terror ancestral y natural donde el hombre sólo es una vía para un objeto superior que sobrepasa los propios límites que se han delineado y del cual es imposible entender o acercarse a su verdadero fin y último significado.

Éste es el centro magnetizado que atrae a todos los mundos para que se entrelacen, y está plasmado en la historia de Virna Ligsa y el Señor Magnetófono, un aparato que reproduce una voz cuyas palabras contienen las pistas para entender el mensaje detrás de cada una de las puertas abiertas a lo largo del libro. Al final se nos revelará (como decía Jim Morrison: «nadie sale vivo de aquí») el sino del Señor Magnetófono.


Autores
(Ciudad de México, 1988) es editor de la versión impresa de la revista Moria y coorganizador de Lateralia/ Festival de Edición Independiente en Morelos. Ha publicado cuentos, crónicas y entrevistas en diversas antologías, así como medios impresos y digitales.

Para Elías Portela [aka Elías Knorr]

1.

La velocidad de los días me rebasa de tal forma que aún no sé si en verdad estoy aquí. Es demasiado ligero el aire como para poder guardarlo en los pulmones, y la gracia de la luz que reverbera entre las hojas intensas, de un verdor que parece artificial ►de un verdor que parece alterado por la luminosidad de algún pez abisal derramado entre las ramas◄ me hace dudar de la naturaleza a la que pertenecen. O a la que pertenezco yo.

El sol se ha perdido desde hace rato entre las fauces del cielo, dejándome medio a ciegas en el camino por donde avanzo sin entender bien por qué o para qué: sólo me adhiero a las ventosas que el faro marino dispara en su vibración

azul-azul//

rojo-rojo-rojo-rojo//

azul-azul//

rojo-rojo-rojo-rojo //

Busco un arrecife con suficientes arbotantes de fuegos fatuos que me guíen para llegar a la noche submarina, a la noche de fauna incandescente. Hace años perdí una parte del cuerpo bajo esas aguas, pero no eran las mismas que suelen verse desde aquí, donde chapotean las abuelas y los niños con sus inflables de unicornios rosas y abejorros verdes. No. Eran aguas que guardaban un secreto en el color que llegaba con las mareas de diciembre: me sumergía y la piel se impregnaba de un aceite azul eléctrico, moteado con magenta y naranja que me convertía en un ópalo de carne. Ahora no estoy seguro de querer llegar de nuevo ahí; de hecho, ni siquiera sé si voy por el rumbo correcto. Sólo avanzo, guiado por las intermitencias del faro y los cantos de las aves nocturnas. Han pasado demasiados años. No debería estar aquí.

 

2.

Aquella tarde tampoco debía haber estado ahí. Había tenido una noche perturbadora, en la que sus piernas y sus manos se acalambraban a causa de las ráfagas heladas que se filtraban entre las ventilas del techo, diseñadas justo para que el aire no dejara de circular por toda la casa. Nunca, en los casi diez años que llevaba de vivir en Acapulco, había sentido un frío así. Era diciembre, sí, pero en las costas del Pacífico: por mucho que hubiera mal tiempo, la temperatura no solía bajar más de 23 grados centígrados.

A pesar de haber dormido poco, se levantó temprano, recompuesto, con la sensación de haberse desprendido de algo, sin saber exactamente de qué. Sólo recordaba que una voz había brotado entre el frío, murmurando una especie de cántico y oración que le había ayudado a conciliar el sueño durante esa extrañísima noche de la que ya no quedaban rastros: la brisa llegaba tibia desde la playa y el sol coronaba el día, dando un fulgor particular al verde de las palmeras, los tamarindos y almendros que alcanzaba a ver desde la ventana.

Sintonizó la estación de radio donde daban las noticias locales, escuchaba atento mientras preparaba el desayuno, en espera de que dijeran algo sobre la noche anterior. Pero nada, sólo anunciaron las actividades del día en el malecón y los nombres de los clavadistas que esa tarde se presentarían en La Quebrada. Por momentos pensó que quizá la helada había sido parte del sueño, o quizá sólo fiebre y el presagio de alguna enfermedad… pero algo en el cuerpo no lo dejaba tranquilo, algo le aceleraba el pulso, como si necesitara nadar durante horas para volver a sentirse bien… normal

Quiso distraerse un rato hojeando algunos libros sobre cine, pero había un rumor en su mente que se filtraba en el silencio de la casa y que se mezclaba con el golpeteo de las olas cercanas, acompañadas del graznido de las gaviotas… Así que decidió lavar los platos y ducharse, y después de ello, ya más fresco y relajado, se sentó frente al piano y se dejó guiar por el recuerdo del cántico que le había arrullado en la noche: un ir y venir de murmullos acuosos, cristalinos, que le decían un nombre que era y no era el suyo, y en el que había estado pensando desde que había llegado a vivir ahí:

Fassssijkhaila’nyrmaTario

El cuerpo del sueño

La mano del fantasma

La voz del que escribe

Fassssijkhaila’nyrmaTario

La letra salía de sus labios siguiendo la melodía que sus dedos, ágiles sobre el piano, iban marcando, descifrando entre las teclas blancas y negras, los tonos graves y agudos. Repitió la tonada tantas veces como su cuerpo se lo pedía, conforme el trance en el que se estaba envolviendo se hacía más fuerte y nítido, una y otra vez. Con los ojos entrecerrados alcanzaba a vislumbrar una figura que comenzaba a delinearse del otro lado del piano, cerca de la ventana, y que pronto terminó de bordearse con la luz solar que le daba una esencia incandescente, haciendo clara la imagen de sí mismo observándose desde ahí, atento a sus movimientos ondulantes, sincrónicos y a punto de entrar en un frenesí que de pronto se vio interrumpido por la pregunta que ese otro Francisco le hizo desde el umbral:

—¿Has comprendido entonces el significado de la letra? Has pasado toda la mañana repitiéndola…

La voz era profunda y clara, como un eco  amplificado y destilado por el viento que llegaba del otro lado del mar. Era la misma voz que había escuchado entre sueños y, al igual que en la noche, lo envolvía en un frío antinatural, que nada tenía que ver con la luz y el calor que resplandecía en cada mueble, cada pared, cada espacio que le rodeaba. Sobresaltado, detuvo las manos sobre las teclas, en una posición suspendida, y se quedó así unos segundos, sin atreverse a abrir del todo los ojos para mirar. Más que miedo —porque no podía tener miedo de sí mismo—, lo paralizaba la posibilidad de voltear y no encontrar nada; de estar consciente de que había escuchado y visto algo que no existía, y, entonces, confirmar algún tipo de enfermedad que se manifestaba en su mente y no en su cuerpo. Sin embargo, el frío permanecía atroz, pero sin atravesarle la piel. La voz volvió a intervenir desde la ventana:

—La enfermedad que temes no está en mí ni en ti, sino en quienes no escuchan sus sueños, en quienes se aferran a una sola visión e identidad, en quienes detienen los pasos de su destino.

—¿Eres acaso una proyección de mis pensamientos? —se atrevió por fin a contestar, pero sin mirarlo, mirarse, todavía.

—Si fuera tan sólo una proyección de tus pensamientos no podría decirte algo que no habías pensado. No. Soy la proyección de la voz que no te habías atrevido a explorar. Soy tu necesidad de darle nombre a las imágenes que llegan a ti de noche, desde los mundos que palpitan en tu ingenio y pensamiento; las voces que surgen  mientras caminas por la playa; mientras te sumerges en las aguas marinas y te dejas acariciar por los peces y las algas; mientras estás en el cine, o te entregas a la revelación de las notas que duermen en el piano.

—Pero… las voces, esas voces de las que hablas…

—No son sólo voces. Son palabras, palabras que vienen a ti y que no le dices a nadie. Palabras que se han estado guardando en tu sangre y espíritu, en los rincones de tu cerebro que exploran la noche, en la incandescencia que me ha gestado del otro lado del tiempo.

—¿Cómo puede haber otro lado de algo tan abstracto como el tiempo? ¿Y cómo puedes ser una incandescencia de sangre? ¿Cómo puedes ser parte de mí sin que te haya sentido antes? ¿Cómo sé que no me he desmayado y no eres más que una visión? Eso ya me ha ocurrido: he perdido la conciencia después de nadar durante horas, siguiendo a las barcas que salen de pesca rumbo a Roqueta, y mientras me encuentro perdido en esa especie de limbo blanco, surgen apariciones de seres de agua y de arena que me hablan, que me atormentan con su humus salino para no dejarme despertar, para que me quede con ellos dando vueltas en la marea, o incrustándome como los cadáveres de moluscos en los arrecifes… Parecen tan reales, como tú, pero sin tanta luz rodeándoles… Es el agua y la sal lo que les da forma y consistencia, lo que les da movimiento a sus miembros… y sus voces son burbujas que se rompen al contacto con el aire, conforme el oxígeno regresa a mi cerebro…

—Mírame bien, Francisco. ¿Acaso parezco ajeno a ti? ¿Acaso no te preguntas si la vida en verdad es sólo una; si los objetos y elementos que te rodean en verdad son sólo eso; si no tienen una historia oculta, que se manifiesta durante la noche, en un mundo paralelo a éste, donde nadie los puede ver o interferir en sus reglas? ¿Acaso no observas tu reflejo preguntándote qué pasaría si de pronto esa imagen en el agua o en el espejo se diera la vuelta y se perdiera en un camino que desconoces, al que sólo miras de lejos, porque no puedes cruzar e ir a buscarla mientras ves cómo se pierde, cómo te has quedado sin la certeza de ser quien eres, y que, quizá, la próxima vez que busques esa imagen reflejada aparezca una muy distinta a la que conoces, pero que sigue siendo fiel a ti? Bueno, pues mírame y dime si no soy esa parte tuya que vive contigo, pero que va y viene cruzando otras dimensiones.

Con mucho trabajo, casi obligándose a despegar los párpados y levantar el rostro dirigiéndolo al umbral de la ventana, Francisco Peláez confrontó la imagen de esa voz que era la suya, porque sabía que lo que había estado diciendo era cierto, porque a pesar de que su vida era tranquila y placentera, rodeada del ambiente acapulqueño, el cine, la música y una familia a la que amaba, había algo que le seguía faltando, algo que latía en él cada noche —sobre todo durante la noche— y que no sabía cómo llamar, cómo descifrar. Así que lo miró, y supo que el brillo en esos ojos que eran los suyos, estaban llenos del misterio que había estado buscando.

—¿Ya ves cómo no tengo que darte pruebas de nada? Estoy aquí porque tú estás aquí, y porque deseas saber cómo puedes ser lo que ves en mí.

—¿Y para eso es necesario el frío?

—El frío es parte de la noche de la que provengo; eso ni tú ni yo lo podemos evitar. Pero no deberías prestarle tanta atención. Mejor dime: ¿has comprendido el significado de la letra que te he revelado? Debes entender que no puedo decírtelo todo, que las respuestas también están en ti, en tu capacidad de cruzar al espacio de las palabras.

—Bueno… A decir verdad, lo único que no me ha quedado claro es el significado de Tario; el resto parecía brotar de mi boca con tanta naturaleza que era como si lo hubiera ideado desde hace años… Y esa palabra, Tario, también… pero no sé exactamente a qué pertenece, como si fuera parte de un secreto que ya me han contado, pero que no logro recordar.

—¡Exacto! Tario es parte de un secreto que te acabo de revelar. Tario soy yo, pero también eres tú. Y hoy decidirás, por fin, cuál de los dos mirarás la próxima vez que busques tu reflejo en la noche bajo el agua. Vamos, tenemos el tiempo justo antes de que la corriente se pierda.

—¿La corriente? ¡No te referirás a la Corriente Marina Ecuatorial que ha llegado a Icacos!

—¿A cuál otra, si no? Yo sé / tú sabes que eres un gran nadador, y que ya te has enfrentado a enormes oleajes y corrientes fuertes desde que llegaste aquí, incluso le has dicho a Carmen que te gustaría lanzarte desde La Quebrada, así que no hay motivo alguno para inventarse pretextos. Además, nadar guiado por la corriente no será lo más difícil que harás esta tarde… Y de una vez te digo que has cruzado una línea de la que ya no es posible regresar; olvídate de resistirte o arrepentirte: me estás mirando, y comunicarte conmigo es lo mismo que aceptar el sacrificio que implica ser Palabra.

—No, si de arrepentirme no hablo… sólo pienso que de nada servirá tratar de ser lo que quiera que signifique ser algo más si entro a una corriente de la que no voy a volver a salir. Entonces, sí, ni Palabra ni Nada.

—¡Basta! La sangre me hierve de oírte hablar así. El miedo no va con un hombre que ha de llamarse Francisco Tario. ¡Anda, es hora!

Francisco Peláez miró el reloj a lado de la puerta: las 3 de la tarde estaba bien incluso para nadar en Icacos; lo que no entendía era cómo había podido estar ahí, frente al piano, desde las 10 de la mañana, sin darse cuenta de cómo avanzaba el día alrededor.

Entonces comprendió lo que había dicho Tario sobre el tiempo: no es que no exista, sino que no hay uno solo. Tal vez era momento de saber en qué consistía esa parte de sí mismo que estaba ahí, fuera y dentro de él a la vez. Se levantó en busca de una camisa, el traje de baño y las sandalias que usaba para nadar en mar abierto.

Al no sentir más frío, volteó hacia la ventana y notó que Tario había desaparecido, pero ello, en vez de hacerle desistir, le impulsó a salir aprisa, como si la necesidad de encontrarlo de nuevo fuera lo único que ocupara su mente, que hiciera fluir esa ansiedad en las piernas y en su corazón.

Ya en el auto rumbo a la carretera, las palabras comenzaron a efervescer desde la boca del estómago, subiendo por el tórax, la laringe, la garganta y deteniéndose en la punta de la lengua hasta formar un bocado consistente:

Fassssijkhaila’nyrmaTario

El cuerpo del sueño

La mano del fantasma

La voz del que escribe

La noche del destierro

La noche del objeto sin su amo

La noche sin los hombres

La noche del mar dentro del sueño

Desbordándose en la voz del fantasma

En la mano del que escribe

Fassssijkhaila’nyrmaTario

 

3.

Las luces del faro no llegan hasta esta parte de la playa. Mis piernas tienen marcas y rasguños profundos, pero no me duelen. A momentos pienso que quizá he caminado por este dunerío desde hace años, escalando y bajando peñascos y arrecifes, atravesando pabellones de zarzas y espinos que no deberían formar parte de este paisaje, que nada tienen que ver con la arena marina y el agua de sal. «Estoy en Acapulco», me digo, y si estoy en Acapulco, no entiendo por qué hace horas que avanzo sin ver un cocotero, por qué la arena está tan fría, por qué parece que me hundo a cada paso; que fieras ultraterrenas encajan escamas puntiagudas en mis pies, tratando de desgarrar mis piernas hasta encontrar los huesos y destazarlos con sus dientes de barracudas infernales. He tratado de no perder el sentido mirando las huellas sobre la arena, esas huellas que quedaron como pistas la última vez que estuve aquí, y que por alguna razón incomprensible, siguen intactas desde entonces. Aunque, si lo pienso bien, aquella tarde yo traía las sandalias que uso o usaba para nadar, y estas huellas son de pies desnudos, hinchados de tanto andar, como los míos ahora. Ahora y entonces. ¡Dioses! ¿Qué ha ocurrido conmigo? ¿Por qué estoy aquí, buscando un cuerpo que ya no me pertenece, y arrastrando otro al que ya no pertenezco?

¿Por qué me dejé llevar a la Corriente Marina Ecuatorial cuando sabía que el mar no me iba a dejar salir de nuevo? ¿Por qué puedo ver los cangrejos y las tortugas dentro de sus cascarones bajo la arena, pero no soy capaz de encontrar el camino hacia ese pequeño ojo de agua que yo nunca hubiera encontrado en Icacos si Tario no me hubiera llevado hasta allá? ¿Por qué he despertado de la noche del sueño para desesperarme con esta angustia? ¿Qué haré si logro llegar ahí de nuevo? ¿Cómo haré que Tario me devuelva mi cuerpo y se quede con su esencia de fantasma?

—No, Francisco, no podrás. Te he traído de vuelta porque es preciso que veas a alguien.

—¡Tú! ¡Fantasma de la mano que escribe, invocador de los horrores nocturnos y los sueños! ¡Tú, Francisco Tario, regrésame a casa!

—Eso es imposible, Peláez. Tú aceptaste entregarte al agua, a la corriente, al ritual de transmigración. Te lanzaste al remolino como hipnotizado por la fuerza que emitían sus brazos marinos, y te dejaste envolver por ellos y sus colores aceitosos. Cambiaste tu carne por una esencia que sólo pertenece al mar, y me diste la fuerza necesaria para tomar forma, huesos, piel y una voz que convertí en palabra escrita. No perteneces más a este mundo, pero sí al tiempo, y a otro espacio.

—¿Estás diciendo que estoy muerto?

—No. No estás muerto. Te sacrificaste, que es distinto: mudaste tu cuerpo a otra naturaleza, y dejaste que la mía emergiera de la profundidad marina para dar vida a tus deseos.

—¿Mis deseos? ¿Acaso parece que disfruto estar aquí, perdido y cansado?

—No seas absurdo. Me refiero a tus deseos en aquel momento, cuando decidiste dejar hablar a tu nueva identidad; es decir, cuando decidiste que Francisco Tario hablara por ti.

—¿Y cuánto tiempo hace de eso? ¿Cuánto tiempo he abandonado a mi familia?

—No la has abandonado. Sigues / seguimos juntos. El problema es que Carmen ha descubierto que no estás ahí y ha salido a buscarte.

—¿A qué te refieres? ¿Cómo se dio cuenta? ¿Cómo que me está buscando? ¿En dónde?

—No entiendo muy bien cómo pasó. Habíamos / habías seguido como siempre, con ese amor invencible, incorruptible. Creo que el problema empezó cuando me entregué demasiado a la tarea de escribir y me fui alejando de algunos menesteres sociales, aunque acudía a las reuniones cuando había que acudir, e incluso las disfrutaba. En realidad, algo sucedió con mis / tus ojos… Empezaron a nublarse, a desencajarse de tanto atraer a las visiones para escribirlas, y ella lo notó. Un día, mientras yo tocaba el piano acompañando su lectura de uno de mis cuentos, se acercó despacio y puso su mano en mi hombro izquierdo, sabiendo que ése y no el derecho, como el tuyo, era mi fuerte. Entonces se me quedó viendo, serena, sin decir nada. Y mis ojos comenzaron a temblar, a tratar de contenerse y no desviar la mirada. Pero ella lo supo, me observó y lo supo, y después de preguntarme “¿Cuándo regresará Francisco?” salió de la habitación y la oí caer por las escaleras. Desde entonces ha estado entre el hospital y la casa, buscándote cada vez que me mira. Hasta que ayer, al oír la pieza con que la invitaste a bailar por primera vez, su corazón se detuvo, y supe que debía traerla a ti.

—Pero, si ella está muerta y yo no… No entiendo para qué la has traído…

—Su corazón se detuvo, pero su espíritu no se ha ido aún. Sólo que para verla y quedarte en el otro espacio con ella, tienes que aceptar una transmigración más: te daré la condición de fantasma con que llegué a ti la primera vez, pero nunca volveré a escribir.

—Un sacrificio para revertir otro sacrificio…

—Exacto.

—De acuerdo…

—De acuerdo, entonces. Ahora la traigo contigo, y tú y yo no nos volveremos a ver. Ha sido un gusto, Peláez; te sorprenderás en el futuro, cuando alguien comience a decodificar la belleza y el misterio de las palabras que hay en tus libros.

—En los tuyos, querrás decir, Tario.

—Bah, al final es lo mismo, sólo que desde dimensiones distintas. Es hora; Carmen está aquí.


Autores
Ciudad de México, 1978) es autora de Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma, entre otros libros.

Sentí una brisa helada cuando leí Los últimos hijos de Antonio Ramos Revillas. Ventisca digna de esos libros que arrebatan la tranquilidad del lector y lo conducen hacia un barranco sin ramas de donde asirse. Apenas di vuelta a las primeras páginas y encontré a Alberto e Irene, víctimas de un asalto en casa que desnudó los fracasos guardados bajo llave: un matrimonio fingido que vivía la rutina mecánica y el cuarto de su hijo nonato, habitado por un reborn —muñeco de látex hiperrealista diseñado a imagen de la pareja— abandonado en la cuna. Tras el robo, Alberto contempla su casa con frialdad y desapego. Todo sitio robado pierde intimidad y a los desvalijados no les queda más que reapropiarse lentamente de lo suyo. ¿Debería uno preocuparse por los objetos hurtados o por todo aquello que los ladrones miraron y no quisieron llevarse? «Guardas algo durante años y con qué facilidad queda expuesto ante los desconocidos para que hurguen y formen con eso una imagen nueva de ti», dice el protagonista.

Poco después, gracias a un detective privado, Alberto ubica a los asaltantes y decide robar a la hija de la mujer que participó en el saqueo, no sólo para vengarse de ellos, sino del destino que enfrenta. Cuando lo consigue, se asume como autoridad y se pregunta si debe regresarla o arrebatarla para siempre. Esta acción descarnada le sirve para exiliarse con su esposa y abandonar su vida cotidiana en menos de una semana.

Novecento, el pianista que da nombre a la obra homóloga de Alessandro Baricco, se pregunta horrorizado cómo elegir una ciudad para vivir, una mujer con quien casarse frente a las innumerables alternativas que te ofrece el mundo. Del mismo modo, Alberto fantasea cómo serían sus hijos con todas las mujeres que conoce o que pasan frente a él. Cada encuentro es una oportunidad para ponerle un nuevo rostro a ese hijo imaginado, según el vientre que pudo materializarlo. Incluso encuentra en aquella niña robada —a quien nombra Betsabé— algunas facciones suyas, como si en verdad fuera su hija. No obstante, la fantasía se disipa cuando la pareja comienza una vida en El Sartejonal, un pueblo olvidado en la región más paupérrima de Zacatecas.

Las escenas que Ramos Revillas sugiere están lejos del lugar común y, por el contrario, sirven al lector para caminar sobre un suelo escarpado donde la tierra seca quema el doble. Los semáforos al pie del pueblo dan la sensación de que el tiempo avanza más lento porque aún no ha llegado el sistema saturado con que vive la metrópoli. Es el pueblo donde sólo habita un grupo de ancianos, quienes cuentan viejas anécdotas como si tuvieran arenilla en la boca.

Ser padre ha perdido la connotación del deber y ha adquirido, en su lugar, una opinión silenciosa y contrariada. Ahora se puede elegir tranquilamente no tener hijos, de modo que la duda crece más. Es más fácil no pensar en ser padres cuando todavía se juega un cómodo rol de hijos y cuando sabemos que la situación económica no nos favorecerá por razones innumerables. Sin embargo, para varios la duda sigue punzante.

Crecimos con la imagen de que los papás no lloran y cuando sucede algo grave apenas se les deforma el semblante. Una demanda injusta que delineó el carácter de muchas generaciones dentro de las que me incluyo. No es común conocer a fondo la angustia y el duelo de un hombre por su hijo fallecido.

Esta tragedia también está ejemplificada en la obra con la figura bíblica de Betsabé, amante del rey David, que pierde su hijo a los siete días de nacido por castigo de Dios. El lamento sólo da espacio a lo que rey siente y la voz de Betsabé, su dolor de madre, se encuentra aminorado, acallado en las páginas del Antiguo Testamento. El narrador (re)crea el salmo de la pena que arrebata a los padres cuando un hijo suyo desaparece.

Los últimos hijos es una obra afortunada que desliza sus piezas y pone en jaque mate al lector para que estas dudas tomen una posición central; y hace de nuestra casa un museo de lo extraño, un lugar de derrotas, cicatrices de proyectos abandonados e inconclusos que protegemos dentro de sus paredes.


Autores
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.