Hagamos una película llamada Dinosaurios en el barrio.Jurassic Park mezclada con Fridays mezclada con The Pursuit of Happyness.Debe tener una escena donde un niñito negro esté jugandocon un dinosaurio de juguete en el autobús, luego mire por la ventana& vea a un Tiranosaurio Rex, porque tiene que haber un Tiranosaurio Rex.
No dejes que Tarantino dirija esto. En su versión, el niño jugueteacon un arma, la metáfora: los niños negros juegan con sus propias vidas,el presagio de su muerte, la viva imagen de su padre.A la verga eso, el niño tiene un Brontosaurio o un Triceratops de plástico& eso es su prueba de magia de Dios o de Santa. Quiero una escena
donde un Pterodáctilo cague sobre una patrulla, una escenadonde la tiendita de la esquina se convierta en un campo de batalla. No incluyasa los hermanos Wayans en esta película. No quiero ninguna mierda racistasobre la gente asiática o estereotipos latinos muy usados.Esta película es sobre un barrio de la realeza —
hijos de esclavos e inmigrantes & adictos & exiliados —salvando su ciudadde dinosaurios reales como la chingada. No quiero algo cursi ni progresistadel héroe tipo hmong sexy guapo un wey con una compinche graciosa mas fuerteniña negra secuaz del tipo de películas de parejas de policías. Esto no es un chance para Will Smith& Sofía Vergara. Quiero abuelas en el cobertizo ejecutando Velociraptorescon armas que escondieron en las paredes & bajo los colchones. Quiero a esos dinos pequeñitoschilloncitos y gritones. Quiero que Cicely Tyson haga un discurso, quizá dos.Quiero que Viola Davis salve la ciudad en la última escena con su puño negro y un peine para afrohasta que el ultimo dinosaurio quede en pie, y muera a sangre fría. Pero esto no puede seruna película de negros. Esto no puede ser una película de negros. Esta película no puede serdescartada
por su reparto o audiencia. Esta película no puede ser una metáforasobre gente negra & extinción. Esta película no puede ser sobre razas.Esta película no puede ser acerca del dolor de los negros o de la causa negra del dolor de su gente.Esta película no puede ser acerca de la larga historia de tener una larga historia con el dolor.Esta película no puede ser sobre razas. Nadie puede decir nigga en esta película
que no pueda decírmelo a la cara y en público. Nada de bromas de pollos fritos en esta película.Nada de balas en los héroes. & nadie mata al niño negro. & nadie mataal niño negro. & nadie mata al niño negro. Además, la única razónpor la que quiero hacer esto es por la primera escena: el niñito negroen el autobús con un dinosaurio de juguete, sus ojos muy abiertos & eternossus sueños posibles, palpitantes & ahí mismo.
Destrozada a golpes por los colores de la tormentaun pedazo de madera de junio emergey extiende sobre el aire húmedo sus islas volcánicasno quema este ancho mar, no quema la espuma que brota de la espalda, buscasin embargo el silbo el canto el olfato el atisbo y luego el incendiobajo las aguas: así es su amorcomo cuando niños descubrimos lo poderosos que son los sonidos del maramor que pesaen la nota que dejó hace días un ahogado y que ahora vuelvea su extraño país monocorde, amorla muchacha del muelle, preñadala boca de historias y cuentos sobre grandes peces y mandrágorasfue ella quien amó a todos extensamenteen el lento flotar de diferentes luces y profundidadesfue ella quien habló de las ballenasmanchas de petróleo que se hunden y ensanchanlas vocales del abismoen el océano, tierras sumergidas en una sola miradauna ballena, dijo mientrasse vestía, una ballena es todo el Marde los Sargazos, nadie sabe dónde habitan o qué lentitudgobierna el pesado canto que extiende el oído sobre la superficiepara quien la divisa, la ballena es una casaen medio del camino entre dos mares, la tierra y la lengua no son hogarnido de pájaro en el mástiles este oficio de hundirnos en el olor de la marea; ahoraque no escucho más, que no sueño los brazos de esa mujer de boca extensasé que no existen las ballenassé que esto que miro es sólo una enorme tabla del naufragio que es juniopero en cambio existe ella y sus muellesella y su cuerpoy su costa preñada en la que anclábamos por sus historias, las ballenasno son casas en mitad del mar, ella sí:arpones, pedazos de un coral madreperlamascarones de proa, maderas de raros barcos, collares, oscurasriquezas había en su voz y sus labios como un húmedo y abierto almacén.
Profundidades
Descenso al naufragio: la realidad apenas toca los pulmones del buzo, y los días del agua son más largos en la oscuridad de la madera. Allí abajo la luz pesa menos que el alma de los muebles sumergidos. Una mujer de ébano, desnuda, sin carne, es llama inmóvil, los peces se arremolinan en sus ojos, sólo de esta forma pueden cerrarlos. El buzo le habla de un país donde el aire es como el agua, y la luz resiste a la memoria; pero la mujer, eternamente sincera, no logra escuchar más que la respiración, el profundo oxígeno de los minutos.
Nada turba la quietud de este instante. Digamos que una mujer dormida es un vaso que contiene toda el agua del mar.
Armar el cuadro otra vez/ reconstruirlocomo si una fuerza extraña lo hubiera fracturadocomo los evacuados como los exiliadoscomo los que incendiaban sus propias casascomo después de las guerras y de los desastresy también como cosas más sutilescomo sobrevivirle al amor como despuésde esos finalescomo después de la muerte como despuésde los padresy después de los hijosy también como cosas más sutilescomo cuando amanece
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es enorme el hibisco de mi infanciay es rojo como yo fui rojatan enorme que se niega a que lo piensetan rojo como un parto, madre,yo me hubiera agarrado de tus piernasno tendría que vivir en este nombre tengoa la muerte acomodada/ quieta y ciega /adentro de mis libros/ ordenadapero es enorme el hibiscode mi infanciaquiébrate le digodóblate como se dobla la memoriaquédate en la grieta de mi manoyo corté raíces con tijeras de giganteenterré las plantas/el patio/ los huesos de mi madrehice un pozo para hijos que no tuvearrojé a mis hombres en silencioobstinado hibisco de la infanciacrece desde abajo/desde el centrose caen las paredes de mi casa
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No voy a hablarvoy a hablar de otra cosanunca es esono te voy a decirbastavoy a dibujarte este sutilparaíso de papelsin contarte los piojos ni los sueñosla mirada que se abre hacia una infancia brevede las hamacas voy a hablarde los rosariosserá que no rezásque no te hamacasteayermañananuncano voy a retomar la cuentamoretones que se van pero hacia adentropara volver a estallar en el gesto de los hijosde tus hijos y ad eternumme olvidaré después cuando esté hablandoa nadiede Picassoesodueleno tu mano firme comola rigidez de un locole diste vuelta la cara y volvió otrode un golpe tu hijo se hizo hombreno me vas a decir que ellos son niñoshombre de mil años canta Goyenechevoy a hablar de otra cosaaunque me vuelvoa este abecedarioque sólo habla de vos y de mi infancianada másno dice bastano se hizo para decir bastano voy a hablar del golpe y de la marcade la forma en que tu mano aplasta el gestode tu hijo como si fuera mosca de veranovoy a hablar de la forma en que tu manose levanta desde adentro del poemay lo deshace
Los primeros fueron textos delirantes: dibujos y garabatos, imprecaciones y balbuceos sin mucho sentido. Escupitajos en serie de mis residuos emocionales. Recostado sobre la cama de un cuarto tapizado con carteles de cuerpos femeninos, a veces tomaba los lápices de la infancia para trazar palabras sobre la piel impresa de las modelos. Todo salvajismo adolescente tiene debilidades. Más temprano que tarde, abandoné la lógicas familiares de sacrificio en la productividad, para seguir a un primer amor con edulcorada ceguera animal. Ella me ayudó a salir de ahí y, para matizar el juego absurdo que recién comenzaba, también me traicionó largándose con un danzante conchero de modales «impecables» y razones de perogrullo. Y yo, como en el amanecer de una fiesta; con una resaca del demonio, embadurnado de merengue y desnudo frente a la mañana del mundo y sus sandeces. Pero al menos ahí estaba, aunque loco, salvo: los últimos años de mi segunda década de vida habían transcurrido sin que nadie me violara o me enviara a una guerra. Sin embargo, fue ahí que perdí del todo la inocencia. Ahí, también, comencé a escribir.
Optar por una escritura que imagine honestidad puede representar la renuncia a un paraíso de moral tranquilizante fincada en las necedades que intentan explicarla. Es dudar con constancia y a la vez engañarse porque a uno le sabe bien. Toda levedad —necesaria para asumir los dispositivos de la literatura— tiene algo de angustioso. Y luego lo demás: odio o alegría, placidez o nerviosismo; la vida del equilibrista sobre cables tensados por las antípodas y sus mil contradicciones. Es decir, un desasosiego como resultado de haber perdido el contacto con la materia sensible de las cosas, la comprensión de su pulpa primitiva. De esa manera, quien escribe más allá de la denotación, como es el caso de la escritura poética, se acerca también a la soberbia del poder y al dolor provocado por la renuncia a una primera libertad en los actos.
Así, eso que llaman «ocio» comenzó a parecerme, por aquellas épocas iniciales, una sofisticada simulación para que quienes nunca deseamos nada con prudencia tuviéramos algo en qué ocupar las manos. A la vez un paliativo para no terminar delirando por las calles, bañados de ira ante la aridez de los días transcurridos en la ciudad. Navegar montado en dispositivos identitarios en el mar fantasmal del juicio lector. Porque de cualquier manera, a la larga comencé a disfrutar de aquel juego, gracias a que lo defendido ahí estaba hecho de ficciones abiertas, frente a la cerrazón de aquella otra ficción llamada pomposamente «verdad». Un presentimiento en el montaje regido por las leyes del arte, para la defensa de islas subjetivas dentro de las cuales se guardan cristales para observar el mundo. ¿Quién dice que las cuentas de vidrio no tienen su propio valor?
No puedo entonces hacer apologías reduccionistas: yo era un ser que abusaba de su mirada, desde una soberbia cuya raíz estaba en la creencia de una inteligibilidad propia. Nada más, pero nada menos. Luego, un onanista capaz de sentir placer particularizando el sufrimiento de los demás y el suyo propio. Pronto habría de planteármelo: el nacimiento de la escritura está en el fracaso de los cuerpos y en la imposibilidad del disfrute pleno de experiencias alternas e intransferibles. Ese esfuerzo de comunicación emocional que a duras penas da frutos en el amor.
Y aun así, aunque el amor sea una especie de animal medroso, escondido en quién sabe qué agujero del bosque, también se perfila en lo escrito. La poesía, similar a la masturbación y a sus instantes posteriores, es apenas su llamado. Dibujar barroquismos con los restos de líquido seminal, e imaginar que eso sirve al menos para sugerir el origen del mundo, su recomposición atómica como modelo. Semina rerum, decía Lucrecio: partículas materiales infinitas, indestructibles, indivisibles e invisibles que permiten paliar el temor a los dioses, en pleno orgi-reven mundano. Por ello, ya en el extremo, la poesía se me antojaba un acto de dolor minucioso hacia la paradoja del placer, reconstrucción de sentido en el extravío del sinsentido. Aquellos otros mundos, vaciados en el texto. Y el poeta: un personaje construido por el autor que los figura, fingiendo su realización en el entramado de vínculos significativos. Su disfraz es el de la política de la identidad, forjada mediante la comprensión de los detalles del discurso. Entonces el empleo de herramientas —también el video, la acción, la música, etc.— encuentra su sentido más allá de la tradición. Vehículos no al servicio de la conservación de una idea orgánica del mundo, sino útiles para transgredir los límites. ¿Cómo perderse de la diversión de un cierto desvarío frente a una «realidad» operativa cada vez menos eficaz para explicar la vida? Porque aquel yo que firma, sabe intuitivamente la diferencia entre lo fasto y lo nefasto cuando intenta convencer mediante su discurso (per fas y per nefas según la definición de Schopenhauer: medios lícitos y medios ilícitos). En eso se basa el principio del placer, regido por el deseo y la seducción de la diferencia. Entonces, un acompañamiento en el desatino que implica el pensamiento hasta sus consecuencias extremas.
Al respecto, siempre recordé una idea, extraída de la lectura de El Perfume de Süskind: si ya has contraído ántrax y has sobrevivido, tu cuerpo naturalmente será resistente. Decidir quedarse es aceptar la complejidad de las operaciones para subsistir; su lógica irremediable. Lo que no implica tragárselo todito —con albur incluido—. La literatura, la poesía, las múltiples hibridaciones que la exceden, funcionan más allá del deleite. Son fisuras capaces de reconfigurar el espacio en el que están insertos. Y el trabajo del poeta es mayor al que suele reconocérsele. Aquel que se concentre exclusivamente en escribir poemas desatiende lo más interesante: hacerlos posibles, hacerlos realidad, ser la realidad presente que, aunque sea por unos segundos, exorcice la neurosis de la verdad, la tome por asalto, la haga recular y la obligue a aceptar que también es aquello que creía no ser.
Para quien quiera acercarse a la obra de Guy de Maupassant, ciertamente será de gran utilidad conocer cierto poema que publicó en una antología licenciosa en 1881.
Esta antología se convirtió en el número 190 del Enfer de la Bibliothèque Nationale: la sección de la biblioteca que clasificaba los libros prohibidos por su depravación. Se publicó en Bruselas con el título Nouveau Parnasse Satyrique du XIXème siècle, recueil de pièces facétieuses, scatologiques piquantes. Este «parnaso satírico» incluye tres poemas de Maupassant (junto a poemas de Victor Hugo, Mallarmé y Huysmans, entre otros). En la página 136 encontramos «69»; Maupassant tenía aproximadamente 31 años cuando escribió este poema. Probablemente lo escribió mientras trabajaba, paradójicamente, en el Ministerio de Instrucción Pública.
La publicación de antologías libertinas no era una novedad. El primer «parnaso satírico» se publicó en París en 1622, y honraba a las antologías lúdicas que se publicaron un siglo antes, conocidas como blasones (como el Blasón anatómico del cuerpo femenino, por ejemplo). Con esta publicación se consagró la buena costumbre de editar, de vez en cuando y reuniendo a las mejores plumas de cada época, los textos más licenciosos y libertinos de cada generación. Con la publicación del primer «parnaso satírico» se desató una polémica tan escandalosa que llevó al autor del primer poema, Théophile de Viau, a un juicio que perdió; a raíz de ello fue condenado a muerte y permaneció dos años en una mazmorra, hasta que la sentencia le fue permutada por el destierro. Théohile de Viau fue juzgado por elogiar la homosexualidad y la sodomía. Este primer «parnaso» del XVII fue censurado hasta el siglo XIX, de ahí que cuando se le levantó el veto algunos editores accedieron a él y decidieron volver a publicar «parnasos satíricos»: uno en 1861 y el otro, en el que participó Maupassant, en 1881.
Estas publicaciones pertenecen a una vieja tradición francesa del escarnio, el mal gusto y la sátira (en el sentido del vituperio). La obscenidad es el motor y el libertinaje su combustible. En 1867 Verlaine publicó, escondido tras el seudónimo de Pablo de Herlagnez, Las amigas, un plaquette de poemas clandestinos sobre la amistad lesbiana de dos jóvenes parisinas. El propio Baudelaire, quien contrajo la sífilis, fue multado por la publicación de Las flores del mal. En ese sentido, Maupassant representó muy bien a su generación.
En 1861 y 1881 el editor Henry Kistemaeckers volvió a revivir el nombre del parnaso y se encargó de recopilar y publicar dos obras que enrojecían a los depravados e intrigaban a las buenas conciencias. Por eso envió dos libros a los anales de L’Enfer. ¿Por qué incluir a Maupassant? Se sabía de su lado libertino. Maupassant contrajo también la sífilis, en 1877. Lo descubrió luego de que Turgueniev lo encontró enfermo de fiebre en su casa. Como se sabe, Flaubert, su mentor y amigo, también la había padecido; ambos por la curiosidad y por la mala costumbre de acostarse con prostitutas. En una carta, Flaubert se refiere a el «pequeño Guy», diciendo que éste le había confesado que había «disparado» 19 veces en tres días y que estaba preocupado de que se le acabara el esperma. Flaubert le dio un consejo: «demasiadas putas, mejor ponte a escribir: foutez-vous cela dans la boule [métete eso en la cabeza]».
Pero nunca sentó cabeza. Una depresión, propiciada por la sífilis de la que nunca sanaría, lo llevó a intentar suicidarse, al hospital y finalmente al cementerio. La última década de su vida la pasó escribiendo, con la comodidad económica que le aseguraba el éxito de sus primeras obras, pero insistiendo en sus malas costumbres.
Descubrí este poema al leer a la edición que tengo de L’Enfer de la Bibliothèque Nationale. Descargué la edición original de “Gallica.fr” y al ver el segundo de los tres poemas, sentí repugnancia y a la vez emoción. Esta colaboración al “parnaso satírico” es un poema de versos dodecasílabos (el alejandrino francés) y decasílabos, trenzados en rima, con rima femenina y masculina alternada (femenina se dice cuando lleva una e caduc, “e caduca”). Parece que Maupassant quiso darle al poema un tono avejentado y tradicional, pese a su discurso, por demás franco y prosaico. El poema, de suyo obsceno, alterna los registros más procaces con los más culteranos y narra, con inusitada claridad, la franca invitación al coito a una prostituta vieja. La forma no es sencilla y el tono es meramente vulgar. Cuando lo leí decidí traducirlo, pues consideré que ningún lector de Maupassant debería ignorarlo. Dejo aquí mi traducción, con el afán de que el lector acompañado se divierta a su manera y el solitario lo lea con una sola mano:
69
Salut, grosse Putain, dont les larges gargouillesOnt fait éjaculer trois générations,Et dont la vieille main tripota plus de couillesQu’il n’est d’étoiles d’or aux constellations !J’aime tes gros tétons, ton gros cul, ton gros ventre,Ton nombril au milieu, noir et creux comme un antreOù s’emmagasina la poussière des temps,Ta peau moite et gonflée, et qu’on dirait une outre,Que des troupeaux de vits injectèrent de foutreDont la viscosité suinte à travers tes flancs !
Ça, monte sur ton lit sans te laver la cuisse ;Je ne redoute pas le flux de ta matrice ;Nous allons, s’il te plaît, faire soixante-neuf !J’ai besoin de sentir, ainsi qu’on hume un œuf,Avec l’acre saveur des anciennes urines,Glisser en mon gosier les baves de ton con,Tandis que ton anus énorme et rubicondD’une vesse furtive égaye mes narines !Je ne descendrai point aux profondeurs des puits ;Mais je veux, étreignant ton ventre qui chantonne,Boire ta jouissance à son double pertuisComme boit un ivrogne au vagin d’une tonne !Les vins qui sont très vieux ont toujours plus de goût !En ta bouche à chicots, pareille aux trous d’égout,Prends mon braquemard dur et gros comme une poutre.Promène ta gencive autour du gland nerveux !Enfonce-moi deux doigts dans le cul si tu veux !Surtout ne crache pas quand partira le foutre !
69
Te saludo, gran puta de amplias atarjeasQue han hecho eyacular a tres generacionesY cuya vieja mano manoseó más huevosQue doradas estrellas hay en las constelaciones. Me gustan tus enormes tetas, tu culo gordo, tu vientre regordete. Al centro tu obligo, oscuro y sumido como un antroDonde el polvo del tiempo se ha acumulado. Tu piel sudorosa y repleta que se me antoja el odreQue una piara de pitos inyectara de semen,Semen que viscoso se escurre por las caderas.
Eso, súbete a tu cama sin lavarte la entrepierna;No me intimida de tu matriz el flujo;Vamos, si así te place, a hacer un sesenta y nueve.¡Necesito sentir, como quien huele un huevo,Con el agrio sabor de añejas orinasCómo se escabullen en mi boca las babas de tu pucha, Mientras tu ano, enorme y rubicundo,Con un pedo furtivo divierte mis narices!No pienso ir al fondo de tus pozosPero quiero, estrechando tu vientre que musita,Beber tu placer de su doble agujero;Como bebe un borracho de la vagina de una cántara.¡Los vinos por añejos siempre saben mejor!En tu boca cariada como alcantarillaMete mi verga gruesa y dura como leño,Y pasea tu encía por mi glande nervioso.Méteme dos dedos en el culo si quieresPero no vayas a escupir cuando salga la leche.
*Este texto se publicó por primera vez en la revista Frente.
Fuentes
Este texto le debe mucho a la Enciclopédie Universalis, a Wikipédia Francia y a la edición que tengo de L’Enfer de la Bibliothèque Nationale.
-Alain-Claude Gicquel, Maupassant, tel un météore, Le Castor Astral, 1993.
-Guy de Maupassant, en Nouveau Parnasse Satyrique du XIXème siécle, Kistemaeckers, Bruselas, 1881, p. 136.
-Anthologie de poésie érotique. Poèmes érotiques françaises du Moyen Âge au XXème siècle, selección y prefacio de Jean-Paul Goujeon, Fayard-Points, París, 2008, pp. 178-179.
Souvenir: objeto que sirve como recuerdo de la visita a algún lugar determinado.
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Partir es un verbo hacia adelante. Se es inmigrante porque no se tiene otro remedio. Partir es un gerundio: los que parten, siempre están partiendo.
Tengo, por ejemplo, una tatarabuela italiana, de nombre Catalina Stramare, que fue obligada por su esposo, mi tatarabuelo, a viajar a México. Se cuenta que era una mujer de tierra y sabía que su cuerpo no podría soportar el destierro; como una planta arrancada de sus raíces, pronto moriría. Sin embargo, fue obligada por sus propios padres a subir junto a su esposo a un vapor de nombre Messico e internarse en las aguas del Atlántico, quién sabe por cuánto tiempo. Catalina Stramare —que en su nombre llevaba toda el agua que necesitaba— no quiso comer ni salir del camarote la primera semana en el barco. Pero un buen día, mi tatarabuelo, cansado de verla en ese estado, amenazó con que si no espabilaba se tiraría al mar. Más le hubiera valido a mi tatarabuela dejarlo hacer su voluntad, pero el amor o el miedo la hicieron salir de su encierro.
Al llegar a México se establecieron en Morelos donde les dieron tierras y tuvieron tres hijos. Ni bien el más pequeño había cumplido cuatro años, murió mi tatarabuelo de alguna enfermedad tropical. Contrario a todo pronóstico, la que sobrevivió fue ella y aunque pudo haberlo hecho, no regresó a Italia porque ya había comenzado a echar raíces aquí. Y porque nunca es lo mismo regresar a un lugar que se habita en los sueños. Añorar se vuelve un modo de vida: la nostalgia de los inmigrantes.
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Sigmund Freud introdujo el término «fetichismo» en su «Ensayo sobre las aberraciones sexuales», publicado en 1905. Usó el concepto para describir una forma de parafilia. Como ejemplo se cita al pie, que junto con el zapato, es una de las desviaciones sexuales más comunes. En realidad, el origen de «fetiche» viene del portugués feitiço, «hechizo», en español. El término fue dado a conocer en Europa por el erudito francés Charles de Brosses en 1757, mucho antes que Freud. El fetichismo es una forma de creencia o práctica en la cual se considera que ciertos objetos poseen poderes mágicos o sobrenaturales. El fetichismo nos habla de la relación entre las personas y los objetos materiales, y el poder que se otorga a estos últimos.
Un souvenir también es un fetiche. Nos sitúa en el terreno de la nostalgia como metáfora de un momento vivido o una especie de túnel para transportarnos a esas experiencias. El objeto se convierte en protección, en un pedazo de tierra que evita que nos extraviemos por más lejos que vayamos. Además, el souvenir/fetiche tiene la particularidad de contener una impronta de nosotros mismos; no cualquier objeto puede suscitar esa suerte de hechizo a través del cual un espacio o un lugar nos habla.
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El poeta español José Luis Panero, hijo del también poeta asturiano José María Panero, en el documental El desencanto, de Jaime Chavarri, narra una larga lista de fetiches con los que siempre viaja. Algunos de ellos:
—Un cuchillo automático, comprado en Ginebra en 1960, que le ha salvado el pellejo dos veces.
—Una postal de una mujer griega que amó como no ha amado a nadie en la vida.
—Cuatro fotos que adora. Cito:
Una es de Francis Scott Fitzgerald, alcohólico, as myself, y con una mujer horrorosa, as myself; otra es de Albert Camus, delante tiene un letrero que dice ¡España libre!; el otro es Luis Cernuda en México, que de cierta manera ha sido el poeta que más ha influido en mí, junto con este último, Constantin Kavafis. Ambos eran homosexuales, yo no.
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Mi souvenir/fetiche es una postal. Un rectángulo de papel que en la parte posterior tiene varias marcas de diurex que le he puesto y quitado infinidad de veces porque suelo pegarla junto a la puerta de entrada de los lugares a los que me he mudado. La postal la compré en Lisboa, en el año 2002, en la casa-museo de Fernando Pessoa. La parte central tiene la ilustración a lápiz de una maleta o un baúl antiguo de viaje. La parte superior tiene unos versos de Pessoa en portugués, la inferior tiene los mismos versos traducidos al inglés.
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La primera vez que fui a Lisboa llegué en tren. Fue un viaje absurdo, ya que tenía sólo un día para recorrer la ciudad. Salí de Madrid por la noche en el asiento de un tren que iba a tope. Viajé en un compartimento de cuatro, rodilla con rodilla con un hombre corpulento de Cabo Verde que, por las proporciones de su cuerpo, necesitaba más espacio que yo. Así que permanecí toda la noche casi sin moverme, sin dejar parpadear a mis articulaciones, mirando la oscuridad a través de la ventana hasta quedarme dormida.
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Lisboa es la única ciudad que conozco que tiene la capacidad de hacer sentir que ya estuvimos ahí antes. Como haber encontrado un lugar que añoramos antes de irnos. Quizá tiene que ver con el puerto, con el olor salino de la nostalgia, con los espacios secretos, los interiores húmedos, como el cine de Pedro Costa. Lisboa tiene una relación extraña con el tiempo, como si en todo momento algo estuviera partiendo, y su ausencia se quedara en los muros de las casas, en las calles angostas y los tranvías. Por eso, al recorrerla, el cuerpo queda vibrando, pero de un modo recogido, íntimo, como un fado.
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Cuatro años después regresé a Lisboa, esta vez con una amiga. Sentadas en la plaza central, presenciamos cómo una gaviota se comía a una paloma. En ese segundo viaje me compré la postal de Pessoa. Mi souvenir.
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La postal casi se quema. Fue la noche de un día muy extraño en un pueblo al norte de lo que llaman la Mesopotamia argentina. Ese día había tenido un encuentro con una víbora yarará, parecida a la cascabel. La conocí desde el trinche del jardinero que atravesaba su cuerpo encrespado en una larga «S».
Por la noche un humo denso traspasó el sueño y nos despertó de golpe. El techo crujía y todo estaba envuelto en un masa blanca y densa que costaba trabajo respirar. Después descubrimos que lo causó un incienso que dejé prendido y que comenzaba a comerse una bolsa de tela, avanzando por la trama del tejido tan silencioso como la lengua de un reptil. La postal de Pessoa se encontraba pegada en la pared, arriba de la bolsa. Estaba por quemarse, pero la rescaté justo en el momento en que el papel comenzaba a oscurecerse.
A veces, los objetos son representaciones de nosotros mismos, materializando en el afuera algo que nos sucede dentro. Y las casas, con su estructura y la distribución de esos objetos, también son un reflejo de ese interior.
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Hay una frase en la película Night Train to Lisbon que resume nuestra relación con los lugares:
Dejamos algo de nosotros mismos detrás al irnos de un lugar. Permanecemos ahí aunque nos hayamos ido. Por eso, hay cosas de nosotros que sólo podemos encontrar de nuevo volviendo a esos lugares. Viajamos a nosotros mismos cuando volvemos a un lugar que habitamos por un tiempo de nuestra vida; no importa qué tan corto haya sido, es un viaje hacia uno mismo.
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La casa paterna es un mapa, con sus fronteras, miradores y escondites. Mi guarida, por ejemplo, era la azotea de la casa, en la que podía acostarme a respirar anchura sin encontrarme con algún límite. El refugio de mi hermana era el baño amarillo de su cuarto. Ahí pasaba largas horas fumando a escondidas. A veces me dejaba entrar y yo me sentaba en el lavabo a observarla mientras hablaba por teléfono.
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El año pasado, mis padres decidieron hacer una remodelación a la casa que había permanecido intacta desde hacía más de veinticinco años, por lo que tuvieron que irse a vivir temporalmente a casa de mi abuela. Poco a poco cambiaron los objetos de lugar, una capa espesa de polvo fue cubriendo los plásticos sobre los muebles, las paredes cayeron a martillazos y los escondites quedaron derruidos. La geografía cambió y, por unos meses, el territorio se quedó sin mapa. La casa se transformó en un agujero negro que ya no contenía los caminos que conocíamos para llegar a ella.
En ese estado se encontraba, cuando una tarde de domingo mis padres fueron a la casa junto con mis sobrinos pequeños a revisar los avances de la construcción. Al llegar, se encontraron con una camioneta desconocida que salió a su encuentro con cuatro hombres armados que los obligaron a abrir la puerta de la casa. Metieron a mi mamá y a mis sobrinos al estudio de la planta baja y se llevaron a mi padre a la planta alta, pero encontraron todo derruido. Los ladrones le exigieron a mi padre que abriera las habitaciones que aún se encontraban en pie. Mi padre no llevaba las llaves, entonces lo golpearon. Imagino la decepción de los ladrones al descubrir que habían irrumpido en un territorio baldío, como la carcaza de un barco naufragado, sin nada que pudiera ser arrancado a sus dueños. Una tierra de nadie.
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Como las ciudades con puerto, la casa paterna es un espacio que se habita en los sueños. Cuando uno vuelve nunca puede regresar del todo, por eso siempre se está de paso. En Historia(s), Godard arma que «viajar es rememorar y proyectar. El espíritu libre es el que se embarca y corta las amarras para donarse en la proyección de la memoria». Nos vemos eyectados de ese primer hogar, en una suerte de destierro voluntario: partir para buscar. La memoria va recreando ese lugar primigenio que se añora —como en la nostalgia de los inmigrantes—, y su búsqueda es un continuo recuperar pedazos de esa casa primera. Un lugar que ya no se encuentra en un mapa porque se ha diluido en el territorio imaginario o sensorial de la ausencia. Uno sale de ahí y siempre está buscando objetos que contengan atmósferas de ese espacio, souvenirs de ese origen, idealizado y cálido, de aquello que fuimos, y que en algún lugar, también, somos.
En su más reciente serie fotográfica, Ríos, Eniac Martínez revisa los contrastes ecológicos de los diferentes ríos de México, definidos como puntos de encuentro de la civilización. Compuesto por un total de noventa y tres fotografías y un video en el que se muestran los aspectos sociales, culturales, políticos, económicos y ecológicos de la relación de la humanidad con el agua, Ríos integra una cosmovisión del líquido azul a través de las cuencas del país. Presentamos aquí una breve muestra de su trabajo.
Actualmente el 70 por ciento de los ríos del país tienen algún grado de contaminación y tres de cada diez son extremadamente tóxicos. Cada año se vierten más de 13 mil 600 millones de metros cúbicos de residuos domiciliares e industriales en los ríos del país. Derivado de esto, los cauces de agua presentan, además de los químicos disueltos, bajas concentraciones de oxígeno, amplias fluctuaciones en el ph y un acelerado crecimiento de algas y bacterias que imposibilitan la supervivencia de las especies acuáticas originarias.
Las imágenes tomadas por Eniac Martínez en El Salto, plantean un paisaje surreal. La espuma densa generada por la caída del agua es levantada por el viento y dispersada alrededor. Martínez cuenta que encontró la manera de llegar a la parte baja de la cascada y que, después de una hora de estar tomando fotos en el lugar, empezó a sentirse mal; a este malestar siguieron tres días de fiebre derivados de la inhalación de metano que satura el aire en El Salto. Catalogado como uno de los ríos más contaminados del mundo, la cifra de decesos padecidos en sus aguas alcanza trescientas veinte personas en los últimos cinco años. Según datos de diversas organizaciones: el suelo, el aire, el agua y los alimentos constituyen las principales vías de exposición a sustancias tóxicas para los habitantes de las comunidades asentadas a menos de cinco kilómetros de distancia. En palabras del artista: «El Salto es la cascada que huele a muerte».
El agua del río Grande de Santiago tiene presencia de bario, cromo, cadmio, arsénico, plomo, cianuro, hierro, zinc, mercurio, aluminio y níquel, todos carcinogénicos que sobrepasan los límites máximos permitidos por la ley y por los cuales ya no hay registro de peces en el lugar. Otro ejemplo de altas concentraciones tóxicas se encuentra en la superficie de apariencia casi sólida y de color blanco verduzco que domina el río San Pedro en Aguascalientes, donde se observa el efecto visual de grandes rocas que parecen flotar en la densa superficie del agua. El río San Pedro es el principal afluente de la entidad, nace en la Sierra de San Pedro, en el estado de Zacatecas, posteriormente atraviesa el estado de Aguascalientes de norte a sur, recorriendo noventa kilómetros hasta volverse un afluente del Río Grande de Santiago en el estado de Jalisco. No sobra decir que sus aguas se encuentran saturadas de detergentes y coliformes fecales, también están disueltas altas concentraciones de aluminio, fierro, plomo, zinc, arsénico, cobre, manganeso y cromo, todos peligrosamente tóxicos.
El San Pedro es utilizado, como la mayoría de sus congéneres, como una extensión del sistema de drenaje. Hemos conectado la lluvia y los ríos con las aguas negras. El modelo imperante con el que diseñamos el entorno, determina el uso de los flujos naturales en la medida de su aprovechamiento, fragmentación e interrupción, siempre en pro del beneficio de algunas personas. Aunque existe un amplio contraste en el resultado final que tiene la implementación de este modelo de diseño, uno de los efectos comunes se traduce en un drástico cambio en el color del agua. Así, la humanidad eliminó una de sus más asombrosas cualidades: su transparencia.
En las imágenes del río Coatzacoalcos podemos ver que es necesario prohibir el paso para evitar el contacto con el agua a todo aquel que no cuente con una indumentaria que cubra de pies a cabeza. En el río Sabinal en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, no es posible ver el brillo en la superficie del agua por la espesa cobertura de basura plástica y espuma que en ella flota. La presa San José, sobre el río Santiago, al noreste de la ciudad de San Luis Potosí, fue construida a principios del siglo pasado con el fin de abastecer de agua a los habitantes de la ciudad, dadas las condiciones de escasez que prevalecen en la zona. En la actualidad, como se puede observar, el río Santiago apenas persiste reducido a un famélico hilo de agua. Es así que a lo largo y ancho del país el desarrollo de embalses ha asegurado, aunque sea de manera temporal, el suministro de agua y energía a la gran mayoría de las ciudades. Si bien, en cierta medida, los diques logran su propósito, también representan la muerte del río, destruyendo el sistema vivo que éste implica. Al interrumpir su corriente, también se imposibilita el flujo de nutrientes que lleva, ya que dichos flujos no sólo ocurren en la misma dirección que la corriente, sino que también existen los que movilizan nutrientes en dirección opuesta, de los cuales dependen los ecosistemas que se sitúan río arriba. De esta manera, con la construcción de una presa de grandes dimensiones se detiene el abastecimiento de nutrientes tanto para la parte alta, como para la parte baja de una cuenca.
Nos postramos ante una realidad difícil de entender que, querámoslo o no, es producto de las decisiones que como especie hemos tomado, cuyo resultado patente ha devenido en la exacerbación de los extremos: la profunda escasez o la incontrolable abundancia. Para tener la posibilidad de decidir de manera distinta necesitamos cambiar nuestra relación con el agua. Para ello, sólo hace falta la más difícil de las tareas: pensar de forma diferente.
Era la mañana de año nuevo. Todo permanecía en una quietud imperturbable cuando Lucía llegó a la casa de su padre. No se sorprendió cuando le avisaron lo del incendio de la noche anterior. Se detuvo ante el umbral y miró detenidamente hacia dentro; no quedaba más que una mezcla maloliente de ceniza y escombros carbonizados. Entonces trató de imaginar el fuego avanzando por cada rincón de la que había sido su casa durante más de treinta años. Casi todos los techos y varios muros habían caído y sin dar un paso dentro se podía mirar hasta el fondo; sólo quedaba un enorme cascarón. Hizo un recorrido imaginario y ese recorrido no era sino un recuento interminable de objetos acumulados. Y cada cosa recordada encerraba una larga historia de abandono y tristeza.
La casa de Pablo, su padre, había sido a la vez tantas casas distintas y siempre la misma. La casa de su infancia y la que acababa de arder en llamas. Cuando era niña había un sinfín de puertas y ventanas que se azotaban con el viento; vio los cristales rotos y a su madre en chancletas tratando de atrancarlas en vano con trozos de cartón. Lucía, ¿ya limpiaste los vidrios?, le gritaba su madre desde lejos. Años después el eco de muchas voces todavía habitaba ahí. Más y más cosas se iban añadiendo, se sobreponían unas a otras del mismo modo en que llegaron a la casa y la ocuparon hasta invadir el último rincón, y entonces reaparecieron una vez más los montones que un día antes sobrepoblaban la casa. Recorrerla se volvía interminable porque interminables eran las cosas que había dentro y que aún imaginadas le estorbaban el camino. Andaba a paso lento por los recuerdos.
Ahí estaba nuevamente la maleza seca que había crecido por todas partes el último verano. De los escondrijos surgió poco a poco el ruido de insectos invisibles y el trino de pájaros de distintos tamaños y colores que habían habitado el techo y los tejabanes. Todo se unía en un mismo rumor creciente.
Al fondo estaba su padre sentado en una silla medio desvencijada, en un cuarto humedecido por la lluvia de todos los veranos de su vida, donde alguna vez había sido la cocina y que ya no era nada porque ahí dentro las fronteras se habían desdibujado hacía mucho tiempo. Era un cuarto pequeño y de techo bajo, alumbrado por una bombilla que desde su centro pintaba las paredes de una tenue luz amarilla. Pablo, en su inmovilidad cotidiana, era uno de tantos bultos que vivían silenciosamente en la casa.
La finca de los Centeno fue construida por el abuelo con adobe muchos años atrás siguiendo un plan de necesidades simples.
En aquel tiempo los terrenos eran baratos y el abuelo compró uno enorme donde construía las habitaciones conforme nacían sus hijos. Cada cuarto era como un parche asimétrico. Pablo era el único hijo varón, el menor de nueve hermanos y el único que optó por una profesión no redituable: la escultura. Ejercía más extravagancias de las esperadas para su oficio. En su adolescencia también había pintado, y conservaba algunos cuadros y bocetos esparcidos por la casa sin ningún cuidado, expuestos sin piedad a los rayos del sol y albergando telarañas. Todas sus hermanas se casaron y sólo volvían los domingos a visitar a su padre, pero en cuanto él murió suspendieron las visitas permanentemente. Del paso de las mujeres conservaban una amplia galería de macetas que a los pocos años de ausencia femenina sucumbieron a los insectos, al descuido, a la sequía y, finalmente, a los juegos de los hijos de Pablo. Al fondo de la casa estaba el corral donde se criaban gallinas y un borrego que no sobrevivieron mucho después de la muerte del abuelo. Las gallinas murieron y el borrego fue vendido casi de inmediato. Lucía se acordaba vagamente de aquellos días; su memoria empezaba con los días que vinieron después.
Cuando Pablo supo que Ariana, su novia, estaba embarazada, la llevó a vivir a la casa de su padre después de una atropellada ceremonia. Nació una niña y el abuelo la llevó a bautizar.
Él decidió llamarla Lucía. El abuelo murió una mañana de marzo. Los hermanos menores de Lucía, Joaquín y Rodrigo, eran pequeños todavía y nunca sabrían de las gallinas, del borrego y de su andar doloroso.
Ariana nunca se adaptó a su nueva casa que, construida sin premeditación, se definía por una serie de incomodidades irreparables. Pablo, que viviría ahí toda su vida, no parecía percibirlo siquiera; ella, en cambio, trató de transformarla hasta el último día que la habitó, pero no importaban los remiendos y reparaciones, la casa parecía obedecer sólo a sus propios designios oscuros. Era como si ella misma se hubiera negado a pertenecerles.
Como muchas de la época, la casa estaba distribuida alrededor de un patio sin portales. Cuando hacía viento las puertas y ventanas temblaban y se azotaban, con la lluvia todo se inundaba, en verano no había freno para los mosquitos, todo estaba siempre lleno de polvo, en las noches entraban y salían alimañas y gatos a su antojo. No obstante, estaba llena de triques, como les decía Ariana, quien diario batallaba por sacarlos a la basura.
Los demás no comprendían su enojo; Lucía y sus hermanos no reparaban en las cajas desbordadas, la ropa que nadie usaba, los costales en cada rincón, el universo de cazuelas, muebles desvencijados y el sinfín de cosas que no tenían ni función ni dueño. Ariana separaba los triques a diario y los llevaba a la basura, pero siempre reaparecían porque Pablo los traía de regreso. De inmediato detectaba cuando algo faltaba, como si aun en su ausencia él supiera lo que sucedía en la casa.
Pablo volvía siempre con algún objeto del exterior tomado de sabe Dios dónde. Nadie entendió nunca ese tránsito de cosas ajenas. Quizá en un principio todo obedecía a un proyecto escultórico, pero nada llegó a su destino. Se trataba de objetos elegidos cuidadosamente: muñecas viejas, trozos de maniquíes, ropa de mujer, zapatos; más tarde no pudo conformarse con estos pequeños fetiches y llegaba a casa anunciándose con el estruendo de lo que traía cayéndosele de entre las manos y chocando con las puertas de la entrada.
Algunas cosas hacían suponer que aquella acumulación codiciosa se mezclaba con una evidente intención mercantil, porque las esculturas no daban para comer y con el sueldo de Ariana apenas sobrevivían. El aluminio de un sinfín de latas brillaba esparcido por el techo de la casa, el escondite que Pablo eligió y que nadie ignoraba, y aunque él nunca lo dijo parecía obvio que lo juntaba para después venderlo en algún depósito de chatarra; pero las latas aplastadas nunca salieron de la casa, tampoco las botellas de vidrio ni el cartón que se mojó y luego se secó para volverse a mojar con la lluvia de cada verano. Las latas perdieron sus colores y se dispersaron por todos los techos como un mosaico de espejos que se derretían interminablemente bajo el sol.
Para Lucía, de siete años, cada montón de telebrejos se volvía enigmático. Le gustaban las tardes en que se quedaba sola en casa porque podía entrar a la habitación de sus padres y hurgar entre esos baúles y objetos un poco mágicos y, después de ponerse los tacones de Ariana, demasiado grandes para ella, y de haber admirado las piedras de bisutería que su madre guardaba como verdaderas joyas, asomarse a la habitación donde Pablo tenía su taller, inundado de piezas sin terminar. Había ahí muchos volúmenes sin forma definida. Por entonces ganaba algún dinero restaurando estatuas de santos, vírgenes y cristos de los templos. Los resanaba y retocaba con óleo. Era un mundo de bultos informes y estatuas mutiladas, a los que el silencio y la penumbra proporcionaba un halo de santuario. En el umbral, Lucía observaba todo sin atreverse a entrar.
Al atardecer surgían sombras de cada bulto, de cada mueble y estatua que se confundían entre sí sobre el suelo y las paredes. Conforme iba cayendo la tarde parecían despertar y moverse. Todo danzaba con su sombra. El viento entraba libre por el patio y hacía crujir puertas y ventanas: la casa cobraba vida.
II
Durante años el bullicio fue parte esencial de la casa. Todas las tardes llegaban amigos de Pablo y algunos se quedaban por varios días. Entre ellos estaba un español cantante de ópera muy desafinado que no tenía casa y acampaba en su coche; un director de teatro retirado que vestía siempre de traje, a la moda de los veinte, fumaba pipa y tenía la cara sembrada de verrugas; un sacerdote desertor; una bailadora fracasada que gritaba mucho y siempre llevaba flores en el cabello; un buscador de tesoros que, según él, fueron enterrados por todas partes durante la Revolución y cargaba un detector de metales, por lo que dejó la casa de Pablo minada de hoyos; un torero viejo que conservaba la figura y el andar como escondiendo una espada en la espalda y tenía un ojo estrábico y la pierna derecha tiesa, producto de una cornada; un pintor famélico y callado; y el gitano, un guitarrista de flamenco eternamente ebrio que siempre se robaba algo y lo regresaba el sábado siguiente con toda naturalidad, mañas que Pablo le justificaba porque, decía, había vivido en un campamento de gitanos en España y ahí adquirió el hábito. Fugitivos todos.
Los fines de semana la casa era un verdadero fandango porque coincidían todos y de un momento a otro podía surgir un simulacro de tablao; alguno cavaba enardecido un agujero para hallar un tesoro; otro salía, borracho, a bañarse a la fuente de la plaza principal para recuperar la compostura. Jugaban ajedrez o dominó; fumaban, bebían y hablaban sin parar. Cuando llegaba el primero Lucía corría a esconderse detrás de la hoja de una puerta o de una cortina porque a pesar de que les temía le gustaba presenciar el espectáculo.
Bastaba su presencia para que la algarabía entrara en la casa y se instalara durante días. Ariana los atendía con resignación y miraba con incredulidad a Pablo. Entre ellos sufría una exaltación sobrenatural; de un momento a otro, como un muñeco al que le han dado cuerda, adquiría una alegría y energía sobrehu- manas. Definitivamente era otro hombre y no el escultor soli- tario el que presidía aquellas reuniones. Cuando se marchaban, Pablo se quedaba sentado, inmóvil. Una metamorfosis operaba en él y en la casa, que parecía obedecerlo.
A la mañana siguiente quedaban un montón de botellas vacías esparcidas por toda la casa; Ariana las recogía una a una, reprendiendo a su marido por algún nuevo destrozo que se sumaba a la larga lista de reparaciones que él prometía hacer pero nunca iniciaba.
Toda la semana había alguien en tertulia con Pablo. Se iban unos y llegaban otros; para el domingo se marchaban, como si hubieran cumplido una cuota. Cuando toda la pandilla se había ido el silencio ocupaba la casa dramáticamente.
Entonces el tiempo empezaba a transcurrir cada vez más lentamente, las tardes de domingo se volvían infinitas y el lunes no parecía anunciarse siquiera. Sin saberlo, los Centeno compartían el desasosiego ante el peligro de la eternidad. El descanso de Dios dejaba a todos en el desamparo.
Desde que tenía memoria, Lucía recordaba la extraña transformación que se llevaba a cabo en su padre cuando se quedaba solo. En verano recargaba una silla de madera en el patio y se quedaba ahí hasta la madrugada, solo, inmóvil, con la mirada fija en un mismo punto invisible, sumido en un silencio impenetrable. En invierno trasladaba la silla a la cocina y escuchaba las mismas arias de ópera una y otra vez, obsesivamente.
Con los años, poco a poco, en un lento éxodo fueron desapareciendo los amigos de Pablo, cada uno por sus razones o porque eran parte de una época que debía terminar. Primero dejaron de ir entre semana y hacían sus juergas casi exclusivamente los sábados en la noche; algunos iban a comer los domingos, cada vez menos, hasta que años después ya nadie lo visitaba.
Entonces siguieron otros abandonos. Ariana esperó a que sus hijos crecieran para irse, como si le hubiera puesto fecha de caducidad a su matrimonio. Ahí comenzó la acumulación desbordante.
La partida de Ariana marcó una época para los Centeno y su casa. Sin ella no hubo nadie que detuviera a Pablo, quien empezó a llegar a casa con más cosas del exterior, mientras sus hijos se preguntaban de dónde sacaba la fuerza para cargar semejantes objetos. En pocos meses los montones de telebrejos no se imitaban a las esquinas y a los cuartos del fondo, sino que salieron de sus rincones y se esparcieron por toda la casa; a ellos se unían los que Pablo continuaba trayendo y que inundaban todo estrepitosamente. Cada día Lucía y sus hermanos iban descubriendo lo que Pablo había guardado por años. Cuando uno encontraba algo compartía su hallazgo con los demás y entre los tres llevaban a cabo el reconocimiento. Compartirlo era la única manera de desahogar el asombro y la perturbación. Poco a poco emergieron como de un río subterráneo todos los juguetes rotos con los que jugaron de niños, la ropa vieja que llevaban a la basura, sus libros de la primaria mutilados por el tiempo, el cabello que él mismo se recortaba, los zapatos viejos, los frascos y botellas de todo lo que se había usado. Todo. Naturalmente, emprendieron la batalla que antes había sido de su madre, pero estaban destinados a perderla. Les llevó varios años de fracasos constantes entenderlo; cuando se dieron por vencidos hicieron trincheras en sus habitaciones, los únicos espacios que Pablo no podía llenar de sus telebrejos que ya ocupaban todo como un ejército enemigo.
Un mundo ajeno los invadía, un mundo formado por olas furiosas de objetos extraños que parecían observarlos perversamente desde su quietud. Sin importar cuánto tiempo hubieran estado ahí no les serían familiares nunca. Un mundo nuevo se formaba dentro de la casa, ese mundo que se protegía del de afuera con la ignorancia y la negación del exterior.
Nada podía salir de la casa. Sin importar el sigilo con que intentaran deshacerse de algún objeto, Pablo los descubría. Era el ogro guardián de su propia colección. Vigilaba vehementemente la puerta por el temor a que en su ausencia lo despojaran de algo. Cada vez permanecía más tiempo en la casa. En aquella época hacía dos paseos al día, uno por la mañana y otro por la noche para buscar curiosidades en los basureros y su zona de recolección se reducía cada vez más, hasta llegar el día en que sólo salía de la casa para hurgar en el contenedor de la esquina más próxima.
Lo primero que abarrotó hasta el tope fue su taller, que se volvió inaccesible incluso para él. Se quedaron ahí, sepultados, sus trabajos de escultura, todos sus materiales e instrumentos, muchos casetes, libros, las fotos familiares, una guitarra. Así continuó la ocupación. Perdió su propia habitación y con ella toda su ropa y zapatos. Tuvo que usar siempre el mismo traje, que con el tiempo se volvió andrajos y del que parecía enorgullecerse.
El mínimo trayecto dentro de la casa implicaba sortear una nueva emboscada que los objetos recién llegados les tendían para pasar de un lugar a otro. Los más difícil era entrar, porque Pablo dejaba sus nuevas adquisiciones en el zaguán y nadie sabía si él mismo les asignaba un lugar después o la misma marea de basura se agitaba mezclando todo azarosamente.
Pasaron años antes de que Pablo dejara de esperar que Ariana volviera. Un caluroso domingo por la tarde, sumido en una profunda cavilación, Pablo entendió que nadie más vendría y dejó de mirar la puerta, se quitó la llave que le colgaba del cuello para no volver a usarla. Esa tarde de domingo se extendió hasta reventar y el lunes no llegó nunca más. Ariana y los miembros de su pandilla de juventud se llevaron el tiempo con los rasgueos perdidos de la guitarra, con el humo extinto de los cigarros, con las botellas de vino agotadas, con las tazas vacías de café, con el bullicio que se apagaba. Ya nada volvería a moverse en la casa. Todo sucedía pesadamente ahí dentro, donde ya era sólo un mismo largo día en el que se fundían todas las tardes de domingo y todos los domingos del mundo.
III
Cada estación se instalaba poderosamente en la casa. En primavera el sol calentaba los techos y el piso del patio. Para Lucía el calor de mayo siempre sería el recuerdo de su madre en bata y sandalias, perturbada, mirando a todas partes como buscando una salida. El sol destiñó la casa: el rojo intenso del patio era un recuerdo lejano y de la pintura de las paredes quedaron sólo costras de la capa anterior.
El verano hubiera parecido una continuación de la primavera de no ser por las lluvias. La familia corría para poner cubetas abajo de las goteras que estaban por todas partes. El ruido de las gotas sonaba estridente contra el fondo de plástico. Lucía se angustiaba con aquel golpeteo, como si anunciara una inminente inundación.
Cada verano Lucía y sus hermanos veían morir y renacer las mismas plantas en la tierra del corral: lavanda, manto de la virgen, sávila y muchas otras cuyo nombre o clasificación ignoraban. Ahí seguían los cordones en los que años atrás Ariana colgaba la ropa, las enredaderas fueron trepando por ellos y rápidamente llegaron a los techos, luego tomaron cauce por las antenas hasta bajar al patio, pegándose a los muros, invadiendo todo a su antojo. Cuando pasaban las lluvias todas se secaban y el otoño era el color ámbar de la hierba seca al atardecer.
Quizá porque los canales estuvieron tapados mucho tiempo el muro de la fachada se humedeció. Un verano particularmente lluvioso salieron entre las grietas pequeñas ramas que tapizaban la pared; Joaquín fue el primero en descubrirlo y sus hermanos acudieron a mirar el extraño espectáculo, pero las ramas se secaron en pocos días y lo olvidaron. Con el tiempo, las grietas se separaban cada vez más pero la pared no caía: un encino crecía lenta y silenciosamente en el interior del muro, que fue cediendo paso al tronco como abriendo sus fauces, hasta que un día una enorme enramada salió triunfante por el techo, coronando la casa. La familia y los vecinos la contemplaron con estupor efímero. Arriba, entre las ramas anidaban pájaros y revoloteaban colibríes totalmente ajenos al mundo sórdido en el que vivían los Centeno.
El tiempo, las lluvias y el salitre iban dejando fuertes estragos en la casa. Nadie resanaba las paredes y en los huecos anidaron muchos insectos, salían arañas de todos los rincones. Los tres se esforzaban por matarlas sin aspavientos para mantener oculta su existencia ante los otros como una forma de protección, fabricando un equilibrio en el silencio. Como tantas otras cosas, con los años dejaron de intentar mantenerlas fuera. Era
el reino de los grillos, las arañas, los zancudos, las abejas, las avispas, los ratones; parecía que todos sabían qué caminos tomar para no toparse unos con otros: cohabitaban.
El invierno se llevaba todo eso y traía el viento frío que entraba y salía a voluntad por el patio, dejándolos a la intemperie. Se llevaba el zumbido de las abejas y el trino de los pájaros, y a cambio traía las estrellas cayendo a trozos en la densa oscuridad del patio.
IV
No era natural irse de la casa. Los diez años que habían pasado desde la partida de Ariana se manifestaban en cada uno de los bultos que Pablo traía cada día para sumarse a los obstáculos que impedían habitarla normalmente. Para Lucía y sus hermanos cada acto cotidiano se convertía en un pequeño triunfo que los encadenaba más a la casa. A pesar de todo, con pretextos inverosímiles, Joaquín y Rodrigo se fueron casi al mismo tiempo; tenían veinticuatro y veintiséis años. Cuando sus hijos dejaron sus habitaciones, Pablo no tardó en tomarlas también. Lucía se quedó acorralada en un espacio diminuto dentro de una casa enorme. La cantidad de cacharros aumentaba y parecía que la casa crecía con ellos, pero el espacio seguía reduciéndose.
En unos cuantos meses Pablo envejeció estrepitosamente. Se le notaban sus más de sesenta años. Dejaba que los gatos se comieran lo que Lucía le dejaba en la mesa, dormía poco y no se bañaba. Estaba demacrado y sus arrugas se acentuaron, andaba en andrajos y encorvado con varios suéteres cubiertos por un abrigo sucio a cuestas porque siempre tenía frío sin importar la estación del año. Se dejó crecer la barba, mal repartida por las mejillas y el mentón. Siempre sucio, callado y gruñón, se asemejaba cada vez más a un vagabundo.
Lucía evitaba mirar a su padre a la cara. Le producía una mezcla de dolor y furia, no le dejaba más salida que evitarlo. Se rehuían uno al otro. Hacía mucho que no era su objeto de estudio, había entendido que nunca podría interpretar sus actos; todo a su alrededor le producía el cansancio resignado de las cosas que no tienen explicación. Aceptó ser parte de un presagio que se iba cumpliendo y que involucraba todo, la casa, la partida de Ariana, sus hermanos y el fuego. Todo se acomodaba alrededor de Pablo y sus obsesiones.
Cada objeto que entraba en ese mundo fabricado por él contribuía a encerrarlo irreversiblemente. Dejó de arreglar estatuas para los templos, ya no salía a dar paseos rutinarios y hacía muchos años que tampoco fabricaba sus propias esculturas. Cuando se quedó solo con Lucía hacía años que ya no podía decirse escultor y no parecía importarle. Sobrevivía al día con pequeñas obsesiones, sacaba punta a todos sus lápices dándose tiempo de sentir el paso de la navaja cortando la madera. Antes de dormir daba cuerda ritualmente a todos sus relojes y casi todo el día se la pasaba en la búsqueda de un objeto perdido. Lucía no reparaba en las cosas por las que le preguntaba, respondía con el fastidio de lo repetido todos los días. Con cada cosa perdida el carácter de Pablo se extraviaba cada vez más dentro de aquel mundo de revoltijos. Esa obsesión por encontrar algo desconcertaba a Lucía, la desesperaba, porque en la búsqueda Pablo sembraba el caos a su paso, era Poseidón agitando las mareas de su casa. Pasaba días o semanas buscándolo incansablemente, hasta que gritaba desde lejos «¡Eureka!», y la paz regresaba por uno o dos días hasta que se le perdía otra cosa. En las tardes escuchaba siempre el mismo casete viejo y remendado porque la música le proporcionaba la sensación de regresar al mismo momento una y otra vez. Hacía años que escuchaba las mismas canciones y vivía el mismo día. Repetía la cinta y mientras giraba hacia atrás era como si regresara las manecillas de un reloj universal y así no dejaba avanzar al tiempo; pero sus rastros estaban en el polvo cada vez más espeso que sepultaba todas sus cosas.
No parecía posible un deterioro mayor de la casa; sin embargo, los focos se fundían y ni ella ni Pablo los cambiaban. Algunas partes de la casa quedaban a oscuras por la noche, pero ambos conocían los estrechos pasillos entre los cacharros y las cajas para andar a ciegas sin tropezarse y el resto quedaba en la penumbra. Todo estaba derruido.
Los niños del barrio inventaban historias sobre él y le temían. En ocasiones se subían a escondidas a su azotea para espiarlo y cuando Pablo los descubría les gritaba y los amenazaba furioso con un palo, exigiendo que se bajaran de su techo. En una ocasión Lucía lo encontró tirado en el patio, sangrando: uno de esos chiquillos le había tirado una piedra que le pegó en la frente. Desde entonces nunca volvieron a subir a su techo, temerosos de haberlo matado, pues Pablo no salió nunca más a la calle.
En ese patio y las habitaciones estaban muchas de las cosas que los vecinos habían desechado y ellos lo sabían, a veces se asomaban para mirar, en las pocas oportunidades en que se abría la puerta, cuando Joaquín o Rodrigo iban a ver a su padre para llevarle comida. Lucía resistió lo suficiente, pero finalmente se fue; ideó una elaborada estrategia y salió del país a estudiar por un tiempo y al regresar ya no volvió a vivir con su padre. Se quedó solo y rompió su último eslabón con el exterior cuando se descompuso la radio en la que de vez en cuando escuchaba las noticias. Durante la tarde subía a la azotea y miraba atentamente el ocaso. Al caer la noche bajaba al patio y se sentaba en su vieja silla. No hacía nada, no se movía, se sumía en una mudez impenetrable. Una soledad antigua y preservada, la soledad de todos los hombres dibujada en su silueta, apenas visible en la penumbra.
V
No era la primera vez que había fuego en la casa: Pablo poseía un instinto incendiario. A veces quemaba muebles en el corral para mirar las llamas. Empezó con cosas pequeñas y después muebles y cosas más grandes. Todos recordaban una calurosa noche de abril, poco después de que Ariana se fuera. Al llegar a casa, Lucía y sus hermanos encontraron a Pablo recogiendo escombros en la puerta, les costó trabajo descubrirlo en la oscuridad y entender lo que pasaba. Les contó lo del incendio: las primeras habitaciones habían ardido por completo mientras ellos se aburrían en una cena familiar. Sucedió en su ausencia, según dijo, aunque todos sospecharon. Cuando llegó, los bomberos ya lo habían sofocado; nadie lo vio, pero todos lo imaginaron. Era probable que el árbol en la pared hubiera contribuido a que el fuego se extendiera rápidamente. El olor a quemado duró varios días; Lucía y sus hermanos miraban sin ver. A la mañana siguiente Pablo emprendió el rescate de triques. Iba y venía con las manos manchadas de carbón y sus hijos lo miraban, ya inmunes al asombro. Se miraban sin hablar porque bastaban las miradas para hablar entre ellos, hasta que Joaquín comenzó a tararear una canción, Rodrigo se le unió y Lucía les siguió instintivamente. Cantando vencían al monstruo. Pronto renunciaron a esos espacios, muy dentro de ellos agradecían que el fuego hubiera consumido tantas cosas que ya nadie tenía la energía de sacar. Clausuraron esa parte con láminas clavadas a la pared y trazaron una nueva ruta dentro de la casa y con ella una nueva forma de habitarla. Lucía supo siempre que la casa terminaría calcinada y desde entonces el fuego vivía en todos ellos de distintas maneras.
Esa noche de fin de año Lucía visitó a su padre, respetuosa de las fechas y las ceremonias. Estuvo con él muy poco tiempo, se marchó antes de las campanadas. Rumbo a la puerta encendió un cigarro y dio varias bocanadas antes de salir, en el camino fue dejando rastros de cenizas, algunas se desprendieron todavía encendidas y cayeron al suelo, Lucía miró el recorrido breve de ese incendio diminuto y recordó las veces que había imaginado la casa de Pablo y todo lo que contenía ardiendo y consumiéndose.
Esa noche había un fuerte viento helado. Se acercaba la medianoche y Pablo estaba en su silla de siempre, escuchando el mismo casete cerca de la grabadora, tomando té caliente en un pocillo y alumbrado por una vela. Los fuegos artificiales estallaron en el cielo anunciando el año nuevo a la vez que el cantante llegaba a los agudos más dramáticos de la pieza. El cielo se encendía y parecía que el estruendo de la pólvora se estrellaba violento contra la puerta, tratando de entrar en su casa. Afuera, una familia encendía luces de bengala y las chispas saltaban juguetonas a su alrededor. Uno de ellos lanzó al aire su bengala todavía encendida, que se perdió a lo lejos. Esa noche Ariana soñó con un incendio, entre las imágenes veladas por el humo se levantaba una enorme llama y no lograba reconocer qué sitio se calcinaba en el centro de ese fósforo gigante. Las últimas chispas de pólvora desprendidas del alambre chamuscado bastaron: una se aferró a un bulto de cartones en el patio, el viento avivó las llamas y tomaron cauce entre la tela y la madera que empezaba a crujir. Siguió implacable con las puertas, las viguetas, las paredes… Era una bestia hambrienta y furiosa que crecía conforme se alimentaba de lo que encontraba a su paso. Pronto era una enorme flama incontrolable que se aproximaba con la lenta furia de un tigre de bengala caminando sereno antes de dar el salto definitivo hacia su presa. Pablo ya había rebobinado el casete una vez más y observaba el movimiento perenne de la flama de la vela, hipnotizado por las tonalidades cambiantes del amarillo y el rojo que se fundían en el oro con que ese fuego y el otro se unían y llegaban hasta Pablo, quien ni siquiera se levantó de la silla desde la que había contemplado todo.