Tierra Adentro

(interludio) 1

jo jo john dowlands qué grueso te ves / qué gruesa la gola que te engola / o john dowlands qué suave disfraz / hermoso john dowlands gran pertinaz entre a la ene perennes / me acecha en mi pieza / por la ventana derecha / vete ya john dowlands ya vete / ridículas suenan tus manos sin mácula / el rey de españa todo un tedio en esos tus brazos de negro / ergo john dowlands jo jo las luces prendidas / este año sin prisa no vuelvas triunfal/ tal cual y triunfal veloz tú john dowlands viaja a la de ya por tierra baja continental / es ornamental en los fastos de taverner es el más largo su largo laúd / tan triunfal veloz tú john dowlands viaja por tierra de labranza continental / john dowlands por qué tan largo el laúd / jo jo ordinario john dowlands/ jo jo solitario john dowlands

(interludio) 4

a todas las damas solteras de la polifonía hasta pronto / tallys ha muerto oh dios mío hombro con hombro por las calles quién como F’umth hubiere o hubiese / yo hubiere tu hubieses él ella o ello hubiese sido F’umth / acaso nosotros o joan bramando de sílaba en sólida sílaba / por favor ve despacio pues la música se apaga & yo me disuelvo / doctor doctor creo que soy cierto organista inglés de la familia tudor no no es cierto eres un pobre poeta norteamericano no no es cierto tampoco soy enrique octavo sin órganos / o soy joan retallack / acaso tú el de la voce flebile me hiciste esto a mí en tu escala cuarenta y nuevile en un motel haciendo eso en un tris cual hombre feliz / o acaso pensaste que todo yo el arzobispo parker era el mismísimo parker & los chicos meones ni siquiera me agrada thomas tallys aquí y sin música puesta / pero sí y mucho cuantos chicos meones atravesaren mi camino / ahora en la boca / de nuevo joan / o no lloréis ojos míos quién como F’umth // hubiere / hubiese

(interludio) 5

con mi reloj de thomas morley puesto déjenme / decirlo y sí claro a thomas morley parécese / relojes de isabelinos ilustres dándoles cuerda los lunes de ferrabosco nunca de los nuncas oí hablar es allá por los 1590 / y a la tercera campanada ya será 1600 / bong / la escuela inglesa del madrigal es encantadora & fresca / bong / golpetea el atemporal william blitheman cinético john wilbye al reiterar dick edwards risa & risa / no hay que olvidar a robert johnson proclive a la cuestión complicada robert johnson / bong / cuya alarma a campanadas de thomas morley «estoy harto de escribir —repiquetean— de los hombres/ la escuela del madrigal inglés está muerta» / con tu brazalete de amor de la condesa de pembroke ni un solo maldito movimiento / los nervios me pones de punta como la llegada de abba ése soy yo que voy a mi desnuda cama a escuchar más y recordar más / en realidad debo ya a thomas tallys sonar

*Traducción por Pura López Colomé


Autores
(Singapur, 1966) publicó Assarts y editó The Reality Street Book of Sonnets. Enseña escritura creativa en la Universidad Roehampton, en Londres.

La televisión es una cosa difícil. Si antes sólo había que estar atento a HBO y una que otra serie en uno que otro canal, la Era Dorada® ahora nos pone a vigilar lo que salga en cualquier estación. Una buena serie puede salir de cualquier lado. Ahí está Vikings de History Channel, ahí vemos Empire en Fox (tal vez más fenómeno que buena, pero buenísima para lo que es), ahí nos cae todo lo que avienten Netflix, Amazon, Hulu y hasta PlayStation Network. ¿Es justo así enlistar «Lo Mejor del Año» en Televisión? ¿Qué hacer si unos y otros consideran —justamente— ver lo mejor, pero nadie comparte la misma programación? Nos ahogamos en recomendaciones.

Por agosto, The Week nos avisaba de 63 shows para ver en 2015. Al concluir el año, FX Networks contó en Estados Unidos 409 series de televisión originales entre cadenas de transmisión abierta, cable y servicios en línea. Hubo 33 series más que en 2014, casi el doble de las que tuvimos en 2009, cuando las únicas preocupaciones colectivas eran Mad Men y Lost. La TV norteamericana, nos dicen, llegó a su máximo. Y no contamos las producciones nacionales (si es que alguien todavía les pone atención) ni lo que hacen Europa, Sudamérica y demás.

Hay mucha televisión, se ha vuelto una cosa difícil. Al final, celebraremos lo que apenas alcanzamos a ver. Y enlistar «Lo Mejor» no es justo pero es tradición. Aquí van diez series y diez capítulos que fueron obligatorios en 2015. Fans de The Walking Dead, aléjense.

The Leftovers (HBO)

Debe ser Damon Lindelof el responsable de la forma: la desventura de un personaje por episodio, un evento quizá sobrenatural que atormenta a todos los protagonistas a lo largo de la temporada, acciones sin sentido que terminan por tener cierta lógica al final, imágenes que quedarán a la interpretación personal para siempre, como la escena que abre el primer episodio y parece no estar relacionada con la historia. Lindelof, que estuvo detrás de Lost, decidió alejar la serie de la novela original de Tom Perrotta (también productor del show) cambiando el intro, el escenario y sumando personajes, manteniendo la tristeza, neurosis y desesperanza que The Leftovers desborda. Capítulos como «No room at the Inn» e «International Assassin» son joyas ejemplares del standalone, muestra de lo que aquí enfrentamos: ¿qué podemos reclamar si no sabemos qué se puede y qué no?

The Americans (FX)

A estas alturas ya es lugar común decir que The Americans es «el mejor show que nadie ve». Porque de verdad es el mejor show que nadie ve. La producción de Joe Weisberg y Joel Fields para FX ha logrado tres temporadas con poca audiencia —la última registró su episodio final menos visto— pero con mucho querer de la crítica y del televidente que reconozca un buen drama de espías rusos en Estados Unidos durante la Guerra Fría. Cada capítulo es una chin-go-na labor de dirección, edición, actuación y escenario. Hay tomas que merecen ser estudiadas por su composición, escenas de acción o tensión armadas con elegancia y un complejo contexto político que nos hace revisar Wikipedia para entenderlo. Tres razones hacen la temporada memorable: Keri Russell, Alison Wright (Martha, esa situación tan completa) y «Do Mail Robots Dream Of Electric Sheep?».

Show me a Hero (HBO)

Cuando se habla de política en series de televisión, de un lado está Aaron Sorkin, por ahí en medio House of Cards o las comedias de Armando Iannucci, y del otro está David Simon. Show me a Hero es una miniserie escrita por el creador de The Wire y William F. Zorzi —compañero periodista de Simon—, una adaptación del libro homónimo que cuenta el conflicto racial-económico-político vivido en Yonkers, Nueva York, a finales de los ochenta y durante los noventa por el proyecto de construcción de viviendas públicas en zonas de la clase media. «The projects», espacio de pobreza y crimen, era un escenario-personaje en el show sobre Baltimore, acá es un monstruo con mayor trasfondo. Paul Haggis dirige los seis episodios que siguen la mediana carrera política de Nick Wasicsko (Oscar Isaac), espejo de una clase que asciende por la esperanza y se desarrolla entre el repudio, como nos muestra una de las mejores obras de David Simon, ese retratista de nuestros tiempos. Menciones honorificas: la escena final del segundo capítulo y la explicación de la política como una adicción por el borracho personaje de Winona Ryder. ¿Es lo mejor de Simon desde The Wire?

Mr. Robot (USA)

Influencias de Kubrik, Aronofsky, Lynch, Scorsese y Fincher. Tiene además algo de Breaking Bad, Girls  y Blade Runner, dice Sam Esmail, creador de la serie. Pero Mr. Robot es más que la suma de sus influencias; esta historia de un hacker que se involucra con un grupo anticorporativista; es una pieza memorable de cinematografía. Ya desde el primer capítulo su protagonista, Elliot Alderson (Rami Malek en papel de desagradable angustiado), se pregunta constantemente si está loco; el show crea trama y tono alrededor de su duda y nunca deja de ser entretenido intentar adivinar qué es real. (Spoiler: aquí un supercut que nos ayuda a aclararlo). «This is a delusion. Is this a delusion? Shit, I’m a schizo». ¿Lo mejor del show? Un trato apropiado al lenguaje del hacker, su cuarto capítulo y el título de sus episodios: eps1.0_hellofriend.mov, eps1.3_da3m0ns.mp4, eps1.5_br4ve-trave1er.asf, etcéteras.

Fargo (FX)

En 2014, Fargo y True Detective fueron muestra de las nuevas series de antología en las que cada temporada contaría una historia distinta usando nuevos personajes. (La vieja serie de antología, como Black Mirror o The Twilight Zone, cuenta una historia diferente cada capítulo). En su segunda entrega, True Detective fue algo incomprensible con pocas cosas rescatables. En su segunda entrega, Fargo fue en realidad una precuela llena de referencias —entre música, diálogos e imágenes— a los hermanos Coen, una saga violenta, narrativa y visualmente satisfactoria. Noah Hawley entregó otra digna adaptación de la película de 1996, conservando el estilo peculiar del lenguaje (yeah!), la atmósfera y sus actuaciones. Olvidemos los roles principales de Kirsten Dunst y Patrick Wilson, celebremos los personajes establecidos con más estilo que dimensiones, casi icónicos desde su primera aparición: Mike Milligan (Bokeem Woodbine, recuérdenlo) y los Kitchen Brothers, toda la familia Gerhardt, Hanzee (un Zahn McClarnon que crece conforme se mueve la serie) y Karl Weathers (Nick Offerman sacudiéndose todo rastro de Ron Swanson). Además, es la serie con las mejores introducciones cada episodio; «War Pigs» de Black Sabbath nunca ha tenido un mejor uso.

Hannibal (NBC)

Con su gore, estética de difícil apreciación e inicios como show policial genérico, el thriller psicológico de Bryan Fuller —nombre maldito por sus series incompletas— no tenía forma de sobrevivir en un canal de televisión abierta como NBC. Aun así, nos entregó algo único en su temporada final. El adjetivo no es gratuito: nada este año se acercó o siquiera intentó algo como el estilo visual o la estructura que Hannibal tomó ante su inminente cancelación. La serie «perdió su mente», cayó en lo avant-garde, aplaudió la audiencia. El canibalismo nos puso a prueba con capítulos llenos de diálogos extraños, violencia hipnótica y momentos rarísimos hechos para lo contemplativo.
Spoiler. La escena final, un homicidio en colaboración/amor consumado entre un asesino serial y su perseguidor, será por un rato el broche de oro para NBC, la cadena que hoy no interesa aunque nos llegó a dar The Office, 30 Rock, Community y Seinfeld. Fin del spoiler. ​

BoJack Horseman (Netflix)

«Sé que quieres ser feliz pero no lo serás. (…) Naciste roto». «Algo adentro de ti está roto y nunca puede ser arreglado». «No puedes escapar de ti». Eso lo escucha un caballo de su madre, su jefa y de una cierva que es su interés romántico. BoJack Horseman es una animación ridículamente triste. Y comparado a un gag de sillón en Los Simpson, no es un trabajo de animación sobresaliente, pero es una dramedia modelo, ejemplo de nuestra Era Dorada de las Caricaturas. (Steven Universe, Gravity Falls, Rick and Morty, Archer y South Park destacan en una mejor lista que esta). Will Arnett da su voz a BoJack Horseman, un caballo actor que alcanzó y vio morir su fama en los noventa y ahora lucha por entender su tristeza e insatisfacción, camino que esta temporada siguieron casi todos a su alrededor. «¿Por qué me ayudas?», llega a decir un personaje. «Porque mi vida es un desastre y compulsivamente atiendo a otros», le responde una gata. Todos aquí luchan contra su patetismo, nosotros mientras reímos. Y qué hermosos créditos iniciales.

Better Call Saul (AMC)

Entre autoreferencias escondidas y la composición de escenas para ser interpretadas como símbolo de algo más, que bien pueden ser nada más escenas bellamente arregladas, existe un juego entre Vince Gilligan y los fans de su trabajo. Breaking Bad lo tenía, en Better Call Saul continúa, aunque pueda exagerarse. Estas cosas no importan: el que sea desinteresado de mensajes ocultos hallará un enorme spin-off, o un drama donde cada toma de cámara es cuidada en detalle, el reparto es de talento comprobado y donde la historia sólo va en ascenso. Ver a Jimmy McGill (Bob Odenkirk) avanzar o caer hasta convertirse en el robaescenas, Saul Goodman es tan intrigante como ver el pasado de Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks) que ya merece spin-off del spin-off. Odenkirk y Banks son actores de altos vuelos, Gilligan uno de Los Auteurs de la televisión, en Better Call Saul no dejamos de comprobarlo. Guárdese «Five-O» para la posteridad, el episodio de Mike que nos merecíamos.

Daredevil (Netflix)

​​¿Qué esperamos de un show de superhéroes? Madrizas (no peleas: madrizas), un nivel respetable de acción, un villano que se incline razonablemente al mal, la constante derrota y superación de las desgracias por el héroe, compañeros que como mínimo no sean molestos si no pueden ser interesantes, diálogos no exageradamente ridículos, actuaciones y cinematografía de cualidades decentes. Atendidas las demandas, variaciones sobre el canon se permiten. Flash, Gotham, Jessica Jones, Supergirl, Agents of S.H.I.E.L.D. o Arrow medio cumplen lo que Daredevil realiza con satisfacción del espectador. Si se recuerda que el género Serie Live-Action de Superhéroes fue por años difícil de mostrar con dignidad en la televisión (contamos, por agarrarnos de algo, a Buffy, al Batman camp de los sesenta, Smallville y una que otra adaptación menor), tenemos que reconocer las coreografías y logros con la cámara en la serie de Netflix. Lo que ahora debe ser exigencia en este tipo de shows son escenas como el plano secuencia al final del segundo episodio, un tributo a Oldboy de Park Chan Wook que no tuvo igual en el año. En la televisión, Daredevil es cúspide de su especie con esta primera entrega.

Man Seeking Woman (FXX)

Lorne Michaels (Saturday Night Live, 30 Rock) produce esta adaptación del libro The Last Girlfriend on Earth de Simon Rich, creador de la serie, un discurso cómico exagerado sobre las relaciones sentimentales. Exagerado: la hipérbole es la herramienta de Rich para dejar claro que ser abandonado por la novia es devastador. Esta comedia de FX (que seguramente terminará de culto como sus otras tantas) es un ir y venir de situaciones surreales, al nivel de los mejores cortos digitales de SNL. La siguiente pareja de la exnovia de Josh (Jay Baruchel) es Hitler, la siguiente persona con la que Josh intenta salir es un troll, una boda donde Josh se encontrará a su ex es en el infierno. Situaciones similares en la vida real, descritas entre amigos, suenan absurdas, en Man Seeking Woman ocurren literalmente. LouieMaster of None, que pudieron ocupar este lugar, se acercan al mismo tema con más pathos que chistes, hoy elegimos lo estúpidamente hilarante. Vamos a quedarnos con «Teacup», noveno episodio, donde se cambia al protagonista con una mujer para mostrar grandes verdades con lo ridículo: para todos es difícil dejar de estar solos.


Autores
(Guerrero, 1987) es periodista y reside en la ciudad de Xalapa, Veracruz. Curioso por la televisión, disfruta escribir sobre ella.

Dos meses después de conocernos y de prácticamente vivir juntos, Irina seguía guardando su cepillo de dientes en el bolso. Laveía meterlo en su estuche y en seguida escuchaba el cierre largo de la maleta deportiva donde llevaba su ropa, el desodorante, los zapatos negros de tacón alto. Me parecía una viajera perpetua a punto de emigrar hacia otro mundo, incómoda, incapaz de adaptarse en el tiempo y el espacio. Sentía entonces una nostalgia muy dulce y me daban ganas de ir a abrazarla por la espalda para retenerla, pero no lo hacía porque sabía que ahí estaría otra vez por la noche o a la noche siguiente, con la maleta llena de ropa limpia y zapatos cómodos para pasar juntos el fin de semana.

Supongo que me gustaba su desapego. Me resultaba estimulante buscar algún flaco pretexto para ir por ella a la universidad, persuadirla para que pasara la noche conmigo o zozobrar a la espera de un mensaje suyo. Ambos sabíamos que aceptaría quedarse en casa, que me convencería de comprar para la cena algo de lo que yo no tenía antojo, pero que acabaría comiendo hasta limpiar el plato, y que ella cedería para que viéramos algo que decía no gustarle, pero que no dejaría de comentar con el fervor de quien critica la vida de sus parientes. Supongo que nos gustaba jugar a las incertezas, ir saltando de un día al siguiente como quien busca conchitas en una playa, a salvo de los grandes planes.

Su presencia en la casa se ceñía a las márgenes de una caja. Una caja de cartón, común y corriente, abollada de las esquinas, pegoteada con cinta canela. Simple. Imperfecta. Debió rescatarla de alguna mudanza, porque en uno de los costados tenía escrito en marcador negro la palabra «loza» y la palabra «frágil» y una flecha que apuntaba hacia arriba.

Entiendo que la caja era una cosa útil. Servía para que Irina guardara las partituras, las notas de la escuela, los cables, la bolsita de los lápices. Recargaba el clarinete dentro, a falta de un soporte más adecuado, un soporte de metal con patas de goma y ganchos forrados en terciopelo negro que abrazaran con delicadeza el clarinete. Hace poco lo vi en la vitrina de una tienda de instrumentos musicales y pensaba regalárselo en su cumpleaños.

Sé que era una consideración hacia mí y mi afán por el orden que Irina guardara sus pertenencias en aquella caja, en lugar de desperdigarlas por toda la casa. La verdad es que resultaba muy práctico arrastrar un solo bloque del estudio a la sala, y de la sala a la mesa del patio cuando practicaba o guardarla debajo de la cama cuando llegaban mis amigos a tomarse una cerveza con nosotros. Entiendo que la caja era sólo eso, una caja. Sin embargo había más. Necesariamente debía haber más.

Irina se levantaba por las noches. La escuchaba arrastrar la caja al lado del sofá y quedarse en silencio. Yo trataba de no darle importancia y volvía a dormirme, pero a veces me quedaba despierto pensando qué era lo que hacía, si contemplaba una foto, un objeto valioso o visitaba un recuerdo. Desaparecía frente a la caja abierta como si la caja tuviera poderes mágicos y redujera a Irina al tamaño de una muñeca para tragársela y perderla en un laberinto sin entrada ni salida. Rato después volvía a la cama, me abrazaba y yo me hacía el dormido.

Por la mañana, mientras tomábamos café, le preguntaba si había descansado bien y ella respondía que sí, que había dormido profundo y de un tirón. Mientras tanto yo veía que la caja había avanzado unos centímetros hacia el centro de la sala, se asomaba tímida debajo de la mesa, como un animal huraño, encimadas con pudor las hojas de la tapa. Irina se acuclillaba junto a ella y la abría sin temor a que viera lo que había dentro, sacaba con desparpajo las cosas que usaría ese día, para volver a encimar las cuatro pestañas y regresarla a su lugar con la punta del pie.

Me hubiera gustado que alguna vez Irina me hablara de su insomnio. Que naciera de ella abrir la caja para mostrarme un puñado de hojas emborronadas y me dijera que aquello era el borrador de un proyecto irrealizable que la perseguía desde hacía meses. Una música de sonidos imposibles que no podía ser cifrada en notas. El relato de una anécdota de infancia. Pero Irina hablaba poco. Reíamos mucho, nos divertíamos, decíamos las cosas que hay que decir para llevar entre dos el ritmo del tiempo, sin embargo, cuando se trataba de hablar, guardaba las palmas entre las piernas y emparejaba los labios. Al principio me sentía obligado a llenar el silencio mientras ella asentía con presteza. Luego me di cuenta de que no hacía falta llenar nada. Era una mujer simple. Sus palabras no guardaban intenciones ocultas, no había juicios, ni críticas, no había expectativas, no había resentimiento. Nos deslizábamos de un día a otro y de una semana a la siguiente con la suavidad de un trineo sobre una cama de nieve.

Luego ocurrió el accidente con el metrobús. Me enteré demasiado tarde, mientras estaba comiendo con Margarita y con Selene en un restaurante de chinos. Sonó mi teléfono y era su número, lo que me pareció muy raro porque casi nunca llamaba y menos a la hora de la comida, de modo que contesté, pero no era su voz, sino la voz de una muchacha que dijo llamarse Rita, era amiga de Irina, había estado con ella cuando sucedió el accidente. Llamó a los paramédicos, subió con ella en la ambulancia, le entregaron sus pertenencias en el hospital y fue así como pudo localizar a los familiares y ahora me llamaba a mí, que estaba en aquel gabinete verde, en un restaurante de chinos, frente a Selene y Margarita que vieron con preocupación que algo malo acababa de suceder.

Ilustración por Abril Castillo.

Ilustración por Abril Castillo

Quise salir de inmediato, pero Selene y Margarita y el chino junto a la vitrina del pan me detuvieron. Ellas pagaron la cuenta. El chino tardó en cobrar lo que me pareció una eternidad, mientras que ellas trataban de hacerme entrar en razón para que no me subiera a mi coche así como estaba y yo decía que estaba bien y trataba de aparentar que sí lo estaba. Selene conduciría. Ese fue el trato. Margarita subió en el asiento del copiloto y ambas resolvieron cuál sería la mejor ruta para librar los embotellamientos y llegar al hospital lo más rápido posible. Yo atrás, parecía un niño solitario al que acabaran de rescatar de una pelea en la escuela. Nunca había viajado en el asiento trasero de mi propio coche. No sabía qué hacer con mis rodillas y estaba nervioso porque Selene no estaba acostumbrada a manejar estándar y no me gustaba la manera como sacaba el clutch.

Cuando llegamos a la entrada del hospital reconocí al grupo de los que venían con Irina porque entre ellos varios llevaban estuches negros con instrumentos musicales colgados en la espalda y vestían de negro y llevaban zapatos elegantes. Me acerqué a una chica que llevaba un estuche de oboe y le pregunté si ella era Rita o si conocía a Rita. Ella señaló hacia el centro de un conjunto aglutinado que parecía impenetrable. Me preguntó si era amigo de Irina y le contesté que sí. Ella dijo haber llegado minutos después que la ambulancia y no obstante sabía muy poco, sólo que el golpe había sido tremendo, que Irina había perdido mucha sangre, estaba en cirugía y podían recibir noticias de un momento a otro. Su madre había llegado, estaba dentro, se hallaba destrozada.

Margarita y Selene habían buscado un lugar para estacionar el coche y vinieron a verme. Les expliqué lo que sabía y ellas me abrazaron, me hicieron saber sus condolencias. No apartaban sus manos de mi hombro o de mi brazo. No dejaban de preguntar si necesitaba algo. Necesitaba que me dejaran solo, pero no podía ser grosero con ellas. Margarita llamó a la oficina y dijo que volvería en un taxi para encargarse de mis citas, que arreglaría todo para que no tuviera de qué preocuparme el resto de la semana. Yo sabía que eso era imposible, debía estar en la oficina al día siguiente a primera hora para resolver cosas que ni Margarita ni Mario ni nadie podía resolver.

Selene prometió quedarse conmigo y llevarme a casa cuando tuviéramos noticias. Margarita quería convencerme de que Irina iba a estar bien. Trataba de sonar práctica y decía cosas como «Seguro hoy ya no te dejarán entrar a verla, pero pregunta por el horario de visitas y busca a su mamá, pídele su teléfono para que estén en contacto, que te diga el número de habitación y la cama para que mañana temprano te den el pase». Llamó a un Radio Taxi porque decía que los de la base del hospital no le daban confianza. Selene fue por un par de cafés al Starbucks. Cuando regresó dijo que su esposo la había llamado, no tenía con quién dejar a los niños, de modo que debía irse. Le di las gracias y la convencí de que no habría ningún problema. Nos bebimos el café y nos despedimos. Quince minutos después salió por la puerta del hospital una mujer mayor que debía ser la madre de Irina. El grupo se volcó hacia ella, pero ella se fue directo hacia un hombre menos viejo que podría ser su hermano y se hundió en sus brazos con un gesto de dolor. Un llanto que no dejaban lugar a dudas. Me derribé sobre un escaño de concreto y dejé que la noticia llegara paulatina con el oleaje de las voces, con el lamento de las mujeres que se tapaban la boca con las manos, que escondían la cara en el cuerpo de sus compañeros. Dejé que los fragmentos de palabras me alcanzaran hasta donde estaba y me hicieran caer en la cuenta de que Irina había desaparecido para siempre de la realidad.

Luego de un rato me recompuse y quise acercarme, pero no sabía cómo. El grupo se había dispersado, no sabía qué decir, no sabía si la familia de Irina tendría alguna idea de mi existencia. Nadie había preguntado por mí. Nadie parecía identificarme. No pude encontrar a Rita. Lo único que supe fue el nombre de la capilla donde velarían a Irina al día siguiente. Los amigos se montaron de nuevo sus instrumentos en la espalda y partieron despacio de a tres, de a dos. Los parientes también se fueron desperdigando hasta desaparecer. Sólo quedaba yo. Trataba de reunir las palabras y el valor para cuando salieran de nuevo la madre y el tío. Pero ellos no volvieron a salir por esa puerta.

Esperé mucho más de lo razonable. Selene y Margarita llamaron y enviaron un montón de mensajes que no contesté. Eran las diez de la noche y ya no se veía a nadie del grupo rondando la entrada del hospital, ni en la banqueta, ni comprando dulces o botellitas de agua en los puestos ambulantes de las cercanías para restablecer las fuerzas y sobrellevar la amargura. Nuevos grupos de gente se reunían al apremio de una emergencia distinta. Otra persona, otro accidente. Cuántas tragedias podían caber en un mismo tiempo y en un mismo espacio, que casi no quedaba lugar para poner los propios pies y lamentar el propio llanto. Había llorado sobre el escaño de concreto, pero no era dolor lo que sentía, sino un profundo desconcierto. Volví a llorar otro poco cuando pude estar finalmente solo en el asiento del coche, pero ya casi no quedaba desconcierto y era momento de volver a casa.

A mitad de la sala estaba la caja. Desafiante como animal receloso ante la ausencia de su amo. Impositiva. Me irritaba tanto su demanda, que sentí la necesidad de dar un rodeo más que precavido para llegar al otro lado. Reservé la distancia que se guarda ante el posible arañazo, sin quitarle la vista. Fui a la cocina, puse dos hielos en un vaso y los rebasé de whisky y me lo acabé antes de que empezaran a disolverse los hielos. Al segundo trago, los hielos alcanzaron a perder dos tercios de su masa. En el tercero los hielos llegaron a la mitad y al quinto me los metí a la boca para masticarlos. Con los siguientes dos hielos había perdido el miedo de volver a la sala. Me quité la camisa y los zapatos. Vi que había treinta y siete mensajes en la contestadora. Los borré sin escucharlos y desconecté la línea. Encendí la tele y dejé que corriera un estúpido programa sobre la presencia de extraterrestres en las culturas ancestrales.

Cuatro horas después me desperté con los sonidos del amanecer: el árbol cuajado de pájaros, la vecina que sale todos los días a barrer la banqueta, el agua corriendo por las tuberías y el perro de enfrente que le ladra a los deportistas que pasan al parque con audífonos y tenis y ropa ajustada. La campana del camión de la basura que se acercaba una cuadra más, y otra, y otra, mientras yo permanecía quieto, con la vista clavada en el rayo de sol avanzando sobre el muro. El camión pasó frente al edificio y se detuvo en la esquina. Entonces me levanté de un salto, me precipité sobre la caja y antes de que pudiera pensar nada la tomé en los brazos y bajé con ella corriendo por las escaleras.

 


Autores
nació en Guadalajara, Jalisco en 1980. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara y asistió al Curso de Formación de Editores de la Universidad Complutense de Madrid. Estudió la maestría en Letras Modernas Portuguesas en la UNAM. Ha trabajado como editora y como copywriter para medios electrónicos. Es autora de la novela Puertas demasiado pequeñas, la cual escribió como becaria del FONCA en 2010 y obtuvo el Premio Latinoamericano Sergio Galindo de la Universidad Veracruzana en 2013. Actualmente vive en la ciudad de México.

Para Tomás

Mirar un punto en el techo al despertar ayuda a salir del sueño. Mirar un punto al frente en el muro, ayuda a no vomitar cuando bailas la polka. Tener un ritual diario sobre el que no te preguntas demasiado ayuda a entrar en el día. Tener otros para dibujar ayuda a resolver con menos estrés una ilustración.

Existen otras actividades físicas mediante las cuales se consigue esto. No por nada últimamente proliferan los libros para colorear dirigidos a adultos. Algo de meditación tiene la actividad manual que nos quita de preocupación y nos vuelca hacia ese blanco total en la mente, que nos limpia de nosotros mismos en una dulce evasión productiva. Ingrid Fugellie, pintora chilena con quien tomé clases cuando era niña, me contó que a los prisioneros de las Islas Marías los ponían a tejer canastas y de esta manera los días se iban sin angustia ni amargura; ella decía que con el dibujo y la pintura pasa lo mismo.
Otras actividades físicas, como correr o nadar, tienen resultados parecidos. Cuando uno empieza alguna rutina de ejercicio, quizá lo más difícil es decidir levantarse de la cama y llegar, pero mientras más frecuentes sean estas visitas, pronto uno las hace igual que se prepara el desayuno.
Para Oliver Sacks, nadar le funcionaba como detonante para escribir, pero también como forma de vida:

[En las tardes de verano me iba a remar] me zambullía y nadaba en el río hasta fluir con él, convertidos en uno solo […] Muchos de mis fines de semana más felices los pasé nadando en un pequeño lago (también muchos de mis fines de semana más productivos, porque hay algo en estar en el agua y nadar que altera mi humor y pone en funcionamiento mis pensamientos como ninguna otra cosa). Mientras nadaba de un lado a otro o alrededor del Lago Jefferson se construían teorías e historias. Oraciones y párrafos enteros se escribían en mi mente, y en ocasiones tenía que salir a tierra a descargarlos cada media hora más o menos, goteando agua sobre el papel: mi editor se mostraba perplejo ante las manchas de agua y la tinta corrida de los manuscritos, e insistía en que los pasara a máquina.
Duns Scoto, en el siglo XIII, habló del condelectari sibi, la voluntad que encuentra deleite en su propio ejercicio. Mihaly Csikszent-mihalyi, en nuestro tiempo, habla del “flujo”. Hay cierta corrección esencial en el nadar, así como en todas las actividades que fluyen y de carácter musical.
[1]

Recupero de Sacks esa capacidad de anclar la vida al trabajo, pero entendido este último como una pasión, como aquello que cubre una necesidad creativa. El trabajo así se aleja de la idea robótica capitalista de producción en serie y se acerca más a ese flujo constante del que él mismo habla: nadar, escribir o dibujar no son tan diferentes en el fondo. Pero cualquiera de estas actividades debe tomarse con seriedad y disciplina.
Un verdadero dibujante nace cuando decide que se dedicará a dibujar de manera profesional. Es cierto que todos dibujamos siempre, por gusto desde niños, por obligación o por necesidad, pero sólo quienes siguen dibujando después y a pesar de todo (y de todos), pueden seguirse llamando dibujantes. Y ser dibujante no tiene que ver (sólo) con la calidad de los dibujos, sino con la tenacidad y entrega al oficio.

Una vez, Santiago Solís dijo que él se concebía como un dibujante de alto rendimiento. Por eso en su agenda hacía diario una «carita»: un retrato de gente conocida o desconocida, dibujo a línea, de primera intención sin preocuparse demasiado por el resultado, y sí por observar y trazar con seguridad.

Esta manera de ejercitar el dibujo funciona a varios niveles: por un lado genera una rutina donde, mediante la repetición, cada vez se vuelve menos amargo empezar y se entra con mayor suavidad en el flujo de trabajo, en esa zona mágica donde la concentración hace que el paso del tiempo desaparezca.

Hay dibujantes de fondo y dibujantes de velocidad. Los dibujantes de fondo son más pacientes y contemplativos, lo que funciona mejor para cubrir largas horas de trabajo manual. Los velocistas son poderosos y explosivamente rápidos para pensar en cortos periodos de tiempo. Los dos tipos de dibujantes tienen en común una meta: comunicar ideas mediante recursos gráficos.

Aunque podría parecer que un velocista hace menos trabajo porque termina antes con sus entregas, esto es un error. Es tan complicado ser un dibujante de fondo como un velocista porque todo el secreto está en la preparación y trabajo previo. Ser dibujante por oficio es muy distinto a serlo sólo por gusto, se trata de un compromiso con uno mismo y con el trabajo, por lo cual son necesarias muchas horas de entrenamiento, ejercitación, disciplina y sacrificios. Todo para cuando llegue el momento culmen: una competencia, una entrega, un proyecto.

La psicología del deporte se encarga precisamente de cómo seguir adelante, cómo trabajar bajo presión. Y para conseguirlo es necesario practicar bajo presión, lograr entrar a una zona de confort, aunque sea mental, y no disminuir el desempeño máximo del que uno es capaz.

Pensemos en una competencia atlética o una entrega de una ilustración para un cliente nuevo, o un proyecto al que se le ponen altas expectativas. Cuando uno tiene miedo el cuerpo puede fallar, la mente no reaccionar y el individuo (deportista o ilustrador) paralizarse. Para canalizar ese miedo es preciso haber practicado la actividad en cuestión siendo presa del mismo. De ahí la importancia del entrenamiento: repetir una y otra vez esa acción bajo diferentes circunstancias y ambientes, hacerlo tantas veces que se vuelva natural, que la mente no se interponga con la acción. Como en esos sueños que queremos correr y al pensarlo las piernas se paralizan. En el momento de la verdad, no vale tanto pensar en el acto mismo, sólo hay que llevarlo a cabo. De esa manera, aun teniendo la presión encima, puedes dominar cualquier emoción, porque la presión ya no se convierte en un freno, si no en un combustible.

Además, nunca hay que olvidar que si el dibujo es nuestra pasión, siempre queda una chispa oculta en la actividad sin importar cuánta presión se tenga encima. Para detonarla basta recordar la idea de juego que abre la existencia de un tiempo mágico, según el cual toda oportunidad puede ser repetida. Como en la película El día de la marmota donde Bill Murray vive infinidad de veces el mismo día. Luego de haber experimentado todas las posibilidades y emociones, los actos más cotidianos o especiales dejan de ser dolorosos, producir miedo o ansiedad, y la vida misma se vuelve más transitable. Se hace más fácil fluir en ella y sólo entonces el tiempo vuelve a transcurrir de manera natural, mientras que el personaje sale del embotellamiento mental y encuentra lo que siempre había buscado.
Como ni dibujantes ni atletas saben a ciencia cierta qué buscan, no hay nada mejor como poner manos a la obra sin pensar, de tal forma que la vida nos sorprenda y nos otorgue eso que estábamos esperando. Para ello, todos los días deben ser un día de entrenamiento, una repetición, un juego y jamás olvidar que el dibujo (igual que correr y que nadar) es en sí mismo un acto feliz.

[1]Oliver Sacks, «Nadar hasta morir», Nexos, 1º de agosto, México, 1997, recuperado el 16 de diciembre de 2015 de: http://www.nexos.com.mx/?p=8456


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.

Seguridad

No todos los me-da-mi-halloween son niños como no todos los panes son de dios y yo quisiera que los bancos empezaran a prestar o al menos mejoraran su servicio al cliente sabes que tengo que usar un teclado de plástico para checar mi saldo invaluable en la lucha contra el fraude así que cuando ruedas hacia mí fuera del banco disfrazada y pintada de calaca debo preguntar por el valor de esa finta tan hostil tú claramente te diviertes cosa buena no quiero detenerte en mi isla nada de esto es verdad

Entierro; o el poema ataúd biodegradable

No eres nada sino carbón de Midas. Todo lo que tocas se convierte en informe policiaco. El chico mostró su eléctrico ritmo y yo era de nervios un sismo. Pedos lentos de vaca. La niña confunde un poste eléctrico con la Torre Eiffel. Tú también puedes azar el metal. Mi ventana está llena de hélices. Si todas mis declaraciones implican su historia, ¿cómo podemos empezar? Demolamos el viejo pueblo, baby. Porque yo ya he perdido en varios frentes. Luego del poema estoy gastado como cartucho, como dinero. Oh, linda, podemos ir tan lejos flota por mi flujo hasta que me funda hundido en una tumba sin final.

Poema como topitaria

Jardinero al fresco jala un cuchillo de pan del rosal. STOP. Aparece Al Gore

en una isla fuera de la costa de Second Life (un equipo de Al Jaseera va detrás). STOP.

Yo me geolocalizo en cinco configuraciones: despierto; dormido; montado en la frondosa barda

con la podadora, et caetera. Suave tronido del monitor latencia de carbonos.

STOP. No hay tazer en el clóset; Señala Fallujah con un diccionario de chupitos,

un avatar moreno se desplaza en los campos de jazmín. STOP. Negro como cinta de archivo agotado. Y entonces

para cortar y armar la alheña como obelisco o laberinto de calles empolvadas —esto es un acto

de crueldad sobre el que leo. Corriendo por Babel con casco de soldado

inglés, contemplo la torre, imperio de jardines colgantes; cuánta

historia cabe en un solo lugar. El letargo es suave como los primeros segundos

del sueño.


Autores
Tom Chivers (Londres, Inglaterra, 1983) publicó en el 2012 Adventures in Form. Obtuvo el Eric Gregory Award en 2011.

Odas II/no

El consejo de un granjero suele ser no usar pantalones de campana La Vita Nuova se lee mejor en tierra firme Kipling me viene a la cabeza restregándose contra la corteza de un limonero buscando la ayuda de su savia para la soriasis

Si las cosas se ponen feas sólo los americanos esperan ser felices hablando como canadiense, el justo medio se excava mejor con palas, en ciertos días salvaste mi vida

en Somers Town, ni siquiera yo

podía encontrar mi propio culo

con ambas manos

366 Soneto final

Los muchachos cantan para ahuyentar los pájaros molestos es útil practicar con estatuas antes que en las mujeres y ahora estoy aquí para decirles todo lo que he descubierto que la vida es una de las mejores cosas —ahí mismo donde la arranqué que sus ojos no podrían ser más hermosos— pensé que así eran manejando mi auto utópico sobre las calles distópicas pienso con detenimiento y me miro a mí mismo y me veo sorprendido porque vivir es una de las mejores cosas pienso con detenimiento y estoy ahí escuchando cómo la luz del sol quema la hierba mi claxon un sueño arrugado ¡terrícolas! ¡camaradas! ¡adiós! trabajen en su propia salvación con diligencia como si todas las cosas fueran posibles.

49

Aquí en South London la máquina que dice tu peso habla como este-es-el-peor-crimen-del-mundo y si todo al final refiere al cuerpo como un espacio con sonoridad total laureles y túnicas no puedes enseñar a los malos monos a ser madres en estos días se trata de defender tu régimen personal te dejan bajo una nube y los libros no puedes enseñar a los malos monos a ser madres PORQUE SON MALOS MONOS los cigarros hablan más fuerte que las palabras pregunta: si fueras invisible, ¿qué harías? Respuesta 1) Yo soy Respuesta 2) Tú

242

Dios creó a la mujer de monos o de hombres dormidos y a los hombres de Worcestershire o South London y nuestras herramientas eran estos casetes y este walkman la invención del dinero para los caballos y los perros y era fácil manufacturar peces y autos y campanas eran los objetos más hermosos de abril y todos los hombres eran cuadrados y con partes feas y las mujeres azules y redondeadas dibujando juntos por azar en zoológicos o carnavales o ahí donde la deforestación necesita ser denunciada y entonces era posible entrar en los hipermercados y comprar libros de dieta y El Placer del Sexo del Dr. Alex Comfort y usar barbas vivos por vez primera dentro de domos inflables y mujeres escandinavas diciendo aquí está mi punto G Gertrude no creí que tal felicidad fuera posible el punk rock le puso un alto a eso

Traducción por Gaspar Orozco


Autores
(Londres, Inglaterra, 1962) es poeta. Entre sus títulos recientes se encuentran Horace, Folklore, Petrarch, 1000 Sonnets y Honda Ode. Es editor de la revista Onedit.

No existe un lazo evidente entre México e Inglaterra. No hay nada intrínseco entre Londres y la Ciudad de México. Ambas son metrópolis. Ambas son el centro de su país. Las dos son ciudades antiguas, por lo menos en lo que respecta a la historia. Por tanto, son sólo ciudades del mundo, habitadas por seres humanos de la Tierra. No compartimos un idioma. No compartimos una frontera. No compartimos un continente. Cualquier motivo para este intercambio proviene de esta ausencia, injustificada por los caprichos de la historia u otra forma de interpretación por medio de la razón o de una casualidad enorme. Enemigos nació de una madre pequeña; es decir, de la poesía idiosincrática e individual de un puñado de personas, escogidos por asociación, conjuntados para crear algo nuevo, con sus propios fines y para su propio clan de significado. Enemigos/Enemies se trata nada más que de escribir nueva poesía, moldeada por la casualidad, por los antojos y las palabras de otro ser humano.

Dígase lo que se quiera, este dossier trata sobre la colaboración, y la poesía se presta a la colaboración tal como el lenguaje lo hace a la conversación. En la poesía es donde se renueva el espacio vivo para la comunicación, y éste en sí mismo es un hecho colaborativo —el poeta se enfrenta a algo más allá de sí durante la escritura de un poema, al moldear cada fragmento del lenguaje se produce una respuesta—. Esta pequeña colección tiene por objeto presentar ejemplos originales y dinámicos de lo que se produce cuando el otro en cuestión es la mente igualmente ávida de otro artista/poeta.

Enemigos explora las posibilidades poéticas del texto, que llega por medio del lenguaje una vez que contrajo nupcias con modos de expresión alternativos de potencia expansiva y/o perspectivas culturales y artísticas fundamentalmente variadas sobre la experiencia de la vida.

No puedo demostrar cómodamente esta afirmación en términos comparativos; es decir, con relación al pasado, pero puedo señalar que los poetas seleccionados para representar a Londres lo harán con la visión que acepta el mundo, dado que el mundo reside auténticamente en nuestra ciudad. Hay mexicanos residentes en Londres de la misma manera que hay gente de todo el mundo en nuestra ciudad y, por tanto, aquellos que viven en esta ciudad, en su propia manera, no pueden evitar conocer al mundo y a su equipo, ya sea por elección o hábito, para cambiarlo. Un elemento intrínseco de su poesía es la voluntad de ir más allá de los confines geográficos, filosóficos y lingüísticos.

Todos se sienten cómodos con la incomodidad, trabajando más allá de su propio gusto (estamos muy lejos de un intercambio entre Dopplegänger procedentes de dos diferentes orillas del océano) e idioma, y pusieron entusiasmo en su deseo de crecer por medio del proceso de escritura. Por tanto, están naturalmente preparados para la colaboración. Y ¿cuál podría ser el resultado idóneo de este proceso de transliteración sino una cooperación muy íntima? Estas obras no resultan fieles pero están enamoradas, son primas de su forma original, no hermanos ni hermanas. La transliteración es un poema totalmente nuevo, un poema inspirado en otras palabras que flotan dentro del éter de la poesía. Lo que aquí hicimos fue simplemente amarrar a alguien al piso dando a la víctima y al agresor la posibilidad de comunicarse durante el crimen.

 


Autores
(Truro, Inglaterra, 1983) es poeta y artista marcial. Ha sido comisionado por sus trabajos originales de poesía, arte sónico, arte visual, instalación y performance por la Galería Tate, la London Sinfonietta, Electronic Voice Phenomena, Penned in the Margins, la Liverpool Biennale and Mercy. Es curador del proyecto Enemigos.

A partir de la crisis económica griega y sus deudas con las grandes potencias del norte de Europa, el poeta William Wall escribe sobre la independencia, la confusión entre el racismo e identidad nacional y la unión europea, a partir de viñetas que muestran espacios públicos, protestas y momentos de la historia reciente del de Reino Unido.

En julio de 2015, en medio de la crisis económica de Grecia, el filósofo alemán del capitalismo liberal y teórico de la unidad europea, Jürgen Habermas, concedió una entrevista a The Guardian. Era, en efecto, una elegía a la idea de Europa, un lamento por lo que su nativa Alemania había hecho o deshecho. Habermas identificaba a las instituciones no electas —el Consejo Europeo, la Comisión y el Banco Central Europeo— como el núcleo deshonesto del nuevo poder antidemocrático en el área. Pero debió haber dicho más. Europa es más una desunión que una unidad y los políticos que predican unidad y «mayor integración» en las altas cumbres europeas están abiertamente proclamando racismo y nacionalismo en sus valles nativos.

UN PUB EN LA CALLE LAMB’S CONDUIT, LONDRES, 2008

Naturalmente, se llama The Lamb. Mi esposa y yo entramos ahí en un día soleado. Acordamos reunirnos con nuestro hijo y su pareja. The Lamb es un pub tradicional inglés, oscuro, bañado en una luz tenue, con una gran barra de caoba con forma de herradura. Presuntamente Dickens era un cliente habitual de este lugar, y Ted Hughes y Sylvia Plath ciertamente lo eran. En la barra ordenamos una y media pintas de London Pride. Súbita, misteriosamente, estamos rodeados de hombres trajeados. Algunos tienen la cabeza afeitada. Se quedan mirándonos mientras pagamos y llevamos nuestra cerveza a nuestros asientos. Nos sentimos algo irritados.¿Hay algún tipo de atmósfera anti-irlandesa en The Lamb? Sabemos que éste es un lugar que frecuentan los estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos y de Birkbeck, los trabajadores del Hospital Nacional en Queen’s Square, así como los locales. Deberíamos sentirnos en casa, pero no es así. No es el servicio, son estos tipos trajeados. Entonces se desvanecen. Mi esposa nota que un hombre mayor, como salido de un episodio de Fawlty Towers, delgado, marchito, vestido elegantemente con un saco azul y corbatón, leyendo el Telegraph, está escuchando atentamente nuestra conversación. Después de cinco minutos se va. Hay mucho movimiento en un cuarto en la planta alta. La gente compra bebidas en la barra y desaparece. Gente feliz y sonriente, saludos a través de la barra, palmadas en la espalda y apretones de manos. Una reunión, suponemos, o un club. Entonces baja un grupo de hombres jóvenes vestidos con uniformes militares. Mi primera impresión es que éste es un pub del ejército, a pesar de que no hay ningún cuartel en varias millas a la redonda. Pero entonces me doy cuenta de que uno de los hombres uniformados, de pie junto a la barra, hablando alegremente a sus amigos, incluso un poco emocionado, tiene una swastika tatuada en el cuello. En ese punto llegan mi hijo y su pareja. Están algo sorprendidos. Nos dicen que la calle está llena de policías y que hay cámaras apuntando al pub. Mi esposa dice que hace poco escuchó a alguien hablar sobre un sitio web llamado Redwatch, y me cae el veinte. Sé que Redwatch es un sitio web de extrema derecha que publica fotos de personas en manifestaciones anti-guerra o de izquierda, y le pide a la gente que los identifique y averigüe susnombres y direcciones.

Comprendemos que estamos bebiendo con el Partido Nacional Británico (BNP) —un hecho confirmado por un vistazo a un folleto que pasa por las manos de las dos personas en la mesa de al lado—. El BNP es fascista en serio, no hay nada de neo en ellos. Nos vamos inmediatamente. Silbo «La bandera roja» mientras paso junto a la seguridad en la puerta, confiado en que los fascistas no tienen verdadero sentido de la historia y mucho menos de la cultura. Nadie se da cuenta. La policía nos filma, aun cuando su cazador encorbatado debe haberles dicho que éramos sólo unos irlandeses visitando a su hijo en Londres para ir por un trago tranquilamente. Hacen ese tipo de cosas, los policías. Esto fue hace siete años. Desde entonces el BNP ha desparecido casi por completo de la escena política, reemplazado por un partido llamado Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP). El viejo BNP traza su linaje a Oswald Mosley y los simpatizantes nazis de los treinta. Como los neo-nazis en todas partes, se ven a sí mismos como representantes de algún tipo de cualidad racial superior. Son bajos en teoría y altos en odio racial. La generación mayor, que sí había luchado contra el fascismo, los veía con suspicacia, aunque muchas de estas personas mayores dirían en privado que Hitler tenía razón acerca de los judíos, o que logró levantar Alemania, o que controló a los sindicatos. El BNP apelaba a la gente que tenía un aprecio secreto por las dictaduras pero les molestaba ensuciarse las manos. El UKIP, en cambio, se dedica a la democracia. Frecuentemente niegan ser racistas: no tienen nada contra los africanos o los árabes o los paquistaníes —en sus propios países—. Quieren que la gente vote por limitar la inmigración, «ciudades inglesas para los ingleses» y otros sinónimos del racismo, la superioridad racial y la xenofobia, y al mismo tiempo mostrarse entusiastas en cuanto al libre mercado, algo que el BNP nunca aceptó. El hecho de que muchos de los miembros del UKIP tengan una historia con el BNP se aborda de manera similar a como la Iglesia católica trata a los conversos —el pecador se ha arrepentido, ha vuelto al redil y ahora es 100% católico—. Así que todo bien. Antecedentes de violencia en las calles contra asiáticos o musulmanes se expían con una tarjeta de membresía del UKIP. Lo principal es ser y creer que lo británico es mejor.

PENÍNSULA DE GOWER, GALES DEL SUR, 2015

Páramos, perfectas capillitas de piedra y casas de lámina, granjas prolijas, playas de arena blanca. Éste es el único distrito en Gales del Sur que votó por los Tories en las elecciones de 2015. Todos los demás votaron por los Laboristas. Aun así, el resultado fue Tory 37.1%, Laborista 37%, bastante cerrado. Por donde vayas, los señalamientos están en galés y en inglés. Las tiendas dan sus nombres en galés, los anuncios están en galés, los costados de camiones y camionetas —la lengua galesa es muy visible, pero raramente hablada—. Mi casera me dice (en inglés, con acento inglés) que todo está cambiando. Incluso cambiaron la ortografía del nombre de su pueblo, de Rhossily a Rhossili. Le agradan los irlandeses y las familias, pero no las mascotas. Una vez hospedó a cuatro arqueólogos que destrozaron el departamento. Deben de haber dormido con sus botas puestas. Los arqueólogos eran ingleses. Le sugiero que cuelgue un letrero que diga «No arqueólogos, no mascotas». Dice que podría ser una buena idea, pero por la forma en que me mira sé que está pensando que ésta es alguna especie de extraña tradición irlandesa. Ella vende huevo fresco frente a su puerta. Lechuga también, a veces. Dejas tu dinero en una caja. Los galeses nunca tendrán un referéndum independentista. En general, Plaid Cymru, el partido nacional galés, gana tres de los cuatro asientos parlamentarios para Gales. Sin embargo, la gente aquí tiene un fuerte sentido de identidad dentro de la unión, algo así como la forma en que un londinense se identifica como londinense pero también como británico. Pero nada que ver con la forma en que un escocés se identifica como escocés.

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«Nazi Smashers», 2013. Protesta en contra del BNP.

ISLA DE WIGHT, JUNTO A LA COSTA SUR DE INGLATERRA, 2015

Lennon y McCartney pensaban que tal vez rentarían una casita aquí cuando tuvieran sesenta y cuatro años. Parece poco probable. Éste es uno de los distritos Tory más conservadores en Inglaterra. Todo es británico-esto y británico-lo-otro. Las banderas del Reino Unido ondean en muchos hogares. Les desagradan particularmente los franceses —el vecino más cercano siempre es el que nos irrita—. Los franceses, aparentemente, están arruinando a la industria de ajo de la isla al venderlo barato. El vino de la isla no es muy bueno, pero al menos no es francés. De hecho, los supermercados manejan vino de cualquier parte del mundo que no sea Europa, especialmente de las colonias, Nueva Zelanda y Australia, o de excolonias como Sudáfrica. La mayoría de la gente que vive aquí son adultos mayores o jubilados (siguiendo el ejemplo de los Beatles), o cuidan de ellos. La edad promedio en la isla debe ser pensionable. La diminuta minoría de verdaderos nativos de la isla llama a estos migrantes de los asilos overners[1]. El peor tipo de overners son los turistas de verano, especialmente los londinenses que bajan en Range Rovers (conocidos como Chelsea Tractors) y bloquean los caminos de la isla. Nada se mueve en agosto a menos que sea un bote. Una de las estaciones de radar que ayudó a ganar la Batalla de Inglaterra estaba aquí, en Ventnor. En julio y agosto de 1939, los repetidos ataques de la Luftwaffe la destruyeron. El daño aún es visible en el suelo. Es un lugar interesante para contemplar el canal, porque cruzando este mar estrecho, visible en los días claros, yace «el Continente». Los británicos, que han marchado hacia adelante para conquistar y colonizar durante más o menos trescientos años, ahora están ligeramente paranoicos de que sus días de conquistadores se hayan terminado. El principal objeto de su paranoia es «el continente», en particular los franceses y los alemanes, pero más allá hay otras amenazas de los lugares vengativos que alguna vez pertenecieron al imperio. Detrás de mucha de la retórica sobre la inmigración está la siempre reprimida culpa de la masacre, el hambre y la explotación, y el sentimiento de que tal vez ahora es justamente el momento de la revancha.

La culpa, por supuesto, está sublimada en todo tipo de construcciones políticas y evasiones. Por ejemplo, un taxista me dice que no es racista pero que ellos «vienen aquí y no quieren ser británicos». Visten sus propias ropas, pero nunca aprenden inglés. No quieren pelear por Inglaterra. Señalo que toda la familia de mi madre emigró aquí en los años treinta y peleó en la guerra de Hitler.

—Pero no tenemos nada en contra de los irlandeses —dice—. Ustedes cuentan como uno de nosotros.

—Pero —replico— peleamos una guerra para probar que no lo éramos.

No le hace caso a este detalle. Nosotros los irlandeses, al parecer, nos vestimos igual que los ingleses, hablamos inglés, y nos gusta el British Way of Life.

—Tu problema es el color de piel, ¿no es así? —le digo.

Él niega ser racista. Otra vez. El taxi me deja en la terminal de aerodeslizadores. Voy de regreso a tierra firme. El viento del mar es fresco. Sopla por el canal desde el Atlántico distante. Me recuerda a casa.

«She shall not be moved175, 2014. En una protesta en las calles de Londres.

DALSTON, LONDRES, 2013

Los turistas que llegan a Londres no tienen un concepto de Inglaterra como una tierra nacionalista. Como toda gran metrópolis, Londres es en sí una nación. De todas las capitales que he visitado, es la más diversa racialmente. He vagado mucho tiempo por sus calles. Nuestros hijos han vivido por largos periodos en Dalston, al noreste de Londres, un área habitada desde hace mucho por turcos, caribeños, asiáticos, italianos y judíos. Hoy la gentrificación la está alcanzando y los precios de las propiedades se han alzado; muchas de las tiendas viejas se convirtieron en gastropubs, o en tiendas de moda para hipsters, sin embargo la vieja atmósfera ecléctica sigue ahí. Pueden escucharse todas las lenguas de Oriente Próximo y muchas de Europa. Esta es la Gran Bretaña multicultural, amada por Tony Blair y el New Labour —una de las zonas más pobres de Londres, pero también una de las de mayor diversidad racial.

Caminamos hacia el restaurante turco Mangal Ockbasi en la calle de Arcola. La pareja de artistas conocidos como Gilbert y George comen seguido aquí. Ellos son partidarios de la monarquía, admiradores de Margaret Thatcher y votan por los Tories; sin embargo, Gilbert nació en Lazio, Italia, y George es hijo de una madre soltera y pobre. ¿Qué piensan acerca de la postura anti-inmigración de los Tories? Quién sabe, no hablan con los clientes. Mientras andamos, escuchamos los pasos de alguien que corre, acercándose desde atrás. La banqueta se hace más angosta por una parada de autobús, así que nos hacemos a un lado. El corredor nos rebasa; vestido de traje, su sobria corbata volaba en el viento.

—Está bien —grita—, podré ser negro, pero soy un contador colegiado.

—¡Me cagan los pinches contadores colegiados! —grito yo. Pero se fue. No sé si me escuchó.

«East End», 2015. Policía en las calles aledañas a la protesta contra los precios elevados de las casas y rentas del hogar.

«East End», 2015. Policía en las calles aledañas a la protesta contra los precios elevados de las casas y rentas del hogar.

EL REINO DESUNIDO

El llamado Reino «Unido» se encuentra, en realidad, escindido por nacionalismos en competencia, y ha sido así durante doscientos años. Los irlandeses fueron, quizá, los primeros en dejar su marca, podría decirse que desde fechas tan lejanas como 1798. Siguieron cinco importantes rebeliones nacionalistas hasta 1916, la Guerra de Independencia Irlandesa de 1919 a 1961 y lo que se convertiría en la República de Irlanda. Por supuesto, parte de Irlanda aún es británica —los seis condados apenas han establecido una especie de paz incómoda. Pero en 2015, enfrentados a la posibilidad de estar eternamente dominados por tipos ricos de derecha con acentos graciosos, los escoceses votaron poderosamente por ellos mismos. En la elección de ese año, cada uno de los mayores partidos británicos —los Tories (conservadores), los Liberales y el Laborista— fueron barridos en Escocia por el Partido Nacional Escocés (SNP).

El SNP es socialdemócrata en cuanto a sus políticas. Es difícil evadir la impresión de que su éxito se debe, al menos en parte, al aumento del nacionalismo inglés y al brutal programa de recortes al sistema de prestaciones sociales llevado a cabo por el partido más nacionalista de todos, los Tories. Con David Cameron los Tories han implementado una cadena de recortes frecuentemente maliciosos. Están en proceso de preparar al Sistema Nacional de Salud (NHS) para su privatización (de hecho, algunas partes del NHS ya fueron privatizadas) y están impulsando una política antiinmigración, de la que el UKIP se sentiría orgulloso, que incluye la introducción de leyes que obliguen a los arrendadores a desalojar a los migrantes indocumentados o a los refugiados cuya petición de asilo haya sido negada. Los Tories, también con Cameron, verán realizado su sueño húmedo de un referéndum Dentro/Fuera de la UE, y a los escoceses, quienes se declaran fuertemente pro UE, no les hace gracia la posibilidad de que el UKIP y los Tories los saquen de Europa.

¿Qué piensan los escoceses de un gobierno que abolió un fondo para ayudar a las personas con discapacidad a integrarse a la vida en comunidad, que recortó seriamente los servicios de salud mental para niños, que restó 8% de los recursos al nhs, que redujo 40% al cuidado de los adultos mayores, que eliminó la asistencia legal en los casos de cuidado infantil y en varios procesos más, que bajó el financiamiento para los servicios de apoyo a las víctimas de violencia doméstica, que creó un impuesto especial sobre la vivienda social para obligar a la gente que tiene más recámaras de las que necesitan a mudarse (afectando desproporcionadamente a las personas mayores cuyos hijos ya no están casa), que mutiló las prestaciones sociales para más de cincuenta mil familias, que mermó los empleos en la administración pública, entre ellos mil bomberos; que dirigió un programa anti-sindicatos? En un país como Escocia, que vota casi unánimemente por un partido socialdemócrata, no se puede esperar que estos recortes sean bien recibidos.

Paradójicamente, los Tories son, quizá, el partido más interesado en la Unión entre Inglaterra y Escocia. Se les conoce oficialmente como el Partido Conservador y Unionista. Están asociados con el Partido Unionista de Irlanda del Norte, el partido de los protestantes poderosos y, por lo tanto, tienen ahí una historia de represión. Fue un gobierno Tory el que introdujo el encarcelamiento sin juicio y una variedad de creativas formas de tortura que copió la CIA de Bush. El internado y el régimen de tortura asociado a él fue probablemente la política individual que ayudó a hacer de la IRA Provisional la fuerza formidable que fue. Todo en nombre de conservar la Unión.

«VERGONZOSA Y EXTREMADAMENTE INADECUADA»

Aquí, en la República de Irlanda, nuestra rebelión nacionalista (1919-1921) que nos separó del Reino (des)Unido trajo un cambio de amo pero no una revolución. A partir de 1921 la burguesía cambió sus colores de rojo a verde y aprendió un poco de irlandés. La clase dominante se deslizó fácil en el poder como si se tratara de ponerse unos guantes para conducir.

La pobreza en la era posrevolucionaria era, en todo caso, peor que antes de la revolución. Los barrios pobres de Dublín, Cork y Limerick eran famosos; la emigración, constante y devastadora. En esa época nuestro sistema de educación estaba dominado por varias órdenes católicas y era ferozmente antibritánico. El nacionalismo, el catolicismo y el sentimiento antibritánico sustituyeron al pensamiento crítico sobre el estado en el que nos encontrábamos. Recuerdo que me enseñaron la famosa máxima de Swift, «quemar todo lo que sea inglés, excepto su carbón», a la vez que toda la familia de mi madre estaba en Inglaterra porque no había forma de encontrar trabajo en casa.

«Royal Merchandising», 2011. Comerciantes venden mercancía con motivo del Reino Unido en el marco de la boda real entre el príncipe William, duque de Cambridge, y Catherine Middleton.

«Royal Merchandising», 2011. Comerciantes venden mercancía con motivo del Reino Unido en el marco de la boda real entre el príncipe William, duque de Cambridge, y Catherine Middleton.

La campaña de bombardeos de la IRA Provisional a Gran Bretaña nos obligó a repensar ese viejo rencor. Pero el nacionalismo aún yace bajo la superficie. Hoy se ha hecho presente un nuevo partido político, Identity Ireland. Parece la típica mezcla de xenofobia e incompetencia y es poco probable que funcione bien, pero aquí hay muchas formas de racismo institucionalizado, particularmente el sistema de «Provisión directa» —un sistema barbárico de internado para refugiados y migrantes— y es posible que este nuevo partido devele una corriente apenas sumergida de xenofobia o, como sucede en todas partes, orille a los partidos principales a expresar sus propias formas de racismo. De acuerdo con el sitio web de Identity Ireland, el grupo se declara «en contra de las políticas que fomentan el multiculturalismo y la ghettoización».[2] Quieren, de acuerdo con una conferencia de prensa que llevaron a cabo hace poco, vivir en un país donde la mayoría de la población sea «de origen étnico irlandés». No es claro cómo definen esa particular construcción. Yo, por ejemplo, nací en Irlanda, como mis padres. Pero mi bisabuelo era escocés y la parte Wall de mi familia es de origen normando y galés. No estoy seguro de ser étnicamente irlandés. Si tengo que ser repatriado, preferiría que fuera a Normandía, donde los veranos son más agradables y el vino más barato. Pero bueno, los mismos normandos eran de origen vikingo…

Supongo que si me deportaran de la Isla Esmeralda, no me transportarían en una nave del Servicio Naval Irlandés. Con menos de mil empleados y sólo ocho naves, debe ser una de las marinas más pequeñas en el mundo y, ciertamente, una de las menos beligerantes. Se pasa la mayor parte del tiempo en el hostil Atlántico Norte, vigilando a los botes pesqueros. Las adiciones más recientes a la flota fueron, de manera disparatada, bautizadas como los escritores Samuel Beckett y James Joyce (imagínense la conversación por radio: «Beckett llamando a Joyce, falla de nuevo, falla mejor, cambio»), y aún falta un W. B. Yeats («Navegando a Bizancio», tal vez).

En el 2015 la Marina envió una de sus ocho naves al Mediterráneo, en donde participa en una misión para rescatar a la gente que naufraga en su intento de huir de la guerra en África y llegar a Europa. Es un trabajo frecuentemente desalentador. En julio de 2015, por ejemplo, descubrieron catorce cuerpos humanos debajo de las cubiertas de una barcaza. En ese incidente rescataron a doscientas diez personas, entre ellas treinta y cinco niños. En otra ocasión rescataron a trescientas sesenta y siete personas de una embarcación que se hundió en treinta segundos. Ya que la búsqueda y el rescate son parte importante de sus tareas lejos de las costas de Irlanda, imagino que llevaron a cabo su labor con cortesía y eficiencia, pero la operación es parte del intento poco sincero de Europa por rescatar a los refugiados de la intromisión postimperial de los poderes occidentales. A fin de cuentas, los orígenes de esta llamada «crisis de migrantes» (que en realidad es una guerra civil en el Norte de África y en Oriente Próximo, patrocinada por Europa y Estados Unidos) pueden encontrarse en el ataque ilegal que Bush y Blair ordenaron sobre Irak, así como en la confianza estratégica en Arabia Saudita. Pero Europa quiere lavarse las manos. Una especie de cordón sanitario se erigió para prevenir la conexión causal entre las políticas de la Unión Europea en Oriente Medio y la destrucción de comunidades que ha ocasionado millones de desplazamientos internos y cientos de miles de refugiados. Esa conexión sencillamente no está permitida.

Los políticos y los medios en Gran Bretaña e Irlanda tienen el cuidado de generar miedo a las hordas bárbaras concentrándose junto a nuestras puertas. Un «enjambre» de refugiados es el término usado por David Cameron. El secretario de relaciones exteriores, David Hammond, describió a los africanos como «saqueadores » alrededor de Calais. Esta retórica no sólo es peligrosa, sino totalmente falsa. El 86% de los refugiados se encuentran en países en vías de desarrollo.[3] 1.6 millones de sirios están en Turquía, por ejemplo. El último año, Gran Bretaña (población: sesenta y cuatro millones) aceptó diez mil solicitudes de asilo; Suecia (población: nueve millones) aceptó treinta mil seiscientas cincuenta; Irlanda (población: 4.6 millones) aceptó ciento treinta. No conozco las cifras del último año para Líbano (población: 4.5 millones), pero allá hay 1.6 millones de refugiados.

Hay una sensación de esquizofrenia, particularmente en los medios irlandeses, con comentarios que van de «nuestros valientes/ compasivos/eficientes chicos y chicas rescatando a las desafortunadas víctimas del tráfico de personas» hasta «están llegando por millones y todos seremos negros dentro de veinte años». Los programas donde la gente habla por teléfono al aire son los peores. Conductores de camiones que pasan a través de Calais, donde Gran Bretaña lucha resueltamente para mantener a los refugiados de sus excolonias en donde pertenecen (o sea, en suelo francés y no británico), cuentan historias atroces sobre cómo los intentaron asfixiar con los gases del escape de su camión mientras dormían, o cómo fueron perseguidos por gente de color armada con cinceles, o tuvieron que esperar por horas a que la carretera llena de basura quedara despejada para poder pasar. El consenso es que hay que hacer algo. Lo que haya que hacer depende del momento. Por un lado, los programas de debate están de acuerdo en que los conductores de camiones son víctimas inocentes en medio de todo esto. Ellos sólo hacen su trabajo de acelerar el movimiento de mercancías en nuestro mundo globalizado y capitalista. Por otro lado, no se puede simplemente abrir las puertas y dejar que «todos» entren. Nadie se pregunta si es posible que el capitalismo global haya creado esta situación en primer lugar, o si, en realidad, no hay razón para no abrir las puertas. Entre un millón de personas que llaman a los programas, tal vez una sugiere que la razón por la que esta gente está huyendo de sus hogares es porque nosotros la cagamos. Este es el discurso aquí y en el Reino Unido también. Son ellos o nosotros —«nosotros» somos principalmente europeos blancos del norte, y «ellos» son, bueno, casi todos los demás—. Recientemente, Michel D. Higgins, el presidente de Irlanda, describió la respuesta de la Unión Europea a la situación de los migrantes en el Mediterráneo como «vergonzosa» y «extremadamente inadecuada ». Pudo haberlo dicho sobre la misma Irlanda y habría sido una atenuación.

«Library», 2015. Letrero de la Biblioteca Central de Wood. Green en Londres.

«Library», 2015. Letrero de la Biblioteca Central de Wood. Green en Londres.

LA COLONIZACIÓN DE EUROPA

La respuesta general de la Unión Europea a la crisis económica de Grecia es reveladora. El escritor y académico Oscar Guardiola Rivera la describe como Europa colonizándose a sí misma, y en efecto, la idea de Grecia, y en menor medida Irlanda, España, Portugal e Italia como colonias endeudadas con los poderes del norte de Europa, Alemania en particular, se ha arraigado en la conciencia pública. En siglos pasados, entidades comerciales como la Compañía Británica de las Indias Orientales o la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales funcionaban de esta manera, apoyadas por el poder militar y naval europeo. Hoy, la deuda es el arma preferida y Grecia ha sufrido un castigo colectivo a manos de sus estados hermanos. La amenaza contra el empleo de esta arma es el surgimiento de nuevos tipos de socialismo. Syriza en Grecia y Podemos en España son pioneros de un tipo de movimientos políticos que han evolucionado a partir de las protestas de Occupy, pero a diferencia de ésta, sí intentan hacerse con el poder. En otros países europeos, los candidatos de izquierda están progresando, como el caso reciente de Jeremy Corbyn en el Reino Unido, cuya apuesta para el liderazgo del Partido Laborista ha sacudido a la izquierda y ha impulsado a otros partidos de ideología afín en Irlanda y en otras partes. Los partidos atrofiados de centro-izquierda como el Partido Democrático en Italia están siendo empujados a la izquierda otra vez. Este «retorno de los oprimidos» ha alarmado a derechistas como Wolfang Schäuble, y los partidos de derecha que actualmente dominan en la Unión Europea están decididos a ponerlo de vuelta en su lugar, en las profundidades del subconsciente político europeo. Esta es la historia contada varias veces por el exministro griego de finanzas, Yanis Varoufakis. En este momento el fin de la Unión Europea parece bastante posible. Soy un eurófilo de muchos años. Apoyé la entrada de Irlanda a lo que entonces era la Comunidad Económica Europea, creyendo que la democracia social de países como Alemania, Francia e incluso Italia podría tener un efecto positivo en nuestra semi-república cargada de sacerdotes. Y tuve razón —al principio—. Pero en los últimos veinte años he presenciado la marcha hacia la derecha de nuestra política. La crisis griega fue su culminación. Lo que Varoufakis y Syriza hicieron fue exponer la naturaleza brutal e irredimible de las instituciones y políticas de la UE. Ahora, si tuviera la oportunidad de votar, votaría para que Irlanda deje Europa, para que Europa se desintegre, para regresar, al menos, a donde estábamos, un nivel local donde la lucha se puede dirigir a personas cuyos nombres conocemos. Y así, yo también ocupo mi lugar en la comedia casual de los nacionalistas, no porque sea un nacionalista sino precisamente porque soy un internacionalista. Europa no es una unión sino una fortaleza bajo un sitio autoimpuesto. Nuestros comandantes levantaron muros de leyes y deudas, no sólo para mantener fuera a los bárbaros, sino para controlar a los bárbaros de adentro, de los cuales Syriza es la forma más peligrosa hasta ahora. Así que, como dijo Ovidio en su exilio en Tomis, barbarus hic ego sum (aquí yo soy el bárbaro). Excepto que en la Europa de hoy, todos, de una y otra forma, somos bárbaros.

«Summer Evening Seaside Stroll», 2014. Paseo junto al mar en Pembrokeshire, Gales.

«Summer Evening Seaside Stroll», 2014. Paseo junto al mar en Pembrokeshire, Gales.

[Fotografías por Sven Loach].

 

[1] Nota de la traductora: viene de «over there» (por allá).
[2] Nota del editor. Se puede consultar en el siguiente enlace: http://identityireland.org/about/
[3]http://www.theguardian.com/commentisfree/2015/aug/07/britain-refugee-magnet-sudanese-channel-tunnel


Autores
(Cork City, Irlanda, 1955) es novelista, poeta y traductor. Su novela, This is the Country, estuvo en la longlist del Booker Prize del 2005.