Tierra Adentro

Cine a la intemperie es un proyecto impulsado por la necesidad de llevar cine a los lugares más recónditos del continente americano. Sus realizadoras, Viviana García y Griselda Moreno, se aventuraron durante dos años y medio a viajar a bordo de una camioneta, «la Juana», recorriendo cientos de comunidades, con la finalidad de proyectar cine argentino y desempolvar cortometrajes y documentales que permanecían guardados.
El pasado 9 de abril llegaron a tierras mexicanas, en donde inauguraron el Festival Contra el Silencio Todas las Voces con la proyección de su documental y la presentación de su libro. Posteriormente formaron parte del Primer Encuentro de Circuitos Alternativos de Exhibición Cinematográfica del Valle de México, organizado por el mismo festival.
Platiqué con ellas acerca de
Cine a la intemperie, me hablaron de sus experiencias como mujeres viajeras, sus aprendizajes, el panorama del cine documental en Argentina y cómo sobrevivieron desde la autogestión.

VG: Salimos de Córdoba el 24 de junio del 2008 con la idea de recorrer el continente por el Pacífico y bajar por el Atlántico. Pasamos por el norte de Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú, Colombia, Centroamérica, hasta México, llegamos hasta Tijuana, a la última calle latinoamericana en donde uno puede circular libremente, y de ahí regresamos por el Atlántico, subimos a Cuba, después Venezuela, Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina. Nos llevó dos años y medio de recorrido, fueron 19 países, cincuenta y dos mil kilómetros, 143 proyecciones y quinientos audiovisuales difundidos.
Hubo público diferente, desde niños de cuatro años, hasta personas muy longevas. Grupos de mujeres, comunidades campesinas, gente de la misma ciudad o de un barrio periférico en una ciudad dormitorio. Esa era la idea, llevar el cine a donde no había cine. Tengo un recuerdo de ir con Griselda subiendo doscientos escalones cargando los equipos para llegar a un comedor popular en Cusco y proyectarle a un grupo de diez personas; ese era el objetivo.

Orígenes del proyecto

GM: Se origina con una idea de Viviana García, licenciada en Cine y T.V., y su anhelo de hacer algo con su profesión en América Latina.
Cuando la conocí en medio de las montañas durante una de mis expediciones, me contó de ese anhelo suyo, y yo le dije: «bueno, te puedo apoyar dentro de mis conocimientos de viaje para discernir lo que se puede hacer y lo que no». Pasó el tiempo, seguimos en contacto y posteriormente ella me invitó a ser parte de este proyecto.
Viviana, como cineasta, podía ver que existían muchos filmes independientes que no se mostraban al público precisamente por falta de espacios. Las salas de cinematografía comercial no proyectan películas que tienen que ver con denuncias sociales, con cosas que nos pasan como sociedad y que a muchos, sobre todo a los Estados, no les conviene mostrar. Cuando hablo de esto, hablo de trabajo infantil, de avasallamiento de las tierras de los pueblos originarios; de la cuestión de género, de la trata y de otros temas que tienen que ver con la realidad latinoamericana
¿Qué otros espacios alternativos para mostrar este tipo de cine hay? Muy pocos, quizá Cine a la Intemperie podría ser una nueva alternativa de difusión porque puede apropiarse de espacios públicos como plazas, paredes, iglesias, espacios abiertos en las cárceles y un montón de lugares en donde quizás, con un poco de imaginación, creación y apoyo por parte de los municipios, se pueden difundir documentales que jamás serían proyectados. Por supuesto, también nos interesa acercar el cine a la gente que no tiene dinero para pagar una cuota en un establecimiento comercial. Nosotras creemos fervientemente que el cine es un medio que necesita ser público, porque es una herramienta de transmisión de conocimiento y que nos ayuda a construir nuestra identidad.

Vivi y Gri

Vivi y Gri.

 

El encuentro

GM: Cuando finalice la licenciatura en Comunicaciones Sociales en la Universidad Nacional de Córdoba, uno de los lugares más emblemáticos de estudio en el país, decidí viajar por el mundo los años que siguieron de mi vida. Me convertí en una periodista y reportera de viajes profesional pero al mismo tiempo descubrí un mundo de aventuras inmenso, así que terminé haciendo reportajes al respecto, que han sido publicados en las revistas más importantes del mundo.
Llevo 16 años viajando, me quedan cuatro aún, he estado viviendo en muchas partes del mundo, entre ellos India, Rusia, Venezuela y he conocido cerca de cien países más. He hecho lo que pensé que haría de mi vida: contar historias. Y dentro de ese contar historias, conocí a Viviana García en el 2005 o 2006 y me contó de esta gran aventura que tres años después se convirtió en Cine a la Intemperie.

Gri y Vivi en una ruta peruana camino a Lima con la Segunda camioneta llamada Macacha

Gri y Vivi en una ruta peruana camino a Lima.

Autogestión

GM: Parte del proyecto estuvo financiado por una indemnización que cobró Viviana, porque ella es hija de desaparecidos durante el periodo de la dictadura militar en Argentina (durante este periodo desaparecieron treinta mil intelectuales, entre ellos partidistas, y profesores).Quizá utilizó así su indemnización con la ilusión de continuar con los sueños de aquella generación socavada, enterrada, que tal vez pensaba en un mundo socialmente mejor.
La otra parte se gestionó a medida que íbamos andando en el camino, haciendo convenios con los municipios, con los líderes comunales y en donde, obviamente, para continuar necesitábamos tres cosas: gasolina, donde dormir y comida. Si lo conseguíamos, el viaje podía seguir. Así que fue una verdadera autogestión y muchísima gente nos ayudó con su solidaridad al entender y creer en el proyecto.

Experiencias

GM: Latinoamérica fue una gran geografía, fue hermoso poder ser parte del referéndum de Evo en el 2008; fue hermoso estar en el trigésimo aniversario de la revolución sandinista en Nicaragua, poder vivir un nuevo aniversario de la revolución cubana (el quincuagésimo segundo); fue tremendo poder asistir a las cuestiones de feminicidio en México durante el 2010. Cuando íbamos de Chihuahua a Tijuana, las mujeres nos alertaron a tener cuidado porque éramos un prototipo de secuestro.

Aunque más allá de eso, lo que me dejó el viaje y que realmente creo que es maravilloso, es haber podido compartir esto con mi compañera y haber podido ganarme una hermana, una amiga. Un proyecto se construye a partir de la edificación de relaciones y creo que eso también fue Cine a la intemperie, un proyecto que se basó en el amor, en el respeto y en las ganas de cumplir los objetivos.

VG: Los abrazos que distintas personas nos daban después de cada proyección, las miradas cómplices, los distintos rostros de Latinoamérica, porque si bien somos un gran pueblo latinoamericano, también hay diferencias. Eso es lo que se me viene a la mente en imágenes, la solidaridad de la gente.

En Colombia fuimos a pedir un contacto que nos ayudara a cruzar la camioneta a Panamá en un contenedor porque es un viaje muy costoso (al menos cinco mil o siete mil dólares) y el coronel de un campo militar que estaba cerca, nos preguntó qué era lo que transportabamos, cuando se lo aclaramos nos pidió hacer una proyección en su cuartel.Yo miré a mi compañera y le dije «no, ¿qué vamos a hacer ahí?, no tenemos nada que ver», pero estuvimos un día pensándolo y dijimos ¿por qué no llegar a ese público con cortos que hablan sobre derechos humanos, sobre la trata?Lo hicimos. Había proyecciones insospechadas que nunca nos pasaban por la cabeza.

Coveñas, Colombia

Coveñas, Colombia.

Aprendizaje

GM: Cuando uno se pone ante situaciones donde existe miedo, peligro, o demasiada alegría, termina por conocerse mejor. Cuando uno viaja con un amigo puede desnudarse, ser realmente como es, porque estás viendo al otro en el día a día, en un montón de situaciones. Ese amigo termina siendo casi pareja, no hay mayor espejo que esa persona; al mismo tiempo otros espejos fueron la cantidad de espectadores que tuvimos, fueran niños, personas mayores en un asilo y en una cárcel, o fueran adolescentes en reformatorios, lo que nos devolvían fue quizá el mejor aprendizaje que tuvimos. La motivación que generamos con nuestro proyecto —y que seguimos generando— termina llenándote espiritualmente sin importar cuánto esfuerzo económico, físico y emocional requiera el proyecto.

VG: Sabemos que hay cosas difíciles de llevar a cabo pero se logran. Poder adaptarse a distintas realidades, climas, comunidades, distintas formas de ser, distintos tiempos, porque no es lo mismo cómo se gestiona en Argentina, que en Panamá, que en Cuba, que en México.

También aprendimos mucho del lenguaje corporal porque teníamos que ver qué nos decía la mirada de algunas personas y así saber si estaban diciendo la verdad o no, si podíamos confiar o no; fue como desarrollar otra faceta de nuestro cuerpo, de nuestros seres y sorprendernos por distintas cosas que nos iban sucediendo.

Escuela de Tipitapa, Nicaragua

Escuela de Tipitapa, Nicaragua.

El panorama del documental en Argentina y en Latinoamérica

VG: Estábamos en un muy buen momento en donde teníamos —o tenemos— apoyo del estado en Argentina, la gente también está yendo a las salas de cine a ver documental. De hecho el año pasado se batió el record con un documental que se llama Seré millones, estuvo ocho semanas en cartelera. Hasta ahora tenemos una buena perspectiva, vamos a ver qué pasa con el nuevo gobierno.

GM: Está creciendo muchísimo, desde hace unos años Argentina está teniendo un gran cine —en parte— gracias a la inversión del estado para poder generar buenas producciones audiovisuales. Yo lo veo en crecimiento y se nota en las estadísticas de cuántas películas se hacen por año, o en los subsidios y apoyos que el estado está dando con diferentes programas, becas, o concursos. Si bien todavía cuesta, hay que pecharle, conseguir el auspicio. Actualmente desde la formación universitaria o desde los institutos que enseñan cine, también se está dando mucha calidad.
Aunque lo importante es cómo vamos a difundir ese cine documental, porque una cosa es que tengas una gran producción, pero si no somos capaces de tener suficientes espacios para exhibir, e incluso suficientes métodos de distribución, de nada sirve tener mil películas al año.

GM: Existen actualmente las redes de distribución, las redes de exhibición y los circuitos alternativos de exhibición y distribución.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Invitadas al Festival Contra el silencio todas las voces

GM: Como país, México es interesante por todo lo que sucede, hay mucha diversidad, ya hemos tenido la oportunidad de estar aquí antes. La invitación de Contra el silencio todas la voces fue muy linda porque, precisamente, tiene que ver con lo que hacemos, y por supuesto, con el esfuerzo de llevar adelante un festival o un encuentro en forma independiente, nos sentimos muy identificadas. ¿Por qué no colaborar? y ¿por qué no apoyar? Por supuesto que venimos a eso, a seguir apoyando estos espacios de encuentro y que tienen que ver con el esfuerzo que el realizador y el organizador hacen para llevar adelante su proyecto y que llegue a la gente de la manera más prolija que sea posible.

VG: La verdad yo estoy muy sorprendida de lo que implica el festival porque tienen un montón de sedes, de espacios, la biblioteca, los préstamos de los documentales, el circuito de exhibición alternativa. Me parece increíble todo lo que hacen, me parece genial que está en préstamo y que las entradas también sean gratuitas, eso lo compartimos también con Cine a la Intemperie, poder exhibir de forma gratuita para que todo el mundo tenga acceso a un buen documental.

Aprestando los equipos en la playa de Cancún, Mexico

Aprestando los equipos en la playa de Cancún, México.

¿Por qué hacer cine documental?

GM: Porque es necesario que los realizadores se comprometan con la realidad social en la cual están insertos, está todo bien en la ficción, pero al fin y al cabo el cine documental habla sobre lo que nos pasa desde una manera más visceral. A veces es tanto lo que se involucra el realizador, que termina afectado, eso significa que de alguna forma se sensibilizó con la causa, con la situación y quiso capturarlo y mostrarlo.

Es importante el cine documental porque es la única forma de que nosotros podemos mantener una memoria activa de lo que realmente nos pasa como sociedad, y podemos compartirlo desde los puntos de vista de varios países.

Mensaje para los jóvenes documentalistas

GM: Yo diría que aquel que quiere hacer documental primero tiene que tener en claro por qué lo quiere hacer. No tiene que ver con un hobby, con «qué lindo estar dentro de un cuerpo de filme», no tiene nada que ver con eso. Aquella persona que se va a involucrar, sobre todo en la dirección o en el guión de un documental, tiene que estar muy comprometida con el tema que va a elegir.
Mi primer paso, y sobre todo desde mi profesión que está ligada a las comunicaciones y al periodismo, es recortar realmente qué es lo que quiero contar y por supuesto, abrir un camino, tocar las puertas. Quizá te van a decir muchas veces que no, pero alguien te va a decir que sí, siempre y cuando tengas en claro qué quieres contar.

VG: El ser sensible, el estar comprometido con una realidad, el transformar esa realidad. Yo estudié cine para poder contar diferentes historias que contribuyan a un cambio social.

El que quiere hacer documental que lo haga, no hay nadie que pueda decirte la fórmula, no hay una fórmula, hay muchas maneras de hacerlo y están todas permitidas, pero creo que es importante contar las historias como uno las siente, desde esa realidad.

Niñas originarias de Chihuahua, México.

Niñas originarias de Chihuahua, México.


Autores
(Ciudad de México 1990) Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Autónoma Metropolitana. Cinéfilo y amante de la fotografía.

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera

y el grito de la estatua desdoblando la esquina.

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,

querer tocar el grito y sólo hallar el eco,

querer asir el eco y encontrar sólo el muro

y correr hacia el muro y tocar un espejo.

Xavier Villaurrutia 

*

Esa mañana Cristina llegó tarde al trabajo y se excusó con el gerente diciéndole que se había metido en un agujero de gusano.

– ¿De qué estás hablando, Cris? ¿Vienes bien?

– Creo que sí.

– Estás algo pálida.

– Debe ser por el viaje. Todo ha sido muy raro; hoy me levanté antes de lo acostumbrado, me bañé, ni siquiera desayuné y salí con más tiempo del habitual. Antes de subir al taxi vi el reloj, todavía no daban ni las siete. Hasta pensé que llegaría con bastante anticipación. El taxista traía el radio a todo volumen y le pedí que, por favor, le bajara, ya que me dolía la cabeza. Pasaron unas tres canciones, no más de diez minutos. Cuando llegamos, vi que todos estaban aquí y me pareció muy extraño; vi la hora y ya eran las once. No sé cómo explicarlo.

– ¿En serio quieres que te crea? Mejor dime que te quedaste dormida.

– Estoy hablando en serio, Gerardo, no sé qué pasó. Tomé el coche antes de las 7:00 de la mañana. La única explicación que le encuentro es esa, el otro día lo leí en una revista. El agujero de gusano es algo así como un puente en el tiempo y el espacio. El taxi en el que venía se debió meter en uno de ellos. Te juro que no estoy mintiendo. Si quieres llama a la casa y pregúntale a mi mamá a qué hora salí.

– Para qué, seguro ya se habrán puesto de acuerdo. Crees que no sé cómo es tu mamá. Además no tengo ganas de hablar con ella.

– Ayer estuvieron hablando hasta muy tarde ¿no? Por su culpa no pude dormir bien. No sé qué tanto pelean si supuestamente son sólo amigos.

– Ya, ya, ya, no es momento ni lugar para hablar de esas cosas. Aquí soy tu jefe, y no es necesario que me digas mentiras, ni trates de utilizar mi relación con Laura para justificar tu retraso.

– Lo que tú digas, Gerardo. ¿Puedo pasar o no?

– Tranquila, estás muy sensible. No se te olvide que aquí el que dispone soy yo.

– Lo tengo claro, Ger. Sólo pregunto, no me siento muy bien, ha sido una mañana difícil. No puedo hilvanar muy bien las cosas…

– Ándale pues, pásale, ponte el uniforme y a ver qué se me ocurre para que repongas las tres horas que me debes.

– ¿Por qué no las tomas del tiempo que me hiciste quedar el sábado?

– Porque ya sabes que los sábados hay una hora de entrada, pero no de salida, Corazón. Ya pásale que me comienzan a dar ganas de regresarte.

– Está bien. Gracias.

Cuando entró la siguió con la mirada, posó la vista en sus nalgas y sonrió.

– Maldita escuincla, ahora sí ya se chingó. Me la ha estado haciendo cansada, pero hoy sí me la agarro, quiera o no.

– Pinche, Ger. Pensé que ya, ¿qué?, ¿el sábado no se armó?

– Nel, no se pudo. Ves que la puse a ordenar las botellas del almacén, y justo cuando iba a ver qué onda llegó el señor Enríquez y ya no pude moverme del salón.

– Ni pedo dijo Alfredo, pero hoy te desquitas.

– Así es, de menos que pague el favor que les estoy haciendo a ella y a su jefa. Si no es por mí, no estuviera trabajando aquí. La morra, legalmente, ni puede chambear. Si ya gana como mujercita, vamos a tratarla como tal.

– A huevo, que desquite el sueldo. Y, ¿por qué llegó tan tarde?

– Ah, ya ni me digas. Además anda queriendo verme la cara de pendejo. Inventó que se metió en un gusano del tiempo, una mamada así ¿cómo la ves? Que había salido bien temprano de su casa.

– ¿Qué? ¿En serio? No mames…

– Sí, y además se pone rejega porque no le creo. Gusano el que le voy a meter al rato; el mismo que trae loquita a su mamá.

– A huevo. Pinche morra, se pone al tiro porque la tienes muy consentida. Todos los días la dejas pedir de la carta, la mandas al almacén para que se haga pendeja, mientras todos están aquí sacándole la chamba y, por si fuera poco, la dejas descansar los domingos.

– Eso se llama trabajar a una mujer, compadre, y hoy, óyelo bien, es día de paga.

– A huevo, que al menos valga la pena nuestro esfuerzo, y que tú quedes contento. Bien lo tienes merecido.

– Vaya que si no, si vieras la sonrisota de Laura los domingos por la noche; bien satisfecha y con dinero para la semana, todo gracias a mí; aunque a veces también se pone rejega. A veces no las entiendo, uno les da lo que puede, de corazón; así que deben entender que uno necesita administrarse y ser valorado por su esfuerzo, no soy de palo. Esa niña también debería estar agradecida conmigo, gracias a mí tiene para comprarse sus garritas y su mamá no ha terminado de matarse. Hoy me cobro a la china y con intereses.

– Tienes toda la razón, jefazo. ¿Y me vas a permitir ver?

– Pinche Riki, no cambias. Te encanta andar de voyerista. Ya sabía que me ibas a pedir algo. No lo sé ¿de cuánto estamos hablando?

– Te doy la mitad de mis propinas del fin de semana.

– Ay cabrón, pero en serio estás muy animado.

– La verdad sí, la morrita está bien sabrosa. Se me antoja un chingo.  

– Vamos a ver, deja lo pienso.

– Ah qué Gerencio, le encanta hacerla de emoción.

– Si no hay emoción las cosas no saben, compadre.

– Oye, como que ya se tardó la Cris.

– Tienes razón. Déjame ir a ver cómo va nuestra viajera del tiempo, no se haya encontrado con otro gusanito.

– Aquí está el mío por si hace falta.

– Cállate pendejo, se vale ver, pero no tocar. Esa damita es mía.

– No se diga más, mi capitán.

*

Esa mañana no querías salir de casa, no habías podido dormir bien. Toda la noche te estuviste levantando, fuiste a beber agua a la cocina, te sentaste un rato a leer, caminaste descalza porque leíste en una revista que eso ayuda, para que el cuerpo se relaje, en caso de insomnio. Tu mamá tampoco podía dormir, lo sabías por el humo del cigarro que se paseaba nocturno e interminable por la casa.

Desde que entraste a trabajar los días eran muy agotadores, tenías que levantarte temprano, presentarte antes de las 8:00 de la mañana, sonreír a todos, obedecer a lo que te pidiera el gerente (tu mamá había puesto especial énfasis en esto cuando le pidió de favor a Gerardo que te ayudara a entrar al restaurante), por la tarde dirigirte a la escuela a la que llegabas sin ganas de nada,  y por la noche cuando volvías a casa, pasadas las nueve, apenas cenabas, leías un poco y después te acostabas.

Esa mañana no querías salir, con pocos meses en el trabajo ya estabas cansada del constante acoso por parte de algunos compañeros y del mismo gerente. Sabías que el supuesto buen trato de Gerardo tenía intenciones que iban más allá de la buena relación que sostenían él y tu madre; de hecho, eso era algo que te inquietaba sobremanera. Sabías que entre ellos había algo más que una simple amistad, hasta podrías asegurar que ella lo quería y confiaba en él. Veías cómo le brillaban los ojos cuando recibía sus llamadas, el temblor de su voz al hablarle, sus desapariciones el domingo por la tarde, el auto de Gerardo estacionado afuera del hotel de paso en la esquina de tu casa, y su regreso, en el que se mostraba incomprensiblemente contenta por la noche. No podías entender cómo se podía sentir tan plena después de haber estado en las manos de un tipo como él.

Esa mañana te levantaste muy nerviosa. Durante el baño recordaste que antes de acostarte la escuchaste discutir por teléfono, sabías que estaba hablando con él, con quién más. Entonces decidiste ahorrarte el desayuno, sabías que llegaría a contarte sobre el altercado de anoche y no querías escucharla por miedo a que se te escapara la verdad y ella volviera a su depresión, a sus ganas de hacerse daño. Lo único bueno que representaba Gerardo es que, desde su llegada, Laura había vuelto a sonreír.

Preferiste vestirte rápido, obviar el café, tratar de hacer el menor ruido posible y salir a la calle antes de la hora acostumbrada. Preferiste caminar, pues si tomabas un taxi llegarías muy temprano, aun así, a pie, llegarías muy temprano. La calle estaba solitaria, la luna ya se despedía, una que otra alma se veía peinar el silencio, entonces escuchaste aquel ruido.

Lo primero que te sorprendió fue el alto volumen de la música acercándose. Debe ser un coche, pensaste; y así era. Viste como la máquina te rebasó y unos metros después se detuvo, era un taxi. Tuviste un presentimiento y dudaste en seguir caminando hacia adelante. La puerta se abrió, de golpe creció el estruendo, dos sujetos bajaron, cerraron la puerta, te miraron. Te paraste en seco, pensaste en correr mientras el auto se echó en reversa. El sonido iba y venía. Decidiste emprender la carrera al ver a los tipos acercarse. Al voltear, el auto ya estaba en la esquina anterior, se abrieron las puertas, se alargó el escándalo, bajaron otros dos. Trataste de escapar, fue inútil. Estabas atrapada y todo era muy rápido. Sentiste como te cargaron (no fue difícil, pues eres muy pequeña) y te metieron al coche.

El estrépito llegó a lo más alto, se enredaba con las voces, con sus manos. Sentiste algo caer sobre tu cabeza y el universo cerrarse. Entonces recordaste aquel artículo que habías leído hace unos días, no es fácil saber por qué, por qué justo en ese momento, pero lo recordaste; aquel artículo que habías leído en una revista y que hablaba sobre una extraña cosa llamada el fenómeno de los agujeros de gusano.

*

– ¿Qué pasa mi Gerencio? ¿Por qué traes esa cara?

– ¿Viste salir a Cristina?

– Por aquí no ha pasado, cálmate. ¿Qué ocurre?

– No la encuentro y acaba de llamar su mamá, dice que le hablaron del SEMEFO.


Autores
(Ciudad de México, 1978). Estudió Letras Clásicas en la UNAM. Ha ganado algunos concursos literarios. Desde 2007, ha publicado en varios medios impresos y electrónicos. Entre sus obras se encuentran plaquette Poco más, múltiples formas, Alud en el sombrero de tu palma, Mitología de Héroes Profanos II, Autopsia del instante. Actualmente forma parte de la agrupación de poesía y arte sonoro Nos falta el Loco. Imparte talleres de Creación Literaria en diversos centros culturales de la Ciudad de México.

Ruritania: un reino imaginario inventado por el escritor Anthony Hope a finales del siglo XIX para usarlo como telón de fondo en sus novelas sobre aventuras medievales. Ruritania: una región imaginaria de la Europa cercana a los Cárpatos que han utilizado autores diversos, desde la ciencia ficción hasta la comedia inglesa, para ejemplificar territorios que colindan al mismo tiempo con lo melancólico y con lo absurdo. Ruritania: la extinta república socialista donde nació el protagonista de Memorias de un hombre nuevo, la novela más reciente de Daniel Espartaco Sánchez.

A medio camino entre sus dos libros anteriores, los cuentos de Cosmonauta y la novela Autos usados, Daniel Espartaco Sánchez reconstruye la historia de un treiteañero subempleado radicado en la Ciudad de México. Nunca duda en subrayar que el país donde nació por accidente ya no figura en los mapas. El constante recordatorio no es para menos: desde sus catástrofes amorosas, la conflictiva relación que lleva con sus padres, hasta la atribulada vida profesional que en algún momento lo orilla a ser un mal pagado redactor en el agónico proyecto de una enciclopedia, puede explicarse como un síntoma más de una pérdida temprana. El hecho geográfico, por supuesto, tiene una implicación ideológica: haber nacido en un país que ya no existe es haber crecido en el seno de una ideología arrinconada: el socialismo. En Memorias de un hombre nuevo, haber sido criado por partidarios del socialismo representa, ante todo, haber heredado una nostalgia por un proyecto en apariencia fracasado.

Si algo aprendimos quienes fuimos a la primaria en el siglo XX es que las clases de geografía pueden otorgar conocimientos indispensables para aprobar un examen, pero inexactos para recorrer el planeta: basta recordar la disolución de Yugoslavia o la partición de Checoslovaquia para admitir que la nomenclatura del mundo puede ser tan escurridiza como trivial. Y, sin embargo, algunos recordamos, con una precisión anómala, los mundiales de futbol o lo juegos olímpicos a los cuales asistieron países que ya no existen. De la misma forma, los personajes de Memorias de un hombre nuevo (una estudiante de posgrado en el extranjero, una joven activista mexicana radicada en un país socialista) admiten la geografía, con gusto o reticencia, como una categoría transitoria más de la vida.

De ahí el acierto de Espartaco Sánchez para ubicar una ideología específica en los terrenos movedizos de la fantasía: si el protagonista hubiera nacido en Checoslovaquia o Yugoslavia, Memorias de un hombre nuevo habría gozado de precisión histórica, pero, también, de miopía literaria. En cambio, Ruritania es capaz de acomodar en un mismo nombre la nostalgia por una lucha perdida y el terror por un presente alarmante, las tragedias de algunas naciones y nuestras absurdas comedias personales: ¿Qué era el hombre nuevo sino el que nacía dentro del sueño socialista? La procedencia geográfica marca la identidad de formas insospechadas; no en balde el poeta ruso Yevgueni Yevtushenko alguna vez escribió que «al principio los hombres inventaron las fronteras y más tarde las fronteras comenzaron  a inventar a los hombres».

A partir de la lectura de Memorias de un hombre nuevo, es fácil discernir que nuestra educación política y sentimental tiene raíces precisas en territorios escurridizos: como el protagonista de la novela, expatriado eterno que extiende su condición de turista a cada esquina de la realidad circundante, nuestros ideales suelen tener bases sólidas en los terrenos de la imprecisión. Ejercicio de pulcritud, Memorias de un hombre nuevo resalta por su brevedad cimentada en mecanismos narrativos más bien propios del cuento breve: escasas cien páginas donde la tensión argumental está regida por la intensidad en la atmósfera. Como muchos otros integrantes de su generación, pareciera que el autor desconfía de los tomos innecesariamente obesos. ¿En qué momento los narradores mexicanos empezaron a evitar las novelas de quinientas páginas? ¿Se deberá a la perdurable huella de Rulfo, la influencia de Bellatin? La pregunta es llamativa ante todo por una cuestión extraliteraria. Bien que mal, hasta la fecha se mantiene saludable el mito de que tanto editores como lectores prefieren novelas abultadas, mientras que algunos escritores se afanan en entregar obras cuya ambición no está relacionada con su longitud.

En este caso, Daniel Espartaco Sánchez dialoga, desde una brevedad sensata y vehemente, con una amplia generación que por momentos parece extraviada: cuenta con una cartografía precisa de búsquedas y deseos que a veces coinciden más con la fantástica Ruritania que con la realidad. Una generación que tiene en la mano el mapa, pero carece del territorio.

 


Autores
(nació en la ciudad de México, en 1988) es autor de los poemarios Singles (RDLPS, 2008) y La radio en el pecho (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010). Ha colaborado en revistas como Luvina, Punto de Partida y Literal, entre otras. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. En 2013 fue acreedor del Premio Punto de Partida de Poesía. Ha sido becario del FONCA.

–Sin control.

–Hermoso.

–¿Carroñ…

–Replantea el concepto de meridiano.

–Una tarea para las siguientes generaciones.

–¿Un g…

 

Como si no bastara con la vergonzosa sudoración, el ridículo nos puede llegar a partir la lengua en dos pedales. Por un lado, el acelerador se presiona a fondo cuando enunciamos una mentira con la intención de salvar cierto vacío, pero ésta termina desencadenando una avalancha de falsedades que escupimos sin control. Mientras tanto, a su lado figura el pedal responsable del frenado, mejor conocido por amarrar nuestras cuerdas vocales en forma de un prudente silencio. Sea como sea, mi frustrada participación en el diálogo que referí al principio se asemeja más a la combinación de ambos mecanismos; algo parecido a los jaloneos de un auto cuando el conductor se está iniciando en la tarea. Y si bien no se trata de una humillación en extremo dolorosa, tampoco me siento con el valor suficiente para tratarla en un párrafo tan prematuro.

La conversación en cuestión se desarrolló como un inesperado pasaje de sobremesa. Había estado disfrutando de la tertulia hasta que repentinamente mis camaradas empezaron a discutir sobre un atardecer que yo aún no había vivido. Horrorizado por la idea de ser descubierto, aunque más molesto por no poder participar en la charla, comencé entonces a pasar un mal rato de transpiración y descontrol de las palancas del habla.

Con todo y su «ocaso delirante» el sábado veintitrés de marzo parecía haber marcado un antes y un después. Imparables eran los recitales de agradecimiento hacia la naturaleza y su paleta de colores, además de las agitadas conversaciones acerca de los múltiples matices que escondía nuestro sistema solar. Eventualmente la acumulación de reseñas sobre aquella tarde empezaba a abrumarme y, a medida que se aproximaba su fecha, comencé a considerar que tal vez no sólo valdría la pena presenciarla, como el resto ya lo había hecho, sino que además debería estar preparado.

Exploré el catálogo de la Biblioteca Vasconcelos con la esperanza de encontrar algún noble instructivo que enunciara las bases para lograr un examen provechoso de las nubes. Pero luego de comprobar la inexistencia de títulos como Atardeceres en occidente, Manual de la contemplación vespertina, o Tardes mexicanas: retrospectiva de un pueblo adormilado, resolví que tendría que recurrir a otra obra técnica.

Después de merodear lo suficiente, cualquiera puede comprobar que la colección de tomos dedicados al estudio de los mares establece el pasillo más azulado de las bibliotecas. Detrás de este tobogán encontré la Meteorología de Günther D. Roth. A juzgar por la leyenda que en la portada anuncia «Formaciones nubosas y otros fenómenos meteorológicos», la simpleza de semejante oración hace sospechar que la información de la carátula no sólo pretende dar un adelanto del contenido, sino que, en todo caso, aspira a convencernos de que se trata de una publicación útil y, sobre todo, al alcance para quien se enfrenta a la tarea de observar una tarde sin saber lo que ello significa.

Después de unas páginas, en el acertado capítulo «Sugerencias para observar el tiempo atmosférico por nuestra cuenta», el señor Roth despliega un invaluable compendio de fenómenos naturales, así como la descripción que amerita cada caso. En esta lógica se extiende, por ejemplo, el delicioso relato que corresponde al avistamiento de los relámpagos:

A menudo se ven caprichosas estelas de luz de diversa longitud. Los relámpagos forman líneas simples, pero también muestran ramificaciones hacia arriba y hacia abajo. Algunos sólo se manifiestan como un resplandor entre la capa nubosa. El relámpago de rosario permite ver durante varias décimas de segundo una especie de collar de perlas luminoso. En ocasiones se han observado rayos en bola con forma de globo de fuego sobre la superficie terrestre. Con frecuencia las descargas eléctricas intensas van seguidas de precipitaciones bastante fuertes. (Roth, 2003)

Tal parece que la intención de párrafos de este tipo, una vez compilados, apunta a la formación de lectores seguros de sí mismos y de su percepción. Seres empoderados, dueños de una confianza indoblegable gracias a este práctico catálogo que nos permite mirar hacia cualquier dirección con la seguridad de que existe un diagnóstico para todo lo que acontece.

Para Noam Chomsky, los humanos pensamos en términos de «árboles, perros y ríos». Pero «¿qué son esos términos?» se pregunta el autor. El ejercicio se vuelve literal, casi poético cuando la meteorología responde: pues bien, en el caso del relámpago rosario, no se trata sino de «un collar de perlas luminoso». Gran respuesta, sí. Pero Chomsky no desea conocer qué pueden significar, sino realmente qué son los términos. Es decir, agotar la última barrera conceptual, desenmascarar por fin la distancia entre pensamiento y mundo.

No obstante, desde luego que sería indigesto emprender aquí una disertación sobre la fragilidad implícita que conlleva el asumir que el término atardecer proviene de un verdadero atardecer que sucede allá afuera. Sería como tratar de derrumbar ese tono tan arrogante con el que muchos se refieren a la tarde, especialmente cuando dan a entender que la puesta del Sol siempre ha sido evidente y que no hay nada más que agregar, o en todo caso, los únicos comentarios pertinentes son los elogios que suelen arrojar en la sobremesa, mientras que yo me siento como un idiota por no saber de lo que están hablando.

Además, si uno se excede en la cavilación de estas ideas corre el riesgo de perpetrar la negligente destrucción de la ciencia meteorológica, pulverizando el generoso y dedicado trabajo de autores como el señor Roth y su bondadoso ejemplar. Es recomendable entonces volver a sus páginas y entender la obra en su dimensión de herramienta. Sobresale también que en su compromiso con el entendimiento, esta antología de auroras polares, bajas presiones y tintes crepusculares incluye las respectivas ilustraciones (considerado gesto que se adelanta a una posible carencia de nitidez en las descripciones o bien, al caso de que nuestra capacidad imaginativa atraviese por una mala racha, o a ambas opciones).

Ahora bien, si alguien estuviera interesado en resolver el desfase de días, sobra decir que no hallaría la solución en un libro de meteorología. Primero tendría que controlar el mareo que produce esta demora, vencer las ganas de regurgitar sobre el mantel con el deseo de que la sobremesa aún no llegue para alcanzar a vomitar sobre los platillos de los demás, en plena degustación, anticipándome, advirtiéndoles que no se atrevan a hablar de una tarde o de un desequilibrio estomacal que acaba de arruinar la ocasión pero que aún yo no he vivido. Aclarando que ni toda una biblioteca es suficiente para ponerme al corriente con la fecha que todos vociferan. Que las mentiras que pretenden esconder un vacío en verdad existen para disimular una distancia en el calendario. Para maquillar las secuelas de vivir en otro mes. Expulsando el contenido de mi estómago para decirles que tal vez no estoy con ellos en esta mesa y en este momento, porque estoy hurgando en la sección de la biblioteca dedicada a los sistemas neumáticos, con la esperanza de encontrar un generoso manual para controlar los pedales de mi lengua, pues no quiero fallar cuando suceda la conversación del principio.

 

Referencias bibliográficas

Roth, Günther Dietmar, Meteorología, Dulcinea Otero-Piñeiro, trad., Barcelona, Omega, 2003.


Autores
(Michoacán, 1992). Sus investigaciones están centradas en sistemas alternos o experimentales de comunicación. Desde el 2017 forma parte del Lhabloratorio de Colectivo, proyecto de investigación artística que recrea ambientes donde comunidades distintas practican sistemas alternativos de habla y lectoescritura. Ha sido publicado en revistas como Tierra Adentro, Mula Blanca, Luvina, Pliego 16, entre otras. Fue becario de PECDA CDMX en el periodo 2017.

Para Rita y Paulina

Vine a la Ciudad de México porque me dijeron que acá podía practicarme un aborto legal y seguro. La semana pasada celebré mi cumpleaños con tan poco dinero en la cartera que lo único que pude comprarme fue una crepa de cajeta con durazno, a la que el bueno para nada de mi novio le encajó un cerillo para que hiciera de velita; mientras lo apagaba de un soplido me sentí patética: llevaba más de medio año sin trabajo, sobreviviendo con lo poco que tenía en el banco, cortesía de la neurosis de mi señora madre, que un año atrás sintió la vejez demasiado cerca y nos entregó a mi hermano y a mí una modesta cantidad de efectivo para que «empezáramos un negocito y fuéramos nuestros propios jefes». No nos veía futuro: mi hermano sostenía a su tropa de hijos con un salario miserable y no podía acceder a un trabajo mejor porque sólo había estudiado la secundaria. Yo había terminado una carrera con sobresalientes, pero seguía sin titularme. Esto, sumado a mi empeño por convertirme en actriz profesional de teatro alternativo, me alejaba cada vez más del sueño de mi madre de que siguiera sus pasos: convertirme en maestra de primaria pública, tener servicio médico y cotizar para comprar mi propia casa.

Por aquellas fechas yo tenía unas ocho semanas de embarazo. Lo había descubierto a mediados de febrero, mientras mi novio dañaba de forma permanente sus riñones atascándose de anfetas en un rave en Guadalajara, al que se fue sin siquiera avisarme. Había estado sintiendo mareos de forma continua, pero se lo atribuí a mi mala circulación sanguínea, causante de las várices en mis muslos desde temprana edad. He visto reality shows en los que mujeres dan testimonio de cómo no tenían idea de que estaban embarazadas hasta el mismo momento de dar a luz, en medio de las circunstancias más ridículas: mientras toman una ducha o compran en el supermercado. Se supone que al tratarse de mujeres con problemas de obesidad, el ciclo menstrual se altera, de ahí que no les extrañe la ausencia del mismo; a menudo toman por una enfermedad gastrointestinal el proceso de gestación. No les creo nada.

Aunque estaba segura, fuimos a un laboratorio del centro para hacerme un análisis sanguíneo. Mientras esperábamos, Benito comenzó a discutir conmigo. Para evitar las miradas indiscretas de los laboratoristas, trasladamos nuestra escenita a la vía pública. Junto a un poste de luz, tras cuatro meses juntos, Benito rompió conmigo. Quince minutos después nos habíamos reconciliado a regañadientes. Abrimos el sobre en una banca de la plaza. Ahí estaba el funesto mensaje de las Parcas: positivo. Mi querido novio esperó los cinco segundos que dicta el decoro para luego dejar en claro que no estaba interesado en tener hijos por el momento, aunque sí quería seguir conmigo. Nos auguré lo peor. Mi noción de la fatalidad enfadó a Benito sobremanera, me reprochó con amargura que mi negatividad le estaba echando a perder el viaje: había fumado marihuana antes de desayunar, como siempre. Guardé silencio. Como le dio hambre compramos dos tortas de chorizo y una malteada de fresa. El olor de la grasa, en combinación con el gusto de la leche, hizo que me dieran ganas de vomitar. Yo pagué la cuenta.

Captura de pantalla 2016-05-16 a las 4.09.35 p.m.

Pasé el mes tratando de decidir qué sería lo más prudente en mi situación. Por un lado, me preocupaban las cuestiones puramente mundanas: estaba desempleada, no podía regresar a la casa materna con la cola entre las patas y un hijo en brazos. Benito, lejos de ser un apoyo, era una carga emocional y, peor aun, económica: el tipo de hombre capaz de organizar una fiesta de proporciones épicas en menos de una hora, pero que jamás devuelve el dinero prestado. A todo lo anterior había que agregarle la cantidad de drogas y alcohol que circulaba por las venas de mi incipiente bebé: la intoxicación por placer era el modus vivendide Benito y, por una casualidad desgraciada, yo había escogido el mes anterior para comenzar a experimentar con las puertas de la percepción. Me daba miedo imaginarme dando a luz a un niño mutante, con un pie saliéndole de la frente.

Por otro lado, estaba la cuestión moral: mi hermano y yo somos adoptados, lo cual me ponía en un predicamento, ¿acaso era justo abortar si yo misma soy producto de la compasión materna? Me avergonzaba el solo hecho de considerar esa opción. Sin embargo, me avergonzaba más salir con mi domingo siete. Yo, una mujer con estudios, autosuficiente. Yo, la esperanza de mi familia. Yo, ese espíritu libre y elevado. Me convencí de que era mi deber afrontar las consecuencias de mis actos, asumir que no estaba lista para semejante responsabilidad y, de paso, hacer feliz a una pareja gay o de estériles, dando al bebé en adopción. Pero en el fondo sentía que no iba a poder. Imaginé la cara de consternación de mi madre, su enojo, la negativa a renunciar al niño, el sermón ultracatólico de mi hermano, y supe que era imposible. Encima, Benito, que no quería ser padre pero se creía con derecho a opinar, fue tajante: «No, te vas a encariñar y luego no vamos a querer regalarlo. Hay que abortar». En un arranque de dignidad, lo corrí del departamento.

Tras una noche de perros, decidí que no necesitaba de nadie.

A la mañana siguiente fui al súper por detergente y, en un acceso de ternura insospechada, compré un par de zapatos para bebé con una vaquita estampada en el empeine. El contacto me lo pasó María, bailarina de una compañía de danza contemporánea para la que yo fungía como costurera de cuando en cuando. Nos encontramos en los camerinos improvisados en una galería de arte. Yo había ido a ver el espectáculo con la esperanza de que la directora tuviera algunos vestuarios que necesitaran reparaciones. No hubo trabajo en esa ocasión: treinta pesos del boleto tirados directo a la basura.

Frente al espejo de los lavabos, le solté a María mi oscuro secreto. Me turbó la rapidez y seca determinación de su respuesta: «Aborta. Tengo una amiga que fue a México, ya ves que allá es legal». Le dije que no tenía dinero ni para el pasaje. María me miró con cara de no-pongas-pretextos y me explicó que su amiga había contactado a una asociación defensora de los derechos femeninos, o algo así, que se había hecho cargo de todos los gastos. Prometió conseguirme los datos.

A los tres días, con un par de llamadas de por medio, todo estaba resuelto: me agendaron una cita el 15 de marzo, a mediodía, en la Clínica de la Mujer de Azcapotzalco. Resistí la siguiente semana comiendo fruta picada y agua, el resto de los alimentos me daba asco. El perfume de Benito también me provocaba náuseas. Él recogió el dinero para mi boleto de autobús, pues yo sufría de periodos alternados de jaqueca y sueños pesados e inquietos.

La noche anterior a mi partida Benito fue a beber con sus viejos amigos del bachillerato. Me despertó a las cuatro de la madrugada, aventando piedritas contra el vidrio de la ventana de mi cuarto: quería dormir en mi departamento porque no podía llegar a su casa apestando a marihuana y alcohol. Sus ronquidos —cortesía de una desviación en el tabique nasal por una pelea callejera— impidieron que volviera a conciliar el sueño. Por la tarde empaqué lo indispensable en una mochila. Tuve que bañarme en casa de un amigo porque la bomba de la cisterna se había quemado de nuevo: el edificio entero llevaba casi una semana sin agua potable y yo no estaba de humor para cargar cubetas tres pisos. Benito y mi amigo me acompañaron a la central camionera. Yo pagué el taxi.

A las seis y media de la mañana llegué a la central norte. Lucía, una voluntaria de la asociación, me esperaba junto a la efigie de la virgen de Guadalupe. Estudiaba letras, pero su verdadera pasión era la lucha libre, todavía estaba buscando la forma de escribir su tesis sobre el tema. —Puedes decirme Lucha —dijo, orgullosa del juego de palabras. Su lesbianismo la había llevado a convertirse en activista de los derechos sexuales femeninos.

Era morena, sonriente y bajita. Tomamos el metro, luego un pesero y al final una combi, hubo tiempo de sobra para charlar. Entre otras cosas, Lucha me explicó que la asociación había tenido que implementar un servicio de escoltas para proteger a las mujeres del vituperio y agresiones de los fanáticos Pro-Vida, quienes a últimas fechas habían dado en instalar módulos de «concientización» afuera de las clínicas, a fin de atemorizar con grotescas imágenes de bebés destazados y epitafios sensibleros. Como siempre, la violencia visual dio resultado y lograron disuadir a más de una.

En la sala de espera había mujeres de todas las edades y estratos sociales: desde jefas de familia que no podían mantener otro hijo hasta muchachas de vestimenta vulgar que iban por su tercer aborto. En una especie de conciliábulo, la señora a mi derecha contaba con evidente tristeza que estaba esperando gemelos, llevaba tres meses sin conseguir empleo, su familia se estaba muriendo de hambre.

—¡Ay, pero son gemelitos! —exclamó una de las muchachas vulgares, sin dejar de masticar su chicle—, había de tenerlos. Los gemelos son bien bonitos. Con gemelos yo sí me animaba. La miré, horrorizada. Lucha, a su vez, procedió a hacerles un par de comentarios a propósito de los múltiples métodos de anticoncepción disponibles en la actualidad. Luego, en un susurro, me dijo al oído: «Hay que evitar a toda costa que esta clase de viejas se reproduzca». Me dio un retortijón. Sonreí a medias.

Captura de pantalla 2016-05-16 a las 4.07.30 p.m.

La recepcionista me llamó a su escritorio, pretendía reprogramar mi cita, era un día ocupado. Lucha intervino con claridad y aplomo: veníamos de parte de la asociación, se trataba de un caso foráneo, yo sólo podía permanecer un día en la capital, mi boleto de regreso ya estaba comprado; esto último no era verdad, pero ayudó. La recepcionista suspiró, revisó algunos expedientes, tachó un par de citas de la agenda. Luego leyó en voz alta una lista de nombres y despidió a algunas mujeres que se marcharon inconformes. A las cinco restantes nos hizo pasar al interior de la clínica.

Todo estaba limpio, reluciente y en tan buen estado que daba la impresión de ser un edificio inaugurado apenas unos días atrás. Las enfermeras eran amables, parecían comprensivas. Yo tenía miedo de que fueran a regañarme y sacaran a relucir lo terrible del acto que estaba a punto de cometer. No sucedió.

Nos tomaron datos e hicieron las preguntas necesarias para elaborar un breve historial médico. Por separado, nos hicieron un ultrasonido. El frío viscoso del gel en mi bajo vientre y el latir ahogado del feto me desconcertaron. Tenía nueve semanas y media de embarazo, me dijeron que el aborto debía practicarse entre la décima y la doceava, pero iban a hacer una excepción conmigo por ser foránea, esperando que no hubiera complicaciones graves. Luego nos reunieron en la otra ala de la clínica para sacarnos sangre. Mientras esperábamos en fila, una mujer de figura esbelta y largo cabello rizado me platicó su caso:

—Yo usaba el DIU, el que también secreta hormonas, se supone que tiene 99% de eficacia. Fui al doctor porque llevaba más o menos un mes con cólicos muy fuertes, me dijo que tenía un embarazo ectópico, o sea que el feto estaba mal implantado, el aborto era la única opción. Me enojé mucho, le dije que cómo era posible, si él mismo me había asegurado que era 99% efectivo. ¿Sabes qué me contestó? Que yo era esa única mujer de cada cien a la que no le funcionaba.

Cuando acabó de contarme, me preguntó cómo había quedado embarazada, le dije que el condón había fallado. Era mentira, pero me sentí incapaz de reconocer mi estupidez.

Nos separaron en parejas y nos llevaron a una sala preoperatoria con sillones iguales a los que usan los dentistas. Al fondo había un armario metálico con batas para quirófano, al final de un pequeño pasillo estaban dos baños, donde nos quitamos la ropa. Me pusieron suero intravenoso y luego la anestesia, sentí un fuerte ardor en el antebrazo izquierdo. Una enfermera de trato dulce me dio una pastilla y me indicó que la mantuviera debajo de la lengua hasta que se desintegrara por completo. Para pasar el rato puso en un DVD Arráncame la vida. Aunque yo temblaba de nervios, noté que la historia era cursi y la protagonista actuaba muy mal. Pasé al quirófano cuando se me terminó el suero. Me ordenaron recostarme en una mesa de acero, subí las piernas a esas cosas que los ginecólogos usan para mantenerlas abiertas (no sé cómo se llaman). Estaba tan asustada que la doctora llamó a otra enfermera para que me diera la mano. A pesar de la anestesia, el dolor que me provocaba el aspirado era tan insoportable que me hizo delirar. Se me subió la presión, lo cual complicó el proceso, estuve a punto de desmayarme. Recuerdo que gritaba, pero no sé qué. La enfermera trataba de tranquilizarme y me pedía que le soltara la mano porque la lastimaba. Por un momento no supe dónde estaba. Una punzada de fuego tasajeó mi cuerpo. Sentí un vacío horroroso en el útero. Todo había terminado.

Apoyada en la enfermera regresé a la sala preoperatoria. Me dieron una toalla sanitaria gigantesca especial para esos casos, me mandaron al baño a ponérmela. Con el poco pudor que me restaba, oculté mis pantaletas entre mi ropa. En el sanitario me dio otro retortijón y defequé copiosamente. Rompí a llorar cuando vi que sangraba. Estaba mareada, adolorida como si me hubieran golpeado de pies a cabeza, el cuerpo me temblaba de tal modo que no podía ponerme el pants. Permanecí inmóvil no sé cuánto tiempo. Cerré los ojos y, como cuando era niña, deseé que nada de eso estuviera pasando. La enfermera tocó a la puerta, preguntó si me encontraba bien. No recuerdo qué le contesté. Cuando por fin abrí los párpados me embargó una sensación de irrealidad asfixiante.

Regresé al sillón, la película había avanzado tanto que ya no la entendí. La enfermera vertió una lata de jugo de durazno en un vaso de vidrio y me lo ofreció. Sacudí la cabeza en una negativa. Aunque el hambre me atenazaba el estómago, no quería comer nada. Me avergonzaba el asedio de un impulso tan banal en medio de ese momento trágico. La enfermera insistió: necesitaba beber algo o me pondría mal. Colocó otra bolsa de suero en el poste a mi lado, mis venas lo absorbieron con descarada voracidad. Debía permanecer sentada hasta que se estabilizara mi presión. Una trabajadora social habló conmigo mientras tanto. Volví a mentir sobre la falla del preservativo. No me creyó. Me preguntó mis motivos para abortar. Le dije que no tenía empleo y que mi novio era un junkie, suspiró, me aconsejó dejarlo. No lo hice.

Lucha me esperaba afuera con mis cosas. Caminamos lentamente hasta la parada de la combi. Los pasajeros me saludaron con amabilidad al subir, me pregunté para mis adentros si habrían reaccionado igual de saber lo que acababa de hacer. Saqué una manzana de la mochila y la mordí con desgano. Lucha me platicó algo que tampoco recuerdo. Antes de subir al metro compramos vasos de mango picado, ella pagó. Un par de estaciones antes del punto donde debíamos bajar, me preguntó cómo me sentía, le respondí que bien. Mentí. Luego dudó un poco antes de consultarme si me molestaría que no me acompañara el resto del trayecto: tenía que asistir a una feria de la reproducción sexual razonada y desde ahí le quedaba cerca. De nuevo mentí. Le dije que no había ningún problema. Nos despedimos con un abrazo. Seguí mi camino.

 

 


Autores
(Durango, 1984) es narradora y autora de Ecos, publicado por el FETA (2017).


► UNO

Si fuera José García —el desgarbado protagonista de El libro vacío—, preferiría reunir mis anotaciones diarias en un documento de Word. Tal vez parezca pretencioso si afirmo que mi vida y la de José García, en su simpleza, comparten semejanzas, pero es clara la diferencia entre los dos: en rigor, él escribe en un cuaderno y corrige a mano. Reescribe partiendo del error, no importa si en el camino arruina varias hojas con minucias. Todo esto para conseguir, al menos, algo decente a lo que pueda llamar libro. En cambio, yo sencillamente oprimo unas cuantas teclas si quiero eliminar párrafos enteros, modificar palabras, reemplazar una frase por otra o comenzar de nuevo la idea, sin ninguna complicación más que la de ser fuerte cuando decida cerrar para siempre ese incómodo «Documento 1», sin guardar los cambios. Sin embargo, aun cuando me sienta satisfecho, al poco rato mis palabras me parecerán ociosas, sin importancia, como a García sus propias confesiones. Me pregunto si mientras él escribía era consciente de que al dejar en blanco su cuaderno número dos, su afán de concebir un libro estrictamente escrito sería rebasado. Temo que lo que García ignoraba era que, después de todo, su cuaderno vacío eclipsaría esos meses de trabajo delante de la mesa, escribiendo hasta sacarse ámpulas.

Aunque parezca fácil tirar al fuego un cuaderno o simplemente deshojarlo, resulta más sencillo no guardar los cambios en una hoja de Word bajo el pretexto de creer que algo le falta. Desde un inicio comencé a escribir en computadora porque supuse que en cualquier momento podría apagarla y decir que todo fue un pasatiempo que no se debería tomar mucho en cuenta. Me considero un cobarde al que —sospecho— le dará miedo leer después lo que escribió cuando tenía veintitantos años. Tal vez por eso escribo en computadora y no a mano. Hasta ahora todo lo que he escrito no me parece otra cosa más que el contenido adecuado para un cuaderno «número uno». José García, por su parte, escribe en cuadernos porque sus agallas lo han formado para soportar cualquier relectura propia.

Después de todo, creo que a José García le faltó soltar una carcajada, una estridente y espeluznante carcajada al final de la novela. «La angustia que genera el absurdo se resuelve siempre en risa», escribe Jazmina Barrera con respecto a la zozobra de Alicia (la de Carroll) al no poder hallar una salida en medio de la espesura del bosque. El cuaderno número uno de José García es, ante todo, su diario de la desesperación. En él reside la espesura de un bosque de donde su dueño saldrá, paradójicamente, si planta más arbustos, cuenta más secretos, escribe más palabras. García tiene bien claro que debe seguir escribiendo para alejarse de esa zanja que es la escritura. Su empresa, sin embargo, es inútil. Cuando escribe, José García se parece a aquel comiquísimo sujeto nervioso que en un desesperado intento por tomar la decisión correcta, no hace más que dar vueltas en un mismo lugar hasta que, llegado el punto, sus pasos abren un enorme hoyo en el piso, una fosa inconmensurable que termina por tragárselo.

 

►UNO

¿Cómo será el inconsciente de

alguien que aprehende

lo natural sólo a través de la técnica?

Mario Bellatin

Me parece una exigencia absurda la de escribir nuevamente con pluma y papel. Será porque cuando comencé a escribir pocas veces me acerqué a un cuaderno con la esperanza de que mis poemas (porque yo también inicié escribiendo poemas) mejoraran. Ni siquiera lo tenía en cuenta. Digamos que mi pasado literario comenzó el día que supe que la computadora no sólo servía para ver porno o curiosear en Encarta. A propósito, me cuesta trabajo comprobar la edad a la que alguien comenzó a escribir y que, según varios, se advierte en sus textos.

Se me dificulta, por ejemplo, darme cuenta de que Dobleú comenzó a leer a los dos años y a escribir inmediatamente después de terminar de nutrirse con la leche materna, o si los pininos de Igriega en la literatura se dieron a la par de su aprendizaje del abecedario. En otras palabras, no puedo percibir en un texto la edad en que su autor garabateó por primera vez con ambiciones literarias. Por más que Jota me reclame que es evidente, que por la calidad de su prosa, que si no me doy cuenta de que en los poemas de Eñe se nota que desde chavita comenzó a imitar a los clásicos. Ignoro si se puede llevar a cabo un experimento como este. Y si llegara a hacerse realidad, me importa poco que en algún momento alguien lo haga con mis textos. Por eso mejor soy franco desde ahora: yo no comencé a escribir hasta los diecinueve años, cuando algunos ya tenían libros publicados.

Mi problema con la escritura es que siento que le debo algo. Supongo que esta sensación de deuda es una de las causas del rechazo hacia la escritura a mano como primer peldaño de una carrera literaria profesional. De hecho, hasta hoy me pregunto por qué desde un principio no me hice de dos cuadernos como José García. O al menos me gustaría saber qué rumbo seguiría mi escritura si en la secundaria hubiese elegido el taller de mecanografía en vez del taller de música. Ahora que lo pienso, creo que hubo dos razones por las que tomé esta última decisión: 1) a esa edad consideraba que era inútil utilizar una máquina de escribir, pues la mayoría nos dábamos abasto con la computadora para hacer tareas y 2) según yo, a ese taller únicamente podían inscribirse mujeres; ¿qué haría ahí, con el tecleo incesante producido por los deditos de uñas mordisqueadas de quinceañeras aspirantes a secretarias? Tal vez coquetear, pero no más. Reconozco que el uso de cuadernos a la José García, al igual que las máquinas de escribir, me resultan todavía utensilios arcanos de un pasado en el que con o sin mí se escribía, y mucho. Aun así, sufro cuando pienso en ello: algo me dice que la «verdadera» literatura se escribe a mano. Escribir con lápiz y papel, parece, es acceder a un pasado en el que hasta esa forma tan rudimentaria de hacerlo era mejor.

Varias veces he sentido que por más que me esfuerce en corregir y borrar, corregir y borrar, comenzar de nuevo sin guardar ningún cambio, lo único que conseguiré será tanto como una hoja en blanco, pero cuyo silencio no forme parte de metáfora alguna. Desde que comencé a escribir he pensado más en la derrota que en el éxito. No me refiero, desde luego, a los concursos o la fama; sino a no conseguir nada más que llenar páginas, para luego cerrarlas sin guardar los cambios (el eterno cliché de la escritura). Es común que me deshaga de todo lo que hasta ese momento llevaba escrito. Me incomoda hallar errores, me agota corregirlos, pero si no lo hago y días después encuentro uno me siento indefenso, como si alguien fuese a burlarse de mí si lo notara. Por eso prefiero cerrar el documento y comenzar de nuevo en uno limpio. Gracias a esto me he dado cuenta de que me equivoco más de lo que pienso. Yerro porque no pongo la suficiente atención. Necesito una segunda, a veces una tercera oportunidad para no sentirme mal, pues al fallar inmediatamente tiendo a dar explicaciones de por qué no pude hacerlo a la primera. Ensayar me libera de asumirme tal cual soy: un enfermo de perfeccionismo.

Portada 1

 

►UNO

Una noche, durante su borrachera, una amiga me aseguró que el ensayo para ella no era más que un juego de vaivenes. Que lo que ella escribía en ese momento de su vida, dentro de cinco o diez años podría parecerle tan ingenuo que tendría la oportunidad de destruirlo y comenzar de nuevo. «Algo así como decir lo mismo toda la vida pero con otras palabras; ¿no?», le pregunté. Movió la cabeza. Yo también estaba borracho.

Pese al grado de alcohol que los dos transpirábamos (o por eso mismo), su idea me pareció tan lúcida que bien podía pasar por la definición más exacta que he escuchado de ensayo. Me atrajo enseguida la idea de vacilación, el grado de duda que existe a la hora de escribir. Ella, vale decir, bebía, como hacen muchos, para atenuar las penas del amor. Esa noche se emborrachaba, recuerdo que aclaró, «para olvidar a un bato al que quiero pero que a la vez no y con el que tengo problemas pero es que sí me gusta un chingo pero casi no nos vemos y luego está este otro que me manda y manda mensajes y yo no sé qué hacer porque al otro lo quiero pero con este duré mucho tiempo y también lo quiero pero al otro lo quiero más Diego mucho más si supieras si tú supieras…». Después vino esa definición suya acerca del ensayo. Al lado de mí había otra amiga en común que sólo se dedicaba a asentir y tomar en serio las palabras de la inestable ensayista borracha.

Pienso que sólo hasta este momento de la historia el ensayo encontró por fin su molde original (quizá el más radical pero también el más sensato): una hoja de Word. Si se toma en cuenta que el cuaderno de anotaciones de José García tiene mucho de ensayo (esto no es exclusivo de su contenido: la acción de comprar un cuaderno y hacerlo un borrador permanente es en sí la quintaesencia del ensayo), él tiene un punto a su favor: posee un cuaderno donde guarda todo lo que no querrá decir en el libro, ese otro cuaderno que se llena de silencio conforme su escritura va siendo aplazada. Tal vez el cuaderno de práctica de García resulte una objeción para un ensayista «de verdad», que debe conformarse con una hoja blanca. Esta hará las veces de borrador y obra, boceto y resultado, ejercicio y presentación al mismo tiempo.

Me pregunto qué hubiera hecho García si en vez de un cuaderno hubiera tenido una computadora. ¿Acaso sería igual que con sus cuadernos? ¿Ostentaría el mismo grado de importancia una hoja blanca virtual que una de papel? ¿A dónde irían a parar todas esas palabras que durante meses escribió pero no guardó? ¿Y lo que no dijo? ¿Será que el ensayista puede darse el lujo de tener, además de su hoja de ensayo, un borrador para guardar aquello que no se atreve a presentar como algo acabado? Cuenta Paola Velasco que Alfonso Reyes reprobaba el uso de borradores y anotaciones preliminares a la elaboración de un ensayo; para él resultaban innecesarios, cuando de lo que se trataba era justamente de improvisar. Concuerdo con Reyes, pero ¿y esas notas que no mostramos, no por ineficiencia sino por vergüenza? ¿Qué sucede con los cientos de párrafos sobrantes, que bien pueden tomarse por el negativo de nuestro ensayo definitivo? Un borrador incuba el origen de toda obsesión. Tanto así que sin el cuaderno uno de García jamás nos hubiéramos enterado de su empeño en escribir eso que sabía que se encontraba en otro lugar, lejos de él, en la periferia de sus palabras.

Los borradores siempre quedarán en una zona oscura, negativos del proceso de escritura que, por su franqueza, conforman esa vida que no vemos, que imaginamos, o que sencillamente sospechamos entre líneas.


 


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Las etiquetas son para quien las necesita, dice Alejandro Magallanes, quien en años recientes no sólo se ha convertido en la figura emblemática del diseño editorial, sino en un artista con intereses en las letras, la escultura y la música. En este texto, Magallanes explora los límites del diseño, su relación con la literatura y la importancia de poder aprender otros lenguajes.

¿Cuál crees que es la diferencia entre diseño y arte? ¿Cómo una pieza de diseño puede volverse artística?

Esto es algo polémico. Tiene que ver con la función. El diseño es una actividad, una disciplina que sirve para dar una visión  a otro tipo de expresiones. No es un fin en sí mismo, el arte lo es. Sin embargo, utilizan los mismos recursos: el pensamiento, las palabras, la técnica. El diseño también da testimonio de una época. Está el que resiste y trasciende la función a la que está atado. Lo podemos ver en los libros rusos o en algunos carteles que, una vez que cumplen su función, se convierten en elementos culturales. Después de todo, son etiquetas y sirven para que, de alguna forma, funcione la cosa. Son como cajoncitos. Creo que el ánimo de cierto tipo de diseño, el que no es, digamos, informativo, utiliza rasgos artísticos para comunicar algo en específico.

Has expuesto carteles, también has montado otro tipo de obra no pensada desde el diseño.

Es bonito porque cambia el soporte y la ubicación. El libro La delgada línea que divide el lado derecho del izquierdo tiene estos dos elementos. Cuando lo hice, utilicé una herramienta de diseño que permite partir del material de otras personas para construir una escultura, considerando la propiedad matérica del libro y tomando en cuenta su contenido. Entonces, esta escultura, que es más bien un librero, con el canto de los libros forma cierto dibujo. ¿Es un libro o una escultura? Sin duda las dos, por la manera en que se exhibe y por la forma en que fue concebido. Cada librito es un tabique. Utilizo los mismos recursos (imágenes y palabras) para crear algún significado y una conexión más directa con el público con lo que estoy pensando. No son ilustraciones porque no ilustran el texto de otra persona. Son dibujos, aunque es curioso ver cómo, por la misma posición en que te va acomodando la sociedad, los llamamos «ilustraciones». A mí me parece divertido. Esto lo puse en el libro Siempre di nunca: las etiquetas son para quienes las necesitan. Al final no importa tanto. El diseñador Milton Glaser, quien hizo el logo de I love NY, se pregunta si preferimos una mala pintura o una buena silla. Esto es un ejemplo de la paradoja que existe entre las producciones de las cosas que creamos.

En tu exposición La delgada línea…, realizaste una pieza que consistía en un libro que reunía los textos de más de ochenta autores. Concebiste la idea, los convocaste, lo diseñaste, estuviste en el proceso de impresión y hasta entregaste el libro a los autores que participaron en él. ¿Piensas que toda la coordinación editorial de La delgada línea, aunque es algo que realiza el editor siempre, también fue proceso artístico del libro?

En este caso, digamos que es otro objetivo. Si pensamos en el arte contemporáneo, son objetivos, o metáforas, que dependen mucho de esto. Aunque sí hay pequeñas diferencias que a lo mejor no se ven tan claras en los objetos. Si en la edición se convoca a estos escritores (amigos, conocidos o gente que admiro pero con la que no tengo relación), era para pedirles un texto, pero siempre pensándolo como materia escultórica. Así no cambia al objeto: lo puedes leer y abrir, es un libro normal. Lo que cambia son los procesos, los entretelones, los ensayos de una obra de teatro, las cosas que leyeron los actores, todo lo material a partir de lo que nosotros vemos solamente en la punta. Sólo cambia si es cúbico o si es triangular. Sin duda también el trabajo editorial es un trabajo intelectual y, en ese sentido, los editores fueron necesarios en todo el proceso del libro, desde la creación del escritor hasta el objeto terminado. El texto de un escritor en ningún caso es el libro.

Muchos de tus libros son así: lo que has publicado, lo diseñas. Estás involucrado en la mayor parte del proceso desde su inicio hasta la impresión.

Sí. En ese caso, el proceso cambia. El proceso consistía, primero, en pedirles a los autores un texto, como un intercambio: se consideraba un pago de una obra por otra, ya que gran parte del tiraje fue para los autores. Luego, cada uno de los textos que recibí los leí y después los interpreté gráficamente con una sola fuente tipográfica. En ese sentido es un libro clásico, pero sí hay una interpretación previa, como cuando un violinista lee las partituras. Sin embargo, se las enviaba a los autores para que ellos participaran en la lectura y, si les gustaba, seguía con el proceso. Así fue como se dio un juego muy bonito, con el que todos estuvimos conformes. Una de las cosas que me pareció más interesante del proceso fue que, conforme los textos llegaban, iba formando links. Por otra parte, en una carta que les envié, les dije que su nombre no iba a figurar en los textos para que el posible lector los leyera sin ningún prejuicio. Entonces, a diferencia de otros libros que hago, este sí es un libro que, creo, se debe leer en secuencia, a pesar de que no se podría, para dar el efecto de un libro en el que parece que una mente va cambiando y dando bandazos: a veces escribe ensayos, a veces poesía, a veces es más profunda, otras más simpática o, en ocasiones, ambas. Todo ese proceso que siguió me parece que es parte de la obra aunque no se vea. De alguna forma está escrito. Toda la intención por parte de los escritores, todas las anécdotas, la velocidad con que las enviaron, cómo aceptaron el juego, lo gentiles que fueron, me parece que fueron parte esencial de la obra.

En los libros de poesía que has publicado, como ¿Con qué rima tima?, también fuiste el diseñador. Incides en tu poesía porque decidiste qué tipografía, qué posición tomaron los poemas en la página.

Desde mi punto de vista, las letras tienen una cualidad escultórica porque la página es un espacio con profundidad y perspectiva. Puedes, por ejemplo, colocar un folio y en la siguiente página hacerlo más grande. Todo eso en ese libro de poesía es parte importante del contenido, de la producción del libro, incluso si estuvo en una colección distinta. A mí me interesaba que fuera «la colección de poesía» porque, al final, las cosas toman la forma del recipiente que los contiene. Entonces, como cada libro es una institución (y eso es lo que creen las personas), si tú seleccionas algo como poema, la institución lo vuelve poesía.

Captura de pantalla 2016-05-16 a las 4.57.13 p.m.

 

Como exponer algo en galerías y museos…

 Sí, finalmente son instituciones. Se vuelve un gesto provocador si exhibes en la calle, en comparación a hacerlo en una galería. Cambia la dirección y el sentido. Si hago un cartel político, voy a querer que esté en la calle o que se reproduzca en un periódico, así adquiere más sentido. Si pasara a una galería, se volvería una exposición de trabajo y cambiaría la utilidad de la imagen. Por otro lado, si trasladamos algún objeto de una galería a la calle, la obra obtiene otro valor. Antes era más purista en ese sentido, pero ahora creo que las cosas se construyen sin que las tengamos que etiquetar. A mi parecer, hay cosas que se pueden poner en diferentes lados.

Cómo te desplazas en todos los lenguajes que empleas: el visual, la escritura o la animación?

 Siempre me lo planteo desde el juego. Por ejemplo, cuando tienes una pregunta que puedes responder desde muchos puntos de vista, tratas de acercarte a ella del modo que sea más comprensible. No obstante, este acercamiento depende del tiempo que tengas y de los estados de ánimo. Por eso, cada proyecto me resulta novedoso y es parte de lo que me entusiasma de mi trabajo por encargo, ya que todos los trabajos son divertidos, tanto hacer una pintura como un libro. Lo que cambia son los procesos, su colocación o su objetivo. Por ejemplo, una animación se relaciona con un cartel, porque aunque uno sea estático y se coloque en un muro físico o en uno electrónico, como el de Facebook, debe provocar una reacción. En ese sentido esta imagen estática se conecta con la animación, en la cual tenemos movimientos, sonidos y expresiones mucho más complejas, pero también uno debe acercarse conceptualmente y crear una reacción emotiva, a pesar de que unas llevan más tiempo que otras. Desde un punto de vista purista, la mezcla de géneros no debería existir. Yo, al contrario, creo que es algo interesante, pues, ¿por qué no voy a utilizar una parte de texto en una animación si puede funcionar como parte integral de la animación? O si vas a diseñar un cartel de rock, ¿por qué tiene que verse como un cartel de rock?, ¿por qué no puede ser distinto sin que deje de provocar sorpresa, encanto o desencanto? Para lograr esta conexión, hay que entender un poco el medio, para saber qué puedes hacer con él, cómo sacarle provecho. En mi caso, cuando algo se vuelve fácil, trato de cambiarlo. Es un reto personal, pues sentirte cómodo provoca que te entumas creativamente, como cuando te sientas o cuando estás acostado mucho tiempo, estás a gusto, pero te tienes que parar, hacer un poco de ejercicio o al menos sacudirte. Tienes que enfrentarte a cosas de las que realmente tienes certeza. En el caso de mi última exposición, se me ocurrió hacer pinturas sobre placa de hierro con pintura automotiva; luego me di cuenta de que lo que me había imaginado no funcionaba, que iba a ser imposible que se conservara. Pero, junto con Lupe y Lalo, parte de mi equipo que sabe sobre materiales, nos la ingeniamos y salió. Incluso lo que se echaba a perder juega a favor en algunos caso. Es interesante esa parte del aprendizaje. A veces puede ser dolorosa, pero es vital…

Parte de crecer y de conocer los procesos de otros materiales o géneros.

 Sí. Eso mismo sucede con los que escriben. Cuando intentan hacer un ensayo de otro tipo, los escritores transforman su forma de redactar. Piensan cómo poner una coma en una frase tan larga, cómo pueden hacer para que tenga ese efecto. Creo que es parecido.

¿Cómo te sientes respecto a la escritura?

Me gusta mucho porque soy un lector interesado, me encanta leer aunque no soy ordenado, leo todo el tiempo cosas diferentes. Escribir es más difícil para mí. Aprovecho los recursos que tengo de otras formaciones para complementar un poco lo que no sé. Es decir, uno no tiene por qué saberlo todo. Si hay una parte de disfrutar el proceso, es no ponerse tan solemne (es diferente ser solemne a ser serio): puedes experimentar, te puedes equivocar.

Escuché que estás escribiendo una novela…

Sí, va a ser muy curiosa. Ya la verás. Juega con las características físicas de lo que es una novela. Es decir, muchas páginas con texto en cada una de ellas. Me parece que es parte de lo que pienso y juego: ¿de qué forma este material impreso, con estas características, en una colección de narrativa, es novela y no es cuento?

¿Cuál es tu método para impartir clases? ¿Qué es lo más importante que hay para transmitir a los diseñadores a los que enseñas?

Dar clases varía de un lugar a otro. Hay lugares donde hay que ser más estricto, pero, en el lugar donde trabajo, los chicos tienen una formación buena en varias de las materias que les competen; entonces, cuando llegan a mi clase, lo que quiero es que se pongan a jugar y que se sorprendan de los resultados que se pueden lograr sin pensar demasiado. Aunque en el diseño siempre hay una meta, hay un tema que debe resolverse; lo que intento es que la meta se deje ver poco a poco, no desde el inicio, para que se vea todo el proceso sin saber que ya llegaste, que sorprenda mucho, que digas «corrí todos estos kilómetros y no me cansé, ¿por qué?». Ese es mi tipo de clases.

¿Crees que pueda haber una escuela relacionada con tu trabajo, con tu nombre?

Ojalá no. Espero, sí, que mi trabajo haya influido a alguien, porque así funciona la cultura: es una unión de eslabones, algunos más largos, otros más cortos. La repetición de soluciones o de gráficas provoca cansancio. En ese sentido hay que estar inventando cosas y experimentar con diversos formatos; en algún momento hacer algo fotográfico, en otro hacer algo tipográfico, poético, dramático, triste, tosco o alegre. Hay que moverse. Sin embargo, es curioso analizar también aquellas técnicas o formas con las que la gente se va quedando.

Diseñaste una botella para Perrier, ¿crees que sea una marca de Alejandro Magallanes?

A mí no me gustaría verlo como una marca, sino como una manera de aproximarse a un producto o a un objeto, hacerlo como a ti te gustaría que se viera, pues somos autores que tenemos acercamientos propios a las cosas. Las marcas tienen un plan y evolucionan de acuerdo a una línea corporativa, las personas somos orgánicas. Las marcas se relacionan con el estilo. Si hay ciertas percepciones, es necesario analizar por qué las hay, dónde se han visto, qué medios han difundido esos trabajos, cuáles han sido más potentes para las personas. Esto se puede ejemplificar con los one hit wonders. Es muy parecido. Yo espero que no me pase, hay que estar atento.

Llevas mucho tiempo diseñando lo que produce Almadía, ¿Cómo le das nuevas formas a esas colecciones?

Es importante saber cuál es el fuerte de Almadía. En este caso es la narrativa; no obstante, eso puede ser diferente porque cada libro tiene un tratamiento distinto que llega a ser sorpresivo, por el juego que se establece en lo visual, en la complejidad de las ideas, en los cortes del papel… Así, la colección de poesía son ventanas; la de crónica, textos hechos a mano con realce; la de viajes, un mapa con las puntas recortadas. Es importante estar al pendiente de lo que hay que mantener, de lo que hay que evolucionar, de lo que hay que quitar. Hay quienes critican las colecciones por ser constantes. No obstante, se debe estudiar la inteligencia que esconden esas repeticiones. Por ejemplo, en las de Porrúa sólo cambian colores. Que hayan sido constantes y todos sean iguales, me parece maravilloso. Finalmente, al no dar un tratamiento a todos los libros, sino a un solo libro de tal autor que publica en Almadía, lo diseño con dos características: pensando que es un libro único y, también, que pertenece a una editorial que está usando una imagen.

¿En cuáles otros lenguajes quisieras incursionar?

Casi todo es interesante. Ahorita, por ejemplo, ayudo a hacer una escenografía al grupo Idiotas Teatro. Al principio no tenía el conocimiento de cómo hacerla, pues se me ocurrieron algunas ideas que yo no sabía cómo resolver, por lo que las resolvía de forma básica, imaginando cosas como la luna; además de que ellos me orientan y lo vamos haciendo juntos en equipo. De este modo, construí una luna como si fuera un arillo para bordar. Incursionar en otros lenguajes es como querer aprender a leer música. Probablemente no lo haga muy bien, pero sería interesante que lo lograra o, al menos, lo intentara y me frustrara porque no puedo hacerlo. Justo cuando buscas aprender otros lenguajes, te das cuenta de que hay cosas que no vas a poder hacer por mil razones, porque no tienes tiempo, no sabes, no tienes la capacidad, pero lo intentas. Hay que salir de la zona de confort: levantarnos más temprano para que nos rinda el día, veamos el amanecer y entonces cambiar nuestra visión de la ciudad.

 

 

 

En el Tec de Monterrey, campus Puebla, entre letreros que anuncian pasos y consejos para «conseguir el éxito», se llevó a cabo la convención Dual City, un punto de encuentro en el que aficionados y público general se reúnen alrededor de los cómics, el manga y el anime. En esta crónica que transcurre en un 14 de febrero, Luis Reséndiz recorre los pasillos y los estando del evento mientras analiza la importancia cultural de productos culturales que permanecen, llenos de estigmas, fuera del centro.

Lo primero que pienso al llegar al Tec de Monterrey —o quizá lo que elijo decir que pensé primero— es que el contraste entre la retórica emprendedurista y una convención de manga y cómics no podría ser más acentuado. En el área que rodea al centro de convenciones del Tec —el sitio donde se realiza la Dual City, la convención cuyo desarrollo a lo largo de un día, el 14 de febrero de 2016, es lo que ocupa a este texto— cuelgan pendones con leyendas y eslóganes que estimulan o pretenden estimular el ánimo enérgico de los alumnos del Tec: «No hay montaña imposible de escalar», «Con buena compañía se llega lejos». Pienso entonces en las portadas de cómics de superhéroes, que trazan situaciones limítrofes en gruesas tipografías, con sentencias que terminan de forma casi unánime en signos de admiración («In 8 months… time runs out!», «For once, they agree… Guy Gardner MUST DIE!»). Quizá la relación entre ambos discursos es más bien complementaria: uno prefigura el fin del mundo, el otro sostiene que es posible salvarlo si se activa el instinto emprendedor: Superman como gerente.

Una vez que Gerardo —autor de las fotografías que engalanan estas páginas— y yo ingresamos al centro de convenciones del Tec, nos encontramos con C., al que conocemos como cliente frecuente de Anti-Hero[1] , la única tienda de cómics de Cholula y una de las pocas en Puebla. En la fila, C. nos contó que su novia acababa de terminar con él, esa misma mañana del 14 de febrero. «Es temporal, supongo», le dije, y me contestó con un descorazonado «Pues me dijo que me quería fuera de su vida». No nos quedó más remedio que asentir apesadumbrados y entrar, después de que nos pusieran un sellito en la muñeca, a la Dual City, acompañados de un C. con ganas de acabar con el dolor que le provocaba un mito —el amor romántico—, mientras cubría las necesidades que le generaba otro —las satisfacciones del consumo—. Después de platicar un rato y lamentar el cierre de Anti-Hero, C. marchó en busca de una máscara de Kylo Ren, el nuevo villano de Star Wars.

Lo primero que huelo al entrar al lugar —mi libreta de apuntes no me deja mentir— es un intenso aroma a fritanga. El aceite quemado, es cosa sabida, emite un olor que se desplaza con rapidez, cubriendo las superficies a su alrededor; en la entrada de la Dual City ni siquiera se puede ver un puesto de fritangas, pero el aroma ya advirtió de su presencia. Tiene sentido, no hay mejor forma de ponerle el código postal nacional a un evento tan inherentemente gringo como una convención de cómics —la primera se celebró en 1964, en Nueva York— que estampándole la hierra de nuestras bienamadas frituras.

No es, claro, el único momento en que el sincretismo cultural se hace presente. A lo largo del centro de convenciones del Tec —que parece más bien un Wal-Mart semivacío— hay mesas con mercancía, en las que están cerca de la entrada se encuentran lo mismo los nuevos modelos de Funko Pop!, que figuras de Batman y Spider-Man tejidas a mano. La artesanía poblana —que para 2008 tenía un padrón de doce mil artesanos en el Instituto de Artesanías e Industrias Poblanas, pero se estima que sean en total treinta mil, cifra de una vigorosa fuente de empleo que ya quisiera presumir Rafael Moreno Valle— se esfuerza por competir con la todopoderosa reproductibilidad técnica. Figuras de vinil y superhéroes bordados luchan para obtener la atención del potencial cliente.

Hablando de obtener la atención de potenciales clientes: al fondo de la convención —es un decir, el lugar en el que estamos no tiene propiamente un «fondo», toda vez que es como un cajón de zapatos gigantesco con la entrada en un costado, pero convengamos en que es el fondo para poder seguir— se desarrolla una subasta: unas sesenta sillas ocupadas a medias frente a una tarima desde la que se muestra la mercancía. Hay poca gente ocupando a medias unas sesenta sillas y los productos ofertados no parecen particularmente atractivos, pero el presentador —después sabré que es uno de los organizadores de la Dual City—, quien viste unos brazaletes de piel que cubren buena

parte de su antebrazo, se empeña en azuzar el ambiente mediante chistes que de graciosos tienen poco. En algún momento toca el turno de subastar la figura de algún personaje de anime que no conozco —me inclino para preguntarle a Gerardo si sabe, pero él también lo desconoce—. La escultura es de una chica de falda tan corta como largas son sus piernas, inclinada de forma tal que si se la mira de frente se ven sus senos colgando, y si se la mira por detrás, las nalgas descubiertas por su minifalda. «Chéquense esta estatua», promocionaba el subastador; «ideal para tenerla en tu escritorio, dándote la espalda. Novias: ¡el perfecto regalo de 14 de febrero!», remataba.

Además de los juguetes y peluches, Dual City también da cabida a personas que hacen figuras tejidas a mano de los personajes de los más recientes blockbusters.

Además de los juguetes y peluches, Dual City también da cabida a personas que hacen figuras tejidas a mano de los personajes de los más recientes blockbusters.

Detrás de las sillas de la subasta veo caminar a un personaje de Star Wars con un fulgurante sable láser. Se lo señalo a Gerardo para que tome una foto. «Es C.», me dice. Claro, cuando nos despedimos, C. partió en busca de una máscara de Kylo Ren. Se puso una larga bata negra con logos de Naruto y ahora está transformado: su espada emite una poderosa luz entre naranja y roja que ilumina la máscara y le otorga un aire de amenaza. Me acerco a él mientras en mis recuerdos reverbera la voz del Kylo Ren de las películas —aquel que con voz grave aseguraba «estar desgarrándose» antes de atravesar a su padre con un sable láser— y escucho un murmullo incomprensible que viene del otro lado de la máscara. «¿Qué dices?», pregunto. Otro murmullo incomprensible. Tengo problemas para escuchar, así que me acerco lo suficiente como para sentir el calor que emana el plástico de su disfraz. Finalmente logro comprender el grito desesperado que emitía a través del respirador del villano: «Me estoy asando en esta madre». En el cosplay, como en la vida, antes muerto que sencillo.

Los ñoños representan una poderosa fuerza monetaria que, por razones que se antojan oscuras, había sido ignorada durante varios años.[2] Aunque las películas de superhéroes habían sido ya ocasionales éxitos de taquilla —piénsese en Superman (1978) de Richard Donner: cincuenta millones de dólares de presupuesto y trescientos millones de dólares de recaudación a nivel mundial, o en Batman (1989) de Tim Burton: treinta y cinco millones de dólares de presupuesto, más de cuatrocientos millones de dólares de recaudación—, no fue sino hasta comienzos del siglo XXI que los estudios voltearon a ver en serio a los superhéroes como fuente de ingresos. Es una historia mil veces contada: la industria del cómic —en específico, Marvel Comics—, cercana a la bancarrota, ofreció jugosos contratos a cambio de los derechos de producción de varios de sus personajes más famosos. Fue entonces que Fox lanzó la película que inició la ola de superhéroes en la gran pantalla: X-Men (2000), de Bryan Singer. A partir de ese momento, se ha librado una batalla que lleva ya dieciséis años por ganar el gusto —y las quincenas— de los aficionados a los superhéroes, y las mesadas de los niños ávidos por figuras de acción en los anaqueles y explosiones en las pantallas. Ahora, Marvel Studios, con doce películas lanzadas a la fecha y cuatro series de televisión —dos en abc, dos en Netflix— se corona como rey de la taquilla, pero la improvisada creación del universo cinematográfico de dc —con dos películas y tres series —comienza a reclamar su lugar en la arena. Cada universo tiene sus defensores y detractores a ultranza, pero las convenciones son el lugar donde los aficionados —en ocasiones— entierran la proverbial hacha: en la Dual City no resulta ninguna sorpresa el avistamiento de un niño con máscara de Deadpool, playera de Batman y hoodie de Superman. Recuerdo 3 Dev Adam, aquella película turca protagonizada por Spider-Man, Santo el enmascarado de plata y Capitán América, y pienso en lo fútil de los esfuerzos de tantos ejecutivos que pugnan por la sinergia corporativa y la fidelidad de las adaptaciones.

Las convenciones suelen ser un punto de encuentro, más que un evento para comprar o vender.

Las convenciones suelen ser un punto de encuentro, más que un evento para comprar o vender.

 

Los tentáculos del mercado se hacen presentes en un hecho patente: a esta convención de cómics la gente no va a comprar cómics. Si uno se pasea por La Mole, la convención por excelencia de México, encontrará muchos stands con números atrasados —mejor conocidos en la anglófona jerga del aficionado al cómic como back issues—; por el contrario, las convenciones de provincia, al menos las que yo he visitado, no cuentan con ese rasgo. Debe haber varias razones para esto, pero aventuro una: mover a las editoriales y distribuidoras —centralizadas, como casi todo lo demás en México, donde la mayoría, si no es que todas, radican en la capital del país— cuesta tiempo y dinero, y el consumo de cómic, cuyas adaptaciones cinematográficas viven un feliz auge de público, aún es minoritario. Quienes cargan con back issues y otras curiosidades para comerciar son vendedores locales o gente que tiene el suficiente músculo financiero para costear viajes a través del país mientras trasladan su mercancía, pagar el precio de colocar su stand en la convención y aún así salir con ganancias producto de las ventas de cómics. O sea, prácticamente nadie.

No, a esta convención de comics no se va a comprar cómics sino, más bien, juguetes. Montones de ellos: kilos y kilos de plástico brillan bajo la pálida luz del centro de convenciones. La industria del juguete es el ramo que deja más dinero a las editoriales de cómics, cuando menos a las más grandes. Esto ha incidido en la industria a niveles incluso narrativos. Va un ejemplo: en 1984, Marvel llegó a un acuerdo con Mattel para crear una serie de juguetes basada en los personajes de la compañía. Para lanzar esa línea de juguetes hacía falta un evento de altos vuelos que sucediera al mismo tiempo en los cómics; un estudio de mercado arrojó que las palabras que más atraían al grupo de prueba eran dos: Secret y Wars. El nombre de uno de los primeros crossovers superheroicos de la historia —recientemente reciclado para otro mega evento que transformó el status quo de Marvel— salió de un estudio de mercado cuyo propósito era única y exclusivamente vender juguetes. La creatividad está sobrevalorada.

(Sin embargo Key Issue, el mayor puesto de back issues y cómics antiguos —antiguos: treinta años de existencia, rara vez más— de la convención, tenía una pequeña gema escondida entre su mercancía: el #1 de Batman de Snyder y Capullo, firmado por este último. Costaba mil pesos. No lo compré —tengo un límite para la cantidad de dinero que puedo gastar en un cómic de grapa, por muy antiguo o valioso que sea—, pero sí me llevé el #1 de Gotham Academy, una serie que narra las aventuras de unas adolescentes en un internado ubicado en la misma ciudad en la que opera Batman).

Como sucede en otros ámbitos, los costos de mover mercancía del centro del país a interior de la República es notorio en Dual City: la mayoría de los cómics son novedades.

Como sucede en otros ámbitos, los costos de mover mercancía del centro del país a interior de la República es notorio en Dual City: la mayoría de los cómics son novedades.

 

Me paro en el puestecillo de Arturo, que prepara unos hot-dogs con pepperoni, otra amalgama tan improbable como la de Deadpool y Batman. Pido uno mientras platico con él, que lleva una  sudadera con el almirante Ackbar, de Star Wars, pronunciando su más famosa sentencia en un globo de diálogo: «It’s a trap!». Como los superhéroes que lo rodean en papel y plástico, Arturo tiene doble identidad: abogado de día y preparador de hot-dogs los domingos de convención. Arturo me cuenta que cada jornada le reporta $1,500.00 de ganancia neta. Nada mal, pienso: alguien que ganara esa cantidad al día juntaría cuarenta y cinco mil pesos al mes. Desafortunadamente, las convenciones son mensuales, así que los hot-dogs tienen que permanecer como una ayudita más que como fuente principal de ingresos. El aceite crepita mientras Arturo continúa contando la vida del juzgado, y mi hot-dog finalmente emerge de la sartén. Aunque el olor a aceite es intenso, y la grasa que desprende es abundante, no está nada malo. La oferta gastronómica de la Dual City es atípica: además de los hot-dogs, hay bolas de arroz con camarón a ocho pesos —pertenecen a un puesto que vende comida japonesa—, bebidas gasificadas con sabores frutales y cerveza de mantequilla en botellas con la tipografía de la franquicia de Harry Potter —mi pasado como pottermaníaco me permite recordar que esa cerveza la vendían en El caldero chorreante, a las afueras de Hogwarts—. Esta versión casera la preparó Claudia, hermana de Arturo, una chica de pelo rosa claro que lleva un vestido negro calaveras y flores. Compro una botella nomás por no dejar: es una bebida dulcísima, cremosa, grasienta como promete su nombre. Me encanta, por supuesto.

Hablo con Alexis, a quien encuentro sentado afuera del evento, en el vestíbulo del centro de convenciones. Alexis está esperando mientras hojea un cómic a que su mercancía se venda en la gran subasta que se realiza en la convención. Se cansó de estar dentro y salió a refrescarse tantito. Alexis, como Arturo, no tiene como principal fuente de ingresos los eventos que rodean a los comics, pero a diferencia de Arturo, está diversificado de manera apabullante: aún estudia la preparatoria, también trabaja en el negocio de producción audiovisual de su hermano editando video y, además, es cantante de «regional mexicano» en fiestas y reuniones. Hace de todo. «La especialización», decía Heinlein, «está reservada a los insectos». Va un relato que da cuenta de la inteligencia comercial de Alexis. Cuando comenzó a subastar cosas en las convenciones, como la mercancía salía de su propia colección personal, le ponía un precio elevado —no quería perderle— y no se vendía nada bien. Después, Alexis intentó vender directamente con los comerciantes de los locales y le fue peor: compraban baratísimo y no ganaba nada. Volvió a las subastas pero, como Einstein nunca dijo, «locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes», Alexis cambió su estrategia: puso un precio bajísimo a sus productos. Funcionó como por arte de magia: los postores, cautivados por el costo ridículo de la mercancía, se abalanzaban, ofertando salvajemente, lampareados por la posibilidad de comprar una ganga. Ahora, una vez que ha encontrado su método, Alexis deambula en algunos de sus ratos libres por el centro de Puebla buscando, en librerías de viejo y tianguis que venden revistas de segunda mano, mercancía que pueda ofertar en la subasta de la convención. A fin de cuentas, tiene un mes para armar un buen paquete. «En la subasta lo que más importa es la imagen», me dice, «el producto se tiene que ver padre. No importa si no lo está, el chiste es que se vea bonito, que la portada esté padre, que esté en buen estado. He comprado cosas cincuenta pesos y terminado subastándolas en trescientos o más», termina, y por un momento tiene todo el sentido del mundo que estemos en pleno Tec de Monterrey.

Nos despedimos de Alexis sólo para toparnos de frente con los miembros de Toros KSK. Los Toros son un equipo que practica futbol freestyle; su líder es Jairo, un muchacho alto, delgado, que hace una exhibición para nosotros con mucho gusto. Su habilidad es impresionante: hace malabares con el balón que lo delata como claro heredero del joga bonito de Ronaldinho y compañía. Imposible no preguntárselo: ¿qué diantres hace en una convención de comics?

Jairo, que tiene el modo de un jugador de futbol elocuente y articulado, me contesta con un discurso que a mí me suena tan ensayado como convincente: «Queríamos reconciliar el anime y el futbol, somos muy fans de Naruto», me dice, señalando las bandas con el logo de la serie animada que llevan en la frente y en los codos, «nos venimos a presentar con los organizadores para armar un show». La conexión temática entre el freestyle y la convención de cómics se antoja, cuando menos, endeble, pero Jairo refuerza sus convicciones: «Queremos demostrar que todos podemos hacer de todo», culmina. Una vez en el escenario, Jairo y el resto de los Toros confirman sus intenciones: suben a gente a la tarima, hacen que un fan regordete de los cómics gire un balón en la nuca, invitan a una señora a mantener una pelota en equilibrio mientras el público le aplaude con asombro.

Ese afán sincrético permea buena parte de las actividades de la Dual City, que funciona como un ensayo mensual de una microsociedad en la que los aficionados de rubros disímiles encuentran puntos en común. Es comprensible: el cómic y sus derivados llegaron a México como emblemas de un negocio más que de una comunidad;[3] las reimpresiones nacionales Marvel y DC están en manos de Televisa, que pese a la multitud de títulos publicados ha realizado un trabajo cuestionable en materia de calidad editorial; las películas que ocupan las carteleras son las que están basadas en superhéroes y nada más, mientras que el anime —y, en menor medida, el manga, cuya situación comienza a mejorar gracias a la editorial Panini— no encuentra dónde colocarse. Mucho menos el cómic independiente o alternativo. En este panorama, no extraña que los aficionados se vuelquen a convenciones tan mixtas como la Dual City, que funcionan a manera de proverbial caballo regalado, de última coca-cola en el desierto.

Hacia el final de la convención comienzan a llegar los cosplayers. El cosplay portmanteau japonés de las palabras inglesas costume y role-play— es, básicamente, el arte de disfrazarse de un personaje de ficción. Es, claro, un mercado por sí mismo: las grandes convenciones alrededor del mundo invitan a cosplayers famosos —no es extraño que sean mujeres— para deleite de los aficionados. Las cosplayers —dos muy conocidas: Eve Beauregard y Jessica Nigri— cuentan con elaborados disfraces y producción de altos vuelos; se apegan con rigurosidad a los cánones de belleza occidentales —son rubias, delgadas, de rostros simétricos— y enloquecen a los aficionados que encuentran, en su atractivo físico y su relación con el fandom, una mezcla explosiva.

La Dual City no tiene presupuesto para invitar a cosplayers famosas. El cosplay que se puede ver en la convención es algo así como el punk de vieja escuela del medio: DIY, de bajo presupuesto, local. Trajes hechos a mano, con material reciclado, frutos de una imaginativa improvisación. Afuera de la convención, una niña, Susy, con un disfraz de Robin. Puntos extra porque —con la salvedad de Stephanie Brown y Carrie Kelley, las únicas dos Robin mujeres— Robin es un personaje masculino; el traje de Susy lleva una falda con crinolina confeccionada con precisión y maestría por su madre. De vuelta dentro de la convención, un Superman regordete parado en un pasillo acepta tomarse fotos con los paseantes mientras su rostro revela la sonrojante incomodidad del que no está acostumbrado a ser el centro de atención pero disfruta estar ahí. Cerca de la tarima, un Link y un Mario —de La leyenda de Zelda y Super Mario Bros.—posan para la cámara con alegría. Hay colegialas japonesas —un clásico de las convención —, maestros pokémon y otros personajes que desconozco.

Reunido ahí, entre jugadores de futbol freestyle, vendedores de cómics, artesanos que manufacturan sus propias figuras y aficionados que mezclan y remezclan sus ficciones favoritas sin importarles lo que digan los abogados de la propiedad intelectual de las grandes editoriales, encerrados lejos de un mundo que aplaude la taquilla abultada de las películas de superhéroes al tiempo que infantiliza a sus lectores, el fandom encuentra, en el centro mismo del mercado que devora sin clemencia sus aficiones, un punto periférico donde refugiarse. Es probable que algo nos diga esto sobre el potencial de nuestra capacidad de organización y resistencia, pero dejo esa interpretación en el aire, para que el lector la retome.

 

Público y comerciantes son uno mismo. Las personas que venden ahí, pero que se dedican el resto de los días a una actividad remunerada en alguna oficina, lejos del cosplay y la pirateria, no son minoría.

Público y comerciantes son uno mismo. Las personas que venden ahí, pero que se dedican el resto de los días a una actividad remunerada en alguna oficina, lejos del cosplay y la pirateria, no son minoría.

[1]Fundada en 2011, Anti-Hero acometió la empresa de importar cómics en inglés bajo un sistema de suscripciones mensuales, además de funcionar como cafetería —otra más, pues la zona de San Andrés y San Pedro Cholula está poblada de cafeterías que brotan como los proverbiales hongos después de la lluvia—. La tienda era así un pequeño centro de reunión para los aficionados al cómic —y adláteres—; no era extraño pararse por ahí a tomar un té chai—especialidad de la casa— y platicar sobre, digamos, la nueva película de Marvel, el último número de Batman o los nuevos títulos que distribuirán las editoriales mexicanas. El modelo funcionó durante un tiempo, pero el tren de la macroeconomía, que durante 2015 elevó el valor del dólar gringo a casi veinte pesos mexicanos, terminó inexorablemente por atropellarlos. Durante un mes, la tienda anunció su cierre en sus redes y aplicó un salvaje 50% de descuento a toda la mercancía que tenían en anaqueles a fin de deshacerse de lo acumulado durante esos cinco años y medio. Más allá de aprovechar la oferta —aunque no faltó el sagaz carroñero que se acercó a alimentarse del cuerpo aún tibio de la tienda antes de que se descompusiera—, el ambiente entre los regulares era como de funeral. Largos silencios, contemplación de los estantes cada vez más vacíos, lamentos mudos porque los cómics dejaron de llegar. Durante el último mes pasé ahí más tardes de las normales, pensando en lo que se deshacía con el cierre de la tienda: los amigos que hice, el punto de encuentro para gente con intereses comunes. Pienso en la mecánica de una sucursal de una cadena de librerías y en su despersonalización, en su reticencia a crear vínculos. Uno no hace amigos —si acaso, conocidos— en una librería Gandhi. Uno no se encuentra ahí a otras personas con intereses comunes —y si lo hace, el espacio no se presta para entablar un vínculo—.Todo en las cadenas de librerías, hasta los libros, parece diseñado para evitar el arraigo que no sea del tipo «cliente consentido». «En las grandes cadenas de librerías el librero ha dejado de serlo, porque ha perdido la relación directa ,—artesanal— con el libro y el cliente», dice Jorge Carrión en Librerías. Anti- Hero representaba, hasta cierto punto, una pequeña trinchera de resistencia ante estos hechos. Su cierre entristecía a una comunidad que resentía su pérdida más allá de los servicios y productos que proporcionaba. El último domingo de la tienda, apenas dos semanas después de la Dual City del 14 de febrero, fui a presentarle mis respetos al féretro. Pensé que me encontraría con un local medio vacío ya, saqueado por los que aprovecharon las ofertas, agonizante. Lo que vi fue muy distinto: en una mesa estaban sentados todos los empleados de la tienda, platicando con un cliente —llamémosle Pepe— y con el dueño, Guillermo. La noche anterior había sucedido el milagro: Pepe, el mayor comprador de la tienda —sigue mensualmente alrededor de cincuenta series en inglés, unas veinte en español, y a menudo ordenaba enormes pedidos de compilatorios de Batman y James Bond, de quien es aficionado a muerte— había llegado al límite de lo que podía comprar: adquirió la tienda y evitó su muerte. Ahora bajo el nombre de Epic Comics, la tienda trascendió el mero aspecto de la marca registrada para convertirse en una entidad que pasa de mano en mano, cuyo manto será recuperado por alguien más cuando el poseedor anterior no pueda continuar con la responsabilidad.

Exacto: como un superhéroe.

[2]¿Debería decir representamos? ¿Qué define a un ñoño, cómo lo categorizamos? El mercado lo tiene más claro: el ñoño compra mercancía relacionada con sus personajes favoritos, mayormente superhéroes, ora por nostalgia, ora por amor, ora por una combinación de ambas. Vaya, el ñoño consume. Pero a ras de suelo resulta más difícil definirlo. La relación individual entre el aficionado al género y sus elementos amerita profundizarse. «Los superhéroes», dice Grant Morrison en Supergods, «nos recuerdan pacientemente quiénes somos y quiénes desearíamos ser». En este mismo tenor, me gusta pensar que cuando nos aficionamos a las aventuras de Batman no nos impacta tanto el fascismo implícito en su personaje sino la catártica superación de su tragedia; que cuando alguien decide ponerse el símbolo de Superman lo hace motivado —quizá en un nivel inconsciente— por las posibilidades de la humanidad, por los lugares y las proezas que aún puede realizar. Es decir, elijo creer —elijo interpretar así la realidad, quizá peco de ingenuo— que, con todo y la iconografía nacionalista y machista que a menudo traslucen los superhéroes de los comics, en su centro hay un ánimo de mejora, cierto impulso transhumanista: «El último paso del lector de tebeos es abandonar su conciencia. Y comenzar a escribir», culmina Pablo Muñoz su libro Padres ausentes. Pero divago.

[3]Breve recuento: antes de la llegada de Televisa al mercado en 2005, el negocio de los comics estaba en manos totales de Grupo Editorial Vid, que poseía —igual que Editorial Televisa hoy— los derechos de Marvel y DC Comics, además de los de otras editoriales valiosas, como Image y Dark Horse, y casi todo el manga que se podía conseguir en aquellos años. Es una historia por todos sabida dentro de la comunidad de aficionados al cómic, pero en términos llanos, lo que sucedió fue que una serie de malos manejos llevaron a Vid a la ruina. Series incompletas, reimpresiones excesivas que buscaban capitalizar la fiebre por el cómic que desencadenó La muerte de Superman (los rumores dicen que Vid reimprimió miles de copias sin pagar los correspondientes derechos de reimpresión a DC Comics, rotulando todas como «Primera edición» para que nadie notara el chanchullo), lamentable distribución: Vid, fundada por la legendaria historietista mexicana Yolanda Vargas Dulché —creadora de Rubí y Memín Pinguín, entre otros— y organizadora de una de las convenciones de comics más importantes de México, la mecyf agonizó lenta pero irremediablemente, llevándose entre las patas series, licencias y lectores. De forma paulatina, Editorial Televisa tomó la estafeta de Vid, primero con la licencia de Marvel Comics —en 2005— y luego con la de DC —en 2011—, y su trabajo se ha distinguido tanto por la cantidad de títulos como por errores de edición y traducción que los aficionados no saben perdonar. Durante todo ese tiempo, casi diez años, el manga y el cómic alternativo quedó en el olvido: ni Vid ni Televisa parecían tener mucho interés en sus licencias, y así pasaron de noche títulos que en otros países tuvieron gran impacto de crítica y audiencia, como The Walking Dead, La liga de los caballeros extraordinarios o Sandman. No fue sino alrededor de 2013 que Kamite, Bruguera y la filial mexicana de Panini, la primera surgida con parte de la infraestructura de Vid, aparecieron en el mercado con una oferta distinta al cómic mainstream.

 

 

 

 


Autores
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.