Tierra Adentro
Elena Garro (derecha), Helena Paz Garro y a su izquierda, Octavio Paz, en Ginebra, ca. 1950. Archivo Jesús Garro.

Para Elena Garro, que transitaba libremente entre géneros, el teatro representó una manera de condensar sus preocupaciones sociales a través de personajes tan cautivadores como los de sus novelas y con diálogos tan vitales como los de sus guiones cinematográficos. Su lugar en el panteón dramatúrgico mexicano está todavía por redefinirse.

Que el escritor mexicano más importante en el teatro de la segunda mitad del siglo XX fuera escritora rompió los paradigmas de una tradición que, si bien reciente, estaba plagada de nombres propios masculinos. Hasta la arrebatada aparición de Elena Garro, autores y directores de escena dominaban el teatro nacional sin oponer una visión genérica en sus puestas en escena ni establecer un puente sensible entre los incipientes movimientos sociales (el indigenismo urbanizado y la visibilidad de la mujer en el concierto social, por ejemplo) y el enfoque de una dramaturgia ausente del modelo aristotélico predominante: maestro que pasa la estafeta del costumbrismo a su alumno, quien repetirá las estructuras dramáticas del antecesor.

Garro apareció casi por generación espontánea en el teatro mexicano (no estudió arte dramático) y con ese mismo ímpetu se marchó. Ajena al ritmo posterior a Usigli y los Contemporáneos, no fue siempre «gente de teatro», no participó activamente en los debates sobre las políticas públicas de finales del siglo XX ni en los movimientos experimentales que alejaron en definitiva al teatro de la literatura.

Garro cuenta su relación inicial con la escena:

Yo siempre quise hacer teatro como actriz o como bailarina, pero como Octavio Paz se opuso de esa manera tan feroz, tenía que encontrar el camino para llegar. […] Entonces se me ocurrió fundar un pequeño teatro. Tenía una fórmula para hacer un teatro muy barato. Entonces yo pensé que haciendo un teatro muy sintético, por ejemplo teniendo un decorado básico para cualquier obra: una ventana, una puerta, una cama, una silla, trajes especiales para la dama joven, para la vieja, para el hombre, para el militar; pensé que con ese decorado mínimo y ese vestuario mínimo podía montar muchas obras. […] Cuando fuimos a México yo lo quise hacer, pero no se pudo. Porque se necesitaba ayuda oficial y conseguir el teatro. Entonces Octavio lo consiguió. ¡Ah! ¡Pero se necesitaban obras! Entonces yo escribí seis obras.

Es sugerente pensar que Paz fuera al mismo tiempo verdugo y motivador de la Garro dramaturga.

La contradicción perpetua. Su dramaturgia fue tan singular en el mapa de las letras mexicanas como su personalidad y relación con la escena. Es probable que el desprestigio al interior de la república teatral mexicana sobre la figura de Garro haya tenido motivaciones menos artísticas y más políticas que obligaron a la escritora poblana a dejar una obra inacabada, cuya aparición trepidante fue igualmente acallada por sí misma, dejando la escritura dramática para ocuparse de otros géneros.

Su figura está marcada por la leyenda negra, entre la defensa a ultranza de su piedad creadora y las dudas que suscita su oscilante postura política, en especial el episodio sobre su participación en el movimiento estudiantil del 68 como delatora, pues según la DFS (Dirección Federal de Seguridad, policía secreta del régimen priísta del siglo XX), a cargo entonces del capitán del ejército Fernando Gutiérrez Barrios, Elena Garro fue una de sus informantes.

En la cotidianidad del teatro mexicano, en especial en las décadas posteriores al movimiento del 68, Elena Garro fue relacionada directamente con el pensamiento reaccionario y autoritario que pululaba en la época (y que sigue presente); es probable que en un medio como el teatral, ideológicamente cargado hacia la izquierda, a Elena Garro se le haya negado el lugar que le correspondía como la dramaturga inaugural de una tradición inédita en el país, un teatro escrito por mujeres desde una visión no complaciente y con estructuras no fincadas en el naturalismo y el costumbrismo predominante.

Aún en el primer cuarto de siglo actual se cuentan en mayor número los autores dramáticos y directores de escena, aunque las diseñadoras de espacio, vestuario e iluminación, además de productoras y gestoras, investigadoras y críticas, han sobresalido por encima de los cuadros masculinos. Sin contar que las actrices en el teatro y cine mexicano han estado por encima de sus pares, por lo menos en cantidad. Basta con entrar a una escuela de arte dramático en cualquier punto del país para descubrir que la presencia femenina duplica a los estudiantes varones. La inevitable feminización del teatro nacional tuvo varios orígenes, uno de ellos y quizá el más vistoso es Elena Garro, dramaturga. La potencia de su literatura dramática abrió la puerta a otras autoras y artistas de la escena.

La tradición teatral mexicana está marcada por el patriarcado y la hegemonía del pensamiento masculino, donde las mujeres tenían lugar únicamente como intérpretes. Durante varias décadas del siglo pasado costaba encontrar amplia presencia de directoras y dramaturgas en cartelera; además, los grandes maestros de la escena nacional, Héctor Azar, Juan José Gurrola, Julio Castillo, Héctor Mendoza y Ludwik Margules, tuvieron poco interés en incentivar la dramaturgia mexicana y menos aún la femenina. Es decir, que las mujeres en el teatro mexicano sean más que utilería viviente y tomen decisiones en cualquier rubro de la cadena de producción de un espectáculo es una anomalía del siglo que habitamos y en gran medida ese camino de interacción y desarrollo profesional a la par se debe a la presencia de Garro y otras autoras, que abrieron el camino hacia el necesario equilibrio.

Garro fue la primera dramaturga respetada por sus pares en la historia del teatro mexicano, pero el éxito de su trabajo y penetración a lo largo del país fue temporal. A largo plazo, la figura definitiva sería Luisa Josefina Hernández, no inmiscuida en la contradicción ideológica y el penoso tránsito de la dramaturga nacida en Puebla en la suma de circunstancias políticas que la han convertido en mito, la Frida sufriente de la literatura nacional castigada por su rebeldía ante Octavio Paz o la traidora sumisa ante los servicios de inteligencia policial. Sin embargo, Garro fue antes que Hernández la gran revelación femenina en el concierto de la literatura nacional desde el teatro.

Liderando un movimiento fortuito, acaso inconsciente, donde estaban Luisa Josefina Hernández, Pilar Campesino, Julieta Campos, Margarita Urueta y Maruxa Vilalta, Garro abrió la puerta de la dramaturgia mexicana a una sensibilidad nueva, ya en los temas, ya en la hondura de los personajes. El gran mérito de esta generación de mujeres escritoras de teatro, en especial de Garro, Hernández y Urueta, fue avanzar hacia la exploración de mundos oníricos o estructuras experimentales, indagar y cuestionar el papel de las niñas y jóvenes en la vida cotidiana de la sociedad. Herederas de esa tradición que se remonta a los años cincuenta del siglo pasado, autoras célebres del teatro mexicano contemporáneo como Sabina Berman, Silvia Peláez, Ximena Escalante, Verónica Musalem, Conchi León, Bárbara Colio, Estela Leñero, Mariana Hartasánchez, Verónica Bujeiro, Elena Guiochins, Verónica Maldonado y Mónica Hoth, entre otras, además de las tres figuras fundacionales del teatro para público específico en el país: Berta Hiriart, Maribel Carrasco y Perla Szuchmacher, han cimentado la tradición de escritura teatral plural.

Garro huyó paulatinamente del teatro como de la peste, después de escribir una obra inaugural en el panorama literario-teatral de nuestra tradición: Un hogar sólido. No es casualidad que Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares la publicaran en 1967, en la segunda edición de la Antología de la literatura fantástica, constituyendo este acto quizá el mayor reconocimiento literario al exterior del país de la dramaturgia nacional en el siglo pasado. La obra de Garro ha viajado a innumerables países gracias a la compilación de los escritores argentinos, especialmente desafectos a la literatura dramática, lo cual hace aún más singular el convite.

¿Qué propició que Elena Garro se convirtiera en la dramaturga más potente de la segunda mitad del siglo pasado? Justamente la penetración en diversos grupos teatrales de Iberoamérica de Un hogar sólido. A la par de Los perros, Felipe Ángeles y La mudanza, Un hogar sólido es una de las obras emblemáticas de Garro y al tratarse de su primera publicación es también la primera obra de teatro moderna divulgada a gran escala por una mujer en México. Además, Un hogar sólido supone una ligera ruptura con la dramaturgia preliminar, por lo menos desde la disposición espacial, las indicaciones sobre el vestuario y la necesidad de hablar, desde la muerte, no de las condiciones de la ultratumba sino desde los personajes y sus circunstancias como una metáfora de la historia del país y la urdimbre generacional ante el devenir sociocultural.

Siete personajes decimonónicos y de las primeras décadas del siglo XX se encuentran en la cripta familiar de un cementerio. Cada personaje viste la ropa con la que fue sepultado («los trajes están polvorientos y los rostros pálidos», indica la autora). En el texto dramático se hace evidente que estamos ante la disputa moral posterior a la muerte de una familia que representa una de las obsesiones de Garro a lo largo de su obra y quizá de su vida: el papel de la mujer en la sociedad ante el necesario empoderamiento, el cuestionamiento a la religión imponente y las figuras patriarcales.

En 1956, Elena Garro escribió las seis obras reunidas en la primera edición de esa pieza inicial en la dramaturgia femenina mexicana y latinoamericana; tres de ellas: Andarse por las ramasLos pilares de doña Blanca y Un hogar sólido se estrenaron el 19 de julio de 1957 en el Teatro Moderno de la Ciudad de México, bajo la dirección del maestro Héctor Mendoza (1932-2010) y como parte del cuarto programa del mítico proyecto Poesía en Voz Alta (sí, aquel que dispuso Octavio Paz).

Los exilios voluntarios de la escritora y la suma de contradicciones que inundan su biografía hacen pensar que el verdadero drama de Garro ocurría puertas adentro y quizá esa fue la razón primordial por la cual abandonó la escritura teatral. Aun así, nos dejó dramaturgia fundacional.


Autores
(Hidalgo, 1984) es dramaturgo y crítico de teatro. Autor de los textos dramáticos Inmolación y Job, entre otros.
“Sobremesa”, por Abril Castillo

Cuando tenga tiempo otra vez, me sentaré a ver alguna larga serie y tejeré otra vez bufandas. Dejaré de poner pretextos e iré a nadar y luego desayunaré con calma. Esperaré a que mi café se enfríe mientras lo dibujo, con la consciencia tranquila de que no me robo el tiempo de nadie, ni el mío, haciendo lo que no debo hacer.

Postergar los pendientes forma una barrera de seguridad que nos ponemos cuando estamos exhaustos, ya no podemos más. Con la inacción hacemos un hoyo en la tierra para descansar, como quien se duerme parado en el metro o como un avestruz en peligro. Al volverme consciente de que la ansiedad no es tanto causada por mi negligencia sino porque luego es humanamente imposible llenar ciertas expectativas, me relajo.

¿Cómo conseguir esa calma que coloco en el futuro, ahora mismo, en este presente que parece no esperar ni un minuto a que me ponga los zapatos y esté lista para correr?

Albert Camus decía que pensar en el futuro angustia y en el pasado deprime. Nada como respirar para colocarnos de vuelta en el presente. Respirar profundo, tan fuerte que si tuvieras a alguien al lado, pudiera escucharte. Así a veces somos capaces de ver la angustia desde fuera, desdoblarnos de nosotros mismos sin enloquecer. De otro modo, el proceso creativo termina por convertirse en un teléfono descompuesto. Terminamos por tergiversar lo que pensamos y llegamos a ningún lugar, o no reconocemos ese sitio donde estamos.

En el pintor bajo el lavaplatos, de Afonso Cruz, el narrador habla de cómo, a pesar de que lo correcto es lo derecho, y lo malo lo intrincado, los humanos en esencia somos incapaces de ir en línea recta. Dile a un humano que cierre los ojos y camine, y comenzará a trazar círculos en su trayectoria. Así como cuando uno se pierde en un bosque.

Dejar piedras en el camino tampoco es garantía de nada. Buscamos razones donde no las hay, miramos para fuera cuando necesitamos mirar para dentro. Respirar en vez de exhalar. Tal como ocurre cuando nos duele algo y lo googleamos. Nada da más gasolina a la hipocondría.

Una vez en un aeropuerto, un niño de unos cuatro años estaba con su papá frente a uno de esos grandes ventanales con vista a los aviones. Ambos veían hacia fuera, no se miraban mutuamente. Supongo que cada quien pensaba que el otro veía lo mismo, hasta que el niño exclamó: “Ahora tengo el sol en los ojos”. El padre entonces se dio cuenta del daño: llevaban ahí varios minutos. Se lo llevó a prisa y sólo pudo decir: “No le digas a tu mamá”.

Si bien la respuesta para cualquier emoción negativa no necesariamente es darle la espalda, verla demasiado tiempo puede terminar por cegarnos. Como la mácula, que extiende una luz demasiado brillante en los ojos que nunca se quita. Una mancha para siempre.

En el pasado Cilelij, Eliacer Cansino hablaba de la importancia del mal en lo testimonial. De lo necesario que es asomarse al infierno para reconocerlo, sin regodearse en él. Del mismo modo, ser muy conscientes o mirar de lleno un problema demasiado tiempo nos ciega. Nos hace correr en círculos, perseguirnos la cola, no ver que la solución la traemos puesta, el lápiz que tuvimos en la mano todo el tiempo que lo buscamos.

Sueño con que llegue enero y pueda al fin descansar, hacer todo con calma, sentarme en paz. Y recuerdo otra vez a Oliver Sacks y su reflexión final sobre la vida a partir del sabbat:

Y ahora, débil, sin aliento, con mis antes firmes músculos desvanecidos por culpa del cáncer, veo que mis pensamientos se dirigen no hacia lo sobrenatural o lo espiritual, sino hacia lo que significa vivir una existencia buena y que vale la pena (alcanzar una sensación de paz con uno mismo). Veo que mis pensamientos vuelan hacia el sabbat, el día de descanso, el séptimo día de la semana y quizás, también, el séptimo día de la propia vida, cuando uno siente que ha terminado su trabajo y puede descansar, sin cargo de conciencia.


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.

Uno siente que el mundo ya se acaba porque cuanto termina es su vida,

su pobre vida tan independiente de él:

empezó cuando ella misma quiso

y concluirá nadie sabe dónde ni cuándo ni de qué manera. 

Morimos con las épocas que se extinguen,

inventamos edenes que no existieron,

tratamos de explicarnos el gran enigma

de estar aquí un solo largo instante entre el porvenir y el pasado

(José Emilio Pacheco, “Épocas”, Siglo pasado (desenlace))

El diccionario, en su afán regulador, nos advierte que siempre debemos escribir “porvenir” en una sola palabra. Las palabras son cuerpos que apresan la memoria del acontecimiento humano de nombrar. Son capaces de apresar la Historia y, mucho más aún, nuestra historia ¿Podemos entonces contener el porvenir en una sola palabra?, ¿cuál es su poder evocador? Cuando el narrador colectivo de Los recuerdos del porvenir alude a las palabras que pronunció el enigmático personaje Felipe Hurtado, afirma que lo importante de ellas era lo que no se había dicho, y concluye: “las palabras eran peligrosas porque existían por ellas mismas y la defensa de los diccionarios evitaba catástrofes inimaginables”. Las palabras, en su silencio o en su propia materialidad, son capaces de trascender el tiempo que nos conforma como seres humanos. Aunque dejemos de existir, continuamos siendo en la Historia, somos parte de la memoria de los que quedan, somos recuerdos de lo que estará por llegar.

En Los recuerdos del porvenir hay un tiempo histórico y otro subjetivo. Podemos leer la obra como un relato de los acontecimientos que acaecieron en la pequeña población de Ixtepec a raíz de la llegada del contingente revolucionario del general Francisco Rosas, encargado de poner orden en una tierra que había sido leal al zapatismo y que era propensa también a sumarse al movimiento cristero. Desde esta perspectiva, el tiempo había quedado detenido en la población, “el estruendo lejano de la Revolución estaba tan cerca de ellos que bastaba abrir la puerta de su casa para entrar en los días sobresaltados de unos años antes”, es decir, el presente era una continuidad perpetua del pasado, “el tiempo era la sombra de Francisco Rosas”. Pero podemos hacer también una lectura desde el tiempo subjetivo de sus pobladores, y aquí pensamos que radica el extraordinario valor de la obra y también su diálogo con la tradición literaria mexicana. Desde este enfoque, nos interesa fijarnos en la familia Moncada y, en especial, en el hecho de que cada noche, a las nueve, Félix, el mayordomo, abre la puertecilla de vidrio del reloj y descuelga el péndulo, dejando a éste mudo. Por tanto, cada noche se le quita al tiempo la posibilidad de hablar y, cuando esto sucede, los ocupantes de la casa se mueven solamente en el pasado, “se convierten en recuerdos de ellos mismos”, “en personajes de la memoria”. ¿Cómo funciona entonces el tiempo? Los Moncada recuerdan todo lo que no había sucedido, de tal forma que la repetición de lo no sucedido conformaba el porvenir, una suerte de deseo futuro por lo no acaecido en el pasado. Hacia el final de la primera parte, Martín Moncada recuerda su propia muerte, “la vio muchas veces ya cumplida en el pasado y muchas veces en el futuro antes de cumplirse”. Entonces, dice que “desde esa noche su porvenir se mezcló con un pasado no sucedido y la irrealidad de cada día”. A partir de ese momento, el péndulo que cada noche detenía el tiempo le recordaría a los colgados, sería símbolo de muerte.

Igual que Los recuerdos del porvenir constituye una reflexión sobre las consecuencias de la Revolución mexicana y debe mucho a las novelas que la antecedieron, también forma parte de la tradición literaria del país en cuanto a la reflexión del tiempo. El 3 de octubre de 1926, entre las páginas de una revista de sociedad con claro gusto afrancesado, Revista de Revistas, se publicaba el cuento “El fusilado”, de José Vasconcelos, que años más tarde formaría parte de la colección La sonata mágica (1933). “El fusilado” supone una ruptura en las narraciones sobre la Revolución mexicana porque, por un lado, supera el apego a la espacialidad que habían tenido este tipo de novelas y, por otro, introduce un elemento fantástico, que lleva incluso a la editorial a cuestionar si se trata de un cuento o de un relato, siendo la ficcionalidad de este elemento el agente diferenciador. Ya en Los de abajo, arquetipo de la novela de la Revolución, se revelaba la importancia de ocupar un espacio elevado sobre el resto para el buen porvenir de las acciones militares. Los espacios y, sobre todo, el lugar que ocupaba el hombre en ellos, gozaban de una trascendencia tal, que determinaba la posibilidad de vida y la estética literaria de las obras. En “Nos han dado la tierra”, Juan Rulfo sitúa “allá arriba” el anhelado pedazo de vida que el gobierno les ha otorgado, y los personajes atraviesan el llano, ascienden y descienden, hasta por fin encontrar ‘su tierra prometida’. “El fusilado”, entre la obra de Azuela y Rulfo, se adscribe en su inicio a la tradición de atravesar espacios con subidas y bajadas; claros, bosques y barrancas; espacios abiertos y cerrados, en donde la posición del personaje es vital para su devenir. “¡Al principio éramos un ejército; ahora sumábamos unos cuantos!”, dice el narrador del cuento de Vasconcelos. “Hace rato […] éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros”, dice el del cuento de Rulfo. Se trata del largo camino del hombre a través del espacio lleno de dificultades, que es en realidad la Historia. Los soldados del cuento de Vasconcelos son apresados tras una emboscada. Ante la posibilidad de ser fusilados, el jefe de los vencidos —voz indirecta que asume el narrador— piensa que no le preocupa tanto el futuro, “sino la totalidad de mi vida anterior”. Ante el pelotón de fusilamiento, siente que “comienza a borrarse la noción del tiempo a un grado que lo más reciente se confunde con los sucesos remotos, y viceversa”. Llega el fogonazo, los cuerpos caen abatidos en tierra, pero la voz narrativa no se detiene, y cuenta cómo él mismo ve su “cuerpo destrozado y contrahecho por las contorsiones de los últimos instantes”. El espíritu del personaje parece volar y pasearse, por ejemplo, “recuerdo haber pasado, a la hora del crepúsculo, por una calle de la ciudad donde fui relativamente famoso”, incluso escucha lo que dicen de él; se parece, en definitiva, a la voz narrativa de la novela de Garro. El narrador, ya muerto, pero aún con conciencia y voz, afirma poder “ir y venir a mi antojo, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo”. Acto seguido destaca que algunos seres humanos, “los buenos”, dice, “se ligan con las fuerzas superiores e intervienen en la obra del universo”. Como Martín Moncada, el personaje de “El fusilado”, se reconoce en la posibilidad de trascender el universo a pesar de estar muerto, y todo gracias a la posibilidad de neutralizar el tiempo. Quiere explicarlo mejor:

Parece que rozo la eternidad; el pasado se me va apareciendo tal como fue, vivo y hermoso; en seguida me prolongo en otro sentido, y veo el porvenir, igual ni más ni menos que cuando ejercitamos la memoria para recordar, sólo que aquí los hechos recordados se nos presentan intangibles, aunque realísimos, mucho más reales que en la evanescente realidad terrestre.

El personaje-narrador de Vasconcelos parece explicar la transfiguración del tiempo en la casa de los Moncada cada vez que Félix desprende el péndulo, y especialmente cuando Martín recuerda su propia muerte, acontecida en el pasado y antes de que ésta ocurra en el futuro. En la segunda parte de la novela de Garro, estos acontecimientos tienen más sentido, especialmente cuando el narrador se refiere de nuevo a Martín Moncada: “él mismo era un montón de ruinas y sus pies caminaban desprendidos del resto de su cuerpo”. Acababa de enterarse del asesinato de su hijo Juan, del futuro fusilamiento u horca de su otro hijo, Nicolás, y de la relación amorosa que su hija Isabel mantenía con el verdugo, el general Rosas. En ese instante, Martín “había perdido la memoria de sí mismo, y era un personaje desconocido que perdía los miembros de su cuerpo en las esquinas derruidas de un pueblo en ruinas”. Es decir, sin la conciencia de sí mismo, no hay ni siquiera la posibilidad de recordar lo no sucedido y, por lo tanto, es imposible conformar el porvenir. Hacia el final del libro, Isabel Moncada se lo explica al propio general Rosas: “tenemos dos memorias… Yo antes vivía en las dos y ahora sólo vivo en la que me recuerda lo que va a suceder. También Nicolás está dentro de la memoria del futuro…”. Es decir, hay una memoria que nos recuerda el futuro, pero hay otra, la de lo no sucedido, que nos recuerda el porvenir. Esos recuerdos de lo no sucedido son los que pudieron haber quedado interrumpidos por la muerte, son los que fueron evitados por un fusilamiento como el del militar del cuento de Vasconcelos, son los recuerdos de aquellos acontecimientos que pudieron haber cambiado el curso de la Historia y que, lejos de haberlo hecho, sólo pueden ser recreados por la palabra… o por la fuerza que contiene nuestro silencio. Son también la literatura en su máxima expresión.


Autores
(Madrid, 1979). Ensayista, narrador, crítico y, sobre todo, apasionado lector. Se desempeña como investigador y profesor en el ámbito de la literatura mexicana. Ha publicado relatos en antologías de la editorial EDAF y ACE-Madrid y en publicaciones periódicas como Perro Errante, Cuaderno7 y Casa del Tiempo. Algunos de sus ensayos se pueden encontrar en El muerto era yo. Aproximaciones a Juan Rulfo (Calygramma, 2013) o Un escritor en la tierra. Centenario de José Revueltas (Fondo de Cultura Económica, 2014). Es colaborador habitual de La Gualdra, suplemento cultural de La Jornada Zacatecas. Desde hace casi un lustro reside en México.
Ilustración de Liz Mevil

De entre todas las posibles imágenes de Elena Garro que se construyeron el siglo pasado, este texto rescata la de una Elena combativa y jovial que, incluso en los pasajes más oscuros de su vida, siempre encontró en su niñez el mejor refugio e inspiración para su literatura.

Hay personajes de la historia que se filtran en el imaginario colectivo con la imagen de la juventud; ese es el caso de Elena Garro. Nada tienen que ver las fotos de su última etapa. No. Me refiero a la experiencia de la lectura, pues dentro de su fuerza narrativa se contagia su vitalidad, su capacidad para el asombro, su actitud combativa que la hacen sentir contemporánea. Elena Garro fue una mujer de avanzada para su época. Asistió a la Facultad de Filosofía y Letras cuando sólo había cuatro alumnas en la universidad. Fue curiosa y, para muchos, una gran impertinente, lo que le valió para escribir varias de las mejores obras de México en el siglo xx y también ser tratada como persona incómoda en el país.

Nacida el 11 de diciembre en 1916 en Puebla, Elena Garro realizó estudios en la UNAM al mismo tiempo que se dedicó a la danza como bailarina y coreógrafa, en donde trabajó bajo la dirección de Julio Bracho, Xavier Villaurrutia y Rodolfo Usigli, actividades que abandonó tras su boda con Octavio Paz en 1937. No fue sino veinte años después que regresaría al teatro no desde la escena sino con la escritura de piezas dramáticas en un acto que pronto llamaron la atención de los críticos por su originalidad y su fuerza poética. Elena exploró todos los géneros: teatro, cuento, novela, poesía. Fue también periodista y traductora, y escribió guiones cuyos personajes fueron interpretados por grandes actores del cine de oro mexicano.

En 1958, Elena Garro publicó su libro de teatro Un hogar sólido y otras piezas en un acto y, en 1963, la publicación que le otorgó el premio Xavier Villaurrutia a su primera novela, Los recuerdos del porvenir. Un año más tarde, en 1964, fue publicado su libro de cuentos La semana de colores. Su temática había comenzado a perfilarse desde un inicio: la recuperación de la infancia, las variaciones del —en el— tiempo, la magia como suceso revelador.

La memoria es la materia de que están hechas sus obras, pues es desde ella que establece las reglas de su juego narrativo. En Los recuerdos del porvenir, la obra que le daría mayor reconocimiento, Ixtepec, el pueblo, narra a modo de voz coral la vida de sus habitantes. Cuenta lo que ya ha ocurrido, sin embargo, el poder de la evocación hace que los hechos sucedan de nuevo delante de nosotros, sus lectores. Para Elena, la memoria es la casa del tiempo, la aliada que le permite volver al primer hogar. Garro vuelve a la casa familiar a través de algunos de los cuentos de La semana de colores, donde los personajes infantiles —Eva y Leli— cohabitan dos mundos paralelos: el de los adultos y el de los niños. El mundo de los primeros reina en el interior de la casa; en la cocina, por ejemplo, mandan los criados. El mundo infantil reina en el patio, un territorio con jardines, plantas y animales domésticos donde todo es posible desde la imaginación.

Sin embargo, su narrativa sufrió un quiebre en paralelo con dos sucesos políticos y sociales en México de los que fue protagonista en una u otra medida: su participación activa en la recuperación de tierras en favor de los campesinos de Morelos y su polémica intervención en las manifestaciones estudiantiles que terminaron en la masacre de Tlatelolco en 1968. En 1957, Elena recibe un golpe de realidad cuando su hermana Deva lleva a casa a un grupo de campesinos de Ahuatepec y, a través de ellos, conoce la violencia desencadenada por la defensa de las tierras comunales. «Sentí una gran vergüenza, no sólo por mí, sino por todos nosotros, los culpables», describiría años después ese encuentro en el semanario Presente!, y llevaría a la ficción estos acontecimientos en los relatos «Invitación al campo» y «El anillo».

Elena Garro encauza su conciencia sobre el fraude político a la reforma agraria y enarbola la causa de los indígenas, los más desfavorecidos. Vestida de traje sastre, collar de perlas y abrigo de pieles, acompañada por su pequeño sobrino, Jesús Garro, a quien ella llamaba «el Enano», y el cineasta Archibaldo Burns, Elena se presentaba tanto en la Confederación Nacional Campesina, con el director Javier Rojo Gómez, con quien mantenía amistad, como en la Secretaría de la Reforma Agraria para pugnar en contra del director del Banco Nacional de México, Agustín Legorreta, quien pretendía comprar tierras comunales de Morelos. Los campesinos tomaron como líder a esa mujer rubia y menuda que no sólo los defendía sino que les daba cobijo en su casa de Las Lomas en esas largas esperas de trámites administrativos. Ganaron batallas contra todo pronóstico, pues ¿quién iba a hacer caso a una mujer, un niño y a un grupo de campesinos? No todo fueron glorias, a los campesinos de Ahuatepec (Enedino Montiel Barona y a su esposa Antonia Ramírez) los mataron a machetazos. Los intelectuales mexicanos, esos que se indignaron frente al asesinato del líder agrario Rubén Jaramillo y de su familia, les dieron la espalda cuando Garro fue a pedirles apoyo.

Pocos años más tarde, su intervención en las lides de los campesinos y el respaldo a las reformas políticas del que fuera dirigente nacional del PRI, Carlos Madrazo, le pasarían factura. En octubre de 1968, tras la matanza de cientos de jóvenes, Garro fue acusada, según las versiones mediáticas, por Sócrates Campus Lemus de ser uno de los líderes del movimiento estudiantil, así como después, de haber delatado a más de quinientos intelectuales al dar los nombres de supuestos implicados a medios periodísticos. Con la posterior desclasificación de documentos del Archivo General de la Nación, en 2006, Alonso Lujambio, presidente del Instituto Federal de Acceso a la Información Pública, señaló a Elena Garro como una informante que a su vez era espiada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. A través de la investigación de Tomoo Terada («Elena Garro y la guerra de las verdades», Replicante, vol. III, núm. 9) sobre estos archivos podemos darnos cuenta de la ligereza con la que Lujambio, como funcionario de un organismo de transparencia, arrojó tales acusaciones. Mucho se ha hablado al respecto; hay quienes aprovecharon este comunicado para cerrar el caso y enfatizar lo que sus detractores han repetido desde entonces: un supuesto estado demencial. Con la misma estrategia que a Juana I de Castilla, Elena Garro fue recluida dentro de la figura de «la loca», lo que ha causado la desacreditación de su testimonio. Ya que, por el contrario, la aparición parcial de estos documentos (algunos de ellos anónimos y no declarados oficiales), más que respuestas contundentes abre muchas otras preguntas y hace que nos acerquemos a tientas a los sucesos de esta época. En ese momento, el 68, así como en los años sucesivos, Elena Garro declaró en su defensa tanto su no participación en el movimiento estudiantil como su no delación. Pese a sus declaraciones, a partir de entonces, Elena vivió de manera clandestina por varios años en México (cambiando de identidad y de domicilio continuamente). Al morir su amigo Carlos Madrazo, en 1969, en un sospechoso accidente aéreo, se acrecentó su temor de tener el mismo destino. Es en 1972 que Garro inicia un exilio que duraría veintiún años entre Estados Unidos, España y París.

Los temas de sus obras se vieron afectados por la persecución, la mentira, la traición y el destierro. Las que fueron en un inicio obras de luminosidad inventiva, luego tomaron un tinte sombrío. Las obras de esta segunda etapa, como Andamos huyendo Lola (1980), Testimonios sobre Mariana (1981), Reencuentro de personajes (1982), La casa junto al río (1983), Y Matarazo no llamó… (1991), Inés (1995), Busca mi esquela y Primer amor (1996), Un corazón en un bote de basura (1996), Un traje rojo para un duelo (1996), La vida empieza a las tres…, Hoy es jueves…, La feria o De noche vienes (1997), Mi hermanita Magdalena (1998, póstuma), tienen en común una escritura nerviosa, desigual y poco trabajada que coincide con sus forzosas e innumerables mudanzas, el ir y venir de sus cajas con libros y manuscritos —con la pérdida de muchos de ellos— y, sobre todo, con la sombra del hambre y la enfermedad en el destierro, que le hace negociar con premura con las editoriales lo que ha producido.

No obstante, Elena Garro es una narradora hábil. Pese al precario equilibrio de una narrativa accidentada (poco corregida y repensada) de este segundo periodo puede mirarse al trasluz una estructura de pensamiento elaborado; párrafos, e incluso capítulos completos, llenos de lucidez creativa y de fuerza poética como en su primera etapa como escritora. No habría que olvidar que Garro escribió pese a ella que quería ser, sobre todo, lectora. En su exilio —lleno de obstáculos administrativos por conseguir una residencia legal y de miseria— su motor de escritura fue la de rescatarse a través de la palabra ya que, ella misma lo dice en uno de sus cuentos de Andamos huyendo Lola, «la memoria de los vencidos es peligrosa para los vencedores». Elena Garro escribió desde y sobre la marginación de quien se siente expulsado de su país. La palabra autoexilio fue un invento que dijeron y repitieron los que nunca se tuvieron que ir, para referirse a la vida de la escritora fuera de México. Porque el exilio nunca es voluntario.

Este segundo periodo creativo es claramente autorreferencial aunque no por ello carente de imaginación y recursos literarios. Lo que encontramos en este grupo de historias no es una mera biografía. Elena Garro supo disociar su narrativa —en la que hay una clara creación de personajes, ambientes, juegos temporales— con la escritura de diarios y cartas personales. Por un lado, Garro se dedicó a dejar testimonio de su cotidianeidad, sus batallas diarias para conseguir alojamiento o comida, así como con sus interacciones con personas del mundo de la cultura o de la política, con sus familiares. También explotó el lenguaje íntimo para narrar y narrarse a través de largas cartas a amigos que fueron en distintos momentos quienes le ayudaron económicamente (en esas largas temporadas en que no recibía la mensualidad a la que tenía derecho según el acta de divorcio con Octavio Paz) y la salvaron de la soledad del destierro. Esa sería la materia prima de sus obras literarias.

Y si las obras de esta etapa giran obsesivamente a través de la infamia, la conspiración y la persecución como detonantes, y la consecuente huida de los personajes hacia un exilio obligatorio, Elena Garro reforzará uno de los temas que la apremian desde el inicio de su escritura: el regreso al origen. El hogar representado en ocasiones como el lugar de la infancia o el encuentro con el amor como estado de refugio. El origen como tal, ese paraíso del que fue expulsada, Elena Garro lo resignifica como la vuelta a una cierta calma y orden. Elena Garro ensaya maneras de regresar a su propio hogar sólido a través de la memoria y la muerte. «Yo quería una ciudad alegre, llena de soles y de lunas. Una ciudad sólida, como la casa que tuvimos de niños, con un sol en cada puerta, una luna para cada ventana y estrellas errantes en los cuartos», escribió en su obra de teatro Un hogar sólido en 1956.

Elena Garro fue exiliada dos veces. La primera vez, según su testimonio («A mí me ha ocurrido todo al revés», Cuadernos Hispanoamericanos núm. 346), cuando fue arrancada de su casa familiar en 1937 tras su boda intempestiva con Octavio Paz. Sin participación consciente, Elena Garro firmó un acta que la llevaría a un viaje de no retorno. Tendrá que abandonar sus estudios por órdenes de su marido y recluirse en la casa de su suegra donde vivirán en un inicio los recién casados: «Respecto a los de la universidad. TE DIJE QUE NO SALIERAS y eso vale para ese lugar asqueroso. […] NO VUELVES A IR A NI UN SITIO AL QUE NO TIENES NECESIDAD DE IR. Igual a Filosofía. De monja estarás, de encerrada y niña de reja hasta que yo llegue o tú vengas», le escribió Paz desde Mérida el 7 de mayo de 1937 (Elena Garro Papers, Firestone Library, Princeton University, las mayúsculas están en el texto original), unas semanas antes de su matrimonio civil. La segunda vez, en 1972, fue el destierro. Nunca podría recuperar lo perdido, cuando después de casi dos décadas, en 1991, fue invitada a visitar México en un homenaje que realizaron miembros de la Sociedad General de Escritores de México; en 1993 volvería al país definitivamente. Ya nada era igual a sus recuerdos, ni sus amigos, ni hermanos —camaradas de infancia—, ni México. Se había quedado sin raíces. «Para sobrevivir en mi reino de sombras había cerrado la puerta a la memoria», dijo, pero no fue cierto, estaban en ese entonces sus libros y decenas de manuscritos para contradecirla.

Elena Garro falleció de un paro cardiaco el 22 de agosto de 1998. Al cementerio Jardines de la Paz, en Cuernavaca, acudieron algunos funcionarios de cultura, la actriz Julia Marichal, hija de su gran amigo Juan de la Cabada, y la familia cercana. Un grupo de actores de Iguala leyó aquella tarde «El día que fuimos perros». En su tumba sin nombre, como duró más de una década, la acompaña desde 2014 su hija Helena Paz. En la sección 8, fila 22, lote 37, existe ahora un pequeño nicho que hicieron su inseparable compañero de batallas: Jesús Garro «el Enano» y su esposa Raquel Steinmann. A través del cristal pueden verse una foto de las dos Elenas, y al arcángel Miguel y varias pequeñas figuras de gatos resguardando el lugar. En la entrada, en una inscripción se lee: «Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga». A un costado un flamboyán extiende sus ramas de un naranja encendido.

Desde ese lugar, el tiempo, que gira como los caballitos dentro de un carrusel, nos regresa a esa Elena, aquella que escribió en consecuencia con su vida, es decir, sin límites. La niña de Iguala que desafió su destino deseando ser de grande general o bailarina y que protagonizó asaltos a mano armada e incendios caseros, para luego ser la joven coreógrafa y estudiante de universidad en un tiempo histórico en el que el mundo era sólo para los hombres. Aquella que apoyó con energía a los campesinos del gobierno y los terratenientes por considerarlos más débiles y que con ello se inscribiera en la otra cara de la historia, la de los vencidos. Elena dijo, sin mediar consecuencias, lo que pensaba. Lo dijo siempre en voz alta; incluso cuando la callaron, escribió para pensar en alto. Su condición fue ser viajera viviendo en casas provisionales, por eso hay árboles en lo que ella considera su paraíso; las raíces son fundamentales en el entorno protegido que buscó en su vida privada y en la literatura. No tuvo más hogar sólido que la infancia y la escribió para habitar en ella de manera definitiva. La memoria es aliada, así como la imaginación. El amor, para quien lo encuentra, también puede ser refugio para los expatriados. Y en última instancia, la muerte un modo liberador de una migración continua. A falta de casa, habitó en los libros, los que leyó y escribió Elena Garro, vorazmente.

Elena Garro fotografiada por Kati Horna en la casa de Alencastre 220, en Lomas Virreyes, en la Ciudad de México, año de 1965. Archivo Jesús Garro.

Elena Garro fotografiada por Kati Horna en la casa de Alencastre 220, en Lomas Virreyes, en la Ciudad de México, año de 1965. Archivo Jesús Garro.


Autores
(Chihuahua, 1976) es ensayista y narradora. Autora de Andamos huyendo, Elena, Vida en otra parte y Aquello que nos resta, con el que ganó el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri 2009.
Ilustración de ¡Cómo el Grinch se robó la Navidad!, por Dr. Seuss

Entre las grandes conspiraciones, hay una que pocas veces se pone en duda. Al menos en los primeros años de vida, es casi imposible enterarse de los secretos que los adultos guardan a los niños. Son mitos, fundados en la tradición oral, que los mayores se encargan de perpetuar en el imaginario infantil, bajo el principio “si crees en ellos, existen”. Tengo muy claras las preguntas que me hacía cada que, por unos segundos en las penumbras, empezaba a considerar la posible inexistencia de algunos de los héroes altruistas contemporáneos: Santa Claus y compañía.

Parecía difícil suponer que el secreto se llevara o se transfiriera como una encomienda, pensar que a partir de cierta edad te volverías parte de la conspiración y serías uno de ellos. Esa forma de comunicación intergeneracional, ese secretismo me parecía más absurdo que la mentira misma. Me confortaba pensando en que la verdad del asunto radicaba en lo complicado que sería planear una conspiración contra un porcentaje importante de la humanidad. ¿Cómo sería posible que los otros no se enteraran? Nunca pensaba en lo poco factible que sería que un hombre viajara desde el Polo Norte para entregar por el mundo en 24 horas. Esa no era una duda, la magia se explicaba sola. La estupidez humana era la que me hacía ruido.

Con los años, algunos niños empezaron a convertirse, se volvieron conspiradores. Algunos guardaban el secreto, esperando recibir beneficios de sus mecenas. Otros cuantos subvertían el orden y se encargaban de propagar la verdad, por mostrar que habían sido parte de un engaño por años y deseaban subvertir el orden. Los rebeldes intentaron convencer a otros, algunos acudieron a los adultos para saber qué estaba pasando. Al entrar en pánico, algunos develaron el secreto y otros emplearon argumentos retóricos para no meterse en más problemas.

Años después, el orden había sido completamente subvertido, la rendición significaba la transformación. Abandonar las “creencias” implicaba borrar un registro del pensamiento y racionalizar los mitos, entender que siempre habían sido los adultos. Así, empecé a pensar en todos los dogmas y a cuestionarlos de la misma forma, un misterio revelado  como “mentira” planteaba la imposibilidad del resto. Con los años empezaron a caerse otros ídolos: la religión, el Estado y cualquier asunto que implicara un “acto de fe”. Descubrir la conspiración primera, modificó las claves de lectura del mundo, significó suspender la voluntad de creer y empezar a pensar en quién está detrás de todo.

A partir de esa suspensión de credulidad, ¡Cómo el Grinch robó la Navidad!, obra escrita e ilustrada por  Dr. Seuss, tomó sentido respecto a mi relación con la temporada decembrina. Empecé a pensar en esta época como la peor del año, como el recordatorio de algo que había sido maravilloso, pero estaba lejos de volver a serlo. Estaba enojada con el mundo, por mentir, por no llevar sus mentiras hastas las últimas consecuencias y flaquear ante el primer cuestionamiento. Ojalá la mentira hubiera durado para siempre.

Jamás robé los regalos de otros niños o intenté terminar con la Navidad. Por mucho tiempo viví pensando si al Grinch le había pasado lo mismo que a mí o si sólo se sentía fuera de lugar en una ciudad que lo abrumaba por festiva. A lo largo de su historia, el Grinch se transforma; cuando roba los regalos y descubre que no son lo más importante para el pueblo, entiende el verdadero significado de esa fecha y quiere celebrar. Su pequeño y apachurrado corazón crece casi tres tallas. Quizá el mío siga siendo del mismo tamaño pero cada vez me molesta menos la llegada de diciembre. El daño es irreversible pero la comida siempre merece la pena.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.
Ilustración de La peor señora del mundo

Sucede desde hace años. Los que amamos el susto preferimos no contarlo, pero existe. Nos peleamos con nosotros mismos. Dilo. Reconócelo. No puedo, ¡Que lo digas! Y aunque me duela aceptarlo, es cierto. El terror en la literatura y en las distintas manifestaciones artísticas puede llegar a ser tan, pero tan, misógino. Yo sé que tú lo sabes y probablemente este reconocimiento no te sorprenda; pero no es fácil para una admiradora de las entrañas voladoras, como yo, aceptar un hecho tan incómodo.

Hablemos de mujeres en el susto. Víctimas o villanas. La porrista. La mal portada. La tonta. La guapa. La bruja. La loca (¡saludos, Luis Miranda y amigos de SEDESOL!). La mamá. La engañada. La vengativa. La encuerdada. En el mayor de los casos, arquetípicas y poco reflexionadas. Al buen Robert Louis Stevenson no le daba ni por mencionarlas siquiera. A nuestro adorado Lovecraft parecían producirle ronchas y desazones narrativas. Qué decir de los góticos, y peor aún, de los contemporáneos que sólo replican los estereotipos gastados que le aprenden a las malas películas.

¿Qué villana recuerdan con cariño? Se vale mencionar a las de Disney, a las de las leyendas, a las de libros, películas, telenovelas y hasta las de la política. Pero que sean malas malísimas, ¿eh?

Cuento para niños y no tan niños, que no pertenece al terror pero cómo saca sustos y sonrisas, La peor señora del mundo es de las meras meras, de las más adoradas por todas las generaciones. Lo cierto es que es muy difícil encontrar una verdadera villana, una verosímil, una que no haga uso exclusivo de su sexualidad, o de su maternidad, para conseguir lo que quiere. Y quizá eso despierte un sin fin de preguntas: En términos narrativos, ¿cuál es la diferencia entre un villano y una villana? ¿Por qué no perseguimos la creación de personajes femeninos interesantes y contradictorios? Será que no hemos entendido del todo cómo funcionan los mecanismos de la maldad.

Pensemos, por poner un ejemplo, en Melusina, la doble sirena/dragona francesa; pensemos en Carmilla, la vampira lesbiana por excelencia; pensemos en los poderes telequinéticos de Carrie o en la fina y larguísima lengua de Lamashtu. ¿Son realmente malas todas estas diablas? ¿Son malditas Savaterianas? ¿Qué hace malas a las malas? ¿Qué las vuelve relevantes en un apartado de la literatura potencialmente misógino?

Para construir el andamiaje de nuestros respectivos villanos y villanísimas, tendríamos que comprender cómo funciona “el mal” y de dónde viene. Cada quién tendrá sus autores para hacerlo. Hoy podemos irnos con tres: Hannah Arendt, Philip Zimbardo y Marcelino Cereijido.

Con Arendt nos internamos en los usos, motivaciones y justificaciones de la violencia, cosa que exploramos años más tarde en los famosos experimentos de Zimbardo; y es que quien no recuerda los testimonios escalofriantes relatados en las páginas del libro El efecto Lucifer… si todavía no lo han leído, ¡los envidio! ¡Quisiera volver a leerlo por primera vez! Es uno de esos textos que te hacen gritar de emoción y tirar la sopa entre las cobijas (bueno, eso si es que ustedes son como yo y les gusta leer, escribir y comer en la cama).

Cereijido y Zimbardo comparten una reflexión que viene a cuento: ambos sugieren que la maldad es meramente circunstancial. En su libro Hacia una teoría general sobre los hijos de puta, Cereijido sugiere que todos potencialmente somos hijos de puta. Lo único que necesitamos es encontrarnos en una circunstancia específica para enfurecer a la demonia que llevamos dentro. Esta idea ha generado toda clase de discusiones a lo largo de los años. Muchos opinan que la maldad no tiene ninguna característica biológica; otros, como Cereijido, se han dedicado durante años a seguirle la pista a este mal a partir de distintos acercamientos científicos.

Entonces, ¿por qué somos malos o malas? ¿Porque así nacimos? ¿Porque así nos volvimos? ¿Somos malos porque alguien más es responsable de nuestros actos? ¿Realmente tomamos decisiones?

Cereijido señala otra cosa interesante (no crean que me he perdido en las espinosas ramas de la maldad sin conocer el camino de regreso). En un principio, la violencia, el mal, eran ejercidos por los hombres y no por las mujeres. La razón es simple: biológicamente los hombres son más fuertes, y bien dicen que en la naturaleza aquél que tiene la ventaja… la ejerce (relaciones de poder de las más básicas).

En tiempos inmemoriales los malos eran los hombres porque eran biológicamente más fuertes. Y esta fórmula se permaneció en la literatura de terror sin repensarse demasiado.

Me pregunto, de la misma manera que Cereijido, qué sigue ahora. Hacia dónde van a moverse los paradigmas de las malvadas ahora que el poder deja de estar centrado en la fuerza y se transforma en la inteligencia (ojo, nadie dice que las mujeres son las inteligentes y los hombres los fuertes; pero replantear los modelos ha generado cambios de lo más interesantes).

Surge otro dilema que llama la atención, ¿cuáles serán las herramientas de la maldad en el futuro de las letras? ¿Quiénes tendrán el poder? Sin duda la llegada de las vertiginosas tecnologías y la manera en la que estamos viviendo las sexualidades y los géneros abrirá un espacio fenomenal para aquellos que se arrojen a buscar personajes femeninos nuevos, con contradicciones jugosas y mentes retorcidas, de esas malas malísimas que esperamos, con tanta hambre, lleguen pronto a nuestros libros.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es narradora y conductora de radio. Se le puede escuchar en el noticiero Primer Movimiento de Radio UNAM.

Para celebrar al Premio Nacional de Poesía Elías Nandino 2016, convocado por Tierra Adentro, hemos hecho una selección del libro ganador e invitado a su autor a que nos compartiera la génesis detrás de un backgammon, de próxima aparición en el FETA.

En ese gran estudio sobre la enumeración caótica —La cifra—, donde Borges se escribe desde la sospecha, la enunciación y el artificio de totalidad, el autor llama a la acción de nombrar un acto del universo, por lo tanto, uno más de los hechos inexplicables que nos rodean. Dicho trabajo, estructurado mediante una serie de imposibles, esconde tras mecanismos textuales que investigan la configuración del tiempo, las relaciones entre el yo y lo mismo (verbigracia, haikús, tratados pitagóricos, etc.). Lo que plantea esa unión es la investidura de cierto tipo de matiz respecto a la percepción del infinito. Lo que se nombra en este libro, con precisión, no es el mundo o el universo, sino el mundo y el universo que se ven ciegamente desde María Kodama: una suerte de Aleph. Nuestra voluntad, entonces, nada significa ante los procesos inasibles que nos envuelven en un río de eventos. Los hechos sociales nos permiten corroborarlo. Qué si no, una especie de puesta en abismo. ¿Cuál es ese vértice despositario del todo y del imposible? ¿Dónde aquella AlephKodama, emisaria de nuestra destrucción, de nuestro desdecir?

El que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo. Dentro de las misteriosas coyunturas que ligan a todos los hombres, la lectura convoca la prueba ulterior, porque ninguno de los que cohabitan están: ya virtualidad ya carne, y aun así existen.

Prólogo

Para tender un puente entre el todo y María Kodama, Borges hace uso de un oxímoron: la “poesía intelectual”. Esa forma de establecer una vía media entre las imágenes y el desequilibrio de las abstracciones. Por aquellos años ya había alcanzado un máster en la construcción de prólogos. Algunos tan elementales para quien se acerca a su mundo; para no perdernos en el término obra. El gran error de Borges, se sabe, es la coherencia.

Esto es un mero ejercicio de reconocimiento: convendría recodar el tremendo apuro en el que se halla aquel que quiere escribir el todo y lo imposible. No encuentra, a mi gusto, más que la repercusión de un reflejo: hacer malabares sin los dedos. El cuaderno de la claridad se ha escrito con la explícita certidumbre de los necios. Tal vez, ambos coincidamos en varios puntos. Sobre todo en la concepción del análisis como un acto violento.

Me gustaría decir que un backgammon es una compilación, pero no lo es. Su disparidad se acerca a las lindes acartonadas de los manuales, en donde la suma de las partes se considera una unidad de entendimiento. Peor aún, su mediana certeza descansa en los cocientes de algunas ideas (las mismas, las por todos conocidas). Por ello el balbuceo, que nunca es del lector o del texto, como es evidente. Muchos nombres se han obviado, no tanto por un afán de encubrimiento como de secrecía. Obligación por demás valiosa a la hora de perfilar la identidad. No obstante, debo aclarar que quienes se nombran aquí usualmente pertenecen al orden de la alegoría. Es sencillo: quien sabe que está, está; quién no está, lo ignora. Le resta importancia. Lo pasa de largo. Como acaba, recién, de suceder.

Hay, también, ciertas palabras que cargan una imagen: el salón de Geoestadística, por ejemplo, la reducción al absurdo de Die Klage der Kaiserin o una calle sonora en la colonia Del Valle. Sin embargo, ese tipo de trascendencia es lo que menos le debe importar al lector.

Las sugerencias del instante son apenas remedos de excentricidad, pero dejo constancia del intento por hacer partícipe al sentido. Aunque su asomo es producto del ímpetu de otras lecturas: más concretas, con fines más reales y realizadas mediante acuerdos más verdaderos. Quizás negar este minuto es lo que nos vuelve quien somos.

Las alusiones en general llevan implícitamente una suerte de disculpa. Se debe tomar en cuenta el ordenamiento de las palabras y recodar que son palabras. Nadie ha sufrido aquí, acaso el texto. No ya este prólogo. Escribir lo que se siente siempre es excederse.

Profesar una estética implica la aceptación de la escritura como proceso dirigido, advertir su sometimiento. La convicción de algo, por más pequeño que sea, suele asolar consigo la prudencia. Me inclino a la noción de precariedad, ahí donde las poéticas son resquebrajaduras y la escritura sólo puede darse en la heterotopía, mediante espacios compensatorios: entrar y, por el hecho de entrar, estar excluido. Pero este no es el lugar para dichos asuntos. Lo que intento decir es que he restringido mis búsquedas formales a los caminos que he supuesto adecuados. Cada uno es distinto, como el rostro de aquello que intentan contener. Teniendo eso en cuenta, es cierto, las analogías en torno a los juegos de mesa carecen de novedad alguna.

Ezra Pound escribió —parafraseo— que a algunas palabras les basta ser leídas por no más de cuatro personas.

No sé si la literatura sea una de las formas de la felicidad. De lo que estoy seguro es que te permite tocar al otro, a pesar de la lejanía, del odio y de la muerte.

Descansamos en el otro, ese otro que tiende a no ser cualquiera. En esa relación, en ese nexo, también es donde nos desvanecemos y atestiguamos la pérdida de nosotros mismos. Por esto me orillo a creer que la mayoría de las veces, en la interacción literaria, los lectores somos los más inteligentes.

Descarté, en la edición final de un backgammon, el poema “El «go»”, que funcionaba como epígrafe de todo el volumen. Me aterré convenientemente de ciertas dicotomías, de la idea que enuncio: numen. Aunque se mantienen huellas de él, que impregnan todo el libro. Del mismo modo prescindí de un texto que cerraba los “Anexos”. En él se pronunciaban algunas fragilidades: Mallarmé, la explicación, el azar, entre otras, hasta llegar a una especie de alusión al whimper eliotiano. Suprimí, asimismo, las mayúsculas del título, debido al ánimo de resaltar sus cualidades genéricas. La máscara de la sencillez le acomoda a quien sea, sólo que no siempre cubre lo que debe de cubrir. Quedar es lo que resta.


Autores
Carlos del Castillo (Tamaulipas, 1989) ha publicado El libro que no he escrito.

Fragmento de un backgammon, Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2016, de próxima aparición en el FETA.

Doblaje automático

11. la poesía maquinal es imperfecta desde varios puntos de vista lingüísticos, y en esa imperfección radica su riqueza. la supresión de la gramática lleva a la supresión de dios, dijo alguien. la poesía maquinal, desarmada y fragmentada, busca ser construida en la mente y el espíritu de cada lector. si el mundo es ya ininteligible, la poesía maquinal es, en un primer momento, un “manual de uso” para re-aprender a leerlo.

Eugenio Tisselli, Manifiesto sobre la poesía maquinal

I made innumerable efforts to make words write without sense and found it impossible.
Gertrude Stein, A Primer for the Gradual Understanding of Gertrude Stein

Y la pieza de material de la inoperancia de la salida de la hora local de planeta terrestre a ser implica compañero este periodo jugando como de mi (2014)

clasifique un plato cubierta o una almendra dulce uno con el mercantilismo de la posesión de la persona del juez una fuerza armatostes esbozado cantidad atributo cálculo

lavar la comunicación de voz que se gráfica en él. brecha de sal, segmento principal, función de cada una de las partes.

un significativo, esta hembra adulta se ve reforzado por este conseguir, asesorar a la tinta, poner a trabajar una variedad

nunca lo fue, porque vinieron no porque no busca

porque yo no Báltico Unidad de medio de cambio sociala la escritura de captura de inserción

embarcación de intersección del cuerpo antropomorfos zozobraban por un objeto construido: la unidad de ese piso cubriendo alguien

■ (2)

podría escoger a la derecha pluma en la cerca del material de oficio comercial que vigoriza inclinación usando evento natural y demostrar donde ir copular su estado en la juicio de mi traslado crecer sus articulación cotiloidea, su tejido, su noción corto me dormas en conflicto en una condición amarilla de bruscamente, en una cantidad de material compuesto usted fue enteramente en mi frente meteorológico de cajones organizar en aliento usted juguete mi sortílego hora civil fuimos desigual y ojiva de distancia meras sucursales cardinales como en un proceso o, ésos iniciar eudaimonia humanidad no desperdiciar sobrevenir ajustar

■ (3)

en este problema (a artocárpeo promover nica mec en los escombros,) en la ligereza del olvido con su lista de color de la tierra y yo destruí, hacer diversión yo destrucción, nuestra remuneración escondida, la petición de la almacenar, toldo de la sinergia del manejo el rotativo sin diversión sabroso todas peor del revista, disforia, nuestra difamación el rodear picante en la contra mesa él no desacreditar, o el tope de la ciudad escuchar a mí y la unidad monetaria de Estonia falle mi identificar como si fuera suyo, en un depurador ciclón de que la fuerza de un campo de batalla de sorgo, en un ancla elenco la dotación floral a las nalgas de la navegación marítima colorante

Variables detenidas

[Poema en proceso]

Ando por la calle San Antonio para permutar desde el aroma del jazmín y decir que recuerdo.

Yendo de Do a Si en caída continua uno logra provocar un infarto a un ave paseriforme.

Si hubieras movido tu boca, sin pronunciar palabra alguna, simulando entonar un discurso, también hubieran oído lo que querían oír.

Un backgammon es un acuerdo previo.

¿Quién puede hablar de amor? ¿O de muerte? ¿O
de melancolía? Nadie. Porque las palabras no lo
abarcan en su totalidad. Hay mucho más oculto
tras de ellas. Así, no siempre expresan lo que sienten,
o lo que piensan, o lo que saben. Pero sí sienten, sí
piensan, sí saben.

OuLiPo, el taller de literatura potencial, buscaba una trayectoria contraria al Surrealismo.

Escribir Heterotopía es retirar las fichas del paisaje y jugarte.

El azahar es la flor del naranjo que teóricamente entra en la Estadística y como método práctico en la Probabilística. El azahar huele a empalme, a frescura, a redoble.

Las ramas del naranjo encuentran la disposición del caos. Pollock las definía, en su no saber, como la proclamación de los fractales.

Los naranjos son el readymade del Expresionismo Abstracto.

Yo es tácito.

Un backgammon es una caja.

“La ficción me lleva a grandes estados de existencia”.

Ni una palabra, ni una palabra pueden decir de la
emoción, y aunque la dijeran, otra, muy otra sería
de la que hubieran querido decir. Por eso, vuelven a
abrazarse y guardan silencio.

Para establecer una barrera frente al Surrealismo, los Oulipianos definieron su búsqueda desde los métodos finitos de la creación. Grosso descuido: lo finito es la parcialización de lo infinito y el azahar perfuma al derredor.

Un backgammon es una mano en cintura envolvente/ retar de tabla/ punta direccionada.

Un juego cooperativo se caracteriza por un contrato que puede hacerse cumplir. La teoría de los juegos cooperativos da justificaciones de contratos plausibles.

Un backgammon es un juego.

Un proceso estocástico es la combinación de múltiples variables aleatorias: la transfonologización de un fonema, la unión de una vocal con una consonante, la circunferencia rotativa de tu iris, los tonos de verde en un árbol cualquiera, los rostros más míos del minuto uno al sesenta, un día, digamos, nueve de septiembre.

Un amante es una caja.

Azar es vincularse con una tendencia externa.

Escribir: describirse es existir.

Azar es todo aquello que no podría llegar a ser, y es.

Un backgammon es un contrato de codependencia.

Hay amantes que el azar llama Jugadores: la carne es triste.

¿Y qué es Gertrude Stein?
Es un correlato objetivo.
¿Qué es un correlato objetivo?
Una forma de rendirse.
¿Qué es una forma de rendirse?
Pertenecer.

Porque juega al ajedrez como los árboles dan hoja.

Un backgammon es un libro.

Después de que Marcel Duchamp creó El gran vidriosólo pudo decir que estaba terminado,tras una década de trabajo intermitente,cuando en el flete de Brooklyn a Filadelfia ese cuadro, que juega con la transparencia y el medio como un vehículo de contenido, se quebró.

Quien juega mueve a quien juega, no a la pieza.
Tras de Él, un jugador. Detrás, un Dios.
Y, así, sobre y debajo, una pieza.

Backgammon es una palabra.

Mi nombre es una palabra.

Un número es una palabra.

Uno y uno es 1.

El lenguaje es esta forma de separarnos con palabras. Ese yo que se esconde y ese dos que no está, al que le aburro. Quien sostuvo este manuscrito como quien sostiene una pila de desecho. Pila que viaja, para conseguir instante poético, entre el aquí más doloroso de la analogía y la incineración gubernamental.

Definitivamente, y frente a frente, Ilán y Silene juegan con un backgammon pequeñísimo: de bambú, destino y complicidad.

Ese llegar a ser de la música estocástica.

aorta-carótida

Dieciocho espacios.

Sometimiento de las interjecciones o el Cuaderno de la
claridad (2016).

{Tú.}

* Reescritura parcial y asistida del libro Y tú, quién sabe con quién andarás, quién sabe qué aventura tendrás, qué lejos estás de mí (2007).


Autores
Carlos del Castillo (Tamaulipas, 1989) ha publicado El libro que no he escrito.