En 2012 el narrador Rodolfo J.M. se unió a un equipo de diseñadores, programadores e ilustradores para crear Tatuaje, la primera novela hipermedia mexicana. En este texto, cuenta los avatares de enfrentarse a un proceso complejo donde la literatura es sólo una parte. Como él mismo afirma, se trata de una zona experimental, en continuo desarrollo, aún sin un modelo dominante.
INTRODUCCIÓN NO PEDIDA…
Como escritor tengo experiencia en proyectos conflictivos. Cuentos, novelas, fanzines, revistas, talleres, antologías, pero si hay uno que destaque es Tatuaje. Y ni siquiera porque se trate del más problemático. De hecho, si hay una mejor palabra para describir lo que siento por Tatuaje no es problemático, sino ambigüedad: a pesar del reconocimiento que ha cosechado, he preferido tomar distancia de él y dejar que solito agarre camino, que para eso fue creado.
Así que este texto es una especie de despedida sin melancolía ni lágrima, y para ello me parece que, antes de cualquier otra cosa, lo primero que debo contar sobre Tatuaje es que se trata de una novela hipermedia en la que participaron veintitantas personas (programadores, diseñadores, dibujantes, editores…), y de la cual yo fui escritor y guionista. También hay que decir que este escrito recoge únicamente mi versión de los hechos, por lo que sin duda es una historia parcial y centrada sólo en los aspectos narrativos. Así que, por favor, suponiendo que alguien llegara a pensar que cometo un acto de protagonismo que traiciona los principios colectivos del proyecto… take it easy. Mi chamba es narrar…
MATAR AL AUTOR
Si algo nos ha enseñado la historia de la literatura electrónica, además de que no se limita a los experimentos diseñados para leerse exclusivamente en una computadora, es que se remonta a décadas antes de internet, y que los ejecutantes no han sido precisamente escritores. Buena parte de esa narrativa experimental ha sido elaborada por diseñadores, programadores, animadores, dibujantes, músicos, cineastas, y ejecutantes de otras disciplinas, y estos no se han limitado a los recursos del lenguaje escrito.
Los ejemplos más acabados de una narrativa electrónica de gran alcance se encuentran en los videojuegos, creaciones multidisciplinarias y colectivas que para mucha gente son lo contrario de lo que debería ser una obra literaria. Y aunque no falta quien diga que un juego como Flower es un poema, o que Minecraft compite con la mejor novela de fantasía, me parece que confundimos las cosas. Es verdad que algunos juegos implican que el jugador sea también un lector activo, pero narrativa no siempre es literatura, y en todo caso los videojuegos reclaman su propio lugar en el mundo del arte. Con la literatura ha pasado un poco lo contrario: ciertos opinólogos hablan desde hace años sobre la muerte de la novela y la muerte del autor, además de señalar que la literatura es la más conservadora de las artes y que sus formas son ya insuficientes, lo cual no está tan errado si tenemos en cuenta que la literatura depende por entero del lenguaje, que será la principal herramienta humana de comunicación pero que también está ligada íntimamente (vía el idioma materno) a eso que llamamos identidad.
¿Cómo entonces conciliar un arte tan conservador con las disruptivas plataformas digitales? ¿Cómo conservar eso que es la literatura, la posibilidad de asomarse a un universo ajeno a partir del lenguaje, y «enriquecerlo» gracias a la hipermedia? ¿No es eso justo lo contrario? ¿Es decir, evidenciar el lenguaje, empobrecerlo? ¿Y qué pasa con el autor? ¿Lo vamos a matar? ¿Y si no se muere? No es gratuito que cuando leemos, digamos: estoy leyendo a, por ejemplo, Fogwill, a Mario Levrero, a Henry Miller. Leemos más que libros o palabras: leemos autores.
OBJETOS NARRATIVOS NO IDENTIFICADOS
Wu Ming es una palabra china que significa «sin nombre» o «cinco nombres», según se pronuncie la primera sílaba. Es también el nombre que adoptaron cinco escritores italianos que se propusieron crear, colectivamente, una serie de novelas o, en palabras de ellos mismos: una serie de objetos narrativos no identificados cuya bandera es el copyleft.
Con el copyleft no renuncian a la autoría de la obra, sino que invitan a compartirla, a distribuirla, intervenirla, apropiársela. A expandirla. Una de esas novelas se llama Manituana, y en su sitio de internet propone un nuevo nivel de lectura: un «segundo nivel» en el que los lectores pueden participar, desarrollando sus propias historias, sus personajes, siempre y cuando el escenario sea el universo de Manituana. Pero la intención principal es que los lectores compartan sus creaciones con otros lectores.
Era la solución ideal para el conflicto entre literatura vs. multimedia. Manituana, sin ser «el» modelo de novela hipermedia, invitaba a creer que se podían aprovechar las herramientas digitales para crear una experiencia literaria abierta. Y en cuanto conocí a un programador con gustos afines le hablé de Wu Ming, el copyleft y Manituana e ideamos un sitio web cuyo principio básico sería el de los librojuegos de Elige tu propia aventura que publicó Timun Mas en los años 80, aunque con un mapa más complejo, según nosotros. Pero, porque así es la vida, la cosa no prosperó y el proyecto se fue al cajón de las buenas intenciones.
TATUAJE
Algunos años después de ese fallido intento, recibí un correo de Mónica Nepote, quien sabía de mi gusto por el cómic, la ciencia ficción, el terror y los videojuegos. Mónica recién se había integrado al Centro de Cultura Digital y preparaba un proyecto de nombre «eLiteratura». En su correo, Mónica me invitaba a proponer un texto breve que se pudiera trasladar a un formato hipermedia. Recordé mi viejo proyecto con sus diferentes arcos narrativos y sus distintos finales. Le hablé de él a Mónica. Le gustó. Quedamos en que podrían salir alrededor de quince cuartillas, y así comenzó a fraguarse Tatuaje.
Pero resulta que durante la reescritura se modificó todo. No sólo porque a esas alturas el recurso de los diferentes arcos narrativos ya no era tan novedoso (y sin embargo sigue dando sorpresas), sino porque me pareció que la historia podía ser más que un pretexto para detonar una pieza hipermedia: podía ser un texto que reflexionara sobre la naturaleza viral del lenguaje, su relación con internet, la magia y la «realidad», y para ello debía aprovechar como materia prima las creepy pastas, la cultura popular, y aún más, contarlo como si fuese una novela policiaca.
Así llegué a Ever dreamed this man?, una creepypasta genial que afirma que miles de personas, alrededor del mundo, han soñado con el mismo hombre, un personaje de gruesas cejas y enigmática sonrisa, a quien jamás han visto. El foro es una genial creación colectiva, en la que decenas de personas han decidido participar y compartir sus historias y dibujos en un foro de internet. Me encontré con la historia del ocultista John Dee y el idioma enoquiano, que no es sino el lenguaje de los ángeles, es decir un código para comunicarse con un plano superior. Recordé que William Burroughs propone que el lenguaje es un virus del espacio exterior; es decir, algo que no estaba originalmente en nuestro ADN, un agente patógeno adquirido. Recordé que las palabras tienen el poder de moldear la realidad, y que justo esa es la verdadera magia, la verdadera poesía, y con eso en mente me puse a escribir.
Algo más: si iba a escribir un relato policiaco, sería uno donde el villano no revelase jamás sus planes al héroe, ni siquiera en el último minuto, y donde el detective no pudiera resolver el misterio, aunque, eso sí, el lector tendría todo a la vista para resolverlo por su cuenta, siempre y cuando pusiera atención.
El resultado final fue un texto de casi sesenta cuartillas que, si bien gustó, también resultó bastante literario, según los otros miembros del equipo… Aquí está, otra vez, esa aparente incompatibilidad entre lo literario y la experiencia multimedia. Y he de reconocer que era cierto: el texto contenía muchos ingredientes que se podían traducir fácilmente a otros medios: llamadas telefónicas, conversaciones por chat, artículos de revistas, el foro de Ever dreamed this man? Algunas secuencias de la historia se podían convertir en animaciones, podíamos utilizar recursos del cómic… Pero lo cierto es que eso no era suficiente.
INTERFASE
Faltaba una interfaz. Es decir, el aglutinante, el espacio natural que integraría los elementos de la historia y les daría coherencia, sería su ecosistema.
Ese fue el tema a discutir en nuestras primeras reuniones de trabajo como equipo: la interfaz, y tras dos semanas de búsqueda surgió la primera opción: un tablero de pruebas como los de las series policiacas, uno donde a partir de unas pocas pruebas iniciales (entre ellas el diario del detective), el usuario/lector avanzara en la historia e hiciera descubrimientos. Fue una opción que nos entusiasmó durante algunos días, pero que tampoco nos terminó de convencer. Entonces César Moheno, director de arte del proyecto, tuvo una idea genial. ¿Qué tal? —preguntó César —¿si la interfaz fuera un sistema operativo ficticio? Un sistema operativo con su propio motor de búsqueda, su servicio de correo electrónico, su chat, GPS y mensajes de voz. Y ¿qué tal si imaginábamos que un día, por accidente, en un café internet, en una laptop olvidada, encontrábamos una sesión abierta de dicho sistema operativo? Comenzamos a hurgar en la sesión y descubrimos que pertenece a un detective que sigue un caso muy raro, y resulta que tenemos acceso a toda su información (su diario, su agenda, su correo electrónico, su música, sus fotos).
Y todo era maravilloso, porque a partir de ahí ya podía comenzar a trabajar el resto del equipo (el diseño de la interfaz, las ilustraciones…), pero todavía fue necesario reescribir aquellas casi sesenta cuartillas demasiado literarias, y convertirlas en un guion de dieciocho páginas. No fue todo: para apuntalar el guion era imperativo realizar algunos diagramas de flujo, sugerir y enlistar los posibles elementos hipermedia, hacer de las conversaciones guiones de diálogo para llamadas telefónicas, escribir correos electrónicos apócrifos, cartas, discusiones, playlists, descripciones de escenarios y personajes e incluso crear perfiles de redes sociales para algunos de esos personajes y hacerlos interactuar con personas del mundo real. Sí, es verdad: demasiado trabajo, pero muy divertido. Incluso me permití complicar las cosas, rizar el rizo un poco más invitando a un grupo de jóvenes escritores a que desarrollaran una pieza breve que se alojaría en uno de los niveles más avanzados del sitio. Su texto tenía que estar escrito como si ellos mismos hubieran soñado con el misterioso hombre de Ever dreamed this man?, y fueran a contar su experiencia en el susodicho foro.
THE END
No estoy seguro de cuántas horas de trabajo le invertí al asunto; lo cierto es que la mayor parte de ellas estuvieron llenas de entusiasmo y del convencimiento de que no perdíamos el tiempo con ocurrencias de millennial. Eso sí, sabía y sé que la narrativa digital es una zona más bien experimental, en desarrollo constante, y que estamos lejos de ver un modelo dominante o de poder decir que nuestro trabajo marcará tendencia. De hecho, actualmente colaboro en un par de proyectos de narrativa electrónica interactiva para niños. No me atrevo a decir que se trata de literatura porque ésta es tan sólo una parte del mecanismo, una muy importante, pero no más que el soporte tecnológico o el diseño. Con Tatuaje me pasa que sí estoy más enganchado con su narrativa, por el mundo que me llevó a explorar y descubrir, aunque también estoy convencido de que la pieza hipermedia rebasa las expectativas de cualquiera de los integrantes del proyecto, y que se sostiene sola, con defectos y virtudes también propios. Es un mutante con alas en los pies, y el poder de contar historias. Un anfibio electrónico. Ya veremos qué otra sorpresa trae guardada.
Recibí una llamada todos los días a la misma hora: 7 a.m. Ante la posibilidad de que fuera algo importante, con los ojos medio abiertos, corrí a tomarla cada vez. Pensé en aquella llamada que recibió Daniel Quinn, el protagonista de Ciudad de cristal[1], durante tres noches seguidas. Las primeras dos veces lo dejó pasar y respondió a la tercera. La llamada no era para él y ahí empieza la historia. Esas llamadas al “amanecer” tampoco eran para mí, pero aquí no hay historia. Lo único que hay es una lista de reclamos y la imposibilidad de volver a dormir. Llamaban de algún banco para preguntar por personas que no conozco. Quiero pensar que esos desconocidos dieron un número al azar y ese fue, casualmente, el mío. Reclamé un millón de veces y las llamadas no cesaron, luego decidí apagar el timbre del teléfono, creo que sigue así.
Pensé en todas las veces que de niña llamé a números desconocidos para preguntar por personas que no existían o para reproducir las fórmulas de las más consagradas “bromas telefónicas”. En esa época en que las llamadas eran imposibles de rastrear, hubo una generación que buscó respuestas en números aleatorios. Las preguntas eran casi siempre un juego de palabras cuya respuesta daba un giro que terminaba en risas.
Las llamadas telefónicas tienen la particularidad de ocultar al receptor y al emisor del mensaje detrás de su voz. Le dan la posibilidad de esconderse detrás de un aparato y ser quien quiera ser; un ejercicio íntimo y anónimo a la vez. Una de las grandes virtudes del teléfono, previo a otras formas de comunicación, fue la capacidad de acortar largas distancias. El auricular da la posibilidad de comunicarse al otro lado del mundo, de escuchar una voz en otro huso horario. Sin embargo, el medio de comunicación lleva en sí mismo ciertas limitantes pues por mucho tiempo las llamadas a larga distancia eran tan caras que debían ser cortas y precisas: el tiempo era dinero.
En 1962 Gianni Rodari escribió una serie de relatos titulada Cuentos por teléfono[2], la cual se centra en el señor Bianchi, un comerciante italiano que por cuestiones de trabajo tenía que estar fuera de casa seis días a la semana. Su pequeña hija lo extrañaba mucho cada vez que partía, además tenía un problema: no podía dormir sin escuchar un cuento de la voz de su padre. Ante esta situación, Bianchi empezó a llamarle por teléfono cada noche para contarle un cuento que la hiciera conciliar el sueño. Por lo costosas que resultaban las llamadas en la época, tuvo que ingeniárselas para que fueran historias cortas que pudiera costear; los días que le iba mejor en los negocios se podía dar el lujo de contar historias más largas. Así, cada noche la pequeña niña pudo dormir con su padre del otro lado de auricular, sin importar qué tan lejos estuviera. Quizá las historias en sí no eran tan importantes como escuchar la voz de su padre al otro lado de la línea.
En los últimos años es bastante raro escuchar el timbre del teléfono y tener una conversación larga con alguien al otro lado. A pesar de lo barato que es hoy comunicarse por teléfono, pasar horas en el auricular es una acción insólita. Quizá hay tantas formas de hablar que buscamos las más impersonales, esas que impliquen menos contacto pero entregas más efectivas y verificables. Tengo la teoría, basada en una desordenada observación, de que esta es la época en la que más mensajes escritos se generan por segundo. Un punto en el que la humanidad escribe más pero habla menos. Quizá la popularidad de las notas de voz radica en la nostalgia por volver a escuchar voces, o quizá sólo sea un remedio para no tener que escribir pero tampoco hablar.
Yo todavía quiero escuchar un cuento por teléfono, o en su defecto en una nota de voz. Tal vez la siguiente vez que reciba una llamada equivocada le haga más preguntas a la voz del otro lado.
[1] Auster, Paul, Ciudad de cristal, Barcelona, Editorial Anagrama, 1996.
[2] Rodari, Gianni, Cuentos por teléfono, Editorial Juventud, 25a edición
Espero que el lector me permita un momento de vanidad el día de mi cumpleaños, porque comenzaré con una anécdota personal. En los primeros días de diciembre de 2009 estábamos sentados en un salón de la Expo Guadalajara mi amigo el escritor regiomontano Luis Panini y yo esperando a que iniciara una conferencia, si no me equivoco, de la ganadora del Pulltizer Jane Smiley. Llegamos muy temprano por temor a que la sala fuera a estar llena —las filas para entrar a la Feria del Libro de Guadalajara pueden ser muy largas– pero en vez de eso nos habíamos encontrado con un salón vacío.
Estábamos hablando de lo que siempre hablamos, de libros, cuando entraron los escritores Aimee Bender y Mark Z. Danielewski. Yo llevaba en las manos un libro que Luis me había regalado ese día y del cual justamente me estaba recomendando con vehemencia uno de sus cuentos, “La desaparición de Elaine Coleman”. Pronto resultó que tanto Aimee como Mark tenían justamente ese libro en su mesa de noche —al parecer era el libro de moda ese otoño en Los Ángeles—y mientras comenzaba a llegar más gente a la conferencia, la charla giró en torno al gran maestro del cuento que era autor de ese libro (Risas peligrosas), Stephen Millhauser.
El por qué la fama de Millhauser como cuentista parece estar relegada a los lectores de lengua inglesa es un misterio. Están traducidas al español sus dos novelas, Edwin Mullhouse y Martin Dressler, que ganó el Pullitzer en 1997, pero sus cuentos están, en su mayoría, sólo en su idioma original. Esto llama la atención en particular porque en 2006 su cuento “Eisenheim the Illusionist” se utilizó como inspiración para la película de Neil Burger El ilusionista, que en general fue un éxito crítico y de taquilla. En este sentido su caso me recuerda al de otro escritor fantástico de lengua inglesa, David Mitchell, a quien la novela Atlas de las nubes, adaptada al cine los hermanos Wachowski, sólo consiguió darle una extraña reputación como autor new age que no tiene mucho que ver con las sorpresas que aguardan al lector en sus libros.
Lo cierto es que contra Millhauser pesa además el eterno prejuicio que en los países de habla hispana se tiene en contra de los autores que escogen temáticas no realistas para sus relatos y que su obra traducida no ha aparecido en editoriales con buena distribución. A mi gusto, pesa también inevitablemente la envidia que debe provocar en los editores de cuento el nivel de maestría de sus relatos. Su factura se ha comparada con la de Jorge Luis Borges, Stephen King, Gabriel García Márquez, Dr. Seuss, Julio Cortázar y Jonathan Franzen –todos a la vez, en un mismo párrafo–. Su ojo para el detalle, su capacidad para transformar lo mundano en algo maravilloso y su habilidad para alternas los tiempos verbales y las personas es propia del mejor prestidigitador. No importa que tanto intentes descubrir el truco, al final el efecto termina por asombrarte.
Y este es quizá el mayor problema para la popularidad de Millhauser entre los contemporáneos lectores de habla hispana. Es demasiado astuto en un medio en que los lectores están acostumbrados a leer cuentos demasiado llanos. Espero que un lector avezado venga acá y me saqué del error, pero no recuerdo haber leído un cuento con tanta mala leche narrativa en español como la que tiene “La desaparición de Elaine Coleman” en su primer párrafo. El cuento, que narra los eventos desatados tras la desaparición de la joven del título, recuerda mucho a la nostalgia de Las vírgenes suicidas de Eugenides, pero con el sadismo irónico de Donald Barthelme y George Saunders —otros dos cuentistas que se leen demasiado poco en español — pero con un final digno del mejor equipo de guionistas de La dimensión desconocida o Black Mirror. Porque ya no somos inocentes, nosotros los que no vemos y no recordamos, nosotros, los poco curiosos, nosotros, conspiradores de la desaparición. Esa es una paráfrasis de la antepenúltima frase de “La desaparición de Elaine Coleman”. También podría ser un comentario de nosotros como lectores, ya no sólo de libros, sino del mundo.
Solemos quejarnos de la insularidad del medio literario norteamericano, pero lo cierto es que nosotros tampoco los leemos. No nos leemos entre los países de habla hispana, no nos leemos, a veces, ni entre nosotros. No lo hacemos en gran parte porque leer, mirar hacia otra parte, requiere de un esfuerzo. Es muy cómodo leer lo que nos proponen los departamentos de prensa de las editoriales y tomarlo como bueno. Es muy cómodo leer lo que está a la mano en la estantería de novedades. Los apocalípticos que se han azotado estas últimas semanas por el Nobel de Literatura a Bob Dylan han resaltado que con este premio se castiga al esfuerzo del lector atento de libros. Pero olvidan, quizá con alevosía, que el esfuerzo lector no comienza al abrir el libro, comienza mucho antes, al seleccionar la lectura, al arriesgarse con un autor nuevo, con una lengua nueva, con nutrirse con otras influencias fuera de los libros. Más que esta queja contra la lectura atenta, me aterra la defensa del comité del Nobel como un grupo de sabios que descubre a un autor que hay que leer al año. Estimado lector: salga usted a su biblioteca o librería más cercana y descubra grandes autores usted mismo.
Los que ya hayan leído “La desaparición de Elaine Coleman” comprenderán la pertinencia del párrafo anterior. El cuento, me temo, podría leerse también como un comentario en clave sobre las recientes olas de feminicidios y su principal causa. Se publicó originalmente en The New Yorker en 1999 y el internauta avezado sabrá encontrarlo en su idioma original. Tampoco es complicado encontrar en librerías Risas peligrosas, que tiene otros doce cuentos al menos tan buenos como éste. Aunque si se animan a leer a Millhauser por primera vez en su lengua original, me permitiría recomendar en su lugar We Others, una selección de sus mejores historias.
Al final no hubo más de una docena de personas en la conferencia de Jane Smiley en la FIL de Guadalajara. Y en realidad recuerdo muy poco de lo que dijo en ella. Recuerdo que esa noche decidí no salir a ninguna de las famosas fiestas que engalanan la Feria del Libro y en vez de eso me quedé en mi habitación a leer por primera vez a Stephen Millhauser. Espero que se me permita este momento de candor extremo porque es mi cumpleaños: recuerdo esa lectura de “La desaparición de Elaine Coleman” como uno de los mejores momentos de mi vida.
“Gabinete de curiosidades”, ilustración de John Marceline
Llevo tal vez más de diez años yendo a psicoanálisis. No sé cuánto tiempo exactamente porque no tengo registrada una fecha , pero sí un montón de vivencias que he compartido ahí. En ese espacio aprendí a navegar a través de mi discurso, a darle forma y a entender el mundo de otra manera. A aceptar que no hay verdades absolutas y que incluso las propias cambian con el tiempo. Que los padres son humanos y los sentimientos, volátiles.
Con el psicoanálisis, luego de haberme negado la escritura por pudor durante la carrera de Letras, me reencontré con mi discurso, con esa construcción nueva en cada ocasión, con esa página en blanco que era el silencio de mi terapeuta. Con ese compás que hay que ir creando o ese silencio que también dice cosas. Me volví dueña de mis palabras y comencé a saborearlas como nunca había podido. Me apoderé de mi propia historia y acepté su falacia, su formato de verdades aproximativas, de mis mentiras que conforman unos lentes para ver el mundo y comprendí los lentes de los demás, sobre todo de quienes creía que me hacían daño a propósito o que me daban alegrías sin querer.
El psicoanálisis me ayudó a ver que soy más que las personas que han estado a mi lado y sólo porque han estado ahí. Y que mi psicoanalista es una de ellas.
Me aventé sin ver, sin querer saber demasiado, sin leer mucho, igual que antes de la operación de mi mamá no quise informarme de en qué consistía, tal como no me interesa saber cómo funciona un avión, o que es mejor no intentar correr en un sueño. Cerrar los ojos para que nada se detenga funciona sólo en ciertas ocasiones, y el psicoanálisis es para mí una de ellas. Tal como cruzar caminando una calle muy transitada, o entrar a la glorieta de la muerte en la Narvarte, sólo puede hacerse con rabia, con los ojos cerrados y en completa oscuridad.
Aprendí a trazar una historia en cada visita. A sentir que escribía con mis palabras. A darme cuenta de que todos somos capaces de narrar, simbolizar y crear. Lo primero que se me dijo al llegar fue que tratara de no poner filtros a lo que quería decir, que no juzgara si algo es más o menos importante, que confiara en mi propio discurso. Cuando comencé a hablar, una de mis primeras preguntas fue si estaba bien decir groserías. Y mi terapeuta me dijo que sí.
Sin las groserías no habría sobrevivido ni dos sesiones. Y es que yo empecé a decir groserías desde que aprendí a hablar. Las usaba, según cuenta mi mamá, desde la cuna. Mis papás las decían todo el tiempo, así que para mí no eran tabú, sólo palabras.
Cuando iba en preescolar, una vez jugué con un amigo a escondernos las loncheras. Primero yo escondí la suya: él empezó a mirar para todos lados menos hacia donde yo la había puesto, preguntando dónde estaba. Los dos nos doblábamos de risa, sepa dios por qué. Quizá jugábamos a imitar adultos perdidos, nosotros, tan hallados en ese mundo infantil. Y seguro fue así, porque cuando vino mi turno, yo sólo lo miré directo a los ojos y le dije: “Chingada madre. Ya perdí mi lonchera”. Antes de que pudiéramos reírnos, escuché una voz que me reprendía. No había notado que Lucy, la maestra, estaba parada a nuestro lado, viendo divertida nuestro juego, hasta que mi vocabulario le borró la sonrisa. Me dijo que esas palabras no se podían decir y yo no sabía cuál de todas estaba mal. Al final del día, me acusó con mis papás.
Toda mi familia paterna habla con groserías. Mis primos y yo las hemos saboreado desde siempre y a la fecha. La usábamos como cuando uno, al no saber jugar un videojuego de pelea, aprieta todos los botones al azar y saca poderes secretos sin querer. Con el paso de los años, cada grosería se fijó paulatinamente en mi vocabulario para cubrir alguna necesidad comunicativa. Incorporé uno a uno el manejo de cada botón para dar un golpe bajo, una patada, hacer un combo.
Los niños, sin necesidad de que un libro de autoayuda se los inculque, son simplemente ellos mismos. No saben ser alguien más, y aunque en el fondo reflejen a sus padres, lo son sin filtro. Por eso a los adultos les asustan tanto esos seres capaces de reproducir todo lo que escuchan, ven y sienten. Saben que son una ventana a lo que ellos tratan de ocultar, o bien, a lo que no tienen por qué mostrar. La restricción de las groserías por parte de los adultos se relaciona por un lado con el statu quo, pero también con el miedo a revelar una forma de ser que pertenece a la esfera de lo privado.
Ante ese impulso imperioso por hacernos escuchar ante el mundo, una cierta conciencia nos ayuda a tener en cuenta nuestro entorno y mostrar sólo lo necesario. Claro que hay personas más o menos autorreguladas. No se puede esperar que un niño controle su uso de groserías en ciertos ámbitos, sobre todo si desconoce la distinción de contextos sociales donde se desenvuelve: ¿por qué es distinta la casa de la escuela? ¿Por qué los abuelos maternos son de una forma y los paternos de otra? Los padres se lo enseñan a sus hijos mediante un regaño, una solicitud o una aclaración. Pero ellos, para desenvolverse sin ser socialmente rechazados, forman esos mismos límites internamente. Y de ahí cada quien se forje un carácter, que una persona puede ser decididamente regulada o inevitablemente desenfrenada. Dice Adam Grant:
Los autorreguladores bajos tachan a los altos de camaleones e hipócritas. Tienen razón en cuanto a que hay un momento y un lugar para la autenticidad. Sin embargo, en los demás aspectos de nuestras vidas, ser muy auténtico puede tener un precio. Quienes se regulan a un alto nivel, avanzan más rápido y logran un mayor estatus, en parte porque están más preocupados por su reputación. Pero incluso los autorreguladores altos pueden sufrir por la idea de autenticidad, pues eso presupone que existe un yo verdadero: un cimiento de nuestras personalidades que es una combinación de convicciones y cualidades.[1]
Sin importar la personalidad de cada quien (o justo por ella), en el caso de una profesión creativa, regularse demasiado resulta un tope para la ejecución de una idea. De acuerdo con Grant, la psicóloga Carol Dweck demostró en un estudio que el mayor problema de la autorregulación consiste en que el individuo crea que tiene una personalidad inamovible: “Los niños que creen que sus capacidades son fijas se rinden después de fracasar”. Pues si por el contrario entendemos que no estamos predeterminados a nada, tendremos la libertad de ser quienes queramos.
La propuesta que apoya Grant no consiste en cambiar lo interno, sino interiorizar el exterior. Conocernos tan bien que entendamos no sólo o no tanto quiénes somos, sino quiénes queremos ser, de tal manera que podamos trabajar para serlo. En ilustración, consiste en imaginar algo y luego ejecutarlo tal como lo vimos a ojos cerrados.
Interiorizar el exterior es al mismo tiempo ser capaces de digerir nuestras influencias, hacer visible el límite que divide al individuo de los otros, y aprender a cruzarlo hasta que éste desaparezca y nos hayamos apropiado también de lo que está afuera. ¿Cómo incorporarlo? ¿Cómo evitar renunciar a lo que nos gusta, entender quiénes somos y hablar desde ahí? ¿Cómo hacer un discurso propio desde lo que queremos ser y aún no somos? Las influencias y los gustos personales sin duda nutren esta ambición, pero en el camino podemos perdernos abriendo puertas que luego decidimos no cruzar o de las cuales no tenemos la llave. El peligro está en caer en el plagio o en no atrevernos a decir nada. ¿En cuál de todas esas puertas nos hallaremos? ¿O cómo reconocer que en el fondo somos el edificio que las contiene?
Para Will Gompertz, ese puente se da a través del robo inteligente:
Hay una enorme diferencia entre copiar y robar. Copiar requiere cierta habilidad, pero ninguna imaginación. No es necesaria creatividad alguna; por eso a las máquinas se las da bien. Robar es poseer. Y tomar posesión de algo es una cuestión mucho más profunda: el objeto se convierte en tu responsabilidad y su futuro queda en tus manos […] Picasso nos demuestra que la creatividad no es sumar, sino sustraer. Las ideas necesitan afilarse, simplificarse, centrarse.[2]
Luego de un robo descarado, de poner fuera todo lo que imaginamos, con o sin la maestría para conseguir que se entienda, viene el momento de la edición, de la limpieza, de quitar hasta reducir a lo mínimo, de destruir. Regularmente uno elimina para salvarse, para encontrar otro lugar, para poder respirar mejor.
Cuando en Las horas de Michael Cunningham, Laura Brown (el personaje de la lectora) se siente muerta en vida, toma la decisión de huir de su casa, abandonar a su esposo y su hijo, pues sólo así es capaz de volverse a sentir viva. Esta culminación se dará luego de intentar suicidarse en un cuarto de hotel, pero la primera revelación aparece mientras hace un pastel con su vecina. En ese momento su lucha interna, la aceptación momentánea y la desesperación se funden en la frustración por un pastel malogrado: “La torta está simpática, le dice Kitty, como el dibujo de un niño. Es dulce y conmovedora en su discrepancia genuinamente sentida, dolorosamente sincera, entre la ambición y el talento. Laura comprende: sólo hay dos opciones: o se es capaz o se es despreocupado”.[3] Con todo, hay una tercera opción, que Laura vislumbra pero sólo después decide tomar: huir de esa bilateralidad y optar por ella misma.
A principios de este año decidí que ya era tiempo de despedirme del psicoanálisis y casi me vuelvo loca en el intento. Hoy que me siento mejor y lista para cerrar ese ciclo, veo de nuevo lo sumamente doloroso que resulta dejar algo que ha sido cotidiano durante una década. No hay creación sin destrucción, nada es opuesto a lo otro, ni nada está separado. Todos son puentes en movimiento, una cinta de Moebius: “La creatividad es un acto inopinadamente violento […] Y las ideas completamente originales no existen. Lo que sí existe son las combinaciones únicas, que se producen en el ojo de la mente y a menudo nacen de dos o tres imágenes mentalmente inconexas que, de algún modo, se hacen más agradables al alinearse”.[4]
Sólo al hacer las paces con esa suma de muertes de las que está compuesta la creación y la vida, se consigue volver a tener las manos libres para algo nuevo. Y llega el momento de tirar una moneda, dejarnos en manos del azar y confiar en que, aun sin malla de protección, no nos daremos en la madre.
La web ha cambiado. De unos años a la fecha, los internautas se transformaron en creadores e inundaron la red con dibujos, textos, fotografías y videos. Ante este mar de obras expuestas, ¿dónde está la frontera de los derechos de autor? ¿Qué conserva el artista más allá de los likes y aplausos virtuales? Ahora todo parece ser asunto de abogados y corporaciones que vigilan el copyright mediante algoritmos. Como están las cosas, dice con ironía el autor de este texto, debemos conformarnos con que nadie se moleste en demandarnos.
Después de tantos años de caminar sin encontrar ni una sombra en el desierto de lo real, ni un resquicio de descanso en la era de la producción en masa, ni una raíz de esperanza para el artista ante los grandes conglomerados de medios, se oye el sonido de un módem de 28 mil baudios que gestiona su conexión a internet.
Creí muchas veces, cuando el internet todavía era joven en México, cuando internet era sinónimo de BBS y Telnet, no de Facebook y Twitter, cuando tenías que esperar cinco minutos para descargar una imagen de 256 colores en vez de mirar Netflix en alta definición desde tu teléfono celular, que internet era la respuesta. No cualquier respuesta. Si se me permite el barbarismo tipográfico: LA respuesta. Creí que de este lado, del lado virtual, se podrían solucionar muchos problemas que —yo también era joven— me parecían fundamentales: acceso universal a la cultura y la educación. Todos los textos del mundo disponibles en media hora de descarga.[1]
Los mejores tutores disponibles para resolver tus dudas las veinticuatro horas del día. No alcanzaba a concebir que este repositorio de conocimiento incluyera música y películas porque imaginar esas velocidades de transferencia en la línea telefónica era algo que mis maestros creían imposible. Pero ambos, mis maestros y yo, estábamos equivocados. Se oye el sonido de un modem de 48 mil baudios y algunos lo saboreamos como si fuera una esperanza.
Pero internet era muy joven y todavía había mucho camino por recorrer. Esos primeros años fueron como el descubrimiento de un nuevo continente. No sólo todo era nuevo, sino que parecía que nada tenía dueño. Si eras el primero en plantar tu bandera sobre una parcela virtual, podías hacerte millonario de la noche a la mañana. Ese primer recuerdo de internet, cuando me conectaba desde mi casa al tablero de noticias de la universidad y podía descargar cualquier archivo que encontrara, siempre y cuando mi madre no descolgara el teléfono, me parece una metáfora de la libertad absoluta.
Hemos venido cambiando mucho desde entonces. Internet es un espacio muy distinto. Alguien saca su teléfono celular y comienza a grabar su fiesta de cumpleaños. Está en un bar ruidoso con sus amigos y le parece gracioso subir el video a YouTube.[2]
Sus amigos también son graciosos y el video se vuelve viral. En una semana obtiene un millón de reproducciones. Una semana después ese alguien se despierta con una demanda por cien mil dólares por afectaciones a derechos de autor. La disquera que representa al rapero cuya música se escucha en el video exige una retribución. Se podría pensar:
—Esto es ridículo.
Pero habría que recordar el caso de Samantha Tumpach de Rosemont, Illinois, que en 2009 pasó dos noches en prisión por sacar su cámara durante su festejo de cumpleaños en un cine local para grabar dos pequeños fragmentos de Twilight: New Moon, la película basada en la novela homónima de Stephanie Meyer. El crimen no era su mal gusto cinematográfico, sino que los responsables de la sala cinematográfica pensaban que trataba de «piratear» la cinta. Lo que ella quería era capturar el momento en que su actor favorito se quitaba la camisa. De haber proseguido la demanda, pudo haber extendido su estancia en la cárcel hasta tres años.
Pero estos casos, los que se salvan, se pueden contar con los dedos. La inmensa mayoría nunca llegan a juicio. Compañías de abogados afincadas en Estados Unidos mandan diariamente miles de correos electrónicos a todo el mundo en los cuales reclaman daños por derechos de autor a nombre de las principales distribuidoras de música del planeta. Las penas van desde perder la conexión a internet hasta años de prisión. Pero los abogados ofrecen «llegar a un acuerdo» por unos pocos cientos de dólares. La mayoría de estos reclamos son falsos o no tienen validez en el país que los recibe, pero ante el temor de una demanda, la inmensa mayoría decide pagar. Esto no es en lo que pensaba Ray Tomlinson cuando inventó el correo electrónico.
Todos levantamos la cara y miramos la nube negra de la amenaza que se cierne sobre el internet, donde eres libre de decir lo que quieras siempre y cuando puedas pagar al abogado que defienda esa libertad. Cualquiera a quien borraron una entrada de su blog porque incorporaba una cita demasiado extensa de una novela, que vio su cuenta de Facebook cancelada porque subió El origen del mundo de Gustave Courbet a su portada, cualquiera que ha recibido la visita en su peluquería de un cobrador de la Sociedad de Derechos de Autor local porque «se está robando la música de José José», sabe que en el tema de los derechos prima la ley del más fuerte. Y pienso: «¿Tiene que ser así?»
Los creadores o hace mucho tiempo que no decimos lo que pensamos o hace tiempo que se nos acabaron las ganas de reclamar. Un autor se presenta en su casa editorial a recolectar su cheque semestral de regalías y descubre que no alcanza ni para el pesero. El editor no culpa a su departamento de prensa —que acaba de recortar a la mitad de su personal—, ni al precio exorbitante de los ejemplares —que de todas formas se pueden conseguir con buen descuento en Walmart. «Es la piratería, señor», le explica al novelista. «Ahora cualquiera se puede descargar todo de internet sin pagar nada». El escritor vuelve a su casa enojado y busca su novela en Google, donde ni siquiera aparece una sola reseña de su libro —que no sólo es malo, sino muy aburrido—, pero eso no le importa, le han hablado de sitios en la «internet profunda» donde puede obtenerse cualquier libro del planeta. Estima, porque confía en la grandeza de su obra, que debe haber sido descargado más de un millón de veces. La internet le ha robado el dinero para comprarse una casa.
Los creadores o hace mucho tiempo que no decimos lo que pensamos, o hace tiempo que se nos acabaron las ganas de reclamar. La banda que no hace tanto imprimía sus propios discos desde CD Baby y los vendía en cincuenta pesos en sus presentaciones, que subía mp3 de todas sus canciones a su sitio en WordPress, acaba de firmar con un sello importante, una major. Cuando la disquera comienza a demandar a sus primeros fans por haber hecho descargas ilegales del sitio del grupo, sólo se encogen de hombros. Aquí así son las cosas, les explica el abogado del sello. En cuanto le pidan a la banda que participe en un video contra la piratería, ellos aceptarán encantados.[3]
CREATIVE COMMONS
Cae una gota de agua, grande, gorda: en 2001 se crea en Estados Unidos la organización Creative Commons, con la que pueden los creadores agregar licencias a sus obras que les permiten renunciar a algunos de sus derechos de autor para que dichas obras puedan circular libremente, con reglas claras y sin el temor de una demanda. Sus fundadores, Lawrence Lessig, Hal Abelson y Eric Eldred se inspiran en los ideales de la Free Software Foundation, FSF (Fundación para el Software Libre) que desde 1985 crea el núcleo del sistema operativo para que el internet funcione, y las licencias que permiten que el sistema se pueda copiar en millones de servidores en todo el planeta sin tener que pagar por cada copia. No existe todavía capital suficiente en el mundo para pagar el software de todos los servidores de internet del mundo, si se regularan las leyes tradicionales de derechos de autor. Pero Creative Commons no corre con tan buena suerte como su inspiración. La aplicación de las licencias en cada país del mundo es muy compleja. Algunos abiertamente las desconocen. Hay demasiadas licencias, cada una con diversas versiones, y todas son incompatibles entre sí. En su diversidad, la libertad encuentra su primer gran obstáculo. Ojalá fuera el más grande. Algunos de los proponentes de las licencias libres mueren bajo la presión de las corporaciones y los gobiernos.[4]
Hemos vuelto a caminar. En 2010 la revista Wired publicó en su portada «La red está muerta. Larga vida al internet». Lo cierto es que hemos migrado de forma masiva nuestro quehacer en línea a lo que en ese entonces todavía denominábamos Internet 2.0 y que hoy en palabras más llanas denominamos «redes sociales». En el lapso de unos pocos años, todos los internautas se transformaron en creadores.[5]
Subimos y compartimos nuestras ideas, dibujos, textos, fotografías y videos por millardos a cambio de corazoncitos y pulgares virtuales. Como contraprestación, renunciamos a ciertos derechos sobre nuestras propias creaciones. La televisión abierta sobrevive con anuncios; en las redes sociales tú mismo eres el anuncio. Ni siquiera podemos elegir quién ve dichas creaciones, es el algoritmo, el todopoderoso oráculo de Delfos de las redes, el que decide quién ve y quién no ve lo que creamos.
No, no es que el modelo de las redes sociales no sirva. Lo cierto es que hay creadores que han sabido aprovecharlo para hacer llegar su obra directamente a su público. O eso es lo que parece. Salvo por unos cuantos, los youtubers con más suscriptores en el mundo pertenecen a redes multi-canal que a su vez pertenecen a Discovery Networks o a Disney Digital. No, no es que el modelo de las redes sociales no sirva, pero aquí va una pista para saber por dónde vamos: si no pagas de tu propio bolsillo por el nombre del dominio y el alojamiento de tu sitio, tu contenido no es realmente tuyo.
Yo siempre he pensado que los que se inventaron el concepto de derechos de autor hicieron bien. Contra el concepto anglosajón de copyright, en donde lo que prima es quién tiene los derechos de explotación de una obra, los derechos de autor privilegian la idea básica de que toda creación tiene un autor que es una persona, no una corporación, y que esa persona tiene derecho a que se le reconozca como tal, a que su obra no se mutile o transforme sin su permiso, y a recibir una remuneración justa y proporcional por su creación. Pero el copyright es otro asunto. Las industrias culturales de Estados Unidos: Hollywood, Nashville, Nueva York, Miami, pueden amasar las fortunas que amasan porque son las empresas las dueñas del copyright, mientras que los creadores son simples obreros sin ninguna propiedad sobre las piezas que producen. Millonarios, quizá, pero no autores.
¿LOS DERECHOS DE QUIÉN?
Vuelvo hacia todos los lados y miro. Tanta y tamaña internet para nada. En 2003, se modificó la Ley Federal del Derecho de Autor para proteger los derechos patrimoniales de una obra cien años después de la muerte de un autor. ¡Qué bien! ¡Nuestros autores están protegidos! El cambio en la ley significa que un mexicano nacido en 2003 jamás verá una obra creada en su tiempo de vida entrar en el dominio público. Incluso si imaginamos un futuro de ciencia ficción, en el que logremos extender la vida humana indefinidamente, hay que recordar que desde 1710 hasta la fecha se han buscado mecanismos para justificar aumentar cada vez más la duración de los derechos de autor.[6]
El Estado invierte en estimular la creación artística y cultural, pero esa inversión se quedará un par de siglos en manos de particulares: 10% para el autor, 90% para la cadena productiva, si es que el autor supo negociar bien su contrato. ¿Los derechos de quién estamos protegiendo, eh? Porque a nosotros nos dieron esta internet y esta tecnología que permite replicar el conocimiento humano, la cultura, las artes, a un costo tan bajo que es casi gratuito, pero al mismo tiempo nos dieron estas leyes para impedir que crezcan y se multipliquen estas semillas de cultura. Nos dijeron:
—Del iPhone para acá todo es de ustedes.
Nosotros preguntamos:
—¿Las redes sociales?
— Sí, las redes sociales. Facebook y Twitter y Snapchat y lo que se nos ocurra. Pokemon Go también.
Nosotros queríamos los medios para compartir nuestras obras, pero sólo nos dieron herramientas para crearlas. Ni siquiera paramos la jeta para decir que no las queríamos. Los grandes centros de datos de Amazon, Google y Microsoft, donde están los algoritmos de sugerencia y compra, allí es donde la internet está buena. No este duro pellejo de vaca que llamamos redes sociales, donde potencialmente puedes alcanzar millones, de dólares, de visitas, de reconocimiento, si te alías con los dueños del latifundio. Por cada rapero que toma una canción vintage como base de sus rimas, por cada artista del collage, por cada diseñador industrial que decide hacer su computadora sólo un poco más parecida a una iMac, hay un ejército de abogados dispuestos a darse batallas por años o décadas en el árido campo de la propiedad industrial y los derechos de autor. Si no cuentas con ese respaldo es mejor rendirse o apostar por la oscuridad y el anonimato: apostar a que el algoritmo de reconocimiento de patrones no detecte que la canción del video de tu fiesta de cumpleaños es de un rapero famoso, apostar a que tu creación tenga tan poco impacto que nadie se moleste en demandarte.
Así nos han dado esta internet. Y en este sistema quieren que creemos algo, para ver si algo retoña y se levanta. Para acortar la «brecha digital». Para tener una sociedad más transparente y justa. Para tener un país más inclusivo. Pero nada se levantará de aquí. Nosotros seguimos adelante, impulsados por los algoritmos para influenciar nuestras emociones, los filtros fotográficos prediseñados, los booktrailers, las transmisiones en vivo desde las instalaciones de arte contemporáneo, las becas para tuitear los maullidos de nuestro gato en realidad aumentada. La internet que nos han dado está allá arriba.
[1]No sabía, como sé ahora, que el Proyecto Gutenberg había comenzado a digitalizar textos de relevancia cultural desde 1971, hasta rebasar los cincuenta mil en 2015.
[2] En defensa de YouTube habría que aclarar que este ejemplo ficticio es algo injusto con la subsidiaria de Google. Recientemente la compañía ha comenzado a invertir sus propios recursos legales para defender casos de uso razonable. Pero sólo unos cuantos casos, y sólo en suelo norteamericano
[3] En el 2000, Metallica entabló una demanda contra Napster, una compañía que permitía compartir archivos entre particulares, precursora de la actual tecnología de archivos torrent. Metallica obligó a Napster a bloquear a más de 335 mil de sus propios fans de la aplicación. Nikki Six, el bajista de Mötley Crüe, declaró que «los puercos engordan y los cerdos van al matadero, y creo que los de Metallica son cerdos». Un video en que Lars Ulrich, el baterista de la banda, entra a robar en el dormitorio de un fan (interpretado por Marlon Wayans) en venganza porque el fan se ha robado su música en Napster, irónicamente puede encontrarse pirata en varios sitios (palabras clave: Metallica Anti Napster) y es recordado con cariño como el punto más bajo en la carrera de Metallica. Sean Parker, uno de los fundadores de Napster, eventualmente se convertiría en uno de los principales accionistas de Facebook, y fue interpretado por Justin Timberlake en una película. Caso extraño, cada quien obtuvo el castigo que se merecía.
[4] Ojalá esto fuera una metáfora, pero no lo es. Aaron Swartz, además de ser uno de los principales proponentes de las licencias Creative Commons, participó de la creación de varias tecnologías clave en la internet actual, como el RSS, Markdown y el motor del sitio Reddit. En 2011, Swartz utilizó su cuenta del Massachusetts Institute of Technology (MIT) para «liberar» decenas de miles de artículos de JSTOR, una biblioteca digital por suscripción de artículos académicos, bajo la premisa de que la mayoría de los artículos se habían escrito con fondos públicos y por tanto deberían de ser de libre acceso. Aaron fue arrestado y acusado por cargos que podían acarrear hasta treinta y cinco años de prisión. El 11 de enero de 2013 Aaron Swartz se colgó de una puerta en su departamento de Brooklyn. Tenía veintiseís años de edad.
[5]Aunque en el argot de internet, para que no se hagan ideas extrañas sobre sus propios derechos de autor, se les conoce como «generadores de contenido».
Hablar de nuevas narrativas en plataformas digitales es mucho más que hablar de literatura. Un ingrediente tan importante como las letras es la programación, que hace posible la articulación y el funcionamiento de las ideas, y que representa un lenguaje en sí mismo. El presente texto es un breve pero significativo mapa para comprender esta simbiosis vital.
1. PRY
En la novela Pry hay varios factores que nos obligan a preguntarnos acerca de lo que entendemos o queremos entender, por novela. Y es que no hablo de un texto mediado contenido en un libro, Pry es una noveleta, vamos a llamarla como quieren sus creadores (novella), sino una aplicación para iOS desarrollada por Tender Claws, un colectivo que reúne a escritores, directores, diseñadores y programadores.
Samantha Gorman, escritora y artista de nuevos medios, y Danny Cannizzaro, ilustrador, quienes encabezan Tender Claws, se conocieron hace diez años cuando hacían un proyecto que involucraba el «traslado» (remediación) de un manuscrito medieval a realidad virtual; a partir de esta colaboración recibieron una beca y en una cabaña en medio del bosque surgió la idea de hacer Pry. Esto es más o menos lo que cuentan en su página web.
Pry narra la historia de James, un ex combatiente en la primera Guerra del Golfo. Pero será mejor ir por partes. Al abrir la aplicación, el lector/usuario encuentra un índice, y el prólogo dice claramente: watch; el video, hecho según una estética estandarizada de la producción contemporánea, resume la historia previa al viaje de James a medio Oriente. Después empieza la historia: siete capítulos, un apéndice y un epílogo. Cada recorrido dará un lugar importante a dos cosas: la gestualidad táctil (háptica) y algo que podemos llamar el suceso tipográfico. Pry es más que una noveleta: es una investigación e inmersión en el inconsciente de su protagonista para develar la trama y la narratividad de su pensamiento, sus recuerdos; Pry es en sí una llave y una cerradura a las afectividades y a la construcción del personaje, de nosotros como lectores/usuarios, explorando los múltiples códigos que pueden estar contenidos en el interior de una persona: imágenes, restos de palabras, diálogos, voces.
Pry emplea recursos técnicos precisos: lenguaje braille que activa la voz de la narración al pasar la punta del índice, la gestualidad de los dedos al desdoblar un texto materializado en una pantalla, el movimiento dactilar sugerido para mantener abiertos los párpados de James. Tipografía, archivos sonoros, video, interactividad. Este entrecruce de lenguajes y formatos propone, sobre todo, la posibilidad de entender lo que sucede cuando se embonan los lenguajes (textual y programación) con las interpretaciones: códigos de la lectura y la tecnología que, al pasar a la cultura digital, se detecta la necesidad de crear nuevas secuencias narrativas (capas) y gestos que las decodifican. El texto no es más un texto fijo: es un texto móvil, a veces huidizo o, sobre todo huidizo, inestable e inabarcable.
Pry ha tenido miles de descargas y ha recibido prestigiosos reconocimientos como el Robert Coover Prize que otorga la
Electronic Literature Organization. Leer entre líneas es algo que sugiere esta noveleta-aplicación, híbrido de cine, juego y novela que explora las capas de la conciencia y de la textualidad. Y a decir de sus creadores, explora las posibilidades del libro electrónico a través de las características de una aplicación.
2. LEER EN EL SIGLO XXI
Leer se ha vuelto, sí, un tema de reflexión en nuestro presente. Como nunca antes se piensa y se escribe sobre el acto de leer, de sus implicaciones en el pasado a sus características en el presente, de las cualidades y capacidades de un lector híbrido a la especulación hacia el futuro del ejercicio de la lectura. Se escriben y se leen cientos de páginas al respecto. Por otra parte, escribir es, desde los años ochenta, un asunto que nos relaciona profundamente con las máquinas. En 1984 el poeta canadiense bpNichol, quien en décadas anteriores había experimentado con la poesía sonora, realizó los First Screening: computer poems en una Apple iie; esos poemas concretos programados en basic se convirtieron en los primeros poemas hechos en una computadora personal. La moneda estaba en el aire, y Nichols demostraba que la herramienta podía ser algo más que una máquina de escribir, que como herramienta deslindada del uso ingenieril, podía ser un medio generativo de nuevos caminos para la escritura.
De Pry y de los First Screening, entre los que oscilan dos décadas, destaco dos cosas: una es la destreza en cuanto al uso del software y otra más, las dinámicas de escritura colaborativa. Pero voy a cambiar el rumbo para regresar y resaltar lo que apuntó Lev Manovich en un libro que ahora se antoja «clásico» en cuanto al tema: El lenguaje de los nuevos medios; a diferencia del momento histórico cuando el cine irrumpe como invención, los nuevos medios de la invasión tecnológica contemporánea tienen una tribu de teóricos analizando los nuevos fenómenos, los discursos emergentes y las nuevas direcciones hacia donde apuntan los usos y costumbres. Como en ninguna época previa, en ésta exploramos, reflexionamos y documentamos a la vez, y agregaría: producimos sin saberlo o asintiendo o creyendo que sabemos cuando en realidad poco sabemos, harto contenido para los nuevos monopolios informáticos.
3. POEMAS Y PROGRAMAS
Fue en los años cero (a partir del 2000) cuando la literatura digital tuvo un boom. Esto tiene que ver con la aparición de una herramienta que en ese momento facilitó la creación: Flash, un programa de fácil operatividad que permitía el desarrollo de piezas que combinaban texto e imagen en movimiento y que no requería de conocimientos profundos de programación.
A decir de Leonardo Flores, especialista en literatura digital, creador del sitio web ilovepoetry, uno de los compendios más completos de reseñas de piezas de e-literatura, la creación de la literatura digital está profundamente ligada al desarrollo de las herramientas. Y la producción de ésta está signada por los programas de uso sencillo o complejo; en este momento presente en el que imperan las redes sociales, ha surgido el fenómeno un tanto errático nombrado tuiteratura. Lo errático no consiste en usar Twitter como plataforma, sino verter un texto pensado en una composición referida a un medio anterior (cuartilla) para ser vertida en los 140 caracteres. No basta con usar las plataformas para crear piezas electrónicas; éstas implican un replanteamiento de lenguajes, una cierta ambigüedad, una descentralización del yo-escribiente. La llamada tuiteratura no necesariamente hace uso ni explota las posibilidades algorítmicas de Twitter como lo hacen proyectos como @poetuiteame de Karen Villeda (Tuiteame) o @BotCarrion Boot Carrin de Élika Ortega, o tantos otros como @AutoMinimalist: ejemplos de escritura o bien, aleatoria, o bien, generativa.
4. LA INTERFAZ
«La interfaz es la metáfora». No recuerdo cuándo escuché esta frase, pero sí tengo muy presente que fue de boca de un escritor-programador. A partir de ese momento todo hizo sentido. Y esto quizá es lo que sugiere Manovich en las siguientes palabras: «Algo que los diseñadores y artistas de los nuevos medios aún tienen que aprender: cómo integrar la base de datos y la narración en una nueva forma». Quizá como en ninguna otra época producimos texto; internet en sí es un hipertexto que aloja miles de textos. Esta inmensa disponibilidad y las múltiples posibilidades de navegación albergan un verdadero infinito de variantes narrativas; con estos elementos juega principalmente la literatura digital. Pero en este maremágnum hay que acotar elementos y es, sin duda, la efectividad de la construcción de una metáfora a partir de la interfaz la principal puerta de entrada a una pieza narrativa o poética, por suscribirnos a las categorías conocidas para hacer una pieza de literatura digital. Sin embargo, hay que hacer una pausa en el camino, observar: todo es una interfaz, el libro mismo es una interfaz, la doble página lo es. La interfaz no descansa solamente en la pantalla, la interfaz es una ventana por la que entramos a un contenido que se despliega. La exactitud de la metáfora construida en la interfaz nos permite, como usuarios, entender si navegaremos libros o si ellos nos conducirán, si la lectura será colaborativa o participativa o, de alguna forma, lineal; si la lectura será textual, sonora o visual, qué parte de nuestro cuerpo y nuestros sentidos participa en esta experiencia de percepción. Durante siglos nuestras experiencias de lectura estuvieron mediadas por libros, en lecturas lineales, como dice Vilém Flusser:
Los códigos lineales requieren una sincronización con su diacronización. Requieren recepción progresiva. Y el resultado es una nueva experiencia del tiempo, esto es, del tiempo lineal, un flujo de progreso imparable, de dramática irrepetibilidad del encuadre, en resumen, es la historia.
Nuestra idea de tiempo, de historia, se contrae o se expande en las nuevas interfaces, se distiende o se fractura, y este nuevo entender no es cosa fácil. Asirnos a las formas conocidas es una manera de resistencia, una exigencia de garantía en la perdurabilidad o en nuestra idea de perdurabilidad. Las piezas de literatura digital rompen la idea de contenedor lineal, sobre todo (las randomizan, las vuelven nodos a veces inabarcables). Las subvierten.
5. GAME OVER
Andy Campbell es programador y escritor. Su página Dreaming Methods es un regocijo para todos aquellos que desean conocer algo más de las implicaciones de hacer literatura para la web; la interactividad, la creación de ambientes, la sonoridad y el uso del enigma como elemento narrativo son algunas de las cualidades principales de sus trabajos, cuya programación va desde lo más sencillo y sucinto a formas de alta complejidad. Explota como pocos la experiencia de la navegación del usuario, la irrupción del misterio y la metáfora de la interfaz. A medio camino entre la poesía, la narrativa, el videojuego, el cine y la lectura, las piezas de Campbell son experiencias atmosféricas sensoriales que dan cuenta de los rumbos de lectura y escritura signados por la cultura digital.
En los márgenes del orden, de la luz, de lo que se puede decir; debajo de la alfombra que pisamos al entrar a casa o entre las sábanas de la cama en la que dormimos, algo acecha. Bichos. No insectos, no monstruos, bichos. Formas extrañas, nacidas fuera del territorio de las cosas bellas; nunca podrán convivir con la normalidad porque cuando se acercan a ella más de lo debido provocan efectos indeseables en la gente decente. Los tenemos cerca, no podemos huirles. Los vemos y los sentimos, pero convivir con ellos significaría arriesgar el pequeño orden en el que están enmarcadas nuestras vidas. No nos conviene notar a los bichos o que ellos nos noten. Son como la locura que se habita latente nuestras cabezas. Es mejor no pensar en ello.
Así son de subversivas las tiras, las narraciones, los trazos y personajes de ChangosPerros, de Carlos Dzul. Llenas de bichos que se nos meten a las vísceras. No son para todos. Por su forma y contenido, por el caos encapsulado que presentan en sus pequeñas historias, porque no son condescendientes con el lector. Uno no puede quedarse indiferente ante su obra y el gesto nace de ella no es uno cómodo.
Veo a Carlos Dzul como el artista rebelde de la camada que estoy presentando en este espacio. No tiene pelos en la lengua (o en las manos con las que dibuja) porque se los quema y arranca con la furia artística que le inyecta el ruido y el absurdo (que cuestiona la lógica de nuestra realidad) característico de sus trazos. Dzul es escritor y monero. A través de esas dos formas ha podido manifestar su estilo, aunque se le ha reconocido más como escritor: fue becario del FONCA y el FECAT y tiene un libro de cuentos (Ese día la ciudad estaba muy encabronada, 2015) con la editorial Vozed. ChangosPerros es más undergound. Fuera de los fanzines que él hace y distribuye en su natal Tabasco, las tiras de ChangosPerros no parecen ser muy conocidas entre los lectores de webcómic. Se entiende por muchas razones. Primero, porque Dzul no dibuja; monea. Juega con la estética de lo grotesco; es constante la aparición en sus tiras de lenguaje soez, genitales, fluidos, enfermedades, deformidades y más elementos que son parte de la vida cotidiana pero que ocultamos por sanidad mental. Por otro lado, la tradición artística de la que viene es clara porque le es fiel al mismo que la renueva. No es difícil notar en sus tiras a Robert Crumb, Gilbert Shelton y otros autores de los underground comix, la corriente surgida durante los sesentas que buscaba, a través de su estética subversiva, abrir espacios de diálogo para lo que se discutía fuera de las instituciones: drogas, liberación sexual, feminismo, etc. Los comix no podían ser “bonitos” ni accesibles ni censurados como los de los superhéroes. Tenían que saltar sobre el lector y golpearlo, sacarlo de sus casillas con la propia locura de esa nueva técnica basada en lo no-vendible para mostrarle el más allá de su persona. ChangosPerros es webcómix. ¿Qué implica eso? El contacto con la tradición, entonces, pero también un diálogo diferente con la tecnología. Y es que el webcómic es eso: tecnología. Es su medio. Aunque el webcómix, si no va en contra de ella, sí la pone en crisis, porque existiendo la posibilidad de usar gifs, animaciones, colores, técnicas y muchas otras formas de creación distintas, Dzul se deshace de todos los adornos innecesarios hasta lo mínimo; sus tiras a veces están hechas sobre hojas recicladas, viejas. No todas, claro, porque otra cualidad del autor es su dominio y juego sobre varias técnicas de ilustración y dibujo (siempre trabajando sobre los límites de lo “feo”) que muestran que lo que hace no es casualidad. Sus garabatos pueden parecer acaso los de un niño, los de alguien sin experiencia, pero son todo lo contrario. Dzul sabe lo que hace cuando monea.
¿Entonces cómo decir y leer ChangosPerros sin traicionar su caos y, por momentos, antinarrativa? ¿Cómo no caer en las trampas que sus tiras arman para el lector distraído y casual? Dejándose comer por sus monos chuecos, absorberse en sus universos enfermos donde la cordura es una ingenuidad asesina. Hay que dejarse ir…
… y después del viaje hacia ChangosPerros hay que intentar regresar cuerdo. Cuando esto sucede, cuando ya no se quiere controlar el caos desbocado, las tiras de Dzul lucen en sus experimentaciones técnicas.
Esta metacrítica que presento, así como no es azarosa ni tampoco un flujo de conciencia, así como ChangosPerros no son garabatos u ocurrencias sin sentido, hechos por alguien cuyo entrenamiento artístico ha sido el de los dibujos en las libretas de la preparatoria. Me gustaría que fueran letras golpeadas en el teclado y que, por el azar, armaran una línea de pensamiento causal. Pero no. Como la narrativa gráfica de Dzul, esto es una reflexión sobre las estructuras que no pueden escapar a su naturaleza como pensamiento (des)medido. Es la locura desatada en la inevitable forma del lenguaje. No hay ni nunca podrá haber nada que no signifique y menos en la escritura: hasta el muro de palabras que está sobre este párrafo tiene que tener un grado de conciencia y secuencialidad para funcionar. Los bichos groseros de ChangosPerros son eso, formas bien diseñadas para lograr un objetivo: morder al lector, empujarlo fuera de su pequeño mundo tranquilo y ordenado. Atentan contra el orden, contra la consciencia, contra la inútil moralidad conservadora, contra la ingenuidad, contra el no decir, contra lo ofensivamente inofensivo.
Este texto resultó ganador del 2º Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila.
1: QUINCE DE MARZO
El quince de marzo a las seis de la mañana se abren las puertas de la capilla de Martita, la Santa Niña de los Alfileres, y se les permite la entrada a los visitantes, quienes empiezan a llegar desde el día trece. Todos llevan un rosario, un juguete, una estampita con la oración de la niña y un alfiler, el cual han de clavar en alguna parte del cuerpo de la santa al momento de pedirle un milagro. Si ella llora, se mueve o sangra, el milagro se cumplirá.
2: EL PRIMER GRAN MILAGRO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES (VERSIÓN OFICIAL)
Martita era una hermosa niña con un corazón muy grande. Siempre hacía lo posible por mantener a sus siete hermanos y a sus papás felices.
Cada noche, sin falta, antes de dormir, rezaba durante dos horas para pedir paz en el mundo.
Cuando la sequía comenzó a asolar su pueblo, Martita se puso muy triste. Lloraba todo el tiempo, desesperada por no ser capaz de ayudar. No soportaba ver a sus padres y vecinos desconsolados porque la cosecha se había perdido y sus animalitos morían.
Sin saber qué más hacer, se encerró en su cuarto a rezar y no dejaría de hacerlo hasta que Dios la escuchara y mandara un poco de agua al pueblo.
La lluvia llegó al tercer día, un quince de marzo, a las seis de la mañana. Fue tan intensa que en un par de horas todos los ríos, pozos, cisternas y cubetas del pueblo se encontraron a su máxima capacidad. Felices, los padres y hermanos de la niña fueron a su cuarto para informarle que finalmente sus plegarias habían sido escuchadas.
La dicha de la familia se volvió horror al entrar en la habitación. Martita yacía en el suelo, en medio del charco que sus lágrimas habían formado. Tenía el cuerpo lleno de alfileres.
Su madre corrió hasta ella e intentó retirarlos mientras le preguntaba qué había sucedido. Martita le rogó que dejara los alfileres en su cuerpo, pues sólo por medio del dolor que éstos le provocaban había logrado comunicarse con Dios. Pidió que la llevaran a su cama porque se sentía muy cansada. Luego cerró los ojos y se quedó dormida. Así continúa hasta el día de hoy.
3: LA SEGUNDA VISITA DE ALFONSO AL PUEBLO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
El autobús en el que viajaba arribó al pueblo el catorce de marzo a las 5:15 a. m. El chofer lo estacionó a una cuadra de la plaza principal. Era el tercero en llegar.
El frío de la mañana le provocó a Alfonso un leve dolor en las manos. Por instinto las metió en las bolsas de su chamarra, pero las sacó al sentir lo que llevaba dentro de ellas. Frotándolas para calentarse un poco, caminó detrás de los demás pasajeros, hacia la plaza. Ahí había un grupo de lugareños ofreciéndose a llevar a los visitantes hasta la capilla, ya fuera en camioneta, en caballo o en burro. Alfonso ignoró las ofertas de tres hombres. Se sentó en una de las bancas junto al quiosco. Frente a él se encontraban varios puestos de comida. El olor le despertó el hambre. Había comido un sándwich en el autobús, pero de eso hacía ya varias horas.
Las camionetas fueron las primeras en rentarse. Luego los caballos y al final los burros. Las personas que no alcanzaron transporte tendrían que esperar más de dos horas hasta que regresaran.
Alfonso se levantó de la banca. Suspiró tratando de mentalizarse para hacer el recorrido a pie. Supondría un esfuerzo importante. El camino era irregular y cuesta arriba. Sabía que debido a sus dolencias, su edad, el hambre y la sed, el trayecto sería una tortura, pero no le importó. No pensaba dejar ni un solo centavo en ese pueblo que ya tanto le había arrebatado.
4: EL PRIMER GRAN MILAGRO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES (LA VERSIÓN DEL HERMANO, QUIEN TIENE PROHIBIDO CONTARLA)
Desde que un burro le pateó la cabeza, Martita no volvió a moverse. Para que no estorbara en la casa, su padre le construyó un cuartito junto al corral de los marranos y le encargó a cada uno de sus otros siete hijos que se hicieran cargo de ella un día a la semana.
Pedrito era el menor de los hermanos. Su obligación era atender a Martita los domingos. Se aburría tanto que, para entretenerse, terminaba siempre por hacerle maldades. Lo habitual era jalarle el pelo, escupirle a la cara y pegarle en las costillas.
Un domingo —quince de marzo— llegó al cuarto con el estuche de costura de su mamá. Sacó las agujas y los alfileres y comenzó a clavarlos por el cuerpo de su hermana. Pedrito decidió hundirle el último en el ojo derecho. Cuando la punta del alfiler tocó su párpado, Martita gimió, ésta era la primera vez que reaccionaba a algo desde el accidente. Justo en el momento en que ella gimió, un relámpago cayó en el corral, luego se desató un aguacero. Pedrito, muy espantado, corrió a la casa gritando que había hecho enojar a su hermana.
5: EL SEGUNDO GRAN MILAGRO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
Ocho meses después, Martita ya había ayudado en sus dolencias y problemas a prácticamente todas las personas del pueblo. Hizo que el esposo de su tía Dolores volviera del otro lado, luego de veinte años de no comunicarse con la mujer; a doña Juanita le desapareció los ojos de pescado, esos que le impedían caminar hasta la plaza para vender sus gelatinas; y don Jacinto por fin encontró la guarida del coyote que se andaba comiendo sus gallinas.
La fama de la niña se extendió por todo el estado por lo que don Felipe Arredondo, el presidente municipal, le rogó a la niña que lo ayudara con un «problemita» en la entrepierna que no lo dejaba desenvolverse en la cama de la mejor manera. Martita le cumplió el milagro. El señor Arredondo, en agradecimiento, le mandó hacer una capilla en el cerro más alto del pueblo, para que se pudiera ver desde las comunidades vecinas.
6: ALFONSO SUBIENDO AL CERRO DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR SEGUNDA OCASIÓN
Miró su reloj. Eran las 8 a. m. Una camioneta se detuvo junto a él. El chofer se ofreció a llevarlo por la mitad del precio.
—Ándale, viejo —insistió el chofer ante la negativa de Alfonso—. Nomás dame treinta entonces. Mira, te lo hago de favor. Llegaste desde temprano, pero de nada te va a servir. Ya subimos como a setenta personas, aquí llevo nueve, más las que traigan mis compañeros. Tendrías que…
—Es una manda —interrumpió Alfonso—. Se lo prometí a la niña.
El chofer lo miró extrañamente, se encogió de hombros y arrancó la camioneta. Alfonso la vio alejarse y dijo en voz alta:
—¡Le prometí un carajo! Si era nomás para que me dejaras en paz. Pinche chofer, dizque muy preocupado haciéndome el favor. ¡Va! Dinero. ¡Es todo lo que quieren en este pueblo de mierda! Tienen a esa niña ahí, desnuda, en esa cuna donde ni siquiera cabe, exhibiéndola peor que si fuera un animal de circo. Y a toda esta bola de pendejos rezándole y picándola por todas partes. ¡Hijos de puta! ¡Ignorantes! ¡Pinche Lucía, tú también! Cómo fuiste a creerte estas pendejadas… Peor aún, me arrastraste contigo. ¡Soy más pendejo que todos ellos!
7: ORACIÓN DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
Santa Niña de los Alfileres,
tú que a cambio de no moverte
puedes hablar con el Creador,
te pido intercedas por mí ante él
y derrames tus benditas lágrimas
para que el Señor me libre de todos mis males.
A cambio de tus favores,
prometo rezarte todos los días
y honrarte como mi patrona especial y poderosa,
y hacer cuanto me sea posible por fomentar tu devoción.
Amén.
8: ALFONSO EN EL CERRO DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR SEGUNDA OCASIÓN
Pasaban de las once cuando al fin llegó a la cima del cerro. El terreno había sido aplanado. Al fondo se encontraba la capilla, rodeada por una barda de cemento de metro y medio de alto. Alrededor de ésta había unos puestos, la mayoría de comida y dos o tres que vendían camisetas con la imagen de la santita.
Junto a la capilla, se encontraban otras dos construcciones. A la izquierda, estaba el hotel, que no era más que un espacio cercado dentro del cual construyeron doce cuartitos de cuatro por cuatro, por los que cobraban $700 la noche. Al lado del hotel estaban también unos baños, que costaban $15 la entrada.
Pocos eran los que alquilaban cuartos. La mayoría instalaba tiendas de campaña o, de plano, dormían a la intemperie. Un par de encargados verificaban constantemente que las tiendas tuvieran un tarjetón que acreditaba que sus dueños habían pagado el permiso correspondiente.
Alfonso caminó hasta la capilla. Buscó la taquilla que estaba a medio metro de la entrada. Pagó la cuota. Le dieron un boleto con el número 254 y un alfiler amarillo empacado en cartón. En el reverso del paquete podía leerse:
«Abra este paquete hasta estar en el interior de la capilla y ya que lo haya mostrado al segundo encargado. Solamente los alfileres bendecidos en la capilla de la Santa Niña son permitidos».
—¡Pinches rateros! —murmuró.
Había evitado gastar su dinero en el transporte y la comida, pero sería imposible que lo dejaran entrar en la capilla si no compraba el boleto.
Sólo restaba esperar. Caminó hasta un árbol de tronco grueso y se sentó bajo su sombra. Apenas lo hizo, se quedó dormido.
9: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«No olvide dejar limosna».
«A todos los feligreses se les recuerda que no se les permitirá el acceso si no muestran su recibo al encargado».
«Niños mayores de 3 años pagan cuota (aunque vayan en brazos)».
10: ALFONSO EN EL CERRO DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR PRIMERA OCASIÓN
Para cuando llegaron a la punta del cerro, ya habían gastado casi dos mil pesos. Eso sólo sirvió para que el enojo de Alfonso fuera mayor. Lucía se mostraba ajena a todo, a los costos excesivos del transporte, de la comida, el sinfín de cuotas que debían pagar, al malhumor de su marido, incluso a los malestares del cáncer, que parecieron esfumarse apenas se acercó a la entrada del templo.
No se habían alejado ni dos pasos de la taquilla cuando un grupo de niños los abordó para ofrecerles todo tipo de medallas, rosarios y estampitas. Lucía les compró a todos. Alfonso la reprendió por eso, pero ella ni siquiera lo escuchó. Sólo prestó atención al retrato de la niña que colgaba de un árbol frente a la iglesia y al grupo de mujeres que le rezaba a esa imagen con Martita antes de su primer milagro. Se les unió.
11: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«Prohibido fumar».
«Prohibido ingerir bebidas alcohólicas antes de visitar a la niña».
«Favor de no cagarse en los alrededores de la iglesia. Quien lo haga, será remitido a las autoridades».
12: ALFONSO Y LUCÍA ESPERANDO ENTRAR A LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
A las dos de la mañana se les indicó a los visitantes que empezaran a formarse. Debían hacerlo según el número de su boleto. Pero nadie lo hizo. Parecían no comprender las instrucciones o simplemente no estaban dispuestos a negociar un lugar a la puerta del templo. Hubo pleitos y empujones. Muchos gritos.
Lucía discutió un par de veces, primero con una anciana, luego con una pareja de jóvenes que aseguraban que según el folio de sus boletos, ellos iban primero. Alfonso no sabía si mantenerse al margen o apoyarla. Todo aquello le parecía ridículo, pero estar más cerca de la puerta implicaba permanecer en ese lugar por menos tiempo.
El orden se estableció una hora después, cuando llegó la policía rural. Se impuso golpeando a los más revoltosos y arrestando a un par de viejos. Una vez más, Alfonso se mostró indeciso. La prepotencia le molestaba, pero los agentes habían logrado el objetivo de calmar a la muchedumbre.
Dieron las 6:00 a. m. Las campanas sonaron durante un minuto, después se abrieron las puertas de la capilla. Entre los policías y los encargados dejaron pasar a los visitantes.
13: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«Se entra en grupos de diez personas.
Espere a que los encargados le indiquen su turno».
«Un alfiler sólo sirve para una petición».
«Alfileres extra: $99 c/u».
14: ALFONSO ENTRA A LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR PRIMERA OCASIÓN
Cuando fue su turno de caminar hacia el altar donde se encontraba la niña, Alfonso fue asaltado por un olor a humedad, heces,
orina y sangre seca. Se contuvo para no vomitar, pero el verdadero esfuerzo que realizó fue el de guardarse sus comentarios en contra de la gente del pueblo.
Alfonso miró a la niña, su cuerpo desnudo estaba sucio, lleno de cicatrices, callos y costras, su piel reseca y pálida. Estaba
desnutrida.
—Es hermosa —susurró Lucía.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se limpió el llanto. Clavó el alfiler en la mejilla derecha de Martita, quien permaneció inmóvil. Lucía frunció el ceño. Rezó lo más rápido que pudo la oración de la Santa Niña. Al terminar, clavó su segundo alfiler en el dedo índice de la mano izquierda.
Las personas detrás de ellos se mostraron impacientes. Alfonso obligó a su esposa a ponerse de pie. Uno de los encargados les gritó que se dieran prisa. Lucía tomó el último alfiler. Lo enterró con fuerza en el ojo izquierdo. Martita gimió y sangró pero Alfonso retiró el alfiler lo más rápido que pudo.
Lucía salió de la iglesia gritando que la niña le había curado el cáncer. Todos aplaudieron, algunos lloraron, hubo desmayados.
Alfonso, con el alfiler en la mano, intentó que su voz se escuchara entre todos los gritos. Quería saber si alguien atendería la herida que la inconsciente de su mujer le había provocado a la pequeña.
—Estará bien. Dios la cuida. —Fue la única respuesta que obtuvo.
15: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«Un alfiler por petición».
«Si la niña no se movió, no sangró o no gimió con el primer alfiler y usted tiene más de uno, es decisión suya repetir la petición o formular una nueva».
«La niña escucha todas las peticiones, pero sólo cumple algunas. Si con usted no se movió, no sangró o no gimió,
posiblemente su fe no ha sido suficiente
o no fue lo bastante generoso con la niña.
Lo lamentamos y le recomendamos volver el próximo año con una actitud más positiva y regalos más bonitos».
«Los regalos para la niña se entregan al primer encargado».
«A la niña le gustan las joyas de oro y los billetes grandes más que las barbies».
16: LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ALFONSO CON LUCÍA
Lucía creía estar sana, juraba sentirse mejor. Aun cuando los dolores se volvían tan intensos que la tiraban en cama, se negaba a tomar sus medicamentos. Se aferraba a los recuerdos traídos del cerro y comenzaba a rezar.
Varias veces Alfonso intentó llevarla por la fuerza a las quimios. Lo logró en un par de ocasiones. Ella dejó de hablarle, sólo se dirigía a él para insultarlo por causarle tanto sufrimiento inútil.
Un par de meses después, el cáncer acabó con Lucía.
Alfonso estaba furioso. Tres años de luchar contra los tumores se habían ido a la basura. Asumía parte de la culpa por haberle seguido el juego a su esposa y por permitirle hacer aquel viaje. Pero también culpaba a la gente de aquel pueblo.
Nada se podía hacer ya por su mujer, pero estaba decidido a evitar que más personas ingenuas cayeran en aquella trampa.
17: ALFONSO ENTRA EN LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES POR SEGUNDA OCASIÓN
Se acercó al altar con las manos en las bolsas de su chamarra. En la izquierda, junto al boleto y el alfiler que le dieron, llevaba
otro, aquel que su esposa había clavado tiempo atrás en el ojo de la niña.
Miró a la pequeña. Empuñó el revólver que traía en la bolsa derecha. Sacó la mano izquierda, sujetando el alfiler viejo. Se inclinó hacia Martita y tocó su parpado izquierdo con la punta del alfiler.
—Se les acabó el negocio a estos cabrones —le susurró al oído—. Lo voy a arreglar.
Soltó el alfiler. Pasó la mano por el cabello de Martita. Uno de los encargados se le acercó.
—Señor, píquela y deje pasar a los demás.
Alfonso lo ignoró.
El encargado insistió.
—Señor, no puede tocarla. Si no tiene alfiler, retírese.
Alfonso parecía no escucharlo. Molesto, el hombre intentó alejarlo de la cuna con un empujón. Alfonso trastabilló. Sacó el revólver y disparó. Se sintió aliviado al ver que no había herido a nadie. Odiaba a la gente del pueblo y despreciaba a los que creían en todo ese circo, pero no quería matarlos.
Al escuchar la detonación, las personas que esperaban su turno dentro de la iglesia salieron corriendo. Sólo los dos encargados se quedaron.
—¡No se acerquen! —gritó Alfonso con la pistola en alto y rodeando la cuna para no darles la espalda a los hombres.
Se inclinó, cargó a la niña con su brazo izquierdo y se dirigió hacia la salida.
18: ANUNCIOS EN LAS PUERTAS DE LA CAPILLA DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
«Prohibido tomar fotografías y videos con cámaras o celulares.
El flash molesta a la niña».
«Si desea un recuerdo de la niña,
los productos oficiales y con sello de autenticidad
están a la venta en los puestos fuera de la capilla».
«Los vendedores acreditados portan una tarjeta
con el sello del municipio y la firma del párroco.
Di no la piratería».
19: EL TERCER GRAN MILAGRO DE LA SANTA NIÑA DE LOS ALFILERES
Al salir de la iglesia dio un paso y se quedó inmóvil. Todo el mundo corría, gritando. El cielo se había ennegrecido y al escándalo
de la multitud se unieron los truenos de la tormenta. Poco a poco, un grupo de gente consiguió rodear a Alfonso y a la niña. Él disparó al aire y logró que les dieran algo de espacio. Corrió, jalando el gatillo otras tres veces, hasta llegar a una de las camionetas que habían llevado a los visitantes hasta el cerro.
Temblaba y le faltaba el aliento. El agua de lluvia hizo que los huesos comenzaran a dolerle. Los dedos se le agarrotaron. Abrió la puerta de la camioneta con dificultad.
—¡Soy un imbécil! —dijo golpeando la puerta con el arma—. Debí conseguir las llaves antes.
La intensidad de la lluvia aumentó, también la ira de la gente. Un chico le arrojó una piedra que alcanzó su brazo. Otros dos
hombres lo imitaron. En un instante, toda la gente descargó su ira en Alfonso. Una de las piedras le dio en el rostro y lo hizo caer
al suelo. Utilizó su última bala mientras se ponía de pie. Se sentía aturdido. Escuchó ruido de sirenas. Subió a la camioneta y puso el seguro. Desesperado, comenzó a buscar entre los asientos y el tablero con la esperanza de encontrar las llaves. Una de las piedras estrelló el parabrisas y otra más entró, atravesando el cristal y golpeando a la niña en el estómago. Alfonso palideció cuando la camioneta comenzó a moverse. Varios hombres intentaban voltearla.
—¡Van a matarnos! —gritó mientras estiraba el brazo para evitar que la niña cayera del asiento—. ¡Yo sólo quería llevármela para que ya no estuvieran lastimándola y viéndola encuerada en esa pinche cuna!
La puerta del lado del conductor se abrió. Alfonso sintió varios pares de manos sujetar sus piernas, su cintura. Terminó en el suelo. Aferrado a la niña.
Alfonso no fue capaz de escuchar nada de lo que sucedió después. No pudo oír el crujido de sus huesos al recibir las patadas, los gritos de quienes lo golpeaban o los de aquellos que pedían que dejaran de hacerlo porque también estaban lastimando a la niña. Tampoco escuchó el zumbido de la lluvia o los truenos, ni a la policía abrirse paso entre la gente a macanazos y empujones.
Lo único que Alfonso logró escuchar, antes de que un relámpago cayera, fue la risa de Martita.