En esta ocasión, la poeta y traductora Tanya Huntington (Martín Luis Guzmán: entre el águila y la serpiente) y el poeta José Eugenio Sánchez (Galaxy limited café) discurren si el legendario Bob Dylan merece o no el Premio Nobel de Literatura.
This Land Is Your Land
Por: José Eugenio Sánchez
Este premio a Bob Dylan también es un homenaje a la literatura americana que cambió el rumbo de arte. Negar la existencia de los Beats como la estética más importante del siglo xx en Norteamérica es negar los tiempos actuales. La Academia gringa tardó décadas en aceptar que ese grupo de insatisfechos escritores representaban e influyeron a casi toda América, abordando temas poco tocados hasta la época. El canon jamás colocará a los Beats en sus dóciles páginas. Y por fortuna el Nobel jamás se le va a otorgar a miembro alguno de la generación Beat; su máximo logro: mantenerse aislados de la frivolidad literaria.
Mientras los Beats trataban de llenar de música su poesía, Dylan hizo lo mismo en una acción inversa y correspondiente. La literatura no se limita a lo que se imprime en páginas de papel; es capaz de existir en otros formatos, consumirse de otras maneras.
La obra de Dylan es referencia para describir la historia de un país. Es un objeto vivo que sin estar en el anaquel de una biblioteca termina siendo un bocadillo para los académicos y un canto liberador para los borrachos. Sus lecturas son a la vez accesibles y profundas. Canta contra las injusticias sociales y contra la guerra: «Ustedes preparan todos los gatillos/ para que otros disparen/ luego se apartan y esperan/ cuando las listas de muertos aumentan, ustedes se esconden en su mansión/ mientras la sangre de los jóvenes/ se escapa de sus cuerpos y se encharca en el lodo».
Este premio Nobel es un reconocimiento a la poesía y un desaire a la industria editorial: sin importar para quién fuera el premio de la Academia sueca, siempre ganaba una transnacional explotando la obra de un autor que regularmente no conocíamos; y después, ese autor obtenía dinero en regalías, pero no dejaban de ser migajas de un botín que se repartían los empresarios. El premio Nobel nunca había sido un premio a un autor y su riqueza. Para que esto sucediera se lo tuvieron que otorgar a un millonario: la literatura se ha vuelto inofensiva. Este premio es un golpe a cierta falsedad, y una victoria de otra falsedad: novedosa: cómplice de la realidad y que a veces tiene coros.
Sin ser escritor, Dylan publicó un libro que pesa seis kilos y medio y tiene más de mil páginas. También una novela, Tarantula, y Chronicles volume 1. The Lyrics: Since 1962, que salió a la venta en noviembre de 2014 en edición limitada. En aquel momento, el volumen costaba doscientos dólares y se pusieron a la venta cincuenta ejemplares firmados por el artista a cinco mil dólares cada uno.
Qué éramos antes de obtener el Nobel: ah sí: los maricas, los judíos en lajas de jabón, los esclavos, los putos, los desalineados, los insurrectos, los rebeldes, los imbéciles, los anacrónicos, los transexuales, los asesinados, los bombardeados: éramos la bazofia de los que sólo querían ocultar su propia mierda y éramos la carne de sus negocios: antes del Nobel éramos los que respiraban correctamente el humo del napalm como una bendición: éramos los que aceptamos valientemente tragarnos nuestra identidad a cambio de una firma estampada en pluma fuente sobre un gran escritorio con bellos pisapapeles.
¿Qué hay en un premio?
Por: Tanya Huntington
Suelen preguntarme si mi hijo se llama «Dylan» por el cantante: tanto así, que ya tengo la rutina armada. Invariablemente respondo que andaba pensando más bien en el poeta galés al ver asomarse ese par de cachetes redondos y ese pelo rojo revuelto. Para rematar, reconozco que no fue del todo justo dejarme llevar por las apariencias, dado que no me sé de memoria más que un poema de Dylan Thomas, pero son muchas las canciones de Bob que puedo interpretar con enjundia (y con guitarra).
Cuando sostengo, en cambio, que ni le hace falta el premio Nobel ni a nosotros nos hace falta que lo gane, creo que estoy siendo del todo justa.
Sus detractores hemos sido acusados o de ser cuadrados, o de ser ignorantes del papel que juega la tradición oral en la poesía. No puedo hablar por los demás, mucho menos por sus tabuladores de poetas. Pero sí puedo aclarar que mi resquemor no tiene nada que ver con algún prejuicio contra los trovadores —yo misma soy tan multidisciplinaria que me califico como circense, y reitero: soy fanática de Bob Dylan hasta Hurricane. Es decir, de manera retroactiva.
He allí el meollo del asunto. Lo que me inquieta es el hecho de que, al parecer, la Academia busca a un poeta que dejó de existir hace muchas décadas, y a cuyo avatar presente le irrita cuando le exigen que lo siga siendo. Ese poeta —al que quieren premiar los suecos, si es que lo logran— difícilmente hubiera aceptado cinco millones de dólares para filmar para el Súper Tazón un anuncio del Escalade de Cadillac, una aberración motorizada que le hubiera servido antaño como metáfora de la guerra en Iraq, o de los excesos y males del establishment capitalista. Para premiarlo, los miembros de la Academia tendrían que inventar primero una máquina del tiempo.
Más allá de un reconocimiento demasiado tardío (como suelen ser los de las instituciones ante la contundencia de una realidad cambiante) del papel que tuvo la música popular estadounidense en la renovación de la poesía (yo me hubiera inclinado más por el jazz), algunos especulan que su decisión conlleva un propósito más actual: el de protestar contra Donald Trump y sus seguidores. Francamente, me siento rebasada por la lógica de castigar a un farandulero premiando a otro. Los dos, Trump y Dylan, se han convertido en monstruos de la fama y del mercado. Igual que Trump, dudo que Dylan hubiera sido candidato si no tuviera millones de fanáticos, si sus ventas no fueran millonarias. La diferencia estriba en que no buscó esa candidatura y, al parecer, no la quiere.
Tampoco exageremos: el premio Nobel es de los suecos, y pueden galardonar a quien se les pegue la gana. Suelen alternar entre lo mediático y lo obscuro. Ojalá y para la siguiente nos presenten a un autor que necesita, o cuando menos quiera, ser premiado. Uno que no sea un lugar común, que aliente al derribo de muros culturales, que resulte ser una gran revelación: eso que alguna vez fue Bob Dylan.
No recuerdo el primer cómic completo que leí. No importa. Sí recuerdo dónde: en la pantalla de mi computadora. No fue hace mucho, seguramente. Cinco años, como máximo. Antes de esas fechas, estoy casi seguro de no haber tocado cualquier cosa relacionada con la narrativa gráfica más de tres veces en mi vida. El pueblo en donde crecí casi no tenía librerías y mucho menos tiendas que vendieran cómics. No fui un lector prematuro. No pude vivir el mito de muchos: haber leído de pequeño algún clásico, haber tenido alguna historia sobre el personal y delirante momento que fue comprar mi primer cómic para que después iniciar una enorme e incontable colección. No. Me di cuenta de que me gustaba leer hasta muy tarde. Y peor aún con los cómics: hasta no hace mucho eran para mí objetos lejanos, propios de la cultura norteamericana, de las grandes ciudades llenas de grandes tiendas. Mi idea no estaba lejos de la realidad. Pronto llegaría la infestación de películas basadas en cómics de superhéroes (que he llegado a aborrecer) y, con ellas, la venta por todos lados de los textos en los que estaban basados.
Sí recuerdo algo del primer cómic que leí: no era de superhéroes. Tal vez fue Maus, pero no estoy seguro. Después de esa lectura incierta me di cuenta de lo que me estaba perdiendo y me puse al corriente. Leí y leí. Porque me sentía atrasado. No sé con qué. Pero algo me empujaba a buscar todo lo que yo creía me había perdido durante esos años.
El internet, entonces, se hizo mi aliado: encontré aquí una librería infinita, un espacio que además podía explorar y conocer. Luego, por este medio, supe que no era el único: existía más gente que no podía leer lo que quería, que se sentía apartada, en los márgenes, pero que quería aprender. Devorar. Crear, sobre todo. Esas personas vieron también en el internet un espacio inexplorado (al menos por ellos) que había que llenar con sus experiencias. Experiencias tal vez compartidas No puedo decir que era una comunidad, pero sí fue un espacio en el que pude encontrar más de lo que yo esperaba de cualquier cosa. (Así es la vida: uno la va descubriendo poco a poco y uno se va dando cuenta de que el río de donde bebe es en realidad un charco comparado a los mares que hay en otros horizontes). Algo cambió en mi mundo. Llegué frente a discusiones y cuestionamientos a los que antes ni siquiera hubiera molestado en pensar. Cambié, y las cosas alrededor de mí también lo hicieron. Y yo también me sumergí y arrojé a mi trabajo. Quise, sobre todo, conocer el de otros. Conocer otras pasiones materializadas (o digitalizadas).
Así me encontré con el proyecto de webcómic de Axur Eneas. Su trabajo es tan particular y variado como su nombre. Ha colaborado tanto en proyectos de animación (la película de Don Gato y su pandilla) como en proyectos de narrativa gráfica en otros países (The Adventures of Aero-Girl y Sleigher. The Heavy Metal Santa Claus) y en México (Hotel Mairet). Más allá de las historias que se cuentan en esos proyectos, en su trazo dice algo, deja testimonio de una exploración que se muestra concreta en sus trabajos individuales como Este cómic no es arte (finalista del premio SecuenciArte 2015). Este cómic es él. Su historia. Y eso también ha hecho en su trabajo en la red. Él es su webcómic. Él es su trazo.
Eneas viene de la línea artística de narradores que han encontrado en el cómic un medio para hablar de sus historias. Art Spiegelman, Craig Thompson y Alice Bechdel son algunos autores que, sin duda, hacen eco en sus obras. Los tres son muy viscerales, duros. Y es un trabajo tal vez arriesgado el contar esas vidas: es natural pensar que a nadie le importaría leer la historia personal de un desconocido. A todos. Eso también es algo muy natural. Y más de la persona artística que Eneas se ha creado. Viene de una causa que subyace la mayoría de los discursos de subjetividad de hoy: el ser uno mismo. Está bien: la búsqueda de una identidad única es necesaria, pero también esa enunciación nos ha llevado, sin que nos demos cuenta, a una soledad masiva y compartida. Donde todos callan. Donde nos cerramos sobre nosotros mismos, nos plegamos hacia el interior hasta que ya no podemos salir y todo se derrumba.
Leer a Eneas es revitalizante. Porque aún él marca su línea con los autores conocidos que trabajan el testimonio. Sus historias, así como surgidas de un blog, pero también de una crónica bien consciente de su lugar en la marea del arte actual, son sinceras porque son emocionantes. Están llenas de emociones. Cuenta en ellas nada y todo. Cuenta su vida que podría ser la de cualquiera. Los fracasos, éxitos, accidentes, desamores y que él vivió no son sólo suyos ni de los lectores, son de la gente que vive. La fuerza de sus historias es una poderosa pero casi imperceptible. Trabaja en silencio, en soledad. Las pequeñas tristezas y miedos y felicidades que cuenta hasta en sus trazos se vuelven enormes; hacen eco dentro de nosotros, cavernas llenas de heridas invisibles. Son como milagros secretos. Que Axur–protagonista de su webcómic sea también el escritor cambia muchas cosas. En lo que podría ser el lugar casi común de los funny animals (como en Maus), Eneas encuentra la forma para contar desde su persona sin dejar a un lado a las otras. Todos los animales de sus tiras tienen una presencia por sólo ser.
Incluso en sus más recientes proyectos –públicos–, como el inktober sobre monstruos disfrazados de sus personajes favoritos, hay una sinceridad que surge en las contradicciones irónicas del dibujo, de la tensión monstruo/disfraz.
Eneas trabaja. Pelea. Por el cómic y por su lugar en él. Ha logrado explotar en sus historias y en su estilo un ritmo y contenido que rompe con los de hoy. Es el ritmo de una vida pero también de un arte. Eneas hace webcómics y cómics y animaciones, pero también documentos. La obra muestra y es su propio proceso. De un webcómic y de, siempre, antes que todo, una persona. Alguien que quiere decir y hacer. Escuchar y ser escuchado.
*Fe de erratas: en la entrega de esta columna sobre The Mountain With Teeth, mencioné a el Hombre Gris como un personaje de Gámez. Error: es de Eneas; la equivocación surgió de trabajos en conjunto y caemos que han tenido en las tiras de cada uno.
Placa del Gran Hotel
Velázquez, en el barrio de Salamanca, actual corazón político y financiero de la ciudad de
Madrid. Fotografías: Laura Fugo.
Desde ese otro Madrid, el de los desterrados, los amenazados y los dolidos, la voz de María Fernanda Ampuero dialoga en estas cartas imaginarias con las sombras que dejó a su paso por la capital española la joven Elena Garro, durante su visita para defender las causas de la Segunda República.
Mamá Jesusita. —Pero ¿por qué te tutea?
Gertrudis. —Es la moda, mamá, hablarle de tú a los muertos.
Un hogar sólido
Acuérdate de que hay que ceder, que eres una extranjera fugitiva y necesitada,
y a los que están debajo no les cuadra hablar con altanería
Las suplicantes
Madrid, verano, 2016
He estado buscándote, Elena. Lo que quiere decir, en verdad, que he estado buscándome a mí misma. Las biografías son autobiografías. Las cartas a otros son cartas a una misma. Las calles por las que tú andabas, Elena, Tippi Hedren con acento mexicano, ya no son las mismas. Llevan los mismos nombres, vaya. Conservan algunos portalones negros con dorado, pero, créeme, no reconocerías nada de esto. Camino por el barrio de Salamanca, la zona que tú más conociste, donde transcurrió tu vida madrileña, y pienso que quedarías fascinada. Entro a una tienda de ropa para perros. Está cerca de la calle Lagasca, de los apartamentos Golden Brick, donde viviste una temporada. Una mujer está comprando una chaqueta metalizada con capucha de pelo para un perrito maltés; ya sabes cómo son, muy nerviosos, muy crispados, que no parece querer llevar chaqueta alguna. Finjo alcurnia y me intereso por un collar para Olimpia, mi perrita, rescatada de la perrera. Me preguntan la raza y digo que no tiene, que es un chucho, como un salchicha peludo. Dan un respingo. Explico que la iban a sacrificar y todo cambia: me convierto en heroína y Olimpia en una diosa. El collar cuesta noventa euros. Prometo que volveré para probárselo. Tú te morirías de la risa y del absurdo. Nos iríamos del brazo carcajeándonos. Con ese dinero, las inmigrantes comemos tres semanas. Todo es muy hermoso, muy de diseño, en el barrio de Salamanca: oleoteca, vinoteca, centro wellness, boutique del pan, hair concept, restaurantes japoneses, un local especializado sólo en tomates, y yo pienso que cualquier día de estos empiezan a pedirnos pasaporte para entrar aquí. Los únicos extranjeros y extranjeras que me encuentro por el camino están vestidos con monos de construcción o con uniformes de servicio doméstico. Las mujeres inmigrantes cuidan a los niños y a los ancianos, es decir, a lo más precioso de un hogar. Esto siempre me ha fascinado y sé que te fascinaría a ti también: la memoria de este país la guardan mujeres extranjeras que dan largos paseos del brazo de esas ancianitas —las mujeres sobrevivimos más, a más cosas— como si fueran sus propias abuelas. ¿Quién dará el brazo a sus abuelas verdaderas en Perú, Ecuador, Colombia, Paraguay? Estoy segura de que te sentarías, como yo, en las bancas de las plazas del barrio a ver a los ancianos con sus cuidadoras latinoamericanas. El último runrún que se llevan los oídos de esas mujeres y esos hombres a la muerte es nuestro acento. ¿Qué se cuentan los unos a los otros, Elena? ¿Qué se preguntarán? ¿En medio del cuidado diario, de las pastillas, de la sopa, qué historias asomarán? Ha habido tanto dolor en este país, lo sabes perfectamente: guerras, hambre, dictadura y ahora crisis económica. ¿Preguntarán, unos y otros, como La Llorona, «dónde están mis hijos»? La vida es tan desgarradoramente hermosa. Tan tiernamente dolorosa. A veces quisiera volver a casa, pero ya no sé dónde está eso. ¿Quién te pregunta, Elena, cuando eres extranjera, cómo estás? ¿No te pasa que tienes la sensación de vivir como tras una película borrosa, como que tu cerebro está algodonado? ¿No crees que encontrar el país de una es imposible? ¿No te sientes a veces de ninguna parte? Yo te leo y encuentro cosas como ésta y creo que sí, que lo has sentido, que somos compatriotas de esa tierra que no es ninguna, que es, realmente, la búsqueda de esa tierra:
Era un detective del pasado que buscaba sombras que le dieran la clave de su derrota. Cruzaría el tiempo para hablar con sus abuelos muertos. Era una paria. En ambos lados del océano era extranjera y sospechosa. Había huido a México, y después había huido de México. Su pasado era una sucesión de casas extrañas, rostros desconocidos y palabras no pronunciadas. No tenía absolutamente nada que decir a los vivos. Todos los seres de este mundo le producían terror y para esconderse de ellos, buscaba a los otros, a los muertos. La casa junto al río
Madrid, verano, 2016
Elena querida, he encontrado este poema de Roberto Juarroz:
Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.
Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.
Me gustó mucho la idea de salvar a alguien pensándolo, y lo que subyace en el poema, que es que traer a alguien con el pensamiento también se parece a resucitarlo. ¿Estás de acuerdo? Me quedé pensando en eso porque ahora mismo hay mucha gente pensando en ti y, aunque supongo que no amortigua tantas muertes, tanta gente que te mató con tanto olvido y mentiras y desprecio, es un proceso de resurrección que se da, a la vez, en muchas casas, en muchos países. Quiero decir —a ver si desmadejo esta bola de lana de mi cabeza— que si moriste un poco en cada exilio, en cada huida, en cada guarida en la que te ocultaste, animalistas asustadas tú y tu hija, ahora vives un poco en cada casa donde estamos haciendo esto: escribir(te). Elena Garro, estás sentada en mi mesa de madera sencilla, en mi pisito de Madrid, en mi cocina que es a la vez comedor, estudio y lavandería. Elena Garro, por fin, sin esconderte. Todo lo contrario. Tus libros desplegados sobre la mesa. Notas. Las direcciones de los lugares donde viviste en Madrid. Calle Velázquez, Hermosilla, Lagasca, Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega. Elenagarrismo total. Y ningún miedo. Si la muerte es el exilio final, entonces ya está, ya no te tienes que esconder más, ya eres «un hogar sólido».
Madrid, verano, 2016
No me gusta la calle Velázquez, en la que viviste, en el Hotel Velázquez. Esa calle me trae malos recuerdos. Cuando yo llegué a España, hace ya muchos años, allí un hombre intentó abusar de mí. No era una niña, tenía casi treinta años y, aunque más inocentona, ya algo había de la conciencia feminista que tengo ahora. Mi vulnerabilidad eran los papeles: estaba indocumentada en este país. Tú sabes de lo que hablo, Elena; para las mujeres como nosotras, hijas de sus papás y de sus mamás, es difícil imaginar un escenario de carencia, de precariedad, de indefensión, de ser, en poquitas palabras, el otro. No lo digo con ninguna superioridad, al contrario, me avergüenzo: yo era una niñata, como se dice en España, mimada y burguesa que, de pronto, después de diez horas de avión, se vio cara a cara con los dientes de la vida. Me mordió, claro. ¿Qué te voy a contar a ti? Estar en el país de una es como estar en el útero materno y salir al extranjero es como si te hubieran parido en alta mar. En la calle Velázquez estaba la embajada de mi país y el entonces embajador, un hombre obeso, calvo, manchado de lunares, al que se le formaban globos de saliva en las comisuras de los labios y se los lamía y a cuya nieta le di clases, me dijo que podía conseguirme los papeles si me iba con él a Mallorca y que si me gustaban los tríos, los azotes, y que las chicas que emigraban solas tenían una vida sexual muy activa, y que si yo hacía cositas con mi compañera de piso. Mujer, extranjera y sin papeles. Haz la suma de las papeletas que tenía para que me humillaran. Quien me acosó sexualmente era el embajador de mi país. Yo no podía denunciarlo porque era la denuncia de una mujer sin papeles frente a la de un diplomático al que el rey invitaba a cenar. Yo no era nadie, Elena, yo era de esos seres del mundo a los que les puedes hacer lo que quieras, lo que sea, a cambio de cualquier migaja o de un puñetazo o del miedo.
El frío produce la nostalgia de las chimeneas y de las confidencias. También el frío les recuerda a los perseguidos que alguna vez tuvieron casa y en su memoria brotan duelas brillantes, mesas puestas, conversaciones y personajes risueños que fueron ellos mismos antes de convertirse en pedigüeños de papeles, y permisos para sobrevivir en aceras barridas por los cuatro vientos. Andamos huyendo Lola
No sé bien qué dije, cómo me levanté. Sólo sé que en el momento en el que mi pie tocó la calle Velázquez me eché a llorar como nunca en mi vida: llanto de orfandad, Elena, llanto de extranjeridad, de ver el lado B de este maldito mundo cuando no tienes una sola herramienta para defenderte de él. El cuerpo se me quedó rígido por varios meses, pensé que me deportarían si hacía cualquier cosa, así que el embajador terminó su periodo en absoluta impunidad. ¿Y yo? Yo dejé de ser el «personaje risueño» que era. Como tantas y tantos. Como tú, seguramente. La alegría también es una patria de la que se nos exilia constantemente.
Madrid, verano, 2016
Leo sobre tu regreso a México después de veintiún años. «Aquí no somos nada», dijiste. Pienso en eso de que el regreso es imposible. ¿Cómo regresar aunque te ofrezcan lo que sea en tu país, si ese país fue del que huiste y ya no reconoces nada? ¿Si, de hecho, ya no te reconoces a ti misma en esas calles? Yo no puedo volver, Elena, aunque aquí sea miserable. Lo que quiero decir es que ya no hay «aquí» o «allá». Quizás estoy pensando en Cavafis, el poema «La Ciudad» y eso de que «así como has destruido tu vida aquí, en esta pequeña esquina, la has arruinado en el mundo entero». No sé, Elena, probablemente estoy pensando en que pertenecemos a la raza de las inconformes y que esperábamos otra cosa —muchas otras cosas— y la vida nos ha llenado de mierda y que estamos cansadísimas. Todas pudimos haber escrito el libro del desasosiego. No sé si tendrás ganas de que te toque el tema del amor. Hoy no, ¿verdad? No, mejor hoy no.
Panorámica actual de la calle Ventura de la Vega núm. 16, donde Garro se alojó fugazmente en su paso por la capital española.
Vista actual del conjunto de apartamentos de la calle de Lagasca, en Madrid, donde vivió Elena Garro
Madrid, verano, 2016
Hay una frase de «La culpa es de los tlaxcaltecas» que me subyuga: «siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho». Quisiera poder decírsela a alguien alguna vez.
Madrid, verano, 2016
No sé si alguna vez anduviste por mi barrio. Se llama Lavapiés. Muy cerquita de mi casa hay una plaza que se llama Agustín Lara, ¿sabías? Tiene una estatua de don Agustín con pose de pensar y de recitar y de galantear y en una placa dice Agustín Lara, insigne compositor mexicano que cantó a España antes de conocerla, autor del célebre chotis Madrid y de las canciones Madrid, Valencia, Sevilla, Navarra, Toledo, Murcia, Granada. La plaza de al lado de mi casa se llama Nelson Mandela. Eso, el cambio de nombre, lo consiguió el barrio. Le queda bien: allí se juntan los africanos. Lavapiés es un barrio negro, árabe y latino. «Donde todos somos extranjeros, ninguno es extranjero», dice Julia Kristeva. Al lado de esa plaza hay una fuente donde se lee: República Española. Debe de ser de las pocas cosas que quedan de la república. Todo tiene su coherencia. Bueno, todo no. Pero me gusta el barrio y quiero que te lo imagines con toda la cursilería posible: crisol de culturas. Estoy sonriendo y elevando las cejas. Hay broncas y policía y gritos desde las ventanas y más droga de la que debería. Pero nadie aquí se siente extranjero. Y algunos días no sentirse extranjera, tú lo sabes mejor que nadie, es como haber sido tocada por el ala de un ángel.
Madrid, verano, 2016
Hace tanto calor y es tan cansado todo. Leo que escribiste en una entrada de tu diario «me desperté deprimida y humillada y cansada y rendida y perseguida» y suscribo cada palabra. Quisiera rendirme. Salir con la bandera blanca en alto. Decir me rindo. Leo, Elena, tus maravillosas Memorias de España 1937, una España por partes carbonizada, azulada de hambre y, por otra parte, furiosa por vivir, peleándole unas risas a los bombardeos.
Lo mejor de Madrid eran las veladas en la Casa de la Cultura. Llegábamos de noche a tropezones en aquella oscuridad de boca de lobo para encontrarnos en el palacio de los duques de Heredia Spínola a los intelectuales que vivían allí, disfrazados con los trajes de los duques. No olvidaré a Alberti disfrazado de cochero, ni a María Teresa, con un traje de época precioso. Langston Hughes se reía a mandíbula batiente, no era tan alegre como Nicolás Guillén, pero se divertía husmeando en los armarios y vistiéndose de príncipe o de lacayo. Después de las risas, nos quedamosmelancólicos. ¿Cuándo terminará esa maldita guerra?
¿Es que nunca dejaremos de hacernos esa pregunta? Tú no sabes, Elena, la guerra que hay ahora en Europa, en España. Es tan discreta, como un asesino experimentado: nada de refugios antiaéreos ni barricadas; si no te fijas, ni la ves. Ahora la forma de matar es con la indiferencia. Resulta que ahora los españoles se van, Elena, chicos y chicas con unas carreras y unos másters y unos cursos y unos certificados que ni tú ni yo, y lavan platos en el Reino Unido. Resulta que ahora hay pobreza energética, lo que significa que si es invierno tus criaturas se pueden enfermar porque no tienes cómo calentarlos y ya no hay leña ni bosques ni pueblos ni vecinos ni esas cosas de antes, sino ciudades crueles de edificios altos como dioses despiadados. Resulta que ahora, después de la riqueza brutal que atrajo a gente de todo el mundo hasta llegar a que el diez por ciento de la población de España, desde el año 99 hasta el 2008, fuera extranjera, hay gente que no tiene qué comer. Que no tiene qué comer. Quiero decir, Elena, que hay niños y ancianos que pasan hambre. Y, paralelamente, un collar de noventa euros para un perrito y gente que lo puede pagar sin un suspiro. Esa es la guerra, Elena. La desigualdad tan monstruosa. Y más: Europa blindándose contra los refugiados. El terrorismo. Ustedes por lo menos la veían. La guerra, digo. Las bombas. Al enemigo. Sonaban las sirenas. Ahora un día te dicen que no vuelvas al trabajo porque van a cerrar la empresa. Ahora un día vas en el tren y explota. Ahora no tienes qué darle de comer a tus niños y es diciembre y hace menos diez grados.
¿Cuándo terminará esta maldita guerra?
Madrid, verano, 2016
Qué violento es el miedo, ¿no? La enfermedad del miedo la llamaste tú. Quisiera no sentirlo al menos un minuto. Sesenta segundos libres de miedo. Qué delicia. La gente que no tiene miedo no sabe lo libre que es, no tiene idea lo feliz que es, lo dichosa, lo plena, lo privilegiada. Aunque no te muevas de donde estás, el miedo te hace sentir que estás huyendo todo el tiempo, en alerta, con el perseguidor detrás de tu hombro. Sé que sabes perfectamente de qué estoy hablando. Estoy hablando de ti y de mí, un par de mujeres asustadas. ¿Es inherente a la condición de extranjera el miedo? ¿O somos nosotras y nuestras decisiones, nuestros pulsos, nuestros cerebros de agua mala en los que naufragamos? Tengo miedo, Elena.
Madrid, otoño, 2016
Ya es otoño. En esta ciudad, ya sabes, el frío no se desliza suavemente bajo las mantas, sino que cae como un baldazo de agua helada mientras duermes. Aquí llega el frío como una mala noticia. Todo morirá —los árboles del parque de El Retiro, las flores— y yo moriré un poco con todo. Ya es otoño, Elena, lo que quiere decir que empezaré a ser cada día menos feliz hasta la primavera. Y faltan siglos.
Leerte me hace pensar en Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino:
El infierno de los vivos no es algo
por venir; hay uno, el que ya está
aquí, el que habitamos todos los
días, el que formamos estando juntos.
Hay dos maneras de no sufrirlo.
La primera es fácil para muchos:
aceptar el infierno y volverse parte de
él hasta el punto de dejar de verlo. La
segunda es arriesgada y exige atención y
aprendizajes continuos: buscar y saber reconocer
quién y qué, en medio del infierno, no es infierno.
Porque creo, Elena, que encontraste el no-infierno en la literatura, en la creación literaria: tu mundo interior, tu patria. Al menos para mí, que siempre busco qué y quién no es infierno, tu obra me ha servido para habitar otro lugar que no queme. Hermana, Elena. Amiga, Elena. Amor, Elena. Gracias.
Diciembre es un mes que incuestionablemente significa fin de época. En este punto todos pensamos exhaustivamente en qué pasó con el año que termina, quiénes fuimos, qué hicimos y cuáles son los momentos dignos de recordar. Con esta sensación viene la idea del recuento, luego la elección de los mejores y los peores momentos. Una retrospectiva que nos permite mirar ese año a partir de esos elementos, pues ese año significa la gente que conociste, las ideas que rondaron por tu cabeza, los libros que leíste y las canciones que más escuchaste.
Quizá yo en 2016 leí menos libros nuevos de los que había leído años anteriores, por varias razones. La principal es la promesa que me hice: no comprar más libros hasta que tuviera espacio para acomodarlos. Así, entonces, compré un e-reader y descargué las novedades que me interesaban. Para mi desgracia, el mundo de los libros electrónicos poco se ha interesado en las publicaciones infantiles y el catálogo es limitado, los clásicos dominan. Sin embargo, este año que termina visité algunas librerías y ferias del libro para mantenerme al día de las nuevas publicaciones infantiles y juveniles. Vi mucho, nada que me impactara demasiado, pero elegí los cinco que fueron mis favoritos:
1.- Punkzilla de Adam Rapp, publicado por el Fondo de Cultura Económica, es una novela juvenil que narra la travesía de un adolescente por Estados Unidos, cuyo objetivo es encontrarse con su hermano agonizante. El autor es una de las voces más propositivas de la literatura juvenil norteamericana y con este título se inserta en el mercado hispanoparlante. Su visión realista del mundo juvenil aporta a sus lectores elementos entrañables que se parecen más a J.D. Salinger que a la propuesta comercial de literatura contemporánea para jóvenes.
2.- ¿Qué cuentan los días? de Roger Ycaza, publicado por La Herrata Feliz, es un libro ilustrado que relata el pasar de los días a través de ilustraciones. A lo largo de un mes, el autor se dedicó a llevar un diario gráfico de lo que pasó a través de estos días y qué momentos le parecieron dignos de guardar en registro. Es un proyecto personal que se torna universal al explorar una serie de sentimientos y sensaciones a lo largo íntimos a lo largo de varias semanas. Una propuesta para detenerse a pensar en los días que parecen intrascendentes, pero que siempre construyen la forma en la que nos entendemos y nos enfrentamos a la realidad.
3.- Salvaje de Emily Hughes fue publicado en español por Libros del Zorro Rojo en el 2015, pero lo incluyo en esta línea porque durante este año tuvo mayor exposición. Es un libro álbum que cuenta la historia de una niña pequeña que crece entre animales y cada uno le enseña algo. Un día llegan un par de humanos que la sacan de su entorno y la llevan a casa para civilizarla. La niña sufre porque lo único que quiere es volver a ser salvaje. El clásico relato de pez fuera del agua que cuestiona si realmente es importante ser educados y saber comer con cubiertos, ¿eso te puede hacer feliz o te ata a normas infinitas? Un relato corto, magistralmente ilustrado, que resignifica el valor de ser salvaje.
4.- Los cuentos negros de Ofelia de Jorge Estrada con ilustraciones de Mónica Loya, publicado por Uranito, es una serie de relatos contados por Ofelia, una niña amante del terror. Este libro explora la posibilidad de un terror para niños desde la voz oscura de una niña de su misma edad. Destaca por la precisión de los miedos que aborda, pues entiende perfectamente la dimensión de los miedos infantiles, los complejiza a partir de una narrativa impecable y llena de detalles. Un libro que alude a tanto a los terrores más profundos como a los más cotidianos.
5.- El bosque dentro de mí de Adolfo Serra fue el ganador del XIX Concurso de Álbum ilustrado A la Orilla del Viento y publicado por el Fondo de Cultura Económica. Es un álbum mudo que relata el camino de un niño por el bosque en compañía de sus miedos y de un personaje misterioso. Una obra que, además de demostrar el talento de este artista, nos deja caminar por nuestra propia oscuridad. Un relato sin palabras que da pie a las más distintas y complejas interpretaciones. Una obra para mirar una y otra vez.
Las listas son elecciones parciales basadas en lo subjetivo, jamás verdades absolutas, siempre están llenas de omisiones. Elegí los libros cuyos temas me parecen importantes y pertinentes para los niños contemporáneos. Además de las impecables propuestas gráficas, estos autores se hacen preguntas exhaustivas, no son obras que terminan cuando se lee la última página. Así como los años que terminan cuando el último día diciembre guardan preguntas para el futuro.
La antigua casa familiar de los Paz
Lozano en la calle de Porfirio Díaz, en donde Elena vivió sus primeros meses de casada. Fotografías de Laura Doci.
Entre los archivos de Elena Garro hay una libreta que registra ochenta y seis direcciones donde habitó a lo largo de su vida. De Veracruz a París o de la colonia Roma a Tokio, con las idas y venidas de Elena Garro es posible trazar un mapa no sólo de sus vaivenes vitales sino de las influencias que marcaron ese otro itinerario biográfico que es su propia obra.
Elena Garro nació el lunes 11 de diciembre de 1916 en la ciudad de Puebla, pero la localidad es un mero accidente en su biografía. Elena pudo haber nacido en algún poblado de España; quizá en el camarote de un barco que cruzaba el océano Atlántico; o tal vez en el puerto de Veracruz. Y ese azar, quizá, marcó desde entonces lo que sería su destino errante.
Seis días antes de su nacimiento, Esperanza Navarro Benítez, su madre, desembarcó con una barriga de nueve meses de embarazo en las costas mexicanas, proveniente de la ciudad española de Oviedo. No hay nada confirmado, pero al parecer Esperanza se peleó con su esposo, José Antonio Garro Melendreras, y en un ataque de furia hizo maletas y tomó en brazos a su hija mayor, Devaki, para viajar a México. Los trabajos de parto la sorprendieron cuando iba camino a la Ciudad de México. Gracias a que tenía familia en Puebla, pudo dar a luz a Elena a las 21:44 horas, en la casa marcada con el número uno de la segunda calle de Juan Ramírez, en el centro de esa ciudad.
Elena Delfina Garro Navarro fue registrada el 7 de febrero de 1917, en la misma ciudad en que nació. Elena fue gachupina, hija de padre español y madre mexicana, y esa dualidad la marcaría toda su vida. Fue la tercera de cinco hijos —Sofía, fallecida a los dos años de nacida, Devaki, ella, Estrella y José Albano—. Todos los hermanos fueron criados en Iguala, Guerrero, un pueblo de vegetación salvaje y calor agobiante en el suroeste mexicano.
En el centro de Iguala, a unos pasos de la plaza principal, hay una vieja casona de fachada blanca y techo de teja rojiza que está semioculta por varios puestos callejeros. Adosada a uno de los muros y detrás de mantas y ropas colgando, hay una placa metálica con el nombre de Elena Garro grabado, que dice: «Durante su adolescencia habitó en esta casa de donde surgieron las ideas para escribir su magna obra, Los recuerdos del porvenir, en la cual describe la vida de Iguala en este tiempo». La placa tiene varios errores: da 1920 como el año de su nacimiento y, en realidad, la escritora sólo vivió allí durante su infancia e inicios de pubertad. Esa confusión de fechas y datos forman parte de la imagen pública de Elena Garro: con ella nunca hay una versión definitiva.
Iguala fue la fuente de inspiración de buena parte de la obra literaria de Elena Garro. En 1962, en una entrevista, Elena Poniatowska preguntó a Garro por qué siempre hablaba de la infancia: «En la infancia aprendemos todo. Crecer es olvidar poco a poco lo que aprendimos con tal intensidad». La patria de Elena Garro fue el jardín donde jugaba y la mesa de su casa, ahí donde ocurrían los juegos y las discusiones de poesía, del tiempo y las religiones. No asombra que, en Un hogar sólido, anhelara volver al «orden solar» que significaba su familia.
En la casa no íbamos al colegio. Era una casa muy grande en un pueblo de indios nada más, en el estado de Guerrero, muy primitivo. No había luz eléctrica ni había nada. Y mi papá y mi tío eran ocultistas. Ellos habían estudiado en Europa y eran así, muy locos, muy románticos. Nos daban clases a mí y a mis hermanos. Nos enseñaron francés, nos enseñaron latín y tenían una biblioteca muy grande, con todos los clásicos españoles, griegos, latinos, ingleses y alemanes. Y leíamos todo el día.
Elena Garro vivió hasta los doce o trece años en Iguala. Hacia finales de la década de los veinte se mudó junto con su familia a la Ciudad de México. No hay registros de que alguna vez haya vuelto a Iguala, aunque en su imaginación y obra regresó innumerables veces.
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Las colonias Roma y Condesa fueron donde Elena Garro vivió su adolescencia en la Ciudad de México. Barrios tradicionales, de arquitectura art déco y viejas casas porfirianas, que hoy en día resisten a la avaricia inmobiliaria. En Campeche 130 Elena vivió mientras hizo la preparatoria en la UNAM. Se trata de un pequeño edificio de dos pisos de departamentos en contraesquina del famoso mercado de Medellín, de la colonia Roma. La construcción es una pena: la fachada está ennegrecida y cubierta de musgo. En la planta baja, un zapatero y una costurera ofrecen sus servicios. Es uno de esos edificios que sobreviven sin mantenimiento.
Vista actual de Campeche 130, domicilio de Elena Garro mientras estudió la preparatoria en la UNAM, en la década de 1930
Hacia 1936 o 1937, la familia se mudó a Tampico 21, en la colonia Condesa, justo en la esquina con la calle de Puebla. Esa vieja casa ya no existe, en su lugar hay un edificio moderno. Fue en esa casa cuando Elena debió empezar su noviazgo con un joven Octavio Paz. Ella estudiaba Letras Españolas; él, Derecho. Elena contó que caminaban juntos desde la Escuela Nacional de Altos Estudios (hoy conocido como Palacio de la Autonomía de la UNAM, en el centro histórico) hasta su casa, mientras hablaban de poesía. Ella, más afecta a la alemana; él, a la latina y arábigo-andaluza. Elena y Octavio se casaron el 25 de mayo de 1937 en un juzgado del centro de la Ciudad de México. Octavio tenía ventitrés años y Elena veinte. En el acta de matrimonio se anotó que tenía veintiuno, aunque faltaba más de medio año para que fuera mayor de edad. En aquella época, la Constitución mexicana era distinta: la mayoría de edad se alcanzaba a los dieciocho años cumplidos si ya se estaba casado, de lo contrario hasta que se cumplieran veintiún años. En 1969 el artículo 34 constitucional fue modificado y quedó como se conoce ahora: la mayoría de edad es a los dieciocho años sin importar el estado civil. Ninguno, después del matrimonio, acabaría sus estudios. La historia de su enlace, al paso de los años, sería uno de los puntos de conflicto entre ambos.
Si Elena Garro y Octavio Paz fueron felices en algún momento de su matrimonio, sólo ellos lo supieron. Sin embargo, conocieron el mundo juntos. Y ésa es, tal vez, una forma de la felicidad. Recién casados, llegó a contar Elena, ella se encerró en su casa familiar y no quiso irse a vivir a la casa de él y su madre, en Porfirio Díaz 125, en Mixcoac, frente a lo que hoy es el Parque Hundido. Según su versión, Octavio armó tanto escándalo, que terminó aceptando irse con él. El paraíso familiar, de la infancia y adolescencia, había acabado para Elena.
La casa de Porfirio Díaz continúa en pie con su jardín arbolado y su techo de teja rojiza. Hasta su muerte, fue el hogar de la madre de Octavio Paz, doña Josefina Lozano. Las narraciones que Elena llegó a hacer de su vida en esa casa son cercanas a una pesadilla. A las pocas semanas de casados viajaron a un Congreso de Intelectuales Antifascistas a España, en plena Guerra Civil. El libro de Elena que narra ese viaje es Memorias de España 1937.
Al volver a México, a finales de 1939, nació Elena Laura (Helena, con hache, como firmaría más tarde para diferenciarse de su madre). La familia se instaló en Saltillo 117, en la Condesa, una casona de dos pisos que compartían con la hermana de Elena, Devaki, y su esposo, el pintor Jesús Guerrero Galván. El patio trasero daba a otro patio de una casa en la calle de Etla 24. La coincidencia fue afortunada: en la otra vivienda habitaban el escritor Francisco Tario y su esposa, Carmen Farrell, quienes se convertirían en amigos cercanos de la pareja. La casa de Saltillo tampoco existe en estos días. Queda en pie, no obstante, la casa de Etla como testimonio de lo que Elena llamó días irrecuperables: «Después de Etla, todo fue adulto, todo fue sórdido. Un día volveremos a ese orden del juego sin chequeras, sin intrigas, triunfos o derrotas».
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A finales de los cuarenta, siendo Octavio Paz parte del Servicio Diplomático mexicano, la familia Paz Garro se mudó a París. La familia se instaló en un departamento de la calle Víctor Hugo 199, donde vivieron hasta mediados de 1952. Los años en Francia fueron clave para la familia. En el caso de Elena, quedaron retratados en su novela Testimonios sobre Mariana. Por aquel departamento pasaron Jorge Luis Borges, José Bianco, Victoria y Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, María Zambrano y más intelectuales que marcaron el siglo XX. No todo fue felicidad; ahí, de acuerdo con sus diarios, Elena intentó quitarse la vida dos veces.
En mayo de 1952, Octavio Paz, adscrito a la embajada de México en la India, fue asignado a Japón. En ese entonces, Elena y su hija vivían en París. La pareja, escribió Garro de forma recurrente, nunca fue pareja. Estaban casados, pero hacían vidas separadas. El poeta llegó a Tokio el 5 de junio y se instaló en el Hotel Imperial. Al día siguiente, madre e hija emprendieron el viaje en barco desde Francia para reunirse con Paz. La familia no pudo darse el lujo de rentar un departamento o una casa, y tuvieron que compartir el cuarto de hotel para los tres. El gasto para la comida también quedó restringido. Dos meses después, la salud de Elena comenzó a decaer. Su estado empeoró a tal grado que Paz inició un largo e intenso intercambio telegráfico con la Cancillería mexicana para salvarle la vida. El 19 de septiembre, dos mensajes telegráficos llegaron a la residencia oficial de Los Pinos y a la Cancillería mexicana. Ambos contenían un grito de auxilio desde Japón pues, según el diagnóstico médico, Elena estaba enferma de la espina dorsal y corría el riesgo de quedar paralítica. Se recomendaba trasladarla a un sanatorio en Suiza. El 29 de octubre de 1952, la familia emprendió un viaje de casi diez mil kilómetros hasta Berna. Los médicos suizos le recomendaron una cura de sueño a fin de que se desintoxicara de las altas dosis de cortisona que le aplicaron en Tokio.
De esa crisis de salud, no obstante, Elena Garro emergió como una escritora prodigiosa. De ese tiempo, Garro anotó en su diario: «En 1953, estando enferma y después de un estruendoso tratamiento de cortisona escribí Los recuerdos del porvenir como un homenaje a Iguala, mi infancia y aquellos personajes a los que admiré tanto y a los que tantas jugarretas hice».
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Hacia mediados de 1950, la familia regresó a México. Rentaron un departamento en un edificio circular, con forma de torre, en la esquina de Insurgentes y el Viaducto Miguel Alemán. Por aquella época Elena se dedicó a escribir guiones de cine, junto a Juan de la Cabada y Julio Bracho.
Al poco tiempo vino la separación de la pareja y Elena, junto con su hija, se mudó a un departamento en Nuevo León 230, en la Condesa, que persiste hasta nuestros días. Elena lo amuebló a su gusto. En su diario, escribió que Octavio le dijo que era el departamento más lujoso de México y sufría de delirios de grandeza. No es mentira ni algo desconocido que Elena Garro adoraba los lujos y la ropa de diseñador. Su relación con el dinero, sin embargo, siempre fue infernal: todo lo consumía, todo lo gastaba.
Hacia 1959, Elena dejó su departamento debido al viaje que hizo con Archibaldo Burns, su entonces pareja, y su hija a Europa. El relato de ese periplo quedó reflejado en Reencuentro de personajes. Mientras ellas estaban fuera de México, Octavio tramitó el divorcio en Ciudad Juárez sin que Elena tuviera conocimiento de ello: Paz dijo que no conocía su dirección y al poco tiempo el matrimonio quedó finalizado. En 1962, madre e hija se instalaron en un departamento que, se cuenta, fue comprado con dinero de Burns. Lo cierto es que el departamento se compró a nombre de Helena Paz, a través de un crédito que le llevaría varios años pagar.
Elena Poniatowska entrevistó a Garro en ese departamento e hizo una deliciosa descripción:
Elena Garro vive en el número 16 de la Rue de l’Ancienne Comédie, en la casa donde vivió Molière. […] en esa casa mágica, que ella poetiza, ha escrito más que nunca: obras en tres actos, una novela corta, comedias poéticas en un acto, ensayos y artículos. El departamento tiene todos los tonos del azúcar quemada. Los sillones están forrados de terciopelo café (ella misma los forró); las cortinas caen pesadas, también de terciopelo café (ella misma las cosió); el tapete es beige; las sillas color tabaco, y Elena, en medio de puros colores que le sientan bien es un rayo de luz; sus cabellos aureola de sol y de otoño.
En otoño de 1963 madre e hija vuelven a México. Elena Garro tenía en puerta la filmación de Sólo de noche vienes, una película basada en un guión suyo que juntaría al director Marcel Camus y a la bailarina y coreógrafa Amalia Hernández. Ya en México, las diferencias con Amalia Hernández llevaron a que el proyecto sufriera retrasos y obstáculos y se filmara bajo otros términos en 1965.
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A finales de 1963, Elena y su hija se instalaron en una casona de tres pisos y jardín en Fernando Alencastre 220, en Lomas de Virreyes, en las orillas del histórico Bosque de Chapultepec. La casa era propiedad del abogado Raúl F. Cárdenas, a quien rara vez le pagaba la renta. Cuentan que cuando el licenciado iba por el alquiler, Elena lo encandilaba en una plática tan encantadora —además de su belleza—, que el hombre salía maravillado pero sin un peso en el bolsillo.
En esa casa, que tampoco existe ya, Elena llegó a ser feliz. Al menos así se lo contó a su amigo, el escritor José Bianco, en una carta enviada en 1966: escribía novelas y artículos, traducía y defendía a los campesinos. También tenía ocho gatos: Humitos Madrazo, Conrandino, Rojo Gómez, Ágata, Luisa, Carboncito, Palancares y Maquí.
Elena Garro y Helena Paz vivieron ahí hasta el 28 de septiembre de 1968. Ese día inició la etapa más oscura de su vida. Aquella fecha salieron huyendo de su casa, seguras de que un grupo de hombres había intentado matarlas. Se refugiaron en la calle Lisboa 17, de la colonia Juárez, con su tía política María Collado. Desde esa vivienda, Elena supo de la acusación en su contra por ser la supuesta jefa del movimiento estudiantil para derrocar al gobierno. Y, ahí mismo, dio su polémica reacción cuando, según la prensa, acusó que los intelectuales fueron los culpables de la matanza del 2 de octubre por haber arengado a los jóvenes a salir a protestar. El edificio Prim, una construcción de inicios de 1900, sigue en pie en la esquina de Lisboa y General Prim.
Después vendría la época en que madre e hija habrían de vivir en hoteles —Suites del Parque, María Isabel y otros más—, seguras de que el gobierno mexicano las acosaba a través de Fernando Gutiérrez Barrios, titular de la Dirección Federal de Seguridad, y Luis Echeverría. En 1971 o 1972, las dos Elenas se instalaron en Taine 222, en Polanco, en un departamento amplio propiedad de la familia Solana, amigos de su padre.
Estuvieron ahí hasta el 28 de septiembre de 1972, cuando emprendieron su huida de México con ayuda de la familia Balderas, dueños de una empresa de mudanzas, quienes les prestaron un auto para cruzar ilegalmente a Estados Unidos y guardaron sus pertenencias en una bodega. De acuerdo con la versión de Elena, el estudiante Raúl Urgellés les comunicó que planeaban matarla. Además, Helena Paz sufría cáncer y su madre decidió atenderla en Houston y Nueva York. Para sobrevivir, las mujeres vendieron el departamento de París.
Entre 1968 y 1980, Elena Garro y su hija no tuvieron un lugar fijo. Las mudanzas a hostales y hoteles en México, Estados Unidos y España se convirtieron en su forma de vida. No fue hasta la década de 1980 que hallaron reposo en un departamento en el Barrio XVI de París.
En 1993, madre e hija volvieron a México. Se instalaron en un pequeño departamento en Cuernavaca que Elena heredó de su hermana Estrella. Garro pasó ahí sus últimos cinco años de vida. En agosto de 1998 la enterraron en el Panteón Jardines de La Paz y, en abril de 2014, su hija la alcanzó.
Las mudanzas y la huida marcaron la existencia de Elena Garro. En la última línea de Un hogar sólido, escribió: «¡Un hogar sólido! ¡Eso soy yo! ¡Las losas de mi tumba!». Su última mudanza, la final, fue escrita por ella misma.
Reza el dicho que cada quien habla como le va en la feria. No se inventó el dicho para referirse a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que este domingo pasado terminó su trigésima edición, pero para cualquiera que se dedique a cualquier asunto relacionado con libros viene como anillo al dedo. Yo comencé a asistir en 2004 y desde entonces sólo he faltado una vez. Muchos no ven el punto en ir año con año a enfrentar las aglomeraciones en los pasillos, los detectores de metales en las entradas y los altos precios de los libros “nada más para ver escritores”. Otros piensan que cada año van más jóvenes que “nada más van a pasearse” y no les interesa comprar libros, que se salen a la mitad de las presentaciones para que no los deje el camión escolar. Algunos más piensan que la feria se ha vuelto demasiado comercial, demasiado cara, demasiado orientada a traer grandes figuras y a promover autores “que no escriben literatura”.
Estoy de acuerdo con todas esas quejas y con muchas otras, porque la Feria del Libro de Guadalajara, la “FIL” para los cuates, es tan grande que caben en ella todas las experiencias posibles. Este año pude, por ejemplo, haber invertido un día en obtener el autógrafo del ilustrador Benajmin Lacombe —cuyo Frida fue quizá el libro más bello de toda la feria— y un día más en ver a George R. R. Martin —de quien más de uno externó que preferiría que no hubiera ido a la FIL para mejor terminar The Winds of Winter— pero en vez de eso preferí asistir a varias de los eventos organizados en el Pabellón de América Latina, el invitado especial de este año, y en particular asistir a todas las mesas que pude de la selección de Ochenteros para hacerme una idea de qué se está escribiendo ahora mismo en el continente, porque si bien la selección, como toda selección, es azarosa y muy discutible, los propios autores participantes tuvieron a bien recomendar a muchos otros que podrían haber formado parte de la misma.
De entre todos los autores seleccionados, me sorprendió el número de recomendaciones que me llegaron para que leyera a Francisco Ovando (Chile, 1989) —o como alguien se refirió a él en mi muro de Facebook: “El Pancho Ovando, wuuuuuuuu!”— y de quien terminé por comprar dos libros, Acerca de Suárez, una especie de fábula postapocalíptica sobre un pueblito en el desierto que se queda sin electricidad, y Casa volada, una metanovela que lleva por protagonista a un corrector de estilo. Me hubiera terminado llevando más libros de más de los Ochenteros si los hubiera encontrado, pero no tuve mucha suerte. O más bien mi cuenta bancaria tuvo mucha suerte.
Lo cierto es que estas mesas de autores jóvenes no estuvieron a reventar. Tampoco lo estuvo la presentación de El espíritu de la ciencia ficción de Roberto Bolaño, ni la mesa temática en la que hablaron de su obra Sergio Ramírez, Juan Escoto, Hector Abad Faciolince y Elmer Mendoza. Tuvieron que poner pantallas afuera de la conferencia de Carlos Ruiz Zafón, pero yo pude ver la presentación de The Short Story Project en primera fila, con sendos cuentistas latinoamericanos de primera calidad.
Los libros de Francisco Ovando salieron un poco caros, sí, pero la antología de Nicanor Parra que compré para regalar, y Porque parece mentira la verdad nunca se sabe de Daniel Sada salieron casi regaladas —gracias a Gaby Silva de Palabra Lab por ese hallazgo—. Todo Bolaño estaba en descuento si no te importaba comprar las ediciones viejas.
Cada quien habla como le va en la feria. No podría decir que hay cosas que no me gustan de la FIL, pero si vuelvo cada año es porque esa experiencia que puede uno conseguirse ahí no se encuentra en otro lugar del mundo. Durante nueve días se juntan todos los eslabones del mundo del libro. Me ha tocado asistir con gafete de expositor, de profesional, de prensa, de presentador y de invitado (todavía no de invitado especial, pero se vale soñar). De entre todas las quejas contra la FIL, la única que no puedo compartir es de los que se quejan de que no van porque nadie los invitó. Invitan los libros. Lo demás, como dice mi amigo Billy, es silencio.
Elena Garro y Helena Paz en París, año de 1947. En el envés, Elena escribió: “La niña y yo en el Bois de Boulogne; ¡Qué alta está! ¿o no?” Archivo Jesús Garro.
Como guionista y argumentista lo mismo de textos comerciales que de obras experimentales, Elena Garro conoció un éxito a medias: mientras algunos productores chocaban con su visión de cine de denuncia, otros de plano le regatearon su crédito.
A Bioy Casares
Tu nombre avanza por el cielo
Lo veo desde el balcón
Adentro alguien me llama
Afuera tu nombre navegando
¡Ya voy!
Elena Garro, París 1950
Al entrar a un auditorio, la pequeña figura de Elena Garro se transfiguraba como si produjese el reverberar de una llama. Rubia, cubierta en pieles, manos inquietas, ojos vivos y poco maquillaje, su porte hacía creer que se trataba de una actriz de cine. Pero Elena irrumpió en ese mundo del otro lado de la cámara, de manera natural, debido a su conocimiento sobre la plástica y las artes escénicas —la danza y el teatro colmaban de magia su universo—. En 1933, invitada por el pintor y director Adolfo Best Maugard, participaría por primera vez en el cortometraje Humanidad.
Por lo que Garro menciona en sus diarios, sabemos que de niña fue poseída por el hado de las letras. Una parte de su infancia la vivió en Iguala, Guerrero, donde tomó clases con su padre y su tío Boni, en compañía de su hermana Deva. Fue entre los libros de Las mil y una noches, Lope de Vega, Garcilaso y los griegos, entre viajes y conversaciones familiares, donde la Leona —como le decía su abuelo, por su cabello rubio e indócil temperamento— forjó su técnica de estudio, como autodidacta. Niña insaciable y rebelde, logró matizar su narrativa poética que posteriormente tomaría un tono agridulce. Dos experiencias detonaron su imaginería: los títeres y el cine de pueblo. Elena me comentó, en una charla que tuvimos en su casa de Cuernavaca, en 1996, lo siguiente:
Una vez cerca de Iguala, vino el cine y se hizo la fiesta, todos asistimos, iba el mozo, mi padre, tío Boni y mi hermana. Los del pueblo llevaban sillas que acomodaron como noche de muertos. Las madres prohibían a sus hijos ir, creían que era cosa del diablo, pese a que el cura estaba sentado en primera fila rodeado de convites. Los niños escapaban a ver películas frente a largos lienzos blancos. No se hacían esperar los vendedores de pulque, garapiñados, tabacos y frutas secas. En las tertulias se proyectaban batallas de guerra y cintas de Méliès.
Elena Garro admiraba profundamente las crónicas de Armando de María y Campos, por eso su cine tiene una esencia teatral; años más tarde, esta influencia afirmará su estructura y ritmo literario con la que transmite una sensación de persecución. A través de libretos y guiones visibiliza todo lo invisible; basaba sus guiones en la estructura del cuento. En una charla entre Garro y Mauricio Magdaleno comentó: «El guión de El compadre Mendoza es perfecto. Esa película cambió mi forma de ver cine, comprendí que podían evidenciarse los abusos sociales, estéticamente». Para ambos la clave de un buen guión radicaba en un buen cuento, y coincidían en lo grandioso de la película Macario, basada precisamente en un cuento de Bruno Traven con guión de Emilio Carballido.
Garro inició escribiendo guiones bajo la dirección de Julio Bracho, a quien conoció en la década de 1930, cuando era la escenógrafa de «Las troyanas». Más tarde, Elena escribió Historia de un gran amor (1942), inspirado en la novela de Pedro Antonio de Alarcón, El niño de la bola, aunque su nombre no apareció en los créditos. También colaboró como argumentista junto con Juan de la Cabada, Josefina Vicens y el director Mauricio de la Serna en Las señoritas Vivanco (1958), que resultaría un taquillazo, con la participación de actores como Sara García, Ana Luisa Pelufo y Claudio Brook.
Siempre tuvo una relación amorosa con el cine; en una carta explicaba:
En París inicié haciendo traducciones para el cine, me hice amiga de mucha gente de teatro y literatura como Benjamin Péret, André Bretón. Hice traducciones y pequeños trabajos para cine, pues en México ya había hecho varias películas como escritora o correctora de scripts y diálogos, pero me estaba prohibido el trabajo de creación.
La vida de Elena Garro estuvo trazada por una extraña inmolación; sacrificó su vida por la palabra y la justicia social por su familia. El acecho constante de lémures, como el plagio y blasfemia, la persiguieron como sombras tenebrosas; la élite intelectual mexicana la excluyó, en parte porque hablaba sin pelos en la lengua y también por su intervención en distintas luchas sociales. Antes de ser condenada como la conspiradora número uno del movimiento estudiantil del 68, se involucró en las luchas agrarias protegiendo a algunos campesinos de Ahuatepec, Morelos; después, se declaró seguidora de Rubén Jaramillo, que habría de ser asesinado brutalmente y a quien le escribe un poema en 1963: «Roto el ensueño,/ quebrada la ilusión, el soñador/ del campo que con los ojos abiertos oyó una noche/ el canto de la oscuridad, ahora vela una fétida esperanza». Alguna vez quiso escribir un guión sobre Jaramillo, pero el estruendo de la bayoneta resonaba en su inconsciente y renunció al proyecto.
En sus conversaciones, a menudo denunciaba a la mafia literaria y, por supuesto, lo sufrió de primera mano, al tener a Octavio Paz por esposo. En uno de sus diarios lanzaba esta pregunta: «¿Por qué creen que en mi país hay tantos escritores famosos carentes de talento? Con los colmillos de lobo feroz y el talento agudizado del plagio».
Acerca de sus guiones descubrimos que algunos no los firmó, otros se estrenaron con otros títulos o sin reconocer su autoría; quedaron algunos argumentos sin filmar como «El ángel de la guarda» —actualmente resguardado en los archivos de la Universidad de Princeton—, «En memoria de Paulina», basado en el cuento homónimo de Adolfo Bioy Casares, y otros, extraviados durante alguna mudanza. Antes no era tan usual registrar una obra, a veces eran simples pactos de palabra; pero sí se tienen registrados varios guiones en el Sindicato de Autores. En una anécdota al respecto, Helena Paz explica:
Mi madre escribía guiones, después los regalaba o los dejaba sin firmar. Cuando vivíamos en París mi abuelo mandó una carta sugiriendo hacer algo legal porque ya se estaban adjudicando su trabajo; en la carta había un recorte de periódico donde se publicaba el taquillazo de una de sus películas, y por supuesto sin su nombre, y nosotras, sin recibir un peso.
Corría el año de 1961 cuando Elena, quien ya vivía en París separada de Octavio Paz, recibió una carta de su prima Amalia Hernández pidiéndole un argumento para el Ballet Folclórico. En una misiva de 1964 se lee: «Estando yo en París, la señora Hernández me encargó una historia para una comedia musical estilo West Side Story. Con un poco de El año pasado en Mariendbad, y un poco de Hiroshima mon amour, adapté un cuento mío: De noche vienes, lo envié y contestó en un telegrama: Argumento extraordinario emocionantísima, Amalia». Prosigue: «Propuse a Marcel Camus, me pareció que mi historia coincidía con su línea de dirección». La película no se filmó bajo esas circunstancias porque hubo muchos intereses que dificultaron un proyecto que pudo haber sido genial, ya que también se había integrado al equipo Juan de la Cabada, Gabriel Figueroa y Felipe Supervielle. Fue hasta 1965 cuando el filme Sólo de noche vienes se realizó bajo la dirección de Sergio Véjar, con argumento original de Garro, guión de Manuel Zeceña y el director, música de Charles Trenet; actúan Elsa Aguirre y Julio Alemán, en una aventura delirante de pasión en Semana Santa.
Hablar de su obra implica citar que muchos de sus textos (diarios, dramaturgia, poesía y guiones) fueron vendidos por Helena Paz a la Universidad de Princeton en New Jersey y otros desaparecieron antes de su muerte. Consideramos prudente expresarlo porque algunas voces del ambiente literario han tergiversado la imagen de la amada denunciante y es importante esclarecer su naturaleza humana y literaria. En 2010, en una conversación que mantuve con Helena Paz sobre su madre, señaló: «Mi mamá entró al cine porque mi tía Deva era novia de Rodolfo Echeverría [Rodolfo Landa, en el medio cinematográfico] y él actuaba en algunas cintas, mi madre también actuó en varios filmes como extra, pero hacía corajes, las películas no eran buenas y prefirió escribirlas».
La película Las puertas del paraíso (1971), dirigida por Salomón Laiter, ganó el Ariel de Oro en 1972. Con las actuaciones de Jacqueline Andere y Jorge Luke, está basada en un argumento original de Elena Garro, aunque ahí tampoco recibió el crédito debido. Se trata de una historia de jóvenes sumidos en la drogadicción y los excesos. Concluye Helena Paz:
Después de eso el gobierno boicoteó las películas «de contenido dudoso» y afectó la creatividad en la industria cinematográfica nacional. Los guiones de Garro pueden considerarse cine independiente, experimental o de contenido; no eran películas comerciales y frívolas donde se explota la imagen de la cabaretera, el Santo y personajes urbanos como el peladito o actores y cantantes que después aseguraron su futuro en telenovelas.
La obra de Elena Garro también fue llevada al cine. Archibaldo Burns filmó Perfecto luna (1959) y Juego de mentiras (1967). La primera fue incluida en el Festival de Cannes, aunque sin fortuna. En 1969, Arturo Ripstein dirigió Los recuerdos del porvenir, con muy malos resultados a los ojos de Garro, a quien no le gustó ni la adaptación ni el reparto. Un último cortometraje de 1995 estuvo basado en el cuento «¿Qué hora es?», bajo la dirección, producción y actuación de Pilar Pellicer y la adaptación de Teresa Melo. El contrato se realizó en condiciones atípicas, porque Pilar visitó a Elena, quien luego de decirse encantada por el proyecto contestó: «Sí, cómo no, dame un papelito para que firme que doy el permiso». Así era ella, amorosa y confiada.
Elena tenía una frase: «Cuando no puedo dormir leo a Garro y me duermo». Fue una insatisfecha y autocrítica, producto de su diario ejercicio literario; casi nunca gozó sus escritos, varias veces se menospreciaba con la frase: «Sólo escribo para ganar dinero». Sabemos que no era cierto, ya que, para ella, escribir era un móvil para aliviar penas, expresar su amor y, sobre todo, denunciar.
Elena Garro (derecha) en Madrid con motivo del II Congreso Internacional de
Escritores para la
Defensa de la Cultura,
acompañada de
Susana Gamboa (izquierda) y María
Luisa Vera (centro). Archivo Jesús Garro.
Para sus detractores, Elena Garro fue una traidora; para los amantes de su obra, en cambio, fue la víctima de un sistema autoritario y decadente. A partir de Memorias de España 1937, el libro autobiográfico de Garro, el autor de este texto ensaya una interpretación moderada que, sin dejar de reivindicar su genialidad, la muestra como una figura de carne y hueso, con todos sus defectos.
El 6 de octubre de 1968, después de haber acusado ante la prensa a «más de 500 intelectuales mexicanos y extranjeros» de ser los verdaderos responsables de la masacre estudiantil, Elena Garro se convirtió en la «loca» de la literatura mexicana. Carezco de credenciales para hacer un diagnóstico clínico, lo que importa es señalar que para sus colegas ese fue el momento en que perdió la razón. Desde entonces tuvo que cargar con el estigma de lunática, y si algo le permitió sobrellevarlo fue el ejercicio de la escritura. En particular, la elaboración y publicación de Memorias de España 1937.
El proceso de composición de este librito fue muy largo, y el de su publicación no menos azaroso. En lo poco que queda de su diario íntimo podemos constatar que en 1946, muchos años antes de su debut como escritora, algunos de sus recuerdos españoles ya habían cobrado forma literaria. En esos mismos apuntes leemos que en 1973 tenía algunos fragmentos terminados que intentó publicar en México (a través de un tal Federico), sin conseguirlo. Tuvieron que pasar seis años para que revistas españolas como Litoral, Nueva estafeta, Cuadernos hispanoamericanos e Informaciones de las artes y las letras editaran diferentes adelantos, aunque fracasaría por segunda vez en su país después de enviarlos a La semana de Bellas Artes. En la década de los ochenta el libro ya está terminado, pero según Garro su exmarido puso obstáculos para que apareciera: «Helena [Paz] cometió el error de decirle a su padre que yo iba a publicar mis memorias de la guerra de España», le confía a Fernández Unsáin en 1989, que él «se indignó y dijo: ‹Dile a esa mujer que si las publica, la demando y demando a la editorial›». Esta amenaza pierde verosimilitud cuando poco después, en 1992, una última reescritura del libro sale en la editorial Siglo XXI, sin contratiempos.
No es exagerado afirmar que las memorias le tomaron toda su vida. No sólo eso, aparecen jugando el papel de salvoconducto en momentos cruciales de la misma. Por los documentos consultados es posible sugerir que fue el primer proyecto que emprendió como autora en ciernes; páginas que sólo retomaría e intentaría publicar hasta después de su autoexilio en 1972, en un intento por recuperar su lugar como escritora. Su edición definitiva coincide con su regreso a México: se publica meses antes de instalarse en Cuernavaca en 1993. Es como si este libro no sólo le permitiera volver al mundo editorial, sino también a casa. Nada más unas memorias —a diferencia del cuento, la novela o la dramaturgia (los géneros que hasta el momento había ejercitado)— podían contrarrestar el curso de su alienación y reafirmar su condición de sujeto.
Memorias de España 1937 relata lo sucedido en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que se llevó a cabo en Madrid y Valencia durante la Guerra Civil. Octavio Paz había sido invitado después de escribir su poema «No pasarán» y por ello viaja con su jovencísima esposa y un grupo de escritores comunistas para hacer patente su apoyo a la República. Pero a diferencia de otros testimonios que rememoran el suceso —entre los mexicanos, Silvestre Revueltas y Octavio Paz publicaron los suyos—, el de Elena Garro es malicioso, insolente y profundamente divertido. Antes que otra cosa, las memorias son un ajuste de cuentas con el gremio que la había condenado a la demencia; es su premeditada venganza.
En sus páginas, la representación del congreso guarda muchas similitudes con la de un circo, una especie de carnaval donde todos los asistentes se enmascaran para aparentar algo que no son. No sólo la delegación mexicana es confundida con una troupe de comediantes en su camino a España: el palacio de los duques Heredia-Spínola (que había sido expropiado para funcionar como sede de la «Alianza de intelectuales») es descrito como una fiesta donde todos los asistentes se prueban los trajes de la aristocracia: «No olvidaré a Alberti disfrazado de cochero», recuerda la narradora, «ni a María Teresa [León], con un traje de época precioso. Langston Hughes… se divertía husmeando en los armarios y vistiéndose de príncipe o lacayo». La imagen es tan elocuente como crítica: los intelectuales comunistas aspiran al poder que antiguamente poseía la realeza, parece decirnos, pero lo hacen disfrazados de proletarios. ¡Son unos farsantes! Y este es el engaño que la narradora, como cualquier satírico que se precie, no puede dejar de fustigar. Es una denuncia que sólo su papel de «loca» le permite llevar a cabo: gracias a este sambenito, Elena Garro puede circular irreverente y desafiante entre los miembros de la corte intelectual como un fool que señala sus hipocresías. Pero hay otra lectura posible, tal vez más interesante, y es la que intenta esclarecer el papel que jugó durante el movimiento estudiantil de 1968. A decir de Sylvia Molloy, los relatos de infancia en las autobiografías siempre prefiguran el destino del autor. Y aunque Garro para entonces está casada, sigue siendo una menor de edad; no cumpliría los veintiuno hasta diciembre de ese año. Esta infantilización apunta a un término clave en sus recuerdos: la narradora siempre es «inocente». No sólo porque «no ha llegado a la edad de la discreción», como bien define el diccionario, sino porque está «libre de culpa». En particular de las acusaciones que Sócrates Amado Campos Lemus hizo en su contra, señalándola como dirigente del movimiento, así como de la impresión que dejó entre sus colegas después de haberlos denunciado. Notas en El Universal y El Heraldo de México del 7 de octubre aseguraban que Garro había señalado a Carlos Monsiváis, Rosario Castellanos, Eduardo Lizalde, Sergio Mondragón, Jaime Shelley y muchos otros como responsables de los sucesos. Después de Tlatelolco, Elena Garro terminó encarnando una contradicción ideológica inconcebible: para el Estado, cabecilla de un complot comunista; para la intelligentsia, una informante del gobierno represor. Es decir, una traidora. Una espía que colaboraba con ambos bandos, una suerte de doble agente. Esta es la culpa —también podríamos decir el trauma— que las Memorias intentan exorcizar.
Una noche de 1937, por ejemplo, Octavio Paz, Manolo Altolaguirre y Elena Garro van a cenar a un comedor comunal en Valencia. Durante la sobremesa ella empieza a conversar con un grupo de soldados y les comparte de sus cigarros. Apenas salen del establecimiento dos sujetos empiezan a perseguirlos: «¡Detenida!», le gritan mientras la sujetan de ambos brazos. «¿Por qué?», pregunta Altolaguirre. «¡Es una espía inglesa!», le contestan, «la hemos visto repartir cigarrillos a los soldados para sacarles secretos militares». En otro momento conversa con Anne Marie Barron, una periodista que investigaba el paradero del trotskista Andrés Nin y otros miembros del poum, que estaban siendo cazados por la policía secreta de Stalin en esos momentos. Para prevenirla, Paco Gil le susurra al oído: «Camarada, esta mujer es una espía». «¿Por quién me tomas?», le contesta indignada, «¿has leído algo sobre Mata Hari? Creo que debes estudiar el caso». Y entonces dice: «Bajé corriendo la escalera y topé con un espejo»: «Anne Marie Barron no podía ser espía», concluye, «era demasiado fea». Pero lo que ese reflejo le dice a Garro es que ella sí podría ser confundida con una. De hecho, lo que las memorias intentan dejar en claro es que todo fue una confusión: ella, aunque no lo parezca, siempre fue inocente.
Durante toda su vida Elena Garro aseguró que en esa conferencia de prensa ella no dio nombres; que fueron las redacciones periodísticas las que hicieron la lista de «culpables» a partir de las firmas de los desplegados que apoyaban a los estudiantes. Y eso es muy posible, considerando el modus operandi del PRI. Pero ocho años después de su muerte, y casi cuarenta después de Tlatelolco, se hizo público su expediente de la Agencia Federal de Investigaciones. Ahí se puede constatar, entre otras cosas, que la narradora mentía: al menos el 28 de agosto de 1968 y el 25 de octubre del mismo año visitó sus instalaciones para denunciar como agitadores a Emmanuel Carballo, Luis Villoro, Amalia Hernández, Heberto Castillo, Arnaldo Orfila Reynal, Max Aub, Luis Guillermo Piazza y otros. Esto no invalida nuestra lectura, pero sí le da otra dimensión.
Las Memorias, además de ser una venganza, construyen la imagen que Garro quería legar de sí misma a la posteridad: la de una escritora castigada con la afrenta de la locura por un gremio moralmente inferior a ella. Pero cuando las cotejamos con su expediente tenemos que matizar: este encono ante el fraude y el engaño de sus colegas tal vez sólo enmascare un descomunal remordimiento. Esta es otra interpretación que podemos darle al espejo que interrumpe el trayecto de la narradora: su imagen reflejada podría haber sido tan angustiante que era mejor denunciar las faltas de sus colegas antes que confesar las propias. Ella también recurrió al disfraz, ella tampoco dijo la verdad. Y tal vez sólo así, echando mano de un alto nivel de negación, Elena Garro pudo seguir sobreviviendo. Muchos han subrayado el carácter persecutorio de su obra posterior a Tlatelolco; esa fuerza que parece acecharla pudiera ser su propia mala conciencia.