Tierra Adentro
Imagen: Donald Trump August 19, 2015 (cropped).jpg: BU Rob13Hillary Clinton by Gage Skidmore 2.jpg: Gage [GFDL or CC BY-SA 4.0], via Wikimedia Commons

Espectáculo

Los gringos son los jefes del espectáculo: Hollywood, Broadway, Superbowl y, por supuesto, la cobertura de sus elecciones presidenciales: ahí están los debates, los programas de análisis, las decenas de páginas con encuestas y estimaciones estadísticas como FiveThrityEight.com o RealClearPolitics.com. De la misma forma que quien disfruta de los deportes puede pasar días revisando datos, jugadas y escuchando opiniones, los political junkies pueden pasar meses viendo programas de debate mientras revisan encuestas, modelos, artículos de opinión e incluso pueden apostarle a su gallo. Si la política también es espectáculo lo es más con un candidato a la Trump, quien no sólo ha sido conductor de su propio programa de televisión, sino que, habla como máquina productora de encabezados de ocho columnas: que si los mexicanos son violadores, que si las mujeres son cerdos, que si Hillary Clinton es asquerosa. No tengo duda de que sabe a quién le habla, para quién es el show, esos blancos del escalafón más bajo que están furiosos. Ya hablaremos de ellos. Sospecho que Trump no se cree ni la mitad de las cosas que dice, habla para encandilar a quienes sí se lo creen. Por supuesto, poco gana la democracia cuando la política se vuelve entretenimiento: se dejan de discutir los temas acuciantes y parece banal el resultado de las elecciones, como si todo fuera una mala serie de televisión que podemos dejar de ver en cualquier momento. La trivialización de la discusión sobre lo común, su abandono, son pésimas noticias para la democracia,  gobierno por medio de la razón pública.

Furia blanca: la guerra cultural

Hace unas noches escuché en CNN a un comentarista, cuyo nombre no recuerdo, que reforzó algo que ya venía pensando: lo que distingue a esta elección de las anteriores y explica muchos de los límites que se han rebasado, es que Estados Unidos está en medio de una guerra cultural. Por un lado, dijo, están los blancos pobres que añoran un país en el que bastaba terminar la preparatoria para conseguir un trabajo digno en la industria del acero o de los automóviles. Estas personas culpan de todos sus males no sólo al presidente Obama sino también a la globalización de los empleos, al comercio, a los inmigrantes. Muchos describen su sentimiento de frustración como “white rage“, ansiedad que padecen ante el ascenso de los negros. La pérdida de estatus los deja furiosos contra los distintos, y sin fe en la democracia: que ser blanco ya no sea un privilegio les parece injusto: “los blancos también tenemos derechos”, dicen. En su campaña hacia la presidencia, Obama describió así su malestar (yo traduzco): “hoy ya hace más de veinticinco años que los trabajos se han ido y nada los ha remplazado. No resulta sorprendente que se amarguen, que se aferren a las armas, a la religión, a la antipatía hacia personas que no son como ellos, o que desarrollen un sentimiento antiinmigrante o contra el comercio, todo esto como una forma de explicar sus frustraciones”.

Del otro lado de la batalla cultural están el resto de los estadounidenses que, más que añorar aquella tierra segregada e injusta en la que los blancos eran los beneficiarios, creen en una amplia gama de cosas. Si bien estos últimos son mayoría, no todos están dispuestos a votar por Clinton. Y sus razones son muy claras, pero la más importante es que ella tampoco representa un verdadero golpe de timón frente a las crisis, ya social, ya medioambiental, ya económica.

No es casual que el resurgimiento público del racismo y el odio contra los distintos aparezca tras casi ocho años de que la Casa Blanca esté habitada por una pareja de negros y sus hijos. Este suceso enfureció profundamente a una parte de la población, llena de prejuicios, que no puede aceptar a un afroamericano como presidente. Desde la primera elección de Obama, los discursos discriminatorios se han acumulado y han encendido llamas de furia en los corazones más mezquinos.  Sin embargo, el enojo y la urgencia de impedir “cuatro años más de Obama” (dicen que Clinton no sólo es una persona desagradable y corrupta sino que seguirá las políticas públicas del presidente negro) han llevado a niveles muy altos la inmundicia del discurso: lleno de racismo y de desprecio a los distintos, de apelaciones al autoritarismo y a aquella nación que había sido grande. De ahí que se use el “Make America great again”, que acuñó Ronald Reagan (por cierto, como buen empresario, Trump registró la frase para que nadie más la pueda usar).  Mi teoría es que semejantes niveles de inmundicia y el racismo exacerbado son más visibles hoy que hace ocho años porque Clinton no es negra y, por lo tanto, al decir estupideces racistas pareciera que como quien las afirma no las dirige al candidato, no dice nada racista contra Clinton, como sí hubiera sido racista decirlo sólo cuando Obama era quien competía por la Casa Blanca. De todos modos es un sinsentido, racismo es racismo.

Cuando el país estaba en guerra contra los comunistas había un acuerdo básico entre los partidarios de los dos partidos mayoritarios: muchas cosas nos dividirán, pero nos une “la lucha por la libertad” (como habían bautizado a la lucha contra el comunismo). Hoy en día las cosas están más rotas: ni hay un enemigo fuerte allá afuera capaz de unir a casi todos los estadounidenses (el terrorismo de ISIS no se parece en nada a la amenaza nuclear soviética), ni hay tampoco consenso blanco, como sucedía antes. Hoy los intereses de la población blanca están muy fragmentados y por ello resulta difícil hablar de una mayoría blanca que antes votaba en bloque. De entre estos blancos, los que se sienten más afectados por el destino que ha tomado el país son los no educados, de clase media baja y clase baja. A ellos se dirige el show de Trump. No son muchos, pero hacen ruido.

Las encuestas

Primero un descargo de responsabilidad: no soy experto en el tema. Ahora la pregunta: ¿por qué si todos los modelos predicen que Clinton tiene muchas más probabilidades de ganar que Trump, los gobiernos, las personas, los mercados estamos tan nerviosos? Veamos: según el New York Times, 48 horas antes de las elecciones, las probabilidades de que gane Clinton son de 85 por ciento; según el Huffington Post, de 98 por ciento; de acuerdo con Predictwise de 86 por ciento; y para FiveThirtyEight, que tiene el peor escenario para Clinton, sus probabilidades de ganar son de 65 por ciento. Por supuesto que las probabilidades se mueven con cada que hay un nuevo acontecimiento, sin embargo, ¿no será que los mercados y los gobiernos están exagerando las probabilidades de que Trump gane? Por supuesto, el hecho de que tenga probabilidades de ganar quiere decir que es posible, pero no es un volado. Así lo pone Mauricio Meschoulam “hay que comunicar la situación tal y como está: sin pánico, pero tampoco evadiendo la preocupación que naturalmente sentimos en un país como el nuestro. Haciendo la aritmética electoral, incluso bajo escenarios negativos, Hillary debería ganar. Se trata de un volado en el que la moneda en el aire no es 50/50 águila-sol, sino águila-64/sol-36”. Meschoulam se basa en los pronósticos de FiveThirtyEight, pero es el más pesimista, el resto dicen que las probabilidades de Trump son de más/menos 5 por ciento, ¿será que Trump es tan peligroso como el cáncer y por ello la más mínima probabilidad de tenerlo como presidente de Estados Unidos nos pone ansiosos? Puede ser, pero yo sospecho que los medios están sobredimensionando las probabilidades de Trump y no están haciendo su trabajo. Reportan encuestas aisladas, pero no explican que son pocos los casos en los que podría ganar.  Tal vez las fallas en la lectura de los datos que arrojaban las encuestas sobre Brexit y sobre el “sí” en Colombia nos han llevado a ser incrédulos con los datos sobre la elección estadounidense.

El verdadero peligro de Trump: medioambiental

El famoso y provocador (muchas veces casi payaso) Slavoj Žižek dijo que si él fuera estadounidense votaría por Trump, no porque le parezca que es inocuo, sino porque el desajuste que provocaría en los partidos demócrata y republicano podría despertar nuevos procesos políticos. Noam Chomsky no está de acuerdo y cree que la peligrosidad de Trump no viene sólo de su postura frente a los mexicanos, los negros y los musulmanes, piensa que existen otros asuntos gravísimos que en cuatro años nos podrían acercar más todavía a un terrible desastre medioambiental: Trump niega el calentamiento global y por ello quiere que aumente el uso de combustible fósil, pretende deshacer todas las regulaciones medioambientales y se niega a ayudar a países en desarrollo como la India, para que dejen de contaminar. Sin duda, todo aquel gobernante de un país poderoso que niegue el calentamiento global es un peligro para el medioambiente y para los seres que lo habitamos. En lo económico también podría resultar catastrófico, aunque parece realmente difícil que logre llevar a cabo lo que anuncia: necesitaría tener a su favor las dos cámaras y para ello tendríamos que suponer que los representantes republicanos de los estados sureños, cuya economía está tan íntimamente ligada a la mexicana, no se rebelarían: la xenofobia termina cuando amenaza su bolsillo.

La “bananización” de las elecciones gringas

Más allá de que Trump haya asegurado que está por verse si aceptará los resultados electorales, las elecciones estadounidenses se han “bananizado” por asuntos mucho más profundos: por ejemplo, la carta que el director del FBI, James B. Comey, le mandó al congreso revelando que quizá podría reabrir el caso de los correos de Clinton. Esto rompió con la regla tácita de que hay ciertas instituciones que no pueden tomar partido en la política, como las de impartición de justicia. Era una parte del procedimiento democrático estadounidense, que el FBI no hiciera declaraciones sobre casos que pudieran tener efecto en las elecciones venideras, pero Comey abrió la boca y lo hizo de manera tan ambigua, que resulta difícil creer que no tuviera la intención de dañar la campaña de Clinton.  Por otro lado, y más grave todavía, resulta la profunda división ideológica entre personas, tan común en Latinoamérica, que desemboca en el insulto, la ruptura de amistades y la violencia electoral. Pensemos nada más en Argentina y los K contra los antiK, en Venezuela y los chavistas contra los antichavistas, o en Brasil y los seguidores de Dilma contra los anti Dilma. Los falsos atentados, pero sobre todo la falta de confianza en los procesos democráticos, son bananeros.

La democracia es para dirimir diferencias, parte del supuesto de que no estamos de acuerdo y de que sus practicantes deberían tener claro que la unanimidad es una anomalía sospechosa y que detrás de las disputas económicas y políticas profundas siempre debe existir algo más enraizado que pueda unirnos: la empatía, el conocimiento de que hemos de evitar el dolor de los otros, así como ellos evitarán el nuestro. La democracia está en crisis porque los gobiernos democráticos han sido muy ineficientes a la hora de evitar los abusos de los grandes capitales y de los corruptos; han sido incapaces de reducir la desigualdad y darle esperanza de una vida mejor a los excluidos; porque no han logrado despertar un espíritu solidario entre sus gobernados, arrojándolos a un individualismo que nos enferma física y mentalmente. Está en crisis, además, porque los candidatos son personas que no inspiran a nadie. Nunca votamos con ilusión; al contrario, lo hacemos para evitar un mal mayor: no votamos a favor, votamos en contra.

Žižek quiere el triunfo de Trump para agitar el árbol. A mí me parece que hemos de agitar el árbol gane quien gane: esta democracia que hace pobres, incrementa la desigualdad y destruye el medioambiente, simplemente ha caducado, no inspira y no sirve.


Autores
(Ciudad de México 1976.) Escritor y filósofo. Investigador del CIALC/UNAM. Sus libros más recientes: Árboles de largo invierno; un ensayo sobre la humillación (Almadía 2016) y Resaca (Literatura Random House 2014.)
Ilustraciones de Jonathan Rosas

Ya se ha dicho todo. Ya se ha hecho todo. Ya hemos visto todo. No es un secreto. Vivimos en el tiempo después del tiempo; el apocalipsis llega todos los años y ya hasta nos aburre. Los muertos resucitan como hologramas y ahora los jueces que deciden el destino de las pobres almas que penan sobre estos días aciagos somos nosotros; nosotros y nuestras inquisidoras cámaras de celulares somos los Minos de hoy. El fin ya llegó y a nadie le importa. La catástrofe es la rutina. Los héroes somos todos, personas normales, únicas e iguales a los demás. Por eso los héroes tampoco existen ya. No nos creemos las grandes historias, no nos creemos la innovación. Y así en los cómics. Todo está hecho, todo está dicho. Aparentemente.

¿Qué queda por hacer después del fin? ¿Qué tiene que ver esto con el webcómic? El curioso mundo de Nathan y Joo si bien no da una respuesta a esas preguntas —sería ingenuo, sí explora los terrenos minados por años de palabras, ilustraciones, temas y estructuras. (El webcómic, en general, es un producto del fin del mundo: es un juego virtual con muchos otros géneros, siempre parodiando o dialogando con sus pa(d)res; el webcómic es arte en un medio cuya dinámica es una democracia sin control, que raya con un estado salvaje: todos tienen voz, todos son gente común y corriente, todos tienen y no algo que contar; el webcómic es la historia y la experimentación al alcance de todos; es un principio hecho a partir de un fin: cuando el papel es insuficiente, cuando la distribución es insuficiente, cuando el diálogo es insuficiente, siempre estará la Red).

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El curioso mundo de Nathan y Joo es una historia de un mundo que no se puede terminar. En ese universo, la tragedia ya pasó, pero no termina de morir porque aún hay muchas cosas por vivir. La historia es re-conocible: Nathan, un niño extraño (sin brazos), junto Joo, su compañero peludo y bestial, y más amigos no menos extraños, combate unas fuerzas malévolas que no pueden explicarse bien, pero que están poniendo en peligro el bienestar de todos. (Seamos más detallados: Nathan y Joo viven en un mundo donde los cuervos infectan a la gente y vuelven sus cabezas y sus vidas un cuadrado. Ellos dos, junto con otros cazadores, y no sin toquines, chistes y amoríos de por medio, tienen que combatir la plaga). Pero hay más. De esa historia que es todas las historias surge algo que aún es capaz de sorprender, de enganchar. Y no es por casualidad: Jonathan Rosas, el autor de este webcómic, finalista del premio SecuenciArte 2014 y becario del FONCA del ciclo 2015, sabe su oficio. Conoce las historias en sus detalles, guiños y trucos. Sabe qué queda por decir y hacer.

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El curioso mundo de Nathan y Joo encuentra en las ruinas de este mundo (y en el juego con ellas) mecanismos que le permiten crear después de la catástrofe del todo-está-hecho. Rosas, a través de sus páginas, entregas y capítulos, construye un documento de un pasado o un futuro incierto; en su historia hay estructuras y temas que ya hemos visto o leído, pero el tratamiento que les da no aumenta el desgaste, sino que encuentra en sus grietas aproximaciones rejuvenecedoras.

Joven. Esa es una palabra que dice mucho sobre el trabajo de Rosas. En El curioso mundo es uno de sus centros: los protagonistas son jóvenes, teniendo pláticas de jóvenes, haciendo cosas de jóvenes en un mundo viejo y marchito. Esa fuerza creadora y juvenil que llamea en el desierto de su webcómic, pero también de las historias y el arte, sin embargo, no es ingenua. Nada aquí lo es. La juventud que atraviesa la historia es una que ha madurado y se arriesga en su propuesta. Porque cuántos artistas jóvenes no conocemos que, en su ingenuidad, utilizan la bandera de lo joven como algo revolucionario, anti institucional y provocativo, pero terminan siendo todo lo contrario: inofensivos, onanistas.

No es el caso de Jonathan Rosas. La amalgama de formas y exploraciones que hace en los guiños a libros, cómics y películas, o el uso de la acción, el amor, la comedia, la ciencia ficción, el western y el enigma se basa en tropos o lugares revisitados, pero no comunes. La obra de Rosas es una sobre el (des)conocimiento de los tiempos que nos tocan. El mundo curioso de Nathan y Joo trabaja con ruinas y descubre nuevos usos de las cosas que habitan (y se descomponen) en un mundo viejo. Lo exploran; se acercan a las bombas que no explotaron y que yacen en medio de los campos olvidados. En el estilo de su trazo se asoman re-creaciones (o sea, contar más allá del fin) que le dan refresh a la narrativa gráfica digital de largo (o mediano) aliento. Por eso, entonces, los colores que usa son una puesta en tensión de lo viejo y lo nuevo: frente al amarillo, blanco y negro del desierto y la desolación, siempre se impone el rojo que combate a la plaga, el rojo de lo nuevo, de lo que nace y crece. Por eso, también, las batallas delirantes, los monstruos y los desastres que narra no podrían estar hechos sino en su particular estilo caricaturesco. Porque todo tiene algo de monstruoso ahí: los personajes principales son animales parlantes, niños con brazos que flotan; ¿qué tanto los diferencia, entonces, de los cuervos, de los infectados? Hay una plaga más profunda que se extiende por las páginas de Nathan y Joo: la consciencia de que todo surge del fin y se dirige hacia allá. Y lo celebra…

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El curioso mundo de Nathan y Joo es un palimpsesto virtual que, en la reconstrucción de su historia, se permite también hacer una de la nuestra y proponer una forma única de narrarla. Porque no sólo es las aventuras de los cazadores, músicos y amigos; también es una crítica de las dinámicas sociales de ahora (el México violento, el México kitsch) y hasta del mismo webcómic. Después del fin de las cosas ya no queda nada por contar, pero las exploraciones continúan. Con el fin, los espacios se reconfiguraron y ahora esos terrenos se tienen que volver a explorar.

Actual e intemporal, local y universal, El curioso mundo de Nathan y Joo da cuenta de cómo se configuran hoy las historias, el arte y los hábiles mecanismos con los que resuelven sus interrogantes; pero no sin olvidarse de ser y divertirse como nunca, endemoniadamente, como si no hubiera un mañana.


Autores
(Metepec, 1993) escribe la columna «Apuntes de nigromancia» en Penumbria, sobre videojuegos y arte fantástico. Publicó Raíces en editorial Paraíso Perdido.
Imagen via Marvel.com

La elección de Doctor Strange como materia prima de una película del Universo Marvel parecía, a simple vista, algo extraña. Un poco como lo ocurrido con Ant-man: no se tratan de los personajes con mayor arrastre; adaptarlos implicaba un salto de fe en la maquinaria publicitaria —no precisamente diminuta— de Disney y en las habilidades de sus cineastas. Ant-man, se sabe, compensó esa confianza con creces, con todo y el despido de Edgar Wright. Tras su éxito, el peso sobre los hombros del neurocirujano metido a Hechicero Supremo aumentó de manera considerable.

Así, Doctor Strange se desmarca del estilo visual de la factoría Marvel. Para el ojo, la película es un oasis en medio de la árida planicie del blockbuster marvelita, tan lastrado por la homogeneidad: un rasgo que les permite distinguirse de inmediato pero que también los condena irremisiblemente a una apariencia incapaz de otorgar sorpresas. El personaje lo exigía: creado por el influyente Steve Ditko, Doctor Strange brinca entre portales de energía mientras conjura demonios y trastoca la realidad. Una película sin arrojo visual no habría servido de nada.

El reto, intuyo, era introducir aquellos paisajes protosicodélicos en el inane estilo de Marvel, marcado no solo por la uniformidad plástica sino por una férrea estructura narrativa. La productora fichó al joven veterano —si el oxímoron es tolerable— Scott Derrickson, quien desde el principio de su carrera coqueteó con lo sobrenatural.  Arrancó con una entrega directo-a-DVD de Hellraiser y continuó con las relativamente solventes The exorcism of Emily Rose, Sinister (modesta pero efectiva entrega de la productora Blumhouse) y Deliver us from evil. A su lado, Ben Davis, cinematógrafo; Jim Barr, director de arte, y Charles Wood, diseñador de producción. En ese sentido, Doctor Strange es una interesante muestra de la condición proteica del sistema de producción hollywoodense. Ben David, Jim Barr y Charles Wood, encargados de tres de los puestos centrales a la hora de definir el aspecto de una película, tienen en común más de una producción: la mediocre Avengers: Age of Ultron y la sólida Guardians of the Galaxy. Mientras que en una su estilo visual se encuentra minimizado, en la otra sus capacidades explotan al servicio de una historia que transcurre entre supernovas y planetas en forma de calavera.

Es más o menos lo que sucede en Doctor Strange, que toma lo mejor de Inception de Christopher Nolan —quizá sea coincidencia, quizá no: Jim Barr fue también parte del departamento de arte de esa producción—: la pelea del hotel con aquellos bruscos cambios de orientación, o las mutaciones del paisaje urbano de París, y lo adapta a su propio universo. Es un universo, claro, menos ambiguo, menos rico si se quiere, pero efectivo en el panorama del blockbuster de 2016, tan plagado de medianías. La ayuda, también, que estas mismas condiciones fomentan que su encuadre sea ligeramente más abundante en sutilezas que, digamos, Batman v. Superman: hay cosas ocurriendo al fondo del cuadro, o arriba, o abajo; hay chistes que ocupan la totalidad de la pantalla (y aunque esto parezca una cosa de burda obviedad, no lo es: mírese, por ejemplo, la tendencia al encuadre centrado de incluso una gran película como Mad Max: Fury Road); hay una cierta insistencia en que el espectador descubra más cosas.

Con todo, y pese a estas visibles virtudes, Doctor Strange se siente cómoda —quizá demasiado cómoda— con el molde narrativo impuesto por el Marvel Cinematic Universe, mezcla de clasicismo hollywoodense y apuesta-a-la-segura corporativa. Si bien existe al menos un elemento disruptivo —el engaño por encima de la fuerza bruta, y no diré más por miedo a destriparles la película—, el resto de la cinta parece someterse sin chistar a los parámetros preestablecidos de su universo: el viaje órfico del héroe arrogante; su enfrentamiento con un villano cuya maldad va más allá de lo indecible; la estructura que termina inevitablemente, una y otra aburrida vez, en la destrucción masiva de alguna metrópolis. Si nos paramos desde ahí, digamos, Doctor Strange tiene muy poco, poquísimo que ofrecer al enorme paisaje del blockbuster. Un crítico contrario a ella diría que la película es apenas poco más —o poco menos, si lo apuran— que unos cuantos fuegos artificiales, una bonita máquina de humo multicolor. Un crítico favorable a la cinta, por su parte, quizá opinaría que estos fuegos y este humo valen por sí mismos el boleto del cine. La verdad, como suele ser en estos casos, yace en algún punto medio entre esos extremos.


Autores
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.
Placa conmemorativa en Saint Louis. Fotografía de Appiani via Wikimedia Commons

Diciembre 15, 1925.

Battling Siki es hallado muerto por bala en el oeste de Manhattan.

Muerto por bala.

En plena calle. Como un perro desparramado sobre la banqueta. Una cáscara. El envoltorio que alguien olvidó depositar en el tambo. Nadie se atrevió a tocar al caído hasta que despuntó el día y la sangre se hizo costra y ya nadie pudo fingir que no había escuchado los tiros romper en la madrugada.

DOS BALAS ENCONTRADAS EN EL CUERPO.

1925: la carne de perro pasaba por res en los mataderos clandestinos del Meatpacking District. No sólo los chinos del Lower East Side: cualquier ciudadano podía paladear un poco de perro sin que esto lo convirtiera en bárbaro. Hoy, entre los clubes de cadena y hoteles boutique inaugurados tras los ochenta en el antiguo rastro de Greenwich Village se alzan aún galpones de doble altura que albergan carnicerías ultra modernas y debidamente reglamentadas. La industria cárnica, lejos de entrar en conflicto con el nuevo rumbo cosmopolita del cuadrado comprendido entre Gansevoort St y la 14 en dirección sur, y hasta el Río Hudson al poniente, añade cierta noción de realidad a unas banquetas que lucen casi palaciegas, sin cochambre, sin grafiti, sin calle.

El primer párrafo de una nota sin firma y publicada al día siguiente de la muerte de Siki en el Times dice: “La muerte se detuvo justo al amanecer sobre Hell’s Kitchen, el barrio donde blancos y negros acechan por igual entre pasadizos y portones a media luz. La muerte contó hasta diez y Battling Siki, quien fuera campeón de los supermedianos tras noquear tres años antes a Carpentier en un ring de Montrouge, no pudo levantarse.”

Cuando le cuento a Annie que en México estamos acostumbrados a la carne de perro me mira con repulsión. Con lástima también, aunque así es como ve Annie. No sabe pestañear sin ser condescendiente. Bien frita es imposible distinguirlas, me excuso. Nos la filtran como res y ni modo. ¿Cat as a hare? Pig in a poke, corrige. Es más, agrego, acaso la carne de perro sea más generosa en lípidos. Pero es difícil constatarlo: hoy los perros ya no amanecen muertos en las calles. Si los encuentran vagando por ahí son trasladados a un refugio. De tener suerte hallarán un hogar, al menos temporal, y si el tiempo pasa y se convierten en parte del problema de espacio que enfrenta la ciudad, vendrán la inyección y la quema a poner un final aséptico con tal de que nadie se alimente de marmoleado canino. Es así: vivimos en uno de los nueve estados donde comer carne de perro es ilegal.

La noticia de la muerte de Siki en el Journal comienza con un plomazo particular: “El pugilista negro que derrotó a Georges Carpentier fue asesinado por la espalda. Dos balas calibre treinta y ocho fueron descubiertas entre la primera y tercera lumbar. Los médicos forenses aseguran que Siki estaba intoxicado al momento de los hechos”. Por ningún lado se menciona que fue el primer campeón negro del orbe ni el primer musulmán en conseguir un título intercontinental.

El invierno pasado una vecina de Washington Heights recibió una condecoración por salvar a Charlie, un ovejero cruzado y pintón, de morir congelado en Highbridge Park. Se escribieron al respecto numerosos reportajes. Este tipo de noticias me hacen recobrar la fe en la humanidad, dice Annie para abrir charla durante una cena organizada en casa con el fin de presentar amigos mutuos y que, como nuestra relación, tampoco prosperó del todo. Le gustaban los cuentos positivos a Annie. Los que tienen arco de aprendizaje o consiguen ponerla de buenas a precio de hora. Conmovida, la mesa entera pide a Annie que elabore. Es así: la buena samaritana sube a Charlie a una camioneta y lo lleva al veterinario. Tiene diez años y una enfermedad degenerativa, le dice el doctor. No sobrevivirá el invierno si se queda afuera. Por ello, para evitar que vuelva a exponerse a temperaturas glaciares, la mujer decide adoptarlo. Luego abre una cuenta en GoFundMe e inicia una colecta para pagar los cuidados y medicamentos de su nueva mascota. En menos de una semana la recaudación supera los cinco dígitos y la fama del tándem prospera de tal modo que Charlie y ella se ven obligados a emprender una discreta gira por redacciones y sets de televisión en todo el estado. Algunos comensales suspiran. Milton me mira con sorna. Un colombiano pedante que hunde la nariz en la copa antes de cada sorbo se rasca la barbilla y dice en su british de liceo cachaco: es también, querida, un triunfo para la participación ciudadana y el humanismo digital, por supuesto. Por supuesto, contesto y alzamos todos la copa para brindar por Charlie y el humanismo digital.

Un boletín colgado en el tablón de anuncios del Hospital Lincoln: “Hoy hay más de 60,000 personas sin hogar en Manhattan, el nivel más alto de indigencia desde la crisis del 29. Del total, casi la tercera parte está formada por menores de edad y niños que a diario duermen en las calles o en la red de albergues de la ciudad. Haz algo por ellos. Dona y salva a alguien. Te necesitan”.

Casi todas las noticias que he podido encontrar en la hemeroteca se refieren a Siki en términos similares: alcohólico, pendenciero, extravagante, depravado. No sólo los obituarios o las fechadas en horas bajas. El apogeo de su carrera tampoco le prodigó trato distinto, ni de un sector mayoritario del público ni por parte de la prensa especializada. Sus victorias eran vistas con sospecha, recelo o anuencia. El archivo es amplio: aquí o en Francia, da lo mismo, cada nota dedicada a Siki se las arregla para no desperdiciar la oportunidad de llamarlo “salvaje” o atribuir su estilo atrabancado, de fajador inexorable, a dicha condición. Pero Siki nunca conoció una jungla. No vivía en los árboles. Y aún así, o quizá por ello, por sacarlo de quicio, por caricaturizar cualquier intento de integración y castigar con condescendencia los arranques provocados por las burlas y el escarnio, en el París de la posguerra lo llamaban “Banania”, como el sonriente negrito con fez que hoy aún ilustra las cajas de chocolatada.

Cuando vuelvo del hospital, Annie está dormida. Nuestros horarios rara vez coinciden. ¿Cómo es que tuvimos tiempo para conocernos? ¿Cuándo sucedió? Entonces me pierdo en el monitor. Para no contestar, para no buscar respuestas, me refugio en los números. Se puede acceder a ellos fácilmente porque son sólo eso: números. Por ejemplo, de los residentes en albergues para gente sin techo, el 57.7%  son afroamericanos y el 31% latinos. Las causas de su situación son las siguientes, en orden descendente: poca solvencia, sobrepoblación, desalojo, desempleo, violencia doméstica y/o condiciones precarias de vivienda.

La desaparición de Siki fue vista por muchos como el colofón moral de una fábula mal contada. La ineludible impartición de la justicia civilizatoria. Porque, al parecer, Siki no tenía cabida en un mundo como aquel. La ciencia, el progresismo, la belle epoque: ninguna apelaba a los poco instruidos, a los marginados, a los ciudadanos de segunda. Siki se las arregló para llevar todas las miradas hasta su esquina, enfrentando boicots y humillaciones de muy distinta índole. ¿Todo para qué? ¿Para divertir a algunos privilegiados? ¿Para acrecentar la brecha entre opresores y oprimidos? Puede ser. Una práctica que fomenta la degradación del necesitado, la eterna sumisión, la aspiración a los bienes materiales como fin último. Eso dijo el colombiano, durante la cena, cuando salió a colación el tema. Porque siempre sale. Y debo asentir, entonces, conceder: sí, una franja delgada, inexistente casi, uno entre mil, digamos, llega a campeón de algo. El resto ni siquiera contiende. Se pierde en el camino. Los bares están llenos de campeones de nada. Muchos terminan tocados antes de comenzar. La mayoría, incluso los que gozaron de una carrera con accidentes mínimos, cuentan con pocas posibilidades tras colgar los guantes. Terminan peor que como empezaron. Directamente en la quiebra o en el siquiátrico o en la tumba. El cuerpo del boxeador ha estado y está en una constante tensión entre la acción individual y el control social. Pero donde cierta clase educada ve un método de vigilancia, un espectáculo de circo o un guiñol harto vulgar sin metáforas viables, el aspirante a boxeador y su entorno encuentran una herramienta que les permite escarbar un margen de autonomía ante la opresión. Una oportunidad para asir su propio destino y reconstruirlo, no conforme a las disposiciones hereditarias, geográficas o de clase, sino mediante la habilidad individual. ¿Será esta negociación más condenable que otras? Más cruel, quizá, pero a la vez más digna. Incapaz de lidiar con la simulada sofisticación y la individualidad selectiva de la época, Battling Siki encarnaba los miedos de una sociedad que sin saberlo estaba dejando el seguro descontrol de los locos años veinte para desplomarse en la depresión que sus propios rankings morales y la crisis financiera terminaron por desatar.

Carpentier es contactado vía cable para dar un comentario sobre la muerte de Louis Phal o Louis Fall o Amadou M’Barick Fall: “PARÍS, Dec. 15 (AP).– Georges Carpentier, quien fuese despojado del título mundial de los semicompletos en 1922 por el finado Battling Siki expresó su consternación por la muerte del senegalés en Nueva York. Es una lástima, dijo el francés, que un atleta tan dotado haya encontrado un final como éste. Las épocas donde los boxeadores podían permitirse farras y parrandas incluso siendo campeones han quedado atrás. Espero que la historia del pobre Siki sirva al menos para aleccionar a los púgiles aspirantes.”

¿En qué momento se abandona Siki? ¿Cuándo fue que él mismo, comenzó a encarnar al tétrico Zip Coon?

 

 

 


Autores
(Distrito Federal, 1984) Narrador, editor y profesor. Su último libro es Yakarta (Sexto Piso, 2016). Es maestro por la Universidad de Nueva York. Edita la revista VICE y forma parte de La Dulce Ciencia Ediciones, sello editorial dedicado al mundo del boxeo.
Ilustración de Nicolás Arispe para La madre y la muerte

La muerte es un tema recurrente, casi de todos los días, pero no es personal hasta que impacta contra ti. Es un golpe que llega, muchas veces anunciado, y se declara como definitivo. La primera vez que vi la muerte como algo cercano fue cuando entendí que jamás volvería a ver a esa persona. Tenía 6 años y recibí una llamada de mi mamá para confirmar lo que ya parecía anunciado. Después de algunas cirugías, mi abuelo paterno no lo había logrado. Corrí, todavía con el uniforme de la escuela puesto, hasta el jardín para decírselo a mi hermano. Tenía la urgencia de comunicarlo, como si fuera la noticia más importante de la que me hubiera enterado jamás. Quizá sí lo era. La noticia de la muerte de alguien es la que llega más rápido: se esparce. Tiene una carácter público y privado a la vez. Se habla ante ella con eufemismos y en voz baja, pero es un rumor que se pronuncia en voz alta.

El final de nuestros días es un anuncio explícito desde el principio de éstos. Vivir es buscar la forma de evitar lo inevitable, de postergarlo o de resguardar la vida de otros. En La madre y la muerte/La partida (FCE, 2015), un libro con dos historias magistralmente ilustradas por Nicolás Arispe, se teje fino respecto a la idea de muerte y a esas formas de huir de ella, pero también de acercarse. En la primera parte, titulada La madre y la muerte y escrita por el argentino Alberto Laiseca, una zorra recibe la visita de la muerte en forma de una calavera. La segunda toma al bebé y se lo lleva en brazos, dejando sola a una madre desconsolada. A partir de este punto comienza el camino de la zorra por recuperar a su hijo. Durante el trayecto tendrá que atravesar una serie de obstáculos y experimentará pérdidas. Al llegar se dará cuenta de que hay destinos que son inevitables, que los finales llegan sin preguntar.

En la segunda parte del libro, del mexicano Alberto Chimal, se relata la tragedia de una madre que vio morir a su hijo, quiso oponerse a ese destino y les pidió a los dioses que se lo devolvieran. Parece que ellos le “cumplieron”: lo devolvieron, pero el niño ya estaba en mal estado y se fue poniendo peor, hasta pudrirse. La madre, ante la tristeza de verlo así, buscó una solución para su hijo no sufriera y por fin encontrara el descanso eterno. Lo intentó de las formas posibles, pero fue inútil, lo lastimó sin éxito y ni así lo consiguió. El alma en pena del pequeño sigue rondando por ahí.

Esta compleja obra literaria y gráfica relata dos visiones distintas pero similares en torno al luto de las madres. Ambas protagonistas sufren el  impacto de perder a aquellos a los que les dieron vida y deben decidir qué hacer para evitarlo, llegando incluso a considerar intercambiar su vida por la de ellos. Pienso en aquella frase popular que dice que quedarse sin padres es ser huérfano, pero es imposible nombrar con palabras cuando unos padres pierden a un hijo. Es un suceso que siempre se piensa como algo antinatural, como un transgresor del ciclo humano, pero que se vuelve tangible en lo lúgubre de ambos relatos.

Existe una larga discusión informal respecto a la pertinencia de esta publicación para el público infantil. Mi respuesta no es muy certera, es claro que es un tema complicado de tocar en ciertas edades, pero creo que son textos que dan respuestas a contextos violentos, a guerras desiguales donde pequeños mueren frente a sus madres. Durante siglos, los relatos sobre niños huérfanos han llenado las páginas de la LIJ, quizá sea un momento conveniente para dar un giro a estas historias, para mirar y empatizar con otro sufrimiento. Tal vez sea hora de sumarse a una apuesta del Fondo de Cultura Económica por explorar otros dolores, otros contextos de muerte y formas de enfrentarse a ellos. Podríamos empezar levantando la voz cuando hablemos de la muerte. Ya no hay secretos que guardar, sólo ese miedo que nos persigue, al que le guardamos respeto, pues es el enemigo que siempre gana.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

La temprana partida de Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968-2016) no sólo dejó a la literatura mexicana sin uno de sus mejores prosistas: también sin el escritor que más apostó por el género del cuento en los últimos años. El texto que ahora presentamos es un adelanto de Inéditos y extraviados, libro póstumo publicado por la editorial Océano: una compilación hecha por el propio autor de relatos breves no incluidos en sus anteriores libros.

Por fin, el escritor célebre ha logrado vaciar su vida en el lavabo. Una densa amalgama de recuerdos reales o fabricados flota ahora a placer en el agua que él ha dejado salir de la llave en un ligerísimo chorro. Con el dedo índice el escritor hace pequeños remolinos y paladea las primicias de su próxima obra, la definitiva.

Narre su vida, le han pedido los editores. Cuéntenos todo, ha exigido la prensa. Y él, luego de dudarlo sólo un poco, ha prometido hacerlo. Cada mañana el escritor célebre se encierra en el baño, observa con detalle las partes de su vida y toma alguna que le parece interesante para alinearla más tarde entre los tipos de su máquina de escribir: un recuerdo de infancia como aperitivo, algún complejo psicológico por allá, por aquí un cierto flujo de consciencia preadolescente que había dado por perdido.

La empresa, claro está, no es tan fácil como parece. En ocasiones el agua se enturbia, los recuerdos se enredan y él entonces
debe tomar unas pinzas de cejas para deshilvanarlos sin destruirlos. Cada fragmento ha de ser registrado con esmero en un proceso casi ritual: recogerlo, pasarlo por un vaso de tintura y por un tamiz que le permita rescatar hechos al parecer nimios pero cruciales. Más de una vez el escritor célebre ha tenido que recurrir a lentes de aumento o incluso al microscopio para conocer a fondo algún diminuto detalle de su existencia que en el fondo es el más significativo.

Aunque lenta, la labor del escritor célebre no tarda en rendir sus primeros frutos: el borrador de su infancia está casi terminado y lo satisface mucho. Ahora cada noche será maquinar el capítulo siguiente, sorprenderse, levantarse a deshoras para descifrar el remolino de sus nostalgias.

El escritor célebre trata de mantener la operación en el más absoluto secreto. Algunos periodistas han instalado tiendas de campaña en el jardín de la casa y le aguardan con sus cámaras y sus micrófonos. A veces consiguen entrevistar al ama de llaves cuando ésta sale en busca de provisiones. Pero el ama sabe muy poco y dice menos de las raras costumbres de su patrón, de lo mal que se alimenta y de las horas que pasa sospechosamente encerrado en el baño, el cual permanece vedado a su escoba pertinaz. Lejos del mundo, el escritor célebre se inclina sobre el charco con ojos de perturbado y rescata el siguiente capítulo sin importarle el riesgo de que algún nuevo descubrimiento lo lleve a modificar lo ya escrito. Después de todo, murmura para sí, así es la vida.

Un día el escritor célebre despierta con un profundo malestar en el estómago. Revisa los papeles y su máquina de escribir, y descubre que las líneas escritas la noche previa se han desprendido mientras dormía. Hay páginas enteras desperdigadas en el suelo. Ahogando un grito, el escritor célebre corre al baño cuya puerta olvidó cerrar la tarde anterior. Dentro, el ama de llaves canturrea, trapea el mosaico y dice buenos días, señor. Su saludo es de repente interrumpido por el eructo plácido de la coladera que traga un último sorbo de agua espesa y consternada.


Autores
(Ciudad de México, 1968-2016) publicó La gruta del Toscano y Amphitryon entre otros libros.

No camines sola durante la noche, si eres la rubia voluptuosa serás la primera en morir, si desobedeces a tus padres te convertirás en la niña araña o en la mujer barbuda. Ni qué decir si te gusta el sexo: el asesino te cortará en pedacitos. ¿El asesino? Sí, el de la máscara, el del garfio, el vampiro, el payaso, la mamá loca, la niña con los cabellos en la cara, el otro que te espera en tus pesadillas. ¡Se pone peor! Si eres negro, latino o árabe, mueres, si te portaste mal o dijiste mentiras, mueres, si vives mueres, si mueres te vuelves a morir. ¿Te suena familiar? Disfrútalo. No, no me juzgues, de mejores lugares comunes me han corrido.

Ésta es la época del año donde los lugares comunes encuentran todas sus virtudes, es la época donde son válidos. No me importa repetirme, ¡es la mejor época del año! Hoy se vale que tu coche se quede sin gasolina a la mitad de la carretera solitaria. Hoy puedes encontrarte una cámara de video en el bosque con el vestigio de una vieja bruja. Hoy puedes decir que te gustan los libros y las películas de espantos y nadie, nadie, te va a decir que es un género menor.

Es más, te lo advierto desde ahora. Si te persiguen te vas a caer. Si crees que la libraste te esperan veinte páginas más de ansiedad y te recuerdo que nunca terminarás de matar al villano. Si te hacían bullying de chiquito, ésta es tu adulta oportunidad de cobrar venganza. ¿Eres el deforme, el incomprendido? Bienvenido seas. Yo no te excluyo, menos ahora; de mejores lugares comunes nos han corrido a ti y a mí.

La relación tan profunda y a veces incómoda que sostienen el cine y la literatura hoy hasta se ve bien. Hoy somos criaturas, somos arquetipos, somos lugares comunes con máscaras de caucho… y pobre de ti si me sales con que prefieres el Día de Muertos al Halloween; Germán Dehesa ya nos dijo desde hace un buen rato en su escrito “¿De qué manera vas a celebrar a tus muertos?” que todas las expresiones son válidas y que mientras más lúdicas, mejor. Mi querido amigo Roberto Coria, monstruólogo por excelencia, me recordó este texto hace un par de días y lo celebro; aunque con él siempre puedo ser la licántropa que se me pegue la gana. ¿Tienes un amigo con el que puedas ser monstruo todos los días? Consíguelo con urgencia.

Y hablando de amigos diablos, me gusta pensar que formo parte de jauría admiradora del terror y el susto; aunque a veces todos esos jóvenes autores y creadores pasen más tiempo criticando a su demonio semejante. Amigos lobos: no es tiempo de encajarnos las garras. Cómo diría Efraín Huerta, disfrazado de gran cocodrilo en estas fechas, ¡uníos!

Hoy podemos escupir tripas y sangre, ¿te lo vas a perder? Hoy no hay literatura inválida ni autores consagrados. Nadie te va a ver feo si decides desempolvar tus narraciones escabrosas de Poe, Bradbury, Maupassant, Stoker y K. Dick. Nadie te va a juzgar si en la sobremesa cuentas de una en una todas las creepypastas que leíste en internet, ¿cuál fue la última que te quitó el sueño? La de la muerte de Calamardo, la de la Señal Wow, la de aquella psicofonía que recorre los pasillos de la casona española. Todas son experiencias victoriosas esta semana, que nadie te diga lo contrario.

El asunto es éste: todas esas personas que disfrutan haciéndote menos durante trescientos sesenta días al año, todos esos que nos marginan por nuestros supuestos abismos de lectura, mienten. Te dicen que ya leyeron Drácula, por ejemplo, porque es un clásico de la literatura y nada más, pero que no les parece la gran novela; te dicen que la leyeron pero que prefieren otros autores mucho más complejos, y cuando les preguntas “¿cuál fue tu capítulo favorito?”, te responden “ese en el que Monica Bellucci sale de las cobijas y le mete una tremenda manoseada a Keanu Reeves”.

No tendría por qué ser una respuesta inválida, ¿estás de acuerdo? Hay adaptaciones cinematográficas tan poderosas que nos ayudan a deleitarnos aún más con los relatos originales. ¿Entonces? ¿Tendríamos que hacer menos a estos lúcidos impostores, como ellos lo hacen con nosotros? La misión que nos toca esta semana, estos cinco días del año donde los reyes somos nosotros, los niños de la noche, es la de la generosidad. La fiesta de los muertos es de todos.

Es la celebración de los que leímos las novelas de Clive Barker, los cuentos de Tario, entonamos las canciones de Sisters of Mercy, y de todos los que no lo hicieron también. Es la fiesta de los que aún hacemos casas embrujadas, de los que ponemos enormes ofrendas, de los papás que corremos por las calles con nuestros hijos pintados de espectros, de todos los niños espectros, de los que nos divertimos, de los que nos asustamos, de los que gritamos ¡Vivan los lugares comunes, sólo por hoy!

Piénsalo así, quizá el lugar común por excelencia es que al final todos en el libro, en la película, en donde sea, todos se mueren. ¿Y si mejor lo disfrutamos?


Autores
(Ciudad de México, 1986) es narradora y conductora de radio. Se le puede escuchar en el noticiero Primer Movimiento de Radio UNAM.

Una lista cada vez más poblada de revistas, periódicos y proyectos editoriales digitales está inundando el escenario de la publicación de contenidos en el mercado hispanoamericano.

En los últimos años, coincidiendo con la crisis de modelos periodísticos más tradicionales, se ha incrementado la aparición de nuevos medios digitales que van a la busca y captura de públicos fieles y de modelos de negocio sostenibles. Pero a pesar de las crecientes iniciativas y de la explosión que puede apreciarse de espíritu emprendedor editorial, todavía permanecen flotando en el aire muchas incógnitas sobre el futuro de estas publicaciones.

Al igual que ha sucedido con muchos otros sectores, internet está suponiendo una innegable revolución en el mundo editorial. Las reglas del juego están cambiando a una velocidad que, para muchos, es difícil de asumir. Esto abre oportunidades hasta hace poco insospechadas y, al mismo tiempo, plantea enormes retos y dificultades tanto a los viejos como a los nuevos actores. Lo que para unos es el final de una época dorada, para otros es el descubrimiento de un nuevo mundo.

El Centro Knight para el Periodismo en las Américas de la Universidad de Texas en Austin (Estados Unidos) organizó en el año 2014 un Curso Masivo y Abierto en Línea (MOOC) titulado “Desarrollo de proyectos periodísticos para la web”, en el que participaron más de cinco mil personas, lo que muestra el enorme interés existente en la región por este tema. 230 de los participantes se postularon para obtener la primera Beca Google-Centro Knight, que permitía participar en dos conferencias de periodismo digital organizadas por el Centro Knight. Finalmente fueron seleccionados diez becarios, procedentes de seis países hispanohablantes, con sus correspondientes proyectos digitales.

El fundador y director del Centro Knight, el profesor Rosental Alves, comentó entonces que “nuestro grupo de ganadores representa la pasión y originalidad que, con las herramientas y conocimientos necesarios, pueden llevar a la creación de más proyectos periodísticos sólidos en español”. Y añadió: “Con esta beca, esperamos incentivar la creación de nuevos contenidos en la web y promover un periodismo en español de calidad y sustentable”.

Entre los seleccionados se encontraban Moisés Contreras y Luis Felipe Brito, impulsores desde la Ciudad de México del semanario digital sobre rock y literatura independiente Letras Explícitas. Según explican sus creadores, esta revista digital, que se actualiza cada lunes, está realizada por “un grupo de reporteros que difunde información con una visión distanciada de la industria o lo que se conoce como mainstream. Esperamos que Letras Explícitas sea una referencia para los seguidores del rock que quieran conocer historias inéditas de bandas y músicos”.

Una de las características comunes de los proyectos digitales periodísticos que logran prosperar es que son capaces de trasladar a los usuarios una oferta de valor añadido muy clara. Son proyectos que ofrecen algo diferencial ya sea por su apuesta temática, por su presentación formal, por su forma de relacionarse con los usuarios, por su manera de distribuir el contenido, por sus vías de generación de ingresos, por sus tácticas para ganarse la lealtad de sus usuarios. Las opciones son muchas, pero en todos los casos se produce una correcta combinación del fondo y la forma que logra cautivar al usuario.

Esto es lo que intentan los creadores de un nuevo proyecto literario digital surgido hace apenas unos meses en España de la mano de un destacado grupo de escritores españoles y latinoamericanos. Se trata de Zenda, que toma prestado su nombre de la novela El prisionero de Zenda, de Anthony Hope. El editor es el reconocido escritor y académico de la lengua Arturo Pérez-Reverte, quien antes de dedicarse plenamente a la literatura fue durante años reportero de guerra de la cadena pública Televisión Española, y el director es el escritor, periodista y experto en el mundo digital Leandro Pérez, cofundador del proyecto.

El logo de Zenda incluye el lema del proyecto: “Autores, libros y compañía.” Pérez-Reverte ha explicado la razón de ser y los principales objetivos del sitio–que considera un “territorio de libros y amigos”- en un artículo de presentación del proyecto publicado en la propia web. “Nuestro objetivo inmediato es convertirlo, en poco tiempo, en un espacio de gran alcance puesto a disposición tanto de los lectores como de los autores que participan en él, a fin de que lo utilicen como libre plataforma de difusión de su obra, como medio para hacer visible su trabajo y, cuando lo deseen, como vehículo para exponer sus comentarios, artículos u opiniones personales”.

La lista de escritores y periodistas que participan en Zenda no para de crecer. Entre muchas otras, encontramos firmas como las de Javier Marías, Luis Mateo Díez, José María Merino, Almudena Grandes, Juan Eslava Galán, Juan Cruz, Sergio Vila-Sanjuán o David Trueba. “Todos ellos –dice el editor-, más los que se van incorporando y aún vendrán en el futuro, han hecho posible que hoy Zenda sea ya una apasionante y prometedora realidad: españoles, mexicanos, argentinos, puertorriqueños… 500 millones de hispanohablantes dan mucho de sí. El territorio es inmenso”.

DIVERSIDAD DE VOCES
Un evidente reflejo de la creciente vitalidad del sector de las publicaciones digitales en Hispanoamérica lo encontramos en SembraMedia, una organización sin ánimo de lucro fundada en octubre de 2015 por la periodista estadounidense Janine Warner, consultora experta en medios digitales, autora de numerosos libros y conferenciante habitual en distintos países del mundo, de manera especial en América Latina.
El objetivo de la entidad es “incrementar la diversidad de voces y calidad del contenido en español, ayudando a emprendedores de medios digitales a ser más exitosos y sostenibles”, según puede leerse en su mensaje titulado “La inspiración que mueve a SembraMedia”, publicado meses atrás en la plataforma Medium.

Entre otras iniciativas, SembraMedia está creando un directorio de medios digitales en español impulsados por emprendedores de América Latina y España. Los varios centenares de medios que allí aparecen demuestran la enorme variedad de proyectos digitales existentes. Los hay de todo tipo: algunos son grandes medios, respaldados por inversiones importantes y con decenas de periodistas trabajando en ellos; otros son más modestos, fruto de la iniciativa de varios periodistas que se unen en un proyecto común con el que pretenden innovar; y también los hay casi personales; proyectos en los que una persona, a veces con alguna pequeña ayuda, decide impulsar un proyecto al identificar un hueco en el mercado.

El análisis de los proyectos digitales que están ya en marcha revela que el sector todavía no está maduro y que queda mucho camino por recorrer. Por ejemplo, los modelos de negocio son enormemente variados y, a menudo, no ofrecen suficientes garantías todavía para garantizar el futuro de las publicaciones.

Cuando tenía 24 años, Janine Warner se asoció con un periodista mexicano para lanzar un periódico bilingüe en los condados californianos de Marin y Sonoma, cerca de San Francisco, llamado Visión Latina. La experiencia duró tres años y Warner aprendió mucho de ella. Al explicar por qué ha creado SembraMedia, afirma que “en cada país que visito, encuentro nuevos emprendimientos que son similares al que fundé cuando tenía poco más de 20 años; manejados por periodistas con fuertes deseos de mejorar las vidas de las personas que les rodean, pero con habilidades limitadas para hacer negocios y administrar las complejidades de una organización noticiosa”.

También en el ámbito creativo se detecta un campo enorme de posibilidades por explorar en los medios digitales. La falta de recursos se intenta suplir a menudo con imaginación y mucho atrevimiento, como sucede con proyectos como Revista Don, una publicación multimedia e interactiva ideada inicialmente para la tableta que impulsan desde Madrid (España) tres socios con amplia experiencia profesional en distintos medios: Rafael Benítez, Javier Moya y Enrique Torralbo. Revista Don, cuyo lema es “cultura popular para mayorías selectas”, nació en noviembre de 2013 y tras editar números mensuales para la tableta durante dos años y medio ha decidido apostar también por los teléfonos inteligentes con una renovada edición web. Los impulsores de la revista creen en el concepto del mobile first y quieren trasladar a los smartphones la potente experiencia audiovisual e interactiva de su publicación.

A principios de este año 2016 la asociación civil mexicana Factual, que tiene el objetivo de fortalecer las capacidades tecnológicas de medios y periodistas de América Latina, publicó el “Primer Estudio de Medios Digitales y Periodismo en América Latina”. Su autor es Jordy Meléndez Yúdico, fundador de la revista de reflexión latinoamericana Distintas Latitudes  y organizador desde el año 2012 del Foro Latinoamericano de Medios Digitales y Periodismo.

Este estudio se realizó “con la intención de recopilar y sistematizar los principales modelos de negocios, esquemas de publicación, equipos de trabajo, fortalezas tecnológicas y buenas prácticas de los medios nativos digitales de la región”. La relación de los 34 medios analizados es, por sí sola, una buena muestra del potencial que ofrece la publicación digital. Por orden alfabético, los medios incluidos en el estudio son los siguientes:

· Animal Político (México)
· ADN Político (México)
· Agencia Publica (Brasil)
· Chequeado (Argentina)
· Ciper (Chile)
· Confidencial (Colombia)
· Corresponsale.pe (Perú)
· Cosecha Roja (Argentina)
· El Faro (El Salvador)
· El Mostrador (Chile)
· Espacio 360 (Perú)
· GkillCity (Ecuador)
· IDL Reporteros (Perú)
· Infobae (Argentina)
· Kien y Ke (Colombia)
· La Mula (Perú)
· La Patilla (Venezuela)
· La Pública (Bolivia)
· La Silla Vacía (Colombia)
· Las 2 Orillas (Colombia)
· Mientras Tanto en México (México)
· Nómada (Guatemala)
· Ojo público (Perú)
· Plaza Pública (Guatemala)
· Prodavinci (Venezuela)
· República GT (Guatemala)
· Revista Anfibia (Argentina)
· Revolución 3.0 (México)
· Sin Embargo (México)
· Soy502 (Guatemala)
· Sudestada (Uruguay)
· Utero.pe (Perú)
· Verdad Abierta (Colombia)
· 14 y Medio (Cuba)

Tras señalar que “el panorama de medios digitales en América Latina es sumamente diverso”, en las conclusiones del estudio se identifican “tres retos comunes a todos los medios digitales de la región”: el financiamiento, la potencia digital y la interacción y creación de comunidades.

De hecho, las conclusiones son muy representativas del momento que viven las publicaciones digitales y revelan que, a pesar de la gran capacidad de innovación que hay detrás de cada proyecto, queda todavía mucho camino por recorrer a la hora de extraer el máximo partido a las posibilidades que ofrece el entorno digital.

Por ejemplo, se señala que existe un escaso aprovechamiento de algunas herramientas o formatos digitales como mapas, visualizaciones o herramientas interactivas. Una de cada tres publicaciones no las utiliza nunca, y únicamente el 20% lo hace al menos una vez por semana. “Existe un área de oportunidad enorme –se afirma- para todos los medios digitales para experimentar con nuevos formatos, herramientas y hacer mayor uso de la tecnología con fines periodísticos”.

Además, se destaca que la mayoría de medios interactúa poco con sus audiencias, a pesar de que ésta es una de las características diferenciales de internet frente al resto de medios. También sorprende que sean minoría los medios que se han adaptado adecuadamente al entorno móvil.

El informe finaliza con estas palabras: “En conclusión, puede afirmarse que los medios nativos digitales que realizan periodismo en América Latina están entendiendo poco a poco la lógica digital. Es decir: desarrollar y publicar contenido periodístico en internet permite no sólo reducir costos de impresión y distribución, sino generar otro tipo de dinámicas que le son útiles a los medios, como elevar el debate público, crear comunidades activas y generar mayor incidencia a partir de información periodística de calidad”.

En la presentación de Distintas Latitudes, el medio que dirige Jordy Meléndez, se explica que “nos interesa ayudar a construir una generación latinoamericana que sepa hablarle a un público global, dispuesta a experimentar con la tecnología, nuevos formatos y narrativas”.

Se antoja un buen resumen de las enormes posibilidades que ofrecen hoy en día las publicaciones digitales. Para muchos creadores hispanoamericanos, el mundo digital ha permitido salvar las grandes -y tradicionales- barreras de entrada al mundo de la edición. Pero estos creadores siguen igualmente expuestos, como ha sucedido siempre, a enormes retos tanto creativos como de negocio. Y esto es precisamente lo que convierte en apasionante la etapa que estamos viviendo.


Autores
Periodista, escritor, consultor, profesor y conferenciante especializado en medios digitales.