Tierra Adentro
Lettering de Jonathan Cuervo (Ciudad de México, 1985)

1 IKAL

Está muerta. La idea se encaja en su memoria. Está muerta. Es la imagen recurrente que infecta los recuerdos.

Diego Ikal Peralta tiene dos semanas en el camino seguro hacia una cirrosis crítica, a una aguda depresión, o a un episodio psicótico severo.

Lleva días intentando alejarse de las memorias que lo mantienen despierto en las madrugadas, hasta terminar con la botella de Appleton añejo, licor que no logra suplir el Ativan, el Tafil, las inhalaciones de cocaína y toda una gama de nuevas drogas. Toda la variedad de estupefacientes que necesita alguien con tantas imágenes incrustadas en los ojos y en el olfato.

Es María José quien va tras él todas las noches. Su esposa, que hace semanas falleció. «La mataron», se dice. A diario, cuando Ikal cae en la cama, su mujer llega desde el río con el abrigo puesto, las piedras hundiéndola y su hijo nonato en el vientre. «La mataron», se repite.

Y lo sostendrá aunque el resto del mundo diga lo contrario. Aunque el expediente del Ministerio Público subraye frases como «Se presume que cometió el acto de suicidio». La primera vez que lo leyó casi escupe en la cara del ministerial. Suicidio. La palabra retumba en su memoria. No. No lo hizo. Ikal sabe que María José sería incapaz. Ya había dejado la adicción a las Experiencias Vívidas.

Hace dos semanas, ella asistió a unas pruebas mercadológicas para el lanzamiento de la nueva droga de recreación que está produciendo Dreamhost. «Ahí nos chingaron, mi amor». Ese día tuvo una noche de tormenta, identificaron diez cuerpos que arrastró el río, uno de ellos era María José.

Ahora Diego Ikal se encuentra en La Divina, un bar del centro de la ciudad. Es tarde. Lo sabe porque la sed es tan letal que sólo se puede quemar con alcohol. Revisa la bolsa de su pantalón y empuña la Ruger LCR.22 de ocho tiros; aún le parece un arma femenina, pero, con la premura, fue lo que pudo encontrar.

Está instalado en el lugar más oscuro, en la esquina perfecta para ver quién entra y quién sale. Toca la pared y rasca el yeso con las uñas, lo lleva a la boca y saborea, la sensación terrosa en la lengua lo reconforta.

La Divina es de una planta: al entrar, la barra se encuentra en el lado derecho; a la izquierda y al fondo hay más de veinte mesas distribuidas con orden, todas con comensales que ya van en la cuarta, quinta, sexta ronda de la noche. «No deben tardar». Ruega que sea suficiente alcohol para borrar los recuerdos. No está seguro y ordena otro Appleton al mesero, quien trae un caldo de lentejas como aperitivo. Recorre de nuevo el bar con la vista, buscando alguna sombra conocida, algo que lo alerte, y entonces atacar, eliminarlo, descargar la frustración que lo tiene nadando en este lodo fétido de añoranzas.

Piensa en Dreamhost. Saca su celular, accede a la carpeta de imágenes y selecciona una titulada Pendientes; así la llamó desde el día en que decidió lanzarse a la cruzada para aniquilar a los responsables de la muerte de su esposa y de su hijo nonato. Adentro hay una serie de fotos, se detiene en tres: en una de ellas aparece el director de Salud Pública, un tipo moreno, gordo y detestable; en otra aparece un señor con bata blanca, serio, de barba y cabello gris, «Sebastián Terreros», piensa; en la tercera hay un tipo con rostro de rata obesa, «Jacint Casals», se dice.

No fue difícil saber en dónde se encontrarían: un par de llamadas, cobrar otros favores y listo. «Allí se juntan los miércoles, saliendo de la oficina, como a eso de las nueve», le dijo la secretaria del director de Salud Pública. Sin embargo, ya son casi las once de la noche y no han llegado. Bebe de nuevo cuando le traen el trago y pide otro caldo de lentejas para calmar la necesidad de raspar el yeso de la pared.

«Hay que tener cuidado con las mujeres que se abandonan», piensa mientras busca su cartera, saca un billete de quinientos y lo coloca en la bolsa contraria de donde guarda el arma.

Luego de la muerte de su esposa inició una investigación sobre la nueva droga de diseño de Dreamhost, enfocado en los daños colaterales que pudiera ocasionar.

Se trataba de una droga de calidad, de elite. Al parecer estaban haciendo pruebas con testers y ofrecían cincuenta mil pesos a quienes pudieran pasar los exámenes y lograran consumirla. Sin embargo, Ikal no sabía ni a cuántos ni a quiénes se aplicaba, tampoco sus efectos. Era algo mucho más fuerte que las Experiencias Vívidas, algo que se vendería mucho más caro. Además el corporativo en Barcelona había delegado a un tal Jacint Casals. Algo se estaba cocinando.

Esculcó en casa y de uno de los cajones de María José rescató un contrato de la compañía, Art Viu: De lo Bello a lo Sublime, la nueva droga ya tenía nombre.

Así que fue a visitar al doctor Terreros: en la primera ocasión lo recibió cordialmente, en la segunda lo dejó en la antesala, y a partir de la tercera no le permitió entrar al edificio.

Terreros aceptó que se estaba llevando a cabo el desarrollo de una nueva droga, pero negó por completo que se estuvieran reclutando donadores o testers y que, además, algunos de ellos tuvieran efectos secundarios. Ikal buscó otros métodos.

Hacía guardias por las noches. Comenzó a vigilar la basura de la farmacéutica. En una de sus exploraciones dentro de los contenedores encontró una lista, estaba cortada en tiras y tardó un par de días en armarla y entender lo que decían los papeles. Nombres, direcciones, teléfonos, correos, y una columna con la variable: Pérdida. Ahí se encontraba el nombre de María José. «Mierda», los huesos comenzaron a hacérsele polvo del coraje. «Fueron ellos», lo supo y encontró la forma de verse de nuevo con Terreros.

Hizo llamadas y visitas. Y sí, el común denominador era el suicidio. Comenzó a redactar la nota y siguió uniendo los cabos sueltos. Tenía que encontrar más información.

Ahora Ikal no puede buscar respaldo en el Ministerio Público, ni con los Federales, ni con la PGR. Repudia a las autoridades, todas son una mierda de corrupción. «A la chingada con la nota, primero lo primero», se dijo. Guardó la lista y el contrato, se lanzó al abismo y tuvo la certeza que se encontraría de nuevo con Terreros y con el director de Salud Pública, que acababa de autorizar un enlace entre Dreamhost y los Centros de Integración Juvenil.

Aquí está, esperándolos.

La puerta principal se abre y entra un grupo de personas. «Son ellos». El director de Salud abraza a una chica joven, rubia y delgada, vestida de traje sastre negro; a un lado, Sebastián Terreros Maldonado mira ávidamente sobre su hombro, como cerciorándose de que algo no esté, de que algo no repte por su espalda. «Ya era hora». Se pone de pie, tambalea, toma un envase de botella y se acerca a los recién llegados.

—Doctor Terreros, director, qué casualidad encontrarlos.

El director, quien trae la mano debajo del pantalón de la chica, sonríe, intenta reconocerlo y hace un ademán para saludar. Ikal empuña el envase. Toma fuerza y lo estrella en el rostro del funcionario.

Gritos, dudas, incertidumbre.

La rubia cae junto con el agredido; Terreros se repliega hacia el interior y lanza un par de blasfemias, no sabe qué está sucediendo. Algunos meseros se acercan para calmar la escena, pero de inmediato Diego saca su Ruger femenino y dispara dos veces hacia el techo.

Más gritos, muchos se esconden bajo las mesas, otros piensan que es un asalto y levantan las manos.

—Atrás, cabrones, que esto es entre estos pendejos y yo, atrás —dice y dispara de nuevo.

Apunta hacia el piso, donde el director de Salud intenta ponerse en pie, apoyándose en la chica rubia que llora copiosamente.

—¡Ahora sí, para que sigas aprobando pendejadas!

Acciona el gatillo.

El eco del impacto se embarra en las paredes. El director gime, destila sangre desde el hombro.

—Cállate, cabrón.

Dispara de nuevo, ahora en una de las piernas. Los comensales huyen. Los sollozos de la chica resbalan por la piel. «¿Cuántos tiros llevo?».

Entonces una botella se estrella en su espalda, la fuerza del golpe lo hace girar por inercia y dispara de inmediato a un mesero. No da en el blanco: logró parapetarse detrás de una mesa.

Terreros aprovecha la confusión y salta sobre Ikal. Logra derribarlo y, en el forcejeo, el atacante pierde el arma. Se pone en pie y arremete contra el doctor, golpea con saña, con una rabia que creía apagada, con el coraje de las peleas de su adolescencia. No da tregua. Impacto tras impacto. Busca el arma, la toma, apunta a su estómago. «Por María José y mi hijo, cabrón de mierda», piensa y, antes de accionar el gatillo, otra botella se estrella en su hombro. Dispara. Falla. Apenas impacta en una de las piernas del doctor. Un segundo destello atraviesa el estómago del mesero que lanzó las botellas. Terreros se aleja reptando.

Alguien que se encuentra al lado del mesero herido grita y maldice. Vocifera que llamen a una ambulancia, que si hay un médico en el lugar, que alguien los ayude. Pronto dos, tres, cuatro compañeros se le unen e intentan detener la hemorragia del estómago.

A su lado, el director de Salud se desangra. La chica rubia intenta cerrar la herida sin resultados, el líquido fluye por el piso. Apunta al funcionario, jala el gatillo. Nada. «Se me acabaron los pinches tiros y no compré más», piensa y guarda el arma. Patea el rostro ya astillado por los vidrios.

Busca al doctor Terreros. «¿Dónde estás, cabrón?». Los segundos son una eternidad. Lo encuentra. «¿Conque escondiéndote, hijo de la chingada?», se acerca a la mesa, toma una botella Buchanan’s y la lanza. Da en su pierna. Sale de su escondite y se miden. Intenta repetirlo, pero se detiene. Un compañero del mesero herido le cierra el paso, lleva una picahielo como arma. La mirada entre Terreros e Ikal, a sólo cuatro metros de distancia, es una trinchera en suspenso.

rsz_ta219__página_069

Los gritos siguen. El sudor. Otros meseros se acercan y vienen armados con cuchillos, botellas y tenedores. «Si me agarran me meten una chinga que no me la quito ni con sal».

Observa al director en el suelo, se retuerce y se queja con la chica rubia a un lado, que ya tiene las manos empapadas en sangre. «Uno u otro», piensa, se acomoda y lo golpea. Asesta un jab seco y certero, tanto que al momento del impacto, Ikal escucha que algo se rompe. «Otra botella», toma espacio para seguir golpeando con la misma mano, pero no responde, ha quedado neutralizada; «me la chingué». Intenta moverla. Nada.

«Ya estuvo suave». Es momento de iniciar el escape, de lo contrario terminará encobijado en el río de la ciudad. «Vámonos». A su lado, en el piso, el director intenta maldecir, parte de la quijada no está en su lugar: Ikal consiguió zafarle el maxilar.

—¡Ahora sí, para que sigas aprobando pendejadas! —dice mientras busca la oportunidad de escapar.

De nuevo encuentra a Terreros. Lejos, poco más de seis metros. Imposible alcanzarlo sin meterse más a la boca del lobo. Las trincheras seguirán intactas.

Tiene que largarse. Rodea al director y a la chica. Cruza la puerta y corre.

Huye sosteniendo su mano izquierda; no importa el cansancio, ni el dolor en la espalda, mucho menos la falta del zapato izquierdo que abandonó en el campo de batalla. Detiene un taxi y sube.

—Vámonos, para Garza Sada.

Aunque está más apaleado que un toro antes de entrar al ruedo, sonríe, sabe que ha avanzado. «Uno por uno», piensa mientras recibe el aire de la noche.

Con la mano sana saca el billete de quinientos y lo entrega al conductor.

—Luego para el sur, para la carretera. Y acelere, que traemos prisa.

rsz_ta219__página_070


Autores
(Culiacán, 1983) es narrador. Con La ciudad del olvido, obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words.
Lettering de Diego Sanz Salas (Perú, 1984)

El espectro de un alpinista que murió escalando el Everest, un diseñador que sobrevive en la capital alemana produciendo porno amateur y una obsesión amorosa, confluyen en esta narración de Rodrigo Hasbún, uno de los escritores bolivianos más reconocidos de su país.

Lo vi en un bar años después de que hubiera muerto, pero la barba y una mueca persistente que no recordaba demoraron mi resolución de acercarme. Cuando al fin iba a hacerlo, él se levantó de pronto, me dio una mirada rápida y se largó del lugar. Afuera el cielo estaba nublado, como sucede a menudo en Berlín, y los dos éramos extraños en la ciudad y en el idioma, extraños en todo, incluidos los lazos que nos habían unido alguna vez.

La historia del hombre que era o no era él podía resumirse fácil. Descendiente de aimaras, se había ido a los dieciocho de Bolivia, donde sin duda le hubieran puesto trabas a su ambición, y sólo empezó a volver treinta años después, ya convertido en un reconocido cirujano radicado en Boston. En una de esas vacaciones encontró casualmente a mi padre, uno de sus pocos amigos de colegio, y a partir de entonces retomaron el trato. El hombre practicaba alpinismo en su tiempo libre y ya había escalado algunas de las montañas más altas del mundo. Su próxima meta, le dijo a mi padre la última vez que se vieron, era conquistar el Everest. Medio año después, a punto de llegar a la cumbre junto al guía nepalí que había contratado, se desplomó en la nieve y lo hizo porque estaba bien muerto antes de caer. Eso, al menos, es lo que contó el otro o lo que contó su esposa que había contado. Lo cierto es que el cuerpo nunca apareció, luego de ir en busca de ayuda el guía no supo encontrarlo. En resumen, había un muerto pero no su cuerpo y la historia se volvía confusa a momentos, por lo que empezaron a proliferar versiones encontradas, entre ellas que la esposa se había deshecho del hombre para heredar su fortuna o que él ya no la amaba y había ideado todo para empezar una nueva vida lejos de ella.

En Berlín, por ejemplo, donde me pareció verlo, aunque la barba y la mueca persistente me hicieran dudar. Quedaban sus billetes sobre la mesa. Tan repentinamente como él, me largué de ahí y lo hice no sólo sin pagar, sino además llevándome su dinero.

Nadie vino tras de mí, en un barrio como Schönenberg no están acostumbrados a gestos como ese. Igual caminé rápido, mientras decidía a dónde ir. A algún otro bar, quizá, o a esperar el final de la tarde en el Nolli.

Diseñaba sitios web, antes de irme de Cochabamba y también en Berlín, adonde llegué siguiendo a Luana, una alemana que no mucho tiempo después me dejó. Las alemanas hacen eso sobre todo, destrozan a los hombres, los pisotean con su frialdad intermitente, con su indiferencia repentina, y yo no opuse demasiada resistencia mientras se desencadenaba el abandono. Mi trabajo más constante, el que me permitía llevar cierto tipo de vida, lo hacía para Ben, un inglés treintón que simulaba ser agente de actrices de cine adulto. Entrevistaba a nueve o diez candidatas por semana y por lo menos a dos o tres se las terminaba cogiendo en la misma entrevista, delante de varias cámaras que filmaban simultáneamente. Antes del sexo les decía que enviaría los videos a productores importantes y era esa la razón por la que ellas se animaban, pero después de terminar y de dejarlas limpiarse y vestirse, les confesaba la mentira y les ofrecía cuatrocientos euros para que lo dejaran colgar el video. Ellas, eslovacas o colombianas, alemanas o turcas, querían ser actrices y casi siempre estaban demasiado urgidas de dinero o eran adictas a algo, así que la mayoría aceptaba. Lo que hacía yo era editar los videos, borronear la cara de Ben y subirlos al sitio, que también me dedicaba a promover en la red. A los usuarios les gustaba pensar que esas mujeres habían sido embaucadas, que no recibieron nada a cambio, que ni siquiera llegaron a saber que los videos podían verse, y era eso lo que más explotábamos para divulgarlos. Funcionaba bien, más allá de que hubiera varios otros agentes falsos haciendo lo mismo en distintos países.

El tiempo que vivimos juntos, a Luana no le molestaba verme editando los videos, y una vez me confesó incluso que fantaseaba con hacer una porno algún día. ¿Qué tipo de porno?, le había preguntado yo. Una, dijo, en la que quince o veinte tipos me traten como a una perra de la calle. Pero no sólo eso, siguió diciendo Luana esa vez, quiero además que me terminen encima y que me orinen y me caguen y me escupan. Una lluvia asquerosa, dijo, y yo me reí nada más, sin estar seguro si bromeaba y sin sospechar cuán imposible me resultaría luego sacarme de la cabeza esa conversación.

El trabajo estaba detenido porque poco antes Ben había tenido dificultades con dos chicas. Una acompañaba a la otra para darle valor pero él logró convencer a ambas y, aunque eran tímidas e inexpertas, o quizá porque lo eran, esa entrevista y la cogida fueron de las mejores. Días después apareció la madre de la amiguita con documentos que demostraban que sólo tenía dieciséis. Era una alemana humilde, me contó luego Ben, pero se la veía obstinada y no llegaron a nada. Sólo busca plata, dijo, es lo único que busca, porque bien debe saber que los gustos de su hija ya no tienen vuelta atrás. Ben era un tipo de apariencia decente. Eso ayudaba a que ellas confiaran en él. Inicialmente quería dirigir películas eróticas. Al hacer su primer casting se dio cuenta de lo interesantes que podían ser en sí mismos, y ya no se movió de ahí. Ahora, mientras solucionaba los problemas con la mujer, me pidió que bajara el video y también prefirió que desmontáramos las cámaras y nos tomáramos unos días libres.

Marqué el número de Luana mientras me alejaba del bar en el que vi al amigo muerto de mi padre. Ya había sobrevivido al tiempo en el que necesitaba contarle todo para que tuviera sentido, pero se me ocurrió que la divertiría la situación. No colgó como venía haciendo hacía meses, aunque es cierto que sonaba adormecida o drogada. Acabo de ver un fantasma, le dije sin dejar de caminar, acabo de ver a un hombre que ya no estaba y ahora sí. Sólo quería contarte eso, fue emocionante pero también un poco tenebroso. No me animé a acercarme, me quedé mirándolo nada más. Un fantasma, Luana, un fantasma boliviano. Ella soltó una risita extraña, una risita o un suspiro o una tos, y yo no quería aburrirla, así que cambié de tema. Le dije que había encontrado una polera suya detrás del estante de la sala. Parecía un trapo de lo sucia que estaba, pero ya la lavé. Ahora está guardada. Es una rosada, sin mangas. Luana no decía nada y yo volví al muerto casi inevitablemente, le conté la historia entera, estaba acelerado, y como seguía sin decir nada, mencioné por último la situación de Ben. Hacía meses que no hablábamos y se sentía como un subidón.

No estoy lejos, dije.

Ven, dijo Luana, y colgó.

rsz_ta219__página_062

Nos habíamos conocido en mi bar preferido de Cochabamba, ese principio perfecto importa. Importa que ella viajaba sola por Latinoamérica en un momento en el que yo lo que más necesitaba era viajar (algo que casi no había hecho hasta entonces, al menos no fuera del país) y que dejé todo para acompañarla. Fueron las mejores semanas de mi vida y lo supe mientras sucedían y eso importa. Importa que era la primera mujer que conocí que tenía condones en su mochila, que era la primera mujer que me pidió, la segunda o tercera vez que estuvimos juntos, que le chupara el culo, que a veces prefería por ahí. Importa que no le temía a nada y que descubrí a su lado que yo le temía a todo y que logré vencer algunos de esos miedos gracias a ella. Sin embargo, mientras subía las escaleras del viejo edificio al que se había mudado, ahora sólo podía recordarla en una cama. Sonreía y fumaba y cogía de todas las maneras posibles y dormía y era lo único que podía recordar, Luana en una cama y no en calles y bares y cafés en cualquiera de las ciudades en las que habíamos estado, Luana sólo en el deseo y ya no en el amor.

Toqué fuerte, para que me oyera a la primera, pero no abrió. Volví a tocar y no abrió y la llamé al celular. Estoy aquí, dije. Pasa, dijo ella. La puerta estaba sin seguro, apareció apenas me metí. Sólo tenía puestas unas medias gruesas, una polera delgadita y un calzón azul, y parecía que había estado llorando aunque Luana no lloraba. Me acerqué y la abracé y se dejó. Luego sacó dos cervezas de su refri y nos sentamos en la mesa de la cocina. Le conté que me fui del bar sin pagar y que además me llevé la plata del muerto, del boliviano prófugo, del fantasmita de mierda. Ella respondió que dejara de hacer esas cosas, que por algo así podía terminar deportado, pero lo decía sin ninguna convicción. Nunca la había visto tan lejos de sí misma, ni siquiera el día que me dijo que se iba, que ya no me quería y se iba, que se estaba yendo, que se había ido antes de irse.

¿Cómo va el trabajo?, pregunté para distraernos, para evadir el deseo y la incomodidad. Hizo una mueca rara y entendí que no debía buscar charla, la reconfortaba tenerme cerca pero prefería que permaneciéramos callados. Se había ganado la confianza de la dueña como secretaria de una agencia de modelaje en la que trabajaba hacía años. Ella misma había llegado probando suerte (tenía cara de ángel y ojos de ángel y concha de ángel y le hubiera ido bien), pero pronto se dio cuenta de que no era lo suyo, a pesar de que el mundillo le gustara. Había despilfarro y viajes y droga y hombres adinerados y quería quedarse, gozando de los privilegios sin tener que sacrificar nada a cambio. Como secretaria, estaba y no estaba. Estaba y no estaba, al igual que en todo lo demás en su vida.

Apenas terminé mi cerveza, me pidió que sacara dos más. Eran las últimas. Abrí la suya, se la dejé sobre la mesa y volví a sentarme, aun los movimientos más insulsos habían cobrado un peso específico. Era su silencio lo que provocaba eso, su silencio y también las cervezas que ya llevaba dentro y el hecho de que me siguiera pareciendo hermosa.
Unos veinte minutos más tarde, cuando la situación empezó a sentirse absurda y después de que me rechazara un nuevo abrazo, Luana habló. Lo único que saqué en claro en medio de tanta conjetura es que había sabido ese mismo día que estaba embarazada y que no estaba segura de quién.

Era triste imaginarle algo dentro. Era intolerable y triste y un poco estúpido saber que no era mío eso que le crecía dentro.

Ben me despertó temprano al día siguiente.

Te voy a buscar ahora mismo, dijo y apareció a la media hora, cargado de una caja de cintas y memorias. Preparé café y lo serví en dos tazas y esperé a que hablara. Teníamos que bajar el sitio, borrar las evidencias. ¿Es posible?, preguntó, ¿es posible limpiarlo todo sin dejar huellas? No lo era, pero le dije que algo se podía hacer, lo suficiente para que la mujer se viera en problemas por sí sola, a menos que hubiera tomado previsiones y hubiera descargado el material o lo hubiera capturado con algún otro dispositivo. Revisé los datos de los nuevos usuarios, dijo Ben, ninguno es de la ciudad, más bien que la perra esa es una ignorante. Son medidas provisorias, dijo, pero me costó creerle porque también me dijo que se iba a Londres por unas semanas, hasta que el asunto se tranquilizara. Miró hacia la caja que había dejado a un costado de la sala y sonrió, recordando quizá los polvos filmados, al menos trescientos y todos sin condón. Yo hubiera querido preguntarle si se hacía exámenes semanales, si las chicas tenían que mostrarle los resultados de los que ellas quizá estaban obligadas a hacerse, si había algo de lo que no estaba al tanto. Al final no me animé.

La tarde la pasé caminando. La Berlín derruida todavía era visible. Daba euforia y miedo estar ahí, sobre todo para alguien como yo, nacido en un país tan ensimismado en sus guerras propias. Luana llamó en algún momento y yo pensé que quería verme, que le había hecho bien verme el día anterior y que le gustaría repetir, pero se limitó a decirme que había sido una falsa alarma, que era mejor que lo supiera, y se rió nerviosamente durante algunos segundos antes de colgar. La odié, de verdad o de mentira, la odié nada más, y no supe qué creer. Luego me quedé pensando en ella y en mí y en Ben y las chicas y la madre, pensando que estábamos vacíos y que quizá esa era la enfermedad de nuestra época, la verdadera enfermedad, que todos nos hubiéramos aligerado tanto.

rsz_ta219__página_065

Haciendo las compras en una tienda del barrio, menos de una semana después vi al hombre que había sido amigo de mi padre. En una ciudad tan descomunal no sólo es improbable sino prácticamente imposible volver a encontrar a un desconocido, menos si nació como tú a miles de kilómetros de distancia, menos si volvió del otro lado de los muertos, pero aun así no me sorprendí. Lo que sí hice de inmediato fue abordarlo y esta vez no tuve ninguna duda de que era quien creía. Él se negó tajantemente y no pude hacer nada que no fuera insistir. Prometo que no le diré a nadie, dije, ni siquiera a papá, y añadí en español que para mí era necesario aclarar esto. Ha sido una semana dura, dije, creo que perdí mi trabajo, y perdí o volví a perder a la mujer que más quise. Mi jefe es un hijo de puta y las está contagiando a todas, dije también. Él respondió que no sabía hablar lo que fuera que estaba hablando y que no entendía nada de lo que le decía. Había muerto ya, de un ataque al corazón, ese hombre al que tenía delante. Rodeado de nieve, había muerto escalando el Everest.

Y entonces hizo lo que tenía que hacer. Con miedo de mí o de sí mismo, en esta su nueva vida, se disculpó apenas, cogió sus bolsas y se alejó.


Autores
Rodrigo Hasbún (Bolivia, 1981) es escritor y guionista. Su libro más reciente es Los afectos.
Lettering: Wilfredo Bernal (El Salvador, 1995)

Desde Estados Unidos, donde radica, la escritora Dolores Dorantes reflexiona en este texto sobre la moda de «dolerse» frente a las desgracias de los otros, y también acerca del acto de crear desde un territorio impuesto.

I

Hoy pensaba concluir un artículo que me ha tomado meses escribir, relacionado con los procesos de copia y cómo es que la realidad que percibimos fuera de nosotros se construye a partir de esos procesos; procesos de reproducción y de repetición que me han obsesionado estos últimos dos años, por tener la capacidad de programarnos la mente. Arno Gruen, psicólogo alemán fallecido en octubre del año pasado, sostenía entre otras cosas que estos procesos de reproducción daban en el clavo del control de las sociedades, de tal forma que nos convirtieron en personas conformes con la guerra y su crecimiento global. Esta forma de reproducir lo aprendido, sobre todo al momento de manejar nuestro dolor, nos lleva, afirma Gruen, a justificar la guerra. Hace años estaba en eso, cuando repentinamente alguien (o algo) decidió que el dolor en México debía expresarse públicamente; comenzaron a dolerse todos, así tan fácil, como si hubieran sanado una programación de siglos y pasaran a formar parte de los conmovidos, de los dolientes, de los cortados a la mitad, de los tocados por la experiencia de la guerra. El mundo se transforma mucho más rápido de lo que se transforma mi pensamiento, creí: tanto tiempo buscando entender cómo es que la realidad se manifiesta a través de los procesos de copia; años de conversaciones al respecto con amigos, años de escuchar a Arno Gruen y de repente, así, como si se tratara sólo de pronunciar una palabra, de crear el concepto adecuado, el mundo se arregla en un chasquido: todo mundo sufre y no se lo guarda, todo mundo recorta las partes más sangrientas de los periódicos, le da «voz» a las víctimas, arriesga su vida haciendo residencias artísticas en Ciudad Juárez y «so on». Entonces me di cuenta que pienso muy lentamente, que medito demasiado, que todos mis amigos son obsesivos y que a ellos y a mí nos da por desconfiar de estas oleadas de justicia que nacen de los corazones literaria y oportunamente indignados.

Mejor tarde que nunca, me gusta imaginar. Aunque después de unas cuantas lecturas y de rastrear evidencias, supe que esto de dolerse se trataba únicamente de un concepto, pero no un concepto de los buenos, que son fuente infinita de conocimiento y diversidad; un concepto de esos que consisten en vaciar, en despojar la palabra de experiencia, en un cascarón pues:

¿Cómo se duele alguien frente al poder desde el poder? ¿Cómo puede el poder degollarse a sí mismo, torturarse, secuestrarse, desaparecerse y a la vez expresarse, escribir su dolor por la tortura que él mismo se inflige? ¿Cómo puede el poder hablar desde la cabeza que corta, desde el cuerpo que tortura o que secuestra?:

Vaciando de significado su lenguaje; reproduciendo la máscara (máscara, pero no de las buenas) del dolor. Todos tranquilos, todos podemos decir que algo nos duele, nos parte el corazón y está bien, tenemos permiso de dolernos porque tenemos libertad, ¿cierto? Nadie va a matarnos por ejercer la libertad en este país, ¿cierto? No vamos a aparecer ejecutados al puro estilo militar con cinta canela alrededor de la cabeza y nadie va a decir «en algo andaba» sólo por expresar nuestro dolor, ¿cierto? Las escritoras en México podemos escribir incluso contemplando desde Polanco el mismísimo infierno, ¿no es así? ¡Nos entregan premios! Porque aunque las mujeres y las niñas en México continúan desapareciendo y apareciendo asesinadas ¡somos un país que apoya a las intelectuales feministas! ¿Verdad? Qué maravilla. Qué alivio.

Y, como es así, vivo en el extranjero. No me gusta dolerme mucho, la verdad. Expreso mi dolor en privado. Oigan, mi blog es uno de mis lugares privados, BTW. Y no me siento muy libre. Sobre todo porque vivo con una visa de residente permanente y cada vez que regreso a este país, después de estar algún tiempo en Ecuador o en Argentina, tengo que pasar por un túnel metálico de interrogaciones, un cuarto separado donde los agentes de migración se burlan de mi procedencia e insinúan que me dedico al narcotráfico. Qué se puede esperar, despierto esos sentimientos en el extranjero cuando viajo como escritora. Lo bueno es que hace unos meses me gradué de gurú, así que, espero, mis siguientes viajes serán sobre una alfombra mágica entre nubes de abundancia, seda, discípulos y azúcar.

II

rsz_ta219__página_058

Me fue solicitado un artículo sobre la escritura desde un territorio impuesto, sobre tu experiencia personal en ese sentido. Así que, supongo, debo hablar de mí, porque estos de aquí son mis amigos.

Mi experiencia personal me ha llevado a revelaciones maravillosas sobre procesos de copia, de reproducción y construcción de estructuras de pensamiento. Así, de forma personalísima, en este «territorio impuesto» algunas editoriales me han solicitado firmarles contratos donde regalo los derechos de mi «obra» para publicarse en cualquier lugar del mundo, a cambio de tres libros, por ejemplo. Cuando me negué a firmar uno de esos contratos me respondieron que «quizá no estaba yo entendiendo el inglés»; después me aclararon que se trataba de una editorial «no lucrativa», por ejemplo. «Yo también soy no lucrativa», respondí, «¿acaso ustedes creen que porque exijo un derecho —el pago por derechos de autor— estoy recibiendo una ganancia?».

Y ellos creían que sí, creían que el pago de quinientos dólares, junto al honor de ser publicada por una editorial niuyorquina era mi «ganancia», cuando en realidad no representa ni la inversión que hice durante un mes de trabajo (escribir el libro me tomó un año, y a mí me gusta vestir kimonos de seda decorados a mano cuando escribo). Disculpen que hable en estos términos pero, ya se imaginan qué país es «mi territorio impuesto». No es una queja, es un ejemplo; el ejemplo de una situación real que me llevó a pensar en la forma en que editoriales no lucrativas, como la del ejemplo, llegaban al punto de creer que la mejor forma para que los libros continúen existiendo es despojar a los autores de sus derechos. ¡Oh «America»! ¿De dónde nació la idea de que el autor que exige sus derechos es un ambicioso voraz?, y añadido a este punto, ¿cómo es que esa idea se transformó en un juicio social que presiona desde la comunidad de autores-editores? ¡Es mal visto que un autor exija sus derechos! ¡¿En verdad creen que éste es el primer mundo?! Any who.

La idea de la editorial no lucrativa como estructura de poder nació como una idea anti-capitalista; en este país los autores no comerciales (los autores «comprometidos») comenzaron a ceder sus derechos de autor a editoriales no comerciales para garantizar la existencia de tirajes pequeños en oposición a los sistemas corporativos-comerciales que actualmente controlan el mundo, pero ¡oh fortuna!, las editoriales pequeñas con prestigio se convirtieron en concentraciones de poder que seleccionan, promueven, distribuyen y comercian con sus libros de la misma manera en que lo hacen las transnacionales (¿ven por qué me obsesionan los procesos de copia?), con la diferencia de que las pequeñas editoriales exigen (¿por qué?: por lo mismo que Google: porque pueden) la renuncia de los derechos de autor a cambio de la publicación que garantiza al escritor cierta visibilidad en círculos intelectuales en boga; ellos «no lucran» con sus ganancias sino que las reinvierten en proyectos que promueven lo que más le conviene a su concentración de poder y de expansión internacional (como una corporación cualquiera). Y entonces volví a preguntar: si este tipo de proyecto nació de cierta idea de justicia a favor de la literatura y a favor de los bienes intelectuales de todos, ¿por qué no se intercambia la cesión de derechos por la participación del autor en el comité de selección de la siguiente colección de la editorial? El poder que estas editoriales han construido quedaría disuelto. ¿No se trataba de eso desde un inicio?

Así es como, poco a poco, lentamente, los autores somos despojados de nuestro prestigio —y del lugar que el poder de la editorial no lucrativa proporciona— en los círculos donde se concentran los intelectuales no-comerciales en caso de intentar recuperar un poco del dinero que necesitamos para sobrevivir. O si no, somos despojados de nuestro derecho de autor a cambio de ser bienvenidos en esos círculos.
No me mal entiendan, no se trata sólo de mezquindades. Si alcanzamos a percibir que una obra literaria es un bien intelectual y, por ende, un bien infinito, ¿cómo tasarlo? Ya lo platiqué públicamente antes con mi amigo Ben Ehrenreich; se trata de algo más triste. Ningún autor puede vivir de lo que escribe, a menos que sirva a una corporación, es decir: se convierte en el corrector de estilo del discurso de las corporaciones. Si un escritor quiere escribir sin que nadie le dicte, entonces debe trabajar como maestro, editor, periodista, columnista o vender calcetines chinos. Un sacrificio que muchos hacemos y que nos impide dedicarnos de tiempo completo a escribir; escribir es pensar y ¿a quién le conviene que no existan escritores que tengan el tiempo completo para escribir y la libertad para pensar? Y también por eso, ¿a quién le conviene que las editoriales sean la autoridad por encima del autor, al que despojan de sus derechos controlándolo a través de presión social: una comunidad de autores que lo considera inmoral por pretender firmar un contrato que le garantice pago por regalías? Con todas esas buenas intenciones, a fin de cuentas, ¿a cuál amo servimos?

Menos mal que me gradué de gurú, y los gurús tenemos el poder de ser todo lo que se nos ocurra; sabemos que el mundo es uno solo. No vivo en un territorio impuesto; para los gurús la identidad no existe, su patria es la mente y, en ocasiones, se refugian en el corazón de algún amante al que perciben como un lago tranquilo, vaya ¡los gurús tienen que compartir su amor y, lo mejor de todo: los gurús somos muy felices!

rsz_ta219__página_057


Autores
(Veracruz, 1973) es poeta. Ha publicado Querida fábrica, entre otros libros.

¿A qué le temías cuando niño? A una imagen, un olor, un grito, a un cuadro en la pared del cuarto de tus papás. La razón por la que amo tanto leer y escribir narrativas macabras es porque soy muy miedosa. Desde que soy niña me dan miedo un montón de cosas. Me gusta que me asusten. Me gusta seguir siendo niña y seguir asombrándome con manos que emergen de entre las tierras grises de los cementerios.

Este 2016 nos obligó a todos a crecer. Para bien y para mal. Por eso decidí consentir a mi Luisa de cinco años y recordarle que los sustos de la infancia despiertan nuestra curiosidad por el mundo y nuestra inagotable capacidad de sorprendernos y de contar historias.

La imaginación del hombre:

Tenía nueve años cuando apareció esta cortinilla en Canal 5. Mi pasión en la vida era Keiko, la orca de Reino Aventura. Le decía a mis papás que cuando yo creciera habría una operación que me convertiría en ballena (así es, South Park se robó mi fantasía). No tenía mayores problemas. Recuerdo que por ahí de las ocho de la noche el océano se apoderó del televisor.

—¿De qué creen que hable Jacques Cousteau? —Preguntó mamá.

—¡De Keiko, de Keiko! —respondí a gritos —¡Tiene que hablar de ballenas!

Dos enormes ojos aparecieron entre las profundidades. La imaginación del hombre. Comencé a llorar. ¿Por qué? No tengo la menor idea. Mamá me llevó a la cama y me abrazó hasta que se me pasó el susto.

A partir de ese momento cada vez que la cortinilla se cruzaba en la programación, yo corría a esconderme en alguna habitación lejana.

Solía darle muchas vueltas al asunto, intentaba ponerme simbólica; creo que simplemente me asustaban los ojos al revés. Hasta la fecha me ponen nerviosa.

Las pesadillas de mi hermana:

No soy de las que recuerdan sus pesadillas, mi hermana sí. Sabina tenía un sueño recurrente con un caracol de plastilina.

¿Recuerdas el cuarto secreto debajo de las escaleras de la primaria? En mi sueño era un taller; ahí estaba yo, haciendo un caracolito de plastilina azul… y que se pone a caminar por la pared. Me daba miedo, lo arrancaba, lo hacía bola y lo tiraba al piso…. Pero se formaba solito y volvía a trepar la pared.

En cuanto Sabina comenzaba a describir su sueño yo imaginaba que el caracol iba a matarlos a los tres; a ella, a mamá y a papá. En mi cabeza el caracol se desenredaba, comenzaba una música espantosa y luego los mataba a todos.

No puedo contar los verdaderos detalles de la pesadilla. No hay manera de que pudiera meterme en la cabeza de mi hermana. Pero esto no es mentira. El día que se estrenó el video de Came back haunted de NIN, dirigido por David Lynch, lo primero que hice fue llamarla.

¿Ya viste el nuevo video de Trent?

—¡En eso estoy! ¿Te está gustando?

—No sé, es que… me recuerda a tu caracol.

—¿Cómo supiste que así se veía en mis sueños?

—No tengo la menor idea.

Track 99:

“Empty sounds of hate” es el track 99 del Anticristo Superestrella de Marilyn Manson. Éste fue uno de los primeros discos que compré con mi dinero, cuando trabajaba en la barra radiofónica infantil del IMER. La tarde que mis papás me llevaron a Mixup a comprarlo fue una de las más felices de mi vida. Y es que si les soy sincera, no hay razón para tenerle miedo a esta pieza inocentona. Pero nada es más espeluznante que tener diez años, dejar tu CD player andando hasta a las doce de la noche y encontrarte con la voz del Reverendo debajo de las cobijas. Ahora es normal dormir con los audífonos puestos y con el celular en la mano. Sin embargo, hace poco más de años la travesura de escuchar música en un dispositivo portátil era completamente inusual.

No se me olvida el alarido que me aventé cuando este track me rasguñó los oídos por primera vez.

¡Cuidado con las arañas!

Éste es quizá mi recuerdo favorito, por distintas razones. La principal: ésta es mi primera remembranza macabra. Andamos por ahí de 1990. Tiempos de Aracnofobia. El filme no me asusta ni me resulta trascendente. En aquel momento era muy pequeña como para ponerme nerviosa con la escena de la regadera, o como para recordar qué buen tipo es John Goodman. El caso es que cuando terminó la película, mi hermana y yo decidimos ir a jugar a la recámara.

—¡Cuidado con las arañas! —Gritó mamá con una risa juguetona.

Algo se me quebró en la cabeza. Me tomé de manera terrible la broma. Lloré. Lloré más. Hice una pataleta de épicas dimensiones. Fue la primera vez que imaginé que esa ficción que me entretenía en la pantalla, podía salirse a picotearme los dedos de los pies.

Recuerdo la colcha de globos de la cama de mis papás. Recuerdo que estaba atardeciendo y que olía a pan.

Ese día me volví miedosa (en el mejor sentido del miedo, el sobresalto y la sorpresa). Y para mi fortuna, no se me pasó nunca.


Autores
(Ciudad de México, 1986) es narradora y conductora de radio. Se le puede escuchar en el noticiero Primer Movimiento de Radio UNAM.

El presentador de la revista matutina local sonríe con la falsedad de la gente que trabaja en televisión. Entrevista, en teoría, a una psicóloga y la oye y asiente sin prestar atención. De repente, la psicóloga pausa; entiende el muchacho que es su turno de hablar. “Gracias por venir”, dice. “¡Tú sos muy lista!”. Tú sos. sos. Corro a la cocina a echarme aceite hirviendo en los oídos.

El presentador de la sonrisa falsa no tiene motivo alguno para tutearme a mí, a la psicóloga ni a la teleaudiencia. Como televidente (que no entiende por qué rayos está viendo una revista matutina) me siento ofendida. Estamos en El Salvador, somos salvadoreños ambas. ¿Por qué me está tuteando? Nosotros voseamos.

Contrario a otros contextos culturales, como el peruano o el chileno, en donde el voseo se asocia con un estrato social dado, en Centroamérica su uso es universal, como en Argentina o Uruguay. El usted se reserva para personas con autoridad o desconocidos. El tuteo predomina únicamente en Panamá, que tiene más en común culturalmente con Colombia que con el resto de Centroamérica. Sin embargo, la mueca sonriente del anfitrión de televisión tutea a la invitada mientras su conjugación verbal vosea, como si eso fuese algo común, deseable o gramaticalmente correcto.

Nadie afuera de Centroamérica parece saber que voseamos. Hablando con argentinos siempre nos preguntan si imitamos su conjugación para burlarnos. Cuando debemos hablar con mexicanos, la mayoría tutea y lo hace bien a pesar de que dentro de nuestras fronteras el tuteo no se use jamás. Todo esto es obra y gracia de la televisión.

Es domingo a la tarde a finales de los noventa. En San Salvador, mi mamá plancha frente al televisor y llora. Torito acaba de morir en un incendio y Pepe el Toro grita de dolor otra vez, como suele hacerlo todos los domingos a las 3, en la franja de cine de oro mexicano de un canal local de televisión abierta. Le sigue la transmisión de un partido de la liga mexicana de fútbol y luego un resumen semanal de Ventaneando. Se intercalan comerciales de Banco Azteca y Elektra sumando en conjunto horas y horas de gente conjugando distinto a nosotros.

Esto no es nuevo ni tiene nada de particular. Desde siempre, toda o gran parte de nuestra oferta de entretenimiento viene de México (vía doblaje o producción propia). Es comprensible; ninguno de los países centroamericanos tenía los recursos o la estabilidad política para montar emporios mediáticos, mucho menos para exportarlos. Tutea la radio, tutea la televisión y tutean los subtítulos, los doblajes de las películas. Tutean los libros, incluso los escritos en Centroamérica. Todo se hace en México o para México, todo me tutea. Todo lo que me entretiene me es ajeno. Si me baso únicamente en las producciones multimedia, Centroamérica no existe; estas tierras nomás son un apéndice de un México más chico, más pobre que une el México grande con la Gran Colombia.

Me busco, nos busco en los medios locales. No estamos por ningún lado. El presentador de la mañana se delata en deslices como el voseo verbal, esa combinación espantosa y hostil del tú internalizado con el voseo omnipresente. En algún lado de su socialización en comunicación, el locutor, el presentador y el escritor entendieron que el tú es la opción por defecto. El voseo, nuestro acento, son vicios que descubren un origen inferior y periférico que no tiene cabida alguna en los medios nuestros ni de nadie más. Ser nosotros, hablar como hablamos, es inferior, menos digno, algo que debe permanecer oculto en casa.

El problema es que Centroamérica es inhóspita. Eso nos convierte en eternos migrantes, exiliados o refugiados, como quiera llamársele. Nacemos en Centroamérica pero nuestro destino es huir. Guardamos el sol de octubre, el sabor del loroco, el voseo en una mochila y nos vamos porque nos echan el hambre, los militares, las maras, la policía, la sequía, el exterminio y un enorme etcétera.  Centroamérica es esto, está acá, pero huye siempre. Y al hacerlo se oculta.

Uno de los beneficios colaterales de la omnipresencia de México es que las novelas, Pedro Infante, Exa FM y la inflexión espantosa de los actores de voz del valle de México han enseñado a Centroamérica a ocultarse mejor, a sobrevivir en el tránsito asesino de cruzar al México grande. El voseo se oculta, se diluye y se imitan la inflexión, las afinidades futboleras, los modismos y el imaginario cultural. Para permanecer vivos en el tránsito debemos mimetizarnos, desaparecer, porque ser centroamericano sin papeles es un riesgo mortal. Nunca nadie esperó que Televisa le enseñase a nadie a sobrevivir.

El muchacho de la  telerrevista matutina no piensa nunca en esto. Él tutea porque eso requiere el medio, porque su principal interés es ser cul. Sonríe con una mueca, sin notar que cuando habla, cuando conjuga mal, desaparecemos. Tú sos muy lista. Corro a la cocina a echarme aceite hirviendo en los oídos. Y a llorar.

 


Autores
(San Salvador, 1987) estudia filosofía. Antes estudió derecho y política regional latinoamericana. Escribe sobre el triángulo norte de Centroamérica, El Salvador; género, diversidad sexual y derechos humanos.
Lettering: Lygia Pires

¿Forma parte Brasil de América Latina? Para Sérgio Rodrigues, la respuesta, lejos de ser obvia, evidencia la soledad de su gigantesco país, mezcla de una autosuficiencia orgullosa y el aislamiento al que lo condena el idioma.

El 29 de noviembre de 2014 yo estaba en la Ciudad de México cuando el periódico Excélsior publicó el obituario de Roberto Gómez Bolaños, en el que afirmaba que la muerte del famoso comediante, ocurrida la noche anterior en Cancún, dejaba en luto a una multitud «en toda América Latina, en Brasil y en España». Fue el diplomático brasileño Gustavo Pacheco, entonces encargado de nuestra promoción cultural en tierras mexicanas, quien me llamó la atención sobre un detalle. En la lógica del periódico se refleja una percepción bastante común: Brasil no es parte de «América Latina». Hay que nombrarlo aparte.

¿Será así? ¿Acaso a los brasileños no les gusta verse de esa manera? Si es evidente que, histórica y políticamente, eso es un error de clasificación, hay poderosos vectores culturales que apoyan la idea de separar al país latinoamericano más grande territorialmente y colonizado por los portugueses, del resto del bloque, aquellos colonizados por los españoles. Lo sé desde siempre. Lo sabemos todos. Pero fue en aquella visita de 2014, mientras presentaba en Ciudad de México y en Guadalajara mi novela El regate (aparecida en Anagrama, con traducción del escritor mexicano Juan Pablo Villalobos), cuando me puse a reflexionar más detenidamente sobre esa distancia, ese abismo, esa falla. Estas mismas ideas las retomé ahora, en septiembre pasado, cuando volví al país invitado al festival literario de San Luis Potosí y comprobé que aquella distancia sigue intacta.

¿De dónde viene este alejamiento? ¿A dónde nos lleva? ¿Y cómo explicar que, a pesar de todo esto, yo me sienta en casa cada vez que vengo a México, ahora que estoy en la bella ciudad potosina, lo mismo que en mi primera visita en 1986, cuando llegué como reportero principiante para cubrir el mundial de futbol?

Ahora recuerdo otra anécdota ocurrida en 2014 que, tal vez, pueda ser leída como una síntesis de los efectos que nuestra desunión histórica provoca en el campo de la literatura. Invitado junto a otros escritores brasileños a la monumental Feria Internacional del Libro de Guadalajara, participé en una de las mesas del programa Latinoamérica Viva junto a un escritor uruguayo, un argentino, un chileno y una ecuatoriana. No sé decir si la experiencia fue interesante para mis colegas o para el público que llenó uno de los auditorios de la fil, pero para mí resultó tan riesgoso como dar un salto mortal sin red. Tomé la decisión de no llevar ningún texto pensado y revisado para leer en el escenario. De haberlo hecho, mi acento sería suficiente para evidenciar mi incómoda posición. Pero fue algo imprudente. Como si no fuera lingüística la fundación de nuestros desencuentros (o como si yo tuviera sobre el español un dominio pleno que sólo tengo de vez en cuando en mis sueños), decidí confiar en mi improvisación. Inmediatamente recibí con sorpresa, y acaso algo de pánico, los discursos leídos por el chileno Nicolás Poblete y por la ecuatoriana María Fernanda Ampuero. Y yo, finalmente, ¿qué estaba haciendo? ¿Me estaba arriesgando a dar un paso mayor al que mis piernas podían dar?

En la opción de la improvisación me acompañaron el uruguayo Mario Delgado Aparaín y el argentino Rodrigo Fresán. Pero la diferencia obvia es que mi jam session tapatía implicaba muchos más riesgos léxico-gramaticales; algo similar a si un estudiante de segundo año de trompeta decidiera subirse al escenario del Blue Note. Pero no me arrepentí. Para tocar el nervio que me interesaba tocar, simular una situación de comodidad hubiera sido escenificar una mentira.

rsz_ta219__página_051

Comencé hablando de la noticia de la muerte del Chavo del 8 en el periódico, argumentando que esto evidenciaba la amenazada condición de los brasileños —condición, sin dudas, más compleja— como latinoamericanos. Acabé comentando un episodio en el que una amable reportera de la revista New Yorker, en una entrevista telefónica sobre el fenómeno editorial de Paulo Coelho, dijo algo que nunca olvidé. Me preguntó por qué Coelho no abría las puertas al mercado internacional a otros autores brasileños semejantes a él, y yo le respondí que no había ningún otro escritor brasileño parecido a Paulo Coelho. Su trabajo es algo muy diferente, más relacionado con Carlos Castañeda o Richard Bach que a cualquier cosa hecha aquí —le expliqué—. No hay ninguna relación entre lo que hace y la tradición literaria brasileña. Y ahí fue cuando la periodista me lanzó una pregunta espantosa, brutal y al mismo tiempo cándida, claramente desprovista de malicia o de intención de ofender: «¿Acaso la literatura brasilera tiene una tradición?».

Si la misma reportera entrevistara a un escritor argentino, o colombiano, o mexicano, o peruano, dudo que fuera tan ignorante, dudo que hubiese expuesto de manera tan impávida su ignorancia.

¿Y qué tiene que ver una anécdota con la otra? Creo que ambas ilustran el aislamiento brasileño, esa mezcla de autosuficiencia (orgullosa) y soledad (dolorida) de mi gigantesco país. En la mirada extranjera eso se traduce de diversas maneras, tanto en una buena dosis de desconocimiento y dificultad de clasificarnos, como resulta más fácil tratándose de otros pueblos latinoamericanos, hasta aquella ignorancia total e indiferente demostrada por la periodista norteamericana, miembro de una de las revistas más inteligentes del mundo. En términos culturales, Brasil siempre suele proyectarse como un personaje vagamente simpático, pero con este cuento —samba, bossa nova, futbol, favela, playa, caipirinha— casi nadie puede ir más allá de la quinta página.

No tenemos un Instituto Machado de Assis. Las acciones gubernamentales de inserción internacional son escasas y erráticas. Hace dos años, el recién creado programa de apoyo a traducciones de la Biblioteca Nacional —un raro golazo en esa área— rendía frutos en serie, entre los cuales, en lo personal, coseché la edición española de El regate. Hoy, después de restricciones presupuestarias y atrasos continuos en el cumplimiento de los acuerdos firmados con las editoriales extranjeras, corremos el riesgo de que la literatura brasileña, que vive una época de cierta efervescencia dentro del país y que comenzó en los últimos años a tomar promesas de deshielo en el exterior, vuelva a ser un secreto restringido a los brasileños, y ni tanto.

rsz_ta219__página_052

En Guadalajara, el veterano Mario, que habló antes que yo, citó entre sus referencias de la literatura de América Latina al genial Guimarães Rosa, autor de la difícil —incluso para los brasileños— novela experimental Grande Sertão: Veredas (Gran Sertón: Veredas). Me resultó conmovedor, pero no pude dejar de apuntar el carácter excepcional de esa elección en una mesa en la que fueron citados decenas de autores en lengua española. La asimetría de relación que mantenemos con nuestros vecinos, observé, es flagrante. Sería difícil encontrar a un escritor brasileño digno de ese nombre que no haya leído a Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Felisberto Hernández o Roberto Bolaño; tal vez no la lista completa, pero al menos un puñado de ellos. Tan difícil, probablemente, como encontrar un joven escritor hispanoamericano que haya leído a Machado, «el brujo» mulato autodidacta que Carlos Fuentes consideraba «un milagro» y uno de los escritores más fascinantes que el mundo produjo en la segunda mitad del siglo XIX. O Graciliano Ramos. O Raduan Nassar. Ahora, para ser justos, hay que reconocer que Clarice Lispector y Rubem Fonseca son bastantes leídos más allá de Brasil.

Pero aquí no se trata de homenajear a Antônio Maria, un cronista y compositor brasileño que en los años cincuenta tuvo algún éxito en la radio gracias a una melodramática canción: «Ninguém me ama», nadie me ama. Nada más lejos de esto. Pero conviene reconocer que, por encima de las diferencias regionales, la literatura hispanoamericana forma una comunidad en la que la información circula velozmente y existe un reconocimiento de un patrimonio común. La base de esta comunidad es, obviamente, lingüística. Aquella vez en la fil, Rodrigo Fresán discurrió sobre el español internacional, un español de sabor mexicano más cosmopolita, que fue creado de manera deliberada en el siglo XX y consolidado con doblajes y traducciones literarias de amplia circulación. Incluso, el autor de Jardines de Kensington reconoció escribir en ese registro.

Sí, claro que siempre existirá el riesgo de artificialidad y pasteurización en el registro lingüístico destinado a romper fronteras. Mientras tanto, las simples posibilidades de su existencia denotan un espíritu comunitario que es confirmado por el papel del viejo mundo en todo esto, como centro aglutinador y caja de resonancia. La mitad de los autores de lengua española de aquella mesa (Fresán y Ampuero) habían elegido vivir en España. También vivía, y aún vive allá, el traductor de El regate, responsable de la calidad excepcional de la edición barcelonesa que ya me llevó dos veces a México. En este punto, la asimetría que mencioné antes, alcanza niveles más dolorosos: Portugal vive en este siglo un momento de especial indiferencia por la literatura escrita en el país que concentra el ochenta por ciento de los hablantes de portugués.

Y a pesar de los obstáculos, de la distancia y de la eterna necesidad de traducción, con todas las inevitables traiciones y malos entendidos que eso conlleva, el haber sido recibido en México con tanto cariño y profesionalismo para hablar de un libro profundamente brasileño como El regate, tanto en 2014 como en 2016, me envuelve en una nube de calor y optimismo parecida a la que me proporcionan dos o tres dosis de mezcal. En la presentación de mi libro en Ciudad de México (donde tuve a Juan Villoro como generoso anfitrión) y en Guadalajara, en las mesas de la FIL con colegas brasileños como Ana Paula Maia, Luiz Bras y Paloma Vidal; en los intercambios de experiencias de madrugada con compañeros de letras de las más diversas naciones, en las cantinas de San Luis Potosí; en los debates siempre animados con estudiantes de secundaria o universitarios; en todas partes, el ambiente de bienvenida que siempre encuentro en México es tan caluroso que a primera vista parece difícil entender por qué Villoro afirmó, en una entrevista publicada durante mi visita de hace unos años, que el país estaba «en descomposición».

Sucede que el México que reencontré en los últimos tiempos conserva la belleza, la alegría y el espíritu festivo del país que conocí en 1986, pero todos sabemos que está gravemente herido. Más herido de lo que, en aquella época, lo había dejado el terremoto del año anterior. El dolor ahora es más profundo porque es espiritual. Dos años atrás, el asesinato monstruoso de cuarenta y tres estudiantes normalistas de Iguala por policías narcotraficantes, a cargo de políticos narcotraficantes, ya exhibía con crudeza casi insuperable el grado de corrupción que puede alcanzar un estado criminal, y no me parece que haya mejorado desde entonces. El momento más dramático de aquella mesa en la FIL sucedió cuando un hombre entre el público, un hombre de alrededor de setenta años, nos preguntó con lágrimas en los ojos si alguno se imaginaba una salida para su país, porque él ya no veía ninguna.

No dudo que esa salida —que yo, evidentemente vislumbro menos que aquel hombre— anida en un futuro en el que a nadie se le ocurrirá decir que el Brasil es una cosa y América Latina, otra. Incluso porque, si en ese futuro no nos hermanamos en la solución, seguramente nos igualaremos en la tragedia de estas sociedades fundadas en desigualdades de pesadilla, habituadas a ser administradas con la violencia del terror.


Autores
(Brasil, 1962) es novelista, cuentista, crítico literario y periodista cultural. Es autor de El regate, entre otros libros

“…Y nomás por no escribir entre esta banda de pendejos yo ya no quiero volver a escribir jamás nada mágico. Han echado a perder toda la posibilidad de novela en América Latina con tanto realismo y tanta magia (…)”
E.G

Piromaniaca. Suicida. Paranoica. Adúltera. Fugitiva. Chivata. La rubia que encabezó una revuelta de indígenas en un cóctel del Fondo de Cultura Económica, quienes, bajo su mando, poncharon las llantas de las limusinas propiedad de intelectuales mexicanos arropados por el gobierno. Una ola esbelta y ligera, según la inmortalizó el hombre que más la amó y más la odió, “Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecía en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caían sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrían de blancuras” (“Mi vida con la ola”, Octavio Paz). En la estilizada figura de Elena Garro convergen todas las heroínas que recorren las baldosas húmedas de sus novelas y cuentos: Isabel (la estatua de piedra), Mariana, Verónica, Consuelo, Úrsula…las que, como su creadora, son capaces de asistir a una fiesta de gala en bicicleta y escaparse con su amante por la ventana. “Era todavía más hermosa cuando hablaba”, llegó a afirmar el crítico Emmanuel Carballo.  Francesca Gargallo señala contundente: “Elena Garro, con Los recuerdos del porvenir, que se publica cuatro años antes que Cien años de soledad, inaugura el realismo mágico, lo funda ella y no García Márquez”. Carballo lo subraya en entrevista con Carlos Landeros: “….Se adelanta también, también, a García Márquez, Ixtepec, el pueblo de Los recuerdos del porvenir, se fundó antes que el Macondo de Cien años de soledad” (Yo, Elena Garro, Carlos Landeros, Lumen, México, 2007, p. 80).

Pero a Elena, no obstante haber sido designada por el mismísimo Borges “el Tolstoi mexicano”, se le ha escatimado todo mérito, y a cambio se le ha envuelto en una leyenda sórdida donde lo menos descabellado que se dice de ella es que fue espía del FBI. Se le ignora, en cambio, como fundadora de una corriente literaria. Como a prácticamente todas las grandes autoras latinoamericanas, se le excluyó del llamado “boom” pese a que su primera novela, Los recuerdos del porvenir, es un parteaguas no sólo en la literatura mexicana, sino en la de habla española. Nacida en Puebla, el 11 de diciembre de 1916, se trasladaría con su familia a Iguala, Guerrero, durante la revuelta cristera. Se le negó la nacionalidad mexicana porque su padre era español. A partir de ese momento, la niña rubia fue recibida por un mundo hostil que le obstaculizaría su libertad ciudadana, y hasta el último suspiro la élite intelectual le cobró un precio muy alto por rebelarse al rol de “Señora de Paz”; por ungirse en todo su genio que le valdría ser, después de Sor Juana, la más grande escritora mexicana, aunque habría que ver, objetivamente, hasta qué punto la propia Elena propició y promovió esta persecución; ese bullying moral. Hay momentos de su vida que podrían equiparse con la más brutal de sus novelas, Inés, publicada en 1995, cuando ya la autora vivía en Cuernavaca, retirada de la vida pública al lado de su única hija, la poeta Helena Paz, y docenas de gatos.

Las prototípicas protagonistas de las novelas de Elena, una madre y una hija rubias que huyen de un posible linchamiento, aparecen en Inés como personajes casi incidentales: Irene, una adolescente a quien su padre y la amante de este le aplican palizas brutales, mientras la madre, Paula, intenta desesperadamente rescatarla de donde quiera que esté, que pueden ser las invernales calles de París o el sótano innombrado de aquella casa donde nunca entra el sol. Inés, la protagonista, es una novicia española que ha sido contratada por tiempo indefinido para ejercer como doncella de aquella lóbrega mansión francesa, y ante la serie de circunstancias anómalas que pueblan aquella casa donde personajes dignos del Marqués de Sade entran y salen sin empacho, al tiempo que Javier, propietario del lugar, padre de Irene y esposo de Paula, tortura física y psicológicamente a las mujeres de su familia. Inés, que es una jovencita inocente, les brinda auxilio hasta donde su justificable cobardía se lo permite, pero termina convirtiéndose en el cordero de aquella panda de seres infernales que la someten a vejaciones que la autora detalla con admirable sutileza.

Prácticamente todas las novelas de Elena son “romans à clef” (novelas en clave) en gran medida autobiográficas, pero contrario a lo que se ha dicho, advierto en Inés una carga autobiográfica más simbólica que en las otras porque en este caso no solo podría ser Paula o la propia Irene, sino incluso la mismísima Inés, la españolita que nunca dejó de ser: un cuerpo hermoso y juvenil hecho jiras a manos de hombres y mujeres que ostentan alguna clase de poder, de este u otro mundo, que los coloca por encima de la ley.

Y qué decir de Testimonios sobre Mariana, que se afirma es una autobiografía, aunque resulta imposible imaginar a Elena someterse como Mariana ante Augusto, el esposo intelectual de ambiciones exacerbadas, que cada vez que puede la hace parecer ante los demás como idiota o narcotizada: “Nunca supe qué mecanismo secreto provocó su catástrofe —dice Vicente, personaje en el que se ha creído identificar a Adolfo Bioy Casares, el amante parisino de Elena —. Era algo ajeno a ella, un cuerpo extraño que la empujaba a un abismo inevitable. Lo menos suicida en ella era verme y me atrevo a asegurar que fue lo único saludable que hizo. Digo mal, poco después también se cerró para mí como una puerta sellada.”

Elena fue una niña hiperactiva, mitómana y nerviosa que primero soñó con ser “general mexicano” (así, en masculino) y luego bailarina. Sus padres vivían inmersos en actividades intelectuales, particularmente su madre, que deploraba la cocina y permanecía sumergida en la lectura. Ya entonces, la conducta de Elenita dejaba mucho que desear y entre sus peores travesuras sobresale haber estado a punto de incendiar la casa de una vecina, “Amaba el fuego y un día le prendí fuego a la casa de doña Carolina Cortina”. Su padre la envió entonces al internado Sara L. Keen, en la ciudad de México, donde, se esperaba, se disciplinara a golpe de regla y rezos. Consiguieron hacerla devota de la Virgen de Guadalupe, lo cual no le impidió llegar a cabo su segunda gran travesura: casarse a escondidas, siendo menor de edad, con el más porfiado de sus pretendientes: Octavio Paz, apuesto joven de ojos azules y pelo negro y rizado, estudiante de Derecho que prácticamente la raptó cuando iba camino a la UNAM, donde ella estudiaba Letras. En medio del jaleo, todo cuanto preocupaba a Elena era llegar a tiempo a su examen de latín, a lo que él prometió no demorar mucho en el juzgado. Elena nunca se presentó al examen. No regresó, de hecho. Su padre lloró ante la evidencia de que su talentosa hija abandonaba los estudios por seguir en su azarosa aventura intelectual a un marido de veintidós años, pero ya aclamado poeta.

Ser la Señora de Paz permitió a Elena viajar alrededor del mundo e ingresar a un ambiente ultra refinado, que si bien la dejó asqueada le aportó material más que suficiente para sus novelas. Nos dice Rosas Lopategui: “Escribir, obsesiva o compulsivamente, sobre la patología de las relaciones humanas se convierte en Elena en el instrumento que le permite sobrevivir en un mundo en el que ella también es una pieza del complejo tejido de los juegos sexuales, políticos y sociales de los artistas, intelectuales y diplomáticos en el siglo XX (…) son un estudio anatómico, al desnudo, de las lacras de la condición humana.” En Testimonios sobre Mariana, Elena metaforiza su accidentada vida conyugal con Octavio Paz quien, según constatan sus diarios, la humillaba en público y además le era infiel (aunque, insisto, ella no se quedaba atrás). Recrea también su reconocido adulterio con Adolfo Bioy Casares, ya casado con la escritora Silvina Ocampo, quien también aparece como personaje en Testimonios… bajo la identidad de la cínica Sabina, y al que cede la voz narrativa del primer testimonio: el de Vicente. En los diarios inéditos que Patricia Rosas halló parcialmente destruidos por el orín de gato, y se tomó su tiempo para descifrar, Elena confiesa, entre otras cosas, que Bioy fue el gran amor de su vida; que intentó suicidarse junto con su hija, niña entonces, ingiriendo pastillas para dormir y abriendo la llave del gas y que la otra Señora Paz, su suegra, ahorcó a su gatito, cosa que nunca le perdonó.

Octavio Paz se divorcia de Elena cuando trasciende la aventura de esta con el cineasta Archibaldo Burns. Según insinúa Elena en sus diarios, no fue la infidelidad lo que enfureció a Paz (él le permitía hacer el amor con otros) sino su descaro.  Sin embargo, una vez divorciada, Elena termina su relación con Burns, quien llegó a confesar que vivir con ella era una calamidad… pero no recuerda un momento aburrido a su lado. La odisea para colocar su primera novela, Los recuerdos del porvenir, concluye cuando Paz, que a pesar de todo reconoce la genialidad de su ex mujer, lección de ética jamás aprendida por sus autoungidos herederos intelectuales, convence a Joaquín Mortiz de publicarla.

Por entonces Elena se fascina con la ideología social y política de Carlos Madrazo, y apoya activamente la lucha del líder campesino, Rubén Jaramillo, y la huelga de obreros comandada por Valentín Campa y Demetrio Vallejo, detalles que sus detractores ignoran o, en su defecto, pasan por alto en forma deliberada. Estas actividades, aunadas a sus apasionadas críticas periodísticas contra “los intelectuales” que azuzan a los estudiantes de la UNAM a iniciar una revuelta, la colocan en la mira como una de las instigadoras de la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Amenazada de muerte por voces anónimas, se oculta con su hija en una casa de huéspedes, propiedad de María Collado, una española que fuera nana de su madre. Exhibida por la prensa como la “soplona” que dio a conocer la lista de unos quinientos intelectuales involucrados en la agitación (Rosario Castellanos entre ellos), Elena se defiende diciendo que lo que denunció fue la tibieza de estos mismos intelectuales que “(…) usaron la bandera de Rubén Jaramillo, pero jamás se ocuparon de él. Yo lo conocí, yo lo traté, ellos no.”

Aquí inicia la parte más conocida de la historia: el exilio de Elena y de su hija, dos cabezas doradas siempre juntas; su vagancia por París con las medias corridas, su doloroso retorno al terruño amado a instancias de su buen amigo, el escritor René Avilés Fabila; período durante el cual no cesó de escribir obsesivamente sobre su angustia, endilgándosela a Verónica, Bárbara e Inés… mujeres acosadas, perseguidas, algunas veces temidas, cuyos destinos dependen de los caprichos de un ser omnisciente (¿El esposo? ¿El padre?). En sus últimos libros los críticos han creído ver más hambre que arte, particularmente en Mi hermanita Magdalena (Ediciones Castillo, 1998), publicada pocos meses después del deceso de la autora que ya había aprobado su publicación. Esta es también, como todas las de Elena, una roman à clef, “creo que todas las novelas son roman à clef o no son novelas.” Aquí es el personaje de la fugitiva Magdalena, raptada por un iracundo pretendiente, Enrique, en el que la autora se recicla a sí misma y al secuestrador de su alma: Octavio. Estructurada como una novela negra, la trama persigue, a través de las hermanas de Magdalena, Rosa y Estefanía, el destino de la joven rebelde que termina tragada por una puerta negra que engulle a las novias.

Ediciones Castillo sacó a la luz Testimonios sobre Elena Garro, cuya autora, Patricia Rosas Lopátegui, profesora de literatura de la Universidad de Nuevo México y agente literaria de la propia Elena, enfrentó al principio la oposición legal de Helena Paz, quien la acusó de haber sustraído el material, fotografías y textos inéditos, sin autorización, aunque cuatro años después, en 2006, la poeta se disculpó públicamente y reconoció la magnífica y desinteresada labor de la académica. Testimonios sobre Elena Garro, en concreto, dignifica la imagen de la escritora, aunque exagere hasta la hipérbole la “maldad” de Octavio Paz. La ausculta y nos la descifra recurriendo no solo a la experiencia de su trato directo con la autora sino al psicoanálisis. Esta biografía se complementa con El asesinato de Elena Garro (Porrúa, 2006) que sustenta la argumentación del libro anterior con artículos y reportajes de la autoría de la propia Elena, publicados en la revista Presente! de Cuernavaca. Su faceta periodística había sido misteriosamente suprimida hasta entonces. Elena Garro fue la primera en denunciar el asesinato de Rubén Jaramillo junto con su mujer encinta y sus tres hijos pequeños. Muerte, dicen, ordenada por el entonces presidente Adolfo López Mateos, al que por cierto Elena llegó a acusar de acoso sexual, siendo todavía presidente en funciones. Elena misma escondió en casa de su hermana Deva a Jaramillo cuando era perseguido por los federales. La rubia sentía, como Rosario Castellanos, gran debilidad por los indígenas a los que defendía, arropaba y alimentaba. Elena y Deva fueron prácticamente criadas por servidumbre indígena, de ahí que Elena haya estado tan compenetrada no sólo con la problemática sino también con la cosmovisión que da origen a lo que dieron en nombrar “realismo mágico”.

En este mismo libro se menciona el vínculo de Elena Garro con Lee Harvey Oswald, presunto asesino de Kennedy, de donde seguramente surge el descabellado rumor de que la escritora pasaba información a los altos mandos del gobierno mexicano, incluso del estadounidense. Al parecer Elena declaró haber visto a Oswald en la fiesta de un primo suyo. Estaba convencida de que a Kennedy lo habían matado los comunistas (que consideraba verdaderos monstruos); incluso se había personado en la Embajada de Cuba para gritarles “¡asesinos!” el mismo 22 de noviembre de 1963, y aseguraba en privado que Silvia Durán, prima política suya, era comunista y amante de Oswald. Todo lo anterior se volvió el pretexto ideal para hacerla pasar por cabecilla de una compleja labor de espionaje montada por el FBI, cuyo verdadera inquietud se centraba en la alianza entre la escritora y otro defensor de los derechos de los indígenas: Carlos Madrazo, insólito líder priista con claras tendencias izquierdistas, lector asiduo de Balzac y con grandes posibilidades de alcanzar la silla presidencial. El político tabasqueño habría de morir en un sospechoso accidente de aviación en 1969, un año después de que, sin éxito, se intentó presentarlo como principal instigador del Movimiento Estudiantil.

La duda, pues, queda en el aire: ¿Mintió Elena para salvar a Madrazo?, es decir, ¿demandó garantías de protección para su admirado amigo, a cambio de poner el dedo sobre los intelectuales involucrados en la insurrección estudiantil? ¿O fue realmente una soplona, solo por fastidiar a los cortesanos de su exesposo? Su artículo publicado en días previos a la matanza, el 17 de agosto de 1968, en Revista de México, no pudo ser más claro respecto a lo que se estaba gestando: “¿Quiénes son los estudiantes? Los futuros intelectuales. Luego es justo que se lancen a la defensa de los intereses creados por los actuales profesores, periodistas, locutores, pintores, escritores, etc. Y, en efecto, a través del mundo democrático se lanza a los menores de edad al incendio de ciudades y de políticos, posibles contrarios a los intereses creados de los intelectuales en el poder (…) El Complot de los Cobardes, ya que no son los complotistas los que salen a dar las batallas callejeras y a enfrentarse con las policías o con el Ejército en defensa de sus intereses, sino que lanzan a millares de menores de edad a luchar por sus prebendas y posiciones (…)”

Elena Garro era, pues, una mujer que sabía demasiado. Destruirla, asesinarla moralmente se volvía imperativo para las clases política e intelectual de nuestro país, y hacer de ella una especie de Judas de su gremio particularmente rencoroso, remedio infalible. El resto de la historia ya la conocemos… el encono de los críticos contra quien fuera la esposa del hombre más poderoso de las letras mexicanas; de la mujer que se le parecía a Paz más que cualquier otro ser en el mundo, aunque con la enorme desventaja de ser mujer, y quizá en ello radicó la auténtica tragedia de Elena Garro: en ser el yang de aquel tan amado como maldecido.

 


Autores
(Hermosillo, 1968) es una narradora, periodista cultural y ensayista mexicana.
Ilustración de Liz Mevil

Leer la obra de Elena Garro es explorar mundos luminosos y sombríos, donde la imaginación amplía las fronteras de la realidad, lo fantástico rompe la línea rígida del tiempo, y conviven personajes históricos y ficticios, seres apegados a lo cotidiano, con sus desventuras y alegrías, y seres que aspiran a vivir lejos de la mediocridad y la violencia.

Narradora, dramaturga, periodista, guionista, ensayista y memorialista, Garro creó un universo lleno de contrastes, en que se entrecruzan la ironía y la tragedia, el realismo desencantado y la confianza en el poder de una palabra transformadora. Testigo de su tiempo, la escritora plasmó en su obra su visión crítica de algunos de los acontecimientos fundamentales del siglo XX, como la revolución mexicana y la guerra civil española, y trazó una lúcida representación de algunos de los males sociales de su época, como el racismo, la corrupción, el abuso de poder y la violencia, en particular la violencia contra mujeres y marginados.

En este ensayo destacaré el aspecto fantástico e irónico de sus primeras publicaciones (entre 1957 y 1968), la crítica social que conllevan, así como su gran aportación al teatro histórico mexicano: la obra Felipe Ángeles (1979).  Hay que señalar, sin embargo, que las novelas y cuentos que publicó a partir de 1980 y sus Memorias de España 1937 ofrecen también un interesante paisaje que explorar desde una perspectiva literaria y de género. Aunque lo fantástico tiene un papel menos significativo y la ironía tiende a desaparecer, los cuentos de Andamos huyendo Lola (1980), El accidente y otros cuentos inéditos (1997), sus novelas, en particular Testimonios sobre Mariana (1981), e Y Matarazo no llamó… (1991) son en su mayoría obras de gran calidad literaria, en que sobresalen cierta profundidad psicológica y la crítica de la violencia. Para situar mejor esta obra en su contexto, conviene recordar algunos aspectos de la vida de la autora.

Una escritora del siglo XX

Elena Garro nació en Puebla en 1916, hija de padre español y madre mexicana. Vivió su infancia en Iguala, pueblo cuya vida bajo la posrevolución recreó en su primera y mejor novela Los recuerdos del porvenir, por la que obtuvo en premio Villaurrutia en 1963. La convivencia con campesinos e indígenas en su infancia inspiró en ella un interés por la cosmovisión indígena y fue tal vez el punto de partida de la preocupación por los problemas del campo que, a finales de los años 50 y en los 60, la llevó a apoyar algunas luchas por la recuperación de tierras en Morelos.

Desde su infancia y adolescencia, Garro fue una gran lectora. Devoró primero los libros de la biblioteca de su tío Boni, donde igual leyó a grandes autores españoles de los siglos de oro que libros de filosofía e historia, occidental y oriental. A lo largo de su vida, amplió sus lecturas a la literatura mexicana, la literatura fantástica del río de la Plata, la poesía romántica alemana y los grandes escritores rusos, en particular Dostoievski y Chejov, y la historia de la revolución rusa, entre otros temas.

Tras mudarse a la ciudad de México, la futura escritora terminó sus estudios secundarios, estudió literatura en la UNAM, cultivó la danza, una de sus grandes pasiones; se inició como coreógrafa y mostró interés por el teatro y el cine.  En 1937, Elena Garro se casó con el joven poeta Octavio Paz y viajó con él a España al II Congreso de Intelectuales Antifascistas. Recordaría esta experiencia en sus Memorias de España 1937 (1992), libro en el que, desde una perspectiva irónicamente ingenua, retrata a algunos de los escritores que conoció entonces, como Neruda, Cernuda y Vallejo.

Los antecedentes del oficio de escritora en Garro pueden ubicarse primero en el periodismo que ejerció en 1941 en la revista Así, donde publicó algunas entrevistas y un agudo reportaje sobre la correccional de menores para mujeres. Esta ocupación, sin embargo, quedó en suspenso hasta fines de los años 50, ya que a partir de 1943, Garro y Paz vivieron fuera de México. A través de las numerosas cartas que escribe desde Estados Unidos, París, Japón y Suiza a familiares y amigos, puede trazarse, sin embargo, el desarrollo de una escritora en formación que culmina, en 1952-53, en la primera versión de Los recuerdos del porvenir.

De regreso a México en 1953, Garro se da a conocer como autora teatral con tres farsas que se estrenan en 1957 en el marco de la iniciativa de renovación teatral Poesía en voz alta. En ellas revela ya su originalidad, su gran sentido del diálogo y su visión crítica de la sociedad mexicana. La figura de la escritora se consolida en los años 60 con la publicación de su primera novela, la colección de cuentos La semana de colores y sus piezas de teatro. Aunque, como sucede con otras escritoras notables, a Garro no se le incluye en el canon del boom ni recibe pleno reconocimiento, para 1968 era ya una escritora  y periodista conocida.

El movimiento estudiantil de 1968 marcó un giro en la vida y en la obra de la autora: lejos de apoyarlo como muchos intelectuales progresistas, Garro se deslindó de éste. Sin embargo, fue acusada el 5 de octubre de ser una de los líderes del “complot comunista contra el gobierno” (como lo llamaban las autoridades), tras lo cual asumió una posición problemática, que la llevó a quedar aislada. Los intelectuales que apoyaron el movimiento y el gobierno sospechaban de ella.  Después de varios años de exilio interior, Garro se exilió en Nueva York, España y Francia, donde pasó dos décadas difíciles y, pese a todo, siguió escribiendo.

El efecto del desarraigo en la obra de la escritora no es menor: sólo vuelve a publicar en 1980 y sus libros no se difundieron en México como merecen pues pesa sobre ellos la leyenda negra de su autora.  Sólo en 1991, con un homenaje nacional, se empezó a reconocer en México su excelencia, ya valorada en otros países. No obstante, nunca se le otorgó el Premio Nacional de Literatura. Murió en Cuernavaca en 1998.

Poderes de la imaginación y de la palabra

La vida de Elena Garro no puede confundirse con su obra, aunque haya en ella referencias autobiográficas. Muchos escritores se inspiran en lo que han vivido o en personas que han conocido para crear personajes y situaciones. Lo que interesa a los lectores es la capacidad creativa, el estilo, la magia narrativa o dramática que sumerge en historias, escenas o dramas que “entretienen y enseñan”, y permiten gozar de la lectura.

Una de las facetas más conocidas de la obra garriana es su recurso a lo fantástico, presente en su narrativa y, con distintos matices, en su teatro.  Una de sus obras maestras, Los recuerdos del porvenir, combina una prosa poética plena de imágenes visuales, sonoridad, oralidad, y ritmo; una veta fantástica, una visión crítica de la historia contada desde la voz colectiva del pueblo, una historia de amor, y una representación crítica de la sociedad que expone los mecanismos que favorecen la violencia política, social y personal y llevan hasta la destrucción.

En esta novela, el pueblo de Ixtepec cuenta su historia en la postrevolución y narra los efectos de la guerra cristera desde la perspectiva de sus habitantes, que se sienten agredidos por el cierre de la iglesia e intentan resistir al ejército federal, al que ven como invasor. Lejos de ser una novela cristera, se trata de una obra que cuestiona la historia oficial y cuenta la experiencia de quienes no viven la Historia sino sus efectos en el día a día. En este contexto, Garro crea a dos personajes femeninas contrastantes: Julia, que inspira el amor posesivo del general Rosas, e Isabel, hija de familia que, en un intento de resistencia pasa a convertirse en amante incómoda, juez y testigo de éste. Más allá de la trama, Garro transmite el peso de la violencia en la vida de mujeres y hombres, el fracaso de la revolución agraria, la imposibilidad del amor bajo la violencia, y el poder de la ilusión. En una escena emblemática del realismo mágico, del que esta novela es iniciadora,  el tiempo se detiene y todo queda en silencio sin que el pueblo entienda lo que pasa. Esta ruptura fantástica permite la huida de Julia y su amante verdadero, o salvador, Felipe Hurtado, un ser con rasgos mágicos que había intentado cambiar la suerte de Ixtepec mediante el teatro. El destino también fantástico de Isabel, al final de la novela, contrasta con la salida más feliz de Julia.

La presencia de lo fantástico como medio de escapar de una realidad mediocre o destructiva, y sobre todo del aburrido tiempo cronológico, caracteriza también varios cuentos de La semana de colores (1964, reeditado en 1987 como La culpa es de los tlaxcaltecas).  En “El día que fuimos perros”, por ejemplo, las niñas Eva y Leli, protagonistas de la colección, entran a un día paralelo en que pueden vivir como perros, porque el tiempo se ha bifurcado. En “La semana de colores”, las niñas descubren una semana con días coloridos, que las acercan al mundo de la sexualidad, la sensualidad y la violencia; descubren también que han vivido un tiempo que, de manera inexplicable, supera el tiempo cronológico. En “El duende”, este personaje aparece con vida propia en un jardín que resulta menos paradisiaco de lo que parece. Más allá de la fantasía y la idealización de la infancia, la escritora va trazando los conflictos que viven niñas y adolescentes en el proceso de individuación. No faltan aquí las referencias a la historia: en “La culpa es de los tlaxcaltecas”, uno de los mejores cuentos mexicanos, el tiempo de la conquista y el del siglo XX se entrecruzan en un complejo tejido que nos lleva a reflexionar sobre la historia de México y sus contradicciones y sobre la condición de las mujeres.  Al poder de la imaginación se añade en estos relatos la magia de una escritura que da voz propia a niñas, animales y seres extraordinarios, y traza paisajes lleno de luz, que a veces se ensombrecen.

Ironía y crítica social

Otra de las facetas más atractivas y sugerentes de la obra de Garro es la ironía que se despliega en sus farsas. Un hogar sólido y otras piezas (1957 y 1983) nos adentra en escenarios mexicanos donde conviven la vida y la muerte, seres luminosos y sombríos, donde la palabra tiene una carga positiva o fatal.  La mayoría de las piezas son farsas, caracterizadas por la agilidad de los diálogos, la abundancia de imágenes visuales y una fina ironía que mueve a la risa y a la reflexión.

“Un hogar sólido”, por ejemplo, nos presenta a una familia que se va reuniendo en una cripta. Como en Pedro Páramo, todos están muertos, pero aquí recuerdan su pasado con nostalgia, a la vez que descubren lo que es vivir fuera del tiempo y poder “ser todas las cosas”. En un sentido, la muerte no es una ruptura sino una constante transformación.  La veta fantástica adquiere rasgos de grotesco en “Benito Fernández”, donde el protagonista es un joven sin cabeza que acude a un mercado para comprar una que le permita casarse. La discusión acerca de la cabeza más conveniente para este hijo de buena familia, nos lleva a través de la historia de México y devela los prejuicios clasistas y racistas que caracterizan a nuestra sociedad. No falta la presencia de un político que se dice revolucionario, pero busca el ascenso social mediante un cambio de apariencia.

“Los perros”, “El rastro” y “El árbol” contrastan con las farsas por la violencia que sacan a la luz. En estas obras el lenguaje poético intensifica el peso del silencio y del miedo, el delirio alcohólico que lleva al feminicidio, el resentimiento entre clases y etnias que se oculta bajo la falsa cordialidad.

La crítica social que atraviesa las piezas en un acto de manera más sutil o ligera, cobra mayor fuerza en Felipe Ángeles (1979), drama histórico, basado en investigación de archivo, en que la escritora recrea el juicio que en Chihuahua llevó a la condena a muerte del revolucionario, por órdenes de Carranza en 1919. Además del interés histórico de la obra y de la fuerte crítica al abuso del poder de los triunfadores de la revolución, la autora reivindica a un héroe que, para ella, representa la coherencia y la ética, y la defensa de la palabra que le dice la verdad al poder.  Ésta es sin duda una obra vigente, que permite reflexionar sobre el pasado y el presente e invita a tomar postura contra la demagogia, que contamina tanto la realidad como la comunicación.

Este breve recorrido por algunos de los escenarios garrianos busca sugerir la riqueza de una obra variada en géneros, tonos y registros, que amplía nuestro concepto del tiempo, e invita a mirar con lucidez las contradicciones de la realidad y a imaginar otras maneras más libres y plenas de vivir.


Autores
Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago.