Tierra Adentro

Lo inombrable

—¿Cómo termina el cuento, señor?
—Ahora verás. Cierra los ojos y no hagas ruido.

Señales

La ouija nos preguntó cuándo habíamos muerto.

Extraña ascendencias

—No me gusta cómo me tratan en la escuela, abuelo.

—Tienes que aguantar, Caín. Tienes que hacerlo.

—Pero se burlan de mi cabeza, de mis ojos, de mis manos. Hasta de mi voz cuando suplico que me dejen en paz.
—Y siempre lo harán. Sé fuerte y esconde tu cuerpo como te hemos dicho.

—¿Por qué tenemos que hacerlo, abuelo? ¿Por qué somos tan diferentes?

—Porque no somos de aquí.

Caín ya no pregunta más. Nota cómo su abuelo se pierde en sus recuerdos mientras mira con nostalgia las estrellas.

Mala educación

El señor de la basura ya no pasa por la casa del asesino porque no deja de tirar los cuerpos en el bote de inorgánicos.

El juicio final

Se le preguntó al acusado si tenía algo que decir. Si quería explicar, por fin, por qué le había hecho esas cosas horribles a toda esa gente. Por qué las agujas a los niños, las tijeras a las mujeres y las lanzas a los hombres. Pero no dijo nada. «Pronto, cuando sea el eclipse, entenderán», murmulló para sí mientras sonreía. El juez leyó sus labios. Tragó saliva y también guardó silencio.


Autores
(Metepec, 1993) escribe la columna «Apuntes de nigromancia» en Penumbria, sobre videojuegos y arte fantástico. Publicó Raíces en editorial Paraíso Perdido.
Ilustración de Martin Handford

Esa sigue siendo la pregunta a responder. Sigo sin poder encontrar al Wally sin zapato en esa doble página donde todos lucen exactamente igual. Existen varias teorías respecto a cuál es el indicado. Se decía que había que seguir la cola de la sirena para encontrarlo, pero nunca tuve la certeza de haberlo logrado. Todos se veían exactamente igual y los pies eran tan pequeños que no se podía distinguir cuáles estaban calzados y cuáles no. Mientras más pistas tenía, menos podía encontrarlo. Las búsquedas guiadas podrían parecer sencillas porque se sabe exactamente lo que se está buscando, sin embargo justo eso las complica. Buscar un elemento en particular puede quitar perspectiva al observador y los detalles lo pueden volver ciego ante el paisaje.

Para buscar es necesario mirar muchas veces y luego retenerlo en la memoria para repetir el ejercicio. La serie de los libros del personaje de suéter a rayas propone una lectura reiterada e insistente. Son obras que se miran una otra vez y no se terminan cuando se localiza a ese viajero con lentes, hay muchos más lugares a donde mirar. El hecho de no encontrarlo escribe historias personales de frustración.

La obra no es un relato en el sentido tradicional de la narrativa, pero se conocen un par de detalles que cuentan una historia: un joven que viaja por todos lados con su perro y es perseguido por su gemelo malvado. No sabemos cuál es su ruta o cuáles son los motivos de sus viajes por el mundo. Incluso cuando le han preguntado a Martin Handford, creador del personaje, por qué Wally está perdido o por qué nunca se sabe dónde está, responde lo siguiente: … imaginé que la razón por la que estaba perdido era por ser levemente tonto y no saber hacia dónde iba”. [1] Es decir, no hay una razón particular, es sólo el perfil de un personaje que reincide una y otra vez en sus propios errores. Es un hombre distraído que poco se fija en los detalles y así fue concebido deliberadamente, sin embargo la obra propone lo contrario para su lector/observador. Éste no puede ser un descuidado, debe estar alerta en la búsqueda y ser más inteligente que el que se esconde entre las páginas.

Muchas veces lo perdido se define en función de quien lo busca. Alguien se podría pensar como extraviado, pero quizá sólo se esté ocultando del mundo o haya sido olvidado por todos. En el caso de Wally, él se pierde para que los busquemos, es el sentido de su personaje. Si fuera más listo no habría historia ni libro ni preguntas. De ninguna manera es el ejemplo del típico héroe y menos un modelo a seguir. Es un hombre cuyas carencias detonan un juego de observación e incitan una acción de búsqueda y a una mirada pausada a lo largo de páginas enteras.

Entre las escenas de la película argentina Medianeras, dirigida y escrita por Gustavo Taretto, también se puede encontrar a una joven perdida, recién separada y deprimida. Mariana, quien ante una crisis existencial, mira por largas horas su libro favorito: ¿Dónde está Wally? Le preocupa y le frustra una página en particular: Wally en la ciudad. No logra dar con él, aún sabiendo qué es lo que busca le es imposible encontrarlo. El libro le recuerda que ella es sólo un personaje perdido entre millones y que si alguien no la mira, quizá no exista. Las multitudes pueden hacer que la individualidad desaparezca, pero vale tener la esperanza de que alguien nos mire o nos busque para saber que estamos ahí y que tal vez ya no estamos tan perdidos.

[1] Emily Upton, “The origin of Where’s Waldo” en Today I found it: Feed your brain, 30 de agosto del 2013. Disponible en http://www.todayifoundout.com/index.php/2013/08/the-history-of-wheres-waldo/

 


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.

Aunque la revisión del pasado histórico, sin descuidar el «aquí y ahora» norteamericanos, predomina en las novelas de Don DeLillo, su reciente novela Cero K se ubica en un futuro cercano y en lo que parece una construcción distópica. La «nueva religión», la criogenia, guarda una promesa ya conocida: la resurrección, la vida después de la muerte. Sobre esta nueva etapa a la que está entrando la humanidad, Joshua Ferris ha dicho: «la vida eterna sólo se convertirá en un instrumento más de poder y fuente de sufrimiento humano», porque sólo los multimillonarios podrán poner sus cuerpos enfermos a dormir mientras llega la cura. En Cero K este «mesianismo filantrópico» enfrentará a una familia que representa, como sucede en las historias de DeLillo, la voz de lo americano, la confesión del miedo social.

Con su acostumbrada «desnuda seriedad oculta en un estilo», como ha dicho Richard Powers sobre DeLillo, la novela cuenta un suceso en la vida del multimillonario Ross Lockhart, de sesenta años, y su elegante y joven esposa, Artis Martineau que, situada en sus treinta, atraviesa las últimas etapas de una escleorsis múltiple y morirá pronto. Ross tiene una envidiable salud y, enfrentado a una suerte de escenario real del dilema de «¿quién morirá primero?» que aterrorizaba a la pareja protagonista de otra novela de DeLillo: Ruido de fondo, decide acompañar a su esposa a la muerte. No bajo un afán tanatológico, más bien pretende morir con ella. El narrador es Jeffrey, treinta y cuatro años, el hijo de Lockhart, quien visita las instalaciones del «Covergence», proyecto científico y comunidad con movimiento espiritual incluido que se ocupa del congelamiento criogénico. Está ahí para despedirse de su madrastra y encontrarse con el último y sorpresivo deseo de su padre: acudir con su esposa a la unidad «Cero K», a su vez purgatorio y patíbulo, destinada a acompañar a sus clientes hacia el «siguiente nivel».

Si bien sabemos que, en la realidad, en este momento hay ciento cuarenta y cuatro cuerpos conservados en nitrógeno líquido en Scottsdale, Arizona, en la Alcor Life Extension Foundation, DeLillo no hizo una investigación exhaustiva para esta novela y se nota. Hay una idea y el resto es imaginación y duda. De cualquier forma, parece decir DeLillo, el proceso es lo de menos y lo que importa son sus consecuencias en el espíritu humano. Las implicaciones filosóficas son la sed que impulsa a este autor. En definitiva, no es éste un acercamiento científico.

Don DeLillo ha sabido medir el tiempo histórico de Norteamérica. En cada novela, a través de un estilo «poético paranoico», consigue una suerte de «documental dramático» impresionante. En sus anteriores trabajos, las dudas existenciales de sus personajes tienen que ver con la expectativa, el futuro, es decir: con la muerte. Por eso, la suya es una literatura de la desilusión. Para evitar este miedo, los personajes de Don DeLillo buscan de manera compulsiva distintos sistemas de creencias (drogas, hobbies, rituales cotidianos) que los alejen de esa idea. «Todas las tramas avanzan hacia la muerte» dice en una de sus novelas emblemáticas, Ruido de fondo. Y ante eso, sólo queda el análisis del presente, la revisión del todos los canales subterráneos que los acontecimientos plantean.

Pero, a diferencia de lo que ocurre en otras novelas de DeLillo, en Cero K los personajes buscan conquistar la muerte a través de la sumisión a ella.

Así, aunque luego de un primer vistazo Cero K podría corresponder y continuar con esta lucha, se separa en uno de sus puntos más importantes. Esta nueva obra trata del miedo a la vida y de la imposibilidad de respuestas certeras. «Todas las puertas son las equivocadas», le dice un trabajador del complejo al narrador cuando toca una puerta y se disculpa.

Además de la curiosidad de la irrupción del «futuro» en esta novela, Cero K arriesga otra novedad: la muerte asistida en personas que no sufren una enfermedad terminal. No hay aún una designación para este acto. Así que «homicidio clínico» o «suicidio» son lo más parecido. Por amor, aunque quizá deberíamos ser valientes y decir: por miedo a la vida, Ross quiere que alguien lo mate civilizadamente.

La novela parece una larga parábola, tiene ese tono. DeLillo es un autor de frases. Paso a paso, con fragmentos que en sí mismos podrían ser versículos, va construyendo una atmósfera que tiene el don de lo etéreo. A pesar de sus conexiones reales, sus personajes son presencias. Ese afán sereno, con una intención poética, son la marca de la casa.

La crónica que hace DeLillo del modo de vida americano, aunque parecería seguir la tendencia del costumbrismo, pertenece más a una literatura de la abstracción, de la negación de lo real. Una novela gráfica podría describir más el tono de DeLillo, esa sintonía justo en medio de la realidad.

¿De qué tratan las novelas de DeLillo? Tratan de lo que nos sigue dando miedo a pesar de la religión, la ciencia y, sí, las artes. «¿Es la muerte más tolerable si el mundo muere contigo?», se ha preguntado la crítica Meghan Daum a raíz de esta novela. Nos aproximamos a ese enigma a través de las mismas preguntas que, continúa Daum, parecen definir a los personajes de DeLillo: ¿quién decide estas cosas? ¿Qué hay allá afuera? ¿Quién eres tú? A unos meses de cumplir ochenta años, Don DeLillo propone en Cero K otra cuestión: parece ser que lo que quitan la vida y la muerte son lo mismo.


Autores
es narrador. Su libro más reciente es Las bestias negras.

La mirada de Elisa Malo suele detenerse en lugares donde la mayoría de la gente no quiere ver. Allí donde los transeúntes caminan a toda prisa, perdidos en su neurosis cotidiana, ajenos a lo que les rodea e incapaces de reconocerse en el paisaje, ella encuentra una mina de oro para trabajar. Una mina de diamantes que refulgen en la más profunda oscuridad.

Como todo artista honesto, que no teme a las consecuencias de sus obsesiones, Elisa es fiel a ellas, y las explora sin agotarlas. Sus objetos del deseo son los personajes marginales de la ciudad, llámense indigentes, mendigos, payasos, locos o freaks; ella los sigue, observa, fotografía y dibuja, no con la mirada del antropólogo ni la del detective, sino con la curiosidad y la empatía de quien entiende que está entre sus semejantes. Porque Elisa sabe que la línea que nos separa de ellos es muy delgada. Donde los demás ven —y temen— la otredad, ella encuentra un espejo.

Pero no basta con ser el stalker de tus propias manías. Elisa no se conforma con informarnos de lo que ve, sino que intenta penetrar en sus sujetos de estudio. Ya se sabe que los ojos son el espejo del alma, y la mejor puerta para meterse —si eso es posible— en las entrañas de las personas. Por eso su obra es un jardín de ojos, que no están ahí para observarnos, sino para que nosotros miremos. Hacia adentro, parece indicarnos Elisa con su pincel, como una Alicia perversa que busca llevarnos a las profundidades de los demás, pero sobre todo, de nosotros mismos.

rsz_ta218_alta-43

rsz_ta218_alta-44

rsz_ta218_alta-46

rsz_ta218_alta-45

rsz_ta218_alta-47


Autores
(Veracruz, 1989) es ilustradora y fotógrafa, egresada de la Esmeralda.
Ilustración: Hugo Buenrostro

En esta sección que ahora estrenamos, dos autores abordan un mismo tema con visiones antagónicas. Es decisión del lector elegir por cuál se inclina. Para inaugurarla, el poeta y ensayista Luigi Amara (Historia descabellada de la peluca) y el narrador Alberto Chimal (Los atacantes) discurren si, ante la cruenta realidad en la que vivimos, las historias de terror han quedado rebasadas o si aún cumplen una función vital.

Terror sobrenatural y terror cotidiano

Por: Luigi Amara

La pregunta no es nueva y la han planteado lectores devotos del género: el relato fantástico de terror, que desde la novela gótica inglesa entornó las puertas de la imaginación hacia el espanto, ¿puede ser rebasado por la propia realidad y convertirse en una curiosidad polvosa, en una antigualla que ha perdido el poder de estremecernos? Según Leopoldo María Panero, poeta de lo Desconocido y el No-Hombre (de todo lo reprimido que puede amenazar a la razón), y quien preparó una antología legendaria del género en su vertiente anglo-americana, este tipo de relatos queda sin efecto cuando el terror se ha instaurado en la realidad, cuando ha devenido Ley. Por su parte, Fernando Savater, gran apasionado de los cuentos de fantasmas, escribió alguna vez que, de tan anacrónicos y espectrales, estos han terminado por equivaler, en el campo de la literatura, a las apariciones de fantasmas…

La cuestión podría formularse en términos de lo que se sitúa al margen de la ciencia y, aun tachado de irracional, ya no es capaz de inquietarnos con la vieja fuerza de lo uncanny. Pero como vivimos en el país de las fosas clandestinas, de los miles de asesinatos y desapariciones y torturas, en que se diría que el terror se ha convertido en ley, me limitaré a seguir esta línea, sin perder de vista que, como ya anotaba el propio H.P. Lovecraft, el hechizo de esta literatura dimana de ser un antídoto supremo contra todas las formas de realismo.

El relato de terror se apoya en la idea de una normalidad amenazada; opera con la lógica binaria de una racionalidad que flaquea y se quiebra por la insinuación del mal o la locura. Gracias a la postulación de esta polaridad, en que lo familiar puede ser dominado por su reverso, por las fuerzas de lo sobrenatural y de la insania, la literatura y el cine han sabido abrevar de esas fuentes lóbregas en que bullen lo insólito y lo oculto. La pregunta sería, entonces, ¿qué sucede cuando la parte apacible de esa realidad escindida, la que correspondería a la vida moralmente aceptable y ordenada, se resiste a ser establecida con facilidad, por estar ella misma atravesada por el espanto? ¿Cuál puede ser el reverso de una cotidianidad signada por la barbarie, en que el terror no es producto de la tensión de lo que puede sobrevenir, sino más bien una presencia constante e impune, que nos quita el aliento porque no nos da respiro?

Una vez que el terror inminente ha sido suplantado por el terror normalizado —al que no queda más remedio que adaptarse y resistir—,
los textos que responden a la vieja binariedad decimonónica se leen con una incómoda sensación de «posibilidad agotada». Si cada época moldea los miedos ancestrales, si cada sociedad reescribe y actualiza los terrores atávicos del ser humano para dar forma a sus propias pesadillas premonitorias (el esplendor y la originalidad del género ha correspondido a periodos difíciles y convulsos, si no es que apocalípticos), ¿no será ya hora de que soñemos las pesadillas que corresponden a nuestro tiempo?

Por qué hacen falta historias de terror

Por: Alberto Chimal

Actualmente no hay escasez de historias con violencias, explosiones, armas de todo tipo, crueldades indecibles. Asesinos sin compasión ni debilidad. Ríos de sangre. Cadáveres apilados en las calles. Etcétera.

Las noticias ofrecen historias así a todas horas. Más aún: en muchas zonas de este país las violencias, los cadáveres, las crueldades y la sangre son parte de la vida cotidiana.

No nos falta, pues, horror en estado puro. Y llega a nosotros en tales cantidades que nos aturde, nos adormece, en vez de ponernos alertas. Lo que era un mecanismo de supervivencia para nuestros antepasados primitivos se vuelve imposible de eludir, presente en todas partes, y por lo tanto, incluso cuando estamos buscándolo, termina por abrumarnos, por paralizarnos.

(A veces, de hecho, el horror destruye a quienes lo padecen: hace la vida imposible, un dolor perpetuo como el de las familias de los desaparecidos, o el de las víctimas que sufren primero por sus agresores y luego por la autoridad que debería protegerlas.) Lo que sí falta: lo que nos urge, son historias que permitan contrarrestar esos efectos. Si no curarlos por entero, al menos resistirnos a ellos. No devolvernos la calma, porque tal vez no hay devolución posible; no escudarnos de la realidad del horror. Pero sí lograr algo más que su aceptación sumisa.

Historias que nos permitan reclamar un espacio para nosotros mismos, para nuestro pensamiento y nuestros símbolos, en nuestro propio interior, de tal manera que no lo llene el horror que viene de afuera.

(El horror que nos es impuesto deliberadamente: hay que decirlo. Nosotros, los que no tenemos el poder, somos el público para el que se crean y se difunden todas esas imágenes terribles. Para que nos quedemos quietos: para que no quepa en nosotros ninguna duda de que las cosas son así, como ellos quieren, para siempre.)

Esas historias que nos faltan pueden estar en la narrativa: en cuentos y novelas. El arte existe para eso, después de todo: para explorar lo que significa ser humano, existir en cierto lugar y cierto momento de la historia, con más complejidad y profundidad de lo que permiten los ciclos de noticias en Facebook.

Además, la ficción —cualquier ficción: la que finge un entorno realista, la que inventa mundos imposibles— ofrece, al menos, la posibilidad de evitar la repetición literal, superficial, del horror, y articular las experiencias de la vida: encontrar formas para nuestras emociones, pensar alrededor de unas y otras, figurarnos circunstancias en las que no eran, o no serán, como hoy.

Por supuesto, aquellas historias que busquen ser directamente de miedo, abordarlo de forma deliberada en un entorno fingido, deben evitar quedarse en las superficies. Pero las mejores entre ellas siempre han ido más allá. Siempre han ofrecido lo que Ursula K. Le Guin, retomando un concepto de Darko Suvin, llama extrañamiento cognitivo: dar a quien lee un lugar nuevo desde el que ver el mundo, y no sólo la perspectiva de los que mandan y desean seguir haciéndolo.


Autores
es narrador y ensayista. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, húngaro y esperanto. Su última novela, La torre y el jardín fue finalista del premio Romulo Gallegos.
“Simbiosis”, por Natalia Gurovich

Mi fobia favorita es la hipocondría. El término proviene del griego hypokhondros y quiere decir “debajo del cartílago”, donde está el hipocondrio. Los hipocondriacos no fingen estar enfermos, realmente sienten afecciones físicas, del mismo modo que un acrofóbico no simula tener miedo a las alturas. Etcétera.

Me gusta la palabra hipocondría porque no tiene -fobia al final. Y porque esto le da un mayor estatus de enfermedad. Es como si fuera una enfermedad tan real que necesita un nombre, aunque luego fuera relegada a las enfermedades mentales, que siempre son menores, sólo porque la mente no se puede tocar. O quizá lo fue desde siempre, porque en un principio se refería a los enfermos que sentían un malestar en el hipocondrio (ese lugar abajo de las costillas y a la altura del esófago) que luego fueron ligados con los melancólicos, relacionado de ahí con la teoría griega de los humores. No es sorpresa que ahora sepamos de la existencia de neuronas en el estómago:

Notamos mariposas en el estómago al enamorarnos. Se nos hace un nudo en la tripa cuando estamos nerviosos y asustados. Nos entra el cague cuando tenemos miedo. Las ideas son comida: las opiniones se digieren, los hechos se presentan en crudo y a medio cocer, y las afirmaciones se tragan. No es un capricho del lenguaje que relacionemos la mente con el estómago. Las personas tenemos un segundo cerebro en el intestino, en el cual se alojan unas 100 millones de neuronas, nada menos que el tamaño del cerebro de un gato. Si bien la psique está controlada por la mente, nuestro sistema digestivo toma sus propias decisiones, ya que cuenta con algunas de las mismas terminaciones nerviosas que el cerebro.[1]

Los miedos, las fobias y las pesadillas son esos elementos que no nos dan tregua, y pueden hacernos perder la cabeza o devolvernos al mundo apenas si no se nos escapa el hilo de realidad con que se presentan antes de deformarse. Casi siempre hay algo en un mal sueño que nos hace despertar.

Si una pesadilla es muy intensa, igual que un miedo, sólo queda la locura o la muerte, y parece que siempre algo nos empuja a la vida. Cuando estemos listos nos zambulliremos en el miedo, capaces al fin de nadar en él. Pero ni es fácil ni todos podemos navegarlo. Como dice Coetzee:

Los artistas, de acuerdo con Freud, son personas que pueden hacer un tour por la colección interior de animales salvajes con cierto grado de confianza y salir, cuando así lo desean, más o menos ilesos. De la explicación de Freud sobre el trabajo creativo tomo un elemento: que la creatividad de cierto tipo comporta habitar, manejar y explotar partes bastante primitivas del yo. Si bien no se trata de una actividad particularmente peligrosa, es delicada. Pueden ser necesarios años de preparación antes de que el artista dé con los códigos, las claves y los equilibrios correctos, y pueda entrar más o menos libremente.[2]

Mi amiga Martha me dijo que uno, antes que morirse, se vuelve loco. Que esa frase a su vez se la dijo una maestra en la carrera de psicología, y que siempre le ha parecido una afirmación brutal. Lo que te jala de la vida te hace ponerte filtros mentales porque a veces el dolor psíquico es tan insoportable que preferimos inventarnos otra realidad. Ni siquiera es que lo prefiramos, es que no nos queda de otra. Hay dolores psíquicos que preferiríamos que nos mataran, pero seguimos vivos y sirven para acallar el trauma; nos descolocamos para ser otros, para estar en otro lugar, para poder seguir respirando.

Cuando bloqueamos el dolor, los síntomas aparecen en otras partes, como en el cuerpo. Así, cuando el hipocondriaco niega su malestar emocional, su cuerpo lo manifiesta, y esa angustia que le generan sus múltiples enfermedades sólo puede empezar a calmarse cuando reconozca su dolor psíquico.

Entre los pasos del duelo está precisamente la negación. La muerte en abstracto puede ser vista justo como ese trauma inicial, y la locura es un tipo de negación tan contundente que consiga permear a quien esté alrededor. La negación también es locura que sin querer puede arrastrarnos a lugares más oscuros que el mundo real. Una mentira que se vuelve peor que la verdad. Como en la película de Abre los ojos (o el remake, Vanilla Sky), donde el protagonista sin quererlo se crea su propia pesadilla cuando tenía todo para quedarse viviendo en un sueño.

Las pesadillas nos persiguen todos los días. A pesar del terror que nos causan, por un lado enmascaran nuestros dolores más profundos, aquellos que ni siquiera sabemos nombrar, el horror que no conseguimos explicar; pero también son el rastro de guijarros para encontrar esos dolores que hemos ido enterando.

En su conferencia “La pesadilla”, Borges dice que si los sueños son el género, la pesadilla es la especie. Cita a Groussac, quien en su libro El viaje intelectual, se maravilla “de que cada mañana nos despertemos cuerdos después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños”.[3]

Para Borges y para muchos, los sueños son ficciones que fabulamos desde que abrimos los ojos al día siguiente, pero también cuando le narramos lo soñado a otros (como ese hermoso libro que Eduardo Galeano escribió sobre los sueños de su esposa Helena). De acuerdo con Borges, en Un experimento con el tiempo, Dunne habla de cómo poseemos una eternidad personal cada noche; con el sueño, nos es dada la posibilidad de ver el pasado y el futuro cercanos: “Todo esto el soñador lo ve de un solo vistazo, de igual modo que Dios, desde su vasta eternidad, ve todo el proceso cósmico. ¿Qué sucede al despertar? Sucede que, como estamos acostumbrados a la vida sucesiva, damos forma narrativa a nuestro sueño, pero nuestro sueño ha sido múltiple y ha sido simultáneo”.[4]

Hay culturas que consideran la vigilia separada del sueño, y otras que los conciben como un único mundo. Los niños y los poetas están en esta segunda categoría, según Borges:

Como quiera que sea, en las pesadillas lo importante no son las imágenes. Lo importante, como Coleridge descubrió, es la impresión que producen los sueños. Las imágenes son lo de menos, son efectos […] [Thomas Browne] dice que los sueños nos dan una idea de la excelencia del alma, ya que el alma está libre del cuerpo y da en jugar y soñar. Cree que el alma goza de libertad. Y Addison dice que, efectivamente, el alma, cuando está libre de la traba del cuerpo, imagina, y puede imaginar con una facilidad que no suele tener en la vigilia. Agrega que de todas las operaciones del alma (de la mente, diríamos ahora, ahora no usamos la palabra alma), la más difícil es la invención. Sin embargo, en el sueño inventamos de un modo tan rápido que equivocamos nuestro pensamiento con lo que estamos inventando […] Llego a la conclusión, ignoro si es científica, de que los sueños son la actividad estética más antigua.[5]

Un ejemplo de pesadilla cotidiana son las fobias: “La pesadilla tiene un horror peculiar y ese horror peculiar puede expresarse mediante cualquier fábula. Pero hay algo: es el sabor de la pesadilla”.[6] Mi pesadilla de niña era el fin del mundo, los volcanes y los aviones. En el mundo de mi papá siempre estábamos a punto de morir. Una vez en un avión con turbulencia lo vi llorar y cuando le pregunté si nos íbamos a morir me dijo que sí. No volví a subirme a un avión en años y ahora este recuerdo me causa risa. Por más que mi abuelo paterno me hablaba de todo lo que me iba a perder, no lograba concebir otro mundo que el que mi papá me ofrecía a través de sus ojos, enseñanzas y miedos.

Mi maestra de pintura de toda la vida también es psicóloga. Me contó que su segunda hija nació en una época en que trabajó en un hospital psiquiátrico en el área administrativa o de investigación (no recuerdo). Para llegar a su oficina tenía que cruzar un jardín. Un día que llevó a su bebé, una interna se le acercó y se la pidió: “Dame a mi hija, llevo años buscándola”, le dijo. Mi maestra se paralizó. Pero después de un momento, le respondió: “Ésta es mi hija y tú tienes que seguir buscando a la tuya”. Y luego me explicó lo fácil que resulta que alguien te jale a su mundo de locura, sobre todo si lo vive con tanta fuerza.

Para vencer el miedo puede ser útil, por ejemplo, una libreta. Pero también sirve cualquier artefacto que ayude a saltar al vacío. La ventaja de cualquier boceto es que no importa lo que hagamos en él, sólo nosotros lo veremos; de ahí es posible extraer ideas que pueden o no importar, que son más frescas que el sabor del pánico de cuando no se nos ocurre nada.

Dibujar para uno es como saltar a la alberca de niño. Dibujar para alguien es saltar a una alberca de adulto. No es fácil estar frente a una alberca sin conocer la temperatura del agua, aunque en ocasiones sea mejor así. Hay días en que el ambiente está helado y no se ve vapor salir de ella, así que pongo en duda hasta salir en traje de baño. En esos casos, es mi entera responsabilidad generar el calor, está claro que la alberca no me recibirá amablemente.

Por otro lado, el solo hecho de estar ahí parada afuera de la alberca sin ser capaz de lanzarme, vuelve claro que en el fondo ese día no quiero nadar. Pero cuando al final termino aventándome, me doy cuenta de que esos días son los mejores. No por el resultado que quizá llegue (suele pasar que cuando el agua está más fría, uno baja uno o dos minutos de su tiempo normal), sino porque habré cruzado algo que al parecer me impedía el paso.

Todo está en la mente. Si nosotros estamos inventando esa realidad, ¿por qué generar una atroz que nos ponga en ese estado de vulnerabilidad? Dice Borges que en realidad las pesadillas están más allá de nosotros, no es que las creemos voluntariamente: “Tomo cualquiera de las palabras: digamos, incubus, latina, o nightmare, sajona, o Alp, alemana. Todas sugieren algo sobrenatural. Pues bien. ¿Y si las pesadillas fueran estrictamente sobrenaturales? ¿Si las pesadillas fueran grietas del infierno? ¿Si en las pesadillas estuviéramos literalmente en el infierno? ¿Por qué no? Todo es tan raro que aun eso es posible”.[7]

Así retoma también la idea del genio la escritora Elizabeth Gilbert en su TEDTalk “Your Elusive Creative Genius”. Allí habla sobre la creatividad y la idea de genio que existía antes del Renacimiento. Desde entonces, el mundo empezó a decir que una persona es un genio más que tiene un genio. Esto genera una presión que ha estado matando artistas los últimos cinco siglos. ¿Podría ser todo diferente? ¿Volver a un entendimiento más antiguo donde la responsabilidad pueda ser compartida?, se pregunta.

La creatividad, dice Gilbert, no siempre se comporta de un modo racional, e incluso en ocasiones parece comportarse de manera sobrenatural. Cita una plática que tuvo con la poeta Ruth Stone, que le dijo que cuando vivía en el campo en Virginia, estaba afuera en la naturaleza y podía sentir y escuchar un poema viniendo hacia ella desde el otro lado del paisaje. Lo describe como un viento tronador que se dirigía violentamente hacia ella. Y cuando lo sentía bajo sus pies, retumbando en la tierra, sabía que lo único que podía hacer era correr tan rápido como fuera capaz hacia la casa, siendo perseguida por el poema, para llegar a un pedazo de papel y un lápiz lo suficientemente pronto para que, cuando el trueno la alcanzara, pudiera recolectarlo y colocarlo en el papel. Si no era lo suficientemente veloz, este viento simplemente la atravesaría, siguiendo su recorrido hasta encontrar otro poeta. Otras ocasiones, apenas capaz alcanzar al poema, lo tomaba de la cola para jalarlo de vuelta y terminar de transcribirlo en el papel. Entonces el poema aparecía al revés: de final al principio, a causa de la manera en que se atrapó. Tan parecida imagen a aquella de jalar un hilo de experiencias, que a veces se escapa y otras se deja mostrar completo, como manga de mago.

Gilbert reconoce que no es en absoluto su proceso creativo, pero que definitivamente ha sentido algo más grande que ella dictarle ideas. Y más allá de ser burlada por lo sobrenatural, se pregunta cómo incorporar esta fuente imposible de identificar y relacionarnos con ella con el fin de que nuestro proceso creativo no nos enloquezca, y que incluso nos ayude a mantenernos cuerdos.[8]

La angustia ante la existencia, el dolor del cuerpo presente por acallar el emocional, todo se calma un poco al entender que podemos presentarnos a trabajar y que no es nuestra responsabilidad si ese ingrediente sobrehumano, esa musa, ese genio, no aparece. Saber que hay algo más grande que nosotros. Que las pesadillas son grietas del infierno, no sólo nuestra mente, y que hay días en que las ideas nos pasan de largo por más horas que pasemos intentando someterlas. Que no siempre podemos ser lo que queremos ser.

Porque llega el día en que el trueno te encuentra y haces lo mejor que pudiste: dios se presentó ante ti, un genio te hizo el trabajo. Tu mente tejió un sueño o un íncubo te regaló una pesadilla. Y ahora estás despierto. ¿Cómo vivir al día siguiente, cuando el trueno ya te abandonó? Entendiendo que esa genialidad era sólo un préstamo, aceptándolo. Igual que se acepta la muerte, porque la vida es momentánea e igualmente maravillosa. Ésa es la más eficaz cura de la angustia: aceptar.

Aunque no tengamos la tecnología del futuro utópico de Vanilla Sky, con o sin negación, los elementos que tenemos en nuestro entorno son suficientes para que nuestra vida no se vuelva una pesadilla de la que no sepamos cómo despertar. Y dibujar es siempre un puente para el cielo.

[1] Cristina Caballero, “Nuestro estómago tiene un cerebro con tantas neuronas como el de un gato”, El Mundo, 28 de octubre de 2015. Recuperado de: http://www.elmundo.es/papel/todologia/2015/10/28/562f630fe2704e523f8b4652.html (3 de noviembre de 2016)

[2] J. M. Coetzee, Giving Offense: Essays on Censorship. Chicago: University of Chicago Press, 1997. Recuperado de: http://bit.ly/2ejsXlA (3 de noviembre de 2016)

[3] Jorge Luis Borges, “La pesadilla”, en Siete noches, p. 13. Recuperado de: http://biblio3.url.edu.gt/publieda/Filosofos/Borges/LaPesadilla.pdf (3 de noviembre de 2016)

[4] Ibid., p. 14.

[5] Ibid., p. 16-17.

[6] Ibid., p. 19.

[7] Ibid., p. 20.

[8] Elizabeth Gilbert en su TEDTalk “Your Elusive Creative Genius”. Recuperado de: http://www.ted.com/talks/elizabeth_gilbert_on_genius?language=en#t-1069350 (3 de noviembre de 2016).


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.
Fotografías de Rogelio Cuéllar.

De perfil, el libro que rompió esquemas en la literatura mexicana, cumple cincuenta años. Joselo Rangel hace una relectura de esta obra fundamental y descubre que sigue tan fresca y vital como en el momento de su publicación. A fin de cuentas, la literatura, como la música, es conexión, y la obra de José Agustín la conserva: igual que un álbum clásico de rock.

—¿No te da miedo? —me dijeron— quizá en la relectura te des cuenta que no es tan buena, o que no te gusta tanto como cuando la leíste. Mejor quedarte con un buen recuerdo, ¿no crees? Podría ser. Pero no es justo para un libro que cumple cincuenta años hablar sólo de lo que fue, sino de lo que representa ahora, y para ello la relectura es muy importante. De todos modos, no soy ningún erudito. Lo confieso: si leo es por placer y no para teorizar sobre una obra. Por más que quisiera no podría: estudié diseño industrial, no literatura.

Así que me conseguí una copia nueva del libro De perfil de José Agustín, pues la que tenía se la quedó una novia de juventud, y ni modo de buscarla —aunque por Facebook me hubiera sido muy fácil—. Buscar exnovias es un deporte que no practico, aunque recién pasaron las olimpiadas, pues resulta de alto riesgo.

Regularmente no recuerdo muchas novelas o cuentos que leí hace más de veinte años y, en el caso de esta novela, ya han transcurrido tres décadas. Cuando evoco los libros que me han marcado tengo muy presente el efecto que me produjeron. Una impresión que se queda en mi cabeza, en mi pecho o en mi entrepierna, según el tono de la historia y del texto. Con De perfil tenía aquella sensación precisamente en esas tres partes. Recordaba unos cuantos nombres de los personajes: Queta Johnson (¿cómo ñó?); Violeta y Humberto (qué raro que no les dijeran «mamá» y «papá»), y Los Suásticos (una banda de rock que sale muy poquito y sólo al principio, pero cuyo nombre se te queda grabado para toda la vida).

Recuerdo los juegos de palabras del autor, la forma de cambiar los nombres cada vez que aparecían sin repetirlos nunca. La libertad en el lenguaje y la forma de contarnos una historia. Pero todo esto sólo era un recuerdo lejano, como el de unas vacaciones en la playa, que tienes presente más por las fotos que te tomaron, y no por lo que realmente hiciste en la arena y el mar. Así que me puse a leer: «Detrás de la gran piedra y el pasto, está el mundo en que habito».

De perfil abarca tres días en la vida de Equis, un chavo de quince o dieciséis años, de clase media, que vive en la Narvarte y que apenas entrará a la prepa. Tres días muy movidos. Conoce a un nuevo vecino proveniente de Guadalajara que dice ser cantante y por la noche lo invita a una fiesta donde hay mucha gente del negocio de la música. Su amigo Ricardo se les pega. Ahí Equis conoce a Queta Johnson, y es donde los lectores comenzamos a sospechar que Equis tiene mucha suerte, pues las cosas «le pasan», no las está buscando. Sin duda debe tener un gran carisma para que toda la gente quiera tenerlo de amigo, de amante, de compinche para escaparse de casa y de confidente.

Queta Johnson es la cantante del grupo Los Suásticos y está buenísima —bueno, aquí todo depende de la imaginación de cada lector, la mía es muy fructífera. ¿Cómo es que Equis logra ligársela, o más bien, logra que Queta se lo ligue a él? Sin embargo, De perfil no es una historia de amor, ni de sexo, sino muchas cosas más. Estos tres días en la vida de Equis —incluso así lo nombra su amigo Ricardo en su casi-diario que nadie debe leer— recorremos distintos ambientes y lugares de la Ciudad de México en la década de los años sesenta: va a un putero, renta bicicletas en el Parque México de la Colonia Condesa, mencionan los «Cafés Cantantes» a los que asiste puro pseudo intelectual (los hipsters de ahora); también está presente en una tertulia —una peda, pues— de estudiantes de literatura, donde lo importante es mencionar a quién has leído, decir el nombre del escritor más raro y la corriente literaria más extraña; va a la UNAM para inscribirse en la Prepa 1 y unos estudiantes, que están inmersos en la grilla, lo «adoptan» —ahí se entera del tejemaneje de los movimientos políticos dentro de la universidad y sus prepas—; aparece una escena de narcotráfico, y una referencia sobre la diferencia de estratos sociales en la colonia Doctores: clases bien demarcadas por los barrios. En resumen: la vida en nuestra ciudad ha cambiado mucho, pero sigue exactamente igual.

Como toda buena novela De perfil puede ser leída en distintos niveles. Uno, por el simple placer de la lectura: saber qué le va a pasar al protagonista. Y eso se cumple con creces pues la novela resulta sumamente divertida. Arranca carcajadas inesperadas. Por otro lado, es una radiografía de México, un retrato sociológico del modo en que nos comportamos, hablamos. Equis no está buscando nada, las cosas «le pasan». Me suena conocido.

Disfruté leer de nuevo De perfil. Después de tantos años y tantas lecturas, de tantas experiencias vividas. Entiendo la advertencia que me hicieron, bien podría odiar este libro que se trata de la visión de un adolescente, escrito por un autor que apenas contaba con veintidós años. Pero no fue así. No lo odié, ni me decepcioné. Al contrario. Si eso es posible, me gustó más ahora que cuando lo leí de joven. Muchas cosas que se me escaparon en ese entonces —la factura, el lenguaje, la estructura narrativa— fueron ahora todo un hallazgo.

Ahora me sorprende que nadie haya comparado De perfil con El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, pues los dos se asemejan en muchas cosas. O, si lo hicieron, nunca me enteré. Coufield, el personaje de Salinger, recorre Nueva York y critica los distintos estratos de la sociedad: lo que ve y a lo que se enfrenta. Equis, de alguna manera, hace lo mismo. También recordé la primera parte de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Al leer esta novela del escritor chileno, sentía que estaba leyendo Literatura de la Onda.

Por supuesto que, mientras escribo esto, una vocecita en mi hombro dice: «No, Joselo, no te metas por ahí, ¿cómo vas a equiparar a José Agustín con Salinger y Bolaño? ¡Te van a linchar! O por lo menos te prohibirán entrar a esos círculos literarios en los que podrías acceder, ahora que publicaste en Almadía, ¿no te gustaría ser aceptado? ¡Pues no hables bien de José Agustín! ¿No ves que ninguno de los autores jóvenes lo hace? ¡Nadie lo menciona como su mayor influencia! ¡La estás cagando!»

Pues ahí voy: con esta relectura lo confirmé. Si no hubiera leído De perfil hace treinta años, estoy seguro que no me habría arriesgado a escribir cuentos, tampoco habría elegido, en muchos de ellos, el rock como tema central, ni me hubiera dado la libertad para escribir como se me antojara. Sí, mi mayor influencia es José Agustín.

ESCRITOR PRECOZ

José Agustín nació en Acapulco, Guerrero, en 1944. Fue un gran lector desde muy chico, gracias a sus hermanos mayores que leían mucho. Leyó todos los libros que estos dejaban por la casa. A Sartre, Albert Camus, Lorca, Neruda, Cesar Vallejo, Stendhal y Dostoievski a muy temprana edad. Pero lo que más lo marcó fueron dos lecturas: Lolita de Vladimir Nabokov y La cantante calva de Eugène Ionesco, ¡a los trece años!

Empezó a escribir muy precozmente: a los once años de edad. Entró a estudiar teatro a los doce y a los catorce ya estaba en su primer taller literario. Su primera novela, La tumba, la escribió a los dieciséis, en el taller literario de Juan José Arreola, donde estuvo varios años y coincidió con Parménides García Saldaña, Juan Tovar, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Alejandro Aura y otros más.

Luego entró a estudiar Letras en la universidad, pero se salió porque se dio cuenta de que se trataba de ejercer una carrera de erudito, de investigador y de profesor, no de escritor. Entonces se concentró en el taller de Arreola. Estudió cine en el CUEC. Publicó su primer libro en 1964. Lo editó Arreola en Ediciones Mester. Fue un libro que circuló poco, pero dos años después se reeditó en una tirada masiva que lanzó Editorial Novaro, y que coincidió con la publicación de De perfil, ese mismo año, en 1966.

A partir de entonces se dedicó completamente a la literatura. Inventando que sueño (1968); Se está haciendo tarde (Final en laguna) (1973); El rey se acerca a su templo (1976); Ciudades desiertas (1984); Cerca del fuego (1986); No hay censura (1988); Tres volúmenes de Tragicomedia mexicana (1990, 1992, 1998); La miel derramada (1992); La panza del Tepozteco (1993); Dos horas de sol (1994); Vida con mi viuda (2004) y Armablanca (2006), son algunos de sus libros.

Dicen que las clasificaciones nunca son buenas. Meter en una caja o en un movimiento a los escritores, músicos o pintores es enjaularlos. Seguramente eso sintieron Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña y José Agustín cuando los bautizaron como Literatura de la Onda. Fue Margo Glantz quien se refirió a ellos así, obviamente de manera despectiva. Pero el mote funcionó. Tiene sonoridad, mojo. Me gusta porque era un término despectivo que se convirtió en un slogan, es pop, un buen anuncio del producto que vas a comprar. Como el punk, cuya traducción literal es vándalo, gamberro, pero nadie piensa en eso cuando escucha la palabra. Lo mismo sucede con el grunge: chatarra, basura.

Los escritores onderos se salían de los modelos establecidos por la novelística nacional, sus procedimientos técnicos, sus personajes y anécdotas, y principalmente su lenguaje, nada tenían que ver con la narrativa imperante de la época, enfrascada en la experimentación formal (Del Paso, Pacheco), con asuntos nacionalistas (Fuentes), políticos (Revueltas, Avilés Fabila), o intimistas (Melo, Arredondo, García Ponce).

Las tres novelas básicas de la literatura de la Onda son La tumba (1964), Gazapo (1965) y De perfil (1966). Por supuesto que los escritores metidos en ese saco rechazaron la etiqueta de «onderos». Pero no tenían de otra. Su literatura tenía onda.

No sé a ustedes, pero a mí se me hace fabuloso que exista una corriente como ésta en la historia de nuestra literatura, quizá sea porque yo vengo del rock. Pero una cosa: no se nos olvide que estamos hablando de escritores, de libros, que expresaban lo que los jóvenes sentían en ese momento. No estamos hablando de música, ni de grupos de rock o de bandas psicodélicas. En un país que históricamente se supone que no lee, algo como esto me parece inaudito. Y más porque estos autores se volvieron muy populares entre el público joven, creando nuevos lectores.

Cómo me hubiera gustado vivirlo. Verlo de primera mano. Si bien nos va ahora, podría surgir un autor interesante por aquí o por allá. Antes, aquí había varios escritores marcando una tendencia. No sé, soy muy romántico, me gustan los mitos.

No entiendo cómo fue que existiendo la Literatura de la Onda no logró obtener su contraparte musical, y el surgimiento de grupos que hicieran cosas tan innovadoras y tan populares como lo que estaban creando los escritores, ¡era 1966! Año en que salieron álbumes magníficos de rock, que cambiaron el rumbo de la música: el Revolver de The Beatles, el Blonde on Blonde de Bob Dylan, el Pet Sounds de los Beach Boys. Es muy raro que teniendo en México a estos escritores no existan discos o canciones con letras increíbles. Quién sabe qué nos pasó.

Pero tuvimos un movimiento literario, que ahora percibo —corríjanme si estoy mal— que la gente no mira o da por sentado. No le encuentran el valor que deberían darle.

rsz_ta218_alta-89

GAJES DEL OFICIO

Leyendo en internet reseñas de los libros de José Agustín me encontré con una de la revista Letras Libres cuando salió su libro Vida con mi viuda (Premio Mazatlán de Literatura, 2005). La reseña va directa a la yugular: un machete que corta la cabeza de la novela —y de su autor— para no dejarla viva. Gajes del oficio, supongo, entre creadores y sus críticos.

Lo que más me sorprendió de esta reseña fue el comentario de Rafael Lemus donde dice que si La tumba, De perfil y Se está haciendo tarde hubieran salido en otra época serían novelas menores; es decir, si el autor no hubiese tenido veintipocos años serían libros sin relevancia; las salva el momento y la coyuntura.

Pero, si se le quita el contexto en el que fueron creadas, lo que sucedía en ese momento, en esa sociedad específica, con ciertos valores que la obra misma puede romper o ensalzar, ¿sería justo hacerlo? Claro, la obra tiene que sostenerse por sí misma, sin que nada ni nadie abogue por ella.

Para mí De perfil tiene esas dos características: se sostiene por sí sola como novela, pero saber que fue escrita por un muchacho de veintidós años, que rompió con lo establecido, que la gente se quejaba diciendo «¡eso no es literatura!», y que además se convirtió en un éxito de ventas, me parece de suma importancia y no un asunto menor.

Que De perfil no se haya dejado de reeditar año con año no es un asunto que hay que tomarse a la ligera. Lo damos por hecho. Algunas personas no saben que hay libros que no se reeditan jamás, porque nadie los pide, no se venden, o sea: no tienen lectores. De perfil, por lo que veo en las librerías, siempre está presente. Son tantas las reediciones que incluso la familia del autor desconoce cuántas son.

Para mí la literatura es conexión. Lo mismo la música, el rock. Y José Agustín conecta. De perfil es como un álbum clásico de rock. Tiene frescura, rebeldía, experimentación. Es divertida. Es profunda. Se tiene que leer en el contexto. Así escuchamos a los Rolling Stones, ¿verdad? Nadie te pide que no pienses en que «(I Can’t Get No) Satisfaction» no fue escrita en los sesenta. Ya lo sabes, y eso te gusta, pero al mismo tiempo te prende, porque ¿quién ha encontrado la satisfacción?

De perfil cumple ahora cincuenta años. Si no se le ha dado el lugar que se merece, creo que ya va siendo hora.


Autores
es músico y narrador. Es autor de One Hit Wonder, entre otros libros.