1.- Los regalos y los favores hay que hacerlos como si se estuviese apenas sirviendo un vaso de agua.
1.- Procurá vivir de modo tal que termines el día como se terminan esos en los que se llega a casa tarde y una se da cuenta de que se la pasó con el saco al revés desde temprano.
1.- La contradicción es el arte de mantenerse vivo mientras los otros nos pretenden muertos.
1.- Tener enemigos es muy caro y nadie es tan rico.
1.- Nunca elogies a alguien antes de pedirle un favor.
1.- Un favor a medias es una afrenta completa. Si no lo querés hacer, no lo hagas. Decir «no» requiere de valentía pero también de generosidad. Y no sólo con una misma.
1.- Tener razón no es tan importante. Al menos nunca es lo más importante entre todas las cosas que compiten en importancia en medio de una discusión.
1.- No se habla de música mientras suena la música, ni siquiera para introducirla.
1.- No hay mejor estrategia para no hacerse cargo de un problema que quejarse con estridencia sobre ese problema como si la culpa fuera ajena.
1.- No te sientas orgullosa por la maravilla que les ocurre a los gajitos que dejaste en agua, al sol, como si hubiese sido mérito tuyo y no del agua, del sol.
1.- El silencio es el único modo en que una victoria no se vuelve ofensiva. La envidia y el resentimiento son efectos naturales del curso de las cosas.
1.- Predicá con el ejemplo. Si no podés predicar con el ejemplo todavía, predicá con la palabra y con vergüenza. Que la vergüenza te carbonice el alma hasta que puedas predicar con el ejemplo.
1.- Debería darte vergüenza sentir vergüenza ajena: nadie tiene derecho a un sentimiento como ese.
1.- Todos llegamos al mundo a mano unos con otros. Es importante irse del mismo modo.
1.- La amistad es posible sólo a condición de que jamás se pronuncien reclamos. Cuando aparece el reclamo, desaparece la amistad. Un amigo es alguien que no nos debe nada, a quien nada debemos, y ante quien, así y todo, pronunciamos: que haya comercio entre nosotros.
1.- Todo tiene solución, dice mi papá. No es cierto, por supuesto, pero él se pasa la vida repitiéndolo y la vida le da la razón una y otra vez, como pidiendo perdón por no estar a la altura de la sentencia de ese hombre bueno.
En este fragmento inédito de la novela del escritor brasileño Joca Reiners Terron, a quien los lectores mexicanos conocieron con La tristeza extraordinaria del leopardo de las nieves, dos hermanos se citan en El Cairo para un ajuste de cuentas.
CAPÍTULO 1. EL OBSERVADOR DE LA LUNA
Cuando mi hermano llegó al Cairo, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Estábamos a punto de cumplir cuarenta años, y desde hacía poco más de la mitad de ese tiempo no nos hablábamos. Ni una palabra, ni una llamada en todos esos años, sólo la postal que yo le había enviado hacía tres meses para pedirle que se encontrara conmigo en Egipto. De un lado, la imagen de Elizabeth Taylor con el vestuario puesto mientras filmaba Cleopatra. Del otro, la dirección y una constatación:
William,
creo que al fn me acordé de todo.
Con amor,
xxx
P.D. Ven con urgencia a reunirte conmigo– Odeon Palace Hotel, calle Abdel Hamid Said, No. 6, El Cairo, Egipto.
No sabía a ciencia cierta si la tarjeta llegaría a su destinatario, aunque podía imaginarlo viviendo aún en el departamento donde pasamos la infancia. La inicial que frmaba el mensaje estaba tachada: la urgencia había sido tanta, que ni siquiera tuve tiempo de decidir qué nombre usar. Eso no haría ninguna diferencia, pues, independientemente del nombre elegido, ya sería demasiado tarde para el rescate o la redención. Al llegar a El Cairo, mi hermano no encontraría a nadie, era fácil adivinarlo. Mi esperanza era que, al no encontrarme, por extrañas vías se encontrara a sí mismo. No obstante, al contrario de lo que dicen, hay cosas que no mueren sino hasta que desaparece la última esperanza. Y no signifcaría mucho que, al recibir la postal, mi hermano balbuceara el nombre por el que me conoció. O que, al ver la foto de Liz Taylor, murmurara sólo para sí mismo el nombre que a él le resultaba desconocido al leer el mensaje, pero que yo adopté cuando nací de nuevo, más o menos un año después de la noche en que nos vimos por última vez. Ninguno de esos soplos me devolvería la vida o me restituiría mi lugar original en el mundo. Ya no había esperanza, al menos para mí. Mi nave espacial se había estrellado contra la Luna. No había fundado una ciudad y, así, había relegado mi destino a la única alternativa posible: la muerte. Todo había desaparecido. Yo ya no era casi nada, era menos que un árbol o que una roca. Me faltaba poco para no ser nadie.
Me faltaba William.
Como yo, mi hermano aterrizó por la madrugada en el Aeropuerto Internacional del Cairo, en el avión de klm que lleva a bordo mochileros europeos, aprendices de terrorista y gente de todas partes, lo suficientemente obstinada como para hacer frente a la horda nocturna de taxistas que infesta ese vestíbulo cuyo aspecto arenoso se debe al desierto que se filtra por todas las rendijas, casi enterrándolo. Es gente que no tiene nada que perder, como nosotros dos. Algunas de las personas más miserables del Universo se encuentran siempre en ese aeropuerto, a la mitad de la noche. Aunque en la fila de migración el cansancio de los rostros a veces se confunde con alguna expectativa ante la suerte, esa gente no lleva más que desesperación en las maletas. Ningún empleado de la aduana pareció darse cuenta de que William estaba borracho.
Después de perseguir su equipaje, que los taxistas del área de llegadas secuestraban hacia el estacionamiento, y perseguirlo de regreso hasta el vestíbulo dos o tres veces, William soltó algunos gruñidos en su lenguaje alcohólico y le hizo gestos al egipcio más cercano. La maraña de manos por fin soltó sus maletas y a los choferes derrotados no les quedó otra salida que resignarse ante la pérdida definitiva del pasajero. De todas formas se quedaron discutiendo a gritos en árabe, mientras el vencedor le exhibía al cliente recién conquistado las piezas faltantes de su dentadura, agujeros que parecían pequeñas gemas negras incrustadas en su boca, de una oscuridad idéntica a la de los restos de la noche sobre el estacionamiento allá afuera. Entonces caminaron hacia el coche que, al igual que su dueño, también se caía a pedazos.
En la carretera, el día empezaba lentamente a subyugar la noche, haciendo surgir a distancia una neblina difusa que confundía los límites entre el cielo y la tierra. Al entrar en la ciudad, las siluetas opresoras de las mezquitas se recortaban veloces contra la claridad de la mañana ascendente y el asfalto azulado empezó su tarea diaria de absorber calor, sudor humano y heces de las bestias de carga. Ante las panaderías de las esquinas, al desfle de muchachos con canastas de mimbre listas para llenarse le faltaba una orquestación un poco más armónica, hasta que el olor del pan por fin asaltó el aire y todos desaparecieron, tragados por el humo del aish horneado. Y la manada de automóviles que freían aceite por fin salió disparada hacia el día de hoy.
En esta época del año, en Egipto, en cuanto el viajero se distrae, el primer día de mayo se insinúa por los callejones todavía
oscuros transportado por El Khamasin, el viento caliente del desierto. Los rayos del sol interceptados por los edifcios fraccionan las calles de la ciudad, rayándolo todo de luz y de sombra, y el cobre desvanecido de los mostradores, de los narguiles y de las chichas refleja el interior de los cafés, que se abren poco a poco, como si bostezaran. Sillas y mesas se dispondrán muy pronto a lo largo de la calle Abdel Karwaat, permitiendo que el verano se instale y no vuelva a irse hasta que llegue noviembre. Es cuando el calor innombrable que viene del corazón de África, poco después del feriado de Sham el Nessim, inunda el Cairo por completo con cincuenta diluvios de arena.
Al llegar a la recepción del Odeon Palace Hotel, William descubre que ya no estoy por allí. Dejémoslo, pues, con su confusión y con la turbulencia de las pesadillas proporcionadas por el jet lag, tras anunciar en un inglés titubeante su registro en la recepción y subir a sus aposentos. Mientras se queda dormido, lamentando todavía las poquísimas gotas que con trabajos cayeron de la regadera sobre el fondo percudido de la tina y la capa de polvo agarrada a la superficie del frigobar desde los tiempos de Ramsés, el botones vuelve a la recepción para confabular con Wael, el recepcionista, sobre mi impresionante semejanza con el recién llegado.
—Son sosias —le dice Wael al muchacho de uniforme gastado en los codos, ojos grandes muy abiertos y un bozo esmirriado floreciéndole sobre los labios—. Absolutamente idénticos, a pesar de la barba de éste.
—Para mí que son la misma persona —dice el chico.
—Nomás que no lo son —afrma el recepcionista—. Cuánto apuestas.
En los sueños de William, los hechos ocurridos a lo largo de toda nuestra vida se confunden con las tribulaciones del viaje como en una película vista al revés, desde su salida de São Paulo hasta su larga caminata por el aeropuerto de Schiphol y, después, cuando decide ahogar su tiempo bajo la lluvia gélida que caía en Ámsterdam.
Como provenía de altas temperaturas e iba hacia los extremos aún más elevados de África, ni siquiera le pasó por la cabeza llevar un abrigo en la mano para la conexión europea. De igual modo, en lo último en que pensaría sería en añadir a su equipaje un paraguas. Mi hermano no suele ser muy inteligente, pero sabe que el agua no es algo que el desierto despilfarre.
La humedad de sus calcetines empapados debajo de la mesa y bajo la oscuridad que se formaba en el techo del fondo del pub en que se instaló durante algunas horas guardaba diversas semejanzas con la consistencia líquida y negra de esos sueños. En ellos, todo lo que está por suceder en esta historia se repetía una y otra, y otra vez, y otra más, en una secuencia aparentemente sin fn o sin propósito. La muerte anónima de nuestra madre del parto; la infancia aislada en el centro de una megalópolis gris perdida en el fn del mundo; la soledad duplicada por la personalidad múltiple y al mismo tiempo ausente de nuestro padre; el tío Edgar y la humedad permanente que corroía las entrañas cancerosas del Monumental Teatro Massachusetts; la enfermedad; la adolescencia como una especie de callejón sin salida cuya entrada se cierra en cuanto entramos para no volver a abrirse; Milton, Hache-Hache y la llegada del deseo. De los celos. De la violencia. Y entonces, enseguida, el crimen.
Después de que todo eso sucediera, vino nuestra larga separación y mi pérdida completa de todo, tantos años lejos de ése que era mi sombra en la Tierra. Y su aislamiento, el de William, desorientado por la locura de nuestro padre y por su muerte, hasta que la muerte apareciera de nuevo y una vez más y basta —siempre ella, la muerte. Aquí, antes y después. El futuro es una ficción que alimentamos a lo largo de nuestras vidas, algo para mantenernos distraídos. En los sueños de William, sin embargo, decir el futuro equivale a decir la muerte.
Así pues, eso que yo ya sabía desde antes lo sabía gracias a la obsesión de papá. Según la creencia alemana, el Doppelgänger es la copia exacta de cada uno de nosotros, que vaga por el mundo. Si nos topamos con nuestro doble, encontramos también nuestra perdición. ¿Qué decir entonces de mí y de William? Nosotros nos encontramos muy pronto, a fn de cuentas, y durante más de una semana fuimos incluso un mismo ser en el ovario de nuestra madre, un solo cigoto durante diez exactos días con cinco horas y once minutos, para partirnos luego en otros dos cigotos igualitos, un tardío par de embriones melancólicos que compartiría a lo largo de treinta y nueve semanas y media la misma placenta sin darse de codazos, precisamente por el hecho de que, almenos durante las primeras semanas de convivencia, nuestros codos estaban lejos de existir. Como compartíamos una misma bolsa amniótica, también es posible afirmar que William y yo, desde esa etapa embrionaria, no sólo compartimos el corion y el espacio interno disponible en nuestra nave madre (tan flaquita, pobre), sino incluso el mismo plato.
El largo periodo de apretujamiento en un útero limitado no se pareció ni de lejos a una colonia vacacional, si es que ustedes, arriba, quieren saberlo, y no fuimos gemelos siameses por una cuestión de días. Ya se manifestaba allí, en aquella separación tardía de nuestro periodo cigótico, el mal humor precoz de William, quizá el principal responsable de evitar que, pasados dos o tres días, se nos coligara algún órgano vital, que en nuestro caso no podría haber sido más que el corazón.
Y así mi sexo y el de William pasaron a flotar en el espacio sideral como dos minúsculos astronautas frente a frente, girando en la órbita de un corazón que cumplía su papel de sol y que marcó el ritmo de segundos y minutos y horas y días y semanas a lo largo de nueve interminables meses.
Algo importante había ocurrido, sin embargo, en el acto de separación de nuestro disco embrionario, aunque todavía no losupiéramos. A esas alturas (muy contradictoriamente) no sabíamos nada, ésa es la pura verdad. Y en eso no éramos muy distintos de los demás bebés. Luego dicen que la vida del feto no es ajetreada: al referirse a la comodidad de la vida intrauterina, el Dr. Spock —ese autor del bestseller La vida de los bebés, al que, gracias a su nombre, siempre imaginé como el propietario de unas orejas puntiagudísimas— debería hablar sólo de los bebés que conoce en realidad. Me refiero, claro, a los bebés vulcanos.
De la misma manera, y para mi inmensa tristeza, no se dio, a lo largo del embarazo, ninguna mutación recesiva en mi quinto cromosoma, ningún evento que causara un síndrome XXY o cualquier otro milagro de ese tipo. Si hubiera ocurrido semejante obra divina, la existencia me habría evitado un montón de trabajo más adelante. Pero creo que Dios andaba muy distraído por aquellos días: el año de 1967 estuvo lleno de atracciones más importantes que nuestro nacimiento, como el lanzamiento de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, por ejemplo, o la Guerra de los Seis Días, en la que Israel hizo lo que pudo para amolar la autoestima egipcia sin ningún resultado más que la larga postergación de las vacaciones de los herederos de Tutankamon, que durante un tiempo se vieron en la imposibilidad de dorarse el bronceado a bordo de tanguitas blancas en las playas del mar Rojo ocupadas por los soldados de Moshé Dayán.
Para mi perdición y la de William, nuestro futuro se selló en el preciso instante en que el monocigoto o disco embrionario partió en dos y, además de separarnos, nos encontramos como dos Adanes recién ingresados al paraíso intrauterino, frente a frente por primera vez.
Tal vez a partir de ese momento decidí no aceptar el destino genético de ser dos personas con un solo cuerpo o una sola persona con dos cuerpos idénticos. Se me ocurrió entonces que Dios a veces puede escribir torcido sobre renglones derechos. Es increíble lo poco que importa esto ahora, pero en esa fracción de segundo en que los dos abrimos los ojos por primera vez y nos vimos uno al otro a través de la placenta, yo habría dado una costilla por nacer diferente.
En esa ocasión de reconocimiento mutuo, consideré la posibilidad de mandarme a hacer un futuro inventado con técnicas más modernas que no involucraran la extracción de costillas o algo por el estilo. Muy pronto me di cuenta de que podría nacer de nuevo. Y renací, realmente, no en una cama hiperbárica ni nada parecido, sino en una mesa de cirugía, y no me refero a una cesárea. Mi primer nacimiento ocurrió en São Paulo, en enero de 1967. Y el segundo, en África, en Egipto, en la escena del Club Palmyra, casi cuarenta años después. Es necesario aclarar, sin embargo, que entre estos dos nacimientos sucedieronmuchas cosas, y que todo partió de un simple equívoco. Todo en mi vida empezó como un error de cálculo bastante banal, algo de lo que no me enorgullezco ni tantito. Nunca me he llevado bien con las ecuaciones, mucho menos con los números elevados al cuadrado.
Hay un problema de física que se conoce como la paradoja de Langevin o paradoja de los gemelos. Langevin es el nombre del físico francés que la creó. Esta ecuación trata sobre la relatividad general, y no es muy complicado comprenderla, aunque yo no la comprendí cuando debía. Fue nuestro padre quien nos la enseñó durante las numerosas clases que tuvimos en nuestra escuela improvisada en la cocina de la casa. Hablaremos después de estas clases muy particulares, claro, tenemos todo el tiempo del mundo. Yo, por lo menos, lo tengo, y además tengo todo el espacio del vasto patio de constelaciones del Universo justo encima de la cabeza. Es toda una ironía infinita.
El enunciado del problema es más o menos así: «Supongamos que existen dos gemelos W1 y W2 idénticos; el hermano W1 está en una nave espacial en la que viajará a una velocidad muy cercana a C (que es la velocidad de la luz), mientras que el otro, W2, seguirá en reposo en la tierra. Para W2, la nave se está moviendo, y por eso puede afrmar que el tiempo pasa más despacio para su hermano W1, que está en la nave. De manera análoga, W1 ve que la tierra se aleja, por lo que puede, igualmente, afirmar que el tiempo pasa más despacio para W2».
La siguiente pregunta cierra el problema: «Cuando la nave regrese a la Tierra, ¿cuál de los dos será efectivamente más joven?»
Lettering de Carga Máxima Alinder Augurio Espada Camones (Perú, 1988) y Azucena del Carmen Cabezas (Perú, 1991)
Heredar la biblioteca de un ser querido significa recuperar parte de sus diálogos, sus monólogos y hasta sus invocaciones a los muertos. En este luminoso ensayo, Isabel Zapata ahonda en los territorios de la pérdida, pero también en el de los siempre felices hallazgos.
No hay otros paraísos que los
paraísos perdidos.
Jorge Luis Borges
I
Me pesan las cosas que tengo: los objetos que acumulo por gusto, necesidad o herencia y que van invadiendo los metros cuadrados que tengo el atrevimiento de llamar míos. La anterior declaración no es una revelación new age ni el principio de una diatriba anticapitalista. Más bien quiero decir que por momentos siento que las cosas se adueñan de mí: el baúl amarillo de Olinalá colmado de fotos viejas y la vajilla blanca de mi abuela, guardada en cajas de cartón desde hace años, son feroces recordatorios de mi propia mortalidad. El pesado tintero de vidrio que encuentro de pronto en un cajón (había olvidado que lo tenía) está marcado por la enfermedad de los dueños que tuvo antes de llegar a mí, tiene tumores en los pulmones y en el páncreas: quiero conservarlo pero no quiero nunca volverlo a ver. El tomo Aguilar de las obras completas de Cervantes empastado en piel del que mamá me leía por las noches. El cenicero que mi abuelo –fumador irremisible– llevaba consigo en la maleta con la que entró por última vez al hospital. La foto de cuando cumplí siete años y papá nos llevó a comer al San Ángel Inn; yo con mi vestido blanco y el pelo hasta la cintura, mamá vestida de profesora con su saco de parches en los codos, mi hermano Pedro con la adolescencia entera envolviéndolo en forma de blazer azul marino con botones dorados. Seguramente mis padres habían bebido y entrado en esa dicha; nosotros tuvimos permiso de comer una isla flotante y después corrimos por los jardines, hacia la fuente, a buscar a los gatos.
23 de abril de 1991.
¿Fue realmente un buen día? Lo fue en ese simulacro de papel y luz.
II
En 2007 tuvimos que desmontar una casa y con ella desmontar la vida que ocupaba la casa, la que compartíamos mamá, las perras y yo. ¿No es extraño que las cosas sobrevivan a sus dueños? Yo no debería tener archivos ajenos, vajillas de hogares que han desaparecido, fotografías de tiempos anteriores a mí (ser el menor de varios hermanos significa que casi todo tiempo fue anterior a ti, te perdiste todos los principios pero estarás presente en todos los finales) que alguien recortó siguiendo el capricho de su propio recuerdo. Mutilar fotos para cincelar la memoria es una tradición familiar: mamá, artesana del recuerdo, dejó cientos de fotos descabezadas.
III
Quedaron más de treinta cuadernos forrados en tela y fechados rigurosamente con letra manuscrita al inicio de cada entrada.
¿Qué se hace con una colección de diarios cuando contienen la vida de tu madre muerta?
IV
Desmembrar la biblioteca de mamá fue la verdadera cremación de su cuerpo. Mis hermanos y yo compramos estampitas circulares de colores y nos reunimos durante varias tardes a pegarlas en los lomos de los libros que queríamos conservar. Después invitamos amigos a escoger algún volumen como recuerdo, con la condición de que por ningún motivo devolvieran aquello que encontraran entre sus páginas: la vida privada de cada libro debía permanecer contenida en los papeles, notas y recortes que había en él. Fue así que agregué a mi biblioteca un centenar de libros venturosamente repletos de anotaciones al margen.
Hay distintas maneras de amar los libros. Algunos se acercan a ellos con amor cortés, como si cuidarlos fuera mantenerlos ajenos al paso del tiempo: si acaso dejan un asterisco pequeño, siempre en lápiz, o marcan la página de su interés con un impoluto papelito. Mi familia en cambio pertenece al grupo de los que profesan por los libros un amor carnal. Subrayamos y anotamos con la tinta que hay a la mano, trazamos corchetes, paréntesis, flechas, signos de exclamación y garabatos, improvisamos separadores con tickets del supermercado o recibos del gas. Cuenta Alfonso Reyes que, según Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado masticaba los libros hasta que quedaban reducidos a algo como una mariposa de alas redondeadas.
Lo que dije antes: son variaciones del amor.
V
Los actos de leer y escribir están tan íntimamente vinculados que subrayar y anotar libros puede funcionar como sustituto de la escritura misma. En La vanidad de subrayar, Fabio Morábito menciona a un amigo suyo que no publicaba porque no habría soportado ser subrayado. Temía que el criterio errado del lector —en su faceta minúscula, la marginalia es la forma más democrática y extendida de crítica literaria— dejara fuera partes de su libro que a él le parecían fundamentales.
Deseaba un imposible: escribir un libro subrayable de la primera hasta la última palabra.
VI
En los nueve años que llevo con ella, he encontrado en la biblioteca de mamá evidencia de varias facetas suyas como lectora. Más que en sus libros, esos accidentes de papel, tinta y pegamento, fue en sus notas al margen que dejó su legado más valioso: una forma de encontrarme con ella.
Conservo por ejemplo su copia de las Cartas de Abelardo y Eloísa, frmado en tinta azul en la primera página y al pie de ésta, con letra más pequeña: 1984 —el año del divorcio de mis padres—. Con él (o en él) mamá reflexionó sobre la naturaleza del amor y del matrimonio, subrayando estas palabras de Abelardo:
Ella me hacía ver lo peligroso que sería para mí volverla a llevar a París; cómo el título de amante, más honorable para mí, sería para ella más preciado que el de esposa. Ella quería conservarme por el encanto de la ternura y no encadenarme con los lazos del matrimonio; agregaba que nuestras separaciones momentáneas harían los encuentros tanto más dulces cuanto que serían menos frecuentes.
Conservo también los veintitrés tomos de sus obras completas de Freud, el número veintiuno tiene una estampita de terciopelo en forma de tigre pegada, seguramente por mí, en la portada. En la página ochenta y tres, al lado de la frase El programa que nos impone el principio del placer, el de ser felices, es irrealizable, una nota de ella: queda la belleza.
A veces mamá unía, en sus notas al margen, a autores que llevaba enlazados en la imaginación. El brevísimo ensayo de Walter Benjamin Juego de letras, incluido en un luminoso ejemplar publicado por Alfaguara bajo el título Infancia en Berlín hacia 1900, empieza ferozmente:
Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizá esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia. De otra manera lo comprendemos, y tanto mejor, cuanto más profundamente yace en nosotros lo olvidado.
Ella separó la página con una banderita y escribió al margen las siguientes palabras de Nietzsche: He dado nombre a mi dolor y lo he llamado «perro». Imposible conocer a fondo los mecanismos que la llevaron de un punto a otro, pero quiero pensar que algo de ellos comprendí cuando la intuición me hizo, años después, completar su nota con una línea de Mi vida con la perra,de Francisco Hernández: Tauro: La felicidad es un saco que me queda grande.
Mamá también hermanó sutilmente a dos de mis escritoras favoritas cuando, en la página ciento treinta de su copia de Revelación de un mundo, donde Lispector escribe «Un nombre para lo que soy, importa muy poco. Importa lo que me gustaría ser», añadió al margen un verso de Alejandra Pizarnik: Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
Un acertijo: ¿Por qué dobló la esquina de la página que contiene la entrada dedicada a Horus del Diccionario de los símbolos editado por Jean Chevalier? No escribió nada al margen, pero subrayó una oración en amarillo, decididamente: Se lo ve siempre combatiendo para salvaguardar un equilibrio entre fuerzas adversas y para hacer triunfar las fuerzas de la luz. Yo no sé la respuesta a esa —o ninguna otra— pregunta, pero llevo el ojo de Horus tatuado en el tobillo derecho como recordatorio del combate.
VII
Mi amigo Julián Meza solía decir que el número ideal de comensales en una mesa, en términos de conversación, es tres: con dos el diálogo se estanca y con cuatro se bifurca. Si, siguiendo a Schopenhauer, leer es pensar con el cerebro de otro, entonces leer libros anotados es echar a andar una conversación entre tres. Bajo esta luz no resulta extraño pensar que, hasta mediados del siglo xix, fuera costumbre habitual marcar los libros antes de regalarlos. Las notas al margen de Coleridge, por ejemplo, gozaron de tal fama que sus amigos le pedían que marcara sus libros antes de leerlos. Como escribió Billy Collins en su poema «Marginalia»:
Todos nos hemos apropiado del blanco perímetro y tomado una pluma aunque sea para mostrar que no sólo estamos acostados en el sillón pasando páginas, sino que dejamos una idea a la orilla del camino plantamos un pensamiento al margen
Hasta los monjes irlandeses en sus frías scriptoria garabatearon en márgenes de los Evangelios breves notas sobre las penas de copiar, un pájaro que cantaba cerca de la ventana, o la luz solar que iluminaba su página: hombres anónimos emprendiendo un viaje hacia el futuro en una nave más duradera que ellos mismos.
Las anotaciones al margen son entonces viajes hasta un momento en el futuro en donde alguien recostado en otro sillón, o sentado en una ventana junto a la que canta un pájaro distinto, tendrá el libro entre sus manos y transformará, con su lectura, el monólogo en diálogo. Leer los libros que mamá anotó es conversar con ella, y la conversación es una forma del amor. Así fue como vencimos a la muerte.
VIII
Lo último que mamá leyó se llama La escritora vive aquí y tiene como portada la fotografía de una casa blanca de techo triangular que yo imaginaba como un buen lugar para esconderme del horror de aquellos días. Según lo que leo en internet (no me he atrevido a abrir el libro: para entonces el veneno de la quimioterapia había transformado la impecable caligrafía de mamá en un manojo de arañas patudas que prefiero no volver a ver) se trata de un viaje por las casas y los objetos de Marguerite Yourcenar, Colette, Alexandra David-Néel, Karen Blixen y Virginia Woolf.
No me quito esa frase de la cabeza: Se trata de un viaje.
IX
Escribió Porchia que lo que dicen las palabras no dura, duran las palabras.
X
Duran las palabras: mi madre vive aquí.
Lettering e ilustración: Erick Ortega (Colombia, 1989)
En este cuento de la escritora salvadoreña Claudia Hernández, el mundo de los oficinistas parece el de siempre: chismes, despidos, demandas. Excepto por una cuestión inquietante: los muertos continúan trabajando.
Muerta, lo que se dice muerta, no estaba. Era sólo una parte suya la que no respondía a estímulos, ya no respiraba ni se divertía. El resto de ella funcionaba justo como nosotros. O al menos así nos lo dijeron en una reunión de personal en la que no estuvo presente. Dijeron también que no podían dejarla ir porque cumplía con sus labores e incluso trabajaba más de lo acordado sin cobrar extra tiempo y sin protestar. Entendían que resultara incómodo para muchos verla en la condición en la que se encontraba, pero nos pedían que comprendiéramos que, a pesar de que todo un lado del cuerpo había dejado de funcionarle, todavía era un ser humano. Dejaron claro que el que ella sonriera cada vez menos y perdiera color cada vez más no eran razones para despedirla, como algunos habían solicitado. No procedía porque, en principio, la chica conservaba las cualidades por las que había sido contratada y mantenía el nivel de efciencia en las operaciones que estaba establecido en su contrato.
La chica seguía siendo como al principio, salvo por el hecho de que una mitad suya emanaba un olor por demás intenso y de que se había vuelto bastante más sensible. No es que llorara por todo, sino que antes, por ejemplo, nunca se habría quejado de la manera en que alguien le hablaba o la veía. Ahora, en cambio, había presentado una denuncia formal contra tres empleadas presentes en la reunión por interactuar con ella en los baños como si sintieran asco de su condición y contra otros dos por desviar la mirada cuando se encontraban ante la parte suya que ya no podía defenderse.
No buscaba compasión ni compensación monetaria, sino trato justo. Decía que odiaba que la hicieran sentirse mal por algo que no era ni su responsabilidad ni había sido decisión suya. ¿O acaso pensábamos que lo era?
No nos estaban pidiendo que socializáramos con ella en nuestro tiempo personal, pero sí que, en virtud de las circunstancias, nos concentráramos, dentro del edifcio o en horario laboral, en el hemisferio suyo que permanecía como cuando entró a tra bajar para la compañía. Sabían que requería esfuerzo adicional por parte de nosotros, por lo que nos agradecían de antemano el trabajo que invirtiéramos en eso y la solidaridad que pudiéramos mostrar para con nuestra compañera de labores en la difícil experiencia que estaba atravesando.
Supe por una de las secretarias de la gerencia que, en verdad, los jefes habrían querido prescindir de sus servicios para evitar lo molesto de la situación, sobre todo con los clientes más importantes, que no dejaban de preguntar qué le sucedía y, tras las respuestas diplomáticas que les daban, sugerían soluciones como trasladarla a un cargo en el que no tuviera que tratar con el público o construirle una caseta tras la cual pudiera trabajar sin tener que poner a gente como ellos en la difícil situación de fingir que no le desagradaba lo que tenía al frente. Preguntaban también cómo era posible que no lo hubieran pensado antes.
En algún momento consideraron decir que su presencia ahí era parte de un plan de inclusión de la compañía, pero desistieron porque, aunque sonaba muy humanitario, temieron que otros como ella llegaran a solicitarles plaza y no hubiera manera de negárselas. Así que, por lo general, guardaban silencio. Pero, cuando había sufciente confanza, les contaban que lo habían intentado y habían recibido, por eso, advertencia de sus abogados: serían demandados tanto si la despedían por lo que fuera que alegaran como si la movían de donde estaba o le cambiaban las condiciones laborales, excepto si era para mejorárselas.
El momento en que podían haberlo hecho sin provocar escándalos había pasado. Ahora buscaban, con mucha discreción, una persona que atestiguara que la chica había actuado de mala fe y que sus llegadas antes de horario, sus salidas tardías, la postura que asumía en la silla de su escritorio y la manera en que peinaba su cabello habían sido todas artimañas para que nadie se diera cuenta de que había dejado de ser la persona idónea para el cargo. Si esa persona, además, conseguía obtener la copia del contrato que estaba en su poder o una prueba de que ella misma se había provocado el padecimiento, la compañía le estaría muy agradecida.
En la opinión de la secretaria, esa persona podía ser yo. Quería saber si me interesaba colaborar con ese asunto. A cambio, recibiría favores que no llegó a especificar porque de inmediato le respondí que debía pensar en alguien más: yo no quería involucrarme. Pensé en decirle que, además, no le convenía: no soy del tipo de gente que sabe mentir. ¿Qué iba a hacer cuando alguien señalara que era imposible que supiera lo que sea que quisieran que fuera a decir porque mi trabajo no tenía nada que ver con el de ella? ¿Cómo se le ocurría meterme en algo como eso?
No fue necesario porque, tan pronto como escuchó mi respuesta, dijo que no me preocupara ni me lo tomara a pecho, que sólo estaba jugando, que nada más había querido ponerme a prueba, que lo único que buscaba era saber la clase de persona que yo era y que le alegraba saber que era de buena clase. No supo decir para qué quería saber algo como eso, nomás respondió que siempre era bueno conocer esos detalles, que no pretendía nada con ello, que ya me olvidara del asunto, que hiciera como si no hubiera sucedido. Me invitaba a cenar.
Al día siguiente, la vi conversar en un pasillo con otra persona de mi área y usar con ella los mismos gestos que había empleado durante nuestra breve plática. Entonces decidí acercarme a la chica del problema para advertirle de la clase de lugar en que se encontraba y sugerirle que se cuidara de lo que se tramaba en su contra.
Estaba enterada. De todas maneras, me agradecía que le hubiera pasado el dato. Le parecía muy noble de mi parte. Siempre pensó que yo estaba del lado de los jefes y sus secretarias. Y le sorprendía que la apoyara después de lo mal que ella me había tratado la única vez que nuestros trabajos coincidieron. Se sentía avergonzada y aprovechó el momento —por si no llegaba a haber otro más adelante— para pedirme disculpas por eso.
Contesté que no había rencores, que ni siquiera sabía a qué se estaba refriendo. Sonrió tanto como pudo. Lo tomó como una gentileza de mi parte y pasó a darme detalles de un episodio que yo no recordaba, no porque tuviera mala memoria, sino porque ella lucía tan diferente que no había yo caído en la cuenta de que se trataba de la misma persona que me había ofendido una vez. No quedaba rastro de la belleza que tenía, ni siquiera en la parte que no se le había podrido. Y, sin embargo, me resultaba atractiva.
Le pedí que dejáramos de hacer memoria. No era el momento apropiado. Lo que importaba era el asunto suyo. ¿Había alguna manera en la que yo pudiera ayudarla?
De hecho, la había.
Necesitaba encontrar pronto un nuevo lugar donde vivir. Mejor si era en esa zona. Tenía que dejar su edificio en pocas semanas: los vecinos se las habían arreglado para convencer a la casera de que no le renovara el contrato. La mujer, encima de todo, le había anunciado que no le regresaría su depósito: debía pagar con él por una limpieza profunda del lugar, pintura completa y cambio del retrete, del lavabo y de la ducha para poder conseguir un nuevo inquilino tras la historia que los vecinos seguro contarían del apartamento una vez que ella lo dejara.
Necesitaría, además, que la ayudara con la mudanza: no tenía demasiadas cosas, pero no podría con todas ellas con apenas medio cuerpo disponible para su acarreo. ¿Era mucho pedir? De ninguna manera. Si quería, podía mudarse conmigo. Mi casa tenía suficiente espacio para una persona más. Podíamos llevar todas sus cosas a ella. O, si lo prefería, tomar sólo lo indispensable y dejarle a la dueña la molestia de resolver qué hacer con sus haberes.
Se rehusó a pesar de que le juré que no contaría en la compañía que compartíamos espacio y que nunca llegaríamos o nos iríamos del trabajo al mismo tiempo ni intentaría ayudarla en él cuando las cosas se complicaran debido a su condición: las relaciones sentimentales entre empleados estaban prohibidas. No importaba que no tuviéramos una, ellos podían valerse de lo que fuera que creyeran que había entre nosotros para sacársela de encima. Además, era cuestión de tiempo que yo quisiera algo, y ella no estaría para amores en esos momentos.
Le aseguré que podía estar tranquila: no estaba buscando nada con ella. ¿Se había visto en el espejo en los últimos días? Lo había hecho.
Sentí vergüenza por mi comportamiento y preferí alejarme y desatenderme de sus asuntos. No respondí a sus llamadas para ayudarla el día de la mudanza ni correspondí al número que me dejó en sus mensajes, ni pregunté por ella en la compañía. Si supe, un día, que había dejado su puesto fue porque todo mundo lo comentó. Se rumoraba que había llegado a un acuerdo con los dueños, pero no era cierto, como tampoco lo era el que ellos hubieran encontrado una manera de despedirla sin resultar dañados: me lo dijo la secretaria que había tratado de reclutarme para ayudarlos con ese asunto. La chica pidió ser transferida a una planta de producción a cambio de no demandarlos. ¿Por qué quería saber a cuál? ¿No había dicho yo que no me importaba lo que le sucediera?
No me importaba. Nada más quería saber si había sido por causa mía. ¿Por qué lo creía? La chica no había dado mayores explicaciones, pero en la gerencia habían creído que mucho tenía que ver con lo cerca que la planta quedaba del lugar al que se había mudado recién. No sabía si era muy tarde para reclamar el crédito y cobrar los favores que me habían ofrecido o si las pruebas resultarían sufcientes. En todo caso, hablaría con sus jefes.
Se rió al pensar en lo ingenua que había sido al creer en mi sinceridad al negarme. Sintió que de verdad se había metido en problemas ese día. La aliviaba saber que era yo el tipo de persona que había calculado, y hasta peor porque intentaba cobrar por un trabajo que nadie podía asegurar que había realizado. Lo tendría en mente por si llegaba a presentarse otra situación de esas. Esperaba que no. ¿Me imaginaba lo que sería pasar de nuevo por eso? Por fortuna, el perfil del puesto había cambiado y el contrato ahora no sólo estipulaba sonreír con la boca completa, sino que también prohibía morir de manera gradual o parcial. ¿No me parecía maravilloso?
Me lo parecería más si me dijera a cuál planta había sido trasladada. Quería evitarla a como diera lugar.
Costó un poco, pero accedió a darme el dato, no sin antes hacerme jurar que no diría que fue ella quien me dio la información: la chica había pedido que no fuera revelada y los jefes lo habían aceptado como una muestra de cortesía. No quería quedarles mal, por eso me pidió que no fuera a compartirlo con alguien ni a intentar buscarla. ¿Estaba yo de acuerdo?
Esta vez no me invitó a cenar. Dijo que podríamos salir en otra oportunidad por unos tragos, pero yo debía pagar por ellos y por el buen susto que le había hecho pasar la otra vez.
■
Me encontré con la chica en un supermercado de la zona en que vivía, un par de años después. No habría podido reconocerla si ella no me hubiera llamado por mi nombre, saludado contenta y preguntado si seguía trabajando para esos cerdos de la compañía: la parte suya que había estado muerta tenía color de nuevo, cabello brillante y movimiento. Miraba diferente y emanaba un olor dulce.
Al principio, me desconcerté. Luego le dije que me daba gusto verla de nuevo. Me disculpé por no haberme presentado a ayudarla con su mudanza. Antes de que yo inventara una mala excusa, ella respondió que no era necesario: ambos sabíamos que se lo había ganado. Esperaba que pudiéramos dejar eso atrás. Apreciaba el gesto que tuve de ayudarla cuando todo el mundo le dio la espalda. Se avergonzaba de haberme tratado como lo hizo en ambas ocasiones. Me pidió que la entendiera: no había sido ella misma en esos momentos. La primera vez, lo que le pasaba estaba comenzando y la hacía sentir miedo y estar alterada.
¿Y la segunda vez? Estaba comenzado a extendérsele a su otro lado. Lo que menos necesitaba entonces era a alguien del trabajo que se acercara demasiado y lo descubriera. Ahora era diferente. Se sentía mucho mejor. ¿Podía yo notarlo?
El cambio era evidente. Había recuperado tanto fulgor que casi no se notaba que el lado que antes respiraba había dejado de hacerlo, perdido firmeza y comenzado a oler a carne en descomposición.
Como la noté feliz, le pregunté cómo lo había logrado. Dijo que había comido algunas cosas, bebido otras tantas, pero más que todo le había ayudado vivir con la mujer que la recibió cuando se quedó sin hogar. Le gustaría presentármela. Era una anciana que le cobraba renta sólo a su parte animada y le ayudaba a bañar y a peinar a la parte que había creído muerta. Creía que la había traído de regreso a fuerza de ponerle flores a los pies y susurrarle algo como rezos o como canciones durante varias noches, mientras dormía, hasta que, un día, esa parte comenzó a sonreír y vivir sin que ella se diera cuenta. Sólo sintió algo así como un hormigueo en la cabeza que, de a poco, se convirtió en espasmos en el torso y luego en tirones casi eléctricos al nivel de las piernas.
Al principio pensó que estaba llegando al final de todo porque la respiración a la que estaba acostumbrada le fue cambiando, perdió visión con el ojo que antes le funcionaba y dejó de poder mover la mano de ese lado. Pero, no. Estaba ahí. Espléndida. Había dejado la compañía y conseguido un mejor empleo. Estaba alegre y lista para lo que viniera. ¿Quería intentarlo ahora?
¿Intentar qué?
No era tanto que tuviera a alguien más en mi vida y estuviera pensando en formar una familia, sino que ella ya no era la persona que yo había querido tener al lado. No era porque ahora estuviera deslumbrante, sino que lo estaba del lado equivocado. Le dije que no quería que me malinterpretara, que me alegraba que se sintiera mejor, pero eso era todo. Yo seguía trabajando para la compañía a la que ella estaba insultando y le pedía que nos respetara.
Desde Cuba, la poeta Jamila M. Ríos reflexiona sobre el sitio que ocupa su isla natal en el mapa americano. Si hay quienes viajan para «conocer su geografía» y quienes lo hacen para «perder países», según el dictum pessoa-vilamatiano, Jamila recorre aquí su propia escritura para trazar un mapa donde el centro está en todas partes, y cualquier verso puede ser una isla.
I
Mar afuera. Tierra adentro. Insular. Continental. Lengua de tierra. Tierra firme… Determinaciones en que la voz subraya un lugar de enunciación, una disparidad. Aunque entre glocalización y migraciones (de m/patria-lengua-cuerpo-imaginario), dizque giramos desasidos; mientras otros se desmarcan transfronterizos para discursar de América, ¿por qué soy llamada yo, en mi Cuba a la deriva? ¿Será que localizada (isla adentro im-presa), hay una mar-ca de salitre que en la voz impregnan el mar y los altos malecones?
Me anonado, mas me ganan el continente y un trasunto de orgullo nacional… Aprieto el lápiz. Si es cierto que Cuba es, o parece (en el microscopio de cubanólogos, cubafóbicos y cubafílicos): una isla (geográfica) dentro de una isla (política) dentro de una isla (social) dentro de otra isla (utópica) que estaría fuera de…, ¿es ese mi centro, literalmente, de gravedad? ¿Estoy-soy un islote de escrivencias amardazado?
Parto la punta, mordisqueo la goma, hago un borrón. Acometo en mi menor no la escritura desde sino de mi cayerío (cachaza de archipiélago). ¿Zona de playa, pues, y dienteperro y ciénaga y solazo y contra-viento-y-marea? ¿Y monte arribabajo, cañaveral y guardarraya, pal-mar, mar-abuzal? ¿Cómo rehuir estereotipos si soy por una etiqueta (#cubana de Cuba) con-minada? Pero, ¿mis trabajos y mis días de Huecos de araña a Primaveras cortadas a Anémona a «País de la siguaraya» no son un recorrido de des-tierro a la matriz? Migraciones, reencarnaciones. Vado y crecida espiritual. Regresando con ellos me recuento insular…
II
Con Huecos de araña (2009), los agujeros del patio de mis abuelos se propagaron como determinaciones: sexo-género-lenguacuerpo-familia-afinidades-boca y país amante. Bordeándolos con vértigo, sin sembrarme ni caer, me pinté desligada del hierro de la res. En «Disidencia», la rebeldía es clara: «Si pudiéramos tener otra muerte/ desmarcarnos/ escoger otro modo de llegar// ya nos han dicho que cada cual es el resultado/ pero haber podido tener otros padres/ otra tierra en circunstancia/ otra podrida mueca al levantarnos// […] cuando rompa la luz no vayas a perder esa única puerta/ de voltear tu blasfemia hacia la llaga/ injuriar tus raíces/ los marbetes en la piel/ la sangre de los muertos que te tocara en suerte» (2009: 55). La resonancia del Virgilio Piñera de «La isla en peso» (y su «agua por todas partes») va del mar al terruño y vuelve en «Campo de amapolas en Hatia». Unas fotos (mi abuelo en Holguín, 1942, en un trabajo voluntario por «la derrota de Hitler»; mi padre en la urss, 1989, avistando monumentos de la Segunda Guerra Mundial: la colina de la victoria, la estatua del abuelo) me instan a recrear ese reticulado donde descansarían (confundidas por mí) las urnas con tierra de 614 aldeas soviéticas destruidas por Alemania: un de(s)rrame que relativiza la veneración por el suelo patrio. La maldición del archipiélago es reasumida como ansia al ver en otra «demasiada hambre de costa»; y es al fin dádiva: «los aislados no sabemos calcular palmo a palmo (de paño) el privilegio del mar/ de la carencia/ no conocemos el grito la incertidumbre del agua —por ninguna parte el ahogo del círculo—/ pequeña muerte lo llaman: al síndrome de las fronteras al estigma de su estrechez acorralando». Al cierre, entre inversiones brota la ahogadura del mar adentro; concentrada en ser yo la nieta que acune al abuelo, percibo: «mis venas han enflaquecido encanecido/ han ido secándose como un lago cercado como una mar negro o rojo extirpado de fondo/ en una amputación definitiva» (2009: 65). Si tal alusión respondía más a la fascinación por los mares interiores continentales y a dibujar el debilitamiento de las herencias, es innegable que el paso del océano (su tachadura) puede rastrearse.
En «P(ie)lagada» la amenaza cruza el aire: «Una isla es un estrecho en tajo/ la gente se arremolina a sus costados a saborear el infinito/ la peor enfermedad de sus habitantes/ sobreviene cuando añoran volar» (2009: 68); y en «Noria» la alegoría naturaliza la emigración (y su nost-algia) con el ciclo de ida y vuelta de las aves: «Algo inquietante se tiende sobre el pájaro / hiende su carne blanda / muerde en el agua de su canto. / Un ala se alza y otra y otra / se les oye llamarse a cada uno por su muerte. / […] Las bocas curvas y duras son estiradas hacia arriba con una mueca de dolor […] Hay un silbido inexplicable reptando en el fondo de sus cuerpos de armiño/ […] Las patas se niegan a estar pegadas a la costa/ la arena tampoco alcanza a sostenerlas:/ […] sobre la espalda el misterioso ciclo de la tierra» (2009: 60-61). Esa melancolía de la vuelta al hogar se desarma en Anémona (2013), al hibridar el Caribe con «Caribdis»: «la isla dragada y bojeada/ masticando moliéndonos/ hasta s/vaciarnos/ de recuerdos/ los huesos» es monstruo «que nos deja zombis», y que regula al yo en sus circunstancias: «La patria […] c/pulpa jaula corsé:/ el terco buey de su pe/aso/ coartando el reír/ el hablar/ el dimequé-hay del caminar/ la puñalada y la caricia». Enemigos del yugo, cuerpo y querer se encabritan contra esa «isla (a)pegada al corazón/ como hez a la suela del zapato/ caracola metida en los oídos:/ tambor del mar/ ululando/ entre la vaharada del sol…», castigándola con el desmoronamiento de su imperio: «Quién creería que al regresar a las caletas/ sería solo tu cuerpecito roto de libélula/ :/ su/ cru-/ ji-/ do» (2013: 51-52).
Disentir de país y familia varía su brújula al desembocar en la capital: «Emigro. Hay algo ahí con la desposesión:/ raíces sin tener dónde agarrar./ […] Mi padre y mi madre./ Vienen descoronados./ Por ver si pongo un huevo/ apretujo mis raíces en un hueco de araña y/ asegurándolas con caca y con saliva/ les prometo crecer.// […] Padres/ los he traído a La Vana/ traigo también la cabeza descubierta/ la postal de esta ciudad/ […] no se va a sostener dentro de mí/ allá está el oro de mis pies/ recuerdos nítidos que puedo sin equivocarme repasar/ […] (IrakEgiptoBaguaníSanctispíritusCanadáMadridChecoslovaquiaHolguín Rusias de mi cabeza)./ Parpadeo/ cierro los ojos enrollada en mis raíces como en un velo denso/ para dormir y regresar» (2009: 69, 72). Así, la cepa arrancada se trasmuta en cielo protector, y el cuerpo (pájaro aovado) sueña que recomienza su ciclo.
La inmovilidad familiar y sus tentáculos perennifolios resurgen en Primaveras cortadas (2011). Concentrada en mudanzas y despedidas, la sección «Anatopia» suscribe (en intercambiable archipiélago) los reclamos filiales. En «Hanami», la hija, vista al cielo, a punto de man/rcharse (¿alzando el vuelo?) con un (cieno) desconocido, es dibujada taciturna: «¿qué fuiste a buscar entre las ramas/ más allá de las islas del Japón?», ignorando que su tierra es su «columna vertebral» y que el cerezo de su pie «quedará unido a [su] tobillo-por infinitos pedúnculos de seda» contra toda poción del olvido (2011: 69). En «Sakurazensen», so pena de ir de boca en boca como guisante de sangre, piden al hijo no partir a la guerra… hasta el deshielo: «No vayas lejos a contemplar el mar de leva/ quédate en Okinawa// qué suave mece/ el ondulante rosa del cerezo» (2011: 70), como si ese florecimiento sobre las islas lo pudiera detener, de camino a la muerte. Los vástagos encarnan, otra vez, ese disentir de lo heredado.
Con dejo ensayístico, «Hojarasca» trenza la pesadilla de La isla que se repite de Antonio Benítez Rojo. Las hojas-islas, «infinita[s] como un eco», y su blandura «bajo el pie» (2009: 48) confirman la subalternidad del retratado: «femenino/ negro/ joven/ caribeño» —como dirá «El código binario explicado a los niños» (2013: 45-46). A la sazón, «Hojarasca» —en «Cuerpo de reina»— se refiere sólo a dos, sin obviar el continente (ni su antípoda): «América el otro opuesto a Europa/ o Europa dibujándose sobre un campo de rizomas/ contra el Lejanoriente impenetrable/ contra el Cercanoriente irracional/ el Caribe bahína conquistada/ la mujer el otro/ ambas inasibles desiguales sobretodos en su humedad calibán, caribe, caribú» (2009: 47-48). Pespuntea la inclinación a explorar las relaciones mujer-líquido, y el desprendimiento de lo patriarcal por la isla al pairo (ríos de otro libro-ambiente-paisaje: Anémona). Zahieren las memorias del (sub)desarrollo y del bello sexo, su tributo a la entronización: «La mujer como un agua se desborda se desangra en partar modernidad/ […] hongos, islas de corcho, islas sonantes, islas solamente sostenidas por los corales/ que van entrando dolorosos en el mar» (2009: 48). Esa conexión in(di)soluta con los piélagos retorna en «Tragaluz», panorama donde la isla (chupadora-trepa[na]dora-carnívora —como acuso en «Caribdis»—) es asaltada por otra hojarasca (foránea, disímil), mientras devuelve oleadas de oriflamas. Así, la Plaza de la Revolución, de míticos discursos y manifestaciones, dominada por el Memorial José Martí que el populus llama la raspadura[1] (estrella que desde arriba semeja una lucerna), se embrolla en un mar picado (azul-blanco-rojo, rojinegro, verdeolivo), uniforme como la sola voz desplegada por el país, al irradiar su ideología. La tensión trema como un pendón de guerra a la intemperie, anunciando el peligro: «Rumorean/ que la hojarasca entra despacio por la tierra/ si se apagan de noche las banderas./ (Particularmente he pedido un intermezzo;/ no quiero alentar la fácil respuesta que soñé o he visto ayer en mi ventana:/ el viento cortaba a contraluz/ y andanadas tricolor, enrojecidas,/ se combaban entrando por el mar.)» (2009: 17).
Mis simbologías en torno al caguayo-isla (distanciamiento, feminidad, expropiación) se afilian a corrientes descolonizadoras consabidas (un rizoma ya árbol). Tales esencialismos aprovecharán a la liberación de letra y ego, al apostar por la «Hungulación y [las] bondades de la anémona»: «Una escritura que persigue la descentración, lo inefable. De ahí la isla, su espejismo, y la persistencia en ser una balsa de hojas secas, una barcaza hacia el país del sol, o una banquisa defendida por los hielos. De ahí el estrecho cortado: un deseo de ligereza que tampoco puede alcanzarse —como el goce. Cebada en su aligeramiento, la mujer casquivana […] desconectado el cerebro hasta límites inexplorables […] que lleguen por fin a generar paz» (2013: 98). Por esa vía de emancipación, la soledad del yo «descoronado» (ya en «Langustia», 2009) y el apego a la juventud se habían enhebrado a lo insular en Primaveras… Tras el florilegio de escritoras suicidas segadas y congeladas («Utopia»), tras revoluciones y amores abortados («Ectopia»), coronando lo familiar, sella el poemario «Islarmadillo», hibridación que calma un par de anhelos. Entre el campo de islas, el tatuaje de mi antebrazo, antídoto contra dependencias: «Hay una isla fugando/ imitativa/ isla girándula:/ […] el armadillo gordo como un cerdo/ que baja/ por galerías en la tierra/ su cueva en espiral como sus huesos/ —un hueco redondo, un huevo—/ es su blasón en la corteza./ […] La cópula […]/ solo el esfuerzo de un suave tirón/ de carne/ trunca.// Bajo la luz ultravioleta/ que ennegrece la plata/ mirándose en las aguas de lavanda/ quién pudiera pescar la joya blanca de la primavera» (2011: 71-72). Y la metamorfosis se agiganta cuando me sueño, fallida y sucesivamente: anemonarmadillo, hongo…, contra las ca/ondenas del amor. Ineficaz en lo reproductivo, la mutación sirve a la obsesión por mudar de espacio, incluso arrejuntada: «El cangrejo ermitaño a veces fija una anémona sobre su caparazón. Y algunas anémonas se convierten en parásitas de ciertas especies de medusas. La decisión de anemonarse antes de hungular […] permite este lujo de diáspora […], esta vocación de archipiélago que […] deja escoger […] su mascarón de proa al vagab/mundo”. Aún más radical es transformarse en el «hongo talofítico (como el sargazo)», que asegura la perennidad al proliferar en materias orgánicas descompuestas (2013: 100-101).
Luego la insularidad se abre al hongo en «Hueso, surco y dinamita» para pelear contra el «imaginario» y vivir «sin tanta ansia por el o(t)ro», sin vigilar «boquiabierto […]/ lo que entra y sale por los puertos». «Mutar [pues] del archipiélago/ al país intramontano…/ de la cárcel de agua/ —fondo de útero y de ojo/ de huracán—/ al territorio entrerríos/ centro de firmes/ […] con fronteras por toda playa» (2013: 55-56). Si «Fur(n)ia» asume la diferencia femenina como surplus de la escritura: «Lecho de arena y concha para ser des(h)ollado. Playa, puerto, embarcadero, varadero, abrevadero, aliviadero, bebedero» (2013: 6), en cambio, aquí todo es insurrección: «Desabriga/ desarma el ser ahogado en amnios./ No seas más bahía penetrada» (2013: 56). Pariendo hábitats por normalizar la otredad y liberar el pensamiento de moldes contextuales, se conjura un aluvión: raíces, tentáculos, puentes, pedraplenes, chinampas, telar de «araña que zurce con cien patas/ híbrido de catapulta y tiovivo», musgo, alga y hongo por fin: «Así empenachado/ no habrá ecosistema que se te resista. Una lengua/ un cerebro crecido/ en forma de liquen/ es de una imaginación incomparable» (2013: 60).
Existen además metamorfosis insulares levemente piñerianas (mas huérfanas de humor), como esas en que me niego a ser «isla encallada/ el tronco hundido entre dos placas que emergen/ para formar en el brote una ilusión de continente», y me prefiero velero que surca las aguas-malas, amansadas como cocuyos («Me han visitado marineros», 2013: 17), aunque otras me pregunten por la (in)utilidad del desarraigo: «Seca la rosa náutica/ […] ¿qué goce/ halla una isla-navío sin gobernalle/ aleteando/ coleteando a la deriva/ arrancada del agua?» («Sin gobernalle», 2013: 48). Herida de medusa, la huella de isla se repite, ya convertida en balsa-mujer, en las muertes de Ofelia («Yo sé la infinitud del Psalterio de Utrech», 2009) y Alejandra Pizarnik («1936-1972/ Grand Prismatic Spring», 2011), o «En la botadura de mi plataforma insular», al reunirnos a «proyectar el vaciamiento gozoso de la tierra/ que agarra este cayerío por el moño/ [… para] inaugurar nuestros b(ill)ares/ […] en la huerta de los cala-mares/ entre la arena ya suelta del fara(ll)ón» (2013: 64), sino en el cruce «a nado [d]el Mar de los Sargazos» de un pez sin bicicleta que practica en el mangle «su propia rebelión» (2013: 46). El amnios evoca el mar: en el formol donde floto, de niña y coloreada («Hermosas patologías de cuello», 2013); y en la serenidad de que «Al fin […] y al cabo todo es agua», como ese líquido «en que dormimos sin mirar» (2013: 95)… Entremezclados el mundo y el yo, el océano y sus islas, juego a ser cosmos recreándolos, y «escupo un mar y un archipiélago:/ flores sanguinolentas consteladas/ […] estrellas expandidas por el agua/ […] tiovivos de risa» («La nebulosa de Andrómeda», 2013: 73).
En el confín del viaje, barril y barrilete, de pleamar a bajamar, los vientos me posan bamboleante en tierra, un poquitico ebria de mí. Mañana volveré país(aje) adentro: a esas acuarelas donde recorro la Isla saltando la suiza entre pita y ola. Mas hoy la reencarnación asoma su cresta y Cuba juega a incorporarme a su tierral, hasta la próxima vendimia: «Pa(r)ís de la siguaraya. Quietecita en tu raíz, dando rueda por tu vientre, envuelta en periódicos […], recorriendo tus campos promisorios, me desvelo todavía, esperando ser talada. Si me quedo al fin dormida, si me dejo engullir, dime (en) qué floreceré. ¿Alcohol de madera, raspadura, panqué, gordos de leche, hojas de papel manufacturado, estantes pequeñitos de bagazo?» («Ánimas-Mayabeque», 2012: 49).
[1] Dulce que se prepara a partir de la solidificación de la melaza, extraída luego de procesar la caña de azúcar (N. de la A.)
*Textos de la autora referidos en el texto: Huecos de araña. La Habana: Ediciones Unión, 2009; Primaveras cortadas. Proyecto Literal: México D.F., 2011; Del corazón de la col y otras mentiras. La Habana: Sureditores, 2013; Anémona. Santa Clara: Sed de Belleza, 2013; «País de la siguaraya». La Gaceta de Cuba, julioagosto de 2012.
Imagen de: http://libroseligetupropiaaventura.com/
Existe una sensación de fin de época que se vuelve más evidente en la medida en la que los números lo hacen tangible. Técnicamente cada día estamos más cerca de la muerte, pero el camino está lleno de finales provisionales, de ciclos que terminan y exigen miradas en retrospectiva. Conocí a alguien que cumplía años el 31 de diciembre y era capaz de voltear al año que terminaba para mirar también un año completo de vida. Siempre envidié esa perspectiva completa del año biológico a la par del calendario.
Los inicios marcan también los finales. Los años, como el final de un libro, se anuncian desde que empiezan. Un terror nos invade por la expectativa que generan los días que prosiguen, junto con la falta de rendimiento o la mediocridad del que se queda atrás. Las transiciones se complejizan porque son la bisagra entre la esperanza de lo que sucederá y los “resultados” de una esperanza previa, quizá muerta o no concretada para este punto.
Nuestras vidas y acciones son un cúmulo de posibilidades que se potencializan con los números, la llegada de finales, las metas y los deadlines. Vivimos para los desenlaces, para que las historias terminen de contarse. Nos quedamos en la sala para ver la palabra “fin” en la pantalla, para tener perspectivas completas. Sin embargo, hay finales alternativos, existe la posibilidad de pensar que eso que creíamos un final realmente no lo era y puede cambiar. Esta idea fue llevada al límite con Elige tu propia aventura, una serie de libros, publicados originalmente en inglés, pero traducidos al español a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Sus 90 títulos circularon por España y América Latina durante varios años.
Estas publicaciones, sin ser una novedad en el tema, plantearon la posibilidad de que una historia tuviera más de un final. A lo largo de las páginas el lector podía tomar una serie de decisiones que modificarían el rumbo del personaje. La lectura se convertía entonces en una serie de elecciones consecutivas y no un asunto lineal. Esta libertad, a pesar de estar limitada a cierto número de opciones, configuraba un juego subversivo pues otorgaba al niño lector un campo único de libertad. A pesar de que los finales existían, quien leía tenía la posibilidad de llegar a ellos más tarde o por otras vías. Las historias Elige tu propia aventura no tienen pretensiones en el sentido estilístico, pero sí propuesta de independencia para el lector, una independencia que pocas veces existe en el mundo infantil.
Por otro lado, las sagas, junto con los libros y la televisión en serie, proponen también ideas alternativas en torno a los finales. Estas narraciones de larga duración, con pausas largas y con certezas provisionales significan otra forma de consumir historias. Sugieren miradas largas y profundas sobre ciertos aspectos y fugaces sobre otros. Son formas de terminar y cerrar ciertas tramas sin que el verdadero final se manifieste. Tranquilizan las ansias del lector/espectador al tiempo que le prometen que hay un poco más. Mientras tanto, en nuestra vida pocas veces tenemos el control de los desenlaces propios. Cada vez que creemos que ha llegado un fin de época o que hay temas cerrados, algunas señales o eventos demuestran lo contrario. Sin embargo, el fin de un calendario y el paso de los meses nos dan la oportunidad de parar para mirar hacia atrás, hacer un inventario de experiencias y pensar en el futuro, uno peor o mejor. Quizá la vida se parezca más a Elige tu propia aventura que a las novelas tradicionales, pues se trata más de tomar de decisiones que de poner puntos finales o bajar telones.
¿Hay espacio en la violenta rutina de un sicario para las mujeres distintas, las que no lo llaman “Ponchito” y no mueren por enviarle fotos de los pies al escote?, se pregunta Aniela Rodríguez, en este cuento que forma parte de la antología Once navajas: narradores al filo de los treinta, disponible gratuitamente en nuestra web.
Podría haber sido una mujer cualquiera, como siempre, como todos los días, pero había sido la Güera, y esa mujer dolía más que todas. Uno no se enamora de un día para otro, hacen falta más ganas de morirse de hambre o de pegarse un tiro. Tú sabes. Lo que pasa es que al Alfonso le gustaba la mala vida. No era capaz de meterse en sus propios problemas y tenía que andar embarrando a otros. Le gustaba jugar sucio. Pinche maricón, ¿que no podía hacer el jale él solo? La verdad era que no. Alfonso era, como dicen, un pocos güevos.
Ella se llamaba Mercedes. El Poncho no tenía idea porque nunca se le había ocurrido preguntarle el nombre. Desde el primer día se lanzó directo y comenzó su chamba. No pensó en decirle cuántas morras habían ido a parar a la forense por su culpa, troceadas en cachitos o enmadejadas en negras bolsas de basura. Con la Güera era distinto; aunque en el fondo sabía que iba a terminar mandándola al matadero, la sangre se le hacía de hielo cada vez que la veía. No era como aquellas que a cada rato se empeñaban en enviarle fotos del tacón al escote. La Güera no tenía esa gracia, era distinta. No la quería por bonita ni por bragada, sino todo lo contrario. Y en una de ésas, imaginaba, ella también podía quererlo a él.
La había visto un día de aquellos en los que iba a la plaza Merino a bolearse las botas: ella había salido de una de esas tienduchas que huelen a plástico rancio, donde la gente entra y sale sin saber qué quiere. Llevaba amarrado el delantal azul, y en la cara, una sonrisa que se leparecía más bien a una naranja. Se presentó, primero, como el Poncho: así le decía la raza, nunca se había puesto a pensar en eso hasta que la Güera paladeó todas sus vocales. Alfonso, le dijo. Nunca antes le había sabido tan a gusto su nombre, como si estuviera pidiendo tres kilos de tortillas o haciéndole la parada al camión. Alfonso, te llamas, y él dijo que sí a todo.
No sabía mucho de ella. Se la había llevado para su casa unos días después a punta de palabrejas y cariños. Se la ganó con regalos tontos: una esclava dorada que hacía juego con los aretes, dos arreglos de rosas en la puerta de su casa. Una vez le llevó mariachi y ella pa’ pronto fue a callarlo. La mamá no se había dado cuenta que estaba saliendo con un bato de ese cale; había quienes los odiaban y para otros tantos eran algo así como supermanes de la nueva era. Quién sabe. En fin, lo único que sabía hacer Alfonso era tirar verbo. Era un pinche maestro de la palabra y sabía jugar las cartas a su favor. Por eso no se lo habían quebrado todavía: era precavido, a veces ni siquiera se ensuciaba las manos para sacar una chamba. Así había sido, y estaba escrito que así fuera.
Al principio no sabía bien a bien cuánto iba a quererla, sólo tenía claro que no quería verla en el titular del periódico por su culpa. Pero cuando se dio cuenta de eso, ya era muy tarde. Si no era la Güera iba a ser cualquiera de esas morras, que al final siempre terminaban con el corazón hecho gajos y la cabeza reventada a plomazos. Él hacía el trabajo limpio, ellas se ensuciaban lo necesario. No tenía nada de raro hasta que llegó ella a cambiarlo todo. Si se había enamorado o no, las cosas eran así. Alfonso estaba ahí, enterito, ¿qué sabía de esa pinche vieja que pudiera dolerle tanto? Nada más acuérdate, le había dicho su compa, que hay agujeros que no cierran ni con una cosida.
Y entonces en el silencio, Alfonso aprovechó para recordar que nunca había querido de esa forma. Acuérdate que lo de ella es un hoyo más en el camposanto.
Un matón de poca monta como Alfonso conoce a detalle cómo hay que tratar a la muerte cuando se la tiene en la cara, y ésa era una de esas veces. El Júnior era uno de los pesados. Se llamaba así porque su papá le había heredado la plaza y con él empezó un legado de tortura y cabezas desparramadas en los cruceros. Al Júnior había que tenerlo contento o empezaba a ponerse fiera la cosa. Todos ahí lo sabían. El encargo consistía en llevarle un dinerito para que se quedara a gusto un rato. A Alfonso se le daban bien esas cosas. Lo habían metido de sicario hacía unos años por dos mil varos a la semana, pero salió talentoso. Sabía hacer su jale sin dejar rastro, y eso vale más que cualquier cosa en este infierno de mierda. Se encargaba de hablarle bonito a las muchachas que conocía en cantinas de poca monta o en las plazas. Sabe Dios cómo le hacía para ponerlas a tono, pero después de un tiempo, todas estaban dispuestas a hacer un trabajo rápido a cambio de un poco de dinero, o la promesa de un amor que nunca se correspondía.
Cuando Alfonso se lo pidió, la Güera sintió una especie de chicharra revoloteándole en las tripas. A lo mejor no quería hacerlo y su intención no era mandarla al matadero, pero ya ves: vivimos en un pinche mundo de ratas. Hay que tragarse la tristeza y apretarse un güevo, o es a ti al que se quiebran; en menos de lo que piensas, plaf, ya tienes a un cabrón apuntándote con un cuerno de chivo. Te salvas tú y se ponchan al que sigue, no hay más. Por eso las cruces y los santitos en la cartera: uno espera vivir más de treinta años, pero sabe que eso es imposible, es querer pasarse de listo. La historia la conoces de pies a cabeza: le dicen el tiro de gracia y tiene de todo menos chiste. Hay unos que se creen ese cuento de que los va a sacar de pobres. Son esos pendejos los que merecen el hoyo en la frente.
La cosa era bien simple: la Güera llevaría el paquete escondido en la barriga. Tendría que ir muy calladita, como si fuera una de esas muchachas arrepentidas que van a la iglesia a confesar sus pecados. De ahí se sacaría los billetes sin decir una palabra, para entregárselos al cabrón aquel y pelarse a la chingada. Lo habían hecho un chingo de veces con otras morras, a las que Alfonso nunca había mirado más que como lo que eran, un puño de mulas cualquiera. La mayoría venía de las maquilas, de colonias lejanas, donde los cerros ya están pelones y el cielo se ve transparente. Nadie las obligaba a quedarse con él; sólo en la tumba, cuando ya estaban bien tronadas, comenzaban a arrepentirse por haberse metido con un pendejo como Alfonso.
Cuando a uno le cuentan la historia de alguien que se va a morir, lo primero que pasa es que se le oprime el pecho y le entran unas cosquillas que no se sienten como las de a de veras. Lo normal, en estos casos, es voltear la página y aguantarse la náusea que le provoca a uno escuchar la palabra muerte. El Poncho no era normal, lo habían hecho a palos. Con los años lo único que hizo fue ponerse necio, se fajó una pistola y lo demás ya no tiene caso ni repetirlo: lo había hecho semana tras semana con tal de evitar el destino que se merecía. A final de cuentas, era un hijo de puta, por más corazón que tuviera, y los hijos de puta vienen al mundo con un chingo de suerte.
Pero ya ni llorar es bueno.
La Güera se había puesto una falda ancha para que no se le notara el bulto. Tenía fe en sus tres santos a los que les rezaba todos los días antes de salir de casa. No era suficiente, ni para ella ni para el montón de pocos güevos que andaban en esas cosas. Uno siempre se queda a medio camino, le hacen falta más escapularios y estampitas, nunca entiende cómo terminó perforado, hasta el tope de balas. Andaba bien nerviosa, se le notaba en la forma de arrastrar los pies. Estaba intentando esconderlo, de verdad que lo hacía: en esta vida para qué quiere uno ser gata cuando puede ser perra, lo había escuchado entre las del trabajo, y como un credo se lo venía repitiendo, no porque fuera esa clase de muchacha, sino porque ahora, justo en aquel instante, más le valdría serlo.
El pinche Júnior ya le había marcado las reglas desde hacía mucho. La entrega sería rápida, y nadie más podría enterarse, eso era un pedo entre ellos. Total, que a fin de cuentas aceptó que fuera una morra la que le llevara el paquete, ya sabía cómo se las gastaba el Poncho con esos asuntos. Se verían en la iglesia de San Francisco, él la estaría esperando en el segundo reclinatorio del lado derecho. El Júnior sólo hizo una advertencia: si alguien más se metía en este pedo, todo valía madres. Y Alfonso bien sabía que hablaba en serio.
Total, que dejó a la Güera unas calles antes, cuidando que no se le fuera a caer el montón de billetes. Le dio la bendición, cuídese mucho, mi Güera, que aquí la voy a estar esperando. Era un jueves de treintaitrés grados. Alfonso se quedó en la camioneta esperando que la mujer hiciera su trabajo y se regresara. Pensó que en una de esas, si salía de aquel chingadazo, la sacaba de trabajar de esa pinche tienda maloliente y le ponía una casita como dios manda. Se metió la mano a la bolsa y se echó un padrenuestro, esperando que la Güera fuera un garbanzo de a libra, ¿o cómo se dice?
La Güera iba sin rumbo. Había pasado toda su vida sorteando esas calles, ¿por qué chingados no se acordaba qué calle tomar para llegar a San Francisco? Dio vuelta por el hospital de la Trini, pero se acordó que por ahí no era y se puso todavía más nerviosa. Puta madre, Alfonso. Delante de ella iban dos viejos tomados de la mano. Trató de ir más rápido, intentó pasarlos, y luego se le metieron en el camino unos pinches gringos con la pura pinta de yonquis; iban bien pasados, ella ya conocía esos ojos inyectados de sangre de tanto verlos por la colonia, los tenía guardados para recordar lo que es la muerte. Si serás taruga, Güera. Claro que tuvo miedo, pero no era un miedo cualquiera. Reparó en que aquella punzada en las costillas ya la había tenido muchas veces antes, cuando pensaba en Alfonso, cuando lo veía acercarse lentamente por la plaza, esperando a que entrara y le plantara un beso en la mejilla y para entonces todos los malos recuerdos dejaban de ser culpa de nadie y pertenecían, como la mayoría de las cosas, al desastroso reino de lo infame.
El Júnior andaba hasta la madre, reventado en coca y apestando a cantina barata. La Güera supo que era él nada más verlo: la camisa desfajada y una enorme barriga colgando abajo del cinturón, ¿quién más podía ser? Le temblaron las manos; había recordado cuánto le gustaban esos zapatos y esa falda y tuvo la nostalgia que le da a uno de todas las cosas que no había hecho. Se acordó, por ejemplo, que un día había visto en la tele un filete de salmón muy grande y gordo, y entonces quiso correr y sacarse de la barriga el bulto y decirle al pendejo aquel que tuviera su pinche paquete y se pelara, porque a ella todavía le daba la gana probar el salmón aunque fuera en anafre. Pero no le dio tiempo de hacer todo lo que quería. Sintió el fajo de billetes rozándole la piel y pensó que mal que bien, se había convertido en una baratija, que Alfonso quizá ni siquiera la quería tanto. Luego se acordó que tenía que apechugar y ponerse dura, y empezó a contar hasta diez, para ver si así se le quitaba la temblorina antes de que el Júnior la viera.
Pero no pudo. Cuando iba ya en el siete y medio, de atrás le llegó el rumor de una pesada mano en el hombro. ¿Quihubo, mi Güera?, ¿qué andas haciendo por acá? Ella lo reconoció de volada. Era el Javi, un cabrón que vivía a cinco casas de la suya, y que desde hacía mucho la traía entre ceja y ceja. El Javi le lanzó un chingo de preguntas sin sentido, para ver si así lograba sacarla a dar la vuelta, uno de esos días. La Güera contestó con monosílabos, esperando que no fueran a escucharla. Quiso callar al Javi, pero él no se dio cuenta del pedo en el que se estaba metiendo. ¿Cuándo se deja ver por la casa, reina? Ya le hace falta una podada a las plantitas, y usté re bien que las trata, hasta se ponen contentas nomás de verla llegar. Y la Güera, podrida del susto, le tapó la boca.
Todavía era temprano. Las campanadas habían anunciado las diez hacía pocos minutos. El Javi le quitó la mano, se echó a carcajadas, ¿pues qué se trae entre manos, reina? No me diga que ya tiene galán, a ver, ¿quién es el chingón? ¿No me lo va a presentar? La Güera no dijo nada. Supo, en menos de un instante, que su suerte ya estaba echada. No es cierto eso que dicen que la película de tu vida pasa frente a ti cuando estás a punto de morirte. Lo único que sucede es que te entra un piquete frío por las venas, como si te hubieras dado un mal chute con la aguja equivocada. Se te para el mundo. Todo se vuelve de cera, y lo que sientes es un chingo de frío. La Güera supo que no tenía más que perder. El salmón era lo que más le podía de todo. Pinche Alfonso. Ahí comprendió que ya no había más remedio, y se entregó completa.
No se escucharon más que tres, cuatro, siete golpes de bala que hicieron eco por las cúpulas y llevaron el secreto a los lavacoches y vendedores de cigarros. A la Güera le tocaron seis, repartidos por todo el cuerpo, por querer pasarse de lista. El Javi se llevó uno directo en la nuca, que lo tumbó al momento y lo convirtió en una de esas fotografías que salen de portada en la policiaca. El Júnior le pasó por encima a la mujer, no sin antes meterle la mano entre las piernas para sacar los billetes. Ella gimió una última vez. Luego se le desinfló el pecho y se quedó boquiabierta, como esperando la hostia que la salvara de ese infierno.
La Güera no sabía que no iba a volver a hacer esas cosas que disfrutaba tanto, como ir a comprar la fruta los viernes al tianguis de la Virgen, cuando las marchantas partían en ocho gajos una toronja para dejar orear la carne viva. No tenía idea; de haberlo sabido no se hubiera puesto tan chula esa tarde, a sabiendas que los zapatos se le iban a quedar todos manchados de sangre, y del sudor y de los gritos de la gente que llegaba por montones, queriendo tapar los hoyos de las balas. Pero era injusto y era innecesario, y era también una pérdida de tiempo: por los seis agujeros, a la Güera se le había escapado todo eso que llaman alma.
No hubo más. Por los ribetes de la falda se le estampó un río de sangre que ya nadie pudo volver a poner en su sitio. Alfonso supo que no iba a regresar, como todas a las que cada tanto mandaba a chingar a su madre. También es mentira eso de que uno debe seguir la luz al final del túnel: lo único que pasa es que alguien baja la luz y de repente no hay nada más que eso, un cuarto muy oscuro en el que no tiene sentido ni perderse ni buscar la salida. Estás jodido. Te dije, pinche Poncho, que conmigo no se juega, escribió el Júnior. El mensaje llegó a su celular pocos minutos después de las balas, cuando todavía tenía fuerzas para seguir rezando. Alfonso se quedó mirándolo por unos minutos. Pero ya ni llorar es bueno, se dijo; estrelló en la banqueta el teléfono y arrancó la camioneta rumbo a casa.