Esto es de celebrarse. Esto es como la punta del iceberg que se extiende, tal vez, hasta el fondo de la tierra que descansa en lo profundo. Exploré y me encontré con más. Más todo. Con senderos que se abren.a través de cualquier elemento que se interponga. Rompen piedras, abren océanos. Poco a poco, pero cómo sería de otra forma. Algo se aproxima. Una ola. Digital pero bien palpable. Y contundente. Ya viene; desde aquí se divisa el triunfo de la narrativa gráfica mexicana.
Tuvo que ser a través del webcómic. Tuvo que ser así porque el mercado no lo permitía. Quién iba a comprar cosas hechas por mexicanos. Quién en México iba a leer historias de gente joven, historias que no se llevan al cine. Aún. Quién. Muchos. La plataforma digital también nos ha dado estas certezas. No son millones pero ya cientos de miles los lectores que buscan a los autores mexicanos. Y los encuentran porque en el internet todos estamos al mismo tiempo, en el mismo lugar. En el espacio infinito, todas las narraciones y las artes caben. E importan. Ya no nos tenemos que preocupar por la gran Historia, por la épica que redima al pueblo. Porque ahora es el tiempo de las historias. Así, con minúscula. Es necesario. Es una liberación. Es parte del proceso durísimo que ha tenido este país para que se empiece a leer y escribir e ilustrar narrativa gráfica de calidad. La ha habido antes, no podemos olvidarla, pero no tal vez con la apertura, solidez y consistencia de ahora. El cómic de autor ya no es el que hacen sólo un par en todo el país. Está cambiando. Mudando. Y ahora está el webcómic, que es de muchos, y cada quien lo trabaja desde su muy asaltada trinchera no sólo por los prejuicios, sino por sus propias marcas, ritmos, colores, personajes, formas y obsesiones.
No todo es armonía, eso sí. Hay cosas al interior que combate el webcómic. Por un lado, el meme, la botana del entretenimiento digital; por el otro, su contrario que existe en un pedestal: la novela gráfica. Aún la pensamos como el clímax del artista, donde muestra la totalidad de sus capacidades. No creo que sea así. La novela gráfica no es indispensable ya para demostrarlo. El tamaño importa, pensamos. O nos lo hacen creer. Pero la novela es más que su extensión. Se puede ser exhaustivo y profundo en no más de treinta páginas. O menos. El webcómic lucha contra esa innecesaria y vieja idea. Explora y enseña que es posible crear universos congruentes página por página. Se construye con lo mínimo pero tiene efectos máximos. Y sí, puede llegar a ser novela, pero es más un objetivo secundario. Porque en el webcómic, más que el resultado, leemos el proceso. Del artista y de la historia. Se desdobla, entonces, la lectura. En muchas.
Podemos ver, entonces, los otros procesos que hay en la narrativa gráfica mexicana. Los propios. Hay que decirlo ya: no habrá nunca un Moebius, un Alan Moore, un Stan Lee, un Jack Kirby. El perfil del artista mexicano es otro. Marvel y DC no existirán: somos demasiado cínicos (y estamos muy cerca de Estados Unidos) para tener súper héroes como los anglosajones. Sí, tenemos a Kalimán, al Santo en sus fotonovelas, El Bulbo, Ultrapato y no tantos otros, pero ya son años de ellos. Están y no en la escena nacional. Otros tiempos nos tocan. Unos donde -todavía- existe y circula El libro vaquero mientras el (web)cómic de autor aumenta en cantidad y calidad. Los héroes están muertos y nosotros los hemos asesinado. Pero no necesitamos de ninguna consolación, porque un panorama muy fértil se nos muestra.
Suenan y se dejan leer voces nuevas. Jóvenes, pero nada más por edad. Porque son autores nada ingenuos con su trabajo. Conocen sus raíces. Que nacen de libros, películas, series (animadas), videojuegos y, claro, cómics. Y tal vez hasta alcanzan a divisar hacia dónde van. Por eso siempre hay más qué decir acerca de su obra. Y hay más de quiénes hablar. Pienso en Jours de Papier, Virus Visual, Ari y la cafetería de los horrores, José García, Ritalink, El Dee y muchos más que merecen ser mencionados y mi memoria no me lo permite. Son caminos que empiezan. Que no anulan los que están detrás. Los honran. Cabrera, BEF, Sandoval y Clement (por decir algunos nombres) siguen ahí. Aquí, más bien. Presentes.
No podemos, sin embargo, negar algo: queda por mucho por hacer. Consolidar. Diversificar. Falta pulir. Faltan guionistas. Faltan editoriales. Pero se acercan. Miren: este campo florece. Ni me disculpo de este tono profético. Porque lo que he hecho aquí, con estos textos, es (de)mostrar síntomas. Espacios de posibilidad en un medio artístico que crece y crece y crece.
Corren ríos de tinta digital. Lo que nos queda por hacer consumirlos y dejarnos consumir por ellos. Y sumergirnos. Y unirnos a la corriente. Crear también con ella. Transformarla en tormenta que arrase con todo. Y cantar victoria.
En busca de una editorial se podría titular un libro de 1000 páginas con algunas de las peripecias reales por las que pasaron muchos escritores antes de publicar su primer libro. En México, la situación es particularmente compleja por varias razones: 1) Se escribe mucho y se lee poco. 2) De los pocos que leen, la gran mayoría no son lectores de literatura «pura y dura», «seria» o, para que todos me entiendan, de literatura que se reconoce a sí misma como heredera de una tradición en donde reinan los clásicos contemporáneos y modernos. Eso no quiere decir que las editoriales no estén interesadas en publicar a jóvenes autores, sino que las editoriales desarrollan todo tipo de esquemas para encontrar autores jóvenes que tengan futuro (entre más inmediato el futuro mejor) y que el espacio que se le puede dar a estos autores ocupa un margen muy reducido en la generalidad de un catálogo que necesita orientarse en mayor medida a la venta de libros más comerciales que hagan rentable la operación general de la editorial, lo cual permite, justamente, que exista ese espacio para autores que no venderán mucho. 3) Por lo tanto, la competencia es muy reñida.
Este esquema de las circunstancias se puede aplicar, aunque con distinta proporción, tanto a sellos de los grandes grupos como a editoriales independientes medianas o pequeñas, todo en el horizonte mexicano. Publicar en las editoriales españolas se ha visto siempre como la panacea, aunque en realidad se conducen de forma similar y es igual o más difícil conseguir que hagan caso de la propuesta de un autor joven. Pero no imposible.
En otro lado del espectro están las editoriales relacionadas con el gobierno mexicano (pienso en la Dirección General de Publicaciones de la Secretaría de Cultura, con su programa Tierra Adentro, o en el Fondo de Cultura Económica), donde hay muchas posibilidades de publicar, aunque a veces los tiempos de dictaminación de un manuscrito se vuelven épicos. En gran medida eso se debe al enorme volumen de títulos y al plan editorial de largo aliento con los que deben lidiar estas editoriales.
Ahora, hay varias ecuaciones que considerar antes de enviar el manuscrito (y después de registrarlo debidamente), una de ellas, la más obvia pero error frecuente entre jóvenes autores, es saber si la editorial en mente recibe manuscritos no solicitados. Muchas anuncian su negativa con claridad en sus sitios web, pero con otras en necesario cerciorarse. Hecho esto, es tiempo de enviar ese manuscrito a quien se deje y sentarse a esperar las cartas de respuesta (muy probablemente negativa), y no lo digo por desanimar sino al contrario, por situar con claridad las posibilidades. Y no me digan que tal o cual autor publicó su primera novela a los 21 y fue un éxito inmediato. Esos son casos inusuales, aislados, que confirman la regla (aunque, de nuevo, es justo insistir en que no las hay), y pertenecen a la muy particular circunstancia de cada autor. Lo que un escritor joven necesita crear, o encontrar o dejar que lo encuentre, es su propia circunstancia benéfica. Aquí entra una tentación a la que aludí en la entrega anterior (La escritura de la novela), escribir con una agenda, pensando que si se cuenta una historia plagada de muertos, policías, el narco y quién sabe qué otros elementos sensacionalistas se puede lograr que el editor ponga mayor atención a nuestra novela. No juzgo géneros, sólo creo entonces pertinente volver a llamar la atención del escritor para decirle que ahí también, en la arena romana de los escritores de thrillers, los codazos son innumerables y se propinan a traición, como en todo el espectro literario. Lo esencial es encontrar una voz, un género y una propuesta propia y abismarse ahí. Si el resultado es bueno, habrá un editor interesado. Y, de nuevo, mi aparente pesimismo: o no. Recordemos a escritores como John Kennedy Toole, que no logró publicar en vida y cuya novela La conjura de los necios, rechazada por casi todas las editoriales, fue publicada póstumamente gracias a las gestiones de su madre y se volvió un éxito crítico y de ventas, y luego una novela de culto.
Una cosa que sí puede allanar un poco el camino es tener un padrino literario, un escritor con carrera andada que quiera recomendar la novela con un amigo editor. Esto no garantiza la publicación pero ayuda a distinguir el manuscrito del autor joven un poco más en la enorme mesa de manuscritos inéditos con la que se enfrenta un editor cada día.
Mejor escribir sin pensar en publicar. Escribir para la nada. Y, eso sí, una vez que se ha escrito, hay que cambiar de traje y volverse el vendedor de la propia obra. Como decía arriba, el mercado mexicano es difícil y el español casi utópico, pero hay dónde publicar. Una buena estrategia para empezar son los concursos literarios (si se tiene la paciencia para someterse a esa lotería), pues en caso de resultar ganador, el libro puede verse publicado, al menos así lo estipulan muchos concursos de no poca seriedad. Y cada vez hay más concursos para escritores que comienzan, algunos incluso señalan que no se recibirán obras de escritores que hayan publicado, o que hayan publicado más de una novela.
¿Buscar un agente literario? Aún más absurdo si se está comenzando en el oficio. Los agentes sirven cuando uno tiene por lo menos dos libros publicados y no tiene ya tiempo (entre el trabajo que le da de comer y escribir es sus ratos libres) para pelearse con los editores, mejorar contratos, buscar invitaciones a ferias del libro, un contrato para que se adapte el libro a película, editores extranjeros que quieran traducir el libro, etc. Cuestiones que sencillamente no suelen sucederle al escritor que a duras penas está tratando de vender su primer libro. Y otra cosa, la mayoría de los agentes tampoco aceptan manuscritos no solicitados.
¿Autopublicarse? Parece sensato sólo en principio. Y sólo si el escritor quiere ser el próximo rey del thriller histórico, o de la novela rosa, o de la novela policíaca. Si consultan ustedes quiénes son los escritores autopublicados más vendidos de Amazon o los ganadores de su concurso para escritores «indie», como erróneamente les llaman, verán que no me equivoco. Si lo que escribe el autor incipiente es una novela con un poco más de pretensión artística, es muy probable que venda unos cuantos ejemplares y nada más. Cumpliendo el dictum de un artículo que leí al respecto: «el 70% de cero es cero».
Cada época ve surgir promesas de atajos para el autor que comienza, pero desgraciadamente, al final, sólo quedan el trabajo duro frente a la máquina, leer mucho y pensar más, escribir poco. Sin embargo, insisto, hay editoriales interesadas en buena literatura y en autores nuevos. El camino sigue siendo muy pedestre: insistir e insistir hasta que nuestras mentiras verdaderas, nuestro entendimiento de lo que es o debe ser la literatura comienzan a resonar como algo cierto y digno de publicación en los oídos del editor.
En octubre de 2016, Marina Garone Gravier, Andrea Fuentes Silva y Astrid Velasco organizaron la primera Jornada “Mujeres y Edición” en la Biblioteca Nacional de México en la UNAM. Me invitaron a hablar de libros e ilustración. Para ello, entrevisté a cerca de treinta mujeres latinoamericanas, interesada en conocer sus procesos de trabajo, creativos y cómo éstos se relacionan con su vida cotidiana. Este texto parte de dicha conferencia.
¿Las mujeres que dibujan lo hacen distinto a los hombres? ¿Las historias que narran son diferentes a las de ellos? ¿Existe una identidad femenina en la ilustración, el cómic, la novela gráfica, el dibujo? ¿Y en la edición de sus obras? ¿Hay un mercado específico, hecho sólo de mujeres, o estos libros son leídos por cualquiera?
La obra de las ilustradoras y novelistas gráficas de las que me interesa hablar, en su mayoría se genera por iniciativa de la autora y sin una meta necesariamente establecida. Algunas surgen desde una libreta, otras en un blog, como webcomic o como colaboraciones periódicas a revistas, diarios o proyectos virtuales.
Me llama la atención el proceso creativo en este sector, porque, cuando una obra es por encargo, se recurre a ciertas metodologías personales, rituales comprobados, una improvisación vuelta método. Se lee, se boceta, se toman decisiones, se ejecuta una pieza, se entrega, se corrige o no, se acepta, se paga, se imprime. Y aunque la creación de las historias de estas mujeres también transita por algunos o todos estos pasos, su particular detonante de la historia que se narra me me incita a observar estas obras más de cerca.
Asimismo,el papel del editor en este ámbito es distinto al que juega cuando trabaja con ilustradoras. En general, las novelas gráficas de las que hablaré tuvieron un editor que llegó después, casi como un comprador de derechos, como un corrector ortotipográfico, como un distribuidor. Así, el editor de estas novelas gráficas es alguien que apuesta porque se conozca ese discurso, así como la autora apostó por contar al mundo su historia.
Editar es, antes que nada, leer. Pero quizá lo que distingue a un lector de un editor sean las ganas de generar más lecturas, no sólo consumirlas, sino hacer un banquete para los demás. En el caso de la ilustración, tanto editoriales grandes como independientes recurren al trabajo de los ilustradores para acompañar textos; en algunos casos, publican la obra donde el ilustrador es un autor total.
Si bien puedo sonar injusta al referirme a las ilustradoras en relación con las novelistas gráficas, lo cierto es que las primeras aportan en discurso, pero casi siempre bajo unos parámetros editoriales previamente establecidos. Como en su mayoría trabajan para editoriales, su lugar más sincero de expresión se dé quizá en los talleres y en los concursos, en sus libros autorales (en el caso de aquellas que escriben e ilustran álbumes), pero incluso Paloma Valdivia, autora de unos cinco álbumes, dio el salto a la novela gráfica con Sin palabras, quizá porque el lector de álbum sigue siendo sobre todo infantil, los cómics autobiográficos tienen un lector más amplio y se habla desde la primera persona
Las novelistas gráficas no trabajan por encargo necesariamente, y casi nunca. Lo hacen sobre todo por una necesidad narrativa autoral. De ahí mi interés por sus procesos creativos, por su cotidianidad y por cómo ésta se relaciona con su obra.
Los temas de la cotidianidad de una dibujante están inmersos en su proceso creativo. Por un lado, estas mujeres del siglo XXI pertenecen a una época en que los temas autobiográficos tienen un peso muy fuerte, pero también recuperan una herencia de ciertas temáticas y formas de narrar de artistas norteamericanas, como Julie Doucet y Alison Kominsky. Artistas como Powerpaola, Marcela Trujillo (Maliki 4 Ojos), Sol Díaz, Inés Estrada, Catalina Bu se apropian de este lenguaje, y lo renuevan al plantear sus propias narraciones desde su realidad latinoamericana, de haber vivido la historia política, social, cultural, familiar e íntima que a cada una le tocó vivir. Gracias a estas historias, se vuelve más visible ese rol de la mujer, quien, al contar su vida, se inserta en la historia de la humanidad. No por nada Powerpaola habla de los conflictos de Colombia, mientras narra la vida de su familia, o Marjane Satrapi de los de Oriente Medio, mientras habla de su crecimiento y vivencias.
El dibujo de las mujeres se convierte así en un acto revolucionario, en un ir contracorriente. Se trata de contar sus historias sin que nadie se las haya preguntado. Tal como dice Karla Santamaría en su tesis de licenciatura, Espacio doméstico y arte. Cinco artistas visuales contemporáneas en México:
En el trabajo de las artistas lo personal se vuelve político, confronta el ideal doméstico y el de las mujeres como madresposas. Se cumplen dichos roles de género pero, durante el proceso creativo y en las obras de cada artista, se cuestionan. Transforman esa idea de que el arte para las mujeres es un pasatiempo y no una forma de trabajo. Crear es pensar y requiere conocimientos, experiencias, prácticas y tiempo para su realización. Un espacio personal, privado. En el espacio de creación, solo existe la artista y su obra.
Las mujeres han encontrado en la autobiografía un lugar donde se comparten entre ellas sus historias, se reflejan ahí y consiguen que otros más se identifiquen con ellas. No son cómics de mujeres para mujeres, sino obras que se arriesgan y exponen su vida públicamente, sublimándola con el dibujo y la narración.
Para entender mejor estos procesos creativos, le pregunté a más de treinta mujeres de cuatro países cómo se siente ser una mujer que dibuja. Hice cinco preguntas básicas y otras complementarias. Recibí respuesta de veintiún artistas.
Me interesaba tener a la vista por un lado su edad y su nacionalidad. Aunque todas son latinoamericanas, pensaba que esa brecha generacional y nacional implicaría ciertos puntos de vista particulares. Ellas provienen de México, Colombia, Argentina y Chile, y sus edades oscilan entre los 25 y los 50 años.
Las preguntas que hice giraban en torno a sus rutinas de trabajo, si tienen o no un proceso creativo que sigan repetidamente, sus temas favoritos, sus influencias y, finalmente, su apreciación sobre el papel de la mujer en el cómic y la ilustración. Además, les pregunté acerca de su modo de vida. En caso de que vivieran con alguien, si había un reparto de las tareas del hogar, si éstas influían o interrumpían su trabajo creativo. Si la vida cotidiana se relaciona con sus temas, trabajo y procesos. Si tienen metas fijas, cuáles se han cumplido y qué sacrificios han hecho. Si se dedican sólo a dibujar o tienen otros trabajos. Y, finalmente, cómo se relaciona su vida familiar con la profesional, si tienen hijos, y si quieren tenerlos o no.
Alejandra Barba trata de no tener rutinas. Le parece que deterioran el espíritu creativo, pues cuando uno se casa con cierta fórmula, se pierde la alegría y esencia del trabajo. En cada proyecto muestra una fase distinta de su persona porque ella misma es distinta; es decir, cómo va a ser la misma de hace 15 años. No hay caminos que aseguren los triunfos.
En El buen relato, una conversación entre el escritor J. M. Coetzee y la psicoanalista Arabella Kurtz, esta última habla de cómo “[en las narraciones vitales] no se puede decir que exista una verdad fija y eterna a la que se pueda acceder de forma gradual y con gran esfuerzo … Es por eso por lo que la verdad en psicoterapia es esencialmente dinámica: porque deriva de la perspectiva de un ser vivo cuyas características internas y externas experimentan cambios, aunque sean pequeños, a lo largo del tiempo”.
A Alejandra Espino (México) le interesa contar historias centradas en universos alrededor de “lo femenino”, entendido en un sentido amplio. Le importa la construcción de la identidad, los roles de género, los procesos históricos. Desde un punto de vista puramente creativo, las historias y las imágenes familiares han servido como detonantes para algunos proyectos de trabajo, así como lo han hecho diversas relaciones a lo largo de su historia personal, que terminan transformándose, directa o indirectamente, en imágenes o narraciones.
Ilustración de Alejandra Espino
El primer sacrificio de Catalina Bu (Chile) al dedicarse a ser dibujante fue renunciar a la estabilidad económica, que no es menor. Dejar de ser parte de un sistema es complejo, desde el punto vista laboral, hasta el punto de vista emocional, porque la incertidumbre es frustrante. Afortunadamente, ha logrado cumplir su sueño de hacer lo que le gusta.
Ilustración de Catalina Bu
María Luque(Argentina) intenta comenzar proyectos importante o que requieren mucho trabajo cuando hay luna creciente. Por lo general, su trabajo es bastante autobiográfico, pero también aparecen otros protagonistas, como la historia del arte, pintores del siglo XIX, mascotas, amigos.Una meta era poder vivir solo dibujando y se está cumpliendo. Hace ya varios años que no trabaja de otra cosa. Al principio fue difícil, pero se acostumbró a vivir sin demasiados gastos.
Desde que Cecilia Rébora (México) tiene hijos, trabaja medias jornadas y si pasa cualquier imprevisto con ellos, casi no puede hacerlo. Ella pensó que podía dividir su tiempo, pero ha sido muy difícil. Como meta personal laboral, antes quería pertenecer a un círculo virtuoso de ilustradores (estar en el medio), pero ahora es sólo hacer los trabajos que la hagan feliz.
Cecilia Varela usa ciertas labores del hogar como meditación para concentrarse y para dar tiempo al pensamiento. Su vida cotidiana se relaciona con su trabajo en lo práctico y en lo conceptual. En lo práctico: cuando una ilustración tarda en secar, va a la cocina a lavar los platos mientras. En lo conceptual: la crianza y la creación requieren de paciencia, conocerse a uno mismo, buscar dentro de uno para aprender a verse, pulir ciertos errores, aceptarlos, mejorarlos. Aceptar el fracaso, el error, lo espontáneo, aprender a organizarse y planificar.
Ilustración de Cecilia Varela
Ilustración de Cecilia Rébora
Ilustración de María Luque
Claudia Gutiérrez tiene la ventaja de tener su estudio dentro de casa; a las 8:30 ya está trabajando, hasta más o menos las 4:30 pm, cuando sus hijos regresan de la escuela y es hora de revisar tareas. En el hogar, su esposo la ayuda bastante, pero por la naturaleza de su trabajo (es cirujano), ella está al frente, si bien tiene contratada a una mujer que la apoya con algunas tareas de la casa. Su vida familiar está interrelacionada con la profesional, muchas veces interrumpe lo que está haciendo para estar con su familia, y muchas otras deja de hacer cosas con su familia para ponerse a trabajar.
A Claudia Navarro (México) le gusta cuando hay un proyecto que le exige buscar para poder proponer y explorar; desgraciadamente son proyectos que se desarrollan en largo tiempo y la paga es poca. Los tiempos de entrega por lo regular son muy apretados y suele angustiarse mucho. Esto es un problema general del ilustrador.
Cuando Estelí Meza (México) trabaja en un proyecto personal, es muy inconsciente el proceso. Hace apuntes, toma notas, hay algo que detona y ahí comienza a salir una historia. Este proceso puede ser muy largo. En proyectos de trabajo, tiene una fecha de entrega. Esta es la parte que más le disgusta del trabajo, los tiempos tan apretados para el trabajo de la ilustración.
Ilustración de Estelí Meza
Ilustración de Claudia Gutiérrez
No todas las mujeres pueden repartirse las tareas de forma equitativa. En el caso de Majo Ramírez (México), su vida doméstica es desequilibrada. A veces quisiera poder pagar para que alguien más se encargara de hacer esas cosas y así tener más tiempo para trabajar. Su solución es esperar a que las capas de pelo de gato sean verdaderamente intolerables. Ella ve sus días y su trabajo como un todo; los temas se mezclan y las emociones también, para bien y para mal. Si está estresada, trabaja más lento y se paraliza a ratos. Aunque a veces la felicidad también la distrae. Necesita cierta estabilidad en el día a día para fluir creativamente.
Mara Soler sigue una rutina muy básica. Empieza con mapas mentales, pequeños caos visuales donde desglosa toda la información de un proyecto, primeras ideas y conceptos. Las tareas del hogar no interrumpen tanto su trabajo, como sí lo hacen las redes sociales. Le gusta que su obra esté llena de pequeños toques personales, datos curiosos e información vergonzosa. Así que la vida cotidiana siempre esta ahí, siendo parte de todo.
Marcelilla Pillatiene el hábito de hacer al menos un dibujo al día. Por las mañana trabaja en un hotel. Estar en el trabajo le desbloquea la cabeza y la hace pensar con gracia. Escribe todas las ideas y se va a un lugar donde no haya internet y comienza a desarrollar el proyecto. El internet la bloquea, los referentes se los lleva en la cabeza pero nunca se permite mirarlos mientras trabaja, porque empieza a repetir y copiar cosas que no le salen en realidad. Hay dos cosas que ha descubierto como patrón en sus dibujos, el primero es la gente, y lo segundo es la historia de su vida como un diario de viaje, aunque no viaje.
Ilustración de Marcelilla Pilla
Ilustración de Mara Soler
Ilustración de Majo Ramírez
Chikijet, el segundo libro de Margarita Valdés(Chile), tiene como< trasfondo su infancia, muchas cosas que se hacían latentes en esa época (el gusto por lo simple, una visión un poco mágica de las cosas, el juego, la amistad), que en la adultez, aunque no parezca, siguen ahí. También quería transmitir la infancia en los ochenta, cuando no había internet, y la identidad chilena.
Nadina Rubiños (Argentina) tiene dos hijos, y cada día cuenta con tres horas, mientras ellos van a la escuela, para sus asuntos personales, entre ellos dibujar. Desde hace un tiempo dibuja plantas y tuvo una etapa de maternidad profunda cuando sus niños eran pequeños y los dibujaba. Hoy su meta es ver la inmensidad de lo que tiene. Darle trascendencia a la cotidianeidad. Dejar de buscar. Dice que todos hacemos sacrificios cada vez que nos dejamos convencer de que la felicidad está fuera de nuestra vida cotidiana.
Cuando le llega un proyecto nuevo,Natalia Gurovich(Chile-México) primero tiene un gran momento de alegría y luego una fase de angustia porque siente que es estar desde cero frente a algo. Con el tiempo ha ido cambiando sus metas en la vida. Antes quizá quería tener reconocimiento, fama, pero esta meta nunca es suficiente, pues nunca se es tan capaz como para estar satisfecho, así es que hoy, su meta en lo laboral es gozar más el trabajo mientras lo hace, poder sentir que es un juego.
La hora favorita dePaloma Valdivia(Chile) para trabajar esla noche, porque puede hacerlo sin interrupciones. Recuerda cómo en su libro Atrapa el pez dorado, David Lynch dice que necesita ocho horas de trabajo seguidas para llegar a un estado de conciencia y conexión con su trabajo. A ella le pasa lo mismo, solo que siendo mujer, separada y con un hijo, es muy difícil encontrar esas instancias en la cotidianeidad.Para Paloma, la motivación intelectual y emocional no es el lucro, pero éste es un elemento esencial, pues, como dice Gompertz: “El dinero compra la libertad y la libertad significa tiempo. Y el tiempo, para un artista, es el activo más valioso de todos”.
Ilustración de Natalia Gurovich
Ilustración de Nadina Rubinos
Como rutina diaria, Powerpaola(Colombia)trata de meditar antes del desayuno. Casi siempre trabaja en libretas, eso le permite dibujar en cualquier parte.En su trabajo, su intención es ser lo más honesta con su presente. Hace ilustraciones para otros, dibuja historietas sobre temas autobiográficos o temas que la estén persiguiendo. Trata de no repetirse, de experimentar materiales, formas de narrar y dibujar. No le gustan los lugares cómodos.
Rachel Levit (México)empieza los proyectos de dibujocon bocetos, porque es como pensar con la mano.Los temas salen solos y tienen que ver con su alrededor. Dibuja mujeres, sentimientos, objetos y la cultura que la rodea.La vida cotidiana es importante para el proceso creativo. Por ejemplo, el yoga la ayuda a estar menos estresada. Ir a museos es esencial para manterse motivada e inspirada y tener más referencias. Las metas de su vida son tener una carrera artística que le permita ser autosuficiente y su principal sacrificio, estar lejos de su familia.
Sol Díaz(Chile)trabaja desde su casa, tiene un cuarto que usa como taller, entonces el trabajo se mezcla con una rutina de hogar, lo cual le acomoda mucho.Con el tiempo, se ha dado cuenta de que trabaja mucho con temas de identidad, de cómo se ven y sitúan las mujeres en la sociedad. Le llama la atención la búsqueda de una esencia primitiva y desde ahí busca la libertad. Le gusta trabajar con sus miedos, y sobre todo, hacerse preguntas con el dibujo.
Sonia Pérez (Colombia)siempre imprime algo de soledad en lo que hace. En su trabajo busca sacar algo que le duele. Como hay algo muy triste que percibe en el arte, le gusta equilibrarlo con un contrario. No le interesa hacer monstruos horribles, pero tampoco hadas maravillosas. Disfruta de dibujar seres ambiguos, que no son del todo tiernos, pero que no aterran.
De una u otra manera, estas mujeres tocan los mismos temas, y aun así éstos no caduca ni se repiten. Cada experiencia, cada historia, cada vida se vuelve interesante de leer. Como dijo Delacroix: “Lo que define al hombre de genio o, más bien, lo que inspira su obra, no son las nuevas ideas. Lo que lo empuja es la idea de que lo que se ha dicho no se ha dicho lo suficiente”.1
ParaAlejandra Espinolas mujeres siempre han estado presentes en la creación, históricamente hablando, pero ha costado mucho trabajo que se reconozca esta presencia. Vivimos un buen momento porque gracias a la apertura de espacios y a las facilidades que da la tecnología se hacen presentes más voces y más diversas. Por ejemplo, en el caso del cómic, sigue siendo muy escasa la presencia femenina en los espacios industriales-súper heroicos, pero en la producción independiente, autoral, ya sea de larga extensión, como en novelas gráficas o web cómics en tira, es irrebatible que cada vez hay más autoras con gran solidez.
Amanda Mijangos considera que esos argumentos que impedían a las mujeres incursionar en nuestro medio parecen ya no estar presentes, pero lo cierto es que en el ámbito del cómic, la novela gráfica y la ilustración, sigue habiendo muchos más hombres publicados y reconocidos que mujeres, por lo menos en México y eso hace pensar si aunque el discurso ya no se oye, en la práctica sigue sucediendo.
Ilustración de Amanda Mijangos
Catalina Bu considera que la presencia de la mujer en el ámbito del cómic, la novela gráfica y la ilustración ha estado muy presente porque las mujeres ven las cosas desde una perspectiva más emocional, que hace que uno conecte con su obra de una manera mucho mas visceral. Ya sea con la autobiografía o tocando temas sociales, el lado femenino de la historieta genera un puente con el lector. Según la última encuesta sectorial de ilustración en Chile, hay casi igualdad de mujeres y hombres en el medio.
Para Mara Soler,hay todo un boom del poder femenino que está removiendo varios sectores y la ilustración, el cómic y demás no se quedan atrás. Hay mujeres hablando de mujeres, de pelos en las piernas y lonjas imposibles de desaparecer. Una manera de ver el cambio es contraponer esas historias “de la vida real” contra las superheroínas de falda corta dando patadas con botas de tacón.
Marcelilla Pilla me dijo:
Yo siento que nací siendo una persona, creo que de niña no me di cuenta de que era mujer. En mi familia nunca hubo una distinción entre hombre y mujer, con mi hermanito siempre hacíamos lo mismo: cocinar, lavar el carro y ese tipo de cosas catalogadas como de hombre o de mujer. En mi familia y en mi entorno nunca me sentí mujer, siempre me sentí simplemente una persona, pero por estos años me he dado cuenta de que las mujeres hemos sido oprimidas e irrespetadas en un montón de situaciones que yo no había notado, tal vez porque nunca me parecía que hacían parte de un género, sino de un atropello a la humanidad en general; entonces la realidad es que cuando alguien me habla de femenino o de masculino, yo te juro que más o menos no lo puedo ver, yo veo gente, gente en general, sin género, sólo personas.
Para Paloma Valdivia la mujer se hace cada vez más presente en todas las áreas posibles de acción laboral. Es más difícil para las mujeres ser profesionales exitosas, es posible, sin duda, pero hay que trabajar el doble. No se trata de talento, sino de que muchas mujeres tienen hijos y llevan un hogar. No vivimos en una sociedad igualitaria, quizás estamos abriéndonos a esa posibilidad, pero aún está lejos de serlo.
Rachel Levit no sabe bien cómo es en Mexico, pero en Estados Unidos, donde vive y trabaja, se nota una presencia cada vez más fuerte de la mujer. Hay mucha conciencia de igualdad de género y esto influye en el apoyo que le dan a las mujeres. Es por eso que ha podido trabajar con muchas publicaciones. Aun así, sigue habiendo problemas en cuanto a los pagos, por ejemplo, y el tipo de trabajos que se asignan.
Para María Luque hay muchas mujeres dibujando y cada vez se ven más. Como en casi todos los ámbitos, en los últimos años se nota que las mujeres ganan espacio y visibilidad. De todas formas, todavía falta mucho. Siguen surgiendo paneles o charlas con títulos del tipo: “La mujer y el comic”. Ojalá en unos años se hablara del trabajo de las mujeres, independientemente del género.
Justamente en Monotipias, una serie de conferencias que hacen en Plop! Galería en Chile, Sol Undurraga dijo que le desesperaba que cuando se habla desde el género, no se hablara más de procesos creativo, y que para ella su obra es más que ser mujer. A lo que Katherine Supnem le respondió que no sólo se puede hablar de ambas cosas, sino que es necesario visibilizarlo y difundirlo, sobre todo tener una postura: “Si en tu obra no hablas desde ti misma como mujer, ¿de qué hablas? Uno debe plantearse desde su propia identidad, por eso es diferente si es un hombre o una mujer quien hace el discurso. La creatividad ayuda a sublimar esas cosas, y para ser creativo hay que tener una dificultad y algo honesto que contar”.
Asimismo, en La Polola, un podcast de comic femenino chileno, Sol Díaz decía que es imposible separar género y creación, pues en mayor o menor medida nuestro género define nuestro discurso también, es imposible hablar desde otro lugar, ver con otros ojos. Como dice Coetzee: “Son los artistas quienes más me han inspirado la idea de la naturaleza subjetiva e intersubjetiva de la experiencia; quienes me dicen que no podemos evitar ser nosotros mismos, pese a que nos haga falta confianza para ser conscientes de ello; y que no podemos evitar que nos influyan los demás, quienes vinieron antes que nosotros y quienes viven a nuestro lado”.2
Sonia Pérezcreció escuchando hablar de los hombres que hacen la historia. Cuando ella era chiquita no le gustaba ni le disgustaba Bugs Bunny, pero lo veía por una única razón: decían un nombre, al final de cada caricatura: Hanna-Barbera. Ella pensaba que quien dibujaba era una mujer. Luego se enteró de la triste noticia de que era el apellido de los dos productores. Con todo, recuerda que de niña buscaba apegarse a esas mujeres que hubieran hecho cosas al nivel de todos los hombres que la rodeaban, quizá en parte para creer que ella podría hacer algo así, y no tener que creer que las mujeres son menos, que algo les falta genéticamente, y sentir que ella misma estaba condenada.
Poco a poco le fue importando menos y comenzó más bien a creer, con el miedo de quien elige creer lo menos hiriente, que simplemente en el mundo se le daba menos oportunidad a los hombres que a las mujeres, y que por eso crecíamos leyéndolos, estudiándolos y viéndolos; que si nuestra cultura fuera otra, las cosas serían de otra manera. Pero de fondo siempre le queda la duda de si es inferior o no, si le hace falta algo que le permitiría llegar a donde quiere, pero que por ser mujer (bien sea por genética o por cultura) no va a poder llegar a hacer.
En su TED Talk “Teach girls bravery, not perfection”, Reshima Saujani, dice que aunque la imperfección funciona como motor, la mayoría de las niñas son enseñadas a evitar el riesgo y el fracaso, a sonreír bellamente, irse a la segura, sacar puros dieces. Mientras, a los niños se les educa para jugar rudo, escalar alto, subirse hasta la cima de la resbaladilla y simplemente tirarse. Las mujeres no toman riesgos mientras que a los hombres se les premia por ello.
O, como dice Dalí: “No tengas miedo de la perfección, nunca la alcanzarás”.
¿La perfección nos obliga a quedarnos encerradas en nuestro pensamiento? ¿Lo bueno es enemigo de lo perfecto? ¿Somos nuestras peores enemigas? La sociedad sin duda dicta ciertas guías por las que dejamos de preguntarnos, hasta que alguna estructura se rompe, hasta que alguna puerta se cierra, hasta que se quita algún velo de los ojos, como diría Browning: “Justo cuando nos sentimos seguros, llega una muerte, un atardecer, un canto de Eurípides. La muerte nos quita un velo de los ojos que la costumbre fue poniendo. Por eso el dolor también entraña belleza”. Y ese duelo nos permite cuestionar nuestro lugar en el mundo.
Estas mujeres lo buscan cada día, algunas en momentos sienten que lo encontraron, y nos conducen todo el tiempo hacia el nuestro a través de sus historias.
1Will Gompertz, Piensa como un artista, México, Taurus, 2016, pp. 141.
2 J. M. Coetzee y Arabella Kurtz,El buen relato, México, Random House, 2015, pp. 24-25.
1Karla Santamaría Benavides, “Espacio doméstico y arte. Cinco artistas visuales contemporáneas en México”, tesis de licenciatura en Ciencias de la Comunicación (Periodismo), México, UNAM, 2016, pp. 119-120.
2 J. M. Coetzee y Arabella Kurtz,El buen relato, México, Random House, 2015, pp. 18-19.
3Will Gompertz, Piensa como un artista, México, Taurus, 2016, p. 24.
4Will Gompertz, Piensa como un artista, México, Taurus, 2016, pp. 141.
5 J. M. Coetzee y Arabella Kurtz,El buen relato, México, Random House, 2015, pp. 24-25.
The sixth sense, Unbreakable, Signs, The village: películas que, hace más de una década, cimentaron la noción de M. Night Shyamalan como un director de vueltas de tuerca. Permitáseme hacer ahí una anotación: más que hablar de vueltas de tuerca —es decir: de giros un tanto inesperados o inverosímiles en la trama—, de lo que creo que hablamos cuando hablamos del cine de Shyamalan es de revelaciones. Es decir: en el cine de Shyamalan lo que aparece —muchas veces, hacia el final— no es algo sacado de la manga, no es algo que no esperábamos —como sí sucede, por ejemplo, en los casos del cliché «todo era un sueño»—, sino, por el contrario, algo que esperábamos, que sabíamos que estaba ahí, solo que no conocíamos su exacta naturaleza. En el caso de The village, por ejemplo: es claro que algo estaba mal en ese sitio, que los monstruos no existían o que no eran lo que esa gente se repetía que era. Entonces, pues, el final —el plot twist, o como prefiero decirlo, la revelación— no aparece algo de la nada, sino que viene a develar algo que siempre supimos que estaba ahíi.
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La anécdota de Split, que cuenta las aventuras de un sujeto con veintitrés personalidades —a punto de descubrir las capacidades de una personalidad más, oculta hasta entonces—, ha sido discutida ya por su retrato de la salud mental. Es cierto: el lugar común del enfermo mental que se embarca en una serie de brutales asesinatos ha sido visitado hasta el hartazgo, y Split, es verdad también, resulta relativamente formulaica al retratarlo. Digo «relativamente» y no «en su totalidad» porque creo que en el fondo de la película palpita una preocupación genuina por la dimensión real del problema y por la falta de concientización al respecto —esto porque Shyamalan es uno de esos creadores que creen que los discursos pueden envolverse en la metáfora de la ficción más que en la presentación o alusión directa de sus asuntos—. Un crítico generoso con la obra no leería la representación de la salud mental como una explotación de las enfermedades reales, sino que señalaría que buena parte del conflicto ocurre debido, precisamente, a que la gente —incluida la comunidad científica— parece no creerle ni a Kevin, el hombre de las veintitrés personalidades, ni a la doctora Fletcher, la siquiatra de Kevinii. Es decir: leída desde ahí —y en conjunto con otras películas firmadas por Shyamalan— tanto Split como Signs como The Sixth Sense funcionarían como un llamado de alerta, un recordatorio acerca de la necesidad de escuchar los gritos de auxilio de los que nos parecen débiles o diferentes.
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Split es, tal vez, la mejor actuación en la joven pero nutrida carrera de James McAvoy. McAvoy es un rostro conocido para todos los que frecuentan el cine de superhéroes, gracias a su papel del joven Charles Xavier en la saga de X-Men. Sin embargo, es Split en donde despliega su arsenal de posibilidades histriónicas —de forma similar a aquel despliegue dual de Edward Norton en Primal Fear—. Lo de las veintitrés personalidades, tan publicitado en notas de prensa y críticas laudatorias, es puro hiperbólico cuento: en realidad, Split se concentra en seis personalidades centrales —Hedwig, el niño de ocho años; Patricia, una mujer sicópata, casi fanática religiosa; Dennis, con trastorno obsesivo compulsivo; Barry, diseñador de modas; Kevin, el sujeto que los contiene a todos, y La Bestia, la personalidad número veinticuatro, dotada de habilidades metahumanas—, suficientes para mostrar el abanico de McAvoy. En una escena particularmente intensa [van spoilers], la doctora Fletcher cae en la cuenta de que Dennis ha tomado control casi total de Kevin, y que se ha estado haciendo pasar por Barry, quien en las noches emerge y envía desesperados correos de auxilio a su siquiatra. La siquiatra, temerosa, le pide a Dennis que se revele, y entonces el rostro de McAvoy, que aparece iluminado mientras la personalidad de Barry está a cargo, se ensombrece: las facciones parecen afilarse, la masa corporal aparenta aumentar, la mirada se reviste de una maligna dureza. Es un desplante actoral notable, vaya, y en él reside buena parte de la potencia de Split: un thriller o una película de horror son tan buenos como efectivos sean sus monstruos.
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La anécdota de Casey, la otra protagonista de Split, también ha sido señalada como un uso indebido o distorsionado del abuso como estrategia narrativaiii. Creo que esa lectura es apropiada, pero no la única posible. Porque si se lee a Kevin no como un sicópata puro que goza de hacer daño nomás por amor al arte, sino como un sujeto perturbado producto de una infancia abusiva y una adultez complicada, Casey aparece ante nosotros como la contraparte de ese mismo proceso, como otro tipo de resultado posible. Casey, como Kevin, sufrió un abuso prolongado durante su niñez y adolescencia —de hecho, Casey es una víctima por partida doble: conforme la trama de la película se desdobla en flashbacks que honran el título, Dividido, nos enteramos que no solo sufrió abuso sexual por parte de su tío, sino que, a la muerte de su padre, Casey pasó a la custodia legal de su abusador—. Pero Casey sale del atolladero traumático conforme avanza la película. Asume que el trauma seguirá ahí, como parte de ella, pero no como una seña que la defina de manera vitalicia. Si algo me quedó a deber Split fue, justamente, la clausura de ese arco: aunque puedo interpretar el disparo de Casey contra La Bestia como un cierre a aquel disparo que [de nuevo: spoilers] Casey no logra ejecutar contra su tío abusador, me sigue faltando más. Me faltó, pues, catarsis.
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Una de las marcas autorales de Shyamalan de las que se escribe con menor frecuencia —pero que siguen ahí desde hace veinte años— es su persistente interés en buscar fotógrafos extraordinarios para sus películas. Un ejemplo de esa minuciosidad puede verse en su anterior filme, The visit: filmada como found footage, Shyamalan recurrió a Maryse Alberti como su directora de fotografía. Alberti ha hecho gran parte de su carrera filmando cine documental, y cuando se pasa al terreno de la ficción, su trabajo tiende al naturalismo: en su filmografía se encuentran, por ejemplo, The Wrestler de Aronofsky o Tape de Linklater. Split no se despega de esa tendencia: su fotógrafo, Mike Gioulakis, también de It follows, trabaja con encuadres divididos diegéticamente, como acentuando o aludiendo a la condición dividida de Kevin:
Supongo que lo que quiero decir es que Shyamalan es un director en control de la mayoría —y escribo «mayoría» con «totalidad» en la punta de los dedos— de los elementos técnicos de sus películas, algo que no es para echar en saco roto en esta época de metraje digital, shaky cam y edición caótica.
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Una vez que Split termina, vemos una escena que, a manera de coda, vincula a esa película tangencialmente con el tema de esta intermitente columna. Sentados a la mesa de un diner, unas personas ven las noticias del ataque de La Bestia —que los medios conocen, ahora, como La Horda—. Se menciona de pasada el hecho de que La Horda posee ciertas habilidades sobrehumanas. «Como aquel otro sujeto, el de la silla de ruedas. También le pusieron un apodo. ¿Cómo se llamaba?», pregunta una comensal. La cámara describe un leve movimiento lateral para revelar a Bruce Willis —caracterizado a todas luces como David Dunn, protagonista de Unbreakable—, quien responde: «Mr. Glass. Lo llamaban Mr. Glass». Corte a negro. Ruedan los créditos. Y esta escena no solo resignifica —es, esta sí, un auténtico plot twist— la película como una secuela lateral de Unbreakable, una de las mejores películas de superhéroes jamás filmadas, además de cariñoso homenaje a la cultura del cómic, sino que, en consecuencia, convierte al thriller de buena factura que acabamos de ver en una cinta, al menos tangencialmente, superheroica. Visto desde ahí, creo, Split mejora: se convierte, pues, en una —modesta, si se quiere— demostración de las amplias y a menudo ignoradas posibilidades del género superheróico.
iNo digo que Shyamalan no trabaje con vueltas de tuerca. El caso de Signs quizá sirva para ilustrar eso: el agua como herramienta de aniquilación de los alienígenas aparece como algo ligeramente inverosímil, inesperado: over the top, dirían los anglosajones. Sin embargo —y esto gracias a que Shyamalan es un director estrictamente educado en el cine clásico hollywoodense, con Hitchcock como uno de sus grandes referentes en la escritura y estructura de sus filmes—, el agua siempre está ahí en Signs, desde el principio de la película, como una presencia ominosa que es casual tan solo en apariencia. Es decir, incluso cuando el cine de Shyamalan da un giro inverosímil, pretende hacerlo anunciándose, dejando pistas regadas por toda la película.
iiEsto es un eco —amplificado— de una incredulidad real: el trastorno de identidad disociativa, aunque generalmente aceptado, sí enfrenta, aún, prejuicios que cuestionan su existencia, dentro y fuera de la comunidad siquiátrica.
iiiAl margen, al menos en este texto: sé bien que esas lecturas han ido en aumento en años recientes. Mi propia manera de ver las películas —extensiva a los productos culturales en su totalidad— ha cambiado con los tiempos, en buena parte debido a la atención creciente que ha recibido el feminismo de tercera ola. Sé bien, también, que a muchos críticos y lectores les pueden parecer fastidiosas, o cansinas, o innecesarias; lo sé porque en su momento a mí también me lo parecieron. Empero, extiendo la invitación a añadir esa capa de interpretación al cajón de lo posible: no solo por el potencial social del arte, por su capacidad de incidir en el mundo, sino por la posibilidad de tener filmes más ricos, con mayor textura y complejidad, con personajes mejor escritos, mejor construidos, es decir, si se perdona el cliché, más humanos.
La amistad, y en especial aquella que se da entre hombres, es un tema que se toca muy poco en la literatura. En Tan poca vida la amistad entre Jude, Malcom, JD y Willhem es, de forma refrescante, tomada más en serio que las relaciones sexuales y románticas. Estamos ante cuatro hombres que, claro, tienen problemas para hablar de sus sentimientos, pero que no dejan de intentarlo y que encuentran solaz en el vínculo que los une. Esta característica le da una nueva mirada a la ya bien conocida historia de los artistas que tratan de hacerse un lugar en la difícil jungla de asfalto de Nueva York. La forma en la que poco a poco van uniendo sus vidas, presentando a sus familias, volviendo parte a los otros de sus proyectos, será reconocible para cualquiera que haya tenido amistades duraderas y estos pasajes se convierten en el ancla de los personajes cuando la novela da un giro para convertirse en la historia de la terrible infancia de Jude.
Jude es diferente y nos enteramos desde el principio: mientras que Willhem es un blanco de ascendencia europea, JD es hijo de una inmigrante negra haitiana y Malcom viene de una prestigiosa familia afroamericana, la etnicidad de Jude es desconocida. Si los otros tres son artistas (actor, pintor y arquitecto, respectivamente), Jude es abogado. Además, es portador de una discapacidad de origen desconocido que lo hace cojear y que en ocasiones le causa dolores insoportables. Ah, pero Jude también se automutila. Sus amigos saben o intuyen todo esto, pero hacen lo posible por actuar como si todos estuviesen en las mismas circunstancias.
Justo cuando los estamos conociendo mejor, JD y Malcom desaparecen por completo como personajes con un punto de vista propio y sólo entran a escena cuando deben interactuar con el otro par, o para crear obras inspiradas en ellos. En total, entre los dos construyen lo que parece ser un millar de cuadros y casas inspirados en sus amigos más interesantes. JD es quizá la mayor pérdida para el lector. Su personalidad grandilocuente y divertida le da cierta levedad a una novela que la necesita, pero además, al hacerlo a un lado, Hanya Yanagihara deja incompletas ciertas provocadoras ideas sobre raza, sexualidad y migración que esboza en los primeros capítulos pero a las que nunca vuelve. Con JD fuera de la jugada por un comentario insensible y el conflicto de Malcom reducido a no saber si casarse y tener hijos o no, Jude y Willhem se convierten en un par inseparable cuya relación irá evolucionando de la amistad más pura al amor más sincero. Con este cambio viene la necesidad de que Jude confronte las cicatrices físicas y metafóricas de su infancia, un proceso que transporta al lector durante páginas y páginas al abuso más terrible.
Jude está convencido de que las personas que lo aman, desde Willhem hasta sus padres adoptivos (sí, aparecen así, de la nada, tanto en este texto como en la novela) y Andy, el único médico al que le permite acceso a su cuerpo herido, no serán capaces de soportar la realidad de su historia y, al contarla, la autora quizá quiere probar ese mismo punto. No importa cuánto amemos a una persona, incluso si es ficticia, casi nadie tiene la entereza de ánimo como para conocer hasta el mínimo detalle de la miseria humana.
La historia de Jude no es única, es parte de un enorme problema global de abuso infantil, pero Yanagihara no contextualiza ese abuso. La novela no pretende servir como una denuncia social, eso es claro, pero no estoy segura de cuáles son entonces sus intenciones. Por momentos parece que sólo quiere enumerar las cosas malas que pueden pasarle a una persona buena en menos de seis décadas, pero la literatura no es simplemente una sucesión de hechos. Sin marcos de referencia, es imposible vislumbrar siquiera lo que quiere decirnos Yanagihara sobre su universo ficticio y sobre el mundo real en el que se basa. Tan poca vida no ofrece respuestas, más allá de un abundante sufrimiento.
Hace más de cien años Kafka lo describió a la perfección: «Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros». Esta hacha es Material sensible, la tercera colección de cuentos y poemas en verso libre de Neil Gaiman, un prolífico escritor de literatura fantástica.
La creación de Gaiman se corresponde a la perfección con lo fantástico, lo maravilloso y lo extraño descrito por Todorov, y logra sesgar la realidad. En la particular «Introducción», que es a la vez una advertencia, Gaiman habla brevemente sobre lo que inspiró cada relato, información que, junto con la eficacia narrativa del autor, permite una mayor apreciación de su obra.
Ya sea en un conocido bar en Edimburgo, en una isla escocesa durante el siglo VI, en un sitio muy similar a la Tierra Media siglos atrás o en un pequeño pueblo inglés durante 1984, Gaiman reelabora mitos y leyendas e incluso fusiona, con originales giros argumentales, dos cuentos de hadas. La vulnerabilidad de sus personajes estremece la sensibilidad y la imaginación; y la tensión y la incertidumbre mantienen la expectación en ciertas frases que, con frecuencia, hay que releer. Aquí el terror está vedado por un intrigante y ávido misterio.
En este material sensible abundan las paradojas de los crononautas, la interdimensionalidad y el emparedamiento, la intertextualidad y las alusiones directas a otros magníficos autores como Arthur Conan Doyle, Arthur C. Clarke, Jack Vance o Clark Ashton Smith. Gaiman enfatiza el temor ancestral por lo desconocido, por lo que se oculta y acecha de forma fiel y pertinaz entre las sombras y en nuestra propia oscuridad.Independientemente de los miedos subjetivos, estas historias son inquietantes y desconcertantes, y persiguen el mismo propósito: turbar, hacer reflexionar al lector.
Las ficciones de Gaiman se alimentan tanto de lo cotidiano como de situaciones excepcionales que consolidan su imaginario. Sus descripciones son precisas y magníficas, como la del olvido, ese vacío que se instala donde le place y causa los mayores estragos.
En Material sensible, el autor trata de exponer lo que hay detrás de las apariencias, de iluminar o intentar comprender un poco la eterna oscuridad en la que estamos inmersos. Al igual que en los cuentos de Bradbury donde «una especie de magia se colaba en el mundo», las historias de Gaiman son portales a través de los cuales lo irreal adquiere una presencia abrumadora. Su genial cosmovisión de lo fantástico seduce y es, en sí misma, un presagio desafiante.
¿Ha caducado la cultura pop y, por ende, sus ecos literarios? El autor de este ensayo plantea que mientras para otras generaciones lo pop significó épica y ruptura, hoy en día sus seguidores suelen atrincherarse en el reciclaje.
Ante las aporías que encierra la pregunta «¿Qué es el tiempo?», Agustín de Hipona proponía una salida notable. En sus Confesiones señala: «Cuando no me lo preguntan lo sé, pero cuando me lo preguntan ya no lo sé». Frente a la cultura pop podría afirmarse algo similar. Mientras se trata de hablar de ésta sin necesidad de precisarla, parece claro dónde hay que buscarla y cuáles serían sus síntomas más determinantes: la música de masas, las tendencias de mercado —principalmente entre los sectores más jóvenes de la población—, los referentes de programas televisivos y películas que logran abandonar sus marcos originales y cruzar, transversalmente, hacia otros ámbitos de la vida cotidiana como la conversación… Sin embargo, al intentar definirla qua objeto, la cultura pop se torna una categoría inasible.
Es posible reciclar uno de los argumentos fundamentales de Wittgenstein y asumir que si la pregunta «¿Qué es la cultura pop?» no puede ser respondida se debe, sencillamente, a que está mal formulada. Acaso la perspectiva esencialista con la que se enuncia es fallida porque el pop no es un asunto de contenidos ni está integrado por un repertorio temático. De ahí el error de querer inscribir una obra en esta esfera. Éste es el caso de las novelas que acompañan su apuesta narrativa con un playlist, elemento tardío y ajeno a la escritura, que en la mayoría de ocasiones resulta prescindible. Existe otro ejemplo aún más equívoco: el poema genérico que intenta sostenerse sobre una supuesta pretensión «antisolemne», pulsión originaria sumamente dudosa que suele traducirse en elecciones estéticas signadas por la inmediatez. Citar la frase de alguna canción o mencionar algún videojuego, una serie televisiva o un texto publicitario no es más que retórica ornamental, similar a la que a inicios del siglo xx abundaba en los poemas de los futuristas italianos, quienes buscaban ser modernos a fuerza de que los automóviles, los aeroplanos y otras máquinas aparecieran en sus versos.
Lo que en décadas anteriores se identificaba como pop, antes que el reconocimiento de una particularidad, implicaba un deslinde frente a otros conceptos que habían quedado desbordados por las fisuras de la historia. Sin el contexto de la postguerra y la crisis europea, no se entiende del todo lo que hacia 1952, realizó el escultor Eduardo Paolozzi, fundador del Grupo Independiente en Inglaterra. Sus collages, que retoman las búsquedas formales de Marcel Duchamp y Kurt Schwitters, integraban anuncios publicitarios, tiras cómicas de los diarios, afiches, portadas de discos, recortes de magazines y demás objets trouvés provenientes de mercados, aparadores comerciales y desechos de la vida diaria en general. Estas piezas, que presagiaban el arte povera de una década más tarde, provocaron que el crítico John McHale hablara por primera vez de arte pop. Sin embargo, el término sólo se propagó años después en Estados Unidos, a propósito de las obras de Roy Lichtenstein, Andy Warhol y Jasper Johns. En todo caso, en el principio, la noción de lo pop no se limitaba a reflejar un contenido propio y cerrado; apuntaba a un cambio de estatus en cuanto a los materiales y a la integración de elementos que no tenían un espacio propio en el arte; en pocas palabras, dicha categoría funcionaba como una vía para tomar distancia frente a ciertas antiguallas —en primer lugar, el concepto de Beaux Arts— mediante el uso de elementos exógenos que habían circulado en otros canales (comerciales, políticos, etcétera).
Otro tanto ocurrió en el ámbito literario, en el que los cambios generacionales no dejaron de acusar ajustes estilísticos. En «Para todas las cosas hay sazón», una crónica de 1969, Carlos Monsiváis aún podía observar a las distintas tribus urbanas que se daban cita en un concierto de rock y analizarlas bajo los términos de las «subculturas», un enfoque que ahora resultaría improcedente. El retrato que traza sobre la Onda da cuenta del vestuario de aquellos jóvenes y es poroso frente a los ademanes y las variaciones léxicas que constituían su habla privada. Si no se dispone de una definición consistente, al menos queda claro que sus expresiones acuñaban cierta parafernalia y se esperaba que ésta pudiera volverse significativa frente a un modelo centralizado de realidad social. No se trataba de ninguna transformación radical, pero al menos parecía guardar un sitio para la oposición simbólica, un contrapunto necesario ante una imagen supuestamente unitaria. Por lo menos, aseveraba el autor del texto, la Onda «quiere variar el destino facial de México, contribuir a la promiscuidad de las apariencias».
Esta revuelta gestual desembocó en la narrativa de José Agustín, Parménides García Saldaña o Gustavo Sainz, principalmente como una vocación estilística que reivindicaba la jerga dictatorial del aliviane, según la retrató el propio Monsiváis. Una variación frente a otros registros de la época, pero que no generó efectos perdurables.
Que ahora una descripción similar sea imposible abre otra senda. El pop no es algo frente a lo que estemos, sino un ambiente dentro del cual operamos. El hecho de que estemos inmersos en sus dinámicas hace imposible una visión de conjunto, y por este motivo es necesario hablar de sus estrategias más que de sus límites, confines, particularidades y líneas argumentales.
El caso de Andy Warhol puede aclarar este punto. Sus serigrafías sobre Marilyn Monroe no pertenecen a la tradición pop sólo porque la actriz represente el culmen del consumo cultural y los ideales de entretenimiento en un momento que abarca desde la Segunda Guerra Mundial hasta la década de los sesenta, cuando el rock comenzó a imponer nuevos modelos de consumo asociados con la emergencia de sujetos sociales que no habían encontrado un espacio propio. Lo crucial en el caso de Warhol es que dicho ícono se ofrecía bajo una lógica de reproducción que las tradicionales pinturas al óleo no permitían. Es decir, Warhol descentró un proceso que, durante siglos, encontró en la figura autoral su núcleo duro y lo transformó integrando una estrategia que el mercado había naturalizado. No ofreció una imagen nueva, sino una imagen identificable que funcionaba como un comentario de su propia genealogía y materializaba su lógica de producción. Paradójicamente, esta apropiación le brindaba a las serigrafías una dimensión aurática, echando por tierra los discursos de Walter Benjamin acerca de la autenticidad de la obra. Al interiorizar un comportamiento cultural, Warhol cumplía la divisa de Peter Sloterdijk en el sentido de que el diagnóstico de una época exige intoxicarse de sus mecanismos.
En el terreno de la literatura, la narrativa de Guillermo Cabrera Infante participa de una tendencia análoga. En rigor, sus operaciones textuales son canónicas. Se pueden encontrar ya en Shakespeare, Quevedo, Cervantes, o, más cerca de nosotros, en Charles Dickens, Laurence Sterne, Lewis Carrol y James Joyce. Dependen en gran medida de una serie de juegos mnemónicos que no sólo saquean la tradición literaria, sino que la despojan de su especificidad. Convierten sus referentes en materiales residuales que sólo tienen cabida en la propia obra a condición de ser satirizados.
El mecanismo de las asociaciones paródicas, su intertextualidad, la forma en que todo parece disolverse entre una red de paronomasias y aliteraciones hacen que Cabrera Infante conciba la revisión del linaje libresco como un acto caníbal, la reivindicación de una nueva vulgata, cuanto más difusa más precisa. Al inicio de Ella cantaba boleros hace de esta actitud una profesión de fe (que incluye una singular inversión de las palabras de Terencio):
No es que yo tenga nada contra la vulgaridad. Al contrario, nada me complace más que los sentimientos vulgares, que las expresiones vulgares, que lo vulgar. Nada vulgar puede ser divino, es cierto, pero todo lo vulgar es humano.
No pretende dotar de validez a las expresiones populares al inscribirlas en la literatura, sino cuestionar ésta mediante la superposición de distintos referentes. La primera exigencia no consiste únicamente en convocar recursos heterogéneos; es necesario lograr que sean equivalentes. Así sucede con las citas de autores grecolatinos o los poemas de Baudelaire o Mallarmé que dialogan con frases del bolero filin, lugares comunes de la hagiografía marxista, la publicidad radiofónica y el refranero de La Habana (el hablanero, como solía llamarlo) en la década de los cincuenta.
Este mestizaje formal está guiado por la idea del montaje cinematográfico, lo cual no es un dato menor. Su autor, un obseso de la tradición fílmica, aprovecha de modo recurrente los ecos de las películas para sus diálogos. Pero lo que conecta esta escritura con sus raíces pop es otro rasgo: su capacidad para asumir que el montaje no sólo es una técnica narrativa, sino una forma de reproducir fenómenos y mecanismos irreductibles a la esfera del texto. Son rasgos culturales que no pueden comprenderse más que a extramuros de la literatura. Su manera de consumir, propagar y apropiarse de diversos referentes representa una carnavalización, entendida como una forma de desmontar un orden y socavar estructuras. No en vano la parodia y la ironía son dos de las notas principales de la escritura carnavalesca, tal y como la concibió Bajtín.
Para otras generaciones el pop constituyó un observatorio que posibilitaba el reconocimiento de zonas en apariencia inexploradas. Por este motivo, sus discursos se abrogaron una potencia transgresora. La reivindicación del lenguaje de la calle contra la anquilosis de la escritura, el uso de drogas de diseño, la apropiación de emblemas de la pantalla como tótems generacionales, los simulacros dionisiacos que el rock se esmeraba en prodigar, el asalto a un imaginario sexual que aún podía sacudir ciertas convenciones y la simbolización política de las vestimentas nutrieron esta imagen. Lo notable es que esta forma de narrar los hechos aún despierte ecos, a pesar de que todos estos rasgos estén completamente subsumidos por el mercado y las formas más convencionales de la representación.
Si para otras generaciones el pop participó de la épica de las rupturas, hoy se atrinchera en el pulso de los consumos multidireccionales. De ahí que cierto eclecticismo —sumamente relativo, hay que decirlo— parezca su norma. Hasta hace algunos años, los productos se dirigían a un target específico, tanto si eran deliberadamente mercadológicos o si asumían la panoplia del arte o la emancipación política y sexual. Es decir, los productos se movían verticalmente, apuntando a un blanco predeterminado. Ahora, por el contrario, deben desplazarse horizontalmente por circuitos que no estaban previstos en su concepción inicial, saltar de esfera en esfera y asumir una circulación discontinua. No pueden vivir más que pagando el precio de ser reciclables, no en sus estructuras y raíces, sino en sus usos, tramas e identidades.
Nada muestra lo anterior de modo más fehaciente que la música. Las creaciones discográficas que se dirigían a auditorios particulares hoy vuelven a circular entre grupos sociales indiferenciados, apelando a otros comportamientos y preferencias; se ligan con un mercado de la nostalgia dedicado a resucitar íconos, himnos, juguetes, vestuarios y objetos de otros tiempos. De ahí la persistencia de canciones anodinas que retornan sin más valor que su naturaleza consuetudinaria o las nuevas versiones de películas que apelan a los reflejos atávicos del público. A falta de alguna vitalidad con la que sacudir los cimientos de esta cultura, la única perspectiva disponible es la del revival. Simon Reynolds, uno de los conocedores más íntimos del pop, brinda un diagnóstico preciso al decir que éste vive una adicción enfermiza por su propio pasado. En suma, el pop ya sólo funciona como una tendencia a la regurgitación.
Es probable que este panorama sea un modelo degradado de los entrecruzamientos culturales experimentados décadas atrás, cuando campos aparentemente aislados estrecharon sus relaciones. Por ejemplo, la manera en que la televisión y el cómic influyeron en los encuadres y la edición cinematográficos. En el panorama musical, Lou Reed era el rostro de Velvet Underground, pero el sonido particular del grupo fue contribución mayoritaria de John Cale. Lo interesante es que él no provenía de las escenas del rock, sino del Theatre of Eternal Music y comenzó a gestar su estética al lado de compositores como La Monte Young y Tony Conrad —quien, a su vez, fue un instigador para el sonido de Faust y otras bandas kraut—. Al margen de los detalles anecdóticos, estos datos ejemplifican una comunicación entre campos que solían permanecer alejados entre sí. Las generaciones del bebop, por ejemplo, sólo suscitaron el interés tangencial de los compositores formales, como en las suites de jazz de Shostakovich. Una secuencia de Bird, la película de Clint Eastwood, es ilustrativa al respecto. Cuando Charlie Parker va a gritarle su admiración a Stravinsky, lo recibe una reja infranqueable y un silencio que revela el abismo entonces existente entre las zonas cerradas de la escritura (encarnadas por la composición) y las indeterminaciones de la oralidad (ancladas en la improvisación).
El pop no generó tales entrecruzamientos, pero supo albergarlos en su seno. Gracias a esto pudo acompañar los idearios de una cultura que, al no poder reconocerse en la imagen que había edificado de sí misma, construyó una superposición de versiones que pudieran ser consumidas proteicamente.
En este sentido, una novela como The Electric Kool-Aid Acid Test, que Tom Wolfe publicó en 1968, era ya caduca desde el instante de su aparición. No podía ser un fiel retrato de una época porque no ponía en juego los hábitos y gestos que la definían. Por el contrario, en aquellos mismos años la escritura de John Ashbery respondía a las relaciones perceptivas de la sociedad de masas y los intersticios de la cotidianidad. No asumía el lenguaje como epifanía estética, sino como una herramienta para recuperar materiales heteróclitos, desvaneciendo las huellas de su procedencia. «But the truth has passed on / to divide all», dice al inicio de «The New Spirit». Su estilo dio un salto cualitativo y se abrió a la multiplicidad vocal, emprendió un ejercicio exacerbado de acumulación residual supeditado a la hipotaxis.
Sólo de esta manera un artefacto textual puede acompañar a una época que no se distingue por ser estable ni legible. Después de todo, las formas se licúan y los referentes se dispersan. Este fenómeno corresponde a un cambio en el pulso real, el paso de un mundo estable y sólido a la dimensión líquida, como la llama Zygmunt Bauman.
En este escenario, a la cultura pop y sus sucedáneos literarios no les queda más que olvidar los tópicos y aprender a descifrar los abecedarios de la ambigüedad. Acaso una apuesta así sólo pueda conducirnos a un callejón sin salida en el que, tras olvidar todo o hacer que todo se vuelva olvidable, al pop ya sólo le restaría olvidarse a sí mismo. Lo cual no sería sorpresivo, pues el pop, entendido como un coto particular, se hundió en el agotamiento de una era borrada por su fetichización de lo instantáneo. Únicamente quedaría recordar las palabras de Heinrich Heine: «Cada época es una esfinge que se sumerge en el abismo en cuanto su enigma se ha solucionado».
Sucede que los verdaderos lectores son más que lectores. No es que amen perderse en una historia ficticia, es que añaden a su realidad un estrato narrativo mediante el cual cifran cada uno de sus encuentros, cada objeto, cada anécdota, cada manifestación física del mundo. El lector auténtico descubre, inventa o teje una legibilidad particular, íntima, erigida mediante símbolos conectados entre objetos aparentemente lejanos. Debajo de la apariencia de las ciudades, de los objetos, de los personajes, el lector anuda los hilos. Mariana Oliver, autora de Aves migratorias, premio de ensayo José Vasconcelos 2016, se sirve de esa virtud que construye una inesperada conexión entre las cosas.
Dentro de la ya proverbial generosidad que el ensayo literario posee, acaso mayor que la de otros géneros, destaca la virtud de reinterpretar los espacios que habitamos y redimensionar los objetos donde se detiene la mirada, de modo que un lugar tiene la posibilidad de convertirse en algo mucho más significativo que una coordenada. Aves migratorias es un conjunto de ensayos que funciona simbólicamente a manera de constelación. Ese grupo de estrellas, como en la navegación antigua, sirve como orientación tanto para hacerse a la mar como para volver al hogar.
Los diez ensayos que forman el libro se despliegan en una estructura que va de lo general a lo particular, de los espacios abiertos a la intimidad, de los patrones en el cielo a la obra negra de una casa por habitar. «Aves migratorias», el texto que da título al conjunto, ensaya la historia de Bill Lishman, que más que nada en el mundo deseó volar, y que recibió su revelación primordial a partir del patrón migratorio de las grullas trompeteras. «Capadocia» recorre la vida imaginaria y momentos luminosos de una ciudad subterránea de lava dormida, olvidada bajo las montañas turcas. La división de Berlín en Este y Oeste, la bomba dormida bajo el Rin en la ciudad de Koblenz, el extrañamiento de un idioma ajeno como umbral que revela un mundo extraño, en construcción, son temas que Oliver sobrevuela para trazar su propio mapa.
«Normandía», acaso uno de los ensayos más brutales, y por lo tanto, un texto necesario, vincula la circunstancia política, social e histórica de las mujeres rapadas fotografiadas por Robert Capa al terminar la Segunda Guerra Mundial, aquellas a quienes se señalaba ignominiosamente (en lugar de ejecutarlas, como ocurría con los hombres) mediante la mutilación por haber colaborado con el enemigo en tiempos de guerra, mujeres cuyos cuerpos se convirtieron en territorio y botín de guerra, como las mujeres rapadas de la Biblia, en la Edad Media, y, en fin, como Las brujas, de Road Dahl, quien señala, como insuperable pertinencia, que siempre hay algo indecente en una mujer calva.
Al final del recorrido, después de nombrar a los otros niños perdidos, atrapados en el limbo de la orfandad, expulsados de La Habana por sus padres hacia Florida como resultado de la propaganda estadounidense anticastrista, ocurre la vuelta al terruño. «Plano de una casa» es un ensayo sobre el hogar y desde la intimidad, donde cada habitación narra un viaje distinto, una edad distinta y un deseo compartido.
Decía Bohumil Hrabal que un auténtico libro es aquel que abre un camino más allá de sí mismo. El ensayo se ha definido mediante innumerables símiles. Aves migratorias se alinea con la noción del viaje, aunque no tanto con el vagabundeo fortuito por las calles de una ciudad extranjera en busca del descubrimiento, sino con el reconocimiento de ejes que articulan una cartografía emocional, lugares históricos que son proyecciones de angustias, miedos, sufrimiento y pérdida, un trayecto que desemboca, tras la odisea iniciática, con su Escila y Caribdis, con sus fronteras, muros y sus bombas aletargadas, con sus brujas y sus niños perdidos, en el regreso a Ítaca. El primer libro de ensayos de Oliver abre, en efecto, un camino más allá, incluso varios. Es la escritura hilada por una lectora auténtica.