De Emmanuel Carrère se dice que reinventó la literatura de no ficción; si uno está dispuesto a creerlo bastaría con leer su mejor obra, Limónov, en la que despliega todo su arsenal para construir obsesivamente, en HD, a este estrafalario poeta ruso que vivió como vagabundo mientras escribía novelas autobiográficas. Sin embargo, se tendría que leer El Reino para comprender a toda profundidad la arquitectura de la obra de Carrère. Tardó siete años en escribirlo y pensó, tal como le confesó a Wyatt Mason en el New York Times, que con esta obra culminaría una segunda época creativa y comenzaría una tercera. Hasta la fecha El Reino parece tener el efecto de una lápida más que de un cometa.
El Reino se encuentra dividido en cuatro momentos: Una crisis (París 1990-1993), Pablo (Grecia 50-58), La investigación ( Judea 58-60) y Lucas (Roma 60-90). Además, el libro es clausurado por un capítulo que lanza una flecha desde la Roma del año 90 hasta el París de 2014. La edición de Anagrama tiene 516 páginas, de modo que el volumen tiene una dimensión casi bíblica. El género de El Reino es una mezcla de ensayo informal pero erudito, autoficción y novela de viajes. El personaje central es Emmanuel Carrère; por fortuna su prosa limpia y transparente y su sentido del humor superan —por una nariz— su propio ego.
El Reino tiene dos fines ulteriores: construir una reflexión sobre la fe religiosa que condense las contradicciones del mundo en su encarnación actual, y una apología de la única fe que salvará a nuestra fallida especie: la escritura. Ambos objetivos se complementan. Al estar consciente en cada letra de que lo que escribe es una obra maestra, Carrère cuida que la transubstanciación que ha sufrido con Cristo no se torne chocante.
En la primera parte nos confiesa su efímero fervor católico (de apenas tres años) en el que, como Saulo de Tarso, se vuelve un converso-casi-fanático y pasa a ser Pablo que vuelve a ser sustituido por el antiguo perseguidor. En esta época Carrère goza de éxito profesional y creativo al mismo tiempo que es atrapado por el más profundo desasosiego. Su madrina Jaqueline, quien es una devota de María, lo comienza a guiar al camino de Cristo en el que finalmente se reconoce a través del Evangelio de Juan: «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven tú mismo te ceñías la cintura e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevará a donde tú no quieras».
Los años de conversión y pérdida de la fe son acompañados con el tras bambalinas de la biografía de Phillip K. Dick, textos de Simone Weill, el I-Ching, los paseos en los alrededores de un chalet suizo con su mejor amigo y el consuelo de haber sepultado esa fe en la cual, aunque le resulta perturbador, millones de personas siguen creyendo. Antes de embarcarse en su propia y muy singular exégesis de los orígenes del catolicismo, el autor espeta un «te abandono, Señor. Tú no me abandones».
La historia de un muerto que ha resucitado y que hace milagros parece un K. Dick vintage que ha logrado fundar una religión, la más extendida en el mundo. Para ejecutar su proeza literaria el autor se vale de los evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, los textos de los exégetas, las referencias pop y fuentes históricas de la época que reconstruyen los primeros días del fenómeno cultural más poderoso del que se tenga memoria.
La revisión minuciosa de los Hechos de los Apóstoles le permite dibujar al héroe del texto, un culto médico griego que siguió al converso Pablo y que logró tejer el relato que sería su propio evangelio, el de las escenas y pasajes universales y eternos, Lucas. A partir de dos intervenciones en primera persona de Lucas, Carrère es capaz de seguirlo, colocarlo frente a la realidad y cuando se acaban los recursos, liberarse e imaginar la ucronía perfecta. Lucas entonces se convierte en el gran escritor, el que le da sentido de trascendencia a su tarea de organizar, traducir y redactar las misiones paulinas, sus cartas y sus disputas políticas en los primeros días del movimiento. Para Carrère, Lucas se encuentra en todo momento consciente de su tarea de escritor, «dramatiza, guioniza, fabula […] Y cuando algo no le gusta, no duda en corregirlo».
En este making off del Nuevo Testamento, Carrère ha tomado como pretexto los orígenes del cristianismo para hablar del poder de la palabra, para llevar su propia buena nueva: «la palabra nos hará libres».
¿De dónde provienen la creación y la inspiración? La protagonista del presente relato encuentra su vocación tras descubrir el secreto que guarda la máquina de escribir de su madre.
Sabía que mi madre escribía por las noches; en pocas ocasiones llegó a despertarme o causarme algún tipo de molestia. Luego llegó la máquina de escribir, una Olivetti Underwood Lettera 32 en una cubierta negra con la marca impresa en letras verdes. Mi madre tenía una amplia sonrisa al llegar a casa después de comprarla. Sus ojos tenían un brillo diferente, alegría y ambición se mezclaban en ellos. La máquina era su vellocino de oro.
Lo primero que hizo fue prohibirme que la tocara y la colocó sobre el escritorio de su recámara, a la cual yo no tenía permitido entrar. En ese momento supe que si me atrevía siquiera a rozar las teclas con las yemas de los dedos, ella lo sabría de alguna forma. Mi deseo de hacer sonar la campana, recorrer la cinta entintada de un lado a otro, teclear libre, ruidosa y constantemente sin escribir algo con sentido, fue reprimido por su constante vigilancia. Traté de persuadirla con mis infantiles argumentos, diciéndole que en caso de un incendio yo podría salvar su gran tesoro, pero me contestó cortante que prefería que se carbonizara.
Los primeros días con la Olivetti en casa, mi madre tuvo un pésimo humor, la causa era que no sabía mecanografiar. El tecleo era caótico y espaciado, la escuchaba maldecir constantemente mientras me iba quedando dormida, arrullada por esa melodía desafinada que poco a poco se iba transformando en algún ensueño. Sus planes de hacer eficiente su escritura no estaban dando resultados sino todo lo contrario. Mientras que escribir a mano le rendía varias cuartillas por noche, con la máquina apenas si llegaba a dos, tal vez tres, pero mi madre tenía el orgullo blindado para las derrotas. Su actitud hacia la máquina ya no fue para nada amistosa.
El sonido de las teclas fue adquiriendo con el tiempo y la práctica un ritmo más constante. Los arrullos de aquella melodía disforme habían quedado atrás y cada vez era más difícil conciliar el sueño. Su estado de ánimo fue volviendo a la normalidad, el cual no era propiamente optimista ni alegre sino más bien tímido, sonreía en lugar de iniciar conversaciones.
Tenía el conocimiento de que se dedicaba a escribir pequeñas historias, las cuales yo nunca había leído pero que colmaba con mi propio imaginario. Ella se decía diferente a las demás madres. En realidad era igual a ellas, me ponía un suéter cuando la temperatura bajaba un par de grados, me obligaba a comer vegetales y todas las noches me besaba la frente. La única diferencia era que trabajaba de noche, decía que se concentraba mejor. Cada semana enviaba su trabajo por correo, al final de mes recibía un giro postal. Los problemas económicos eran los mismos que en los otros hogares, no éramos ni más ricas ni más pobres que los vecinos, donde el padre era obrero o la madre señora de limpieza en alguna casa de ricos.
A los seis meses de la llegada de la máquina, mi madre era una mecanógrafa casi experta. Para mí era impensable hablarle sobre mis problemas para dormir a causa de la Olivetti. Siempre estuve al tanto de su esfuerzo y sus aspiraciones, de las que me hacía cómplice. Tenía fantasías de mandarme un día a estudiar en una universidad en el extranjero, de abandonar ambas el país e irnos a Estados Unidos o Francia, donde según mi madre podría encontrar un nicho lleno de personas como ella: artistas.
Muchas tardes se entregó a este tipo de ensoñaciones mientras ponía en el tocadiscos alguno de sus álbumes, su favorito: Surrealistic Pillow de Jefferson Airplane. Esperaba a que dieran las diez de la noche, llenaba un gran termo verde de café y se encerraba en su recámara con la Olivetti. Después de arreglar sus diferencias, se habían convertido en marido y mujer, y yo terminé por acostumbrarme al sonido de las teclas de mi padre sustituto.
Pasó un año y me preguntaba en qué momento se cumplirían todos aquellos sueños, cuándo llegaría mi madre a mostrarme un cheque con una cifra desorbitante y diciendo: haz las maletas, nos vamos a París. Yo seguía en la misma escuela pública con pupitres desvencijados, cristales rotos y una maestra irascible.
Con el tiempo mi madre fue bajando la guardia del cuidado de la máquina de escribir. A veces mientras ella estaba en la cocina, veía la puerta entreabierta de su cuarto y sigilosamente me acercaba para mirarla. Me asombraba que a pesar de escucharla cada noche, no la había tocado ni siquiera una vez. Una mañana mi madre se ausentó al ir a recoger el giro postal y la curiosidad por saber si había dejado la puerta abierta de la habitación me invadió. La perilla dio la vuelta completa y entre todos los papeles revueltos del escritorio y el gran termo verde vacío estaba la Olivetti Underwood Lettera 32.
Una hoja de papel seguía ahí, escrita hasta la mitad. Mi impulso inmediato no fue leerla, accidentalmente algunas palabras saltaron a mi vista: palabras obscenas, las partes privadas del cuerpo llamadas con nombres vulgares. Comencé a leer desde la primera línea hasta la última, busqué entre los papeles las faltantes, era el relato de un encuentro sexual entre dos hombres y una mujer, contado con detalles explícitos y en un lenguaje tan soez que ni siquiera el peor de mis compañeros de clase hubiera empleado con tanta soltura. El caos en que se encontraba el escritorio tomó forma. Aquí y allá había anotaciones y borradores con procacidades iguales o peores, firmados todos con el mote de La secretaria lujuriosa.
A pesar de la angustia que me provocó ese descubrimiento, traté de no dejar huella de mi estadía en la habitación durante su ausencia. Me refugié en mi cuarto y fingí estar dormida. Sin embargo no dejaba de pensar en aquellos dos hombres y esa mujer entregados a una serie de actos que a mi corta edad me parecían insólitos. Lo que más pesar me causaba era que la cabeza de mi madre estuviera repleta de tales imágenes y que el imaginario que le había adjudicado a sus trabajos nocturnos estuviera poblado de personajes controlados por sus deseos. Me sentí traicionada. Cómo era posible que todas sus aspiraciones, cultivadas en mi mente con paciencia fueran un día a cumplirse mientras ella escribía porquerías.
El sonido de la Olivetti me atormentaba más que en los primeros meses de su llegada. Ahora se asemejaba a un monstruo mecánico que me perseguía en la duermevela. Escuchando el trastabillar de las teclas pensaba que aquel alfabeto no era el mismo que yo había aprendido. Mientras que la A de mis maestros era un signo gráfico, la A de mi madre se transfiguraba en cuerpos, posiciones, órganos sexuales exhibidos como la carne en las vitrinas de las carnicerías.
Era difícil concebir a una mujer viviendo sola y más aún si era madre soltera así que la habitual duda sobre mi padre se amplió como un cráter en mi cabeza. La información que había recibido sobre él era nula, las palabras si no está aquí, ¿de qué te sirve saber dónde? eran las únicas que recibía de su parte. Sin embargo, ella había inventado una historia en la que se daba el título de viuda a causa de un accidente trágico y me explicó que con esto se ahorraba la molestia de un enjambre de buenos samaritanos prometiendo hacerse cargo de ambas. De esta forma mi madre fingía un luto perpetuo pero después del encuentro con la máquina puse en tela de juicio su decencia. Nacieron inquietudes, escenarios diferentes, fantasías terribles en las que mi concepción era resultado de comportamientos desenfrenados que reflejaba en sus relatos nocturnos. Al mirarla, con sus habituales ojeras, veía a otra persona.
Apenas descuidaba su vigilancia, entraba de nuevo a la habitación para encontrarme con nuevos textos que me hacían perder el color pero que no dejaba de leer. En cada uno se narraban situaciones diferentes, pero la línea conductora que los unía era el hambre sexual del personaje femenino, La secretaria lujuriosa, que exponía los detalles de sus aventuras eróticas. De esta forma recibía una educación sexual minuciosa pero involuntaria, en la que los protagonistas eran hombres con grandes miembros, mujeres de atributos físicos exacerbados y una secretaria que siempre quería más.
A cambio, mi madre no resentía la indiferencia y el desprecio que yo procuraba asestarle a diario. Sus ocupaciones seguían el ritmo usual. Escribía de noche, enviaba sus documentos por correo y recibía giros postales puntualmente. Una tarde, mientras comíamos, comenzó la acostumbrada charla sobre sus proyecciones a futuro. Hablaba para sí misma. El enojo que había reprimido por meses no se hizo esperar y a diferencia de días pasados en que rehuía a sus conversaciones, la enfrenté.
—¿Cómo vas a lograr todo lo que dices escribiendo porquerías? —le dije con la mirada furiosa. Ella me miró con sorpresa, abriendo mucho sus pequeños ojos detrás de los cristales de los lentes—. ¡Las personas que te leen deben ser unos depravados, igual que tú! ¡Eres la secretaria, pero del diablo! —. Y después de mi afirmación infantil, rompí en llanto.
Mi madre se soltó a carcajadas al escuchar esto último y, con una indignación todavía mayor, me levanté de la mesa.
Pasaron semanas para que volviera a dirigirle la palabra, mientras ella reforzaba la defensa de la Olivetti. La única explicación que recibí fue que se trataba de un buen trabajo y no hice más preguntas. Con el tiempo, tanto mi paz mental como nuestro trato volvieron a la normalidad aunque la máquina de escribir se vio forzada a trabajar turnos más largos. Mi madre continuaba escribiendo por la noche sin falta pero comenzaba un par de horas antes. Compró un termo nuevo que también llenaba al tope y que al día siguiente estaba tan vacío como el verde. Dejó también de relatarme sus proyectos y se limitaba a conversaciones sobre asuntos cotidianos.
Dos años después cesó el tecleo por un par de semanas. La revista para caballeros a la que mi madre enviaba su trabajo se fue a la quiebra, así que decidió darse un descanso de la escritura nocturna y encontró trabajo por la tarde dando clases de primaria a adultos, y aunque el pago era menor, irónicamente nos las arreglamos.
Un día, al regresar de la secundaria, la encontré llorando en el sillón, escuchando «White rabbit» de Jefferson Airplane, con el volumen más alto que podía dar el viejo tocadiscos. Entre los dedos sostenía una carta. Mi madre no era una mujer propensa al llanto pero la noticia sobre la publicación de su novela la conmovió. La editorial Publicaciones Toro era pequeña, independiente y totalmente desconocida, pero bastó para sentirnos en el camino hacia la realización de los sueños que a esas alturas compartíamos.
Apenas estuvo listo, el editor envió uno de los ejemplares de un tiraje de doscientos. En letras negras, grandes y cursivas se leía La secretaria de Satanás, abajo estaba el dibujo de una máquina de escribir enorme y una mujer exuberante sobre ella a gatas, vestida con un traje sastre reducido a traje de baño de dos piezas. De la máquina de escribir salía una hoja con el contorno de un falo en ella y en el lomo se agregaba el seudónimo de la autora La secretaria lujuriosa. El material era de baja calidad, las tapas del libro eran apenas más gruesas que las hojas, casi se transparentaban.
El dinero de la novela no nos hizo llegar a Francia pero pagó algunas deudas y necesidades de primera mano. Mi madre logró hacerse además de una Olivetti Lettera 36 eléctrica y la vieja máquina pasó a mi habitación. Y a pesar de que el tiempo había limado las asperezas, un sentimiento de zozobra me impedía tocarla. Por varias semanas la Olivetti estuvo empolvándose sobre el buró con una cinta entintada bicolor nueva.
Finalmente, mi madre amenazó con regalarla a quien sí le sacara provecho. Sentí temor de perderla, ya era mía después de todo, así que esa misma tarde coloqué una hoja en el rodillo. Primero presioné la A, luego la L y después sólo me dejé llevar por el impulso, dejando caer mis dedos frenéticamente sobre las letras hasta que sonó la campanilla. Tomé la palanca e inicié de nuevo.
La vida y obra de Alessa Flores, en voz de ella misma1
Mediante una mezcla de crónica y ensayo, Carmen Amat retrata el pensamiento y la lucha de una activista que quiso cambiar los estereotipos en torno al trabajo sexual y a la condición transexual. Su historia refleja con crudeza la realidad de una batalla que está lejos de ganarse.
Estamos en un mundo nuevo. Este mundo no es ni de feas ni de bonitas, es de listas y de pendejas. Es de la que más perra se pone a pensar, de la que salta, de la que lucha por su causa. Mi causa es ésta: demostrarle a todos ustedes, amigos, que tal y cual como eres, la gente te tiene que amar. Alessa Flores
YO NO QUIERO SER UN MACHO: 2015 Y ANTES
Espero no tener que estar en este cartel nunca —dice, mirando directamente a la lente, mientras con la mano derecha señala una de las cartulinas que descansan sobre el altar de flores añejas. Llevan los nombres de mujeres fallecidas. Les ha montado una ofrenda, una muestra de aprecio. Es día de muertos y ella cumple con el rito para las trabajadoras sexuales de Tlalpan desaparecidas, a las que todos ignoran.
Parece alegre de colaborar con la cámara, como en todos los videos que filmó, pero a ratos se perturba por lo que expresa de forma espontánea, como sin darse cuenta.
—Espero no tener que estar en este cartel nunca. Bueno, que es imposible porque no soy inmortal. Pero espero no terminar aquí y terminar en otro lado. —Con la mano derecha recoge un mechón de la extensión de cabello azul que resbala por su frente y cubre su escote. Está incómoda.
Imagínense cuántos nombres son. Aproximadamente veinticuatro, veintiséis nombres sólo aquí, en el área entre San Antonio Abad y Chabacano. Cada metro hace sus altares. Ahora imagínense cuántas chicas juntaríamos con un magno altar cada año. Duele saber que muchas de estas chicas ni siquiera pudieron regresar a sus casas. Vinieron de otros lados de la República a trabajar aquí y aquí acabó su vida, aquí acabó todo.
En una medianoche de octubre y a media Calzada de Tlalpan, la mujer hablando a la cámara viste minifalda, tacones altos y una camiseta ligera con una leyenda de los Arctic Monkeys. Es la trabajadora sexual transexual y activista social, Alessa Méndez Flores, que poco antes de filmar el video de la ofrenda, fue invitada a dar una charla en la UNAM.
En la grabación casera que alguien hizo del foro universitario, se puede ver cómo sonríe de orgullo. No puede evitarlo: las académicas de currículum extenso que la acompañan en la mesa se quedan calladas cuando ella agarra el micrófono. Todas se muestran interesadas en lo que tiene que decir a los universitarios una transexual sin estudios sobre su experiencia de vida como trabajadora sexual y como activista.
En el video de la ofrenda del día de muertos, en cambio, su sonrisa es más bien controlada. Alessa quiere ser amable con su público, pero también quiere ser precisa. Quiere que entiendan.
Nació el 20 de mayo de 1988, en Frontera, Tabasco, con las características biológicas de un varón. Sus padres la nombraron Alan Jesús Méndez Flores, y esa decisión ajena se materializó en un cerco físico —aun si éste no era visible para los demás. La identidad se impone. El individuo debe portarla al cuello, sobre el rostro, en el cuerpo, y aún en el timbre de voz. La mayor parte de su existencia se limitó a llenar el espacio que dispusieron para otra persona: Alan Jesús. Faltaba, por supuesto, espacio para ella, Alessa. Un error ajeno al respecto de quién debe ser uno, y, más importante aún, quién no, y el marco queda bien delimitado. De aquí a acá, tus posibilidades; el campo de acción de lo que puedes decir, hacer o pensar perfectamente restringido. Que nadie se confunda.
Algo parecido a vivir en una casa con el cerrojo puesto y que sea alguien más quien tenga las llaves.
Sólo que no es una casa. No se puede suprimir ni suplantar por un espacio más cómodo. No es posible quebrar un vidrio y escapar del cuerpo propio. Nadie esquiva la expectativa ajena. A Alessa la encerraron, y por dieciocho años su cuerpo le perteneció a los otros, porque, aun cuando su propiedad era atribuida a la persona de Alan Jesús, Alessa no se reconocía; no era, en definitiva, su cuerpo.
No quería ser un hombre. Me molestaba ser un hombre, verme en el espejo. Me sentía mal conmigo misma. A veces entre la adolescencia y la juventud no podemos hacer la transición. Y nos seguimos viendo en el espejo pero sabemos que no somos nosotros. Sabemos que nosotros somos otras personas.
Witold Gombrowicz, el escritor polaco que al decidirse a radicar en Argentina minó sus posibilidades de ser reconocido en su propio idioma, publicó una especie de novela de iniciación, bastante disparatada, medio siglo antes del nacimiento de Alessa, acerca de este mismo problema.
Quizá ella habría disfrutado el argumento de Ferdydurke: a un hombre de treinta años lo devuelven a la educación básica; todos a su alrededor concuerdan en que el sitio indicado para Pepillo es el del pupitre, y aunque Pepillo sabe muy bien que él es un hombre maduro y no un niño, no encuentra cómo salir del enredo en el que lo meten las expectativas ajenas sobre su vida privada.
Mucho más que una novela rebelde, Ferdydurke es una parodia reveladora de los usos y costumbres de la convivencia humana llevados a sus últimas consecuencias, donde se muestra a ratos el revés ingenuo, ridículo, y en cierta medida patético, de nuestras creencias sobre la identidad.
Pienso que leer esa novela habría hecho reír en voz alta a Alessa, porque no hay mejor ejemplo de un mundo idiota en el que los sujetos (aun si no son transexuales) comparten sus condiciones de vida: los personajes ahí también sucumben bajo el peso de la mirada del otro. Pero a diferencia de lo que sucedió con ella, aquellos sí bajan la cabeza. Obedecen. Firman el contrato sólo por no ser la decepción de las expectativas de los demás. A medida que confirman ser lo que se espera de ellos, no obstante, son cada vez más débiles y patéticos: se vuelven decepciones de sí mismos.
El caso de Alessa y el de Gombrowicz son idénticos, aunque no sean iguales: son esfuerzos por subrayar el hecho de que ni la identidad personal nos pertenece.
La modernidad prometió a los sujetos la libertad de sí mismos. Pero ¿qué saben las promesas del arrastre cotidiano? La costumbre obliga a que la identidad sea decisión de quienes rodean y tienen poder en la jerarquía y álgebra de la vida. Ninguno decide ni aún lo más básico: recibimos el nombre propio antes de ser capaces siquiera de pronunciarlo.
Son excepciones de la regla los casos en que, como Alessa o Gombrowicz, el sujeto rebosa los límites, hace explotar sus confines, empuja sus fronteras personales unos milímetros; halla sus nudos identitarios, los deshace, y los vuelve a amarrara voluntad propia. Si nadie puede en realidad deshacerse de ella, estos sujetos al menos deciden cómo se anuda la soga que llevan atada al cuello. Y saben cómo destensarla en caso de asfixia existencial.
Para respirar mejor, Alessa eligió el silencio, la quietud de las partículas, la soledad de las galaxias. La senda amurallada y con frecuencia corta del que camina haciendo caso omiso a las expectativas ajenas:
Yo soy de Tabasco. Cuando mi familia se enteró que yo era una chica transexual, optó por llevarme a un lugar en donde la heteronormatividad es lo que rige: el norte del país. Los norteños son como: «pues aquí te vas a hacer hombre porque naciste hombre y a pesar de que tú te sientas la más mujer del mundo, tú eres hombre».
—Ya no quería ser un macho —dice Alessa a los universitarios. Mira al vacío. Se negó las comodidades que habrían llegado solas, de haberse conformado con el papel que le asignaban— Sí, tienes casa, tienes coche, tienes todo, pero si eres un hombre. Si eres mujer, ni te aparezcas por aquí.
OK, NO SIRVES
—Siempre hizo lo que quiso —declararía una tía suya con algo de zozobra a un reportero que la cuestionaba sobre la vida anterior de su sobrina. El aislamiento involuntario de Alessa durante su envío al norte del país no habría de impedirle vivir su nueva identidad bajo sus propias reglas.
Porque esos primeros años vivió aislada. Tuvo un episodio de consumo de drogas que terminó en una sobredosis de la que por milagro se salvó. Además de no desarrollar amistades fácilmente, y de cortar con los nexos familiares, Alessa no encontró un empleo en el que pudiera desenvolverse. Vivía de prejuicio en prejuicio. No tuvo opciones:
Fue difícil pertenecer o durar, o pedir un mejor puesto. Dejé de trabajar y conocí a ciertas chicas que se dedicaban a esto y ellas me fueron incluyendo en este mundo. Porque desafortunadamente la ideología de la gente es cerrada y no te da la oportunidad de demostrar tus capacidades; aunque nosotros sepamos que tenemos muchas capacidades, no te da la oportunidad. Creo que no sólo pasa con las chicas transexuales, creo que le sucede a toda la diversidad.
Pero faltaba más, porque aun si estaba segura entre otras transexuales, Alessa intuía que se reproducían las mismas dinámicas de su infancia y joven adultez:
Si eres transexual ya te discriminan. Pero, si eres transexual y trabajadora sexual, te discriminan más. Es como: «ok, no sirves». Hasta entre las propias chicas trans: «si yo tengo mejor empleo que tú, lo siento, tú eres prostituta y no entras en mi élite».
SÍ, YO VENDO MI CUERPO; PERO MI INTELIGENCIA NO; ÉSA TE LA REGALO
Quizá fue la réplica de marginación entre los integrantes de la comunidad LGBTTTI+, o la falta de espacio de su infancia y joven adultez lo que hizo intuir a Alessa la importancia de ganarse un sitio, y ampliarlo bajo la premisa de que debe ser habitado en conjunto. Asumió que las condiciones de la vida precaria debían de ser cambiadas por mano propia. Y pensaba que los recursos para hacerlo son tan vastos como la voluntad del dueño.
Una vez hecha trabajadora sexual y ya bien instalada en el centro del país, Alessa formó redes de apoyo. A su llegada a la Ciudad de México comenzó a vincularse con organizaciones y colectivos que trabajaban en contra de la discriminación y a favor de los derechos humanos. Y cuando cayó en cuenta de la marginalidad en que viven los sujetos transexuales que además se dedican al sexoservicio, decidió volverse activista.
Lo primero que hizo fue un canal de YouTube, al que tituló «Memorias de una puta». Con la audiencia que generó, Alessa obtuvo cada vez más contactos y espacios, pero sobre todo, generó vínculos. Después vino el ofrecimiento de participar en un programa de radio, del que estaba orgullosa: «Heteroflexibles».2 Y también se sumó a otras luchas, aunque no perdió de vista sus objetivos. Lo que quería era formar lazos.
Comenzó siendo crítica con lo que observaba. En sus primeros videos quiere desmentir mitos sobre el mundo transexual y sobre la prostitución, a base de experiencias propias y de lecturas ocasionales, aunque atentas. También quiere destruir cierto campo semántico que rodea y circunda aquello que significa «ser mujer». Lo que es notorio es que ésta es una etapa en la que estudia los discursos de otros y que no tiene reparo en contestar. No tolera quedarse callada frente a prejuicios; ni siquiera frente a los de su pareja. Incluso si significa perder público, Alessa no duda en responder:
Ser una trabajadora sexual no es fácil. El hecho de que yo haga videos de esta índole no quiere decir que sea un tutorial como, hola, estoy haciendo el tutorial de hoy para que tú puteés y vendas las nalgas, y puedas tener dinero, amiga. Y también estoy haciendo un tutorial para que yo sea una madrota y las venda. Obvio no. Yo no quiero que nadie más se venda. Y no es envidia ni egoísmo ni nada. Simple y sencillamente, chicas, hay muchas opciones. El trabajo sexual no es malo, pero tampoco debe ser lo único.
Quiso cambiar los clichés que intuía en torno al trabajo sexual y frente a la condición transexual. Hay videos de Alessa confrontando a recepcionistas de hoteles, argumentando discriminación cuando le impiden el ingreso. Hay grabaciones de Alessa conversando con estudiantes de la Universidad Iberoamericana sobre mitos acerca de lo transexual y los derechos humanos, o increpando directamente a los entrevistadores sobre su papel como activistas heterosexuales en la lucha del colectivo LGBTTTI+.
Éstos últimos son especialmente interesantes: son la metacrítica del sujeto que contesta incluso a quienes se afanan en ayudarlo; la voz que se hace escuchar porque sabe que el precio de la defensa ajena de una causa propia es el de ser usurpada del espacio político y la toma de decisiones. En una palabra, un rechazo honesto y amable a ser infantilizado por la protección de otro: «O sea, está padre y se los agradecemos a todos, pero creo que nosotras somos las que debemos tomar cartas en el asunto».
Y también hay videos de Alessa alegre y segura, contestando burlas personales que hicieron usuarios de las redes: «Sí, está bien, yo sé que ustedes dicen, ay, no, esta puta qué puede andar diciendo… Sí, es verdad, yo vendo mi cuerpo. Pero mi inteligencia no; ésa te la regalo. Aprende algo: humildad».
Quizá los de mayor fuerza sean los videos de Alessa criticando el estándar imposible de perfección femenina que observa en otras transexuales. Quiere dignidad. En vez de hacer tutoriales sobre cómo colocarse pestañas o extensiones, cómo inyectarse aceite para moldear la cadera, Alessa hace videoblogs para no sucumbir al deseo de ser la mujer más bella, a costa de correr riesgos de salud innecesarios. En ellos imposta la voz y luego ríe para quitarse las extensiones y las pestañas frente a la cámara:
¿Qué pasaría si enseñáramos a la gente que no es la estética lo que hace a una mujer? O sea, una mujer no es más mujer porque es más bonita o menos mujer porque no lo es tanto. Una mujer se mide por la capacidad que tiene en su mente y por lo que es dentro. Constrúyanse desde su psique, porque eso es lo que va a ser que sean mujeres empoderadas, perronas, y no cualquier persona las va a venir a hacer menos. (Imposta la voz) Ciao, bye, chicas (manda beso a la cámara y ríe).
Lo que impresiona más, en definitiva, del personaje que construyó de sí misma, es la fuerza que ganan sus argumentos con el buen humor con que hace frente a lo que le enoja o perjudica. Buscaba la manera de restar a la realidad el peso inútil de lo negativo:
Amigos, no griten «¡Viva México!» porque realmente México no está tan vivo: está de la chingada. Y, pues, ya saben: si llego a desaparecer forzadamente… pues estamos en México, las desapariciones forzadas suceden.
SEÑORA POLITÓLOGA, ME DISCULPA USTED Y TODOS SUS TÍTULOS, PERO SOY UNA MUJER
El mejor ejemplo de esta crítica de buen humor desarrollada intuitivamente es la grabación en la que Alessa increpa a su novio para en realidad responderle a otra transexual.
La pareja acaba de regresar a casa. Antes, asistieron a un evento organizado por el gobierno de la Ciudad de México; un programa para celebrar la transexualidad. Pero a Alessa y a su novio al inicio no los habían dejado pasar al recinto donde se llevaba cabo, y uno de los guardias, incluso, en vez de referirse a ella como «señorita», la llamó «amigo», argumentando que «no tiene por qué saber qué cosa es ella». Alessa no contesta en ese momento, pero cuando llega a casa graba con el celular un video y lo sube a sus redes esa misma noche.
Pese al mal trato que le dieron, su verdadera irritación no es de carácter íntimo, sino político. Tiene que ver con lo dicho por los invitados; en concreto, sobre las diferencias entre ser una mujer transexual y ser una mujer cisgénero.
Desnuda sobre la cama y con su novio recostado al lado, Alessa le pregunta a quemarropa si la considera o no mujer, aun si no tiene glándulas mamarias o matriz, y tiene en cambio un pene. El novio no se sorprende con la espontaneidad de la chica y responde que sí, que él la considera una mujer completa, y Alessa entonces aprovecha para increpar a otra transexual, invitada oficialmente al evento por el gobierno capitalino:
Eres un orgullo mexicano, lo sé, pero ¿tenías que quedarte callada, comadre? ¿Neta? ¿No tenías que alzar la voz? Yo creo que nosotras nos construimos también, así como las mujeres [cisgénero] se van construyendo, como dice esa señora. Nos construimos. Nos construimos ante una sociedad que no es recíproca, que discrimina, que hace misoginia y transfobia. Decían que la misoginia y la transfobia no son lo mismo. Para mí son exactamente lo mismo. Porque cuando hablamos de crímenes de odio y de muertes trans, estamos hablando de mujeres que mueren. De. Mujeres. Que. Mueren. Y para las personas que no lo saben es difícil darse cuenta, y al contrario de aclararla, la confundimos más. Merecíamos que nos defendieras de esa señora. Aunque fuera tu invitada. Debemos de defender nuestros ideales, nuestro género. También hay chicas que son mujeres, y se identifican y aman su cuerpo, siendo mujeres con pene. Mujeres sin implantes. Sin un culazo, con cabello corto. Mujeres en su totalidad aunque no tengan matriz. No necesitas una matriz ni procrear. Porque lo que nos hace mujeres es lo que tenemos aquí [señala la sien]; todo lo que la gente quería estudiar y por lo que quería mandarnos con psiquiatras. Creo que no nos están mandando con psiquiatras pero nos están menospreciando. Hay mujeres con pene y hay hombres con vulva y eso está bien.
RECUERDEN QUE AQUÍ HASTA LA MÁS CHIMUELA MASCA BIEN
Una paradoja en la que pensar: entre la vida peligrosa y breve que suponen por igual el sexoservicio transexual y el activismo social en México, y la vida material cómoda de la estoica aceptación de lo impuesto, Alessa elige la primera opción. Es paradójico si se observa su vida entera, porque ella sabía bien que elegir la segunda opción no hubiera sido sólo fácil sino, además, una forma de preservar su vida. Y sabía también que la suya era la decisión de mayor peligro: «Ya seas trabajadora sexual o no lo seas, las transexuales no llegamos ni a los treinta. Nuestra posibilidad es ésa, simplemente, porque nos jodemos la vida desde bien chiquitas».
Tenía planes para su vida a futuro que no involucraban morir joven, pese a todos los indicadores en su contra. Quiso hacer activismo y no sólo para los sujetos transexuales. Le interesaba contribuir a cambiar la situación de aquél que viviese en condiciones insoportables. En otro de sus videos habla del bienestar animal, las personas en situación de calle y los huérfanos. Además de luchar por la dignidad de un empleo sexual bien remunerado y seguro, Alessa quería realizar estudios universitarios, como refiere en la conferencia de la UNAM. Y también manifestó deseos de convertirse en ama de casa y en madre.
QUE SE REEDUQUE LA GENTE QUE YA ESTÁ EDUCADA
En la habitación #135 del hotel Caleta, ubicado en la colonia Obrera, cerca de la calzada de Tlalpan, en el área exacta que va de la estación de metro San Antonio Abad a la estación Chabacano, cerca de donde habría colocado otro altar este año, Alessa Méndez Flores fue asesinada. Tenía 28 años cumplidos. Ingresó al hotel en la madrugada, acompañada de un hombre, pero ella nunca salió. Su cuerpo fue encontrado cerca del mediodía del jueves 13 de octubre de 2016, semidesnudo, envuelto en una sábana blanca. Presentaba marcas de estrangulamiento.
Y espero que estén al pendiente de esto porque yo un día voy a ser otra cosa y ya no voy a ser puta. O quizá sea puta y sea otra cosa, e intercale las dos cosas. Y pues… nada más, era el consejo que les quería dar: no se dejen de nadie, y traten de hacer las cosas que quieren hacer. Y ni modo ¿no?
1N. de la A. Todas las citas de este documento son testimonios de Alessa Flores, disponibles en YouTube. También el título de sus apartados. Algunos extractos sufrieron modificaciones con el fin de armonizar con el tono de este escrito. Debido a la extensión original del ensayo, la versión que aparece aquí es una reducción respetuosa del mismo.
2El título hace referencia a una orientación sexual liminal, que Alessa equiparaba, por ejemplo, con la orientación del hombre heterosexual, capaz de enamorarse de una mujer transgénero (que conserva el aparato reproductor masculino). Ese hombre es heteroflexible, de acuerdo con la experiencia y opinión de Alessa.
Desde la orilla miraron, sostenidos en dos patas, el predicho elástico charol noctívago que figuró malabares con brillos ajenos (reflejos de reflejos de otra luz fuera del mundo).
En las manos sostuvieron futuros recuerdos —futuras cárceles— todavía opacos: pasta de imagen esperando el instante. Miraron el lago quieto y sintieron el viento agresivo. Temían por todas las cosas ocultas, aquellas sumergidas y todas esas menores que minúsculas sostenidas en el aire.
Estamos listos —repetían antes de llevar la mirilla al ojo y luego de mirarse cada tanto para confirmar que contra la espera seguían preparados.
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Y pasó. Al centro del centro se hendió el petróleo; la cabeza asomó entre la herida, con sus orejas pequeñas, la frente abultada y batallones de escamas listas para el olvido. El cuello larguísimo abrió en canal la tensión de toda superficie.
Inmóviles en la orilla, apenas alcanzaron a capturar una grisalla tenue del asombro. Luego las cámaras cayeron de sus manos. Llegó la penumbra, llegó la penumbra, cantaban.
Alzaron la vista hasta alcanzar la altura de ojos nuevos y por primera vez les pareció colosal aquello que mecían en los brazos.
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Desde entonces, la humedad adentro de la carne, grano de tinieblas: un ideal de cuna, arrullo feroz, que no era exactamente la patria, sino el vibrar de los anélidos, la muerte oportuna de los originales. No un concepto, un recorrido, práctica perpetua: la melancolía natal por los fondos alguna vez tangibles: cieno, perlas, ruidos verdes.
Ilustraciones: Fernando Cruz / Adriana Cruz Monroy
Una familia que se dedica a fabricar ataúdes es víctima de una tragedia, y posteriormente de una maldición. Son habladurías de la gente, la leyenda que se cuenta en un pueblo olvidado. Sin embargo, el protagonista de esta historia la vivirá en carne propia, con funestas consecuencias.
Luego de cinco horas al volante, un hambre voraz me obliga a desviarme hacia la entrada de un pueblo que se encuentra en la orilla de la carretera. Al viaje le resta un tiempo equivalente al que llevo hasta ahora, por lo que debo tomar un descanso, comer algo y avivar el ánimo antes de continuar atravesando la noche. Avanzo por veredas empedradas; por lo desolado, tengo la impresión de que me hallo en una comunidad de costumbres, donde la gente se guarda en su casa muy temprano. De pronto, titilante, veo al final de la cuadra el letrero luminoso de una cantina.
Estaciono la camioneta afuera, y entro.
Un olor rancio, que envuelve todo el aire del lugar, me golpea al instante. Suena una casetera que está sobre la repisa de las botellas. La luz amarilla de un foco en el techo apenas alumbra el espacio. Tras seguir mis pasos, el cantinero, refugiado en la barra, me saluda de modo inhóspito. Enseguida tose profusamente. Es un hombre de poco cabello, mandíbula ancha y brazos largos y delgados. Innumerables jornadas nocturnas dibujan sus arrugas. Lleva puesto un mandil gastado; debajo, una playera gris. Explico que vengo de la autopista y busco un sitio para cenar. Sólo tengo cerveza, repone tajante el cantinero mientras limpia un vaso. Pienso en regresar al coche pero claramente no hay ningún otro negocio abierto en los alrededores. Resignado, pido que me dé una, al tiempo que ocupo un banco.
El primer trago me calma; no es buena cerveza pero está fría. Observo a tres personas más: un par de borrachos con sombrero que discuten en una mesa del fondo, y un solitario de sudadera verde olivo, sentado a unos cuantos asientos a mi izquierda. La capucha le esconde la cabeza. Vuelvo los ojos al cantinero; con una mueca de fastidio, éste me da a entender que no quiere hablar y se dirige a la parte trasera, donde parece haber un cuarto.
Nunca había venido por estos rumbos, ¿verdad, jefe?, pregunta el sujeto que está a mi costado. Tiene una voz grave y ronca, como si alguna enfermedad le hubiese atrofiado las cuerdas vocales. Respondo que no, que estoy de paso. A lo que él añade: casi nadie se detiene por mucho tiempo, ¿sabe?, no es un pueblo para quedarse.
Luego bebe del tarro.
Lleva guantes negros de estambre. Al escucharlo, me doy cuenta de su embriaguez, no obstante, aún puede hablar de manera inteligible. Hay poca gente en la cantina, y también en la región, digo al ver que deja su cerveza enfrente. Por lo solitarias que son sus calles, parece un sitio del que se pueden contar varias historias.
El hombre asiente repetidamente, acomodándose la capucha, y chasquea los labios.
Qué raro, dice, sólo conozco una.
Le pido al sujeto que la cuente.
No sé si deba, jefe.
Me causa cierta irritación que se refiriera a mí con ese respeto que usa jerarquías. Da un trago largo, terminándose la bebida. Permanece unos segundos en silencio. Comprendo que, para seguir, simplemente necesita más alcohol. Llamo al cantinero, quien viene casi arrastrando los pies, y le pido que sirva otro tarro. Yo invito, le digo al hombre de la sudadera y éste agradece con un ligero movimiento de cabeza. Nos quedamos solos de nuevo.
Y entonces, fatigosamente, habla: ocurrió hace ya bastante tiempo, jefe. Las carreteras aún no existían. Para llegar al pueblo, uno tenía que cruzar el monte, caminar a través de un llano seco, hasta ver las casas de adobe, la iglesia y el panteón. Había unas cuarenta familias, no más, y muchas de ellas vivían del campo. Eran días difíciles. Los acaudalados se robaron las tierras; hubo que agarrar el machete y hacer eso que llaman revolución… ¿comprende, jefe?
Pero ya pasaron muchos años. Doscientos, acaso, o un poco más.
El hombre se refresca la garganta y continúa: en la historia de cada pueblo existe una desgracia. Y la de éste cayó en una familia buena, querida por todos. El padre trabajaba la madera y cuatro de sus cinco hijos aprendieron el oficio de la siembra. La madre cuidaba al más pequeño, Jonás, quien tenía los ojos grandes (como los de ella) y la piel montuna. Por aquel entonces cumplía once años. Le gustaba ir a los establos de los caballos. Les arrimaba paja al hocico y no hacía más que verlos masticar.
Como dije, el padre de Jonás trabajaba la madera. Pero elaboraba una sola cosa, que no le requería mucho esfuerzo y le permitía sobrellevar la primera vejez. El hombre de la sudadera se detiene, pasa las manos por las piernas, sobándolas, como si tuviera un calambre. Espero atento mientras tomo de mi cerveza.
¡Ataúdes!, dice de golpe, hacía ataúdes… ¿me sigue, jefe?
El padre de Jonás era conocido por eso. Mucha gente murió en la lucha por la tierra. Las familias venían de otros pueblos a verlo. Le platicaban cómo había fallecido su pariente y él se ponía a tallar la caja. Tenía un extraño don para entender la tristeza, y la gente encontraba cierto consuelo en eso. Pero la cercanía con la muerte lo volvió un viejo duro con sus hijos, algo de lo que se arrepentiría una mañana lluviosa de junio; la mejor época para el cultivo.
Esa vez, el pequeño Jonás pidió permiso para ir con sus hermanos al campo. La madre enfermó, se quedó recostada en el petate y le pidió que no se alejara demasiado. En realidad, lo que el niño quería era ver a los caballos. Por eso fue a los yuyales, donde sabía que los encontraría. Vio un grupo de quince o veinte purasangres, hermosas bestias negras dando vueltas dentro de una valla. Jonás, sin saber el peligro que corría, saltó los tablones que los cercaban. En ese momento hubo un estallido en las nubes, un trueno que alebrestó violentamente a los animales.
Comenzaron a correr nerviosos.
Y la lluvia se precipitó. Era un diluvio, ¿entiende, jefe? Jonás dio un paso al frente. Supo que debía irse, pero ver a los caballos así lo dejó paralizado. Entonces el cielo tronó y las gotas arreciaron con furia. El pequeño sintió miedo. Atisbó una verja; se apresuró a salir por ahí, mas no pudo asegurarla de nuevo. Alcanzó a dar unos pasos afuera antes de escuchar a sus espaldas el galope salvaje que se aproximaba y que, instantes después, al volverse, le pasaría por encima.
El hombre de la sudadera acerca el tarro a la capucha; lo vacía. Pido otro.
Prosigue: la madre recorrió desesperada el pueblo en busca de su hijo. Pero fue uno de los hermanos quien lo encontró tendido en el lodo. Él hubiese querido reconocer su cara, pero los cascos de los caballos la deformaron. Jonás murió esa mañana. Nadie en el pueblo creyó la noticia hasta que vio el pequeño cuerpo dentro de un ataúd angosto, que el padre improvisó al caer la tarde. Era una caja simple, sin detalles. El viejo no pudo lidiar con su propia tristeza. Pero dígame, jefe, en una situación así, quién podría.
Velaron el cuerpo durante la madrugada. Y el llanto de la familia fue el único sonido que se escuchó en toda la comunidad, era un eco doloroso que se anidaba en las casas. Lo enterrarían en el panteón a primera hora. El luto del padre de Jonás, al paso de las horas, se convirtió en odio; soltó injurias contra Dios y se negó a aceptar la pérdida. En el fondo se culpaba.
Al final de la velación, vieron entrar en la morada a un hombre que llevaba espuelas, ropa negra, un sombrero grande y una hebilla gruesa y dorada. Llegó, sospechosamente, a pie. Se acercó al ataúd con pasos firmes, miró a los presentes e hizo una seña al padre de Jonás para que salieran. Extrañado, éste fue a la puerta, donde lo encaró. El otro se presentó como el dueño de los caballos que habían matado a su hijo. Quería hablarle de hombre a hombre. Le pidió que se alejaran un poco, y caminaron unos cuantos metros en dirección a la iglesia.
Era una noche fúnebre. Así son todas en este pueblo.
El padre de Jonás contuvo su coraje unos minutos. Pero luego las lágrimas lo doblaron. El extraño lo levantó, tomándolo de los brazos; le exigió que lo escuchara. Nadie sabía quién era ese hombre, parecía de paso, así como usted, jefe. En su figura llevaba los rasgos de un cacique. ¿En verdad quiere que su hijo viva de nuevo?, le preguntó aquél, como si supiera sus deseos. Haría lo que fuera, respondió sollozando. Le advirtió que tendría consecuencias, pero el padre no lo entendió y repitió las últimas palabras. El visitante lo soltó, entró de nuevo a la casa; poco después, salió con rumbo al panteón, perdiéndose en la penumbra.
Tras la visita, un grito desgarrador hizo volver adentro al padre de Jonás. Faltarían un par de horas para el alba. Miró a su mujer arrodillada y descubrió al niño de pie, sin ningún golpe en el rostro. ¡Ninguno, jefe! Los presentes creyeron en los milagros, como los que ocurrieron en la Biblia, y se arrodillaron. El padre de Jonás no encontró ninguna explicación. Le preguntó a su mujer qué había ocurrido. Ella, aún con la voz temblorosa, repitió lo que el hombre desconocido, antes de irse, dijo frente a la caja: levántate, que vivirás una eternidad.
Al principio, la gente del pueblo recibió el hecho con buenos ojos.
Enseguida quisieron saber quién era aquel peregrino de atuendo oscuro. Pero nadie lo supo; tampoco se supo adónde fueron a parar los caballos que dejó salir el chiquillo. La familia, al poco tiempo, volvió a ser la de antes. Jonás creció con el recuerdo de su propia muerte. Tenía guardado en su memoria el instante en que despertó sobre el ataúd. Cuando le preguntaban qué era lo que vio durante sus horas de fallecido, no sin miedo afirmaba que un hombre de gran estatura, con la cabeza de un caballo negro, le ordenaba que volviera a la vida. Suena absurdo, pero eso es lo que decía. Sobró quien dijera que se trataba del mismo diablo. Ya sabe cómo son los rumores, jefe. La gente no se guarda nada. Aunque tal vez no erraba…
Con el tiempo, Jonás aprendió el oficio de la carpintería; se convirtió en el ayudante del padre hasta que el viejo enfermó. Los ojos se le cubrieron de diminutas venas rojas, y se retorcía de dolores en la espalda. Así empezó la desdicha. En un inicio, sospecharon que la edad había sido la culpable, y su muerte, que sucedió a los meses, se pensó natural.
Los giros del azar, jefe, permitieron que ahora fuese Jonás quien construyera el ataúd de quien había sido su maestro. El muchacho se esmeró lo más que pudo. Poco tardaron en enterrarlo. Pero a los días, dos de los hijos mayores corrieron con la misma suerte: a uno, la temperatura le mostró el lado más espeso del infierno, y las convulsiones fijaron la fecha de su última noche. A otro, la navaja de un desconocido le cortó la garganta, dejándolo tirado a las afueras de la iglesia.
Entonces empezó a cobrarse aquel favor.
Al mes, el tercero de la ralea fue mordido por una víbora en el monte.
El cuarto fue fusilado por las tropas enemigas, al sur, sin motivo aparente.
A pesar de esto, el destino fue noble con la madre, al dejarla ciega: no vio ninguna de las muertes de sus hijos. Pero al año también enfermó y llagas dolorosas vistieron su cuerpo. Todo aquel que estuviera cerca de Jonás, no encontraría otro destino más que ése. El tiempo en que sucedían los hechos variaba; a veces era enseguida, a veces pasaban años.
Poco menos de una década bastó para que la comunidad se convirtiera en una cosecha de huesos. Como dije, murió el padre, murieron los cuatro hermanos y la madre de Jonás. Pero igual, en extraños eventos o por enfermedades sin antecedente, murieron los campesinos, los hijos de los campesinos. Jonás se encargó de hacer los ataúdes; con el tiempo, aprendió a sepultar sin ayuda de nadie. ¿Se imagina lo que es eso, jefe? Descubrió que la muerte tiene caras distintas. Quien muere, logra ver sólo una de ellas. Pero Jonás, estando vivo, atestiguó más de una, y fue valiente. Aceptó la soledad como quien recibe una herencia.
En algún momento quiso huir, pero creyó que sería peor, pues adonde fuera lo perseguiría la desgracia. Si se quedaba en un solo lugar, pensó, algún día se quedaría completamente solo. Era el precio que pagaría por su vida. Pasaron cincuenta, ochenta, cien años. El joven se convirtió en hombre, luego en anciano. Jonás envejeció más de la cuenta. ¿Imagina su piel, jefe, después de vivir un siglo, y luego otro? ¿Imagina su rostro podrido?
Permanezco mudo, igual que la casetera, que ha dejado de sonar. El hombre de la sudadera verde da un trago profundo y deja caer el tarro nuevamente vacío sobre la barra. El cantinero aparece de súbito; comenta que es hora de cerrar, que será mejor que nos vayamos, y tose mientras estira la mano para recibir el dinero.
Le doy un par de billetes; agrego una buena propina. Cuando me vuelvo hacia mi acompañante, lo veo salir apresurado, como si huyera de algo, y atraviesa la puerta. Lo sigo. Escucho toser por última vez al cantinero. Paso al lado de los sombrerudos, aparentemente dormidos sobre la mesa; me pregunto cómo irá a sacarlos en tales condiciones. También quisiera saber si están vivos.
Vuelvo a la camioneta.
En la calle, miro hacia ambos sentidos, pero ninguna sombra la recorre. Doy marcha al motor. Salgo por la misma vereda empedrada y, cerca de la desviación, distingo un bulto al borde del camino. Oiga, ¿quiere que lo acerque a su casa? (Avanzamos en silencio unos cuantos metros hasta que parece entender el ofrecimiento). Gracias, jefe, pero prefiero caminar, contesta sin mirarme. Vamos, hombre, lo llevo, es muy tarde. No puedo, dice, caminando aprisa, y añade unos metros adelante: tengo trabajo. Dejo de insistir y, sin despedirme, me arranco hacia la carretera oscura. Acelero. A los veinte minutos, el camino se inclina y permite que pueda avanzar sin esfuerzo del motor.
Pienso, de pronto, en el hombre con cabeza de caballo. Veo sus ojos brillantes y grandes. Puedo verme en el reflejo de las esferas oscuras. Los tengo tan cerca que, distraído, me dejo llevar por cavilaciones que me hielan la sangre. De inmediato la velocidad de la camioneta aumenta y la vía se vuelve cada vez más estrecha. El viento entra por las ventanillas, agitando los papeles que llevo en el asiento del copiloto. Veo la autopista. Diviso una curva cerrada a unos cincuenta metros; del otro lado, un voladero. Las llantas rechinan; el motor gruñe.
Paso saliva y piso el freno. Piso de nuevo, con todas mis fuerzas, a fondo.
Para entender plenamente el legado del poeta francés más leído en el mundo es preciso disipar los clichés que lo reducen: el del creador maldito e intoxicado y el del bohemio en pleno romance con la modernidad.
I
A Charles Baudelaire se le ha descrito en una época de acero, de vapor y de fuerzas mecánicas, como a un hombre pálido, vestido siempre de negro y de ojos febriles. Otros añaden a su figura de semblante melancólico el halo negro de la sífilis y el espectro enervante del hada verde. Cuando menos, así lo revela la imagen legendaria de un poeta decadente, en los daguerrotipos de Nadar que lo retratan. El cauce significativo de su vida revela la vocación de una alegoría marcada por la fatalidad. Desde su nacimiento, el 9 de abril de 1821, hasta cumplir apenas los cuarenta y dos años se le ve endeudado, sifilítico y hemipléjico. Al cumplir los cuarenta y seis, en su semblante plomizo se advierte una vejez prematura: intoxicado por el alcohol, enquistado por la sífilis, paralizado por la hemiplejia y enmudecido por la afasia, todo su léxico se limita a una sola blasfemia exasperada: «¡Maldita sea!». Su siglo no sólo lo considera dipsómano, sino también aficionado al opio. En 1857 Prosper Mérimée refiere que el joven Charles sufre «fuertes episodios de melancolía» y suele replegarse «en un destino eternamente solitario, un pobre muchacho que no sabe nada de la vida. Un pobre diablo». El 6 de octubre de 1859, Victor Hugo destina una misiva a Baudelaire, en la cual manifiesta la «disidencia» que los opone: «Jamás he dicho: el arte por el arte; siempre he preferido el arte en nombre del progreso. En el fondo no son la misma cosa, y vuestro espíritu es demasiado penetrante para sentirlo». El hecho es que el «príncipe» muere en brazos de su madre enervado por el alcohol y el opio. Si a esto último se suman su inteligencia cáustica y blasfema, la desafortunada relación con Jeanne Duval, la creación de una poética inédita, la participación activa en la Comuna de París y el vínculo ambivalente con la modernidad, no sorprende el hecho de que, todavía a inicios del siglo XX, a Baudelaire se le haya incomprendido en su propio país.
No obstante, nada se ha dicho de un joven Baudelaire blanco, inmaculado y radiante como un dios solar presidiendo en «el altar piramidal del sol». El 4 de julio de 1848 el cronista Gustave Le Vavasseur anota en su diario que encuentra a Baudelaire: «Nervioso, excitado, febril, agitado. Nunca lo había visto en semejante estado. Peroraba, declamaba, se jactaba: “Acaban de detener a De Flotte”, decía, ¿Será porque sus manos olían a pólvora? “¡Huelan las mías!”. Pensaran lo que pensaran del arrojo de Baudelaire, aquel día era valiente y se habría hecho matar». Durante la Comuna de París se lo refiere explícitamente exaltado, deambulando con las manos ennegrecidas por la pólvora, con un pañuelo rojo atado al cuello y portando una camisa azul, símbolo de su republicanismo.
Para revelar plenamente la actualidad del legado y el alcance de la figura de Baudelaire, es preciso disipar dos clichés que reducen el impacto del poeta en lengua francesa más leído del mundo.
La primera estampa, divulgada por una tradición de la crítica decimonónica, reproduce la imagen sombría de un poeta maldito, dedicado a esculpir versos impresentables reproducidos en una sola obra monumental de poesía moderna, Les lesbiennes o Les Fleurs du Mal, en la que, según el juicio de André Lagarde y Laurent Michard, Baudelaire «busca curar su alma del desasosiego y para ello se dirige a la poesía y al amor, ambos remedios le son ineficaces para disipar definitivamente su melancolía». Después de todo, aquello que confiere un sesgo actual e imprescindible a su poemario que, en la explicación del propio Baudelaire, se propone extraer «la belleza del mal», a través del contraste de dos aspiraciones opuestas: «el horror y el éxtasis de la vida». El arte del oxímoron en la poética de Baudelaire se presenta así como una regla de pensamiento, una forma de dialéctica primordial en la estética moderna también empleada por Flaubert —reconocible en otros autores anteriores como Théophile de Viau—, que fija el programa de todo un siglo de arte moderno: «esta manera moderna de adorar y de mezclar lo santo a lo profano».
El segundo retrato, basado en semblanzas que no son de primera mano y en confidencias de sus contemporáneos, lo caracteriza como un bohemio que se halla tras la experiencia inédita del choque de la modernidad y el espectro de la fugacidad, cuya réplica es lo infinito. Pese a esto, las obras completas de Baudelaire trazan una teoría crítica de la modernidad, es decir, un sistema de reflexión que, por un lado funda una estética en torno a la pérdida de la experiencia del presente y que, por otro lado, cuestiona el progreso técnico como una vía para acceder a la perfectibilidad de la humanidad. Baudelaire es un intelectual reactivo. En tanto que el pensamiento moderno prevé la realización del individuo a través de la técnica y la Historia, la resistencia intelectual encabezada por Baudelaire denuncia la extinción del sujeto a la luz del faro pérfido del progreso.
El estupor producido por los estragos de las revoluciones industriales se desenvuelve en las consideraciones de Baudelaire como una energía crítica cifrada en una estética subversiva que cuestiona profundamente la ideología moderna, es decir, la certeza de la realización del hombre a través de la idea de progreso. La tesis esencial de esta crítica es el modo en que la modernidad disimula las condiciones que determinan la explotación y la miseria humanas, al conseguir enervar las mentes a través del consuelo material del progreso: «al refinar a la humanidad proporcionalmente y continuamente mediante los nuevos placeres que ofrece, el progreso indefinido sería su tortura más ingeniosa y cruel». La imposición de este imperativo técnico como modelo de civilización demarcó el surgimiento de movimientos intelectuales radicales en contra de esta forma de utilitarismo que suprime toda posibilidad de perfectibilidad: «El progreso habrá atrofiado en nosotros toda la parte espiritual, la mecánica nos habrá americanizado a tal grado, que absolutamente nada entre las ensoñaciones sanguinarias, sacrílegas, o antinaturales de los utopistas podrá ser comparado a sus resultados positivos».
Por todo ello, la aureola de poeta maldito define escasamente el legado de una trayectoria crítica que fecunda la experiencia del fin de la modernidad. Charles Baudelaire no es ni el autor asceta de un solo libro escandaloso, ni una mente enervada por las experiencias de la metrópoli. Faro oscuro o centella fugaz, mitificación moderna o sombrío fetiche: Baudelaire no es ni lo uno ni lo otro. En él coexisten el libre pensador, el filósofo, el dibujante, el dramaturgo, el poeta, el crítico, el periodista, el moderno, el antimoderno, el conservador, el revolucionario, el romántico y el simbolista. De suerte que lo más sustantivo de sus consideraciones debe rastrearse en las reflexiones críticas y en las aspiraciones estéticas de una obra que ha rebasado el alma indolente y oscura de su siglo.
II
El privilegiado y detenido acercamiento que el vate de la modernidad sostuvo a lo largo de dieciocho años aproximadamente —entre 1847 y 1865— a la hora de traducir y prologar la obra de Edgar Allan Poe ejerció una influencia notable sobre el último Baudelaire, el más profundo cabe señalar, el de los Petits poèmes en Prose y la crítica de arte en cuanto a la creación de una experiencia sin precedentes en la poesía. En este sentido, Giorgio Agamben afirma en Enfance et histoire que «la crisis de la experiencia es el marco general en el cual la poesía moderna se sitúa. La poesía moderna después de Baudelaire no se funda en una nueva experiencia, sino en la ausencia total de experiencia sin precedentes». De modo que el lugar de la experiencia literaria moderna, en donde los hombres están articulados de corazón, alma y espíritu por la palabra, las costumbres, la cultura religiosa y la memoria, es precisamente lo que está amenazado por una transformación inconcebible.
Las traducciones de la obra de Poe, por encargo del periódico Le Pays, resultaron un éxito. Animado por ello, el periódico alineado con el Segundo Imperio, decidió hacer a Baudelaire un encargo crucial, la reseña de la Segunda Exposición Universal de 1855. Baudelaire no habría de dejar pasar la oportunidad para imponerse como un maestro de la crítica de arte con los Salons (1845) y la Exposition Universelle de 1855, ensayos audaces en los que articuló el eje central de la estética modernista: conferir profundidad simbólica a la vida en la metrópoli, mediante la valoración estética del presente a la luz de lo fugaz, lo extraño y lo grotesco.
De su fecunda amistad con Delacroix, Baudelaire atesoró un ojo educado en la composición del instante, en el rastreo de una revelación inminente. De hecho, Delacroix es la piedra de toque de buena parte de la concepción del arte moderno en la obra ensayística del vate; su definición se finca en la figura de Delacroix. La expresión sensible de un ideal abstracto así como la figura del artista moderno son representaciones formuladas en tres textos cruciales de la modernidad estética, dedicados al pintor francés: Eugène Delacroix, L’artiste moderne y De l’héroïsme de la vie moderne. La visión del artista como oráculo y el arte como sacerdocio son igualmente concepciones sujetas a la fructífera relación entre Baudelaire y Delacroix.
Todavía más significativo resulta el hecho de que Edgar Allan Poe (1809-1849), Baudelaire (1821-1867) y Nietzsche (1844-1900) compartan un rasgo distintivo: son críticos incansables de los estragos causados por las revoluciones industriales. Poe sorprende en algunos de sus textos de corte narrativo al propalar algunas imprecaciones dispersas como la dirigida a «los utilitarios, esos toscos pedantes que se confieren a sí mismos el título que sólo podía aplicárseles con propiedad para ser escarnecidos». El progreso resulta a juicio de Poe un «éxtasis para papanatas», quien advierte en los perfeccionamientos del hombre: «cicatrices y abominaciones rectangulares».
Nietzsche afirma haber leído los escritos de Baudelaire en dos momentos diferentes de su vida. Declara haber leído Les Fleurs du Mal, que habría intuitivamente percibido como una obra wagneriana, intuición que se confirmaría, afirma el propio Nietzsche, por la lectura en 1887 de las Œuvres posthumes, publicadas por Eugène Crépet. Los escritos de Nietzsche destacan por lo prolijo, por la aguda crítica a cierta idea monumental de la Historia. Nietzsche alude a una enfermedad histórica del presente que se expresa en la idea de progreso a modo de una sacralización de la técnica, una fe depositada en un decurso inminente, irreversible y ascendente. Nihilismo o pesimismo histórico, desasosiego o spleen, Baudelaire caracteriza el mal de su siglo como la «modernolatría», aquella «gran herejía de la decrepitud». Sin ánimo de suprimir las diferencias, el razonamiento de los tres autores es consecuente —Baudelaire, Poe y Nietzsche—, en la medida en que se articula en torno a una forma de pesimismo histórico.
¿Qué puede aportar una relectura de su obra a la luz del siglo XXI? Lo que Baudelaire describe es una auténtica destrucción —aunque inacabada— de su entorno, su estilo de vida y su forma de concebir el Segundo Imperio. Si el valor de la experiencia del tiempo y del espacio se ha derrumbado, el poeta responde con una resistencia del pensamiento, con imágenes poéticas que parten de la creación de una experiencia sin precedentes, precisamente allí donde la distinción entre mundo y representación se disuelve. En su obra, la inquietud de configurar el mundo a través del fenómeno verbal, ejercicio de síntesis primordial entre el poeta, su lengua y el contexto moderno, es una réplica a la tragedia moderna, cuyo héroe es el artista de lo intrascendente. Baudelaire estructura un vínculo estrecho entre el hombre y su circunstancia con el mundo mediante lo simbólico, a través de la realización concreta de una representación abstracta. Se debe atribuir entonces a Baudelaire el que las estrategias modernistas sean metáforas absolutas que consolidan una forma de resistencia cifrada en la estética. La cualidad irónica del arte de Baudelaire consiste en simular una y otra vez los estragos de la era moderna en una parodia del aniquilamiento paulatino y definitivo de la sociedad. Es preciso que la simulación poética, la herrumbre de la maquinaria moderna, sustraiga algo a la banalidad y al cinismo, es preciso que en cada frase algo desaparezca, es preciso que la desaparición continúe viva en una paradoja siempre viva: ésta es la fórmula de Baudelaire.
* N. del E.: Todas las citas de Baudelaire siguen la edición de Claude Pichois, Œuvres complètes. Vols. I, II. Paris: Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, 1976. Las traducciones son del autor de este texto.
A partir de una anécdota que nos ha llegado contada por el propio Baudelaire, María Emilia Chávez Lara imagina un día en la vida del futuro poeta que, de niño, tuvo un encuentro mágico que le ayudó a comprender la importancia del juego y los juguetes.
Si no es libre, la existencia se convierte en vacía o neutra, y si es libre es un juego. Georges Bataille
La vida tiene un único encanto verdadero; el encanto del juego. Charles Baudelaire
Charles despertó entre olores provenientes de la calle: orines y anís. Era una tibia mañana de mayo de 1827. Mariette se dispuso a acicalar al pequeño: limpiarle el rostro, peinarlo, ponerle el mejor traje, perfumarlo con lavanda. No quería que la señora Caroline la regañara, así que se apresuró a servir el desayuno.
Mariette no entendía muy bien por qué tenía que hacer una comida tan temprano. Ella estaba acostumbrada a comer sólo una vez al día, alrededor de la una de la tarde, pero en aquel hogar se había adoptado una costumbre de los obreros ingleses: romper el ayuno al despertar para tener energía durante la jornada laboral. La joven sirvienta no sospechaba que era partícipe de un cambio de costumbres alrededor del mundo, resultado de la Revolución Industrial. Tomó algunos huevos del gallinero y los pasó por agua, preparó café y dispuso en una bandeja los panecillos que, para su fortuna, el mismo panadero le había llevado más temprano.
Dos meses atrás Charles había quedado huérfano de padre. Él y Caroline, su madre, vestían riguroso luto.
Aquel día Caroline estrenó un vestido con un corte estilo trompeta, de encaje negro. Las joyas y el tocado que usaba eran del mismo color. Desde que murió su marido, solía visitar a la modista dos veces al mes. Las costureras a cargo tenían que darse prisa en confeccionar los ajuares oscuros para la mujer y su pequeño.
Durante cada visita, Caroline abría lentamente los cajones de telas negras: encajes producidos en Francia, sedas traídas de Oriente, mantas de algodón que eran mucho más baratas, pero ella podía darse algunos gustos y elegía algunas de las mejores fibras. Mientras tanto, Charles se escabullía al saloncito donde las costureras, afanosas, pasaban varias horas al día. El niño recogía sobrantes de tela, los metía en sus bolsillos. Al regresar a casa, él y Mariette jugaban con los retazos, formaban muñecos, se divertían. Pero ese día, en vez de ir con la modista, se dirigieron a la casa de una señora de apellido Panckoucke.
En el camino Caroline hizo una escala: no debía llegar con las manos vacías a casa de su amiga, así que detuvo su marcha para comprar un ramillete de flores. Mientras su madre elegía el regalo, Charles se quedó viendo a dos niños separados por la reja de una lujosa casona. Los muchachitos tendrían su misma edad, pero el niño rico —vestido de blanco, rodeado de juguetes— miraba con envidia el juguete del niño que estaba en la calle —vestido con jirones, sucio, malnutrido—. El chiquillo jugaba, risueño, con una rata viva.
Por fin llegaron, madre e hijo, a aquel palacete en la Rue des Poitevins. Charles contempló durante algunos segundos la hierba del patio. Él hubiera querido rodar en el pasto, ensuciarse, quitarse la ropa. Pero eso era imposible. Conocía bien las reglas: no ensuciarse, comportarse y seguir los modales que se le habían en señado. Las madres francesas rara vez llevaban a sus críos a visitas sociales. Esa vez era especial y Charles lo presentía.
Después de tomar el té, la señora Panckoucke, quien vestía terciopelo y pieles, se dirigió al niño: «He aquí un muchachito al que quiero darle algo, para que se acuerde de mí». Lo cogió de la mano y lo condujo hasta una habitación cerrada con llave. Abrió la puerta; a Charles le pareció estar dentro de un sueño. ¿Era aquella mujer una hada?
Lo que Charles vio al entrar en aquel saloncito fue apabullante: juguetes. Juguetes por todas partes. Apenas y se podía caminar. El techo no se distinguía porque de él colgaban móviles de caprichosas formas: dragones, gaviotas, peces… sí, peces flotando en el aire. Era el jardín del Edén para cualquier niño.
En los estantes que cuajaban las paredes, Charles recordaría, muchos años después, caballos de madera (tanto en miniatura como los que eran suficientemente grandes para montarlos), soldaditos de plomo, un tiovivo de hojalata, marionetas —muchas de ellas—, muñecos de tela y muñecas de porcelana, un carruaje a escala tirado por lo que parecían bueyes, la representación de una botica, con todo y boticario —aunque un tanto caricaturizado— y pequeños frasquitos que simulaban contener sustancias curativas; un elefante tallado en un trozo de madera y decorado cuidadosamente, con incrustaciones de piedras que parecían preciosas; una locomotora que, aunque no tenía tracción autónoma, era la delicia de cualquier niño o adulto.
Ilustración de Laura Ferro.
Algo que llamó la atención de Charles fue un enorme baúl de caoba, tallado delicadamente con figuras de unicornios. Se aproximó para abrirlo, pero su madre lo reprendió.
Panckoucke animó al pequeño a escoger uno de aquellos juguetes.
—He aquí —dijo— el tesoro de los niños. Dispongo de un pequeño presupuesto dedicado a ellos, y cuando viene a verme un niñito amable, lo traigo aquí, para que se lleve un recuerdo mío. Elige.
Charles eligió algo inusual, un moderno juguete que, pese a lo simple de sus componentes, era de los más costosos y codiciados.
—Ésta de aquí —dijo Panckoucke mientras giraba entre sus manos un dibujo sostenido por cuerdas— es la «maravilla giratoria» o taumatropo.
Se trataba de un juguete inventado tres años antes por el médico inglés John Ayrton Paris. Consistía en un círculo de papel que por un lado tenía un pájaro dibujado y por el otro, una jaula;
en cada lado del disco había un trozo de cuerda. Al girar rápidamente el círculo, estirando la cuerda entre los dedos, se creaba la ilusión de que el pájaro estaba dentro de la jaula.
Años más tarde, en su adolescencia, Charles conocería el fenaquistiscopio, que quiere decir «espectador ilusorio». Esta máquina fue creada en 1829 por Joseph-Antoine Ferdinand Plateau. Se construía con varios dibujos de un mismo objeto en posiciones diferentes, alrededor de una placa circular. Cuando la placa se giraba frente a un espejo, se creaba la ilusión de una imagen en movimiento. Gracias a ese juguete, los primeros cineastas comprendieron —décadas después— que debían usar veinticuatro imágenes por segundo para que las tomas no se vieran cortadas.
Pero la señora Baudelaire replicó, no permitiría que su hijo tomara un juguete tan caro. Lo convenció de llevarse, en su lugar, un paquebote o barco cartero. Se trataba de una embarcación parecida a los bergantines, pero con una vela mucho más grande y redonda, como la de las fragatas. Los paquebotes se utilizaban para transportar correspondencia y aquel juguete fue una premonición: trece años después de la visita a la señora Panckoucke, Charles se inscribió en la Facultad de Derecho. En poco tiempo malgastó la herencia de su padre y, en lugar de ser un estudiante ejemplar como lo deseaba su padrastro, Jacques Aupick (un general comandante de la plaza fuerte de París) comenzó a frecuentar el barrio latino, a consumir drogas y a contratar prostitutas. Para alejarlo de todo aquello, el comandante Aupick lo obligó a embarcarse en un paquebote con destino a Balboa.
De regreso a casa, el pequeño Charles preguntó: «Madre, ¿qué había en el baúl de los unicornios?». «Aire», respondió tajante.
II
El recuerdo de Madame Panckoucke —o el «Hada de los juguetes», como la llamaría en su edad adulta— hizo que Charles Baudelaire se dedicara a estudiar y escribir sobre la importancia del juego y los juguetes. También los adultos, como los niños, exploran el mundo jugando. Y ese jugar nos convierte en gabinetes de curiosidades; hace que en cada uno residan todos los objetos raros y misteriosos que pueden encontrarse en el mundo.
Un día, a sus veintiún años, Baudelaire tuvo un encuentro con otra hada. Era color ópalo, aromática, tóxica y le ayudaba a escribir. Se trataba del Hada Verde del ajenjo. Solía reunirse con ella y con una prostituta de origen judío, Sarah, a la que nombraba «La Louchette» —la bizca. Sarah, además de torcer la mirada, era calva. Dejó de ver a Sarah gradualmente, pero jamás dejó de frecuentar a sus amigas hadas.
Cuando Charles cumplió treinta y tres recordó al Hada de los juguetes en un texto titulado «La moral del juguete», publicado el 17 de abril de 1953 en Le Monde Littéraire. En este ensayo, Baudelaire hace una taxonomía lúdica en la que propone la siguiente división: Juguetes bárbaros o primitivos —aquellos que son toscos porque el fabricante así los ha construido—; juguetes científicos —que desarrollan la mente de niños y adultos, pero que son de alto precio, como el fenaquistiscopio—; los juguetes de adoración —esos que sólo sirven de adorno, que ningún niño puede tocar—; finalmente, los «juguetes con alma», los que se juegan y juegan, que se llenan de mugre y arañazos, los que verdaderamente hacen felices a los niños y generan conexiones entrañables.
Pero el juguete no siempre es necesario. Lo que verdaderamente importa es el juego: «Todos los niños hablan a sus juguetes. Sus juguetes se convierten en actores en el gran drama de la vida, reducido por la cámara oscura de su pequeño cerebro. Los niños demuestran con sus juegos su gran capacidad de abstracción y su elevada potencia imaginativa. Juegan sin juguetes».
Cuando Baudelaire recuerda la habitación a la que lo llevó el Hada de los juguetes, afirma que en las jugueterías hay una reproducción de la vida, pero más hermosa:
¿No se encuentra allí toda la vida en miniatura y mucho más coloreada, limpia y reluciente que la vida real? Allí vemos jardines, teatros, hermosos vestidos, ojos puros como el diamante, mejillas encendidas por la pintura, encajes encantadores, coches, caballerizas, establos, borrachos, charlatanes, banqueros, comediantes, polichinelas que parecen fuegos artificiales, cocinas y ejércitos enteros, bien disciplinados, con caballería y artillería.
Todos los niños, ricos o pobres, necesitan un juguete «con alma», porque sólo a través de él se refleja el destino. El juguete está cargado de espiritualidad y creación: «Esta facilidad para contentar su imaginación testimonia la espiritualidad de la infancia en sus concepciones artísticas. El juguete es la primera iniciación del niño en el arte, o más bien su primera realización y, llegada la madurez, las realizaciones perfeccionadas no darán a su espíritu el mismo entusiasmo ni la misma creencia».
Con más juguetes el mundo podría volverse mejor. Quizá por eso Baudelaire nos invita en algunos de sus textos a llevar en los bolsillos pequeños juguetes —títeres miniatura, canicas, muñequitos— y regalárselos a los niños que encontremos en la calle. Probablemente al principio se rehusarán a aceptarlos, pero veremos sus ojos brillar y, después, tomar la sorpresa que les extendemos para huir con ella como gatos asustados.
Infancia es destino. Baudelaire jamás imaginó que ciento cincuenta años después de su muerte, en alguna calle de alguna ciudad de México, un niño que juega con una rata pudiera aprender a leer gracias a algún alma compasiva. El chiquillo lee el señalamiento que marca el nombre de la avenida, apenas puede pronunciarla. No sabe quién fue Baudelaire. Asegura que lo que dice el letrero es «baúl del aire», como aquel cofre vacío que en su infancia, el poeta maldito no pudo abrir.