Recuperamos esta entrevista con el periodista y escritor Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950-2017), publicada en nuestro número 207 en la que, fiel a su costumbre, el autor de Huesos en el desierto logra arrojar luz sobre la oscuridad más densa.
En Campo de Guerra (Premio Anagrama de Ensayo) Sergio González Rodríguez sostiene que «en tiempos de guerra la ley guarda silencio». Dicha aseveración describe de manera global la situación del México contemporáneo. Un país en el que el Estado ha sido suplantado por el an-estado. Territorio donde impera lo a-legal. Nación que padece una resaca estratosférica: ciento veinte mil muertos y desaparecidos producto de la guerra contra el narco. Cifra a la que a diario se le suman más dígitos.
Por obras como Huesos en el desierto (investigación sobre los feminicidios en Ciudad Juárez) y El hombre sin cabeza (un análisis sobre la decapitación por parte de grupos criminales), no existe hoy figura con mayor autoridad para develar el México actual que González Rodríguez. Además, destaca como uno de los críticos literarios más reputados del país. Responsable en gran medida de la recepción crítica de la literatura norteña en el centro. Su conocimiento y su trabajo de campo (su indagación en el estado de Chihuahua durante la investigación para Huesos en el desierto) lo dotan de una credibilidad irreprochable. Tanto en lo literario como en lo periodístico. Pero su sensibilidad se ubica más allá del tema de la violencia. Cada año ofrece un puntual recuento de los mejores libros publicados en variedad de géneros, en los que no se ausenta la poesía. Lo que detenta una voracidad indómita. González Rodríguez reparte su tiempo entre lo bello y lo terrible que conforman el paisaje mexicano.
¿Consideras la guerra contra el narco la peor crisis en la historia del país?
La guerra contra el narcotráfico es una etapa de la historia del país inserta en el desplome del pacto Estado-nación de México a principios del siglo xxi. Su gravedad es enorme, ciento veinte mil muertos, ejecutados y desaparecidos, pero hay que recordar que en los últimos cien años pasaron la Revolución de 1910-1921 (un millón de muertos), la guerra cristera (1926-1929, con cerca de doscientas cincuenta mil víctimas) y otros episodios violentos, como la represión al movimiento estudiantil de 1968 y el levantamiento zapatista de 1994 en los Altos de Chiapas. La firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, 1994) y el Acuerdo para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN, 2005) marcan una etapa distinta en la historia mexicana que a veces se denomina como posnacionalista o posmexicana, ya que la soberanía del país ha entrado en una dinámica de absorción por parte de Estados Unidos y Canadá.
Ante la ausencia de una soberanía nacional, donde el concepto de patria es inasible, ¿cuáles son las posibles mutaciones que experimentará el mexicano de la posnación?
El ataque a la soberanía nacional delata la bandera de algunos políticos, empresarios, comunidades y personas pro-estadounidenses, que repiten aquella doctrina tradicional de «América para los americanos» (James Monroe dixit), pero la soberanía está lejos de ser un concepto inasible y objeto de compraventa expedita: consta en las normas constitucionales de México (y de todos los países). El hecho de que los gobernantes mexicanos y sus socios rechacen cumplir tal precepto implica otro asunto. Por lo demás, resulta una falacia decir que los Estados-nación son cosa del pasado porque ahora se impone (o debe imponerse) el gobierno mundial dirigido por Estados Unidos. El Estado-nación continúa como el punto de ensamble necesario para el orden global. El concepto de soberanía no sólo es un mensaje sobre la extensión y autonomía territorial, sino que constituye el recipiente de la historia, la cultura, la memoria, el lenguaje específico de una nacionalidad. Si el nacionalismo arcaico está rebasado, la nacionalidad entendida como cosmopolitismo de la diferencia (Ulrich Beck dixit) determina los contenidos posmexicanos o posnacionales. Las nuevas generaciones que están al tanto de la cultura global y que, a la vez, viven en su entorno y bajo el legado familiar, local y comunitario.
Si la única solución para enderezar el rumbo es hacer que se cumpla el estado de derecho, ¿cómo podría conseguirse esto desde el an-Estado?
Restablecer el Estado de derecho (rule of law) es una tarea que atañe y debe encarar el propio Estado alegal o an-Estado que llegue a desarrollar una voluntad autocorrectiva, y que implica al poder ejecutivo, al poder legislativo y al poder judicial, a los partidos políticos, a la clase empresarial, a las iglesias y, sobre todo, a la sociedad, que tiene que rechazar el an-Estado: su funcionamiento anómalo de estar fuera y contra de la legalidad y, al mismo tiempo, simular el respeto por ella. Por ejemplo, ahí está pendiente el combate total a la corrupción institucional, la opacidad del gobierno, el autoritarismo en acciones y medidas. Desde luego, esto implica crear y practicar otra cultura política a nivel civil que sea capaz de trascender el mito de que la democracia comienza y termina con el voto y durante la jornada electoral, y queda en uso exclusivo de la clase política. La participación civil es una práctica que debe realizarse todos los días.
Si el gobierno y el narcotráfico siempre habían convivido, ¿qué detonó la guerra en México a principios del siglo XXI? ¿Fueron los Zetas los principales culpables de la desestabilización del país?
Entre otros puntos, el protocolo del aspan que firmó México con Estados Unidos indicó homologar los estándares de las fuerzas armadas y policías de México con los del norte. La estrategia de combatir al narcotráfico, ya equiparable con el terrorismo desde la doctrina militar y diplomática estadounidense, implicó a su vez generalizar la violencia en México e instaurar un mayor endurecimiento del Estado mexicano. Es uno de los efectos de la nueva geopolítica de Estados Unidos a partir del 11 de septiembre de 2001. Los Zetas, cuyos cuadros fundadores se beneficiaron del adiestramiento que recibieron en bases militares de Estados Unidos, introdujeron el modelo de guerra irregular (mercenario, guerrillero o paramilitar) en el trasiego de las drogas y las industrias criminales conexas en amplias regiones y trayectos del país. El resto de los grandes grupos criminales hicieron lo propio, y México se convirtió en un campo de guerra. En defensa de sus propios intereses, la desestabilización de países ha sido una práctica mundial de Estados Unidos a lo largo de la historia.
En el pasado existía el temor de que nuestro territorio se «colombianizara», ahora son otros países los que temen «mexicanizarse». ¿Nos hemos convertido en el mejor modelo de corrupción, de la falta de gobernabilidad y de crisis de inseguridad?
El riesgo de «mexicanización» de otros países por desgracia es real: se trataría de esa línea espectral donde lo legal y lo ilegal se entrelazan bajo una legalidad formal. Es decir: la simulación del Estado de derecho y el incumplimiento de las normas constitucionales. Si se pierde el Estado de derecho sustancial, material, concreto, los demás males vienen de inmediato: corrupción, ingobernabilidad, inseguridad, ineficacia, etcétera. Cada vez más las democracias contemporáneas, ha explicado Giorgio Agamben, recurren al «Estado de excepción», en otra palabras, a la ruptura de la legalidad constituida bajo el pretexto de imponer la ley. Sucedió en México, en Michoacán, cuando el gobierno federal impuso a un «comisionado» para «resolver» la inseguridad y la violencia allá y éste pasó por encima del orden constitucional al realizar, para colmo, sólo un ejercicio de «control de riesgos» temporal, cuyos efectos fueron fugaces, mínimos y propagandísticos. Mientras tanto, persistieron los problemas que lo convocaron.
México es muchos Méxicos. Pero primordialmente se advierten dos: el progresista y el represor. Un día legalizamos el matrimonio entre personas del mismo sexo y otro quemamos pruebas de nuestra corrupción, como ocurre con los documentos de la deuda de Coahuila. ¿Ontológicamente nos definen estos dos opuestos? ¿La permisividad y la impunidad?
Estoy de acuerdo con la idea de que México es muchos Méxicos, y también con la idea de un amplio terreno (real e imaginario) que se abre entre dos extremos, el progreso y el autoritarismo. Allí caben esos Méxicos y es donde, a mi parecer, se encuentran las causas históricas, culturales y sociopolíticas que determinan los contrastes y diferencias que caracterizan la sociedad mexicana en el presente. En lo personal, desconfío de las explicaciones metafísicas cuando existen factores tan evidentes como la pobreza, la desigualdad, la marginación, el desorden institucional, las carencias educativas, la impunidad completa de los delitos. En tales factores se origina la permisividad, el delito, la violencia, etcétera. Lo peor es cuando se generaliza la idea de fatalidad de lo mexicano, es decir, se atribuye a un componente esencial, racial, cultural o religioso una supuesta condición negativa, pues se niega la posibilidad de enfrentar causas concretas y se estigmatiza a un pueblo, o se forjan estereotipos de uno u otro rango.
Formalizamos el matrimonio por convivencia incluso antes que Estados Unidos. ¿Se trata de un avance en materia social o es un simple atenuante para distraernos del estrangulamiento que sufrimos por parte del Estado en cuanto a la pérdida de las garantías de los derechos humanos?
El logro de las libertades para las minorías tiende a ocultar la urgencia de otros contenidos modernizadores en todas las sociedades. Incluso para muchos basta con disponer de matrimonios por convivencia para permanecer indiferentes a otras necesidades de la vida cotidiana, por lo que se elogia y protege sin condiciones a gobernantes y funcionarios atentos a la agenda arcoiris y se soslayan los errores y corruptelas de éstos en otras áreas de la vida pública. Los gobiernos tienden a cultivar sectores, clientelas, grupos, redes, adherencias y apoyos, y suelen capitalizar la propaganda que garantice la continuidad en el poder. A veces, las políticas públicas que ejercen son simples usos oportunistas que dejan de lado el respeto a los derechos humanos, por ejemplo, en cuanto a la generalización de la tortura por las policías o fuerzas armadas.
En Campo de guerra aparece el concepto de «anamorfosis». México es una herida que parece no tener solución. Hemos pisado fondo. Un infierno más pronunciado se avecina. ¿Será la guerrilla urbana por la supervivencia su protagonista?
La anamorfosis de la víctima se refiere al momento en el que una persona que es víctima de un ataque, un abuso, un delito por parte de criminales o de policías, militares, marinos o funcionarios, se ve dentro de una perspectiva deformada respecto de lo que era antes su mundo de vida. Jamás las cosas volverán a ser las mismas. En México, con un índice de absoluta impunidad de los delitos, todos somos víctimas reales o potenciales. La lucidez ante tal hecho o riesgo es lo único que puede protegernos de que el síndrome de anamorfosis de víctima se convierta en «normalidad» aceptada sin rechazo alguno. El infierno más pronunciado se avecina, y sólo puede salvarnos nuestra profunda oposición a ello en el orden de la política, la moral, la ética. Asimismo, tengo la certeza de que la violencia sólo genera más violencia.
La efeméride era el vehículo del Estado para establecer identidad entre los mexicanos. En todo el territorio se celebra el 20 de noviembre. El bombazo en Michoacán durante el sexenio de Calderón socavó este instrumento de control. ¿Qué nos identifica ahora como mexicanos?
Los relatos históricos, la vida de los héroes, las celebraciones patrias, el discurso nacionalista fueron los contenidos privilegiados del Estado mexicano a lo largo del siglo XX. Desde finales del siglo pasado hasta la fecha, dichos contenidos han perdido vigencia, entre otras cosas, porque la alternancia de partidos en el poder confundió Estado con gobierno, y quiso imponer una legalidad partidaria que olvidó la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, su firmeza y tradición, la historia y la memoria del país, el pasado con su carga civilizadora: lo prehispánico, lo hispánico, lo colonial, el mestizaje (que incluye lo africano, lo asiático, lo árabe), lo moderno, la influencia europea y, sobre todo, francesa en el siglo XIX y XX. Hay que recordar que incluso se quiso modificar el escudo nacional para darle un tinte partidario. Esto no es anecdótico ni trivial, refleja por el contrario ignorancia y estupidez extremas con el pretexto del reformismo anglosajón. La historia de México merece no sólo respeto, sino inteligencia. En efecto, el 20 de noviembre se celebra el estallido de la Revolución mexicana de 1910, pero dicho estallido desató una guerra civil de diez años y, tiempo después, surgió la instauración del Estado posrevolucionario y siete décadas de estabilidad nacional. Sólo desde el olvido histórico podría pensarse que lo que los mexicanos requieren ahora es levantarse en armas, o que cada quien haga justicia por propia mano (como los «autodefensas», que quieren constituir la autonomía en la criminalidad). Los bombazos o atentados en festejos patrios son parasitarios de situaciones en crisis.
Si en México las instituciones son una entelequia, ¿la institucionalización de la violencia es el máximo poder en el país?
Las instituciones en México son entelequias porque, o son ineficaces e ineficientes o se limitan a cumplir formas pero incumplen lo sustancial: resultados tangibles. Todo Estado constituye violencia permitida y ejercida por el propio Estado, lo malo está cuando un Estado (como el mexicano) carece del monopolio de esa violencia (la delincuencia organizada se lo forcejea) y es incapaz de garantizar derechos o seguridad para los ciudadanos, y en cambio pretende encarnarse cada vez más en un Estado terrorista.
En CeroCeroCero Roberto Saviano declara de manera un tanto tardía que la cocaína es la principal responsable de la violencia en el mundo. Pero el crack sepultó a la cocaína en algunas regiones de México. Lo podemos ver en sitios como Tepito, por ejemplo. ¿Crees que la coca sea todavía la protagonista del conflicto?
La principal causa de la violencia en el mundo es la máquina de guerra implantada por Estados Unidos con el pretexto del combate al terrorismo, el cual subsume además el combate al tráfico de drogas a nivel planetario. La cocaína es uno de los protagonistas históricos, por cierto, menor: un pretexto para la política prohibicionista que encubre la maquinaria bélica y persecutoria en todos sentidos.
Los cárteles se disputan una plaza a muerte, con bajas de toda clase, incluidas civiles, sin embargo son capaces de pactar acuerdos para que en determinada plaza la cocaína que se venda sea de la peor calidad. ¿A qué obedece esta lógica?
El tráfico de drogas es una modalidad del capitalismo, y sus empresarios ilegales se desplazan bajo la lógica de éste: oferta-demanda, bajos costos, máxima rentabilidad, acuerdos o desacuerdos mercantiles con sus competidores, etcétera. Si en alguna plaza ofrecen pésimo producto a sus consumidores es para ganar más dinero a costa de éstos.
¿Agoniza la cultura mexicana? ¿Será suplantada por la narcocultura? ¿Se convertirá el narcotráfico en la cultura dominante?
La cultura mexicana está más viva que nunca, basta observar la calidad y diversidad a nivel internacional de los productos culturales en nuestra literatura, el arte, el pensamiento, el teatro, la música, el cine, el video, la fotografía, el periodismo, etcétera. La narcocultura, que prefiero llamar la subcultura del narcotráfico, ha tenido un auge que comenzó alrededor de tres décadas atrás y ya contempla su ocaso. Tuvo una primera etapa con las películas sobre el tráfico de drogas y el crimen de los años ochenta del siglo XX, por ejemplo, La banda del carro rojo de Rubén Galindo (1978), derivada del corrido homónimo del grupo Los Tigres del Norte, los cuales a lo largo de los años setenta comenzaron a triunfar con este tipo de temas de «Contrabando y traición». La potencia de los grupos criminales en México, que hacia la década de los noventa se explayara por completo, haría que entre 1994 y 2012 la subcultura del narcotráfico se volviera una corriente distintiva en el derrumbe del Estado-nación a través de relatos, canciones, películas y otras expresiones artísticas de índole más o menos apologética. Ahora que en 2015 el país vive una fuerte crisis económica y su política sufre cambios acelerados por la presión de Estados Unidos, se puede apreciar que, como tendencia, aquella va ya de salida. Por ejemplo, ya se registra el descenso de las ventas de libros dedicados a los antihéroes criminales y sus «hazañas» contra la ley. Hay que recordar siempre aquello que adelantó Susan Sontag: el gusto es el contexto histórico y el contexto cambia. La subcultura del narcotráfico jamás suplantará a la cultura mexicana (su historia, memoria, vigencia). El tráfico de drogas, su discurso y narrativas de autoafirmación, comienzan a ser pasado concluso sin viabilidad hacia el futuro: parodia de un tiempo perdido. En cambio, las miradas críticas al respecto mantienen su fuerza.
¿Es México un país de asesinos o de asesinados?
México es un país de asesinados, de asesinos y de una gran mayoría de personas que se niegan a ser ejecutados o convertirse en asesinos. Si no fuera por eso, desde hace mucho tiempo este país sería inexistente.
¿Es México un país de sobrevivientes?
Sobrevivir no sólo es el lema de México, sino que es el lema de la especie humana, por eso fue la especie que triunfó en la creación. El ser humano encarna la conciencia del mal-bien que ha buscado el amor de la verdad para salvarse.
Alondra es una niña huérfana que vive con una abuela hermética y estricta, que no entiende a su nieta y evita hablarle de la realidad, en un inútil intento por protegerla; Alondra, por su parte, se entretiene con sus muñecos Barbie y Ken. En su juego, recrea un mundo adulto, uno que ha visto y que aún no entiende del todo pero que intuye como cercano y que le ayuda a en-tender lo que su abuela se niega a explicarle. Así inicia Tangos para Barbie y Ken.
No es extraño que precisamente la muñeca Barbie y su compañero Ken sean los protagonistas de esta historia de espejos. La Barbie, aparecida por primera vez en 1959, fue la primer muñeca con características físicas de una mujer adulta, que se comercializó a escala mundial. Ruth Handler, la mujer que la creó, se inspiró en la muñeca alemana Bild Lilli, que surgió a partir de una popular caricatura, publicada en el periódico Bild-Zeitung en 1952. Lilli era una chica perteneciente a la generación de la postguerra: ambiciosa, independiente y trabajadora. La caricatura trataba, sin tapujos, temas como el sexo, la moda, la política e incluso la naturaleza. Por desgracia nada de ese espíritu transgresor se plasmó en la sumisa muñeca Barbie.
Alondra, como muchas niñas durante varias generaciones, plasma el mundo adulto que la rodea, a través de sus juegos. Poco a poco, Barbie, Ken y Kelly, la supuesta mejor amiga de Barbie, según la publicidad, vivirán sus propias historias escabrosas, cada vez más parecidas a la vida real, de parejas disfuncionales y tríos no consensuados, pero tolerados.
Mientras los personajes de Mattel se relacionan, Alondra crece para protagonizar su propia historia de amor y de desencuentros. Tanto la vida de los muñecos como la de la propia Alondra cumplen con los estereotipos de las parejas disfuncionales. El juego sexual de Alondra con un hombre casado con el que se involucra y quien, luego del rompimiento, le envía barbies mutiladas, no traspasa las líneas convencionales de las relaciones tortuosas; los juegos sexuales tampoco alcanzan un clímax perturbador. De hecho, Alondra palidecería ante las actitudes de la muñeca original alemana Bild Lilli.
Tangos para Barbie y Ken refleja el espíritu convencional de la muñeca, ése que se ajusta a los estereotipos sociales y que no cuestiona los roles de lo femenino y lo masculino, ni las transformaciones mediante cirugías plásticas, la obesidad o la anorexia; ni mucho menos prácticas sexuales extremas. Como los personajes de Mattel que poco a poco han perdido popularidad, estos relatos hilados como una novela presentan una realidad que ya ha sido rebasada.
Hoy en día la empresa Mattel ha diversificado sus modelos al infinito: bailarinas, personajes de cómics, de series de televisión, negras, latinas, con curvas pronunciadas, actrices, cantantes… Las melodías para Barbie y Ken son infinitas.
Si alguien pidiera una lista de los críticos de arte más importantes de los últimos sesenta años, con seguridad aparecerían los nombres de Boris Groys o de Arthur C. Danto, por mencionar a dos de ellos, pero difícilmente se propondría el nombre de Octavio Paz, quien, a pesar de haber dedicado buena parte de su tiempo al seguimiento y comentario de los movimientos artísticos de la modernidad, vio siempre opacada dicha faceta —tan profunda en su pensamiento y tan extensa en sus alcances como el resto de su obra— por su propia obra poética y su figura política.
En Tres sardinas en un plato e ideas nómadas (ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven Octavio Paz, en 2014) Jorge Terrones ensaya y defiende, con notable capacidad argumentativa, una idea que a botepronto pudiera sonar temeraria: Octavio Paz no sólo fue el mejor pensador y crítico de arte que produjo México en el siglo XX, sino que es uno de los más grandes de todo el mundo occidental. Para probar lo anterior, Terrones incurre en una práctica casi en desuso entre los jóvenes: hace una lectura atenta de su obra y rescata diversas reflexiones del poeta de Mixcoac acerca del arte moderno, para dialogar con ellas.
Son trece los textos principales en los que Paz habló de arte: desde «Poesía mexicana moderna», publicado en 1954, hasta «Ruptura y convergencia» de 1989.A partir de una conversación con ellos, el autor perfila el estado actual del arte contemporáneo y muestra cómo las palabras del Nobel mexicano, cuyo blanco eran las representaciones artísticas de la segunda mitad del siglo XX, a más de cinco décadas de distancia, no han perdido un ápice de vigencia, al contrario: parecieran haberse pronunciado en pleno 2017, después de haber visitado una feria de arte, una bienal una galería: lo que en las artes un día fue ruptura, cuestionamiento crítico y renovación, ahora es repetición mecánica, ceremonia, retórica y acriticismo. ¿Qué de novedoso o provocativo tiene —pregunta Terrones— una obra como Caja de zapatos vacía (1993), de Gabriel Orozco, después de Brillo Box (1963) de Warhol, o de La fuente (1917) de Duchamp? Octavio Paz, ya en 1961, había respondido: «La uniformidad empieza a ser una de las características del arte contemporáneo».
En este ensayo de largo aliento, Jorge Terrones nos hace transitar del arte moderno al posmoderno; nos lleva del museo a la galería; de la obra de arte al discurso que la valida; de la ruptura a la repetición; del crítico al curador, y de éste al mercado. Además, nos muestra que las reflexiones de Paz fueron tan agudas que aún hoy son capaces de iluminarnos, para desentrañar los procesos y recursos de ese arte envejecido que, desde la ignorancia o el cinismo, seguimos calificando de arriesgado, propositivo y novedoso.
La castración fue una práctica que se institucionalizó en varios imperios como el babilónico, bizantino, árabe, romano, entre otros; lo practicaban con regularidad, el eunuco formaba parte del imaginario colectivo. El tema, aunque era tabú por su práctica tortuosa, se realizaba con discreción, lo que ocasionaba el morbo y la curiosidad entre la sociedad. El libro A pesar de la voz, de Ángel Vargas, ofrece una lectura directa de este tema sin redondeos o prejuicios que afecten el testimonio de la voz poética de quienes justificaron esa forma del martirio.
El autor retoma el fenómeno de la castración situado en gran medida en el periodo del barroco europeo del siglo XVI al XVIII, cuando la figura de los castrati cobra mayor fuerza pública después de que el papa Paulo IV prohibiera a las mujeres cantar en las iglesias. Las voces femeninas fueron reemplazadas por niños y después por adultos castrados. Se presume que miles de niños fueron mutilados con la justificación religiosa que alegaban los padres, y es ahí donde encuentro el punto central del poema, en esa relación existente entre el castrato y la familia, especialmente con la figura del padre, en ese diálogo que intenta justificar el acto de la castración a favor de un mejor porvenir:
RECUERDO que en Bitontoantes de ir a Norciami padre dijo que mi voz era un bosque:me entregó con la fede los hombres que ponenuna semilla muertaen el futuro.
La infancia es el eje central del discurso, todo comienza ahí, en la analogía del rompimiento con el lazo familiar, en el complejo de castración que se experimenta en la niñez. Desde esa castración, el autor edifica un en¬tramado acerca de la relación con el padre y de ahí compacta el tema de los castrati y su cercanía con la iglesia. Dos relaciones culturalmente poderosas pero al mismo tiempo contradictorias: el padre y la iglesia. A pesar de la voz es por tanto un libro que por su paralelismo entre una y otra figuras paternales, por un lado el padre biológico y por otro el padre o guía religioso, no escapa a una lectura freudiana o lacaniana al respecto de su teorización sobre los castrados; y, sin embargo, mantiene su propio valor poético al resignificar la metáfora del castrado.
La súbita popularidad de la ópera italiana en toda la Europa del siglo XVII fue uno de los factores que aumentó la demanda de cantantes castrados. El niño italiano que nacía con una voz prometedora era candidato ideal para la cirugía. La voz de Vargas no sólo transcurre a través del testimonio del castrado, sino tam¬bién entrevera una crítica al fanatismo religioso que fomentó la práctica de la castración en detrimento de la presencia femenina.
Tanto se normalizó su presencia que la ópera de Orfeo y Eurídice de Christoph Willibald von Gluck, compuesta alrededor de 1762, fue escrita especialmente para un castrado. Incluso, después de la castración muchos de ellos eran vistos con respeto y adquirían cierta influencia dentro de la sociedad. En esa tesitura, Carlo Broschi, conocido bajo el sobrenombre de Farinelli, fue quien más destacó en los escenarios de la época. Personajes similares a Farinelli saltan dentro de los versos de A pesar de la voz de forma polisémica, al tiempo que permiten al lector escuchar diferentes registros testimoniales.
Sin embargo, el tema en sí mismo es sólo un punto de parti¬da para replantearlo como un suceso violatorio y recurrente en perjuicio de la integridad de aquellos que fungieron como piezas prescindibles, a merced de omnipotentes mandatos religiosos; no exentos de contradicción pues, aunque la iglesia prohibía tajantemente la castración, los castrati eran bien recibidos dentro de los coros religiosos, siempre en sustitución de las mujeres. A pesar de la voz es pues un libro que aprovecha esas contradicciones para su propio discurso poético, lo cual lleva al autor no sólo a abordar el lado no contado de la historia de la ópera, sino el lado no contado y lleno de claroscuros de la historia religiosa de aquel tiempo. Con todo se trata simplemente de un punto referencial, porque, sin llegar al extremo del experto o el académico, el autor hace uso del conocimiento de la historia musical, exento de afectadas pretensiones.
A pesar de la voz se puede leer desde diferentes aristas, no sólo desde la esfera poética, sino también como una crítica a la banalización de las instituciones religiosas. O bien, como el retrato de las relaciones parentales y los infinitos conflictos que acarrea el ser humano con su pater familias, a lo largo de su vida. Con él, Ángel Vargas demuestra que es un poeta de hallazgos, y que en la brevedad del poema aún podemos recordar nuestro rompimiento primigenio.
1. Escritor que trata sobre materias diferentes.
“En el siglo XVIII el género periodístico, que cultiva el ensayo sobre temas variados, tuvo tal aceptación que son característicos de estos tiempos los llamados polígrafos, como los benedictinos Jerónimo Feijoo y Martín Sarmiento”.
2. Detector empleado en la investigación policial de los delitos para registrar las respuestas corporales de una persona cuando se la interroga y detectar si miente; consiste en varios instrumentos combinados de forma que registren simultá-neamente las fluctuaciones en la presión sanguínea, el pulso y la respiración ante las preguntas que se le formulan.
“Los resultados de los polígrafos no suelen admitirse como pruebas legales en los juzgados de muchos países, excepto en los casos en que hay un acuerdo en este sentido entre las dos partes”.
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Era la primavera de 2002 cuando llamaron al primer teléfono móvil que tuve en mi vida y preguntaron por mí. Era sábado y del otro lado de la línea estaba Sergio González Rodríguez.
–Me dijeron que tengo que entrevistarte porque tienes intenciones de trabajar en el periódico, te veré mañana a las seis de la tarde en la nevería Gelato y necesito que lleves una nota sobre el grafiti en la Ciudad de México.
–Oiga, pero mañana es domingo…
–Pues así es esto, mano. Tienes la libertad de simplemente no presentarte, no pasa naaadaaa.
Como pude armé mi notita y me presenté con mis hojitas dentro de una carpeta color azul. Le entregué la carpeta a Sergio y así como la recibió me la regresó. Ni gracias me dijo.
–¿Cómo vas, dándole durísimo?
Yo no entendía a qué se refería con “dándole durísimo” y me sentía ofendido porque había pasado la noche en vela haciendo mi nota sobre el grafiti y él ni siquiera había sostenido la carpeta azul por más de cinco segundos.
–¿Qué dice la vida, ya comiste, quieres un café?, pide lo que quieras que no hay tiempo.
Hacía mucho viento y las muchachas se esforzaban por mantener las faldas en su lugar. Sergio parecía suspendido en el tiempo. El clima no lo afectaba. Algunas personas se detuvieron a saludarlo.
–¿No va a leer mi nota?
–No hace falta, ha de estar mal hecha, seguramente en vez de una cabeza periodística le pusiste el título como de un ensayo estudiantil –me dijo con esa manera suya que tenía de hablar con los dientes apretados, como si estuviera encabronado contigo por lo menso que eras.
Y así me di cuenta de quién era Sergio González Rodríguez. Una suerte de adivino. Un personaje mágico. Mi notita en efecto tenía un título de dos renglones, y eso era lo menos malo de todo mi escrito. Sergio era alguien que sabía quién eras y cómo hacías lo que hacías antes de que tú mismo supieras quién eras en este mundo, no podías engañarlo, mentirle o anticiparte. Sergio me apareció esa tarde alguien que encontraba fácilmente la manera de descubrirte, alguien que hallaba la manera más humana de exponer ante ti mismo tus fallas voluntarias, tu estulticia, tu contumacia, tu flojera. Después me preguntó que qué música me gustaba.
–El heavy metal –le dije envalentonado– como si aquel señor de chamarra bonita, de piel de gamuza, camisa cara, pantalón de vestir y zapatos lustrados, con ese rostro tan serio, no fuera a entender lo que estaba diciendo.
–Ah, ¿sí? ¿Y qué bandas te gustan, mano, las que celebran la vida o las otras que son aburridérrimas?
Y con mis respuestas a esa pregunta, la mayoría erradas, me hice amigo de Sergio, así, desde el primer día que lo vi. Y sé que a todos los que tuvimos la fortuna de encontrarlo en nuestro camino les pasó igual, te tocaba el corazón en menos de 10 minutos. Nunca supe cómo era capaz de lograrlo, pero así fue, así era él. Terminamos de conversar y dijo que iba a dar su comentario sobre mi desempeño, que él sólo era un consejero del periódico, que no tenía más poder que ése.
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De Sergio González Rodríguez no puede hablarse en abstracto, sólo en concreto. Mis anécdotas con él se suman a las de decenas de personas. Ayer navegaba por Facebook y dije pero ¿qué puedo aportar yo, si todos tienen un montón de vivencias con él? Y sentí alegría de que en vez de lugares comunes, de adjetivos abstractos, las personas, sus amigos, compartieran un recuerdo, una anécdota concreta que lo describía de cuerpo entero. Sergio González Rodríguez siempre fue un cuerpo completo, unido y reunido por su voluntad de persistir (en hospitales con operaciones, en iglesias con oraciones y en cantinas con conversaciones), a pesar de los numerosos intentos de “El Mal” por desmembrarlo, física, intelectual y emocionalmente. Todos tenemos distintas anécdotas con Sergio: nos obligó a vivir la vida con él, aunque fuera por un instante.
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A la sala de redacción del suplemento siempre llegaba caminando rápido. Y así como llegaba se iba. Le entregaba libros a Alicia y regañaba a Beatriz por cualquier cosa. No le gustaba perder el tiempo.
–¿Cómo ves a estos pillos?
Y si no captabas de qué nota estaba hablando se reía y redundaba diciendo, “No me hagas reír más, por favor. Hay que lograr que triunfe el bien… ¡El Bien!” Nos encargaba un montón de cosas y se iba rápido, yo me quedaba con la sensación de que le aburríamos pronto todos y una vez le pregunté y tú ¿a dónde vas?
–A la vida, mano, no hay de otra.
Después nos invitaba a comer y siempre, siempre, siempre remataba diciendo: “sé feliz”. ¿Sé feliz? Y así es como Sergio se hizo mi maestro. Nunca nadie me había dicho “sé feliz” de esa manera como lo decía él, no era un simple buen deseo, una muletilla para salir del paso o una manera de hacerse el gracioso, era una provocación, un reto, una manera de lograr que tú mismo te pusieras a prueba y te hicieras las preguntas fundamentales, la pregunta fundamental: “¿Soy feliz?”. Sergio era un hombre feliz, con su nostalgia, su soledad, su temor, su paranoia (justificada) su biblioteca, su música, su capacidad de anticipar lo que la gente respondería a sus preguntas, su capacidad de saber que la mayoría de las personas estaban programadas para fallarse a sí mismas. No le gustaba, por ejemplo, asistir a bodas.
–Uno asiste todo emocionado y luego salen con sus tonterías.
A Sergio no le gustaba que las parejas se separaran, le gustaba mirar al amor ganar terreno ante la adversidad.
–Soy un pesimista sin remedio, y por eso creo en la vida, me emocionan los triunfos de El Bien.
Y eso era lo único que nos decía cuando una edición del suplemento nos quedaba… decente. “Un nuevo triunfo del bien”, decía cuando terminaba de hojear el suplemento durante las juntas editoriales. Y después “¿Qué sigue? ¿qué preparan?” Y nunca más miraba atrás.
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Tampoco le gustaba decir adiós. En las reuniones con amigos pagaba la cuenta de todos, sobre todo la cuenta de los más jóvenes, o de los que sabía que estaban pasando por una temporada de apuros económicos, lo hacía con discreción, y siempre avisaba a alguien, algunas de esas veces a mí, que se iría y que no quería despedirse de nadie. Manejaba el arte de la fuga y manejaba el arte del esplendor, nunca escatimaba en lo que daba a otros. Sin embargo, si por alguna razón le daba por despedirse de alguien, no decía adiós, o hasta luego, decía “hablamos temprano”, y después desaparecía. Yo le respondía que temprano no porque tenía que dormir.
–Dormirás mucho cuando te mueras, mano, ¡ahorita es tiempo de vivir!
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A Sergio le debo, además de todas las cosas que le debo, el primer refrigerador que tuve. Los llevé a él y a Beatriz a conocer el primer departamento que renté cerca del periódico.
–¿Y dónde vas a poner las cervezas?
–Pues ahí en la cocina, Serge, ¿por?
–Ja. Ja. No me hagas reír. ¿Cómo vas a traer a tus novias si no tienes ni dónde enfriar las cervezas? ¿Tú crees que así van a tomarte en serio?
Y me llevó a una tienda en ese mismo instante y Beatriz y él escogieron mi primer refri. Y aunque sea una anécdota vacía y estúpida, es el recuerdo más importante que tengo de Sergio. Más importante que todos los autores tan interesantes que me presentó, que todos los libros que me regaló, que todas las ideas que detonó en mi mente, que todas las notas que me hizo repetir una y otra vez porque hay que tomarse este trabajo muy en serio, más que todas las veces que me invitó a comer y pagó la cuenta. Ese refrigerador es lo mejor que recibí de él, no sólo porque no tenía por qué hacerlo, sino porque era una persona que podía vivir en el mundo abstracto de los hombres con ideas pero que nunca olvidaba el mundo de los hombres concretos en el que vivimos todos. Su preocupación por algo tan insignificante como que tuviera donde enfriar las cervezas reveló para mí su grandeza y sigue siendo el recuerdo que me hace llorar ahora que ya no está.
Mi angustia de su partida se aligeró ayer que me pegué a Juan, a Rafael y a Mauricio cuando levantaron la cubierta de su féretro y pude verlo, pálido pero muy bien vestido. No sé explicarlo, pero necesitaba verlo o me hubiera quedado con un vacío inmenso si simplemente hubiera desparecido. Sobre el cristal habían colocado una plumilla roja y eso me hizo sonreír porque sé cuánto le importaba la música y porque creo que le hubiera gustado hacer con la música lo que logró con las palabras, descubrir mentiras, develar verdades, iluminar, ilustrar, emocionar, indignar, conmover y conmocionar.
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Sé que fui de los primeros en enterarme de tu muerte, y tal vez hubiera preferido ser de los últimos, porque tuve la dolorosa tarea de buscar a Mauricio, a Leonardo, a David, y cada vez que repetía que habías muerto sentía como si te murieras otra vez. Y me avergüenza ponerme triste porque sé que preferirías que la gente fuera a una cantina a beber, a conversar y a roquear en vez de andar lloriqueando por algo que ya no tiene remedio. ¡Vámonos a la vida!
¿Y ahora qué sigue, Sergio, ahora qué tramas? Quién sabe cuántos proyectos estabas iniciando o a punto de terminar. Quién sabe en cuántos toquines más tenías pensado participar con tu música estruendosa. Quién sabe a cuántos jóvenes más tenías citados en Gelato para meterlos al mundo del periodismo cultural. Quién sabe… un chingo de cosas que nadie supo nunca de ti. Me quedaré despierto, muy despierto, querido Serge, esperando tus respuestas. Beatriz y yo te vamos a extrañar, tanto o más como muchas personas en muchas partes del mundo.
En fin, Serge, ¡a darle durísimo! ¡Nos hablamos temprano!
Hace casi dos décadas, con su serie de libros del detective Charlie Parker, John Connolly popularizó la hibridación de la novela policiaca con toques del género fantástico. Connolly ponía en juego la creencia de lo sobrenatural como respuesta de los misterios a la realidad. ¿Somos nosotros mismos el mal o hay una entidad tangible que nos obliga a realizar actos malvados?
En esta tradición, Dieciséis toneladas de Ronnie Medellín es una novela donde convergen lo policiaco y el género fantástico desafiando con toda su narrativa esta hibridación poco explotada en la literatura mexicana, y por lo mismo, muy necesaria. Si bien la novela policiaca ya es parte del bagaje de la literatura en nuestro país, a veces se necesita apostarle más a la imaginación cuando la realidad nos rebasa.
Luego de la muerte inexplicable del hijo de algún alto mando político, Rafael, un incipiente intento de asesor privado de la policía, es involucrado para averiguar sobre las extrañas circunstancias que rodean este asesinato. Con la compañía de Larry, el policía que lo acompaña, se dará cuenta que lo real y lo increíble trazan estas muertes y es quizás otra maldad la que las rodea, una que proviene de algo que no es de este mundo.
Lo más notable de la novela de Medellín es que le da un toque fantástico que recupera la idiosincrasia mexicana: animales negros que se nos aparecen en callejones, charros con patas de carnero que montan grandes caballos, autoridades que nos generan un miedo irrefrenable y que no sabemos cómo llegaron a dónde están. Medellín se apropia del género para hacerlo suyo y apostarle a la creación de novelas policiacas sin dejar de lado la fascinación de los mexicanos por el misterio que nos genera la muerte, el diablo y las almas abandonadas por Dios. Sus personajes, además de lidiar con sus propios demonios y con pérdidas del pasado, deben entender que quizás hay algo que los observa en sus momentos más vulnerables. Algo que está listo para mostrarles una salida siempre y cuando ofrezcan algo a cambio.
Dieciséis toneladas tiene ese toque necesario para encajar en la hibridación policiaca pero también para recuperar aquellos elementos que hacen tan variada la narrativa mexicana. Esta novela es una prueba de la importancia de seguir apostando por noveles escritores y esperar que no sea su único intento en una escena literaria cada vez más competida.
Cuando me contactaron de Tierra Adentro para escribir esta reseña inmediatamente acepté pues tuve la fortuna de leer el trabajo en ciernes de Colanzi cuando fui parte del jurado del Premio Aura Estrada, y desde ese momento sus palabras me marcaron. Sobra decir que Colanzi ganó. Parte de aquella propuesta para el premio es lo que podemos leer en Nuestro mundo muerto, su más reciente colección de cuentos. El ejemplar, editado por Almadía, me llegó y se fue. Tan extraño como los cuentos que lleva dentro, este incidente banal y material delata también lo que yo considero es el poder del libro mismo. No es que sea yo supersticiosa, es que puedo contar las veces que he perdido un libro en una sola mano y de esas tan pocas veces que he perdido un libro, dos veces (es decir una abrumadora mayoría) lo ha perdido alguien a quien se lo había prestado o pedido me lo guardara. ¿A dónde habrán ido a parar esas páginas subrayadas? ¿Quién estará descubriendo, fotocopiando, compartiendo, soñando las palabras de ese ejemplar? Fui a buscar otro a una librería y continué con mi reseña. Más allá de ese microincidente, en verdad Nuestro mundo muerto es de una extrañeza y una violencia memorables. El título es provocador, y aunque se refiere a un cuento dentro de la colección donde se aterriza el significado, como precursor a la lectura, las posibilidades que abre el título ya son varias, todas ellas oscuras, y su polisemia puede leerse en referencia a varios de los temas que tocan sus cuentos.
El libro tiene una combinación de bizarrería en todo el sentido hispano de la palabra, generoso, arriesgado, pero extendiendo también su sentido a la acepción del francés, singular, raro. Es un libro potente gracias a una precisión casi aterradora en el lenguaje, y en la variedad de sus voces, tonos y registros que siento sólo pudiera darse en el mejor cuento latinoamericano, o en los cuentos de alguien como Flannery O’Connor y su grotesco sureño, o tal vez en los escritos de alguno de los grandes autores del este de Europa con la imaginación desata-da de principios del siglo XX. En efecto, una de las grandes virtudes del libro de Colanzi es su peculiar forma de encarnar lo que Víktor Shklovski llamó Ostranenie (остранение), el recurso literario, casi podríamos decir por excelencia, pues es a través de esta desfamiliarización que se localiza el lenguaje ordinario vuelto literario al hacer que la lectora perciba lo que se está narrando de forma distinta. Es decir, Colanzi agudiza sus sentidos (y los nuestros) y éstos a su vez afectan el lenguaje que usa de tal forma que logra un efecto literario de extrañamiento. En la mayoría de los cuentos de este compendio, lo familiar se torna insólito, y esto no es meramente un efecto psicológico, es algo que pasa en los textos mismos a través del lenguaje y las voces que habitan cada relato, incluso a través de las descripciones de los cuerpos de los personajes, y, aunque pueden comenzar con algo tan simple y potencialmente sentimental como con la muerte de un compañero de la primaria, en «Alfredito», esto da pie a reflexiones sobre usos y costumbres y la posibilidad de la vida después de la muerte como algo que estalla desde el cuerpo mismo.
Así sus mejores cuentos están repletos de alucinaciones, de una frontera completamente desdibujada entre esta realidad y otras formas de percibir el mundo, cuentos como «Meteorito», «Nuestro mundo muerto», que da título a la colección, y, sobretodo, «Chaco», donde las culpas, taras y maldiciones familiares se entremezclan con los fantasmas del colonialismo de forma avasalladora. Este mundo muerto de Liliana Colanzi en realidad está vivísimo y coleando de formas de vida extraña. No es de sorprender, pues la autora concibe «la escritura como un portal hacia lo desconocido», como dice en una entrevista, y su escritura es un todo donde lo que podría parecer familiar o seguro se torna maldición: las palabras de los antiguos, las tradiciones que tienen peso, pero no como algo mágico que nos puede rescatar, sino como el peso de la violencia de un mundo colonizado, donde las heridas permanecen abiertas a través del tiempo, donde, como escribe Colanzi en «Chaco», «nos abrazamos a lo oscuro».
No la conocía entonces y aun así, en la foto, se parece más a sí mismaque la mujer sentada a mi lado. Míranos, me dice, con su cara ajena, con sus otras manos, con sus ojosde asfalto llovido y hambre a medianoche. En la foto bailan los noviosy afuera estamos ella y yo solas, platicando.
La tristeza de los otros es una ciudad desconocida, calles y calles que no sabes a dónde llevan, casas demolidas, edificios de vidrio, mascaronesy techos con goteras y pasillosde madera combada. Podemos imaginartan poco. Apenas unos segundosse mantiene vigente la trivial fantasíade haber nacido ahí y saber de memoriael tedio de la calle principal, rutas del colectivo, cada parada del metro. Pero es casi imposibleimaginar la costumbre. El recuerdo más tristees sólo una estación del pensamiento, ese mirar sin sorpresa el teatro en ruinas, la parada en Congreso, la espera subterránea, tantas veces visto, todotan rutina. Hasta que pierde filoincluso lo más tristey se cambia el dolor por otra cosa más tibia.
En la mesa de enfrenteuna pareja de viejos come sin mirarse. Es silencio. Es el ritual antiguoque los convoca a morir de a poco, cara a cara. Quizás un díate despiertas y has olvidadolos pasos descalzos de tu amanteen la madera rubia de tu primera casa. Ahora se hace de noche, la ciudad se cierra sobre nuestras palabras. Los viejos se levantan, el lugar se vacía. Al fondo escucho un tango y no recuerdosu nombre. De pronto me parece que esta tardetambién quedó muy lejos, que ya estamosmuy lejos también de Buenos Aires.