Tierra Adentro

 

Mediante la invocación de algunos animales expertos en fingir su muerte, la escritora Ingrid Solana teje una original reflexión sobre los cinco sentidos, la memoria, la seducción y la poesía.

SERPIENTE HOCICO DE CERDO: OLFATO

La actriz, hocico de cerdo, segrega un líquido maloliente de sus glándulas anales y finge su muerte. El mensaje transmite que hay algo malo en su cadáver, quizá bacterias peligrosas. Así se defiende de sus potenciales agresores. También las zarigüeyas expiden un olor putrefacto que aleja a los enemigos. Estos animales hacen muecas de muerte: mueren despacio.

A través del olfato se contempla el silencio y se recupera la memoria: no con el sabor de una magdalena, sino con el laberinto oloroso de un pueblo quemado. Silencio y memoria cicatrizan en nuestra carne; así, las cenizas de nuestros muertos. Morimos con ellos a cuestas y vuelven a morir repetidas veces en nuestros recuerdos. Son cicatrices de olfato. Cuando niña estuve incidentalmente en un anfiteatro y recuerdo el horror de los cadáveres, pero sobre todo su olor: el ardor de la podredumbre, miles de serpientes/hocicos de cerdo acumuladas en las planchas de aquellas pieles tumefactas anunciando mi lenta muerte. Aspiré el hedor temprano y no dejé de morir.

Los cinco sentidos, al pensar y escribir, olvidan la respiración, el ritmo cósmico de la existencia, la manera en la que el cuerpo es escritura, lectura, pensamiento, acto: muerte lenta. Escribir es una flor siempreviva: esperanza y muerte en los lápices. Cada vez que las páginas reciben un yo, olfateamos por anticipado nuestro cadáver. La autobiografía es un animal que muere despacio. Dejamos su cadáver futuro reposando en la página; el relato expande su ardoroso hedor.

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ARAÑA LADRONA: TACTO

La araña ladrona es una entidad femenina ligada al engaño. El macho le ofrece un obsequio cuando intenta aparearse con ella: un insecto atrapado en seda. Si lo acepta, él finge su muerte y ella se lo lleva con su ofrenda. Una vez alimentada, el macho revive e intenta seducirla. El macho se acostumbra a morir para preservar su especie: una muerte pequeña, mágica treta de seducción. El macho es un donjuán que juega con la muerte y que, tal y como le sucede a Don Juan, nunca muere. Cada vez que tocamos el otro cuerpo, morimos lentamente, como si presos de la piel, en vez de volar, nos ahogáramos en sus venenos. La seducción es una fuerza inextinguible; persiste en la fascinación del deseo.

¿Es posible oír con la nariz, tocar con los ojos, mirar a través de la voz? ¿Podemos huir a las profundidades de la piel que espera; escribir con el tacto, tocar las letras, acariciar los libros: sentir el pliegue, lo rugoso, la espera del deseo? Mi pensamiento se concentra en los cinco sentidos. Cierro los ojos. Mi piel está encima, la toco con mi pensamiento que pasea los metatarsos. Soy un animal y muero despacio al dormir. Cierro los oídos. Viajo en mis células.

Michel Serres:

La piel historiada lleva y muestra la vida propia o la visible: desgastes, cicatrices causadas por las heridas, porciones de piel endurecidas por el trabajo, arrugas, surcos de antiguas esperanzas, manchas, lunares, eczemas, psoriasis, paños, allí se imprime la memoria, por qué buscarla en otra parte; o la invisible: huellas fluctuantes de las caricias, recuerdos de la seda, de la lana, los terciopelos, las pieles, los fragmentos de roca, las cortezas rugosas, las superficies rasposas, los cristales de hielo, las llamas del fuego, timideces del tacto sutil, audacias del contacto combativo.¹

El intelecto esconde las huellas de nuestro cuerpo, cuerpo femenino, masculino: la filosofía olvidó pensar con el cuerpo. Existe una respiración en el texto, lo escrito también tiene piel y seduce. Al leer somos la araña macho, fingimos nuestra muerte para engendrar: morimos despacio. Pero también somos ella, la seducida, la obsequiada, la peligrosa que se permite fecundar. La sensibilidad desapercibida de la araña es origen de tiempo; todo en ella sucumbe al erotismo, muerte breve. El episodio de las arañas recuerda también el instante del orgasmo, ese momento en el que la piel es extensión, campo de fertilidad, juego y treta de la muerte y de la máscara; raíz y tiempo sin tiempo. Semilla noche.

La economía de Eros y Tánatos, en la lógica de Bataille, es un vórtice de piel, ritmo de profundidades y orificios. Puede tocarse el fondo del pensar. Las partes destinadas al desecho también hablan. Su piel es abismo. Escuchamos con pánico su fondo, canicas rodando al centro del cuerpo: el ano es un centro abierto; el ombligo, un núcleo hermético y silencioso. El tímpano se ensordece con los amplificadores y las cerillas; la boca se retrae con los jugos gástricos, su saliva y la mucosa: parecen pozos de cuerpo y no lo son. Son, en cambio, alegres expansiones ocultas que exigen nuestra complicidad, nuestro pensar; a eso hay que acostumbrarnos, a su muerte breve y consciente cada día.

Nuestra piel, preciosa rutina de la sensación, en cambio, relata sincera su historia. Las arrugas de una memoria prolija, la enfermedad de un espíritu nervioso, la huella de otro cuerpo. Su olor. Su dolor. Cicatriz de cirugía, de caída, de agresión. Toco las páginas, piel de libro. Piel de cuaderno. Cierro los ojos, toco la superficie desconocida de un objeto rugoso, elefante, quiero pensar con el tacto. Escribir tacto. Pensar tocando las palabras de mi cabeza.

Los pintores/araña atrapan tactos: la pintura es seducida por las manos que revientan los lienzos: Action painting.

El tacto pinta sus marcas invisibles, deja huellas borradas; íntimamente ligado con la espuma marina, palpa las imágenes del pensamiento, se las lleva, arena blanda, recuerdo barrido. El tacto sabe amar su propia escritura acostumbrado a morir lentamente en su porosidad sin minutos claros. Es una araña que juega una treta de muerte y seduce su paradoja: la fertilidad.

CHICATANAS: OÍDO

Las hormigas chicatanas, grandes, rojas, bravas, según se les llama en Oaxaca, también mueren despacio. Se fingen muertas paralizándose, mientras encorvan su cuerpo y se tiran de costado. Mecanismo sabio el de dejarse morir varias veces. El filósofo escucha el llamado de la muerte continua, pero la razón aplasta su fuego. Es imposible escribirla. La poesía, en cambio, puede consignar su combate. Se trata de ese cliché del siglo XX empeñado en encontrar nombres para poder definir conceptos, escrituras, libros: géneros literarios. Un nuevo néctar de muerte abre sus puertas ahora con un discurso de hormigas, es decir, de seres que se acostumbrarán a morir lentamente en un contexto de tiranos que gobiernan. Hemos fingido nuestra muerte y permanecido paralizados ante las fuerzas históricas, pero es tiempo de despertar y abandonar las máscaras. Dejar de fingir la muerte, abandonar la parálisis.

¿Escuchas el sonido de tu carne ante el contacto con el aire, su música?

Michel Serres:

Que tu cuerpo no se convierta en estatua ni en tumba, cadáver antes de la agonía, muerte antes de morir; evita toda anestesia, droga, narcótico; ten cuidado del torpedo o de la torpeza de la lengua y de la filosofía; huye de las culturas de la prohibición. La sabiduría emana del cuerpo: el mundo da la sapiencia y los sentidos la reciben, respeta lo dado gratuito, acoge el don.

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SAPOS BOMBINA: VISTA

Acostumbrados a las imágenes, escribimos. Vemos con los ojos cerrados, pensamos películas: dragones, volcanes, deshielos. El habla pretendidamente “clara” es sorda, pero nada en el lenguaje escapa a la metáfora. La retórica que se pretende ilesa, también está colmada de mentiras: el lenguaje es desapego de lo real. Toda escritura cimenta un mundo nuevo y al hacerlo es un animal de muertes anticipadas.

Los sapos bombina se retuercen teatreros para fingir su muerte, arquean el lomo, se contorsionan. De sus extremidades brotan múltiples manchas amarillas o anaranjadas que pintan sus patas. En sus vientres muestran el mismo mapa de advertencias, por eso se convierten en una preciosa imagen de incendio: sapos vientre de fuego. De sus manchas emergen también ciertas toxinas venenosas que impiden que los depredadores se los coman. Animales previsores de muerte. Cartografía del fin.

El pensamiento occidental se colma de imágenes, de metáforas; la poesía con su lluvia incesante hace retumbar la tierra. Guardamos silencio pocas veces, nos repele escuchar. Acostumbrados a la prisa atrapamos rápido las palabras: es necesario que nos reconozcan, que nos festejen el habla, la escritura, es necesario colmar la carencia. El barroco necesita llorar, gritar, convertir el lenguaje en un sinfín de imágenes sin tiempo. El romanticismo necesita expresar sus fragmentos enigmáticos. El siglo XX teoriza para comprender y tan sólo habita el vacío. ¿Qué sigue? ¿Cuáles son los trayectos del mapa de la discontinuidad? Tiempo de monstruos, intersticios, tiranía en luz, ¿estamos cegados por la imagen que ha abandonado el sentido?

Las manchas de nuestros vientres, señales astutas de la previsible muerte, auguran los símbolos del porvenir. Y, después de todo, la página aún pregunta, ¿para qué?

ZORROS: GUSTO

Los zorros simulan morir para cazar: la muerte también depreda, no siempre surge de la vulnerabilidad. El muerto, de hecho, también amenaza, por eso se queda como fantasma, por eso atosiga cuando no muere por causas naturales. Los muertos cazan, nos ponen trampas, nos acechan. ¿Y si un muerto no termina nunca de morir? Se quedan los impulsos narcisistas de los que mueren: la progenie, la obra de arte, la compleja arquitectura de objetos que deben conservarse después. Los muertos no terminan de morir, por eso la muerte si no es comprensible, al menos permanece en la nostalgia. La desaparición de personas por crímenes de Estado o delincuencia, en cambio, representa el horror, la atrocidad más profunda que pueden vivir los cuerpos: el del desaparecido y el que se queda. Este último no volverá a vivir; no morirá despacio, desvanecido de la vida, también es ausencia atroz.

En el cuerpo de los zorros cuando disimulan su muerte, aparece el rigor mortis, la parálisis, el resplandor de un último gesto.

¿Su boca percibirá el sabor de la muerte, la rebaba, seguramente amarga, que colma la saliva del ser vivo al borde del fin? Los animales se arrinconan al sentir su fallecimiento. Se esquinan, se apartan: ya no están en vida, se echan a un lado.

A menudo imagino el instante de mi muerte. Blanchot medita en él como si fuese el espacio único en el que el tiempo, desvanecido, es todo tiempo y todo margen, toda frontera y todo espacio. ¿Qué es la escritura en ese instante? ¿Podré mirarla entera, ser desnuda, agrietando las puertas vedadas?

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Finjo mi muerte. Me aparto. Me encierro en mis propios misterios, ¿para defenderme de los depredadores, para cazar? Algunas mujeres salen hacia fuera, otras nos retraemos, podemos conversar con nosotras mismas en silencio, esquinadas o cercadas. El cobijo del afuera reverbera hablas, fotografías, cuerpos exhibidos. ¿Fingimos nuestra muerte?

Michel Serres:

Lo mismo que Sócrates, Agatón y Alcibíades hablan de amor sin hacerlo nunca, o se sientan a la mesa sin comer, o beben sin saborear, así como pasaron directamente del portal o el umbral a la sala del festín, a las camas, sin visitar un momento la despensa. Los esclavos o las mujeres, como los dioses, se mantienen cerca del horno en los que suceden las metamorfosis, mientras que los ignorantes hablan.

La mujer está enfrentada cada día a la muerte y al silencio. Muere por engendrar, por permanecer callada, porque su hábitat es la escucha y no el habla.

Cierro los ojos. Saboreo la palabra que estoy a punto de pensar, se trata de una palabra simple pero hermosa, enriquecida por su brevedad. Es la palabra ; la imagen fingida de mi muerte.

Michel Serres:

El lenguaje pide todo a la boca y no le da ni le deja nada, como un parásito. El gusto es un beso que la boca se da por medio del alimento de buen gusto. Súbitamente, ésta se reconoce, tiene conciencia de sí, existe para sí.
Proveniente de ésta, como su hijo, el lenguaje le pide nacimiento, asistencia, no le concede nada a cambio. El que saborea ampliamente le da existencia. El hombre de gusto existe allí donde el portavoz, desganado, entorpecido, permanece frígido.
Saboreo, luego existo, locamente.

¹ Michel Serres, Los cinco sentidos: ciencia, poesía y filosofía del cuerpo. Traducción de María Cecilia Gómez B., México, Taurus, 2002.


Autores
(Oaxaca, 1980) estudió la licenciatura y la maestría en Letras en la UNAM. Ha escrito los libros de poesía De tiranos, Contramundos y El juego del mundo, y los de ensayo La gacela y el abismo y Barrio Verbo, publicado por el FETA.
(Ciudad de México, 1993) es ilustradora. Trabaja para la revista Voz de la Tribu, de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

 

Son muchas las escritoras que, a lo largo de la historia, han tenido que utilizar un seudónimo o disimular su nombre para que su obra sea tomada en cuenta. Y, aunque los ejemplos son en su mayoría antiguos, no sorprende encontrar casos recientes como el de J. K. Rowling, autora de la exitosa saga de Harry Potter.

 

¿Por qué plantearnos la identidad de la autoría femenina como un problema y por qué resulta un dilema en todo caso? Tal vez en este momento no sea tan frecuente el hecho de que las escritoras oculten su verdadero nombre y utilicen seudónimos generalmente masculinos, aunque sigue habiendo casos en los que autoras contemporáneas firman sus obras con nombres falsos o artísticos, pero no necesariamente por las mismas razones que orillaban a hacerlo a muchas de sus antecesoras.

Si nos sumergimos en la historia de las mujeres como escritoras, encontraremos numerosos y variados ejemplos de algunas que signaron sus obras con seudónimos masculinos. La razón general resulta evidente: no se consideraba que las mujeres fueran capaces de hacer «buena» literatura; tal capacidad era exclusivamente masculina. De ahí el dilema: firmar con el nombre verdadero o sustituirlo por uno masculino, a final de cuentas, «to be or not to be», se reducía a ser o no ser formalmente una escritora. Pero no se piense que tal situación ha cambiado del todo. A la fecha, aunque cada vez con menos frecuencia, hay todavía un gran desprecio por la escritura de mujeres, a pesar de que el número de autoras ha tenido un enorme incremento que continúa en vertiginoso ascenso.

A este respecto, en una carta enviada en el año de 1920 al crítico literario «Affable Hawk» como respuesta a la declaración de éste acerca de la incapacidad de las mujeres para escribir literatura o cualquier otra cosa, de su inferioridad intelectual frente a los hombres, y peor aún, de la imposibilidad de que existiera un grado de educación y de libertad de acción para las mujeres suficiente como para permitirles superarse y colocarse a la par de los hombres, Virginia Woolf, le respondió:

¿Cómo explica usted […] que el siglo XVII produjo más mujeres notables que el XVI, y el XVIII más que el XVII y el XIX más que los anteriores juntos? [Y tras hacer una larga lista comparativa de mujeres escritoras inglesas, continúa con enorme ironía] El aumento en cuanto a su capacidad intelectual no sólo me parece notable sino inmenso; su comparación con los hombres no me induce al suicidio: y creo difícil exagerar los efectos de la educación y de la libertad1

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Como se puede leer, nada más y nada menos es Virginia Woolf, la notable y reconocida escritora inglesa, quien responde a este mediocre crítico literario —en quien se inspiró para configurar un personaje de su novela To the Lighthouse, y que afirmaba de continuo que las mujeres eran incapaces de escribir y pintar debido a su inferioridad artística e intelectual. A pesar de todo, así como Woolf establece que ha habido un gran número de mujeres escritoras en la Inglaterra del siglo XVI al XIX —por situarse solamente en ese país y ese periodo de la historia— muchas de ellas, no sólo británicas, tuvieron que crear bajo pseudónimos masculinos con el objeto de que sus obras fueran aceptadas y leídas.

Un caso particularmente significativo fue el de Emily Brontë (1818-1848), quien escribió Cumbres borrascosas, novela que publicó bajo el seudónimo de Ellis Bell. La novela tuvo éxito aunque fueron controvertidas las opiniones sobre su estructura y recursos literarios, pero la crítica masculina aseguraba generalizadamente que su autor debía de ser un hombre muy rudo, tal vez un marinero, por las pasiones y la intensidad de su escritura. Cuando se reveló que Emily había sido la autora real, la crítica cambió y la desautorización de la novela no se dejó esperar. A pesar de ello, la obra trascendió, fue leída profusamente, y más tarde llevada a la pantalla grande en varias versiones desde la época del cine mudo hasta los años treinta y cuarenta del siglo pasado.

Las hermanas de Emily, Charlotte (1816-1855) y Anne (1820- 1829), también fueron autoras de novelas y poemas. La primera con el seudónimo de Currer Bell escribió y publicó Jane Eyre, su novela más conocida. Anne, bajo el seudónimo de Acton Bell, logró publicar Agnes Grey, que fue bien recibida, y La inquilina de Wildfeld Hall, fuertemente rechazada por su argumento. Cuando trató de dar a conocer su obra poética, su editor se negó a publicarla, aduciendo que una mujer no podía hacer «alta poesía». Un dato curioso respecto a sus seudónimos, además de que se trataba del mismo apellido, Bell, es que conservaron la inicial de cada una en ellos: Currer para Charlotte; Elis para Emily, y Acton para Anne.

A las hermanas Brontë hay que añadir una lista importante de escritoras inglesas, francesas y españolas del siglo XIX y principios del XX que tuvieron que cambiar sus nombres y optar por el de autores masculinos inexistentes.

Marie Anne Evans (1819-1880), inglesa, se decidió por el seudónimo George Eliot, no sólo por el hecho de que como mujer no recibiría el debido reconocimiento, sino también porque quería evitar escándalos ya que tenía un amante, George H. Lewes, circunstancia que la condujo a mudarse a otra población. Era una mujer muy culta; sabía latín, griego y alemán, mantenía correspondencia con los filósofos John Stuart Mill y Herbert Spencer, y estudiaba a otros, como Spinoza y Feuerbach. Cuando empezó a publicar, quería que su obra fuera reconocida como una literatura «seria» y no romántica, etiqueta que se colgaba sobre cualquier escrito hecho por una mujer, de ahí que optara por firmar como George Eliot. Escribió, además de novela, relatos y poesía. Sus dos novelas más reconocidas son Middlemarch y El molino de Floss.

Otra escritora más que utilizó un pseudónimo masculino (George Sand) fue Amandine Aurore Lucile Dupin (1804-1876). Su vida se caracterizó por ser muy agitada, se casó con un noble: el barón Casimir Dudevant, de quien se divorció tras unos años de matrimonio, y tuvo varios amantes. En su afán por ser diferente y parecer un hombre, se vestía ya fuera de manera masculina o femenina. Se desenvolvió en un medio intelectual y artístico en el que entabló amistad con un gran número de escritores como Víctor Hugo, Flaubert, Balzac, Heine y desde luego Musset (de quien fuera amante); además, de músicos como Chopin y Liszt; y también estuvo en su círculo de amistades el pintor Eugène Delacroix. Nos legó una basta obra literaria. Escribió novela, relatos, drama, ensayos de crítica literaria y de política. Sus dos novelas más conocidas son Lelia e Indiana aunque la lista de ellas y de otros géneros literarios es admirable. El ir vestida de hombre le granjeó el acceso a lugares y ámbitos en los que las mujeres de su clase social no podían entrar, con lo que adquirió conocimientos y experiencias que de otro modo le hubieran sido vedadas.

Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) representa un caso aparte: su marido se atribuía las obras escritas por ella y cambió su autoría para plagiarlas con su propio nombre: Henry Gauthier- Villars, «Willy». La mantenía encerrada con el objeto de que nadie se percatara de que ella era quien escribía las obras que él signaba. Así se publicó la serie Claudine que constó de cuatro números: Claudine en la escuela, Claudine en París, Claudine en su casa, Claudine desaparece. Después de trece años de infortunio matrimonial, se separó de su marido e inició una vida «escandalosa». Incursionó en diferentes géneros de escritura como novelista, periodista, guionista, libretista, dramaturga, además de actriz y artista de revistas y cabaret. Tuvo varios amantes, entre ellos la «Marquesa de Belbeuf», hija de un miembro de la nobleza francesa, y volvió a casarse en 1912. Escribió muchas obras de diversa naturaleza, pero sobresalen Renée, con la que empezó a ser reconocida bajo su propio nombre, y Chéri, que trama los amores entre un adolescente y una cortesana entrada en edad.

Colette, como George Sand y otras escritoras más, tuvo que divorciarse para poder tener una vida propia en toda la extensión y poder realizarse como autora de diversos géneros de discurso, no sólo literarios, así como involucrarse en actividades en las que normalmente no estaba bien visto que participaran las mujeres.

Otra historia semejante es la de la catalana Caterina Albert i Paradis (1869-1966), quien escribía con el seudónimo de Víctor Catalá. Empezó a hacerlo a partir de que su obra La infanticida fuera juzgada como escandalosa por su temática, y peor aún, cuando se supo que había sido una mujer la responsable del tex¬to. Solitud (1905) fue la obra que consagró a Víctor Catalá como escritor y no a Caterina Albert; la novela, un clásico de la literatura catalana, reviste mayor importancia por su contenido: en ella, la protagonista busca su individualidad y lucha por obtener reconocimiento, como una mujer capaz de alcanzarlo.

Ya propiamente en el siglo XX podemos citar a la danesa Karen Christentze Blixen (1885-1962), quien escribía con el seudónimo de Isak Dinesen. Proveniente de una clase social elevada, logró obtener una educación esmerada. Se casó en 1931 con el barón Bror Blixen-Finecke con quien fue a vivir a África para echar a andar una plantación cafetalera. Después de seis años de casados, decidió separarse de él y se quedó en África al frente de la finca. Fue muy querida por los trabajadores y aprendió su idioma. Posteriormente conoció a un experto cazador, Denys Finch Hatton, con el que vivió durante varios años una relación de pareja muy difícil. Él murió en un accidente en su propio avión en 1931, mismo año en el que ella tuvo que dejar la plantación debido a la baja del precio del café y regresar a Dinamarca. Ahí escribió bajo el nombre de Isak Dinesen la obra que la hizo famosa, Memorias de África (1937), novela de enorme éxito que sería adaptada para el cine, décadas más tarde. Fue escritora de cuentos (Seven Gothic Tales), ensayos y novelas.

Más recientemente podemos referirnos a J. K. Rowling (1965) a quien, cuando pretendía publicar el primer libro de la saga Potter, Harry Potter y la piedra filosofal, le recomendaron que no pusiera su nombre, con la excusa de que un libro de tal naturaleza no sería bien recibido si se sabía que había sido escrito por una mujer. A causa de ello, Joan se escondió bajo la inicial «J», agregó la «K» inicial de su abuela Kathelin y decidió conservar su apellido. El misterio se guardó por bastante tiempo.

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Rowling había estado casada con un portugués, Jorge Arantes, matrimonio del que nació su primera hija, pero después de un año hubo de separarse de él e imponerle, finalmente, un juicio de interdicción. Fueron años duros, con muchos problemas económicos, hasta que en 1994 logró el divorcio. La situación eco-nómica no cambió, ninguna editorial quería publicar sus obras hasta que una pequeña casa de Londres, Bloomsbury, la sacó al mercado, provocando el desenlace que conocemos: después de Harry Potter y la piedra filosofal continuó la saga compuesta por siete libros más y con ella vino un éxito indiscutible.

Rowling decidió escribir una novela para adultos, para la que empleó el seudónimo masculino, Robert Galbraith. Firmadas así, se han publicado El canto del cuco (The Cuckoo’s Calling, 2013), El gusano de seda (The Silkworm, 2014) y El oficio del mal (Career of evil, 2015).

Ahora podemos regresar a la pregunta que se planteó en un principio: ¿cómo resolver el dilema de la identidad de escrito¬ras tanto de siglos pasados como del actual? No se trata propiamente de una falta de identidad sino de haber sido forzadas a asumir otro rostro, uno masculino, dentro de una sociedad patriarcal que hasta la fecha sigue ostentando prejuicios con respecto a la capacidad creadora de las mujeres en el campo de la literatura. De ahí que algunas de ellas hayan recurrido a una transformación nominal genérica con el objeto de que su obra fuera reconocida. Muchas de ellas tuvieron que separarse o divorciarse de sus esposos, en épocas en las que el divorcio era inconcebible, para poder configurar su personalidad, tener una vida propia sin estar sometidas a ellos, para por fin crear las obras literarias que deseaban, incluso si el precio que había que pagar era ocultarse bajo un nombre prestado y masculino.

1 Virginia Woolf, Las mujeres y la literatura. Selección y prólogo de Michèlle Barrett. Traducción de Andrés Bosch. , Barcelona, Lumen, 1981. Título original: Women and Writing. (págs. 64 y 65).


Autores
Es académica emérita de la Universidad Iberoamericana y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
(Ciudad de México, 1985) es escritora y artista textil. Su libro Hebra de Agua fue seleccionado como libro del año en el festival Teixim la ciutat 2016, en España.

 

Como señalan algunas estudiosas, cientos de mujeres que desafiaban la hegemonía masculina fueron condenadas a la hoguera bajo el pretexto de poseer poderes sobrenaturales. Parte de la literatura escrita por hombres ha fomentado el estereotipo de la mujer como un peligro: bruja, prostituta o loca. Sin embargo, existen autoras y libros que reivindican la feminidad transgresora desde una óptica más honesta y realista.

 

Para Miriam, hermana de aquelarre

Quién no se ha preguntadoalguna vez, ¿soy un monstruo, o es esto seruna persona? CLARICE LISPECTOR

De todas las advertencias que los autores del Malleus Malefica¬rum lanzaban con respecto a las brujas, había una cosa especialmente ominosa de la que la sociedad tenía que cuidarse: la boca de la vulva. Este manual para combatir la brujería publicado en 1486, apenas cuarenta y seis años después de la invención de la imprenta, y cuyo título literalmente quiere decir El martillo de las brujas, se convirtió en el bestseller no sólo del siglo XV, sino también del XVI y del XVII. El Malleus consolidó la idea, formu-lada una y otra vez por la Biblia, de que la mujer es un ser débil y propenso al pecado al que hay que vigilar y controlar.

Visto por el hombre del Medioevo y del Renacimiento, el cuerpo femenino se prefiguró como un espacio insondable y maligno; así lo explica el Lear de Shakespeare: «De cintura para abajo son centauros,/ aunque sean mujeres por arriba./ Hasta el talle gobiernan los dioses;/ hacia abajo, los demonios./ Ahí está el infierno, las tinieblas, el pozo sulfúreo, ardiendo, quemando; peste, podredumbre».

La amenaza del pozo sulfúreo

La mujer que desafiaba las leyes de los hombres (la que tenía sexo fuera del matrimonio, la que ejercía control sobre su cuerpo por medio de la anticoncepción, la que alzaba la voz y se mostraba insumisa) tenía que ser forzosamente diabólica. Ahí nace la hermandad entre la bruja, la puta y la loca: son una y la misma porque las tres plantean un desafío a la estructura del poder heteropatriarcal.

En Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación origina¬ria (2010), Silvia Federici apunta que la caza de brujas fue esa «guerra contra las mujeres que se sostuvo durante un periodo de al menos dos siglos». Esa guerra en la que murieron cientos de miles de mujeres marcó el inicio del control de los hombres sobre el trabajo y los cuerpos de las mujeres.

«Mientras en la Edad Media la prostituta y la bruja fueron consideradas figuras positivas que realizaban un servicio social a la comunidad, con la caza de brujas ambas adquirieron las connotaciones más negativas», escribe Federici, «y fueron rechazadas como identidades femeninas posibles. La prostituta murió como sujeto legal sólo después de haber muerto mil veces en la hoguera como bruja».

¿Cómo y por qué se libró esta batalla en contra de las mujeres? Federici identifica que fue entre finales del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, cuando la hambruna, el alza de precios y las pestes azotaban Europa que la caza de brujas llegó a su culmen. Las mujeres se convirtieron en el chivo expiatorio culpable de todos los males de la época, desde la pérdida de cosechas hasta la muerte infantil.

Asimismo, Federici apunta que muchas de las mujeres que fueron acusadas de brujería eran «depositarias tradicionales del saber y control reproductivo de las mujeres» puesto que eran parteras o mujeres sabias. La caza de brujas también coincide con el surgimiento de la obstetricia y de las prácticas para fomentar el incremento poblacional, de tal forma que la persecución que sufrieron las acusadas de brujería se evidencia como un intento de criminalizar el control de la natalidad y de poner la práctica de la medicina únicamente en las manos de los hombres.

«No me hable usted de médicos, yo sé más que cualquier médico», dice Cristophine, la mujer negra que practica obeah, es decir, magia, en la novela de Jean Rhys, Ancho mar de los Sargazos (1966). Es 1834 y los esclavos de Jamaica acaban de ser liberados, pero pocas cosas han cambiado: los blancos siguen teniendo las mejores tierras y los negros todavía trabajan como sus criados. Sin embargo, Cristophine es respetada por negros y temida por blancos. Ella es la única negra con quien Rochester, el amo de la casa, no se mete. Y cuando él le dice que se tiene que llevar a Antoinette, su esposa, a Inglaterra para curarla de su locura, Cristophine le responde que Antoinette perdió la cabeza a causa de él: «Usted empezó a ponerle apodos. Marionette […] esa palabra significa muñeca, porque no habla». La bruja negra es quien denuncia que la mujer blanca es igual que el negro porque también es esclava del hombre blanco.

La persecución de la brujería no sólo contribuyó a degradar, demonizar y destruir el poder social de las mujeres, sino que, como dice Federici, «fue precisamente en las cámaras de tortura y en las hogueras en las que murieron las brujas donde se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad». De las cenizas de esa pira surgió una mujer mermada y aterrorizada que más tarde los hombres victorianos habrían de llamar histérica.

LA SATANIZACIÓN DEL EROTISMO DE LAS MUJERES
Puta de joven, bruja de vieja. Eso dice el dicho. La puta copu¬la con los hombres por dinero y la bruja copula con el diablo a cambio de poder, pero ambas encarnan la misma sexualidad aberrante: la que no tiene como fin la procreación. Durante la Edad Media y el Renacimiento el vínculo entre la bruja y la puta era tan estrecho que una mujer podía ser llevada a juicio por tener «mala reputación»; sólo comprobando su virginidad podía salvarse de la hoguera.

En su célebre libro Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas (2005), Marcela Lagarde define a la puta como todo lo que no es la madresposa: virginal, buena, deserotizada, fiel, casta y monógama. La puta es quizá aún más peligrosa que la bruja porque no necesita hacer ningún pacto satánico para corromper a los hombres, su simple existencia implica un riesgo para la integridad moral masculina y para el orden social.

La literatura está saturada de putas tristes o atormentadas o victimizadas o crueles o amargadas. ¿Pero dónde están las putas desenfadadas, jacarandosas? La verdad es que, aunque abundan en las calles, son difíciles de encontrar en los libros. Desde Santa (Federico Gamboa, 1903) hasta Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1856), la mayor parte de la literatura escrita por hombres se afana en asegurar que tiene que haber algo torcido en la historia de una mujer que transgrede las normas sexuales. Para Virginie Despentes, escritora francesa mejor conocida por ser la guionista del filme Viólame (2000), esto es un claro signo de la inequidad de género que prevalece en la sociedad, porque un hombre que «se va de putas» es un hombre común y corriente, mientras que una mujer «que se hace de un cliente» es inmediatamente estigmatizada.

«A la gente le gusta poner cara de incrédula cuando les dices que has trabajado como puta, lo mismo ocurre con la violación: pura hipocresía», escribe Despentes en su libro de ensayos Teoría King Kong (2006); «si se pudiera realizar una encuesta, nos asombraríamos de la cantidad de chicas que han vendido sexo a un desconocido. Hipócritamente, porque en nuestra cultura, el límite entre la seducción y la prostitución es borroso».

Despentes describe sus años trabajando como prostituta como:

una empresa de indemnización, billete a billete de lo que me había sido robado por la fuerza… Éste sexo sólo me pertenecía a mí, no perdía su valor a medida que se usaba, incluso podía ser rentable. De nuevo me encontraba en una situación de ultra-feminidad, pero esta vez yo sacaba un beneficio neto.

Para Despentes, asumir que el servicio sexual debe ser gratuito o estar inscrito dentro del matrimonio, es igual de hipócrita que pensar que el trabajo doméstico y la educación de los niños son deberes exclusivos de las mujeres. La solución, dice Despentes, no es erradicar la prostitución, sino, por un lado, ga-rantizar el derecho a ejercerla con seguridad y por otro, generar oportunidades laborales dignas para que ninguna mujer tenga que prostituirse porque no tiene otra opción.

Una de las poquísimas novelas que resignifican el arquetipo de la puta es Nadie me verá llorar (1999) de Cristina Rivera Garza: su protagonista, Matilda Burgos, es una «señorita de familia» que se convierte en puta. En el ínter, trabaja como obrera en una tabacalera, pero cuando la despiden y se queda a cargo de los hijos de otra obrera de la fábrica, el burdel se convierte en la única alternativa posible. «En la Ciudad de México, el doce por ciento de las mujeres entre quince y treinta años de edad eran o habían sido prostitutas alguna vez en su vida —escribe Rivera Garza—. Habían sido sirvientas, costureras, lavanderas, operarias y vendedoras ambulantes, cuyos salarios difícilmente rebasaban los veinticinco centavos diarios».

Pero a diferencia de las putas plagadas de culpa que llenan páginas y páginas de novelas infumables, Matilda florece en un prostíbulo llamado La Modernidad. De su oficio sólo le molestan los hombres que buscan conversar. «Tus secretos al confesionario», les espeta; sus modos bruscos y su temeridad para enfrentar a los clientes abusivos le ganan el apodo de «la Diablesa».

En ese mismo prostíbulo, Matilda se enamora de una de sus compañeras, la Diamantina. Las páginas que describen su amor figuran entre las más luminosas de la novela:

Una mujer. Su presencia, como su nombre, daba brillo a todo lo que la rodeaba. Con ella al lado, hasta el cuartito de paredes amarillas y escaso mobiliario parecía una verdadera habitación. Las sábanas eran más suaves, la cama más mullida, y sus cuerpos sólo suyos.

Ser para ellas, no para los hombres. Diamantina y Matilda montan espectáculos con tintes teatrales que llevan nombres como «Enfermedad», «Cárcel», «Hospital», «Neurastenia» y «Reglamento», pero cuando un hombre les sugiere que modifiquen sus shows para atraer más público masculino, Matilda contesta: «¿Y quién te dijo que esto lo hacemos para los hombres, Santos? Si quieren venir que vengan, y que se vengan también de paso, pero todo esto es para las muchachas, ¿entiendes?».
Lo que más escandaliza a los detractores de la prostitución, escribe Despentes, no es tanto que la mujer venda su cuerpo, sino que deje el encierro del hogar y entre al mundo público: «La puta es la “criatura del asfalto”, la que se apropia de la ciudad. Trabaja fuera de la domesticidad y de la maternidad, fuera de la célula familiar. Los hombres no necesitan mentirle, ni ella necesita engañarlos, más bien ella se puede convertir en su cómplice», escribe Despentes, y yo imagino a Matilda Burgos andando las calles de la Ciudad de México de inicios del siglo XX tomada de la mano de la Diamantina, gritando consignas revolucionarias, rompiendo el yugo del conservadurismo mexicano.

«MEJOR DIME CÓMO SE CONVIERTEUNO EN UNA LOCA»
«La enferma habla mucho, ésta es su excitación», así se describe a Matilda en su expediente de ingreso al manicomio de La Castañeda, el gran legado del porfirismo al México moderno. «Habla demasiado. Cuenta historias desproporcionadas. Escribe. Escribe cartas. Escribe despachos diplomáticos», relatan los médicos que la atienden, se escandalizan porque repite la misma frase una y otra vez: «mierda de mundo».

¿Quiénes son las locas?, se pregunta Marcela Lagarde. Des¬pués de entrevistar a cientos de mujeres en manicomios y en cárceles concluye que son

las suicidas, las santas, las histéricas, las solteronas, las brujas y las embrujadas, las monjas, las posesas y las iluminadas, las malas madres, las madrastras, las filicidas, las putas, las castas, las lesbianas, las menopáusicas, las estériles, las abandonadas, las políticas, las sabias, las artistas, las intelectuales, las mujeres solas, las feministas.

Si el hombre encarna la racionalidad, entonces la mujer encarna la locura. «Las mujeres enloquecen de tan mujeres que son, y enloquecen también porque no pueden serlo plenamente, o para no serlo», escribe Lagarde. Para ella, la casa, el convento, el burdel, la prisión y el manicomio son espacios de cautiverio con grandes rasgos en común porque son los hombres que rigen esas instituciones (el marido, el sacerdote, el padrote, el funcionario de gobierno, el médico) quienes deciden si una mujer está loca o cuerda. La más leve transgresión a las expectativas de su género puede ser signo, en los ojos de sus carcelarios, de locura en la mujer. De ahí que el doctor Marcos Burgos ciña a Matilda con rígidas reglas de higiene como la obligación de bañarse tres veces al día durante sus periodos menstruales. Matilda es concebida por su tío como la personificación misma de «el enemigo al que, más que derrotar, había que subyugar, convencer, domesticar».

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En el clímax de Ancho mar de los Sargazos, Antoinette le suplica a Rochester que escuche lo que tiene que decirle, está convencida de que si lo hace, él volverá a amarla y su sufrimiento terminará. Pero Rochester, impávido como una piedra, responde: «Sólo si prometes ser razonable». Esta imposición masculina del deber ser es lo que ha empujado a tantas mujeres a la locura. Marcela Lagarde relata que una cantidad apabullante de las internas en los manicomios que visitó habían sido engañadas por sus esposos, violentadas por las autoridades y absolutamente despojadas del poco poder del que eran dueñas: «Los manicomios están llenos de mujeres enloquecidas culturalmente. Mujeres que fueron poco a poco vueltas locas».

Pero la locura también puede ser entendida como transgresión. Si la sociedad patriarcal exige que hay que ser mujer para otros, la loca niega con la cabeza y responde: «Yo soy-para-mí». Lagarde ve a la locura como «un acto de autonomía y de poder sobre sí y sobre los otros», y yo recuerdo las palabras de Diamantina (la primera Diamantina en la vida de Matilda, la revolucionaria que toca el piano y organiza mítines anarquistas): «Las mujeres deben entrar al cielo con libros, con música, no con escobas y trapos viejos, Damita. Ponte lista».

Por eso cuando Matilda decide callar para siempre, su decisión se siente como la más lúcida de sus posibilidades:

Vivir en un universo sin ojos, un lugar donde lo único importante sean las historias relatadas de noche. El silencio. Las miradas masculinas la han perseguido toda la vida. Con deseo o con exhaustividad, animados por la lujuria o el afán científico, los ojos de los hombres han visto, medido y evaluado su cuerpo primero, y después su mente, hasta el hartazgo.

Más que una afección mental, el silencio que Matilda construye es un remanso de paz donde «no hay visitantes y a nadie le importa su pasado, su futuro; allí sólo ella se puede proteger a sí misma. Nadie más. No hay ojos».

LAS EXCLUIDAS DEL MERCADO DE LA BUENA CHICA
La noche de Halloween de 1968, un grupo de mujeres activistas convocó a las neoyorquinas a un «aquelarre» para compartir bebida, comida y experiencias; así nació WITCH, uno de los grupos feministas precursores del movimiento de liberación de las mujeres en Estados Unidos. «Las brujas fueron las primeras practicantes del control de la natalidad y del aborto», decían los volantes que WITCH repartió por varias ciudades estadounidenses, «Las brujas siempre han sido mujeres que se atrevieron a ser valero¬sas, agresivas, inteligentes, no conformistas, curiosas, independientes, liberadas sexualmente, revolucionarias».

La Matilda de Nadie me verá llorar y la Antoinette de Ancho mar de los Sargazos son mujeres que no se ajustan a los roles de género impuestos por los hombres; en su época las llamaron locas, hoy las llamaríamos feministas. Marcela Lagarde define al feminismo como una locura radical que lucha contra las normas para reescribir la identidad de la mujer: «El delirio feminista significa la construcción del mundo en un espacio en que la vida ya no es genérica, ni clasista, ni racista, ni se funda en la opresión de los diferentes, ni existen poderes como dominio del otro».

El discurso feminista se sustenta precisamente en la reapropiación de nuestra condición de otredad. Despentes lo explica así: «Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica».

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Despentes, Rivera Garza y Rhys no están solas. A su lado hay decenas de escritoras que han reescrito los estereotipos de la bruja, la puta y la loca para humanizarlas. Maryse Condé (Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, 1986), Cristina Peri Rossi (Te adoro y otros relatos, 2000), Ana Clavel (El amor es hambre, 2015), Orfa Alarcón (Perra brava, 2010), Daniela Tarazona (El animal sobre la piedra, 2008), Shirley Jackson (Siempre hemos vivido en el castillo, 1962), Mónica Lavín (Yo, la peor, 2009), Samanta Schweblin (Pájaros en la boca, 2009), Angela Carter (La cámara sangrienta, 1979) y Susana Iglesias (Señorita vodka, 2013) son sólo algunas de las autoras que constituyen la larga lista de narradoras que plantean una feminidad transgresora. Esa feminidad que derrumba los preceptos machistas y se erige sobre los hombros de sus hermanas para gritar al unísono la consigna de Despentes:

[La] mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre […] esa mujer blanca, feliz, que nos ponen delante de los ojos […] nunca me la he encontrado en ninguna parte.

Estamos convencidas, aseguran las escritoras feministas, de que no existe.


Autores
(Celaya, 1982) es narradora y periodista independiente. Autora del libro de cuentos Esa membrana finísima (FETA, 2014), ha participado en once antologías de narrativa y ha ejercido el periodismo por más de trece años; sus textos han aparecido en medios impresos y digitales de México, Estados Unidos, Colombia y Perú. Da clases de posgrado en la Universidad Iberoamericana.
(Guadalajara, 1990) es fotógrafa y artista audiovisual.

 

¿Es posible hacer libros infantiles que eludan los estereotipos sociales? ¿Cuál debe ser el rol de la mujer en ellos? En este texto, Juana Inés Dehesa afirma que se puede apostar por una literatura en la que las mujeres no hagan lo que se espera de ellas, en la que, como en el clásico Mujercitas, la heroína no siempre se casa con el apuesto galán.

 

Qué van a saber de la subversión, si nunca los han acusado de envenenar a la juventud. Fue una tarde en Zacatecas, y una mujer cuyo nombre no recuerdo, me acusó de estar soliviantando a su hija —el nombre de ella sí lo recuerdo: se llamaba Kenya—, instigándola a que no se casara, hiciera lo que le diera la gana y, como consecuencia ineludible, se quedara sola para siempre. De nada sirvió que yo le explicara a la señora que, francamente, yo lo único que había hecho había sido escribir un libro con personajes femeninos fuertes y valientes, y que lo que su criatura hiciera después de leerlo dependía de millones de factores que pasaban por su medio, su educación, la forma en que tuviera cableado el cerebro y las emociones y, sólo en una mínima parte, de lo que yo le hubiera dicho a través de la historia y sus personajes. La madre no se quedó contenta (Kenya mucho menos), y tenía razón: decir «yo sólo escribí lo que quise, sin mayor intención ni agenda» representa, para cualquier escritor para niños, una verdad a medias, si no es que una mentira cochina. Por supuesto que yo había escrito mi historia con toda la intención de echar a andar las cabezas de todas las Kenyas del país (y del mundo, Pinky), y de darles si no argumentos, al menos ejemplos de mujeres que se rebelaban contra los discursos de sus padres y sus parientes y que, lejos de cumplir las profecías fatídicas de éstos, terminaban siendo felices y plenas. Eso quería hacer yo, porque eso era lo que yo había leído en mi infancia. Así de fácil.

Según la crítica Roberta Seelinger Trites en su ensayo Disturbing the Universe: Power and Repression in Adolescent Literature, los libros para adolescentes (y para niños, agregaría yo) tienen en común el tema del poder: en el caso de los títulos para más pequeños, suelen abordar el asunto desde las distintas formas en que el protagonista toma conciencia de su propio poder y aprende a hacerlo a un lado en favor de ciertas instancias encargadas de protegerlo y garantizar su bienestar. En otro sentido, en el caso de la narrativa para lectores mayorcitos, los dramas y nudos giran en torno a la forma en que los personajes toman conciencia de los distintos poderes que se ejercen sobre ellos —desde la familia, la escuela, la sociedad, la religión y, ahora, hasta el ciberespacio— y los modos que encuentran de defenderse y rebelarse, administrando ahora su propio poder, ése que en la infancia aprendieron que tenían, pero que era necesario subordinarlo a esas mismas fuerzas contra las que ahora se rebelan. En otras palabras, Roberta Seelinger le da la razón a la matrona zacatecana: dentro de la literatura infantil y juvenil los escritores colocamos ciertas claves sobre el mundo y sus funcionamientos que, desde nuestra muy modesta y tercermundista trinchera, pensamos que van a ayudar a construir una sociedad mejor. En otras palabras, al momento de proponer una historia para lectores incipientes, los escritores proponemos un cierto sistema de valores, y cada quien decide cuáles ensalza y cuáles denuesta.

Los libros para jóvenes lectores han sido herramienta fundamental, entonces, para transmitir ciertas ideas del mundo y para normalizar ciertos discursos. Tiene que ver con aquello que la crítica Erica Hateley llama «el proyecto humanista-liberal de socialización a través de la literatura», y que trae aparejada la conciencia de que todo lo que se vuelca en un proyecto narrativo conlleva un cierto sistema de valores y un modelo del mundo que los jóvenes lectores van a recibir casi sin chistar. A los niños se les educa a punta de golpes bibliográficos, y a partir de proyectos de distintas calidades, se les va trazando una cierta línea que apunta hacia lo que deben opinar y pensar con respecto a una enorme cantidad de temas: desde lo que es la patria —¿quién no recuerda el lacrimógeno y encendido Corazón, de D’Amicis?— hasta lo que representan la amistad y la lealtad, pasando por la virtud, el éxito y, por supuesto, el género y todo lo que conlleva.

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El género es de esos temas incomodísimos y transversales de los que difícilmente se escapa un escritor para niños: en el momento en que se habla de familia, de interacción escolar, de juego, de sexualidad incipiente o de construcción de identidad, se habla necesariamente de género. Y ésa es, a ojo de buen cubero, la totalidad, o casi, de los temas que trata la literatura infantil y juvenil. Todavía hoy, cuando las mujeres podemos hasta votar y casi hasta se da por sentado que somos seres humanos, la construcción del género dentro de las historias para jóvenes lectores sigue siendo una fuente de inquietud constante. Sencillamente, no hay manera de escapar del asunto, ni siquiera con la historia que parecería más inofensiva; siempre hay que pasar por el hecho de que existen niños y niñas, hombres y mujeres, y de que la naturaleza establece ciertas diferencias entre ellos y luego la sociedad impone otras. Hasta en los temas más absurdos. Pongamos que queremos escribir una historia que consideramos muy aséptica y fácil de resolver sobre un pingüino que juega futbol. Al fin y al cabo, los pingüinos tienen muy buena prensa, son muy simpáticos para ilustrar y no pueden causar demasiados problemas, ¿o sí? Pues sí. Inmediatamente, hay que responderse un millón de preguntas: ¿por qué es niño y no niña? ¿Juega futbol con otros niños, o en un equipo mixto? ¿Tiene hermanas? ¿Quién lo lleva a los partidos? ¿Lo lleva su mamá, o su mamá está trabajando y entonces lo lleva su papá? ¿Cómo celebra el gol? Si se enoja con sus compañeritos porque no se atreven a rematar, ¿les dice que son unas nenas? ¿Quién los entrena y quién es el árbitro? Cada vez que se construye un universo —que eso y no otra cosa es escribir una historia— tienen que tomarse un montón de decisiones sobre los discursos y valores que rigen en él, así como el lugar en el cual se colocan los personajes frente a dichos mensajes. Y esto puede ir en diferentes sentidos: tanto para perpetuar un modelo conservador y machista, hasta para avisarle a las niñas de las enormes posibilidades que pueden abrirse ante ellas si tan sólo eligen desafiar los mensajes en boga y hacer de su pliego su propio papalote.

Mi ejemplo favorito sobre escritores que utilizan los libros para modelar a los niños como ellos creen que deben de ser, independientemente de lo que opine el resto del mundo, es el de Louisa May Alcott y lo que, a falta de mejor nombre, llamaré el Lauriegate. Porque, para desmayo del noventa y nueve por ciento de los lectores, ¡Jo y Laurie no se casan! Para cualquier lector de Mujercitas, éste es probablemente el momento definitorio en la lectura de la segunda parte. Si bien el personaje de Josephine, Jo, está construido como el clásico tomboy, la niña que se comporta como niño, lo «normal» y esperable en un texto de este tipo era que, como sucede con el resto de las hermanas (salvo Beth quien, también atendiendo a los estereotipos de la época, representa el ser angelical y frágil a quien Dios reclama para sí), al alcanzar la adolescencia, Jo se hiciera cargo de su condición femenina y optara por aceptar la propuesta de matrimonio del vecino que, por si fuera poco, es guapo, inteligente, sensible y heredero de una inmensa fortuna.

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Eso no sucede. Frente a las carretadas de cartas de sus lectoras, que exigían, desoladas, que la unión se concretara, en la segunda parte Alcott toma una serie de decisiones salvajes con respecto a Jo, su alter ego ficticio, simplemente porque se opone con todas las fuerzas de su ser a la idea de que el único destino deseable y posible para una mujer es el matrimonio. No sólo pergeña una larga y desgarradora escena (convenientemente titulada «Heartbreak») en la que Laurie se declara y Jo lo rechaza abiertamente para dedicarse a escribir, sino que termina casándolo, en cambio, con la hermana más pequeña, Amy, que, total, tiene temperamento artístico, es bastante más mensa y más bonita, y siempre soñó con ser millonaria. Y ya, para rematar cualquier ilusión de influencia de su público, Jo acaba romanceando —y casada, según se nos informa al principio de Hombrecitos— con un anciano preceptor alemán (que guarda unas freudianas e inquietantes similitudes con el propio padre de la escritora, pero ese tema habrá que dirimirlo en otro diván). Total, que al final sí termina casándola, pero no como teóricamente habría debido.

Así, los autores de libros para niños no escribimos lo que debe suceder, sino aquello que querríamos que sucediera. Para conjurar realidades inexistentes pero posibles. Escribimos no para las mujeres que vemos en la calle, sino para las que querríamos ver poblando nuestro país. Pienso en Verónica Murguía y su Rani Timbo y la hija de Tláloc, un libro sobre una niña indígena que vende chocolates en Reforma, a la cual un guarura ningunea y molesta hasta sacarla de quicio, y entonces se revela que la niña es la omnipotente hija del dios de la lluvia. Eso no ha pasado nunca en el Paseo de la Reforma pero Verónica querría que así fuera, y que todas las niñas y niños que se acerquen a su texto sientan que pueden ser poderosos y fuertes frente a quien se aprovecha arteramente de su indefensión.

La propia Murguía desafía los estereotipos de género cuando construye a Soledad, la protagonista de su novela Loba. Una vez tras otra, repite que es fea. Que, a diferencia de sus hermanas y la esposa de su padre, será muy noble y muy hija del rey, pero es bien fea. Conforme avanza la novela, la princesa sale al mundo y se topa con un joven hechicero que cae prendado de ella. El lector que se las dé de muy astuto pensará que ha llegado el momento en que se revela que, bien a bien, no era tan poco agraciada, sino que le hacía falta bañarse y que le llegara el despertar sexual, pero esa trama argumental, favorecida por tanta película ochentera, donde basta que la muchacha se quite los jeans rotos y se peine tantito para que todo el cine y hasta el muchacho caigan en cuenta de que era preciosa, no se parece a ésta. El romance sucede, en efecto, pero al momento de las decisiones trascendentales Soledad no reacciona como dicen las convenciones y ciertas tías que deben reaccionar las mujeres; Soledad decide abandonar al mago y seguir un destino propio, uno que no implica vivir en pareja ni protegida por un hombre. Y eso es una decisión que la autora toma en nombre de su personaje, no sólo porque siente que así le hace justicia, sino porque no está interesada en resolverle la vida mediante un romance; no quiere darle esa solución aparentemente fácil, por el contrario, quiere complicarle las cosas aún más a ella y a todas las mujeres que se acerquen a leerla.

Sin embargo, como apunta también Erica Hateley, difícilmente habrá hoy una novela que sea sólo sobre construcción femenina o sobre me caso o no me caso. Ella menciona Does My Head Look Fat In This? , una novela sobre una niña musulmana que vive en Canadá y que decide empezar a usar velo, con los consabidos soponcios por parte de sus padres, que preferirían que viviera su religión de una forma menos visible y excluyente, y de la directora de su escuela, por supuesto, quien querría evitarse esa conversación con el resto de los estudiantes. También se encuentran en ese conjunto Querida Alejandría, de María García Esperón, una novela sobre Hipatia, la matemática griega que atestigua y narra, horrorizada, el incendio de la biblioteca de Alejandría, y quien enfrenta la inexistencia de las mujeres para la sociedad de su tiempo; y 36 kilos, de Mónica Brozon, cuya protagonista padece anorexia y vive atrapada dentro de ese universo deformado que implica no ser consciente del propio cuerpo y de la propia identidad. En este sentido, vale la pena mencionar Para Nina, de Javier Malpica, una de las poquísimas novelas en México que abordan abiertamente la disforia de género, y que arranca exactamente cuando la protagonista decide rebelarse contra su cuerpo masculino y explorar quién es, a contracorriente de los discursos sociales y, por supuesto, el buen sentido, que la llaman a quedarse calladita y aceptar sus circunstancias.

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Así, en cascada, estos títulos suenan muy tremendos y muy de «novela de problema». Pero no todo es así. Por ejemplo, en El mundo septiembre adentro (y otras formas de evitarlo), Guadalupe Alemán Lascuráin retrata a una adolescente que detecta en sus compañeras de colegio una cierta docilidad que le resulta inexplicable… hasta que descubre que las monjas malignas en-cargadas de la escuela las están dopando con emulsión de Scott. Sí, pues; aparece una hermana con algún tipo de problema cognitivo de la cual la protagonista ha de hacerse cargo porque «es la mayor y la mujer», pero eso pasa a segundo plano con las monjas malignas y su arma secreta de hígado de bacalao.

También en la categoría de decir cosas serias en tono francamente de chunga, entran dos álbumes, uno con una vida, tristemente más fugaz que el otro, y ambos ilustrados por Margarita Sada. El primero, Tengo una tía que no es monjita, de Melissa Cardoza, está protagonizado por una niña que cuenta con una tía peculiar: no se ha casado pero tampoco es monjita, y tiene una amiga a la que quiere mucho y con la que viaja constantemente. Dice bastante de nuestra sociedad mojigata y miedosa que ese álbum, fresco, divertido y, sobre todo, uno de los pocos sobre el tema de homosexualidad femenina para el público más pequeño, a duras penas haya visto la luz. Es más, dudo que alguien lo recuerde, por desgracia.

El segundo álbum, más difundido y reeditado, gracias a que no trata de ningún tema «prohibido», nomás de niñas autogestivas, es Yo, Claudia, escrito por el colombiano Triunfo Arciniegas. Claudia es una princesa y tiene un padre que es francamente un haragán y un bueno para nada. A tal grado que Claudia se ve en la necesidad de tomar cartas en el asunto y hacerse cargo de la administración del castillo y del reino entero. Grandes ilustraciones y gran texto de Arciniegas, quien, por si fuera poco, es enormemente solvente y un maestro de profesión.

Imposible terminar este recuento sin hablar de Pascuala Corona, mujer que a mediados del siglo pasado recogió de voz de las mujeres indígenas de México los cuentos mestizos, herencia de la tradición oral europea y el vocabulario mexicano, y a quien los niños de México le deben cuentos de seres fantásticos y poderes mágicos que no son los de siempre y que, por si fuera poco, están plagados de heroínas que toman su destino en sus propias manos. La más representativa de entre ellas es quizás la niña de «La maceta de albahaca», esa niña que pasa todas las pruebas y todos los acertijos que le pone el rey hasta que éste, cansado, le dice que se lleve del castillo lo que más le guste, y la niña decide llevarse al rey mismo. Termina diciendo «y el rey, viendo que con esa niña llevaba siempre las de perder, se casó con ella». Ese final, que hoy puede sonar machista, para 1945, donde los hombres siempre llevaban las de ganar, era enormemente subversivo. Como era subversiva la misma Pascuala, viviendo siempre convencida de que estaba cruzando alguna frontera y perturbando algún orden social.

Y, sin embargo, eso no la detuvo. Al contrario: la impulsó. Quería formar ciertas niñas y ciertas mujeres, instilar ciertos valores y construir un cierto país. Y de eso se trata fabricar mundos imaginarios para que los habiten mujeres imaginarias: de invitarlas a construir su propio mundo real y habitarlo con nosotros. Lo siento por la mamá de Kenya, pero si eso es envenenar a la juventud, pues sí, eso hacemos. Ni modo.


Autores
(Ciudad de México, 1977) tiene una maestría en Literatura Infantil y Escritura para Niños por el Simmons College de Boston. Es autora de Panorama de la literatura infantil en México, entre otros libros.
(Saltillo, 1973) es artista visual, ceramista y diseñadora. Su obra ha sido seleccionada en bienales de arte y cerámica en México, Bélgica, España, Portugal, Argentina, Chile, Corea y Japón.

Creo firmemente que todos los libros que existen
ahora mismo desaparecerán con el tiempo. Y no hay
motivos para lamentarse. Como todo organismo
vivo, los libros crecerán, se multiplicarán, cambiarán
de color y con el tiempo morirán.
ULISES CARRIÓN

«Nolibros, antilibros, pseudolibros, cuasilibros, libros concretos, libros visuales, libros conceptuales», esos y otros nombres daba el artista mexicano Ulises Carrión (San Andrés Tuxtla, 1941-Amsterdam, 1989) a esos objetos que partiendo del libro inventaban otras formas de lectura, formas que se deshacían del texto, que lo parodiaban o que simplemente se rebelaban contra él. Other Books and So, la librería-galería que Carrión fundó para albergar estas piezas, es un reflejo del pensamiento inquieto del artista, quien deambuló entre la creación, la edición, la teoría y el comisariado de exposiciones.

Ulises Carrión, a quien el Museo Jumex dedica la muestra Querido lector. No lea, es una figura central de lo que ahora se nombra como escritura conceptual o literatura expandida, formas impías que transmutan la literatura en experiencias visuales, sonoras y/o performativas. Artista que después de los años sesenta exploró las formas «otras» de experimentar con el lenguaje ligadas al arte conceptual, siendo referente de muchas prácticas contemporáneas.

Tratar a lo cotidiano como un asunto de seriedad y desacralizar el arte son dos constantes en su obra, por eso un chisme se puede convertir en tema de investigación sobre el lenguaje, una estrella de cine como Lilia Prado es presentada como un ready-made, una historia de amor se convierte en el itinerario de un autobús turístico, y los sonidos de asombro al destapar una carta en un juego de póker dan lugar a una canción; mientras que, en la operación contraria, una obra de teatro es reducida a la enunciación de sus personajes, un poema se transforma en una estructura de líneas, un libro se sintetiza en colores y páginas, y una canción se puede estudiar de acuerdo a las revoluciones por minuto que pueden contarse mientras suena.

La exposición es un paseo por la irreverencia que caracterizó al artista, si bien los libros conforman la mayor parte de ella, los videos y los audios no deben pasar desapercibidos. En particular Bookworks revisited presenta una selección de obras comentadas en video donde dibujo, concepto, forma y proceso, ejercitan nuestra imaginación libresca.


Autores
(Ciudad de México, 1982) es autora de Vértigo y fruto y Aromarena. Participó en 2008 en el proyecto México-joven. Antología de jóvenes artistas mexicanos, promovido en Polonia. Fue participante del proyecto Arteshock de TV-UNAM en la categoría Arte del cuerpo, con su obra Poesía en la piel.

Netflix produjo la miniserie Cuatro estaciones en La Habana, basada en las novelas policiacas de Leonardo Padura (La Habana, Cuba, 1955). Los cuatro capítulos corresponden a las primeras novelas protagonizadas por el detective Mario Conde, exitoso ciclo que Padura ha llamado justamente «Las cuatro estaciones». Además de detective, Conde es un enamoradizo, un bebedor y un escritor frustrado pero, para su autor, «es una metáfora, no un policía, y su vida; simplemente, transcurre en el espacio posible de la literatura».

La adaptación de las novelas corrió a cargo del propio Padura, así, cada capítulo de Cuatro estaciones en La Habana corresponde a una novela que, a su vez, corresponde a una estación del año: «Pasado perfecto» al invierno, «Vientos de cuaresma» a la primavera, «Máscaras» al feroz verano tropical y «Paisaje de otoño» evidentemente al otoño. Conde, que es interpretado por el veterano actor Jorge Perugorría (Fresa y chocolate), se hace acompañar siempre de Manolo, de manera que ambos se convierten en una especie de Sherlock Holmes y Watson tropicales.

En «Vientos de cuaresma» Conde tiene que resolver el asesinato de Lissette, una inocente maestra de preparatoria que un día aparece muerta en su departamento. Las pesquisas de Conde lo llevan hasta una célula de narcomenudeo, que se ha insertado en la escuela donde trabajaba la joven maestra, aunque también sospecha de un compañero de trabajo con el que tenía sus coqueteos sexuales… al final ninguno de ellos tiene nada que ver con el asesinato de Lissette, y gracias a sus poco ortodoxas maneras, Conde encuentra al asesino.

En el segundo capítulo, «Pasado perfecto», Conde tiene que resolver la desaparición de Rafael Morín, un próspero empresario estatal de quien el detective conoce su pasado pues fue su compañero en la preparatoria, cuando conoció también a su círculo de amigos en una época en que «uno espera todo de la vida»; con esos amigos, Conde bebe y se olvida un poco de la rutina policiaca. A este caso se añade Tamara, la guapa esposa de Rafael Morín, y de quien Conde siempre ha estado enamorado.

El caso podría complicarse por la relación personal entre el desaparecido, la sospechosa y el investigador, pero la pesquisa da un giro inesperado.

«Máscaras» es el tercer capítulo y en él Conde investiga el asesinato de quien en primera instancia sólo parece un travesti más. Conde se adentra en la vida nocturna gay de La Habana, en ese submundo soslayado por las autoridades, pero en otro tiempo muy reprimido, sobre todo en sus figuras tutelares (el Marqués quiere ser un ejemplo de aquellos gays que en los años setenta fueron invisibilizados). Pero en ese mundo Conde no encontrará al asesino de Alexis Arayán, hijo de un importante diplomático y con aires de pertenecer a los Illuminati. Llegados a este capítulo, el espectador ya conoce la fórmula «demasiado fácil»: Conde ha explorado varios tentáculos para insuflar la historia, sospecha de varios, pero el asesino está más cerca del difunto de lo que a todos nos ha hecho creer con sus investigaciones.

Finalmente, «Paisaje de otoño» tal vez sea la historia mejor lograda, con tráfico de obras de arte incluido. La tensión crece cuando un poderoso huracán está a punto de entrar en las calmadas aguas del Caribe, en las cuales aparece el cadáver de un hombre: Miguel Forcade, un desertor que se fue a vivir a Miami luego de haber trabajado varios años inventariando las propiedades de quienes abandonaban la isla; en ese trabajo encontró varias joyas artísticas, una de las cuales lo hace volver.

Padura confesó cierta vez que trabajaba en los guiones de «cuatro posibles películas» que, acotaba, «alguna vez se filmarán, si Dios y el dinero quieren», con lo cual es de suponerse que el proyecto de adaptar las novelas llevaba un tiempo en el tintero; finalmente se convirtieron en una miniserie y no películas, o casi, pues cada capítulo dura hora y media. Al parecer, también, el dinero llegó pues la producción es de tal calidad que en la pantalla se puede ver una Habana muy «hermoseada»: uno no se imagina las oficinas de la burocracia cubana tan bien conservadas, ordenadas y eficientes; unas «máquinas» (coches) que arrancan a la primera y corren como si fueran de Fórmula 1; unas tomas aéreas de una ciudad que no parece estarse cayendo a pedazos; tampoco hay carestía: en una escena el mismo Conde se sorprende de que la mamá de uno de sus amigos les ofrezca de cenar arroz con res. La metáfora de que hablaba Padura vuela tan alto en esta miniserie que pierde sus lazos con la realidad.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.