La Antología Resonante. Selección de obra poética y ensayística de Alastair Reid (1926-2014), publicada por la editorial mexicana Bonobos en 2016, nos permite conocer al más latinoamericano de los escritores escoceses, poeta directo, aparentemente contenido, pero brutal, de ensayos tan gozosos de leer como conversaciones después de una buena comida, generoso traductor e intelectual.
Poeta del amor mundano, celebra los entresijos de la realidad con lenguaje:
Sobre todo, esa interminable, inútil catarata de preguntas.
¿Y cómo has estado? ¿Cómo va todo por allá?
¿Quiénes seremos tú y yo dentro de un año?
¿Quiénes somos ahora?
Ah, no,
no hay carta que enviar, sólo este río
de descoyuntadas cavilaciones, este ritmo
de lo que falta, palabras
de difícil manejo, cojas.
ven.
Lo que él mismo llama borgiano, «ciertas intromisiones de inquietud que socavan lo que se cree una realidad», podría aplicarse también a su propia poesía:
¿Quién víctima de fiebres de amor,
no ha insistido en el voto fatal, el “para siempre”,
sin sentir, antes de esfumarse las palabras,
que en ellas se anuncia el final?
Audaz en el uso del adjetivo, es capaz de calificar a una lagartija como meditabunda pero, tal como su amigo Neruda, «simplificando deliberadamente, haciendo la poesía accesible a la gente», sin perder rastro de belleza: «y yo me trasladé del circuito de su atención hasta el laberinto de aquella inagotable ciudad».
De la traducción, apunta: «Traducir la obra de alguien, poética en particular, conlleva algo semejante a sentirse poseído, hechizado». Porque «una persona bilingüe está mucho más consciente del golfo existente entre la palabra y la cosa, que alguien confinado a una sola lengua».
Pablo Neruda y su esposa Matilde fueron quienes lo bautizaron como «Patapelá» por andar descalzo en Isla Negra. Sobre su experiencia en lo español-latinoamericano, dice: «No hay nada como la inmersión en algo desconocido —nuevos lugares, nuevos paisajes, nuevas preocupaciones, nuevos amores, nuevas lenguas— para afilar los bordes de la percepción». De los españoles, recalca que la lengua es «su patio de juegos».
Al leer a Alastair Reid, sucede lo que él ya pronosticaba: «Borges solía decir que, cuando los escritores mueren, se vuelven libros, encarnación bastante satisfactoria según su punto de vista. Con suerte, sin embargo, creo que se vuelven voces». Él es voz presente, en español e inglés.
El cáncer es omnipresente. La palabra por sí sola evoca simultáneamente las ideas de sufrimiento y optimismo por superarlo, cubiertas con un velo de ignorancia y superstición. Jorge Comensal decide alejarse de estos lugares comunes y conjuntar en su primera novela elementos aparentemente incompatibles: enfermedad y comedia, comedia y ciencia. Este no es un libro de víctimas ni de lucha contra monstruos impalpables. Tampoco es un libro con un final feliz pero sí uno que consigue propiciar la risa a partir las situaciones más dolorosas.
Los personajes que habitan las mutaciones tienen que vérselas de frente con el cáncer de maneras distintas. Ramón Martínez, un abogado prolífico, independiente, cacique de su hogar y de su mundo entero, se encuentra en la aterradora posición de perder la lengua. Sin opción alguna, una cirugía salva su cuerpo pero condena todos los demás aspectos de su existencia. Su vida y la de su familia se parten en dos. Su forma de subsistencia se viene abajo y la deuda adquirida con su mezquino hermano lo aplasta como una losa de concreto.
A cambio, se transforma en el observador que nunca pudo ser desde su lugar de privilegio. Para compensar el silencio, Elodia, la diligente señora al servicio de los Martínez, le regala un perico, con todo un repertorio de insultos incluidos. Este perico es el receptor telepático de los monólogos de Ramón, que, encerrado en sí mismo, tiene que encontrar nuevas maneras de articular su personalidad, con todos los cambios que ésta experimenta. Incapaz de defenderse hasta en los conflictos más cotidianos, Ramón comienza a tener reacciones que jamás habría imaginado. En una escena hilarante, desesperado por las afrentas de su hermano que no puede contestar, le asesta un golpe con una botella, una actitud impropia del ciudadano ideal que se presumía antes de la cirugía que le robó el habla.
La profundidad de los personajes, sus fallos, anhelos y obsesiones son explorados mediante el narrador en tercera persona que los sigue en sus monólogos interiores en momentos clave. Juntos, estos mundos constituyen el entramado más amplio del cáncer, ése que relaciona lo privado de la enfermedad con lo político; un hecho físico y particular con nuestras concepciones y juicios sobre él, así como la ambición de la ciencia, la capacidad sanadora de la palabra en el psicoanálisis, la legalización de la marihuana, la justicia de los sistemas de salud, y la pretensión clasemediera. Comensal tiene una capacidad para hacer orgánico este amplísimo muestrario humano sin perder de vista la individualidad de las personas.
Los hábitos de la clase media citadina se ven reflejados de manera nítida, y es en esta caracterización donde se ve una de las grandes virtudes del autor. Los detalles en el habla y el comportamiento de los personajes crean un ambiente realista y cotidiano. La familia Martínez se aferra a no perder un estilo de vida, a tomar lo que se puede de la poca fe que sostienen de manera relajada, a negar lo inevitable.
Simultáneamente, vemos una radiografía del doctor que atiende el inaudito tumor de Ramón, Joaquín Aldama, un oncólogo, como todos, se nos dice, sumergido en la melancolía, que encuentra aquí la posibilidad de escalar en la jerarquía del mundo médico. Disquisiciones sobre tumores, sobre fe y ciencia y sobre música rondan la cabeza del doctor que, a fuerza de estar expuesto de común a la muerte, se ha vuelto casi insensible.
Las mutaciones apela a una despersonificación necesaria del cáncer. No es éste un elemento externo que viene a atacar un organismo, es parte misma de la constitución del individuo. Esto se manifiesta en una de las facetas más desarrolladas de la novela, la científica. Las explicaciones médicas se sostienen por sí mismas, pero aparecen siempre con elementos de ficción. El segundo capítulo del libro es muestra de esto: una genealogía del cáncer de mama que transita desde las lejanas tierras de Jerusalén hasta los genes corrompidos de Teresa, psicoanalista especializada en pacientes con esta enfermedad, que termina por atender a Ramón. Conocemos de ella también su proceso de aceptación de la vida después de la mutilación de su cuerpo mediante los mecanismos del psicoanálisis.
Las mutaciones es un debut extraordinario que avanza con paso ágil y humor a través de los vericuetos del franco encuentro con la muerte, y que coloca a Jorge Comensal dentro del mapa de escritores a los que hay que tener presentes.
Ante la admiración de unos y el repudio de otros, la llamada narcoliteratura ha experimentado un auge. ¿Vale la pena? Los narradores Orfa Alarcón (Perra brava) y Geney Beltrán Félix (Cualquier cadáver) discurren al respecto.
La narconovela (aún) no existe
Geney Beltrán Félix
No estoy en contra del género de la narconovela. Sería absurdo estar en contra de algo que no existe. El cuestionamiento es a los resultados, a los libros que se vinculan con una etiqueta, hasta hoy más una oportunidad mercantil que una forma novelística en sí. También sería ridículo estar en contra de que los asuntos del narcotráfico aparezcan en la ficción. Como el secuestro, la trata de blancas, los desaparecidos, la corrupción judicial y política o la pobreza, el tráfico de drogas forma parte de la realidad mexicana, y como tal está llamado a hacerse un sitio en las representaciones de la ficción presente y futura.
Existen novelas sobre el narcotráfico, no narconovelas. La mayoría son obras de técnica convencional: reelaboraciones de la novela de aventuras, policiaca o de folletín. No hay nada nuevo en ellas, se traten de las obras de Pérez Reverte, Elmer Mendoza o Bernardo Fernández. Ceden al apetito por los números negros del gerente de ventas de una editorial, y no se permiten la menor trasgresión que traicione las expectativas del lector visto como un nicho de mercado, no como un interlocutor crítico ante la realidad. Una inspección de los nudos morales que trasiegan la vida del narco también está ausente. Determinar si hay oportunismo o un desplante ya por entero amarillista, competería menos a la estética y más a la sociología. Pero, como ha señalado Oswaldo Zavala, mucha de esta narrativa valida en sus representaciones la versión histórica que el Estado neoliberal ha decidido impulsar a la hora de explicar el problema: una en que se difuminan los lazos de conveniencia entre la clase política, la empresarial y bancaria y la estrictamente operativa, la de los capos y sicarios. Acaso tampoco debería haber demasiado énfasis en la queja: es natural que la vitalidad periodística del narcotráfico produzca tomitos olvidables, epigonales, blandengues. Y es natural que se requiera la distancia que sólo da el tiempo para poner en perspectiva a través de una obra ambiciosa y madura un fenómeno en el que la sociedad mexicana sigue inmersa.
Habrá narconovela cuando el asunto del narcotráfico dé pie a una nueva forma novelística, una evolución del estilo o la estructura que habría de tener su origen en la especificidad de la experiencia del narco al nivel de la identidad: un Pedro Páramo o un Gran sertón: veredas, de la vida de la droga. Las instancias más audaces hasta ahora —Contrabando, de Víctor Hugo Rascón Banda; Trabajos del reino, de Yuri Herrera— han hecho propio, en los aspectos formales, el desafío de conocimiento que supone una realidad alterada por las disyuntivas del miedo, el poder y la corrupción interior. Siguen siendo excepciones, y para nada han sido incluidas por el mercado en el centro de las consideraciones lectoras. Y quizá las más notables han sido aquellas —2666, de Roberto Bolaño; La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, de César López Cuadras— que no reducen la realidad representada al ámbito del tráfico de la droga, sino que lo engloban como uno de los elementos que se manifiestan en una realidad más amplia y compleja.
Aquellos
Orfa Alarcón
Los otros, aquellos, los muchachos. Esos innombrables. Si era indispensable mencionarlos, en Monterrey se decía «los de la letra», y ahora se les dice, acaso ya con familiaridad, «los malitos ». Cada ciudad tiene su forma de nombrarlos. Cada pueblo su memoria y sus historias. Se metió un comando y dejó el cuerpo ahí en la sala, muy sentadito… Le dijeron a mi comadre que ya no buscara a su hijo, que ya lo habían visto con aquellos… En un solo día hicieron la limpia en la colonia, mataron a 36… Aquí frente a la casa le metieron un tiro, el que le disparó se lo llevó como si cargara un venadito…
No hay manera ni razón de borrar una memoria. La gente cuenta sus historias en lo íntimo. De eso no se habla en público porque nunca se sabe si los de la mesa de al lado son de aquellos, y nadie quiere un tiro en la sopa. Se les nombra «aquellos» porque queremos sentirlos lejanos, cuando, en realidad, están junto a nosotros en la fila del banco.
En un país donde el periodismo es uno de los mayores riesgos, el escritor está protegido. Éste sí puede hablar de aquellos, de los otros. La creación de un narcocorrido, una narconovela, una narcoserie no implica el riesgo de muerte que trae consigo el desenmascaramiento periodístico del crimen, porque mientras el compromiso del periodista es con la verdad, el compromiso del escritor es con la ficción, y cualquier cosa puede llevar esa bandera. Otra protección que no sobra es que, ¿quién no desea convertirse en protagonista de alguna obra artística, sea libro, cine, serie…? Aquellos lo saben, lo disfrutan. Protagonizar un best seller no puede ser comprado con poder ni con dinero, pero sí con la fascinación que «ellos» ejercen sobre los mortales de vidas aburridas, es decir nosotros, es decir los escritores. Es conocida la fascinación del Chapo por Kate del Castillo, quien vio en ella a la mismísima Reina del Sur. Ellos quieren verse retratados, inmortalizados, nosotros queremos saber más de ellos. Fascinación de ida y vuelta.
La llamada narconovela no es un fenómeno nuevo. Podemos rastrear el inicio de este subgénero en Diario de un narcotraficante (1962), de A. Cananeva, aunque hay quien lo ubica en Contrabando (1991), de Rascón Banda. A muchos autores nos han encasillado en la categoría que, insisto, ni es moda ni es reciente. Acaso lo reciente es la queja: están haciendo una apología del delito, están fomentando la violencia, ya aburren. No es función del escritor hacer textos plagados de buenos principios y ejemplos intachables que no servirían de nada. Tampoco es función de la literatura ser consecuente ni agradable.
Claro, hay novelas montadas en la mercadotecnia, pero un título fuerte y una portada con pistolas no garantizan nada. La literatura es la que sigue viva y, diez o cien años después, continuará dialogando con el lector.
Se recurre a la literatura para poder hablar de los otros, preservando una memoria que mancha pero debe mencionarse. Se perpetúa no para perdonar, justificar ni aceptar. Se habla, se escribe, se muestra para lidiar con aquello. Con aquellos. Hay que tomarnos un café en cualquier lugar lleno de gente para platicar de El más buscado, de Sin tetas no hay paraíso, de Los minutos negros o de la última temporada de Narcos. De eso sí podemos conversar. La ficción nos ayuda a entender que aquellos no son tan lejanos, que los otros no son tan aquellos.
En este ensayo, Karen Villeda escribe mano a mano con Octavio Paz para reflexionar sobre algunos de los temas más urgentes del país: los derechos humanos, las fosas clandestinas, la impunidad. En México, dice la autora, «los objetivos políticos han usurpado los derechos cívicos».
Cada sociedad al definirse a sí misma, define a las otras. OCTAVIO PAZ
DERECHOS HUMANOS
1. m. pl. Especialmente en el ámbito internacional, derechos fundamentales.
~derechos fundamentales m. pl. Derechos que, por ser inherentes a la dignidad humana y por resultar necesarios para el libre desarrollo de la personalidad, son normalmente recogidos por las constituciones modernas asignándoles un valor jurídico superior.
2. «Es bueno el encaje pero no tan ancho».
3. Paz: Siempre hay un nosotros en cada uno de nosotros […] El fin del hombre no es el hombre sino algo que está más allá y que no acertamos nunca a llamar con un nombre propio sino con otro que, aunque sea vago, nos define y define a nuestros semejantes: los otros. Estamos aquí sobre esta tierra con los otros y por los otros. («Nuestra Fundación: principios y fines», p. 12).
4. Méx. Los expertos señalan que todo derecho es una construcción sociopolítica. En el México real los derechos humanos son una construcción de valor ornamental. En el México desgraciado las violaciones reiterativas a los derechos humanos son construcciones de antaño. Sus muros son impenetrables; sus vigas, preferentes, y sus losas de una argamasa inconmovible. Los expertos también señalan que los derechos humanos no pueden protegerse a expensas del resto de la sociedad. Tienen razón. Aquí estamos a la vanguardia. Mientras persisten la masacre y la represión, hay derechos humanos que están en boga, como el derecho de acceso a la información, la transparencia y la rendición de cuentas. Los objetivos políticos han usurpado los derechos cívicos. Los expertos insisten en la autodeterminación del ciudadano mientras el Estado de derecho es presa de un poder público insaciable. Los expertos le echan la culpa a los actores sociales, quienes deben reconocerse como sujetos de derechos. De esta manera pueden construirse como ciudadanos y redefinir la posición de los servidores públicos ante la sociedad y su desempeño. Los expertos hablan de cultura política sin un enérgico fomento al seguimiento y evaluación de los afortunados que conforman la división de los tres poderes.
La supuesta rotación de partidos en los gobiernos federal, estatal y municipal, la apática ida a las urnas y el conteo minado en las votaciones son el entretelón de un desastre que nos es natural: la damnificación de los derechos humanos. Cuando sube el telón, el espectáculo es de primer nivel: un día de octubre de 1519, los encomenderos chasqueando las Leyes de Indias, una Procuraduría de los Pobres vendida al mejor postor, los veintinueve artículos en la Constitución de 1857, las socavadas garantías individuales, otro día de octubre de 1968, el halconazo, la guerra sucia, Acteal, Atenco, la guerra contra el narco. Reformas consecutivas. Discursos vacíos, ratificaciones de la demagogia. La sangre nos purifica como pueblo y los herederos de los encomenderos siguen su programa de limpieza de sangre.
EMANCIPACIÓN
1. f. Acción y efecto de emancipar o emanciparse.
2. «Mal de muchos, consuelo de tontos».
3. Paz: El que monta en burro no cree en las utopías ni en las ideologías. Cree en el cielo y en el infierno. La utopía es la enfermedad de los intelectuales, no del pueblo. Ni en México, ni en ningún otro lado, el pueblo ha creído en las utopías. («América en plural y en singular. II. Los nacionalismos y otros bemoles» p. 28).
4. Méx. Se les exige a los grupos vulnerables y a las minorías pensarse como personas situadas en su propio contexto social e histórico. Hablamos de sectores afectados por determinados roles y limitados por algunas prácticas socioculturales. Desde la perspectiva general de algunos enfoques específicos, como la equidad de género o la atención a las adicciones, se revela que sendos porcentajes de la población son vulnerables: las mujeres, los niños de casa o en situación de calle, los preadolescentes, los adolescentes, los pueblos indígenas, las personas de la tercera edad, las personas discapacitadas, los pobres debajo de la línea de la pobreza. Si la justicia es una obra colectiva, entonces la emancipación es una suerte de acuerdo compartido. Cada comunidad protege las virtudes que considera más espontáneas y cada comunidad también tiene un concepto diverso sobre la distribución de sus bienes, los cuales, a su vez, son evaluados de manera diferenciada. Las políticas públicas se aprovechan de esta situación dando cabida a las demandas de las minorías y se colocan en el aparador como la solución innovadora para la desigualdad prevaleciente. Proponen la implementación de cuotas y estrategias separatistas que se convierten en permanentes, empeorando el desequilibrio.
Estas enmiendas promueven una determinada concepción del bien común que nos divide drásticamente porque siempre responden al parámetro de bienestar de unos cuantos, al tiempo que se alejan de un estándar en el que las preferencias y los deseos de los implicados son evaluados competentemente. No hay integración, sino exclusión velada. El resultado es que los excluidos somos (casi) todos.
FOSA
1. f. Enterramiento, sepulcro. | f. Hoyo en la tierra para enterrar uno o más cadáveres. | f. Anat. Depresión que existe en la superficie de algunos huesos.
fosa común f. Lugar donde se entierran los restos humanos exhumados de sepulturas temporales o los muertos que, por cualquier razón, no pueden enterrarse en sepultura propia.
2. «El muerto y el arrimado, a los tres días apestan».
3. Paz: Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. / Rostros perdidos en mi frente, rostros / sin ojos, ojos fijos, vaciados, / ¿busco en ellos acaso mi secreto, / el dios de sangre que mi sangre mueve, / el dios de yelo, el dios que me devora? / Su silencio es espejo de mi vida, / en mi vida su muerte se prolonga: / soy el error final de sus errores. (Fragmento de «Elegía interrumpida»).
4. Méx. Las fosas ya no solamente aparecen en la perra frontera, no están al lado de sus bardas y endebles rejas. Ciudad Juárez o Tijuana ya son un desierto paradigma. En San Fernando encuentran fosas clandestinas con cientos de migrantes. No todo está perdido. Al noroeste de Sonora hay un pueblito con un nombre poético. En Altar venden artículos a los migrantes para resistir: anticonceptivos para las mujeres y bloqueador solar para los hombres.
La fosa es, ahora, una cortina de humo que nos embrutece: tantos muertos y no nos hemos hecho más sabios. No sabemos sus nombres. Acaso intuimos sus edades y su origen. Hay incontables víctimas que son un caldo en ácido o una osamenta enterrada en la arena. Excluidos de la historia, estos muertos pierden su humanidad. Otra vez Paz: la deshumanización de las víctimas […] correspondía a la deshumanización de los verdugos. (La llama doble: amor y erotismo, p. 169).
Los verdugos se erigen como semidioses debido a una matanza sistemática en aras de lo que hace a un país: territorio, población y gobierno. Una excursión familiar que toma un camino equivocado, una mirada dirigida a la persona inadecuada, una simple negativa ya es buscarnos la muerte. Nos la estamos jugando. La muerte se ha institucionalizado.
GRILLO
1. m. Insecto ortóptero, de unos tres centímetros de largo, color negro rojizo, con una mancha amarilla en el arranque de las alas, cabeza redonda y ojos muy prominentes.
andar a grillos. loc. verb. coloq. Ocuparse en cosas inútiles o baladíes.
2. «Nadie sabe para quién trabaja».
3. Paz: [La ingobernabilidad] no es ni ha sido un fantasma sino una realidad que ha ensombrecido muchos periodos de nuestra historia («Las elecciones de 1994: doble mandato», p. 12).
4. Méx. Estamos rodeados de alacranes cebolleros. Son hondamente agresivos y sus patas están preparadas para cavar las cámaras donde cuidan sus huevecillos. Los acunan con un canturreo monótono que dura tres o seis años. Hasta cuando están tranquilos, se rozan entre ellos. Dicen que se comen al más débil para absorber su poca energía.
Sin embargo, el sistema político no puede remediarlo todo. Paz siempre reflexionó sobre el nuevo pensamiento político que necesita el país que «no podrá renunciar a lo que llamó la otra voz, la voz de la imaginación poética. La vuelta de los tiempos será el tiempo de la reconquista de aquello que es irreductible a los sistemas y las burocracias: el hombre, sus pasiones, sus visiones» (Paz, Obras completas, 1. La casa de la presencia. Poesía e historia, p. 18).
Ser grillado es ser alelado. Tal vez el país no quiera cambiar. Tal vez no queramos ser sensatos aunque «lo que necesitamos para asegurar nuestro futuro es la moderación, es decir, prudencia […] México ha vivido siempre en entre los extremos […] Nos ha faltado casi siempre un centro y por eso nuestra historia ha sido un largo fracaso. La prudencia, natural enemiga de los extremos, es el puente del tránsito pacífico del autoritarismo a la democracia» («México, después del 6 de julio: una encuesta », p. 19).
HEMOTECA
1. f. ant. Banco de sangre; centro de recogida y almacén de sangre destinada a transfusiones.
2. «La sangre es más espesa que el agua».
3. Paz: Patria de sangre, / única tierra que conozco y me conoce, / única patria en la que creo, / única puerta al infinito. (Fragmento de «Cuerpo a la vista»).
4. Méx. Ésta es un palabra olvidada o en desuso. Somos leales. Somos una sociedad que no se derrama. Juramos con sangre. La hilvanamos en madejas de esperanza aunque seamos un país de huérfanos y de padres sin hijos. En toda casa estamos quedándonos sin padres y deshijándonos. Un reguero de sangre es lo que nos queda porque «desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles (…) al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad» (El laberinto de la soledad, p. 11).
Los indígenas viven antes del tiempo y nos hemos enriquecido a manos llenas a su costa suya. Sus heridas siguen sangrando. Con el hueso occipital molido y los nervios condicionados a las porciones escamosas nos han heredado la complicada tarea de desvestir a una gran herida abierta. La utilidad del odio es el desconocimiento hacia uno mismo. La única pureza en nosotros es la animalidad porque el resto de lo que tenemos está levantado por circunstancias y contextos.
IMPUNIDAD
1. f. Falta de castigo. | f. Escape de la multa.
2. «Del árbol caído todos hacen leña».
3. Paz: Si cada uno es el rey de su casa, el reino es como una casa y la nación como una familia. Si el Estado es el patrimonio del Rey, ¿cómo no va a serlo también de sus parientes, sus amigos, sus servidores y sus favoritos? («El ogro filantrópico», p. 43).
4. Méx. La impunidad que ha forjado nuestra identidad es una costumbre del Imperio español. Haciendo honor al lema nacional Plus Ultra, la impunidad siempre fue más allá de los territorios ibéricos de la corona de Castilla. En «El ogro filantrópico», Paz rescata el modo de actuar de la reina, quien «en un momento de apuro del erario público, decidió consultar con los teólogos si era lícito vender al mejor postor los altos cargos (…) Los teólogos no encontraron nada en las leyes divinas ni en las humanas que fuese contrario a este recurso» («El ogro filantrópico», p. 43). A lo largo de los veinte millones de kilómetros cuadrados que conformaban el imperio que nunca veía el sol se glorificaba a la impunidad, la cual perdura hasta nuestros días como un escándalo disimulado, pues «personas de irreprochable conducta privada, espejos de moralidad en su casa y en barrio, no tienen escrúpulos en disponer de los bienes públicos como si fuesen propios» (Íbid, p. 43).
La raíz oscura de la impunidad es la corrupción. Instrumentos de medición de varios organismos internacionales nos colocan en un lugar incómodo que significa «extremadamente corrupto». La ironía es que nueve de cada diez personas encuestadas en México están interesadas en involucrarse activamente para detener la corrupción. Este empacho permea en toda la estratificación socioeconómica: desde el albañil que se roba un saco de cemento en la construcción donde trabaja hasta el encumbrado político que realiza transferencias bancarias para lavar extravagantes cantidades de dinero.
Cada uno de nosotros es el motor de la impunidad. Nadie puede echar de cabeza al otro sin ensuciarse un poco.
Monumentos históricos que se cambian por efigies de ídolos del balompié, fanáticos enardecidos que asesinan a un astro del equipo rival en pleno partido, jugadores que compiten por resucitar en menos de tres días, entre otras cosas, ocurren en este delirante relato.
No fue una petición imposible. Ya el Papa había besado la mano y las piernas de Javier Fernández, el Frijogol, y le había cedido un par de casas de verano por aquel golazo que encaminó al equipo local a la victoria en la final del campeonato. Pocos meses más tarde, el presidente le otorgó al señor Olmos —el famoso portero que de civil usaba huaraches con traje sastre— las llaves de la ciudad y otra llave simbólica que abría su corazón de mandamás. Y como al rato la Academia Sueca le otorgó el mayor galardón de literatura al mediocampista Iniesto, debido a sus crónicas y poemojis sobre el deporte del balompié, a nadie le dio el patatús cuando la estrella del conjunto parisiense, Zlatan Augustinsson, pidió que se cambiase la torre Eiffel por una estatua de él mismo.
Lo primero fue decidir el material, discusión que terminó en oro y piedras preciosas para los detalles. Luego se contrataron especialistas, expertos en desvalijamientos, que hicieron de las suyas en las mezquitas de los Emiratos Árabes Unidos con tal de aportar al proyecto lapislázulis, amatistas, ónix rojo, aventurina, nácar y concha de abulón especialmente incrustadas en el mármol. Otros saqueadores de Chernóbil contribuyeron con recuerdos valiosos; e hicieron lo propio los culpables del atraco al Museo Nacional en Bagdad.
Si algo se descompone, es mejor tirarlo a la basura en lugar de intentar repararlo. Por eso la torre Eiffel fue dinamitada como si de un viejo e inservible edificio se tratase. Cuenta regresiva: cinco, cuatro, tres, dos, uno: ¡KAPOOM! Fue día de fiesta en la Unión Europea, en América del Sur, en Medio Oriente. No hubo televisión ni teléfono inteligente que no captara la transmisión en vivo. El metal chirrió como un choque de trenes y luego todo fue polvo, una neblina que trajo consigo la promesa de un porvenir anhelado, una fiesta de goles.
Eso sí, hubo intentos de asesinato por envidia y se erigieron templos de alabanza alrededor del globo. Entre los primeros, un niño que acompañaba de la mano a Augustinsson para entrar al campo de juego, retiró una pequeña navaja de sus pequeños shorts y lo atacó con sus pequeñas manos, pero la criatura —que simbolizaba la pureza y limpieza que se debía de mantener en los partidos— fue pateada instantáneamente antes de poder arremeter; no como una pelota de pambol sino como un ovoide de americano: ¡tres puntos! Por otro lado, una descendiente del arquitecto de la «torre de trescientos metros» trató de envenenarlo, pero el físico de Augustinsson, como el de Rasputín, no permitió que el veneno le marcara el último gol a su corazón. Parecía que un halo divino lo cubría por entero: aunque los atentados continuaron —coches bomba, amantes bomba, chicles bomba— nada funcionó.
Entre los jugadores más celosos, Lugo Álvarez, apoyado secretamente por un gobernador con la abierta convicción de llegar a presidente, edificó el Centro Comercial Budista Lugo Álvarez sobre una de las pirámides más antiguas de América. Otro adversario, Diego Casillas, fue el primer jugador en patear una pelota en la luna. «¿Basura espacial? ¡Golazo espacial!», declaró. Por último, Mara Adonis, acaso el rival más íntimo de Augustinsson, espoleado por la envidia, recuperó su mejor versión y anotó más tantos en su respectiva liga. No obstante, su equipo no clasificó y su racha se vio eclipsada, como siempre, por la fama y el talento de los demás.
Evidentemente varias madres y padres bautizaron a sus hijos con el nombre de Zlatan Augustinsson y así aparecieron un sinfín de Zlatan Augustinsson Hernández, Zlatan Augustinsson Wong y Zlatan Augustinsson Smith por todos lados. Tampoco fue infrecuente que una Zlatan Augustinsson Lee contrajera matrimonio con un Zlatan Augustinsson Johnson o que el primogénito fuese nombrado Zlatan y el segundo hijo Augustinsson.
A su vez, surgió la augustinssonlogía, doctrina religiosa que buscaba la felicidad a través de la comprensión del futbol y de Zlatan Augustinsson como ser espiritual, cuyo movimiento logró fundar varias iglesias en todos los continentes. Con el fin de parar una masacre entre reinos rivales de África, un cantante irlandés llevó balones y ropa deportiva firmada por Augustinsson, gesto que, en lugar de avivar el fuego, calmó las aguas tormentosas entre la población. De aquel encuentro nació el Ínter de Hutu y Tutsi United. Muchos creyeron ver la figura de Augustinsson en mantas o en tilmas; los menos hicieron la serie de televisión, la película, la caricatura, mientras que los otros inauguraron la galería A vuelta de rueda tras Augustinsson en cada rincón.
Rumbo al final de la construcción, ya sólo faltaban los elementos trazados milimétricamente sobre la cabeza: ojos de californio, labios de diamante y nariz de cuerno de rinoceronte. El fenómeno Augustinsson se había instalado en todos los corazones y casas de una manera que toda la crueldad inserta en las calles y arterias del mundo llegó a su fin por ensalmo: ¡TADÁ! como un acto de magia. Las vejaciones, impunidad, corrupción, violaciones, abusos, intolerancia, ¡PAF! palidecieron por la luz cegadora de Zlatan. Mejor futbol que violencia, ¿no? Por un heptapichichi, las lágrimas se secaron, los gritos ahogados fueron puestos en libertad y las historias rotas, zurcidas de manera invisible como si nunca hubiesen tenido lugar. Fueron tiempos de paz, tiempos de llegar a palpar Kumbayá, mi señor, en el aire.
Un par de noches previas a la inauguración del coloso, se celebró la final del Mundial de Clubes: el equipo de Zlatan contra el equipo de Frijogol y, lo que pretendía ser un despliegue de facultades divinas, un festín de trallazos mágicos y al ángulo, fue un espectáculo infortunado. A punto de terminar la primera mitad, Javier Fernández marcó un golazo de media cancha que sepultó al estadio en un silencio total. Pocos segundos más tarde, al tiempo que Frijogol celebraba su anotación, una masa enorme de fanáticos irrumpió en el campo para caerle encima cual león hambriento sobre su presa. A esa turba enardecida le siguieron los elementos de seguridad, vendedores de cerveza y playeras, botargas y camarógrafos para apoyar la causa.
No hubo tregua.
No quedó rastro.
Durante el intermedio, miembros de sanidad limpiaron la sangre y el Papa suspiró, pero todo sucedió en un parpadeo, un instante en la eternidad que todos ignoraron por andar viendo a las porristas con rostro de Augustinsson.
Al regreso, no fue extraño que los parisienses remontaran el 1-0 y se llevaran la copa por décimo año consecutivo. Tampoco que el obispo de Roma le regalara su anillo a Zlatan. No fue motivo de asombro que la divisa más comerciada del mundo fuera el dólarsson. Ni siquiera que los mexicanos derrumbaran su ángel de la Independencia por una copia del nuevo monumento histórico en París. No. Fue el hecho de que Javier Fernández, Frijogol, resucitó tres días después en plena ceremonia. Llegó sacudiéndose la camiseta y los shorts, saludó alzando la cabeza una vez como diciendo «qué onda» y se quedó ahí en el Campo Marte esperando la exhibición. Lo cierto es que muchos lo reconocieron; Zlatan lo vio desde el podio. Luego de un momento de expectación, llegó el silencio lleno de interrogantes y de nada; la nada ocurrió entre la concurrencia. «No eres un dios», cortó Frijogol de tajo el silencio y no dejó espacio para una respuesta: desapareció como la buena suerte del Cruz Azul.
No fue necesario que el rebaño augustinssoniano le pidiera a su dios padre realizar un milagro, ya que Zlatan no iba a perdonar que alguien o algo le mancillara el pundonor. Al día siguiente convocó a una reunión de prensa para anunciar su muerte, pero sobre todo, su definitiva resurrección en menos de tres días. ¡Flash! ¡Flash! ¡Flash! Hubo responsos de júbilo, de esperanza, y Augustinsson pasó a degollarse.
A las cincuenta y dos horas Zlatan apareció frente a su estatua con un lancinante dolor de cabeza. Se veía más contento, más vital. Entonces, segundo a segundo, el campo comenzó a llenarse de fanáticos que rápidamente le rindieron altares y besos. No pasó mucho tiempo antes de que gente de todo el globo hiciera el viaje para poder mirar al Jefe de Jefes. A París llegaron más de un billón de personas en menos de un año y Zlatan no se movió ni un centímetro de su efigie que comenzó a plañir sangre.
Nadie lo supo, pero a partir de aquel milagro, lo que era del César, era a Zlatan y lo que era del hombre, a Zlatan. Y así fue por un tiempo, porque en un viento otoñal, Lugo Álvarez se suicidó y revivió a los cinco días. Diego Casillas hizo lo mismo y volvió de entre los muertos a la semana. Mara Adonis pidió que un francotirador experimentado lo liquidara al momento de una chilena perfecta. Y sí. El tiro fue certero y además el mejor gol de la temporada: su cuerpo se alzó de nuevo en menos de setenta y dos horas y a continuación todos los futbolistas, incluidos los de medio pelo, cometieron harakiri y probaron su carácter celestial.
Monumentos históricos fueron tirados abajo y reemplazados por nuevos colosos de héroes pamboleros. Se sustituyeron las materias escolares tradicionales por las asignaturas permanentes de Historia del futbol, Ciencias naturales del futbol y Geografía del futbol. No hubo otro deporte, no hubo otra cosa, no hubo lugar para nada que no fuera la belleza del balompié y, en medio de esa beldad, los futbolistas nunca se arrepintieron de haber creado a sus hinchas y los hombres nunca se cansaron de recrear a sus dioses.
No fue una petición imposible. Al contrario: un mundo milagroso en su totalidad gracias al futbol. La única condición para los humanos fue la imposibilidad de creerse dioses. Zlatan, Frijogol, Mara Adonis, todos eran el sueño de la humanidad porque no había nada más prístino que un jugador. Así fue y no podía ser de otra forma, pues el sueño de los dioses jamás hubiese sido aquella humanidad.
kè-ní ré tá díɁztèɁ=ná Or yénɁ dá lô šíɁn m-bì~rè lô lè-zùɁ=ná
Baila el zapoteco
[sonido de la lluvia] dicen los zapotecos [sonido de la lluvia] salió un tlacuache [sonido de la lluvia] le cayó la enfermedad al zapoteco [sonido de la lluvia] puro español habla el bebé
[paso a paso] llama a los más sabios [paso a paso] triste está el corazón [paso a paso] aguanta un poco hombre, dije [paso a paso] la palabra antigua esta tibia
[sonido del estómago/hambre] la palabra va al papel [sonido del estómago/hambre] está saliendo el sol [sonido del estómago/hambre] está naciendo la semilla
Bailando esta mi lengua zapoteca Los jóvenes van a trabajar Regresa a mi corazón.
*Nota del autor: Kè-ní ré tá díɁztèɁ [Baila el zapoteco], es un soneto en lengua zapoteca creado bajo el concepto: #DadaísmoZapotecano, iniciativa que busca generar contenido poético usando sistemas informáticos. Forma parte de la llamada ciberpoesía, que resulta de la inspiración digital a la cual se suma el pensamiento zapoteco humano para determinar qué palabra o palabras se deben cambiar. El poema fue creado a partir de una matriz computacional compuesta por catorce versos pentasílabos, organizados en cuatro estrofas: dos cuartetos (de rima fija ABAB) y dos tercetos (de rima variable CDD y CDC), según la estructura tradicional del soneto. Adicionalmente, cada línea del poema está basada en onomatopeyas existentes en la lengua zapoteca.
A contracorriente de la literatura en lenguas indígenas promovida desde algunas instituciones gubernamentales (literatura escrita en español y traducida a lenguas indígenas, para un público que no son los propios hablantes), el fin último es crear poesía desde y para los usuarios del zapoteco, con traducciones literales para aquellos que no dominan la lengua de origen.